Integridad y Sabiduria
Sermones

Amor y justicia (parte 2)

Pepe Mendoza 6 marzo, 2011

Vivir en un mundo marcado por la corrupción y la injusticia puede producir en nosotros un espíritu de irritación permanente, una actitud de queja que nos convierte en simples comentaristas del mal que nos rodea. Sin embargo, el Salmo 37 nos muestra un camino más excelente: la ira del hombre no produce la justicia de Dios, y si dejamos que la irritación gobierne nuestra conducta, solo terminaremos haciendo lo malo como el resto del mundo.

David, escribiendo como anciano, nos llama a profundizar nuestras convicciones espirituales más allá de las frases que repetimos. No basta con decir que confiamos en el Señor; debemos confiar y hacer el bien. No basta con habitar la tierra; debemos cultivar la fidelidad en el pequeño terreno que Dios nos ha dado. Antes de presentar nuestras peticiones, el Señor debe ser nuestra delicia, la fuente de toda bendición. Y al encomendar nuestro camino a Dios, debemos confiar en que Él actuará, aunque su respuesta no sea la que esperábamos.

El justo puede caer, pero no quedará derribado porque el Señor sostiene su mano. David corrobora esta verdad desde su experiencia: nunca vio al justo desamparado ni a su descendencia mendigando pan, pero tampoco vio a un justo que no fuera generoso y compasivo todo el día. El impío puede prosperar como árbol frondoso, pero luego pasa y ya no está. El hombre íntegro, en cambio, duerme bajo la sombra del árbol que él mismo sembró, con un futuro asegurado por las promesas de Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Por favor, abran sus Biblias en el Salmo número 37. Un salmo precioso, un salmo conocido como un salmo de sabiduría. Era un salmo que no solamente buscaba elevar en adoración al Señor, sino que es un salmo que nosotros podíamos llamar así, un salmo de enseñanzas prácticas, un salmo de transformación, un salmo que buscaba clarificar en la vida de los creyentes el orden de Dios con respecto a las demandas de Dios.

Este salmo fue escrito de manera acróstica. Si lo pudiéramos ver en el lenguaje original, en el hebreo, nos daríamos cuenta que cada dos versículos empieza con alguna letra ordenada del alfabeto hebreo. Esto permitía que los lectores originales pudieran memorizar este texto y apropiárselo de manera personal, no solamente como un cántico, sino como un instrumento de enseñanza personal. Era un salmo de sabiduría, era un salmo de enseñanza, un salmo que involucra la necesidad de clarificar nuestra posición en el mundo, a pesar de que en el mundo no encontramos las consideraciones suficientes para poder vivir nuestra vida espiritual.

Vamos a leer solamente los primeros 11 versículos del Salmo número 37, a fin de que podamos entender un poco de lo que el salmo trata, pero estaremos revisándolo a lo largo del mensaje, estaremos revisándolo continuamente. Dice así el Salmo 37:

"No te irrites a causa de los malhechores ni tengas envidia de los que practican la iniquidad, porque como la hierba pronto se secarán y se marchitarán como la hierba verde. Confía en el Señor y haz el bien. Habita en la tierra y cultiva la fidelidad. Pon tu delicia en el Señor y él te dará las peticiones de tu corazón. Encomienda al Señor tu camino, confía en él, que él actuará. Hará resplandecer tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía. Confía callado en el Señor y espérale con paciencia. No te irrites a causa del que prospera en su camino, por el hombre que lleva a cabo sus intrigas. Deja la ira y abandona el furor. No te irrites, solo harías lo malo, porque los malhechores serán exterminados, mas los que esperan en el Señor poseerán la tierra. Un poco más y no existirá el impío. Buscarás con cuidado su lugar, pero él no estará allí. Mas los humildes poseerán la tierra y se deleitarán en abundante prosperidad."

Señor, queremos pedirte una vez más, Señor, en oración, que tú nos guíes y nos dirijas, Señor, a poder entender tu Palabra. Sabemos, Señor, que este es un salmo de sabiduría, y por lo tanto, Señor, nos inclinamos ante ti, el dador de toda sabiduría, para que tú nos entregues de esa sabiduría especial, de esa sabiduría eterna, del misterio de tu revelación y de tu Evangelio, de tal manera que todos nosotros, guiados por tu Santo Espíritu, podamos comprender, Señor, las demandas que tú nos haces. Te ruego que nos bendigas, Señor, que nos permitas un espíritu de atención y que todo lo que aquí digamos o hagamos sea enteramente para tu gloria y honra. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

Un salmo de sabiduría. ¿Cuál es la primera intención del salmista? Es presentarnos las consideraciones sobre las cuales nosotros debemos manejarnos en este mundo. Es un salmo clarificador, es un salmo ordenador, es un salmo escrito por David cuando era anciano y está tratando de imponer en este salmo todo aquello que él ha aprendido del Señor y que es necesario que los creyentes en su tiempo corrijan.

