Integridad y Sabiduria
Sermones

Bienaventurados los que lloran por sus pecados

Miguel Núñez 3 octubre, 2010

La segunda bienaventuranza presenta una paradoja que choca con nuestra cultura del entretenimiento: felices los que lloran. Jesús no habla de cualquier llanto, sino del dolor más profundo e intenso que el idioma griego puede expresar —penteo—, una amargura del alma que surge cuando perdemos la ignorancia sobre nuestra propia condición pecaminosa.

Este dolor nace cuando finalmente vemos lo que realmente somos. La historia de Yehiel Dinur, sobreviviente de los campos de concentración nazi, lo ilustra con claridad: cuando se encontró cara a cara con Adolf Eichmann en el juicio de 1961, no lloró por odio ni por deseo de venganza, sino porque descubrió que aquel hombre no era un monstruo, sino alguien ordinario como él. "De repente yo tenía miedo de mí mismo", confesó después. "Yo soy capaz de hacer eso". Esa misma realización llevó a David, después de su pecado con Betsabé, a clamar que su transgresión estaba siempre delante de él. Y no solo por el pecado propio: David también escribió que ríos de lágrimas vertían sus ojos porque otros no guardaban la ley de Dios.

El problema es que vivimos en una generación que disipa rápidamente cualquier dolor. Cuando algo nos confronta, corremos a la computadora, al televisor, a cualquier distracción. Ya no nos ruborizamos ante lo que antes nos avergonzaba. Pero Dios busca corazones contritos que vengan con toda la verdad, no con media confesión. La promesa permanece: quienes lloran así serán consolados por el Dios de toda consolación, como el hijo pródigo que regresó quebrantado y encontró los brazos abiertos de su padre.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a la satisfies de Dios en el Evangelio de Mateo! Capítulo 4, yo voy a comenzar otra vez leyendo a partir del versículo 23, como comenzamos los dos domingos anteriores, para llegar hasta en el día de hoy a Mateo 5:4. Y ese último versículo, el 5:4, es nuestro texto para hoy, pero yo no quiero perder el contexto de donde esto está ocurriendo, o de lo que estaba ocurriendo en ese momento.

Una era que comenzamos en Mateo 4:23: "Y Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se extendió su fama por toda Siria, y traían a él todos los que estaban enfermos, afectados con diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los sanaba. Y le siguieron grandes multitudes de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, y Judea, y del otro lado del Jordán. Y cuando vio las multitudes, subió al monte, y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a él. Y abriendo su boca, les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados." Y ese último, nuestro texto.

Padre, gracias, gracias por tu satisfies. Ayúdanos a entender esta mañana qué significa llorar de la manera que tu Hijo lo enseñó este día. Si hemos llorado así, ayúdanos a seguir así de sensibles. Si no lo hemos hecho todavía, ayúdanos a conocer lo que eso es. Sé con el predicador, Dios, una vez más. Te pedimos que le asistas, que no lo dejes solo, que tú le inspires a hablar, que tú cuides sus expresiones y sus enseñanzas, porque representan la revelación de un Dios tres veces santo. Y tú sabes que él no es santo; solo tú eres Dios. Sé con él, en Cristo Jesús. Amén.

Bueno, habíamos dicho, verdad, Jesús había comenzado a extender su campo de predicación, si pudiéramos decir. Su fama se ha estado expandiendo y en un principio solamente aquellos leprosos y enfermos y endemoniados habían comenzado a venir hasta Jesús. Pero llegó un momento en que, a medida en que la fama se fue expandiendo, otros tipos de personas comenzaron a venir. Comenzaron a venir los líderes, los escribas, los fariseos. Y cuando ellos comenzaron a venir, ciertamente su interés no era tanto descubrir la verdad detrás de este hombre, sino que ellos más bien se habían acercado a Jesús porque su posición, su estatus, su hegemonía había comenzado a ser tambaleada y se sentían amenazados.

No son muy distintos a como nosotros somos. Muchas veces nos sentimos atraídos por Jesús porque mi salud, mi matrimonio, mis hijos se han visto amenazados, mi negocio. Entonces eso es lo que hace que yo vaya ahora a acudir a Jesús. Lo interesante es que no importa; Jesús está dispuesto a recibirme, siempre y cuando yo esté dispuesto a acudir a él.

En esta ocasión no sabemos si los escribas y los fariseos estaban ahí, por seguro, porque el texto no lo dice. Pero yo creo que es muy probable que ese fuera el caso, por alguna de las cosas que Jesús dice. Y entre otras es que él le dice a la multitud: "Vuestra justicia tiene que ser superior a la de los escribas y fariseos." Imaginémonos lo que eso debió haber hecho en la mente y en el corazón de esos líderes al escuchar estas palabras.

En esta primera parte, Jesús está tratando de ayudarnos a entender de qué manera mi justicia puede ser y debe ser mayor que la de los escribas y fariseos. Y de eso tratan las bienaventuranzas precisamente. El texto nos dice que Jesús se sentó y comenzó a hablar; esa era la manera como los maestros judíos enseñaban, era sentados, no parados como hoy lo hacemos. El texto dice que él abrió su boca; eso es una expresión idiomática hebrea para decir: comenzó a enseñar, comenzó a hablar.

Y lo primero que les dice es: "Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos." Y cubrimos toda esa primera bienaventuranza la semana anterior. Y hablamos de que pobre en espíritu es aquel que ha llegado a entender en su mente que él realmente no tiene ninguna condición, ningún mérito que pudiera ser considerado aprobatorio o de aprobación delante de Dios. Que él depende completamente y totalmente de la misericordia y de la gracia de Dios para poder acercarse a Dios y tener entrada al reino de los cielos.

