Diciembre llega con su avalancha de actividades, compromisos y publicidad que bombardea nuestra imaginación para capturar nuestra atención. El mundo sabe que quien cautiva la imaginación, cautiva el alma: los comerciales no venden una cocina, venden la imagen de felicidad que supuestamente trae; los políticos saturan las carreteras con rostros cuidadosamente diseñados; los regímenes totalitarios usaron desfiles y arquitectura imponente para proyectar poder. Incluso la iglesia cayó en este error cuando vistió a sus líderes como reyes y construyó catedrales para impresionar. Pero Dios no opera así. Sus caminos no son nuestros caminos, y el único instrumento que usa para cautivar el corazón es su Palabra revelada.
Lucas 1 y 2 lo demuestran con claridad: cuando Dios envió a su Hijo, no trabajó con Herodes, César Augusto ni los líderes religiosos de Jerusalén. Escogió a Zacarías, un sacerdote rural de edad avanzada que vivía en una región montañosa; a María y José, una pareja pobre de un insignificante asentamiento agrícola llamado Nazaret; a Simeón, un anciano sin cargo oficial; y a Ana, una viuda de más de ochenta años dedicada a la oración. El Mesías nació en un establo maloliente y fue acostado en un pesebre —un cajón para alimento de ganado—. El coro celestial no cantó sobre el templo de Jerusalén sino ante cuatro pastores en las montañas. La presentación de Jesús en el templo fue tan anónima que pasó por el ritual colectivo de los pobres, sin que ningún sacerdote mencionara su nombre.
Solo Simeón y Ana, guiados por el Espíritu Santo, pudieron reconocer al Salvador en medio de la multitud. Esto revela que las cosas de Dios no se perciben con ojos humanos ni con las expectativas del mundo, sino por revelación del Espíritu y sometimiento a la Palabra. El desafío es dejar de buscar a Dios donde la publicidad y los patrones mundanos sugieren, y aprender a verlo obrando en lo secreto, en lo pequeño, en lo aparentemente insignificante.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Vamos a orar, mi vida está en tus manos!
En primer lugar, quiero decirles las razones que me motivaron a poder tener esta reflexión en este primer domingo de diciembre. La primera razón es que llegó diciembre. Y cuando llega diciembre, no sé, algo sucede; es un mes extraño, un mes en donde todos perdemos un poquito de la razón. No sé si les pasa a ustedes, pero como decía Katie, estamos llenos de actividad y compromiso, tenemos tantas cosas por hacer. Es un mes en que parece que el mundo se detiene. Queremos tomar decisiones y decimos: "No, mejor esperemos enero, porque lo que digamos ahora nadie lo va a entender". O sea, hasta ese punto hemos llegado.
Estamos bombardeados de una serie de invitaciones, de una serie de cosas. Es quizás el mes más materialista y egoísta del año, en la medida en que todo el mercado empieza a activar sus radares y empiezan a buscarnos con precisión, diciéndonos de las cosas que necesitamos y las cosas que requerimos en la vida. Aunque para nosotros los cristianos es un mes de supuesta celebración cristiana, esta celebración ha sido sobrepasada con creces por el comercio.
Debería ser además un tiempo de reflexión. Estamos terminando el año, evaluando lo que nos ha pasado, pero definitivamente no podemos. Hay algo que corre por la calle. Los tapones, todo el mundo sale a la calle, todo el mundo está en la calle, todo el mundo está ocupado, todo el mundo está lleno de compromisos, todo el mundo corre de aquí para allá. Y eso es preocupante, porque en la medida en que eso va generando presiones no solamente sobre el mundo, sino sobre nosotros mismos, nosotros perdemos la capacidad de reflexionar y saber lo que estamos haciendo. Quizás en un mes en donde deberíamos tomar decisiones muy importantes con respecto a nuestra vida, en la evaluación de lo que hemos hecho y en lo que nosotros quisiéramos hacer.
En segundo lugar, también esta reflexión viene motivada por un viaje al interior que hice hace un par de semanas atrás. Y durante el viaje, aparte de la naturaleza, la belleza, los amigos y todo lo demás que pude disfrutar, también algo que me sorprendió es la cantidad de carteles con propaganda política que hay a lo largo del camino. No había carretera de día de abolorio, camino rural, en donde no apareciera la cara de dos personajes que yo no conocía anteriormente, porque yo soy extranjero. Sin embargo, cada 25 metros, tanto que ahora yo cierro los ojos y los puedo ver a ambos, los veo. Y no solamente eso, sino que los veo en movimiento.
Porque según me dicen los politólogos, de los que hay muchos —déjenme decirles, en la congregación hay muchos graduados de politología— ellos habían dicho que cada imagen representa justamente alguna carencia de ese candidato. La postura, la sonrisa, tiene que ver justamente con algo que les falta. Y por lo tanto, lo que producen en mi imaginación es justamente aquello que el candidato quiere vender: o su simpatía, o su presencia, o no sé qué cosa. Pero lo cierto es que yo cierro los ojos y los tengo en la mente. A ese punto hemos llegado.
Y justamente a eso quiero llegar en esta mañana, brevemente. Nosotros usamos y sabemos que de una manera u otra el mundo intenta por todos los medios cautivar nuestra imaginación, y a través de nuestra imaginación, cautivar nuestra atención. Cuando los comercios intentan vendernos algo, no simplemente nos ofrecen una cocina con seis calderos, con seis cosas, con seis llaves. Nadie nos lo ofrece de esa manera. Nos lo ofrece a través de la imaginación: si yo tengo esta cocina o esta lavadora, voy a ser la persona más feliz sobre la tierra; si yo tengo esto, voy a parecerme al modelo que aparece en la imagen de ese producto.
