Integridad y Sabiduria
Sermones

Las armas de nuestra contienda

Miguel Núñez 14 agosto, 2016

La batalla espiritual en la que está involucrado todo creyente no es una lucha por el poder, sino una lucha por la verdad. Desde el jardín del Edén hasta las tentaciones de Cristo en el desierto, el patrón es el mismo: Satanás no confronta con fuerza bruta, sino que distorsiona la realidad, vende mentiras y busca ganar acceso a la mente. Cuando logra que alguien cambie la verdad de Dios por la mentira, como dice Romanos 1:25, ya ganó la batalla. Por eso la mente es el campo de batalla, y por eso el mandamiento de amar a Dios con toda la mente no es poesía sino necesidad.

En el contexto de 2 Corintios 10, el apóstol Pablo enfrenta acusaciones de ser un hombre débil, tímido en persona pero atrevido solo en sus cartas. Pero su mansedumbre no era cobardía sino reflejo del carácter de Cristo. Pablo explica que aunque vive en la carne, no lucha según la carne. Sus armas no son la oratoria impresionante ni la presencia imponente que el mundo grecorromano valoraba, sino armas poderosas en Dios para destruir fortalezas: esos patrones de pensamiento pecaminoso que controlan al creyente y le impiden vivir en libertad.

La estrategia para vencer es la que Cristo modeló en el desierto: comparar cada mentira con la verdad revelada y responder con un firme "escrito está". Poner todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo significa permanecer firmes en la fe, en la voluntad de Dios y en la sana doctrina. Sin Cristo nada de esto es posible, porque fue él quien desarmó las fuerzas de las tinieblas en la cruz.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Te invito a que abras la Palabra de Dios en la Segunda Epístola a los Corintios, capítulo 10. Vamos a estar leyendo en unos minutos los versículos del uno al seis. Esta es la carta que me está cubriendo por varios meses ahora. Y para aquellos que no han estado con nosotros, pero aún aquellos que nos han seguido domingo tras domingo, yo quisiera, a manera de introducción, decir —no sé, quizá lo dije en algún momento también— que esta carta se puede dividir en tres secciones, tres partes, si usted quiere.

Hay diferentes maneras como una carta puede ser estructurada, pero por el día de hoy esto es como la estamos presentando. Hay una primera parte que comprende los primeros siete capítulos, donde el apóstol Pablo hace una defensa de su ministerio, pero lo hace en un tono pastoral, en un tono conciliatorio, donde en un momento dado incluso él les dice a los corintios: "Ábreme tu corazón." Él está apelando bondadosamente al hecho de que ellos puedan darle lugar en su corazón como parte de la reconciliación, y lo hace de manera pastoral porque finalmente ellos se reconciliaron.

Luego nosotros pasamos los capítulos 8 y 9, que terminamos de cubrir la semana anterior, donde por cinco mensajes estuvimos hablando acerca de cómo Dios quiere que nosotros seamos generosos como una manera de reflejar la generosidad de su carácter. Estuvimos hablando muchas cosas durante esas semanas acerca de cómo es la mejor manera, no solamente de dar, sino de reflejar lo que Dios es y mostrar nuestra gratitud por lo que Dios nos ha entregado en Cristo Jesús con todas sus implicaciones.

En el día de hoy nosotros estamos entrando a la tercera sección de la carta, que va desde el capítulo 10 hasta el capítulo 13. En esta parte Pablo retoma la defensa de su ministerio, pero lo hace con otro tono: el tono sube, la retórica cambia, la intensidad aumenta, porque mayormente a quienes él se está dirigiendo ahora no es tanto a los hermanos en Corinto, sino a los falsos maestros que permanecen dentro o relacionados a la iglesia. Por tanto, Pablo emprende esta defensa con un tono un poco más enérgico, como veremos en las semanas subsiguientes.

Pero Pablo no está tan preocupado por su persona ni por su reputación. Ya ha revelado que lo que los hombres piensen de él lo tiene sin cuidado, que en realidad ni él mismo se juzga, porque al final hay que esperar el último día cuando Dios saque todas las motivaciones a la luz, las revise e inspeccione para que cada cual sea recompensado de acuerdo a la validez de su obra y de sus motivaciones. Eso —la opinión de los hombres— no es lo que está en la mente del apóstol Pablo; es el Evangelio lo que está en juego, y por eso él emprende la defensa de esta causa, de este ministerio, de la manera como lo hace.

Pablo nos revela que nosotros estamos envueltos en una guerra espiritual, en una contienda. De ahí que yo he titulado mi mensaje: "Las armas de nuestra contienda." Es una guerra espiritual, es una guerra real, es una guerra continua; es contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Es una guerra que tiene que ver con la mente del individuo, tiene que ver con el abrazar mentiras e ideologías que capturan la mente del creyente y del incrédulo, y que entonces los obligan a vivir de una manera determinada.

Si tú prestas atención a la historia del jardín del Edén, donde Satanás se hizo presente, tú descubrirás que ni aún ahí la lucha fue una lucha de poder. Jamás ha sido una lucha de poder; ha sido una lucha por la verdad. Dios reveló su verdad a esta primera pareja, Satanás vino y trastornó la verdad, confundió su pensamiento, ellos compraron la mentira y perdieron la batalla. Es increíble que Dios nos regala la verdad, el mundo y Satanás nos venden la mentira, y nosotros preferimos comprar la mentira antes que aceptar lo que se nos da regalado.

Si esa historia no te convence, déjame decirte que cuando tú avanzas rápidamente al Nuevo Testamento y llegas a la carta a los Romanos, en el capítulo 1, del versículo 18 al versículo 32, tú encuentras la lista más larga de violencias e inmoralidades que puedas imaginar. Dios revela en el mismo texto cuál es la causa de todo lo que está descrito ahí. Si tú lees Romanos 1:18 en adelante, y específicamente del versículo 22 en adelante, vas a descubrir una larga lista pecaminosa de actos que el hombre ha cometido a lo largo de toda la historia. Dios dice: eso tiene una sola causa, y está ahí en el versículo 25: "Cambiaron la verdad de Dios por la mentira." Esa es la batalla; es la lucha por la verdad. Y Cristo vino y dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida," porque si no tienes la verdad, es porque no me tienes a mí.

