Integridad y Sabiduria
Sermones

La autoridad del Hijo

Miguel Núñez 27 abril, 2014

El martes antes de su crucifixión, Jesús enfrenta a los principales sacerdotes, escribas y ancianos que le exigen saber con qué autoridad ha limpiado el templo. En lugar de responder directamente, Jesús les hace una pregunta: ¿el bautismo de Juan venía del cielo o de los hombres? Ellos quedan atrapados en su propia hipocresía, incapaces de responder sin exponerse, y confiesan no saber. Jesús entonces rehúsa darles más evidencias, no porque evadiera la pregunta, sino porque ellos no buscaban verdad sino excusas para condenarlo. Como Cristo mismo enseñó: quien verdaderamente quiere hacer la voluntad de Dios sabrá si su enseñanza viene del Padre.

Inmediatamente después, Jesús cuenta la parábola de los labradores malvados. Un dueño planta una viña, la arrienda y envía siervos a recoger sus frutos, pero los labradores los golpean y matan. Finalmente envía a su hijo amado, pensando que lo respetarán, pero también a él lo matan y lo arrojan fuera de la viña. La aplicación es directa: la viña es Israel, los labradores son los líderes religiosos, los siervos son los profetas asesinados, y el hijo es Cristo mismo, a punto de ser crucificado fuera de la ciudad. Al preguntar qué hará el dueño, ellos mismos pronuncian su condena: vendrá y destruirá a esos labradores.

Cristo cierra citando el Salmo 118: la piedra que los constructores rechazaron se ha convertido en piedra angular. No hay otro nombre bajo el cielo en el cual podamos ser salvos. El pastor Núñez advierte con urgencia: asistir a la iglesia, conocer doctrina o crecer religiosamente no garantiza salvación. Los frutos revelan la identidad verdadera. Quien caiga sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella caiga será hecho polvo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Fuimos satisfechos por tu vida en su Palabra! Yo quiero invitarlos a que abramos la Palabra. En el Evangelio de Marcos capítulo 11, vamos a estar leyendo a partir del versículo 27 hasta el 12:12. Es una porción un tanto extensa de la Palabra, pero es una porción que yo entiendo es importante leerla junta, porque en una primera parte la autoridad del Hijo es cuestionada, y en la segunda parte el Hijo trae acusación y condenación sobre aquellos que le cuestionaban.

En la medida en que nosotros lo podamos, le recuerdo que nosotros tenemos la Biblia dividida en capítulos y versos; el texto original no tiene divisiones. De manera que nosotros vamos a pasar del capítulo 11 al capítulo 12 sin ninguna división, porque así fue exactamente como fue inspirado y los acontecimientos fueron narrados de esa manera.

Marcos 11, comenzando en el versículo 27 hasta el 12:12: "Llegaron de nuevo a Jerusalén, y cuando Jesús andaba por el templo, se le acercaron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio la autoridad para hacer esto? Y Jesús les dijo: Yo también os haré una pregunta; respondedme, y entonces os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme. Y ellos discutían entre sí diciendo: Si decimos del cielo, él dirá entonces: ¿Por qué no le creísteis? Mas si decimos de los hombres... pero temían a la multitud, porque todos consideraban que Juan verdaderamente había sido un profeta. Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y Jesús les dijo: Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas."

"Entonces" —esa palabra conecta los textos— "entonces comenzó a hablarles en parábolas: Un hombre plantó una viña y la cercó con un muro, cavó un estanque debajo del lagar y edificó una torre. La arrendó a labradores y se fue de viaje. Al tiempo de la vendimia, envió un siervo a los labradores para recibir de los labradores su parte de los frutos de la viña. Pero ellos, echándole mano, lo golpearon y le enviaron con las manos vacías. De nuevo les mandó otro siervo, y a él lo hirieron en la cabeza y lo trataron vergonzosamente. Y envió a otro, y a él lo mataron. Y así con otros muchos: golpeando a unos y matando a otros. Todavía le quedaba uno, un hijo amado, y les envió a este último, diciendo: Respetarán a mi hijo. Pero aquellos labradores se dijeron entre sí: Este es el heredero; venid y matémosle, y la herencia será nuestra. Y echándole mano, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña."

