Integridad y Sabiduria
Sermones

Cómo destruir el egoísmo

Miguel Núñez 6 febrero, 2011

La ley del talión —ojo por ojo, diente por diente— no fue una expresión de severidad divina, sino un acto de misericordia. Antes de ella, la venganza entre los pueblos antiguos era desproporcionada y brutal. Lamec se jactaba de matar a un hombre por haberlo herido; los hijos de Jacob masacraron a todo un pueblo para vengar la violación de su hermana Dina. Dios intervino para frenar esa espiral: la paga nunca debía exceder la ofensa, y la justicia debía ser administrada por jueces, no tomada en manos propias.

Pero junto a esa ley, el Antiguo Testamento ya revelaba otro camino. Proverbios advertía: "No digas: como él me ha hecho, así le haré". Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer. Los judíos recordaban selectivamente la ley del talión y olvidaban estos textos de gracia —igual que nosotros recordamos los mandamientos que cumplimos y minimizamos aquellos en los que fallamos.

Cristo no vino a abolir la ley, sino a llevarla a su plenitud. Sus cuatro ilustraciones —volver la otra mejilla, ceder la capa además de la túnica, caminar dos millas en lugar de una, dar a quien pide— no son llamados a la pasividad, sino invitaciones a renunciar a la venganza, soltar los derechos y servir más allá de lo obligatorio. La primera milla se camina para el César; la segunda, para Dios.

Cada vez que retenemos una ofensa y nos negamos a perdonar, nos alejamos del propósito para el cual fuimos creados: reflejar la gloria de Dios. Y cada vez que soltamos la ofensa, lucimos más como Él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Mateo 5:38. Yo creo que ya usted conoce la dinámica; continuamos exactamente donde nos habíamos quedado. Vamos a leer del 38 al 42 y vamos a exponer esa sección del Sermón del Monte y ver qué Dios tiene que decirnos hoy. "Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes bien, a cualquiera que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. Y a cualquiera que te obligue a ir una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que desee pedirte prestado, no le vuelvas la espalda." Padre, gracias por tu satisfacción por la cual ya se oró. Sé con nosotros de manera especial, en Cristo Jesús. Amén, amén.

Bueno, este es uno de los textos más conocidos en todo el mundo, los cinco continentes, y representa un principio de justicia muy antiguo que incluso precede a la ley de Moisés. Es una ley, la ley del talión o lex talionis, viene del latín: la ley de la recompensa, de la venganza, de la retribución, dependiendo de cuál sea la traducción. Es una ley que ha sido muy mal interpretada, mal aplicada. Es una ley que algunos han usado para dar una mala reputación al nombre de Dios. Es una ley que se ha visto por la mayoría, incluso de los cristianos, como una ley severa de un Dios austero, rígido, psicorrígido, buscador de venganza, cuando esta ley es todo lo opuesto de lo que parece ser. Esta es una ley no divorciada de la gracia de Dios; esta es una ley misericorde, precisamente por la gracia de Dios. Pero nosotros necesitamos conocer todo el trasfondo, toda la historia, para entender por qué Dios usó esta ley.

Porque la frase "ojo por ojo y diente por diente" no es una cosa como que se la inventaron los escribas y fariseos; es algo que Dios reveló en su Palabra, que Dios puso en la ley de Moisés en más de una ocasión. Pero lo primero que nosotros necesitamos entender para poder analizar bien esta ley es cuál era el trasfondo histórico para el cual Dios nos dio esa ley. Porque este libro no fue inspirado en el vacío; este libro fue inspirado en medio de un contexto histórico y cultural donde Dios reflejaba su esencia, su carácter, la perfección moral de su ser, pero dado ese trasfondo.

Y lo primero que yo quiero señalar es que esta ley fue necesaria dada la barbarie de los pueblos antiguos. Sin lugar a duda, los pueblos del antiguo Oriente eran sumamente vengadores, y la venganza siempre era diseñada de una manera que fuera superior a la ofensa, como una forma de decir: "Para que aprendas y no lo vuelvas a hacer." La documentación de eso que yo acabo de decir no solamente está en la historia secular; la Biblia está llena de pasajes que nos dejan ver cómo los pueblos antiguos procuraban la venganza.

En tu Biblia, Génesis 4, ya tú comienzas a ver la forma que el mundo secular estaba adoptando de vengar sus ofensas. Y tú te encuentras con este hombre de nombre Lamec. Lamec tenía dos esposas y él las sentó un día, como que dice: "Escuchen lo que yo he hecho, de manera que ustedes puedan andar en puntillas en relación conmigo." Génesis 4:23-24: "Lamec dijo a sus mujeres: Ada y Zila, oíd mi voz; mujeres de Lamec, prestad oído a mis palabras, pues he dado muerte a un hombre por haberme herido, y a un muchacho por haberme golpeado. Si siete veces será vengado Caín, entonces Lamec lo será setenta veces siete." ¡Wow! ¿Cómo te gustaría que en la luna de miel tu esposo te tuviese sentada? "Mira, yo quiero que tú sepas, ya que te has casado: yo soy un hombre que cuando alguien le hirió, lo maté, y a un muchacho se le ocurrió darme un golpe y yo lo maté también." Esas eran las prácticas paganas de la antigüedad: venganzas fuera de proporción de lo que se había hecho.

Y eso tú lo encuentras no solamente en el mundo de Lamec; tú lo encuentras en el mundo de las familias del pueblo de Dios. Tú llegas a Génesis 34 y aparece una historia, una historia dolorosa, donde Dina, la hija de Jacob, ha sido violada. Ha sido violada por un hombre de otro pueblo, de otro grupo, de otro poblado. Y dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, de donde vendrían todos los levitas, decidieron vengar la deshonra. E hicieron un pacto con la gente del pueblo. El padre del hombre que había violado a Dina realmente quería a Dina para esposa de su hijo, y él fue a hablar con Jacob y le dijo: "Danos tu hija. Nosotros vamos a dar nuestras mujeres y que nuestros pueblos se casen uno con el otro, y no habrá problema, y que nosotros seamos un solo pueblo."

