Integridad y Sabiduria
Sermones

La autoridad de la Palabra

Miguel Núñez 17 septiembre, 2017

La autoridad de la Palabra de Dios no es un tema abstracto para teólogos; es el fundamento sobre el cual se sostiene o se derrumba toda la vida cristiana. En una época marcada por una crisis de autoridad que comenzó a tomar fuerza en la década de 1960 y que hoy permea incluso la iglesia evangélica, resulta urgente volver a afirmar que cuando la Biblia habla, Dios habla, y cuando Dios habla, el hombre calla.

Martín Lutero entendió esto con claridad. Cuando reflexionaba sobre los cambios ocurridos en su tiempo, confesó que él simplemente enseñó, predicó y escribió la Palabra de Dios, y que mientras dormía o tomaba cerveza con sus amigos, la Palabra misma debilitó al papado como ningún príncipe o emperador había logrado. Su confianza no radicaba en estrategias humanas sino en el poder inherente de las Escrituras. Esa misma convicción lo sostuvo cuando, ante el emperador Carlos V y cientos de autoridades en la Dieta de Worms, declaró que su conciencia estaba prisionera de la Palabra de Dios y que no podía retractarse a menos que lo convencieran con el testimonio de las Escrituras.

La razón de esta autoridad es clara: toda Escritura ha sido exhalada por Dios. Isaías 55:11 lo afirma: la Palabra que sale de la boca de Dios no vuelve vacía, sino que cumple el propósito para el cual fue enviada. Es la misma Palabra que habló a la nada y creó el universo, que expulsó demonios y que hoy abre ojos espirituales y resucita muertos en delitos y pecados.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Fuimos creados para vivir en su casa. Bueno, dicho todo esto, he decidido esta mañana dedicar este servicio, este mensaje y el que viene, como introducción, como aperitivo y motivación a lo que es el tema de "Por Su Causa", que este año tiene que ver con los 500 años de la Reforma Protestante. Mucho de lo que ocurrió en aquella ocasión tenía que ver o giró en torno a la autoridad de la Palabra.

Este es un año clave, y es un año clave no simplemente porque nos permite celebrar cinco siglos de la Reforma, sino porque el hecho de estarlo celebrando nos ha brindado múltiples oportunidades. Múltiples predicadores han podido revisar grandes verdades que, créase o no, muchos en Latinoamérica están escuchando, entendiendo y abrazando por primera vez ahora, cinco siglos después. Yo comentaba, creo que fue el miércoles, a alguien que está sirviendo con un pastor interino, un muchacho joven que estuvo aquí entre nosotros. En un momento dado nos decía: "En Temuco, Chile, el fin de semana pasado, ya no me quedan lágrimas con qué llorar." Mucho de eso es la manera como Dios está moviendo, pero mucho de eso es también cómo mucha gente está despertando a estas verdades.

Yo creo firmemente que la solución a los problemas de descomposición social y moral de nuestras naciones está en la Palabra de Dios. Decía Martín Lloyd-Jones que todos los problemas de las naciones y de la iglesia hoy en día se deben a una desviación de la Palabra de Dios. Uno de los gritos de batalla de la Reforma Protestante fue la frase "Sola Scriptura", para expresar dónde radicaba la autoridad de todo el movimiento y toda la conmoción que estaba ocurriendo. De manera que el mensaje de hoy yo lo voy a dedicar precisamente a hablar acerca de la autoridad de esas Escrituras.

Yo creo que ese tema, aun si no estuviéramos celebrando estos 500 años, es importante porque nosotros estamos viviendo en una generación que tiene como característica una crisis de autoridad. Una crisis de autoridad que quizás comenzó a tomar fuerza a partir de la década de 1960, la década de los hippies, la década de la proliferación del sexo libre. En esa ocasión, carros estuvieron en las calles con el bumper "Cuestiona la autoridad", y eso simplemente ha ido de mal en peor hasta nuestros días.

Ahora, lamentablemente, esa falta o esa crisis de autoridad la vive la iglesia evangélica de diferentes maneras. En una parte importante de la iglesia evangélica hay una crisis de autoridad porque predicadores y pastores no respetan la autoridad de la Palabra. Cuando tú oyes a un predicador, a un autodenominado profeta o apóstol decir "Yo decreto, yo declaro, yo aseguro", esa persona no tiene autoridad, no tiene respeto por la autoridad de la Palabra, porque la Palabra no le permite hacer tal cosa. Escuchar hace unos días atrás a Guillermo Maldonado decir "Yo decreto, yo declaro que la tormenta Irma se desintegre", para luego verla hacer estragos, es realmente estar frente a alguien que no respeta la autoridad de la Palabra. Y personas que continúan escuchando tales declaraciones, dándolas como buenas y válidas, tampoco muestran respeto por la autoridad de la Palabra.

En la época de Lutero había mucho respeto por la autoridad, pero lamentablemente el respeto estaba por la autoridad de la iglesia. Lutero hizo bien en establecer que la autoridad no radicaba en la iglesia, sino en la Palabra de Dios. Ahora, lamentablemente esa interpretación ha llevado a algunos a otra área donde también tú ves la falta de respeto por la autoridad. Así vemos a personas auto-ordenarse al pastorado. Así vemos personas plantar iglesias sin que ninguna otra iglesia haya estado detrás ordenando y endosando los dones, talentos y llamado del plantador. Vemos personas que, sin representar a ninguna iglesia, están bautizando a otros, cuando realmente el bautismo es una de las ordenanzas de una iglesia ya establecida. Y eso es también falta de entendimiento acerca de la autoridad de la Palabra y también acerca del hecho de que, si la Palabra de Dios es la máxima autoridad, no implica que no hay ninguna otra autoridad, sino que ella es la máxima de las autoridades, de manera que toda otra autoridad humana está supeditada.

