Integridad y Sabiduria
Sermones

Celebrando mi justificación

Héctor Salcedo 11 septiembre, 2016

La reacción apropiada ante el perdón de Dios es el gozo profundo, la celebración, la paz de un corazón que se sabe perdonado. El Salmo 32 lo expresa con claridad: "Bienaventurado aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto". David usa esa palabra —bienaventurado— para decir feliz, dichoso, afortunado. Quien ha sido justificado por Dios debería alegrarse con todo lo que tiene, porque su problema fundamental con el Creador ha sido resuelto.

Sin embargo, muchas veces los cristianos no experimentan ese gozo. Viven con pesadez, apatía o culpa constante. Esto puede ocurrir por dos razones: o no se ven tan pecadores como realmente son, y por tanto no aprecian la magnitud del rescate, o no ven el perdón de Dios tan completo como realmente es. Como el niño que no valora el privilegio de estudiar porque no entiende su fortuna, así nosotros damos por sentada la salvación. La ilustración es clara: cuando un hijo pequeño recibe a su madre después de semanas de ausencia pero se entristece porque no le trajo regalo, está mostrando que la carencia de lo material opacó la alegría de lo verdaderamente importante.

La justificación es el regalo más extraordinario que un ser humano puede recibir. Dios perdona lo malo que hemos hecho y nos acredita lo bueno que Cristo hizo por nosotros. En la cruz, cuando Jesús dijo "consumado es", pagó por completo todo pecado —pasado, presente y futuro— de quienes vienen a él en arrepentimiento. Esa realidad debería producir un sedimento de gozo en el corazón que nos sostenga en cualquier circunstancia.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a abrir en unos minutos la Palabra, y en unos minutos les digo el texto que vamos a revisar en el día de hoy. Como ustedes recordarán, la semana pasada nosotros vimos un mensaje en donde expusimos la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos que está en Lucas 18, del versículo 9 al versículo 14. Y la idea del mensaje de hoy es que sea una secuela, algo que le siga al mensaje de la semana pasada.

Decíamos que esa parábola, que fue una forma en la que Jesús enseñó, son historias cortas en las que Jesús encapsulaba una verdad espiritual haciendo uso de elementos de la vida diaria. Las contaba, las enseñaba, y la gente captaba entonces su enseñanza de esa manera. En este caso en particular es un mensaje muy claro sobre la justificación de una persona delante de Dios. ¿Cómo un ser humano es aceptado por Dios? Eso es lo que nos cuenta esta parábola.

Nosotros veíamos que hay dos personajes, un contraste entre dos personajes. Uno, el fariseo, considerado el bueno de la época, la persona moralmente recta, la persona religiosamente devota, una persona admirada en su comunidad. Y por otro lado estaba presentado el recaudador de impuestos, que era considerado un traidor y un ladrón en esa época. Y entre estos dos personajes, ambos van a orar al templo, y Jesús hace la extraordinaria declaración de que el recaudador de impuestos fue justificado delante de Dios, aceptado por Dios, mientras que el fariseo, que era el bueno, no lo fue, por la diferencia en actitud y disposición de corazón con la que ambos vinieron delante de Dios.

El fariseo vino con una actitud de autojusticia, de autojustificación, pensando que él se merecía la salvación, pensando que la salvación, más que se recibe, él pensaba que se ganaba, que se lograba. Y el recaudador de impuestos viene delante de Dios y hace una sola oración breve y dice: "Ten piedad de mí, Dios, pecador". Y este fue justificado, aceptado por Dios, abrazado por la gracia, y aquel fue rechazado por Dios.

Decíamos entonces que la parábola tenía que ver precisamente con la justificación, la manera como Dios acepta a una persona. Y la definición teológica de lo que es la justificación es que es la declaración de Dios sobre una persona de que es justa ante sus ojos. Cuando Dios decide absolver a un ser humano de sus pecados, de sus errores pasados, y no solamente absolverlo y perdonarlo, sino atribuirle la justicia de Jesús a su favor. La justificación, en palabras sencillas, es perdonar al pecador de lo malo que ha hecho y, por otro lado, regalarle al pecador lo bueno que él no ha hecho. Por un lado es un perdón de lo malo, y por otro lado es un crédito de todo lo bueno que el pecador no ha hecho. Y haciendo eso, Dios entonces considera a una persona justa.

Y eso, hermanos, la Palabra dice, lo vimos la semana pasada, que se hace y se recibe por fe, por confiar en que Dios es capaz de hacer eso si me acerco a Él en una actitud de humillación y de arrepentimiento, como ese recaudador. Realmente muchos no lo entienden así. El hombre está empecinado, y a veces casi con una fijación, de que ser aceptado por Dios requeriría que yo me porte bien. Y ciertamente eso es bueno, pero eso no es la base sobre la que Dios me acepta. La base sobre la que Dios me acepta es el arrepentimiento y humillación delante de Él y su declaración de justicia sobre mi persona.

