La causa de Cristo tiene un precio, y Juan el Bautista lo pagó con su cabeza. Marcos dedica quince versículos a la muerte de este profeta y apenas tres a su ministerio, un desbalance que sugiere algo importante: cuando Juan desapareció, no murió uno más. Se fue la conciencia moral de una nación, la voz que confrontó el pecado en todas las esferas —desde los soldados que extorsionaban hasta el rey que vivía en adulterio.
Juan no estaba en la cárcel por predicar el evangelio, sino por decirle a Herodes lo que nadie se atrevía: "No te es lícito tener la mujer de tu hermano". Hubiera sido más fácil limitarse a predicar arrepentimiento a la gente común, pero Juan entendió que el avance del reino implica confrontar la maldad de cada generación, incluida la de quienes gobiernan. Los malos ejemplos se copian más rápido que los buenos, y callar era endosar un liderazgo corrupto.
Lo extraordinario es que Herodes mismo reconocía que Juan era justo y santo. Lo protegía, le gustaba escucharlo, quedaba perplejo con sus palabras. Pero perplejo no es lo mismo que arrepentido. Tenía poder para salvarlo, pero no carácter para sostener su convicción cuando la presión de Herodías y sus invitados lo acorraló. Prefirió complacer a los hombres antes que a Dios.
La pregunta que deja el sermón es directa: si nuestra fe no nos está costando nada, ¿realmente la estamos viviendo? Cada creyente está llamado a ser parte de esa conciencia moral que Dios da a las naciones, comenzando en la familia y extendiéndose hasta donde el llamado lo lleve.
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Para vivir en satisfacción. Marcos capítulo 6, del 14 al 29. Es una historia muy conocida, y que desde ya vamos a estar pidiéndole a Dios que a través de lo conocido pueda revelar algo desconocido para nosotros. Leemos el texto, pausamos, oramos y exponemos.
Marcos 6, versículo 14: "El rey Herodes se enteró de esto, pues el nombre de Jesús se había hecho célebre, y la gente decía: 'Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, por eso es que estos poderes milagrosos actúan en él'. Pero otros decían: 'Es Elías'. Decían otros: 'Es un profeta como uno de los profetas antiguos'. Y al oír esto, Herodes decía: 'Juan, a quien yo decapité, ha resucitado'. Porque Herodes mismo había enviado a prender a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano Felipe, pues Herodes se había casado con ella. Porque Juan le decía a Herodes: 'No te es lícito tener la mujer de tu hermano'. Y Herodías le tenía rencor y deseaba matarlo, pero no podía. Porque Herodes le temía, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo mantenía protegido. Y cuando lo oía se quedaba muy perplejo, pero le gustaba escucharlo. Pero llegó un día oportuno cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete a sus nobles y comandantes y a los principales de Galilea. Y cuando la hija misma de Herodías entró y danzó, agradó a Herodes y a los que se sentaban a la mesa con él. Y el rey dijo a la muchacha: 'Pídeme lo que quieras y te lo daré'. Y le juró: 'Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino'. Ella salió y dijo a su madre: '¿Qué pediré?' Y ella respondió: 'La cabeza de Juan el Bautista'. Enseguida ella se presentó apresuradamente ante el rey con su petición, diciendo: 'Quiero que me des ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja'. Y aunque el rey se puso muy triste, sin embargo, a causa de sus juramentos y de los que se sentaban con él a la mesa, no quiso desairarla. Y al instante el rey envió a un verdugo y le ordenó que trajera la cabeza de Juan, y fue y lo decapitó en la cárcel. Y trajo su cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Cuando sus discípulos oyeron esto, fueron y se llevaron el cuerpo y le dieron sepultura".
La semana anterior habíamos hablado acerca de la primera misión que Jesús delegó a sus discípulos cuando los envió de dos en dos. Y cuando lo hizo, los invistió con poder: con poder para predicar, con poder para hacer señales y prodigios, a través de los cuales ellos iban siendo confirmados y el mensaje iba siendo también confirmado. Marcos no termina la narración de esa primera misión y la interrumpe para introducir, como habíamos mencionado también hace una semana, esta narración que tiene que ver con la muerte de Juan el Bautista, algo que nosotros conocemos o hemos oído muchas veces a través de otros, o lo hemos leído.
Es interesante que en toda la historia de Marcos solamente hay dos pasajes que no tienen que ver con Jesús, y los dos tienen que ver con Juan el Bautista. Este es el segundo. El primero tenía que ver con la misión de Juan: tres versículos nada más, tres versículos dedicados al ministerio de Juan el Bautista, el introductor del Mesías, y catorce o quince versículos dedicados a la muerte del mismo profeta. Y uno tiene que pausar y preguntarse: este desbalance en el Evangelio, aparente desbalance en el Evangelio de Marcos, ¿a qué se debe?
Bueno, Marcos no lo establece, pero en parte Marcos entiende que el ministerio de Juan el Bautista es un ministerio transitorio que va a dar paso a un ministerio mayor: el ministerio del Mesías. El mismo Juan había dicho: "Es necesario que él crezca y que yo mengüe". De manera que quizás Marcos está ayudándonos a entender que, si bien es cierto que fue importante ese ministerio, el ministerio de Juan, no es menos cierto que fue transitorio, y quizás de ahí la brevedad de su descripción o narración.
