La compasión no es un sentimiento que se guarda ni una emoción que se cultiva en privado: es algo que se hace. Esta distinción atraviesa toda la parábola del buen samaritano, que Jesús cuenta en un momento crucial, cuando con determinación había afirmado su rostro para ir a Jerusalén, sabiendo el precio que pagaría. La parábola no solo responde al intérprete de la ley que buscaba justificarse preguntando "¿quién es mi prójimo?", sino también a sus propios discípulos, que querían hacer descender fuego sobre los samaritanos o se gloriaban en que los demonios se les sujetaban. Ninguno de ellos había entendido el espíritu con el que Jesús había venido: no para destruir almas, sino para salvarlas.
El sacerdote y el levita pasaron de largo junto al hombre medio muerto. Quizás sentían que ya habían cumplido con Dios en el templo. Pero el samaritano —un enemigo despreciado— se acercó, vendó las heridas con su propia túnica, pagó de su bolsillo y dejó una cuenta abierta para lo que hiciera falta. Jesús invierte entonces la pregunta: ya no se trata de quién merece mi amor, sino de si yo tengo la actitud correcta cuando la necesidad cae en mi cara. Una historia familiar lo ilustra con fuerza: una madre y una tía que cuidaron durante dieciocho años a una pariente anciana con problemas mentales, sin reconocimiento ni recompensa, simplemente porque había que hacerlo.
La demanda del Señor es clara: "Ve y haz tú lo mismo". No se trata de volverse profesionales de la compasión, sino de responder con determinación cuando la oportunidad se presenta.
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La última canción que acabamos de cantar realmente es una canción majestuosa que no solamente habla del poder de lo que el Señor ha hecho en nuestro favor, sino que habla exclusivamente del enorme sacrificio que el Señor tuvo que pagar por nosotros en la cruz del Calvario. Y cuando hablamos de la parábola del buen samaritano, justamente hablamos de un ejemplo mayúsculo en donde el Señor nos muestra en términos humanos lo que Él mismo iba a empezar a hacer.
Pero antes de empezar con el tema propiamente tal, permítanme contarles una historia muy familiar que tiene que ver con mi familia, pero que yo creo que nos va a ayudar a pensar un poco en las demandas del Señor con respecto a lo que Él espera de nosotros. Cuando yo era pequeño, bastante muy niño, mi mamá solía llevarme a visitar la casa de mi bisabuela, a visitar a mi bisabuela. Ella vivía en el centro de Lima en Perú, en una casa muy grande, y para mí siempre era más que visitar a la bisabuela; era una oportunidad, era una aventura, la oportunidad de meterme en esa casa y entrar por los recovecos. Una casa con muchas habitaciones, con muchos lugares, donde todo olía a antigüedad, donde todo para mí era una novedad. Cada cosa que había ahí, yo recorría la casa, las habitaciones, abría los cajones, me encontraba con tesoros secretos, y siempre era para mí entrar como a un lugar desconocido, a un lugar donde yo iba a encontrar algo completamente nuevo.
Pero una de las sorpresas que yo siempre me daba es que al final de un gran patio había una pequeña habitación, y en esa pequeña habitación vivía la tía Zoilita, así era como se le conocía, la tía Zoilita. La tía Zoilita era una persona pequeña y, si la podemos llamar así, un tanto excéntrica. Yo solo la conocía como tía Zoilita; años después yo me enteraría que era media hermana de mi abuela. La tía Zoilita vivía su propia vida y la vivía a su manera. Ella a veces estaba en la casa y luego desaparecía por largas temporadas. Era una persona que le gustaba acumular fundas con cosas que nadie veía y nadie sabía lo que había ahí. Fundas y paquetes, y ella siempre recorría y salía con una gran cantidad de fundas y paquetes y se iba a la calle, nadie sabe a dónde, a pasar horas y horas, días, a veces días, semanas y meses enteros en que se perdía en la calle. Nadie podía entrar a su habitación, pero yo a veces miraba por el rabito de la puerta cuando ella la tenía entreabierta, y lo que había allí era fundas y paquetes que tenían siglos puestos allí y que nadie podía tocar. La tía Zoilita entraba y salía, y luego en la medida que fui creciendo yo le perdí la pista. Algunas veces me enteré algunos años después que uno de mis tíos la había recogido y la había tenido en la casa, y luego ella un día decidió irse y no volver más.
Algunos años después, siendo yo ya un adulto, una tía mía que vive con mi mamá y con mi abuela recibió una llamada. Era de un hospital y le preguntan: "¿Usted es pariente de Zoila Martínez?" Y mi tía le responde que sí. Entonces le dice: "Pues va a tener que venir a recogerla, porque ella ha estado en el hospital bastante tiempo, pero ya no puede estar más tiempo aquí, y si tiene un pariente, usted tiene que venir a recogerla." Así que la tía Zoilita volvió a formar parte de nuestra familia, y esta vez para quedarse para siempre.
