La lepra en tiempos de Jesús no era solo una enfermedad física: era una sentencia de muerte social y espiritual. Quien la padecía debía vestir ropa rasgada, cubrirse el rostro y gritar "¡Inmundo, inmundo!" si alguien se acercaba. No podía tocar a nadie ni ser tocado, ni siquiera por su esposa o sus hijos. Vivía fuera de las murallas, en completo aislamiento. El historiador Josefo comparaba al leproso con un cadáver, y su sanación con una resurrección.
Es este hombre destruido, deformado, quebrantado por años de rechazo, quien se arrodilla ante Jesús y le dice: "Si quieres, puedes limpiarme." No duda del poder de Cristo, sino de su voluntad. El contraste con Naamán, el general sirio que casi rechaza la sanación por orgullo, es revelador: la disposición del corazón determina muchas veces lo que recibimos de Dios. Y entonces Jesús, movido a compasión, hace lo impensable: lo toca. Cuando la ley decía que tocar a un leproso te contamina, Jesús invierte el orden: su toque no lo contamina a él, sino que limpia al enfermo.
La lepra funciona como parábola del pecado: avanza lentamente, adormece la conciencia, destruye relaciones, contamina lo que toca. Al final del relato, el leproso sanado queda dentro de la comunidad mientras Cristo termina fuera, crucificado en el lugar que nos correspondía. El pastor Núñez invita a recordar nuestra propia lepra del corazón, para que la gracia recibida nos mueva a extender compasión genuina hacia quienes aún no han sido tocados.
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Vamos a abrir la Palabra de Dios en el Evangelio de Marcos, capítulo 1, para terminar este capítulo, versículos 40 al 45. Este es el mensaje número 9 de ese capítulo número 1. Nos resultó ser mucho más rico de lo anticipado. En el día de hoy vamos a tratar de cerrarlo con algunas reflexiones.
Marcos 1, versículos 40 al 45: "Y vino a él un leproso, rogándole y arrodillándose, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Movido a compasión, extendiendo Jesús la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, sé limpio. Y al instante la lepra lo dejó y quedó limpio. Entonces Jesús lo amonestó severamente y enseguida lo despidió. Y le dijo: Mira, no digas nada a nadie, sino ve, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu limpieza lo que Moisés ordenó, para testimonio a ellos. Pero él, en cuanto salió, comenzó a proclamarlo abiertamente y a divulgar el hecho, a tal punto que Jesús ya no podía entrar públicamente a ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera en lugares despoblados, y venían a él de todas partes."
Bueno, el texto que yo acabo de leer es relativamente corto, como frecuentemente Marcos hace las cosas, aunque el texto de Mateo acerca de este evento es todavía más corto. Pero aun así, yo creo que hay tres o cuatro reflexiones que yo quisiera hacer a partir del texto que acabamos de leer. Y lo primero, yo quisiera que viéramos el trasfondo médico, social y religioso de esta enfermedad llamada lepra. Yo creo que eso es importante, porque muchas veces nosotros leemos algo como esto, vemos un enfermo que es sanado, y si nosotros no conocemos todo lo demás que hay detrás, muchas veces la sanación que ha ocurrido no tiene el mismo impacto, el mismo sabor que sí tuvo para la persona que recibió el milagro.
Lo segundo que yo quiero que veamos es la humillación de este leproso ante la persona de Jesús. En tercer lugar, la respuesta de Jesús ante su humillación. En cuarto lugar, yo quiero que veamos la desobediencia del leproso ya sanado a las palabras de Jesús y las consecuencias que tuvo.
Comencemos obviamente con nuestro primer punto: el trasfondo médico, social y religioso de esta enfermedad. Esta enfermedad conocida como lepra, de acuerdo a los mejores estudios, probablemente no era una sola enfermedad, era una serie de condiciones de la piel que habían terminado siendo llamadas lepra. Pero en particular, dentro de esas condiciones de la piel, hay un trastorno específico hoy conocido como enfermedad de Hansen, que sí es lepra y que sí era prevalente y es prevalente todavía en muchas áreas. La India, la China, se piensa que tuvieron la enfermedad tres, cuatro mil años antes de Cristo, y en esta área era común en esa época.
