Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Esta sexta bienaventuranza es considerada por generaciones de teólogos como la más sublime y, a la vez, la más inalcanzable. El estándar divino no ha cambiado desde el Antiguo Testamento: solo quien tiene manos limpias y corazón puro puede subir al monte del Señor. Pero el problema no son nuestras acciones externas; el problema está en el corazón mismo, que Jeremías describe como engañoso y sin remedio. Ese corazón nos traiciona incluso mientras adoramos, cuando pensamientos oscuros irrumpen en medio de la oración o la lectura bíblica.
La palabra "limpio" en el original griego es catarós, que se aplicaba a quien no tenía deudas pendientes, a la ropa lavada de toda suciedad, al grano separado completamente de la paja. Nadie puede alcanzar esa pureza por esfuerzo propio. Por eso Cristo vivió la vida que nosotros no podíamos vivir y murió la muerte que nosotros no podíamos morir. En la cruz, Dios satisfizo su justicia y al mismo tiempo nos declaró limpios posicionalmente, perfectos por los méritos de Cristo.
Pero esa santidad regalada debe cuidarse con temor y temblor. Dios no espera perfección práctica, sino integridad: pureza doctrinal, fidelidad matrimonial, palabras que se cumplen, finanzas en orden. El pastor Núñez señala que Filipenses 4:8 ofrece una estrategia concreta de limpieza mental: meditar solo en lo verdadero, lo digno, lo justo, lo puro. Porque lo que entra por los ojos y oídos eventualmente sale por la boca. Quienes cuidan así su corazón pueden contemplar a Dios ya desde este lado de la gloria: en su Palabra, en la creación, en las personas que envía, y un día, cara a cara.
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Vamos al libro de Mateo, capítulo 4. Una vez más vamos a comenzar leyendo en el versículo 23. Simplemente para proveer el contexto para aquellos que no han estado aquí a lo largo de esta serie, para aquellos que nos visitan, hemos estado haciendo una serie sobre el Sermón del Monte y comenzamos ahí en Mateo capítulo 5. Hemos estado leyendo desde Mateo 4:23 y nos hemos estado parando en el verso que ha de ser expuesto en ese día. Para el día de hoy vamos a estar exponiendo el verso 8 de Mateo 5, pero vamos a comenzar leyendo en Mateo 4:23.
Y Jesús iba por toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y proclamando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se extendió su fama por toda Siria, y traían a él todos los que estaban enfermos, afectados con diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los sanaba. Le siguieron grandes multitudes de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán. Y cuando vio las multitudes, subió al monte, y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a él. Y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados. Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia. Y aquí viene el texto de hoy: Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios.
Padre, gracias te damos por la Palabra escrita y por la Palabra vivida, la persona de Jesús. Sé con nosotros en esta mañana. Y mira, Dios, que hay personas, yo creo que hay personas que tú has traído en esta mañana para abrir los ojos por medio de tu Palabra y darles salvación. Yo quiero pedirte que tu Espíritu pueda hacer lo que nosotros no podemos hacer. Si tú eres uno de esos aquí que Dios trajo para darte salvación, en la medida en que la Palabra sea predicada, tú la entenderás, te hará sentido, producirá convicción y producirá en ti un deseo de arrepentimiento. Y tú lo sabrás. No sé quién tú eres, pero tú lo sabrás porque el Espíritu te lo hará saber. Gracias, Dios, por el trabajo que tú vas a hacer en esta mañana. En tu nombre, Jesús. Amén, amén.
Una vez más, Cristo venía predicándole a las multitudes. Si tú pones atención al texto inicial, te das cuenta que Cristo iba a ellos con una intención y ellos venían a Cristo con una intención distinta. Cristo iba predicando las buenas nuevas del Reino. Esa era su función, su meta, pero ellos le traían a Jesús los que estaban enfermos y endemoniados y epilépticos y con todo tipo de dolencia. La dificultad, la dolencia física humana, es la que frecuentemente Dios ha usado para traer al hombre, porque muchas veces de otra manera ellos, nosotros, no vendríamos. Él está predicando, pero ellos vienen a ser sanados, y Cristo lo recibe. Es como si Cristo validara la necesidad física que ellos tenían, lo recibe y los sana, los sanaba dice el texto, pero al mismo tiempo llegó a alimentar la necesidad humana más profunda que tenemos: la necesidad de su Palabra.
