La felicidad que Cristo ofrece en las bienaventuranzas tiene un precio que muchos no están dispuestos a pagar. Es como cuando vemos algo atractivo en exhibición y preguntamos el costo: al escuchar la respuesta, decimos "gracias" y seguimos caminando. Queremos las ofertas de Dios hasta que entendemos lo que cuestan. A Judas no le gustó el precio y traicionó a Jesús; a Pedro no le gustó y lo negó; a nosotros no nos gusta y lo ignoramos.
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia" no habla de un deseo tibio o parcial. La forma en que está escrito en el original indica que estos no quieren una porción de la santidad de Dios, sino toda. Es como los ñus del Serengueti que recorren tres mil kilómetros buscando agua y alimento: una pasión que arrastra, que no deja tranquilo. David lo expresó así: "Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, cual tierra seca y árida donde no hay agua."
Esta gente vive una paradoja: están satisfechos porque Dios los llena, pero precisamente porque han probado de Él, quieren más. Como Moisés, que hablaba con Dios cara a cara y aun así pedía: "Muéstrame tu rostro." El problema es que vivimos merendando cosas contaminadas que nos quitan el apetito por el banquete verdadero. Lo que alimenta la carne empobrece el apetito por Dios. Cuando llegamos a su mesa sin hambre, es porque hemos estado llenándonos de otra cosa.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Vamos a comenzar una vez más en Mateo 4:23 hasta 5:6, el Evangelio de Mateo!
Y Jesús iba por toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se extendió su fama por toda Siria, y traían a él todos los que estaban enfermos, afectados con diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los sanaba. Le siguieron grandes multitudes de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.
Y cuando vio las multitudes, subió al monte, y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a él. Y abriendo su boca, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados. Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra". Y aquí viene: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados".
Padre, gracias una vez más por tu satisfará. Como te decíamos, aquí está tu siervo, justificado por tu sangre, pero que carece de la santidad que tú posees. Pero él necesita hablar de una santidad que tiene que ver contigo y no con él, de manera que una vez más yo quiero pedirte que tú lo tomes en tus manos. Úsame de micrófono, pero que sea tu voz y tu revelación vibrando en la mente y en el corazón de cada uno de nosotros. Amén, amén.
Bueno, yo creo que cuando usted lee este pasaje a partir de Mateo 4:23 y lo lee varias veces, como hemos venido haciendo —y nos quedan tres o cuatro veces más por leerlo todavía—, tú comienzas a apreciar cosas que cuando lo haces una sola vez te pasan por alto. Y yo no sé cuántos de nosotros al leer esto nos percatamos de la intensidad de este ministerio que Jesús estaba llevando a cabo. Jesús iba caminando, enseñando por todas partes, y ahora aquellos que habían escuchado de él quieren volver a donde él está. De manera que en esta ocasión hay no algunas personas, sino multitudes de personas, miles de personas que estaban viniendo tras su enseñanza. Y venían de todas partes: de Siria, venían de Decápolis, de Jerusalén, de Judea, del otro lado del Jordán, en un tiempo donde no había ninguna otra transportación que no fuera caballos y camellos.
Y entonces ahora tú tienes una gran multitud conglomerada a los pies de Cristo. Y la realidad es que estas multitudes nunca impresionaron al Señor, porque él nunca estuvo detrás de popularidad, pero ellas siempre movieron su corazón. No es lo mismo dejarse impresionar por las multitudes que ser movido en tu corazón por la necesidad de estas multitudes. Y en esta ocasión, una vez más él es movido, él se levanta en el monte entonces para tratar de llenar el hambre más fuerte, más potente si quisiéramos, que la raza humana pueda experimentar, y no es estomacal sino espiritual. Él está a punto de hacer eso.
Y él comienza a enseñarles a estos hombres, a estas mujeres, a estos jóvenes que estaban allí. Y comienza a señalarles cuál era el camino de la felicidad. Recuerda que habíamos dicho en más de una ocasión que la palabra "makarios" significa literalmente ser feliz, contento, satisfecho, bendecido. De manera que ahora, ocho veces Cristo les está diciendo bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados. De ocho formas diferentes él está señalando cuál es el camino de la felicidad que ellos están buscando, una felicidad que lamentablemente para muchos es elusiva, aún muchas veces para el hijo de Dios.
Y a veces no la encontramos porque en realidad tenemos un concepto errado de lo que es esa felicidad, y por tanto nos lanzamos en una dirección donde ella no está. En otras ocasiones nosotros no encontramos esa felicidad porque no la estamos buscando a la manera de Dios. En otras ocasiones no la encontramos porque no estamos dispuestos a pagar el precio. Y en otras ocasiones no la encontramos porque nosotros tenemos una especie de deseo interno que quisiera un poco, o quizás mucho, de la felicidad de Dios, pero quisiéramos algo de la felicidad del mundo. En otras palabras: claro que yo quiero mi alma feliz, y de hecho lo quiero en primer lugar, pero no sin mi carne, por Dios. Y eso es lo que nos dificulta entonces encontrar la felicidad y la bienaventuranza de la cual Cristo les estaba hablando en esta ocasión.
Yo creo que si al comienzo de este mensaje Cristo hubiese hecho una pregunta: "¿Cuántos de los que están aquí quisieran ser felices?", yo creo que todo el mundo hubiese levantado la mano. Yo no conozco a nadie que realmente en su sano juicio pueda decir: "Realmente a mí me gustaría ser infeliz". Yo creo que en todo corazón humano hay un deseo genuino, intenso, profundo de ser feliz, y Cristo quiere hablarle a ese deseo.
Igualmente estoy convencido que si el Señor hubiese dicho: "Ahora, en la medida en que dejen sus manos arriba, y en la medida en que yo voy hablando, aquellos que están aquí que están dispuestos a continuar en la dirección en que yo les estoy hablando, por favor dejen sus manos arriba", yo creo que con cada bienaventuranza un grupo de manos hubiese ido abajo, y al final yo no sé cuántas hubiesen quedado arriba. Y la razón es que muchas veces nosotros queremos la oferta, lo que se ofrece, hasta que nos dicen cuál es el precio.