Es una enfermedad infecciosa. No se conocía en esa época, obviamente, su origen, producido por una bacteria muy parecida a la bacteria de la tuberculosis, y es una micobacteria. No es una enfermedad dolorosa, pero sí es deformante. Es una enfermedad muy lenta en su progreso, que va poco a poco destruyendo las terminaciones nerviosas del cuerpo, y por tanto el cuerpo termina con áreas con poca o ninguna sensibilidad al dolor.
Realmente, toda la disposición de aislamiento que vamos a ver a lo largo del mensaje no tiene que ver con lo contagiosa que es la enfermedad, porque es poco contagiosa. Y aunque la Palabra de Dios no nos da detalles, yo estoy convencido que detrás de esta enfermedad había un trasfondo espiritual significativo por todas las condiciones de aislamiento que la enfermedad no requiere. Tú necesitas estar en contacto con la enfermedad de manera recurrente, prácticamente diario, por años, antes de que tú pudieras adquirir la enfermedad de la lepra. Así es como nosotros conocemos la enfermedad hoy en día.
El problema con la enfermedad, para que tú puedas entender qué tipo de persona es la que se ha aproximado a Jesús, es que en la medida en que va adormeciendo las partes del cuerpo, en esa misma medida el paciente va sufriendo de manera natural traumas pequeños de los cuales no se percata, y poco a poco el cuerpo va creando úlceras, va creando infecciones, y eso lleva muchas veces o termina con amputaciones de diferentes partes. Literalmente, en la India no es infrecuente ver personas con quemaduras de la mano porque entraron la mano y sacaron algo del horno; ellos no sintieron el calor, pero la mano, la piel, sí se quemó. Y eventualmente entonces eso hace estragos en los dedos, y muchos de esos pacientes terminan deformados, o en la cara, en los lóbulos de las orejas, y todo lo demás. De manera que esta persona, o estas personas, frecuentemente, en un período de años, están bastante deformadas. No solamente están deformadas físicamente, ellos están deformados, por usar esa palabra, emocionalmente, por las condiciones de aislamiento en que esas personas vivían.
El libro de Levítico, capítulo 13 y 14, describe una serie de condiciones de la piel, todas las cuales terminaban siendo llamadas lepra. E incluso se habla de una mancha de lepra en la pared de una casa, y eso nos da una idea de que realmente la lepra no era una sola condición como nosotros la conocemos hoy. Capítulo 13 y capítulo 14 de Levítico nos detallan cómo lucía la piel o cómo pudiera lucir la piel de esos pacientes. Yo no voy a entrar en eso, pero sí yo quiero leer el versículo 45 del capítulo 13 porque nos va a dar una idea de cómo esta gente con lepra vivía, porque esta persona, una persona como esa, es la que se ha acercado a Jesús.
"En cuanto al leproso que tenga la infección," versículo 45, "sus vestidos estarán rasgados, el cabello de su cabeza estará descubierto, se cubrirá el bozo y gritará: ¡Inmundo, inmundo! Permanecerá inmundo todos los días que tenga la infección; es inmundo, vivirá solo, su morada estará fuera del campamento."
¿Te imaginas viviendo en esa condición donde tú sales a la calle y tu ropa tiene que estar rasgada, tu pelo descubierto, el bozo cubierto? Parte de la idea era que esta persona tenía que lucir desalineada para que quedara claro que era un inmundo. Y si las personas venían y se acercaban, él tenía que gritar a distancia: "¡Inmundo, inmundo!" para que la gente pudiera abrir el camino. Tú no podías acercarte a nadie más de seis pies de distancia, y si el viento venía en la dirección de donde las personas estaban, tenía que permanecer a cien pies de distancia.
¿Te imaginas? Trata de ponerte en esos zapatos. Tú tienes que comer, tú tienes que recibir ayuda de alguna manera, pero nadie te puede tocar. No importa si es tu esposa o tus hijos, nadie te puede tocar. El que te toca es declarado inmundo, lo que tú tocas es declarado inmundo. Tú tienes que vivir solo, tú tienes que vivir en aislamiento. Tú no podías entrar a Jerusalén, tú no podías entrar de hecho a ninguna ciudad amurallada. Tú tenías que vivir fuera de las murallas de la ciudad, en completo aislamiento. Todo el mundo sabía cuál era tu condición, todo el mundo sabía que tú eras potencialmente dañino para ellos porque iban a quedar inmundos si te tocaban.