"¿Qué hará entonces el dueño de la viña?" Esa es la pregunta. "Vendrá y destruirá a los labradores y dará la viña a otros. ¿Ni aún esta Escritura habéis leído? La piedra que desecharon los constructores, esa en piedra angular se ha convertido. Esto fue hecho de parte del Señor y es maravilloso a nuestros ojos." Y procuraban prenderle, pero temían a la multitud, porque comprendieron que contra ellos había dicho la parábola, y dejándole, se fueron.

Dos porciones de la Palabra: al final del capítulo 11, una al principio del capítulo 12, unidas por una palabra: "entonces". Habiendo pasado lo primero, entonces comenzó a hablarles en parábolas. Este es el primero de cinco conflictos que Jesús tiene este día martes, el martes antes de su crucifixión.

El domingo es el día de la entrada triunfal a Jerusalén. El lunes él limpia el templo, voltea las mesas, echa fuera a los cambistas, maldice la higuera, se va a Betania, duerme allí, descansa. El martes en la mañana temprano, él y sus discípulos pasan por donde él maldijo la higuera; Pedro se sorprende de que la higuera se hubiese secado desde la raíz y comenta eso, y ellos continúan hacia el templo.

Esta es su última semana de vida, esta es una semana crucial. Juan usa probablemente la mitad de su Evangelio y la dedica a esta semana. Esta es una semana importante y este día en particular es capital. Recordemos que Cristo va a ser crucificado el viernes; el jueves en la noche va a tener la santa última cena con sus discípulos; el miércoles es silente en el registro de los Evangelios. Todo esto que vamos a estar hablando por varios domingos ocurrió en un solo día. De hecho, uno de los comentarios revisados dice que el Evangelio de Mateo le dedica un sexto de su extensión a este día martes. De manera que lo que estamos comenzando a ver hoy es el primero de una serie de eventos en un solo día, en la semana final del Maestro.

El día anterior él ha limpiado el templo, él ha tenido la osadía de entrar y echar fuera incluso a aquellos que tenían tiempo haciendo negocios ahí dentro, y ahora los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos vienen y le cuestionan. Ellos se consideraban como autoridades, al fin, con el derecho delegado por Dios —pensaban ellos— de indagar a cualquier mensajero o mensaje para determinar si verdaderamente procedía de parte de Dios. Ellos están irritados con Jesús. Ellos son las autoridades encargadas del templo, y este extraño, por así decirlo, extraño al templo —la mayor parte del tiempo del ministerio de Jesús él no lo pasó en Jerusalén, él lo pasa en Galilea—, y ahora este día, esta relativamente extraña persona entra al templo, se toma la atribución de limpiarlo, de alterar el curso normal del templo. Y con esa irritación ellos vienen donde el Maestro, van directamente al grano y le dicen: "¿Con qué autoridad haces estas cosas?" Imagino sus rostros airados e irritados. "¿O quién te dio la autoridad para hacer esto?" En pocas palabras: si nosotros somos la autoridad, ¿cómo te la tomas en tus manos? ¿Quién piensas que eres?

En realidad, ellos no estaban interesados en descubrir de dónde procedía su autoridad. Ellos simplemente estaban buscando la evidencia para atraparlo. Y Jesús, cuando escucha la pregunta, no responde la pregunta, no porque la estuviera evadiendo, sino porque él no iba a hacerle el juego a su hipocresía religiosa. Y queriendo ellos atraparlo, él decide atraparlos a ellos en su hipocresía.

Y él dice: "Yo también les voy a hacer una pregunta. Yo voy a responder tu pregunta con una pregunta, y quisiera que me la respondan. Y entonces yo os diré con qué autoridad yo hago estas cosas. El bautismo de Juan..." Imagino a Cristo con su calma y su benevolencia. "El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?"

El texto dice que ellos discutían o disputaban entre sí. "Si decimos del cielo, entonces..." Algo que no van a decir, va a decir: "Entonces, ¿por qué no le creímos?" Pero si decimos de los hombres, entonces la multitud tenía a Juan por profeta. Y entonces, ¿qué hacemos con la multitud? La lógica era: si tenían a Juan por profeta y mi autoridad vino delegada por Juan, entonces, ¿por qué no me creen? ¿No saben detrás de qué es que Jesús está?

Pero una vez más, Jesús no está tratando de evadir la pregunta. De hecho, una forma normal hasta el día de hoy, acostumbrada quizás sería la palabra, en la enseñanza en la cultura hebrea, es responder preguntas con preguntas, de tal forma que la pregunta contenga tu respuesta.