Y vemos algo que está siendo exhibido en exhibición y decimos: "¡Wow! ¿Qué precioso está eso! ¿Cuánto cuesta?" "Ah... ok, gracias". "Pero venga, señora..." "No, no, gracias, gracias". "Pero venga, señor..." Entonces a veces nos convencen y nos detenemos y lo vemos de nuevo: "No, es que está muy caro". Y entonces comenzamos a regatear a ver si por casualidad pudiéramos conseguirlo. Y hacemos eso con Dios. Dios tiene ofertas, están en su Palabra, en cada página de la Biblia: enormes ofertas. Y nos atraen, son atractivas, son extraordinarias, e incluso nos proponemos comprarlas, hasta que realmente entendemos el precio y decimos: "Realmente no, no hay que ser tan radical así. Yo creo que fulana es una mujer de Dios, pero... pero en realidad no hay que ser así. Yo quiero lo que ella tiene, pero no de esa manera".
El problema con Dios es que Dios no es dominicano: él no rebaja los precios. Dios toda la vida ha tenido un precio, él no tiene especiales, no ofrece dos por uno nunca. Es un solo precio, y usted lo compra o lo deja. Y con la bienaventuranza, la oferta es extraordinaria —nadie puede tener mejor oferta que esta—, pero el precio es alto. Cuando a Judas no le gustó el precio, él traicionó al Mesías. Cuando a Pedro no le gustó el precio, él lo negó. Y cuando a nosotros no nos gusta el precio, lo ignoramos, o ignoramos su Palabra. No estamos muy lejos de Pedro; es más, no estamos tan lejos de Judas tampoco.
En la primera bienaventuranza, Cristo nos habló —hemos estado hablando de eso— acerca de la necesidad de ser pobre de espíritu, y cómo eso implicaba el verte en bancarrota espiritual. Y entonces esos poseerían el cielo: de ellos es el Reino de los cielos. En la segunda bienaventuranza hablamos de cómo, entonces, una vez tú entiendes tu bancarrota espiritual, eso te mueve al llanto. Tu llanto es la evidencia de que has entendido tu bancarrota, y aquellos que lloran por su pecado, ellos serían consolados. En la tercera bienaventuranza nosotros vimos cómo ese hombre que se ha contemplado en bancarrota, que sabe ahora lo que es, que está sollozando por su pecado, dice: "Realmente yo no soy gran cosa". Y eso le hace poner su orgullo a un lado, y ahora él es una persona humilde. Y ellos heredarán la tierra; ellos son los herederos de la tierra.
Pero ahora, en esta cuarta bienaventuranza, el Señor nos dice que aquellos que tienen hambre y sed de justicia, ellos serán saciados. Yo quiero entonces, con esa idea, que veamos tres cosas: la explicación de esta hambre y de esta justicia, las expresiones de esta justicia, y al final que veamos qué es lo que elimina o empobrece esa hambre y sed de justicia. Son tres "E": la explicación, las expresiones, y finalmente qué elimina o empobrece esta hambre.
La palabra traducida aquí como "justicia" lamentablemente viene de la Vulgata, que tiene "iustitia", y por eso nosotros no tenemos una buena idea a veces en español de lo que nos están diciendo. Pero en inglés, donde se puede entender mejor, la palabra es "righteousness". De manera que cuando hablamos del carácter de Dios, se habla de "righteousness of God". Eso hace alusión a la rectitud moral de Dios, a su santidad absoluta, a su perfección moral, a lo que él es en esencia en todo su ser.
Y de esa misma manera entonces, cuando se nos habla aquí de que bienaventurados, bendecidos son aquellos que tienen hambre y sed de justicia, está haciendo referencia a aquellos que tienen una pasión por ser puros, santos, rectos, justos, íntegros de corazón. Cristo dice: hay un gran premio para ellos, hay una gran bendición, una gran bienaventuranza para aquellos que tienen ese tipo de hambre.
Ahora, una vez más, si preguntamos: "¿Cuántos de nosotros creemos querer esa justicia, esa santidad, esa pureza?", yo creo que todas las manos se levantarían. Pero la realidad es... O si decimos incluso: "¿Cuántos de nosotros creemos que tenemos eso?", creo que muchos, o no sé si todos o la mayoría, se levantarían. Pero nuestras acciones nos niegan, nos dicen no. Porque la realidad es que muchas veces no mostramos en nuestras acciones ese deseo pasional de ser como Dios es.
A la luz de lo que este sermón tiene que decirnos, y el resto del Nuevo Testamento tiene que decirnos, también entendemos que estos que tienen hambre y sed de esa justicia no solamente la tienen en sus vidas y para sus vidas. Ellos tienen un deseo de ver esa rectitud moral que caracteriza a Dios brillar en su familia, en su entorno y en toda la nación. Yo tengo una pasión por lo que Dios tiene pasión. Dios ha dicho que Él quiere hacer que su gloria brille sobre toda la tierra, y no hay manera de hacer que su gloria brille sobre toda la tierra hasta que su santidad, su rectitud moral y su justicia puedan ser vistas sobre las naciones.
De manera que este es el hombre que, como David, dice: "Señor, mis ojos son como dos fuentes de lágrimas porque ellos violan tu ley." Ese es el hombre que no vive en una ciudad donde están a punto de pasar una ley sobre el aborto y se queda callado. Él entiende un hambre y sed por la justicia de Dios, por la santidad de Dios, la rectitud moral, por la ley santa de Dios que brillen a su alrededor. Él no escucha que están a punto de pasar una ley en favor de la homosexualidad y se queda con los brazos cruzados, porque la misma sed interna, la sed que él tiene, el hambre que tiene desde adentro hacia afuera, eso es lo que explica por qué Cristo dijo lo que dijo. Porque Cristo no dijo: "Vosotros sois simplemente la sal y la luz de sus familias o de sus iglesias." No, no, no. "Vosotros sois la sal y la luz del mundo en el que yo he puesto sus familias y sus iglesias." Y eso es algo que consume a este hijo de Dios todo el tiempo. Él es un Nehemías, él es un Amós, el profeta de la justicia social, y es algo que lo mueve.