La primera cosa tiene que ver con nuestra actitud ante la vida y nuestra actitud ante el mundo. Nosotros sabemos que vivimos en una sociedad que definitivamente no adora a Dios. Nosotros vivimos en una sociedad en donde la corrupción prevalece, donde la injusticia tiene su reino y donde la moral ha desaparecido. Y es la sociedad en la que nos ha tocado vivir, y es la sociedad en que David está escribiendo en ese momento hace más de tres mil años atrás. El hombre es pecador, separado de Dios, y esa es la condición que prevalece en un mundo sin Dios y sin esperanza, gobernado por el príncipe de las tinieblas. Esa es la realidad de nuestro mundo.

Ahora, el problema radica en ¿qué actitud yo tengo y cómo yo enfrento esa realidad tirana, si la podemos llamar de alguna manera? Como bien nos decía nuestro pastor hace un momento, nosotros tendemos a vivir en un permanente espíritu de queja. A uno u otro, cuando estamos en una conversación con alguna otra persona, yo le pregunto: "Oye, ¿y cómo estás?", y la persona dice: "No me puedo quejar". O sea, que si pudiera se queja, pero en ese momento las cosas están yendo bien. "No me puedo quejar, Miguel, vamos bien. Podría, pero no lo voy a hacer en este momento."

Ahora, cuando nosotros decimos esto, es básicamente nuestra actitud que tenemos ante la vida. La vida tiende a descomponernos el alma, tiende a producir en nosotros un espíritu reactivo. Nosotros vivimos en este mundo y en medio de las situaciones de este mundo, cuando vemos los noticieros, cuando leemos los periódicos, cuando vemos las series, cuando vemos los documentales, todo lo que hacen todos estos medios de comunicación es producir en nosotros un espíritu de irritación. Ese espíritu de irritación y de queja prevalece en nuestra alma, reaccionamos negativamente ante todas estas situaciones. Esta irritación es un sentimiento de ira que produce ansiedad, preocupación, un sentimiento de incomodidad y de permanente queja. Siempre estamos con un sentido de resentimiento y de desazón, una expresión de dolor ante todo aquello que sucede en el mundo.

Nos sentamos y empezamos a hablar de lo mal y de lo descompuesto de la realidad de nuestra vida. "Si tú supieras lo que me ha pasado, si tú vieras lo que está sucediendo, qué inepto el político, qué corrupto el otro ciudadano, mira lo que le pasó al vecino, estaba caminando por ahí, lo asaltaron, le robaron la cartera. Claro, yo conozco otra persona también, porque eso no solamente le pasó a él, sino que también le pasó a Margarita, a Felipe y a Juanito, porque si tú supieras el mundo en que vivimos, hermano."

Ahora, el Señor nos habla en su Palabra y nos dice que ese espíritu de queja, de irritación, de resentimiento y aun de envidia, porque eso es lo que dice el pasaje, no debe estar en nosotros. Dice el salmo, empieza diciendo: "No te irrites a causa de los malhechores, no tengas envidia de los que practican iniquidad." Definitivamente vivimos en una sociedad que anda al revés. Un malhechor es aquella persona que está habituada a hacer el mal. Un mal hacedor podríamos llamarlo de alguna manera, una persona habituada a hacer el mal es un malhechor.

E interesantemente, en la segunda parte del verso uno, en donde dice "no tengas envidia de los que practican la iniquidad", el término es muy interesante porque la palabra practicar es en realidad la palabra trabajo, y la iniquidad es la injusticia. Entonces, alguien que practica la iniquidad es alguien que trabaja actuando en injusticia, que hace de la injusticia su propio trabajo, que hace de la injusticia la norma para vivir su propia vida, una persona que se gana la vida haciendo las cosas injustamente. ¿Y de esos conocemos? Muchos, ¿verdad? Esa es la realidad de nuestro mundo.

Sin embargo, el Señor nos dice en su Palabra, y es lo que David quiere guiarnos y enseñarnos, quiere guiarnos a descubrir algunas cosas que nosotros vamos a manifestar rápidamente. La primera cosa, hermano, es que un espíritu de irritación nunca nos llevará a hacer lo bueno delante de Dios. Esa es la primera cosa que quiero que anoten. ¿Están anotando, no? Todos, a ver, mira, nadie anota. Bueno, anoten en la mente. La primera cosa que ustedes tienen que aprender es que la irritación no va a producir en mí el cambio esperado para ser un agente transformador del Señor. Ser sal y luz no significa ser un hombre irritado, no significa ser un hombre con un espíritu de enojo.

El Señor nos dice en su Palabra en el verso 8 del Salmo 37, la primera enseñanza de esta mañana es: deja la ira, abandona el furor, no te irrites, porque si estos elementos prevalecen en ti, solo harás lo malo. Solo harás lo malo. Santiago dice con mucha claridad: en la ira del hombre no opera la justicia de Dios. No creamos que en medio de nuestra irritación, mi enojo, mi ira, mi furor, el Señor va a hablar con justicia. No creamos que estamos del lado de Dios simplemente porque vivimos quejándonos de las cosas que están mal en este mundo. Deja la ira, abandona el furor, no te irrites, solo harás lo malo. En la ira del hombre no opera la justicia de Dios.