Mi mamá y mi tía tuvieron que cuidarla. Ella estaba bastante debilitada y ya no podía cuidarse por sí misma. Tuvieron que alimentarla, permitirle que empezara a acumular nuevamente sus fundas y sus paquetes sagrados en la habitación, y aguantarle sus excentricidades con mucho amor. El tiempo iba pasando y el cuidado se iba haciendo cada vez mayor. La tuvieron que poner en una habitación más grande, hubo que comprar una cama clínica, al presupuesto se aumentaron pañales para adultos, medicamentos, sus gustos alimenticios porque ella no comía cualquier cosa, y muchas cosas más. No había dinero para enfermeras, así que mi mamá y mi tía se encargaron de este cuidado diario por turnos. Ellas, como es natural, tenían sus momentos de agotamiento y de queja. Yo imagino lo difícil que es tener a una persona mayor que requiere de todo cuidado, enferma en casa, pero peor aún cuando se trata de una persona con serios problemas mentales y de comportamiento. Pero siguieron adelante y la cuidaron hasta el mismísimo día de su muerte.
Yo recuerdo hace un par de años atrás, mi mamá me llama por teléfono y me llama llorando y con mucha pena diciéndome: "La tía Zoilita ya falleció, y falleció en nuestros brazos, en donde nosotros la cuidábamos." Mis tíos querían deshacerse de la tía Zoilita inmediatamente, pero mi mamá y mi tía dijeron que no, que si ellas la habían cuidado, entonces había que darle un entierro y una sepultura digna, y por lo tanto hicieron un velorio para una persona que en realidad no tenía amigos. Pero mi mamá y mi tía dijeron: "Vamos a cuidarla con dignidad hasta el final."
Luego de un tiempo yo pensé: "¡Wow! ¡Cuánto sacrificio habían hecho mi madre y mi tía al cuidar a esa tía enferma!" Y mi corazón se llenó de respeto por ellas. Así, después de su partida, yo me puse a pensar: "¿Cuánto tiempo fue el que cuidaron a la tía Zoilita? ¿Dos años? ¿Tres años?" La verdad es que yo no lo recordaba cuánto tiempo había pasado, porque ya la tía Zoilita formaba parte del panorama de la casa de mi mamá. Cuando yo le pregunto: "Mamá, ¿y cuánto tiempo cuidaron a la tía Zoilita?", mi mamá me dijo: "La cuidamos por 18 años." ¡18 años! Fueron los 18 años que yo había pasado fuera del país. En esos 18 años había conocido muchas ciudades del mundo, había ganado varios grados académicos, había recorrido muchos lugares, mientras mi mamá y mi tía cuidaban a la tía Zoilita.
Ahora, yo sé que ellas quizás no estuvieran muy de acuerdo en que yo les cuente esta historia, porque ellas son muy privadas, y ellas saben que no van a recibir un doctorado por lo que hicieron, no van a aparecer en los periódicos, no van a ser promovidas a puestos gubernamentales de servicio social, tampoco van a dar clases o charlas motivacionales, ni tampoco harán una película acerca de ellas. Lo que ellas saben es que hicieron lo que tenían que hacer. Y yo creo que allí radica el secreto de la compasión: hacer lo que debemos hacer, al precio que haya que pagar por hacerlo.
La parábola del buen samaritano, seguramente todos ustedes conocen muy bien, está ubicada justamente en un momento en donde en la historia de nuestro Señor se ubica justamente cuando Él se alistaba para partir a Jerusalén. Lucas capítulo 9, acompáñenme por favor en la lectura. Lucas capítulo 9, verso 51 dice: "Y sucedió que cuando se cumplían los días de su ascensión, Él con determinación afirmó su rostro para ir a Jerusalén."
Nosotros hace un momento cantábamos del poder de la cruz, y nosotros tendemos a trivializar lo que allí sucedió y el costo de lo que allí se pagó. Sin embargo, yo encuentro en las palabras de Lucas el corazón de nuestro Señor y todo lo que Él percibía a través de su obra, de lo que significaría afirmar su rostro para ir a Jerusalén. Solamente Él sabía lo que le iba a suceder, y cuando se cumplieron los días —no antes, no después, sino que cuando el tiempo había llegado— Él, y miren las palabras que Lucas usa, "con determinación". Con determinación, o sea, esto hay que hacerlo, hagámoslo ahora, vamos para allá. Con determinación afirmó su rostro. Afirmar el rostro significa que yo ya no lo voy a mover en otra dirección, yo ya no voy a mirar hacia los lados, yo voy a mirar hacia allá y hacia allá voy a ir y no me voy a distraer. Determinación y afirmación del rostro para ir a Jerusalén.
Es el sentido de la valentía de Jesús al asumir que tenía que completar una obra en nuestro favor, una obra en nuestro favor que nosotros por completo no merecíamos. Pero el Señor, conociendo sus días, con determinación afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Por lo tanto, cuando Él cuenta la parábola del buen samaritano, Él está contando a través de una historia su propia historia, y su propia historia de rescate de nuestras propias vidas también.