Él entiende eso con su mente, pero una vez yo entiendo eso mentalmente, eso requiere o va a producir de manera natural alguna respuesta emocional. Esa respuesta emocional la da el corazón, y es eso lo que me hace entonces llorar el llanto de que Jesús está hablando. El dolor que yo experimento es la respuesta emocional a lo que mi mente ha entendido. Mi mente ha entendido que estoy en bancarrota espiritual, moral. Mi mente ha podido ver qué poca cosa soy, y entonces experimento dolor. Y esa es mi respuesta emocional a lo que había entendido de la primera bienaventuranza.

Y ahora Jesús dice en la segunda: "Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados." El dolor es por mi pecado, por lo que he visto en mí. Pero es interesante que si tú traduces esto, como dijimos en el primer sermón de esta serie, tú pudieras decir: "Felices los que lloran." Y esto es una paradoja, porque nosotros usualmente no asociamos el dolor y el llanto con la felicidad. Y sin embargo Jesús dice: hay una manera de sentir el dolor, de poder llorar intensamente, que al final te va a producir un gozo, una alegría que solamente esta experiencia te puede dar.

De manera que a partir de ahora, en este contexto, yo tengo que ver el dolor del cual está hablando como una bendición. Y quizás esta ilustración te pueda ayudar, que creo que hemos usado probablemente aquí en alguna ocasión. Pacientes que sufren de lepra, una de las consecuencias es que sus nervios van muriendo. Cuando esas terminaciones nerviosas pierden su sensibilidad, esos pacientes pueden fácilmente acercarse a la llama, al fuego, y no sentir el dolor.

Pero eso no es una bendición para ellos. Es una bendición para nosotros poder sentir el dolor cuando mi mano, mi piel, se acerca al calor, porque es lo que me va a llevar a retirarla inmediatamente. Porque muchos de esos pacientes —la India tiene muchos de estos casos— han perdido dedos, han perdido manos, precisamente por trauma repetitivo que ellos no sintieron. Y la mano se fue traumatizando, infectando, y eventualmente terminaron siendo amputadas.

De manera que el dolor físico es una bendición. Es algo que nos ayuda a evitar daños mayores. Es algo que me previene de consecuencias que, yo no hacer algo en ese momento, me van a terminar llevando por un camino por donde yo no hubiese querido ir.

Entonces, con eso en mente, con esa ilustración entendida, hagámonos la pregunta: ¿de qué manera es que este dolor emocional, espiritual, de que Cristo está hablando me va a producir a mí felicidad? Y yo sé que esto es un concepto en esta generación muy extraño. Es muy extraño porque nosotros vivimos en una generación que pudiéramos calificar la generación del entretenimiento, de la diversión. Valoramos no solamente la risa; valoramos la burla, el sarcasmo, valoramos la sátira, valoramos todas esas cosas que son enfermizas y pecaminosas.

Prendemos la televisión, nos sentamos delante de una de estas comedias o de uno de estos shows cómicos. Entonces estas comedias nos presentan situaciones de burla y nos reímos, nos presentan situaciones de sarcasmo y nos reímos, nos presentan situaciones de banalidades y nos reímos. Yo no creo que nuestra sociedad pudiera ser caracterizada como una sociedad de peso, de profundidad; es algo más superficial. Y por tanto, en ese contexto cultural en que nosotros vivimos, hablar de que el llanto, el dolor, a mí me van a producir una sensación feliz, gozosa, es algo totalmente ajeno a este planeta, sobre todo en este siglo.

Y con eso entonces yo quiero que hablemos de tres cosas. Yo quiero que hablemos de la causa del dolor, yo quiero que hablemos de la cualidad del dolor o del llanto, y finalmente que hablemos de la compensación de ese dolor o llanto. Tres cosas: la causa, la cualidad y la compensación.

Comencemos con la causa. ¿Qué es lo que a mí me produce dolor y llanto? ¿Cuándo comienza eso? ¿Por qué comienza en un momento y no lo tenía antes? ¿Qué es lo que ocurre en nosotros cuando eso se da?

Bueno, piensa por un momento cuando tú eras pequeño. ¿Qué te producía dolor y llanto? Frecuentemente alguien te quitaba un juguete y tú llorabas. Tenías una pérdida. O alguien te robó algo y tú llorabas. O tuvimos otros tipos de pérdida: quizá fue un ser querido, o un novio, un esposo, una esposa, y llorábamos por eso. Una pérdida que no era buena, usualmente.

Bueno, este dolor de que Cristo está hablando también es producido por una pérdida, pero esta es una buena pérdida. Porque lo que nosotros hemos perdido, que ahora nos ha producido esa sensación profunda de que Cristo está hablando, es que la ignorancia con la que yo vivía acerca de mi propio pecado, de mi propia situación, se ha ido. Yo la he perdido. Y al perderla ahora, yo llego a la realización, al entendimiento de lo que yo soy, de lo que yo soy capaz de hacer. Y cuando yo comienzo a verme de esa manera, y de lo que yo fui capaz de hacer, cuando yo comienzo a verme así, yo comienzo a experimentar una sensación profunda de amargura, de dolor. Y Cristo te dice en ese momento: "Bendecido eres. Bienaventurado eres. Tú no lo sabes todavía, pero lo vas a ver más tarde. Yo te prometo bendecirte cuando termine tu experiencia."