A los hijos de Jacob les pareció bien, pero a escondidas de su padre, los hijos de Jacob dijeron: "Bueno, papá, dile que sí. Pero nosotros vamos a ir con ellos y diles que todos los hombres tienen que circuncidarse, si no, nosotros no podemos ser un solo pueblo con ellos." De manera que se circuncidaron todos los hombres del pueblo, y Simeón y Leví fueron al tercer día, cuando el dolor de la circuncisión hecha —no como lo hacemos hoy, hecha sin anestesia, ningún instrumento especial— estaba en su peor momento, y mataron a todos los hombres de ese pueblo. Así se vengaban las ofensas antes.

Y Dios dice: "Eso es abusivo. Las ofensas pueden ser graves, pero eso es abusivo. Esto hay que pararlo, esto hay que frenarlo, esto hay que ponerle límites, de tal manera que la paga nunca sea mayor que la ofensa." Y ese es el contexto donde entra la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente, no más. No más de lo que se ha perdido, no más de lo que se ha hecho.

Y tú encuentras a Dios, por ejemplo, legislando a través de Moisés en Éxodo 21:22-24: "Y si algunos hombres luchan entre sí y golpean a una mujer encinta y ella aborta…" Este es el único texto que directamente aborda el tema del aborto y que nos deja ver que Dios consideraba al feto literalmente vida humana, una persona, un ser humano. "Y si ella aborta, y golpean a una mujer encinta y ella aborta, sin haber otro daño, ciertamente el culpable será multado según lo que el esposo de la mujer demande de él, y pagará según los jueces decidan."

Esto nos deja ver que este es un sistema que estaba supuesto a ser administrado por los jueces, no por la persona. Lamec no podía vengar su propia sangre. Yo no podía vengar la sangre de Dina, mi hermana, por ejemplo, su violación. Yo tenía que ir a los jueces y dejar que los jueces, haciendo uso de la ley del talión, pudieran entonces administrarla.

Entonces Dios continúa y dice: "Pagarán según lo que los jueces decidan. Pero si hubiera algún daño…" O sea, esa mujer embarazada. "Entonces pondrás como castigo vida por vida." Dios comienza, y en otras palabras, si el feto pierde la vida, quien le dio muerte ha de perder la vida. "Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe", pero no más. ¿Les ayuda a entender cómo esta ley es de misericordia? Es una ley que está supuesta a regular los ciudadanos de una nación de tal forma que no se tomen, en primer lugar, la justicia en sus manos, porque los jueces tienen que decidir, y número dos, que la paga nunca sea mayor que la ofensa.

Y vuelves a encontrar esta ley expresada en ese "ojo por ojo, diente por diente" en Levítico 24:24, donde Dios entonces nos deja ver además que la ley va a ser aplicada igualmente a los judíos: como el nativo de la tierra, como el extranjero. Pero lo interesante es que cuando Dios dice eso —al nativo de la tierra, al judío, al extranjero, todos por igual— Él dice al final del verso: "¿Y por qué? Porque yo soy vuestro Dios." En otras palabras: "Yo soy el que ha legislado, y el que ha legislado es justo y no tiene favoritismo, de tal forma que esta ley necesita ser aplicada por igual a ti como pueblo hebreo, al nativo de la tierra y al extranjero, porque yo soy vuestro Dios." Y tú encuentras la ley una vez más esbozada en Deuteronomio 19:21.

De manera que repetidamente Dios habló de esta ley. Pero decía que este principio de justicia es antiguo; precede incluso la ley de Moisés. El código legal de Hammurabi, el sexto rey de Babilonia, que vivió como en el año 2000 y pico antes de Cristo, unos 500 años antes de Moisés, contenía este principio de justicia más o menos de la misma forma. Eso no nos dice a nosotros —contrario a lo que algunos opinan— que todas las religiones son iguales. No. Eso nos habla a favor de que ciertamente Dios ha escrito la ley moral en el corazón del hombre, y esa ley moral ha encontrado parcialmente, en ocasiones, su expresión en sistemas del hombre. Hablándonos de la existencia de un dador de la ley moral que la puso en el corazón y que entonces encuentra su expresión en diferentes culturas, momentos y formas. De eso nos habla esto.

No es por el cumplimiento de esa ley moral que la gente se salva. Nadie puede salvarse, por moralista que sea, porque ningún moralista ha llenado jamás el estándar de Dios. Usted conoce la historia y los pasajes que nos dejan ver claramente que nadie se salva por las obras de la ley, y que mis mejores obras son como trapos de inmundicia a la luz de la examinación de Dios. De tal forma que yo necesito la persona de Cristo, que muere en mi lugar, derrama su sangre, perdona mis pecados cuando yo vengo y le reconozco como mi Redentor, como mi Salvador, como aquel que me limpia. Yo le entrego mi vida, Él me entrega la suya; Él me entrega su santidad, yo le entrego mis pecados. Y entonces ese Cristo va adelante del Padre y me justifica, no siendo yo justo, no siendo justo en mí mismo, pero obteniendo una justicia que es aparte de la ley: la justicia que proviene de Cristo nuestro Señor. Yo necesito eso. Pero la ley moral en el corazón del hombre encuentra expresiones en los sistemas del hombre de vez en cuando y de cuando en vez.

