Cuando el sufrimiento llega como un golpe inesperado, la mente se nubla y comenzamos a creer mentiras sobre Dios. El Salmo 73 abre con una declaración que el salmista necesita anclar antes de contar su crisis: "Ciertamente Dios es bueno". No lo dice porque todo vaya bien, sino porque sabe que lo que viene después pondrá esa verdad a prueba. Durante varios versículos confiesa que casi se pierde, que envidió a los impíos al ver su prosperidad mientras él sufría. Su corazón preguntaba: ¿sabe Dios lo que me pasa? ¿De qué me sirvió servirle?
El problema no era la prosperidad de los impíos ni la dificultad del justo. El problema era medir la bondad de Dios por las circunstancias en lugar de por lo que Él ha revelado de sí mismo. La autocompasión —ese sentirse bien sintiéndose mal— ciega el corazón y lo aleja de la presencia divina. El pastor Joselo Mercado recuerda cuando él y su esposa atravesaron años de infertilidad y un hermano les preguntó: si Dios nunca les da hijos, ¿seguirían creyendo que es bueno? Esa pregunta los llevó a anclar su confianza no en el resultado, sino en el carácter de Dios.
Todo cambió para el salmista cuando entró al santuario. No cambió su circunstancia; cambió su mirada. Vio el fin de los impíos y vio su propio fin: ser recibido en gloria, tomado de la mano por un Dios que nunca lo soltó. Al final declara: "Fuera de ti nada deseo en la tierra". La cercanía de Dios no es solo consuelo; es posible porque Cristo murió en nuestro lugar. Esa es la bondad que sostiene al creyente en cualquier kilómetro de la prueba.
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El Salmo 73 es un salmo muy cercano a mi corazón. En momentos difíciles que he tenido que caminar, este salmo es como el lugar al que voy a refugiarme, el lugar donde voy a que mi mente comience a pensar verdades cuando en muchas ocasiones estoy pensando mentiras. Es un lugar que me recuerda la bondad de Dios y su misericordia. Voy a leer completo el Salmo 73 para luego, por la gracia de Dios, poder exponer este pasaje.
Estas son las palabras inspiradas por nuestro Dios: "Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón. En cuanto a mí, mis pies estuvieron a punto de tropezar, casi resbalaron mis pasos, porque tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos, porque no hay dolores en su muerte y su cuerpo está robusto. No sufren penalidades como los mortales ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, el orgullo es su collar, el manto de la violencia los cubre. Los ojos se les saltan de gordura, se desborda su corazón con sus antojos, se mofan y con maldad hablando de opresión, hablando desde su encumbrada posición. Con altivez ponen su boca y su lengua se pasea por la tierra.
Por eso el pueblo de Dios vuelve a este lugar y bebe las aguas de la abundancia, y dicen: '¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo?' He aquí, estos son los impíos, y siempre desahogados han aumentado sus riquezas. Ciertamente en vano he guardado puro mi corazón y en vano lavé mis manos en inocencia, pues he sido azotado todo el día y castigado cada mañana. Si yo hubiera dicho: 'Así hablaré', he aquí habría traicionado a la generación de tus hijos. Cuando pensaba cómo entender esto, fue difícil para mí, hasta que entré en el santuario de Dios. Hasta que entré en el santuario de Dios, entonces comprendí el fin de ellos.
Ciertamente tú los pones en lugares resbaladizos, los arrojas a la destrucción. ¡Cómo son destruidos en un momento, son totalmente consumidos por terror de repente, como un sueño del que despierta! Oh Señor, cuando te levantes, despreciarás su apariencia. Cuando mi corazón se llenó de amargura y en mi interior sentía punzadas, entonces era yo torpe y sin entendimiento, era como una bestia delante de ti. Sin embargo, yo siempre estoy contigo; tú me has tomado de la mano derecha, con tu consejo me guiarás y después me recibirás en gloria.
¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre. Porque he aquí, los que están lejos de ti perecerán; tú has destruido a todos los que te son infieles. Mas para mí, estar cerca de Dios es mi bien. En Dios el Señor he puesto mi refugio para contar todas sus obras."
Esta es la palabra de nuestro Dios y Señor. Venimos ante ti confiados de tu bondad, confiados de tu promesa de que tú has de estar en medio de tu pueblo cuando tu pueblo se reúne a escuchar tu palabra. Te pedimos que tú muestres tu bondad, y abrimos nuestros corazones a recibir la palabra predicada. Que tú guíes al predicador, pero también que la congregación y el predicador tengan sus corazones abiertos y tu Espíritu Santo se derrame, para que no sea meramente la transferencia de información, sino que esto sea un momento donde podamos responder en adoración a ti al responder a tu palabra. Queremos ver a Cristo; por tu misericordia, muéstranos a Cristo para ser transformados por tu gloria. Esta es nuestra oración, en el nombre de Jesús. Amén.
Como buen caribeño que soy, yo crecí viendo carteleras de boxeo. Mi papá desde la edad de cuatro años me llevaba a ver diferentes peleas de boxeo, y era un momento de compartir con mi papá mientras personas se destruían el uno con el otro. Y cuando tú vas aprendiendo un poco sobre el boxeo —mi papá boxeaba también—, uno aprende que el golpe más contundente, el golpe que más destroza a una persona, no es quizás el golpe más fuerte. Un boxeador está entrenado para absorber un golpe. El golpe más contundente es el golpe que la persona no va a ver venir, es el golpe que viene de un ángulo que la persona no lo espera.