Déjame contarles esta historia real, que nos va a ayudar a entender qué es lo que nos pasa. 27 de junio del año 1961, el autor macabro de lo que fueron los campos de concentración nazi, el autor intelectual Adolf Eichmann, fue llevado a la corte para ser juzgado. Ese mismo día, uno de los sobrevivientes más famosos de esos campos de concentración también fue llevado para que testificara en su contra. Su nombre: Yehiel Dinur. Dinur entró a la corte y de repente Dinur se encuentra cara a cara con este hombre.

Y de una manera improvisada, una manera repentina mejor dicho, Dinur comienza a llorar, a sollozar. Él es el que ha sufrido en mano de este autor intelectual de esos campos, y él está llorando y él comienza a temblar hasta el punto que él se desmaya y se cae en medio de la corte. El juez tuvo que dar golpes en su escritorio para volver a recobrar la compostura en la corte. Su abogado pidió que se parara la sesión, pero eventualmente el juicio continuó.

Tiempo después, el pasado productor, porque ya no lo es desde el 2006, del programa 60 Minutos en Estados Unidos, Mike Wallace, tuvo la oportunidad de entrevistar a Dinur. Wallace le preguntó a Dinur que qué fue lo que a él le produjo el llanto, el sollozo, el temblor y eventualmente el desmayo ese día. Wallace le dice: "¿Fue el odio? ¿Fueron las experiencias malas del pasado? ¿Qué fue? ¿Fue el deseo de venganza?" Y Dinur le dice: "No, no fue nada de eso. Es decir, cuando yo vi a este hombre, me di cuenta, me percaté que este hombre no era un monstruo como yo me lo imaginaba. Él era un hombre ordinario como yo." Y ahora escucha sus palabras: "Y de repente yo tenía miedo de mí mismo. Yo me di cuenta que yo soy capaz de hacer eso, yo soy exactamente como él."

Wow. Charles Colson cuenta esa historia, pero usted la puede encontrar en el internet, el interrogatorio y todo, en su libro "Who Speaks For God", ¿quién habla por Dios? Eso es lo que produce el dolor del que Cristo está hablando. Es la realización de la maldad en la raza humana de la cual yo soy parte, y que yo soy capaz no solamente de cometer los pecados que yo hoy pienso que no los puedo hacer, sino que yo soy capaz de hacer lo que el otro ha hecho. Y yo comienzo a dolerme por mi pecado, pero antes de eso yo no tenía esa sensación, yo no tenía esa experiencia.

Miren lo en la vida de David, ya siendo creyente, que es lo peor. David embaraza a Betsabé, él está disfrutando su pecado. Él manda llamar al esposo, lo emborracha, con lo cual peca otra vez. David está totalmente ajeno a lo que le está haciendo. Urías no va a acostarse con su esposa porque David quería hacer lucir el embarazo como que era del esposo, como usted sabe. Pero Urías tiene hombres peleando en el campo de batalla, y él era más noble que David, y le dice: "No, yo no voy a ir a tener un buen tiempo con mi esposa mientras mis hombres están perdiendo la vida en el campo de batalla." De manera que él no fue. David vuelve a emborrachar a Urías para que haga lo mismo la próxima noche, Urías vuelve a rehusar, y entonces David diseñó un plan para matarlo. El hombre es muerto en el campo de batalla por el plan de David. David manda a buscar a Betsabé, se la trae a su casa, y David está gozando, disfrutando su pecado como si nada estuviera pasando. Casi por nueve meses más.

Un día Dios levanta al profeta Natán y le dice: "Ve y visita a David y cuéntale esta parábola. Y cuando él reaccione a la parábola que tú le vas a contar, dile: ese hombre eres tú." Pero David estaba ciego espiritualmente y moralmente en ese momento de su vida. Y cuando Natán va y confronta a David, le cuenta la parábola, y David comienza a reaccionar y le dice a Natán que ese hombre que fue capaz de matar una ovejita de ese otro hombre que solamente tenía una ovejita, cuando él que la mató tenía múltiples ovejas, David dice: "Ese hombre merece ser muerto." Natán dice: "Ese eres tú, David."

Escucha las palabras de David ahora, de repente: "Mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas." Salmo 51. "Me duelo, Dios, es contra ti que he pecado. Mi pecado ahora no se borra, siempre lo tengo de frente a mí confrontándome. ¡Oh, perdóname, Dios!"

¿Qué ha pasado? David está llorando ahora como Cristo dice que debemos llorar. David ahora mismo está en dolor. Pero Dios le dice: "Serás bendecido más adelante, David, sigue llorando. Sigue experimentando tu dolor." Tú puedes sentir la intensidad de las palabras de David al confesar. Bueno, este es el hombre que en un momento dado recobra la sensibilidad al pecado.

Y no solamente supo tener sensibilidad hacia su propio pecado, sino que David supo tener sensibilidad hacia el pecado de los demás. Escucha las palabras del mismo David ahora en el Salmo 119, versículo 136: "Ríos de lágrimas vierten mis ojos, porque ellos no guardan tu ley." Dios, ahora mis ojos son como dos fuentes, como dos ríos de lágrimas, pero lo que me duele y me hace llorar no es mi pecado ahora, Dios, es el pecado de ellos que no guardan tu ley, la menosprecian, no la valoran, no la exaltan, no la consideran por lo que es, y eso me hace llorar.