Piensa un momento en esta persona que está viviendo en esa condición. El historiador judío Josefo dice que un leproso era como el equivalente a un cadáver, a una persona muerta, y que su sanación sería el equivalente a una resucitación; había resucitado. Así era considerado el leproso. ¿Te imaginas el sentimiento de rechazo, el sentimiento de culpa, de frustración, de impotencia, de inferioridad, de aislamiento con el cual estas personas vivieron? ¿Te imaginas el sentimiento de falta de ayuda? Porque ni siquiera tus familiares podían vivir contigo.
Ese es el trasfondo social, es el trasfondo médico, es el trasfondo religioso, porque esto tiene una connotación religiosa. Tú no podías ir al templo, tú estabas declarado inmundo. Y como vamos a ver un poco más adelante, hay implicaciones espirituales relacionadas con esta enfermedad. Eso era lo primero que yo quería que viéramos, para que pudiéramos ir colocándonos en la posición de este leproso.
Lo próximo que yo quiero que veamos es la humillación del leproso ante Jesús: cómo él se acerca, qué es lo que él hace, qué es lo que él pide, cómo lo pide. Y él, cuando se va acercando a Jesús, el texto nos dice que él, rogándole y arrodillándose, le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme." Rogándole y arrodillándose. El leproso no sabe cuál es la voluntad de Jesús. "Si quieres, puedes." Él tiene una cierta incredulidad o duda, pero no tiene que ver con el poder que Jesús tiene, sino que tiene que ver con su voluntad. "Yo no sé si tú quieres, pero si quieres, tú puedes." Pero cuando se acerca, se acerca rogándole y humillándose, arrodillándose, en una posición de humillación delante de Dios.
A lo largo de los Evangelios tú encuentras diferentes personas que se aproximaron a Jesús y se arrodillaron, y al arrodillarse, todas recibieron su petición. Obviamente, con esto yo no quiero decir que si tú quieres conseguir algo de Dios tienes que arrodillarte. Pero sí yo quiero decir que si vas a conseguir algo de Dios, la condición de tu corazón, determinada muchas veces por la manera como abordas a Dios, pudiera o no determinar lo que recibes de parte de Dios. Y lo vamos a ver más claramente en una historia en un momento.
Quizás, quizás, en ocasiones estamos pidiendo por algo que no estamos viendo, y quizás una de las razones —yo no estoy diciendo la razón— es la condición de mi corazón, que determina la condición de mi petición. Nosotros no vemos esto en este leproso, pero tú lo ves en otros personajes de la Biblia. Tú ves otros personajes de la Biblia donde Dios se negó a hacer la concesión hasta que la persona no se arrodillara, o se humillara, mejor dicho, delante de él, como este hombre vino.
Tú ves la mujer que estaba sangrando por doce años y viene por detrás y toca a Jesús. Jesús pregunta: "¿Quién me tocó?" Ella estaba amedrentada, no se atrevía a hacer nada. Pero eventualmente, cuando Jesús insiste, el texto dice que ella se arrodilló y le dijo toda la verdad, y ella quedó sana.
Juntamente con ese evento, hay alguien que ha venido donde el maestro porque su hija de doce años estaba muriendo. El texto dice que cuando él llegó a Jesús se arrodilló y le pidió que sanara a su hija. La hija murió, Jesús la resucitó. Ambos vinieron: alguien desconocido como la mujer con doce años de sangramiento, y alguien muy conocido, un oficial. Vienen a Jesús, ambos se encuentran en el mismo lugar, en la misma posición, de rodillas delante del maestro. Y esto es como este leproso ha venido.
Contrasta eso con la condición del corazón, con la actitud del corazón de Naamán, el oficial sirio con lepra en el Antiguo Testamento, que ha oído que hay un profeta en Israel que es el único que lo puede ayudar. Israel tenía claro que el único que puede sanar es Dios. Ahora se le ha dicho a Naamán que Eliseo es el hombre de Dios, el profeta de Dios para la ocasión, y que él necesita salir de Siria y pedir ayuda en Israel, de todos los lugares. Pero una niña lo quería, pero es convencido, y eventualmente él va donde Eliseo. Eliseo lo recibe y le da una recomendación y le dice: "No es tan difícil como tú piensas. Ve al Jordán, báñate siete veces, y será tu piel quedará limpia."