Ya yo no sigo el boxeo, pero en estas semanas hubo en las noticias un boxeador mexicano de los pesos pesados que tenía una apariencia que no parecía que había hecho ejercicio hace años, contra un boxeador inglés que estaba, en Puerto Rico decimos, "prensao", estaba súper fuerte. Y el boxeador mexicano, que no parecía atlético, lo sorprendió con un golpe. En Puerto Rico diríamos que le dio encima y lo dejó; le dio un golpe que lo aturdió y ganó el campeonato de peso pesado del mundo.
Muchas veces el sufrimiento llega a nuestras vidas como ese golpe que no vemos venir. Viene de diferentes formas y no lo esperamos, y cuando lo recibimos, ese golpe nos aturde, nos confunde; la mente no piensa claramente. Estamos como en una nube con nuestros pensamientos confundidos porque hemos sido golpeados por algo que no esperábamos. Quizás ese golpe ha llegado a tu vida por medio de un diagnóstico de una enfermedad que no esperabas. Quizás ese golpe ha llegado por medio de una rebelión de tu hijo adolescente que no se veía venir. Quizás alguien está pecando en tu contra de una forma injusta. Quizás son dificultades con relaciones con familiares. Quizás son problemas con los hermanos de la iglesia, o quizás es la avalancha del mundo y la ideología de género a la que no sabemos cómo responder.
Y ese golpe viene y nos sacude, y no pensamos claramente; tu mente es consumida por la realidad de que estás sufriendo. Ese sufrimiento es real. Pero en ese momento en que estamos aturdidos, estamos en esa nube, estamos abrumados, lo que sucede es que olvidamos las verdades de quién es Dios y lo que Él ha prometido para con nosotros, y en muchas ocasiones, como vamos a ver en este salmo, hasta cuestionamos la voluntad y la cercanía de Dios.
El hermano, buen teólogo, D. A. Carson, ha dicho: "Todos vamos a sufrir." Todos vamos a sufrir. Vivimos en un mundo caído; la pregunta no es si vamos a sufrir, la pregunta es cuándo vamos a sufrir. La realidad es que necesitamos salmos como el Salmo 73 para que cuando ese golpe venga, en lugar de aturdarnos —nos va a afectar—, podamos ir a la palabra de Dios y que la palabra de Dios nos provea la verdad que necesitamos en ese momento. Porque muchas veces cuando esto sucede, como vamos a ver en el Salmo 73, nos preguntamos por qué el impío prospera y el justo sufre.
El Salmo 73 nos va a ayudar a que en medio del sufrimiento, hermanos, en medio del día más oscuro de tu vida, la verdad que debemos creer es que Dios es bueno. Dios es bueno. En medio de tu momento más difícil, en medio de tu momento más oscuro, la palabra de Dios por medio de este salmo quiere decirnos que Dios es bueno, que no dudemos de su bondad, que Dios se ha revelado por medio de su palabra y nos dice que Él es bueno para con su pueblo.
Así que, hermanos, en la presencia de Dios experimentamos la bondad de Dios. Cuando estamos en la presencia de Dios experimentamos la bondad de Dios. Vamos a ver tres puntos. El primer punto es la bondad de Dios. Verso uno: "Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón."
Este salmo comienza como un gran cartel de luces, como si estuviésemos en el área de Times Square en los Estados Unidos. Saben lo que estoy hablando, es esa área donde están todas estas luces brillando y diciendo diferentes mensajes. Este salmo comienza con este mensaje diciendo: Dios es bueno. El salmista quiere dejar algo claro antes de continuar; quiere dejar una verdad en nuestros corazones y en su corazón para que no dudemos de la bondad de Dios. Porque lo que va a suceder es que del verso dos al verso quince él va a comenzar a contar su experiencia. Él va a comenzar a decir: yo estaba sufriendo, mira cómo el impío prospera, ¿por qué yo estoy sufriendo?
Y saben cuál es nuestra tentación: decir que el plato está en la razón. Es verdad, a mí me ha pasado eso. Mira qué distante está Dios. Pero antes de eso, para que nuestra mente esté sintonizada correctamente, él nos quiere recordar: recuerda esto, Dios es bueno. Su bondad es para siempre. Hermano, ¿por qué sabemos que Dios es bueno? Porque Él lo ha revelado en su palabra. Él nos ha dicho que Él es bueno. ¿Sabes cuál es el problema que tú y yo tenemos? Vamos a verlo en el salmo: venimos muchas veces a la bondad de Dios no por lo que Él ha dicho de sí mismo, sino por las circunstancias que vivimos. Medimos si Dios es bueno dependiendo de cómo nuestras vidas vayan, y en medio de la dificultad muchas veces en nuestro corazón dudamos y cuestionamos la bondad de Dios. Nos preguntamos: ¿es Dios realmente bueno? Si esto me está sucediendo, ¿está cerca de mí o está distante? ¿Me abandonaste? Y la base para determinar la bondad de Dios en la vida del creyente no debe ser, hermano, la circunstancia o lo que nos rodea; debe ser que Dios se ha mostrado y nos ha dicho que Él es bueno.