Y si tú avanzas desde el Antiguo Testamento, desde el jardín del Edén, avanzas a los Evangelios, te encuentras a Jesús en el desierto enfrascado cuerpo a cuerpo con Satanás, por así decirlo, de tú a tú. Y lo que Satanás hace una vez más es no involucrarse en una lucha de poder, porque esa nunca ha sido la batalla. Satanás se enfrascó con Cristo mismo en una lucha por la verdad y trató de venderle a Cristo mentiras: mentiras relacionadas con adorarlo a él, mentiras relacionadas con el hecho de que Cristo podía convertir las piedras en pan, de que podía lanzarse de las alturas y los ángeles le sustentarían. Y en cada uno de esos casos Jesús no reprendió la mentira con un acto de poder; Jesús simplemente citó la verdad: "Escrito está… escrito está… escrito está." En otras palabras, ahora nosotros sabemos cómo derrotar la mentira: recordando, proclamando, abrazando y viviendo la verdad que nos ha sido revelada.

Lamentablemente, una vez más la iglesia ha sido confundida en los últimos veinte, veinticinco, treinta años por Satanás, y él le ha hecho creer que la lucha es por el poder. De ahí el gran interés en la represión de demonios. Y la iglesia que ha estado haciendo eso no conoce la verdad de Dios; ha crecido ignorante de la verdad de Dios, de su revelación. Una vez más yo quiero afirmar que la guerra espiritual es real, es continua, es contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales; yo no quiero negar nada de eso. Lo que sí quiero afirmar es que la iglesia no ha estado librando esa batalla como Dios lo ha revelado.

Lo que Pablo hace en el contexto de lo que él está viviendo —el conflicto entre los hermanos y él, que en un momento dado parecía irreconciliable, y luego los falsos maestros y él— es recordarnos que aunque esas cosas lucen así en la superficie, estas cosas tienen otras dimensiones mucho más allá de lo que nuestros ojos pueden percibir. De tal forma que, una vez más, yo puedo decir: nada es tan simple como parece.

Pablo es amoroso, tierno y paciente con los hermanos de la iglesia de Corinto porque entiende la naturaleza de la batalla; entiende que estos hermanos en Corinto pueden estar equivocados, pueden acusarle falsamente, pero ellos no son sus enemigos: ellos pertenecen a la misma familia, al mismo Padre. Quienes sí son su mayor preocupación son esos falsos maestros, a quienes él llama lobos rapaces en Hechos 20, hablando con los ancianos en la ciudad de Mileto, y a quienes, cuando escribe a los filipenses, llama perros. Algunos de ustedes han pensado en ocasiones, cuando yo he dicho algunas cosas: "Pastor, eso es fuerte." Pero yo nunca he llamado perro a nadie ni pretendo hacerlo; sin embargo, Pablo se atrevió, y la razón es una sola.

Lo que parece estar en juego, podría decir Pablo, es la reputación de mi persona o la reputación de mi ministerio, pero en realidad ese no es el meollo del asunto. El meollo del asunto es que lo que está en juego es el Evangelio mismo, porque la persona que Dios estaba usando en el primer siglo para expandir el Evangelio es justamente la persona que está siendo maltratada, acusada, con la reputación pisoteada. La mejor forma de parar la expansión de la verdad de Jesucristo es desacreditando al heraldo, al que proclama el mensaje.

En el texto que vamos a leer, esto es lo que vamos a ver: Pablo defiende su autoridad, explica el significado teológico de su debilidad —lo que ellos llamaban debilidad en Pablo— y advierte acerca de su poder y de su voluntad de disciplinar a los desobedientes de una manera vigorosa cuando vaya hasta ellos.

Padre, nosotros te alabamos, nosotros te bendecimos, te damos gracias por tu Palabra, gracias por lo que revela, por lo que nos enseña, por su poder. Padre, si ciertamente la lucha es por la verdad, si ciertamente el campo de batalla es la mente, aún en esta hora el enemigo está presto a librar una batalla en la mente de alguno de los que escuchan. Yo te pido, Dios, que Tú te levantes e impidas dicha lucha para que Tu verdad pueda ser asimilada por lo que verdaderamente es. Padre, yo quiero darte gracias porque en el día de ayer, y específicamente en las horas de la tarde, se libró sobre mi mente una batalla descomunal que impedía que este mensaje pudiera salir, pero yo te doy gracias que cuando yo clamé a Ti, Tú me oíste como Tú dices en Tu Palabra, y que Tú lo hiciste posible. Cuida mi mente ahora, Dios, mientras yo expongo Tu verdad. En Cristo Jesús, amén.

Bueno, yo me imagino que tú quieres oír a Dios. Si tú quieres oír a Dios lo vas a oír, porque yo te lo voy a leer en voz alta. Capítulo 10, versículo 1, Segunda Carta a los Corintios:

"Yo mismo Pablo os ruego por la mansedumbre y la benignidad de Cristo, yo que soy humilde cuando estoy delante de vosotros —eso dicen ellos— pero osado para con vosotros cuando estoy ausente. Os ruego, pues, que cuando esté presente no tenga que ser osado con la confianza con que me propongo proceder resueltamente contra algunos que nos consideran como si anduviéramos según la carne."

Pues aunque andamos en la carne, no luchamos según la carne, porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo, y estando preparados para castigar toda desobediencia cuando vuestra obediencia sea completa.