¿Cuántas veces? Para ti, para mí va esta pregunta. ¿Cuántas veces tú y yo hemos tenido ríos de lágrimas por el pecado del otro? ¿Cuántas veces nosotros hemos sabido decir: "Me duele lo que... mira lo que somos capaces de hacer, mira lo que él hizo, y pensar que yo soy parte de eso, de esa raza humana que es capaz de eso"?

Nehemías lloró con el pecado del pueblo: "Yo y mi pueblo hemos pecado contra ti." Daniel lloró por el pecado del pueblo. El profeta, probablemente de los profetas más íntegros de todo el Antiguo Testamento, fue inspeccionado por ciento veinte sátrapas detrás de él, no pudieron encontrar absolutamente nada. Y cuando Daniel despierta a la realidad del pecado del pueblo, cuando reflexiona, él dice: "Oh Dios, yo y mi pueblo hemos pecado contra ti." Jesús lloró por Jerusalén, él lloró por el pecado de Jerusalén.

Esa es ese llanto, esa sensibilidad hacia el pecado propio y hacia el pecado de los demás de que Cristo está hablando en la bienaventuranza. Y él nos dice: "Bienaventurados sois cuando sois así de sensibles hacia el pecado, tu pecado y el pecado de los demás."

Habacuc veía el pecado de sus días y estaba cansado, ya no podía más de ver la iniquidad. Y Habacuc va donde Dios frustrado. Él no sabe qué hacer, pero él sabe dónde ir. Y va donde Dios. Sin Habacuc 1, a partir del versículo 3: "¿Por qué me haces ver la iniquidad y me haces mirar la opresión? La destrucción y la violencia están delante de mí, hay rencilla y surge discordia. Por eso no se cumple la ley y nunca prevalece la justicia, pues el impío asedia al justo, por eso sale pervertida la justicia." Habacuc está cansado, ya no soporta el peso del pecado de la nación.

Y me pregunto honestamente, cuando abrimos el periódico, cuando vemos la noticia, ¿vivimos cargados con el pecado de la nación? ¿O lo vemos y decimos: "Esta sociedad está perdida, mira otra vez"? Cerramos el periódico y comenzamos a hacer cualquier otra cosa divertida. Como estamos tan acostumbrados, tan culturalizados, tan amortizados, que las cosas del momento no nos molestan, no nos cargan, no nos duelen.

Pero cuando Dios nos lleva a una condición donde a mí me duele mi propio pecado, esa misma sensibilidad no es una sensibilidad particular e individual hacia mi pecado, es una sensibilidad de mi conciencia y mi entendimiento que hace que yo tenga la misma sensibilidad hacia el pecado de otros y me lleva a llorar. De eso es que Cristo nos está hablando. Esa es la causa de este pecado.

Quizás esta sea una buena pregunta para ti, para mí. Todas estas preguntas, antes de yo traérselas a ustedes, yo me las hago a mí primero. ¿Cuántas veces, cuando estamos hablando del pecado del otro, en vez de llorar, yo he sentido placer? ¿Y cuántas veces me he puesto a llorar por ese pecado de ese otro? ¿Dos a una? ¿Cinco a una? ¿Cien a una? ¿Mil a una? ¿O nunca a una? Porque la bienaventuranza está en esa sensibilidad. Le podemos preguntar a Daniel, a Nehemías, a Jesús.

Yo tengo que, con ese entendimiento, yo tengo que vivir de una manera más sobria, de una manera más cuidadosa de lo que veo y de lo que oigo y de lo que me expongo. Y ahora yo no estoy hablando ni de pornografía ni de violencia, estoy hablando de otra cosa, o de todo lo demás si tú quieres. ¿Sabes por qué? Yo te lo voy a leer ahora de los labios de Jesús, porque yo tengo que ser cuidadoso a la hora de escuchar y de ver cosas. Y recuerda de lo que no estoy hablando, sino de todo lo demás.

Es porque yo no lo sé manejar sin pecar. Oye lo que Cristo dice, Marcos 4:24: "Cuidaos de lo que oís." Comienza a pensar: ¿por qué cuidado de lo que oigo? ¿Por qué tengo que cuidarme de lo que oigo, punto? En el mismo versículo todavía: "Con la medida con que midáis, se os medirá, y aún se os añadirá." Cuidado con lo que oyes, pudiéramos decir con lo que ves, porque tú no lo sabes manejar, y tan pronto tú oyes y ves, comienzas a medir con tu vara. Cuando mides con tu vara, tú pecas. Ten cuidado de lo que te expones, porque no lo sabes manejar. Déjamelo a mí.

No es que vivamos como el avestruz, la cabeza metida en la arena, pero que seamos cuidadosos al decidir aquellas cosas a que nosotros vamos a ser expuestos. Porque nosotros no tenemos la condición que Dios tiene, que es lento para la ira y abundante en misericordia. Nosotros somos rápidos para la ira y escasos de misericordia. Cuántas veces, cuando yo condeno el pecado del otro, es al final de mi misericordia y al final de mi compasión. Usualmente es al principio, antes de la compasión.

D. A. Carson, en su comentario sobre el Sermón del Monte, dice que, a lo que ya hemos aludido, nuestra tendencia no es a sentir dolor por el pecado del otro, sino a condenarlo. Y hay acciones que tomar contra el pecado del otro, pero no antes de yo haber experimentado el dolor por su condición, porque él es como yo también.

