Integridad y Sabiduria
Sermones

Una bendición a la manera de Dios

Miguel Núñez 17 mayo, 2015

La santificación completa del creyente es el deseo supremo de Dios, y es Él mismo quien la lleva a cabo. Al cerrar su primera carta a los tesalonicenses, Pablo no se despide con formalidades vacías sino con una petición profunda: que el Dios de paz santifique a estos creyentes por completo, en cuerpo, alma y espíritu, de manera irreprensible hasta la venida de Cristo. Este llamado no apunta a tres partes del ser humano como composición, sino a la totalidad de lo que somos: nuestras palabras, acciones y motivaciones. Porque podemos hacer cosas externamente buenas —como orar o leer la Biblia— con motivaciones erradas, y eso las convierte en pecado.

Lo extraordinario es que Pablo no confía en la capacidad de los tesalonicenses para lograr esta santificación, sino en el carácter de Dios. "Fiel es el que os llama, el cual también lo hará." Lo que Dios comienza, Dios termina. Nunca se ha quedado a mitad de camino, nunca le han faltado recursos ni ideas. La evidencia de que completará algo es que lo comenzó. Esta certeza no elimina el proceso, a veces doloroso, que Dios usa para purificarnos. El desierto, como ilustra el pastor Núñez, no es castigo sino instrumento purificador. Aarón no sabía que en su corazón había un becerro de oro hasta que lo fabricó; el desierto reveló y curó esa idolatría.

La gracia de Dios no hace innecesarios nuestros esfuerzos, pero los hace eficaces. Sin ella, como un carro sin combustible, ni siquiera podríamos arrancar nuestra vida de santificación.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vimos, saludados por Abigail en su alabanza. Un gozo abrir la Palabra de Dios. La primera carta a los Tesalonicenses, capítulo cinco, para nosotros terminar en el día de hoy la exposición de esta carta que ya tiene varios meses de exposición entre nosotros, y que hoy nos proponemos dar paso en el próximo mensaje a la segunda carta a los Tesalonicenses. Tenemos una carta que ha tenido mucha instrucción, mucha edificación para mí, para el pueblo, yo entiendo, y que hoy al concluir, creo que Pablo tiene algunas cosas que decirnos todavía. Vamos a estar leyendo el capítulo cinco, los versículos del 23 al 28.

"Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo, y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará. Hermanos, orad por nosotros. Saludad a todos los hermanos con beso santo. Os encargo solemnemente por el Señor que se lea esta carta a todos los hermanos. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros."

Padre, de nuevo pausamos brevemente y te pedimos que uses esta despedida final del apóstol Pablo para enseñarnos, para mostrarnos cosas, para edificarnos, para redireccionarnos, y que nosotros podamos salir de aquí transformados por la obra de tu Espíritu. Y que podamos decir hoy: Dios nos santificó y nos acercó a su imagen en Cristo Jesús. Amén.

Bueno, como dijimos, llegamos al final de esta epístola a los Tesalonicenses. Y al final de la carta, Pablo siempre, al igual que otros, suele decir algunas cosas de despedida. Y aquí nosotros tenemos una despedida también, pero es una petición y a la vez es una bendición que él está pidiendo a Dios para con los tesalonicenses. Pablo ha hablado muy bien de esta iglesia; como hemos mencionado anteriormente, es una iglesia que ha estado caminando bien, con buena reputación, desde donde la fe resonó a múltiples regiones, a múltiples iglesias que ya conocían de la obra de Dios.

Y ahora, la despedida que él tiene, él va a instruirnos acerca de algunas cosas, pero nos va a recordar temas ya tocados a lo largo del desarrollo de su carta, como veremos más adelante. Y al examinar entonces estas palabras finales de Pablo, yo quiero que lo hagamos de una forma que usted pueda seguir el trayecto de lo que vamos a estar exponiendo. De manera que, en primer lugar, yo quiero que veamos la petición que Pablo hace a Dios, y en esa petición Pablo nos revela o nos deja ver cuál es el deseo del corazón de Dios al mismo tiempo. En segundo lugar, nosotros vamos a estar viendo qué es lo que Dios ofrece, qué es lo que Dios pone a nuestra disposición para que esa santificación por lo que Pablo está pidiendo se logre, se lleve a cabo. En tercer lugar, hay un recordatorio acerca de la importancia de la oración, y la oración es una de esas cosas que yo necesito en mi vida de santificación. En cuarto lugar, hay expresiones sencillas, a primera vista, de lo que debe ser la vida de santidad del creyente. Y finalmente, hay una bendición y al mismo tiempo esa petición, como decía, de que la gracia de Dios, la cual es mandatoria para nuestro proceso de santificación, pueda ser con todos los tesalonicenses. Y nosotros pudiéramos pedir la misma cosa para nosotros.

De tal manera, yo quiero comenzar entonces por el versículo 23, donde encontramos el inicio de la despedida, el inicio de la petición, oración, bendición de Pablo para esta iglesia. Y esto es lo que nosotros leemos: "Y que el mismo Dios, el mismo Dios de paz, os santifique por completo, y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo."