Por otro lado, la muerte de Juan pone fin a una era, pone fin a la era anterior, a la era del Antiguo Testamento. Juan el Bautista es considerado el último profeta del Antiguo Testamento. Aquí hay un cierre; aquí hay una inauguración de algo nuevo, de una nueva etapa, la etapa del Mesías. El propósito para el cual Juan vino a este mundo había concluido, y concluido su propósito, ya no tenía ningún sentido el que Juan permaneciera en esta tierra, de este lado de la gloria. De manera que él estaba a punto ya de partir, y Marcos dedica ahora un texto mucho más largo, mucho más extenso, para describir la muerte de este gran profeta de Dios.
Quizás Marcos estaba pensando también que la muerte de Juan el Bautista, su martirio, estaba apuntando al martirio de Cristo. Como veremos un poco más adelante, hay similitudes en estas dos cosas; eso pudo haber sido otra razón por la cual él le da más tinta a esta narración que al ministerio entero de Juan. Por otro lado, no podemos olvidar que esta narración interrumpe la narración de la primera misión de los discípulos, y por tanto, tácitamente aquí hay un mensaje que está siendo dejado para nosotros: cuando tú vas a hacer la misión del Maestro hay un precio que pagar. Y algunos tendrán que pagarlo muy alto, y otros quizás menos alto, pero hay un precio que pagar. Y la pregunta es: ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a pagar el precio que la causa de Cristo requiere?
Y por esa razón yo he titulado este mensaje "Su causa". El propósito de nuestra conferencia: por su causa. Su causa tiene un precio. Y no hemos comenzado a exponer el texto y quizás yo quisiera traer una pregunta de reflexión ya en la introducción: ¿Cuántos de nosotros estamos pagando un precio por nuestra fe? Porque si nuestra fe no nos está costando un precio, yo tengo que hacerme la pregunta si la estoy viviendo. Si nuestra fe no nos está costando un precio, tengo que preguntarme si la estoy viviendo. La causa de Cristo tiene un precio, y a Juan el Bautista le tocó pagarlo con su cabeza, a pesar de ser quien era.
En el momento en que Herodes se entera del nombre de Jesús, de lo que está haciendo, había tres posiciones principales en torno a Jesús y quién era. La primera es que era Juan el Bautista resucitado, nos dice el versículo 14, y de hecho, esa era la posición de Herodes. Algo extraño, porque para concluir eso yo tendría que estar en completa ignorancia de los años anteriores. Estos dos hombres, estos dos enviados de Dios, fueron contemporáneos; de hecho, uno bautiza al otro. ¿Cómo es que uno representa la resurrección del otro? Herodes era parte del grupo o partido de los saduceos, y los saduceos no creían en la resurrección. ¿Cómo es que Herodes concluye entonces que quizás Cristo era nada más y nada menos que Juan el Bautista resucitado? Quizás tenía una completa ignorancia de los hechos. Él piensa, Herodes piensa: "Este Juan, a quien yo decapité, ha regresado para atormentarme, y aquí está".
Herodes no dice: "Juan, a quien nosotros decapitamos", sino "a quien yo decapité". Y es posible, el texto no nos dice, pero es posible que ese "yo" ahí sea algo enfático, ayudándonos a entender una parte del cargo de conciencia que Herodes pudo haber estado experimentando y del cual no pudo deshacerse rápidamente, porque él sabía que el hombre a quien él decapitó era un hombre justo y santo, como el mismo texto que leímos nos deja saber.
La conciencia de Herodes estaba ahí activa antes de decapitarlo, diciéndole: "Herodes, este es un hombre santo, justo. Esto que Herodías, tu mujer, quiere hacer, no lo hagas". Hasta el punto que lo tenía protegido, nos dice el texto. Y esta es una de las funciones de la conciencia: la conciencia se supone que actúe antes de yo pecar, dejándome ver cosas que yo debiera saber para no actuar de mala manera. Pero la conciencia, cuando nosotros comenzamos a movernos en la dirección del pecado, comienza a debilitarse y alcanza su punto más débil en el momento cuando el pecado está siendo llevado a cabo. Por eso lo cometemos, porque la conciencia está totalmente deshabilitada o debilitada en ese momento.
Pero una vez yo peco, y yo creo que cada uno de nosotros ha estado ahí en algún momento y con referencia a diferentes tipos de pecados, una vez yo peco, entonces la conciencia como que se reactiva de nuevo y alcanza su función o su rol más fuerte, acusándonos y dejándonos sentir el peso de lo hecho. Y ahora yo me siento a veces debilitado, no por el deseo del pecado, sino por la acusación de la conciencia. Y Herodes está reflexionando y dice: "Es posible que este sea Juan, a quien yo decapité". Pero otros decían, dice el versículo 15: "No, no, no, este es Elías". Y otros decían: "No, no, no, este es uno de los profetas antiguos", y que uno de ellos que ha retornado del más allá es lo que le ha dado la capacidad de hacer estas señales y prodigios, o le ha dado estos poderes a Jesucristo.
