Integridad y Sabiduria
Sermones

Bienaventurados los misericordiosos

Miguel Núñez 7 noviembre, 2010

La misericordia no es simplemente un sentimiento pasajero ni una virtud opcional del cristiano: es una disposición derretidora que ve la necesidad del otro, la siente en lo profundo y se mueve a la acción. Esta quinta bienaventuranza marca un giro en el Sermón del Monte, porque las primeras cuatro tratan la condición interna del corazón ante Dios, pero a partir de aquí comienza lo que debe manifestarse hacia los demás. Jesús mismo modeló esta misericordia de manera integral: iba por Galilea proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad. No divorció la necesidad espiritual de la física. Atendió ambas, aunque siempre con la prioridad en lo espiritual. Una iglesia que solo predica pero ignora el hambre del cuerpo hace una caricatura del Dios proveedor; una que solo llena estómagos pero descuida la palabra debilita el corazón del mensaje de Cristo.

¿Qué impide que la misericordia fluya en nosotros? El egocentrismo que mira solo hacia adentro, las heridas que nos amurallan, el pecado que nos aleja de Dios y endurece el corazón. Como el sacerdote y el levita de la parábola, vemos al herido en el camino y pasamos de largo. El pastor Núñez lo ilustra con crudeza: tenemos muchos abrazos y besos, pero poca gente sabe mucho de la interioridad de otros. Preferimos no enterarnos porque ojos que no ven, corazón que no siente.

El estímulo para la misericordia no viene de nuestro amor imperfecto, sino del amor de Dios experimentado en cercanía con él. Quien permanece en el tronco da fruto naturalmente. Santiago y Juan cuestionan seriamente la fe que ve al hermano en necesidad y cierra el corazón contra él. El llamado es claro: practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a leer un solo versículo en este momento, el versículo 7, que es el tema de nuestro mensaje en esta mañana. Mateo 5, versículo 7, la quinta bienaventuranza: "Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia". Ese es nuestro texto. Quizás alguno ya está preguntándose: "¿Y usted iba a comenzar en Mateo 4:23, como los sermones anteriores?" Vamos a llegar ahí, pero no vaya tan rápido aún.

Esta es la quinta bienaventuranza y quizás algunos de ustedes recordarán algunas de las cosas que dijimos en las primeras. Las primeras cuatro bienaventuranzas tenían que ver con una condición interna del corazón que iba a afectar mi relación con Dios. Pero una vez esa relación con Dios está en su lugar, se supone que ahora debe haber algo que va a afectar mi relación con los demás. Y eso es exactamente lo que las próximas cuatro bienaventuranzas van a ser: nos van a hablar de cómo eso que se supone ocurre dentro de mí, por el poder del Espíritu de Dios, debe manifestarse externamente hacia aquellos que están en nuestro alrededor.

Cristo predicó este mensaje de una manera, por lo menos yo lo entiendo así, donde cada bienaventuranza sigue un orden, porque cuando tú llenas una, la próxima es la lógica consecuencia de la anterior, y tú vas construyendo entonces todo el mundo de las bienaventuranzas, si tú quieres, desde la bienaventuranza número uno hasta la número ocho.

Recordemos la primera: "Bienaventurados los pobres en espíritu", aquellos que saben que no tienen mérito alguno para con Dios, que se consideran en bancarrota espiritual, que han examinado su vida y se han encontrado diciendo: "No tengo nada de qué gloriarme". Esos que están en esa condición, es lógico entonces que pasen a la próxima bienaventuranza: "Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados". Una vez tú consideras tu condición, el pecado te va a cargar, tu pecado te va a entristecer, tú vas a comenzar a llorar. Y una vez tú ya has considerado tu pobreza de espíritu hasta el punto de sentirte cargado por tu pecado y llorar por tu pecado, tú eres reducido a una condición de humildad. Y de ahí que Cristo en la tercera nos dijera: "Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra".

Ahora tienes tres de las primeras cuatro bienaventuranzas. Pero una vez yo estoy reducido a ese estado de humildad, es lógico ahora que yo tenga hambre y sed de ser justo, hambre y sed de justicia, de caminar en santidad, en integridad de corazón delante de Dios. Y esa última cubre verdaderamente la cuarta de las primeras bienaventuranzas y prepara el terreno ahora para comenzar a hablar de las próximas bienaventuranzas que tienen que ver con mi relación con los demás. Y es por eso que hemos llegado entonces a la que leímos al inicio: "Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos alcanzarán misericordia".