Es interesante que cuando Dios quiso explicar estas cosas, Él usó dos de las manifestaciones, dos de las necesidades que mueven al hombre más frecuentemente y más fuertemente. Cristo aquí no está hablando del deseo que alguien tiene cuando está buscando un parqueo y bueno, no lo encuentra: "Ahí me voy." Yo he estado ahí, yo he ido a comprar, por ejemplo, a ciertos lugares tratando de encontrar un parqueo, y como ni tanto huele la flor, yo me voy. Cristo no está hablando de ese tipo de anhelo. Él está hablando de otra cosa que mueve tu vida continuamente y que no te deja tranquilo.
Déjame ver si lo puedo ilustrar. No sé cuántos de ustedes conocen lo que es un animal en África que se conoce en español como ñu. En inglés es wildebeest. Es una especie como de venado, un poco más rústico, un poco más fuerte. Todos los años, esos animales, millón y medio de ellos, viajan a lo largo del Serengeti en África, tres mil kilómetros de distancia, corriendo. No sé si ustedes han visto los videos, en busca de agua y de alimento sobre el cual estar viviendo, acompañados de doscientas mil cebras. Todos los años, y al final de eso, de regreso, tres mil kilómetros más de regreso. Esa pasión, esa hambre, esa sed que mueve a estos individuos, esas son las imágenes que Cristo está tratando de comunicarnos: que el hombre debe tener en su interior, en su alma, por lo que Él es, su santidad, su rectitud moral, la integridad de corazón.
La bienaventuranza pronunciada sobre aquellos que tienen algo de esa naturaleza, de esa magnitud, de esa fuerza, de esa intensidad. De esos el Señor nos está hablando, y esos tienen promesas de parte de Dios. Si tú quieres escuchar cómo suena, cómo ora, cómo habla un hombre que tiene esto, veamos la verdad, un verso que ya se leyó en esta mañana, pero déjame volverlo a leer porque quizás no te percataste de la fuerza. Ora David, Salmos 63:1: "Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, cual tierra seca y árida donde no hay agua." Mi alma, mi carne te anhela. Este es un hombre que no se ve dividido entre el alma y la carne. No, no. Él ha llevado su carne, en este momento por lo menos de su vida, aun su carne ha deseado a ese Dios como una tierra que está seca donde no ha llovido, que necesita de agua. Y de esa misma manera, así yo deseo de ti, Dios.
Escucha este otro salmo, un solo verso, Salmos 84:2, escrito por los hijos de Coré: "Anhelaba mi alma y aun deseaba con ansias los atrios del Señor; mi corazón y mi carne cantan con gozo al Dios vivo." Mi corazón y mi carne, ambas cosas, Dios, se deleitan en ti. Este es el hombre que tiene esa búsqueda continua, pasional, que no termina, que no se siente complacido. De eso Cristo nos está hablando: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán satisfechos."
Ahora, déjame explicar algo del original que los lingüistas nos ayudan a entender. No entro en los detalles porque se convierte en algo muy técnico, pero yo creo que lo puedo explicar de una manera que lo puedas ver. Aparentemente en el griego estas cosas deben expresarse normalmente, el hambre y la sed, de una manera que transmite esta idea: llego a mi casa y digo yo tengo hambre de pan. Pero el tiempo verbal, la forma como he dicho, implica que yo tengo hambre por un poco del pan, una porción del pan que está sobre la mesa, no expresando que yo quiero todo el pan. O con el agua por igual, si yo digo tengo sed y quisiera agua, eso es dicho de una manera que implica: yo quiero del agua que nosotros tenemos, pero no es mi intención decir o comunicar que yo quiero toda el agua.
Bueno, la forma como esto está escrito, dicen ellos, es el tiempo verbal acusativo donde implica, en estas dos acciones de beber y comer, que esta gente que está sedienta y hambrienta de justicia no quiere una porción de la justicia, una porción de la piedad o de la santidad o de la rectitud moral. Ellos la quieren entera, por completo. No es un poco de la santidad de Dios; ellos quieren toda la santidad de Dios. No es un poco de su rectitud moral; ellos la quieren por completo. Ellos no quieren un sector, una sección de su vida que luzca santa. Ellos no quieren ser santos a la hora de orar, de cantar, de venir a la iglesia, de estudiar teología, y no a la hora de hacer negocios, pagar impuestos y hacer transacciones. Ellos no quieren, no es de esa manera, no es de la manera que se lee aquí. Eso es parcializar la santidad. Ellos quieren toda la porción. Cristo dice: "Bienaventurados ellos, ellos serán saciados."
La pregunta es: ¿quiénes anhelan así? ¿Quiénes son? No los que anhelan sus beneficios. La promesa aquí no es para aquellos que quieren, que sienten, que solo quieren la compañía de Dios, aunque Dios quiere dar eso, pero eso no es la manera como esto está escrito, por lo menos. La promesa en este sentido aquí no es para aquellos que están en necesidad y ahora quieren que Dios les provea, aunque Dios quiere proveerte, pero no está escrita esta promesa de esa manera. La promesa no es para aquellos que están heridos y quieren que Dios les sane, aunque como los leprosos que querían ser sanados y luego desaparecieron. No, no. Esta gente está expresando algo que lleva mucho más allá.
Esto es la gente como Moisés. Moisés es un buen ejemplo de lo que Cristo está hablando en esta ocasión. Moisés es el hombre que está hablando con Dios cara a cara, como Dios nunca lo ha hecho con ningún otro profeta. Casi todos los días hablaba con Dios, y Moisés le dice a Dios: "Pero yo quiero más." ¿Y qué tú quieres, Moisés? "Muéstrame tu rostro. Yo no estoy satisfecho todavía." Es de eso que Cristo está hablando. Es de alguien que ha recibido de Dios y quiere más de Dios. Es alguien que está buscando todavía más de lo que Dios es.
