El amor y la justicia no son dos valores opuestos ni separados, sino las dos caras de una misma moneda. Esta verdad, que Jesús confrontó directamente en los fariseos de Lucas 11, sigue desafiando a los creyentes hoy. Aquellos religiosos cuidaban meticulosamente los rituales externos —diezmaban hasta de las hierbas más pequeñas— pero pasaban por alto lo fundamental: la justicia y el amor de Dios. El problema no eran los rituales en sí, sino que habían divorciado la práctica religiosa de la transformación interior.
Para ilustrar la condición natural del ser humano, el pastor Pepe Mendoza recurre a una imagen inquietante: el pájaro cucú. Este ave deposita sus huevos en nidos ajenos, y cuando nace el polluelo, lo primero que hace instintivamente es expulsar a sus hermanitos del nido para quedarse solo y ser alimentado hasta que la madre sustituta desfallece. Esa tendencia parasitaria y egoísta refleja algo de nuestra naturaleza caída: la inclinación a tomar todo para nuestro propio beneficio y juzgar las cosas según nuestros intereses.
La justicia es la base sobre la cual se establece el amor genuino; nadie puede sentirse amado cuando se le niegan sus derechos fundamentales. Pero el amor nunca se conforma con dar solo lo que la justicia exige —siempre va más allá, como lo demuestra la cruz. Dios no simplemente nos amó; hizo justicia en su propio Hijo para que ese amor nos alcanzara. El mandamiento es claro: amar a Dios y al prójimo, pero también practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente. Ambos elementos deben manifestarse juntos en cada decisión cotidiana —en el trato a los empleados, en el pago de impuestos, en el respeto a las leyes— para que los creyentes sean verdaderamente sal y luz en una sociedad donde escasean tanto el amor como la justicia.
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Vamos a estar hablando acerca de la relación entre el amor y la justicia. A veces nosotros pensamos que estos dos elementos son elementos separados, pero vamos a aprender cómo estos dos elementos forman una sola unidad delante del corazón de Dios. Y en la medida en que nosotros aprendemos a trabajar con ellos, juntamente vamos a poder ser los elementos de transformación y bendición que el Señor espera que nosotros seamos. Eso es lo importante.
Hoy día voy a tratar de presentar una visión contextual de ambos términos, y la próxima semana veremos cómo podemos vivir en amor y justicia en un mundo donde no reina el amor y donde abunda la injusticia. Cómo poder ser testimonio en un mundo oscuro viviendo en amor y justicia, como dos valores que deben ir acompañados, que deben ser parte de una misma, las dos caras de una misma moneda.
Vamos a estar abriendo nuestras Biblias y el pasaje básico que vamos a estar usando es Lucas capítulo 11, pero al mismo tiempo estaremos revisando otros pasajes ya que queremos ver el amor y la justicia de manera contextual. Así que también les invito a que me puedan acompañar tomando notas. Recuerden que este es un tiempo de aprendizaje de la Palabra de Dios; queremos hacer que estos términos y lo que nosotros aprendamos pueda no solamente llegar a nuestra mente en este momento, sino que podamos recordarlos durante la semana y, aún más importante todavía, ponerlos en práctica.
Sin embargo, quiero que ustedes ahora por un momento me miren a mí. Abran sus Biblias en Lucas capítulo 11 y ahora quiero que por favor me presten atención un instante. Antes de poder presentar esta disyuntiva, la disyuntiva del amor y la justicia, es necesario preguntarnos quiénes somos para que el Señor de una manera tan clara y tan demandante nos obligue a amar y a hacer justicia. Definitivamente existe un problema en la naturaleza del hombre; su separación de Dios le ha producido al mismo tiempo vivir una vida egoísta y una vida sin propósito.
Entonces, ¿cómo podemos ilustrar? ¿Cómo puedo presentárselos de tal manera que ustedes puedan entender lo que estoy hablando en esta mañana? Yo no sé si ustedes recuerdan alguna canción de cuna. ¿Recuerdan alguna canción de cuna? No sé si recuerdan las que les cantaban a ustedes o si le cantaron alguna canción de cuna, porque todos ustedes fueron bebés en algún momento, ¿verdad? Todos, todos pasamos por eso. Entonces definitivamente debemos recordar algún tipo de canción de cuna.