Pero considera algunas cosas antes de continuar. Aquella persona que realmente no se considera pobre de espíritu está muy llena para recibir las bendiciones de Dios. Aquella persona que no está cargada por su pecado, que no está llorando por su pecado, que no lo ha podido sentir de esa manera, tiene un corazón muy duro para responder a las ordenanzas de nuestro Dios. La persona que carece de humildad está llena de orgullo, y eso nos garantiza la oposición de Dios. Dios dice que Él le da gracia al humilde, pero se opone al orgulloso. Y ciertamente, tener a Dios, el Dios omnipotente, soberano del cielo y la tierra, en nuestra contra, no es poca cosa. Y por otro lado, aquellos que realmente no tienen ningún hambre de ser justos no tienen ninguna motivación para continuar hacia arriba en la escalera de santificación.

De ahí la necesidad de que estas bienaventuranzas realmente adornen la vida cristiana. Estas no son las bienaventuranzas necesarias para ser cristiano; estas son las bienaventuranzas que deben ir evidenciándose en una vida que verdaderamente ha sido afectada por la persona de Jesús.

La pregunta sería entonces, en torno a la bienaventuranza de hoy: ¿de qué manera Jesús mostró misericordia hacia aquellos que le rodeaban? Y ahora sí vamos a regresar al texto de Mateo 4:23, porque en ese texto nosotros encontramos la respuesta.

Comenzando en Mateo 4:23 hasta el final de ese capítulo 4: "Y Jesús iba por toda Galilea enseñando en sus sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se extendió su fama por toda Siria, y traían a Él todos los que estaban enfermos, afectados con diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y Él los sanaba. Y le siguieron grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán".

En ese solo texto Cristo nos deja ver las dos grandes áreas donde Él supo expresar misericordia y donde Él espera que tú y yo expresemos la misericordia. Cristo supo atender las necesidades espirituales del pueblo, y de ahí que el texto de hoy nos diga que Él iba por toda Galilea enseñando en sus sinagogas y proclamándole el Evangelio del Reino. Cristo se hacía la prioridad de llenar el hambre espiritual del hombre, que el hombre tiene un hambre que solamente puede ser saciada por el pan divino, el pan espiritual que Dios provee. Cristo estaba consciente de eso, hizo eso su prioridad, pero no hizo de eso la exclusividad. Porque juntamente con eso tú lees en ese mismo texto cómo el Señor Jesucristo iba sanando todo tipo de enfermedad y de dolencia. De manera que Él supo atender a las necesidades espirituales de la gente y de las multitudes, y supo atender al mismo tiempo las necesidades físicas de las personas.

Es lógico que si Dios creó el alma y el cuerpo, y Dios no crea basura, como dicen en inglés, es lógico que Dios quiere atender a las necesidades de ambas cosas. De hecho, nosotros sabemos que cuando Dios creó a Adán, Él ordenó a Adán a cuidar incluso de la creación en general. Nosotros leemos en este mismo Sermón del Monte cómo Dios cuida de las aves del campo, de los lirios de los valles, cómo las alimenta. ¿No va Dios a estar interesado en que cuidemos del cuerpo humano, un cuerpo que posteriormente será glorificado y pertenecerá a nosotros para siempre en su estado glorificado?

De manera que nosotros, cuando examinamos el ministerio de nuestro Señor Jesucristo, nos damos cuenta que realmente se caracterizó todo el tiempo por esta combinación de llenar las necesidades espirituales, en eso la prioridad, lo principal, pero acompañado todo el tiempo de administración a las necesidades físicas de las multitudes. Entonces encuentras eso en Mateo 4:23, yo te lo he caudelado, tú lo encuentras en Mateo 9:35: Cristo iba proclamando el Evangelio del Reino y sanando toda enfermedad. Lucas 9:6, exactamente lo mismo: Jesús iba anunciando el Reino y sanando las enfermedades. Y eso hace la misericordia. La misericordia no divorcia una necesidad de la otra, las ve como un todo. Y nuestro Señor Jesucristo tenía una visión más completa de la vida y del hombre; es por eso que tú lo ves continuamente interesado en ambas cosas. Él sabía que en términos espirituales esa tenía que ser la prioridad, y es interesante porque los textos de los Evangelios siempre hablan de que le iba proclamando, anunciando, y luego sanando las enfermedades.

Es la naturaleza de Dios suplir, proveer. Es la responsabilidad de sus hijos reflejar su carácter. De manera que cuando nosotros divorciamos esas dos cosas y nos enfocamos exclusivamente en atender las necesidades espirituales de los hombres, nosotros no estamos representando una buena imagen de Dios; estamos haciendo una caricatura del Dios abundantemente proveedor. Por otro lado, cuando nosotros hacemos el evangelio social la prioridad y la agenda, y descuidamos de la Palabra de Dios, estamos debilitando la raíz, el centro, el corazón del mensaje de nuestro Señor Jesucristo.

Lo que Dios quiere ver es una iglesia que entiende su responsabilidad y que entiende que delante de Él está en necesidad de representarlo adecuadamente. No hacemos nada con llenar el estómago y que alguien se vaya al infierno con el estómago lleno y bien vestido. Pero por otro lado, nosotros no podemos caer en la negligencia de pensar que porque yo prediqué la Palabra, ya yo le di todo lo que ellos necesitaban, le di lo más importante.