En medio de servir al Señor en la humanidad, en medio de nuestra sociedad corrupta, no es simplemente irritándonos. Hay un camino más excelente. Y David, siendo anciano, se ha dado cuenta que la irritación, el enojo, la ira y el furor no producen, no logran nada productivo en este mundo. Solo haremos lo malo, solo terminaremos siendo gente reactiva ante lo negativo del mundo, solo nos convertiremos en comentaristas del mal que está en nuestra realidad. Y eso es lo que muchos de nosotros hacemos de día y de noche: nos quejamos. Profesión: quejador. Eso no es, hermano. La primera recomendación: dejemos la irritación.

La segunda recomendación de parte del salmista, que es muy clara, es que nosotros tenemos ciertos, podríamos llamar así, ciertos aditamentos espirituales, ciertas fórmulas espirituales que son provechosas para nuestro crecimiento y nuestro desarrollo personal. Son fórmulas que vienen de parte de Dios, pero que nosotros debemos enriquecer, porque en la medida en que las desarrollamos, entonces estaremos descubriendo el potencial de la vida que el Señor espera que nosotros vivamos. El Señor no quiere que yo sea reactivo ante las situaciones del mundo. El mundo es como es porque ha abandonado al Señor, porque está con el príncipe de las tinieblas, porque se rige bajo principios que son completamente opuestos a la Palabra del Señor. Sin embargo, el Señor nos ha dado un camino más excelente, un camino que es totalmente distinto, que es el camino de los hijos de Dios, y es el camino que nosotros debemos caminar.

Sin embargo, a veces nosotros tendemos a desinflar las expectativas del Señor. Tendemos a simplemente tomar una lista de lo que Dios espera de nosotros y nos olvidamos de la integridad de las demandas del Señor. Por eso es que la segunda aplicación de aquello que el Señor nos está llamando a aprender en esta mañana para poder vivir en amor y en justicia, es descubrir las dos caras de la misma realidad espiritual.

En el verso tres del capítulo 37 de los Salmos, el rey David empieza a mostrar una verdad evidente en cuanto a nuestra vida espiritual. La primera verdad evidente es: confía en el Señor. No te irrites, confía en el Señor, pon tu confianza en el Señor. Esto es algo que todos nosotros conocemos, ¿verdad? Nadie en este momento puso una cara de "¡Wow, Pepe, qué bárbaro!". Todos nosotros sabemos y nos decimos una y otra vez que debemos poner nuestra confianza en el Señor. Pero David lo que está haciendo es enriquecer esa verdad. Él dice: confía en el Señor, pero haz el bien. Confía en el Señor, pero haz el bien.

No solamente basta que nosotros digamos que hemos puesto nuestra confianza en el Señor, sino que esa confianza en el Señor, en su presencia, en su control, en su soberanía sobre mi vida, me debe guiar a dar pasos firmes en cuanto a mi disposición a vivir correctamente. No basta simplemente con que yo diga "yo confío en él", sino que David está diciendo: confía en el Señor y haz el bien.

En el verso 27 también dice: "Apártate del mal y haz el bien, y tendrás morada para siempre, porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus santos; ellos son preservados para siempre". Apártate del mal y haz el bien. Confía en el Señor y haz el bien. A veces nosotros le decimos a un hermano que está aquí y nos cuenta una situación de apremio, está en una situación de dificultad, y nosotros le decimos: "Lo que tú tienes que hacer es confiar en el Señor". ¿Verdad? Hemos hecho eso, ¿verdad? Y nos han dicho eso también: "Lo que tú tienes que hacer es confiar en el Señor". Ahora hemos aprendido algo nuevo. Ahora nos veremos obligados a decir: confía en el Señor y haz el bien.

¿Por qué? Porque es la demanda que se hace completa de parte de Dios. No basta solamente el hecho de poner nuestra confianza en el Señor, sino que mi confianza en el Señor me mueve a depositar una vida que camina hacia la bondad y hacia el bien que el Señor está llamándonos a ejecutar. Confía en el Señor y haz el bien.

La segunda es: ¡habita en la tierra! ¡Habita en la tierra! Al menos nosotros estamos aquí, pero nadie nos ha expulsado de esta tierra; esta tierra sigue siendo nuestra. "No te pido que los quites del mundo, sino que los guardes del mal", dice el Señor, y fue la oración de nuestro Señor Jesucristo antes de partir. Por lo tanto, nosotros tenemos la responsabilidad de habitar en esta tierra. Tenemos la responsabilidad de poner mi tienda en esta tierra y reconocer que esta tierra es mía.

En mi irritación, yo tiendo a declararme no ciudadano de ninguna parte. Tiendo a reconocer, a decir: "¿Sabes lo que está sucediendo con ellos? En este país ya no se puede vivir". Pero a veces no se puede vivir porque nosotros nos hemos ido a vivir con nuestra mente y nuestro corazón a otra parte. La demanda del Señor es: ¡habita en la tierra! ¡Habita en la tierra!