Hace unos años atrás, quizás unos quince años atrás, mi esposa y yo llevábamos cuatro años de casados y dijimos que era tiempo de que la familia creciera. Cuatro, cinco años de casados y comenzamos a intentar que mi esposa quedara embarazada, y pasaban los meses y no pasaba nada. Continuábamos y comenzamos a preocuparnos por ver qué estaba sucediendo. Fuimos a un especialista y el especialista confirmó que mi esposa tenía una condición que impedía que ella pudiera quedar embarazada. Cada mes era un recordatorio del dolor de no poder tener hijos, y nosotros estábamos deseosos de poder tenerlos. Queríamos obedecerle a Dios, queríamos criar esos niños para la gloria de Dios. Y nos cuestionábamos y nos cuestionábamos por qué Dios no nos daba hijos.
En una ocasión estábamos en Miami visitando a una iglesia, y ahí estábamos hospedándonos con un hermano. Estábamos contándole, abriéndole nuestro corazón, y el hermano nos dice: "¿O sea, lo que me están diciendo es que ustedes piensan que si Dios no les da hijos, ustedes todavía pensarían que Dios es bueno?"
Todavía es cierto, ese fue el día que nos íbamos. Yo le dije que hice, hermanos, por animarme. A mí me perdonó, no me amé tanto. Me acuerdo cuando estábamos al terminar, tomando un vuelo de regreso a casa, a Castillo allí, orando y diciendo: "Señor, aunque no nos des hijos, creemos que tú eres bueno." No voy a hacer la historia larga, pero al año, año y pico después, el Señor milagrosamente abrió el vientre y nos regaló estos dos preciosos hijos.
Pero, hermanos, la moraleja de la historia no es que Dios va a abrir el vientre siempre. La moraleja de la historia es que no importa si Dios no nos hubiese dado los niños o no; Él sigue siendo bueno. Y usted sabe por qué yo sé que Él es bueno, porque el texto dice: "Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con el pueblo de Dios", que obviamente es la iglesia, "para con los de puro corazón."
Y cuando yo leo eso, hermanos, yo sé que yo no soy puro de corazón. Si yo soy sincero conmigo, si la gente viera todos los pensamientos que pasan por mi mente, si todos supieran mi pasado, yo sé que yo no soy puro de corazón. Pero la realidad es que Dios, en su misericordia, mandó a su Hijo, que es el puro de corazón, para que tomara mi lugar en la Cruz y muriera la muerte que yo merecía morir, para que Él experimentara la distancia de Dios en la Cruz, al recibir yo la vida de Dios, para que yo, en su misericordia, pudiera estar en la cercanía de Dios.
Hermanos, esa es la bondad de Dios que me rescató de las tinieblas a la luz. Ciertamente, hermanos, Dios es bueno. Salvó a un pecador por su gracia. Así que Dios nos muestra, hermanos, que Él es bueno al mirar al inocente morir por el culpable. En la presencia de Dios experimentamos la bondad de Dios. Mi pregunta para ti es: ¿qué utilizas para medir la bondad de Dios? ¿Utilizas las circunstancias de tu vida, o utilizas la verdad revelada en la Palabra de Dios, que nos dice que un Dios bueno entregó a su Hijo para que tú tengas vida eterna? Que en los momentos difíciles podamos decir: "Ciertamente Dios es bueno para conmigo, porque yo no soy puro de corazón, pero el puro de corazón murió en mi lugar."
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En la presencia de Dios experimentamos la bondad de Dios. Segundo punto, hermanos: la ausencia de Dios. Quiero rápidamente aclarar, porque hay varios teólogos aquí que vienen de diferentes partes del mundo y van a decir: "Este José es un hereje." No, hermanos. La ausencia de Dios no quiere decir que Dios está ausente. Dios está siempre presente; Él es omnipresente. La ausencia de Dios es que en ocasiones nosotros pensamos que Él está ausente, nosotros percibimos que Él está ausente, nos creemos la mentira de que Él está ausente, y eso afecta la forma en que interaccionamos con Él.
Y cuando creemos que Él está ausente en medio de dificultades, en medio de situaciones difíciles, nos creemos la mentira y sentimos pena de nosotros mismos. Eso se llama autocompasión. La autocompasión es cuando se siente bien sentirse mal. Cuando estás en una situación difícil y te sientes bien de sentirte mal, el sentirse mal se vuelve algo preciado. El creer que Dios está ausente nos lleva ahí.
Mira lo que le sucede al Salmista. Mira el problema del Salmista en medio de su autocompasión: él envidió al impío. Verso 2: "En cuanto a mí, mis pies tuvieron a punto de tropezar, casi resbalaron mis pasos, porque tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos, porque no hay dolores en su muerte y su cuerpo es robusto. No sufren penalidades como los mortales ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, el orgullo es su collar, el manto de la violencia los cubre. Los ojos se les saltan de gordura, se desborda su corazón con sus antojos. Se mofan y con maldad hablan de opresión, hablan desde su encumbrada posición; con el cielo puesta su boca y su lengua se pasea por la tierra."