Y con esa introducción, entonces yo quisiera ver esta mañana cuatro enseñanzas fundamentales y algunas aplicaciones. Y la primera de esas enseñanzas es el poder del llamado de Dios sobre la vida de un hombre.
Versículos 17 y 18: "Porque Herodes mismo había enviado a prender a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano Felipe, pues Herodes se había casado con ella". Escucha ahora: "Porque Juan le decía a Herodes: 'No te es lícito tener la mujer de tu hermano'". El poder del llamado de Dios sobre la vida de un hombre.
Juan no está en la cárcel por predicar el Evangelio. No está en la cárcel porque Herodes considera la fe cristiana una amenaza a su autoridad. Juan está en la cárcel porque él hizo algo que muchos no se atrevieron, y es denunciar el pecado de la autoridad de turno: "Tú tienes una mujer que no te es lícita; tú necesitas devolver esa mujer". Para Juan hubiera sido mucho más fácil simplemente predicar el Evangelio y el mensaje de arrepentimiento, y formar a sus primeros discípulos que él dejaría al Mesías, y eso no lo hubiese metido en problemas con Herodes. Eso lo hubiese tenido fuera de la cárcel. Lo que lo lleva a la cárcel es una confrontación con la vida personal de la autoridad del momento.
Juan entendió algo que es vital, y es que el avance del reino de los cielos representa necesariamente una confrontación con el pecado de la generación en la cual la verdad está siendo proclamada. No importa el período de la historia de la Iglesia que tú revises, tú siempre encontrarás la confrontación de los valores del reino chocando con los valores del mundo, y voces levantadas por Dios llevando a cabo la confrontación. Juan es esa voz en ese momento.
Decía un autor con relación a los profetas del pasado, algo que destacó al profeta del Antiguo Testamento, fue el hecho de que el profeta fue una persona solitaria que denunció al malvado, al cínico, al creyente, al sacerdote, al príncipe, al rey, a los jueces y a los falsos profetas. Nadie se les escapó. La conciencia nacional, la conciencia moral del pueblo de Dios, haciéndose presente. Si el pueblo de Dios o representantes del pueblo en cada momento de la historia no alzan su voz, la nación queda sin una conciencia moral, y la nación sin conciencia moral va a la deriva, el pueblo se desenfrena y sufre las consecuencias de su desvarío.
En este momento Juan el Bautista fue levantado por Dios como esa conciencia. Juan no está dispuesto a permanecer callado. Juan sabe que él tiene una misión, pero su misión incluye la confrontación de la maldad de su generación, en este caso en la vida de Herodes. Cuando nosotros leemos acerca de la vida de Juan, y para fines de aclarar, cada vez que me refiera a Juan sin el calificativo del Bautista durante todo el sermón, me estoy refiriendo al Bautista.
Cuando uno lee los evangelios acerca de la vida de Juan, uno encuentra en algunos pasajes de qué otra manera Dios lo levanta como esa conciencia moral de su generación o de la nación. En Lucas 3, versículos 12 al 14, nosotros leemos lo siguiente: "Vinieron también unos recaudadores de impuestos para ser bautizados y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? Entonces él respondió: No exijáis más de lo que se os ha ordenado." En otras palabras, no seas un usurero. Ahí está la conciencia moral actuando para la nación.
También algunos soldados le preguntaban diciendo —soldados gentiles que venían, los judíos no eran soldados, los romanos, gentiles venían del pueblo— y le decían: "¿Y nosotros qué haremos?" Y él les dijo: "A nadie extorsionéis, ni a nadie acuséis falsamente, y contentaos con vuestros salarios." Ahí está la voz moral de Dios confrontando el pecado de estos soldados en su momento, que extorsionaban, que levantaban falsas acusaciones y que vivían inconformes con su salario, y que por tanto formaban parte de la corrupción de aquel momento.
Juan era una parte importante de esa conciencia moral en sus días, y quizás Marcos nos está ayudando a ver, al dedicarle tanto tiempo a su muerte, que cuando él desaparece no desapareció uno más. Alguien importante en el pueblo había dejado de existir, alguien que ejerció una función no solamente de introducir al Mesías, sino de confrontar la maldad y los vicios imperantes en aquel momento, que le habló al rey, que le habló a los soldados, que le habló a los recaudadores de impuestos.
Si tú revisas la historia de la Iglesia, tú te encuentras a William Wilberforce haciendo exactamente la misma cosa, siendo parte de la conciencia moral de Inglaterra en un momento en que la esclavitud estaba imperante, y luchó en el Parlamento por veintiséis años hasta lograr la abolición de la esclavitud. Eso es exactamente lo que Dietrich Bonhoeffer hizo durante la Alemania de Hitler, ser parte de esa conciencia moral que le habla al pueblo, que le habla a las autoridades, que confronta el pecado.
De hecho, cuando tú revisas la historia bíblica y te vas bien atrás, tan atrás como anterior al diluvio, tú encuentras que Dios levantó un profeta de nombre Noé, a quien Él llama en 2 Pedro 2:5 profeta de justicia, un hombre que por ciento veinte años es un profeta de justicia en medio de una generación altamente corrupta, predicando la verdad y predicando la justicia. Y cuando la justicia no fue obedecida, el diluvio entonces llegó más de un siglo después.