Entonces, la causa de eso que Cristo está hablando es la pérdida de la ignorancia con la que yo vivía. Como Pablo decía, que antes de venir a Cristo, la ley y el pecado lo engañó, y el pecado me mató. En otras palabras, me hizo creer cosas que no eran ciertas de mí mismo, me hicieron creer mejor de lo que yo era.

Ya vimos la causa, y creo que vimos la cualidad de ese dolor. Mi segunda "C": este dolor no es físico, sí es un dolor emocional, sí es un dolor espiritual, sí es un dolor profundo e intenso y duradero.

En el griego hay nueve palabras, según los estudiosos, para hablar de dolor, llanto, esa experiencia humana. La que aquí aparece es "penthos". Y "penthos" es la más fuerte de todas las palabras en el lenguaje original para expresar dolor. De manera que Cristo me está diciendo: felices los que experimentan el dolor más profundo por su condición de pecado y lloran su pecado; han sabido llorar su pecado, ellos serán bendecidos. Benditos ustedes, los que experimentan que el dolor ha sido intenso, porque yo les prometo que abundante será mi bendición para con ustedes.

Pero no es fácil en nuestra sociedad moderna de hoy sentir esa profundidad de dolor. Mira lo que la experiencia de Isaías dice ahí en el capítulo 6 de su libro. Él tiene un encuentro con el Dios tres veces santo. Y nota lo que dice ahí. No dice, al ver la santidad de Dios: "Ay del pueblo que ha pecado contra Dios". No, él dice: "¡Ay de mí, que estoy muerto, estoy arruinado, estoy undone, estoy deshecho! Porque yo, Dios, yo soy un hombre de labios impuros". Y se da cuenta que su naturaleza humana es igual a aquellos, porque ellos también son un pueblo de labios impuros. Y si Isaías está llorando su dolor, este es el profeta mesiánico con toda su excelencia de nombre, el hombre más recto en Israel en ese momento en particular, él llora la ruina de su pecado cuando ve la santidad de Dios y dice: "Estoy igual que ellos". Y traer eso no fue poco lo que eso era.

Pero es difícil, hermanos, que hoy en día nosotros podamos experimentar la profundidad, la angustia del pecado en nuestras vidas así de intenso, porque esto es lo que ocurre. Cuando yo tengo una experiencia de ese tipo y comienzo a sentirme así, yo me voy a la computadora y comienzo a hacer algo que me entretenga, o me voy al televisor, o me voy a vivir, o me voy al cine, o hablo con alguien vía Skype, o me voy de compras al mall, porque tengo que disipar este dolor. Somos una generación demasiado trivial, superficial, insensible.

Generaciones anteriores de la fe lo eran menos. Hace cien años, en más de cien años, la historia de la iglesia nos cuenta que lo usual era que la gente, después de salir del servicio de la iglesia, se reuniera una familia o varias, y mientras comían a rumiar todo el mensaje otra vez. Tú no sabes lo extraño que eso es hoy, lo raro que eso es. Es más común, y tú sabes que es verdad, que la misma verdad que me traspasó en el sermón hace una hora, después yo la esté usando para relajo con otros. Eso es el pan de cada día. No tenemos tiempo para meditar y reflexionar acerca de las cosas que Dios está trayendo a nuestras vidas.

Tenemos que darle más seriedad a lo que la vida es. La vida es el proyecto de Dios, escúchame ahora. Dios, el Dios omnisciente, el Dios todo sabio, el Dios que llena el universo con su gloria, decide que él tiene un proyecto monumental, genial y único. Y este es la vida en este planeta. Este es su proyecto. ¿Y me vas a decir que ese proyecto de Dios no es una cosa sumamente seria? ¿Me vas a decir que las experiencias que empañan el proyecto de Dios no son cosas sumamente serias?

Entonces, ¿qué nos quita la sensibilidad? La exposición al pecado. Dios le dice al pueblo de Israel en Jeremías 6:15 y 8:12: "Tú ni siquiera has sabido ruborizarte". En otras palabras, lo que antes te enrojecía, ya no lo hace. ¿Tú no crees que estamos ahí? Hace treinta años atrás, treinta años, hubieras visto una persona en topless y con una tanga, tú te hubieras ruborizado. De hecho, yo tuve esa experiencia. Yo vine a mi país viviendo en Estados Unidos un año con mi esposa, y llegamos con un par de mis sobrinos chiquitos. Y cuando llegamos, encontramos esto con asombro. Los trajes de baño, nos fuimos. Nos ruborizamos. ¿Cómo yo puedo con un niño de esa edad y con mi esposa al lado exponernos a una cosa así? Nos fuimos.

Hoy en día lo vemos. Me voy con mi esposa a ver topless y no nos ruborizamos. Me voy con mis hijos y no nos ruborizamos. Cuando en otro tiempo era considerado material pornográfico. Pero ¿por qué? Porque nos hemos culturalizado y ahora todo es parte de nuestro medio ambiente, común y corriente y normal.

Tenemos que ir donde Dios y decirle: "Dios, yo necesito volver a ganar la sensibilidad hacia el pecado, hacia aquello que te ofende. Yo necesito como David, que cuando ve esas cosas, decir: Dios, tengo ríos de lágrimas porque ellos violan tu ley. Y porque yo he violado tu ley". Pero en nuestra cultura de entretenimiento, las comedias que nos hacen reír celebran, como yo decía, la sátira, el sarcasmo, la burla. Y nos reímos de lo que debiéramos llorar y lloramos de lo que debiéramos reír.