Y Cristo subió al monte, y como ustedes han estado aquí la mayoría en esta serie, él comenzó a predicarles las bienaventuranzas. Y hoy tenemos por delante la número seis, que es la bienaventuranza que la mayoría de los teólogos entiende es la más sublime, la más excelsa, quizá la que más lejos pudiera estar de nosotros. Muchos piensan que una generación tiene como cuarenta años, yo no voy a entrar en el argumento. De ser así, cincuenta generaciones de teólogos, más o menos, han pasado desde que estas bienaventuranzas se predicaron, y cada generación ha estado de acuerdo que con toda probabilidad esta es la bienaventuranza más difícil de alcanzar. Porque nos está hablando de que nosotros necesitamos para ver a Dios un corazón puro, un corazón limpio. ¿Y quién de nosotros en este lugar, en toda la tierra, ha tenido un corazón completamente puro?
Pero es algo que antes de que el capítulo 5 de Mateo cierre, Cristo va a repetir con otras palabras, porque en el versículo 48 de este mismo texto, Cristo nos dice: Sed vosotros santos como vuestro Padre celestial, o sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. ¿Cómo? ¿Quién es perfecto en este lugar? Pero Dios ha insistido en eso desde el Antiguo Testamento. Él no ha cambiado su estándar. Cuando David escribe el Salmo 24, David escribe algo similar en el versículo 3 y 4: ¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién podrá estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puro, el que no ha alzado su alma a la falsedad ni jurado con engaño. ¿Quién tiene manos limpias? ¿Quién tiene corazón absolutamente puro para ascender al monte del Señor, a la presencia del Señor? ¡Ninguno de nosotros! Pero Dios no ha variado su estándar ni piensa variarlo tampoco.
Ahora, nosotros tenemos, nuestro problema es aún peor, porque no es solamente lo alto y lo distante que está ese estándar, es lo bajo que está el corazón que se supone que debe ser puro. Porque Jeremías una vez más nos recuerda en 17:9 que más engañoso que todo es el corazón y sin remedio, ¿quién lo comprenderá? No es solamente que el estándar está alto, es que el corazón está bajo, y el abismo es mucho mayor, y eso complica nuestra existencia. Si sin embargo Dios insiste que nadie le verá si no tiene un corazón puro. Jeremías nos está revelando no solamente que hay maldad en mi corazón, sino que la maldad que existe en mi corazón me engaña.
Y es por eso entonces que este autor decía que el juicio humano es muy superficial y en el mejor de los casos inadecuado, porque el corazón os traiciona, el corazón os engaña, y nos creemos las mentiras de nuestros corazones. Yo quiero en esta mañana tomar tres palabras del texto de Mateo 5:8, de esa bienaventuranza, y abrazar o amarrar todo mi mensaje alrededor de esas tres palabras. Corazón, que es número uno. Número dos, limpio: cómo luce o en qué consiste. Y número tres, verán: verán a Dios, verán cómo, cuándo, cómo lo veo, cómo ocurre.
Entonces la primera palabra, corazón, en el idioma original es kardia, con ka. Se conoce esa palabra porque usted ha oído de cardiólogos, ¿se dice, eh? ¿De qué viene? Ha oído de electrocardiogramas. Es esa palabra en el original de donde viene. Se refiere al órgano físico, pero en este caso, y en la mayoría de los casos del Nuevo Testamento, esa palabra kardia no hace referencia al órgano físico que bombea la sangre, sino al interior del hombre. ¿Cuál parte del interior del hombre? Bueno, a veces se refiere a su intelecto, a veces se refiere a sus emociones, a veces se refiere a su voluntad.
De manera que ahora Dios me está hablando de que aquellos que son bendecidos, bienaventurados, son aquellos que han pasado por una limpieza de corazón que tiene que ver con su mente, que tiene que ver con su voluntad, que tiene que ver con sus emociones, que tiene que ver con sus intenciones, que tiene que ver con su conciencia. Y lamentablemente cada una de las facultades del hombre ha sido teñida por el pecado, ha sido embarrada por el pecado, y nosotros tenemos entonces la famosa depravación total de la totalidad de la raza humana. Y Dios dice: eso es verdad, y todavía mi estándar sigue siendo verdad. Bienaventurados solo los de limpio corazón. Y eso tiene que ver entonces con toda la personalidad del hombre, todo lo que tiene que ver conmigo está implicado en esto. Y todo eso ha sido dañado por el pecado que está en mí.