Se puede ver, desde el inicio, cuán personal esta carta es. Pablo se había dirigido a ellos en esta misma carta, en capítulos anteriores, y había usado el pronombre "nosotros", "nosotros", "nosotros", quizá incluyendo ahí a Tito, a Timoteo, a sus compañeros de ministerio. Pero ahora él dice "yo mismo": el ataque es contra mi persona, yo estoy dispuesto a abrazar esto que me toca hacer. Y la manera como el versículo está escrito nos deja ver cuál parecería ser una de las acusaciones contra Pablo, y al mismo tiempo nos va a dejar ver qué es lo que hace que Pablo estuviera respondiendo de la manera como lo estuvo haciendo.

Escucha el versículo primero: "Yo que soy humilde cuando estoy delante de vosotros, pero osado para con vosotros cuando estoy ausente." Este es mi primer punto de enseñanza: la acusación contra Pablo. Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente lo tiene. "Me doy cuenta", dice Pablo, "de que piensan que soy tímido en persona y valiente solo cuando escribo desde lejos." Me he percatado de que ustedes piensan que yo soy un cobarde, un flojo, un doble cara, un hombre de doble ánimo, que yo hablo duro por carta, pero cuando vienes aquí realmente tú no eres lo que suenan tus cartas. En realidad tú eres un hombre intimidado, un hombre temeroso.

Porque ellos habían observado cómo Pablo había sido entre ellos como una madre que cría a sus hijos, dice Pablo, y habían concluido, no que fuera una fortaleza que él tenía como fruto de la imagen de Cristo que se estaba formando en él, sino una debilidad. Y sin embargo Pablo, en el mismo versículo, nos deja ver por qué él es como es, por qué muchas veces él escribe como escribe, porque aun en esta parte dura y frontal de la carta, escucha cómo él escribe: "Os ruego por la mansedumbre y la benignidad de Cristo."

A la hora de escribir esta carta, yo me estoy acordando del carácter de Cristo. A la hora de vivir mi vida, yo me estoy acordando del carácter de Cristo. Yo sé lo que debo imitar, yo sé que no debo ser incongruente, ni en cartas ni en persona, con el carácter de Cristo; eso negaría el Evangelio. Si yo he abrazado el Evangelio y vivo el Evangelio, eso implica que yo debo entonces mostrar el Evangelio a la hora en que me relaciono con otros, ya sea en cartas, ya sea en persona. Pablo es un individuo congruente con lo que ha creído, y ahí hay una aplicación inmediata para todos nosotros: no vale cuánto yo proclame el Evangelio, cuánto yo defina el Evangelio, cuánto yo diga que conozco el Evangelio, si no vivo el Evangelio, yo niego el Evangelio que proclamamos.

El apóstol Pablo está diciendo: "Por la mansedumbre de Cristo, por la benignidad de Cristo, por eso es que yo apelo a ti pensando en el carácter de Cristo." Es hora en que Pablo está diciendo, lamentablemente, que si alguien está prejuiciado, como estaban estos falsos maestros, o quiere dañar la reputación de alguien, tú puedes tomar lo mejor de esa persona contra quien estás prejuiciado y hacerlo lucir como lo peor. De tal forma que esta benignidad que Pablo había exhibido, para ellos era flojera, inestabilidad: "Pablo no es lo que parece ser en sus cartas." En buen dominicano, "tú lees la carta y eso es buchiplumería", o más bien "es un perro que ladra pero que no muerde."

Pablo está diciendo: "No, hermanos, es que ustedes tienen otras armas, ustedes tienen otro entendimiento." Y en esta carta tú puedes ver —y podríamos pensar en aplicaciones para nosotros— que ciertamente es así: tú puedes mostrar mansedumbre para con otros y ese otro pensar que tu mansedumbre es una falsa piedad, porque hay especulaciones en nuestra mente, de las cuales hablaremos más adelante, que forman parte de esa forma de vivir.

Yo quiero aprovechar esta porción, este texto, para recordarnos algo, porque yo creo que Pablo lo hace en esta carta: recordar que cuando tu hermano en Cristo es quien se constituye en tu adversario, recuerda que todavía no es tu enemigo, y que en ese momento la mejor forma de librar tu batalla es quedándote callado, porque hay una dimensión mucho mayor que tiene que ver con el Evangelio, que tiene que ver con exhibir el carácter de Cristo, que tiene que ver con la obediencia de desear bien y hacer el bien y pagar con bien aquello que es el mal. Pero cuando de falsos maestros se trata, que pisotean el Evangelio, que negocian con el Evangelio, que desvirtúan el Evangelio, hay evidencia pública para tratar eso con toda severidad.

Del capítulo 1 al 7, Pablo está defendiendo su ministerio muy pastoralmente, muy conciliatoriamente. Del capítulo 10 al 14, Pablo asume una defensa mucho más enérgica, con un tono diferente, con una retórica diferente, y lo vamos a estar viendo en las próximas semanas. Entonces tú puedes ver, primero, la acusación contra Pablo: para los suyos, Pablo es un doble cara, es un cobarde, él es bravo en las cartas, es un flojo, un débil en persona.

Luego, en el versículo 2, está la palabra *parakaleo*, que es una palabra muy paulina, repetida a lo largo de sus cartas múltiples veces. "Os ruego, pues, que cuando esté presente no tenga que ser osado con la confianza con que me propongo proceder resueltamente contra algunos que nos consideran como si anduviésemos según la carne." Pablo está diciendo: "Yo les imploro, corintios, ustedes que tienen estos falsos maestros ahí, traten con ellos para que cuando yo llegue no tenga que ejercer la osadía de confrontarlos, y quizás yo pueda ser manso otra vez entre ustedes." Pero Pablo está dispuesto, cuando vaya, a ejercer su autoridad apostólica contra aquellos que están desvirtuando la verdad.

Es como si Pablo estuviera diciendo: "No me fuerces, no me empujes, no me provoques; no permitas que yo tenga que llegar hasta allá para ejercer esta autoridad. Pero si tengo que hacerlo, yo lo voy a hacer." Contra algunos —no eran la mayoría, sino algunos— de los que consideran "que andamos según la carne." ¿Qué es lo que Pablo está diciendo? Bueno, ustedes tienen algunos ahí que están en la carne, no tienen salvación, están en la carne; me acusan, y como ellos piensan que nosotros andamos según la carne también, están esperando defensas como las que la carne hace, y como yo no las estoy haciendo, están concluyendo que soy un débil, un flojo.