Lo peor que le puede ocurrir a una nación es que Dios decida dejarla ir en la dirección en que sus deseos e impulsos quieran ir y dejarla sin confrontación. ¿Por qué? Eso implicaría el abandono de Dios de esa nación o de ese grupo. En el momento en que Juan el Bautista está presente, él tiene un rol que jugar, y cuando él lleva a cabo su rol, él pierde la cabeza, porque él se identificó públicamente con lo que él creía privadamente.
Stephen Carter escribió un libro que se llama Integrity, Integridad. En su libro, él dice que la integridad implica tres cosas. Yo me he referido a esto en clases anteriores, no sé si desde este púlpito, de manera que para alguno le pudiera sonar familiar, pero Carter habla de que la integridad implica tres cosas. Número uno, implica discernimiento para conocer la diferencia entre lo bueno y lo malo. Juan tenía eso. Número dos, vivir conforme a los valores que te han permitido ejercer discernimiento. Juan tenía esos valores y vivía conforme a esos valores. Número tres, requiere una identificación pública con lo que tú crees en tu interior. Y cuando Juan se identifica públicamente con lo que él cree, es en ese momento en que él entonces pierde la cabeza.
Y yo creo que es en la no identificación pública con lo que nosotros creemos en nuestro interior donde la mayoría de las veces el pueblo de Dios ha fallado.
En el año 2000, cuando James Montgomery Boice murió, R.C. Sproul, comentando su muerte —Boice iba a una conferencia del Ministerio Ligonier y no pudo llegar porque murió días antes, creo que días antes, y alguien tuvo que tomar su lugar— R.C. Sproul comentando en esa ocasión dijo que la muerte de Boice era parte del juicio de Dios sobre América. Y cuando él dijo eso, quiso llamar la atención de lo importante que esta voz había sido para la nación hasta ese momento, en la forma en que predicó el Evangelio y en la forma en que supo confrontar los errores precisamente tanto de la iglesia como de la sociedad en su momento.
Juan el Bautista ya se ha ido y ha sido decapitado por Herodes. ¿Quién era este Herodes? Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. Herodes el Grande fue el padre de cuatro hijos. Cada uno de ellos recibió el nombre de Herodes también. Herodes Felipe era uno, Herodes Antipas era otro. Herodes Antipas es el de nuestra historia, el segundo de los cuatro hijos. Él tuvo a sus cuatro hijos con diez esposas diferentes. De la unión de Herodes el Grande con Mariana Primera salió un hijo de nombre Herodes Antipas, que gobernó desde el año cuatro antes de Cristo hasta el año 39 después de Cristo.
En realidad, aunque el texto lo menciona como rey en algún momento, él nunca fue rey, y cuando demandó que se le hiciera rey, el emperador lo exilió a un área que hoy sería considerada como Francia. Era un tetrarca. El reino, a la muerte de Herodes el Grande, fue dividido en cuatro. Tetrarca implica eso, una cuarta parte. Era un tetrarca, tetrarca de Galilea y de Perea, Perea una provincia larga y estrecha del otro lado del Jordán, donde Juan solía predicar cuando estaba bautizando, Juan el Bautista nos referimos.
Este es el Herodes Antipas que en un momento dado viaja a Roma y visita a Herodes Felipe, su hermano en Roma, casado con Herodías. Se enamora de Herodías, Herodías divorcia a Herodes Felipe, y Herodes Antipas divorcia a su esposa, y los dos ahora divorciados se casan. Y Juan el Bautista le dice: "No, no, no, no. Usted no puede estar casado con esa esposa de tu hermano." Herodías lo odiaba por denunciar precisamente el pecado en medio del cual ella vivía.
¿Por qué denunciar a Herodes? ¿Por qué no simplemente predicar el Evangelio y el arrepentimiento a la población general? Ya hemos dicho algunas de las razones, pero quizás otra de las razones es que Juan entendía lo importante que es el liderazgo nacional como ejemplo bueno o malo para una nación. Los malos ejemplos se copian más rápido y más fielmente que los buenos modelos. Herodes y toda su familia era un mal modelo para la nación. Permanecer callado era endosar un mal modelo de liderazgo.
Yo no creo que es por accidente que Dios nos manda a orar por las autoridades de turno. Autoridades que no le conocen. Y Dios, yo estoy seguro que, dado todo lo demás que la Palabra revela, quisiera que oráramos en primer lugar por su conversión. Pero en el contexto en que habla de que oremos por las autoridades de turno, no es en el contexto de la conversión, sino el contexto de las habilidades con las que ellos van a manejar la cosa pública, de la autoridad, cómo la van a manejar, cómo van a hacer uso de ella. Y en este caso entonces Herodes es autoridad, y los líderes tienen consecuencias de la misma manera que las ideas tienen consecuencias. Y Juan enfrentó el liderazgo nacional de turno.
El poder del llamado de Dios sobre la vida de un hombre, tú lo puedes ver en la vida de Juan el Bautista, quien no temió hasta perder la cabeza.
Número dos, habiendo visto el poder de ese llamado, quiero que veamos el poder del rencor, versículos 18 y 19: "Juan le decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano. Y Herodías le tenía rencor y deseaba matarlo, pero no podía."