Lo que yo quiero hacer en esta mañana es tomar parte de la historia de lo que ocurrió hace cinco siglos atrás para que nosotros podamos ver de qué manera la autoridad de la Palabra fue traída de nuevo a colación, y luego conectarla con el veredicto de las Escrituras para ver de qué forma Dios ha revelado la autoridad que existe en esa Palabra inspirada. Tú pudieras tomar un texto de la Palabra y hacer un mensaje expositivo acerca de la autoridad de la Palabra. Tú puedes tomar el Salmo 19:7-10 y ahí claramente puedes hacer todo un mensaje acerca de la autoridad de la Palabra. Tú puedes tomar el Salmo 119 y todo y cada uno de los versículos están dedicados a la Palabra. Pero yo no voy a hacer eso. Yo voy a tomar la historia. Voy a ver la crisis en la que estábamos, ver de qué manera Dios sacó a su iglesia de dicha crisis, y luego entonces conectarla con la revelación de Dios.

Martín Lutero creía en el poder de la Palabra porque creía en la autoridad de la Palabra. De hecho, en uno de sus sermones, cuando él reflexionaba acerca de lo que había ocurrido en sus días, acerca de todos los cambios, de toda la transformación, de la conmoción que había ocurrido, esto es lo que Lutero expresó en uno de esos mensajes. Él dice: "Yo me opuse a las indulgencias y a todos los papistas, pero nunca por la fuerza. Yo simplemente enseñé, prediqué, escribí la Palabra de Dios. Aparte de esto yo no hice nada. Y mientras yo dormía, tomaba la cerveza de Wittenberg con mis amigos Philipp y Amsdorf, la Palabra debilitó al papado de tal manera que ningún otro príncipe o emperador ha infligido pérdidas tan grandes. Yo no hice nada, la Palabra lo hizo todo." Imagina la confianza y el entendimiento al mismo tiempo que Lutero tenía de la Palabra y del poder de la Palabra.

La Iglesia de Roma insistía en aquel momento que la autoridad no estaba en las Escrituras, sino en la iglesia que interpreta las Escrituras, y que solamente la Iglesia de Roma podía interpretarla, lo cual contradecía completamente la revelación de Dios. Nosotros tenemos en el libro de los Hechos, en Hechos 17, que los habitantes de Berea fueron más nobles que los habitantes de Tesalónica, porque al escuchar a Pablo ellos escudriñaban la Palabra día a día para saber si lo que Pablo decía era cierto. Si eso se lo hacían a Pablo, ¿no debieran hacernos eso a nosotros, los predicadores? Usted necesita revisar, escudriñar la Palabra para ver si lo que sale del púlpito es algo que la Palabra revela.

Roma afirmaba y afirma que la Palabra, la tradición y las enseñanzas de la iglesia o el magisterio están a la misma altura, y que cada una de ellas contribuye a la salvación de las almas, y que ninguna de ellas se puede sostener sin la otra. Lutero decía no. De hecho, Jesús mismo habló del mismo problema en la época cuando él estuvo caminando entre nosotros. Recordemos que no hay nada nuevo debajo del sol. Si ocurrió en la época de la Reforma, ocurrió también en la época de Cristo. Y esto es lo que él dice en Marcos 7:13: "Invalidando así la palabra de Dios por vuestra tradición, la cual habéis transmitido, y hacéis muchas cosas semejantes a estas." Ustedes, fariseos, han abrazado la tradición, y al abrazar la tradición no solamente la han puesto a la altura de la revelación de Dios, la han puesto por encima de la revelación de Dios hasta el punto de invalidarla.

La Iglesia de Roma afirmaba y afirma una vez más que la autoridad está en la iglesia y no en la Palabra, y de ahí entonces que la tradición que la iglesia abraza es considerada con la misma autoridad de la Palabra revelada. Tenemos que recordar una y otra vez que es la Palabra la que juzga a la iglesia y no al revés. Es la Palabra la que determina si una iglesia es verdaderamente una iglesia. Si una iglesia no tiene el Evangelio, no es iglesia. Lo que define a una iglesia es la presencia y la proclamación del Evangelio, tal y como ha sido revelado en su Palabra.

Esto parece haber comenzado esto que hoy llamamos Reforma Protestante. ¿Qué es lo que necesitamos? Nosotros no necesitamos un avivamiento. Nosotros necesitamos una reforma, porque el avivamiento va y viene y muchas veces produce poca transformación. La reforma cambia la forma de la iglesia ser, cambia la forma de pensar, cambia la forma como las naciones muchas veces continúan a partir de ese momento.

Todo parece haber comenzado un 31 de octubre de 1517, y de ahí que hoy estemos en el 500 aniversario de este movimiento. Comienza con un monje agustiniano inquietado por el perdón de pecado ofrecido a cambio de dinero por un emisario del Papa de apellido Tetzel. Lutero es irritado por la idea de que pecados que nosotros hemos cometido contra Dios pudieran ser perdonados, al igual que años en el purgatorio, con el simple hecho de comprar un certificado firmado por el Papa que garantizaba el perdón de mis pecados. León X había incurrido en una serie de deudas, entre las cuales estaba la deuda para la construcción de la Catedral de San Pedro, y entonces crearon esta idea de desempolvar una idea que se había postulado ya desde los años 1300 para poder eliminar o disminuir parte de dichas deudas.