Eso es, hermanos, algo increíble. Ese es el escándalo del satisfacción. La mejor noticia que una persona puede recibir en su vida es que el Dios justo y santo ha decidido no condenarlo, sino salvarlo y hacerlo justo delante de sus ojos. Eso es algo impresionante que a nosotros nos costará mucho tiempo, y quizás la eternidad, poder asimilar esa idea. Lo dice claramente en Romanos 3:28, porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley. No es por obras, y ahí está la parábola del fariseo y el recaudador para demostrar que es así. Es una actitud de humillación y arrepentimiento delante de Dios, a lo que Dios entonces intercambia por su justicia delante de Él.

Esa noticia, hermanos, ¿cómo vamos nosotros a responder ante la dádiva de Dios, ante el regalo de Dios en Cristo Jesús? Porque eso es posible gracias al sacrificio de Jesús y a la vida de Jesús. Es el sacrificio en la cruz de Jesús lo que me perdona los pecados. Es la vida recta y santa de Jesús lo que se acredita a mi favor. Esa es la base del crédito de Dios y de la justicia de Dios en nuestro favor. ¿Cómo vamos nosotros a responder? ¿Cuál va a ser la emoción o la reacción del corazón humano cuando recibe este regalo?

Lamentablemente, nosotros, por nuestra condición caída, a veces no valoramos las cosas en su justa dimensión. Y porque no lo hacemos, entonces nos alegramos a veces por cosas que no deberíamos alegrarnos tanto, y nos entristecemos por cosas que no deberíamos entristecernos tanto, porque tenemos las prioridades dislocadas.

Y nos pasa como hace un tiempo pasó en mi casa, precisamente. Mi esposa tenía unas dos semanas y media fuera del país en un viaje de salud con su madre. Y obviamente yo tengo un hijo de cinco años, otro de nueve. Desde el principio del viaje hubo una petición de parte de mi hijo de que mi esposa trajera algo, les trajera algo. Todo viaje tiene eso, es la primera cosa: "Me voy de viaje, tráeme algo". Siempre hay una listita corta a veces, pero siempre hay una listita, algo que pedir. Y mi esposa se lleva algunos pedidos, y mi hijo menor, que es el más efusivo, el más festivo de la casa, cada vez que hablábamos con la mamá: "Mami, ¿ya compraste mi regalo? ¿Ya tú sabes qué me vas a traer?". Bueno, era una constante insistencia de qué iba a traer y de qué juguete lo iba a agasajar.

Y llegó el día en que mi esposa llega a la casa, dos semanas y media más o menos después. Nosotros le abrimos la puerta y él está así: "¿Qué me trajiste?". Y lamentablemente, porque fue un viaje de salud, de clínicas y médicos, mi esposa lamentablemente no pudo salir a comprarle nada. Y mi hijo se entristeció, se afligió, se sintió no amado quizás por su mamá, porque la mamá no le había traído lo que él esperaba.

Pero increíblemente, hermanos, en esta reacción humana presentada por mi hijo, que lo estoy usando de ejemplo (algunos en el culto anterior me dijeron: "Ay, el pobre Daniel, tú lo has difamado", ¿no? Pero yo estoy contando lo que es así), hermanos, la alegría de recibir a la mamá no compensó la tristeza de no recibir lo material. La tristeza de la carencia de lo material opacó la alegría de la llegada de su mamá, que era realmente más importante que el regalito, que el detalle, que la cosita que la mamá pudiera traer. Y eso es típico en los niños. Con mucha frecuencia ellos no aprecian lo que realmente tiene valor, y se afligen y se entristecen por cosas que no tienen valor. Entonces, es una falta de sabiduría en las prioridades de su vida.

Pero eso no es solamente en los niños, eso nos pasa a nosotros. Con mucha dificultad a veces nosotros apreciamos lo que realmente tiene valor y le damos el valor bíblico a cada cosa. Nos da trabajo eso, y sobre todo en una generación que vive lo que yo llamo la devoción por lo trivial. Es la época de los superhéroes, de las películas de ciencia ficción, y las películas más taquilleras no son las más profundas, sino las más superficiales, precisamente. La devoción por lo superficial. Y esta generación, en la que nosotros estamos inmersos, le damos importancia a lo que realmente no tiene importancia, y no le damos importancia a lo que sí tiene importancia. Y por lo tanto, vamos por la vida reaccionando de manera incorrecta.

¿Y por qué hago esta historia? Porque precisamente la realidad de haber sido justificados en Cristo, el regalo de la dádiva de Dios en Cristo, bíblicamente es el regalo más extraordinario que un ser humano puede recibir en esta tierra y más allá de esta tierra. Y por lo tanto, la reacción adecuada, la emoción adecuada ante ese inmenso regalo, es el gozo, es la alegría, es la paz, es el festejo, es considerarnos, es sentirnos amados por Dios por haber hecho este gran y extraordinario regalo a nuestras vidas.

