Integridad y Sabiduria
Sermones

Un ciudadano de dos mundos

Miguel Núñez 4 mayo, 2014

Todo creyente que ha nacido de nuevo posee una doble ciudadanía: pertenece al reino eterno de Dios, pero habita temporalmente en el reino de los hombres. Esta tensión atraviesa la vida cristiana y exige aprender a caminar una línea fina entre ambos mundos. Cuando los fariseos y herodianos —grupos normalmente enemigos— se unen para tender una trampa a Jesús con la pregunta sobre el pago de impuestos al César, su respuesta revela una verdad que va más allá del momento: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios."

Jesús no solo legitimó el pago de impuestos; dejó ver toda una cosmovisión sobre las responsabilidades del creyente en ambos reinos. Dios instituyó tres realidades: la familia, la iglesia y el gobierno. Por eso la Escritura llama a pagar impuestos, a someterse a las autoridades, a orar por ellas y a buscar el bienestar de la ciudad donde uno vive, porque en su bienestar está nuestro bienestar. Divorciarse de la cultura no es opción para el cristiano, pero tampoco lo es hacer secundario el reino de Dios.

Lo que pertenece a Dios es mucho más que el diezmo: es toda la mente con sus pensamientos, todo el corazón con sus afectos, el tiempo, las finanzas, la familia, la carrera. Del Señor es la tierra y su plenitud, y todo lo que tenemos lo hemos recibido como administradores, no como dueños. La tragedia sería cumplir fielmente con el reino de los hombres mientras el reino de Dios queda en segundo lugar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Marcos capítulo 12, versículos 13 al 17.

Hemos estado haciendo por meses ahora, estamos en esta porción de las Escrituras. Yo voy a leerlo después de hacer una breve introducción, y voy a comenzar haciendo esa introducción citando algunos datos, algunos resultados de una encuesta que se hizo en los Estados Unidos en el año 2005. Y cuando usted oiga los resultados, guarde eso ahí porque lo vamos a usar, vamos a usar esa información para contrastarla con el carácter de Cristo que es mencionado en este texto, y a la vez con el carácter de aquellos que vienen a cuestionarle una vez más.

Pero estos son los resultados, 2005, empresa Gallup, Estados Unidos. 59% de los norteamericanos opinaron que para tener éxito hay que hacer lo que sea. 42% de los norteamericanos opinaron que para tener éxito había que mentir. 23%, o uno de cada cinco aproximadamente, respondió que las personas que mienten, roban o engañan tienen más probabilidades de tener éxito. Eso nos da una idea de cómo anda el corazón de los hombres y de la sociedad de hoy en día.

Ahora, cuando uno revisa la historia y aun el texto mismo de la Palabra hoy en día, nos vamos a dar cuenta que los actores cambian, pero que no hay ningún pecado nuevo bajo el sol. El engaño siempre ha sido parte de nuestra humanidad lamentablemente. Aquellos de nosotros que Dios nos hizo nacer de nuevo, Él nos ha entregado una nueva ciudadanía con una patria que está en los cielos. Pero nos ha colocado en este reino de los hombres con un propósito y como una misión.

El Señor Jesús vino de ese reino de Dios e hizo su entrada a este reino de los hombres y logró tener un impacto monumental, pero Él hizo el cruce, Él hizo el salto de un reino a otro. Y si lo hizo fue porque Él entendía que en este lado, en este reino de los hombres temporal corrompido, había una misión que llevar a cabo. Y de esa misma manera yo creo que lo ha entendido con nosotros.

Y menciono eso porque en el texto que yo estoy a punto de leer, nosotros podemos ver el contraste o la tensión que existe, que ha existido siempre para aquellos que hemos nacido de nuevo, de caminar una línea muy fina entre lo que es el reino de los hombres que habitamos y el reino de Dios que aún nosotros esperamos por ver en toda su plenitud. Y hay una frase aquí en el texto que voy a leer que es muy conocida entre todos nosotros, pero esa frase, aunque apunta a algo inmediato y particular del momento, a la vez nos enseña y nos deja ver una realidad que está más allá de esas simples palabras.

Y con eso yo quiero entonces que podamos leer a Marcos 12:13-17: "Y le enviaron algunos de los fariseos y los herodianos para sorprenderle en alguna palabra. Y cuando ellos llegaron, le dijeron: Maestro, sabemos que eres veraz, que no buscas el favor de nadie porque eres imparcial, y enseñas el camino de Dios con verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagaremos o no pagaremos? Pero Él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: ¿Por qué me estáis poniendo a prueba? Traedme un denario para verlo. Se lo trajeron y Él les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: Del César. Entonces Jesús les dijo: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios."