De tal forma que la imaginación, que es esa facultad del alma que representa las imágenes de cosas reales o ideales, es fundamental en mi vida porque me provee la habilidad para percibir cosas que existen, que existieron, que no existen o que no existen todavía. Yo uso la imaginación, pero muchas veces la imaginación, mi imaginación, es utilizada por el mundo para cautivar mi propia alma.
Los filósofos de la antigüedad entendían la imaginación como ese intermediario que conecta la realidad con mi sensibilidad. ¿Cómo explicamos esto? Pues cuando nosotros vemos a una persona necesitada, no solamente calculamos lo que le está pasando, sino que a través de la imaginación nos sensibilizamos con su dolor. Podemos percibir algo de lo que esa persona está viviendo. Por lo tanto, la imaginación me conecta, conecta mi sensibilidad con la realidad.
Y la imaginación es aprovechada por todos. Imaginemos, por ejemplo, cuando un rey aparece con toda su pompa, con estas coronas y estos trajes que le hacen incapaz de caminar. Pues todos estos símbolos ganan nuestra imaginación y nos dan cuenta de su poder y de su autoridad a través de su presencia, de toda aquella parafernalia: las trompetas y cosas que nos permiten imaginar que esta persona es poderosa o más grande que nosotros.
Si lo ponemos aún más claro, lo podemos ver con los uniformes militares. Los uniformes militares, las paradas militares, el movimiento de banderas, ¿no es cierto?, los cañonazos y todo lo demás, es un símbolo que mueve nuestra imaginación para intentar entender y percibir el poder, ¿no es cierto?, del ejército o el poder del comandante. Esa es la realidad.
Quizás a través de la historia nosotros podríamos ver uno de los personajes que más utilizó la imaginación para cautivar a un pueblo fue el nazismo alemán, o Hitler y el nazismo alemán, quien a través de diferentes figuras abusó de la imaginación del pueblo: a través de grandes paradas militares, uniformes laborosos, películas magníficas y una soberbia arquitectura de edificios públicos que hacían creer al pueblo alemán que era más poderoso de lo que pensaba. Ese es el aprovechamiento de la imaginación.
Sin darnos cuenta, nuestra imaginación es diariamente lubricada para ser sutilmente dirigida hacia los objetivos de aquellos que intentan transitar por los pasillos de nuestra mente. Cada día nosotros somos bombardeados, y nuestra imaginación y nuestra mente empieza a tomar decisiones acerca de cómo debemos ser y cómo debemos vivir.
Ahora, esta podría ser una de las razones por las que muchas veces nosotros nos confesamos cristianos, pero vivimos como mundanos. ¿Por qué? Porque finalmente los principios que sostienen nuestro cristianismo no son tan fuertes como aquellos principios con los que somos bombardeados en nuestra imaginación. De tal manera que percibimos que debemos vivir de una manera, pero deseamos vivir de otra manera que es conforme a lo que el mundo prescribe. Y esa es la gran crisis, y esa es la gran isla con la que nosotros vivimos muy continuamente.
Ahora, la pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿cómo opera Dios para que nosotros podamos vencer esa tremenda influencia que existe sobre mi alma? Muchos cristianos de la antigüedad cometieron gravísimos errores con respecto a este tema. Por ejemplo, las autoridades religiosas empezaron a vestirse como si fueran autoridades reales y seculares, y empezaron a parecerse a ellas para demostrarle al pueblo una autoridad y un poder que ahora es espiritual, no secular, pero querían ganar la imaginación y la mente de los creyentes. Se construyeron grandes catedrales para representar la gloria de Dios, nuevamente tratando de cautivar el alma de las personas a través de los objetos que el mismo mundo utilizaba. Y eso ha sido un craso error a lo largo de toda la historia.
Dios no va a utilizar los medios del mundo para cautivar nuestro corazón. El único medio que Dios utiliza para cautivar nuestro corazón es su revelación, porque la Palabra de Dios es el único instrumento que penetra hasta partir el alma, las coyunturas y los tuétanos, y que nos ayuda a discernir los pensamientos y las intenciones del corazón.
Por eso es que no debemos esperar que en el nombre de Dios nosotros vamos a hacer mítines o grandes publicidades, o vamos a tratar de generar comparaciones con el mundo de tal manera que vamos a mostrar la grandeza de Dios. Definitivamente eso no le interesa al Señor. Pero debería interesarnos a nosotros, en cambio, el poder descubrir cómo Dios obra para no equivocarnos, porque Dios no va a vendernos productos, Dios no va a mostrar su pompa y su gloria como el mundo muestra su pompa y su gloria.
Y por eso es que muchas veces pasamos del lado del Señor, pasamos cerca del Señor y no lo vemos, porque estamos esperando que actúe de una forma o que se manifieste de una manera que corresponde al mundo, pero que no corresponde al plano espiritual. El Señor dice claramente en su Palabra que sus caminos no son nuestros caminos y sus pensamientos no son los nuestros. De tal forma que nosotros podemos percibir con estas palabras de Isaías que cuando el Señor se quiere manifestar en nuestra vida, nosotros tenemos que acudir a la revelación y a la guía del Espíritu para poder entender qué es lo que Él quiere hacer.