En esa declaración, Pablo no solamente está pidiendo que Dios haga eso, sino que también nos está revelando quién es el agente de santificación. Ya nos había dicho en esta primera carta a los Tesalonicenses, capítulo 4, versículo 3, que esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación. Conociendo eso, conociendo el deseo número uno de Dios para con nosotros, la santificación, la creación de la imagen de Cristo en él, ahora se propone pedirle a Dios que haga justamente eso. Y él eleva entonces esa petición a nuestro Dios, sabiendo número uno que solamente Dios es capaz de responder a nuestras oraciones. Y número dos, él hace esa petición conociendo que es el mismo Dios de paz el que nos santifica, como él lo menciona aquí.

La Palabra de Dios revela en múltiples pasajes, de múltiples maneras, que Dios es ciertamente el agente santificador por excelencia en nuestras vidas. De hecho, Pedro, cuando le escribe a sus oidores en la primera carta, en el capítulo uno, versículo dos, habla de la obra santificadora del Espíritu Santo que mora en nosotros. Si nosotros leyéramos la Palabra y Dios no iluminara la Palabra para nosotros, o para nosotros su poder o su obra de transformación quedaría sin efecto, porque no entenderíamos absolutamente nada. El entendimiento de la Palabra depende de la obra de iluminación del Espíritu de Dios. Si leo la Palabra y Dios no me da convicción al leer el texto de la Palabra, yo permanecería en pecado. Si nosotros seguimos caminando por nuestras vidas sin que Dios orquestara las circunstancias en nuestras vidas que contribuyen a limpiar las impurezas que están en nosotros, nosotros permaneceríamos sin que su imagen se formara.

En otras palabras, nuestros esfuerzos son insuficientes para alcanzar la santidad requerida. Y la mejor evidencia de eso que yo acabo de decir somos nosotros mismos, porque Dios nos ha dado salvación, nos limpió de pecado, nos dio su Espíritu, lo colocó dentro de nosotros, nos dio su Palabra, nos da iluminación, nos da convicción, nos da guianza, orquesta las circunstancias, y aun así nosotros nos vivimos enfermando del alma. Imagínate si Dios dejara la obra de santificación primariamente sobre nosotros. Si aun con todo lo que Dios ha provisto, con frecuencia nosotros no vivimos al nivel que Dios requiere y demanda, imagínate si la santificación estuviera sobre nosotros de manera primaria.

Imagínate un niño de tres años y que tú pongas sobre él la responsabilidad de cocinar la comida, nutrirse, mantenerse en salud. Te imaginas cuán rápido él se enfermaría. Te imaginas cuán rápido él se enfermaría radicalmente, y cuán frecuente morirían muchos de estos niños. De esa misma manera, si Dios pusiera la santificación de manera primaria sobre nosotros, grandes serían las consecuencias que traeríamos a nuestras vidas, mucho más allá de lo que con frecuencia ocurre aun con todo lo demás que Dios provee.

Nuestra santificación es la voluntad de Dios, lo cual ya Pablo reveló. Escucha cómo lo dice: "Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo, y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo."

Aquí hay varias enseñanzas que nosotros pudiéramos percibir. Hay una que ya mencionaba: Dios es el agente santificador. Ese agente santificador tiene un nombre: el Dios de paz, el Dios que nos reconcilió cuando nosotros éramos enemigos de Dios, el Dios que proveyó el puente y la paz entre ese hombre, nosotros, y Él mismo, y lo hizo por medio de su Hijo. Y dijimos en un mensaje anterior que en el contexto hebreo la palabra paz, shalom, no implica simplemente la ausencia de conflictos o la ausencia de guerra, sino que es un concepto mucho más integral que involucra la sanidad de la persona en términos físicos, emocionales y espirituales. Shalom, paz. El Dios de ese shalom, el Dios que solamente Él puede proveer esas condiciones para nosotros, que ese Dios os santifique.

Pero hay algo más que Pablo revela en este versículo 23. Y es que ese Dios no anda detrás de una santificación en un área de nuestra vida, sino detrás de una santificación absoluta, completa, hasta el punto que él habla de que todo vuestro ser, o que Dios nos santifique por completo. Hay un absoluto, y hay otro absoluto: todo vuestro ser. Y si eso no fuera suficiente: cuerpo, alma y espíritu sean preservados de manera irreprensible para el día de nuestro Señor, o para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

El apóstol Pablo no nos está hablando aquí de la composición del ser humano. De manera que no concluyas rápidamente, antes de continuar nuestra disertación, que el ser humano tiene tres partes, porque como hemos visto en otros mensajes y enseñanzas anteriores, en esencia, cuando te vas al libro del Génesis, nosotros encontramos dos partes en el ser humano: la parte material del hombre, y luego Dios infunde su aliento de vida. Y explicamos cómo fueron los filósofos griegos que introdujeron un tercer elemento para unir, en su opinión, el cuerpo y el espíritu, que ellos consideraban inmontables, si pudiéramos decirlo, que no podían unirse. Pero no vamos a entrar ahí en esa discusión porque el texto no está hablando de eso. El texto está hablando de que Pablo está pidiendo una santificación total para con nosotros.