Y mi reflexión en el día de hoy es que precisamente vayamos a la Palabra y que la Palabra nos diga cuál es la reacción apropiada. Habiéndonos ya entendido cómo Dios justifica y limpia, la mayoría de los que estamos aquí quizás hemos sido justificados por Dios. ¿Cuál debería ser mi reacción ante esta hermosa, extraordinaria e inmerecida realidad?

Y yo quisiera entonces que fuéramos al Salmo 32, que yo entiendo que responde a esa pregunta. Vamos a leer los primeros cinco versículos del Salmo 32. Nos dice así David, es un Salmo de David. Hay algunos salmos que no son de David, pero aproximadamente la mitad, setenta y cinco salmos aproximadamente, sí son de él. Y este es de David, y dice así:

"Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto. Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí, mi vitalidad se desvanecía como el calor del verano. Te manifesté mi pecado y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor, y tú perdonaste la culpa de mi pecado".

Como ustedes se fijan, este es un Salmo personal, es un Salmo muy íntimo de David. Nos está contando lo que él está sintiendo y lo que él está experimentando en un momento clave de su vida. Este Salmo posiblemente lo escribe inmediatamente después de haber sido confrontado por el profeta Natán, por su pecado con Betsabé, su adulterio con Betsabé, la mujer de Urías, a quien él mató para estar con Betsabé.

Y lo vemos aquí compungido, lo vemos por otro lado alegre por lo que el Señor ha hecho con él luego de haber confesado su pecado. Y él escribió este Salmo y el Salmo 51, posiblemente uno cerca del otro. Y lo que vemos aquí, hermanos, es claro que para David la reacción ante el perdón de Dios recibido, ante la justificación recibida, es el gozo, la alegría, el festejo, la celebración. De ahí el título de mi mensaje de hoy: celebrando mi justificación.

David comienza su Salmo en el versículo 1 y dice: "¡Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada!" Y otra vez dice en el versículo 2: "¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad!" Son expresiones que para nosotros no tienen mucha fuerza porque es poco usual que nosotros hagamos uso de esta palabra "bienaventurado". Pero David lo que está diciendo es: feliz, contento debería estar, afortunado es, dichoso es, aquella persona a quien el Señor no culpa de iniquidad, aquella persona a quien le perdona su pecado. Ha sido un receptor de gracia, ha sido un receptor de favor, debería alegrarse con todo lo que tiene por este hecho de haber sido perdonado por Dios.

Y de hecho, ese estado de bendición, ese estado de bienaventuranza que David escribe ahí, que lo dice en dos ocasiones, ese estado de felicidad en el que se debe sentir la persona que ha sido perdonada por Dios, debe ser independientemente de nuestras circunstancias. La realidad del perdón de Dios y de la justificación de Dios compensa, hermanos, cualquier otra aflicción en la vida que nosotros estemos experimentando.

El problema fundamental del ser humano, de donde fluyen sus demás problemas, la causa de todos sus dilemas, es su separación de Dios. Y cuando Dios me justifica y me perdona, Dios resuelve ese problema que yo tengo con él. Ustedes saben que no es lo mismo tener un problema con un niño que con una persona importante. No quiero decir que un niño no sea importante, pero quizás no tiene ninguna relevancia social en un momento dado. La gente quiere estar bien con los poderosos, cierto, porque de ahí dependen muchas cosas.

Lo que sucede es que el estado natural de un ser humano cuando nace es que nace en enemistad con Dios. Él nace de espaldas a Dios, según la Palabra. Y cuando Dios me acerca a él, porque me acerco a él también con una actitud de humillación y de arrepentimiento y él me justifica, él resuelve esa enemistad e irreconciliación y me concede el perdón y me concede la justicia de Cristo, y a los ojos de Dios yo estoy limpio, limpio delante de él. Y apreciar eso, valorar eso, es la tarea del cristiano. Uno de los secretos de la vida cristiana para experimentar gozo es la meditación en esta realidad de que hemos sido justificados por Dios por medio de Cristo Jesús. A veces se nos olvida y a veces nuestra mente se dispersa, pero esa realidad no la cambia nada más de lo que nos ocurre en nuestra vida.

Nos ocurre, piensen lo siguiente: muchos de los que están aquí tienen hijos o han tenido hijos, y a veces a nuestros hijos les da trabajo estudiar, les da trabajo hacer sus tareas, no quieren ir al colegio. Si están aquí viéndome dicen que por qué quieren querer el colegio, el colegio es una lucha en general para los niños. Hay pocos niños que dicen que sí, que están entusiasmados con el colegio, cierto. Y nosotros los padres a veces le tratamos de hacer entender, queremos que ellos entiendan el privilegio que es poder estudiar, ¿verdad? O sea, si el niño supiera el privilegio que es poder estudiar, él estuviese entusiasmado y él iría al colegio, ¿verdad?