El apóstol Pablo decía en 1 Corintios capítulo 2, el verso 9: "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman". Cosas que nunca hemos visto, cosas que nunca hemos oído, cosas que nunca hemos imaginado, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.
De tal manera que la fe no es imaginación. Mi fe no es imaginarme cómo debería ser Dios, porque esa es la fe del mundo: tratar de establecer sobre Dios y crear una imagen de Dios sobre la base de valores que yo creo que son fundamentales en Dios. Ese no es el Dios revelado, esa no es la fe en Dios. La fe en Dios es la fe en su Palabra, en un Dios que llama las cosas que no son como si fuesen.
Permítanme ejemplificar esto de una manera práctica. Les invito, por favor, que abramos nuestras Biblias en Lucas capítulo 1. Vamos a ver Lucas capítulo 1 y capítulo 2, justamente en término de lo que significa el inicio de este mes y la supuesta celebración cristiana que nosotros estamos realizando.
Quizás a lo largo de Lucas capítulo 1 y capítulo 2 nosotros podemos aprender algo acerca de cómo Dios obra y cómo Dios se manifiesta en el mundo. Básicamente, nosotros encontramos en el Evangelio de Lucas la intención del médico amado de producir un registro lo suficientemente certero y válido en todos sus datos, de tal manera, como dice el capítulo 1, el verso 4, en la introducción a Teófilo: "Para que sepas la verdad precisa acerca de las cosas que te han sido enseñadas." Esa es la primera intención. Por lo tanto, toda la intención del Evangelio es poder mostrarnos con lujo de detalles el Evangelio, la venida de nuestro Señor Jesucristo, pero también aprender cómo Dios obra en el mundo, cómo es que Él se manifiesta, cuáles son las expectativas que yo debo tener con respecto a Él, cómo descubrirle, cómo percibirle, cómo Él se manifiesta.
A lo largo de Lucas capítulo 1 y 2, nosotros nos encontramos con seis personajes principales, seis personajes que mueven estos dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas. Nosotros tenemos en el capítulo 1 el nacimiento de Juan el Bautista, la anunciación, el nacimiento de Juan el Bautista y la anunciación del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Y en el capítulo 2 nosotros tenemos el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo y su presentación en el templo.
En estos dos capítulos, largos capítulos, se mueven básicamente seis personajes: Zacarías y Elisabet, que son los futuros padres de Juan el Bautista; José y María, que son los padres de nuestro Señor Jesucristo; y Simeón y Ana, que son dos personajes que aparecen al final del capítulo 2, que son aquellos que van a recibir a nuestro Señor Jesucristo después del sacrificio en el templo, después de su presentación en el templo.
Pero hay un primer detalle que yo quiero mostrarles muy brevemente. El capítulo 1, el verso 5, la primera línea dice: "Hubo en los días de Herodes, rey de Judea". Esa es la primera cosa que yo quiero notar con ustedes. Y en el capítulo 2, en el verso 1 y en el verso 2, dice: "Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de César Augusto para que se hiciera un censo en todo el mundo habitado. Este fue el primer censo que se levantó cuando Cirenio era gobernador de Siria".
Nosotros encontramos en estos dos capítulos, en el inicio del capítulo 1 y en el inicio del capítulo 2, la mención de las autoridades políticas de ese tiempo: Herodes por un lado, que era el rey de Judea, y luego el César, el emperador romano, y el gobernador de Siria de nombre Cirenio. Lo primero que nosotros debemos ver es que estos nombres de las autoridades políticas de ese tiempo son solo referencias de tiempo, porque básicamente la intención de Lucas no es mostrarnos la historia humana que gira alrededor de las glorias humanas, sino la historia de Dios que gira en torno a la gloria de Dios. Y ese es el primer detalle que yo quisiera que nosotros guardemos en nuestro corazón. Herodes, rey de Judea, es importante en este momento para definir el tiempo, lo mismo que Augusto y su deseo de hacer el censo, pero básicamente la historia divina gira en torno a la gloria de Dios y no en torno a la gloria de los hombres.
Lo primero que nosotros sabemos básicamente en torno a Zacarías y Elisabet nos lo dicen los versos del 5 al 8 del capítulo 1. Muy brevemente: "Había en los días de Herodes, rey de Judea, cierto sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, que tenía por mujer una de las hijas de Aarón que se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios y se conducían intachablemente en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos porque Elisabet era estéril y ambos eran de edad avanzada".
Primera cosa: es interesante notar que se habla de un cierto sacerdote. La idea de "cierto sacerdote" tiene que ver con el hecho de que Zacarías no era miembro del Sanedrín, no era miembro de alguna escuela teológica importante. Zacarías era básicamente un sacerdote rural. Los sacerdotes importantes vivían en un barrio que quedaba al lado del templo de Jerusalén, donde todos ellos estaban ahí agrupados en grandes viviendas, y vivían también en la ciudad de Jericó. Estos eran los sacerdotes importantes y los sacerdotes reconocidos por la historia. Sin embargo, Zacarías era un cierto sacerdote, era un sacerdote rural.
Porque si nosotros vemos el capítulo 1, el verso 39, cuando María va a visitar a Elisabet, dice: "En esos días María se levantó y fue apresuradamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet". En realidad, Zacarías era un sacerdote rural que vivía en una región montañosa, en una ciudad de Judá en medio de la región montañosa. Él vivía en el campo, él no vivía entre los grandes hombres de su tiempo.