Lutero, cuando clava sus tesis —son 95 tesis—, no estaba en ningún momento tratando allí o en esa ocasión de enarbolar la bandera de "Sola Scriptura", ni estaba siquiera postulando que se revisaran las grandes verdades que nosotros hoy resumimos en Sola Scriptura, Solo Cristo, Sola Fide, Soli Deo Gloria, Sola Gratia, salvación solo por gracia. No estaba siquiera postulando eso. Él estaba extendiendo una invitación a los académicos de su época para que se revisara la manera como ellos estaban tratando de llevar al pueblo a tener sus pecados perdonados.

En 1517, Lutero estaba estudiando los libros de Salmos, luego Romanos, luego Gálatas y luego Hebreos. Lutero va descubriendo cosas que él no conocía, va despertando a la realidad de cómo son las cosas. Entonces él recibe una invitación en octubre del año 1518 para que fuera junto con sus compañeros, también monjes agustinianos, a donde él pudiera presentar lo que él consideraba sus nuevos entendimientos y nuevas enseñanzas.

Roma envía a dicho encuentro, que resultó ser un debate, a Cayetano. El nombre de Cayetano era Tomás de Vio, considerado uno de los teólogos más hábiles en ese momento, y cuyo apodo era Cayetano por el lugar de donde él procedía. A Cayetano se le instruyó que no entrara en un debate con Lutero, sino que en cierta manera se limitara a preguntarle a Lutero si él podía retractarse o no de las ideas de Lutero. Sin embargo, Lutero se las ingenió para que entraran en debate, y el debate duró por tres días, del 12 al 14 de octubre de 1518.

Cayetano aludió a Tomás de Aquino, aludió al Papa Clemente, que fue el primero que postuló en el año 1343 la idea de que los pecados podían ser perdonados vía indulgencias que el Papa concediera, y que las indulgencias podían ser obtenidas ya sea a través de penitencias, a través de donación de dinero, o a una participación en una de las cruzadas. Lutero insistía en que el Papa no tenía ninguna autoridad para perdonar pecados, para decretar dogmas, a menos que fuera en Cristo solamente. Cayetano trató de intimidar a Lutero con el hecho de los dogmas y las tradiciones y las enseñanzas de la iglesia.

Lutero deja claro, apenas un año después de clavar las tesis, que él había comenzado a entender dónde radicaba la autoridad. Y esto es lo que Lutero decía en ese momento: "La verdad de las Escrituras está primero. Después que esto sea aceptado, uno puede determinar si las palabras de los hombres pueden ser aceptadas como verdad." Lutero no estaba descartando la posibilidad de otras autoridades. Lo que Lutero estaba insistiendo es que esas enseñanzas necesitan ser escrutinizadas, examinadas a la luz de la Palabra, y la Palabra está primero. Si esas cosas contradicen la revelación de la Palabra, entonces necesitan ser rechazadas.

El tiempo sigue pasando, 1519 llega, mes de julio. Roma decide enviar otra persona, Johann Eck, a debatir con Lutero, otro de sus grandes teólogos, porque la idea era tratar de convencer a Lutero y no tener que lidiar con cosas que Roma sabía que eran ciertas en cuanto a lo que Lutero estaba denunciando, pero no las quería admitir. Y Lutero, entonces, escuchó como Eck insistía que él estaba contradiciendo dogmas y principios que los concilios y los papas ya habían aprobado hace mucho tiempo.

Pero en esta ocasión Eck trató de relacionar a Lutero con Jan Hus. Jan Hus había sido quemado en la hoguera cien años atrás, y él trató de asociar a Lutero con Jan Hus porque esta sería una forma segura de condenar a Lutero, porque ya el Concilio de Constanza había declarado a Hus como hereje. Lutero no estaba muy familiarizado con las enseñanzas de Hus, pero ese día, durante las horas de almuerzo, él se retira a la biblioteca y comienza a revisar las enseñanzas de Hus, y descubre que ciertamente había mucho en común entre lo que Hus enseñaba y lo que Lutero había llegado a creer.

Lutero regresa después del almuerzo, el debate se reanuda, y Eck pregunta a Lutero: "¿Eres tú el único que conoce algo? Con la excepción tuya, ¿está toda la iglesia en el error?" Lutero respondió que Dios una vez habló a través de la boca de un asno. "Yo lo voy a decir directamente lo que pienso: yo soy un teólogo cristiano y he decidido no solo afirmar, sino también defender la verdad con mi propia sangre y aun con la muerte. Yo creo libremente y no seré esclavo de la autoridad de ningún concilio, universidad o papa."

Otra vez, por segunda vez —1518 primera vez, 1519 segunda vez— Lutero enarbola la bandera de Sola Escritura, o el hecho de que la autoridad de la Palabra está por encima de todo concilio, de todo papa, de toda encíclica.

Finalmente, Lutero es citado a la Dieta de Worms o la Asamblea de Worms, el 17 de abril de 1521, día miércoles. Y Lutero está ahí delante de cientos de autoridades. El emperador Carlos Quinto estaba ahí, los príncipes estaban ahí, el papa estaba ahí, los obispos estaban ahí, cientos de personas. Y ahora está Johann Eck. Le pregunta a Lutero que si esos veinticinco libros que estaban a su lado eran suyos y que si él se retractaba de lo que él había escrito en ellos y de cuarenta y un otros errores más.

