Ser bienaventurado significa comprender la magnitud de lo que se nos ha perdonado. El Salmo 32 recoge la experiencia de David después de su pecado con Betsabé: un hombre que conocía a Dios y aun así decidió pecar contra él, tomando a la esposa de Urías y luego enviándolo a la muerte para encubrir su falta. Cuando el profeta Natán lo confrontó con la historia del hombre rico que robó el único cordero del pobre, David se llenó de ira sin reconocerse a sí mismo en el relato. Hasta que escuchó las palabras: "Tú eres ese hombre."
Mientras David calló su pecado, su cuerpo se consumía. Día y noche la mano de Dios pesaba sobre él, no para destruirlo sino para quebrantarlo y traerlo de vuelta. Esa aflicción es muestra del amor divino: Dios disciplina a quienes ama. El pecado siempre cuesta más de lo que estamos dispuestos a pagar —a David le costó su paz, su salud, su reputación—, pero el camino de regreso, aunque doloroso, permanece abierto. Cuando finalmente confesó, encontró perdón inmediato.
La instrucción es clara: no ser como el mulo que necesita freno y bocado para moverse, batallando solos con el pecado como si pudiéramos resolverlo. Hay más misericordia en Cristo que pecado en nosotros. Quien ha sido perdonado tiene mil razones para vivir gozoso, porque el Creador del universo tiene sus ojos puestos en él.
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Yo quisiera pedirles, hermanos, que me acompañen al Salmo 32, pero antes de leerlo me gustaría compartir algunas cosas con ustedes. Para los que no lo saben, el Salmo 32, para muchos, incluyendo para el reformador Martín Lutero, es uno de los salmos más hermosos, porque es uno de los salmos que contiene el evangelio, que está rebosado de la gracia de Dios y nos muestra a un Dios amoroso y perdonador para con los suyos.
La tradición judía llamaba a este salmo el maskil, porque literalmente este salmo era un salmo de instrucción. Aunque el salmo nos habla de cuán bienaventurados somos en ser perdonados por Dios, este salmo era utilizado para instruir al pueblo en los tiempos de expiación, en los tiempos cuando se ofrecía ofrenda por el pecado. Es por esa razón que yo he decidido titular mi mensaje en la mañana de hoy, en la tarde de hoy: "Bienaventurados: instrucciones de un pecador a otro".
Pero antes de leer el salmo, me gustaría a manera de introducción también compartir con ustedes una historia. Una historia que la mayoría conoce, que la mayoría ya ha leído, pero que es una historia que nos muestra que Dios no calla el pecado de los suyos. Para mí, al leerla y estudiarla, esta historia es una de las historias más tristes que encontramos en la Palabra, porque nos muestra la historia de un hombre que conoce a Dios y con todo y eso decide pecar contra Él y darle la espalda. Es la historia de David y de Betsabé, la cual encontramos en Segunda de Samuel, capítulo 11.
Y contándoles la historia de manera rápida, nos dice el texto que en el tiempo de la primavera, en el tiempo cuando los reyes salían a la batalla, cuando salían a luchar por nuevas tierras, a defender las suyas, David decide quedarse en su casa. Probablemente él dice: "Bueno, yo tengo muchos hombres, yo tengo muchos caballos, yo no necesito ir. Mi personal está altamente capacitado, yo puedo quedarme aquí".
Y dice el texto que él se queda, se queda deambulando, haciendo nada, estaba ocioso. Estaba ocioso en un momento. Él ve a esta mujer y dice el texto que es una mujer hermosa, la cual dejó cautivado a David. David, al verla, dice: "Oh, pero ¿quién es esta? ¿Dónde estaba? Yo soy el rey, ¿por qué no me la han presentado?" Él empieza a preguntar por ella: "¿Quién es ella?" A lo que le responden: "Esa es Betsabé, esposa de Urías, el hitita." Inmediatamente esto debía haber sido un alto para David. Una mujer casada, sigo mi camino, no tengo nada que ver con eso, que el Señor bendiga a Urías. Pero David estaba en ese momento tan centrado en sí mismo, tan centrado en su poder, tan centrado en su pecado, que decidió hacer caso omiso a eso y tomó a Betsabé como mujer.
Nos cuenta la historia que Betsabé queda embarazada y ahora es una mujer casada. "Yo soy el rey, es verdad que yo tengo poder, pero también yo no puedo dejar que mi reputación, mi integridad se vaya, se caiga a pedazos. ¿Qué voy a hacer?" Pensó David probablemente. Dijo: "Vamos a hacer esto. Traigan a Urías que está en la guerra. Cuando él venga, él va a estar muy contento de estar aquí, va a estar con su mujer, y qué va a pasar, bueno, que ese hijo sea de Urías." Pero resulta que Urías es un hombre de tanta integridad que dice el texto que, al Urías llegar, dijo: "Yo no puedo acostarme en mi cama, estar con mi esposa, mientras la presencia de Dios está en el campo de batalla, en el arca del pacto. Mis compañeros están ahí, yo no puedo hacer eso." Urías no baja a su casa y duerme en otro lugar.