John Blanchard, en su libro Las bienaventuranzas para hoy, The Beatitudes for Today, hace las siguientes preguntas. Dice: ¿Realmente estoy dispuesto a deshacerme de toda autocompasión? Pobre yo. ¿Estoy dispuesto a deshacerme de todo interés propio? Mi espacio, mi lugar, lo que tengo, mis derechos, mis opiniones. ¿A deshacerme de toda autoprotección? Ningún riesgo, eso no. ¿A deshacerme de toda autojustificación? Pero él, pero ella, fue por él, fue por ella. ¿De toda preocupación con lo mío y de toda autoafirmación o autovaloración?
Él hace la pregunta porque las respuestas a esas preguntas, que frecuentemente es: "Bueno sí, pero depende," son las que nos llevan a los hábitos pecaminosos que no nos permiten desarrollar la santidad absoluta que Dios quisiera formar en nosotros. Recuerda que no es simplemente bienaventurados los que tienen algo de hambre, sino aquellos que quisieran toda la porción de la santidad de Dios. Y eso es parte del problema. Si somos honestos, muchas veces queremos gran parte de la santidad que Dios quiere darnos, pero no necesariamente dejando a un lado completamente aquello que deleita, en lo que se complace mi carne.
Dios quiere llevarnos a donde David estaba, donde dice: "Mi alma y mi carne te anhelan cual tierra seca y árida donde no hay agua." "Como el ciervo brama por las aguas, así, oh Dios, clama, busca, corre mi alma detrás de ti," Salmo 42. Eso nos da una idea de qué es la explicación, de qué es el hambre y de qué es la justicia de que Cristo está hablando en este mensaje.
Veamos un poco ahora las expresiones de la justicia. Cuando la Palabra de Dios, cuando Cristo habla de que bienaventurado será este grupo de personas, no se está refiriendo a alguien o a un grupo de personas que una vez tuvo sed, estuvo hambriento por eso y que ya no lo tiene, o que lo tiene intermitentemente. Una vez más los lingüistas nos ayudan a entender un poco esto en el lenguaje original, porque nos dicen que esto está en el presente continuo, lo que implica que Dios está diciendo, Cristo hablando en esta ocasión, que bienaventurados son aquellos que continuamente tienen, día y noche, un hambre y sed por la santidad y la rectitud moral de Dios.
¿Cómo tenemos que hablar un poco acerca de las expresiones, cómo se traduce eso en una vida diaria? Tenemos que preguntarnos entonces, ¿qué le ocurre a esa gente? Bueno, algunas pinceladas: las tentaciones comienzan a perder su atractivo y las tentaciones más bien él o ella las repelen, las ven y dicen: "No, ya eso ya yo lo viví, ¿a qué yo voy a volver a eso?" Este es un hombre que ha aprendido a no coquetear con el pecado, porque como él tiene un hambre nueva, una sed nueva por una santidad que él antes no conocía, él sabe que coquetear con el pecado ya es pecado. No es como a veces pensamos, que podemos coquetear un poco con el pecado a ver si no llego a pecar. No, el querer coquetear con el pecado es desear algo que Dios odia, y ya eso es pecado.
De manera que cuando tú tienes esa hambre, eso es ser consumidor. Tú no quieres coquetear con el pecado porque sabes que el pecado representa... el coqueteo, déjame dejarlo ahí, el coqueteo representa coquetear con el príncipe del imperio del aire, y tú no quieres nada con ese señor. Tú quieres agradar y reflejar y buscar y correr tras el Rey del universo, que es Señor del príncipe del imperio del aire, que es tu Señor y nuestro Señor. Y de eso es que Cristo está hablando.
Ahora, escúchame, esta persona no es perfecta. Él o ella no es Dios. No es que él o ella nunca tiene pensamientos impuros; claro que los tienen, quizás diarios. Entonces, ¿cuál es la diferencia, pastor? No es en que los pensamientos impuros le lleguen o no le lleguen, porque él es un hombre caído o una mujer caída. Es que los pensamientos impuros, cuando le llegan, él no les da masaje, no los entretiene. A él le cargan, no, a ella le cargan. Si nadie lo sabe, le avergüenzan. Si nadie conocerlo, se siente sucio. Y cuando este es el hombre que un día grita y dice: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" No lo quiero, no quiero batallar continuamente en contra de sus pasiones y de sus deseos.
¿Qué no podemos olvidarnos, hermanos? Todos los deseos de la carne, de este lado de la gloria, aun los que nos parecen justos y apropiados, batallan contra mi alma. Gálatas 5:17. Si tú no sabes cómo eso es, ven y pregúntame, pero yo puedo decirte cómo luce en mi vida. Los deseos de la carne, aun los que lucen buenos y válidos, porque mi alma no tiene ningún deseo por lo que mi carne desea. Ella, absolutamente nada. Y te puedo explicar de múltiples maneras y colores cómo los deseos de la carne de este lado de la gloria batallan en contra de mi alma. No es por accidente que si quieres intensificar tu tiempo de oración nos mandan a ayunar, un deseo apropiado, justo y legítimo de la carne. Mi alma no necesita eso.
Mateo nos dice que a esta gente le ha obrado en ellos de tal manera que ya tienen un hambre ahora por todo lo que es de Dios, por todo lo que Dios representa, por todo lo que Dios es. Ellos quieren la imagen de Cristo formada en ellos. Les carga a veces no verse de esa manera, no verse como Cristo quiere que él o ella sea.