Hay una que a mí teológicamente me llama la atención, que me hace pensar mucho. Yo no sé si ustedes conocen esta canción que dice: "Duérmete niño, duérmete ya, que si no viene el cuco y te comerá." Yo no sé hasta la madre más dulce va a aparecer, que le salen como dientes y pelos y colmillos cantando esa canción. Pero es una canción de cuna, ¿verdad? Una canción que recordamos: "Si no viene el cuco..." Algunos piensan que el cuco es un monstruo, entonces le dicen al niño: "Oye, mejor mantente con los ojos cerrados, porque si los abres se acabó; el cuco viene y no solo viene, sino que te come." Qué cariñosos los padres. Ahora nos preguntamos por qué tantos traumas, ¿no?
La cosa es, hermanos, que yo me puse a indagar acerca de este cuco y me puse a preguntar quién es este cuco. Y resulta que no es el cuco, porque nosotros lo traducimos "cuco"; en realidad es el cucú. El cucú es un pajarito muy hermoso que vive en algunas regiones de Europa y también de Norteamérica, y se los voy a presentar en este momento. Cuco, por favor. Él es el cucú, o sea, un pajarito bonito, es un pajarito pequeño, es un pajarito que tiene un lindo canto: "cucú." ¿Ustedes lo han visto en los relojes, verdad? ¿Cuando da la hora? ¡Cucú! Entonces este es el cucú, tiene un precioso canto.
Sin embargo, nosotros no nos dejemos engañar por su apariencia delicada, porque este es horrible. Este pajarito cucú está entre el uno por ciento de las aves que se le conoce como aves parasitarias. Un ave parasitaria es aquella cuya madre, en el momento en que va a poner sus huevitos, no construye su nido con su pareja, sino que inmediatamente empieza a buscar el nido de otras aves para poner sus huevos en donde haya aves que estén empollando a sus huevitos. Pero eso no es lo más terrible, una madre que abandona sus criaturas, sino que el cucú busca un nido en donde el ave que está empollando sea mucho más pequeña que el cucú original. De tal forma que cuando deja sus huevitos, el proceso de maduración es mucho más rápido del cucú, y cuando el cucú nace o se sale del huevito, lo primero que hace instintivamente, ¿saben qué es? Tira a sus hermanitos afuera del nido. O sea, así sin plumas, sin nada, lo primero que va a hacer es buscar otros huevos y tirarlos del nido para quedarse absolutamente él solo en el nido. "Que viene el cucú y te comerá."
Ahora, ¿quieren ver cómo se ve un cucú en un nido pequeñito? Pues es así: miren el tamaño del nido y miren el tamaño del cucú. Ahora, ese no es solamente el drama, sino que ustedes ven que ellos tienen el pico rojo. El pico rojo hace que ellos emitan un graznido sumamente potente que obliga a la madre instintivamente a alimentarlos continuamente. Recuerden que la madre siempre es más pequeña que él, por lo tanto necesita alimentarlo doble, triple, cuatro veces más. Entonces él lanza sus graznidos, abre este pico rojo, y la madre instintivamente tiene que alimentarlo y alimentarlo y alimentarlo, y muchas veces hasta el punto de desfallecer. La madre sustituta de un cucú muere alimentando al cucú. Y nosotros podemos ver en la siguiente imagen el tamaño de la madre y el tamaño del polluelo, y a veces suceden hasta accidentes como vamos a ver en la siguiente imagen, en donde el polluelo termina atrapando aún hasta a su madre. Bueno, gracias por esas imágenes.
Ahora, es posible que nosotros seamos medio cucú. Es posible que la sociedad en la que nos toca vivir sea una sociedad como la que decía el apóstol Pablo, que en los últimos tiempos los hombres serán amadores de sí mismos, hasta el punto en que todo lo que nosotros vemos hasta a nuestro alrededor es para nosotros, para nuestro consumo, para satisfacer nuestros propios intereses.
Anders Nygren es un teólogo que vivió durante la primera parte del siglo pasado, y él decía, él escribía con mucha propiedad y con mucha claridad, que la tendencia natural del hombre es la de tomar todo lo que está a su alrededor para él y para su propio servicio, y juzgar y valorar todo de acuerdo a si ayuda al avance o al retroceso de sus propios intereses. Así somos nosotros. Definitivamente, aunque el uno por ciento de las aves es de esta característica parasitaria y destructiva, yo creo que si lo hacemos en términos de la raza humana, tenemos que decir que lamentablemente, con vergüenza, nosotros, debido a la caída y debido a nuestra naturaleza pecadora, tenemos que decir que tenemos esa misma dificultad. Estamos buscando y tenemos esa tendencia natural a pensar que todo es para nosotros y para nuestro propio beneficio, y tendemos a juzgar todas las cosas de acuerdo a nuestros propios intereses.