Mi problema con Dios no son mis acciones, hermanos. Ojalá fueran mis acciones. A mí me iría mucho mejor, y a ti también, porque podemos poner una mejor cara y una mejor conducta con la cual pudiéramos pasar el examen. Mi problema con Dios no está a nivel de la acción, es del corazón. Cuando Dios dice en 1 Samuel 16:7 que Dios no mira lo externo del hombre, sino que Dios mira al corazón, ¿cuántas veces tú has oído esa frase? ¿Cuántas veces tú has pronunciado esa frase? Y para hacerte honesto delante de Dios, no me dejes mentir. Cuando yo la escucho, yo no digo nada, pero en mi interior yo vuelvo y me digo: ese es mi problema. Nosotros damos la frase a nuestro favor, no es a nuestro favor esa frase. Cada acción mía, por mala que luzca, mi corazón es peor, y por buena que luzca, mi corazón es peor que lo bueno de la acción. Es ahí donde está mi problema: en el corazón.
¿No te ha pasado a ti? ¿Tú te has fijado en ocasiones? Tú estás adorando y los pensamientos que te entran a la mente. ¿No te ha pasado que estás adorando y una cosa como de ultratumba satánica te entra a la mente y tú dices: ¿de dónde vino eso? ¿Tú te has dado cuenta? A veces leyendo la Palabra lo que entra a tu corazón. Ese es el problema. El problema del hombre es el corazón del hombre. El corazón del problema es el corazón del hombre. Esa es la realidad.
Decía este teólogo del pasado que el corazón es capaz de las más grandes contradicciones al mismo tiempo, de ser caliente y frío a la vez. Tú llegas a la iglesia, estás peleando con tu esposa, estás peleando con el niño, te encuentras con el pastor: "Hola pastor, ¿cómo está? Buenos días, Dios le bendiga, ¿cómo está? Aquí, bendecido, varón." ¡Qué corazón! Eso es exactamente lo que Dios dice en su Palabra, en el libro de Santiago. Dios dice: yo tengo una acusación contra el hombre, y es que con los labios que el hombre me bendice, con esos labios él se voltea y maldice al hombre que lleva mi imagen. Él bendice mi nombre, que representa mi imagen, y él se da la vuelta con los mismos labios y maldice al hombre portador de mi imagen. Mi corazón y el tuyo también.
Y pensar ahora que para tener comunión con Dios yo necesito ser limpio de corazón, que no puede haber falsedad, que no puede haber doblez, que no puede haber pensamiento contaminado. Eso es deprimente. Y ahora, ¿quién podrá defendernos?
No será el Chapulín, porque él tiene el mismo problema que tú y que yo a nivel de su corazón. Y entonces, ¿cuál es la solución? Hablamos de eso más tarde.
Hablamos de mi segunda palabra ahora, que es la palabra "limpio". Limpio de corazón, ¿qué significa? Es la palabra katharós. Usted conoce algunas palabras en español, por lo menos unas que provienen de esta palabra: catarsis, que tiene que ver con limpieza del intestino. "Sufrió una catarsis, se limpió". O usted está cargado de emociones, está cargado de pecado; jabonéese, vaya, hable con alguien, y usted se descarga. Dice: "Wow, eso fue como una catarsis".
¿Cuál es la palabra de donde viene katharós? Es una palabra que en el pasado era usada para hablar de una ropa que estaba sucia y la habían limpiado. O era usada para hablar del grano que había sido limpiado completamente de la paja. O era usada para aplicárselo a un hombre que estaba libre de todos sus compromisos, no tenía deudas, ninguna. Tenía todos sus impuestos al día, tenía todas sus deudas al día. Se decía de ese hombre, entonces, que había sufrido una catarsis.
Y ahora Dios dice: para acercarte a mí, tú necesitas haber sufrido una catarsis espiritual donde no quede ninguna paja espiritual, donde no quede ninguna de esas cosas que contaminaban tu corazón y que no te queden deudas pendientes con Dios. Y entonces, porque tú y yo no estamos en esas condiciones, ¿qué hacemos? Dar y empeorar las cosas.
Dios es santo, su justicia es santa, su justicia no puede ser violada. Dios dice que no va a dejar al culpable... no lo va a pasar por alto su culpabilidad. Impune será la palabra que han dado buscando: no dejar al culpable impune. Y por otro lado, porque Él nos ha elegido y somos sus hijos, no quería condenar el pecado en nuestras vidas por el resto de la eternidad. Y había una sola solución: envío a mi único Hijo a la cruz, descargó sobre Él todo el peso de la justicia, cumplo mi justicia, satisfago mi justicia, cumplo con mi santidad, cumplo con mi ley, y al mismo tiempo puedo bendecir a mis hijos.