Ahora, esta gente vive una paradoja. Una paradoja, para aquellos de ustedes que quizás no lo entienden bien claro, es simplemente algo que en la superficie parece contrario, contradictorio, pero donde el análisis ulterior refleja que no hay ninguna contradicción. Esta gente vive una paradoja. ¿Cuál es la paradoja que ellos viven? Bueno, ellos tienen hambre y sed de justicia pasional, intensa, los arrastra, como hablamos, como arrastra la búsqueda del siervo, el hambre a la ñu a través de tres mil kilómetros de distancia. Ellos tienen eso.
Entonces, como tienen eso, Dios los ve, Dios se complace en ellos, Dios los llena. Y ahora, como Dios los llena, porque esa es la promesa, ellos serán saciados, Dios los llena. Como Dios los llena, ellos se sienten tan bien llenados por Dios que ahora, aun estando satisfechos, ellos quieren más de lo que Dios les ha dado. Ahí está la paradoja: que ellos están todavía con hambre, están todavía con sed, pero están satisfechos.
Es como Moisés. Yo no creo que Moisés vivía insatisfecho porque no tenía suficiente de Dios. Yo creo que Moisés vivía satisfecho, pero él tenía hambre y sed, porque como Dios es infinito, Dios puede por toda la infinidad continuar dándonos de lo que Él es, y nosotros todavía poder continuar deseando. Y esta gente está satisfecha y al mismo tiempo hambrienta y sedienta de más, porque ellos se sienten bien en la presencia de Dios.
Déjame pausar un momentito o hacer un paréntesis ahí para explicar algo. No es lo mismo estar vacío que estar insatisfecho, o estar hambriento, o sediento. El incrédulo está vacío. Él está vacío, quiere llenarse, pero tú le puedes dar todo el mundo que él desea. Él desea al mundo; tú lo tomas entero, es más, tú tomas tres mundos enteros, lo inviertes adentro de él, y él sigue vacío. Porque el hambre que él tiene y que él quisiera saciar es un hambre que solamente nuestro Dios la puede llenar. No lo sabe, él anda en otros caminos, él tiene otra búsqueda, él toca de otro entendimiento.
Es como el hijo pródigo. El hijo pródigo lo tenía todo: él tenía casa, él tenía protección, él tenía la presencia de su padre, él tenía la provisión, tenía comida, él tenía ropa, él tenía poder porque era el hijo del rey. Pero él estaba vacío. Entonces ahora él quiere llenarse. La manera como él propone llenarse es: "Padre, dame la porción de mi herencia. Yo me voy, yo la voy a administrar, y esta obra que yo tengo es porque mi herencia tú la estás administrando. Dame la mía, que yo la quiero, yo me voy a llenar." Y él se va y él consume toda su herencia con prostitutas, de manera que si él llegó allá vacío, ahora es cuando él está verdaderamente vacío.
Entonces, ¿qué ocurre un día? Él vuelve en sí y él descubre cuán pobre él es. Él descubre ahora que no solamente él es físicamente muy pobre, pero habiendo hecho lo que le hizo a su padre, lo que en esa cultura implicaba desearle la muerte (en el contexto hebreo, pedir tu herencia antes de la muerte de tu padre o madre era equivalente a desearle la muerte), habiendo dicho eso, habiendo hecho eso, él se percata de cuán pobre él es espiritualmente, y él decide regresar. Y regresa llorando porque él estaba arrepentido. Desde lejos, cuando él ve a su padre, corre y le dice: "Padre, yo he pecado contra el cielo y contra ti." Ese es su llanto por su dolor: "Yo he pecado." No es que "perdóname por gastar tu dinero." No, "yo he pecado contra el cielo y contra ti." Él está llorando su pecado.
Y ahora, como él está llorando su pecado, él ha podido entender que la arrogancia que hizo que él saliera de su casa no es la manera, y él viene de una forma humilde, y ahora él llena las tres primeras bienaventuranzas. Y el padre, que le está esperando (recuerda, esto es una historia de la vida diaria pero ilustra siempre un principio espiritual), el padre que le está esperando le está esperando con la cuarta bienaventuranza: para llenarlo, para saciarlo. Y no le dice a sus siervos: "Mira, buscó la comida de anoche para que me le traigan un poco a mi hijo." No, él manda matar el cordero más gordo, más grande. Él manda hacerle un banquete, una fiesta, para saciar su hambre física, pero eso apunta hacia el cielo, donde Dios quiere saciar nuestra hambre espiritual. Y el padre en la parábola es mi Dios, que está dispuesto a saciarme cuando yo llegue con esas tres primeras bienaventuranzas, como lo hemos descrito. Él está dispuesto a darme la bendición de la cuarta y a saciar mi hambre y sed de justicia, de santidad, de rectitud moral.
Eso es el hijo pródigo, e ilustra perfectamente lo que nosotros somos y lo que nuestro Dios es. Pero una vez Dios te sacia, tú quieres más. Algunos de nosotros, quizá yo no soy tanto así en la comida, pero algunos de ustedes que disfrutan la comida, como que dicen: "Estoy lleno, pero está tan bueno." Quieren más. Más o menos eso nos da una idea de cómo puede ser en el ámbito espiritual: "Ya estoy satisfecho, Dios, pero es tan bueno. Yo quiero más."
Entonces, esta gente vive —recuerda que estamos hablando de las expresiones— esta gente vive consumida por un deseo de ver integridad moral en su interior, en su casa, en su alrededor, en su nación. De manera que él comienza por él, él comienza dando el ejemplo, y luego dice: "En mi casa yo y mi casa serviremos a Jehová. Aquí no se tolera el pecado bajo ninguna circunstancia." Si tú quieres, ya tienes edad, no quieres servir a Jehová, está bien, pero aquí adentro el pecado no se tolera, se respetan las leyes de Jehová. Porque él tiene una pasión por la integridad moral de su Dios, y cuando él puede afectar su nación, él quiere afectar su nación, porque él quiere ver la gloria de Dios cubrir la tierra. Él ora por eso, él sueña con eso, él trabaja para eso y él espera en eso. Porque la pasión es así: él quiere parar lo malo, pero él quiere hacer lo bueno.