De tal manera que aún los motivos más grandiosos, los deseos más sublimes, las obras más benevolentes y supuestamente carentes de deseos personales, siempre quedarán empañados de una u otra manera por nuestro corazón egoísta y perverso. De una u otra manera, siempre tergiversaremos las cosas para hacer que las cosas funcionen para nuestro propio provecho. Esto no solamente lo vemos en la política, no solamente lo vemos en los delincuentes comunes o en la mafia; forma parte de nuestro corazón, esa es nuestra tendencia.
De allí entonces que el Señor quiera aplicar en nuestras vidas un fuerte tratamiento de shock, en donde nosotros tenemos que reaprender a vivir. Y reaprender a vivir implica reaprender a redescubrir los elementos que de parte de Dios son sustantivos para que nosotros vivamos conforme a la imagen de nuestro Señor Jesucristo.
Ahora, en Lucas capítulo 11, nosotros nos encontramos con el Señor Jesucristo dando una serie de discursos en donde está mostrando la naturaleza del ser humano en toda su plenitud. Sus discípulos le están pidiendo, los discípulos de Jesús le están pidiendo al Señor: "Señor, enséñanos a orar." Y a diferencia de convertirse en una oración individualista basada en nuestras propias necesidades, el Señor les enseña a orar diciendo: "Padre nuestro que estás en el cielo. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden." El Señor tiene una intención comunitaria en la manera en que Él percibe la espiritualidad.
Sin embargo, esto no queda del todo claro, y no nos queda del todo claro aún a nosotros todavía. Si nosotros seguimos avanzando en el verso 37, después de que Jesús termina una serie de discursos, nosotros leemos lo siguiente. Vamos a leer del verso 37 al verso 42: "Cuando terminó de hablar, un fariseo le rogó que comiera con él, y Jesús entró y se sentó a la mesa. Cuando el fariseo vio esto, se sorprendió de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer según el ritual judío. Pero el Señor le dijo: 'Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad. ¡Necios! ¿El que hizo lo de afuera no hizo también lo de adentro? Dad más bien lo que está adentro como obra de caridad, y entonces todo será limpio. ¡Mas ay de vosotros, fariseos! Porque pagáis el diezmo de la menta y de la ruda y de toda clase de hortaliza, y sin embargo pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Pero esto es lo que debíais haber practicado sin descuidar lo otro.'"
En este encuentro, Jesús está delante de un religioso, un fariseo que lo invita a comer.
Jesús, conforme a la costumbre como nos cuenta el pasaje, entra y se sienta a la mesa directamente. La historia nos cuenta, en el verso 38, que el fariseo al verlo se sorprende porque aparentemente había hecho algo inacostumbrado. Lo que no había hecho era lavarse las manos. Sin embargo, la preocupación del fariseo no era una cuestión de higiene, sino que más bien tenía que ver con el ritual judío conforme a lo que dice el final del verso 38.
Los judíos habían establecido, los hombres religiosos habían establecido varios miles de reglas con respecto a cómo de manera religiosa y ritual una persona que quería adorar a Dios debía lavarse las manos. Estas reglas habían copado de tal manera el corazón de estas personas religiosas que definitivamente el Señor declara que ellos se habían olvidado del interior producto de que buscaban satisfacer solamente el exterior. Y eso es lo que Jesús le declara en el verso 39: "Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad".
Ahora, lo que el Señor está diciendo es que hay una dificultad, hay una dicotomía, hay una ruptura entre una práctica religiosa que encierra una gran reverencia hacia los rituales externos pero que no tiene el mayor impacto en la vida interior. Rituales que de alguna manera satisfacían las conciencias externas de la gente pero que no producían el cambio esperado. O para decirlo de otra manera, eran situaciones externas que no eran producidas en un corazón obediente al Señor; no había relación entre el interior y el exterior.
Por eso es que en el verso 42, y ahí es donde nos vamos a centrar en esta mañana, dice: "Mas ¡ay de vosotros, fariseos! porque diezmáis la menta y la ruda y toda clase de hortaliza, y sin embargo pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Pero esto es lo que debíais haber practicado sin descuidar lo otro".