Entonces David ya dice: "Bueno, el primer plan no me funcionó, ¿qué voy a hacer ahora? Bueno, traigan a Urías, yo le voy a dar comida, le voy a dar bebida, lo voy a embriagar, de forma tal de que cuando él esté borracho, esté ebrio, él diga: 'Bueno, yo estoy contento, voy a estar con mi esposa.'" Qué resulta, que Urías decide no bajar tampoco y decide quedarse a las puertas de la casa del rey. El segundo plan también falló. "¿Qué hago entonces?", dice David. "Bueno, si no es por las buenas, entonces será por las malas." Urías vuelve al campo de batalla y no solamente eso, ve con esta carta. Y David manda una carta a su comandante Joab diciendo: "Ponga a Urías en el frente de la batalla más reñida y déjalo ahí, con el propósito de que muera." Y cuenta la historia que así pasó. Urías muere en batalla y David dice: "Ya no hay obstáculo." Ve a una mujer sola, una pobre viuda, la toma para sí. El poderoso quitándole al desfavorecido, el bello quitándole al feo, el rico quitándole al pobre lo único que tenía.
Pero a David se le olvidó que Dios es un Dios justo, que Dios no toma por inocente al culpable ni toma por culpable al inocente. A él se le olvidó que de Dios nadie se burla. Y Dios, en un acto de misericordia hacia David, decide enviarle al profeta Natán, aquel que lo confronte. Y Natán confronta a David con una historia. Él le cuenta la historia de dos hombres: uno que tenía muchos ganados y otro que tenía un solo, un solo corderito. Y cómo ese hombre poderoso que tenía mucho ganado, en un momento determinado, decide sacrificar lo único que ese pobre hombre tenía.
Y al escuchar esto, nos dice 2 Samuel capítulo 12 versículo 5: "Se encendió la ira de David en gran manera contra aquel hombre." Al David escuchar la historia, se llenó de ira. "¿Cómo es posible ese abuso? Ese pobre hombre solamente tenía ese corderito y ese que tenía tanto se lo quitó." Dice el texto que David dice: "Vive el Señor, ciertamente que ese hombre merece morir." A lo que Natán le responde: "Tú eres ese hombre." Yo no me imagino lo que pasó por la mente de David en ese momento, pero cuando él fue confrontado por Natán, fue confrontado por Dios de esa manera. Yo imagino que él no sabía dónde meterse, él debía querer esconderse, como su pecado había sido evidenciado y como Dios lo estaba confrontando directamente.
Dios confronta a David, David se arrepiente, pasa por un tiempo de aflicción donde el niño que iba a tener con Betsabé muere. Grandes aflicciones pasan en su vida, y luego de pasar esto, luego de ser restaurado, él puede escribir lo que vamos a leer en esta mañana. Así que quiero pedirles, luego de haber escuchado esa introducción, que me acompañen al Salmo 32. Y vamos a leer. Dice David:
"Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada y cuyo pecado es cubierto. Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Mi vitalidad se desvanecía como el calor del verano. Te manifesté mi pecado y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor, y tú perdonaste la culpa de mi pecado. Por eso, que todo santo ore a ti en el tiempo en que puedas ser hallado. Ciertamente las inundaciones de muchas aguas no llegarán a él. Tú eres mi escondedero, de la angustia me preservarás, con cánticos de liberación me rodearás."
Y hace una pausa aquí. El Señor toma la palabra:
"Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar. Te aconsejaré con mis ojos puestos en ti. No sean como el caballo o como el mulo que no tiene entendimiento, cuyos arreos incluyen brida y freno para sujetarlos, porque si no, no se acercan a ti. Muchos son los dolores del impío, pero al que confía en el Señor, la misericordia le rodeará. Alegraos en el Señor y regocijaos, justos. Dad voces de júbilo, todos los rectos de corazón."
Vamos a orar. Padre, gracias. Gracias por tu satisface. Gracias, Dios, porque Tú en tu Palabra nos enseñas. Tú en tu Palabra, Dios, nos guías. Tú con tu Palabra nos muestras tu amor infinito, tu misericordia y tu gracia para con nosotros. Gracias por la vida de David. Gracias, Dios, por no haber ocultado su pecado. Gracias porque su pecado es un ejemplo para nosotros, y gracias, Dios, porque su confesión, gracias porque el trato que Tú tuviste para con él, también es un ejemplo de tu amor y tu gracia para nosotros. Te pedimos, Dios, en esta tarde, que Tú nos hables de manera particular a cada uno de nosotros. Yo quiero pedirte, Dios, que en el nombre de Jesús Tú uses la vida de este pecador, que Tú me uses, Señor, para yo compartir tu santa verdad fielmente. Padre, yo no soy digno de estar aquí parado, pero estoy aquí es por tu gracia. Sostenme y habla a tu pueblo a través del Espíritu para que tu nombre sea exaltado y tu pueblo sea bendecido en esta mañana. Gracias por tu Palabra. Gracias, Dios. En el nombre de Jesús, amén.
Muy bien. Y según lo que hemos leído, según el Salmo 32, yo quisiera que viéramos cinco enseñanzas muy rápidamente. Número uno: según este texto, ¿quién es bienaventurado? Número dos: el amor de Dios para el bienaventurado. Número tres: la instrucción al bienaventurado. Número cuatro: la guía para el bienaventurado. Y número cinco: la advertencia para el bienaventurado.