Me imagino a Naamán. Te voy a leer su respuesta: "Pero Naamán se enojó y se iba diciendo: 'He aquí yo pensé, seguramente él vendrá a mí y se detendrá a invocar al nombre del Señor su Dios, moverá su mano sobre la parte enferma y curará la lepra. ¿No son el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No pudiera yo lavarme en ellos y ser limpio?'" Y dio la vuelta y se fue enfurecido. En otras palabras: si tengo que humillarme en el Jordán, me quedo leproso. Leproso antes que humillado. ¿Ese fue?
Pero sus siervos se le acercaron y le hablaron diciendo: "Padre mío, si el profeta te hubiera dicho que hicieras alguna gran cosa, ¿no la hubieras hecho?" En otras palabras, esto es tan sencillo como a ti no te parece que fuera así. Si le hubiese mandado hacer, enviado hacer algo como frecuentemente se hace en el mundo ocultista, complicado y complejo, ¿no lo hubiera hecho? ¿Cuánto más cuando te dice lávate y quedarás limpio? O sea, mucho más algo tan sencillo. Entonces él bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios, y su carne se volvió como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio.
La diferencia entre lepra y no lepra, la diferencia entre sanación y no sanación, la diferencia entre oración contestada y no contestada, en este momento estaba resumida en una sola cosa: la disposición del corazón a la hora de hacer la petición. Si hubiese ido orgulloso para Siria, para Damasco, jamás hubiese visto la sanación.
Ahora, tú notaste lo que Naamán hizo. Tú notaste que cuando él habla, lo que él dice revela la condición de su corazón. Que lo primero que él hace es establecer una comparación entre el Jordán y los ríos de Damasco. Y como los ríos de Damasco son superiores, más grandes al Jordán, él entiende que el Jordán está por debajo de su condición. Y Dios me hablaba esta semana, mi reflexión me ayudaba a ver cómo frecuentemente las comparaciones que nosotros hacemos de las circunstancias y condiciones de la vida en la que nos encontramos frecuentemente revelan la condición de mi corazón.
Yo comencé a revisar mi vida. Y entendí claramente, por el Espíritu de Dios entiendo y por su Palabra, que ciertamente cuando nos encontramos en una condición y nos quejamos y comparamos, en esencia lo que yo he estado diciendo es: "Esto está por debajo de mí. Yo no soy digno de este trato de parte tuya, yo no soy digno de esta situación de parte tuya. Y por tanto yo también deseo ser elevado a una situación tipo Damasco." Y eso me tuvo pensando por varios días. Eso fue lo que Naamán hizo, eso fue lo que Naamán pensó. Yo decía en el culto anterior: yo estoy donde estoy, en el momento que estoy, en el día que estoy, por diseño de Dios. Y debo salir de esa condición por diseño de Dios. Pero yo nunca estoy en una condición que está por debajo de mi condición, ni al infierno, que era lo que merecía.
Naamán finalmente se sumió. Este hombre que vino a Jesús recibió sanación. Él vino rogando y arrodillándose, y diciendo: "Sabes que yo estoy a tu merced. Si tú quieres, tú puedes. Y si no quieres, tendré que quedarme enfermo." Yo creo que en parte la lepra lo ha humillado. La lepra ha roto, ha quebrado probablemente cada fibra de orgullo del corazón humano, y lo haría en nosotros también. Y eso lo prepara para un encuentro con el maestro. Lo prepara para poder recibir una sanación de parte del maestro. Esa es la humillación del leproso ante Jesús.
Yo quiero ver ahora la respuesta de Jesús ante su humillación. El leproso se humilla, Jesús, dice el texto, extendiendo la mano lo tocó y le dijo: "Quiero, sé limpio." ¿Cuándo fue la última vez que este hombre fue tocado por un ser humano? El texto no nos dice, pero si él tenía veinte años de diagnóstico, él tenía veinte años sin haber sufrido, sin haber experimentado el toque humano de alguien.
Jesús no tenía que tocarlo para sanarlo, eso no era necesario. Él pudo haber hablado. Naamán fue sanado sin que nadie lo tocara, simplemente bañándose en el Jordán siete veces. Pero Jesús lo tocó. Jesús incluso rompió con las normas de la ley, porque ahí estaba el Señor de la ley, que tiene derecho sobre la ley. Él rompió con las normas de la ley y tocó a este hombre. Lo interesante es que la ley estipulaba que cuando yo tocaba a un leproso, yo quedaba contaminado. Y resulta que Jesús toca al leproso y Jesús no queda contaminado, sino que él queda limpio. Es al revés de lo que la ley estipulaba. Yo quedo inmundo porque yo estoy bajo la ley, pero Jesús está por encima de la ley, él es el dador de la ley. Cuando Jesús lo tocó, la lepra se fue. Cuando Jesús tocó los ojos de los ciegos, los ojos se abrieron. Cuando Jesús tocó a alguien sordo, los oídos se abrieron. El toque de Jesús hacía la diferencia.
