Jesús no prohíbe la oración pública, pero sí condena la oración hecha para impresionar a otros. Los fariseos habían convertido su relación con Dios en pura religiosidad externa: se paraban en las esquinas de las calles a la hora de orar, levantaban los brazos y miraban al cielo para que todos los vieran. Recitaban el Shemá y las dieciocho oraciones prescritas, pero las palabras habían perdido su sentido. Cristo los llama hipócritas porque lo que pronunciaban sus labios no correspondía a la realidad de su corazón. Y aunque hoy nadie ora en los centros comerciales para ser admirado, el mismo problema persiste: oraciones vacías, repeticiones sin contenido, peticiones por la voluntad de Dios que terminan en enojo cuando Dios responde de manera diferente a lo esperado.
Lo que da poder a la oración no es su longitud ni sus palabras elaboradas. El pastor Núñez ilustra esto con la anécdota de George Whitfield y John Wesley compartiendo habitación: uno oró dos minutos y se acostó; el otro siguió arrodillado por horas hasta quedarse dormido. Ninguna de las dos posturas garantiza nada. Santiago dice que la oración del justo puede mucho, y Juan explica que recibimos de Dios porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. La obediencia me alinea con la voluntad de Dios; la fe lo complace; las intenciones puras permiten que la petición llegue al trono.
Dios ya conoce nuestras necesidades antes de que las mencionemos. La oración no existe para informarle ni para cambiarle la mente, sino para nutrir una relación con él. Como Cristo en Getsemaní, presentamos nuestra petición y luego nos rendimos: "Que no se haga mi voluntad, sino la tuya." Cuando oramos así, Dios responde —a veces enviando un ángel que fortalece, otras veces transformándonos en medio de la circunstancia en lugar de sacarnos de ella. La preocupación excesiva hace lucir mal a Dios, como si dudáramos de que un padre bueno alimentará a sus hijos. Cristo lo resumió con sencillez: busca primero el reino de Dios, y lo demás vendrá por añadidura.
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Mateo 6, comenzando en el versículo 5: "Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará. Y al orar no uséis repeticiones sin sentido como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería. Por tanto, no os hagáis semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes que vosotros le pidáis."
Padre, usa tu Palabra para instruir nuestra mente, cambiar el corazón, rendir la voluntad. Enséñanos ahora en este mensaje de Dios. Ayúdanos a entender el propósito de la oración y enséñanos dónde estamos individualmente cada uno en nuestra vida de oración. En Cristo resucitado lo pedimos. Amén.
Bueno, en el mensaje de la semana pasada estuvimos hablando acerca de la manera de dar limosna, de dar ayuda al necesitado, y Cristo estuvo entonces en esas enseñanzas corrigiendo la forma como ellos venían haciendo eso. Ahora él usa otra ilustración y esta vez tiene que ver con su vida de oración, para ayudarles a ellos a entender que habían convertido la relación con Dios en una pura religiosidad sin contenido. Si hay algo, yo creo, que deshonra a Dios es tener una religiosidad que es más bien de apariencia y no de conciencia. Esto es exactamente lo que Cristo está señalando en el pueblo.
Lo primero que hace es que él les instruye de qué manera no orar. En sermones subsiguientes vamos a ver más detalladamente cómo orar, pero por ahora simplemente vamos a ver cómo no orar, porque esto es como ocurre en nuestro aprendizaje casi siempre. Yo tengo frecuentemente que desaprender lo que ya yo conocía para aprender las nuevas formas y maneras que Dios me está enseñando. Pero si hay algo que Dios quiere es que yo tenga una relación genuina, sincera, real, viva, diaria con él y no una religiosidad. Y yo me pregunto: ¿verdad cuántos de nosotros pudiéramos testificar que mi vida en Dios es una vida viva, creciente, saludable? ¿Y cuántos pudiéramos testificar que nuestra vida de oración es más o menos de la misma manera?
Obviamente yo no creo que nosotros nos paramos en las plazas públicas como esta gente a orar vacía, y de eso va a hablar un poco más adelante. Pero sí yo creo que muchas veces nuestro corazón tiene actitudes similares a aquellos corazones de los fariseos, de manera que no podemos nosotros sentarnos en el banquillo. La verdad es que yo creo que hay muchas oraciones que están carentes de una verdadera relación con Dios.
Cada vez que lo que yo hago externamente o hablo, pronuncio, no se corresponde a una realidad interior, Jesús llama eso religiosidad. Cada vez que yo me identifico con el nombre de Dios en palabras de labios, pero mis hechos lo niegan, Jesús llama eso hipocresía. Y cada vez que nosotros violamos principios de la Palabra que sabemos que no debemos violar, permanecemos en violación de ellos conociendo todo el tiempo que estamos transgrediendo su ley sin hacer las correcciones de vida, Jesús llama eso doblez. Y yo creo que una de las áreas donde más se ve la hipocresía, la doblez, la religiosidad, es muchas veces en la vida de oración.