Sin embargo, él pertenecía a la familia de Abías. La familia de Abías era una de las 24 familias sacerdotales que estaban encargadas por turnos de atender los servicios del templo. Básicamente, el servicio de Abías se trabajaba y se hacía una vez al año por una semana. El resto del tiempo, muy probable, Zacarías estaba dedicado a labores agrícolas o ganaderas o a cualquier otro oficio, pero eso era su trabajo. Se nos dice que ellos eran justos e intachables: justos interiormente, porque dice que eran justos delante de Dios, o sea que Dios veía su corazón, y se conducían intachablemente delante de los hombres. O sea, justos delante de Dios e intachables delante de los hombres. Ellos ya eran de edad avanzada y de acuerdo al pasaje no habían podido tener hijos.
Los otros personajes son personajes conocidos por todos nosotros, a los cuales no voy a añadir mayor información. María y José eran, de acuerdo al verso 26, de una ciudad de Galilea llamada Nazaret, que en realidad no era una gran ciudad, era un pequeño asentamiento agrícola sin mayor importancia política, geográfica o económica, un pequeño asentamiento agrícola. Nosotros no conocemos por Lucas, pero sí por Mateo y Marcos, que José era un carpintero, un carpintero humilde, y que para este momento ellos estaban legalmente comprometidos en matrimonio.
Esa es la historia que nosotros tenemos alrededor. En primer lugar, Zacarías y Elisabet, sacerdotes de segundo y tercer nivel, o sea sacerdotes rurales. María y José eran personas provincianas del campo, de una ciudad pequeña, ¿no es cierto?, llamada Nazaret.
Luego aparecen en escena también, en el capítulo 2, en el verso 25, aparece un hombre llamado Simeón. Dice: "Y había en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón, y este hombre justo y piadoso esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él". Simeón aparentemente era un hombre mayor. No se le conocen ningún cargo público ni tampoco si pertenecía al liderazgo religioso de su tiempo. La verdad es que no existen mayores referencias de Simeón más que las que aparecen en este corto pasaje.
Él es presentado como un hombre correcto, él era un hombre justo, esa es la idea de justo en este pasaje. Y un hombre piadoso, un hombre piadoso no en el sentido de que practicaba con regularidad su religión, sino que era piadoso en el sentido de que era cauto en la adoración, él buscaba adorar a Dios correctamente. Esa es la idea de piadoso en este pasaje. Y era un hombre que esperaba la consolación de Israel, o sea que esperaba la llegada del Mesías, esperaba el momento en que Dios intervendría sobre su pueblo. Y de manera interesante se nos dice que el Espíritu Santo estaba sobre él. A pesar de que el profetismo había terminado y el Espíritu Santo había estado en silencio por más de 400 años, indudablemente nos encontramos aquí con un hombre fiel que el Espíritu Santo estaba guiando en este momento.
Y finalmente, en el verso 36 nos encontramos con el último personaje que es Ana. Ana la profetisa. "Y había una profetisa, Ana, hija de Fanuel", dice el verso 36, "de la tribu de Aser. Ella era de edad muy avanzada y había vivido con su marido siete años después de su matrimonio, y después de viuda hasta los 84 años nunca se alejaba del templo, sirviendo noche y día con ayunos y oraciones".
Nuevamente nos encontramos con Ana, una mujer viuda y muy anciana. Si calculamos los años podemos caer en problemas porque los estudiosos no se han puesto de acuerdo con respecto a esto. Si ella se casó siendo muy joven, probablemente a los 14 o 15 años, y vivió siete años con su marido, y luego enviudó, y luego pasó 84 años o tal vez sirviendo al Señor en el templo, entonces estamos hablando de que tiene alrededor de 102 años. Entonces realmente era de edad muy avanzada. Pero eso nos genera complicaciones porque es difícil encontrar personas en ese tiempo que lleguen a esa edad. Lo cierto es que era una persona mayor. Si tenía 84 años en este momento o si tenía 102 años, lo cierto es que es una persona de edad muy avanzada, pero con una vida espiritual muy intensa, porque dice la segunda parte del verso 37: "Nunca se alejaba del templo, sirviendo noche y día con ayunos y oraciones". Básicamente ella estaba dedicada a la intercesión en el templo con sus ayunos y con sus oraciones. Definitivamente ella no tenía ningún cargo oficial en el templo, sin embargo ella estaba allí, al pie del cañón, dispuesta con sus ayunos y oraciones buscando al Señor.
Estos son los personajes con los que nosotros nos encontramos en este momento de la historia. Lo particular, hermanos, es que el Señor no estaba trabajando con Herodes, ni tampoco le interesaba César Augusto, ni tampoco le interesaba Cirenio el gobernador de Siria, ni tampoco estaba interesado en los grandes hombres de la religión judía de su tiempo. El Señor estaba buscando personas a las cuales usar, personas sencillas que pudieran cumplir sus planes. El Señor no trabaja conforme a lo que trabaja el mundo, y eso es lo que aquí se nos está demostrando.
De acuerdo a la historia, muy brevemente, a partir del verso 8 del capítulo 1, dice: "Pero aconteció que mientras Zacarías ejercía su ministerio sacerdotal delante de Dios, según el orden indicado a su grupo, conforme a la costumbre del sacerdocio, fue escogido por sorteo para entrar en el templo del Señor y quemar incienso. Y toda la multitud del pueblo estaba afuera orando a la hora de la ofrenda del incienso".