Y de hecho, si hay alguien que enfatiza eso, es el hermano de Jesús, Santiago. Si hay algo que Santiago no puede entender, es cómo es que hijos de Dios, engendrados por el Espíritu de Dios, en quienes mora el Espíritu de Dios, puedan ser insensibles a las necesidades de sus hermanos.

Escucha Santiago 2:14 en adelante: "¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarle? Si un hermano o una hermana no tiene ropa y carece del sustento diario, y uno de vosotros les dice: 'Id en paz, calentaos y saciaos', pero no les dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, por sí misma, si no tiene obras, está muerta. Pero alguno dirá: 'Tú tienes fe, yo tengo obras'. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras".

¿Qué es lo que Santiago está diciendo? Santiago está diciendo: si tú tienes verdaderamente una fe salvadora, tú has sido sensibilizado por el Espíritu; Él ha hecho un trabajo en tu interior, Él ha regenerado tu alma, y ahora la sensibilidad de Dios, del Dios que mora en ti, poco a poco comenzará a crecer y se comenzará a manifestar en las necesidades de aquellos que están en situaciones de precariedad. Santiago no hermano, yo sé que yo dudo de la conversión de fe sin obras. Eso es lo que Santiago está diciendo. Santiago no está diciendo que tú para salvarte necesitas obras; él está cuestionando la existencia de fe aislada, desprovista de obras, porque él dice: "No, hermano, el Espíritu de Dios que vive en ti te da la sensibilidad precisamente para que lo puedas representar bien".

John Wesley lo decía de esta manera: "Si vamos a sentir por los pobres en necesidad, vamos a tener que sentir en nuestros bolsillos".

Eso es una realidad, y en la historia de la iglesia en general —no queremos generalizar— pero la gran mayoría de las iglesias han enfatizado una cosa o la otra. Cristo no hizo eso. Cristo llenó las necesidades en el contexto de la predicación de la Palabra. Ciertamente, Él no fue a llenar necesidades físicas nada más; eso de nada nos sirve. Pero en el contexto de la predicación, de la evangelización, Él fue movido continuamente a compasión por la condición de las masas.

El día que los mandó a sentar para darles pan, que ya era tarde y los discípulos querían despacharlos, el texto dice que Cristo les dijo: "No, las multitudes, la gente tiene tres días conmigo." Y Él tuvo compasión de ellas y las mandó a sentar porque las vio como ovejas sin pastor. Las vio cansadas, las vio hambrientas, y fue como movido en su interior a hacer algo. De eso se trata esta bienaventuranza. Esa fue la introducción; el sermón comienza de aquí en adelante.

Veamos tres cosas acerca de la misericordia: la esencia de la misericordia, los escollos u obstáculos de la misericordia, y el estímulo de la misericordia. Son tres "es". La primera es la esencia, la segunda es los escollos u obstáculos, y la tercera es el estímulo. ¿De qué consiste la misericordia? ¿De qué está hecha? ¿Cómo luce? ¿Qué es? ¿Cómo se expresa? ¿Cómo se manifiesta? ¿Cómo le llega a la gente? ¿Cómo la siente el misericordioso?

El puritano Thomas Watson describe la misericordia de esta manera: "Es una disposición derretidora que considera rápidamente las miserias o dificultades de otros, estando presto en todo momento para hacerse instrumento de su bien." ¿Oíste esa combinación de palabras, de ideas? Es una disposición derretidora. Es algo que derrite la gruesa del corazón, consume nuestras impurezas en el interior, que me hace a mí dispuesto a llenar las necesidades de los otros. La siento, pero al mismo tiempo y de manera pronta, yo quiero ser el instrumento de hacer ese bien. ¡Wow! ¡Qué lejos estamos tú y yo! ¿Te das cuenta de qué es lo que Dios está buscando?

La palabra en el griego es "eleéo", por lo menos la que aparece en la bienaventuranza, y los estudiosos nos dicen que es una palabra muy fuerte, porque es una palabra que habla de una emoción que mueve a la acción. Hay dos palabras similares que son usadas en el griego, pero no son tan fuertes como esta, porque esta no solamente habla de la emoción, sino que es una emoción que te mueve a la acción.

Y esa misericordia encuentra su aplicación no solamente a la hora de predicar y tratar de ponerle el dedo a la llaga espiritual del individuo, no solamente a la hora de llenar una necesidad física, sino a la hora de perdonar, de sufrir injurias, de sufrir por el otro. Escucha lo que John Blanchard dice en su libro acerca de la bienaventuranza: "La misericordia no insiste en los derechos que tiene, sino que más bien está preparada para renunciar a ellos para el beneficio de un bien mayor en el otro."