Ahora, alguien pudiera decir: "Pastor, no entiendo, porque si esto lo establece Dios en el Antiguo Testamento, ¿por qué Dios vuelve ahora o viene ahora en la persona de Cristo y trata de eliminar lo que Él estableció?" Bueno, en primer lugar, nosotros sabemos que había múltiples cosas en el Antiguo Testamento que eran temporales, efímeras, que apuntaban a la persona de Cristo pero que dejarían de ser. Yo no puedo escoger y dejar aquellas cosas que me interesan que así sean de acuerdo a lo que sea en el Antiguo Testamento. La única manera como yo sé que algo en el Antiguo Testamento ha sido reemplazado es, en primer lugar, cuando esas cosas apuntaban a la persona de Cristo; llegado Cristo, no tiene razón de continuar apuntando hacia Él porque ya llegó. Y en segundo lugar, cuando Cristo mismo de manera expresa, clara, convincente, exponía, traía a colación su reemplazo. Y este texto nos habla de cuál era el reemplazo de la ley del talión. Cristo está estableciendo muy claramente, pero recuerda, esta ley era para ser administrada por los jueces de la nación, no de manera individual.

Dios, sin embargo, aun en el Antiguo Testamento había revelado que antes de la venganza, antes del ojo por ojo y el diente por diente, Él hubiera preferido que a nivel personal esa ofensa hubiese podido ser perdonada. Cuando esa ofensa no es perdonada a nivel personal, entonces ahí están los jueces y ahí está la ley, para que los jueces vía la ley escuchen tu caso, administren la justicia y que esta sea proporcional a lo que se ha hecho. Pero los judíos, al igual que nosotros, tenían una mente como la tenemos nosotros, que selectivamente recuerda pasajes y olvida pasajes.

Ellos recordaban muy bien la ley del talión. Para el tiempo del primer siglo, los judíos con frecuencia acudían a la ley del talión: "Para eso yo no tengo que perdonar eso, ahí está la ley: ojo por ojo, diente por diente. Me hizo esto, yo debo hacerle aquello." A ellos se les había olvidado, nunca habían aprendido quizás, o no habían querido aprenderlo, que Proverbios 24:29, que está en el canon del Antiguo Testamento, que está a la altura de todas las demás revelaciones del Antiguo Testamento, dice: "No digas: Como él me ha hecho, así le haré." Eso es Dios. Aquí no hay ley del talión, aquí no hay ojo por ojo y diente por diente. "Como él me ha hecho, así le haré", no digas eso. "Pagaré al hombre según su obra", no digas eso. Ellos no recordaban ese texto. Eso está en el Antiguo Testamento, eso fue inspirado por Dios.

Lo que Dios está diciendo es: una vez tú has creído en mí, una vez tú no tienes un corazón de piedra, una vez tú has sido receptor de mi gracia, de mi misericordia, de mi perdón, no tiene explicación que tú quieras insistir en que otros paguen lo que te han hecho, porque eso niega toda la obra mía en ti, eso desdice de lo que tú has recibido. Tú no eres buen testigo. Tienes que aprender ahora que los ciudadanos del reino de los cielos son ciudadanos de otra naturaleza, pertenecen a otra mente, tienen otro corazón, tienen otra forma de sentir, de vivir. Por eso el texto dice: "No digas: Como me ha hecho, así le haré."

Proverbios todavía nos dice en 25:21-22: "Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer pan, y si tiene sed, dale de beber agua, porque así amontonarás brasas sobre su cabeza, y el Señor te recompensará." Aun en el Antiguo Testamento Dios estaba revelando: la recompensa es mía. No trates de vengarte. Si tienes un enemigo y tiene hambre, no te vengues de él, dale de comer. Si él tiene sed, dale tu agua, porque con eso lo que tú estás haciendo es que esta maldad ha sido respondida con esta gracia. Y si él no responde a esta gracia, entonces yo tendré que hacerle rendir cuenta doblemente: una por la injuria inicial, y dos porque no respondió a la gracia con la que él o ella le trató. "Déjame eso a mí", eso es lo que el Señor está diciendo. Eso estaba en el Antiguo Testamento, eso estaba junto con la ley del talión, pero solamente recordaban la ley del talión a expensas de estos otros principios que Dios nos había dejado.

A nivel personal tú perdonas; a nivel de la justicia tú le entregas el caso a los jueces, ellos tienen la ley, ellos que decidan. De manera que eso nos ayuda a entender el lugar de esta ley del talión y el lugar de nuestro perdón de manera personal. Pero ellos selectivamente recordaban una cosa y olvidaban la otra, igual que nosotros, igual que nosotros. Es la realidad.

Mira cómo nosotros lo hacemos con frecuencia. Pueden haber otras ilustraciones. Nosotros leemos la Biblia y hay pasajes que nosotros estamos obedeciendo muy bien y hay otros en los que estamos en desobediencia. Aquellos que estamos obedeciendo muy bien los recordamos, y en eso en que nosotros nos encontramos obedeciendo muy bien, somos sumamente severos con aquellos que no están cumpliendo con esos principios que sí yo estoy cumpliendo. Pero hay otros con los que yo no cumplo, hay otros con los que yo no lleno. Esos principios a mí se me olvidan, que yo no estoy en obediencia a ellos. Cuando alguien me lo señala yo tiendo a minimizarlo: "Sí, está bien", pero entonces desvío la conversación a los principios que yo sí estoy cumpliendo.

Si yo, por ejemplo, estoy cumpliendo con diezmar, entonces soy sumamente severo cuando alguien no está diezmando. Pero a lo mejor yo estoy diezmando fielmente, pero abuso a mi esposa. Pero yo no veo el abuso de mi esposa, yo sí veo el diezmo que yo cumplo, lo que el otro no cumple. Cuando ese otro está obedeciendo en áreas donde quizás yo no estoy obedeciendo, la obediencia del otro yo no la veo. Yo solamente veo la desobediencia en las áreas que yo tengo, que yo creo tener bien bajo control. Tenemos la misma mente selectiva, el mismo corazón selectivo del pasado. Cristo vino a enderezar todo eso que yo bien torcido en la aplicación, el entendimiento de la ley del talión.