Lo primero que vemos aquí es el primer punto: ¿quién es un bienaventurado? Luego de David haber sido confrontado por Natán, luego de David haber pasado un proceso de restauración, un proceso de arrepentimiento, un proceso donde la mano de Dios pesaba sobre él, donde él se sentía afligido, luego de conocer el dolor de su pecado, David puede reconocer: "Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto. Cuán bienaventurado es aquel a quien el Señor no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño."
La palabra bienaventurado en su original literalmente quiere decir feliz. Un bienaventurado es una persona feliz, una persona que es dichosa. Y David está diciendo aquí que una persona feliz es aquel cuya transgresión es perdonada. Y por transgresión queremos decir nuestro pecado, nuestra maldad, nuestra mentira, nuestros malos pensamientos, nuestro egoísmo, nuestro orgullo, nuestra vanidad, nuestro chisme. Cuán bienaventurado es el hombre que esas cosas han sido cubiertas y han sido borradas por Dios, no han sido tomadas en cuenta.
El problema muchas veces, hermanos, es que leemos pasajes como estos y decimos: "Wow, qué bonito, qué lindo pasaje, que yo soy un hombre bienaventurado. Qué bienaventurado es el que el Señor no tome en cuenta su pecado, qué bonito." Pero realmente no sabemos, no podemos disfrutar el significado real de estas palabras que David dice aquí. No sabemos realmente el peso que tiene. Decimos: "Bueno, David se consideraba bienaventurado porque una persona que se le perdonó tanto, como lo fue David, tiene que ser un hombre dichoso. Porque David fue un hombre muy malo, haber hecho eso al pobre Urías. Wow, qué hombre, qué maldad la de David."
Pero se nos olvida, pero nos olvidamos, que probablemente nosotros que estamos aquí somos peor que David, que tenemos más pecados que David. Y que muchas veces no lo evidenciamos o lo mostramos, pero en nuestro corazón hay mucho pecado y mucha maldad que necesita ser perdonada. Y hasta que nosotros no entendamos lo horrible que es nuestro pecado y lo mucho que se nos ha perdonado, no podremos entender, como David, cuán bienaventurados somos. Hasta que no entendamos el horror del pecado y tengamos ese temor al infierno, nosotros nunca vamos a ver ese perdón, el perdón de Dios, brillar como la bendición que realmente es. Hasta que tú no entiendas lo merecedor que tú eres de la ira de Dios, tú nunca vas a entender lo bendecido que tú eres de que Dios te ha librado de ella.
Alguien decía: "Hasta que no veamos la gigantesca ola de la ira de Dios que se precipita hacia nuestra balsa de pecado, no podremos besar los pies del piloto que nos arranca de los cielos en el momento justo." Hasta que no entendamos lo merecedores que somos de la ira de Dios, no vamos a entender lo mucho que se nos ha perdonado y lo dichosos que somos.
A manera de ilustración, y quizá para poder ejemplificar esto un poco mejor, imagínense a este hombre. Este hombre se encuentra en un río. Él empieza a bañarse en el río y va hacia lo profundo. En un momento se encuentra con que está muy lejos de la orilla, está muy profundo, es una fuerte corriente, empieza a...
Alarmarlo, él no tiene nada de qué agarrarse, él se siente desesperado, él sabe que va a morir, no hay nadie que pueda ayudarlo, él está desesperado. En un momento alguien le lanza un salvavidas y lo rescata. ¿Qué hace esa persona? Esa persona abraza ese salvavidas, lo valora, lo atesora, porque sabe que su vida depende de él en ese momento. Él sabe que para él poder llegar a la orilla, él necesita ese salvavidas.
De la misma manera, hasta que nosotros aceptemos que nos estamos ahogando, hermanos, nos estamos ahogando en nuestro pecado, que no lo veamos, y hasta que no veamos que nos estamos ahogando, no podremos abrazar y atesorar el tesoro que hemos recibido en Cristo. Hasta que no entendamos lo bienaventurados que somos, de que Dios haya enviado a su Hijo como ese salvavidas para nosotros poder montarnos en Él y pasar por las tormentas, pasar por el agua de la ira de Dios para llegar a puerto seguro, no vamos a entender lo bienaventurados que somos.
Hermanos, tú y yo merecemos la condenación y la ira de Dios, y Dios ha enviado a su Hijo como ese salvavidas que nos permitirá pasar calmadamente, en descanso, por medio de las turbulentas aguas de la ira de Dios, y nos permitirá llegar un día a puerto seguro. Y yo quiero ir un poquito más allá: tú no te vas a considerar bienaventurado hasta que tú no consideres lo mucho que se te ha perdonado. Pero tú tampoco te consideras bienaventurado como realmente es hasta que tú no consideres lo que le ha costado a Dios el que tú hoy seas un perdonado.
Hermanos, Dios tuvo que aplastar a su Hijo en la cruz para que hoy tú puedas decir que tú eres un hombre feliz, un hombre dichoso. Él tuvo que aplastarlo para cubrir tu pecado, porque Dios no podía dejar tu pecado así como así. Él no podía pasar por alto tu pecado, alguien debía pagar por ello. En el Antiguo Testamento se sacrificaba un cordero periódicamente para cubrir el pecado, pero eso era algo temporal. Esos corderos no podían saldar la deuda del pecado, solamente la cubrían. Por eso Dios tiene que encarnarse en la persona de Jesús, vivir una vida perfecta y clavarse en la cruz como sacrificio por ese pecado.