Ahora viene el primer secreto, hermanos, que quiero compartir con ustedes. El primer secreto radica en el hecho de que el amor y la justicia vienen a ser dos virtudes fundamentales de nuestra fe que son las únicas que solamente se pueden experimentar afuera cuando se han producido dentro. Son los dos grandes elementos de nuestra fe y de nuestro desarrollo espiritual que tienen que nacer de dentro producto de la obra de Dios para que se puedan experimentar afuera. El amor y la justicia vienen a ser dos grandes virtudes divinas, establecidas de parte de Dios, que son la muestra fundamental de nuestra espiritualidad.
Jesús no duda en darle valor, un valor indirecto, a los rituales. Jesús habla y le dice: "Ustedes, está bien si quieren diezmar de las cosas pequeñas, si quieren preocuparse por rituales religiosos pequeños, todo está bien. ¿Por qué? Eso tiene que ver con su conciencia. Pero hay algo fundamental en la vida espiritual que no debe descuidarse". El amor y la justicia son centrales en la percepción de lo que nosotros somos como hijos de Dios.
Nosotros podríamos entender el amor como ese sentimiento de afecto e inclinación y entrega a algo o a alguien. Es bien difícil poder definir el amor, pero lo podemos decir de esta manera, de una manera sencilla: el sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o a algo. Y podemos entender la justicia como aquello que debe hacerse según derecho o razón, distinguiendo lo correcto de lo incorrecto. El amor y la justicia, dos elementos que el Señor declara como una sola unidad, pero que nosotros lamentablemente por diferentes razones hemos separado.
Nosotros hemos puesto en un extremo el significado del amor y hemos puesto en el otro extremo el significado de la justicia. Los hemos declarado aún como opuestos. Nosotros hemos dicho, por ejemplo, que el amor es subjetivo e íntimo, mientras que la justicia es objetiva y pública. Separándolos, hemos puesto al amor en nuestra esfera privativa, la esfera de nuestro propio corazón, y hemos declarado que la justicia es algo que está fuera de nosotros, que escapa a nuestro interior.
Nosotros hemos señalado que hemos dejado la justicia, por ejemplo, en manos de instituciones tutelares, de tribunales y de abogados. En cambio el amor es personal, es privado y es individual. Hemos puesto a la justicia como sujeta a factores externos y a instituciones que deben manejarla, mientras que con mi amor nadie se mete porque es mío y solamente mío.
Tratando de separar estos dos aspectos, nosotros a veces decimos que la justicia es calculadora y nunca le dará a nadie más de lo que merece. En cambio el amor es espontáneo, es generoso, el amor es ciego. Algunos dicen que sí, esa evidencia la asegura de algunos y de algunas, ¿no es cierto? Pero decimos que el amor es generoso, es espontáneo. No, la justicia no, vamos a ejercer el amor. Esa es nuestra idea contemporánea del término.
Sin embargo, si nosotros analizamos y vamos un poquito más al detalle de esta realidad, nosotros tenemos que darnos cuenta que cualquier decisión que tengamos en nuestra vida requerirá estos dos elementos: tanto hacer uso de amor como hacer uso de la justicia. Por ejemplo, si nosotros tenemos un hijo rebelde a quien amamos pero se está portando injustamente, no podremos actuar solamente con amor, sino que también tendremos que actuar con justicia.
Si nosotros tenemos que evaluar el salario de nuestros empleados, por ejemplo, no solamente se trata de saber qué dice el código del trabajo y cuál es el salario mínimo. Yo tengo que manifestarme en amor para con aquellas personas que trabajan para mí y me ayudan a progresar. Yo tengo que establecer criterios de amor y justicia permanentemente en mi vida. ¿A qué hora debo salir del trabajo? Es una cuestión de amor y es una cuestión de justicia. Tiene que ver con el cumplimiento de mis horarios y tiene que ver con el respeto y el amor que le tengo a mi familia. En cada uno de los aspectos de nuestra vida nosotros tenemos que tomar decisiones basadas en criterios de amor y criterios de justicia. A veces la primacía la tendrá el amor, otras veces la tendrá la justicia, pero nunca podrán separarse una de otra.
Eso es lo que nosotros tenemos que aprender en esta mañana. El amor y la justicia son las dos caras de una misma moneda que nosotros tenemos que aprender a trabajar con ellas de manera conjunta. El gran problema con la iglesia contemporánea es que ha eliminado estos dos elementos y los ha separado. Y queremos ir a la sociedad amándola solamente sin llevar con ella la justicia, pero cuando vamos solo con amor y sin justicia, el amor se vuelve inefectivo. Y cuando vamos solamente con justicia y la justicia llega sin amor, se convierte en mero legalismo. El amor y la justicia tienen que ir de la mano para poder realizar el cambio que nosotros estamos requiriendo.