Una señora en una ocasión, hace unos años atrás, estaba estudiando con un grupo de rabinos, y ella no entendía la dinámica de cómo eso ocurre, hasta que un día —cuenta ella— ella entró a una tienda donde había un señor judío. Era en Jerusalén, unos noventa años, y él era el artífice de una serie de manualidades que él vendía, que él mismo hacía. Y ella entra a la tienda y le dice: "¿Usted es quien hace todas estas cosas? Y si es usted, yo quisiera comprar y llevarme algo. ¿Cuál es su preferida?" Ahí está la pregunta. Judío al fin y entrenado en esta forma, le dice: "¿Usted está casada?" Y la señora le dice: "¿Qué tiene mi estado civil que ver con cuál es la manualidad preferida de este señor?" Pero ella responde y le dice: "Sí, ¿por qué?" Y él le dice: "¿Usted tiene hijos?" Y una vez más ella se pregunta: "¿Para dónde va este señor?" Pregunta con pregunta. Y ya le dice: "Sí, tengo hijos, ¿por qué?" "¿Cuál de ellos es su preferido?" Y ella entendió la respuesta. Y lo único que él hizo fue llevarla a una pregunta a través de otra pregunta.

Jesús está usando esa retórica, esa forma de enseñar. "Mi bautismo, ¿de dónde vino? De Juan." Ahí está la respuesta. "¿Vino del cielo?" Ahí está la respuesta. "¿O vino de los hombres?"

De hecho, era la costumbre y la creencia en esa época que ningún rabino podía constituirse en rabino a menos que otros dos maestros con autoridad le impusieran las manos y esa persona pudiera ser designado como tal. No es como en el día de hoy, donde quizás alguien puede denominarse pastor, abrir una iglesia y nadie quizás poder cuestionarlo; pero en esa época no era así. De manera que cuando Cristo se remonta al Jordán y él está diciendo de dónde proviene mi autoridad —vino de Juan—, el bautismo que Juan me impartió, ¿vino de los cielos o vino de los hombres?

Cristo estaba mostrando: incluso mi autoridad ha sido pasada por un lado por uno de esos rabinos, Juan, el profeta que ustedes tienen por profeta. Y el segundo: ustedes, algunos de ustedes lo escucharon, el cielo se abrió y desde allá arriba se escuchó una voz que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia."

Las evidencias estaban ahí, pero Jesús rehusó proveer más y nuevas evidencias a estas autoridades, porque él conocía perfectamente que ellos no estaban detrás de evidencias, sino de excusas para condenarlo. Ellos nunca pudieron entender que las enseñanzas de Jesús provenían de Dios por una sola razón que Cristo revela y que Juan recoge en su Evangelio en 7:17. Escucha las palabras de Cristo: "Si alguien quiere hacer su voluntad, sabrá si mi enseñanza es de Dios o si hablo de mí mismo."

De una forma clara, Cristo dice: si alguien verdaderamente quisiera hacer la voluntad de Dios, esa persona con ese deseo genuino podría determinar, sabrá de forma afirmativa si yo hablo de parte de Dios o no. Pero como esta gente, y mucha gente en el día de hoy, no está interesada verdaderamente en hacer la voluntad de Dios, siempre les queda la duda si esto es algo que Dios ha hablado, que Dios ha revelado, que ciertamente Dios esté pidiendo. Y nunca descubrieron si Jesús venía de parte de Dios.

En la mente de los principales sacerdotes, en la mente de los escribas, en la mente de los ancianos, ya Cristo había sido condenado. Lo que faltaban eran las evidencias para poderlo hacer de una forma legítima, religiosamente legítima y políticamente apropiada. Pero ellos estaban molestos, estaban molestos con el nivel de autoridad que Cristo había exhibido todo el tiempo. Este hombre expulsa demonios, este hombre levanta paralíticos, este hombre ha mostrado autoridad sobre toda la naturaleza, calma los vientos y detiene los mares. Este hombre ha mostrado autoridad sobre la muerte, ha resucitado muertos, incluso algunos de ellos hasta después de heder.