Y cuando Cristo fue y murió una muerte que yo no podía morir, después de haber vivido una vida que yo no podía vivir, recibe el peso de toda la carga de la justicia de Dios. Y temporalmente Dios Padre le permite sentir lo que aquellos que entran a la eternidad sin Él sentirán por toda la eternidad. Cuando Cristo dice: "Eloí, Eloí, lema sabactani", "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", esa sensación de abandono, de la no existencia de Dios, de oscuridad completa que cayó sobre el mundo, esa es la representación del infierno de aquellos que entran a esa eternidad sin haber sufrido catarsis de corazón.
Y el día que Cristo hizo eso a mi favor, y el día que yo vine delante de Él, entonces ahora yo sufro una pureza posicional, de posición, donde Dios, por los méritos de Cristo y el lavado de lo sucio espiritual en mi corazón llevado a cabo por medio de la sangre derramada, Él me coloca en una posición el día en que yo le entrego mi vida y me declara perfecto sin yo serlo. Y me ve ahora como limpio de corazón sin yo serlo, posicionalmente solamente.
Si no me crees, déjame leer de la Palabra de Dios en Hebreos 10:14: "Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados". Una ofrenda, para siempre los hizo —tiempo pasado— perfectos. Dos capítulos más adelante, Hebreos 12:22-23, Él comienza hablando en el 22 de que vosotros os habéis acercado al monte Sion, a la Jerusalén celestial, pero luego dice en el 23: "A la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios el juez de todos, y a los espíritus de los justos" —escucha— "hechos ya perfectos". Posicionalmente.
Esa es la perfección que me permite entrar al reino de los cielos. No es una perfección que yo puedo ganarme, no es una perfección que yo puedo obtener. Es una perfección que me tiene que ser imputada, me tiene que ser entregada, me tiene que ser añadida, me tiene que ser atribuida, porque yo no me la puedo ganar. Y ahora Dios posicionalmente me ve como limpio de corazón.
Pero ahora, a partir de ese momento, Dios espera que esa santidad perfecta, ganada por Cristo a mi favor, vivida por Cristo a mi favor, entregada a mi vida, que yo la cuide con temor y temblor para que yo la pueda honrar. Yo no puedo vivirla, yo no puedo beber de la copa que Cristo bebió. Eso era lo que Pedro entendía que podía hacer, y Cristo le dijo: "¿Puedes tú beber de la copa que yo voy a beber?". Me imagino a Pedro pensando: "Sí, sí, siete veces, yo la puedo beber". No, no, Pedro, tú no sabes de qué yo estoy hablando, tú no puedes beber de esa copa.
Entonces Dios no espera que yo pueda vivir una vida perfecta, porque para eso vino Cristo. Sin embargo, Dios sí espera que yo pueda vivir una vida de integridad —que no es perfección— que honre la santidad perfecta que me entregaron y que la cuide con temor y temblor.
Y hay cosas entonces, áreas ya ahora de mi vida práctica, para hablar ahora de la pureza práctica —la otra fue pureza posicional, ahora la pureza práctica—. Hay cosas de mi vida cotidiana donde Dios espera pureza. Por ejemplo, en áreas no negociables de doctrina Dios espera pureza. Dios no quiere contaminación de la salvación por medio de obras cuando ha sido ganada por gracia a través de la fe; eso no se puede contaminar. Dios no espera contaminación del único y verdadero Dios con mitos e intermediarios entre Dios y el hombre. Él espera, y eso es factible, que ahí haya pureza doctrinal. Dios espera que yo no contamine esa área doctrinal, de la cual Pablo le hablaba a Timoteo. Le dijo: "Timoteo, cuida de ti mismo y de la doctrina. Mantenla, mantenla limpia. Timoteo, no prediques una cosa que no practicas, no prediques una cosa que no amas, no prediques una cosa que no puedes vivir".
Dios espera en mi vida de matrimonio pureza. Dios espera no solamente que yo respete mi matrimonio; Dios espera que el hombre respete la santidad del matrimonio como José, soltero, respetó la santidad cuando la esposa de Potifar no supo respetar la santidad del matrimonio. José, como soltero, supo hacerlo. Dios espera, y eso es posible, pureza, fidelidad en nuestros matrimonios, como forma de guardar con temor y temblor lo que me han entregado, que es una santidad perfecta que yo no me podía ganar.