Ahora quizás alguien está diciendo: "Pastor, eso que usted acaba de explicar ahí, que somos selectivos, que vemos en otros la desobediencia en aquellos pasajes que ya yo estoy sometido... yo soy una persona muy objetiva, yo nunca lo he visto así, yo no lo veo, yo no lo veo así." Bueno, quizás lo está haciendo ahora mismo, por eso no lo ves. Pero todos lo hemos hecho. Es la realidad triste de nuestro corazón.

Versículo 39: "Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra." La enseñanza de aquí en adelante es "no resistáis al que es malo"; luego lo que sigue son cuatro ilustraciones de cómo no resistir al que es malo. Pero esa es la enseñanza, y nosotros tenemos que encontrar en nuestra vida diaria, en nuestro día de hoy, cómo es que esa resistencia no debe hacerse contra el que es malo. Eso es lo que Cristo nos está diciendo.

Esta no es una prohibición a la defensa propia si alguien te agrede, porque esto no es tanto en contra de la defensa física, sino en contra de la venganza. El texto, el tema de esto es la venganza. Y Cristo nos va a ilustrar ahora cómo yo no debo vengarme, y Él va a usar cuatro ilustraciones que ellos podían entender porque eran prácticas comunes entre ellos. Y luego nosotros, a nivel personal y al día de hoy, tenemos que encontrar cuáles son esas aplicaciones en nuestras vidas.

Pero la primera es que si alguien te pega en la mejilla derecha, que le vuelvas la otra también. Cristo no se está refiriendo tanto al golpe físico, aunque pudiera incluirlo, pero esto es más una ilustración de algo que ellos conocían, y Él está diciendo: cuando eso ocurre o algo similar, no te vengues. El noventa por ciento, para que pueda entender esto de la mejilla derecha, el noventa por ciento de la humanidad es diestra, derecha. La forma más común de yo recibir una bofetada sería con este movimiento; cuando eso ocurra me van a golpear en la mejilla izquierda. Pero Cristo habla de manera específica: si alguien te da en la mejilla derecha. Yo tendría que golpear con el dorso de la mano para golpear la mejilla derecha.

En Israel, y aún en Irlanda hoy, en Israel golpearte, de acuerdo al Mishná, con el dorso de la mano en la cara, la ofensa era la peor ofensa que se te pudiera hacer. Es más, el otro ni siquiera tenía que llegar a golpearte; solamente con señalarte te estaba deseando lo peor de tu vida. Los irlandeses hoy en día, todavía, cuando alguien quiere insultar a otra persona le hacen la seña: la mano para ti, el dorso de la mano para ti. Y eso es supuestamente decirle a otro: como basura.

En nuestro argot hay otras palabras, no dignas de ser pronunciadas, que la gente usa. Es como decirle eso a alguien. La cultura americana y otras partes del mundo tienen una seña de la mano que la gente usa, cuyo significado tampoco es digno de señalar, que es una ofensa sumamente grave. Porque lo he visto, he visto personas pelearse por esa señal de la mano. Esto es más o menos lo que el dorso de la mano golpeándote en la mejilla significaría.

A lo que Cristo está diciendo, en pocas palabras: si alguien comete la peor ofensa contra ti, cállate, permanece en silencio. Déjame a mí la venganza, yo te recompensaré. No es tanto la parte física, aunque pudiera incluir la parte física. Cristo fue golpeado cuando le estaban procesando, y estas son sus palabras en Juan 18:23: "Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal, pero si hablé bien, ¿por qué me pegas?" Eso fue todo. No hubo ninguna defensa, hubo simplemente un cuestionamiento de la razón de por qué me golpeaste.

Nosotros sabemos que un rato antes, en el huerto de Getsemaní, cuando vinieron a apresar a Cristo, Pedro sacó su espada y cortó la oreja de este siervo, el siervo del sumo sacerdote. Cristo no solamente sana al siervo, sino que le dice a Pedro: "Pedro, vuelve a poner tu espada en la vaina", que es como su funda. "Basta ya, Pedro, tienes que entender: el reino de los cielos no es un reino de violencia, ni física ni verbal. El reino de los cielos no es un reino de ciudadanos autodefensores. El reino de los cielos es un reino de ciudadanos con un corazón con la forma de Dios, que refleja su bondad, que refleja su misericordia, su carácter perdonador. Es un corazón que no se ofende como se ofende el mundo."

Eso es lo que Cristo está diciendo aquí con el golpe de la mejilla. Y la realidad es que yo tengo que recordar que las ofensas son permitidas por Dios, las que te hacen y las que a mí me hacen. Me hace mucho bien recordar eso, porque las ofensas, entre otras cosas, exponen las áreas de nosotros que necesitan ser trabajadas, o por primera vez o nuevamente. Yo sé porque esa ha sido mi propia experiencia, mi propia vida. Lo que las ofensas hacen es que ponen a prueba esa parte del carácter de Dios que se ha estado formando en mí.

Es como el edificio que tú lo construyes a prueba de terremoto, con lo mejor, con la mejor ingeniería, con los mejores materiales, con los mejores diseños, los mejores equipos. Pero el edificio, la zapata, no ha entrado a prueba hasta que no es sacudido. De esa misma manera Dios va construyendo su carácter en nosotros, y a la medida en que Él va construyendo el carácter en nosotros, Él permite estos terremotos emocionales para probar la calidad de la zapata que se ha formado. Él conoce cuál es la calidad, pero yo no la conozco. Yo necesito descubrir, y eso nos ayuda a entender que estas cosas de la vida no escapan al control de nuestro Dios y a la orquestación de nuestro Dios.