Cuando nosotros leemos en la Palabra que debemos amar a Dios con toda nuestra mente, todo nuestro corazón, toda nuestra alma y toda nuestra fuerza, usted no concluye que tenemos cuatro partes y que una se llama fuerza, porque la idea es transmitir a través de figuras del habla, de sinónimos y cosas similares, cuán completa debe ser la acción, en este caso de la santificación, y ninguna otra cosa. Lo que Pablo está pidiendo es que nosotros podamos ser santificados no solamente en palabras al hablar, no solamente en acciones, sino también que nosotros podamos ser santificados en las motivaciones de nuestras acciones.

Nosotros podemos hacer acciones muy claramente, incluso que externamente pueden ser calificadas de moralmente buenas adelante de Dios, como pudiera ser el orar o leer la Biblia. Pero yo puedo hacer cada una de esas cosas por las motivaciones erradas, y esas buenas acciones con malas motivaciones se convierten en cosas pecaminosas. De manera que Pablo está pidiendo por algo que involucre todo lo que yo puedo ser, hacer, todo lo que me pueda motivar.

Y si eso no fuera suficiente, si estas tres palabras —cuerpo, alma y espíritu— no fueran suficientes, escucha esta otra frase que aparece aquí, porque Pablo está pidiendo que ellos puedan ser preservados de manera irreprensible. Es una palabra grande para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Es una palabra que nos da la idea otra vez de algo absoluto, cuán absoluta nuestra santificación es. Y alguien pudiera decir: "Pastor, pero eso es imposible". Bueno, imposible o no, es la meta hacia la que Dios está apuntando, y esa es la petición de Pablo.

La santificación, en esta despedida, en este cierre de la carta, es en esencia una reiteración de un tema que Pablo venía arrastrando a lo largo de toda su carta. Yo no sé cuántos de nosotros nos percatamos de con cuánta frecuencia, a lo largo del desarrollo de estos cinco capítulos, Pablo pide, insiste, se refiere a lo que es la santificación del creyente de una u otra manera. Pero déjame comenzar con aquellos pasajes, pinceladas de estos pasajes en esta carta que hablan de esto, sin hacer uso ni siquiera de otros versículos que usan palabras distintas donde la santificación también está siendo enfatizada.

En 2:10, Pablo defiende su ministerio. Pero cuando Pablo defiende su ministerio, él apunta, él les dice a los tesalonicenses: "Vosotros sois testigos de cuán santa" —ahí está la palabra— "justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes". Pablo dice: "Yo ministré entre vosotros de manera irreprensible". Eso no implica que él ministró sin nunca haber pecado. Ser irreprensible y no pecar son dos cosas muy distintas, porque en la Palabra de Dios se nos habla de individuos, como en este caso, que actuaron de manera irreprensible. Lo que está diciendo es que él hizo su mejor esfuerzo para perseguir la santificación, que él trató de todas las maneras posibles de hacer las cosas para la gloria de Dios, que él estaba entregado en alma, cuerpo y espíritu a esta obra, que él estaba buscando el reino de Dios primero y permitió que todo lo demás se diera por añadidura. Él tenía un enfoque, un motivo de vida, una sola pasión, una sola motivación, y así trató de ministrar. Pero él hizo referencia a su manera santa, justa e irreprensible de cómo ministró.

En 2:12, se nos habla de vivir una vida digna de nuestro Dios, de un Dios santo, digna de Él. En 3:13, Pablo dice que ora o pide para que Dios afirme vuestros corazones irreprensibles en santidad. En 4:3, Pablo revela: "Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación". Próximo versículo, 4:4: "Que cada uno de vosotros sepa cómo poseer su propio vaso en santificación y honor". 4:7: "Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación". 5:23: "Ahora, que el Dios de paz os santifique por completo, en cuerpo, alma y espíritu, y que vosotros seáis preservados de manera irreprensible hasta la venida de nuestro Señor".

Una y otra vez, una y otra vez, en una carta que Pablo escribe no a una iglesia carnal como la de los corintios. Porque uno pensaría que tendría sentido que una iglesia carnal tipo Corinto, como fue esa otra iglesia, pudiera recibir una carta casi hasta reprensiva de sus formas de vivir. Pero no, esta es una carta a una iglesia que Pablo aplaude, que está caminando bien, que Pablo entiende se ha convertido en modelo para otras iglesias. Y sin embargo, el apóstol lo entendió: aun esa iglesia necesita recordar la importancia que tiene para nuestro Dios la santidad de vida.

Nosotros no podemos olvidar lo que el pasaje o el versículo de Romanos 8:30 nos dice. Dios nos eligió, y eso lo hizo en la eternidad pasada. A esos que Él conoció en la eternidad pasada, Dios predestinó. Los que predestinó, a esos Dios llamó. A los que llamó, Dios justificó. A los que justificó, Dios glorificó. E inmediatamente después nos dice: ¿para qué? Para que fuéramos hechos conforme a la imagen de su Hijo. De tal manera que todo el plan de redención, comenzando desde antes de la eternidad hasta que culminemos en gloria, tiene la intención expresa y exclusiva de hacernos conforme a la imagen de su Hijo. De tal manera que toda la experiencia por la que tú y yo pasamos, vivimos, todo lo que pudiera ocurrir o venir a nosotros, tiene el diseño de conformar tal imagen en nosotros de manera continua.