Zaqueo. Si tú eres un buen ejemplo, Zaqueo. Un día Zaqueo es un recaudador de impuestos, o era. Los recaudadores de impuestos eran extorsionistas, robaban dinero, manipulaban a la gente para que pagara más dinero de la cuenta. Porque ellos le entregaban toda una sección y le decían: "Bueno, al imperio tú le das tanto dinero; lo que tú le saques a la gente de ahí para arriba es tuyo." Imagínate lo que van a hacer. Y un día Cristo decide darle salvación a Zaqueo. Cristo decide pasar, y cuando Zaqueo estaba allá lo manda a bajar del árbol, le da salvación a Zaqueo.
Nota lo que Zaqueo no dice. Nota que Zaqueo no dice: "Señor, a partir de ahora yo voy a dejar de robar." No dice: "Señor, a partir de ahora no voy a extorsionar." "A partir de ahora, Señor, ya yo no voy a manipular a la gente." No dice nada de eso, aunque lo que él dice incluye todo eso. Y dice: "Señor, yo ahora, con esta nueva rectitud moral que hay en mí, con esta nueva hambre y sed de justicia que tú has puesto en mí, yo voy a tomar la mitad de lo que tengo y le voy a dar a los pobres. Y voy a buscar a cualquiera que yo haya extorsionado, manipulado; si a alguien le robé, lo voy a devolver cuatro veces lo que yo le había quitado." Porque cuando tú tienes hambre y sed de justicia, tú solamente no quieres parar lo malo, tú quieres hacer lo bueno.
Pablo les escribe a los efesios y les dice: "El que robaba, que no robe más." Pero usted sabe que el texto no se para ahí, punto y coma, coma, sino que trabaje y ayude a los que no pueden. Pero eso no es solamente que ha dejado de ser malo, es que ayude. Para lo malo y comienza a hacer lo bueno. Es que ayude a los que no pueden. Y el énfasis de la Palabra —si lo puede buscar a partir de hoy, yo no lo había visto así— continuamente es ese: tú paras de hacer lo malo y tú haces ahora lo bueno. Hasta con que yo estaba aquí en este mundo de pecado, me movía la línea neutro, si hubiera tal cosa. Me quedo aquí, no. Yo tengo que moverme hacia la santidad de Dios continuamente, lejos del pecado, solo que Dios se estaba buscando. Y lo que me va a mover en esa dirección es el hambre y sed de justicia, santidad, rectitud, integridad moral que está en mí ahora.
Finalmente, ¿qué empobrece o hace desaparecer esa hambre? Porque a veces como que comenzamos con ella y entonces de repente como que comienza a amermar. Bueno, si seguimos con la idea del hambre física, que nos sirve mucho para ilustrar todo esto, quizás esto también nos pueda ayudar. Tú tienes una madre, deja su trabajo para atender a su casa y a sus hijos como debe ser. Y resulta que esa madre está cocinando, está cocinando para sus hijos cuando vengan del colegio. Y se pasó un par de horas haciendo la comida preferida de sus hijos. Tiene varios hijos: uno de ellos de ocho años, otro de doce, etcétera, etcétera. Al de ocho años alguien le ha dado —un tío que fue y lo visitó el día anterior— de regalo cien pesos, o no sé, por ser un subversivo. A la hora del recreo, de la merienda, él va y se compra un buen frío frío hecho con agua contaminada, un Junín.
Él se queda callado, él llega a su casa, su madre está esperándolo, la casa entera huele a comida. "Mi hijo, ven a comer." Silencio. "Mi hijo, ven a comer." Silencio. "Fulano, ven a comer." Ya como son las madres, que pasan de "mi hijo" general a "Fulano" lo particular. "Fulano, ven a comer." "No tengo hambre." "¿Y por qué no tienes hambre?" Ahora el hijo frente a la mujer. "¿Por qué no tienes hambre?" "No tengo." Con el labio rojito del jugo de frambuesa. La madre acaba de percatarse por qué no tiene hambre, hace su averiguación, y él sabe que él merendó más de la cuenta. Y entonces el próximo día ya se va a asegurar que él no va a merendar de esa forma o a esa hora.
Ese es el problema: nosotros vivimos merendando demasiado, y sobre todo cosas contaminadas como ese jugo o ese frío frío con aguas contaminadas. A la hora que Dios viene y prepara un banquete en un estudio bíblico, un miércoles en la noche, un domingo en la mañana, o en mi propia casa, este es el banquete. En mi propia casa ahí está continuamente, ahí para que yo abra la nevera y pueda comer de él. "No tengo hambre, no tengo un problema, yo no tengo deseo de leer la Biblia." Bueno, ¿qué he estado comiendo? ¿Qué he estado consumiendo? ¿De qué te has estado llenando?
"Sabe que tengo un compromiso y tengo que preparar una clase dominical, y aunque es para niños, pero no me sale." No me puede salir, porque lo único que me puede salir es lo que está dentro, y yo no he estado consumiendo de Dios ni su dieta. Entonces no me sale, porque resulta que la clase es de Dios y yo no lo he estado consumiendo. No me sale una canción, no me sale. No te puede salir. Se supone un sermón, no me sale. No te puede salir, porque tú tienes que consumir de Dios para que lo que Dios ponga dentro salga de ti. ¿Te das cuenta cómo son estas cosas? Pero he estado merendando de todo tipo de cosas. Entonces la merienda me quita el deseo por la oración, me quita el deseo por su Palabra, me quita el deseo por la adoración.
Lo que alimenta la carne empobrece mi apetito por Dios, por su santidad y por su rectitud moral. Voy a decir esto otra vez: lo que alimenta la carne empobrece mi apetito por Dios, por su santidad y por su rectitud moral. ¿Dónde estamos? ¿Dónde estás hoy? ¿Tú tienes hoy el mismo deseo, mayor deseo, menos deseo que hace un año por vivir en la presencia adoradora de Dios? Porque si tienes menos, es obvio que tú has estado consumiendo meriendas que te han quitado el apetito y que Satanás te pone a lo largo del camino.