Nosotros sabemos, por ejemplo, y veamos estos dos elementos juntos, que se contraponen pero que forman una sola unidad: nosotros percibimos el amor de manera positiva. Nosotros hablamos de amor cuando sentimos o percibimos el afecto de otra persona. ¿Cuánto me ama? Cierto, la manifestación es positiva de afecto. Con la justicia es diferente. Cuando nosotros estamos experimentando justicia no sentimos nada. ¿Saben cuándo percibimos la justicia? Cuando se actúa injustamente contra nosotros. ¡No es justo! ¡No es justo! Y ahí sentimos el valor de la justicia. El amor lo experimentamos de manera positiva, la justicia de manera negativa: las dos caras de una misma moneda.
El amor lo experimentamos de manera personal. Nosotros no podemos decir como Julio Iglesias que las ama a todas. ¿Se acuerdan en los setentas que él decía esa tontera? El amor es en realidad personal, el amor es una relación con alguien. Alguien define el amor es cuando yo establezco un legítimo otro en otra persona. Es alguien que yo legitimizo a través de mi afecto. Ese afecto se manifiesta de tal manera que el amor se convierte en algo personal. Sin embargo, a la hora de hacer justicia, la justicia requiere un tratamiento impersonal. Porque cuando yo amo y quiero hacer justicia, a veces actúo injustamente con la persona que no conozco. Entonces requiero para amar y ser justo, requiero del tratamiento personal e impersonal, de tal forma que son las dos caras de una misma moneda.
El amor no se puede medir. Cuando Adriana, mi hija, era muy pequeña, yo tenía un juego con ella y yo le preguntaba: "Adriana, ¿cuánto me quieres?" Y ella se hacía así. Y se reía pícaramente, ¿no? "Tampoquito", y así cada vez más chiquito que no quedara espacio. Cuando nosotros le decimos a alguien "tú no me quieres lo suficiente", ¿qué significa? No hay forma de medirlo porque el expresar en términos cuantitativos el amor es demasiado subjetivo. Pero si nosotros decimos por otro lado "me tratan injustamente", inmediatamente hay una correlación efectiva en las razones por las que yo soy tratado injustamente. Se me está pagando menos: me tratan injustamente. Se me está dando una carga mayor de trabajo: me tratan injustamente. El amor y la justicia van de la mano para poder tener un criterio de la vida que nos permita crecer y que nos permita desarrollarnos.
Ahora, si nosotros lo vemos desde el punto de vista bíblico, nosotros encontraremos que esa es una realidad en todo el carácter de Dios. El pasaje más famoso de la Escritura, Juan 3:16: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". El amor de Dios se ha manifestado de tal manera, o sea, en algo que no se puede medir cuantitativamente, pero sí se puede evaluar en base a su justicia: que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Ese no solamente es el pasaje del amor de Dios, es el pasaje de la identidad del amor y la justicia de Dios en una sola afirmación que nos produce victoria y transformación en nuestra vida.
Es la realidad de un Dios que nos ama y actúa con justicia, de tal forma que esos dos elementos se hacen uno. Y no solamente lo vemos ahí, sino que si ustedes me acompañan a Mateo capítulo 24, el verso 12, nos vamos a dar cuenta que estos dos elementos, al ser uno, si uno de ellos falla el otro también se pierde. Mateo capítulo 24, el verso 12 dice: "Y debido al aumento de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará." La palabra iniquidad es en griego la palabra anomía; la palabra nomos es la palabra ley. Iniquidad es "sin ley", y también se traduce como injusticia. De tal forma que nosotros podemos leer Mateo 24:12 como: "Y debido al aumento de la injusticia, el amor de muchos se enfriará."
Hermanos, nosotros no podemos amar y no ser justos. Nosotros no podemos ser justos y no amar. El amor y la justicia son las dos caras de una misma moneda, y en la medida en que aprendamos a ponerlos juntos, entonces aprenderemos a vivir el secreto de la transformación que nosotros hemos obtenido en Cristo Jesús. Esa es nuestra realidad, esa es nuestra seguridad, ahí radica el poder de nuestra transformación, pero tenemos que aprender a caminar con estos dos elementos juntos.