Y Pablo hace algo más en ese versículo 23: él conecta lo que es la vida de santificación, o la vida de santidad, con la venida del Señor, lo cual Pedro también hace. Escucha cómo Pablo lo hace en este texto: "Si ustedes sean preservados", le dice a los tesalonicenses, "de manera irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo". Los apóstoles del primer siglo entendían algo de la relación entre nuestra vida de santidad hoy y la venida de nuestro Señor Jesucristo, entendían algo de esa conexión que nosotros quizás no entendemos tan bien.

Pero Pedro escribe a sus seguidores en la segunda carta, en capítulo 3, versículos 10 y 11, y escribe algo similar. Escucha: "Pero el día del Señor vendrá como ladrón, en el cual los cielos pasarán con gran estruendo y los elementos serán destruidos con fuego intenso, y la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas". Ese es el día del Señor, el día de su venida, el día del gran juicio, el día de la gran tribulación, el día terrible del Señor, del cual tantos profetas ya hablaron. "Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esa manera" —en vista de que esto va a ocurrir, ya que tenemos la certidumbre de que estas cosas van a ser destruidas—, como signo de admiración: "¡Qué clase de personas no debéis ser vosotros en santa conducta y en piedad!".

¿Notaste la correlación estrecha que Pedro establece entre individuos que estaban viviendo hace dos mil años? Y quizás Pedro, sabiendo que la venida del Señor quizá no estaba por darse en esa generación, pero les dice: en vista de lo que ha de ocurrir en un futuro, hoy, ese presente debe ser vivido de una manera que sea congruente con la sobriedad de aquello que ha de venir. Y yo creo que la conexión es esta: la sobriedad de aquel día de mañana nos llama a vivir con sobriedad en este día de hoy. La sobriedad de esa realidad que el mundo ha de vivir, algo que nosotros no podemos ni siquiera imaginarnos. Pero imagínate todo el universo colapsando como parte de esa enorme, masiva implosión que Dios piensa hacer, llevar a cabo. Pedro dice: conociendo eso, ¡qué clase de personas no debéis ser vosotros en santa conducta y en piedad! Todo eso es el versículo 23.

Ahora, si bien es cierto que el versículo 23 nos habla y nos deja ver por qué cosa Pablo está pidiendo y cómo lo está pidiendo, en el próximo versículo, en el 24, Pablo nos deja ver qué es lo que Dios promete y ofrece para que eso se lleve a cabo. Mira cómo lo dice de una manera extremadamente sencilla, en un verso igualmente breve: "Fiel es el que os llama, el cual también lo hará".

Cuando tú lees un versículo como ese, no puedes quedarte simplemente con el conocimiento que el versículo transmite. Tú tienes que ir, debes tratar de hacer eso cada vez que lees la Palabra, trata de captar el corazón del autor humano, en este caso Pablo. Porque hay algo que sale a relucir cuando yo leo algo como esto, y es que este hombre conoce a Dios. Este hombre me deja ver que cuando él está pidiendo al Señor que santifique a los tesalonicenses, él no está confiando en la capacidad de los tesalonicenses, él no está confiando en las habilidades que esta iglesia pudiera tener o sus miembros. Él no está confiando en la fidelidad de estos miembros que están caminando bien; él está confiando única y exclusivamente en el carácter de Dios. Y como uno de los atributos de Dios más claramente demostrables o demostrados en la Palabra es su fidelidad, eso es exactamente lo que Pablo nos dice: "Fiel es el que os llama, el cual también lo hará". De una manera definitiva, ¿qué es lo que va a hacer? Lo que acaba de pedir en el versículo anterior: vuestra santificación.

Nota que Pablo no dice: "El cual es fiel, que posiblemente os santifique", "el cual en su fidelidad quizás, conforme las circunstancias vayan, ustedes se esfuercen, él quizás os santifique". No. Pablo, conociendo el carácter de Dios, conociendo la motivación de Dios en la elección hecha desde antes de la eternidad, dice: Él lo va a hacer. Lo que Dios comienza, hemos dicho tantas veces, Dios termina. Y la evidencia de que Dios va a terminar algo es que lo comenzó. Dios nunca ha comenzado algo y se ha quedado a mitad de camino. Nunca se ha desalentado, nunca se ha deprimido, nunca le han faltado fuerzas, nunca le han faltado recursos, nunca le han faltado ideas, nunca se encontró con circunstancia que Él no previó. Y por tanto, cuando Dios comienza algo, Dios ha determinado terminarlo. Eso que Él comenzó, Él comenzó tu redención en la eternidad pasada, Él va a terminar eso. Y Dios es fiel, que no solamente os llamó, sino que también os santificará.

Tal vez les recuerda a ustedes, a los que escuchan, que Dios no solamente nos llama, sino que Dios nos santifica. Les recuerda a ustedes que Dios no solamente promete, sino que Dios cumple lo que Él promete. Y Pablo les recuerda a ustedes que el Dios de paz que nos sacó del camino equivocado y nos puso en el camino correcto es el mismo Dios que nos preservará en dicho camino. Dios hará... Lo que Dios comienza, Dios termina. Y Pablo está pidiendo por esa santificación.