El pueblo de Dios tenía un alto concepto de la oración, probablemente el concepto más alto que se pudiera tener, y teniendo ese concepto tomó la oración y la convirtió en un ejercicio y en una religiosidad sin vida. De manera que eso nos da una idea de que todos podemos hacer la misma cosa. Sus prácticas pudiéramos considerarlas bíblicas, sus prácticas, pero no su contenido, porque ciertamente lo que ellos estaban haciendo eran cosas que Dios había prescrito.
El judío oraba tres veces al día: una de la mañana, dos del mediodía, tres de la tarde, porque la ley lo prescribía. Daniel asociado exactamente lo mismo, de manera que esto tenía una larga historia. Y sin embargo, a pesar de la importancia que la Palabra le daba y que ellos mismos le daban, la realidad fue otra completamente distinta. Esta gente se paraba en las plazas públicas para impresionar a otros.
El judío tenía una forma de cómo orar: se paraba de pie con los brazos extendidos, ojos arriba mirando el cielo, las palmas hacia arriba, y ellos hacían esto tres veces al día. Algunos tenían la costumbre, como ellos sabían cuál era la hora de la oración, tenían la costumbre de que esas horas les dieran o llegaran justamente cuando ellos estaban en una de las esquinas de las calles. Imagínate bajando la escalinata del templo y ahí te paras y ahí levantas los brazos y levantas la cabeza y comienzas a orar. Eso sería probablemente muy impresionante para algunos, pero nunca lograron impresionar a Dios.
El pueblo hebreo tenía dos oraciones, o tipos de oraciones. Tenía el famoso Shemá, que al principio no era más que Deuteronomio 6:4, que dice simplemente: "Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno", y ellos repetían eso todos los días. Esa idea, perdón, ese versículo que habla de que el Señor uno es, es lo que ha dificultado tanto al judío de hoy entender o aceptar el concepto de la Trinidad, pero no es contradictorio tampoco. Con el paso del tiempo, entonces el Shemá se convirtió en algo mucho más largo. Pasó a ser entonces Deuteronomio 6:4-9, Deuteronomio 11:13-21 y Números 15:37-41.
Se llena, pero el judío tenía otro grupo de oración que ellos llegaron a llamar el Shemoné Esré, que consistía en 18 oraciones. Esa palabra que yo acabo de pronunciar no es exactamente la pronunciación hebrea, pero se asemeja e implicaba las 18. Dieciocho oraciones que luego convirtieron en 19 y que ellos recitaban todos los días. Yo leí algunas de esas oraciones este fin de semana, preciosas algunas de ellas, y sin embargo la belleza se perdía en la religiosidad externa con que ellos practicaron estas oraciones. Las oraciones perdieron su sentido, perdieron su propósito, perdieron su belleza. Eran meras repeticiones.
Similar a lo que, sin ánimo de crítica, pero similar a lo que a veces tú ves en la Iglesia de Roma. Pero similar a lo que vemos a veces en la iglesia evangélica, cuando nosotros nos aprendemos nuestros clichés y repetimos los clichés una y otra vez sin realmente estar sintiendo eso que estamos asintiendo, o a lo que estamos diciendo amén, o gloria a Dios, o aleluya. Si esta cosa se convierte, ¿sí? Y también como aquella famosa canción que creo que ganó un premio hace muchos años atrás: "Palabras, palabras, palabras, tan solo palabras ahí entre los dos." ¿Te acuerdas la canción? "Palabras, palabras, palabras, tan solo palabras ahí entre los dos." ¿Te acuerdas? Yo no puedo cantar, pero ustedes saben la canción. Yo me imagino a Dios a veces en el cielo diciendo: "Parole, parole, parole" en italiano, que es como fue compuesta, "tan solo palabras ahí entre tú y yo."
Yo creo que aunque los tiempos han cambiado, las personas han cambiado, los personajes, las circunstancias han cambiado, el corazón es exactamente el mismo ayer y hoy. De manera que estas palabras de Cristo son muy apropiadas para nosotros: "Y también cuando oréis, no seáis como los hipócritas, porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa."
Esta es la segunda vez que Cristo en Mateo usa la palabra hipócrita, y la va a usar otra vez todavía más adelante. Cristo no estaba prohibiendo la oración en público. Cristo estaba prohibiendo la oración en público hecha con la intención expresa de impresionar a los demás; eso sí él lo estaba prohibiendo. Y ellos pudieron haber hecho eso. Quizás a veces impresionaban ellos mismos con sus propias palabras. Lo que nunca lograron hacer fue impresionar a Dios; ninguno de nosotros lo impresiona. Y ahora tú ves cómo tú puedes tomar esto, que tenía un alto significado, y quitarle todo su valor.
Ahora, yo creo que en el caso nuestro, para contextualizarlo, yo no creo que nosotros nos estamos parando en un centro comercial y en un mall a orar. Yo creo que nosotros pecamos muchas veces de lo opuesto: de no querer orar cuando estamos muy en público, porque nos da vergüenza, porque quizás las palabras no me saldrán bien, porque ¿qué van a decir? Y se nos olvida que cuando oramos es a Dios que le oramos.