Dios espera también pureza en mis palabras: que lo que yo prometo yo cumpla, que yo no diga una cosa y haga otra, que yo no sea un hombre o una mujer de doble palabra, que lo que yo digo tenga congruencia con lo que hago. Dios espera una vida de integridad en mis acciones.
El profeta Daniel se confiesa: "Pecado yo y mi pueblo, hemos pecado contra ti". Sin embargo, Daniel sabe que él tiene pecado en su corazón, pero el veredicto del cielo es que Daniel era un hombre de integridad. Daniel fue inspeccionado, escrutinizado por ciento veinte inspectores que levantaron cada papel que se podía levantar de su vida y no encontraron absolutamente nada de qué acusar. No era un hombre perfecto, era un hombre íntegro. Integridad no es perfección. Dios espera integridad.
Dios espera integridad en mis finanzas, en la administración y en la mayordomía de lo que tengo. Dios espera que yo esté al día. Recuerda que la palabra katharós era aplicada a una persona que no tenía deudas pendientes. Dios espera que yo cumpla con mi deber en mis deudas: con el gobierno, con personas, con instituciones y con Dios, que yo esté al día con mi diezmo. Dios espera eso.
Decía este autor de apellido Tasker que la limpieza de corazón nos libera de la tiranía del yo dividido. Una ilustración: "Tengo que pagar mi diezmo, pero ay... y entonces, ¿y estas vacaciones del mes que viene? ¿Y cómo lo hago?". Eso es un yo dividido. Quizás es: "¿Cómo no la hago? ¿Cómo no la tengo?", porque yo tengo compromisos con Dios primero.
Hay cosas del corazón que Dios quiere que yo me vaya limpiando, y tú lo verás al final, ya en la conclusión, a partir de la misma Palabra de Dios, cómo Él espera que yo vaya haciendo eso. Porque hay cosas que contaminan mi corazón que pueden ir saliendo. Ejemplo: un corazón egoísta, celoso, avaro; eso puede ir saliendo y puede salir. Lujurioso, divisivo —no todo el mundo es divisivo, eso puede salir—, rebelde —no todo el mundo es así—, porfiado, desafiante, insensible, chismoso —no todo el mundo es chismoso—. Esas cosas pueden salir. Quizás de vez en cuando vuelven y el corazón nos traiciona; yo no quiero ser dogmático aquí, pero Dios espera que mi cuidado con temor y temblor de la salvación sin mancha que me han entregado me vaya liberando de esas cosas, de tal manera que ahora Dios pueda decir: "Yo tengo otro hijo que camina en integridad".
Decía alguien que la integridad requiere tres cosas. Primero, discernimiento de lo que es bueno o es malo; eso se hace con mi mente. Número dos, el actuar de acuerdo a lo discernido; eso se hace con mi voluntad.
Y número tres, que una vez yo he discernido lo bueno o lo malo y actúe de acuerdo con lo bueno, que ahora yo me pueda identificar públicamente con eso que yo creo a cualquier costo. Porque muchas veces creemos cosas que defendemos también vehementemente aquí en la iglesia o cuando estamos con hermanos cristianos, y nos vamos al mundo secular y no las defendemos. Eso no es íntegro, hay una dualidad. No se requiere ser perfectos para hacer eso, simplemente íntegros.
Daniel fue un hombre que en lo privado y en lo público fue el mismo hombre. Cuando la prohibición vino para que no se pudiera adorar, que no fuera a esta estatua, Daniel lo hizo con las ventanas abiertas. Pudo haberse metido en su clóset, pero él dijo no, la integridad demanda que yo me arrodille en el mismo lugar con las puertas, las ventanas abiertas, como yo lo hago siempre, y si me ven me vieron. No se espera que seas perfecto para hacer eso, se espera que yo me vaya limpiando de las dobleces como una forma de honrar algo tan hermoso, tan especial, a tan alto precio he sido comprado.
Dios sabe que el ejercicio de mi voluntad siempre va precedido por una intención de mi mente. No hay nada que yo haga nunca que no haya sido pensado primero. Cuando a veces hemos dicho algo y decimos "yo no quise decir eso", yo quise decir eso. Es más íntegro si digo: "No debía haberlo dicho, perdóname". Muy bien, se me trabó la lengua. Pero ¿cómo que se traba la lengua? En pensamientos míos que se chocaron y yo estaba tratando de organizarlos, de retener alguno, y se me trabó la lengua y se fue. Pero estaban en mí, la lengua me delató. Y eso que estaba en mí, cuando Cristo dice que de la abundancia del corazón habla la lengua, eso es verdad que estaba ahí.