Las ofensas encuentran un terreno fértil en el corazón orgulloso y en el espíritu inseguro. La persona humilde se ofende menos frecuentemente, y la persona que es completamente humilde como Jesús nunca se ofende. La persona que es completamente segura como Jesús tampoco se ofende.

Esa humildad en nosotros, y la humildad en el carácter de Jesús, nos recuerda que nosotros no valemos tanto como nos cotizamos. Nosotros nunca estamos en especial, ni en dos por uno. Jamás. Nosotros nos cotizamos muy alto. Es la humildad en nosotros, y en la persona de Jesús cuando Él dice "aprendan de mí que soy manso y humilde", que nos recuerda que nosotros no somos tan santos como nos vemos. Nosotros no somos tan limpios de culpa como pensamos, independientemente de cuál sea la situación.

Es la humildad en nosotros y en la persona de Jesús que nos recuerda que nosotros no sabemos tanto como creemos. Es increíble lo que el corazón humano, la mente humana, cree saber cuando aprende dos cosas. Yo no sé si usted ha pasado por ahí; yo he pasado por ahí. Que pecamos más de lo que nosotros nos admitimos de nosotros mismos. Mucho más. No solamente lo que le admitimos a otros, sino mucho más de lo que yo me admito a mí mismo. A nosotros se nos olvida que la ofensa recibida es algo que yo mismo he hecho. Si no la he hecho, la he pensado, y en ocasiones la he pensado en dimensiones peores.

La humildad en la persona de Jesús nos recuerda esto. Nosotros, si no es la humildad, nos recuerda que no somos tan maduros como habíamos imaginado, que somos más rencorosos de lo que sentimos, y que no perdonamos para justificar nuestra ira. Todas esas cosas se nos olvidan, y la humildad de Cristo que está siendo reflejada a través de este sermón, el Sermón del Monte, es la que está ahí para recordarnos todo eso que yo acabo de decir.

El orgullo es el que responde hiriendo cuando es herido. A veces con palabras, a veces con silencio, a veces con la evitación. "No, no, yo no tengo nada contra él." Pero la posición de mis labios... "No tengo nada." La vueltita que yo hago en el pueblo recorroso de mis labios... Ahí viene Pedro, me voy por aquí. "Pero mira, Fulano dice, Pedro, que tú lo has evitado." "¿Yo? No, bueno, no interactúo con él." "Pero tú antes interactuabas." "Pero sí, pero no, no." La cabeza y los labios nos delatan, nos delatan.

La venganza de nuestro Dios. La primera ilustración que Cristo escoge tiene que ver con todo eso que yo acabo de explicar: con la venganza cuando nos han ofendido. La segunda que Él escoge tiene que ver con nuestros derechos cuando entran, cuando están en juego. Escucha Cristo, versículo cuarenta: "Y al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa." Te peleé con él. No comiences a pelear que no la túnica. "¡No, no, que no! ¡Que la túnica!" Dale la túnica, dale la capa también, déjalo tranquilo, dile que siga su camino, no problema.

Esto tiene una historia. Todo esto tiene una historia, pero son ilustraciones del día a día. La ley judía y la ley de Moisés incluso permitía que si tú tenías que pagar por alguna ofensa o pagar alguna deuda, yo te quitara la túnica. La gente en el pasado vestía con dos piezas, similar, no creo que tenga nada malo decir esto, al refajo de las mujeres. Es como el refajo más la falda. Si usaban dos piezas, bueno, la túnica era la de abajo y la capa era la de arriba. La ley de Moisés regulaba que tú podías demandar y quitarle a alguien como pago su túnica, pero si tú le quitabas la capa o el manto, tú tenías que devolvérselo antes que se pusiera el sol. Porque estas eran personas pobres y solamente tenían una capa o un manto, y esa era su frisa de noche. Con eso es que se iban a arropar, con eso es que se iban a acostar.

Escucha la ley de Moisés en Éxodo 22:26-27: "Si tomas en prenda el manto de tu prójimo", esa es la capa, "se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque es su único abrigo, es el vestido para su cuerpo. ¿En qué otra cosa dormirá? Y será que cuando él clame a mí, yo le oiré, porque soy clemente." Wow. A mí esta ley tan específica a mí me impresiona. Me impresiona porque me deja ver el carácter justo de Dios que dice: a veces hay que quitarle la túnica al otro para que pague, porque si no se convierte en un irresponsable. Pero veo el carácter clemente de Dios que dice: la túnica sí, pero el manto o la capa no. Y si se la quitas, tienes que devolvérsela antes que se ponga el sol.

Imagínate ahora: te quité la capa porque la deuda era grande, pero a las seis de la tarde mira, tu capa; a las seis de la mañana, dame tu capa; a las seis de la tarde, toma tu capa. Nadie va a entrar en ese cambalache.

Bueno, pero ¿qué es lo que Dios está diciendo? Me nació alguien, quiere la túnica, dásela. En otras palabras: no reclames, no reclames derechos, no digas "mira, la ley dice..." No, no. Tú tienes un Padre que está por encima de la ley de los hombres. Yo no quiero que te comportes a nivel de lo legal, yo quiero que te comportes a nivel de lo divino. Yo sé que te hace falta para la noche. Yo te voy a proveer la capa y la túnica, no te preocupes. Es más importante para mí que mi nombre quede bien parado aunque tú caigas, a que tú quedes bien parado pero que mi nombre caiga. Preocúpate por levantar mi nombre, dejarlo en alto, sostenerlo, tenerlo en alto. Porque si mi nombre cae, yo no te voy a levantar. Pero si tú caes, yo te levanto.