¿Cuál es el problema del niño? Es que él no entiende que es una gracia, que él es un privilegiado de este mundo, que él tenga la oportunidad de educarse y que no tenga que salir a trabajar como otros niños lo hacen, y que no tenga una condición social que le impide estudiar. Pero los niños no entienden eso, a ellos no les gusta estudiar, a ellos no les gusta la disciplina, pero no se dan cuenta del privilegio. Si se dieran cuenta del privilegio, estarían contentos: "¡Qué bueno que voy para el colegio!"

Exactamente eso nos pasa a nosotros. Nosotros a veces no tenemos en cuenta el privilegio que es ser hijos del Rey de reyes y Señor de señores. Nosotros damos como por sentado pensando que nosotros nos ganamos la salvación, que nosotros logramos algo, que Dios ha mirado su vista porque yo soy un buen hombre, una buena mujer, un buen hijo, un buen estudiante, un buen ciudadano. Hermano, no demos por sentado el privilegio que tenemos de haber sido justificados por Dios, no seamos como los niños que no aprecian el valor que tiene el estudio. De la misma manera nosotros no demos por sentado, no tengamos en un valor secundario lo que Dios ha hecho en Cristo.

Miren cómo en Romanos 4:6 Pablo, hablando de este tema y haciendo referencia exactamente al mismo texto del Salmo 32, miren cómo dice Pablo en el libro de Romanos en el capítulo 4. Dice versículo 6: "Como también David habla de la bendición que viene sobre el hombre a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras." Y ahí cita del Salmo 32: "Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades han sido perdonadas, y cuyos pecados han sido cubiertos. Bienaventurado el hombre cuyo pecado el Señor no tomará en cuenta."

Pablo dice, miren cómo Pablo dice: esto es una bendición lo que dice David en el Salmo 32, que es bienaventurado el hombre que ha recibido de parte de Dios justicia aparte de las obras. Si Dios hubiese decidido salvarnos por obras y darnos a nosotros la oportunidad de aportar obras a nuestra salvación, de que nosotros trabajáramos por nuestra salvación, ninguno de nosotros hubiese sido capaz de salvarse. Nuestra naturaleza no nos lo permite, como decíamos la semana pasada. El hombre hace lo malo, no hace lo bueno que debe, y cuando hace lo bueno que debe lo hace con las motivaciones incorrectas. Estamos todos dañados. Por eso es que tenemos que recurrir en rendición y humillación ante el Dios santo y decir: "Señor, perdóname, ten misericordia de mí, yo no puedo lograr la salvación por mis propios medios. Tú tienes que venir en mi rescate."

Y eso es precisamente lo que David dice al inicio de este Salmo: la emoción apropiada ante el regalo de la justificación es la celebración, es el gozo, es la quietud profunda de un corazón que se sabe perdonado, que mi problema con la primera persona del universo está resuelto, que yo estoy bien con Dios. Y eso me lo permite la justificación.

Ahora, no todos vamos a expresar esa emoción y ese gozo de la misma forma, porque somos diferentes. Hay unos más parcos, hay unos más extrovertidos, cierto. Mis hijos yo lo veo constantemente. Ya yo les hice referencia a Daniel, que es el más festivo, es el pequeño. En la fiesta cuando yo llego, él quiere que yo lo brinque, que yo lo abrace, que lo ponga de cabeza. Eso es todos los días, todos los días él quiere que yo lo brinque para arriba, que lo voltee de cabeza. Y "papi, papi, papi", no sé qué. Entonces yo voy donde... Esto es de entrada, que yo voy con él, se me va colgando de la espalda, del pie. Entonces yo llego a la cocina y está mi hijo mayor que tiene diez años: "Hola, Elí." "Hola, Elí", me dice. "¿Qué hay?" Esa es Elía. Así, aquel Daniel. Diferentes.

Ahora, yo mi esperanza es que ambos, en el fondo de su corazón, ambos estén emocionados porque yo llegué. Este a su forma y este a su forma. Ante el regalo de la salvación habrán algunos que gritan, que son efusivos, que aplauden al Señor, que se postran de rodillas, que lloran y "¡Gloria a Dios!", que se le van así. Hay otros que serán más parcos, y como una cuestión hacia adentro dirán: "Señor, gracias." ¿Pueden ver? ¿Entienden? El punto es que no podemos dar por sentado como algo menor el hecho de que Dios nos ha salvado en Cristo, pues es algo motivo de gozo y de celebración. Eso es lo que dice: bienaventurado, bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad.

Nuestra fuente de gozo debe ser más profunda que el mar de la dificultad, hermanos. Las raíces de nuestro gozo deben ir más allá de lo que va el gusano de la ansiedad y de la angustia. Más allá, más profunda. ¿Por qué? Porque nuestro problema fundamental, nuestra enemistad con Dios, ha sido resuelta.