La epidemia, me perdonan que esto sea tan recurrente su mención, pero es que es una epidemia en todos los círculos. La epidemia pornográfica debiera hacernos llorar. Cuando veo a esa mujer en una computadora, yo debo recordar: esta es la imagen de Dios degradada, vendida, mercadeada y rebajada a una de las expresiones más grandes de deshonra. Y yo me estoy deleitando con eso, quien también llevo la imagen de Dios dentro. De manera que ahora yo tengo la deshonra de la imagen de Dios en frente mío y la deshonra de la imagen de Dios que yo porto. Deshonra más deshonra. Eso debiera llevarnos a decir: "Wow, la condición de la raza humana, mira la ira". Y qué si no mira la ira, y que en vez de yo disfrutarla, me doliera. Pero no nos ruborizamos, hemos perdido la capacidad de ruborizarnos. ¿Te das cuenta de qué estamos hablando?

Pero eso también es parte de nuestro medio ambiente cultural. El vocabulario con que hablamos es ordinario, es burdo, es vulgar en ocasiones. Pero no lo sentimos tan vulgar porque ya no me ha movido mucho, es parte de lo que somos. Y te das cuenta entonces de por qué Dios nos dice a través de los labios de Cristo: bienaventurados los que lloran por su pecado y por los pecados de los demás.

Entonces, ¿cuándo es que yo comienzo a experimentar ese dolor por mi pecado o por cuando otros han pecado? ¿Cuándo yo comienzo a tener esa experiencia? Déjenme hacer esta pregunta: cuando alguien peca contra ti, ¿es nuestra primera reacción la de dolor al ver lo que la naturaleza humana es capaz de hacer, y de llanto? ¿O es nuestra primera reacción la de condenación? Y creo que sabemos la respuesta. Cristo está diciendo: no, no, no, bienaventurados los que lloran por el pecado suyo y por los pecados, el pecado del otro, al ver la condición de la naturaleza humana.

Hoy esa bienaventuranza sonaría más como: bienaventurados los que empujan, porque ellos llegarán primero. Pero eso no es lo que Cristo dice. Es un dolor del alma cuando tú descubres por primera vez que tú dañaste lo que debiste haber cuidado. Y Dios te abre los ojos. Cuando tú comienzas a ver y despiertas a la realidad de qué es lo que tú estabas dañando. Otros lo veían y tú, que eras el dañador, no lo veías. Estoy hablando de algo que es para ti y para mí.

Es el dolor, la sensación amarga, profunda, intensa que tú experimentas cuando te das cuenta que Dios trató de darte, de enviarte el mensaje de múltiples maneras, y tú lo rechazaste. Cuando te das cuenta que preferiste oír la voz del tentador, Satanás, conocido como el destructor, eso es lo que su nombre significa, antes que la voz del Creador. Tú comienzas a sentir algo que te hace sentir amargo. Y Cristo dice: bienaventurado será el que experimenta eso, hijo, si sensibiliza hasta esa condición.

Es cuando tú comienzas a ver que tus hijos, tu esposa, tu esposo, te han estado hablando de eso y todavía has rehusado escuchar. Eso es lo que comienza a producir en ti esa sensación. Es el dolor que tú experimentas cuando te das cuenta: ya no hay vuelta atrás. No puedo revivir la historia, lo que está hecho, hecho está. Esa cosa que nosotros experimentamos y que es difícil de ponerle el dedo, de definir, cuando tú has perdido la confianza de seres queridos. Eso es lo que tú experimentas cuando te das cuenta y dices: "¿Hasta dónde yo pude caer? Miren dónde yo estaba. Miren dónde yo terminé. ¿Cómo es posible?" Y más cuando eres un hijo de Dios, dices: "¿Cómo es posible que un hijo de Dios pueda bajar tanto la escalera hasta ese punto?"

Cristo dice: "¿Sabes qué? Cuando estás ahí, estás experimentando dolor intenso, profundo, porque tu conciencia ha sido sensibilizada a mi santidad. Y cada vez que tu conciencia tiene sensibilidad hacia mi santidad, tu conciencia tiene un rechazo cada vez mayor hacia tu pecaminosidad. Por eso es que sientes, una cosa no puede ir sin la otra. Cuando ganas valor y aprecio por mi santidad, eso de manera natural produce en ti rechazo hacia tu pecaminosidad. Eso es lo que te duele".

Esa es la cualidad del llanto y del dolor que tiene que ser diferenciada, porque hay remordimiento que no me produce bendición. Hay llanto real de lágrimas que no me produce bendición. Pablo habla de eso en 2 Corintios 7:10: "La tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar". En otras palabras, cuando tú terminas de arrepentirte y de llorar tu pecado, Dios produce una sanación tal que no deja pesar. Pero la tristeza del mundo produce muerte.

Pablo, ¿cuál es la tristeza del mundo? ¿Cómo es que el mundo se arrepiente y no es conforme a la voluntad de Dios? Bueno, el mundo, por ejemplo, hace algo malo y pierde a su esposa, o pierde su trabajo, o pierde beneficios o una bonificación, y llora por la pérdida del privilegio o del beneficio. Pero no porque ha visto lo horrendo de su pecaminosidad. El mundo llora de esa manera también cuando en ocasiones pierde la reputación que tenía, y ahora otros saben que él no era, o ella no era, lo que se pensaba. Y eso nos duele. O cuando hemos pasado vergüenza delante de los demás y me encontraron. Cuando la mayor vergüenza debe ser que Dios me ha visto todo el tiempo. Y Pablo dice: esa otra, ese otro arrepentimiento lleva a la muerte, no lleva a la salvación o no lleva a la sanación, en el caso del que ya es salvo.