Eso es lo que Dios está diciendo. Yo creo que en nuestros contextos es importante que yo recuerde eso, para que de nosotros que firmamos contratos, que entramos en transacciones, que entramos a veces en polémicas, discusiones, en un contrato, quizás tienes que perder dinero, quizás tienes que perder espacio, quizás tienes que perder derechos, quizás tienes que perder oportunidades, posiciones, prestigio. Y deja eso, deja eso, no te preocupes. Está tú más pendiente de cómo va a quedar mi nombre al final de todo esto. Suelta tu derecho. Es la inseguridad que reclama la posición, la posesión, la autoridad. Todo eso es parte de eso. Es la inseguridad que pelea, es la inseguridad que quiere el lugar.

Cristo dice: suelta eso. Son nuestras inseguridades que buscan la autoridad. La autoridad es la manera como la inseguridad quiere sanar su inseguridad, valga la redundancia. Y sin embargo Cristo nunca, en ningún momento, en ninguna ocasión reclamó la autoridad aunque la tenía.

Con frecuencia, tú sabes las veces que a Cristo se le insultó de parte de los discípulos y de parte de la población en general. En medio de la tormenta, usted conoce la historia, Cristo está durmiendo. Ellos sabían que Cristo era el único que podía ayudar. ¿O tú crees que lo que hicieron fue decir: "Maestro, maestro, perdón que te despertemos, pero hay una tormenta, necesitamos tu ayuda"? ¿Tú crees que eso fue lo que ellos hicieron? No. Llegando donde el Maestro, le dicen: "Maestro, Maestro, ¿no te importa que perezcamos?" Qué clase de hombre eres tú, qué insensibilidad es esa, nosotros remando y tú durmiendo.

Pero nota lo que Cristo no hace. Cristo no se levanta y dice, calma la tormenta, y luego dice: "Esas no son maneras de hablarme. ¿Se quieren que los azote aquí como una tormenta?" No. Cristo simplemente le dice: "Hombres de poca fe." En otras palabras: tu irrespeto viene de un problema que tú tienes, no que yo tengo. Es tu falta de fe que te ha atemorizado tanto, y tu temor te ha llevado al irrespeto. Lo que Cristo hace es que les señala a ellos dónde estaba el origen de su irrespeto. Y eso es lo que nosotros necesitamos hacer en nosotros mismos: nosotros ver el origen de esto que yo he hecho, que tú has hecho al igual que yo.

Cristo nunca exigió igualdad aunque él tenía siempre la superioridad. El que no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó. Increíble: él era el superior y no exigió ni siquiera igualdad. Nosotros somos los inferiores y siempre queremos la igualdad. Cristo no pidió reconocimiento en medio del rechazo. Cristo no reclamó derechos. De hecho, su misión no podía comenzar sin él dejar sus derechos a un lado. Eso es como él comienza su misión.

Y la verdad es que la misión del cristiano, si tú y yo lo vamos a hacer bien, nosotros vamos a tener que coger todos nuestros derechos y ponerlos a un lado, porque el reclamo de nuestros derechos perturba la ejecución de nuestra misión. El reclamo de nuestros derechos nos dice todavía que nuestro yo está muy vivo, y el yo, el tuyo y el mío, entorpece los planes de Dios. Cristo nunca, nunca se propuso ganar un solo argumento, y sin embargo no perdió ninguno. Pero eso no era su meta, no era ganar el argumento. De manera que ahora tenemos una ilustración que tiene que ver con el reclamo de derechos y mis renuncias de derechos.

Tercera ilustración, versículo 41: "Y cualquiera que te obligue a ir una milla, ve con él dos". Esto es una prueba de servicio. Esto es una enseñanza que pone a prueba la disposición nuestra de servir a aquellos a quienes nosotros no consideramos dignos de nuestro servicio. "A eso, a eso no. Mira, se lo hago a cualquiera menos a eso. No, yo no puedo hacer eso porque él me hizo, ella me hizo, o él me dijo, ella me dijo".

Esto tiene una historia también. Déjame explicártela, porque cuando entendemos la historia entendemos mejor lo que Cristo está tratando de comunicar. Esto se remonta a los persas. Los persas, y luego los romanos lo copian. Los persas establecieron un sistema de correo. Claro que no era exprés y claro que no era UPS, pero era un sistema de correo. Pero las distancias eran largas, entonces cada cierto tiempo había como otro tope, otro pare, otro descanso, y muchas veces habían dividido la distancia en millas. La ley persa estableció que un cartero, porque eran cosas que pesaban mucho, podía elegir a cualquier ciudadano a lo largo del camino y decirle: "Tú, toma eso, llévalo una milla", y el ciudadano no se podía negar.

Los romanos, cuando conquistaron, les gustó la idea, pero corrompieron el sistema todavía más, porque ahora ya no era el cartero, sino cualquier soldado romano podía obligarte a ir una milla y llevar cualquier cosa que tuviera en la mano. De hecho, algunos creen que posiblemente ese fue el principio involucrado cuando Cristo se cayó con la cruz y llamaron a Simón de Cirene y le dijeron: "¡Eh, tú!" Le pusieron la cruz al hombre sin la posibilidad de protestar.

Los judíos habían calculado que una milla eran más o menos mil pasos. Entonces para el judío, ellos iban a ir esa distancia porque la ley lo establecía, pero iban a contar los pasos: "Uno, dos, tres... novecientos noventa y nueve, mil. Aquí está". Y Cristo dice: "Si alguien te pide que vayas con él una milla, ve dos. No una, dos". "Bueno, pero ¿por qué? Si ya yo hice lo que me tocaba. Yo hice lo justo. Yo hice lo legal".

Y Cristo dice: "¿Eh?" Como dice John Robinson en su libro sobre el Sermón del Monte: la primera milla tú la haces por César, la segunda milla tú la haces por Dios. Y nosotros tenemos que admitir que muchas veces hemos hecho para el César lo que hemos rehusado hacer para Dios. Que muchas veces hemos cedido ante las peticiones que el mundo nos hace antes que ceder a las peticiones que Dios nos hace.