Es como cuando vamos a una casa que nos invitan y tú puedes oler en la casa lo que se está cocinando, pero nos traen una cantidad enorme de picaderas antes. Pues si comemos manicito y comemos Doritos, Doritos, Doritos que se llaman, chips, como he comido toda esa cosa. A mí me ha pasado eso tantas veces. Entonces luego llega la comida verdadera y tú no tienes hambre. Es casi como una vergüenza para esta gente que se han preocupado, o estuvieron todo el día cocinando, y tú te llenaste de Doritos. Yo lo he hecho. Yo necesito ayunar los deseos de mi carne para que crezcan los deseos de mi espíritu.
Thomas Watson, el puritano de los años mil seiscientos, decía, se hacía una pregunta y él mismo contestaba en su libro "Las Bienaventuranzas". Les decía: "Quizás alguien pueda decir: 'Bueno, yo una vez estuve ahí, yo una vez traté de llenarme, pero Dios no me llenó.'" Y Watson responde: "Bueno, quizá Dios no estaba satisfecho con tu hambre." Buena pregunta. Porque si pensamos en Caín y Abel, hay una ofrenda que satisfizo a Dios y otra que no. Hay un hambre que satisface a Dios y otra que no. Y como yo sé, dice por ahí Jeremías, por toda la Palabra, pero Jeremías es suficiente: "Me buscaréis y me hallaréis cuando me busquéis de todo corazón." De manera que hay una búsqueda que no es de todo corazón, y esa búsqueda que no es de todo corazón no tiene el ayuno que es Él, y eso es lo que satisface, eso es lo que llena para todo el día.
Y si yo no tengo esa hambre, hay un aperitivo. O sea, la madre siempre buscando un aperitivo, complejo vitamínico, de todo el complejo vitamínico. "No quiere comer" y le compran dieciocho complejos vitamínicos y él no tiene. Sí, claro, hay un aperitivo excelente para el alma, se llama la obediencia. Porque cuando yo comienzo a obedecer, como Dios es complacido, Él, que pone en mí el querer y el hacer, comienza a crear el apetito en mí. Y si Él crea el apetito en mí, es porque está planeando llenarlo, saciarlo, satisfacerlo. Y es más sencillo de lo que yo creo. La obediencia es el mejor aperitivo. La falta de apetito habla muchas veces de mi vida de desobediencia.
¿Qué más puede robarnos, eliminar, empobrecer esta hambre? Nuestro egoísmo, por ejemplo. Nuestro egoísmo no va a tener deseo por la gloria de Dios. Porque hay algo que yo sé: es que la gloria de Dios no es compatible en mí con un uno por ciento de mi egoísmo, de mi vida centrada en mí mismo. Nuestro deseo de controlar no puede tener deseo por la providencia soberana orquestadora de Dios. Nuestro deseo de defendernos, defender nuestros derechos, de lo cual hablamos la semana pasada yo creo, no puede tener hambre por dejar que Cristo sea nuestro abogado defensor. Entonces te das cuenta cómo cada una de esas cosas va eliminando, va socavando las bases del apetito del alma por la santidad de Dios.
La integridad de Dios es una fuerza motora que quisiera ver la injusticia, incluso aquello que viola la ley de Dios, como decía David, quisiera verla eliminada, quisiera verla desaparecer. Lloraba cuando ellos no guardaban tu ley, decía David. Pero recuerda que decía alguien que la manera de vengar la injusticia no es hacerla, no es llevarla a cabo, sino no llevar a cabo la venganza. La manera de vengar la injusticia o de eliminar la injusticia no es vengándola en el momento, como cuando Juan y Jacobo querían hacer bajar fuego del cielo que consumiera esta aldea, y Cristo dice que ya no saben lo que están hablando. Porque la manera de hacer crecer la justicia, o mejor dicho, la manera de eliminar la injusticia, es haciendo crecer la justicia. Y Cristo tiene dos mil años tratando de hacer eso, como lo hizo en Palestina hace dos mil años.
Pero nosotros no tenemos ese deseo. De la venganza ya me... Un pastor me llamó anoche. No te puedo entrar en los detalles porque no vienen al caso, pero había que resolver un problema de unos misioneros brasileños que estaban aquí, que llegaron a la Convención Bautista Americana. Nadie estaba ahí, yo ya me iba. Otra persona tratando de ayudar a esta gente. Y entonces, comentando de que yo iba a predicar hoy, le comento el mensaje. Una historia me dice: "Sabe qué, hablando precisamente de esto, de cómo la venganza es del Señor y nosotros tenemos que tener otro tipo de deseos si vamos a tener hambre y sed de justicia." Dice que una vez le dio consejería a una persona, y la persona le dice: "Claro." "¿Qué ha pasado? ¿De qué cosa?" Y que él quería vengarse. Entonces en su consejo le dice: "Mira, recuérdate que la venganza es del Señor." "Bueno, sí, también." Se van varios días después, o dos semanas después. Pastor se encuentra con este ya aconsejado que se fue alegre. "¿Cómo tú estás?" "Bueno, muy bien." "¿Y qué del problema?" "Dice, bueno, ahí sigue. Yo sé lo que usted me dijo, pastor, lo estoy recordando, que la venganza es del Señor. Pero yo estoy orando, y estoy orando que yo pueda ser el instrumento de esa venganza."
Porque así somos. Porque nosotros no lo hacemos así, pero hacemos algo mal, pecamos contra alguien, la persona reacciona, y luego decimos: "Bueno, sí estuvo malo lo que yo hice, lo que yo dije, pero está bueno, está bueno que yo haya sido el instrumento. Bueno, válgase, bueno que le ocurra, está bueno que lo sufra." Si ustedes son honestos, saben que ustedes han estado ahí, y yo también.