Es esa frase que hace que yo llame o que ponga, que coloque como título de mi mensaje: un ciudadano de dos reinos. Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y se maravillaban de Él.

El texto nos enseña, nos presenta a Cristo otra vez en medio de una controversia. Este es el segundo conflicto de cinco, como dijimos la semana pasada, en el que Cristo se va a encontrar, presumiblemente el día martes antes de su crucifixión. El primero ya lo vimos cuando Cristo condenó a las autoridades religiosas precisamente por no prestar atención a sus palabras, y las acusó de hacer lo mismo que sus antepasados habían hecho con los profetas anteriores: los apedrearon y los mataron.

Esta vez ahora hay una nueva comitiva, y una comitiva compuesta de dos grupos normalmente antagónicos: los herodianos y los fariseos. Los herodianos representaban más bien un grupo político, un grupo de ciudadanos judíos que había entendido que la mejor forma de sobrevivir al imperio, a la dominación romana, era congraciándose con el imperio. Entonces apoyaron a Herodes, que era el tetrarca de Galilea, y normalmente esa era su localización, en la provincia de Galilea en el norte. Pero ahora, por alguna razón que no conocemos bien, ellos están en el sur, en Judea, donde estaba Cristo; quizás estaban detrás de Él persiguiéndole, o quizás habían venido para la Pascua.

Y por otro lado están con ellos los fariseos, que representaban los líderes religiosos que enseñaban la Palabra de Dios al pueblo. Los fariseos odiaban normalmente a los herodianos precisamente por congraciarse con el gobierno de turno, y sin embargo ahora se han juntado para tratar de atrapar a Jesús. El texto de Marcos dice literalmente que estaban tratando de sorprenderle en alguna palabra, en algo que dijera, en alguna enseñanza. Y la palabra traducida ahí al español como "tratando de sorprenderle", uno de los textos consultados del lenguaje original dice que esa palabra tiene la intención de transmitir una persecución violenta, algo que ellos venían siguiendo, tratando de una manera agresiva de encontrar cómo acusarle.

Y ahora vienen los fariseos y tratan de ponerlo a prueba con un asunto que tiene que ver precisamente con el reino de los hombres: el gobierno, el pago de impuestos. Pero luego, un poco más adelante, van a venir los saduceos y lo van a poner a prueba con relación a la resurrección, en la que ellos no creían. Y un poco más adelante van a venir los escribas y lo van a poner a prueba con relación a la interpretación de un texto bíblico que tiene que ver con aquel que se casa y luego pierde su esposa, y luego se casa y pierde su esposa: en la resurrección, ¿cuál será su esposa?

Pero cada uno de ellos, no importa si eran fariseos, si eran escribas, si eran saduceos, cada uno de ellos vino y se refirió a Él de una forma respetuosa, por lo menos externamente. Le llamaron Maestro, reconocieron en qué función Él había estado hablando: le dicen Maestro, Rabí, Rabino. Y escuchen entonces cómo siguen sus palabras: "Sabemos que eres veraz y que no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial y enseñas el camino de Dios con verdad."

Si estas palabras hubiesen sido sinceras, entonces aquellos que las pronunciaron debieron de haber sido sus discípulos, pero no lo fueron. Eran sus perseguidores y atrapadores, si pudiéramos decir de tal forma, que podemos interpretar estas palabras como lisonja. Pero la lisonja que ellos dan es una lisonja que corresponde al carácter verdadero de Jesús, porque en ocasiones la lisonja es simplemente algo abultado, algo exagerado, algo hiperbólico que alguien está diciendo acerca de alguien con la intención de motivarlo a que trabaje o actúe a su favor. Pero en esta ocasión esta lisonja corresponde a la verdad.

Y nota entonces de esta maniobra sabia de parte de ellos: primero le llaman Maestro y luego entonces todo el resto de la lisonja. Ellos pensaron: con esta pregunta lo vamos a atrapar, porque no importa si responde de una manera o responde de otra manera, en cualquiera de los casos Él quedará atrapado. Lo que ellos no habían anticipado era que estaban delante de la fuente de sabiduría, y ellos serían los atrapados.

Pero ellos han sido forzados por la fuerza del testimonio de Jesús a dar una lisonja que corresponde a la verdad. Y esto es lo que dicen: eres veraz, no buscas el favor de nadie, eres imparcial, enseñas el camino de Dios con verdad. Estas cualidades formaban parte de Jesús, pero eso que ellos habían en su cabeza no querían admitirlo en su corazón, porque de haberlo hecho lo hubiesen seguido como Maestro, pero no lo hicieron.