Mira lo que él dice: "En cuanto a mí, mis pies tuvieron a punto de tropezar." Él dice: "Yo casi me pierdo, yo casi me desvié, yo casi dejo a Dios, porque en lugar de mirar a Dios comencé a mirarme a mí y comencé a compararme con las demás personas." En lugar de mirar la bondad de Dios, que ya dije que es bueno, comencé a mirar y a decir: "Pobre de mí." En Puerto Rico decimos "hay bendito"; nos decimos "hay bendito" a nosotros mismos y nos damos pena. Autocompasión. Y comenzamos a compararnos con las demás personas.
Solo lo que le pasó a él y a ellos: en el verso 3, "porque tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos." Dice que ni son azotados ni sufren penalidades como los mortales, dice que no hay dolores en su muerte. Él dice: "Ellos son los que duermen en paz y nosotros somos los que tenemos que sufrir." Y esa autocompasión afectaba su visión, así que el Salmista se sentía agotado, se sentía encontrado hacia Dios, porque la ausencia de Dios —cuando pensamos que Él está ausente— nos lleva a mirar al mundo y no a mirarlo a Él.
El problema no es que los impíos prosperen. El problema no es que quizás ellos ganen favor político y avancen con sus leyes. El problema es que estamos midiendo la bondad de Dios por lo que experimentamos en las circunstancias y no por lo que Él nos ha revelado.
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Le voy a decir algunas formas en que envidíamos al impío. Cuando mi esposa y yo estábamos tratando de tener hijos y no podíamos, todo el mundo tenía hijos; los hijos salían así por todos lados. Todo el mundo, y yo estaba tratando, pero el Señor no nos dio otro; salían por todos lados los muchachos, y eso nos afectaba, pues ellos sí y nosotros no. Quizás es un diagnóstico de salud y tú dices: "¿Por qué ellos sí y yo no?" Quizás tú estás tratando de ser fiel en tu trabajo, ser una persona que no hace las cosas incorrectamente, y el que prospera es aquel que toma ventajas pecaminosas en el trabajo, y tú dices: "¿Por qué a él le va bien y a mí me va mal?" En ocasiones es que pensamos: "¿Por qué las iglesias de falsa doctrina prosperan y pareciera que la doctrina sana tiene tan difícil?" Y en ocasiones nos envidiamos a nosotros mismos.
Entonces, si usted lo ha pasado, yo me he envidiado a versiones pasadas de mí. Antes de yo ser pastor, yo me dediqué a la ingeniería. Tenía un trabajo que me remuneraba muy bien, me creía rico y empecé a jugar golf. Yo con el golf iba mucho, mucho golf. Y una vez estaba yendo a predicar en inglés en Puerto Rico, me pusieron en un hotel, y en la parte de atrás del hotel había un campo de golf en el que en ocasiones yo iba a jugar. Y cuando yo era ingeniero no había problema: iba a jugar golf, lo que fuera, cuando costara, no había problema.
Yo estaba a punto de ir a predicar la Palabra de Dios, abrí la ventana, vi ese campo de golf, y mi corazón envidió a José de seis años antes. Mi corazón anheló eso. En lugar de decir: "Señor, gracias, ¿qué importa eso si te estoy sirviendo a ti?" Pero en esos momentos nuestra mente está encerrada en lo que deseamos y en ese sentido de pena, de autocompasión. Es el síndrome de *The Grass Is Always Greener*: el pasto es más verde en el otro lugar. Nunca estamos satisfechos, y la autocompasión causa amargura y un sentido de falta de contentamiento, hermanos. No hay nada que nos satisfaga, nada es suficiente, porque siempre hay alguien mejor.
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Y el Salmista es afectado por lo que ve y lo que siente, de tal manera que mira cómo responde. Verso 10: "El pueblo de Dios vuelve a este lugar y bebe las aguas de la abundancia." Verso 11: "Dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?" Aquí estos son los impíos, siempre desahogados, han aumentado sus riquezas. "Ciertamente en vano he guardado puro mi corazón y lavado mis manos en inocencia, pues he sido azotado todo el día y castigado cada mañana."
Mira cómo la autocompasión, el sentir pena en nosotros mismos, nos afecta. Yo no quiero minimizar tu sufrimiento; quiero hacer una aclaración. Hay una diferencia entre sufrimiento bíblico y tener situaciones que son inconvenientes. Hay una diferencia entre sufrimiento e inconveniente. Porque a veces en las redes sociales una persona por la mañana se levanta, va a un sitio a comprarse un café, la orden no se la pusieron como él quería, y pone en Facebook: "Mi día ha sido arruinado. Me han dado esta orden de café y estoy deshecho." Tenemos que tener cuidado, porque estamos muy sensibles al sufrimiento. Vivimos ahora en un mundo con tantos adelantos que pareciera que cosas pequeñas son sufrimientos. Eso son inconvenientes, hermanos. El tráfico de Santo Domingo, eso es inconveniente. A veces parece sufrimiento, pero es inconveniente, hermanos.
Pero hay personas que realmente están sufriendo, y el Salmista dice, mira lo que contesta: "¿Hay conocimiento en el Altísimo? ¿Sabe Dios lo que yo estoy pasando?" Él está dudando de la soberanía y la cercanía de Dios. Él dice: "Pareciera que Dios se ha olvidado de mí." Y el verso 13 muestra el corazón del Salmista, y muchas veces es nuestro corazón: "Ciertamente en vano he guardado puro mi corazón." Lo que está diciendo es: "¿De qué me sirvió servir a Dios si así me paga Dios?" Entiende lo que está diciendo el Salmista.