Es como aquel cuento del joven que por primera vez se atrevió a orar en su iglesia, jovencito de 12, 13, 14 años, estando con los hombres. Y al final uno de los ancianos de la iglesia lo corrigió porque aparentemente él le dio gracias al Padre por haberse crucificado en la cruz. Usted sabe cómo ocurren esas cosas cuando usted se pone nervioso. Cuando él terminó de corregirlo, el jovencito le dice: "Señor, pero si alguna cosa, yo no estaba orando con usted, yo no estaba hablando con usted." Bueno, olvídate del qué dirán, tú estás hablando con Dios. Esa es la idea.
Pero yo creo que, a pesar de que nosotros no nos paramos en los centros comerciales, en la plaza pública, a hacer este tipo de demostración, yo creo que nosotros tenemos muchas veces el mismo problema a nivel del corazón, y es palabras que realmente están desprovistas, carecen de significado. Por ejemplo, entramos en una situación equis, quizás es una enfermedad, quizás es una cirugía, quizás es un trabajo que estoy pidiendo, y le estoy pidiendo a Dios que se haga su voluntad: "Y yo lo que te pido es que se haga tu voluntad, Señor, que sea tu voluntad." Y de repente Dios responde esa oración no dándote la sanación, o no dándote el trabajo, y entonces nos airamos. Lo que implica que cuando yo oré por la voluntad de Dios, yo nunca, nunca le di ese significado; que realmente el significado era "que se haga tu voluntad siempre y cuando sea la mía." Y eso sería similar a esta oración farisea, que puede sonar bonita pero que está sin contenido.
Y yo creo que a veces nosotros hemos perdido la voluntad de Dios, de palabras, y nos airamos una vez Él responde de forma distinta a como yo me estaba imaginando que Él me iba a responder. Y sobre todo cuando nosotros en los últimos meses o en el último año o dos nos entregamos a Cristo de ahora de forma más ferviente y decimos: "Yo no entiendo por qué ahora que yo estoy más entregado a la causa de Cristo, mira todo lo que me ocurre". El hombre más entregado a la causa de su Padre fue su Hijo y terminó en una cruz. Una cosa no tiene nada que ver con la otra, pero tenemos un mal entendimiento acerca del propósito de la oración.
Otra vez, yo creo que somos un poco farisaicos porque oramos, pero no a Dios. Quizás alguien está pensando: "Bueno, a un santo". No, no, no. Oramos, pero no es a Dios, ni a un santo, ni a un ángel, que tampoco debiera ser, pero oramos a otro hermano. Sí, porque yo tengo un problema con este hermano o hermana y yo, en vez de ir a hablar con el hermano, aprovecho esta reunión de oración y traigo un minisermón en oración para el hermano. Entonces ahora, si no estuvo dirigida a Dios, esto es que cambiarle el nombre de oración a minisermón para el hermano en oración. Esa oración no es genuina, no es sincera. Esa oración no llega al trono. Y usualmente son oraciones que van cargadas de explicaciones porque el hermano tiene que entender. Dios no necesita explicaciones, pero es una de esas características de oraciones de ese tipo.
Yo creo que a veces nuestras oraciones pudieran parecerse a lo de los fariseos cuando quizás yo estoy orando por un matrimonio, por ejemplo, por el perdón que deben otorgarse, la reconciliación, pero en mi mismo matrimonio yo no he estado dispuesto a perdonar, a pedir perdón, a reconciliarme. Eso es un poco farisaico y eso es hipócrita de nuestra parte, quizás tenga mucho de religiosidad. Y lo peor hermanos es que cuando hacemos eso, cuando oramos de esa forma, cuando tenemos una vida de oración de esa manera, no nos damos cuenta. El pecado nos ha cegado, el pecado nos ha endurecido el corazón, no tenemos idea de lo que estamos haciendo. Yo sé que a usted le ha pasado, porque a mí me ha pasado, y es que cuando el corazón se ciega, no nos damos cuenta de las cosas que decimos o hacemos.
Y esa tendencia entonces a hacer de la oración algo ostentoso, algo fanfarrón pudiéramos decir, Cristo está tratando de corregir eso. Y entonces, con ese contexto detrás, Él dice: "Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará".
Una vez más, Cristo no está prohibiendo la oración en público. Cristo mismo supo orar en público más de una vez. Cuando Él estaba frente a la tumba de Lázaro, le dice: "Padre, te doy gracias porque me has oído". Él está orando, sí, frente a la gente. "Yo sabía que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la multitud que me rodea". Él está orando en público para que crean que Tú me has enviado. De manera que lo que Cristo está haciendo es, en medio de un contexto fanfarrón, ostentoso de orar públicamente, Él está diciendo: si tú te sientes tentado a hacerlo de esa manera, mejor vete a tu casa, vete a tu habitación y cierra la puerta. Pero no está prohibiendo que se haga de otra manera.
Daniel, en el Antiguo Testamento, oraba tres veces al día. En aquella ocasión, recuerdan cuando él entró a su casa, la ventana estaba cerrada y él las abrió, y ahí al abrir la ventana lo encontraron y lo vieron por la ventana orando. Cristo no está prohibiendo que la gente me vea al orar, pero me está diciendo: si te sientes tentado al orar en público para impresionar a otros, mejor vete a tu casa y ora en secreto.