Entonces esto es lo primero que dicen y que sirve para nosotros vernos en el espejo. La primera condición es que Tú eres veraz: Tú no hablas mentiras, Tú no andas en mentiras, Tú eres transparente, lo que vemos es lo que eres. Tú no tienes una palabra hoy y otra mañana, lo que dices hoy no lo niegas después. Tú no tienes doble cara, Tú no dices una cosa a uno y a otros dices otra cosa. Ciertamente Tú eres consistente con lo que enseñas, lo que enseñas Tú lo vives. Tú eres consistente porque Tú dices lo mismo a los fariseos, a los escribas, a los reyes si fuera necesario. Tú no tienes dobleces por ningún lado.

Cuando Jesús habla, lo afirma, lo sostiene. Pero a pesar de eso, representaba todo esto. Ellos le dicen: "Tú eres veraz". Segunda condición: "Tú no buscas el favor de nadie, tú no estás procurando que la gente te apruebe, tú no estás detrás de la popularidad". Algo que a nosotros se nos hace difícil, porque desde que Adán dejó el huerto, el hombre con frecuencia ha buscado el favor de otros como una manera de encontrar alguien que lo apruebe, porque ya había perdido la aprobación de Dios. Otra vez, ese hombre anda buscando el favor de otro porque necesita sentirse protegido, porque tiene temor, porque tiene alguna ventaja, algún beneficio que saca. Pero Jesús no tenía ninguna de esas disfunciones o debilidades o pecaminosidades, de tal manera que él no andaba detrás del favor de nadie.

Algo que tiene que formar parte del carácter de los discípulos de Jesús, porque eso es exactamente lo que Pablo dice a los gálatas en el capítulo uno, versículo diez, cuando dice: "¿Busco yo acaso el favor de los hombres? Porque si buscara el favor de los hombres, yo no sería siervo de Cristo". Nosotros buscamos el favor de alguien, y cuando no lo hacemos, frecuentemente es en nuestro orgullo o en nuestra rebeldía que nos dice: "Yo quiero ser independiente". En el caso de Jesús, la razón por la que él no buscaba el favor de nadie es porque él sabía que la única complacencia que verdaderamente tiene un valor incuestionable es la complacencia de Dios. Ya él lo había oído en el río Jordán: "Este es mi Hijo amado, en quien yo tengo complacencia".

"Tú eres veraz, tú no buscas el favor de nadie, tú eres imparcial". Tú le dices lo mismo a uno que a otro, a príncipes como a sacerdotes, como a profetas. Tú no tienes miramientos. El ser imparcial es una condición extremadamente difícil para el ser humano. Los cónyuges, cuando se enfrascan en un conflicto, raramente —si es que alguna vez— son completamente imparciales en la valoración de su condición. El esposo que está defendiendo a la esposa, o viceversa, ante otros, raramente es completamente imparcial. A los padres se les dificulta o se les imposibilita el ser imparciales con relación a sus hijos cuando tienen que defenderlos, porque usualmente nosotros tendemos a defender a aquellos con quienes más nos identificamos, porque creemos más en ellos que en otros, cuando la realidad quizá Dios conoce lo opuesto.

"Tú eres veraz, tú no buscas el favor de nadie, tú eres imparcial, y es más, tú tienes otra cualidad: tú enseñas el camino de Dios con verdad". Bueno, pues entonces, ¿por qué no me siguen? Eso es algo que Nicodemo notó también: "Maestro, sabemos que tú vienes de Dios, porque nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él". Es decir, de manera que el carácter de Jesús había salido a relucir, y el carácter de los fariseos que vinieron también está saliendo a relucir, porque ellos vinieron para atrapar a Jesús con una mentira y un engaño.

Por eso, al comenzar yo decía: mantén esas estadísticas ahí de lo que está pasando hoy en día para que tú puedas contrastarlas o compararlas —contrastarlas con el carácter de Jesús y compararlas con el carácter de los fariseos— y te darás cuenta que no hay nada nuevo debajo del sol. Jesús está bajo presión, le quedan horas para su cruz, está bajo presión de los religiosos y está bajo presión de los políticos, pero su carácter nunca se quebranta.

Este no es un rey como los reyes anteriores. Este no es un Saúl, cuyo carácter se quebró ante las crisis. Este no es David, cuyo carácter se quebró ante la tentación. Este no es Salomón, el rey Salomón, cuyo carácter se quebró ante el manejo de la autoridad. Este no es ni siquiera el rey Uzías, cuyo carácter se quebrantó en el manejo de lo sagrado. Este es Jesús, el Rey de reyes, Señor de señores, definido como veraz, imparcial, que no busca el favor de nadie y que enseña el camino de Dios con verdad. Este es otra cosa.