Lutero está confiado en la Palabra, Lutero está confiando en Dios, pero Lutero tiene dudas. Lutero tiene inquietudes, Lutero es humano y tiene ciertos temores. Y él pide veinticuatro horas más. Y esa noche él se retira a su celda y registra una oración que en una ocasión yo leí a alguno de ustedes, que voy a repetir, porque esta oración nos ayuda a entender mucho la angustia del ser humano ante estos príncipes poderosos, y al mismo tiempo la confianza en la Palabra y la confianza en su Dios, y qué clase de Dios es que este hombre ha llegado a creer. Y yo creo que mucho de lo que nosotros requerimos hoy para que este movimiento pueda seguir adelante en América Latina está relacionado a lo que esta oración revela en este hombre. Y es por eso que yo me voy a tomar el tiempo de leerla antes de entrar a la Palabra de Dios misma, que es verdaderamente el mensaje.

Escucha esta oración: "Dios todopoderoso y eterno, ¿qué cosa tan baja es el mundo? ¿Cómo se abren en él las bocas de los hombres? ¿Cuán pequeña es la confianza de los hombres en su Dios? ¿Qué débil y temerosa es la carne y qué poderoso y activo es el diablo con sus apóstoles y sabios del mundo? ¿Cuán pronto abandonan las cosas celestiales y corren a su perdición, yendo a los infiernos por el mismo ancho camino que los impíos y la muchedumbre del mundo? Ellos miran solamente lo que es grande y poderoso, magnífico y fuerte ante sus ojos, y lo que tiene apariencia exterior. Si yo viera a imitarlos, pronto me vería abandonado y juzgado por el mundo. Dios mío, oh Dios mío, tú solo eres Dios. Dios mío, ayúdame tú contra toda la razón y sabiduría del mundo entero. Tú debes hacerlo, y solo tú, porque la causa no es mía sino tuya. Por mi parte no tengo nada que ver con ella ni tampoco con estos hombres poderosos en el mundo, porque yo por mi parte podría tener días tranquilos y quietos y vivir sin perturbación. Pero tuya es la causa, Señor, la causa justa y eterna. Ayúdame tú, oh Dios mío fiel y eterno. Yo no tengo confianza en ningún hombre; todo sería en vano, nada me aprovecharía. Todo lo que es carne y confía en carne es falible y perecedero. Oh Dios, oh Dios, ¿no me escuchas, mi Dios? ¿Estás muerto? No, no puedes morir; solamente te escondes de tus criaturas. ¿No me has elegido para esta causa según creo saber de cierto? Te lo pregunto, y sí, así es. Tú debes dirigir mis pasos, porque nunca en mi vida me habría propuesto ponerme ante señores tan grandes y poderosos, y nunca lo hubiera pensado. Pues bien, Dios mío, ayúdame en el nombre de tu Hijo querido Jesucristo, que ha de ser mi protección, mi amparo, mi castillo fuerte, mi poder en la fuerza del Espíritu Santo. Señor, ¿dónde te escondes? ¿Por qué tardas? Tú, Dios mío, ¿dónde estás? Ven, ven, yo estoy pronto hasta perder mi propia vida, paciente como un cordero, porque justa es la causa y tuya es. Y por lo tanto no me separaré de ella ni de ti en toda la eternidad. Así lo resuelvo ahora en tu nombre, porque el mundo nunca podrá constreñir mi conciencia aunque estuviera llena de diablos. Y no temo, aunque mi cuerpo, que es obra y criatura de tus manos, fuese en esta empresa destruido o destrozado, porque tu Palabra y tu Espíritu me quedarán. Los enemigos pueden atacar solo el cuerpo; el alma es tuya, y a ti pretende ser, y permanece también contigo por toda la eternidad. Amén. Dios mío, ayúdame. Amén."

Es la convicción de un hombre en su Dios. Es la convicción que hoy necesitamos si queremos ver algo distinto en Latinoamérica. En los años 300, Atanasio estaba defendiendo la divinidad de Dios, la divinidad de Cristo, en Egipto. Y resulta que había mucha gente en contra de él, y alguien le dijo a Atanasio: "El mundo entero la está negando." Y él dijo: "Pues entonces será Atanasio contra el mundo." Nosotros necesitamos esas fibras hoy.

El día siguiente, jueves 18 de abril del año 1521, Lutero vuelve a comparecer ante la Dieta de Worms. Y pregunta: "Lutero, ¿te retractas?" Lutero dice: "Por la misericordia de Dios, yo le pido a su Majestad Imperial y a sus ilustres señores, o a cualquier otro que esté aquí, que testifique y refute mis errores y lo contradiga con el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento" —en otras palabras, Sola Escritura—. "Yo estoy listo, si yo he sido instruido de una mejor manera, a retractarme de cualquier error, y yo sería el primero en eliminar o tirar mis escritos en el fuego."

Imagínate: tú estás ahí, cientos de autoridades delante de ti, el emperador Carlos Quinto, el papa. Aquí está el famoso Imperio Sacro Romano Germánico, que no era ni sacro ni germano; así es el llamado. Y Johann Eck desecha su respuesta: "No va al punto. No debe haber ningún cuestionamiento acerca de las cosas que los concilios de la iglesia ya han condenado y las cosas sobre las cuales ya se han tomado decisiones. Danos una respuesta clara y ya. No te estoy preguntando: ¿repudia usted o no sus libros y las cosas escritas en ellos?"

Lutero dice: "Ya que su más serena Majestad y todos sus príncipes requieren una respuesta clara, simple y precisa, yo le daré una sin cuernos ni dientes. Y es esta: yo no puedo someter mi fe al papa o a los concilios, porque está tan claro como el día que ellos han errado continuamente y se han contradicho a sí mismos, a menos que yo sea convencido por el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes."

Me mantengo firme en las Escrituras. Por mi fe adoptada, mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, y no puedo ni quiero revocar nada, viendo que no es seguro o justo actuar contra la conciencia. Que Dios me ayude. Amén.