Y él agrega: "La misericordia no demanda todo lo que se le debe legalmente." En otras palabras, la misericordia no está buscando que le paguen sus derechos —"esto me pertenece", "este es mi derecho"—. No, lo que se le debe legalmente no necesariamente lo anda buscando que se lo paguen, sino que está dispuesta a hacer concesiones sobre la base del amor y la preocupación por el otro.

El texto continúa: "La misericordia no busca la venganza cuando es criticada. La misericordia tiene oídos defectuosos cuando los rumores circulan, y rehúsa unirse a la condenación sin causa." Tiene oídos defectuosos cuando comienza a oír cosas circulando. Spurgeon lo decía todavía de una mejor manera: "Mi ojo ciego es el mejor ojo que tengo, y mi oído sordo, el mejor oído que tengo." En otras palabras, yo sé, yo veo, yo oigo, yo escucho de cosas, y prefiero hacerme el no vidente y el no oyente para perdonarlas y dejarlas pasar por alto. ¿Sabes la misericordia? Se acuerdan en un texto anterior cómo leíamos de Cristo: "Echen cuidado con lo que oyen." No estén preparados para oírlo todo.

La misericordia es una prima hermana de la gracia, pero no son la misma cosa. Es bueno diferenciar eso para que entendamos cuál es su base. Los ángeles de Dios nunca han experimentado misericordia. Nunca. Ellos no han estado en necesidad. La misericordia presupone un estado de necesidad en el otro: física, espiritual. Entonces, los ángeles de Dios nunca han estado hambrientos, sedientos, desamparados, en pecado; ellos no han experimentado misericordia. Ellos han experimentado gracia. La gracia tiene que ver con ausencia de méritos. La misericordia tiene que ver con carencias en mí, deficiencias, dificultades, miserias —de ahí la palabra misericordia, eso si ustedes quieren.

Entonces, los ángeles de Dios han experimentado la gracia de Dios porque han recibido un cielo, han recibido una existencia a su lado que ellos no merecen, no se la han ganado. Esa es Su gracia. Pero tú y yo hemos sido receptores tanto de misericordia como de gracia. Porque Dios nos ha perdonado, nos ha evitado ir al infierno. Si Dios en el día de hoy evitara que yo fuera al infierno, pero Él podía dejarme en la tierra y podía darme vida a tenerla incluso en la tierra aquí como estamos, en estas condiciones, eso hubiese sido misericordia: me evitó el infierno. Pero por la gracia, que es una medida extra ahora, Él no me deja en la tierra tampoco, sino que me lleva al cielo a Su presencia, de una manera que yo no me he ganado, sin yo poder acumular méritos.

La misericordia actúa en el plano de la necesidad. Y la misericordia comienza por ponerse en los zapatos del otro, en la piel del otro. Trata de experimentar: "¡Wow! ¿Cómo yo me sentiría si estuviera así, con esa hambre que tiene ese niño en este momento? ¿Cómo yo me sentiría si yo fuera esa mujer abusada? ¿Cómo yo me sentiría si mi papá y mi mamá, desde los seis años, se están separando?" Trata de entender el dolor del otro. Y en la medida en que nos vamos pareciendo a Dios, lo hacemos siendo cada vez de manera más natural. Esa es la naturaleza de la misericordia, su esencia: cómo luce, cómo se siente, qué logra, qué busca. Se supone entonces que en la medida en que Dios esté trabajando en mí, las misericordias de Dios que son nuevas cada mañana debieran comenzar no solamente a aparecer en mi vida personal, sino que debieran ir influyendo hacia la vida de los demás.

Número dos: los obstáculos o los escollos de esa misericordia. Pensemos un momento. Si nosotros hemos sido receptores de misericordia y lo sabemos, lo decimos, lo cantamos, lo proclamamos, ¿qué ocurre que no se nos hace tan fácil actuar misericordiosamente? ¿Cuáles son los escollos, los obstáculos, los impedimentos? ¿Qué es lo que suprime esas cosas? ¿Qué es lo que hace que tú y yo nos comportemos más, muchas veces, como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano?

Recuerden la historia: un hombre viene de Jerusalén camino a Jericó, es asaltado, es herido, y es dejado en el camino. Pero la parábola —déjame devolver un momentito, por favor— la parábola es dicha por Cristo en respuesta a una pregunta que le acaban de hacer. Uno de los expertos de la ley vino donde Cristo y dice: "Maestro, ¿qué yo tengo que hacer para tener la vida eterna?" "Bueno, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza, y a tu prójimo como a ti mismo." Y él dice: "¿Quién es mi prójimo?" Cristo quería mostrarle que él sabía quién era su prójimo.