Este hombre ha llegado hasta el colmo de decir que él tiene la autoridad para perdonar pecados. Sana un paralítico y luego lo hace caminar, cuando solamente Dios puede perdonar pecados. Él se pasa por Dios, y eso era digno de muerte porque era considerado una blasfemia. En otras ocasiones enseñando, él habla y cita la ley y luego dice: "Pero yo os digo". Él se ha colocado por encima de la ley, por encima de Moisés. En ninguna de sus enseñanzas ha hecho referencia a Hilel, a Shamai, a los grandes rabinos. Él se ha considerado una autoridad independiente en sí mismo. ¿Con qué clase de autoridad tú haces y dices y enseñas estas cosas?

Y ciertamente Jesús había mostrado una autoridad independiente de todos, pero no independiente del Padre. Y ellos vienen y le reclaman la respuesta a su autoridad. Y ante la pregunta, Jesús les dice: "Te quiero responder y te voy a responder, pero yo tengo otra pregunta: ¿el bautismo de Juan, de dónde viene? ¿De Dios o de los hombres?" Y después de ellos discutir, regresan y le dicen: "No sabemos." Y Jesús les dice: "¿No saben? Pues tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas."

¿Te imaginas la irritación de estos hombres que han venido a cuestionarle y esta es la clase de respuesta que él les da? Ni siquiera nos contesta nuestra interrogante. Y Jesús tampoco estaba interesado en ser diplomático con ellos. "Me quedan setenta y dos horas de vida," Jesús sabía. Esta gente está simplemente en busca de la evidencia para llevarme a la cruz. Adonde yo voy, yo estoy dispuesto a confrontar en este día martes todo lo que haya que confrontar, para que quede evidencia de que esta gente ha sido confrontada en su mentira y la verdad sea expuesta una vez más.

Y entonces escucha cómo el texto continúa. Cuando Jesús dice: "Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas," inmediatamente después se escucha lo que sigue: "Entonces comenzó a hablarles en parábolas." Estas cosas están conectadas. Él rehúsa contestar la pregunta en ese momento, y a partir de ahí entonces lo que hace es que le da un giro a la conversación y comienza a hablarles en parábolas. Y esta es la primera de una serie de parábolas.

En la parábola que él les cuenta hay una viña y hay un dueño. Hay un hombre que ha comprado una viña y él es el dueño de la viña. Ese dueño la arrienda a unos labradores. Se suponía, conforme a la costumbre de la época, que los labradores tenían que pagarle tributo al dueño, veinticinco o treinta por ciento era la costumbre de los frutos. No era infrecuente que en ese primer siglo la gente comprara un terreno, lo arrendara y se fuera a vivir en otro lado, y luego enviar a siervos a que fueran a cobrar sus frutos.

Y eso es lo que la parábola enseña: este dueño envió siervos. Y envió a los siervos, y al primero lo hirieron malamente, al segundo lo hirieron en la cabeza y lo avergonzaron, al tercero lo mataron, y lo mismo hicieron a muchos otros, dice la parábola. Pero al dueño le quedaba uno, un enviado más, un hijo. Y él es descrito como un hijo amado. Y el dueño pensó: "A este respetarán, porque es mi hijo," y le envía al hijo. Pero los labradores razonaron: "Bueno, si este es el hijo y el dueño no llega con él, eso implica que el dueño se murió. Este es el heredero. Matemos al hijo también y nos quedaremos con la viña, porque nadie va a reclamar la viña."

Jesús cuenta la parábola y termina con una pregunta: ¿Qué hará entonces el dueño de la viña? Y esta es la respuesta que ellos dan: "Vendrá y destruirá a los labradores y dará la viña a otros." Con eso ellos se condenaron a sí mismos. Esto suena como la historia de Natán y David, donde al final hubo una autocondenación. Ellos concluyeron que labradores que fueran capaces de comportarse de la manera que la historia fue contada merecen la muerte.

Para buen entendedor, pocas palabras bastan. La viña es la nación de Israel, como lo voy a mostrar a partir del profeta Isaías. El dueño es Dios. Sus siervos enviados a recoger sus frutos son los profetas a quienes Israel dio muerte. Los labradores son los líderes religiosos del pueblo, y estaban beneficiándose exclusivamente del pueblo para consigo mismos. Los profetas son muertos, pero quedaba un enviado más, un hijo: "Mi hijo amado," Cristo, que es enviado, y a él también le dan muerte. Y recuerda que la parábola dice que lo tiraron. La viña tenía una cerca en la historia, y lo tiraron fuera de la viña, como hicieron exactamente con Cristo: lo crucificaron fuera de la ciudad. Y esa es la historia.