Ahora, cuando nosotros encontramos entonces ese inicio de la historia en Jesús, nosotros podemos encontrar un nuevo sentido de lo que significa ser compasivo. Ser compasivo no es un sentimiento maleable, no es una mera emoción. Ser compasivo y tener misericordia involucra tener los pantalones bien puestos, e involucra determinación, y mirar hacia adelante, y saber lo que voy a hacer porque voy a pagar un precio por esto.
Ahora, nosotros conocemos la historia, y en la historia nosotros nos encontramos con que Jesús se enfrenta a un intérprete de la ley. Eso es lo que el pasaje nos dice: un intérprete de la ley se acercó con unas preguntas. Sin embargo, si nosotros seguimos leyendo del 52 en adelante, nos vamos a dar cuenta que la parábola del buen samaritano no solamente calza con este intérprete de la ley, sino que también viene a ser una respuesta a sus propios discípulos, que quizás no estaban entendiendo el espíritu con el que Jesús estaba viviendo y la determinación que le había asumido para hacer una obra no en destrucción de la humanidad, sino a favor de la humanidad.
Por eso es que yo quiero, antes de entrar a la parábola propiamente tal, poder ver cómo es que Jesús va a responder no solamente a este experto en la ley, sino que va a responder a sus propios discípulos. Porque, por ejemplo, si seguimos leyendo, Lucas 9:52 dice: "Y envió mensajeros delante de Él, y ellos fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos, pero no le recibieron porque sabían que había determinado ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Jacobo y Juan dijeron: 'Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?' Pero Él, volviéndose, los reprendió y dijo: 'Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas.' Y se fueron a otra aldea."
La parábola del buen samaritano podría empezar a partir de este momento, porque es una respuesta, un ejemplo que es una respuesta a la falta de compasión de Jacobo y Juan. Jacobo y Juan se sentían leales al Señor, pero no sentían ninguna compasión por esa humanidad perdida que no sabía reconocer al Señor en la figura de esos samaritanos. "Señor, ¿no quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y consuma a estos samaritanos?" Ellos se mostraron leales a Jesús, su pregunta atrevida demostraba que tenían cierto grado de fe, pero estaban completamente equivocados, porque lealtad a Jesús es tener compasión por la humanidad.
Serle fiel a Jesús es conocer el espíritu con el que Jesús ha venido: "Yo no he venido para destruir las almas, sino para salvarlas". Por eso es que Jesús enseña la parábola del buen samaritano, porque es también para Jacobo y Juan.
En el capítulo 10, rápidamente nos encontramos con que el Señor dice en el verso uno: "Designó a otros setenta y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar a donde él había de ir". Él los envía y los lleva como un grupo de adelanto que va a ir compartiendo el evangelio. "A cualquier casa que entren, digan primero: paz sea en esta casa. Sanad a los enfermos que hay en ella y decidles: se ha acercado a vosotros el reino de Dios. El que a vosotros escucha, a mí me escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza, y al que a mí me rechaza, rechaza al que me envió". Ustedes van en mi nombre: sanen, liberen, hablen de la paz de Dios, muestren el evangelio.
Ahora, ellos, al igual que Jacobo y Juan, eran leales al Señor y obedientes a él. Y cuando ellos vuelven victoriosos de su comisión, nos dice el verso 17 del capítulo 10: "Los setenta regresaron con gozo diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre". Ok, está bien, pero ¿a qué te mandé yo? Esto es simplemente poder. No se gocen por esto, gócense de que sus nombres están escritos en los cielos, le dice el Señor.
Pero estos discípulos también tenían que entender que no se trata del poder que yo tenga para que los demonios se me sujeten, sino de la compasión de Dios al sanar a los enfermos, al liberar a los cautivos, al traer paz a la casa, al anunciar arrepentimiento. Ellos llegaron con la cabeza embotada de poder y fue lo primero que le dijeron al Señor, pero no le dijeron: "Señor, cuánta compasión tuviste con este paralítico, con este leproso, con este ciego, con este cojo, con este hombre, con esta mujer que fue liberada, con la paz que llegó a tantos hogares". Porque ellos tampoco sabían tener compasión. Ellos eran leales al Señor, pero no sabían todavía con qué espíritu estaban hablando.
Por eso es que inmediatamente después también podríamos ubicar la parábola del buen samaritano, porque ni Jacobo ni Juan ni estos setenta habían entendido claramente el espíritu con el que el Señor había venido. Estaban rodeados de Jesús, eran leales a él, eran fieles a él, ellos querían ver el poder de Dios, pero no lo querían ver en salvación de almas, en la compasión con otras personas. Por eso es que esta parábola aparece propiamente, porque es la única parábola que representa claramente el espíritu de Jesús en Lucas capítulo 9, el verso 51: la determinación de Jesús y la afirmación de su rostro en la búsqueda de la salvación de los perdidos. Eso era algo que sus discípulos no habían entendido todavía y había la necesidad de reafirmarlo.
¿Cuánto poder yo tengo que se manifieste en compasión? Yo puedo hacer que descienda fuego del cielo, que sea para salvación, que sea en compasión, porque el Hijo del hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas.