Hebreos 10:4 dice: "Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados". Y el verso 11 dice: "Y ciertamente", refiriéndose a lo que hacía el pueblo de Israel en el tiempo de la expiación, "todo sacerdote está de pie, día tras día, ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados. Pero Él", pero Cristo, "habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios, esperando de ahí en adelante hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies".
El apóstol Pablo, en 2 Corintios 5:21 dice: "Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él".
Hermanos, ser bienaventurado quiere decir que Cristo pagó por mí, que el Hijo de Dios se clavó en una cruz para que su justicia fuera imputada a mi favor. John Bunyan, el escritor del famoso libro que muchos de los que estamos aquí hemos leído, que es uno de los libros cristianos más famosos, El Progreso del Peregrino, dijo: "Verdaderamente, hay un gran misterio en el mundo, que la justicia que ya hace una persona en el cielo puede justificar a un pecador en la tierra". Y es una gran verdad, hermanos.
Tú y yo hoy somos bienaventurados porque Cristo ha cubierto nuestros pecados, porque su sangre ha aplacado la ira de Dios. Hermanos, tú y yo somos dichosos por eso, porque un día cuando nosotros tengamos que presentarnos delante de la presencia de Dios a ser juzgados, abogado tenemos, uno que dirá: "Yo pagué por él", uno que dirá: "Con mi sangre yo lo lavé". Cuando estemos delante de Dios, Dios no verá tu suciedad, no verá tu pecado, no verá tu maldad. Él verá la santidad y la justicia de Dios que está imputada a tu favor.
Hermanos, tú eres un bienaventurado si tú has creído en Cristo, tú eres una persona dichosa. Las bendiciones que se esperan para nosotros, para aquellos que hemos creído en Cristo, nosotros ni siquiera podemos imaginarlas. Y la misma Palabra lo dice, no podemos imaginar las cosas que el Señor tiene preparadas para nosotros. Un lugar donde no habrá dolor, un lugar donde no habrá enfermedad, donde no habrá problema de colesterol, diabetes, cáncer, problema de tiroides, que me dolió una pierna, problema de la hernia que no me deja parar. No habrá problema de pecado, no habrá problema de enfermedad, no habrá problema de nada de eso. Será un lugar donde podemos gozarnos de Dios eternamente. Si tú has creído en Cristo, tú eres un dichoso, verdaderamente.
Muchas veces llamamos dichoso o bienaventurado al que se gana la lotería. "¡Wow, Fulanito se ganó 10 millones!" Vemos en Estados Unidos 250 millones de dólares. "¡Qué dichoso el que se la ganó!" Pero ¿qué valen 250 millones de dólares sin Cristo? ¿De qué vale todo ese dinero sin Jesús? Hermanos, si tú me preguntas a mí, que se queden con sus 10 millones, 30 millones, 50 millones. Yo me quedo con que mis pecados fueron perdonados y que yo soy un hijo de Dios, coheredero con Cristo. Eso es ser bienaventurado. Eso es ser una persona dichosa.
Ahora, yo quisiera que viéramos un segundo punto. Luego de haber visto qué es bienaventurado, yo quisiera que viéramos aquí, y según este texto, el amor de Dios para este bienaventurado.
Y vemos en los versos 3 al 5. Dice David: "Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano. Te manifesté mi pecado y no cubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor, y Tú perdonaste la culpa de mi pecado".
David conocía a Dios. David conocía lo que implicaba el pecado. Él sabía lo que era deshonrar a Dios. Él sabía lo que era pisotear su nombre. Por eso él dice que mientras él calló, mientras estaba en silencio, su cuerpo estaba siendo afectado. Cuando él estaba callado con su pecado, cuando estaba siendo afligido y no venía delante de Dios, él estaba sintiendo las consecuencias de su maldad. Y vemos cómo él ni siquiera podía encontrar paz.
Y en el Salmo 38, verso 4, él nos habla de su condición en ese momento de aflicción. Él dice: "Porque mis iniquidades han sobrepasado mi cabeza. Como pesada carga pesan mucho para mí. Mis llagas hieden y supuran a causa de mi necedad. Estoy encorvado, abatido en gran manera, y ando sombrío todo el día, porque mis lomos están inflamados de fiebre y no hay nada sano en mi carne. Estoy afligido y humillado en gran manera. Gimo a causa de la agitación de mi corazón".
Mientras callé mi pecado, incluso mi cuerpo se estaba viendo afectado. Incluso mi salud se estaba viendo afectada, porque el pecado no confesado trae dolor a nuestra alma, trae aflicción a nuestro corazón. Y muchos entienden que el pecado no confesado es uno de los dolores más profundos que podemos sentir, al punto tal que no podemos ni siquiera explicarlo. David estaba aquí sufriendo. Su dolor era grande, mucho más grande que la satisfacción pasajera de su pecado.
David entendió en este tiempo de aflicción que el pecado puede venir en una cajita muy bonita con un papel de envoltura muy caro, pero siempre lo que trae adentro es dolor y aflicción. David pudo reconocerlo y entender eso. Él pudo entender que el pecado siempre costará más de lo que estamos dispuestos a pagar. Él lo vivió y nosotros lo hemos vivido muchas veces, muchas ocasiones.