Entonces Él dice: los que oran de esa manera para impresionar a otras personas y no a Dios, ya recibieron su recompensa. ¿Y cuál es la recompensa? Bueno, la aprobación de los hombres. Pero yo te aseguro que si tú oras de manera genuina, de manera íntima, y se corresponde con la realidad que tú estás viviendo, mi Padre te ha de recompensar y mi Padre es fiel. Tú no oras para que te recompense, pero yo te digo que mi Padre ha de recompensarte por la fidelidad y lo fiel de tu oración.
Y al orar, próxima recomendación, no uséis repeticiones sin sentido como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería. De alguna manera alguien nos ha vendido la idea de que mientras más larga la oración, más poderosa es.
En una ocasión George Whitefield, gran evangelista usado por Dios grandemente, calvinista, y John Wesley, gran evangelista usado por Dios grandemente, arminiano. Se cuenta que Dios se reserva el derecho de usar personas que están en desacuerdo con nosotros. Estos, a pesar de argumentos, solían dormir en la misma habitación al final del día. Entonces Whitefield se arrodilla para orar y ora por un minuto o dos y se acuesta. John Wesley también se arrodilla, pero no puede creer que Whitefield ya terminó en dos minutos, y le mira y le dice: "Whitefield, ¿a eso es que te lleva tu calvinismo?". Whitefield no le dijo nada, se acostó y se durmió. Dos horas después, Whitefield se despierta y ve que John Wesley está arrodillado todavía, pero como que no se movía y era como impresionante. Entonces fue y le mira y se da cuenta que está durmiendo. Y lo despierta y le dice: "Hermano, ¿a eso es que te lleva tu arminianismo?".
No debemos burlarnos los unos de los otros, pero sí que entendamos: la longitud de la oración no tiene nada que ver con el poder de la oración. Santiago no dice que el hombre que ora largamente tiene una oración poderosa y eficaz. No, la oración del justo puede mucho o es poderosa, efectiva y eficaz, dependiendo de la traducción que usted tenga. La oración del hombre que vive en santidad y camina con Dios, que tiene un caminar, una relación genuina con Dios, esa es una oración que complace a Dios. Las muchas palabras días y las repeticiones vanas, las vacías, no tienen ningún sentido.
Y Cristo no está diciendo: no hagan como los gentiles, los incrédulos. Recuerdan el Antiguo Testamento cuando el profeta Elías desafió a los profetas de Baal y se fueron al monte a tener un duelo espiritual. Como los profetas de Baal decían: "¡Oh Baal, respóndenos!", dice el texto de 1 Reyes 18:26 que desde la mañana hasta el mediodía repitieron: "¡Oh Baal, respóndenos! ¡Oh Baal, respóndenos! ¡Oh Baal, respóndenos!". La misma cosa una y otra vez. Cristo dice: no oren de esa manera.
O cuando llegas al Nuevo Testamento, el libro de los Hechos, te encuentras a Pablo confrontando la idolatría de Éfeso, y cómo esta gente se alborotó y por dos horas sin parar, dice el texto, ellos gritaron: "¡Grande es Diana de los efesios! ¡Grande es Diana de los efesios! ¡Grande es Diana de los efesios!". Cristo dice: esa no es la manera de orar, repetir la misma cosa una y otra vez. Como tampoco es repetir nuestros clichés evangélicos una y otra vez, a veces diciendo amén y gloria a Dios y aleluya, cosas que no deben ser dichas.
Si queremos evitar eso, hermanos, lo primero que tiene que ocurrir es que yo necesito entender cuando yo voy a orar delante de quién es que yo estoy tratando de posicionarme. Nosotros a veces tratamos de entrar a la presencia de Dios como si estuviéramos entrando a la presencia de mi amigo con el que yo crecí. Y se nos olvida que es el Dios creador del cielo y de la tierra. Se nos olvida que serafines, seres creados para ministrar en la presencia de Dios, tienen la sensibilidad de cubrir su rostro ante la presencia de Dios, y nosotros entramos a su presencia como si fuera el vecino de al lado. Es la razón por la que nuestras oraciones tampoco tienen la reverencia debida, porque yo no tengo un concepto claro de a quién me estoy dirigiendo. Y esa es una de las cosas que nosotros necesitamos recobrar.
La oración del justo puede mucho si ese justo sabe que este Dios es su Padre, no hay duda, pero al mismo tiempo sabe que es su Dios alto, sublime, cuyas orlas llenaban el templo que Isaías vio en oración. Y ese es el Dios que dice: no quiero palabrería, la longitud de las oraciones no va a cambiar los resultados.
Ya sabemos que la oración tiene una relación directa con la vida de santidad. La oración del justo puede mucho. En segundo lugar, mira lo que Juan dice en su primera carta, capítulo 3, versículo 22: "Y todo lo que pidamos lo recibimos de Él". Vamos a parar un momentito, el texto continúa, pero ya voy a parar ahí. Juan dice, al final de sus días, en sus noventa años quizás, con autoridad apostólica, habiendo ya acumulado una serie de experiencias, dice: "Y todo lo que pedimos, recibimos de Él". Tú dirás: "Esa ha sido mi experiencia". Escucha ahora: "Porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él".