Y Dios quisiera que esa santificación se lleve a cabo de la mejor manera posible. Dios no es masoquista para disfrutar las dificultades por medio de las cuales nosotros pasamos. Ese no es el Dios de la Biblia. Por ejemplo, Dios quería la evangelización y el avivamiento de Nínive, pero Él no quería necesariamente una ballena o pez grande para Jonás. Él no quería a Jonás en el estómago de un pez grande por tres días, ni quería que Jonás tuviera que ser vomitado en una playa después de tres días de oscuridad dentro de un pez. Pero si esa es la manera como se van a lograr las cosas, pues así serán las cosas.

De esa misma forma, Dios, que está prometiendo que Él nos santificará, tiene las mejores maneras de santificarnos. Pero dada nuestra dureza de corazón, dado nuestro orgullo, dadas nuestras rebeliones, lamentablemente muchas veces entonces hay que diseñar experiencias de desiertos que anden limpiando nuestras impurezas.

Aquellos que estuvieron conmigo el miércoles pasado escucharon algunas de estas cosas acerca del desierto. El desierto tiene de bueno que nos humilla. Eso tiene de bueno el desierto. El desierto nos hace pasar por fuego. El desierto nos hace pasar por agua, a veces que nosotros creemos que nos van a ahogar. Pero Dios nos dice que cuando yo pase por el fuego —no si paso por el fuego—, que cuando yo pase por las aguas —no si paso por las aguas—, porque por el fuego y las aguas tendrá que pasar, pero que recuerde que Él estará conmigo de tal manera que el fuego no me consumirá y las aguas no me anegarán. Él es mi Dios, Él es mi Padre. Él está en medio de esto. Él está orquestando esto. Yo recuerdo haber estado ahí, pero recuerdo también la dulce compañía del Señor. Y recuerdo también tener la certidumbre de que atravesaría el desierto.

El desierto es árido. El desierto es seco, dijimos el miércoles. El desierto nos humilla, pero el desierto nos ayuda a ser despojados de nuestra autoconfianza. El desierto nos ayuda a desarrollar paciencia. Algunos de nosotros podemos ser pacientes de manera práctica porque sabemos que nos conviene. Pero Dios no anda detrás de una paciencia práctica, sino de una paciencia piadosa que confía en que Dios tiene el control de cada una de las circunstancias. El desierto nos ayuda a desarrollar una gratitud que muchas veces no expresamos. El desierto muchas veces nos ayuda a desarrollar un gozo incondicional.

Nosotros estamos muy acostumbrados a escuchar del amor incondicional de Dios. Pero resulta que cuando leemos la carta de Pablo, él nos llama a estar gozosos siempre. Otra vez, regocijaos, les dice a los filipenses dos veces. Siempre gozosos. Y yo no sé si hay algún otro personaje en la Biblia que haya podido exhibir eso como lo vemos en el caso del apóstol Pablo. Pero yo concluí que la única manera como yo puedo desarrollar un gozo incondicional es si el gozo presente no tiene nada que ver con las circunstancias presentes, porque si hay algo de ese gozo producido por las circunstancias presentes, pero esas circunstancias cambian, el gozo cambiará. Yo creo que el gozo del que Pablo está hablando tiene que ver con una realidad interior de su relación con Dios, que de alguna forma Dios le concedió tener en su misma gracia, y solamente en esas condiciones puede el gozo permanecer con nosotros.

El desierto, decíamos el miércoles, es la expresión de la fidelidad de Dios que ha prometido santificarnos. Es la expresión de la fidelidad de Dios que ha prometido santificarnos. Déjenme ver si lo puedo ilustrar con un par de ejemplos. Aarón, el sumo sacerdote, el hermano de Moisés, no sabía que en su corazón se escondía un becerro de oro hasta que él lo fabrica. Pero para fabricarlo tenía que existir en su corazón primero. Él no sabía eso hasta que llegó al desierto. Aarón y Miriam no sabían que en su corazón existían celos y envidias hacia su hermano Moisés hasta que llegaron al desierto.

El desierto curó a Aarón de la idolatría. Curó a Aarón y a Miriam de los celos y envidias hacia su hermano, después que Miriam se llenó de lepra justamente por haber albergado tal sentimiento contra su hermano, y Moisés tuvo que interceder para que la limpiara. El desierto, la expresión de la fidelidad de Dios que ha prometido santificarnos y que utiliza, como bien se llama el curso de los miércoles, el desierto como un instrumento purificador. Eso es como es. Eso es como actúa. Pero es la misericordia de Dios, explicábamos, que nos empuja al desierto, y es la misma misericordia de Dios que nos sostiene en medio del desierto.

Nuestro Señor Jesucristo terminó en el desierto por cuarenta días, pero yo no sé si tú has leído bien el pasaje o lo recuerdas bien. El texto no dice que Satanás llevó a Cristo al desierto. Dice que Él fue llevado al desierto, empujado. La palabra es empujado por el Espíritu Santo. El Espíritu mismo que lo empuja al desierto para la obra del desierto. Y es la misericordia de Dios en su fidelidad por santificarnos la que nos empuja y nos sostiene y nos atraviesa hasta que estemos del otro lado del desierto.