Pero al mes de yo haber nacido eso no estaba ahí, yo lo dejé entrar. Estaba la naturaleza carnal y pecadora, pero eso que yo cultivé yo lo dejé entrar a lo largo del caminar. Y yo necesito ahora una catarsis de eso que yo fui dejando entrar y fui cultivando en mi mente. Tú y yo ahora necesitamos eso, y tal como el hombre piensa en su corazón así es él. De esa misma manera como él piensa él es, y como él es él actúa.
El apóstol Pablo, tratando de ayudarnos y por inspiración del Espíritu Santo, comienza a enseñarnos cómo yo puedo hacer uso de una estrategia que vaya limpiando mi mente, que eventualmente va a hacer que yo limpie mi vida. Pero yo tengo que comenzar por mi mente.
Filipenses 4:8, yo sé que usted conoce el texto, pero yo quiero explicárselo un poco: "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo que es digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten". Piensa por un momento, porque ese solo versículo es un arma poderosa para yo ir limpiando mi mente. Al limpiar mi mente, al limpiar mis acciones, hay cosas en las que tú y yo no debemos pensar o meditar, pasar tiempo, gastar fuerza o energía.
El Espíritu de Dios, por medio de Pablo, dice: "Déjame darte una idea en qué tú debes gastar tu tiempo, tu energía mental". Si algo es verdadero, piensa en eso. Si es verdad, vamos a tomar ese solo principio. ¿Qué es verdad? Aquello que se corresponde con la realidad. Ese solo principio evita que yo haga muchas especulaciones, ¿sí o no?
Porque Dios ha estado hablando a mi vida de esa manera. Si mi esposa estuviera aquí, estuvo en el primer culto ya, pero ella podría darte testimonio de cuán frecuentemente ella me escucha a mí mismo decir en nuestras conversaciones: "Yo reconozco que eso es una especulación", porque estoy tratando de aplicar este Filipenses 4:8. Si yo no lo he visto, si yo no lo he oído, todavía no es realidad, es una idea, es un concepto, es una especulación. Pero no pienses mucho en eso porque todavía no es la verdad. Lo verdadero, lo que corresponde a la realidad. Cuando hay rumores pueden ser ciertos, pero son distorsionados, no corresponden a lo verdadero, son rumores. Entonces, ¿cuándo puedo pensar en ellos? Cuando yo compruebe la veracidad y la exactitud de los mismos. Por eso decía este escritor que el pensamiento humano es frágil, muy superficial, y en el mejor de los casos es inadecuado, totalmente inadecuado.
Todo lo verdadero, todo lo digno. La palabra es "semnos". Según Barclay, esta era una palabra que se aplicaba a los templos y a los dioses. Esta palabra fue escrita con palabras del mundo común y corriente, pero las palabras se entraman y fueron parte de la revelación ahora de Dios. Y cuando esa palabra se aplicaba al hombre, ahora nos está diciendo: si aquello era algo que se aplicaba a los dioses, que se suponía debía ser digno de estar en la presencia de los dioses, y ahora me la aplico a mí, se supone que mi vocabulario, mi hablar debe ser algo también digno de la majestuosidad y santidad, no solamente la santidad de Dios, su majestuosidad, en otras palabras.
Barclay dice que él comienza a eliminar de tu vocabulario cosas tan triviales, mundanales, temporales, que no tienen la dimensión de la majestuosidad de Dios, porque eso no es digno de quien Él es. Es muy ínfimo, trivial, no tiene el peso de Dios. No pienses en eso.
Todo lo justo, "dikaios", aquello que llena el estándar de Dios, aquello que ha sido medido por Su Palabra y llena el estándar. Piensen en eso, medítenlo, pasen tiempo en eso, gasten energía.
Todo lo puro. Ahora Filipenses 4:8 y las bienaventuranzas concuerdan, porque bienaventurado es el de corazón puro, el de limpio corazón. En inglés es usualmente traducido como "pure heart", corazón puro; en español es corazón limpio, es la misma idea. Y ahora Pablo me dice en Filipenses que medite y piense en todo lo puro. Si mi mente piensa en todo lo puro, mi corazón va a estar conforme a eso que es todo lo puro. Y eso solo va a evitar una serie de imágenes, de palabras, de conversaciones que penetren a mi vida, con lo cual yo voy a comenzar a experimentar catarsis de mente. Porque aquello que sale por mi boca se le dio entrada primero.