Juan nos dice qué es lo que le da poder a la oración. Todas las cosas las recibimos de Él y nos explica la razón por qué Dios se comporta de esa manera, por lo menos su experiencia: porque tenemos una vida de obediencia, guardamos sus mandamientos hasta el punto que solamente hacemos las cosas que a Él le agradan. Y eso hace que Dios, al ser agradado, quiera entonces honrar las peticiones de sus hijos. De manera que ahora yo entiendo que también hay una relación directa entre el poder de mi oración y mi vida de obediencia.
Nuestra vida de desobediencia hace muchas veces que nuestras oraciones no lleguen al trono, o que al llegar al trono sean olvidadas y no registradas en la presencia de Dios. Muchas veces nuestra vida de desobediencia, estando en desobediencia, le exigimos a Dios las respuestas que queremos, le hacemos demandas a nuestro Dios en mi vida de oración, pero mi vida de desobediencia no me permite sintonizarme con la voz de Dios. Nuestra vida muy ocupada, muy llena de cosas, sin tiempo presupuestado para Dios, tampoco me permite escuchar su voz. Mi obediencia no obliga a Dios a responderme mi oración, pero mi obediencia me alinea con la voluntad de Dios.
Y al alinearme con la voluntad de Dios, yo comienzo a pedir las cosas que son dentro de su voluntad, y Juan nos dice que cuando pedimos de acuerdo a su voluntad, Él nos oye. Él nos oye. Ahora sabemos que mi vida de obediencia está íntimamente relacionada al poder de mi oración.
El grado de fe que tenemos afecta nuestra oración. Sin fe es imposible agradar a Dios, Hebreos 11:6. De nuevo, yo quiero ser claro: la fe no obliga a Dios a responder mi oración. No, la fe complace a Dios, y un Dios complacido es un Dios que quiere responder. Yo no sé cómo la fe interactúa con la soberanía de Dios, pero hablamos de ambas, defendemos ambas, porque la Biblia habla de ambas.
Tú recuerda la historia de aquella mujer que tenía doce años sangrando. Había estado por todas partes, nada la había podido resolver su problema, había gastado todo lo que tenía, había visitado todos los médicos de la época y de aquella región. Y finalmente piensa que Cristo la puede sanar y decía: "Si solo yo pudiera tocar su manto". Y ella se atreve a hacer algo que una mujer jamás hubiese atrevido, y es en público: ir donde estaban los hombres, y ya no estaba supuesto hacer eso. Y mucho menos ir a tocar el manto de un hombre en público. Pero ella se sintió movida por su fe y tocó su manto; poder salió de Jesús.
Y escucha las palabras de Jesús en Mateo 9:22: "Hija, ten ánimo, tu fe te ha sanado". Es interesante que Cristo no dice "mi poder te ha sanado", aunque es el poder de Cristo que la ha sanado. Pero yo creo que Cristo está tratando de enfatizar en este texto que hay una participación en nuestras peticiones, en nuestra vida de creencia, que tiene que ver con mi grado de fe, y Él está tratando de puntualizar eso: tu fe, ¿no?, te ha sanado.
En otra ocasión el texto bíblico dice que Jesús no hizo muchos milagros allí por su incredulidad. Fíjate que no dice en ese caso: "No hizo muchos milagros allí porque en su soberanía Él determinó que allí no se iban a hacer milagros". Aunque eso es verdad, que Él es soberano y hace donde Él dispone que va a hacer, pero Cristo mismo atestigua que en esa ocasión la razón por la que Él no obró sobrenaturalmente fue por su incredulidad.
Y muchas veces tenemos tan poca creencia que Dios va a hacer las cosas, que no oramos. O pensamos que las cosas son muy triviales, muy pequeñas para presentárselas a Dios, como si hubiera cosas grandes para Dios. Después del primer culto, la consola de sonido se frisó y no subía, de manera que no iba a haber sonido ni de música ni de mensaje. Frecuentemente la primera reacción hubiese sido: "¿No hay un técnico rápido disponible que pudiera venir?", ¿no? ¿Qué hicimos cuando nos dijeron eso? Hicimos un círculo y oramos; le pedimos a Dios que, como Él sabe de consolas también, que la arreglara. Y al poco tiempo la consola estaba funcionando. "No tenéis porque no pedís". Y nosotros mismos le dijimos a Dios: "Dios, tu Palabra dice 'no tenéis porque no pedís', y ahora mismo no tenemos consola. Quisiéramos pedirte la consola para que la proclamación de tu Palabra y la adoración pueda tener lugar, y que todo tu pueblo pueda ser ministrado. Tú sabes de consolas, Tú sabes más que de consolas. Te pedimos que sobrenaturalmente Tú lo puedas hacer". Y al par de minutos la consola estaba funcionando. Dios quiere que tengas una vida de fe en Él, en las pequeñas y en las grandes cosas.