Para que tú puedas ver que esto no es una interpretación halada por los moños, como decimos en nuestro país, o caprichosa, escucha lo que Isaías 5:7 dice: "Ciertamente la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel." Tú necesitas leer Isaías 5 del 1 al 7 para que veas todo el contexto, pero si estoy leyendo solamente un versículo: "Ciertamente la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel." Y la segunda parte del verso dice: "Y los hombres de Judá, su plantío delicioso." El remanente en Judá es el plantío delicioso del Señor, y estos labradores, líderes religiosos, han estado abusando de su plantío.

La nación es la viña del Señor. Los labradores son sus líderes religiosos. Los siervos del dueño son los profetas. En Jeremías 7:25, Amós 3:7, Zacarías 1:6 y otros pasajes, literalmente los profetas de Dios son llamados los siervos del Señor, y a esos es que ellos han dado muerte.

Si todavía no lo vemos con claridad, déjame mostrarte lo que el texto de Mateo 23, refiriendo a ese día martes todavía, en los versículos 34 y 35 dice de parte de Jesús, mostrado ahora con toda claridad a qué él se está refiriendo: "Por tanto, mirad, Dios envía profetas, sabios y escribas. De ellos, a unos los mataréis y crucificaréis, y a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros la culpa de toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien asesinasteis entre el templo y el altar." Vosotros habéis llegado hasta el colmo de haber asesinado a uno de mis profetas entre el templo y el altar, en el mismo templo. Sobre vosotros caerá la sangre desde el justo Abel hasta este último, hasta Zacarías, hijo de Berequías.

Escucha el texto de Lucas 13:34-35: "¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa se os deja desierta. Y os digo que no me veréis más hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor."

¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces he querido juntarte como mis hijos, como la gallina hace con sus pollitos debajo de sus alas, y no has querido! Y ahora estás a punto de crucificarme, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados. Con esas palabras, Cristo estaba enterrando la daga más profundamente en el corazón de estos líderes, que estaban a punto de quitar a Cristo de en medio.

¿Has notado cómo desde el principio la tendencia del corazón del hombre es quitar de en medio, o querer quitar de en medio, a aquel que representa un obstáculo para mí? Eso comenzó en Génesis 4. Cuando Caín quitó de en medio a Abel. ¿Por qué representaba en su entendimiento un obstáculo? Lo quito de en medio. Déjame continuar, Jesús, en mi camino, en el hacer de mi voluntad, porque eres obstáculo para mi vida, mi profesión, mi carrera, lo que quiero hacer. ¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuán ciega te has hecho!

Pablo gritaba de dolor en Romanos 9 cuando describía esas palabras y hablaba de sus hermanos, y decía de su nación cómo de ellos. A ellos les perteneció la adopción, los pactos, la ley, el culto, las promesas, los patriarcas, y aun el Cristo era de Jerusalén, de Israel, de la nación. ¿Cómo es que has sido tan enriquecida, Israel, con las promesas, con los patriarcas, con el pacto, con la ley, con la adopción, y con el Cristo mismo, y aun así no has escuchado? ¿Cómo te has endurecido? ¿Cómo te has cegado? ¿Cómo te has justificado hasta rechazarme? ¡Oh, Jerusalén!

Y con eso Cristo, entonces, les cita el Salmo 118, versículos 22 y 23. Les dice: "¿Ni aun esta satisfará habéis leído? ¿Ni aun esa escritura?" Y ahora se va a la Escritura. ¿Cuál es la escritura? "La piedra que desecharon los constructores, esa en piedra angular se ha convertido. Esto fue hecho de parte del Señor, y es maravilloso a nuestros ojos." Ni siquiera esa escritura recuerdan, no la han oído. Este es un salmo mesiánico, el Salmo 118, formaba parte del Halel, cantado todos los años para la Pascua. ¿No la recuerdas?

La mayoría de los estudiosos entiende que esa piedra angular en su inicio probablemente hacía referencia a la nación de Israel que fue desechada, pero que ahora Cristo aplica a sí mismo el salmo de una manera cristológica, y el resto del Nuevo Testamento continúa haciendo lo mismo.