Cada uno de nosotros tiene una labor en este mundo. Cada uno de nosotros tiene una residencia, tiene una dirección en donde vive. Un lugar que se convierte en un templo de Dios para transformación, un lugar para servir al Señor y darle la gloria a él. Pero es necesario que nosotros volvamos a habitar la tierra, que volvamos a tomar posesión de ese lugar y declararlo para la gloria de Dios. Mi trabajo como empleado, como profesional, como hombre de negocios, como científico, como estudiante universitario, en el colegio, en mi vecindario: nosotros estamos desperdigados en esta tierra. ¡Habita la tierra!

Pero nuevamente, a veces cada vez que nosotros decimos que habitamos la tierra, inmediatamente la corrupción imperante alrededor nuestro penetra y nos consume. Por eso es que el consejo es: ¡habita la tierra y cultiva la fidelidad! Cultiva la fidelidad. La fidelidad no es algo que aparece de la noche a la mañana. La fidelidad al Señor, nuestra lealtad a Dios y a sus principios, es algo que nosotros tenemos que sembrar y hacer que crezca en el pequeño terruño que el Señor nos ha dado para ver.

Se buscan hombres y mujeres que sean leales al Señor en la tierra que habitan. Habita en la tierra, pero no te dejes seducir por el mundo; cultiva la fidelidad. Cultiva la lealtad. Mantente firme en las manos del Señor, demuestra que estás comprometido con él. Pon un vallado y cercas a tu vida, tu profesión, a tus negocios, y dedícalo al Señor de tal manera que seas un hombre y una mujer leal en medio de este mundo desleal. Confía en el Señor y haz el bien. Habita la tierra, pero cultiva la fidelidad.

El verso 4 dice: "Pon tu delicia en el Señor, y él te dará las peticiones de tu corazón". Pon tu delicia en el Señor, hermanos, es antes que empezar a pedir al Señor. Pon tu delicia en el Señor es lograr que el Señor sea la fuente de toda bendición en nuestra vida. Que no sean las dádivas sino el dador el que nos sostiene, que sea el Señor la fuente de nuestra seguridad.

Como lo decía el apóstol Pablo en Filipenses 3 cuando él hace una evaluación de su vida, él reconoce que todas aquellas cosas que eran valiosas para él ahora son simplemente basura por el privilegio de haber conocido al Señor, que ha hecho que todas las cosas sean ínfimas en comparación a su presencia. En Colosenses 3 él vuelve a decir la misma verdad: "Poned vuestros ojos, poned a mirar las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la diestra de Dios". Deléitate en el Señor que tiene autoridad sobre todas las cosas, porque nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

Deléitate en el Señor, deléitate en el Señor, y en la medida que te deleites en el Señor, dice que él te concederá las peticiones de tu corazón. Porque cuando tú has puesto las prioridades correctas en tu alma, inmediatamente tus peticiones serán conforme a la voluntad de Dios, porque Dios ocupará la prioridad. Deléitate en el Señor y él te concederá las peticiones de tu corazón. A veces nosotros solamente queremos pedir y pedir y pedir que Dios le ponga orden a mi vida, cuando el orden a mi vida está cuando el Señor ocupe el primer lugar de mi existencia. Deléitate en el Señor y él te concederá las peticiones de tu corazón.

Verso 5 dice: "Encomienda al Señor tu camino", y esta es otra cosa que nosotros hacemos muy continuamente. Le decimos: "Señor, voy a poner delante de ti este negocio". Pero las decisiones las tomo yo. Las decisiones las tomo yo. "Señor, aquí te entrego esta cosa que voy a hacer, pero Señor, déjame guiarlo conforme a mis expectativas". Encomienda al Señor tu camino, pero confía en él, porque él va a actuar.

Eso es lo que David está diciendo: no basta solamente con decir "Señor, te pongo delante de ti esto o aquello", sino que tienes que confiar que el Señor va a actuar en aquello que has puesto delante de él, aunque a veces esa respuesta de Dios no sea la que tú esperas. Porque muchas veces nosotros tenemos la expectativa: "Señor, te he puesto esto delante de ti para que funcione tal como me lo imaginé, tal como yo lo pienso. Señor, así tiene que suceder, porque eso significará que tú estás detrás de todo. Pero si no es así, entonces el Señor nunca estuvo en esto". ¿Quién te ha dicho eso? Encomienda al Señor tu camino, confía en él, que él va a actuar.

De tal forma, hermanos, que nosotros nos encontramos con esta segunda enseñanza de parte del salmista en donde nos habla de enriquecer nuestras convicciones, enriquecerlas en acción, enriquecerlas en profundidad. Confía en el Señor y haz el bien. Habita la tierra pero cultiva la fidelidad. Pon tu delicia en el Señor antes de que empieces con tus peticiones, y si el Señor está primero, entonces tus peticiones también irán de acuerdo a ese Dios grande que tú tienes. Encomienda al Señor tu camino, confía en él, y él actuará.

Esas son las posibilidades que nosotros tenemos: no solamente ser reactivos ante la injusticia del mundo, sino que en realidad yo desecho la ira, desecho el enojo, desecho la irritación, y empiezo a caminar con mi Dios en una vida intensa y profunda. Esa es una vida de dependencia de él, porque no solamente el Señor nos invita a cambiar nuestra actitud, y no solamente nos invita a profundizar nuestras convicciones, sino que también nos invita a reconocer que el Señor y sus promesas están detrás de todo.