Mateo 15:28, Cristo le dice a esta mujer: "Oh mujer, que te suceda como deseas", porque Cristo, la segunda satisfacción de la Trinidad, está impresionado con la fe de esta mujer y le dice: "Oh mujer, grande es tu fe, que te suceda como deseas, te concedo tu deseo". O aquella mujer que le habló a Cristo —no tengo el tiempo para entrar en todos los detalles—, pero cuando le dice a Cristo que aún los perros comen de las migajas de pan que caen de la mesa, Cristo nuevamente, el Mesías, el Dios hecho hombre, se impresiona y dice: "Jamás yo he visto fe como esta en todo Israel".
Yo no sé cómo la fe del hombre, de la mujer de Dios, interactúa con su soberanía. Lo que yo sé es que de manera repetitiva la Palabra de Dios exalta el rol de la fe en lo que es la economía de las cosas de Dios, y nos manda a tenerla. Y al fin Dios es quien decide, ¿no estamos de acuerdo? Él es soberano. Pero de alguna manera mi fe juega un rol, y Cristo resalta eso.
Yo creo, hermanos, que muchas de nuestras oraciones —habiendo dicho todo lo que he dicho hasta ahora—, muchas de nuestras oraciones hechas en desobediencia... Permítanme decirlo de esta manera, porque quisiera puntualizar algunas cosas que no se olviden: yo creo que muchas de esas oraciones hechas en desobediencia están de más, no van a ser oídas. Yo creo que muchas oraciones hechas sin fe están de más. Quizás la oración debe ser por fe, que Dios me dé fe, porque no la tengo. A menos que yo la pueda pedir y al mismo tiempo decirle: "Señor, me arrepiento por mi poca fe; yo creo, pero ayúdame en mi incredulidad". Cristo no tuvo problema con ese hombre, pero tengo que confesarlo.
Yo creo que las oraciones hechas sin santidad muchas veces están de más, no van a llegar, no van a ser respondidas. Hablaba con una señora al final del primer culto que vino con su hija a hacerme un par de preguntas. No voy a entrar en los detalles, pero le decía: "Si su hija está en desobediencia y le pide que le pague unas vacaciones, y usted se las paga, ¿qué usted está haciendo? Usted le está diciendo a su hija: sigue siendo desobediente, y la hace más desobediente". Esa es la razón por la que la oración hecha en desobediencia no puede ser respondida por Dios. No solamente que lo deshonra, pero más que eso, después de eso, después de escucharla, Dios te estaría haciendo más desobediente y te estaría acostumbrando a recibir en medio de la desobediencia.
Yo creo que cuando esas son nuestras situaciones, mi mejor oración es una de arrepentimiento. Esa es la razón por la que un noventa y cinco de cien veces, cuando yo comienzo a orar en privado, yo comienzo con una oración de arrepentimiento. Porque a menos que nosotros seamos Cristo y que vivamos en conformidad perfecta con la ley de Dios, esa sería la única razón para no arrepentirnos cada vez que vamos delante de Dios. Yo lo he dicho recientemente: yo necesito el satisfacción todos los días para ser perdonado todos los días. Yo no sé si usted lo necesita, pero yo lo necesito.
Finalmente, las intenciones de mi corazón tienen un efecto monumental sobre las oraciones. Santiago 4:2-3: "No tenéis porque no pedís", y luego sigue con: "Y cuando pedís, pedís con malas intenciones". ¿Te das cuenta una vez más aquí, en ese solo texto, que Dios está más interesado con lo que a mí me pasa internamente que con lo que me pasa externamente? Estoy pidiendo algo que quizás es bueno, pero Dios dice: "Mira, tu petición es buena, suena bien, suena evangélica, suena bíblica. El problema es tu motivación, que yo la estoy viendo, y la motivación impide la respuesta a mi oración". Él está viendo las intenciones, Él está viendo el interior. Y ese es el aire donde abundan las malas intenciones, la falta de fe, la falta de sumisión, la falta de santidad, y todo eso contrarresta nuestras oraciones.
Y a veces nosotros pensamos que la manera de agregarle poder a mi oración, estando en esa circunstancia, es una vigilia. No, la vigilia se va a convertir en palabras vacías. "Es un ayuno". No. Pensamos que es bueno, que tengo que orar en vez de cinco minutos, media hora. No. Necesito corregir mi desobediencia, mi falta de fe, mis intenciones, mi falta de santidad, y luego yo puedo hacer la vigilia y el ayuno y todo lo demás.
Algo más que le resta poder a nuestras oraciones. Yo quise traerla porque está directamente relacionada con el mensaje anterior que tenía que ver con el dar a los necesitados. Escucha Proverbios 21:13: "El que cierra el oído al clamor del pobre, también él clamará y no recibirá respuesta". El que cierra el oído al clamor del pobre, el que no atiende su petición, cuando me llegue la hora de yo hacer mi petición a Dios, Dios dice: "Yo tampoco te voy a responder, de la misma manera que tú no le respondiste a esta otra persona". Porque quizás aprendas que la misericordia que yo derramo sobre ti nunca tuvo la intención de que se quedara contigo, sino que continuara hacia los demás. Y quizás, si yo quiero agregarle poder a la oración, quizás yo necesito comenzar aumentando los salarios de las personas que trabajan en mi casa, o de los empleados de mi oficina, o atender de una manera más sensible a aquellas necesidades que Dios pone en mi camino para que yo las llene.