Y es allí donde empieza nuestra parábola. El verso 25: "He aquí, cierto intérprete de la ley se levantó, y para ponerle a prueba le dijo: Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Es interesante que se levanta este hombre, y este hombre no era tan diferente a Jacobo y Juan, ni tan diferente a los setenta. Simplemente, para él agradar a Dios era un ejercicio intelectual, un ejercicio teológico: vamos a probar nuestra teología.
Esta pregunta que le hace a Jesús este hombre no es nueva. En dos o tres oportunidades en los evangelios vamos a encontrar personas distintas que le hacen esta misma pregunta al Maestro. La intención no es una intención de obediencia, aunque la pregunta incluye "qué haré". Básicamente ellos conocían la ley de Dios, por lo tanto había que obedecer los mandamientos que el Señor había dado. Pero cuando ellos preguntan "¿qué haré para heredar la vida eterna?", lo que le están pidiendo es: "Señor, a ver, líbrame un poco de tanta paja, tanto mandamiento de aquí para allá, dime exactamente cuál es ese mandamiento que yo tengo que hacer para heredar la vida eterna. Dejémonos un poco de tanto discurso, que Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, que los Salmos, que Jeremías... No, no, no, no. Vamos, ¿cuál es?"
Y yo creo que todos nosotros nos parecemos al intérprete de la ley. Queremos saber cuál es ese mandamiento que yo requiero, que yo necesito para obtener la vida eterna. Pero lo quiero saber solo especulativamente, teóricamente, para poder discutirte, para ver si tú tienes razón. No es para ver si yo estoy bien, porque yo estoy bien; es para ver si tú tienes razón.
Jesús no se deja amedrentar y le dice que está escrito en la ley. "¿Qué está escrito en la ley?" Yo no he venido a traer nada nuevo, yo he venido a cumplir la ley. El cielo y la tierra pasarán, sus palabras no pasarán. Por lo tanto, dime aquello que está escrito. Pero no solamente le dice eso, sino que le dice: "¿Qué lees en ella?"
Permítanme explicarles un poco el sentido de "¿qué lees en ella?" Porque si ya le preguntó qué está escrito, ¿por qué le pregunta qué lees en ella? ¿Cuál es la intención? La intención es preguntarle qué es lo que tú recitas como un mantra de la Biblia de memoria. Ese es la intención del pasaje, porque hay determinados pasajes que los judíos piadosos tenían como centrales en la Escritura, y por lo tanto él le pregunta no solamente qué dice la ley, sino qué es aquello que tú recitas frecuentemente, qué es aquello que tú reconoces en tus devociones matutinas con tus hijos, qué es lo que tú recitas como un mantra cuando vas a la sinagoga o cuando estás en el templo. Por lo tanto, él no tenía escapatoria y tenía que responder con propiedad algo que se denomina el Shemá.
El Shemá era la repetición de Deuteronomio 6:5, un pasaje fundamental de la vida judía y la adoración en el hogar, en la sinagoga y en el templo. Por eso él responde: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo." Esa era la obligación central. Ningún judío piadoso podía alejarse de la centralidad de poner el corazón, la mente y las fuerzas en amor a Dios por todo lo que Él ha hecho.
Nuevamente, la conversación es muy sencilla, y si nosotros queremos mantener el espíritu de la conversación, no podemos alejarnos de ella. Entonces el verso 28 es la respuesta de Jesús: "Has respondido correctamente, has respondido correctamente." Son de las pocas veces en donde nosotros encontramos a Jesús afirmando lo que las autoridades religiosas de su tiempo afirmaban, y Él dice: "Haz esto y vivirás. Haz esto y vivirás conforme a la expectativa de aquello que tú estás buscando."
Sin embargo, al igual que nosotros, este intérprete de la ley no se queda tranquilo. Quiere polemizar, él quiere probar a Jesús, él quiere saber si él está correcto. Y dice el verso 29: "Pero queriendo él justificarse a sí mismo, le dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?"
¿Quién es mi prójimo? Esa pregunta tenía que ver nuevamente no con una pregunta práctica, sino con una pregunta retórica. Él quería argumentar con el Señor y quería encontrar una autojustificación. Él quería declarar su propia inocencia, él quería reducir los términos de la ordenanza de una manera tal que el Señor le pudiera decir exactamente a quiénes él debería amar de manera particular. "¿Quién es mi prójimo?" Es como si él estuviera preguntando: "¿Quiénes son exactamente aquellas personas a las que yo debo amar? ¿Los conozco? ¿Lo merecen? ¿Cuánto me va a costar?" Esa es la pregunta que él está haciendo.
Y esta pregunta es una pregunta muy rabínica de su tiempo. Aunque amar a Dios con todas las fuerzas no podía tener condiciones, sin embargo amar al prójimo sí requería de ciertos condicionamientos. Dios es único, grande y omnipotente, pero cuando se trata de amar al prójimo, está Juan, está María, está Marisol, está Marquitos, está Juancito que no es tan bueno que digamos, ¿no es cierto? Está Carlos que está un poco perdido, está Leo que prefiero no hablar de él porque hay que tener cuidado. Entonces yo no puedo simplemente decir amar al prójimo, porque ello es más peligroso. Entonces, ¿a quién es a quien yo debo amar?