Ahora tú necesitas entender la importancia de ese verso del Salmo 118 y de lo que Cristo está diciendo cuando Él se ha autodenominado piedra angular. La piedra angular era esa primera piedra que era colocada en una edificación y que determinaba la posición de todas las demás piedras. Pero la piedra angular también era considerada aquella piedra que cuando tú formabas un arco —recuerda que en aquella época los arcos se hacían de rocas— había una roca final que iba en el medio del arco, que era la que ajustaba todas las demás piedras a presión, de tal forma que después de colocada esa piedra, tú podías remover todos los soportes y el arco permanecería en su lugar porque las piedras quedaban encladas unas con otras.

Cristo es ambas cosas: Él es la piedra inicial que determina la posición de todas las demás piedras, pero Él es esa piedra final del arco, y después que tú superpones a Cristo, tú puedes remover todos los demás. Nada puede existir sin Él, pero Él puede existir sin el resto de los demás. Eso es la piedra angular. Pero ahora viene y le dice a ellos: la piedra angular, o la piedra que los constructores rechazaron, la que determina todo el resto del edificio, el armazón, es la que ustedes rechazaron.

Y si nos queda alguna duda de si Cristo verdaderamente era la piedra angular, escucha cómo después de su muerte y resurrección, cuando a Pedro le toca predicar en el libro de los Hechos, capítulo cuatro, comenzando en el versículo once, escucha lo que dice el texto: "Este Jesús es la piedra desechada por vosotros los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular." ¿Escuchaste? Este Jesús es la piedra que ustedes los constructores rechazaron y Él ha venido a ser la piedra angular.

¿Y por qué es la piedra angular? Escúchalo en el versículo 12, que es el siguiente: "Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en el cual podáis ser salvos." No hay otro nombre, no hay otro camino, no hay otra verdad, no hay otra puerta, no hay otro Dios, no hay otro Señor, no hay otro Rey, no hay otro mediador, no hay otro Redentor, no hay otro Hijo, no hay otro dueño, no hay otra autoridad, no hay otro juez, no hay otro nombre, no hay otro sacrificio, no hay otra esperanza debajo del cielo, ni encima de los cielos, que no sea el Hijo.

No hay otro camino de acceso al Padre, no hay otra verdad que me pueda hacer libre, no hay otra puerta de entrada al reino de los cielos, no hay otro Dios como Él, no hay otro Redentor de mis pecados, no hay otro mediador entre Dios y el hombre, no hay otro Señor del universo, no hay otro Rey sobre el trono, no hay otro dueño de los cielos y la tierra, no hay otro Hijo para compartir la herencia, no hay otra autoridad para determinar mi destino, no hay otro juez que me pueda condenar o liberar, no hay otro nombre por encima del suyo, no hay otro sacrificio que me limpie de pecado, y no hay otra esperanza de vida.

¿Tú entiendes? ¿Tú entiendes lo que este texto nos está tratando de revelar? Escúchame, si estás sin Cristo, el Señor ha cargado mi corazón por tu alma desde el día de ayer, y no miento, el Señor es mi testigo. Y esa ha sido mi oración múltiples veces: que Dios cargue mi corazón por los perdidos, y Él lo hizo ayer por ti que estás aquí.

Escucha lo serio de esto de la piedra angular rechazada por los constructores. Escucha las palabras con las que Cristo cierra esta parábola en el pasaje paralelo de Lucas. Escucha, presta atención, te lo imploro en el nombre de Cristo. Escucha: "Todo el que caiga sobre esa piedra será hecho pedazos, y aquel sobre quien ella caiga, lo esparcirá como polvo."

¿Tú entiendes? ¿Tú entiendes la severidad de estas palabras? William McDonald, en su comentario sobre Marcos, lo ve de esta manera: la primera parte del verso, "todo el que caiga sobre esa piedra," él dice que esa es la piedra que hace referencia a su primera venida, la piedra que ha sido puesta, el fundamento sobre el cual estamos construyendo. Todo el que caiga sobre Él será hecho pedazos. Pero la segunda parte del verso, "y aquel sobre quien ella caiga, lo esparcirá como polvo," él dice que eso es una referencia a su segunda venida, cuando Él venga desde los cielos a hacer justicia. Cuando esa piedra angular rechazada venga en su segunda venida y caiga sobre ellos en justicia, serán hechos polvo. ¿Tú entiendes? ¿Tú entiendes el peso de su juicio, de su ira, del rechazo de su Hijo?