Pero esta gente que conocía eso acerca de él nunca abrazó sus enseñanzas y nunca alcanzó salvación. Y yo creo que hoy en día hay personas que conocen que Jesús es el enviado de Dios, que Jesús es el Hijo de Dios, que la Biblia es algo inspirado por Dios, pero que conociendo todo eso no acaban de abrazar la persona de Jesús de tal manera que ellos puedan recibir salvación. Porque una cosa es reconocer la persona de Jesús y otra cosa completamente distinta es someterse a su señorío. Y aquí está esta gente.

El primer Adán... Jesús es el segundo. El primer Adán salió del huerto, y cuando él salió del huerto, él perdió la capacidad de ser veraz cuando le creyó al padre de mentiras. Una vez fuera del huerto, él perdió o comenzó a buscar el favor de los hombres porque había perdido el favor de Dios. Y una vez fuera del huerto, él perdió el camino de regreso, el camino de retorno. Y aquí está Cristo enseñando el camino a Dios y enseñándolo con verdad, el camino de regreso. Aquí están los fariseos, aquí está Cristo. Aquí hay dos caracteres encontrados, monumentalmente distintos: uno veraz y el otro engañador.

Y entonces esta es la pregunta que le hacen: "Dinos, Maestro, tú que tienes todas estas cualidades..." Yo me imagino su carita de inocente. "Maestro, tú que eres veraz, imparcial, que no buscas el favor de nadie, que enseñas el camino con verdad, ¿es lícito pagar el impuesto a César? ¿Pagaremos o no pagaremos?"

Con esa pregunta ellos estaban convencidos que lo iban a atrapar, porque si dice "sí, deben pagarlos", se va a poner en malas con el pueblo que odiaba pagar este impuesto. Era un impuesto que estaba asociado a los censos que el Imperio Romano hacía, un impuesto que fue oficializado en el año 6 de esta era, cuando Jesús apenas tenía unos pocos años, y desde entonces se cobraba. Los zelotes se revelaron contra Roma por no pagar este y otros impuestos, y pensaban que el darle un golpe de estado al Imperio Romano o al emperador era parte de la voluntad de Dios, y que por tanto ellos eran parte del instrumento de Dios para hacer eso, y se habían sublevado contra ellos. Y por otro lado, el decir que no se pagara el impuesto lo pondría en mala luz con Roma.

Aquí está Jesús, primero ya lisonjeado —si pudiéramos decirlo— y ahora con una pregunta de donde él no tiene aparente escapatoria. "¿Realmente lo pagamos o no lo pagamos?" Ese tipo de pregunta, donde tú tienes que responder sí o no, son de las preguntas más peligrosas que alguien pudiera escuchar. Y yo le recomiendo que antes de responder preguntas de ese tipo, piense bien si eso es todo lo que necesita hacer. Dicho sea de paso, yo estuve en corte en una ocasión y pude ver la manipulación del abogado al hacer preguntas, pidiendo al juez que le concediera el permiso de hacer la pregunta para que se respondiera con un sí o con un no.

Pero Jesús no hace eso. Jesús le hace otra pregunta. La primera pregunta yo creo que debió haberlos chocado, porque dice: "¿Por qué me están poniendo a prueba?" Ellos jamás hubiesen pensado que con esta lisonja y este tratamiento de respeto que le acababan de dar, que Jesús iba a sospechar que la intención de ellos era simplemente ponerlo a prueba. Esa es la primera pregunta: "¿Por qué me ponen a prueba?" "Ahora tráiganme un denario". Él conocía sus intenciones, conocía sus motivaciones. Él sabe que la lisonja es un engaño y la lisonja es la carnada para que él muerda el anzuelo.

El denario era una moneda de plata, una moneda de plata que era la única que se aceptaba para pagar este tipo de impuesto. Y esa moneda de plata entonces tenía de un lado una figura, una imagen de Tiberio César, que era el emperador, y del otro lado tenía una imagen de Livia, la madre de Tiberio César. Donde estaba la figura de Tiberio César decía algo así: "Ti. Tiberius Caesar Divi Augusti Filius Augustus", que significa "Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto". Y del otro lado entonces estaba Livia, su madre, y abajo decía "Pontifex Maximus", o "sumo sacerdote", que es el título que el Papa ha asumido para sí desde hace mucho tiempo atrás.

Esa moneda era hasta cierto punto un insulto a la cultura judía, que pudiera considerar a César, a Tiberio César, semidivino, el fruto de la concepción de su madre con uno de los dioses. Y Jesús no tenía ni siquiera un denario; pide que le traigan uno, pero alguien lo tenía.