Por ejemplo, la justicia es la base sobre la cual se establece el amor. Nunca el amor puede ofrecer algo que esté por debajo de la justicia, ya que lo mínimo que el amor está dispuesto a dar es lo esencial, o aquello que la persona básicamente merece. Una persona no puede sentirse querida cuando se le niegan sus derechos fundamentales. La justicia es el fundamento sobre el cual el amor se establece. Yo no puedo amar sin justicia, yo no puedo amar sin reconocer el valor intrínseco y los derechos fundamentales de aquella persona a quien yo estoy amando. Yo no puedo ofrecer amor y decirle: "Amarte a ti significa que tú renuncies a lo que tú eres en justicia", porque allí el amor deja de ser. La justicia es la base sobre la cual se establece el amor.
En Mateo capítulo 7, el verso 12, nosotros encontramos justamente la base de este fundamento. Mateo 7:12 dice: "Por eso, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos, porque esto es la ley y los profetas." ¿Ustedes saben qué es la ley y los profetas en otras partes de la Escritura? El amor. El amor es la ley y los profetas. Por lo tanto, esta singularidad de la complementariedad en justicia —lo que quiero, como quiero que me traten, así debo tratar yo a los demás— es la base del fundamento del amor.
Sin justicia como base no puede existir amor. Pero hay algo maravilloso en el amor, hermanos: el amor nunca está satisfecho con la justicia. Imaginemos que vivimos en una sociedad, o que trabajamos y convivimos en una iglesia en donde solamente nos damos aquello que merecemos, donde solamente nos retribuimos con aquello que nos corresponde. Solo actuamos en justicia; a cada uno de nosotros nos damos lo que merecemos. ¿Qué pasa con esa iglesia? ¿Qué pasa con esa comunidad? ¿Qué pasa con esa sociedad? Esa sociedad pierde la belleza de la generosidad, pierde la belleza del regalo, pierde la belleza de la gratitud, pierde la belleza de ese abrazo apasionado a pesar de que vimos a la persona el día anterior. El amor nunca está satisfecho con la justicia.
Y eso lo vemos básicamente, hermanos, en la cruz del Calvario. Recordamos al ladrón que estaba ahí al lado del Señor, y él simplemente le dice con palabras humildes: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino." Porque básicamente él sabía que él no merecía más que el recuerdo en el reino de Dios, y eso ya era mucho, porque aun su nombre no debería aparecer en el reino de Dios. Sin embargo, ¿qué le dijo nuestro Señor Jesucristo? "De cierto, de cierto te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso." Esa es la belleza del amor que se establece sobre la base de la justicia. Jesús no toma a este hombre y le dice "borrón y cuenta nueva", sino que le dijo: "Yo estoy muriendo por ti, y el primer pecador que entrará conmigo eres tú, al cielo, por lo que yo he hecho por ti. ¡Vamos! ¡Estás adentro!" El amor nunca se satisface con la justicia. Eso es justamente lo que el Señor hace por nosotros.
Si nosotros lo queremos ver más claramente, en Romanos capítulo 5, seguramente muchos de ustedes conocen Romanos 5:8, un pasaje que nosotros repetimos tan continuamente. Pero si nosotros lo vemos desde un par de versículos antes, nos vamos a dar cuenta de la magnitud, de la armonía de la justicia de Dios. Dice Romanos 5:6: "Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros."
Amor y justicia. Dos elementos que son la base de nuestra sobrevivencia como cristianos, que son la razón por la cual el Señor se agrada de nosotros a pesar de nuestra condición. El Señor ha puesto como base de su amor, para obtenernos, su justicia, su justicia sustitutoria en la cruz del Calvario. Pero sobre la base de esa justicia Él ha establecido un amor generoso del cual nosotros estamos profundamente agradecidos. Tenemos que entender, hermanos, que cuando nosotros ofrecemos amor tiene que ser un amor que se basa en la justicia, porque si doy un amor que no tiene como base la justicia, entonces probablemente no es amor.
La justicia, hermanos, entonces tiene un alcance telescópico a través del amor. El Señor nos dice claramente en su Palabra, en varias oportunidades lo señala de una manera muy, muy precisa, en donde el Señor nos insta a poder atender a aquellas personas que dependen de nosotros. "El que no sostiene a los suyos ha negado la fe y es peor que un incrédulo", nos dice la Palabra. Nosotros sabemos que la primera manifestación de amor y de justicia son para las personas que están bajo nuestra responsabilidad, son para las personas a quienes nosotros servimos.