Entonces le contó una historia. Le cuenta la historia del hombre que salió de Jerusalén para Jericó, es herido, está en el camino, y llega un sacerdote, lo ve, y sigue. Luego viene un levita por el mismo camino, lo ve, y sigue. Estos dos hombres que pasaron de largo eran judíos. El que venía de Jerusalén a Jericó era judío porque venía de Jerusalén. Pero ahora viene un samaritano —que siempre tenía animosidad y aversión a los judíos, y viceversa— y ve al judío, se detiene, es movido a compasión, le sana sus heridas, lo monta en su caballo quizás, se lo lleva, lo lleva a un lugar donde lo puedan cuidar, le paga para que lo cuiden y dice: "Si es más de eso, yo te pago cuando yo regrese."

Ahora la gran pregunta. Cristo, que le encantaba responder preguntas con preguntas, le dice al experto en la ley: "Ahora tú dime, ¿quién fue el prójimo en esa historia?" "Bueno, el samaritano que lo cuidó." "Ven, tú sabías quién era el prójimo. Yo solamente quería saber si te gustaba y estabas dispuesto a confesarlo. Tú ves que tú sabías quién era el prójimo."

¿Qué hace que tú y yo nos comportemos más como el levita y como el sacerdote muchas veces, y no como el samaritano? Pensemos de eso un poquito. Recuerda lo que este hombre hizo: él vio, se paró, vio, sintió, y luego actuó. Si recuerdas esas tres acciones, se nos va a hacer más fácil distinguir o discernir qué impide que la misericordia en nosotros pueda fluir de manera natural.

Yo tengo que ver. Entonces, la primera sombrilla de cosas que me impide a mí ser misericordioso es falta de visión. Y luego yo tengo que sentir. La segunda sombrilla de cosas que impide que yo sea misericordioso es falta de sensibilidad. Y si esas cosas están ausentes, yo no voy a actuar.

La pregunta entonces que tengo que hacerme es: ¿qué obstaculiza mi visión? ¿Cuáles son algunas de esas cosas que le ponen algo, un obstáculo a mis ojos delante, que me impiden ver las necesidades de los demás? Bueno, hay varias cosas que pudiéramos mencionar. La primera, con la que cada uno de nosotros nace, es el egocentrismo. Caminamos en la vida usualmente así, mirando hacia adentro, hacia nosotros, mis necesidades. Para dar, calculo primero si tengo suficiente para el resto del mes; no pienso tanto en que esta otra persona lleva cinco años sin tener. No, no, primero mi necesidad. Entonces, esa forma egocéntrica que Cristo tiene que venir a sanar hace que yo no quiera involucrarme mucho en la vida de los demás.

Una observación que alguien me hizo hace poco, quizás hace un año, año y medio, decía: "¿Ya se ha fijado en nosotros los dominicanos? Nosotros nos abrazamos mucho." "No, siervo, varón, hermano, ¿cómo está?" "Bien, bien, en victoria." "¿Tú sabes algo del siervo?" "No, porque él es muy reservado." Tenemos muchos abrazos, tenemos muchos besos, pero no hay mucha gente que sabe mucha cosa de mucha gente. ¿Se está de acuerdo conmigo o en mi mundo nada más? La interioridad es mía, y de los demás muy poca gente la sabe, porque nosotros no tenemos intimidad ni relaciones íntimas.

¿Y sabe qué pasa? En el fondo sabemos por qué nos gusta. Ojos que no ven, corazón que no siente. Mejor no sé, mejor no me entero, mejor no me involucro. Eso puede ser cierto, pero esa no es la verdad cristiana. Si no sé, no tengo que sentir pena. Si no sé, no tengo que sentirme cargado o culpable de no haber llenado esa necesidad. Si no conozco, no tengo que sentirme responsable de llenar esa necesidad. Entonces es una forma más ligera de vivir, menos angustiada, pero menos cristiana.

Cristo nos quiere involucrados, nos quiere íntimos, nos quiere relacionados. Sí, tendrá un costo, tendrá un dolor, tendrá un sacrificio. De eso es que trata la cruz: de que hay un costo, de que hay un sacrificio, de que hay una causa por la cual vale la pena pasar por todo eso. Aislado, siendo una isla, no estoy representando bien la vida cristiana. Entonces ese aislamiento, ese egocentrismo, otra vez empaña mi visión.

¿Qué más? Bueno, a veces estamos tan inseguros, tenemos tanta herida, estamos tan resentidos, tenemos tantos complejos, que yo no puedo estar pendiente de la necesidad de los otros. Yo en mi momento voy ahogándome. Es muy difícil que usted vea, si no es imposible, en alta mar a uno que se está ahogando tratando de salvar a otro que se está ahogando. Entonces cada cosa que se dice, se hace, lo mido por mí: si me hiere, si me conviene, si es mi preferencia, si es mi expectativa, si son mis sueños, si son mis anhelos. Es básicamente un estado de sobrevivencia. Yo creo que mucha gente vive sobreviviendo.