Si nosotros buscamos Mateo 5:43, y ustedes si quieren pueden leerlo solamente para que no cambien la página de sus Biblias, Jesús usó justamente una de estas frases rabínicas que condicionaban el amor al prójimo: "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo." Justamente esto era uno de los condicionamientos rabínicos que le daban origen a la pregunta del intérprete de la ley.
Y entonces, ¿quién es mi prójimo para un israelita? Mi prójimo eran otros israelitas. Pero no bastaba con otros israelitas. Mi prójimo eran otros israelitas que merecían de mi amor porque eran piadosos, de tal manera que el amor al prójimo quedaba reducido a la comodidad de aquellos que pensaban igual que yo. Y esa era la respuesta que este intérprete de la ley estaba esperando. Los religiosos del tiempo del Señor querían un candado, no una llave para amar al prójimo. Querían una celda y no una puerta. Querían saber exactamente quiénes eran aquellos que merecían su amor.
Ahora déjenme contarles un secreto, oh mar, nosotros somos igualitos. Nosotros también, para amar al prójimo, buscamos todos los condicionamientos del caso, todas las circunstancias atenuantes, todo aquello que me libere de amar a ese Juancito que no me cae bien. Y yo voy a buscar por cualquier modo hacerle la misma pregunta al Señor: "¿Quién es mi prójimo?"
Por eso es que Jesús empieza el verso 30 diciendo sin mayor preámbulo: "Ciertamente, cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores, los cuales, después de despojarlo y darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto." Jesús no le dijo: "Ven, que te voy a contar una historia." Jesús no le dijo: "Mira, yo tengo una parábola, me gustaría poner un ejemplo antes de responder tu pregunta." ¿Saben por qué? Porque cuando nosotros nos enfrentamos a la compasión y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, la realidad nos cae de golpe en la cara. Porque cuando el Señor nos ordena amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, no es una fiesta. Siempre va a venir en el momento en que una realidad dramática nos cae en la cara, como si fuera un camión que nos lleva de encuentro mientras estamos usando distraídamente la pista. Eso es lo que el Señor está tratando justamente de mostrar.
"Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores, los cuales, después de despojarlo y darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto." No hay más. Esa es la realidad. Nosotros ahora, yo elegantemente vestido, con luces aquí arriba, con aire acondicionado, ustedes cómodamente sentados que llegaron un poquito más tarde porque durmieron un poquito más, todos estamos cómodos discurriendo acerca de la compasión. Pero cuando tenemos que practicar la compasión, la compasión nos cae de golpe. No es que estoy pensando: "A ver, hoy día voy a ser compasivo, vamos a ver cómo un Boy Scout que quiere hacer su buena obra de hacer cruzar a la viejita la calle." No es verdad. La compasión, cuando es necesaria, nos cae en la cara.
Como esta historia, aparece simplemente un hombre. No tiene nombre, este hombre no tiene nacionalidad, no tiene raza, no conocemos su moral, no conocemos su espiritualidad, no conocemos su posición social. Simplemente es una persona en peligro, en grave necesidad. Este hombre fue rodeado por ladrones, no por fieras, otros seres humanos que le hicieron daño. Lo despojaron de todo: su ropa, sus pertenencias. Probablemente estaba desnudo. Lo dejan a la orilla del camino medio muerto. Difícilmente podría darnos sus credenciales para saber si él era mi prójimo. Una pregunta: "Este, disculpe, ¿qué nacionalidad es usted? ¿A usted lo robaron por descuidado, por necio, o porque realmente estaba en peligro? Usted, mira, yo lo pienso ayudar, pero después, ¿podrá devolverme lo que le voy a dar?" No responde, no lo ayudo. No hay posibilidad en este caso de poder hacer otra cosa que saber que hay algo que me cae en la cara y que yo tengo que hacer algo al respecto.
Ahora continuamos con la historia. Dice el verso 31: "Por casualidad, por casualidad, cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino. Del mismo modo también el levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino."
Ahora la historia ya no es la historia de un hombre, sino que ahora la historia tiene un matiz aún más claro. Por casualidad. No hay un cargo sacerdotal de recoger personas heridas en el camino entre Jerusalén y Jericó. No existe. Fue algo fortuito, algo espontáneo, algo circunstancial. Un sacerdote y un levita pasaban por el mismo camino. ¿Por qué pasaban por el mismo camino? Los estudiosos dicen que muchos sacerdotes y levitas, para evitar los altos costos de vida de Jerusalén, vivían en Jericó y caminaban los veintisiete kilómetros de su viaje entre Jericó y Jerusalén cada vez que les tocaba servicio en el templo. Es la razón por la que este sacerdote iba de regreso a su casa después de haber cumplido sus funciones sacerdotales, igual que el levita.