Y la mentira que se está creyendo, hermanos, es que nosotros podemos guardar puro nuestro corazón. La Palabra dice que hasta nuestras mejores obras están manchadas de pecado; solamente la sangre de Jesucristo es la que nos hace puros a nosotros. Por eso le cobramos a Dios y le decimos, hermanos: no queremos la teología de la prosperidad, pero muchas veces cuando respondemos al sufrimiento, respondemos creyendo las mentiras de la teología de la prosperidad. "Dios, si yo te di esto, tú me tienes que dar esto." Y nuestro estado de ánimo refleja esa realidad. "¿Por qué te sirvo, Señor, si me vas a pagar de esta forma?" Ese es el problema, hermanos: servir a Dios por los beneficios, porque en ese instante no ves que lo importante es Dios mismo y no lo que tenemos o lo que Él nos puede dar.
La autocompasión es un síntoma de que estamos sirviendo a Dios por las cosas y no por lo que es Él. Y la autocompasión es un síntoma de que hemos olvidado el Evangelio, porque cuando tenemos y sentimos autocompasión —no estoy diciendo que batallamos con eso, que tenemos la tentación de tener autocompasión— es cuando nos entregamos a la autocompasión, cuando nos entregamos a ese sentido de pena, hemos olvidado lo que realmente merecemos. Merecemos el infierno, merecemos la ira de Dios por una eternidad, pero Dios en su misericordia, porque es bueno, puso a su Hijo para que tú y yo experimentemos la bondad de Dios. En esos momentos en que uno se siente mal, lo que necesitamos es ver la cercanía de Dios.
Hace unos años atrás, tuvimos una situación difícil que vivimos como familia. Yo no soy una persona que, usualmente, caiga en la depresión o el desánimo; ha sido, usualmente en mi vida, una persona con bastante alegría, y se le pueden preguntar a mi familia: usualmente soy así, contento y con mucha energía y cosas así. Pero esa situación tuvo un efecto fuerte, especialmente los lunes después de predicar. Oren por sus pastores los lunes; muchas veces los lunes pueden ser un día difícil para el alma de un pastor. Había un sofá en casa, yo me tiraba ahí como que: "¡Ay, pobrecito de mí! ¡Ten cuidado de mí!" Mi esposa, fielmente, porque me amaba, pasaba por el lado y esperaba que me dijera: "¡Ay, bendito, papito!" Y pasaba así, haciendo sus cosas, y me decía: "¿Tú tienes que abrir tu Biblia?" Y se iba caminando. Yo, que quería que me ayudara, la ignoraba. Y volvía a pasar y me decía: "¿Has hecho tu devoción?" Y yo también la ignoraba.
Pero ella ya sabía la realidad de que si yo abría este libro, este libro me iba a cambiar. ¿Verdad? Va a cambiar mi perspectiva de cómo veía la vida, de cómo veía esa situación. Ya sabía que si yo iba a este libro y el Espíritu Santo de Dios trabajaba en mí, iba a ser diferente. Pero porque se siente bien sentirse mal, muchas veces yo me acuerdo peleando allí en el sofá: "No quiero ir, quiero sentirme así, no quiero ser transformado."
Y el versículo 17 nos muestra a ese hermano. Punto número 3: la presencia de Dios. En la presencia de Dios experimentamos la bondad de Dios. Mira lo que sucede cuando vamos a este libro, cuando vamos a la presencia de Dios: "Hasta que entré en el santuario de Dios." Hubo un cambio. El salmista no dice que ahora las cosas le estaban yendo bien a él. El salmista no dice que ahora le estaba yendo mal a los impíos, o sea, que a él le estaba yendo bien. El salmista no dice que la circunstancia que le estaba pasando cambió. Lo que cambió fue hacia donde su corazón y su mirada estaban siendo dirigidos. Antes estaban siendo dirigidos hacia los impíos y hacia su propia persona; ahora, porque fue a la presencia de Dios, su mirada fue cambiada y fue puesta en la santidad, la belleza, la majestuosidad y la bondad de nuestro Dios. Y cuando eso sucede, hermanos, tenemos que cambiar. Tenemos que ser diferentes, porque nadie puede ver a Dios y ser igual. Y él dice entonces: "Comprendí el fin de ellos." Vio la vida muy diferente.
Hace seis años atrás, ochenta libras más, yo comencé a correr. Y comencé a correr, a correr; fue como una crisis de mediana edad. No tenía el dinero para comprar un convertible, así que me puse a correr. Comencé a correr y mi esposa me decía que me parecía a Forrest Gump. A veces, cuando me veía en esas situaciones, me decía que si me veía correr no podía creerlo, pero es algo. Comencé a correr y empecé a entrenar, y entrené para un medio maratón. Fue el primer medio maratón que iba a correr en el área de DC. Y eso estaba sucediendo justamente en este momento en que la vida se había puesto muy complicada, por diferentes razones que no vienen al caso.