¿Qué estaba sucediendo? Estas 24 familias que eran las familias sacerdotales tenían turnos para trabajar en el templo. Ahora le había tocado a la familia de Abías, y ahora dentro de la familia de Abías se había hecho un sorteo para saber quién iba a entrar a la presencia del Señor para ofrecer el incienso, que era el símbolo de las oraciones del pueblo de Dios. Podría sonarnos como algo muy común en la historia, sin embargo déjenme hacerles una precisión. En realidad este sorteo se realizaba para que una persona, un sacerdote, pueda entrar a la presencia de Dios solamente una vez en la vida. Solamente una vez en la vida. Y solamente una vez en la vida, cuando Zacarías ya era anciano y su sacerdocio y su vida estaban terminándose, le dio el privilegio de poder entrar a la presencia de Dios. Solamente una vez en la vida, y el sorteo cayó en él, en este sacerdote rural de edad avanzada que era justo e intachable.
Lo cierto es que el Señor, aunque Zacarías no lo sabía, iba a hacer con él una gran obra. Y dice el verso 11: "Y se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se turbó y el temor se apoderó de él. Pero el ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y lo llamarás Juan". Juan significa "Dios es misericordioso".
Ahora, hermanos, lo que nosotros estamos viendo es la intervención de un Dios soberano cumpliendo su plan fuera de los parámetros que el mundo pudiera pensar. El Señor toma a este hombre de
Un sacerdote de edad avanzada, intachable, en la última oportunidad, en el gran momento de su vida, y se le aparece un ángel para decirle. Lo primero que le dice es: "No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido oída." Es muy seguro que Zacarías tenía en su corazón el deseo de tener un hijo y no lo había podido tener hasta ese momento. Y cuando el ángel se aparece delante de él, pareciera que la respuesta tuviera que ver solamente con Zacarías. O sea, mi petición va a ser contestada, o sea, hoy el Señor me está tomando en cuenta. Ya se viniera un ángel para decirme a mí en este momento de mi vida, en este momento privilegiado de mi existencia, a pesar de mi edad avanzada, que yo voy a ser padre.
Y definitivamente, hermanos, cuando el Señor trabaja en nuestras vidas, el Señor trabaja a través de nuestras vidas y no solamente usando nuestras vidas. Cuando el Señor interviene nuestras vidas, lo primero que quiere hacer es trabajar en mí, en los deseos de mi corazón, en mis peticiones más profundas. El Señor quiere transformar mi corazón desde dentro si es que quiere utilizarme. El Señor me va a hacer su siervo, pero para hacerme su siervo, el Señor primeramente va a trabajar en mi interior. Eso es lo que nosotros encontramos en toda la historia de la antigüedad, y eso es lo que encontramos nosotros en todo el Nuevo Testamento y en la historia del cristianismo: un Dios que obra, y obra primeramente en nosotros, como lo hizo en Zacarías.
"Oye, Zacarías, tu petición ha sido oída, y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán por su nacimiento." Hasta ahí nosotros podríamos quedar contentos: el Señor respondió mi oración. Pero saben, el Señor responde nuestra oración para que Él sea exaltado. El Señor responde nuestras oraciones para que su gloria se manifieste. El Señor responde nuestras oraciones para que nosotros seamos instrumentos en sus manos. Y eso es lo que el Señor hizo con Zacarías. Le dijo: "Tú tendrás gozo y alegría, muchos se regocijarán por su nacimiento."
Pero a partir del verso 15 nos habla del ministerio que este niño iba a realizar: "Porque será grande delante del Señor; no beberá vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aún desde el vientre de su madre. Y él hará volver a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios, e irá delante de él en el espíritu y poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los desobedientes a la actitud de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto."
Hermanos, cuando el Señor trabaja en nuestras vidas, no es solo para nosotros. El Señor trabaja en nuestras vidas para su gloria, y para que eso que el Señor haga en nuestras vidas sea de beneficio para la obra del Señor. Eso es lo que hizo con Zacarías, y es la forma en que Dios obra. El Señor no nos quiere ofrecer la lavadora simplemente para que no se desgasten mis manos. El Señor no solamente quiere darme el televisor de 60 pulgadas para que yo a partir de este momento pueda ver la televisión con lujo de detalles. El Señor no solo quiere responder mis oraciones de sanidad para que yo no tenga dolores. El Señor quiere responder nuestras peticiones para que sirvan para beneficio de su gloria, para que nosotros lo utilicemos como instrumentos de reconocimiento de lo que Dios hace en nuestras vidas.
La publicidad puede vendernos cosas en donde nosotros somos el bien final, el beneficiado final. Pero cuando el Señor responde nuestras peticiones, nosotros no somos los beneficiarios finales. El Señor utiliza esa respuesta para gloria de su nombre. Eso es lo que hizo con Zacarías, y esto que perturbó su vida un momento se convirtió en un beneficio para la obra de Dios. Se iba a levantar de entre ellos aquel que marcaría el camino para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Ese sería Juan el Bautista.
Y lo mismo sucede con esta pareja joven en la ruralía de Palestina antigua. Una pareja de jóvenes desconocidos, de quien no sabíamos nada y nadie estaba interesado en sus vidas. Pero si nosotros continuamos el camino en una historia que yo no les voy a contar en detalle, porque todos la conocemos, nosotros sabemos lo que significó que el ángel anunciara a María que ella estaba embarazada.