El pecado, y David es un ejemplo de eso, siempre costará más de lo que estamos dispuestos a pagar. A David le costó su salud, su integridad, su reputación, su paz. Y en muchas ocasiones, a muchos de nosotros pudiera costarnos aún más. Puede costarnos nuestras esposas, su esposo, sus familias, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestra iglesia. Incluso puede costarnos hasta la vida.
La vida de David es un ejemplo de que pecamos a nuestra manera, pero tenemos que regresar a la manera de Dios. Y sus caminos de regreso pueden ser largos y dolorosos. Pero lo bueno, hermanos, es, y aquí vemos el amor de Dios para el bienaventurado, pero lo bueno es que Dios siempre quiere que regresemos, y por eso nos aflige. Dios nos aflige con qué propósito: con el propósito de traernos de vuelta a Él.
Y David lo sabía, y miren lo que él dice. Él sabía que la razón de su sufrimiento, de su aflicción era que, verso 4: "Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí". Yo estoy afligido porque tu mano pesa sobre mí. La mano de Dios sobre David afligiéndolo, ¿con el propósito de qué? De quebrantarlo. ¿Con el propósito de qué? De traerlo de vuelta a Él.
La mano de Dios sobre la vida de los creyentes en medio de su pecado es una muestra de su amor, de su misericordia, de su gracia para con ellos. Voy a repetir eso una vez más: la mano de Dios sobre los creyentes en medio de su pecado, la mano de Dios sobre nuestras vidas en medio de nuestro pecado, es una muestra de su amor, de su misericordia, de su gracia para con nosotros.
Hermanos, Dios no nos aflige por gusto, y Jeremías lo dice claramente en Lamentaciones 3. Dios aflige por amor, porque quiere que volvamos a Él. Él quiere que lo honremos y vivamos acorde a lo que Él nos ha pedido, y vivir acorde a lo que Él nos ha pedido nos da gozo y nos da plenitud.
El autor de Hebreos, el capítulo 12, verso 5, dice: "Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él, porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo aquel que toma por hijo".
Imagínense qué hubiera pasado con David si Dios no lo aflige. Imagínense qué hubiera pasado con nosotros en determinados momentos cuando nos hemos alejado de Dios si Dios no nos aflige. ¿Qué hubiera pasado? Probablemente seguiríamos en nuestro pecado y probablemente las consecuencias y heridas serían aún mayores.
El dolor, hermano, en nuestra vida no es malo. Muchas veces nos enfurecemos cuando sufrimos dolor, pero el dolor es una forma de protección. Imagínense por un momento que usted no tuviera el sentido del tacto, que usted no pudiera sentir. Usted se quema la mano y no se da cuenta, se maja y se da cuenta cuando no puede sacar la mano. En un momento usted está en una piscina y empiezan a llenarla de agua muy caliente, muy caliente. Si usted no siente, ¿qué va a pasar? Usted se va a quedar ahí y las heridas van a ser incluso aún mayores. De la misma manera, el dolor en nuestra vida es una forma de Dios protegernos, de Dios cuidarnos y de alejarnos de un mal mayor.
Si la gracia de Dios no nos aflige en medio de nuestro pecado, seguiríamos en pecado y alejándonos de las bendiciones y el favor de Dios. Las misericordias de Dios llevaron a disciplinar a David y llevaron a quebrantar a David, y si era lo que tenía que hacer, confesar delante de Dios. Y vemos aquí cómo David llega a esa parte, llega a que ya no podía estar en silencio, ya no podía cubrir su pecado, ya no le quedaba a quién culpar, ya estaba cansado de estar solo como un niño berrinchoso, afligido solamente, afligido callado. Él llegó a la parte más difícil, pero a la vez la mejor parte.
Cuando confiesa delante de Dios, muestra realmente quién él es, y dice el texto: "Confesaré mis transgresiones al Señor". David entendió: yo tengo que hacer esto, yo tengo que confesar, yo tengo que mostrar lo que tengo en secreto, yo tengo que descubrir mi corazón, ya yo estoy cansado de callar. Señor, yo estoy así, esta es mi condición, yo lo voy a hacer. Mírame, escudríñame, saca de mí hasta lo más profundo. Dice el Salmo 51: introduce tu mano hasta lo más profundo de mi corazón y ve ahí lo que hay.
David confiesa, pero confiesa, dice el texto, sabiendo que el Señor perdonará sus pecados. Y él dice: "Confesaré al Señor, y tú perdonaste mi pecado". David sabía que el perdón no dependía ni siquiera de su confesión; el perdón dependía de la gracia de Dios. La fidelidad y la gracia de Dios se comprometen a considerar lo que su amor ya ha proporcionado a través de Jesús. La confesión, hermanos, en la vida de David y la confesión en nuestra vida es solo una muestra de nosotros evidenciar: yo no puedo más. Señor, ten piedad. Es una muestra de evidenciar que yo estoy arrepentido y que quiero volver a Él, quiero volver al lugar donde yo pertenezco: a los pies de nuestro Señor. Confesaré mi pecado sabiendo que en ti hay perdón. Eso hace David: él confiesa y se arrepiente delante del Señor.
Y luego de hacer esto, David pasa a dar una instrucción. Y este es el tercer punto que quiero que veamos en esta tarde: la instrucción de David al bienaventurado. Dice el verso 7: "Por eso que todo santo ore a ti en el tiempo que puedas ser hallado. Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán a él. Tú eres mi escondedero, de la angustia me preservarás; con cánticos de liberación me rodearás".