Sin embargo, la Escritura no se queda a ese nivel, sino que lo extiende de una manera poderosa, de tal forma que esa base de justicia perfecta adquiere una vista telescópica. De tal manera que yo no solamente estoy preocupado por las necesidades de mi esposa, y las necesidades de mi hija, y las necesidades de aquellas personas que están muy cerca mío, sino que yo puedo, a través del amor, extender mi vista telescópica y poder ver con ojos que se abren la necesidad de mi hermano, que aunque lejos las puedo ver tan cerca y tan claras y tan necesarias como las necesidades que veo en mis propios seres queridos.
¿No es eso acaso lo que hizo nuestro Señor? ¿No es eso acaso lo que nos pidió el Señor de una manera tan clara cuando nos dijo que teníamos que amar a nuestros enemigos, perdonar a los que nos ofenden, cargar dos millas al que nos obliga a hacerlo por una, poner la otra mejilla? Todas estas son órdenes que exceden en mucho a la simple justicia. Sin el generoso amor que impulsa a su gente a un sentido más rico de justicia, una sociedad tiende a conformarse con lo mínimo. Si queremos ser agentes transformadores, sal y luz en medio de nuestra sociedad, hermanos, nosotros necesitamos saber articular el amor y la justicia como dos elementos complementarios que nos ayudan a salir adelante.
Y nuevamente, esto no es algo que el Señor no haya hecho primero, porque el Señor nos ha dejado sus pisadas para que nosotros vayamos tras ellas. Si nosotros miramos —y quiero que lo veamos juntos, porque esta es la realidad de la verdad de Dios en nosotros— si miramos Efesios capítulo 2, a partir del verso 3, nos vamos a dar cuenta que el Señor no nos está pidiendo algo que no haya hecho primero por nosotros. De tal forma que nosotros somos imitadores de Dios por el favor y la gracia, el amor y la justicia que Él ha efectuado en nuestras vidas.
En Efesios capítulo 2, a partir del verso 3, dice: "Entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo —por gracia habéis sido salvados—, y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús."
Hermanos, allí radica la fuente de bendición cuando nosotros aprendemos a aplicar el amor y la misericordia. "Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con nuestro Señor Jesucristo." Amor y misericordia. El Señor nos amó de tal manera que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que crea en Él tenga vida eterna. Esa es la realidad.
El Señor en la cruz es una muestra de que el amor y la justicia son los dos elementos que también debemos aplicar en nuestra vida para poder ser agentes de redención en medio de una sociedad que se destruye como la nuestra. Amor y justicia van de la mano, trabajando juntos para hacer las cosas como deben hacerse. Muchas atrocidades se han cometido en nombre de la justicia, pero también horrendas equivocaciones se han efectuado en el nombre del amor. Solo cuando fusionamos en un solo modelo el amor y la justicia, estaremos actuando como bendición para vida.
Volviendo a Lucas capítulo 11, nosotros nos encontramos las últimas palabras del Señor ahí en el verso 42. Nuevamente repetimos el versículo que dice: "Mas ¡ay de vosotros, fariseos!, porque pagáis el diezmo de la menta y la ruda y toda clase de hortaliza, y sin embargo pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Pero esto es lo que debíais haber practicado, sin descuidar lo otro."
Nosotros podemos tener muchas actividades religiosas que tenemos que mantener. No debemos descuidarlas, debemos mantenernos en ellas, pero no debemos olvidar los principales elementos de nuestra constitución espiritual. El Señor dijo en su Palabra: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos para con los otros."
El Señor de una manera muy clara y precisa nos demuestra que la justificación que tenemos nosotros por la fe, la centralidad del Evangelio de Jesucristo, se trata justamente en la declaración de la justicia de Dios en Cristo. El Señor ha perdonado nuestros pecados producto de que el Señor hizo justicia en su propio Hijo. El Señor no ha dejado la justicia en manos de otros; el Señor nos pide que hagamos justicia.
Por eso es que finalmente, hermanos, el amor y la justicia no quedan entregados en nuestras manos para que nosotros respondamos a estos dos elementos de manera particular y conforme a nuestros deseos. Nosotros vamos a encontrar en la Escritura que el más grande mandamiento va a ser que amemos, que amemos a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Existe el mandamiento de parte de Dios de que amemos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, que nos amemos a nosotros mismos, y que este amor que he prefigurado en una intervención posiblemente el Señor no lo pone de una manera clara como un mandamiento, nosotros tendríamos que olvidarlo. Pero debemos ser obedientes al mandamiento en donde se resume toda la ley y los profetas: amar.