No son las palabras vacías, no son las largas oraciones; lo que le da poder es la calidad de mi relación con Dios. Si usted tiene un padre con quien usted tiene una excelente relación, usted creció con ese padre, ese padre es su amigo, usted es su amigo, y usted lo llama un día a las dos de la mañana y le dice: "Papi, necesito auxilio, tu carro, necesito dinero", y eso es lo único que tú le dices, se te olvidó decirle "hola", se te olvidó decirle "buenas noches", lo más probable es que tu padre te diga: "¿Qué tú necesitas?". Porque no son las largas oraciones las que le dan poder a la petición, es la calidad de la relación de los relacionados.
Pero si tengo un padre con quien yo he vivido irresponsablemente, no lo llamo, he vivido malgastando, y yo lo llamo a las dos de la mañana con un "necesito algo", como para que él te diga: "Bueno, explícame de nuevo, comienza otra vez". O si era, te cuelga el teléfono: "Igual y llámame, por lo menos salúdame". Se dan esas cosas. Entonces nosotros necesitamos ver lo que Dios nos ha pedido que hagamos y arreglar eso; mis oraciones adquirirán poder.
Cristo dice: "Por tanto, no os hagáis semejantes a ellos en las palabras vacías, en la longitud de las oraciones". ¿Por qué? Porque es que la longitud de las oraciones no es lo que determina lo que me va a conceder. "Porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes que vosotros le pidáis". Informar a Dios de cosas que ya Él sabe no tiene mucho sentido.
Nuestras oraciones no informan a Dios; nuestras oraciones presentan las necesidades a Dios, que él conocía de antemano. Y cuando Dios las responde de una u otra manera, sus respuestas me informan a mí de qué piensa Dios de eso. Estoy orando por un trabajo y estoy pidiendo delante de Dios con fervor, compasión, y al mismo tiempo estoy pidiendo por su voluntad. Cuando Dios dice no, ya yo entendí cómo Dios pensaba con relación a ese trabajo.
De manera que a veces estas largas cosas para informar a Dios... Dios dice: "Pero yo esa necesidad surgió hoy en tu vida, pero yo ayer sabía que iba a surgir hoy. Yo me la sé." Bueno, ¿para qué tú quieres que hablemos? Porque tengo cosas que informarte de la nueva situación en la que tú te encuentras. Tengo que dirigirte, tengo que fortalecerte, tengo que guiarte, tengo que enseñarte cómo yo la voy a usar, tengo que enseñarte cómo mi Padre ha de usar todo esto que tú estás pasando.
La oración en mano es nuestro ejercicio para devengar beneficios; nunca lo ha sido. Tampoco es un reporte a Dios de nuestras necesidades cotidianas, como un periodista informa a los lectores. Tenemos el propósito de la oración totalmente dislocado. La oración fue diseñada para nutrir una relación entre Dios y sus hijos, basada en su Palabra, dirigida por su Espíritu. Ese es el diseño de la oración. La oración no es para convencer a Dios, la oración no es para echar un pulso con Dios porque no lo va a ganar. La oración no es para cambiarle la mente a Dios, porque Dios nunca ha tenido un pensamiento errado, nunca ha tenido un pensamiento insatisfactorio, ni nunca ha tenido un pensamiento no acabado. De manera que no es para cambiarle la mente a Dios.
Mira a Cristo orando en la práctica ahora: "Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya." Cristo no está echando un pulso con el Padre, Cristo no está tratando de cambiarle su mente, no está tratando de cambiarle su voluntad. Él sabe que eso sería infructuoso. Aparte, de cambiar la voluntad, Dios pasaría de perfecta a imperfecta, de agradable a desagradable y de buena a mala, porque eso es el calificativo de su voluntad.
Entonces, ¿qué es el propósito? ¿Para qué oramos? Para entrar en los propósitos de Dios. Escucha a Cristo otra vez: "Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa." Esa es la petición. Y ahora: "Padre, habiendo yo presentado mi petición, yo sé que por encima de mi petición está tu propósito. Yo quiero entrar en él. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya." ¿Sabes lo que pasó? Cuando él oró de esa manera, dice el texto que un ángel vino y le fortaleció. ¡Ajá! ¿Ya usted está comenzando a ver para qué es la oración? Y a veces, cuando no lo pedimos, pues no se da. El ángel vino después que él oró.
Un pastor de nombre Tony Evans en Texas tenía dos hijos pequeños, tiene, pero en ese momento dos hijos pequeños, y entonces estaban peleando siempre. Entonces uno se quejaba de que el otro siempre estaba quitando sus cosas. Entonces, cuando el papá va a ver cuál es el problema, como a hablar con ellos, el que siempre estaba quitando las cosas al otro dice: "Si lo que pasa es que él no comparte." Y el hermano dice: "Papi, lo que pasa es que él nunca pide." Entonces el papá dice: "Pero ¿tú estás seguro que ese es el problema?" "Eso es, sí." Entonces el papá le dice al otro: "Pues pide la cosa." Tan pronto él comenzó a pedirle, el hermano comenzó a compartirlo. Bueno, con Dios es más o menos de esa manera. Dios quiere nutrir una relación y nos pide a nosotros que vengamos a la inauguración para nutrir esa oración, pero muchas veces ya ha determinado lo que va a ser con tu petición, porque él conoce tus necesidades antes de que tú las puedas mencionar.