Entonces, cuando él pide el denario, él dice: "Tráiganlo para verlo". Se lo trajeron, y entonces él les dijo: "¿De quién es esta imagen y la inscripción?" "Bueno, de César". "Bueno, dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".

Esa frase tiene una aplicación inmediata, pero tiene toda una cosmovisión detrás, que es lo que hace que muchos estudiosos y teólogos la usen continuamente para hablarnos de la disyuntiva en la que se encuentra el cristiano que es miembro de dos reinos a la vez. Entonces, la aplicación inmediata es que con esto Cristo está legitimizando el pago de impuestos. Cristo está autorizando bajo Dios el hecho de que los ciudadanos paguen impuestos, porque eso le corresponde al César, algo que ratifica luego el apóstol Pablo en Romanos 13, cuando nos manda a someternos a las autoridades y nos manda pagar impuestos. La razón por la que yo pago impuestos es la misma razón por la que yo diezmo: porque la Biblia lo dice. Si la Biblia no lo dijera, no lo estuviéramos haciendo. Y la desobediencia de uno es igual a la desobediencia del otro, porque es Dios quien nos está hablando en esa dirección.

Entonces, esa es la aplicación inmediata: Cristo legitimiza el pago de impuestos, y luego se reafirma eso en Romanos 13 otra vez. Pero detrás de la frase hay toda una cosmovisión referente al reino de los hombres y al reino de Dios, y nos deja ver la tensión —como yo decía— en la que nosotros vivimos al ser parte o ciudadanos de dos reinos: uno terrenal y uno celestial, uno temporal y otro eterno. Lamentablemente, muchos se ven simplemente como ciudadanos del reino terrenal y viven esa vida carnal. Pero otros se ven exclusivamente como ciudadanos del reino de los cielos y entonces no pueden cumplir las responsabilidades que Dios le ha dado al cristiano mientras él tenga ciudadanía aquí en la tierra.

Cuando Cristo dice "dar al César lo que es del César", le estaba refiriéndose a los impuestos, pero no hay duda de que el César representa un gobierno terrenal y Dios representa otro gobierno: el celestial. Cristo no simplemente dijo darle los impuestos al César, dijo darle al César, al gobierno, todo lo que es del gobierno, y darle a Dios todo lo que es de Dios. Dios nos ha asignado responsabilidades en ambos reinos, y faltar a uno o faltar al otro implica desobediencia a lo que Dios nos ha dejado.

Nosotros no podemos olvidar que Dios nos dejó claramente ver la existencia de estos dos reinos de varias maneras. En primer lugar, es Dios que instituye la familia, el mismo Dios instituye la iglesia y el mismo Dios instituye el gobierno. Hay tres instituciones que Dios instituye plasmadas en su Palabra: la familia, la iglesia y el gobierno. Si Dios las instituye, Dios entiende que hay responsabilidades con aquello que Él instituye.

Número dos, Dios nos llama a pagar impuestos: Romanos 13, Marcos 12. Número tres, Dios nos llama en Romanos 13 a someternos a los gobiernos de turno, porque no en vano llevan la espada para hacer justicia. Pero no solamente le dice al gobierno cuál es su responsabilidad de proteger a los ciudadanos, le dice a la ciudadanía cuál es su responsabilidad de someterse a esos gobiernos de turno. Número cuatro, Dios nos llama a orar por las autoridades, y no nos llama simplemente a orar por su conversión, aunque eso sería lo primario. Dios nos llama a orar por sabiduría, por la administración de las cosas públicas, y nos va a dejar ver por qué razón Él nos pide eso.

Ahora, cuando yo te mencioné esto otro: número cinco, Dios nos llama a procurar el bien de la ciudad donde Él nos pone a vivir. Escucha lo que Dios dice a través de Jeremías en 29:7: "Buscad el bienestar de la ciudad a donde os he desterrado y rogad al Señor por ella, porque en su bienestar tendréis bienestar." Buscar el bienestar de la ciudad donde yo te llevo, y procurar y orar, rogar al Señor por ella. Pídele a Dios con ruego, porque en su bienestar está tu bienestar y en su malestar está tu malestar. Yo creo que todos nosotros que vivimos las condiciones actuales de la sociedad sabemos que en el malestar de la sociedad está nuestro malestar, está nuestra inseguridad, está nuestra falta de salud en ocasiones, dependiendo del lugar donde yo vivo.