Esto generó una gran conmoción. No era: "Bueno, María está embarazada del Espíritu Santo, ¡aplauso!, qué bonito." No, todo sabemos esto, porque el mundo no percibe las cosas de Dios. Tanto que nosotros vemos en Mateo cómo José sufrió en su corazón y estuvo dispuesto a dejarla en secreto para no infamarla. Estuvo dispuesto a irse de la ciudad y abandonarla para que ella no sufra el daño de lo que le estaba pasando. Pero tuvo que venir otro ángel del cielo a clarificarle a través de sueños a José lo que estaba pasando, para que él pudiera entender lo que de otra manera humanamente hubiera sido imposible entender.
Y luego vemos cómo ellos parten en ese viaje hacia Belén, producto del censo. Nuevamente, no es producto de que Dios dijo "anda a Belén", sino producto de que el Señor mueve la historia de tal manera que favorezca sus propósitos. ¿Ustedes lo entienden así? Imagínense, imagínense a María, ya completamente embarazada, como decimos. "Oye, tenemos que ir a Belén." "¿A Belén? ¿Cómo vamos a ir?" "Es que es la orden del César." No es la orden de Dios, es la orden del César. El Imperio ha dicho y tenemos que obedecer. "Pero, ¿cómo vamos a ir?" "Tenemos que ir." "¿Y cuánto es el viaje?" "Son tres días." Tres días de viaje. No hay avión, no hay un expreso con aire acondicionado. Son tres días de camino.
Y cuando llegan a Belén, ¿qué sucede? Ustedes conocen la historia. No había lugar en hoteles, todo estaba cerrado, todo estaba vendido, no había un lugar. La pobre embarazada ya no daba más, estaba a punto de dar a luz. ¿Y dónde da a luz? En un establo. Es verdad, nosotros también tenemos la idea de un establo limpio. No hay establo limpio. En un establo maloliente. ¿Y dónde se acostó el niño? En un pesebre. Ahora, pesebre suena a palabra poética para cuna, pero no. Un pesebre es un cajón donde se ponían los alimentos para que coma el ganado. Eso es un pesebre. Y ahí estaba el Rey de reyes y el Señor de señores.
Porque el Señor hace las cosas de manera distinta. Porque al Señor no le interesa publicitar nada. Porque el Señor se estaba humillando hasta lo sumo para hacerse igual a nosotros, desde abajo. Y ese es nuestro Dios.
Pero qué bonito hubiera sido, porque en la Palabra, miren, el verso 13 del capítulo 2 dice: "Y de repente apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de quienes él se complace." ¿Dónde estaban estos ángeles? ¿Arriba del templo de Jerusalén, verdad? Ahí en el pináculo, una multitud de ángeles anunciando que Cristo había venido. ¿Estaban ahí? No estaban. ¿Se perdieron los ángeles? ¿Equivocaron el GPS y fueron a otro lado? ¡Se acabó! Imaginen una multitud de ángeles para cantarle a cuatro pastores en las montañas. Yo pienso que ellos se perdieron, porque yo no creo que el Señor haga eso. ¿Cómo se le ocurre mandar sus ángeles, una multitud de los ejércitos celestiales, lo mejor del coro celestial, para anunciar la venida del Mesías, y no lo hace donde debe ser?
Porque a Dios no le interesa hacer las cosas como el hombre las percibe. Porque el Señor se manifiesta de una manera distinta. Este coro de ángeles debió haber estado sobre el establo. Tampoco estaba sobre el establo. Estuvo sobre estos pastores que simplemente recibieron la señal de que Dios había enviado a su Hijo. Y en este momento: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor." Esto es el Señor.
Pero, ¿cuál sería la señal? El verso 12 del capítulo 2 dice: "Y esto os servirá de señal: hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre." ¿Cómo podemos entender una señal de esa magnitud? ¡Un niño envuelto en pañales y acostado en un cajón de alimento de ganado! ¿Ese es el Hijo de David, el Salvador del mundo?
Hermanos, Dios obra de maneras diferentes a como nosotros las percibimos diariamente. Nosotros tenemos que ejercitar el buscar en nuestra vida la mente de Cristo. Nosotros tenemos que ejercitarnos en descubrir cómo es que el Señor opera en el mundo, porque si no, vamos a esperar que Dios opere en nuestras vidas conforme a como el mundo opera. El Señor dijo: "Mi reino no es de este mundo. Yo no vivo como este mundo vive, no obro de acuerdo a las expectativas del mundo."
Y esto lo vemos muy claramente. Y permítanme ir hacia el final de esta idea con algo que sucede después de que el Señor nace. A los ocho días es circuncidado, y nos dice a partir del verso 22 del capítulo 2: "Cuando se cumplieron los días para la purificación de ellos según la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abra la matriz será llamado santo para el Señor. Y para ofrecer un sacrificio conforme a lo dicho en la ley del Señor: un par de tórtolas o dos palominos", como dice en algunas versiones.
¿Qué había sucedido? Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, Jesús es llevado a Jerusalén para cumplir el ritual establecido en la ley de Moisés, que es el cumplimiento de los días de la purificación, y para poder presentarlo al Señor. Imagínense, el Señor iba a ser presentado en el templo de Jerusalén. ¡El Rey de reyes, el Señor de señores, el Cristo profetizado por siglos iba a ser presentado en el templo de Jerusalén! El Sanedrín estaba loco, los sacerdotes estaban buscando lavar sus ropas, los estudiosos de la ley estaban atentos a lo que aquí iba a pasar. No, nada de eso estaba pasando.