Herodías era la cuñada de Herodes Antipas. De hecho, es una historia bien complicada, yo no puedo entrar ahí porque el tiempo no me lo permite, habría que hacer un árbol genealógico, pero Herodías era su sobrina, de manera que él no solamente le quitó la esposa a su hermano, sino que se casó con su sobrina. Y eso es lo que Juan no toleraba. Pero la denuncia de lo que Juan no toleraba es lo que Herodías tampoco toleraba, y es que un profeta de Dios le enrostrara su pecado. Y el texto dice que le tenía rencor y deseaba matarlo, pero no podía. El rencor de esta mujer llegó hasta tal punto que ella preparó una trama en la que involucra a su hija.
La palabra para "hija" usada ahí es la misma palabra usada para la hija de Jairo, que apenas tenía doce años, de manera que se supone que era una hija bien joven. No de Herodes Antipas, pero sí de Herodías, e involucra a su hija jovencita en esta trama. Ella entonces está danzando para el tetrarca en un día de su cumpleaños. El texto no nos dice cuál tipo de danza, pero cada comentario que yo leí, algunos lo asumen categóricamente, a lo cual yo no puedo hacer, pero algunos asumen categóricamente que esta fue una danza sensual. Yo creo que para llegar a esa conclusión no pudiera hacerlo de manera especulativa. Hago el trasfondo cultural, pero no porque el texto nos diga nada parecido.
Evidentemente, en este tipo de celebración las personas que danzaban para los que estaban celebrando, en este caso su cumpleaños, eran personas contratadas, prostitutas y demás, y lo hacían de una manera sensual. De manera que muchos concluyen, y otros especulan, que probablemente la hija danzó sensualmente. Eso agradó a Herodes, y entonces Herodes, sintiéndose complacido con lo que había pasado con esta jovencita, le hace la promesa que leí.
Herodías, su madre, prefirió, en vez de deshacer, eliminar lo que estaba mal hecho, eliminar lo que estaba bien hecho. En vez de eliminar el mal, el pecado, ella prefirió eliminar el bien. Mantiene su matrimonio adúltero, pero mata a quien le hizo ver la maldad en medio del matrimonio.
Y así es el rencor. De alguna manera también, si tú eres un ser humano, en algún momento tú has experimentado lo que es el rencor. Quizás hay alguien aquí todavía con rencor, pero todos nosotros experimentamos desde temprana edad, incluso visos de rencor, o rencor en su máxima expresión. En ocasiones hijos han dicho a sus padres: "Ojalá te mueras". Otros no lo han dicho, pero lo han pensado. Es parte del rencor: es cruel, es insensible, es vengativo, es perseguidor, no te deja tranquilo, no puedes dormir en la noche, te levantas temprano, es ciego, es racionalizador de nuestros errores, de nuestras propias injusticias, es calumniador, hasta el punto que llega un momento en que tú deseas que el otro desaparezca.
Y si bien es cierto que la mayoría de nosotros, que sea ninguno de nosotros, hemos pensado matar a nadie, por lo menos yo espero, no es menos cierto que en ocasiones hemos querido que esa persona simplemente desaparezca de mi vida o desaparezca de mi memoria. A veces incluso lo hemos dicho: "No, yo lo enterré. No, yo no tengo problema con él. Por el día yo lo olvidé. Mira, es como si no viviera". Eso es el rencor.
Herodías hace algo similar a lo que hizo Jezabel. Estas dos mujeres se parecían. Jezabel tramó algo para matar a Nabot y que Acab se quedara con la viña. Se conoce la viña de Nabot, la historia detrás. Herodías tramó algo para que Herodes se quedara con su mujer, que era nada más y nada menos que ella misma. Y otras veces no matamos como mataron a Juan el Bautista, decapitándole la cabeza, pero matamos con el poder de la lengua. Eso es exactamente lo que Santiago dice en el capítulo 3.
El rencor es el fruto, es la cosecha de la ira. La ira es lo que yo siembro, es la semilla que yo siembro, pero la semilla que yo siembro tiene un fruto. Hay una cosecha al mes, a los dos meses, a los tres meses, y la cosecha a veces al treinta por uno, o al sesenta por uno, o al cien por uno. Y lo que ocurre con la ira, que es la semilla del rencor, es que esa ira adormece la conciencia, y matar a Juan ahora no era una gran cosa. La conciencia no estaba funcionando. La ira también oscurece el entendimiento, no me deja ver las cosas claramente, incendia el corazón, lo incendia de pasión, una pasión incontrolable que pierde el dominio propio.
Y cuando tú tienes ahora una conciencia adormecida, un entendimiento entenebrecido y tienes un corazón encendido, pues no hay nada que tú no seas capaz de hacer. Esa ira nos hace perder el temor reverente por Dios. Por eso es que Caín se aíra con Dios cuando ve con beneplácito toda la ofrenda de Abel. Perdió el temor reverente a ese Dios. Es la razón por la que Jonás, cuando Dios le pregunta si tiene razón de estar airado, Jonás dice: "Sí, tengo razón hasta la muerte". La ira me hace perder el temor reverente a ese Dios, me hace perder también el respeto por la dignidad humana en el otro, y entonces estamos dispuestos a violentar a Dios y violentar al otro también.