Porque en el mundo grecorromano en el que Pablo se movía, la manera como tú libraba tus batallas, la manera como mostrabas superioridad, era con una gran oratoria y una presencia impresionante, como la tuvo Saúl. El mismo profeta Samuel, en un momento dado, cuando vio a Saúl tan grande y tan bien parecido, dice el texto, como que le parecía la elección de Dios, y no David, con una personalidad impositiva. Esa era la manera. Y Pablo no tenía nada de eso, ni quería nada de eso, y dijo que no quería nada que ver con esa forma del mundo de ser, de hablar, de expresarse y demostrarse.

Escucha lo que le dice a los corintios en su primera carta, en el capítulo 2, versículo 4: "Mi mensaje y mi predicación no fueron con palabras persuasivas de sabiduría. Yo no estoy tratando de persuadirte con una gran oratoria; la persuasión la tiene el poder del Espíritu." Sino con demostración del Espíritu y de poder, a fin de que vuestra fe —escucha por qué— no descanse en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios.

En ese mundo grecorromano del primer siglo en que Pablo vivió, el orador se concentraba en la oratoria, en el mensaje, y había cinco elementos en lo que él estaba haciendo: la atención —cómo capturar la atención desde el principio, hoy en día se habla de lo mismo—, la comprensión, el convencimiento, el retener y la acción. Para el mundo, el énfasis en esos cinco elementos estaba en el convencimiento: tienes que cuidar tu oratoria, tienes que cuidar tu entrada, tu introducción, tu salida, porque la meta es convencer. Cuando tú lees la carta de Pablo, ese no es el énfasis; el énfasis Pablo lo tenía en el punto número dos, la comprensión: un mensaje llano, un mensaje claro, un mensaje que todo el mundo pueda entender, hasta el punto que lo resumió en esto: "Cristo, y este crucificado." Ese es mi mensaje, corintios.

Y ahora esta gente que está luchando con Pablo, atacando a Pablo, que no oye esa oratoria, que no ve esa presentación impresionante, lo está tildando de débil. Pablo ya lo había dejado establecido en la primera carta, en el capítulo 2, versículo 1: "Cuando fui a vosotros, hermanos, proclamando el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabra o de sabiduría. Yo se lo dije desde que llegué: cuando fui a vosotros, yo les dije que no venía con excelencia de palabras. Yo tengo la preparación, yo tengo la preparación académica, yo abrí los libros, yo estudié los libros, fui probablemente parte del Sanedrín, fui fariseo de fariseos." "Pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Cristo, y a este crucificado."

Este es el mismo Pablo que ahora se está comportando entre ellos con humildad y con mansedumbre, pero que es acusado de ser tímido y flojo en su comportamiento. Y Pablo dice: "¿Saben qué? Yo sí, si tengo que hacerlo, estoy dispuesto a tratar osadamente con algunos que creen que nosotros andamos según la carne." Ya vimos la acusación; estamos viendo ahora la defensa como segundo punto de enseñanza: pues aunque andamos en la carne, no luchamos según la carne.

¿Qué andamos en la carne? Claro, yo soy un ser humano, yo vivo, yo camino, pero nosotros no luchamos según la carne. Vivimos de una manera en la carne, estamos de este lado de la eternidad, luchamos de otra manera. Y eso es lo que ellos necesitaban entender.

Escucha el comentario de John MacArthur en este texto acerca de estas armas con las que Pablo luchaba, no según la carne. Las armas en el arsenal de Pablo no eran aquellas relacionadas al ingenio humano, a la ideología humana o a la metodología humana. La razón humana, la sabiduría, los planes, las estrategias, las organizaciones, las habilidades, la elocuencia, la mercadología, la apariencia religiosa, la especulación filosófica o psicológica, el pragmatismo o el misticismo, son todas armas inefectivas contra las fuerzas del reino de las tinieblas. Todas. Ninguna funciona, ninguna tiene poder. Puede tener algo de efecto en el mundo, pero en el reino de los cielos, contra el reino de las tinieblas, no tienen poder. ¿Por qué? Porque esas son las armas de ellos. Todo eso que yo acabo de leer no puede ser efectivo contra las fuerzas de las tinieblas, porque esas armas le pertenecen a ellos y al hombre caído.

Nuestras armas son distintas, y Pablo está diciendo: "Óiganme entender." Cuando nosotros luchamos según la carne —si tú le restas todo lo que tiene que decir en esta carta y en otras— esto es lo que nosotros hacemos: cuando luchamos según la carne nos defendemos orgullosamente, herimos, ofendemos y luego justificamos la ofensa. Pablo dice: "Nosotros no somos así." O sea, no es la manera como yo libro batallas. Nosotros magnificamos los hechos, nosotros distorsionamos la verdad, experimentamos celos cuando tenemos temor de perder algo que puede ser posición, autoridad, respeto o título. Nos sentimos celosos, nos sentimos envidiosos cuando Dios le ha dado a uno un don, una gracia mayor que la que me ha dado a mí, y en vez de celebrar ese don de Dios, experimentamos envidia y entonces reaccionamos envidiosamente. Y todo eso son formas como el mundo lucha.

Pablo dice: "Nosotros no vamos así." Todo eso es parte de lo que es la lucha en la carne, por la carne, que malinterpreta la realidad continuamente. Pablo dice: "Esa no es nuestra estrategia." Pero no interpreten nuestra estrategia como debilidad, como incapacidad o como temor, porque no lo es.

Y eso entonces me lleva a mi tercer punto. El primer punto de enseñanza era la acusación contra Pablo: hombre flojo, hombre de doble ánimo, se comporta de una manera en su ausencia y de otra manera cuando está presente. El segundo punto es la defensa, y Pablo está explicando desde el inicio que él anda en la carne pero no lucha según la carne. Comienza a introducir algo que para mí es el corazón de este texto, y es lo que sigue, que constituye mi tercer punto, pero que está íntimamente atado al segundo y que yo he querido separarlo.