Y déjenme clarificarles aún más la idea, porque nuevamente Lucas es muy directo, es muy preciso. Pero yo quiero llevarlos un poco más allá. Quiero que por un momento vayamos a Levítico capítulo 12, que es justamente donde está instituida esta ley de la purificación. A partir del verso 6 y 7: "Cuando se cumplan los días de la purificación, por un hijo o por una hija, traerá al sacerdote, a la entrada de la tienda de reunión, un cordero..."
Un cordero de un año como holocausto y un pichón o una tórtola como ofrenda por el pecado. Entonces él los ofrecerá delante del Señor y hará expiación por ella, y quedará limpia del flujo de su sangre. Esta es la ley para la que da a luz, sea hijo o hija. ¿Qué dice que se tiene que ofrecer por la purificación? De acuerdo al verso 6, dice un cordero de un año, ¿no es cierto?, y un pichón o una tórtola como ofrenda por el pecado. O sea, un cordero era básicamente la ofrenda ritual por la purificación.
Ahora, la ley produce una salvedad en el verso 8. Miren la salvedad del verso 8: "Pero si no le alcanzan los recursos para ofrecer un cordero, entonces tomará dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y el otro para la ofrenda por el pecado, y el sacerdote hará expiación por ella y quedará limpia." Esto se reconocía como la ofrenda de los pobres. Cuando tú no tenías el dinero suficiente para poder comprar un cordero de un año, entonces te daba la posibilidad de que cumplas con el ritual en el plan B, que era básicamente las dos tórtolas y los dos palominos, que básicamente era un precio insignificante.
Pero el servicio en el templo también cambiaba con esto. Si yo venía trayendo a mi hijo al templo para ofrecer el ritual de la purificación y venía con el cordero, entonces el servicio era personalizado. El sacerdote mismo te presentaba, decía tu nombre y hacía una oración por ti, porque era algo personalizado. Estabas trayendo la ofrenda de vida, el cordero de un año.
Ahora, para los que no tenían recursos, la cosa era más popular, por decirlo de alguna manera. ¿Cómo era esto? Permítanme explicárselo. Supongamos que en ese día nacieron, iban a cumplir el ritual de la purificación muchas familias. No solamente era el niño Jesús que iba con sus padres ese día, sino que eran muchas familias que iban a cumplir el rito de la purificación ese día. Entonces había alguien que se llamaba el superintendente de las tórtolas y los palominos. El superintendente, así se le llamaba en el templo. Este superintendente tenía un cajón en forma de trompeta, era como un embudo, un cajón de ofrenda en forma de trompeta. Él separaba allí.
Entonces venían las familias, se presentaban delante del superintendente de tórtolas y palominos, y le decían: "Sí, nosotros hemos cumplido los días de la purificación y hemos venido a ofrecer el sacrificio." "¿Tienen, tienen para el cordero?" "No." "Muy bien, dos tórtolas y dos palominos, tanto." Entonces José sacaba el dinero y lo depositaba en el embudo, y caía la ofrenda. Luego los llevaban muy cerca del altar, pero no tan cerca. Mientras los sacrificios por cordero se hacían, se iban acumulando las familias, se iban acumulando. Y luego, en un momento determinado, el superintendente de tórtolas y palominos: "¡Estamos listos!" Entonces todas las familias reunidas allí, venía el sacerdote, y sin mencionar nombre alguno: "Sí, acá hay un grupo de personas que van a ofrecer tórtolas y palominos por su purificación. Señor, bendícelos. Amén. Pueden retirarse." Y ahí acababa el sacrificio popular.
O sea, María y José con su niño estaban rodeados de otras familias con sus niños, y ellos empezaron a retirarse. No se mencionó el nombre de Jesús por ningún lado. Sin embargo, si nosotros vemos la actitud de Simeón, y eso es lo que quiero dejar con ustedes en esta mañana, dice, vamos a leer nuevamente quién era Simeón.
Y había, el verso 25 del capítulo 2: "Y había en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón, y este hombre justo y piadoso esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y por el Espíritu Santo se le había revelado que no vería la muerte sin antes ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando los padres del niño Jesús le trajeron para cumplir por él el rito de la ley, él tomó al niño Jesús en sus brazos, y bendijo a Dios y dijo: Ahora, Señor, permite que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra, porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos, luz de revelación a los gentiles y gloria a tu pueblo Israel."
¿Cómo es que él vio a Jesús? Por el Espíritu Santo. ¿Cómo es que él percibió en esta situación algo inusual? Porque lo recibió por revelación de Dios. Porque cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Jesús estaba allí con sus padres, rodeados de otros padres, pero cuando Simeón fue, él no tuvo duda en tomar a este niño que era igual al resto, y levantarlo en brazos, y decirle: "Gracias, Señor, porque el Mesías está con nosotros."
No lo vieron los sacerdotes. No lo vieron los estudiosos de la ley. No lo vieron los rabinos. No lo vieron los fariseos. No lo vieron los saduceos. Y no se enterarían todavía de aquí a un año más. Pero Simeón percibió lo que nadie era capaz de ver.
Hermanos, cuán importante es que nosotros podamos percibir nuestra propia realidad con los ojos de Dios. Cuán importante es que nosotros descubramos en estos pequeños detalles que el Señor no nos hará ver las cosas a través de nuestros ojos humanos. Que no habrá una pancarta, no se hará una gran publicidad donde diga: "¡Oh, Jesús! Purificación en el templo, vengan todos temprano." No va a aparecer eso, no van a ver juegos artificiales. Pero sí va a haber la voz interior del Espíritu, que sometida a la Palabra nos dirá cómo explicar cada una de las situaciones de mi vida, cómo poder entender como lo entendieron los siervos de Dios a lo largo de la historia del tiempo.