Y simplemente, de una manera muy clara a lo largo de todo el pasaje, él es el que nos va a sostener, él es el que nos va a estar cuidando, él es el que nos va a estar protegiendo. Dice el verso 16: "Mejor es lo poco del justo que la abundancia de muchos impíos, porque los brazos de los impíos serán quebrados, mas el Señor sostiene a los justos. El Señor conoce los días de los íntegros y su herencia será perpetua. No serán avergonzados en el tiempo malo y en días de hambre se saciarán. Pero los impíos perecerán, y los enemigos del Señor serán como la hermosura de los prados: desaparecen, se desvanecen como el humo. El impío pide prestado y no paga, mas el justo es compasivo y da, porque los que son bendecidos por el Señor poseerán la tierra, pero los maldecidos por él serán exterminados".

Hay la realidad, hermanos, de una promesa de parte de Dios. Pero la promesa de parte de Dios, cuando nosotros vivimos en un mundo que es injusto, que es corrupto, en un mundo que aborrece el amor, en un mundo agresivo y violento, es reconocer también que, desde el hecho de vivir en este mundo, nosotros sabemos que no viviremos vidas perfectas. Sino que estaremos alterados por la realidad de este mundo, estaremos alterados por las dificultades de este tiempo y de la realidad de convivir en un mundo con personas que aborrecen la justicia, aborrecen la lealtad y desprecian el amor.

Sin embargo, el Señor dice, como por ejemplo en el verso 19: "No serás avergonzado en el tiempo malo, y en los días de hambre serás saciado". No serás avergonzado en los días malos, y en los días de hambre serás saciado. Ahí está la expectativa del Señor, sus promesas para con aquellos que están dispuestos a vivir conforme a sus expectativas.

Dice el verso 23: "Por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y el Señor se deleita en su camino. Cuando caiga, no quedará derribado, porque el Señor sostiene su mano". Y aquí, hermanos, hay una idea fundamental si es que nosotros queremos vivir para Él. Por el Señor son ordenados los pasos del hombre. La palabra "orden" no solamente tiene que ver con rectitud, sino que el Señor establece nuestros pasos, los confirma. El Señor hace que nuestros pasos no sean solamente como las huellas de nuestros pies sobre la arena, que en la medida en que vamos avanzando con el mar cayendo sobre la orilla esas huellas desaparecen. No, el Señor promete que si nosotros caminamos con Él, entonces el Señor ordenará nuestros pasos, y el Señor se deleitará en el camino que estamos caminando.

Eso significa que el Señor va a querer caminar conmigo, que el Señor se va a agradar en la vida que yo estoy llevando, y por lo tanto, sin importar lo que suceda fuera de Él, sin importar lo que suceda con los corruptos y los injustos, el Señor irá afirmando mis pasos y haciendo que mi vida cobre significado, y mi vida vaya adquiriendo los visos de una vida que glorifique a Dios. Una vida en donde el Señor se deleita y, por lo tanto, su presencia es manifiesta.

Pero lo interesante es que esa vida ordenada no significa una vida sin tropiezos o una vida sin dificultades. Dice el verso 24: "Cuando caiga..." O sea que el justo puede caer, el justo puede tropezar, el justo no es perfecto, el justo no conoce el camino, el justo no es absolutamente fuerte. Sin embargo, cuando caiga, no quedará derribado porque el Señor sostiene su mano. Y lo levanta nuevamente y le dice: "Vamos de nuevo, vamos a volver a empezar, yo me deleito en tu camino, no importa lo que esté pasando ahora. Vamos, yo te sostengo de la mano, vamos adelante, vamos a seguir caminando, vamos juntos". Porque ahí está la promesa de un Dios santo que quiere bendecir a su pueblo que anda con rectitud, porque el Señor se deleita en el camino que hemos emprendido.

Entonces, hermanos, el Señor nos invita: no te irrites, no creas que en tu irritación va a obrar la justicia de Dios. No, si dejamos que la irritación gobierne nuestra conducta, solo haremos lo malo, solo estaremos reaccionando ante la maldad y finalmente terminaremos haciendo lo malo como el resto de las demás personas. El Señor nos invita a un camino más excelente, pero es un camino que nosotros tenemos que repensar y sobre el cual nosotros tenemos que profundizar nuestras convicciones.

No solamente tenemos que decir "confía", sino confía y haz el bien. No solamente tenemos que decirle "apártate del mal", sino apártate del mal y haz el bien. No solamente basta decir que habito la tierra, sino que debemos cultivar la fidelidad. No basta solamente decir que pongo todas mis oraciones delante del Señor para que las bendiga, sino que tengo que decirle: "Señor, tú eres mi delicia, tú eres la fuente de todas las cosas. ¿A quién tengo en los cielos sino a ti? Fuera de ti nada deseo en la tierra". Esa es la realidad de un verdadero cristiano cuyas oraciones van a ser contestadas.