Las armas espirituales del apóstol Pablo y de todo creyente no son carnales, no son de este mundo, no tienen efecto en la lucha que se quiere librar todos los días. Escucha cómo Pablo lo dice en los versículos 4 y 5:

"Porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo."

Este texto que yo acabo de leer está lleno, impregnado de enseñanza. Como dirían en inglés, es *pregnant with meaning*: está preñado de significado, de contenido. Escucha brevemente todo lo que Pablo dice en estos versículos. Número 1: estamos involucrados en una contienda; hay una afirmación categórica. Número 2: nosotros tenemos armas para esa contienda. Número 3: estas armas son poderosas en Dios, no en el mundo, en Dios. Dios dispuso esas armas con un fin en particular: la destrucción. Estas armas son poderosas hasta el punto de ser destructivas de fortalezas, de especulaciones y de pensamientos altivos y rebeldes que se levantan en contra de Dios. Y luego Pablo revela, en el versículo siguiente, cómo librar esta lucha: poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo.

Todo esto está comprimido; hay que desempacarlo ahora, porque no podemos decir "ya terminamos, ya aprendimos todo lo que hay aquí." No. Nosotros tenemos que desempacar eso usando la misma palabra. En parte, si tú tienes que pensar en esta carta, primero en términos del contexto inmediato: ¿cuál es ese contexto? Hay falsos maestros en la iglesia de Corinto que han ido engañando a los creyentes. Hay creyentes que han sido engañados, incluso que terminaron atacando a Pablo. Pablo ahora se reconcilia con ellos, pero estos creyentes arremeten contra Pablo aún más y lo acusan de todo tipo de conductas dobles.

Y Pablo está diciendo: "Hermano, eso es lo que se ve, pero yo quiero que tú entiendas que esto tiene otra dimensión, que estas cosas se entretejen en las regiones celestiales y se liberan a través de los hombres. Es parte de un plan de destrucción de mi persona, de mi testimonio, pero no es a mí a quien están apuntando; es al mensaje que yo proclamo. No es a mi reino, porque yo no tengo ninguno; es al reino que yo represento." Y tú y yo tenemos que verlo de esa manera todo el tiempo.

Cuando te divides con tu hermano en la fe, cuando permaneces irreconciliado con otros, cuando atacas a tu hermano que en Cristo derramó su sangre, eso luce en la superficie como un conflicto personal. No lo es. Nada es tan simple como parece. Eso tiene una dimensión espiritual que está relacionada a la fe que ustedes dos, como hermanos, profesan, que está relacionada a la causa en la que ustedes están involucrados, que está relacionada al Dios al que ustedes sirven. Y la permanencia de esa irreconciliación, como se produjo inicialmente entre los corintios y Pablo, lo único que hace es dañar el nombre de Cristo. Nada más. Y esta es la intención. La forma de hacerlo en este primer siglo, en este contexto, fue desacreditando al heraldo del Evangelio.

En este contexto, de nuevo, Pablo nos está ayudando a entender que palabras humanas, acusaciones humanas, decisiones humanas pueden ser humanas, pero tienen connotaciones espirituales de mucho mayor envergadura. Y para eso, de frente, nos deja ver que mi predicación del Evangelio, la forma como vivo el Evangelio, mis oraciones continuas, el pagar bien por mal, el dolerme de los pecadores aun cuando son ellos los que están acusándome, son mis armas más poderosas, son mis armas poderosas en Dios, que al fin de la carrera terminan destruyendo fortalezas, especulaciones y pensamientos rebeldes que se levantan contra el conocimiento de Dios en personas como estos falsos maestros, que afirman a Dios y con los mismos labios niegan lo que profesan y afirman acerca de ese Dios, aun por la manera como ellos luchan.

Yo quiero usar este pasaje, que tiene que ver con todo lo que voy a continuar exponiendo, para recordarnos que la mente es el campo de batalla. No es una lucha por el poder, hermano; es una lucha por la verdad. Y la mente es el campo de batalla, por algo que Dios ya reveló en Proverbios: "Pues como piensa dentro de sí, así es." Si logro cambiar la verdad de Dios por la mentira, tú estarás pensando de otra manera. De la forma que comiences a pensar, entonces, irónicamente, así eres ahora y así actuarás en lo adelante.

Escucha esto. Te lo voy a repetir más de una vez, porque está escrito así intencionalmente: si tu mente interpreta mal la realidad, actuarás mal, porque para ti la distorsión de la realidad es la verdadera realidad, cuando en realidad esa no es la realidad. Voy a repetirlo otra vez, y no es mal español con repetición descordinada de la palabra "realidad"; es intencional: si tu mente interpreta mal la realidad, actuarás mal, porque para ti la distorsión de la realidad es la verdadera realidad, cuando en realidad esa no es la realidad.

Lo único que está buscando Satanás es distorsionarte la realidad. De ahí en adelante él va sobre ruedas. Distorsionada la realidad, tú actúas conforme a una mentira que tú has percibido pero que no es, y por tanto él no tiene que luchar más; ya él ganó. La mente es el centro de operaciones. Por eso Pablo dice: "No os conforméis a la corriente de este mundo." ¿Pero cómo hago eso, Pablo? "Tengo que ser transformado por medio de la renovación de mi mente."

Él sabe bien dónde está el ataque. La mente es el centro de operaciones de nuestro pensamiento. La mente dirige nuestro pensamiento, dirige nuestra motivación, nuestra emoción, nuestra decisión, nuestras acciones. Satanás puede ganar acceso a tu mente, y no es mediante una posesión demoníaca; es haciendo uso de palabras que otros dicen, que otros pronuncian, ayudándote a procesarlas de una manera pecaminosa para que tú puedas responder pecaminosamente. Una vez tu mente está llena de mentira que no corresponde a la revelación de Dios, ya tú has sido afectado grandamente. Tu mente ha sido distraída, y si tu mente está llena de mentira y está distraída, ya tú ni siquiera puedes amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu fuerza, con toda tu alma y con toda tu mente, porque tu mente está en otra cosa.