La primera persona que planteó de una forma magistral, considerada una de las grandes obras de la civilización occidental, fue Agustín en su libro "La Ciudad de Dios", donde él habla de dos ciudades: la ciudad de los hombres y la ciudad de Dios. La ciudad de Dios es la más importante. La ciudad de Dios es la única eterna. La ciudad del hombre es temporal y tiene menos importancia y va decayendo. En la ciudad del hombre hay pecado, hay desobediencia, el pecado parece florecer. En la ciudad de Dios hay pureza y santidad. Pero en el interino, el hijo de Dios vive una dualidad de reinos en la que él necesita aprender a caminar una línea muy fina que desde los años 400, cuando Agustín escribió esta obra, se nos está haciendo recordada.

Esa es la enseñanza de toda la teología reformada desde la época de la Reforma. La única teología que insiste que el reino de Dios no tiene nada que ver con el reino de los hombres, en el sentido que estamos diciendo, es la teología dispensacional, de la cual no vamos a hablar en este momento. Pero la teología que hemos abrazado, la teología de la Reforma, insiste que yo tengo una ciudadanía doble con responsabilidades dobles. La prioridad está en el reino de los cielos, pero yo no puedo ser ciudadano del reino de los cielos e ignorar el reino de los hombres de una manera responsable, y Dios nos reveló esto de más de una manera.

Cuando a Cristo le preguntaron cuál era el más grande y el principal de los mandamientos, estas fueron sus palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento." Ahí está el reino de Dios representado, esta es tu prioridad, no lo puedes negociar, tú tienes que amar a Dios por encima de todas las cosas. Pero ahí mismo me habló del reino de los hombres: "Este es el grande y el primer mandamiento, y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo."

La Palabra de Dios menciona a los hombres con dos términos: o tú eres mi hermano o tú eres mi prójimo. No todo el mundo es mi hermano; mi hermano es aquel que ha nacido de nuevo, que ha nacido de Dios, pero todo el resto es mi prójimo. El prójimo vive en el reino de los hombres, y yo no puedo amar a mi prójimo ignorando el reino de los hombres; es una imposibilidad. La única forma de amar a mi prójimo es si yo tengo en cuenta el reino de los hombres y procuro su bienestar, porque es en ese mundo donde habita el prójimo, y es de ese mundo de donde van a salir los conversos vía la Gran Comisión.

Carl Henry, uno de los grandes teólogos del siglo XX y mentor de Al Mohler, decía que divorciarse de la cultura no es una opción para el cristiano. El darle la espalda a la cultura no es una opción para el cristiano. Y más recientemente Mohler, su pupilo, escribió: "Este no es el tiempo para que los cristianos americanos confundan la ciudad de Dios con la ciudad del hombre. Al mismo tiempo, no podemos ser llamados fieles en la ciudad de Dios si somos negligentes con nuestras responsabilidades en la ciudad del hombre." Y es toda la enseñanza de la teología reformada: la responsabilidad del ciudadano del reino de los cielos aquí abajo, en el reino de los hombres, mientras él permanezca aquí.

El cristiano tiene que tener una preocupación por la justicia social, tanto así que Dios nos envió a un profeta, Amós, llamado el profeta de la justicia social, cuya función casi exclusiva fue denunciar las injusticias sociales de su época. Ahora, si conviertes la justicia social en tu causa, negocias, diluyes y vendes el satisfacción y ya tú has perdido la causa; esa no es la manera como Dios nos ha llamado a hacer. La tragedia estaría en que, siendo fieles al reino de los hombres, hagamos secundario el reino de Dios.

Somos ciudadanos de ambos, y en ocasiones esos dos reinos entran en conflicto. Y cuando entran en conflicto, la Palabra no es silente con relación a ese conflicto; la Palabra es clara, la Palabra nos ha dejado enseñanza. Pedro encontró ese conflicto en un momento dado cuando él está predicando y se le está tratando de silenciar, y Pedro dice en Hechos 4:19: "Juzgad vosotros mismos si es lícito obedecer a los hombres antes que a Dios."

Si bien es cierto que Jesús reconoció la dualidad de reinos, no es menos cierto que Jesús estuvo claro en cuanto a la prioridad que tiene que tener el reino de Dios sobre el reino de los hombres. La frase clave que nos hace pensar en esa cosmovisión es esta: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios." Si ya estuvimos viendo lo que tengo que darle al César —tengo que pagar mis impuestos, le debo obediencia, le debo respeto, le debo sumisión, le debo oración y necesito procurar su bienestar de todas las formas posibles—, si nosotros no pensamos en esa dualidad y lo único que va a importar entonces es el rol del que trabaja en el reino de Dios, entonces vamos a crear una élite donde un grupito pequeño de pastores tienen la profesión élite por encima de todas las demás profesiones, y la Biblia nunca habla de esa manera.