Lutero sella en esta ocasión, de una vez y para siempre, el principio de sola Escritura: la Escritura como la corte final de apelación en todo el universo. La pregunta que tú y yo necesitamos hacernos es: ¿qué es lo que hace, o hizo, que un hombre solo pudiera levantarse en contra de todo un imperio político y religioso al mismo tiempo, con la certeza de que estaba parado en la verdad?

La respuesta a esa pregunta es clave, porque la respuesta a esa pregunta debe decirnos a nosotros las clases de predicadores y líderes que la iglesia de Latinoamérica necesita de aquí en adelante. Y la respuesta a esa pregunta puede y debe alimentar el valor y el coraje de los hijos de Dios en este tiempo. Lutero estaba convencido de que la Biblia es la Palabra de Dios y no las opiniones, no las opiniones de los hombres. Estaba convencido de que Dios había inspirado la Biblia.

A.W. Pink decía: si niegas el dogma de la inspiración verbal, o el hecho de que cada palabra ha sido inspirada por Dios, lo único que te queda es como un barco sin timón en medio de un mar tormentoso, a merced de todo viento y de todo golpe de ola. Si niegas que la Biblia es la Palabra de Dios, te quedas sin un estándar final de medida y sin una autoridad suprema. Es inútil discutir cualquier doctrina enseñada por la Biblia hasta que no estés preparado para admitir sin reservas que la Biblia es la corte final de apelación. Si aceptas que la Biblia es una revelación divina y la comunicación de la mente y la voluntad de Dios a los hombres, entonces tienes un punto fijo a partir del cual podrás avanzar en el terreno de la verdad.

Tú puedes predicar y proclamar la autoridad de las Escrituras a partir de múltiples pasajes de la Biblia. Sin embargo, hay un texto que yo creo que es cardinal y primero que todos para hablar de la autoridad de la Biblia. Está en 2 Timoteo 3:16. Y como esta es la Escritura, todo lo anterior era historia; mi mensaje comienza ahora, porque un mensaje es la Palabra de Dios y no la historia.

2 Timoteo 3:16: "Toda Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia."

Nota cómo el texto comienza diciendo "toda Escritura". No el Nuevo Testamento, no el Antiguo Testamento, no las palabras en rojitas que Jesús pronunció en la Biblia de alguno de ustedes. No los textos que nos parecen relevantes hoy, no los textos que a mí me gustan porque me hacen sentir bien. No, no, no, no, no. Toda Escritura, desde Génesis 1:1 hasta Apocalipsis 22, ha sido inspirada por Dios.

John Frame, uno de nuestros teólogos contemporáneos, dice: la autoridad divina es la razón última de por qué las Escrituras son autoritativas. Su autoridad es absoluta porque Dios es absoluto, y la Escritura es su comunicación personal para nosotros. La palabra que Pablo usa ahí cuando escribió a Timoteo para "inspirada" es theopneustos, que implica "exhalada". Toda Escritura ha sido respirada por Dios, de principio a fin, cada texto. Calvino decía que la autoridad de la Palabra radica en su inspiración.

Claro, si Dios no inspiró la Biblia, nosotros no tenemos ninguna base para discutir absolutamente nada, y mucho menos con toda autoridad como nosotros quisiéramos hacerlo. Pero Lutero insistía, y nosotros también, que justamente porque las Escrituras han sido inspiradas por Dios, esa es la razón por la que la tradición de los hombres no puede estar al lado, a la misma altura que la Palabra de Dios.

Si Dios creó el mundo, como algunos testifican, y se desentendió de él y lo abandonó a sus leyes naturales, entonces Dios no nos dio revelación. Entonces, si Dios no nos dio revelación, nosotros no tenemos autoridad de parte de Dios. Pero si Dios inspiró las Escrituras de manera verbal, y cada palabra ha salido literalmente de Él, entonces cuando la Biblia habla, Dios habla. Y cuando Dios habla, el hombre calla. Eso es como es: Él es Creador y nosotros criatura.

La autoridad de la Palabra está relacionada a dos pilares o principios fundamentales. Primero, la concepción que tú tienes de Dios. Y dos, la idea de si Dios inspiró o no inspiró la Palabra. Si Dios no es omnisciente, si Dios no es santo, si Dios no es justo, si Dios no es soberano como las Escrituras afirman, entonces nosotros no podemos insistir en el sometimiento incuestionable a la Escritura, porque Dios no es nada de eso.

Esta es la razón por la que personas que hoy afirman la teología de proceso —que para aquellos de ustedes que no están familiarizados con eso, es la idea de que Dios está aprendiendo y está creciendo y está cambiando, y que Dios está observando lo que ocurre en el mundo, y en la medida en que Él ve lo que ocurre, entonces reacciona, y cuando reacciona, Él aprende y crece; eso es teología de proceso— esta gente no puede creer en la autoridad de la Palabra. No, no puede creer, porque ese Dios está aprendiendo él mismo; por tanto, él no puede ser absoluto y soberano a la hora de legislar.

Aquellos que creen la teología abierta, que piensan que Dios tampoco puede predecir las acciones futuras de los hombres porque nosotros somos agentes libres, tampoco pueden creer en la autoridad de la Escritura. Claro que no. Porque para Dios poder hacer promesas, para Dios poder predecir el futuro, Él tiene que conocer, controlar y orquestar todas las decisiones de los hombres. Y si tú no crees que Dios es capaz de hacer eso, entonces tú no vas a tener confianza en la autoridad de la Palabra. Por tanto, la concepción que tú tengas de Dios determina la autoridad de la Palabra de Dios. Eso es vital.