En ese mandamiento, el amar a Dios con tu mente no está ahí por accidente. No es una forma más de decir algo poético o hipnótico. No. Es algo que tiene que ocurrir en verdad: que mi mente tiene que estar llena con Su revelación. Y esto es lo que ocurre: mi mente piensa conforme a valores que nosotros acumulamos a lo largo de los años. ¿Y qué es un valor? Un valor es algo que tiene mérito y significado para nosotros, y que nos lleva a reaccionar y a comportarnos de una forma determinada. Un valor es algo que, lo que sea, tiene significado para mí y me lleva a comportarme de una manera determinada que frecuentemente es pecaminosa.

Porque esto es importante en el entendimiento de esta batalla que se da en la mente: mis valores originan mis emociones, mis sentimientos, mis deseos, mis hábitos y patrones de comportamiento. Mis valores originan cómo yo pienso, cómo yo reacciono emocionalmente, los deseos que tengo, los hábitos que cultivo y los patrones de comportamiento. Y lo peor aún es que, como decía Francis Schaeffer, nosotros vamos recogiendo nuestros valores, acumulando nuestros valores, como gérmenes o microbios por las calles de la vida. En otras palabras, los valores a mí se me pegan, yo los absorbo y ni cuenta me doy. Es como cuando tú entras a una iglesia, como estábamos diciendo, y tres días después tú tienes gripe. Alguien en la iglesia lo hizo estornudando y estaba cerca, y hoy tengo gripe. Seguro fue esa persona que no había venido a la iglesia, pienso tú a veces. Pero como te llegó a ti, pues caminando por las calles de la vida. Los valores son exactamente así.

Los valores tienen fuentes, y esas fuentes te voy a mencionar algunas: son mi familia, y la gran mayoría de mis valores vienen de cómo fui criado en el núcleo familiar y en mi cultura. La educación secular y cristiana que recibo: universidad, colegios, escuelas, amigos, cultura, libros, medios de comunicación, música, arte, drama, películas, novelas —para los que ven novelas—, llenas de mentiras, intrigas y antivalores que corrompen el nombre de Cristo. Esta es mi opinión privada; si no te llena mi opinión privada, pues es mi opinión pública también. Lamentablemente, nosotros copiamos nuestros valores de nuestros ídolos, de aquellas personas que admiramos. Y el viejo hombre acumula valores según la carne, y los valores determinan cómo yo juzgo, cómo yo mido, cómo yo actúo, cómo yo pienso, cómo yo reacciono, cómo yo vivo.

Cambiar mis valores es difícil, porque para yo cambiar mis valores, si me propongo hacer eso, yo tengo que decir: «Wow, yo tengo 58 años y yo estaba errado por 58 años». No. Yo mejor justifico mis valores, distorsiono la verdad y te vendo la idea de que yo nunca estaba errado. Eso es como nosotros actuamos. Pero, ¿qué ocurre? Que cuando esos valores errados están en mi mente por un tiempo, ellos forman fortalezas. Ahora estamos llegando.

Estas fortalezas —o una fortaleza— es un patrón de conducta, es un patrón de conducta pecaminosa que controla al creyente y le impide vivir en libertad. Eso es lo que es una fortaleza. Está relacionada a pensamientos, especulaciones y pensamientos altivos. Esto no es una posesión demoníaca; esto es un patrón de pensamiento que me ha arrastrado de una manera por años, no me ha permitido vivir en libertad, y yo tampoco podía salir de él. A eso llamamos fortaleza. Y esa fortaleza vive especulando: en mi mente me hace especular, en mi mente me hace reaccionar.

Los falsos maestros y algunos creyentes en Corinto especularon acerca de Pablo, de sus motivaciones para el ministerio, en este caso de su pobre oratoria, su pobre presentación, las metas que perseguía, y se levantaron en contra del apóstol Pablo. Y entonces esas fortalezas dan lugar a patrones de pensamientos que se arraigan en nosotros y que no hay manera de que tú me puedas convencer de que estoy errado, porque ese pensamiento está tan profundamente arraigado, está montado sobre una fortaleza, y terminan siendo pensamientos arrogantes y rebeldes en contra de Dios y de Su revelación. Eso es lo que ha ocurrido con estos falsos maestros y con estos corintios que se han dejado engañar.

Y él está insinuando: esta gente quiere que yo pelee con ellos, que me defienda según la carne. Pero no, porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino que son poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios. Es la mente lo que él está señalando.

Satanás sabe cómo hacerlo; tiene otras formas de poder ganar la batalla, de ganar acceso a mi mente. Él comienza a cambiar e influenciar a la gente de la sociedad y comienza a producir una educación secular, como la que vivimos en nuestros días, que niega que Dios haya creado al hombre, sino que el hombre vino del mono. Él comienza a influenciar gente que termina creando legislaciones contrarias a la legislación de Dios, y que favorecen cosas como el aborto, el matrimonio homosexual y cosas similares. O se mueve en la mente de hombres pecaminosos que terminan creando una televisión, un internet, medios sociales, medios de comunicación, una radio que vende continuamente antivalores que se oponen al conocimiento de Cristo y que construyen luego, en la mente de los que escuchan, fortalezas.

La mente es el campo de batalla de Satanás. Él ganó el acceso a la mente de Adán y Eva, y les cambió la verdad por una mentira, tal cual dice Romanos 1:25. Recuerda las palabras del apóstol Pedro. Como apóstol, tenía ciertos dones que nosotros no tenemos y cierto entendimiento que nosotros no tenemos. Cuando Ananías y Safira vendieron su terreno y vinieron y le dejaron a Pedro: «Aquí está todo el dinero», cuando no era verdad, no era todo el dinero que habían adquirido de la venta. Escucha cómo Pedro se dirigió a Ananías: «¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y quedarte con parte del precio del terreno?»