Ustedes conocen, algunos de ustedes conocen en inglés la frase "garbage in, garbage out": basura para dentro, basura para fuera. Eso es exactamente como nosotros somos, como nosotros pensamos. Y si somos hoy tan cuidadosos de que no voy a comer esto porque me engorda, no voy a comer esto porque me sube el colesterol, necesito esto porque tiene vitamina E para la piel y vitamina D para los huesos y vitamina C para la gripe, y somos tan cuidadosos y leemos los ingredientes y el contenido, ¿por qué no somos igualmente cuidadosos de lo que permitimos entrar por los oídos, por los ojos, y que contamina mi alma? Porque lo que entra por mi boca lo más que puede hacer es contaminar mi intestino, que ya es un órgano contaminado, pero no mi alma regenerada, comprada a precio de sangre, lavada por la sangre de Cristo.
Todo lo honorable, en inglés es traducido como "lovely", esa expresión, y hace referencia a una conducta que es buena y apropiada en intención y en acción. Entonces ahora, aquello que me destruye a mí, no medites en eso; aquello que destruye al otro, no medites en eso. No es buena en intención; si lo llevas a cabo no será buena en acción, pero aun si no lo llevas a cabo no es buena en intención. Pablo nos dice no pienses en eso, no medites en eso.
Y finalmente lo resume todo: y si algo tiene alguna virtud, alguna excelencia, si algo es digno de elogio, de aplaudir. Nosotros sabemos cuáles pensamientos, palabras, acciones no son dignas de elogio. Pablo dice no pienses en eso, no gastes tu tiempo, energía mental. Ese es un verso que de un tiempo para acá ha estado haciendo catarsis de mi mente. Es muy bueno, es buenísimo, para eso está ahí.
Nuestra mente tiene que ser cuidada para que nuestro corazón sea cuidado, para que entonces de la abundancia de ese corazón que fue cuidado pueda hablar mi boca. Aquí está algo con lo cual yo puedo usar, limpiar mi mente, mi corazón, atesorándola aquí en mi corazón. Las literaturas escritas por hombres y mujeres de Dios, miles, millones quizás hoy en día, a lo largo de dos mil años de historia desde que Cristo murió, es un excelente material de catarsis. Trabajan como un jabón para mi mente, nos elevan, nos hacen pensar, nos dan una mayor dimensión, nos abren el lente para ver a Dios de una mejor manera, más grande, más santa, más pura.
El tiempo se nos ha ido, tengo que ir cerrando. La tercera palabra que se me había quedado ya la verán. Los limpios de corazón verán a Dios. ¿Cómo? ¿Cuándo? Bueno, va a haber un momento cuando lo vamos a ver cara a cara como Él es. Pero Dios dice que solamente aquellos que han tenido el corazón limpio por la sangre de Cristo, el sacrificio ofrecido en la cruz, podrán tener ese privilegio. Esos serán los bienaventurados, solamente aquellos.
Pero desde este lado de la gloria hay una manera como nosotros pudiéramos contemplar a Dios con los ojos del corazón. En una ocasión, un hombre que venía de la idolatría del primer siglo le dice a Agustín, el teólogo Agustín. Se abraza de su ídolo, él dice: "Aquí está mi dios, enséñame el tuyo". Y Agustín le dice: "Yo no te puedo enseñar a mi Dios, no porque Él no exista, sino porque tú no tienes ojos para verlo".
Hay una manera como yo puedo contemplar de este lado de la gloria a Dios. Déjame ilustrarlo. En primer lugar, hay una forma de yo contemplar la imagen de Dios en esta revelación; es la primera y mejor forma. Aquellos de puro corazón, de corazón limpio verdaderamente, que han cuidado su mente y su corazón, versus los que no, mira cuál es la diferencia: leen el mismo texto y unos dicen "ese Dios sí es severo, ese Dios sí es serio, ese Dios sí es injusto". El otro lo lee con corazón y mente limpia y dice: "¡Wow! Ahora la santidad de Dios y su benevolencia es increíble. Mira cómo toleró a estos judíos trescientos años".
Hermanos, algunos de nosotros hemos dicho, ya siendo hijos de Dios: "Pastor, pero mira, eso como que no parece justo de Dios." Alguien pudiera decir que eso no es justo, pero ese alguien somos nosotros. Yo le daba pensando, pero cuando tu corazón está limpio, tú no ves a Dios de esa manera. Tú lo contemplas de otra manera, como Él es: justo en toda su dimensión, y santo, y limpio.