Aquellos que han crecido religiosamente pero sin una relación con Cristo tienen cierta similitud con los principales sacerdotes que se acercaron y cuestionaron a Jesús. Ellos representaron a los sumos sacerdotes; anteriormente, al terminar su turno, pasaron a ser los principales sacerdotes. Ellos conocían la ley; los escribas eran expertos en la ley. Tenían una religión, practicaban una religión, crecieron religiosamente. Es como saber mucha doctrina en el día de hoy pero luego no tener frutos. Ellos apedrearon a los profetas, esos eran sus frutos. Rechazaron a los enviados, esos fueron sus frutos.

Hermano, nadie es salvo por las obras de la ley, pero los frutos revelan la identidad de mi persona. Cuando yo veo un árbol, muchas veces, como no tengo el experticio, no sé de qué es el árbol. Pero cuando yo veo el árbol que echa manzanas o echa mangos, por los frutos yo puedo decir: ese árbol es de mango o de manzanas. La manzana o el mango no lo hicieron un árbol de tal o cual clase, pero revelaron su identidad. Mis frutos revelan mi identidad. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré mi fe por las obras, por los frutos. No, no son salvíficas, pero muestran mi identidad.

Cuando yo me llamo cristiano, no necesariamente eso implica que soy salvo. Escúchame, por el amor de Dios, presta atención. El Congreso de Evangelización Mundial, conocido como el Movimiento de Lausana, habla de lo que es un cristiano nominal. Lo que es un cristiano nominal implica de nombre, no de nacimiento; de nombre, en nombre solamente.

Y habla de cinco categorías. Yo te las quiero mencionar porque yo no sé si al oírlas tú puedas verte en una de esas cinco categorías. Número uno: un cristiano nominal es alguien que asiste regularmente a la iglesia, adora devotamente, pero no tiene una relación personal con Jesucristo. Adora devotamente, pero no tiene una relación personal con Jesucristo. Segunda categoría: asiste a la iglesia regularmente, pero solo por razones culturales. Número tres: asiste a la iglesia pero solo en ocasiones especiales, como en Semana Santa, en Navidad, o en ceremonias de bautismo, bodas, etcétera. Número cuatro: raramente asiste a la iglesia, pero mantiene cierta relación con alguna iglesia por razones de seguridad, razones emocionales o lazos familiares. Y número cinco: no tiene relación con ninguna iglesia y nunca asiste, pero dice creer en el Dios de la Biblia.

¿Escuchaste? ¿Estás allí? ¿Has examinado tus frutos últimamente? ¿Has examinado la calidad de los frutos? Una vez más, las obras no me salvan, pero mis frutos me identifican. Por sus frutos los conoceréis. La imagen de Cristo que se va formando o no se va formando: mis pensamientos, mis relaciones, mis hijos, mi matrimonio, mi vida de testimonio, mis redes sociales, todo lo que sale de mí. ¿Lo has examinado? ¿Se corresponde a una vida nueva, nacida del Espíritu, guiada por el Espíritu, cultivada por el Espíritu?

Y estos mensajes, hermanos, hay que predicarlos todo el tiempo, porque Cristo nos advirtió que desde el principio hasta el final el trigo y la cizaña crecerían juntos. Y en la parábola, los discípulos querían sacar la cizaña, y dijo: "No, eso no les corresponde a ustedes, ni este es el tiempo. Ha sido determinado el crecimiento de ambos juntos. Al final, los ángeles de Dios harán la separación, no vaya a ser que cuando saques la cizaña, saques con ella el trigo también."

Hermano, o amigo —porque si no estás en Cristo todavía, no tenemos la hermandad común—, "a todo el que cree en su nombre, a ellos les dio el poder o el derecho de llegar a ser hijos de Dios." Amigo, amiga, si tú no estás en Cristo, te lo digo con mucha carga en mi corazón: considera las consecuencias de la Palabra expuesta en el día de hoy, sus implicaciones. Reflexiona. Si Dios ha traído convicción a tu vida, si ha abierto tu entendimiento, hoy no endurezcas tu corazón como en el desierto, dice su Palabra. Responde al Espíritu de Dios.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.