Nosotros percibimos que Abraham pudo percibir esta tierra palestina como suya porque el Señor se la prometía. Él era peregrino, pero ya era suya, porque el Señor se lo había dicho. ¿Cómo es que Noé pudo percibir la catástrofe? Porque el Señor se la avisó. ¿Cómo es que David fue elegido rey sin aún su padre lo reconocía? Porque el Señor ya le había visto el corazón. ¿Cómo es que Moisés, un hombre fracasado por cuarenta años viviendo en el desierto trabajando las ovejas de su padre, fue levantado por Dios? Porque el Señor lo había visto. ¿Cómo es que el Señor vio a Pedro? Porque el Señor ya lo había visto, y en medio de las redes lo llamó y lo convirtió en pescador de hombres. ¿Cómo es que vio a Pablo, que a pesar de ser un perseguidor de la iglesia, con todo lo levantó? Porque así el Señor lo había visto. Porque el Señor llama las cosas que no son como si fuesen.
Entonces el desafío, hermanos, es que nosotros podamos hacer que nuestra mente sea cautiva con la Palabra y el poder de Dios. Eso le pasó a Simeón. Simeón pudo percibir al Señor. Y si nosotros vemos el verso 38, hablando de Ana, de esta viuda que nunca se alejaba del templo sirviendo noche y día con ayunos y oraciones, dice el verso 38: "Y llegando ella en ese preciso momento, daba gracias a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén."
Ustedes han oído hablar de las Diosidencias. Esta es una Diosidencia. Ella llegó en ese preciso momento en que Simeón estaba levantando a este niño. ¿Quién era Simeón en ese momento? Él no era nadie, no era autoridad, pero gozaba de la llenura del Espíritu Santo.
Hermanos, al ver esta historia y al ver la forma en que el Señor presentó la llegada de su propio Hijo, el Rey de reyes y el Señor de señores, yo me debo preguntar en mi alma: Señor, ¿cómo debo esperar que tú obres en mi vida? Señor, ¿cómo es que yo voy a verte a ti obrando en mi existencia? ¿Tendré que verlo a la luz de los patrones normales y comunes de la vida? ¿Tendré que pensar que si soy próspero es que tú me estás bendiciendo, que si tengo salud es porque tú estás conmigo, que si las cosas funcionan como la venta y la publicidad y los medios significa que yo estoy bien? ¿O realmente yo tengo que descubrir en mi vida esos patrones en donde solamente tú te mueves y haces que las cosas sean distintas porque tú estás en medio de ellos?
A veces, Señor, yo te estoy tratando de buscar por allá cuando en realidad tú estás hablando por acá, porque no sé discernir tu voz. A veces yo estoy en una situación dramática en mi vida y estoy imaginando que estoy solo, cuando en realidad tú me tienes tomado del brazo, Señor, apretándome para que yo pase por esa situación contigo.
A veces nosotros estamos creyendo que el Señor va a ser glorificado en un lugar cuando en realidad el Señor no es glorificado en ese lugar. A veces nosotros estamos esperando que la institución responda, cuando en realidad es el pueblo de Dios respondiendo de manera particular donde está el Señor. El Señor estará donde esté su Palabra. ¿Dónde está el Señor? El Señor estará en los secretos, donde solo va a ser revelado por su Espíritu.
Eso es lo que estos dos capítulos de Lucas nos enseñan: cómo se manifiesta Dios, cómo aparece el Señor, cómo se glorifica el Señor. El Señor no va a poner coros públicos para glorificar su nombre. El Señor va a hacer que su pueblo en los secretos glorifique su nombre. ¿Cómo lo hacemos nosotros? El Señor espera que haya Simeones y Anas que estén dispuestos a vivir una vida intachable, esperando la manifestación de Dios, llenos del Espíritu Santo, dispuestos a escuchar la voz del Señor. Pueblo que necesita discernimiento de Dios para poder percibir a Dios en las cosas que hace y de la manera en que vive.
Hermanos, no tratemos de ver a Dios y su obrar en nuestras vidas con los ojos humanos. No tratemos de ver a Dios y su obrar en nuestras vidas solamente con la expectativa que el mundo tiene. Tratemos de observar a Dios en el pesebre, en el establo, con los pastores, con un sacerdote rural, con Simeón, con Ana, porque esos son los tipos de personas a los cuales Dios está utilizando.
El apóstol Pablo, en ese mismo pasaje, y con esto termino, en ese mismo pasaje de 1 Corintios 2, en donde dice cosas que ojo no vio, en el verso 9: "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman." Y continúa el pasaje diciendo, al verso 10: "Pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios. Porque entre los hombres, ¿quién conoce los pensamientos de un hombre sino el espíritu del hombre que está en él?"
Nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios, y nosotros hemos recibido no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente.
Hermanos, busquemos al Señor con todo nuestro corazón. Busquemos que el Señor nos interprete nuestra realidad de acuerdo a su Palabra y no de acuerdo a los pareceres del mundo. Y busquemos la llenura del Espíritu Santo para que el Señor nos permita ver las cosas como Él las ve, para que nosotros podamos conocer nuestras situaciones y entenderlas a la luz de los ojos de Dios, tal como Él las percibe, porque Él llama las cosas que no son como si fuesen.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.