Entonces pasó como algo. ¿Qué? ¿Dónde comienzo? Me estoy dando cuenta que mi dolor no era como debía ser. Bueno, tú piensas que es la voluntad de Dios que tú sientas dolor de esa manera. Pues claro, de eso se trata. Pues entonces tú vas a donde Dios y se lo pides, porque la palabra de Dios dice que si pedimos conforme a su voluntad, Él nos oye. De manera que a partir de hoy yo comienzo a decirle: "Dios, yo quiero que Tú me des una sensibilidad hacia mi propio pecado de tal manera que me permita sentir el pecado del otro, hasta que yo pueda llorar por el otro antes de condenarlo."

Jesús tuvo que tomar acciones contra Jerusalén hasta traer consecuencias, así, pero lloró por ella primero. De manera que no estamos hablando de tolerar la injusticia, el pecado, lo mal hecho, sin eventualmente hacer algo con eso. Pero que haya una manera en que nosotros podamos imitar a Dios, por lo que Él es, y nosotros podamos ser entonces lentos para la ira y abundantes en misericordia. Al final de ese camino, entonces, la acción. Porque tú puedas sentir el pecado del otro, por su condición o por lo que ha hecho contra ti o lo que ha hecho contra otro, y tú puedas llorar por esa condición. Ahí es donde Dios nos quiere.

Vimos la causa, vimos la cualidad del llanto o el dolor. Yo quiero que veamos, que nos hemos ido el tiempo, la compensación del dolor, los beneficios, lo que Dios va a darte, lo que Dios va a hacer en respuesta. Bueno, está ahí: "Bienaventurados los que lloran porque ellos..." Ahí va la recompensa: "...ellos serán consolados." La consolación es para los que lloran, para los que sienten de esa manera. Nuestro Dios es definido en la palabra de Dios como el Dios de toda consolación, 2 Corintios 1:3. El Espíritu Santo es llamado el Consolador. Si hay algo que ellos es, es que a nuestro Dios le encanta consolar; esa es su naturaleza. Pero Él va a consolar a aquellos que vienen a donde Él con corazón contrito y humillado. A esos Él jamás, jamás, jamás despreciará.

La historia del hijo pródigo está ahí. El hijo pródigo se ha ido, le ha pedido a su padre parte de la herencia, fue y la gastó con prostitutas, comió algarroba con los puercos. Volvió en sí, se dio cuenta de cuánto daño le había hecho a su padre y regresa. Y él viene ahora cabizbajo, él viene triste, él viene quebrantado, él viene contrito, él viene sollozando. Él dice: "Padre, yo he pecado contra el cielo y contra ti." Él viene sollozando. El texto no nos dice que estaba llorando, pero tú puedes leer la historia y tú puedes leer sus palabras, y no hay manera que me convenzan de otra cosa. Este individuo tenía que haber estado llorando delante de su padre. Y su padre abre los brazos, le recibe, lo perdona, le manda a cambiar las ropas, sandalias nuevas, manda a hacer una fiesta y manda a matar el becerro más gordo para celebrar con su hijo. Miren: "Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados." El hijo pródigo fue consolado, fue bendecido, él fue feliz ese día. Pero él vino con un corazón como Dios quiere que tú y yo vengamos todas las veces.

Para antes de distribuir la consolación de Dios, yo sí quiero que recordemos cuatro, cinco cosas. Comenzando con la mala noticia, que al final es buena, y terminando con la buena noticia que siempre fue buena. La mala noticia: Dios no dejará impune al culpable, dice su palabra. Esa es la mala noticia. Al culpable lo va a juzgar. Pero eso que Él hace al juzgarlo, muchas veces es lo que nos trae a Él. Sí, que recordemos eso.

Número dos: recordemos que mi problema con Dios se agrava con mi silencio. David decía: "Mientras callé mi pecado se consumieron mis huesos." Me imagino que perdió peso. Me imagino que perdió el apetito. Me imagino que estuvo débil. "Mientras callé mi pecado..." Porque eso no me trae la consolación de Dios.

Dios valora nuestra sinceridad, número tres. Hay algo que aprecio: que yo me atrevo a decirle a Dios todo lo que pasa por mi mente en los habitantes de que cualquier palabra fuera, llegara hasta mi boca. Poder hablar con Él de todo y absolutamente de todo y poder pedir perdón por todo. Dios valora la sinceridad.

Número cuatro: Dios odia que yo pretenda hacer algo que yo no soy. Dios prefiere que yo vaya donde Él y le diga: "Dios, yo soy un gran pecador, yo te he fallado mil veces, ya yo no sé qué hacer. Dios, ¿quién me va a librar de este cuerpo de muerte?" Como Pablo dijera. Y no que yo trate de aparentar en su presencia o delante de los demás que yo soy algo que yo no soy. Porque eso es el doble ánimo. Y Santiago dice que ese hombre que no espere recibir nada de Dios.

Número cinco: Dios no quiere la mitad de mi confesión, Él quiere toda la verdad. Una buena ilustración es la mujer que tenía doce años sangrando, había gastado todo el dinero detrás de médicos y médicos y médicos y nadie la podía ayudar. Finalmente ella fue donde Jesús, por detrás, callada, le tocó el manto tratando de que nadie la descubriera. Poder sale de Jesús, la sana. Cristo dice: "Alguien ha tocado mi manto." Y nadie quiere hablar. Finalmente ella se identifica, y el texto dijo que ella fue donde Jesús y le dijo toda la verdad.