Y el salmista, no solamente en este Salmo sino que tiene otro Salmo, el Salmo 103. Es típico cuando uno habla de bendecir al Señor por su salvación. El salmista en el Salmo 103 se habla a sí mismo y dice: "Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios." O sea, se está recordando a sí mismo, quizás en medio de una tentación a olvidar los beneficios de Dios. Eso nos pasa a nosotros. Con frecuencia olvidamos los beneficios de Dios, las gracias de Dios para nosotros, así como el niño olvida que es un privilegio estudiar. Así nosotros olvidamos ciertas cosas básicas en cuanto a las gracias de Dios para nuestra vida.

Y el salmista se recuerda: "No olvides ninguno de sus beneficios." Oye, y el primero: "Él es quien perdona todas tus iniquidades." ¡Wow! ¡Gloria a Dios! Cómo va a ser fundamental: el Señor ha resuelto mi problema con Dios, él perdona mis iniquidades, no me ve por lo que yo hago, me ve por lo que Cristo hizo por mí. ¡Wow! Dios me acepta no por mi valor, sino por el valor de Cristo. Ahora me acepta por la fe que tuve yo en ese sacrificio redentor. Por eso, hermanos, cuando venimos rendidos, humillados, arrepentidos delante de Dios, la justificación es, hermanos, el regalo de Dios a la fe de un corazón arrepentido. Y nos es conferida, somos vestidos de la rectitud de nuestro Señor.

Mire otros ejemplos de cómo la Biblia celebra la salvación y la justificación. En Lucas 15 tenemos tres parábolas que muchos de ustedes conocen: la parábola de la oveja perdida, la parábola de la moneda perdida y la parábola del hijo perdido, el hijo pródigo. Una detrás de otra, y las tres hablan de lo mismo, hablan de la salvación, hablan del valor que tiene haber sido perdonados por Dios.

En el caso de la oveja perdida, en Lucas 15:5, la historia nos dice que al encontrarla, alguien estaba buscando la oveja, y al encontrarla la pone sobre sus hombros gozoso. Y cuando llega a su casa reúne a sus amigos y a sus vecinos, diciéndoles: "Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido." Os digo de la misma manera: hay también más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan el arrepentimiento. En el cielo se festeja el arrepentimiento de un pecador.

Esto no es imaginario, hermanos. Lo que esta parábola nos está comunicando claramente es que Dios se regocija, Dios se alegra, Dios se entusiasma con la salvación de un alma, de una persona que reconoce su condición y viene a Él y Dios le justifica. Alegría, fiesta, celebración hay en los cielos. ¿Por qué? Porque eso es importante, porque eso es eterno, y Dios celebra lo que debe celebrarse y desprecia lo que no debe celebrarse.

El caso de la moneda perdida, una vez más Jesús enseñando en el versículo 9, Lucas 15:9. Cuando la encuentra la persona que estaba buscando, reúne a las amigas y vecinas, era una mujer la que estaba en esta parábola representada, diciendo: "Alegraos conmigo, porque he hallado la moneda que había perdido." De la misma manera, otra vez os digo que hay gozo en la presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. Gozo, alegría ante la salvación.

Y por último, la del hijo pródigo. En el momento que el hijo pródigo viene y le pide perdón a su padre y el padre lo acepta, el otro hijo está refunfuñando, está envidioso, está celoso, porque este individuo, este hermano mío que se portó mal, que dejó la casa, que desperdició parte de la herencia, ahora viene con la rabia entre las piernas y mi papá lo perdona y lo acepta como que no ha pasado nada. Y el padre le dice al hijo refunfuñón: "Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado."

Celebremos, eso es lo que le dice: celebremos, festejemos eso. Si eso es lo que Dios hace, eso es lo que deberíamos hacer nosotros, hermanos. Ante la gran dádiva de Dios que hemos recibido en Cristo Jesús: alegrarnos, festejar, celebrar, tener un gozo profundo independientemente de las circunstancias de la vida, porque no importa lo que la vida nos quite, eso no nos lo va a quitar. La salvación en Cristo es segura, es una roca. La roca de mi salvación es Cristo.

Entonces, siendo esa la emoción apropiada, la realidad es que con frecuencia no es nuestra reacción. No hay gozo a veces en nosotros. A veces lo que nos caracteriza como cristianos es más una pesadez, una apatía, una culpa constante, una palidez emocional ante la vida. Y eso no es característico, se supone, de un cristiano que ha sido salvado, que ha sido salvado de manera tan grande por Dios. Hebreos 2:3 dice: "¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?" Ha sido tan extraordinario eso.

¿Por qué ocurre eso? ¿Por qué ocurre que el corazón del cristiano, habiendo recibido la justificación, el regalo de la dádiva de Dios, la dádiva de Dios en Cristo Jesús, no se alegra, no festeja, no está tranquilo, no se siente satisfecho? ¿Qué es lo que pasa? Bueno, es posible que nosotros no nos veamos tan pecadores como realmente somos y por tanto no vemos tan grande el regalo que nos ha sido concedido. Quizás tenemos un problema de autojusticia parecido al problema que tenía el fariseo, como que él no apreciaba el regalo porque no se daba cuenta de su extravío, de su perdición, de lo irremediable de su condición.