Herodías no descansó hasta que vio a Juan el Bautista decapitado. La muerte de Juan el Bautista puede ser atribuida de manera exclusiva o de manera exclusivista directamente al rencor de Herodías por Juan. Y lo único que Juan le había dicho es lo que ya Dios había dicho: "No te es lícito tener la mujer de tu hermano". Ese es el poder del rencor.
Quiero que veamos entonces, habiendo visto el poder del llamado de Dios sobre la vida de un hombre y el poder del rencor, el poder de la integridad. Versículo 21: Herodes temía a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo mantenía protegido. Y cuando lo oía, quedaba muy perplejo, pero le gustaba escucharlo.
Uno pensaría que Juan debía haber sido la persona que temía a Herodes, pero es Herodes quien teme a Juan. El poder de la integridad. Herodes sabe que Juan es un hombre justo, es un hombre santo, y le teme. Cuando él, quien tiene la autoridad en la mano y quien tiene el poder humano en la mano, se entera de que Herodías le tiene rencor, lo protege. Y la cárcel era parte de la protección de Herodes sobre Juan.
Ciertamente la integridad es una virtud poderosa que convence aun a los enemigos muchas veces. Vemos cómo gente sin integridad, como Herodes, respeta gente con integridad, como Juan el Bautista, hasta el punto de que lo consideraba justo y santo y lo protegió.
La integridad es un valor deseable. De hecho, yo dudo que aquí hay alguien que diga: "Yo no quiero integridad". Si hacíamos la pregunta "¿Alguien que no desearía integridad en este salón?", no importa cómo esté viviendo, yo creo que prácticamente todo el mundo diría: "Sí, yo quisiera integridad". De manera que la integridad es un valor deseable. El problema está en que muy pocos tienen, o muy pocos están dispuestos a pagar el precio para adquirirla.
Pastor, preciosa otra pregunta. Y esta nueva pregunta: ¿La queremos? Sí, pero hay una pregunta que viene con esa, y es: ¿Estamos dispuestos a pagar el precio para adquirirla? Queremos tenerla, pero no queremos pagar por tenerla. Es decir, la integridad es poderosa, se admira, es admirable.
En múltiples veces yo he escuchado a personas conocidas en el medio público como personas que no tienen integridad, hablar bien de personas con integridad. Y aquí tú lo puedes ver una vez más. Herodes habla bien de Juan. Entre otras cosas, ha dicho de él: "Su nombre es justo, su nombre es santo". Y la opinión que él tiene de Jesús es mejor que la opinión que los hermanos de Jesús tenían de él. La opinión de los hermanos de Jesús era que estaba loco. La opinión de Herodes: que Juan el Bautista resucitó. Aquí él lo consideró justo y santo, de manera que Herodes tiene una mejor opinión de Jesús que los hermanos de Jesús.
Pero sirve eso también para recordarnos que tener una buena opinión de Jesús y conversión y salvación son dos cosas completamente diferentes. Herodes es un hombre sin escrúpulos, pero respeta a Juan y lo tiene protegido. Herodías tenía rencor, Herodes tenía protección.
Y la integridad no solamente es deseable y es admirable, es poderosa, capaz de hacer al otro sentirse convicto de pecado. Pero una vez más, sentirme convicto de pecado y arrepentirme son cosas completamente diferentes. ¿Te recuerdan la historia también de Pablo frente a Festo, frente a Félix? "Ya, vete de aquí, por poco me convences. Vete antes de que me convenzas". Y lo mandaba a buscar una y otra vez porque le gustaba oír a Pablo.
En este caso, Herodes dice que le gustaba oír a Juan el Bautista, dice el texto. Le tenía miedo, se quedaba perplejo. Yo me imagino esta imagen: "Tráeme a Juan el Bautista esta noche, todo el proveer algo que me ayude a calmar la conciencia". Juan viene y le predica, no sé qué, pero le habló. Y me imagino a Herodes: "Sí, pero no me voy a arrepentir".
Y yo creo que en ocasiones gente va, viene a esta iglesia o va a otra iglesia y oye un buen sermón y dice: "¡Wow! Qué bueno". Y a las once, cuando termine el servicio: "Pero qué bueno que ya acabó. Acabó, cierro la conciencia y me voy". Perplejos, pero no arrepentidos. Perplejos, pero no convertidos.
Vance Havner años atrás escribió y decía: "Somos desafiados en estos días, pero no cambiados. Recibimos convicción, pero no conversión. Oímos, pero no hacemos, y por tanto nos engañamos a nosotros mismos". Me lo repetiré otra vez: "Somos desafiados en estos días, pero no cambiados. Recibimos convicción, pero no conversión. Oímos, pero no hacemos, y por tanto nos engañamos a nosotros mismos".
El regreso de Herodes, el que decapitó a Juan. Este hombre pensaba bien de Juan. Como decíamos, cuando tus enemigos piensan bien de ti, eso es una vida bien vivida. Recuerda las palabras de Proverbios 16:7: "Cuando los caminos del hombre placen a Dios, él hace que aun tus enemigos estén en paz contigo". Es un llamado a vivir una buena vida en Cristo, despreocupado de lo demás, que Dios se encargará del resto.