El próximo versículo nos recuerda entonces, el versículo 25, uno de los requisitos de la vida de santificación. El primero nos habla de que es Dios el agente de santificación y nos habla de cuán completa esa santificación de Dios debe ser, o Dios procura que sea en nosotros. El próximo, versículo 24, nos habla de qué es lo que Dios provee: su fidelidad para que se lleve a cabo tal santificación. Y ahora este versículo, el 25, nos recuerda de algo que yo necesito en mi proceso de santificación. Escucha: "Hermanos, orad por nosotros."

Ahora escuchen. Pablo no está hablando de la oración en este versículo para ellos sino para él. Y alguien pudiera decir: "Pastor, entonces usted acaba de decir que la oración es necesaria para la santificación, pero la santificación que Pablo está viendo es para los tesalonicenses." Es cierto. Yo simplemente estoy diciendo que este versículo, en el contexto de todo lo que Pablo está pidiendo, a mí me recuerda que ese es un requisito para la santificación, y que Pablo al mismo tiempo estaba consciente de que no había ninguna necesidad en los tesalonicenses que él potencialmente no tuviera o pudiera tener. No solamente una necesidad; él estaba consciente de que no había ninguna debilidad en ellos que él no tuviera, hubiera tenido o pudiera tener. Y por tanto él está en tanta necesidad de oración como ellos lo están.

Él está orando por ellos: "Que el Dios de paz os santifique." Eso es una oración. Pero en medio de esta oración que les está haciendo, él pausa y les dice: "Hermanos, orad por mí." Es como si él se estuviera recordando a sí mismo: esto que yo pido por ustedes, yo lo necesito también. Era costumbre que Pablo pidiera oración por él mismo.

Yo he ido copiando eso en los últimos seis meses. Anoche mismo alguien me escribió desde miles de distancia de nosotros para hacerme saber que estaba orando por mí, y yo tomo eso como Dios inquietando personas para orar por mí, o por los pastores, o por la iglesia. Yo creo que eso es una enorme necesidad, y atribuyo mucho de lo bueno que ha ocurrido en mi vida y en mi vida ministerial, en cualquier otro ámbito de mi vida, a la acción de un cuerpo de gente que continuamente está orando.

Pablo pide oración por él en Romanos 15:30-33, 2 Corintios 1:11, Colosenses 4:3-4, 2 Tesalonicenses 3:1-2, Efesios 6:18-19, Filipenses 1:19, Filemón 22, y ahora en este texto. Una y otra vez: yo necesito oración. Mira cómo lo pide: "Hermanos." Catorce veces Pablo usa esa palabra en la carta. En una carta corta de cinco capítulos, catorce veces él se refiere a ellos como hermanos. Se pone a su nivel por un lado, y por otro lado yo creo que esa terminología nos ayuda a entender la cercanía que él sentía con estos hombres y mujeres de la iglesia de Tesalónica, a quienes él les pide oración. Hermanos, yo estoy orando por ustedes, pero yo necesito que oren por mí.

Y eso tú tienes que hacerlo por mí, y yo tengo que hacerlo por ti. Nosotros somos propensos todos a tentaciones, a desalientos, a temores, a inseguridades, a debilidades. Y en medio de esas batallas nosotros tenemos que orar el uno por el otro, porque si tú no lo haces por mí y yo no lo hago por ti, yo no tengo nadie más que lo pueda hacer. En la oración nosotros expresamos nuestra dependencia de Dios. En la oración Dios nos da convicción y nos deja ver cosas que no veíamos. En la oración Dios trae esa convicción de pecado a la que nos referíamos. Y Pablo entonces está pidiendo, él está orando por ellos, pero está pidiendo oración por él, y eso es un buen recordatorio en ese versículo, en un contexto de que la vida de oración es un requisito para la vida de santidad. Dios es el agente santificador, pero Dios usa medios de santificación.

Y luego en el versículo 26 nosotros vemos una manifestación de esa vida de santidad completa por la cual Pablo está pidiendo. Escucha: "Saludad a todos los hermanos con beso santo." En varias ocasiones Pablo hace esto: en Romanos 16:16, en 1 Corintios 16:20, en 2 Corintios 13:12. Pedro pide en su primera carta, en 5:14, que se saluden con un beso fraternal.

Y honestamente, esta era una práctica común en esa época. Lo está todavía en algunas culturas hoy. Yo recuerdo ir a un país latinoamericano cuyo nombre no voy a decir porque no quiero hacer sentir mal a nadie que esté aquí o que esté viendo por el internet. Pero en ese país los hombres se saludan con beso, y yo me sentía tan raro en esa experiencia porque esa no es nuestra costumbre. Pero lo es hoy en algunas culturas, y lo fue ayer en esa cultura. Lo que es nuevo en esto que Pablo dice es la palabra "santo": saludad a los hermanos con beso santo. En varias ocasiones Pablo instruyó a los hermanos que se saludaran entre sí con beso santo.