El Señor nos invita a encomendarle a Él nuestro camino, pero confiando en Él, que Él va a actuar juntamente con nosotros, que Él va a operar aquellas cosas que estamos poniendo delante de su presencia. El Señor nos invita a reconocer que hay promesas de sostén, de cuidado, de protección sobre nuestras vidas, que no seremos avergonzados en el tiempo malo porque no seremos culpados de injusticia. No serás avergonzado en el tiempo malo y en los días de hambre serás saciado, porque claramente el Señor nos invita a establecer una nueva escala de valores en nuestra propia vida.

Comentando justamente lo que nuestro pastor nos contó acerca de Cuba, dice el verso 16: "Mejor es lo poco del justo que la abundancia de muchos impíos". El Señor todavía tiene claro en su mente que para Él es más importante la calidad que la cantidad. Para el Señor es más importante la calidad que la cantidad. Nosotros tenemos que volver a repensar nuestras vidas de tal manera que nuestros valores nos lleven a una vida frugal pero digna, que nos lleven a una vida en donde los bienes materiales no son la demostración de quienes somos, sino más bien la calidad de nuestra conducta delante de nuestro Dios.

Ahí es donde radica nuestra esperanza, ahí es donde está nuestra seguridad, ahí es donde está el fundamento de nuestra fe. No en aquellas cosas que hemos acumulado, porque al acumular tantas cosas simplemente nuestra alma se puede ir tras ello. O a veces hemos tenido que pagar un precio muy alto para con nuestra relación con Dios. Mejor es lo poco del justo que la abundancia de los muchos impíos.

Esa es la expectativa que el Señor tiene para con nosotros, de tal forma que podemos entender que no seremos avergonzados en el tiempo malo, y en los días de hambre nos saciará el mismo Señor porque nos sostiene con la mano aun en medio de nuestras caídas y en medio de nuestros tropiezos.

Finalmente, hermanos, el Señor nos invita a vivir en amor y en justicia. El Señor nos invita a vivir una vida digna que no sea reactiva a los acontecimientos del mundo y a las quejas del mundo, sino que se oriente en dirección al Señor que tiene control sobre todas las cosas. Declararlo a Él soberano de mi vida y nosotros embajadores de la reconciliación en medio del mundo, cultivando nuestra lealtad y nuestro compromiso en fidelidad para con el Señor.

Y David, siendo ya anciano, corrobora de manera histórica esta verdad desde dos puntos de vista. Él corrobora esta verdad a través de los versos 25 y 26: "Yo fui joven y ya soy viejo, y no he visto al justo desamparado ni a su descendencia mendigando pan". Y aquí, hermanos, está justamente la corroboración histórica de una verdad espiritual que nosotros tenemos que aprender a descubrir en el tiempo, que no va a ser el producto de un milagro en un dos por tres de un segundo, sino que va a ser un milagro que el Señor va a acentuar en nuestras vidas en medio del proceso de nuestra existencia, en donde el Señor irá asegurando nuestra vida y amparando nuestra vida en la medida en que nosotros seguimos cultivando la fidelidad hacia Él.

"No he visto justo desamparado". La idea de amparo no solamente tiene que ver con la protección de Dios sobre esta persona, sino también con el hecho de que esta persona ha provisto recursos para su sostén y para el sostén de los suyos. "Yo no he visto justo desamparado ni a su descendencia mendigando pan". Ustedes seguramente conocen ese versículo y lo han repetido en multitud de oportunidades, ¿verdad?

Sin embargo, no nos salgamos del contexto, porque la idea de David es enriquecer la enseñanza, y en el verso 26 está justamente el ideal completo con respecto a esa vida transformada: "Todo el día es compasivo y presta, y su descendencia es para bendición". Todo el día es compasivo y presta. Este hombre justo, que está amparado por la provisión del Señor, también es un hombre generoso y amoroso. Justicia y amor, las dos caras de una misma moneda.

Yo no he visto justo desamparado, y yo tampoco he visto a un justo que no sea amoroso, generoso y desprendido con lo que tiene. Un justo no es un ser egoísta que acumula todo para sí para demostrarle al mundo lo bien que le va y lo bien que el Señor lo protege. Un justo es un hombre desprendido, porque así como es justo así también ama, porque él sabe que la base del amor es su propia justicia. "Todo el día es compasivo y presta, y su descendencia es para bendición". Todos los días es un hombre compasivo y todos los días es un hombre justo. El amor y la justicia establecen un patrón de vida que concretan bendición.

Y en oposición a esta realidad que David está observando, nosotros encontramos la contraparte en los versos 35 y 36. Ahí está la contraparte. Dice: "He visto al impío violento extenderse como frondoso árbol en su propio suelo". O sea, David es capaz de decir: "Señores, esto que yo he visto con el justo y amoroso es también una realidad de prosperidad con el impío y el violento". La palabra "impío" es alguien injusto, sin ley, alguien que no vive de acuerdo a los patrones de Dios, alguien corrupto. Ese es impío, y es violento porque carece de amor, porque arrasa en el mundo, porque arranca y va de largo, dejando atrás una estela de muerte y destrucción.