Ahora, lo cierto es que el sacerdote estaba encargado de los sacrificios y las partes presenciales importantes del culto, mientras que los levitas estaban a cargo de asistir a los sacerdotes en sus funciones sacerdotales. Ninguno de estos hombres estaba llamado a realizar una tarea especial por este hombre en medio del camino. Simplemente se les estaba pidiendo que sean humanos, pero no lo fueron. No estaban obligados a recoger a este hombre en necesidad. "Cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio," dijo: "Mejor por aquí no me meto."
Ahora, nosotros podríamos especular por qué es que no se detuvo, cuál es la razón por la que este sacerdote y este levita pasaron de largo cuando eran sacerdotes y cuando eran levitas. ¿Cómo es posible? Pues podríamos pensar que ellos ya habían hecho lo que tenían que hacer para el Señor y ellos estaban completamente satisfechos de la labor realizada. Por lo tanto, podrían percibir que no le debían nada al Señor y menos a ese desconocido. Podría ser verdad. Lo cierto es que nadie va a ir preso por pasar de largo. A nadie lo meten preso por pasarse de largo. Ellos no tenían la obligación. Ellos estaban satisfechos ya seguramente con las labores que ellos habían realizado, y por lo tanto ellos deciden seguir su camino.
No importan las razones que ellos puedan esgrimir. El problema es que ninguna razón es suficiente cuando hay un hombre muriéndose en medio del camino. No hay razón que valga la pena para justificar el hecho de que yo no me detenga.
Se haya detenido ahora. Jesús seguramente se detiene en este momento de la historia, y todos los que están escuchando están esperando el desenlace. ¿Quién va a aparecer? ¿Quién puede aparecer? Tiene que aparecer un judío piadoso, ¿verdad? Juan y Jacobo estaban ahí, al lado de Jesús, muy cerca de él, esperando el desenlace. Los setenta también estaban allí, al lado de Jesús, esperando el desenlace. ¿Quién es el que va a darnos y desentrañar esta historia?
Y aparece. Lo primero que dice Jesús es: "Pero cierto samaritano..." ¿Cómo? El samaritano era considerado un enemigo de los judíos; ni siquiera se le consideraba como un vecino. ¡Un samaritano en escena! ¿Cómo es esto posible? Pues esta es la historia. Juan y Jacobo oyen "samaritano", y nosotros que pensábamos derramar fuego del cielo para que consuma a todos los samaritanos, y estamos mandando a decir esto. No se nos dice cuál es su función, no nos dice cuál es su ocupación. Algunos dicen que era un hombre de negocios, pero nosotros no lo sabemos. Lo cierto es que era un enemigo de los judíos. Él no tenía ninguna razón especial para ayudar a otro judío, no había ningún motivo. Por el contrario, el aborrecimiento racial era mutuo.
Es interesante que el sacerdote y el levita son presentados por sus posiciones en el templo, mientras que este samaritano es solamente presentado por su raza. ¿Saben por qué? Porque son las acciones las que determinan mi relación con el Señor y mi carácter, no mi hábito, porque el hábito no hace al monje, y el mono aunque se vista de seda, mono se queda. En verdad, para el Señor es importante determinar el carácter, un carácter que determina acciones. Y a pesar de todos los prejuicios que había con respecto a este hombre, este hombre responde decididamente.
¿Cómo responde? ¿Cómo está respondiendo a nuestro Señor Jesucristo en este momento de la historia? Con determinación, afirmando el rostro para hacer un acto compasivo que tuvo para él un enorme precio. Dice el pasaje que el samaritano, que iba de viaje, llegó a donde él estaba, y cuando lo vio, tuvo compasión. Tuvo compasión. Y aquí hay algo sumamente interesante, porque en el original es una figura muy gráfica. Dice que en realidad su corazón se salió de él, que se le movieron todas las entrañas ante lo que él tuvo delante. Algo que no lo tuvo el sacerdote que venía a administrar en el templo, y no lo tuvo tampoco el levita. Fue la realidad de un hombre caído lo que movió su corazón, y lo movió de tal manera que se acercó.
Por lo tanto, el acercarse es lo único que a nosotros nos ayuda con nuestra miopía de compasión. Todos nosotros tenemos miopía con respecto a la compasión. Nos gusta ver las necesidades de lejos, porque yo de lejos las veo borrosas, las veo rosas, no distingo las lágrimas, no escucho las quejas, no huelo los olores. Por lo tanto, mi miopía de compasión: mientras más lejos estoy, menos me voy a involucrar. Sin embargo, este hombre tuvo compasión y se acercó.
Y lo cierto es que este samaritano, por ejemplo, no tenía un botiquín en el caballo, porque en ese tiempo no había botiquines para caballos. Ahora nosotros tenemos que tener un botiquín en el auto, ¿verdad? Pero en ese tiempo no había botiquines. Por lo tanto, cuando dicen en el verso 34: "Y acercándose, le vendó sus heridas", ¿de dónde sacó la venda? ¿De dónde sacó la venda? De su propia túnica. Él tuvo que rasgar algún vestido suyo para poder vendarle las heridas a este hombre desconocido. No se ve que le hace ningún tipo de preguntas, pero él derrama aceite y vino sobre ellas: aceite como desinfectante y vino como calmante. Él lo levanta, lo pone sobre su propia cabalgadura, lo lleva a un mesón y lo cuida.