Me acuerdo que, un día antes de la carrera, yo le digo a Cathy: "¿Sabes, Cathy? Yo creo que estamos en el kilómetro 20." Un medio maratón son 21 kilómetros. "Cathy, yo creo que estamos en el kilómetro 20. Vamos a terminar esta prueba." Y cuando fui a correr el medio maratón, estaba corriendo, y en el kilómetro 20 hay como una división: a aquellos que se matricularon para el medio maratón los dirigen hacia la meta, y aquellos que se matricularon para el maratón completo —todos comenzamos a la vez— les queda correr el otro medio maratón. Y ustedes ven a los que están llegando, y los otros los miran y los quieren tirar con algo, porque a ellos les queda hacer exactamente lo que acaban de hacer.
Y no fue que Dios me habló audiblemente, pero cuando yo crucé la meta —que fue un momento bien eufórico, la familia estaba allí, tenían letreros— yo sentí que Dios me dijo: "Todavía te falta otro medio maratón." Porque ustedes saben que muchas veces ponemos nuestra confianza en que la prueba va a terminar, y la pasamos a puro pulmón. Decimos: "Esto se va a acabar, yo puedo aguantar un poco más." Pero no podemos poner nuestra confianza en eso, porque no sabemos si Dios nos dice: "No, te queda otro medio maratón", o "te queda un ultramaratón."
Al final, el texto no nos dice que la confianza es que la prueba va a terminar, hermanos, porque si esta pasó, ustedes saben lo que ha pasado: va a venir otra. Nuestra confianza está en "hasta que entré en el santuario de Dios." Hasta que algo sucedió, que cambió, que fue diferente. ¿Se acabó la prueba? No. Lo que es diferente es que él fue a la presencia de Dios. Él llegó a donde Dios está. Dios, en medio de nuestras dificultades, no nos promete que nuestra dificultad va a terminar, pero ¿sabe lo que nos promete? Su cercanía. Y eso es suficiente, hermanos. "Hasta que entré en el santuario de Dios."
¿Cómo se ve la cercanía de Dios en el año 2019 para el creyente de este tiempo? ¿Cómo se ve la cercanía de Dios? Porque a veces tenemos un sentido místico y velado de la presencia de Dios. Déjenme decirles algunas formas en que yo creo que podemos ver la cercanía de Dios. Ya he hecho referencia a nuestras Biblias, hermanos. Este libro tiene la revelación de Dios; sus palabras son las palabras de Dios mismo. Si venimos humildemente dependientes del Espíritu, Dios va a hablar a nuestros corazones por medio de este libro. La presencia de Dios se ve cuando oramos a Dios.
Pero yo creo que muchas veces no pensamos en la forma en que el santuario de Dios se ve más fuertemente en este lado de la eternidad, en este tiempo. Véame si le argumento esto: ¿sabe usted dónde es el santuario de Dios ahora mismo? Dios dice que somos templos del Espíritu Santo, y su presencia se hace evidente de manera más clara cuando todos los ladrillos están juntos y la Palabra de Dios es proclamada. Hermano, no venga el domingo a una experiencia de aprendizaje. Venga a encontrar a Dios. Venga con la fe y la certeza de que Dios promete que cuando hombres imperfectos proclaman su perfecto mensaje, su presencia va a estar en medio de su pueblo como no está en ningún otro momento en este lado de la eternidad. Dios está aquí ahora mismo, hermanos, y usted viene y lo va a encontrar.
No venga a la iglesia como algo que hacer. Hermanos, no sacrifiquemos la presencia de Dios en el altar de los deportes de nuestros hijos, ni en la casa de campo, ni en el bote que tenemos. Es la presencia de Dios la que necesitamos. Necesitamos venir a escuchar esta Palabra siendo proclamada para que nuestros corazones no se endurezcan, sino que respondan en agradecimiento y en humildad a nuestro Señor. Hermanos, adoramos a Dios no solo cuando cantamos canciones, sino que adoramos a Dios cuando escuchamos su Palabra y respondemos en humildad. Esta es la presencia de Dios. Este es el altar de Dios. Este es el lugar donde experimentamos quién es Él.
Y hermanos, cuando estamos en la presencia de Dios, mira lo que cambia. Versículo 17, segunda parte: "Entonces comprendí el fin de ellos." ¿Qué pasaba antes? Los envidiaba. ¿Qué pasa ahora? Sabe que el fin de ellos es diferente. No hay nada que envidiarles. Acaban de decir que acabo de cumplir cuarenta y cinco años —sé que me veo más joven, muchas gracias—. Y yo no tengo el capital emocional, sea porque soy pastor o porque me estoy poniendo viejo, para invertir en películas de suspenso. No tengo el capital emocional. Y mis hijos querían ver la película de los Vengadores. Lo estoy diciendo también por Jairo. Pues uno hace cosas por sus hijos no necesariamente porque uno quiera hacerlo, y yo quería ir a verla y fuimos a verla.
Pero hermanos, yo, para no estar con la tensión de no saber qué iba a pasar en el cine, antes de ir fui a internet y leí qué pasaba en la película. Sabía lo que iba a pasar, y me senté allí de lo más tranquilo, como si nada. Me compré un palomitas de maíz —que hay que casi sacar una hipoteca para comprarlas— y con un refresco vi la película más tranquilo, porque yo sabía lo que iba a pasar. Le quité la tensión, le quité la expectativa.
La presencia de Dios hizo eso con el salmista. Él entendió lo que iba a pasar. Él entendió el fin. Él ya no estaba midiendo la bondad de Dios con lo que le estaba viviendo hoy. Él estaba midiendo la bondad de Dios con lo que va a pasar el día final, con lo que va a pasar cuando estemos frente a Él. La presencia de Dios cambió la perspectiva del salmista.