Yo trataba de ilustrarlo esta mañana de esta forma. Imagínate que tú entras en un crucero de quinientas personas, y desde que tú entras, en información e instrucciones de seguridad, se te dice que el barco está equipado con salvavidas, pero que son trescientos salvavidas para quinientos pasajeros. Y resulta que hay un accidente en alta mar, y el barco comienza a hundirse. Todo el mundo se tira al agua, y hay personas arriba tirando los salvavidas, pero usted sabe que aquí en el agua vemos quinientos y nada más hay trescientos salvavidas. ¿Qué usted piensa que va a hacer cada individuo? Sálvese quien pueda. "Pero para qué me da a mí, o que se ahogue él." En el estado de sobrevivencia nos volvemos las personas más egoístas del mundo, porque la meta es sobrevivir. Y sabes qué, yo creo que hay una gran cantidad de la población humana que no están viviendo, están sobreviviendo. Y en esta situación, la vida abundante que Cristo compró no se puede ver. Desdice de su pago, porque no es una vida abundante, es una vida de sobrevivencia.

"Pastor, pero hay que tener toda su necesidad cubierta para no estar sobreviviendo." No, el apóstol Pablo no vivió sobreviviendo y vivió en necesidad. Como pobre, pero enriqueciendo a muchos. Entristecido, pero siempre gozoso. De manera que no, tú no necesitas, ya no necesitamos las necesidades cubiertas para nosotros poder realmente vivir. Lo que necesitamos es a Dios y nosotros agarrados de Él.

Otro grupo tiene dificultad en ver la necesidad de los demás porque está enfocado en el éxito, la fama, el nombre, lo que voy a acumular, lo que voy a lograr. Entonces es una visión de túnel, y en ese túnel solamente estoy yo y mis logros. Estoy sumamente enfocado, tan enfocado que la mamá me duele. Entonces ahí no puedo tampoco estar al tanto de las necesidades de los demás, y la misericordia no va a fluir de un hijo de Dios, no va a fluir, porque yo no veo. Y si no veo, no puedo llenar nada porque no estoy ni siquiera viendo.

Nuestro orgullo sobredimensiona la importancia de mi vida y mis necesidades, y minimiza la importancia de las necesidades de los demás. Entonces mi necesidad siempre luce más grande, mis problemas siempre lucen más grandes, pero es que yo tengo una sobredimensión de mis problemas. Si yo no puedo ver, yo no puedo sentir el dolor del otro. Si no lo puedo sentir, no puedo ir en su ayuda. Entonces ahora comienzo a ver que no solamente la visión es necesaria, sino que la sensibilidad es necesaria.

Bueno, pero ¿qué pasa cuando nosotros en la IBI —no vamos a hablar nada más de nosotros— sabemos, hemos visto las necesidades, pero no tenemos la sensibilidad? ¿Qué pasa? ¿Qué nos ha quitado la sensibilidad? ¿Qué ha endurecido el corazón? Bueno, hay diferentes cosas de nuevo, pero una de esas es la presencia de heridas del pasado que nos resienten. Y como protección, lo hacemos todo consciente o inconscientemente; como protección nos amurallamos. Soy menos sensible. A veces hemos dicho: "La próxima vez no me pasa." ¿Usted no ha dicho eso? ¿Soy solamente yo, que se ha dado corrido cosas para yo ir y confesarme con ustedes?

Cristo no anduvo así. A Cristo le pasó una vez y le volvió a pasar. Y sabes qué, le sigue pasando con cada uno de nosotros. Ayer le pasó con uno de nosotros de una manera, y hoy le está pasando otra vez de esa misma manera con la misma persona. Esa es la razón por la que Cristo dice... "Señor, ¿cuántas veces yo debo perdonar a mi hermano?" Los fariseos decían tres. "Es mucho." Es un Pedro. "Si los fariseos piensan tres, yo me la voy a comer ahora: siete." "No, Pedro, siete no. Setenta veces siete." Yo no me lo sobo de Pedro en ese momento. En otras palabras, todas las veces que ocurra. "Pero, ¿por qué, Señor?" "Porque en la cruz yo pagué por todas las veces que van a ocurrir. Y tú no lo puedes hacer, pagarlas una vez, y yo lo pagué." Es la razón de las setenta veces siete.

La otra razón por la que nuestro corazón se endurece es pecado. ¿Y cómo lo hace el pecado? Bueno, el pecado te aleja de Dios. Y no hay nada para hacerte más parecido a Dios que acercarte, y no hay nada para alejarte más de la imagen de Dios que alejarte. Ya no te pareces a Él. Ustedes me han oído decir de forma seria y jocosa: el que anda con cojo, al año cojea, y el que anda con Dios, al año Dios es. Ahora usted se parece a Dios.

Esto debe ser más fácil, más natural de lo que tú y yo estamos acostumbrados a creer. Este esfuerzo monumental de obras y obras y obras, y esfuerzo y sacrificio para lograr una cualidad de nosotros, no está produciendo. Si usted ha pasado por eso, usted sabe que no está produciendo nada. Es más sencillo: usted suba al monte con Dios, pasa cuarenta días con Él y baja con la cara transfigurada. Bueno, quizás mi cercanía no sea tan cercana como la de Moisés, pero usted se acerca a Dios y usted va a ser cambiado.