¿Tú escuchas? Pedro no simplemente le dice: «Ananías, ¿por qué mientes?» No. «¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón?» ¿Qué fue lo que hiciste que le dio acceso a Satanás, que llenó tu corazón de esta mentira? Tú fuiste a vender el terreno porque querías participar de la causa de Cristo, y en el camino Satanás te llenó de mentira. Eso es similar a cuando Pedro quiere impedir que Cristo vaya a Jerusalén. Cristo dice, por algún discernimiento especial: «Apártate de mí, Satanás, porque tú no tienes en mente las cosas de Dios, sino las cosas de los hombres.» Pedro estaba siendo usado por Satanás.

Hermano, no te dejes usar. No te dejes usar, y mucho menos en contra de otro hermano, en contra de alguien de la misma causa de Cristo. No lo permitas. Es parte de la batalla, es parte de la estrategia. Tienes que estar alerta, tienes que estar pendiente. No te prestes para ser usado.

Mira cómo la Palabra habla de lo que Satanás ha sido capaz de hacer, en la Segunda Carta a los Corintios 4:4: «En los cuales el dios de este siglo» —que es Satanás— «ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios.» ¿Cómo tú piensas que Satanás ciega el entendimiento de los incrédulos? Tú no pienses que cada incrédulo está poseído por un demonio, como enseñan algunos, que todo el mundo tiene demonios. Yo creo que es más fácil creer eso que pensar que todo el mundo tiene demonios. ¿Cómo Satanás ciega el entendimiento de los incrédulos de la manera que hemos venido diciendo? Él te vende una mentira, como lo hizo con Adán y Eva. Tú compras la mentira, la mentira pasa a ser tu realidad, y ya estás cegado, estás cegado a la verdad, porque tú tienes como realidad la mentira.

Y como parte de toda esta estrategia, él y sus secuaces han creado falsas religiones, falsas filosofías, falsas doctrinas, falsa sexualidad, falsos sistemas educativos, falsos sistemas de gobierno y falsas identidades de todo tipo en el mundo. En vez de tener nuestra identidad arraigada en Cristo, nosotros tenemos nuestra identidad arraigada en lo que tenemos, en lo que poseemos, en el nombre, en la posición, en la compañía para la que trabajamos, en el puesto en que nos han colocado, en el título que me han dado. Todo eso, todo eso fue parte de la estrategia.

Escucha: hay una lucha real, continua, y es contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Y parte de la manera como esto se lleva a cabo acá es vía el engaño, la mentira, la acusación contra otros, vía la oposición —a veces abierta, a veces a través de incrédulos, a veces a través de creyentes—, pero así es como se lleva acá. Pastor, pero esto es fuerte. Sí es fuerte, pero no más fuerte que las armas en Cristo Jesús, que son poderosas para destruir todo lo que mi mente, mi carne y el mundo construyeron en mí y que se constituyó en fortalezas.

Entonces, ¿cómo ganamos la batalla? Pablo dice hay que desmantelarla. Pablo dice, en el versículo 5, segunda parte: «Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo.» Eso es cómo lo hacemos. Entonces, ¿cómo yo hago eso? ¿Cómo yo pongo todo pensamiento a la obediencia de Cristo? Bueno, la respuesta es más fácil; la práctica es más compleja, por nuestra naturaleza pecadora y por la manera como nosotros preferimos tomar y hacer las cosas.

Pero, ¿cómo en Cristo yo gano la batalla? Porque si Pablo me dice que tengo que poner todo pensamiento bajo cautiverio a Cristo, ¿cómo es que yo hago esa transferencia de la manera como Cristo lo hizo? Satanás viene, conversa con Cristo, Cristo no lo reprende de entrada. Satanás le vende la primera mentira: «Postraté delante de mí, y yo te voy a regalar todos los reinos de este mundo.» Cristo compara eso con la verdad de Dios, se da cuenta de que esas dos cosas no congenian, y en vez de simplemente reprender, abraza la verdad, confiesa la verdad, proclama la verdad, y le cita la Palabra: «Escrito está.»

Satanás viene de nuevo, trata de venderle a precio de ganga: «Tienes poder, tú tienes privilegio, tú eres el Hijo de Dios. Hay piedras; tú las puedes convertir en pan, te las puedes comer.» Cristo lo escucha, toma la Palabra, compara lo que Satanás acaba de decir con lo que Dios había dicho en Deuteronomio: que no solo de pan vive el hombre. Cristo dice: «Esta verdad es superior a esta mentira; entonces esta mentira tiene que ser sometida al cautiverio de la verdad.» Escrito está, y le cita la Palabra.

Satanás lo invita a lanzarse del monte, que los ángeles vendrían y lo atenderían. Cristo hace la misma cosa: compara esta mentira con lo que Dios había revelado en los salmos y dice: "No, eso no es así", y vuelve y le cita la Palabra. Y saben lo que dice la Palabra: que Satanás lo dejó. Y la Palabra no dice que no es instruida resistir al diablo, ¿y qué cosa? Y lo que irá de vosotros, la Palabra afirma lo que Cristo hizo: resistir al diablo. Y lo que irá de vosotros, lo único que tiene que hacer es estar firme en su Palabra. Esto es lo único que necesita.

Mira de qué manera la Palabra, una y otra vez, nos insta, nos invita, nos motiva a estar firme en su verdad. Te lo voy a leer. Primera de Corintios 15:58: "Por tanto, mis amados hermanos, estad firmes." Primera de Corintios 16:13: "Estad alerta, permaneced firmes en la fe, portaos varonilmente, sed fuertes." Segunda de Corintios 1:24: "Porque en la fe permanecéis firmes." Gálatas 5:1: "Por tanto, permaneced firmes."