Y no es todo eso todavía, sino que nos dice: "Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero y le dijo: 'Cuídalo, y todo lo demás que gastes, cuando yo regrese te lo pagaré'". Él estuvo dispuesto no solamente a levantarlo, no solo a ponerlo en su cabalgadura, no solo a vendarlo, no solo a sanarlo, no solo a pasar una noche con él, sino que, conociendo su estado de debilidad y sin haber escuchado ni una sola palabra, él dejó dinero de su propio bolsillo para que lo cuiden.
Ahora, y no solamente eso, sino que si ustedes se dan cuenta, él hizo una locura. Él le dijo al mesonero: "Cuídalo tú, y todos los gastos que tú tengas con él, yo te lo voy a pagar cuando vuelva". ¿Qué lo hace eso? Y si el mesonero es un sinvergüenza y le dice: "Mira, le tuvimos que hacer un trasplante de corazón que vale como cuatrocientos mil denarios". ¿Qué tipo de compasión loca es esta, la que el Señor está demostrando en este momento? Está demostrando la misma compasión que el Señor ha tenido contigo al ir a la cruz del Calvario por ti. Por ti. Esa es la misma compasión que el Señor tuvo por nosotros, al darlo todo por nosotros, al ir a la cruz completamente a nuestro favor. Jesús estaba percibiendo esta historia como su propia historia.
Ahora, hay algo interesante en esta historia. Este amor rompe barreras, rompe con falsas expectativas, no busca reciprocidad, no es anecdótico. No es el hecho de que simplemente ahí lo tocó y le hizo unas cuantas cositas y después se fue a contar la historia de que se encontró un medio muerto en el camino. No. Este hombre respondió con todo su corazón y lo asistió de una manera costosa. Él pagó el precio e hizo más allá de lo que él tenía que hacer.
Y no solamente eso, sino que si ustedes se dan cuenta, aquí nosotros no estamos hablando de eficiencia. Porque imagínense ustedes, cuando hablábamos de eficiencia, bueno, habría que ver si este medio muerto sobrevivió o no. Porque si ya está medio muerto, no voy a estar gastando dos denarios y rompiendo mi túnica. Porque, o sea, rompí la túnica, se me murió. Ahora, este tipo no me ha dado las gracias. ¡Vaya ese malagradecido! Hasta yo no lo he escuchado hablar, o sea, hasta ahora no ha dicho si está agradecido, si no está agradecido. Yo no sé si va a sobrevivir o no. Yo no sé su historia para saber si lo mereció o no, porque quién sabe es un borrachito por ahí que en cuanto salga se va a ir nuevamente al camino de Jerusalén. ¿Y qué le hago de nuevo entonces? ¿Qué va a pasar? Pero no es un asunto de eficiencia. Es un asunto de actitud. Es un asunto de aquello que nosotros vamos a poner en nuestro corazón para que las cosas se hagan.
El Señor no pone a este hombre desconocido en ningún lugar más que como un ser humano que requiere ser salvado. Y la demanda que Él plantea en el verso 36 es justamente la demanda que Él nos hace a todos nosotros, así como se le hizo a Jacobo y a Juan, a los setenta y a este hombre: "¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de salteadores?" El Señor invierte la pregunta. Ya no es cuáles son las características del prójimo para que sea mi prójimo, sino: tú puedes ser prójimo de aquel que está en necesidad. ¿Cuál fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los bandidos? No se trata de que la persona lo merezca, sino que yo tenga la actitud correcta. Esa es la respuesta.
Y por eso es que, calladamente, en el verso 37, el intérprete de la ley le responde. ¿Cuál fue el que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores? ¿Cuál de los tres? El sacerdote no lo hizo, por más sacerdote que sea. El levita tampoco, por más levita que sea. El intérprete responde: "El que tuvo misericordia de él". Él no dice "samaritano", quizás porque no aguantaba decirlo con su boca. Pero era evidente que no fue el sacerdote, no fue el levita, sino el que tuvo misericordia.
Ahora, en este último minuto, permítanme hacer una aclaración con ustedes. En el español nosotros decimos que tenemos compasión: "Yo tengo compasión", ¿verdad? O "yo tengo misericordia". Sin embargo, en el original griego no dice que yo tengo que tener compasión. Lo que el Señor está diciendo, y lo que este hombre está diciendo, es: "El que hizo misericordia". Porque, ¿qué importa que yo tenga compasión? La compasión se hace. La compasión no se tiene. La compasión no se guarda. La compasión se hace. La compasión es un acto. De nada sirve que yo la tenga mientras el hombre sigue caído en el piso. Por eso es que en el idioma castellano nosotros no sabemos aplicar compasión. "Tengo compasión de ti" y "hago compasión por ti" me invita a una respuesta.