Herodes tenía razón. Este era un hombre justo, pero no lo hizo cambiar de opinión. Este era un hombre justo para protegerlo, pero no era un hombre justo para cambiar. Lo más probable es que lo tenía protegido de su esposa, no fuera a ser que ella lo mandara a matar fuera de la prisión. Estaba más seguro adentro de la prisión que afuera.
Y cuando tú analizas el fin de la vida de Juan el Bautista y analizas el fin de la vida de Cristo, hay un paralelismo ahí. Porque al final de sus días, quien decide la muerte de Juan es Herodes, que sabía en su conciencia quién era Juan: justo. Al final de los días de Jesús, quien decide la muerte de Jesús, humanamente hablando, es Pilato, quien sabía en su conciencia que este era un hombre justo.
Pilato quería soltar a Jesús y quería entregarles a Barrabás, pero no supo mantener, como no tenía carácter, no supo mantener su decisión, su convicción. Tanto Pilato como Herodes tenían el poder, no tenían carácter. Y por tanto Pilato se deja ante la presión de la multitud y Herodes hace lo mismo con Juan, pero se deja ante la presión de Herodías. Porque en ambos casos no faltaba poder, pero sí carácter.
La multitud sabía de Jesús, lo mismo que Herodes sabía de Juan. Escucha lo que dice el texto de Mateo 22:16: vinieron donde Jesús, le dicen: "Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad y no buscas el favor de nadie porque eres imparcial." De hecho, el texto cuando le dice los herodianos vinieron junto con discípulos de los fariseos, le dijeron: "Sabemos que tú eres veraz y que tú eres imparcial y que no buscas el favor de nadie." La razón por la que tanto Juan como Jesús pudieron ser imparciales es porque no buscaban el favor de nadie, sino solamente el favor de Dios.
Por eso Pablo, que entendía ese mismo principio perfectamente bien, cuando le escribía a los gálatas, le dice: "¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién los ha desviado?" Y en otro momento más abajo, entonces le dice: "Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo." Ni Jesús trató de agradar a los hombres, ni Juan el Bautista trató de agradar a los hombres, ni Pablo trató de agradar a los hombres, ni nosotros debiéramos tratar de agradar a los hombres, porque el agrado de los hombres frecuentemente implica el comprometer el agrado de Dios.
Nuestro compromiso es con Dios. Él es quien juzga, Él es quien determina, Él es quien escruta los corazones de los hombres, la motivación y las intenciones, Él es quien decide. Ahí está Pablo, está Pedro, Juan, ahí está Jesús. Y a veces nos preocupamos tanto cuando los hombres nos condenan. Sobre todo en estos días verán que estamos tratando de levantar una voz moral, un grupo de iglesias todos juntos. Nos preocupamos porque el hombre dijo, el otro no dijo. Bienaventurados seréis, dijo ese Cristo, cuando os insulten y persigan y digan todo tipo de mal contra vosotros falsamente por causa de mí. Bienaventurados, bendecidos hoy, cuando os persigan, cuando os vituperen, cuando os acusen falsamente por mi nombre. Les están dando una bendición en nombre mío. Considérate bendecido cuando eso ocurra. Y Juan así lo entendió.
De hecho, Cristo nos dijo la otra parte también: "¡Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de ustedes!" Mano, tu mayor problema no son los hombres, es Dios, en el sentido de que Él ve el interior del corazón y Él es el juez final. Si Dios está contigo, nadie podrá estar en contra de ti, pero si Dios está contra ti, nadie podrá estar contigo. Lo podrá estar, pero no será suficiente.
En cuarto lugar, ya que hemos visto el poder del llamado de Dios sobre la vida de un hombre, el poder del rencor, el poder de la integridad, yo quiero que veamos también el poder del pecado en nuestras vidas. El versículo 22 al 26: "Y cuando la hija misma de Herodías entró y danzó, agradó a Herodes y a los que se sentaban a la mesa con él, y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le juró: Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino" —lo cual yo dudo que lo iba a hacer—. "Ella salió y dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le respondió: La cabeza de Juan el Bautista. Enseguida ella se presentó apresuradamente ante el rey con su petición diciendo: Quiero que me des ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Y aunque el rey se puso muy triste, sin embargo, a causa de sus juramentos y de los que se sentaban con él a la mesa, no quiso desairarla."
La petición de la cabeza de Juan entristeció al rey. ¿Puedes creer eso? Sin embargo, este rey quería complacer más a su hija y a sus invitados que a Dios, porque aunque él se entristeció y sabía que esto no era justo, para no desairarla, dice el texto, y me imagino que a sus invitados tampoco, a causa de sus juramentos y de los que se sentaban con él, no quiso desairarla y prefirió entonces proseguir con la petición.