Dios no quiere la mitad de mi confesión. Dios quiere saber... Él conoce toda la historia. Lo que Él quiere saber es hasta dónde yo he entendido toda la historia. Él quiere saber hasta dónde yo he entendido la pecaminosidad de toda mi historia, de tal manera que cuando yo termine de contarle la historia, yo no quede con la mitad de mi pecado sin confesar, y por tanto no perdonado, y por tanto no consolado. Quiere toda la historia. Él la sabe; lo que quiere es saber si finalmente tú entendiste todo tu pecado, a lo largo del camino desde el día uno hasta el día final, cuando termine esa historia, y que entonces hayas arrepentido de eso para Él poder perdonarte, consolarte, sanarte, restaurarte, equiparte de una mejor manera.

Porque al final Él no está detrás de mi dolor; Él está detrás de mi restauración, está detrás de mi sanación, pero no lo puede hacer sin mi dolor. Es como el médico que encuentra la herida sucia y llena de sangre: tiene que limpiarla y rasparla y debridarla, y eso duele. Pero Él no está detrás de ese dolor, Él está detrás de que esa herida sane eventualmente. Pero sin arrepentimiento, sin el debido arrepentimiento, yo no puedo experimentar el verdadero dolor, y sin el dolor yo no puedo experimentar la sanación de Dios.

Mira cómo es que ocurre por experiencia personal, pero la Biblia está ahí para instruirnos. Mientras mejor me creo, más juzgo. Yo he estado ahí. Mientras más nos conocemos como parte de la raza humana, capaz de hacer lo de Adolf Eichmann, menos juzgo. Mientras más pobre de espíritu soy, menos juzgo. Mientras menos pobre de espíritu soy, mejor creo que estoy. Mientras más alto creo que estoy, más juzgo a los que están debajo, cuando en realidad están muy cerca de mí, quizás a la misma altura, o quizás por encima de mí. Yo he estado ahí. Y si eres sincero con Dios, tú has estado ahí.

De hecho, la única razón por la que yo me atrevo a admitirlo hoy es porque no ha habido un solo ser humano fuera de Jesús que no hubiese estado ahí. De Adán para acá todo el mundo ha estado ahí, pero no todo el mundo lo ha visto de esa manera. Cuando Dios te quita la ignorancia con la que vivíamos, entonces comienzo a ver mi pecado, y eso es lo que duele.

Yo soy capaz, yo soy capaz. Yo soy capaz de... Tú a veces no teniendo pensamiento quisieras sacar a alguien de tu vida. Eso hizo Hitler, por ejemplo: él sacó gente de su vida. Lo único es que nosotros no nos hemos alejado tanto de Dios para hacerlo de la manera que él lo hizo. Pero experimentamos la misma sensación, y eso tiene la misma connotación de pecado de lo anterior. De ahí la condenación de Cristo: por al que habla de "raca" a su hermano, el que le dice "idiota", es digno de qué cosa, del fuego del crimen. Matamos su carácter, asesinamos su carácter. Esa es la raíz a la que Cristo está haciendo alusión, y lo vamos a tratar en el Sermón del Monte más adelante.

¿Cómo estamos? A algunos de nosotros nos duele esta hora, pero bienaventurado eres entonces si te duele esto. Bendito eres. Si no te duele y te está pasando por arriba, lo siento. De verdad, porque este es el monte que es capaz de traspasarnos una y otra vez. Y que una y otra vez yo tenga la necesidad de llorar y decir: "¡Ah, ciertamente!" Pero sabes qué, Dios, gracias por la bienaventuranza prometida. Gracias por la bendición que me espera. Gracias por tu consolación. Aun no la sienta ahora, es una promesa, y todas las promesas son sí en Cristo. Gracias por tu consolación, Dios.

No hagas esto. Me estoy terminando, pero no hagas esto. Si descubres que venías haciendo algo mal que no has confesado a Dios, no digas: "Bueno, de ahora en adelante ya yo lo voy a hacer todo bien." Y pienses que si lo haces bien de aquí hasta que te mueras, esa deuda contraída a Dios se le olvidó. No. Mira cómo es esto: tengo un préstamo con el banco de quince años, no pago de enero a junio. En julio yo digo: "A partir del primero de julio, por los próximos quince años, yo no voy a faltar un solo pago." Y pensar que el banco se va a olvidar de lo que yo le debo. No, porque esos seis meses acumularon intereses y ahora generaron recargos en los próximos quince años.

Y cuando yo no resuelvo con Dios eso que yo he dejado ahí callado, que no he querido confesar, que yo no me he atrevido, eso va generando recargos, recargos, recargos, y eventualmente yo tengo que pagar. Entonces, ¿cuál es la mejor manera? Confiésalo y dile a Dios toda la verdad. Y cuando sea necesario, dilo a los hombres, diles toda la verdad.

Es muy bueno ser sanado y luego pararse en un púlpito y presentarse como el súper sano de todos los tiempos. No, no, no, no, no. Tenemos que ir como el sanado de todos los tiempos por el Dios de todos los tiempos. La gente tiene que conocer, tiene que saber lo que Dios es capaz de hacer en tu vida y en la mía. Y cuando tú sientas ese dolor, Dios te va a sanar. Y cuando seas sanado, Él te va a usar. Porque es su propósito usarte de manera poderosa para la gloria de su nombre, pero no hasta que eso ocurra.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.