Y por eso es que Cristo, más adelante, no va a aumentar ahí, habla de cómo Dios cuida del campo y de las flores, y cómo hace llover. Los animales nunca le han pedido lluvia a Dios y Dios les da agua. Las flores nunca le han pedido sol y Dios les da luz. ¡Más vosotros, hermanos! Él es nuestro Padre y él nos anima a orar y nos llama a orar, pero él no se va a beneficiar de la oración nunca. Él me va a revelar su propósito, sus caminos, mi pecado, su carácter.
Cuando tú lees al apóstol Pablo, es extraordinario, son extraordinarias sus oraciones. Pablo estuvo todo el tiempo en mil dificultades y sus compatriotas y sus feligreses, sus seguidores siempre estaban en mil dificultades. Uno esperaría que Pablo hubiese dicho: "Yo estoy orando para que no caigan en la cárcel, para que no los persigan, para que no los martiricen." Pero tú lees las cartas neotestamentarias y no hay nada de eso.
"Por esta razón," Colosenses 1:9-12, "también nosotros, desde el día que lo supimos, no hemos cesado de orar por vosotros." O sea, ¿que tú estás orando todo el tiempo? Sí, sí, sí, y de rogar. ¿De qué? ¿Qué le está pidiendo a Dios? Escucha: "Que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios, fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia con gozo, dando gracias al Padre que nos ha capacitado para compartir la herencia de los santos en la luz."
Nada de las circunstancias. Pablo está diciendo, Señor... Lo voy a decir de esta manera, es como que Pablo está diciendo: "La circunstancia se la puede dejar así, no se la tiene que cambiar. Lo que yo sí te pido es que los cambies a ellos en medio de la circunstancia." Ahí como que le dé conocimiento de su voluntad, que los llene de poder, que les dé perseverancia, que les dé paciencia con gozo y que los haga individuos llenos de gratitud en medio de las circunstancias. Y nosotros con frecuencia, nuestra petición es que nos saquen de la circunstancia. Y Dios dice: "Pero al mismo tiempo me dices que te saque de la circunstancia y que te forme a mi imagen, y esas dos cosas son opuestas. Son las circunstancias las que están formando mi imagen." Que así pedimos que te dé lo que se requiere para tú permanecer en las circunstancias y que mi imagen finalmente se forme en ti. Las oraciones de Pablo todas iban en esta dirección.
Leo el Nuevo Testamento de nuevo a ver si encuentro alguna vez a Pablo pidiendo que no le dieran otra paliza, ya le habían dado varias; que no volvieran a naufragar, ya tenía tres. De poder la segunda, él se ha pensado que la tercera era la vencida. Pero nada de eso, nada de eso. Todo el tiempo sus oraciones eran en esta dirección. Pablo tenía una mente sumisa, Pablo tenía una mente bíblica, y esas dos cosas hacían sus oraciones sumamente poderosas.
El creyente que tiene al Padre, que es quien nos recompensa, y que Cristo dice que sabe de mis necesidades, no tiene de qué preocuparse. Nuestra preocupación hace lucir mal a Dios, ¿te sabías? Yo le ilustraba esta mañana: imagínese que un niño de seis años, siete años, está en el colegio. Y la profesora lo ve preocupado ese día, la cara de preocupación, se le está cayendo el mundo. "Mijo, ¿y qué te pasa?" "Ay, profe, preocupado." "¿Y por qué estás preocupado?" "Es que yo no sé si mi papá me va a dar comida al mediodía cuando yo llegue." Usted no se imagina ese niño, ¿verdad que no? Porque usted entiende que los padres buenos tienen comida para sus hijos cuando ellos llegan a la casa.
Nuestra preocupación hace lucir a Dios muy mal. "Yo no sé si Dios está pendiente de todo. Yo no sé si Dios me está mirando. Yo no sé si Dios sabe de mis necesidades." Y el inconverso pudiera decir: "¿Qué clase de Dios tú tienes?" Oye lo que Dios dice: "Busca el reino de Dios primero y el resto yo lo hago."
El cristiano, no hay una persona con una vida más sencilla que la del cristiano. Cristo se lo resumió: "Tú tienes, mi hijo, una responsabilidad. Tú no tienes miles, una." "¿Cuál es, Señor?" "Busca mi reino primero." "Pero y toda la demás cosa, ¿cómo voy a comer, qué voy a vestir?" "Mi hijo, yo te la doy por añadidura. Búscame a mí." Cuando hacemos eso, mis oraciones se volverán más cortas y más poderosas. Porque ya no será cuestión de entrar en su presencia a orar, es porque yo vivo en su presencia orando continuamente. Y eso le da poder a la relación y le da poder a la oración.
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