Dios afirma y demuestra la autoridad de la Palabra de diferentes formas. Escucha en un versículo de manera tan clara cómo Dios habla de esa autoridad y de ese poder.

Isaías 55:11: "Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo y logrado el propósito para el cual la envié."

¿Tú escuchaste bien todo lo que está detrás de esa palabra? Cuando Dios dice que así será mi palabra, que cuando sale de mí no regresa a mí sin que haya realizado primero el propósito para el cual yo la envié, eso habla de poder, eso habla de autoridad, eso habla de que la Palabra de Dios representa la voluntad de Dios. Cuando yo hablo, eso que yo hablo se va a realizar y no va a regresar hasta que no se haya realizado; esa es mi voluntad. Eso habla de que la Palabra de Dios tiene propósito, porque ella no regresa hasta que el propósito para la cual yo la envié no se haya realizado.

De hecho, eso me deja ver que la Palabra de Dios es el brazo de Dios por medio del cual Dios hace todo lo que ha hecho. Donde Dios está, su Palabra está; donde su Palabra está, está Dios. Por eso es que John Frame otra vez dice: Dios y su Palabra nunca han estado separados. Una es la coexistencia, la coextensión del otro.

Y tú puedes ver la autoridad y el poder de la Palabra desde Génesis 1. Tú abres la Biblia: "En el principio, en el origen, Dios creó los cielos y la tierra." Entonces Dios habló y las cosas fueron hechas. ¿Qué había cuando Dios habló? Nada. Dios le habló a la nada y la nada lo produjo todo. Eso es poder y eso es autoridad; esa es su Palabra. Billones de galaxias se formaron al hablar de Dios. ¿Te imaginas eso? Dios habló, el universo se formó; como Dios dijo, así fue hecho.

El autor de Hebreos nos recuerda y nos dice en Hebreos 11:3: "Por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra de Dios." Y luego él agrega: "De modo que lo que se ve no fue hecho de cosas visibles." Lo que se ve —el sol, la luna, los mares— eso que se ve no fue hecho de cosas visibles, porque no había nada. Fue hecho de la nada, ex nihilo. ¿Te das cuenta del poder y la autoridad de la Palabra de Dios?

Ahora, cuando nosotros hablamos de que la Palabra de Dios es poder, quiero que recuerdes que es poder, pero no es una fuerza impersonal como la fuerza de la gravedad, que atrae las cosas hacia abajo pero no tiene ni le puede dar orden a las cosas. No, no, no. La Palabra de Dios es poder, pero la Palabra de Dios tiene propósito, tiene contenido y tiene significado. Déjame decir eso otra vez para luego ilustrarlo: la Palabra de Dios es poder, pero no es impersonal; es un poder que tiene contenido, que tiene propósito y tiene significado.

Cuando Dios dice "júntense las aguas debajo de los cielos", las aguas no salen corriendo sin saber lo que van a hacer y sin saber dónde se van a parar. Ellas salen, verás, se van a juntar; ellas salen moviéndose y se juntan y se detienen justamente donde Dios quería que se detuvieran, para que apareciera lo seco, porque su Palabra tiene contenido, propósito y significado.

Cuando Dios dice "produzca la tierra vegetación", los sembrados no están ahí en el aire sin saber qué hacer; ellos saben exactamente dónde plantarse, dónde sembrarse y los frutos que van a producir, porque su Palabra tiene propósito, sentido y contenido.

Cuando Dios dice "haya lumbreras en los cielos para separar el día de la noche", Dios concibió el sol y la luna en su mente, y luego dice "haya lumbreras para separar el día de la noche". El sol sabía exactamente qué tamaño tomaría, el lugar donde iba a ocupar, y la luna por igual.

Imagina qué clase de Dios es el que tú y yo adoramos. Es un Dios capaz de crear realidades con lo que Él habla, y cuando Él habla, Él simplemente proyecta lo que es una realidad en su mente, y así es. Es la Palabra de Dios la que tiene poder de crear realidades, no la palabra de aquellos que viven proclamando y decretando y proclamando.

Todo lo que Dios ha hecho lo ha hecho por medio de su Palabra, y Dios no ha hecho absolutamente nada que no haya sido por medio de su Palabra. Dios está tan conectado a su Palabra que cuando Dios nos envió a su Unigénito, ¿qué nombre le dio? La Palabra. En el principio era el Verbo, que en griego es logos, y logos es palabra.

En el Antiguo Testamento, cada vez que Dios habló algo pasó, hubo una respuesta. Dios dio la ley a Moisés y cuando Él habló, el monte tembló. Ahora tú llegas al Nuevo Testamento y te encuentras a Cristo enseñando y las multitudes reaccionando. Bueno, algo parecido ocurrió en el Nuevo Testamento, pero de otra manera. En una ocasión Cristo sube al monte y predica el famoso sermón del monte, y la gente estaba ahí con los ojos abiertos, escuchando algo distinto. Y al final, Mateo recoge en 7:28-29 lo siguiente: "Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza, porque les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como sus escribas."

Las multitudes no simplemente dijeron: "¡Wow, esto es profundo! ¡Wow, esto suena distinto!" Las multitudes dijeron: "No, aparte de todo, más de todo eso, aquí hay una autoridad que se percibe. Esta autoridad es distinta a la autoridad de los escribas." Y la pregunta que pudiéramos hacer entonces es: ¿qué le dio autoridad a Jesús al hablar?

Bueno, hay varias cosas que pudiéramos mencionar y apoyar con las Escrituras. La santidad de su vida, que fue endosada por el Espíritu Santo: "Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia", y sobre Él descendía el Espíritu de Dios en forma de paloma. El dominio de las Escrituras: Él era el objeto de enseñanza porque Él era el sujeto de las Escrituras. Y el hecho de que Él predicó solamente lo que su Padre le enseñó o le encomendó que predicara.