Aquí parece ser que lo que le está diciendo es que saluden a todos los hermanos de su parte, en su nombre, ya que no puede estar presente, y que cuando lo hagan, lo hagan con beso santo. Eso parece ser lo que le está diciendo. Pero eso era una costumbre más o menos común. De hecho, era tan común que esa es la manera como Judas elige para traicionar a Jesús. Lo que es nuevo es esa palabra "santo". Yo creo que lo que Pablo está tratando de demostrarnos es que cuando Dios, el Dios de paz al que él ha aludido, nos santifica en cuerpo, alma y espíritu, las motivaciones, aun de aquellas cosas cotidianas que nosotros hacemos sin pensarlas, deben salir de un corazón —valga la redundancia— con motivaciones santas.

Y creo que el beso santo apunta a algo más. Yo creo que apunta también al hecho de a qué clase de comunidad nosotros pertenecemos. Yo creo que apunta al hecho de que nosotros somos una comunidad que se supone disfrute de intimidad con Dios, de intimidad entre nosotros. A una comunidad que representa a Dios, que tiene comunión con Cristo, que tiene unión en Cristo, que comparte el Espíritu Santo. Y por tanto Pablo nos manda, o les dice a ellos: "Salúdenme a todos", quizás diciendo de parte mía con un beso, pero háganlo con un beso santo. Y eso lo pudieras ver de manera rápida y decir: "Mira, parece que será la costumbre de la época y lo era". Pero el adjetivo "santo" en el contexto de una oración de santificación, yo creo que tiene más trascendencia de lo que a simple vista parece.

Igualmente yo creo que el próximo versículo tiene una conexión con algo similar. Escucha: "Os encargo solemnemente por el Señor que se lea esta carta a todos los hermanos". En el original dice algo más bien como esto: "Os conjuro delante del Señor" u "os lo pongo bajo juramento para que esta carta se lea a todos". Lo extraño no es la petición de que la carta se lea a todos, porque se le envió a la iglesia, entonces como que natural que él tuviera interés de que esta carta se le leyera a la iglesia. Yo creo que lo que llama la atención es la naturaleza del lenguaje, donde él está poniendo a estos hermanos bajo juramento. Les dice: "Os conjuro delante del Señor para que esta carta se le lea a todos los hermanos".

Y la razón por la que yo estoy diciendo que esto para mí parece ser como que es una expresión también de lo que implica el ser santificados en cuerpo, alma y espíritu, una expresión de que realmente entiendo de qué es que todo esto se trata, es el hecho de que esta carta que Pablo manda a la iglesia de Tesalónica no representa la opinión de un hombre sabio para una iglesia en necesidad. Esta carta representa el deseo, el corazón, la voluntad de un Dios santo, de un Dios soberano, de un Dios omnisciente, sabio, el único eterno Dios que se ha molestado en inspirar una carta infalible e inerrante para una iglesia. Y si eso es así, entonces lo menos que pudiéramos hacer es escribir de una forma que obligue a los hermanos de la iglesia de Tesalónica a leer esta carta a todos los hermanos, porque Dios la envió.

Imagínate que fuera cierto lo que te voy a decir: que yo diga "hermanos, yo tengo un email de parte de Dios esta mañana que él me envió vía Google", lo que sea. Si eso pudiera ser cierto, yo creo que todos nosotros inmediatamente —y que ustedes me lo crean— adquiriríamos una actitud de reverencia. ¿Cómo? ¿Sí o no? Pues yo tengo un email de parte de Dios, lo único que es muy largo y no lo puedo leer entero hoy. Y Pablo le envió un mensaje de parte de Dios y le está diciendo: como es de Dios, yo los conjuro a todos que nadie se quede sin que lea o escuche de esta carta.

Yo creo que Pablo le está dando al final de esta carta el peso que la Palabra de Dios verdaderamente tiene. Yo no creo que eso tiene menos peso que el lenguaje que él usó al principio en el versículo 23, cuando dice que el mismo Dios de paz os santifique por completo y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible. Una palabra pesada para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Yo no creo que ese lenguaje es menos pesado que este, hermano. Yo creo que es congruente. Él está a la par, él sabe de qué está hablando, porque es una santificación que ha costado la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y que apunta a la representación de la imagen de Dios aquí en la tierra y al reflejo de esa imagen.

Y al final entonces Pablo se despide de una manera paulina familiar, pero que igual yo creo que tiene implicaciones para la manera como le está cerrando. Escucha el versículo 28: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros". Esa palabra es común en el vocabulario de Pablo. De hecho, prácticamente cada una de las cartas de Pablo comienzan con gracia y paz. De tal forma que el hecho de que Pablo cierre esta carta de una manera similar como él habría todas sus cartas como que no tiene nada de extraordinario. Visto así es cierto. Pero en el contexto de lo que le acaba de decir, en el contexto de la petición por santificación para los tesalonicenses, en el contexto de una carta que enfatiza tanto la santificación del creyente, yo creo que esta fraseología acerca de la gracia de Dios que sea con ellos era vital.

Porque si hay algo que tú y yo necesitamos entender es que, si bien es cierto que nosotros jugamos un rol en la santificación de Dios, no es menos cierto que es la gracia de Dios la que permite dicha santificación. Sin esa gracia, tú y yo jamás ni siquiera comenzaríamos el proceso de santificación.