Hermanos, dice David aquí: todo lo que yo les dije del verso 1 al verso 6 es con el propósito de que ustedes vean esto. Por eso, por mi experiencia, por el ejemplo que yo viví, dice David, yo quiero pedirte, hermano. Yo quiero pedirte, tú que conoces a Dios, que amas a Dios, que estás en pecado pero que aún no lo has confesado, que estás como un niño berrinchoso callando tu maldad, yo quiero pedirte: acerca de Dios, ruega al Señor, clama al Señor en este tiempo en el que Él puede ser hallado y Él puede ser encontrado.
Este tiempo, ¿cuándo será este tiempo? Muchos preguntan, y muchos comentaristas hablando de esto dicen: ¿cuándo es ese tiempo? ¿Cuándo es el tiempo en el cual el Señor puede ser hallado? Y la mayoría ha llegado a la conclusión de que cuando tú estás en pecado y tú sientes el peso de tu pecado, te sientes triste por tu pecado, sabes que estás deshonrando a Dios, es el tiempo en el cual el Señor puede ser hallado. Hoy día, cuando tú te sientes afligido, el Señor puede ser hallado. Tú solo tienes que clamar a Él y Él te escuchará.
Antes de venir a Cristo, yo no tenía conciencia de mi pecado. Tú no tenías conciencia de tu pecado. Tú pecabas y ya. Nosotros, muchos de nosotros, quizás por la formación del lugar, podíamos tener ciertos principios morales. Por la imagen de Dios en nosotros también podíamos conocer y discernir algunas cosas que estaban bien o estaban mal. Pero luchar con el pecado, tener que yo venir y arrepentirme, no, no, no. "Acúsame", "discúlpame", "lo siento", era lo más, lo máximo que podía salir de nosotros. Pero ahora que nosotros conocemos a Dios, ahora que nosotros conocemos nuestra real condición, nosotros podemos discernir cuando deshonramos a Dios, podemos discernir cuando estamos mal.
Y para ilustrarlo un poco mejor, es similar a un pez que está en el agua. Un pez está en el agua, está en el agua, está mojado, pero ni lo sabe. Él está ahí nadando y él no sabe que hay agua alrededor; él solo sabe que está ahí. Pero si tú sacas el pez del agua, gotas comienzan a caer de él. De la misma manera, hermanos, nosotros antes de venir a Cristo estábamos en agua de pecado, y hasta que Él no nos saca de esas aguas, no podemos discernir la diferencia de pecar o no. Pero ahora que nosotros estamos fuera, ahora que Él nos ha sacado del agua, tenemos a quién acudir. Cuando nosotros nos mojamos en el agua de pecado, yo tengo a quién acudir. Yo puedo venir a Dios y Él amorosamente sacará su toalla y me secará, me guardará y me cubrirá. Yo tengo a quién acudir.
El tiempo en el cual el Señor puede ser hallado es hoy. Hoy, si tú estás en pecado, hoy si tú estás deshonrando a Dios, tú puedes clamar al Señor y Él oirá tu clamor. Y no solamente te secará, sino también dice David que Él te cubrirá, Él te protegerá. Y él dice directamente que el Señor se convertirá en nuestro escondedero. Él nos guardará, Él estará velando por nosotros. Él dice: "Ciertamente en las inundaciones de muchas aguas no llegarán a este".
Cuando Dios nos guarda ya, cuando venimos a Él, confesamos lo que somos y Él nos cerca, Él nos protege, Él nos guarda y pone barreras alrededor de nosotros para cuidarnos, para guardarnos. Si clamamos al Señor, Él es poderoso para guardarnos de caída y presentarnos sin mancha delante la presencia de su gloria, dice Judas. Pero ¿por qué el Señor hace esto? Porque nuestra vida está escondida en Cristo. ¿Por qué Él hace esto? Porque nosotros somos de Él. ¿Por qué Él hace eso? Porque nosotros le importamos, porque somos suyos.
David decía en el Salmo 18: "Señor, tú eres mi roca, mi baluarte y mi libertador, mi Dios, mi roca en que me refugio, mi escudo, el cuerno de mi salvación". El Señor es nuestro escudo, Él nos protege, Él nos guarda. E Isaías hablando, Dios hablando a través de Isaías en el capítulo 43, le dice a su pueblo: "No temas, porque yo te redimí, te puse nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas yo estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego no te quemarás, ni la llama arderá por ti". Él dice el porqué: "Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador".
Hermanos, si nosotros estamos en Cristo, cuán bienaventurados somos, porque Dios, cuando venimos con corazones sinceros delante de Él, Él promete guardarnos, cuidarnos y protegernos. Él promete estar con nosotros. Y definitivamente David lo entiende así también, y así lo dice: el reconocer esto debe llevarnos a adorar a Dios y a cantarle cánticos de liberación. Hermano, yo no sé dónde tú estás hoy, yo no sé tu situación, pero yo sé algo: si tú estás en Cristo, tú tienes mil y una razones para adorar a Dios, para alabar a Dios y para cantarle a Dios por su misericordia y por su favor para con tu vida.