Pero el Señor también nos pide que hagamos justicia. Si nosotros vamos al Antiguo Testamento, a este precioso pasaje en el profeta Miqueas, nosotros vamos a darnos cuenta que el Señor nos habla de una manera poderosa en un precioso pasaje en donde el Señor nuevamente vuelve a comparar nuestras grandes actividades religiosas y aquello que realmente es importante y significativo. Dice Miqueas capítulo 6, a partir del verso 7: "¿Se agradará el Señor de millares de carneros, de miríadas de ríos de aceite? ¿Ofreceré mi primogénito por mi rebeldía, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno, y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios."
El Señor te ha declarado lo que es bueno, hermano. El Señor nos ha ordenado amar y el Señor nos ha ordenado practicar la justicia. Dos caras de una misma moneda, dos caras que son la fuente de nuestra salvación y la fuente de nuestra transformación, dos elementos que los encontramos en el corazón de Dios, dos elementos que producen gratitud en mi alma, porque yo soy producto del amor y la justicia de Dios manifestada claramente en Jesucristo. Por lo tanto, dos elementos que yo debo usar para bendecir y transformar el mundo en el que yo vivo, en donde debo ser sal y luz.
El Señor nos manda y nos obliga y nos ordena y nos pide obediencia, porque finalmente el amor y la justicia se descubren mutuamente como dos elementos fundamentales para que nosotros caminemos. Especialmente, hermanos, en un país en donde hoy estamos celebrando un aniversario patrio, pero en donde sabemos que no hay justicia, en donde sabemos que no hay amor, en donde se requiere que los cristianos no solamente amen, aunque es necesario amar, pero en donde es necesario también que los cristianos de una vez por todas nos pongamos de pie y digamos que amamos a nuestro país, pero que también amamos la justicia de Dios, y que la justicia de Dios se tiene que manifestar aun al alto costo de nuestras propias vidas, porque esto es lo que hizo el Señor Jesucristo.
Tenemos que pagar nuestros impuestos, tenemos que respetar las señales de tráfico, tenemos que pedir recibo, tenemos que pedir facturas, tenemos que tratar con dignidad a las personas que trabajan con nosotros, tenemos que vivir con amor y con justicia. Tenemos que ordenar nuestras vidas de tal manera, hermanos, que las preciosas alabanzas que nosotros elevamos aquí salgan con nosotros cuando empecemos a actuar con amor y con justicia.
Yo les pido por favor que saquen una moneda de su bolsillo. Una moneda. El que no tiene una moneda se la presta al vecino, pero luego se la devuelve, porque somos justos. Una moneda. Amor, hermanos, amor y justicia. Amor y justicia, indisolubles. Dos elementos que permanecen firmemente unidos, son los dos elementos a través de los cuales nosotros gozamos de salvación hoy día. El Señor me amó de tal manera que hizo justicia para que yo pueda estar con Él. Nosotros tenemos que amar y hacer justicia de la misma manera.
Tomemos esta moneda y pongámonos delante del Señor y ofrezcámonos en obediencia y digamos: "Señor, Señor, perdóname porque no he amado lo suficiente. Perdóname porque la justicia no ha sido la fuente de mi amor. Perdóname, Señor, porque cuando he querido hacer justicia, la he mirado solamente en términos de los míos y me he olvidado que la justicia se extiende también a mi prójimo a través de los lazos de amor. Perdóname, Señor, porque he amado demasiado a los míos y he olvidado a los que son míos pero no pertenecen a mi familia. Perdóname, Señor, porque te he dicho que te amaba en la iglesia, pero me he olvidado de hacer justicia en medio de la sociedad. Perdóname, Señor, porque no he pagado mis impuestos. Perdóname, Señor, porque no trato a mis empleados como debería tratarlos. Perdóname, Señor, porque no soy misericordioso con el que pasa necesidad."
"Ayúdame, Señor, a descubrir que si solo hubiera sido por tu amor, si solamente me hubieras amado, el amor no hubiera sido suficiente para llevarme contigo a la gloria. Jesucristo tuvo que pagar el precio por mi salvación, morir en la cruz del Calvario, decirle a su Padre: 'Padre, ¿por qué me has desamparado?' Pero a través de esa obra, yo he obtenido redención. Señor, si yo quiero vivir una vida transformada, ayúdame a vivir con amor y con justicia, con amor y con justicia. Ayúdame a caminar y extenderme, Señor, de tal forma que yo pueda ver estos dos elementos en mi vida."
Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.