Imagínense que ustedes están, o no ustedes, si una persona está en alta mar, sale de un puerto y está en alta mar en una yola, un botecito, y se comienza a alejar de la costa, se comienza a alejar de la costa, se comienza a alejar de la costa, y la gente le está advirtiendo que no se aleje de la costa, que se va a perder, que no se aleje de la costa, porque desde que uno pierde vista con la costa hay una desorientación en el mar. Tú te das vuelta y todo el mar es igual para todo lado. Pero él se siente que está ubicado, dice: "No, yo estoy ubicado." No, el mar te empuja atrás. Él no se da cuenta que el viento ha ido doblando su bote y lo ha ido dirigiendo en otra dirección. Y la gente le dice: "Te buscamos." "No, no, no, no, yo estoy bien, yo estoy bien." Él no valora la oferta del rescate porque él piensa que él está ubicado, que él está bien, que él sabe para dónde va. El problema es que él sigue avanzando y sigue avanzando, sigue avanzando, y ahora él se da cuenta que donde él pensaba que había tierra no hay tierra. Y ahí se da cuenta de su extravío, y la oferta de rescate que se le había hecho alejándose de la costa, él comienza a decir: "¡Ay, si vieran a la gente por aquí!"

La apreciación por el rescate es proporcional a qué tan consciente soy yo de mi extravío. Si yo pienso que estoy ubicado, si yo pienso que yo no estoy tan perdido como dice la Biblia que estoy, la oferta de rescate de Dios no me va a aparecer tan extraordinaria y tan maravillosa. El regalo de Dios en Cristo Jesús no va a ser para mí tan valioso.

No sé cuántos de ustedes vieron la película "Castaway" o "Náufrago". Este individuo cae en una isla desierta, está solo y duró años ahí para ser rescatado. Pero en los primeros años él, en un momento dado, pierde la esperanza de ser rescatado. Pero en el primer año él puso e hizo de todo. Cuando él veía un barco a kilómetros de distancia de la costa: "¡La señal! ¡Uy, la señal!" Él sabía que estaba absolutamente perdido, y su petición de ayuda era absolutamente desesperada, porque si no me salvan me pierdo.

Ese es el llamado del pecador a Dios. El pecador tiene que saber que si no llama desesperadamente, se pierde. No hay nada en nosotros que nos haga ciertos delante de Dios. Y aquellos que ya hemos recibido la dádiva del rescate, ¿cómo no apreciar eso? ¿Cómo no darnos cuenta lo mal que estábamos?

El salmista en el Salmo que leímos, el 32, usa tres palabras para describir su pecado. Fíjense el versículo 1 y versículo 2. Dice: "Cuán bienaventurado es el hombre cuya transgresión es perdonada," luego dice: "cuyo pecado es cubierto," luego dice: "que el Señor no culpa de iniquidad." Transgresión, pecado, iniquidad son palabras a veces intercambiables en la Biblia para pecado. Pero, ¿por qué el salmista está usando esta variedad de términos para referirse a su pecado? Bueno, porque él sabe que su pecado es grave y él lo está diciendo de toda la manera posible.

Cuando usted comete un error con alguien, usted ofende a alguien, usted sabe que metió la pata, usted sabe que usted debería ir donde fulano: "Oye, mira, yo no sé cómo decírtelo, pero mira, yo metí la pata, yo me equivoqué, yo no sé, yo me volví un ocho, yo soy un estúpido, yo no sé qué." Eso es lo que el salmista está diciendo: mi pecado, mi transgresión, mi iniquidad, Señor, Tú la perdonaste, Tú la cubriste. Él ve la gravedad de su condición, él ve la gravedad de su pecado, y es la razón por la que lo describe de varias maneras. Ese es el énfasis que él quiere dar.

Pablo nos habla de nuestra condición también en Romanos 5:6-10, y no voy a entrar en todos los detalles de ese texto, pero sí le voy a mencionar algunas palabras, algunas expresiones, algunas palabras que usa. Pablo, hablando de nuestra condición, dice lo siguiente en Romanos 5:6: "Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos." Versículo 8: "Pero Dios demuestra su amor para con nosotros en que, aun siendo pecadores, Cristo murió por nosotros." Versículo 10: "Porque si aun cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida."

En cuatro versículos Pablo dice que nuestra condición como seres humanos, y él dice "nosotros, nosotros, nosotros," "éramos, nosotros éramos así, nosotros éramos," o sea que les está incluyendo. Pablo dice que éramos débiles, impíos, pecadores y enemigos de Dios. Es la condición humana. Débiles en el sentido de que no podemos salvarnos. Impíos en el sentido de que vivimos sin Dios la vida. Nosotros realmente queremos vivir la vida sin Dios, sin que nos gobierne, sin que nos mande. Nosotros queremos vivir la vida según nuestros propios criterios. Nosotros queremos el favor de Dios y la bendición de Dios, queremos estar a frío con Dios, eso sí, porque sabemos que Él quema. Pero cuando la voluntad de Dios choca con la mía, cuando lo que Dios piensa en su Palabra choca con mi voluntad, hay problema. Yo comienzo entonces a buscar una especie de forma de interpretar la vida que dice: "Pero, ¿tú crees que será eso lo que quiere decir realmente? Yo creo que eso es cultural, yo creo que, yo sé que es el contexto," porque tenemos el mismo contexto en el que yo me encuentro, y comenzamos a justificar nuestras actuaciones.