Herodes había comenzado una injusticia parcial: "Lo voy a poner en la cárcel. No es justo porque no ha hecho nada malo, pero lo protejo, pero es injusto." Pero ahora el pecado lo ha ido atrapando y él no se ha ido dando cuenta. Por eso es que quiero ver el poder del pecado en la vida de un hombre ahora. El pecado lo ha ido atrapando. Su lujuria lo llevó a robarle la mujer a su hermano. Su deseo por los placeres lo lleva a este tipo de banquete. Y su poder lo llevó a ofrecer a la hija de Herodías hasta la mitad de su reino: "Pídeme lo que tú quieras, te lo voy a dar, yo me considero soberano, poseedor de todo lo que existe en esta marca, Galilea, Perea. Pídeme lo que tú quieras, hasta la mitad de mi reino, yo te lo voy a dar."
Y su lujuria y su poder y sus placeres lo fueron atrapando hasta el punto de que llega a un momento en que él quedó atrapado con una petición que él no supo rehusar: "Dame la cabeza de Juan aquí en la preciada." Y yo digo que lo apreciaba, primero porque lo protegía, y segundo porque le gustaba escucharlo y lo dejaba perplejo. El tetrarca tuvo la integridad, entre comillas, para no deshacer o no incumplir su palabra, pero no tuvo la integridad para mantener la vida de aquel a quien él sabía que era justo. Poder, pero no carácter. Sucumbe ante la presión de su esposa Herodías.
Esposas, un paréntesis rapidito: la influencia de sus vidas sobre sus esposos es monumental. Y si no me lo crees, regresa al jardín del Edén, regresa a la vida de Abraham, regresa a la vida de Acab, regresa a la vida de Herodes. Ustedes tienen ante Dios una responsabilidad también monumental, porque sabiendo que tienen tal influencia, tienen que ser muy cuidadosas para no dejarse usar por el enemigo en contra de sus esposos. Nosotros tenemos responsabilidades similares.
Pero en este caso estamos hablando de Herodías. Y el pecado en la vida de Herodías la había llevado no solamente a desear este matrimonio, sino a desear el poder que su esposo tenía. Pero como no lo podía ejercer legítimamente, lo ejercía manipuladoramente. Y en este caso, una danza, una hija, pero le quitamos la cabeza a Juan. ¿Te das cuenta el poder del pecado sobre nuestras vidas, el poder de la manipulación? Herodías abandonó a su esposo, se casó con Herodes Antipas, se llena de resentimiento contra Juan, tiene un deseo y lo consigue, no teniendo el poder legítimo en sus manos, pero consigue ejercerlo vía la manipulación. ¿Te das cuenta cómo el pecado comienza a ocupar un lugar en nosotros, comienza a crecer y comienza la cosecha del pecado?
El problema es que cuando todo esto está ocurriendo hay un Dios en los cielos que está viendo la siembra y la cosecha, y que al final de los tiempos nos hará comparecer ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de todo lo que hayamos hecho, sea bueno, sea malo. Y es de ahí entonces donde los corazones serán pesados y ahí habrá muchas sorpresas quizás. De ahí que nuestra preocupación sea complacer a Dios y no a los hombres.
Eso es lo que nos va a costar un precio, eso es lo que hace que la vida cristiana nos cueste un precio. La pregunta una vez más con la que iniciaba antes de exponer es si cada uno de los que estamos aquí realmente ha pensado el precio que le toca pagar o si lo está pagando, porque si es lo contrario, tengo que preguntarme si estoy viviendo la vida cristiana. La fe cristiana tiene un precio que pagar y cuando pasan los años aumenta el precio. Y mientras mejor el precio que pagamos, mejor luce Cristo y su causa.
Y ese es el momento en el que estamos como pueblo, como nación, como generación. Necesitamos brillar como luminares en medio de una generación perversa y torcida. Y cada uno en su lugar, en su dimensión, llevar a cabo el rol que Juan llevó a cabo y servir de conciencia moral, comenzando en mi familia y extendiéndose a mi entorno de trabajo, social, y hasta la nación dependiendo de los llamados que Dios nos dé para contribuir a ser parte de esa conciencia moral que Dios da a las naciones vía su pueblo, porque cuando eso se va, todo se ha ido.
La pregunta es si tú vas a abrazar la espada de la Palabra para librar sobre tus rodillas esa batalla. Si vas a caminar en integridad de corazón con Dios, si vas a vivir una vida de intimidad con Dios donde tú puedas recibir discernimiento vía oración, vía su Palabra, para luego entonces vivir conforme a lo discernido y luego identificarte públicamente con lo que estás discerniendo vía el Espíritu de Dios. Para que haya un espejo en el que otros se puedan ver, para que otros puedan recibir convicción, para que otros puedan de alguna manera prestar atención al mensaje del evangelio que tú quieres predicar y modelar, pero que mis acciones necesitan respaldar y endosar.
Eso es parte del precio que tengo que pagar. Tengo que decir que no a muchas cosas y tengo que decir que sí a muchas cosas. Por una razón: por Cristo y por su reino. Por Cristo y por su reino. Hasta que tú también puedas decir: "Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia, que Cristo sea glorificado ya sea por vida o por muerte." Me da lo mismo. Si vivo, si muero, me da lo mismo, decía Pablo. Lo único que me interesa es que si vivo, Él sea glorificado, y si muero, Él sea igualmente glorificado. Y entonces tendremos el valor de Juan para ir hasta donde Dios nos llame a ir.
Será hasta la próxima cuando nos reencontremos en su Palabra.