Por eso es que Jesús le dice, si volvemos a leer el 37 correctamente: "Y él le dijo: 'El que hizo misericordia con él'". Y por eso Jesús le dijo: "Ve y haz tú lo mismo. Ve y haz tú lo mismo". Lo mismo que el samaritano, que respondió de acuerdo a lo que había en el corazón de Dios con respecto al mandamiento. El mandamiento de amar al prójimo como a nosotros mismos es responder ante la necesidad con nuestras acciones, no solamente con nuestras emociones. Tiene que ver con nuestro carácter y la disposición de nuestro corazón. Es la oportunidad de volvernos vulnerables, de ponernos en peligro. Es la posibilidad de poder seguir el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, que lo hizo así por cada uno de nosotros.
El Señor se hizo vulnerable y fue hasta la muerte, y muerte de cruz. Jesucristo no renunció a la cruz, sino que con determinación afirmó su rostro para hacer compasión. Hay que ser valiente y tener los pantalones bien puestos. Hacer compasión y hacer misericordia es poder percibir el corazón de Dios, quien nos ordena amarle a Él con todas las fuerzas, y usar esas fuerzas para amar al que está caído en necesidad. Ese mismo amor, fortalecido en el Señor por lo que Él ha hecho por mí, es el mismo amor que yo tengo que demostrar por aquel que está caído.
Ahora, hay algo importante que yo quiero recordarles en este momento, porque yo no quiero que ustedes se vayan asustados de este lugar. El verso 31 dice: "Por casualidad". Por casualidad. Y eso es lo que yo quiero resaltar con ustedes en este momento. Se trata de "por casualidad". El Señor no está queriendo que nosotros nos volvamos profesionales de la compasión, ni que creemos un voluntariado por la compasión. El Señor tampoco quiere que nosotros nos esforcemos para ir buscando gente en necesidad a la cual hacer compasión. Esa no es la naturaleza de esta historia. La naturaleza de esta historia es que nosotros tengamos la actitud correcta cuando la necesidad cae en mi cara y yo tengo que responder con compasión. Eso es lo que está pidiendo el Señor.
Pidiendo entonces que nosotros podamos responder y hagamos lo mismo cuando la necesidad se presente delante de nuestros ojos. Que no crucemos al otro lado, que no creamos que nosotros ya simplemente lo tenemos todo o ya cumplimos con el Señor en otras áreas. Cuando se presente la necesidad, ahí ya no importa si yo soy pastor, ingeniero, abogado, contador, policía o médico. Ahí solamente puedo ser como Jesús lo fue conmigo. Ese es el ejemplo y esa es la demanda de algo que nosotros debemos recordar continuamente.
Si ustedes ven, esta historia no acaba emocionalmente. Esta historia acaba con la pregunta de Jesús: "¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" Y él le dijo: "El que hizo misericordia con él." Y Jesús le dijo: "Ve y haz tú lo mismo."
Y por lo tanto, hermanos, yo les digo a ustedes también: ya mismo vayamos y hagamos lo mismo. Respondamos ante la necesidad cuando la necesidad se presente delante de nuestros ojos, y hagámoslo como el Señor nos demostró que lo hizo por nosotros. Con todo el corazón, como ese samaritano que respondió con todo el corazón, y como nuestro mismo Señor ha respondido con todo el corazón.
Porque aún en este día yo puedo reconocer delante del Señor: "Oh Señor, tú no te aconsejaste bien cuando decidiste salvarme. Tú debiste preguntar primero para ver qué clase de persona era yo. Tú debiste haber sabido que yo era tan desagradecido y que iba a pecar una y otra y otra y otra vez, y que te voy a hacer quedar mal mil veces." Pero ese es el amor del Señor para conmigo, y ese es el Dios que me sostiene, y ese es el Dios que me bendice, y ese es el Señor que derrama su sangre abundantemente por mí cada día para perdonarme todos mis pecados. Él es la propiciación delante del Padre que permite que el Padre escuche mis oraciones. El Señor se ha convertido entonces en ese samaritano quien hizo la locura de rescatarme a pesar de que yo no lo merezco. Ve tú y haz lo mismo.
En tiempos como los que estamos viviendo, hermanos, el cristianismo tiene que recuperar su capacidad de imitar a Jesús, no solo en sus palabras sino en sus hechos. Nosotros no queremos condenar al mundo, porque el Señor no vino para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Nosotros debemos saber de qué espíritu somos. Somos del espíritu compasivo de Jesús. Nosotros no queremos que caiga fuego del cielo y destruya a ningún ser humano, por más grande que sea su inmoralidad. Nosotros no queremos simplemente gozarnos en el poder de Dios porque los demonios se nos sujetan, sino queremos ver personas liberadas, a las que el Señor ha mostrado su compasión.
Nosotros no queremos solo discutir acerca de la compasión de Dios, sino que queremos hacer compasión, queremos hacer misericordia. Porque el Señor nos dice: esto no es de discusión. Ve tú y haz lo mismo. Cuando venga la oportunidad, responde con determinación, afirma tu rostro y paga el precio. No será todos los días, no será quizás muchas veces en un año, pero cuando venga, hazlo, y hazlo con todo.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.