Y aquí en el versículo 8 Dios nos da otra razón para alabarle. Y vemos aquí en el verso 8 cómo Dios mismo —y la mayoría de los comentaristas han llegado a la conclusión de que este versículo es Dios directamente que le está hablando a su pueblo— dice el verso 8: "Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar; te aconsejaré con mis ojos puestos en ti".
Hermanos, si tú me preguntas a mí, para mí es uno de los textos más hermosos de toda la Escritura: el Rey de los siglos tiene los ojos puestos en mí. La realidad es que la protección que vimos en el versículo 7 es increíble, es algo maravilloso. Dios me cerca, pero realmente estaría incompleta si no fuera acompañada de la bendición de su guía. De qué serviría estar guardados por Dios de la destrucción, pero que no nos indicara el camino por el cual debemos andar. Y Dios no solamente nos guarda, hermanos, él también nos guía en este mundo caído en el que nos toca vivir.
Él dice: "Yo te haré saber, yo te enseñaré, yo te aconsejaré con mis ojos puestos en ti." Dios dice claramente: "Yo haré algo, yo haré, yo te enseñaré, yo estaré fijo en ti." Y esta triple repetición nos revela tres características del plan de Dios. Número uno, es que Dios está interesado en que entendamos el camino de la salvación. Él está interesado en que nosotros entendamos cómo llegar a él. Él dice: "Yo te haré saber." Número dos, él dice: "Yo te enseñaré." Dios irá delante mostrando el camino por el cual debemos andar. Y número tres, él dice: "Yo te aconsejaré con mis ojos puestos en ti." Él nos instruirá de una forma personal, de una forma íntima, con los ojos puestos en nosotros.
Hermanos, el Creador de los cielos y la tierra, aquel que creó el eclipse que el lunes pasado puso vuelto loco al mundo entero, que maravilló al mundo entero, dice que tiene los ojos puestos en ti. Aquel que creó todo lo que existe y lo sostiene con la palabra de su poder, aquel que llama las cosas que no existen como si fueran, aquel que te amó incluso cuando tú le diste la espalda, aquel que conoce cuántos cabellos hay en tu cabeza, tiene los ojos puestos en ti.
Hermano, tú no tienes razones para temer, tú no tienes razones para dudar. Si tú estás aquí en esta tarde sin esperanza, con muchas dudas en tu corazón, yo quiero decirte a través de la Palabra que Dios te ama y él tiene cuidado personal de ti. Dios te está mirando y te guarda. Y si tú tienes duda del amor de Dios, mira la cruz, que es el mejor ejemplo de su amor.
Hermanos, Dios tiene cuidado de cada uno de nosotros. Dios no está en el cielo viendo a sus hijos y diciendo: "Pero mira a mi hijo, mira la situación que está pasando, si yo pudiera ayudarle, qué pena." No. Él está en el trono y él sigue reinando, y sigue reinando, y sigue cuidando a los suyos. Dios tiene cuidado de cada uno de nosotros.
Y David dice en este verso, ahora más adelante dice: "No sean necios, no sean como el mulo." Aquí yo quiero compartir con ustedes mi último punto: la advertencia para el bienaventurado. David sigue diciendo, permítanme diciendo esta parte, por todo lo que yo dije anteriormente, porque Dios tiene los ojos puestos en ti: "No seas como el caballo o como el mulo que no tiene entendimiento, cuyos arreos incluyen bocado y freno para sujetarlos, porque si no, no se acercan a ti."
No ser como el mulo, hermano, es ser humilde. Es reconocer que nosotros necesitamos de Dios, es reconocer que nosotros no podemos caminar solos esta batalla, que no podemos seguir corriendo solos, que necesitamos de él. La necedad y el orgullo nos hacen y nos convierten en bestias. Es una palabra dura, pero es una realidad. La necedad y el orgullo nos hacen perder la razón.
Y miren cómo Asaf lo dice en el Salmo 73. Dice: "Cuando mi corazón se llenó de amargura y en mi interior sentía punzadas, entonces era yo torpe y sin entendimiento, era como una bestia delante de ti." La necedad, el pecado nos nubla la razón y nos hace convertirnos en mulos. Y los que aquí tienen experiencia, que han ido al campo, que son del campo y han tenido que lidiar con un mulo, saben que un mulo es la cosa más complicada que existe. Cuando un mulo se tranca y dice "no me voy a mover," usted puede buscar una grúa para jalarlo y el mulo no hay qué lo mueva.
Y muchas veces nosotros estamos así como un mulo, trancados, solos en nuestro pecado, pensando que nosotros podemos lidiar con nuestros problemas solos sin la ayuda de Dios. Y David dice: "Hermanos, yo fui un mulo." Y lo leímos en el verso 3: "Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día." Mientras yo callé mi pecado, yo era como el mulo, que pensaba que podía lidiar con mi problema solo, que pensaba que no necesitaba ayuda de nadie, que pensaba que no tenía que venir donde Dios, doblar mis rodillas, pedir perdón. No, imposible, yo puedo con mi problema, yo soy suficientemente hombre. Eso es más a los hombres, que hay mucha mujer que también son así. Pero "puedo lidiar con mi cosa, yo puedo batallar solo con mis problemas." Y David nos dice: "No seamos como el mulo, no seamos así."