Tomemos cada una de esas tres condiciones que le dieron autoridad, porque tenemos que ver en qué radicó la autoridad de la palabra que Jesús predicó, porque eso nos sirve a nosotros de ilustración a los predicadores.

En primer lugar, la santidad de Jesús endosada por el Espíritu de Dios. El predicador no puede vivir una vida carnal, un pie en el mundo y un pie en el reino de los cielos, y pensar que Dios va a endosar su enseñanza con autoridad. Escucha lo que Pablo escribe a Timoteo en su segunda carta, en 2:21: "Si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra." La utilidad del vaso de que habla Pablo a Timoteo va precedida de "si alguno se limpia de estas cosas". Como santificado, requiere limpieza de algunas cosas. Santificación para entonces ser útil para el Señor.

Ahora escucha: la autoridad no radica en la santidad del predicador, la autoridad todavía radica en la Palabra de Dios. Pero el Espíritu de Dios endosa y hace fluir su poder cuando esa palabra es predicada a través de un vaso que ha sido santificado y ha sido limpiado por Dios para su uso. La santidad de vida en Jesús.

Lo segundo que le dio autoridad a la enseñanza de Jesús fue el dominio de las Escrituras. Como decía, Él era el objeto y Él era el sujeto de las Escrituras. "Las Escrituras son las que hablan de mí", de manera que cuando Cristo enseñaba las Escrituras, enseñaba de sí mismo. Pero escucha ahora cómo Pablo le dice a Timoteo en 2:15: "Procura presentarte ante Dios como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad." La asociación que Pablo hace entre precisión y un obrero que no tiene de qué avergonzarse. A Timoteo: sé diligente, no simplemente procura, procura diligentemente, sé diligente en ir delante de Dios sin que tenga que avergonzarte, y te estoy hablando con relación a la hora de manejar la Palabra. Manéjala con precisión, que en el original significa que corta derecho, que no se desvía. Manéjala con precisión.

Cuando el predicador relega la Palabra, diluye la Palabra, tuerce la Palabra, enseña mal la Palabra, él no puede esperar que Dios endose con poder la palabra que está siendo distorsionada, porque esa no es su Palabra.

Y lo tercero, quizás lo más importante, que pudiéramos decir categóricamente, porque Jesús así lo afirma, que le dio autoridad a su enseñanza, es el hecho de que Él solo enseñó lo que su Padre le encargó que enseñara. Los rabinos anteriores venían y apoyaban su autoridad en rabinos conocidos: un Hilel, un Gamaliel, un Shamai. Pero cuando Cristo vino, Cristo no vino aludiendo a rabinos anteriores, sino que al contrario Él decía: "Habéis oído que se os dijo, pero yo os digo." Hay una nueva autoridad.

Ahora, ¿dónde radicaba su autoridad? Cristo mismo nos dice dónde. Escucha, durante este tiempo, en una de las fiestas de los tabernáculos que Juan describe en el capítulo 7, comenzando en el versículo 14 al 16: "Pero ya a mediados de la fiesta, Jesús subió al templo y se puso a enseñar." Ahí está, les está enseñando. "Entonces los judíos se maravillaban diciendo..." Que los judíos se maravillaran no es fácil, porque no creían en Él. "¿Cómo puede este saber de letras sin haber estudiado?" Jesús respondió y dijo: "Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió."

Aquí está la pregunta: aquí está Jesús enseñando, y a la verdad que ellos, aun como incrédulos, están maravillados. Están ahí los judíos: ¡wow! Pero lo extraño es: ¿quién es este? Él no estudió bajo Shamai, Gamaliel, Hilel, ninguno de ellos. Él no sabe de letras. ¿Y cómo es que puede hablar de esa manera? "¿Cómo puede este saber de letras sin haber estudiado?" Jesús entonces le respondió, esto salió de sus labios: "Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió."

En Juan 7, si sigues leyendo, Juan 8, versículo 28, por eso Jesús dijo: "Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta." Escucha: "sino que hablo estas cosas como el Padre me las enseñó." Versículo 38, tienes versículos más adelante: "Yo hablo lo que he visto con mi Padre; vosotros entonces hacéis también lo que oísteis de vuestro padre." Versículo 40, un versículo más abajo: "Pero ahora procuráis matarme a mí, que os he dicho la verdad que oí de Dios."

Una y otra vez Cristo afirma: "¿Tú quieres saber cómo es que yo hablo de letras que ustedes dicen que yo no conozco? Es que mi enseñanza no es mía, es de mi Padre que me la encomendó, me la enseñó", dice Cristo literalmente. Si eso es la segunda Persona de la Trinidad encarnada, que dice: "Yo no hablo nada que el Padre no haya dicho", ¿no debiéramos nosotros los predicadores hoy en día no hablar absolutamente nada que no esté revelado en su Palabra?

Esta es la fuente de autoridad. Eso es lo único que tú y yo debemos hablar: no decretar, no afirmar, no estar pisando, sino proclamando su Palabra. Porque su Palabra es poder a la hora de crear realidades. Su Palabra es poder y autoridad a la hora de resucitar a alguien que estaba muerto en delitos y pecados, ¿sabes? Porque la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Es la Palabra de Dios que resucita muertos.