Mira, hay dos fines. Mira el fin del impío, versículo 19: "¿Cómo son destruidos en un momento? Son totalmente consumidos por terrores repentinos, como un sueño del que se despierta. Oh Señor, cuando te levantes, despreciarás su apariencia." Y hermanos, yo no puedo pensar en algo peor que pueda sucederle a un ser humano que ser despreciado por Dios. Que Dios tenga misericordia de nosotros. No puedo pensar en algo peor. Cualquier situación que estemos viviendo —y yo sé que la iglesia y el corazón de los pastores es caminar esto contigo, ayudarte, no queremos minimizar eso— cualquier situación que estemos viviendo en nuestras vidas, significativa o no, no se compara con que el día del juicio final Dios no te reconozca.
Realmente, hermanos, cuando entendemos nuestro fin —y es lo que el texto va a mostrar—, entendemos que Dios en su misericordia ha resuelto nuestro mayor problema, y es el problema de enfrentar la ira de un Dios Santo y vivo. Y eso, cuando estamos frente a Dios, cambia la forma en que vemos la vida. Oye, hermano, no estoy diciendo que es fácil, no estoy diciendo que nos quedemos ahí sin ir a la presencia de Dios, pero aquellos que Dios ha salvado y rescatado por su sangre, cuando pueden ver lo que es Dios, su perspectiva cambia y glorifican a Dios en medio de la dificultad. Puede el gobierno amedrentarnos y permanecemos firmes, porque sabemos en quién hemos creído y en su bondad.
Y en la presencia de Dios vemos el fin de ellos, pero vemos el fin nuestro, y vemos dos cosas: lo que Dios hace y lo que Dios es. Versículo 21: "Cuando mi corazón se llenó de amargura y en mi interior sentía punzadas, entonces era yo torpe y sin entendimiento, era como una bestia delante de ti."
Sin embargo, hermano, estas partes son tan hermosas. Él decía: yo era como un animal cuando estaba pensando de esa forma, cuando pensaba que Dios estaba lejos, cuando me estaba comparando con los impíos y sentía amargura en mi corazón. Yo era como un animal; eso es lo que dice el salmista. Mi mente no estaba pensando claramente, no estaba razonando de una forma bíblica. Así que él estaba haciendo todo eso, actuando como una bestia. ¿Cuál es su esperanza?
Sin embargo, hermano, ese "sin embargo" está lleno de la gracia de nuestro Dios. Actuamos como bestias, pero para aquellos que Dios ha lavado con su sangre, "sin embargo, yo siempre estoy contigo; tú me has tomado de la mano derecha; con tu consejo me guiarás, y después me recibirás en gloria." Cuando actuamos como bestias, mira lo que Dios hace: lo que Dios promete es que siempre está con nosotros. El salmista, en la presencia de Dios, se da cuenta de que caminó ese trecho pensando que estaba solo, y se da cuenta: si estoy en la presencia de Dios, si fui al santuario de Dios, es que Dios nunca estuvo lejos, es que Dios nunca me abandonó, es que aunque yo pensaba que estaba yendo por mi cuenta, que estaba haciendo mi vida, Dios me mantuvo con Él.
"Siempre estoy contigo, y porque siempre estoy contigo, porque tú me has tomado de la mano." Hermano, es asombroso que Dios nos tome de la mano. Él podía sentir que estaba distante de Dios, y Dios en su gentileza lo mantuvo. Ese es el amor del Señor. Hermanos, si tú eres de Él, Él no te va a dejar escapar. "Con tu consejo me guiarás, y después me recibirás en gloria."
Hermano, esta es la bondad de Dios en la providencia de salvarnos. Cuando vemos que estos corazones son rápidos para perderse —como decía, casi me pierdo—, cuando vemos que nuestro corazón rápidamente se entrega a la envidia del impío, cuando entendemos lo fácil que nuestro corazón puede ser engañado, y vemos la bondad de Dios de protegernos, de cuidarnos, de llevarnos hasta la gloria, que Él es el que nos va a llevar hasta el final, decimos: tú eres bueno, Señor, tú eres bueno; en ti confía mi alma.
Así que no solamente vemos lo que Él hace por nosotros, vemos lo que Él es. Es interesante, hermano: si Dios y el salmo se hubiese terminado aquí, Dios sería extremadamente bueno, infinitamente bueno, porque nos lleva a la gloria; eso sería suficiente. Pero tenemos que entender algo, hermano: Dios no nos salva simplemente para liberarnos del infierno y llevarnos al cielo. Dios nos salva para que lo experimentemos a Él. Él es el regalo, Él es el premio, Él es la meta.
Y por eso el salmista dice en el versículo 25, no solamente: "tú me recibirás en gloria." Ahora entendemos el versículo 25: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden fallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre." Hace unos versículos atrás él deseaba la prosperidad del impío; fue a la presencia de Dios, vio la gloria de Dios, vio la misericordia de Dios, y él dice: a ti te deseo. Oh Señor, muéstranos tu gloria para que nuestro corazón sea abierto a ver tu belleza, tu majestuosidad, tu esplendor, tu santidad, y que nuestros corazones se aferren a ti.