Pero voy a hacer un ejemplo mejor. Quizás alguno de aquí se va a sentir identificado con esta ilustración. Ser como el mulo es muy similar a un hombre. Me voy a poner el caso de un hombre, un hombre que tiene la esposa loca porque tiene un dolor de un lado, tiene dos semanas con un dolor, una molestia de este lado, se vive quejando, que no puede moverse, que no se para de la cama, un dolor increíble. Pero dice: "No, yo no voy al médico. Al médico yo no. Eso se resuelve. Yo no tengo que ir al médico. Yo con aceite de verde y limón lo resuelvo." Y dura dos semanas bebiendo aceite verde con limón y el dolor sigue peor y peor. ¿Qué pasa? Que al final él tiene que venir al médico y el médico darle la cura para sanarlo.
De la misma manera, David dice: "Oigan, no sean como el mulo. No esperen que la aflicción sea la que los traiga a la presencia del Señor. No sea que la aflicción se convierta en ese freno y arreo para atraerlos a él. Vengan voluntariamente, vengan voluntariamente delante del Señor, y en él encontrarán misericordia y encontrarán gracia."
Y finalmente David cierra esta exhortación recordándonos una verdad, una verdad dura, pero es una gran verdad. Él cierra diciendo: "Muchos son los dolores del impío, pero al que confía en el Señor, la misericordia lo rodeará. Alegraos en el Señor, regocijaos justos, dad voces de júbilo todos los rectos de corazón."
David cierra ahora este salmo recordando: hay un momento donde el impío sufrirá mucho dolor, donde el no creyente tendrá que pararse delante del trono de Dios y ser juzgado por sus pecados. Y al ser hallado culpable, él tendrá que pasar la eternidad pagando por su maldad. Muchos serán los dolores del impío. Pero a los que confían en el Señor, a los que son bienaventurados, a los que Cristo ha cubierto, a los cuales el Señor no toma en cuenta su pecado, la misericordia los rodeará.
Hermanos, esto de que la misericordia los rodeará no quiere decir que la misericordia está ahí y yo voy a llegar a ella. No. Que la misericordia de Dios nos rodea quiere decir que la misericordia de Dios estará en todo lugar de mi vida. Donde quiera que yo me mueva, yo voy a encontrar la misericordia de Dios, voy a encontrar el favor de Dios. Y como dice su Palabra: "Nuevas son cada mañana sus misericordias y grande es su fidelidad." A los que confían en el Señor pueden estar tranquilos y gozarse en el Señor, porque ellos serán y recibirán siempre la misericordia y la gracia del Señor.
"Alegraos en el Señor, regocijaos justos." Hermanos, si nosotros hemos creído en Cristo, tú eres un justo, porque Cristo te ha imputado su justicia. Y hoy tú tienes un llamado de vivir gozoso, de vivir alegre, de vivir de una forma tal que otros sepan que tú eres un hijo de Dios. El gozo debe ser una característica que diferencia al creyente. Un creyente sin gozo es una contradicción. Un creyente que se vive quejando, que siempre está como entruñado, es una contradicción. Porque nosotros hemos recibido la mayor de las bendiciones: nuestros pecados han sido perdonados. Nosotros hemos recibido la mayor gracia: estaremos con Cristo la eternidad. Y no solamente estaremos con él, recibiremos la herencia que él ha recibido, seremos coherederos con él.
Así que si tú estás en Cristo, gózate, alégrarte, disfruta el ser un bienaventurado, muestra a otros que tú eres un bienaventurado, exalta a Dios como un bienaventurado. Porque un día tú estarás en la presencia del Señor, y por la obra de Cristo tú podrás escuchar de los labios de Dios: "Buen siervo fiel, entra al reposo de tu Señor."
Hermano, yo no sé dónde tú estás hoy, yo no sé con qué batallas estás peleando en el día de hoy, yo no conozco tus luchas, no conozco la situación de cada uno de ustedes. Pero yo quiero decirte que en Cristo hay perdón, hay misericordia. Alguien decía: "Hay más misericordia en Cristo que pecado en nosotros." Hay más misericordia en Cristo que pecado en ti.
Si tú aún no lo has hecho, si tú aún sigues siendo como el mulo batallando solo con tu pecado, yo quiero pedirte en el nombre de Jesús que dobles tus rodillas, que dejes de pelear, que dejes de batallar solo y vengas a Cristo, reconociendo que en él hay perdón, en él hay gracia. Y él nos ha dicho: "Venid a mí todos los que estéis cargados y cansados, que yo os haré descansar."
Hermanos, cuán bienaventurado es el hombre al cual el Señor no toma en cuenta sus pecados. Si tú estás sin Cristo, yo quiero pedirte en el nombre de Jesús: ven a Cristo, arrepiéntete y disfruta de ser un dichoso, un hombre feliz, que ha sido cubierto por la protección de Dios, dirigido bajo su guianza, y que vive gozoso para su gloria. Ese es mi deseo y es lo que yo quiero pedirte y exhortarte en esta mañana. Abraza a Cristo, refúgiate en Cristo y disfruta de ser no un pecador condenado, sino un hijo amado.
Que el Señor bendiga a su pueblo en esta tarde y nos permita vivir para su gloria conforme a lo que somos: bienaventurados, dichosos, porque Dios nos ha perdonado y nos ha cubierto con su gracia. Vamos a orar.
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Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.