Tú puedes ver a Dios en su Palabra. Tú puedes ver a Dios cuando llevas una vida de integridad, cuando estás orando. En tus oraciones, no es una figura, pero hay una forma de tú contemplar su esencia, lo que es. El puritano Thomas Brooks decía que un hombre, un alma llena de gracia, podía contemplar a Dios a través de la nube más oscura y verlo sonriéndole, lleno de gracia. Porque ese Dios lleno de gracia es como Él es, y sonriente hacia nosotros es como Él es.
Nosotros podemos contemplar a Dios en la naturaleza, de tal manera que cuando tú sales y ves un amanecer, cuando tú ves el cielo estrellado, cuando tú contemplas los cielos, te preguntas: "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?" Y tú no vas a necesitar a alguien que te diga: "Wow, ¿tú te has fijado en tal cosa de la naturaleza? La verdad que Dios es grande," y tú decir: "Wow, yo no había pensado en eso." No, tú vas a pensar en eso. Tú eres el que va a estar usando tus dedos para decirle a otro: "Mira mi Dios, mira su gloria desplegada." Y continuamente tú lo vas a ver en su creación, porque tus ojos han sido limpiados, tu corazón ha sido limpiado.
Tú lo vas a ver en las acciones. Cuando alguien viene a ti en alguna circunstancia a orar por ti, o viene por alguna otra razón, tú vas a ver y vas a decir: "Sabes qué, gracias hermano, gracias hermana, Dios te envió." Tú vas a ver en esa persona un mensajero de Dios. Vas a ver a Dios y luego su mensajero. Pero cuando el corazón no está limpiado, muchas veces no pensamos que esa persona que ha sido enviada, ha sido enviada de Dios, o por Dios. ¿Por qué? Porque mis ojos no lo pueden ver, está contaminado, mi pensamiento está contaminado.
Tú puedes ver a Dios en medio de la multitud. Tú puedes escuchar su voz en medio de tantas voces. Yo he dicho en otras ocasiones, me da pena pensar, y para algunos de nosotros solamente escuchamos la voz de Dios esos quince minutos, media hora, a una hora del devocional que tenemos. Y como que por las próximas veintitrés horas, veintitrés horas y media, veintitrés horas y tres cuartos, nos desconectamos y Dios está en su mundo, yo en el mío. No, Dios quiere hablarnos continuamente vía diferentes formas que Él tiene. Yo no tengo que prescribírselas, y lo puedes ver en acción. Pero necesitas caminar en intimidad e integridad de corazón con Él.
También, para terminar, porque se nos ha hecho para ver, yo veo lo que dice el apóstol Juan, porque va a llegar un momento que lo vamos a ver como Él es. Y Juan dice en su primera carta, capítulo 3, versículo 2 segunda parte y versículo 3: "Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es." Ahora escucha, porque Juan va a terminar explicando por este solo versículo todo lo que yo vengo diciendo: que a ti se te ha entregado, y a mí también, una santidad perfecta que yo debo cuidar con temor y temblor.
Y Juan lo está conectando de esta manera: "Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él," la esperanza de verlo como Él es, "todo el que tiene la esperanza puesta en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro." Cuando tengo la esperanza puesta en Él, yo tengo la esperanza puesta en el Puro que murió por mí en la cruz, yo quiero purificarme. Cuando él se purifica, él hace lo que le toca hacer para limpiarse, de tal manera que él se pueda ir asemejando y acercando al único Puro. "Todo el que tiene," no algunos, "todo el que tiene la esperanza puesta en Él, se purifica." Con lo cual Juan pone un énfasis, no en que yo soy capaz de hacerlo por mí mismo, pero sí en el esfuerzo que yo tengo que hacer para que Dios lo logre en mí, porque hay una responsabilidad que es mía. De ahí la expresión: "Ocupa tu salvación con temor y temblor." Eso a mí se me dice, yo tengo esa responsabilidad.
Y bienaventurados entonces los de limpio corazón, porque tenemos dos limpiezas: una posicional que nos garantiza la entrada al cielo, y todo el que entra al cielo le verá como Él es. Pero hay una limpieza de práctica de este lado de la gloria que permite que algunos de los hijos de Dios puedan ver a Dios más grandemente, más claramente, más cercanamente, más bendecidamente que otros. Y es la limpieza de práctica de vida que tiene que ver con mi corazón.
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