Y Dios está diciendo: cuando lo hagas para el César, ve algo más, porque esto va a probar, va a poner a prueba tu espíritu de servicio. Esto va a poner a prueba, va a decir si verdaderamente eres o no eres diferente al reino de los hombres. Esto va a recordarle a los hombres que el cristiano no está aquí, mi siervo no está aquí, mi ciudadano no está aquí para hacer servido, sino para servir. No hagas lo justo, no hagas lo que se te pide. Algo más. Muestra el corazón de Dios, muestra el carácter de Dios.

Tú lo vas a ver mejor más adelante: que es nuestra función. Estas leyes, lo que están haciendo a través de estos principios, a través del Sermón del Monte, es ayudarnos a poner de relieve y a expresar el carácter de Dios para que otros lo puedan ver. Literalmente. Entonces ya no vamos a ir una milla, vamos a ir dos millas. "Señor, pero eso no es justo, y yo hice lo que me tocaba". "Oye, hijo, si yo hubiera hecho lo justo y solamente lo que me tocaba, tú estuvieras en el infierno ahora".

Desde allá arriba en la gloria no se está hablando de hacer lo justo. Desde allá arriba en la gloria, cada gota de agua es una gota de gracia. Y desde allá arriba en la gloria yo quiero que mis hijos trabajen por gracia y den de gracia cada segundo de la hora del reloj.

"Al que te pida, dale", cuarta ilustración, "y al que quiera tomar de ti prestado, no le vuelvas la espalda". Esta última recomendación obviamente no tiene que ver con el que dice: "Dame un préstamo porque quiero cambiar mi carro, tiene dos años de uso". No, no para eso. En este caso: "Quiero cambiar mi burro que tiene dos años de uso". No, no era ese el contexto. Tampoco es que: "Mira, dame dinero que quiero decorar mi casa". No era el contexto.

Cristo está hablando del que te pide porque tiene necesidad. Similar a lo que Santiago dice: si alguien te pide y tú le dices: "Bueno, oraré para que Dios te provea con qué él va a comer", pero no le das comida. Cristo está diciendo: cuando alguien que está en necesidad te pide, dale. "¿Qué está en necesidad? Bueno, si es lo último que te queda...".

Yo he visto personas, no soy yo, pero yo he visto personas que lo último que les quedaba eran cien pesos, y alguien les pidió, y le entregaron los cien pesos, y se quedaron sin nada. "Bueno, ¿y cómo va a comer?" Confiando en la fidelidad de Dios. Y he visto personas abrir la puerta y tener comida del otro lado de la puerta sin saber quién se la dejó. Confiando en la fidelidad de Dios. Esta es la persona que no tiene a dónde acudir.

¿Saben por qué Dios permite que nos pidan? Porque el que nos pide contribuye a tomar, a coger mi corazón de piedra y triturarlo, y hacerme sensible a la necesidad de los demás. El Señor permite que me pidan para recordarme que hay personas en necesidad alrededor de nosotros. El Señor permite que me pidan porque Él sabe que nosotros vivimos así, agarrados, y que no queremos darlo. Entonces el Señor muchas veces tiene que ir con su mano. Él lo agarró con la otra mano: "Okey, la otra mano". Así somos: agarrados, somos duros, nacemos así. Tú no tienes que enseñar a un niño cómo; nacemos así.

La Palabra de Dios dice que más bienaventurado es dar que recibir. ¿Saben por qué si decimos "más bienaventurado es dar que recibir" y no damos más? ¿Saben por qué? Porque no estamos experimentando el gozo de dar porque no hemos dado. "Bueno, dame eso. ¿Quién necesita? Bueno, bueno, bueno, ta' bien". Entonces lo entregamos, entonces cuando hacemos eso no experimentamos gozo. Y el corazón dice: "Yo no sé, dicen por ahí que más bienaventurado es dar que recibir, pero yo no sé a qué eso sabe".

Entonces, ¿por qué estamos haciendo todo eso? Cristo lo dijo al principio del Sermón del Monte. Escúchalo otra vez. Mateo 5:16, ya lo vimos, pero escúchalo otra vez. ¿Para qué estamos haciendo todo eso? "Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". Ahí está la motivación para hacer todo eso. Tú lo vas a hacer para que cuando los hombres vean tus buenas acciones, tus buenas obras, ellos puedan ver a Dios en ti y puedan glorificar al Dios de los cielos, al Dios creador, al Dios proveedor, al Dios redentor, al Dios salvador.

Pregunta: Cuando los otros nos ven, ¿qué ven? Cuando los demás nos ven, ¿qué sienten? Cuando los demás interactúan conmigo, ¿cuál es la opinión de esos que interactúan conmigo? Cuando los demás nos observan y nos comparan a nosotros mismos con nosotros mismos, ¿pueden ellos notar la diferencia en lo que yo era y lo que soy? Cuando otros examinan nuestras vidas, ya sea de lejos o ya sea de cerca, ¿con qué impresión se quedan?

Muchas veces, ya esto se ha dicho pero es una buena ilustración, muchas veces mucha gente no lee la Biblia porque habiendo leído una primera Biblia, mi vida, ha encontrado que esa Biblia no está de acuerdo con la Biblia de Dios, y ya no quieren la Biblia de Dios. Cristo está diciendo: tú tienes que vivir, tú tienes que exhibir un carácter que cuando otros que no conocen a Dios te vean, otros puedan dar gracias a Dios, glorificar a Dios por lo que ven.