Efesios capítulo 6, desde el versículo 14, ahí solamente se habla de estas cuestiones. Escucha lo que dice: Efesios 6:11, "para que podáis estar firmes"; 6:13, "estar firmes"; 6:14, "estad, pues, firmes." Filipenses 4:1: "estad firmes en el Señor." Colosenses 4:12: "para que estéis firmes." Segunda de Tesalonicenses 2:15: "estad firmes y conservad las doctrinas." Primera de Pedro 5:9: "para resistirle, firmes en la fe."

¿Te das cuenta de que el llamado es a estar firme? Y los textos que te leí nos dicen incluso dónde vamos a estar firmes: firmes en la fe, firmes en la voluntad de Dios, firmes en la doctrina. Eso es. Tú confías y confías en lo que Dios ha dicho, confías en lo que Dios ha revelado y no desconfías de nada de lo que Dios ha puesto en tus manos vía su revelación, y no crees nada de lo que Satanás te quiera vender o el mundo te quiera vender.

Número uno, número dos: tú busca la voluntad de Dios, te somete a la voluntad de Dios, celebra la voluntad de Dios, permanece firme en la voluntad de Dios. Número tres: no negocies el Evangelio, necesitas estar firme en la doctrina. Esas son las armas de nuestra contienda, pero no son carnales. Es la manera de llevar a cabo la lucha espiritual.

Ahora, para cerrar. Pablo era un fanático de las metáforas, comparaciones en lo que se llama *word picture*: es una palabra que te da como un cuadro, y eso tiene múltiples enseñanzas. Pablo dice, por ejemplo: "Yo he peleado la batalla." Tú inmediatamente te imaginas gente peleando cuerpo a cuerpo en el mundo grecorromano; eso te dice muchísimo. "Yo he peleado la batalla y he ganado." Yo he ganado, me hizo ganar, pero esa es la idea: he ganado. "Yo he corrido la carrera": tú inmediatamente tienes una idea completa de muchas cosas. Ya he corrido la carrera, la recta que estaba terminando, estaba a punto de cruzar la raya, esa es entrar en gloria, y Pablo está anticipando eso como con los brazos en alto, como ese corredor que viene y rompe la cinta. O sea, está Pablo pensando: "Yo me muero", y rompe la cinta.

Aquí Pablo, la imagen que usa, sobre todo en el lenguaje original, es una imagen de batalla, y los académicos así lo entienden. Piensan que con toda probabilidad lo que Pablo tiene en mente para describir esto que nos enseñó es otra imagen de cómo se libraban las batallas en la antigüedad. En la antigüedad, las ciudades, para conquistarlas, igual que hoy cuando se está en batalla, estaban rodeadas de murallas, y las murallas eran fortalezas literalmente. La estrategia de batalla en la antigüedad era: tú tienes que derrumbar la muralla. Ya habéis visto eso en películas; a veces traían torres con las cuales se golpeaban estas murallas para derribarlas. Y una vez tú derrumbas las murallas, tú penetras el interior, apresa a los soldados que estaban involucrados, los haces cautivos, y a los rebeldes los castigas.

Fíjense en eso: tú destruyes las murallas, tú apresas a los soldados, castigas a los rebeldes. Escucha el texto ahora otra vez. Versículos 4 y 5: "Porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para destrucción de fortalezas", ahí están las murallas de la ciudad, pero aplicado a cómo esto se libra en nuestra mente. "Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo": ahí están los soldados que estaban luchando en contra. Estos pensamientos altivos, especulaciones, luchaban en contra; tú los tienes que someter, y van al cautiverio.

"Y estando preparados", versículo 6, "para castigar toda desobediencia": ahí está el castigo de los rebeldes, "cuando vuestra obediencia sea completa." En ese versículo 6, Pablo, tú puedes ver otra vez cómo Pablo separa los falsos maestros de los creyentes: "Yo estoy dispuesto a castigar toda desobediencia cuando vuestra obediencia sea completa." En otras palabras: "Corintios, terminen de obrar correctamente, y nos encargamos luego de los falsos maestros." Yo estoy dispuesto a castigar la desobediencia, pero lo voy a hacer cuando los hijos de Dios obedezcan, obedezcan ustedes primero.

Y ahí tú puedes ver que ciertamente, probablemente, los académicos que piensan así probablemente tienen razón en haber visto, sobre todo como está expresado en el lenguaje original, esa figura de conquista de ciudades, de batallas, vía la destrucción de estas murallas, el poner a estos soldados en cautiverio y encargarse de los rebeldes. Eso es lo que él dice: nuestras armas son poderosas en Cristo Jesús para destrucción de fortalezas, especulaciones, todo pensamiento altivo. Esos pensamientos que luchan hay que someterlos, hay que llevarlos en cautiverio a los pies de Cristo. Y a los rebeldes, los que permanecen, hay que castigarlos. Bueno, él dice: "Yo estoy dispuesto a hacerlo, pero tienen que obedecer primero."

Imagina todo lo que Dios nos da en pocos versículos para que nosotros aprendamos cómo vivir, cómo vivir victoriosamente, cómo librar una batalla que es real, que es continua, pero que trasciende nuestra dimensión, que tiene que ver con fuerzas espirituales de maldad en regiones celestiales. Y cómo tú y yo necesitamos mucho más discernimiento, pero sobre todo permanecer firmes en su verdad. Pero tienes que conocer la verdad, tienes que vivir la verdad, tienes que pensar la verdad, tienes que comparar el error con la verdad, y tienes que siempre darle prioridad a la verdad sobre el error si vas a triunfar.

Y eso tú lo haces en Cristo Jesús. Sin Cristo no lo puedes hacer, porque "separados de mí nada podéis hacer", absolutamente nada. Yo fui a la Cruz por tu pecado, y fui yo quien desarmé las fuerzas de las tinieblas en la Cruz. Y ahora tú estás en Cristo, y las armas que tú tienes son poderosas, pero en Cristo. De manera que tienes que caminar conmigo, tienes que luchar desde Cristo hacia la fortaleza.

Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.