¿Usted ha visto cómo usted se para frente al sol y como que su cuerpo proyecta una sombra en el suelo? Cuando usted se acerca a Dios, la sombra de Dios lo arropa. Y de manera natural, Pablo le dice a los corintios: "Nosotros vamos siendo transformados de gloria en gloria como por el Señor, por el Espíritu." Somos transformados pasivamente; eso está en la voz pasiva en el lenguaje original. Vamos siendo transformados por el Señor. Yo no me puedo transformar a mí mismo.

¿Se recuerda las palabras de Cristo? Él dice: "Yo soy la vid y vosotros los pámpanos, ustedes las ramas." Imagínense que las ramas pudieran pensar y sentir. ¿Ustedes se imaginan una rama pegada del tronco diciendo: "¡Wow, qué trabajo da crecer! ¡Wow, qué trabajo da producir frutos!"? No, ¿qué ella tiene que hacer? Permanecer ahí. Eso es lo que Cristo dijo: "Permaneced en mí, yo en vosotros, y vosotros daréis frutos. Y separados de mí nada podéis hacer." Es sencillo: tienes que pegarte al tronco, tienes que vivir en el tronco, tienes que permanecer. Esa es la palabra. ¿Qué es eso? Y si no estoy, yo me voy endureciendo.

¿Cuáles son algunas de las señales y frases que han surgido de nosotros, que ponen en evidencia cuidado, que esto no es misericordia? "No, está bueno para que aprenda." Yo no me imagino a Cristo diciendo una cosa así. Yo le he dicho, pero a Cristo yo no me lo imagino. Además, porque eso no es misericordia. El Señor dice que Él, en todas sus aflicciones, Él también se afligió. El Señor dice en el Antiguo Testamento: "Yo no me complazco, no me alegro de la aflicción del impío." La aflicción del impío a mí me duele, incluso. Ese es nuestro Señor.

La otra cosa que impide que yo sienta —recuerda, yo tengo que ver, yo tengo que sentir; yo no puedo jamás sanar la herida que yo no siento— entonces ver, tengo que sentir. ¿Qué me impide sentir? Déjame decirte lo que Juan dice en Primera de Juan capítulo 3, los versículos 17 y 18. Ahí estuvimos hace varios meses, pero se nos olvidan las cosas: "Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad."

¿Qué es lo que Juan está diciendo? Juan está poniendo, al igual que Santiago de hecho serio, una interrogante sobre la validez de la fe que no es movida a la acción por la necesidad del otro. Santiago dice: "Enséñame tu fe; esa fe está muerta." Santiago la cuestiona. Juan la cuestiona de esta manera, dice: "¿Cómo puede morar el amor de Dios en esa persona que tiene bienes, ve a su hermano en necesidad, cierra su corazón contra él?" Cuando dice "el amor de Dios no puede morar," pero si el amor de Dios no mora en mí, tampoco mora Dios. Y si Dios no mora, pues no he sido regenerado. Yo no quiero decir que esto es una ecuación; yo simplemente quiero llamar la atención sobre el hecho de que Juan está cuestionando la validez de la fe, al igual que Santiago, cuando eso no se está produciendo.

Y por lo menos la misericordia nos permite ver en ocasiones la validez de mi fe o la salud de mi fe, porque quizá la tengo tan enferma. Entonces yo creo que la misericordia nos permite ver o la validez o la salud de nuestra fe. Y Cristo promete una bendición de una extra dosis, si usted quiere, de misericordia para aquellos que han aprendido a ser misericordiosos.

Finalmente, la motivación o el estímulo de la misericordia. Bueno, pudiéramos pensar rápidamente en el amor. Juan lo dice: si el amor de Dios está en ti, eso te va a mover. Pero también pudiéramos hablar del amor que siento por el otro. La verdad es que podemos hablar de dos amores: el amor que tengo por el otro o el amor de Dios que yo he experimentado. De esos dos es obvio cuál de los dos es el mejor estimulador o motivador: el amor de Dios, el amor de Cristo, que como decía Pablo nos constriñe, nos pega contra la espada y la pared y no me deja ninguna otra alternativa que no sea actuar en favor de la causa de Cristo.

Porque todavía mi amor es defectuoso, mi amor es imperfecto, mi amor es falible. Pero aun así de falible es mejor que no amor. Pero lo que necesito verdaderamente es una mayor dosis del amor de Dios, de manera que en ocasiones nos hace falta misericordia porque yo no estoy viviendo lo suficientemente cerca de Dios como para experimentar el amor abundante, sanador, providencial de Dios. De tal manera que al experimentarlo y ser llenado del amor de Dios, de mi copa rebose misericordia amorosa para aquellos que están a mi alrededor.