"He visto al impío violento extenderse como frondoso árbol en su propio suelo". Lo he visto como un árbol frondoso, lleno de hojas y de frutos, allí en su propio suelo. Lo he visto prosperar. Pero, hermanos, aquí hay una enseñanza adicional que es nuestra seguridad escatológica, nuestra esperanza eterna. Dice el verso 36: "Luego pasó, y ya no estaba; lo busqué, pero no se le halló".

Es verdad, es cierto, muchos prosperan injustamente. Seguramente los muchachos que están en la universidad, los jóvenes profesionales me podrán decir que tienen algunos compañeros que haciendo algunas cositas malas pues ya tienen la camioneta del año, el departamento en no sé dónde, en el piso no sé cuánto, ya van viajando por aquí, por allá. Mira cómo prosperaron. A veces en nuestros negocios vemos que a nosotros nos va mal porque tratamos de hacer las cosas bien, porque tratamos de pagar con factura, porque nos ponemos bravos con las autoridades que vienen a veces a pedirnos cosas, y vamos para atrás. Y miren al otro, miren a este cómo prospera.

Él empezó conmigo la misma cosa, pero a él le gusta soltar la platita, poner por aquí, comprar sin parar acá. Y mire cómo prospera: la casa que se acaba de comprar allí en la playa, se acaba de ir con toda la familia a Europa. Envidia me da.

Pero en medio de ese árbol frondoso en su propia tierra, hermanos, hay una verdad escatológica. Hay una verdad que no tiene que ver solamente con nuestra temporalidad, sino que el verso 36 dice: "Luego pasé, y ya no estaba; lo busqué, pero no se le halló". El verso 12 dice: "El impío trama contra el justo y contra él rechina sus dientes. El Señor se ríe de él, porque ve que su día se acerca".

Hay una diferencia, hermanos, entre prosperar en el Señor y prosperar en el mundo. Hay una gran diferencia entre prosperar de acuerdo a los patrones del Señor y prosperar en cuanto a los patrones del mundo. Es el hecho de que vamos a prevalecer en el tiempo. Es el hecho de que finalmente el Señor nos va a permitir gozar de una herencia que no solamente será una herencia temporal, sino una herencia eterna. "He visto al impío y violento extenderse como frondoso árbol en su propio suelo. Luego pasé, y ya no estaba; lo busqué, pero no se le halló".

¿Sobre qué tenemos el fundamento de nuestra vida? ¿Sobre qué queremos establecer las bases de nuestra existencia? Una tía mía siempre me enseñaba y me recordaba continuamente un pequeño poema que dice: "Vive tu vida de tal manera que viva queden la muerte". Vive tu vida de tal manera que entiendas tu sentido de eternidad, que Dios es soberano y que al final de los tiempos todos tendremos que darle cuenta a Dios de quiénes somos y de nuestros actos.

Por eso es que yo quisiera terminar, hermanos, brevemente con el verso 37: "Observa al que es íntegro, mira al que es recto, porque el hombre de paz tendrá descendencia". Observa al íntegro, mira al que es recto. Nosotros estamos tan poblados de antimodelos, hermanos. Tantos libros que hablan al revés de todo lo que creemos, tanto que vemos en los medios de comunicación que son antimodelos, completos antimodelos de lo que el Señor espera de nosotros. Y nosotros nos creemos el cuento y nos negamos a vivir nuestra vida como el Señor espera que la vivamos.

Estudiantes universitarios, cuídense de los modelos de vida que se les presentan en las universidades. Cuídense de la moralidad de sus profesores. Busquen modelos en el Señor. Observa al que es íntegro, observa al que vive bajo sus principios, observa aquel que no se quiebra, que no tiene quebraduras en su vida espiritual, que vive en la integridad de su corazón delante de Dios, que es capaz de soportar el castigo y la bendición de seguir al Señor en medio de este mundo. "En este mundo tendréis aflicción, pero confíen, yo he vencido al mundo". Esa es la verdad espiritual. Observa a aquellos que están dispuestos a vivir el sufrimiento de seguir a Cristo en este mundo; obsérvalos.

Mira al que es recto, mira al que ha conseguido una estatura espiritual que permite ser de testimonio a nuestra vida. Porque el hombre de paz, el hombre de shalom, el hombre que se llena de amor tendrá un futuro. La idea de descendencia, hermanos, para el pueblo hebreo era la idea de multiplicar los hijos de tal manera que el nombre de la familia prevalecía por generaciones y generaciones. Es la idea que nosotros tenemos con respecto al futuro, un futuro esperanzador para nuestras vidas. Observa al que es íntegro, mira al que es recto, porque el hombre de paz tendrá un futuro. Esa es nuestra esperanza, ahí radica nuestra expectativa, allí es donde está nuestro temor, allí es donde están nuestros sueños.

De tal manera, hermanos, que tomemos el Salmo 37 una y otra vez y repasémoslo. Para borrar de nosotros la irritación, porque de la irritación no saldrá nada bueno. Para acomodarnos al plan concreto del Señor, pero un plan concreto que sea íntimo y profundo. Confía en el Señor, pero haz el bien. Confía en el Señor, pero haz el bien. Encomienda al Señor tu camino, pero confía en que Él va a actuar. Habita en la tierra, pero siembra fidelidad, cultiva fidelidad.