Mi llamado es a ejercer la profesión a la cual Dios me ha llamado, pero esa profesión tiene que ejercerse de la misma manera que esta profesión que estoy ejerciendo en este momento, en este lugar. Si eres cristiano, tú tienes que hacer eso para la gloria de Dios, de la misma manera que yo tengo que predicar para la gloria de Dios. No hay diferencia entre uno y otro; no hay un reino secular y un reino sagrado para el cristiano. Toda la vida es sagrada para Dios, porque como bien dijo Kuyper, no hay una pulgada de todo lo existente en lo diverso que Cristo no reclame como suya, y si Él la reclama, es sagrada entonces.

Pero junto con la responsabilidad de dar al César lo que es del César, Cristo no dejó la frase ahí, sino que le recordó lo más importante: dar a Dios lo que es de Dios. Hablamos un poco de lo que hay que darle al César; vamos a hablar un poco de lo que hay que darle a Dios.

Yo tengo que darle a Dios toda mi vida, y yo comienzo ahí el día que le entrego mi vida al Señor. Y entonces, a partir de ahí, Dios debiera ser —no lo es en muchos casos— la pasión número uno y la motivación número uno de mi vida. Si el más grande de los mandamientos apunta directamente al reino de Dios —amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu corazón—, entonces eso implica que con mi mente yo voy a tener que rendir a Dios todos mis pensamientos, todos mis sueños, todas mis aspiraciones, mis mejores ideas, mi imaginación. Todo lo que mi mente consume necesita ser rendido a los pies del Señor, y es por eso que yo tengo que traer a Cristo de manera cautiva todos mis pensamientos; tienen que ser reemplazados.

Estuve en San Pedro de Macorís, jueves y viernes, predicando en la misma iglesia donde el pastor Chacho estuvo anoche y esta mañana, en una conferencia masculina del fin de semana. En la segunda sesión, el viernes en la noche, alguien me preguntó, me dijo: "Pastor, ¿cómo yo puedo evitar todos estos pensamientos pecaminosos que me asaltan muchas veces, aún durante el tiempo de adoración?" Y yo le decía: "Bueno, en inglés hay una frase que dice 'garbage in, garbage out', basura hacia adentro, basura hacia afuera. Tú necesitas parar toda la basura que ha estado alimentando tu mente y llenarla y reemplazarla con toda esta Palabra hermosa, preciosa, santa, poderosa de nuestro Dios, para que ella venga a tu mente en los momentos de servicio y adoración." Todos mis pensamientos tienen que ser dominados por sus pensamientos, y sus pensamientos han sido plasmados en esta Palabra. Yo tengo que consumirla. Entonces, eso es brevemente, resumidamente, cómo yo amo a Dios con toda mi mente.

Pero el texto me dice también que yo tengo que amar a Dios con todo mi corazón, lo que implica que yo tengo que rendirle lo mejor de mis emociones y lo mejor de mis sentimientos. Lo que entonces va a decir que ningún otro amor puede estar por encima del amor de Dios. Parte de la razón por la que nosotros seguimos pecando es porque hay áreas de nuestra mente y áreas de nuestro corazón que no han sido rendidas. Esa es la razón entonces por la que nosotros mantenemos amores con cosas del mundo, tenemos amantes en el mundo. Y no me estoy refiriendo a un hombre o a una mujer, sino a cada cosa que tiene preeminencia sobre Dios; se constituye un o una amante en mi mente y en mi corazón. Si nosotros cediéramos todo el espacio de la mente y todo el espacio del corazón a nuestro Dios, nuestra lucha con el pecado cesaría.

Hay cosas que están en nosotros que no son rendidas. Hay áreas de mi mente que estamos reteniendo. Hay áreas de mi corazón que estamos todavía reteniendo. Nosotros retenemos incluso parte de nuestra rebelión, y nosotros retenemos parte de nuestra rebelión porque nos funciona en los momentos en que nosotros queremos hacer lo que queremos hacer. Cuando yo tengo entonces parte de la mente que no ha rendido a Cristo, es ahí donde se alojan pensamientos pecaminosos. Y cuando tengo parte del corazón que no ha rendido a Cristo, es ahí donde se alojan nuestros amores del mundo. Nosotros entonces retenemos parte de eso y parte de nuestra rebelión porque nos funciona.