La realidad es que nosotros somos, según este pasaje, débiles, impíos, no queremos vivir como Dios, según Dios, pecadores, hacemos lo malo, y enemigos, estamos distanciados de Dios. Esa es la condición, esa es la gravedad de nuestro pecado.

En una ocasión John Newton, un famoso individuo porque escribió himnos muy conocidos y además fue un gran predicador, John Newton escribió el himno "Sublime Gracia." Él dijo cuando se estaba poniendo viejo: "Aunque mi memoria ya casi se ha ido, yo solamente recuerdo dos cosas: que yo soy un gran pecador y que Cristo es un gran Salvador."

La verdad es que el hombre recordaba lo que debía recorrer; en eso no se equivocó. Esa es nuestra condición, hermano. Necesitamos, dada la condición, el rescate de manera desesperada. Hermano, yo estoy, tú estás, más perdidos; estábamos más perdidos de lo que nosotros nos imaginábamos. Lo que Dios ha hecho en Cristo es algo extraordinario. Dios, por así decir, ha salido en búsqueda de náufragos y nos ha traído a nosotros en el barco de la justificación a su presencia. Eso es lo que Dios ha hecho.

Y uno habla de eso y a veces hay gente que dice: "Sí, yo te entiendo, eso está muy bien, pero tú sabes que yo necesito arreglar ciertas cosas. Yo no estoy listo todavía para venir a Dios." ¿En serio? O sea, ¿tú no eres lo suficientemente pecador para venir a Dios? "No, es que yo, tú sabes que no se puede venir así como uno está. Uno tiene que arreglarse moralmente, yo tengo que arreglar ciertas cosas, tengo que arreglar ciertos asuntos." ¿Te das cuenta de eso? Eso es absurdo. Es como la mujer que va al salón y tú la ves peinándose, pasándose el brillo o maquillándose. Si tú vas al salón, ¿qué es lo que hacen en el salón? Lavan el cabello, no. Ella se está arreglando y peinando, se está maquillando y va para el salón. Eso es la persona que dice que antes de venir a Dios tiene que arreglarse. Es que Dios es el salón espiritual. Tú tienes que venir desaliñado espiritualmente para que Dios te repare y te arregle. Es así.

Dios no te quiere... De hecho, en realidad a Dios no le gusta el peinado que tú te has hecho. O sea, que aunque tú te lo hagas, Él te lo va a alborotar. A Dios no le gusta, no le gusta la ropa que tú te pones. Ven, Él te vestirá con la rectitud de Cristo. El Evangelio es para el pecador, hermanos. El mensaje es para los enfermos. Cristo no vino a salvar a justos, sino a pecadores. La muerte, la resurrección que Él promete es para el que se considera y sabe que está muerto en delitos y pecados. Y cuando yo aprecio entonces mi condición, yo voy a valorar y apreciar más su salvación.

Pero hay otra posible razón por la que muchas veces nosotros no nos sentimos gozosos a pesar de haber recibido la salvación de Dios en Cristo, haber recibido su perdón, su justificación. Y como ya vimos, la primera puede ser una subestimación de mi pecado: yo no lo veo tan grave, tan feo como realmente es. Pero lo otro es que yo no veo el perdón de Dios tan completo como realmente es, y por lo tanto no lo aprecio adecuadamente.

Yo he hablado con mucha gente que se siente, ya siendo cristiana, habiendo venido a Cristo, habiéndose arrepentido de su condición, todavía se siente culpable y sucia delante de Dios. Gente que es más dura consigo que lo que Dios ha sido con ellos. Y el salmista aquí, en el versículo 3, miren lo que él dice: "Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano." Eso es un corazón que se siente culpable. En este caso se sentía culpable porque él no había confesado lo que debió haber confesado.

Fíjense cómo en el versículo 2 al final. Leo todo el 2 completo para que entendamos la expresión. Dice: "¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño!" ¿Cómo así? ¿Qué significa? ¿Qué implica lo que dice David, que es bienaventurado aquel hombre en cuyo espíritu no hay engaño? Bueno, aquella persona que ha sido transparente con Dios y le ha dicho lo que ha hecho, y le ha dicho lo que es, y ha reconocido su condición de pecado y su necesidad de Dios. En ese espíritu no hay engaño.