Ahora el texto dice que Jesús dice, extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: "Quiero, sé limpio." Pero nos dice que Jesús hace eso porque fue movido a compasión. El texto no especifica qué movió a Jesús a compasión, pero pensemos por un momento: ¿qué pudo haberlo movido a compasión? Quizás la condición del cuerpo de este hombre destruido, degenerado, deformado por la enfermedad. Quizás la pobreza espiritual en la que se encontraba. Quizás ambas cosas. Quizás el hecho de que Jesús está consciente que, en último caso, al final del camino, el resultado es a causa del pecado de Adán y Eva, que ha introducido al planeta destrucción, deterioro y muerte. Quizás eso es parte de lo que lo mueve a compasión.
Quizás es un buen momento. No quiero esperar al final para aplicar. Yo quiero explicar, exponer, o exponer, explicar y aplicar. Quizás es un buen momento para pensar, reflexionar sobre nosotros: ¿qué nos mueve a compasión? Hace un tiempo atrás, en la Universidad de Princeton, el Seminario de Princeton, tomó un curso de estudiantes y les asignó la tarea de ellos ir a un lugar a predicar la parábola del buen samaritano. Y entonces, de manera planificada, colocaron actores a lo largo del camino en diferentes lugares, en necesidad de ayuda. Los estudiantes, camino al lugar o al vecindario donde iban a predicar la parábola, tenían que pasar por estas personas que estaban pidiendo ayuda. El sesenta por ciento de los estudiantes ni siquiera vio a los supuestos pordioseros, camino a predicar la parábola del buen samaritano. Es mucho más fácil predicar un sermón aquí que vivir un sermón. Es mucho más fácil oír un sermón, incluso decir amén a un sermón, que ir a vivirlo. Jesús es movido a compasión. ¿Qué nos mueve a nosotros?
Pudo haber sido la condición espiritual del corazón de este hombre y no simplemente su condición física. La peor condición del hombre no es la física, es la condición de su espíritu. ¿Nos mueve la condición del espíritu de la gente? Yo entendía mientras reflexionaba esta semana que hasta que nosotros no seamos capaces de llorar por el pecado en el corazón del otro, nosotros no somos capaces de extender verdadera gracia hacia ese otro. Cuando Jesús viene montado en un asno y viaja a Jerusalén, lo que lo hace llorar es su pecado. Cuando Jesús está en la cruz, lo que lo hace llorar, aunque no fueran lágrimas de los ojos, pero su corazón lloró, es precisamente el pecado de los que lo estaban crucificando. Y por eso dice: "Padre, perdónalos." ¿Sabes por qué? Porque no saben lo que hacen. Ellos no tienen idea de cómo el pecado los ha cegado y no tienen idea de lo que esto les va a traer. Perdónalos, Padre.
Él pudo extender gracia verdadera hacia aquellos que lo estaban clavando porque él podía ver la condición de deterioro, de pecado en ellos, que los había cegado hasta el punto que los llevó a clavarlo. Esteban pudo ver la condición de pecado en aquellos que le apedreaban, y Esteban, su corazón también lloró por ellos, y le pidió al Padre que los perdonara.
Jesús es movido por la compasión y lo tocó. Yo mencioné en un sermón reciente que el toque físico muchas veces nos hace sentir aprobados, o amados, o cuidados, o nos hace sentir que te importo, o acompañados, o consolados. Hay algo que el toque humano hace. Ese toque que este hombre no tuvo por años, ni de la esposa, ni de los hijos, ni de nadie, si es que los tuvo.
Es interesante ver que en la década de los cincuenta, hace ya sesenta años, se hizo un experimento con monitos que los despegaban de sus madres tempranamente. Los pusieron en una celda buena, hermosa, limpia. Y les colocaron como dos madres, supuestas madres, porque no eran monas. Supuestas madres: una con una botella de leche que podía alimentarlo, y la otra era una madre, una supuesta madre ficticia, que tenía una especie de tela de toalla.