La única razón por la que tú y yo fuimos creados. Fuimos creados por una sola razón, y esa razón está en el libro del Génesis antes de llegar a Primera de Corintios 10:31, donde dice: "Ya sea que comáis o bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios". La razón para la que Dios nos creó, en el contexto hebreo, está en los primeros dos capítulos del libro del Génesis. Cuando Dios dice que nos hizo a su imagen, de la manera como el judío, el hebreo entiende eso, ya ustedes saben para qué lo hizo, porque en esa mente no hay mucha diferencia entre lo que es la imagen de Dios y la gloria de Dios.

Ya me lo mostró a partir de la misma Biblia. Moisés va a donde Dios y dice: "Señor, muéstrame tu gloria", y Dios dice: "Nadie puede ver mi rostro y vivir", y Moisés entendió. Moisés pide la gloria, Dios le habla del rostro, que es su imagen, y ellos se entendieron. En ese contexto no hay mucha diferencia, si es que hay alguna, entre la idea de la gloria de Dios y la imagen de Dios. La gloria de Dios es la reflexión de su imagen, y su imagen es la reflexión de su gloria.

De manera que cuando Dios dice que te hizo a su imagen, Dios te está diciendo: "Yo te hice para que fueras un revelador de mi gloria". Yo te hice con un, permítanme decirlo de esta manera, con un pedacito de mi gloria, para que la reflejes de tal manera que, de la misma forma que el universo cuenta, los cielos cuentan la gloria de Dios allá arriba, el hombre cuente la gloria de Dios aquí abajo. Tienes mi imagen para que hagas eso.

Pero Adán y Eva van a pecar y manchar su gloria, estropear su gloria, esconder su gloria, minimizar su gloria. De manera que ahora, cuando Cristo viene y Él está tratando de llevarnos de nuevo a la imagen de Dios, lo que está haciendo es empujándonos nuevamente en la dirección de que nosotros podamos ser mejores reveladores de la gloria de Dios.

Y cada vez que yo peco en el día de hoy, yo empaño su gloria, yo ensucio su gloria, disminuyo su gloria, me alejo más del propósito para el cual yo fui creado. Y en la medida en que yo hago el Sermón del Monte más parte de mi vida, y el sermón me va transformando y me va cambiando y me va dando la forma de Dios, en esa misma medida yo me voy acercando cada vez más a la imagen original. Y con eso yo estoy reflejando cada vez más la gloria de mi Dios, de mi creador. Con lo cual me acerco cada vez más al propósito para el cual yo fui creado.

¿Te das cuenta? Cuando tú y yo rehusamos perdonar, tú y yo nos estamos alejando del propósito para el cual Dios nos creó. Nunca lucimos tan como el hombre y tan lejos de Dios como cuando retenemos la ofensa y no la perdonamos.

Y nunca lucimos tanto como Dios cuando soltamos la ofensa, no vengamos la ofensa y perdonamos como el corazón de Dios lo hace. El Sermón del Monte es la reflexión de lo que Dios es, el Sermón del Monte es la imagen de lo que Dios espera que sus hijos puedan llegar a ser.

Y yo no puedo hacer eso por obras, yo no puedo conseguir eso obrando, porque Dios ha establecido en Isaías 64:6 que mis mejores obras a la luz de la examinación de Dios no son más que trapos de inmundicia, no pasan su estándar. Yo necesito venir delante de Jesús, pedir perdón por mis pecados, reconocer que su sacrificio en la cruz y su sangre derramada es lo único que puede limpiarme de mi pecado, que es el único mediador entre Dios y el hombre, que no hay ningún otro puente. Dios dice no hay ningún otro puente, nadie viene al Padre si no es por mí, dijo Jesucristo. No hay ningún mediador que no sea Él. Yo insisto en eso, porque yo no puedo exhibir estas condiciones del mensaje del Sermón del Monte si yo no conozco a Dios.

Cierra tus ojos, baja tu cabeza. Para aquellos de nosotros, Dios, que conocemos tu estándar, que sabemos qué es lo que Tú nos pides, Tú has revelado que amemos la misericordia, que practiquemos la justicia, que caminemos en humildad de corazón delante de Ti. Lo sabemos, lo hemos oído, lo hemos escuchado, pero no lo estamos viviendo. Perdón. Si tú conoces a Cristo como Señor y Salvador y tienes seguridad de tu salvación, de que si mueres hoy irías al reino de los cielos, y te has visto como yo me he visto múltiples veces lejos de su estándar, ahí donde tú estás te invito a que, con un corazón quebrantado, le pidas perdón a Dios.

Yo quiero hablarte si tú nunca le has entregado tu vida a Jesús como Señor y Salvador, si tú habías estado confiando en tus obras para entrar al reino de los cielos o en las obras de otros. Yo quiero guiarte en una oración si Dios te ha dado convicción a lo largo de este camino, donde tú puedes decir: Señor, perdóname por creer que yo podía entrar al reino de los cielos basado en mi propia justicia, en mi propia justificación. Ayúdame a entender que Tú has derramado sangre en la persona de tu Hijo para perdonar mis pecados, y Él vivió una vida que yo no podía vivir, murió una muerte que yo no podía morir, fue a una cruz donde yo no podía ir, y que tratar de ganar el cielo por otra vía es deshonrar tu nombre, deshonrar tu revelación. Perdóname.

Si tú has recibido convicción de pecado en esta mañana, donde estás simplemente dile: Señor, delante de Ti, por la sangre del Cordero, perdóname. Yo quiero ser tu hijo, quiero recibir tu perdón, quiero entregarte mi vida para que la guíes por el tiempo que me quede de vida. Yo quiero que Tú me entregues tu santidad, que me cubras de tu santidad para yo poder calificar y presentarme delante de Ti. Reconozco que no soy justo en mí mismo, pero si Tú haces eso que yo te acabo de pedir, yo sé que Tú me puedes declarar justo por lo que Tú eres y lo que hiciste entre los hombres, Jesús. Amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.