Ahora, el problema está... Recuerda, esta persona no es Dios, ella no es su Cristo, pero el ve de otra manera y siente de otra manera. Hay un problema cuando, por ejemplo, no nos molesta no tener deseo por leer su Palabra. Si yo semana a semana he estado... aunque disciplinarme falta disciplina, pero siempre, nos cuesta, sabe cómo es, y no me molesta. Pasan días, pasan días, y no me molesta. Eso es un problema. Porque al que tiene hambre y sed de justicia, a él puede ser que le pase por esas experiencias, pero a él le molesta y le carga.
No nos molesta no tener deseos de venir a la casa del Señor a adorar. No nos molesta no tener deseos de orar. Esta persona no es perfecta, a veces su vida de oración ha pasado por baches también, pero a él le molesta, él se carga con eso, o ella se carga con eso, porque tiene hambre y sed de justicia. No nos molesta muchas veces cuando mi vida, si pudiéramos hablar en estos términos, cuando mi brillo ha ido bajando, yo me he ido opacando. Otros lo ven, lo ven, no lo pueden decir incluso, pero no me molesta. Si yo semana a semana me he ido enfriando, yo semana a semana me he ido enfriando, entonces ponerme las pilas otra vez, y yo sé, yo sé eso, yo sé, pero yo sé como el que "yo sé que tengo que bañarme, no me he bañado, voy a bañar ahorita." No nos molesta, o nos acostamos, nos acostamos sin bañar. No nos molesta haber perdido, perdiendo el interés por la obra de Dios, las cosas de Dios. Usualmente no nos molesta.
Cuando yo y los míos estamos bien, e interpreto incluso muchas veces que el bienestar económico y falta de crisis equivale a complacencia de parte de Dios. "Bueno, yo estoy un poco frío, pero yo no creo que yo pueda estar tan mal con el Señor, porque mira, ahora mismo no tenemos problema, mi esposa ya no tengo en la calle, mi hijo le está yendo bien en la universidad, incluso uno se ganó una beca." Y medimos a Dios por las cosas que gente sin conocer a Dios también hace, también le va bien, y los hijos también descuellan y se ganan premios. ¿No ves? Incluso, te das cuenta cómo somos. Dios sabe, Dios sabe. Oh sí, Dios sabe cuánto nosotros perdemos interés y deseo y hambre y pasión por sus cosas cuando estamos llenos de las cosas que la carne desea y que parecen legítimas de este lado de la gloria.
Escucha lo que Dios dice en Deuteronomio 8 a partir del versículo 11: "Cuídate de no olvidar al Señor tu Dios dejando de guardar sus mandamientos, sus ordenanzas, sus estatutos que yo te ordeno. No sea que cuando hayas comido," eso es legítimo, "y te hayas..."
Hayas edificado y hayas construido buenas casas, eso es legítimo, y habitado en ellas; cuando tus vacas y tus ovejas se multipliquen, y tu plata y oro se multipliquen, el negocio es legítimo, y todo lo que tengas se multiplique, es legítimo, que te vaya bien. Entonces tu corazón se enorgullezca y te olvides del Señor tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto y de la casa de servidumbre. Cuídate. Ahora tienes hambre en el desierto donde apenas tienes ni sombra que te cubre, pero entrarás a la tierra donde fluye la leche y la miel. Donde Yo te estoy llevando, Yo te estoy llevando a un lugar de abundancia para que tengas abundancia, y tú construyas buenas casas y estés ya tranquilo, más seguro. Me preocupa que te vaya a pasar lo que Yo sé que va a pasar: nos olvidamos del Dios del desierto y ahora estamos aquí con el Dios de la prosperidad y la abundancia, la comodidad y el enfoque en cosas terrenales.
Que como les decía, para lo último, "ningún soldado en esta causa se involucra y se enreda en los negocios de esta vida." ¿Por qué? ¿Son en sí pecaminosos? No, porque crean hambre y sed en una dirección opuesta a los negocios de Dios. No voy a entrar en lo que los negocios pudieran implicar porque no quiero decir que todo negociante está mal, por favor. Pero Dios quisiera un siervo que yo pueda decir como en Job, escucha, Job 23:12: "He atesorado la palabra de su boca, de la boca de Dios, más que mi comida."
Esto es como lo que Cristo dijo a los discípulos cuando Él tuvo el encuentro con la mujer samaritana. Ahí se fueron a buscar comida, Él se queda, ellos llegan a traer comida: "Maestro, ¿tiene hambre?" "No." "¿Adónde? ¿Por qué no, Maestro?" "Mi comida es hacer la voluntad de Dios. Yo estoy lleno. Hoy voy a comer, pero ahora yo estoy lleno, y acabo de tener una experiencia extraordinaria con esta mujer, Señor, y eso me ha llenado tanto que yo ni hambre tengo."
Job dice: "Yo he llegado a atesorar tu satisface." Cuando la palabra de Dios es consumida en porciones cada vez menores, nosotros sabemos hacer dieta de todo, e incluso hacemos dieta de la Palabra. La consumimos por porciones, y en las dietas tú puedes comer de esto pero no puedes comer de aquello. Así hacemos con la Palabra: como de esto pero no de aquello. Visitamos el trono de la televisión más que el trono de la gracia de Dios, y todo eso habla de que realmente no tenemos esta hambre.
Pero peor todavía, cuando no me preocupa que eso esté pasando, cuando mi preocupación porque la casa esté pintada, la casa esté bonita, es mayor que la preocupación por la casa donde habita el Espíritu Santo, que soy yo, hay un problema. Porque eso revela dónde está mi hambre y dónde está mi sed, y dónde no está presente la sed de Dios.
Escucha, pueblo de Dios, Isaías 55:1-2: "Todos los sedientos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad vino y leche sin dinero y sin costo alguno. Escuchadme ahora: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, y vuestros salarios en lo que no sacia? Escuchadme atentamente, y comed lo que es bueno, y se deleitará vuestra alma en la abundancia." ¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, y vuestros salarios en lo que no sacia? Escuchadme atentamente, comed lo que es bueno, y se deleitará vuestra alma en la abundancia.