Y hermanos, sin ánimo de acusarles, muchas veces los padres no lo tienen ni siquiera hacia sus hijos. Usted lo sabe por la manera que le habla, por la manera que se irrita, por la manera que no le ama, por la manera que no pasa tiempo con él. Todo eso es parte de la misericordia; su hijo tiene necesidad y la misericordia es movida por la necesidad. O hacia nuestros esposos, por nuestra visión de túnel muchas veces. Pero algo que yo sé es que si queremos representar bien a nuestro Dios, tenemos la necesidad de desarrollar un corazón misericordioso.

A nuestro Dios le han dado una mala reputación en el Antiguo Testamento: el Dios rígido, el Dios sobrio, el Dios de la disciplina. Y yo me pregunto en ocasiones cuál Biblia es que están leyendo. Si hay algo en que los hermanos y los mejores teólogos concuerdan en esto: si usted quiere conocer el carácter de Dios, búsquelo en el Antiguo Testamento, mucho mejor que en el Nuevo Testamento.

De todas las maneras posibles, déjenme hacer dos ejercicios rápidos contigo en esta mañana. Tú entras a tu Biblia electrónica, una Biblia de las Américas, puedes usar la que usted quiera, pero en este caso le voy a hacer la de las Américas. Pones la palabra compasión: 81 veces. ¿Cuántas veces en el Antiguo Testamento de esas 81? 67. Entra la palabra misericordia. ¿Cuántas veces en la misma traducción de las Américas? 287 veces. ¿Cuántas veces en el Antiguo? ¿Cuántas veces en el Nuevo? El Antiguo: 224 de 287.

Hay un énfasis continuo en el Antiguo Testamento, de parte de Dios, de defender al pobre, a la viuda, al débil, al indefenso, al extranjero. Una y otra vez ciudades de refugio que tenían la particularidad, entre otras cosas, de servirle de refugio al extranjero. Oye, Dios en el Salmo 82 versículos 3 y 4: "Defended al débil y al huérfano, haced justicia al afligido y al menesteroso, rescatad al débil y al necesitado, libradlos de la mano de los impíos." Amós, el profeta de la justicia social, Antiguo Testamento.

Si usted quiere conocer el carácter de Dios, sumérjase en el Antiguo Testamento y usted verá cómo el carácter benevolente, amoroso, cuidador de nuestro Dios sale a relucir. Toda la historia de Oseas tiene que ver con la misericordia perdonadora de Dios. Bueno, hay otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Escucha Miqueas, eso es Antiguo Testamento, escúchelo. Miqueas 6:8: "Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios." Antiguo Testamento. Dios diciendo: "¡Oye, te voy a reducir mis requerimientos a tres cosas! Practica la justicia, ama la misericordia y camina humildemente conmigo." Si tú logras eso, tu vida evidencia que eres hijo mío. Antiguo Testamento.

De manera que si tú y yo queremos, si IBI quiere ser una iglesia que verdaderamente represente la imagen de Dios, el carácter de Dios adecuadamente, tú y yo vamos a tener que seguir respondiendo a este Sermón del Monte de una mejor manera cada vez, cada vez, cada vez, cada vez.

Si yo dije en el primero o segundo mensaje de esta serie que estaba convencido en oración de que Dios tenía grandes bendiciones en el futuro mediano plazo para la IBI, pero que igualmente estaba convencido que gran parte de esas bendiciones iban a depender de la respuesta de IBI a esta serie. Porque es una serie que nos va a confrontar con cosas del día a día; es una teología que está aquí arriba y la están bajando en este mensaje. Cristo la está bajando a mi diario vivir. Y me está diciendo: "Esto es como yo quiero que mis hijos luzcan. Esto es como yo quiero que mis iglesias luzcan. Esto es lo que yo quiero, este es el testimonio que yo quiero que los perdidos tengan de IBI cuando estén allá al lado de Dios."

Esa es esa respuesta. Yo no sé si tú quieres tener esta imagen, pero yo estoy "dying", como dice en inglés, por esa imagen. Loco por tener personalmente y como iglesia la imagen de este mensaje. No de este domingo, de esta serie. Que Dios nos siga moldeando porque está en eso, les me acordé. Nos moldea con manos de gracia, nos aceita, nos pone su bálsamo encima, al moldearnos y darnos forma. Tiene la paciencia con nosotros una y otra vez. Y trata hoy y trata mañana.

¿Esto de quién aplica? Tú y yo tenemos que tratar con el hermano hoy y mañana y pasado y el próximo mes y el próximo año. ¿Pero para qué? Para honrar esa cruz donde los pecados del hermano de mañana, de pasado, del año que viene, del 2015, del 25, ya fueron pagados. Que yo pueda verlo en mis ojos continuamente: sí, eso está mal, pero está pago.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.