La Palabra es poder y autoridad a la hora de ser escuchada. Es una palabra tan poderosa que es descrita en Hebreos 4:12 como más cortante que cualquier espada de dos filos, capaz de penetrar y dividir el alma del espíritu, capaz de dividir el tuétano de las coyunturas, capaz de discernir los pensamientos y las motivaciones. Estoy leyendo la Palabra y de repente leo algo que me dice: "Tu pensamiento es pecaminoso, y no solamente tu pensamiento es pecaminoso, es pecaminoso porque tiene detrás motivaciones pecaminosas. Arrepiéntete." Y tú dices: "¿Y qué palabra es esta que me habla de manera personal?" Sí, porque es una palabra, es una comunicación personal de Dios para con el hombre, y está impregnada de poder y de autoridad.

Su Palabra es poder y autoridad para lidiar con el mundo de las tinieblas. Marcos 1, versículo 23 en adelante: "Y había en la sinagoga de ellos un hombre con un espíritu inmundo, un endemoniado, el cual comenzó a gritar diciendo: '¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres, el Santo de Dios.'" Los demonios sabían quién era y los judíos no sabían. "Jesús lo reprendió diciendo: 'Cállate y sal de él.'" ¿Qué tú piensas que ocurrió? "Entonces el espíritu inmundo, causándole convulsión, gritó a gran voz y salió de él. Y todos se asombraron de tal manera que discutían entre sí diciendo: '¿Qué es esto?'"

Ahora escucha, esta es la pregunta: "¿Qué es esto?" Lo usual sería que alguien dijera: "Una liberación." No, escucha: "¿Qué es esto?" Respuesta: "Una enseñanza nueva con autoridad." Lo que les asombró fue la enseñanza y la autoridad de la enseñanza. En medio de eso sale este hombre endemoniado, y la autoridad de la enseñanza, la misma autoridad presente en la reprensión, y el demonio tiene que salir huyendo. Él manda aun a los espíritus inmundos y le obedecen.

La palabra que asombraba a la gente es la palabra que expulsaba a los demonios. La palabra que le habló a la nada y produjo todo es la palabra que Dios usa hoy para sostener el universo, y es la misma palabra que los demonios escuchaban y temblaban. Esa es la misma palabra que abrió los ojos de ciegos físicos en el tiempo de Cristo y abre los ojos hoy espirituales de aquellos que están ciegos. Es la palabra que ilumina la mente y es la palabra que liberta al que está cautivo en pecado.

Pablo está tan convencido del poder de la Palabra que le escribe a Tito en 2:15 y le dice: "Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te menosprecie." Es decir, cariño para aconsejar y la Palabra para confrontar. Esto habla, no andamos con rodeos, no estamos sugiriendo, no estamos simplemente dando opiniones personales, esto habla. Esto reprende, no esta aceptes, esto reprende. Reprende con toda autoridad.

El predicador que no confronta el pecado, él no cree en la Palabra como fuego y como martillo que despedaza la roca, y que es capaz de consumir nuestras impurezas y destruir nuestras fortalezas espirituales de pecado. El predicador que sugiere a su congregación, en vez de basado en la Palabra comandar a la congregación, él no ha entendido la autoridad que Dios ha puesto en su Palabra.

Lo que él no debe hacer es comandar algo que es su pura opinión, sino la Palabra de Dios. Yo creo que si hay algún deseo en mi corazón en esta mañana, es que tú puedas salir de este lugar con una idea renovada, reavivada, reverdecida, agrandada de lo que la Palabra es, lo que representa y la autoridad que ella tiene, de tal manera que nunca más la cuestiones, nunca más la pisotees, nunca más la diluyas, nunca más la ignores, nunca más la relegues a un segundo plano.

Déjame cerrar con esta cita. Es un pensamiento, una idea un tanto larga, por eso me sonrío. Es anónima, pero aparece en varios lugares distintos, para que tú puedas entender un poco más y puedas irte más animado esta mañana acerca de la Palabra, y quieras unirte a la celebración de estos 500 años de la Reforma, que fue lo que nos trajo de nuevo a colación la idea de que la Palabra es la máxima autoridad sobre los hombres.

La Biblia contiene la mente de Dios, la condición del hombre, el camino de salvación, la condenación de los pecadores y la felicidad de los creyentes. Sus doctrinas son santas, sus preceptos son mandatorios, sus historias son verdaderas y sus decisiones inmutables. Léela para hacerte sabio, créela para estar seguro y practícala para hacerte santo. Ella es el mapa del viajero, el cayado del peregrino, la brújula del piloto, la espada del soldado y la constitución del cristiano. En ella el paraíso es restaurado, los cielos abiertos y las puertas del infierno desenmascaradas.

En la Biblia, Cristo es el gran tema. Nuestro bien es el diseño y la gloria de Dios es la meta. Ella debe llenar tu memoria, gobernar tu corazón y guiar tus pasos. Léela lentamente, frecuentemente y devocionalmente. Es una fuente de riqueza, un paraíso de gloria y un río de placer. Se te da en vida, se abrirá en el juicio y será recordada para siempre. Involucra la más alta responsabilidad, recompensará la más grande labor y condenará a todos aquellos que mofan su contenido.

Sagrado. Esa es la razón por la que ninguna iglesia jamás se levantará por encima de la autoridad de la Palabra, o jamás se levantará sin la autoridad de la Palabra, sin la guía y sin la luz de la Palabra de Dios.

Que Dios bendiga a su pueblo y la predicación de su Palabra en esta mañana. Y que nosotros podamos salir de aquí tan animados a afirmar y a defender la Palabra de Dios como un Lutero lo hizo en el pasado, y como muchos más, para la gloria del nombre de Dios, la extensión del satisfechas las evangelio y la causa de Cristo en todo nuestro continente. Para tu honor, Dios, para tu gloria. Soli Deo gloria.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.