Escucha cómo Pablo se lo explica a Tito en el capítulo 2, versículos 11 y 12: "Porque la gracia de Dios se ha manifestado". Ya entendemos ahí, Tito, que lo que ha ocurrido es que la gracia de Dios se ha manifestado. Ahora él va a explicarle a Tito cómo esa gracia se ha manifestado. Escucha: "Trayendo salvación a todos los hombres". Número uno, la primera manifestación de la gracia de Dios es la salvación a todos los hombres. La segunda manifestación, escucha ahora: "Enseñándonos que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente". Dos cosas, dos manifestaciones ha tenido la gracia de Dios: número uno, la salvación; y número dos, nos ha enseñado cómo negar los deseos impuros, las impiedades, de tal forma que podamos vivir de manera sobria, justa y piadosa.

La gracia de Dios es vital para el proceso de santificación. Como decíamos, si tú lees la Palabra de Dios y Dios no usa su gracia para iluminar tu entendimiento —y tiene que usar su gracia porque yo no me merezco eso—, si Dios no usa su gracia para iluminar el entendimiento, yo me quedo sin fructificación. Si Dios no usa su gracia para darme convicción de pecado de tal manera que yo me arrepienta, yo me quedo en mi pecado.

Ahora, algunos han distorsionado esta enseñanza, como prácticamente se ha distorsionado cada enseñanza de la Palabra de Dios, y algunos han pensado que, como ciertamente la gracia de Dios es vital para el proceso de santificación, que no hay nada que yo pueda o tenga que hacer. Y yo explicaba en un mensaje reciente que Jerry Bridges, ese autor muy conocido ya de ochenta años de edad, un hombre muy piadoso, tuvo, vino aquí al país, almorzó con nosotros, nos explicaba cómo en el momento que él comienza, él comienza entendiendo la vida de santificación más como un esfuerzo moralista, un esfuerzo humano por la santificación. Y que luego entonces fue al otro extremo, y él dice: "Ese otro extremo fue peor", donde él creía que no tenía nada que hacer porque Dios es quien lo hace todo. Pero que hoy él entendía que la gracia de Dios no hace nuestros esfuerzos innecesarios, pero la gracia de Dios hace nuestros esfuerzos eficaces. Hace que cuando yo lea la Palabra —y está mi esfuerzo, la lectura de la Palabra— tenga una eficiencia, una eficacia, una práctica y una obra de transformación.

Si me permite la ilustración, la gracia de Dios es como el combustible del carro. Tú te sientas en el carro, tú sabes manejar, te pones detrás del guía del carro, pero sin combustible tú ni siquiera puedes arrancar el carro. Si la gracia de Dios es como el combustible, yo pudiera decir: tú puedes leer la Biblia, venir a la iglesia, pero sin la gracia de Dios tú no puedes ni siquiera arrancar tu vida de santificación.

Yo creo que en el contexto entonces en el que Pablo se está despidiendo y pidiendo y bendiciendo y pidiendo a Dios que haga esta santificación tan completa, por lo que es el licenciante de ello, que él cierre con ese recordatorio: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros". Yo creo que es de suma importancia. Yo creo que es un excelente recordatorio de cómo ocurren las cosas, de qué Dios provee, de qué es necesario.

Y de esa forma entonces él concluye una carta que ha tenido múltiples instrucciones, aplicaciones para ellos. Concluye una carta que va dirigida a una iglesia que estaba caminando muy bien, pero que aun esa iglesia necesitaba algunas instrucciones: como advertencia otras instrucciones, como corrección aquí y allá como lo hice un par de ocasiones, otras cosas que los ayudaran a ellos a sentirse que estaban caminando bien y van por el buen camino, y él los felicita, los aplaude. Y es una carta que cierra con un broche de oro que nos recuerda de qué manera Dios se ha propuesto formar la imagen del Hijo en nosotros, lo que Dios provee, el Dios fiel que hará eso que le está pidiendo.

Imagina la confianza que eso debe irradiar. Imagina la tranquilidad que eso debe irradiar. Imagina el impulso que eso debe irradiar. Imagina la motivación que eso debe irradiar: que Dios ha prometido que hará aquello para lo cual él nos diseñó y para lo cual él nos eligió.

Y de esa forma Pablo concluye esta primera carta a los tesalonicenses. Nos prepara para la segunda carta a los tesalonicenses, que él escribió poco tiempo después, justamente porque había algunas malas interpretaciones en cuanto a la segunda venida del Señor y él tiene que corregir eso. Pero ya al final de esta, ellos quedan bien entendidos acerca del propósito de Dios para su vida y lo que es la fidelidad de Dios para lograr tal propósito.

Que Dios bendiga el contenido de esta carta. Usted no se quede con las instrucciones simplemente recibidas y pensadas durante el momento de la exposición, sino que por las próximas semanas, días, meses se pueda continuar rumiando acerca de alguna cosa que Dios le enseñó. Que pueda mirar hacia atrás, que pueda ver entonces dónde usted estaba cuando Dios comenzó enseñándole esta carta y dónde usted terminó, y que eso sirva para glorificar a nuestro Señor.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.