El corazón que se arrepiente y que se expone ante Dios, que se pone de acuerdo con Dios, porque Dios sabe todo, hermanos. Nosotros no le escondemos a Dios nada. La confesión y el arrepentimiento, la confesión es para nosotros. Dios sabe lo que yo he hecho y lo que yo no he hecho, lo que yo he dejado de hacer. Todo eso lo sabe. Cuando yo confieso y me arrepiento, yo simplemente me pongo de acuerdo con Dios en lo que Él dice de mí y en lo que Él ya sabe de mí. Como para resumirlo, arrepentirse y confesar es como decir: "Señor, yo estoy de acuerdo con lo que tú sabes que yo soy. Yo soy un pecador, yo estoy de acuerdo con todo lo que tú piensas de mí. Perdóname, Señor." No hay que elaborar mucho. Lo que hay es que experimentar este reconocimiento de la condición en la que nos encontramos.

Y entonces David se sentía culpable en ese caso porque él no había confesado su pecado. Es Natán que viene y le dice: "Tú has pecado contra Dios." Y es que finalmente, un año después, David, que a veces se había equivocado grandemente, reconoce su condición y se devuelve. A veces nosotros confesamos nuestra condición, estamos por así decirlo en comunión con Dios, y no nos sentimos libres, no nos sentimos tranquilos, no nos sentimos limpios. Y es como suponer que el sacrificio de Cristo en la cruz no tuvo el suficiente poder para limpiar el peor de mis pecados. ¡Y sí lo tuvo!

Me encanta la expresión que todos ustedes conocen. Cuando Jesús muere en la cruz, una de sus últimas frases es: "Consumado es." Una frase que se usaba en el ámbito comercial. Se le ponía de sello a los contratos cuando se pagaban las deudas. Tetelestai. Consumado es. Pagado. Cuando Cristo murió en la cruz, pagó por completo todo pecado cometido por ti y por mí, por aquellos que se acercan en arrepentimiento y humillación delante de Dios. Pasados, presentes y futuros. Graves o superficiales, no importa el lugar. Cometidos contra Dios o cometidos contra otra persona, no importa el pecado ni el color. Dios, Cristo lo perdonó en la cruz. Los pagó en la cruz por completo, por completo.

Y cuando yo vengo delante de Dios y yo le confieso mi pecado y yo me arrepiento de mi pecado, dice el salmista: "Te manifesté mi pecado, no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor. Y tú perdonaste la culpa de mi pecado." ¡Glorioso! Luego el apóstol Juan dice que cuando pequemos vengamos a Dios y confesemos nuestro pecado, porque Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.

Toda la falta de gozo, hermanos, en nuestra vida a veces no solamente obedece a una percepción de nuestro pecado como que no es tan grave como pensábamos, y por lo tanto no apreciamos el rescate, sino que el rescate mismo no nos parece tan maravilloso, no nos parece tan completo, no nos parece tan radiante.

Y pensemos en esto. Aquí en este salmo David usa, así como usó tres palabras para el pecado —usó transgresión, pecado e iniquidad—, ahora usó tres expresiones para el perdón. Él dice que su pecado ha sido perdonado en el versículo 1, que su transgresión ha sido perdonada, su pecado ha sido cubierto, y la iniquidad no será usada en su contra para culparlo. Tres expresiones distintas: Dios perdonó, Dios cubrió, Dios no culpa.

En múltiples expresiones en la Palabra, Dios trata el pecado cuando venimos a Él en arrepentimiento como eso que Él manda lejos y Él no se acuerda de eso. Él no trae a colación eso nunca jamás contra nosotros, porque ya hubo confesión y hubo arrepentimiento. Y es Isaías 1:18 donde el Señor, hablando con su pueblo, le dice: "Venid ahora y razonemos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como la grana" —o sea, muchos—, "como la nieve serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí" —graves, feos—, "como blanca lana quedarán." Y eso fue posible por la cruz. Eso fue posible, y lo creemos porque Cristo dijo: "Consumado es."

Hermano, si hemos recibido una salvación tan grande, tan grande, que lo único que queda es celebrar, es regocijarnos. Es que haya como un sedimento abajo en el corazón, independientemente de lo que yo le ponga arriba —dificultad o bonanza o prosperidad—, pero que siempre haya ese sedimento de gozo que nos sostiene en cualquier cosa que hagamos en la vida. Porque sabemos que hemos sido rescatados por el Dios santo, por medio de Jesús, a través de la fe.

¡Glorioso Evangelio! ¡Gloriosa salvación! ¡Gloriosa dádiva en Cristo Jesús que nos ha sido concedida! Celebremos. Celebremos nuestra libertad en Cristo. Celebremos que todo lo demás viene por añadidura cuando nos enfocamos en nuestro Señor. Es, hermano, no tiene precio. Y ese es mi mensaje para todos nosotros en este día: que disfrutemos, que cantemos, que aplaudamos, que celebremos la libertad a nuestra manera. Recuerden la diferencia entre mis dos hijos, pero a nuestra forma, que siempre haya un sentido de gozo, de plenitud, porque Cristo nos ha salvado y nos ha dado libertad.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.