Recuerda que el Señor ha prometido tomarte de la mano en tiempos de dificultad. No serás avergonzado en el día malo, no pasarás hambre cuando haya dificultades. El Señor promete que si caminamos con Él, Él se encargará y tomará el control de nuestra vida. No tenemos que someternos a los decídelos del mundo. En el mundo los impíos seguirán prosperando, pero tenemos la esperanza de que hoy los vemos, pero mañana dejarán de ser.

Observa al íntegro, mira al recto, sigue su ejemplo. Establezcamos una comunidad de hombres y mujeres íntegros, y de hombres y mujeres rectos, en donde nuestra vida está dejando huella. Porque por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y el Señor se deleita en sus caminos. Que el Señor se deleite en nuestros pasos, se deleite en nuestra vida, y que toda nuestra vida sea el testimonio de la redención que hemos obtenido en Cristo Jesús. No solamente nuestras palabras, no solamente nuestra vida religiosa, no solamente en nuestro tiempo de oración, sino que toda nuestra vida sea una manifestación de que hemos sido redimidos por Cristo, y que hemos pasado del reino de las tinieblas al reino de su amado Hijo Jesucristo, bajo la seguridad permanente de que el Señor ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Cuando hago negocios, Él está conmigo. Cuando estoy dando un examen en la universidad, Él está conmigo. Cuando estoy rindiendo una prueba en el colegio, Él está conmigo. Cuando estoy cerrando una venta, Él está conmigo. El Señor que está conmigo quiere deleitarse en mis caminos y no quitar la cara avergonzado. Salmo 37.

Hace algunos años yo tuve el privilegio de conocer a una persona conforme a lo que dice ese verso: "Observa al íntegro". Era un hombre mayor ya, una persona que tenía quizás más de 70 años. Él había sido un profesional eminente que había trabajado en varios países. No solamente se había desarrollado profesionalmente, había prosperado económicamente, había levantado un nombre que era reconocido internacionalmente. Pero él también era un cristiano, y era un cristiano que vivía conforme a sus principios. Un hombre realmente a carta cabal, un hombre al cual yo miraba por su integridad y por su rectitud. Un hombre en el que podía ver no solamente la integridad y la rectitud de sus palabras, sino también de todo su trasfondo. Su vida y su familia, la segunda generación, sus hijos, y la tercera generación de sus nietos eran realmente destacables, en la medida en que el Señor había extendido esa integridad y esa rectitud a la segunda y a la tercera generación.

Él un día me llevó a conocer su casa en Chile, en Santiago. Él se había hecho su casa en una loma, y él me dijo: "Hace 50 años atrás yo compré esto cuando no había nada aquí, nadie vivía aquí. Pero con los años, con sacrificio, con tesón, poco a poco yo fui levantando esto que ves a esta hora". Y era realmente hermoso lo que él había podido construir en 50 años, en una vida entera de rectitud e integridad, de caídas y de levantes, porque el Señor estaba presente. Un hombre que había habitado la tierra, pero que había cultivado la fidelidad.

Cuando estábamos pasando por un pequeño lugar donde había muchos árboles, él me dijo: "¿Ves? Estos árboles están altos. Pues estos árboles yo los sembré". Y él me toma del hombro, y él me mira a los ojos y me dice: "El hombre justo dormirá bajo la sombra del árbol que él mismo ha sembrado". El hombre justo dormirá bajo la sombra del árbol que él mismo ha sembrado.

Y yo me quedé observando y me di cuenta cuán real es la vida de alguien que, actuando en rectitud e integridad, el Señor lo que hace es confirmar sus pasos. Y nos hace descubrir que aunque hay impíos que parecen árboles frondosos, que circulan por las calles luciendo su riqueza y creyéndose los dueños del mundo, todavía hay cristianos que pueden reconocer el dominio del Señor sobre sus propias vidas. Y asentados en sus terrenos, y en sus casas, y en sus campos, y en sus trabajos, y en sus profesiones, y en sus estudios pueden declarar: "Cristo Jesús también es Señor y Rey hoy. Cristo Jesús también es Señor y Rey hoy".

¿De qué tamaño están tus árboles? ¿Ya los sembraste? ¿Empezaste a construir una vida que tenga futuro? ¿Empezaste a actuar con amor y justicia? ¿Empezaste a cosechar para ti? Pero también, ¿te das cuenta que el justo todo el día es dadivoso, todo el día es generoso? No en Navidad cuando junta regalos para llevarlos a una barriada, sino todo el día es compasivo, todo el día presta, porque él sabe que todo lo que tiene es herencia del Señor.

Aprendamos a vivir de esa manera, hermanos, para ser agentes de transformación, amor y justicia en medio de una sociedad injusta. Dejemos la irritación y caminemos con el Señor, mano a mano con Él, porque Él nos sostiene de la mano derecha. Así nosotros caigamos, Él nos levantará, porque Él asegura nuestro camino.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.