Como yo decía en algún momento, por usar una ilustración sencilla: estamos en una fila y yo me rebelo, yo me pongo adelante, yo rompo el orden, y entonces, "¡qué bueno que no tuve que esperar!" Entonces, en ese momento me funcionó, y por eso yo no quiero ceder la rebelión completamente, porque en algún momento yo quiero usarla. Nos gusta hacer como nosotros más que como Cristo. Si no nos gustara hacer como somos, lo hubiésemos cambiado. Si usted compra una camisa, no la ha usado, llega a su casa, la ve: "Bueno, como que no me gusta tanto", ¿qué usted hace muchas veces? Se devuelve, la devuelve. Pero cuando le gustó, se queda con ella. Así hacemos con nuestra imagen.

¿No es justo dar al satisfacer lo que es del César y a Dios lo que es de Dios? Esa es la encomienda. Y aunque dar a Dios mi alma, mi mente, mi corazón, porque le pertenece, yo tengo que ceder otras cosas a Dios. Yo tengo que ceder mi esposo a Dios, o mi esposa a Dios, porque a veces retenemos parte de él o de ella que a mí no me pertenece. Yo tengo que ceder mis hijos a Dios porque no me pertenecen; el reino de Dios y Dios tiene que tener su primacía por encima de los reclamos que yo tengo sobre mi esposo, mi esposa o mis hijos. Por algo Cristo dijo que su amor no puede tener competencia.

Yo tengo que dar a Dios mis finanzas. No el diez por ciento más; mis finanzas: cómo lo gano, cómo lo gasto, cómo lo distribuyo, dónde lo invierto, aquí invierto, aquí no, aquí presto, aquí no presto, cómo presto. Yo tengo que rendir al Señor todas mis finanzas. Y si tengo alguna duda, la Palabra de Dios me recuerda que del Señor es la tierra y toda su plenitud. Y si todavía tengo duda, la Palabra me dice: "¿Qué tienes que no hayas recibido?" Y si lo has recibido, yo agrego, lo has recibido como administrador. Como dice Pablo en Primera de Corintios 4:2, que todo hombre nos considere como administradores y siervos de los misterios de Dios. Simplemente somos administradores; Él es el dueño, Él es el poseedor.

Yo tengo que ceder a Dios incluso tiempo de mis vacaciones y tiempo de mi descanso. "No, pastor, ¿por qué? Eso no es bíblico." La Biblia que yo tengo dice que en ocasiones Cristo y sus discípulos no tenían tiempo ni para comer. A nuestro país vienen continuamente personas, y quizás el grupo que nos acompaña hoy puede dar testimonio de eso: personas que vienen a trabajar a nuestro país y vienen a trabajar pagando ellos sus viajes, su estadía, y vienen en tiempo de sus vacaciones, cediéndole al reino de Dios parte de su tiempo de descanso y de entretenimiento. Nosotros somos demasiado "clutchers", dicen en inglés, agarradores de todo, incluye mi tiempo. A veces tengo que entregar a Dios parte del tiempo que yo había planificado para mi carrera. De eso yo puedo dar testimonio.

Es más, aún de las cosas que le pertenecen al César, "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", se lo damos al César y el César lo tiene de manera relativa, porque Dios ha revelado en Daniel 4:25 que el Altísimo es dueño de los gobiernos o del reino de los hombres, y se lo da a quien Él quiera, a quien a Él le plazca. Es dueño, es Señor de los césares del mundo y de los gobiernos. Él los sube, los baja, los quita, los pone. Es soberano sobre el cielo y la tierra.

Y si todavía tenemos duda de que realmente tenemos que dárselo todo a Dios, escucha las palabras de Pablo en Romanos 11:36: "De Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén." No hay duda, de manera incuestionable, quién es el poseedor de todo cuanto hay: desde el tiempo, mis relaciones, mis posiciones, mis finanzas, mis dones, talento, todo lo que yo soy. Pero tengo una responsabilidad, y es reconocer que parte de cómo yo soy fiel al reino de los cielos es llenando las responsabilidades que el reino de los cielos me ha asignado en el reino de los hombres. Y esas responsabilidades incluyen o invaden todo el terreno que el mundo llama secular, que Dios llama sagrado, porque toda la vida es sagrada para Dios, por lo menos para aquel que ha nacido de nuevo. Y por tanto, aun aquello que tú hagas en el reino del César es algo que se supone que glorifique a nuestro Dios.

Date cuenta de la dualidad. Dios no nos manda a caminar con un pie en el mundo, en el reino de los hombres, y un pie en el reino de los cielos. No es eso. Él no nos manda a caminar una línea fina que divide ambos reinos hasta que podamos entrar en gloria. Existe un solo reino, que es su reino, y eso nos ayuda a entender entonces cómo vivir en este mundo a la espera del próximo.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.