Que en realidad, hermanos, en el momento de dificultad, Dios abra nuestros ojos para ver cuán suficiente es Él para satisfacernos. Él dice que su carne puede fallecer, que él puede fallar, pero al final: "mi porción para siempre es Dios." Hermanos, esa palabra "porción" es como una herencia. Él dice: Dios es mi porción para siempre.
¿Qué significa esto de "porción"? Si nosotros pensamos en una herencia, pensamos en que nos dejaron una cuentita de banco, o una casita, o una parcelita, o un lugar; pero usted sabe que eso no es algo que usted necesita para vivir, vas a sobrevivir. En el tiempo bíblico, una porción era que si tu papá era pastor, para que tu familia sobreviviera tenían que cuidar las ovejas, y eso era la dependencia para la familia poder vivir. Si tu papá era carpintero, era pasar el oficio de carpintero, y las herramientas tenían que transmitirse para que la familia sobreviviera. Si esas ovejas eran perdidas, era una sentencia de muerte para esas familias; si esas herramientas eran robadas, era una sentencia de muerte para esa familia.
Y el salmista dice: yo no necesito mi porción, yo te necesito a ti; tú eres mi porción, tú eres lo que necesito para vivir, tú eres lo que necesito para despertar, tú eres más que el oxígeno que me da vida. Hermanos, necesitamos que Dios sea aquello que nos satisface profundamente, que Él sea nuestra porción. Porque cuando Él es nuestra porción, pueden tener el cargo que deseamos, pueden tener la casa que deseamos, pueden tener la salud que deseamos, pueden quizás tener hasta el matrimonio que deseamos —o la apariencia del matrimonio que deseamos, porque en Facebook todo el mundo tiene buen matrimonio—, pero cuando experimentamos a Dios, Él es lo que deseamos.
Y al final, el salmista termina con un contraste de la diferencia del fin de ellos y el fin nuestro: "Porque aquí, los que están lejos de ti perecerán; tú has destruido a todos los que te son infieles." Versículo 28: "Mas para mí, estar cerca de Dios es mi bien; en Dios el Señor he puesto mi refugio para contar todas tus obras." Lejos contrasta con cerca; muerte contrasta con bondad; destrucción contrasta con refugio. Él está diciendo: lo que yo necesito es estar cerca de Dios, porque cuando no estoy cerca de Dios, mi mente se nubla, pienso como el mundo, tomo los valores del mundo, añoro las cosas del mundo. Lo que es bueno para ti y lo que es bueno para nosotros es la cercanía de nuestro Dios.
No puedo terminar y hablar de la cercanía de Dios —cuando el salmista dice: "para mí estar cerca de Dios es mi bien"— sin que recordemos el Evangelio, hermanos. A veces tomamos por sentado la cercanía de Dios y nos olvidamos de que la cercanía de Dios para nosotros, para que sea un bien, tomó que Cristo muriera en nuestro lugar. Porque la cercanía de Dios sin el sacrificio de Cristo sería juicio, sería muerte, sería destrucción. Cuando podemos acercarnos a Dios, siempre debe haber un corazón de agradecimiento y de gozo. ¿Por qué? Porque sabemos que Dios nos recibe, porque otro recibió nuestro castigo. Así que la cercanía de Dios es un recordatorio constante de la bondad de Dios al dar a su Hijo a morir por nosotros.
Quizás tú estás en lo mismo en el kilómetro 20, quizás estás en el kilómetro 41, quizás estás en un ultramaratón, o quizás acabas de recibir ese golpe y estás aturdido. No importa dónde estás en tu caminar en esta prueba; lo que tú necesitas, lo que yo necesito, es la presencia de nuestro Dios, es la bondad de Él. Y sabemos qué es bueno, porque vemos a Jesús muriendo por nuestros pecados, colgado entre el cielo y la tierra, siendo abandonado cuando tú y yo merecíamos estar ahí.
Que la realidad del Evangelio encienda nuestros corazones con la realidad de la bondad de nuestro Señor, para que en medio de nuestros sufrimientos, en medio de nuestras dificultades, en medio de una sociedad cambiante, podamos vivir llenos de gozo, fe y fortaleza, sabiendo que nuestro Dios es bueno y está cerca de su pueblo, y sabemos cuál es nuestro fin: será su gloria.
Si estás aquí y tú no has experimentado la bondad de Dios, yo te invito a que vengas a Cristo en fe y arrepentimiento, conociendo que Jesús dio su vida para perdonar tus pecados, y en arrepentimiento al apartarte de tus pecados. Si estás aquí y hay uno de los pastores cerca de ti, quédate a hablar con él, quédate a orar. Y si tú eres un creyente, que la realidad de la bondad de Dios sea bálsamo para nuestros corazones mientras caminamos en un mundo caído y esperamos estar en su presencia para siempre.
Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!
Joselo Mercado es pastor principal de la Iglesia Gracia Soberana en Gaithersburg, Maryland. Oriundo de Puerto Rico, dejó su carrera en consultoría en 2006 para ingresar al colegio de pastores de Sovereign Grace Ministries y servir de lleno en el ministerio. Completó una Maestría en Artes en Estudios Teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary (SBTS). Está casado con Kathy Mercado y es padre de Joey y Janelle. Puedes encontrarlo en Facebook y Twitter.