Y al monito no le dieron ningún otro alimento si él no iba donde esa supuesta madre, donde estaba la leche. Y fue interesante ver que, a pesar del hambre, el monito decidió no ir donde esa madre, sino donde la otra que tenía el material de felpa donde él podía sentirse como en contacto con un toque que pudiera semejar al de su madre.
En los niños, una y otra vez los estudios más recientes han demostrado que el toque físico aumenta la hormona del crecimiento. La falta de toque físico hace que los niños se retrasen en su crecimiento, pierdan peso, desarrollen violencia, déficit de memoria, depresión. Los niños, los bebés que no son tocados con frecuencia, no se desarrollan bien. Padres, madres, a sus hogares a ejercer la función que Dios les llamó a ejercer. Algo tan sencillo como tocarlos y acariciarlos produce un efecto en su desarrollo.
Eso es simplemente como ilustración de lo que el toque humano es capaz de hacer, y parte quizás de la explicación de por qué Jesús continuamente, sin necesidad de tocar, tocaba para sanar y hacer milagros. Jesús tocó a este hombre contrario a lo que la ley había estipulado. Jesús nunca hizo nada pensando: "Bueno, es que si no lo hago después dicen, bueno, es que si lo hago después hablan, bueno, es que después me pasan factura". Nada de eso. Eso es lo que hizo porque entendía que su Padre lo guiaba a hacer lo que era correcto hacer.
Yo creo que nosotros no es frecuente que hagamos las cosas movidos por compasión. Yo creo que frecuentemente nosotros somos más movidos por la ira que por el amor. Yo creo que más frecuentemente somos movidos por el orgullo. Hacemos esto porque el orgullo fue tocado, fue molestado, más que por el amor. El sentido de defender mi reputación, mi nombre, mi opinión, lo que tú quieras. Yo creo que frecuentemente nosotros somos más movidos por el egoísmo, el interés personal, que por el amor. Yo creo que somos movidos más frecuentemente por cualquier otra cosa que por el amor.
Y cuando tú revisas el Evangelio, cuando tú revisas de hecho todo el Nuevo Testamento, tú descubres que realmente la base, la base de toda la ley, de todos los mandamientos, de todo lo que Dios ha ordenado, es la ley del amor. Hay una ley del amor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma, con toda tu fuerza, y a tu prójimo. Y ahí se resumen toda la ley y todos los profetas. Si me amáis, obedeced mis mandamientos. La ley de amor es la base, la columna vertebral de todo lo que se nos ha ordenado y se nos ha revelado. Y por eso con frecuencia vemos que Jesús hizo las cosas movido por la compasión.
Jesús hizo un milagro en este hombre, lo tocó, y se limpió. Esa expresión está en el imperativo. Esto no es como que quizás tú quedes limpio. No, se limpió, la enfermedad desapareció. Pero es interesante que en todas las sanaciones de enfermedades que Jesús hace en el Nuevo Testamento, el texto habla de sanación, de sanar, de curar, sanar, excepto en la lepra, donde se habla siempre de ser limpio y quedar limpio. ¿Por qué la diferencia? Si en todas las demás yo solamente necesito ser sanado, ¿por qué en esta se me dice que tengo que ser limpiado?
Bueno, el texto no lo revela, pero yo definitivamente estoy convencido de que detrás de la enfermedad había implicaciones espirituales significativas que nosotros no conocemos. Pero de lo que sí estamos seguros, es que porque otros lo han visto igual, es que la lepra por lo menos es una parábola del pecado. La lepra es una enfermedad lenta, insidiosa, y el pecado así comienza. La lepra es una enfermedad que poco a poco va adormeciendo los nervios, y de esa misma manera el pecado poco a poco va adormeciendo la conciencia. Poco a poco la lepra va destruyendo el cuerpo, partes vitales del cuerpo, y de esa misma manera el pecado poco a poco va destruyendo vidas y relaciones.
El leproso tenía que ser limpiado e incluso tenía que ir y ofrecer varios sacrificios después de la limpieza. Tenía que ir al templo. Él podía encontrar sacerdotes locales que certificaran su enfermedad y esperar entonces hasta la próxima vez que él estuviera en Jerusalén, porque viajar no era fácil. En esta área donde Jesús estaba, de ahí hasta Jerusalén había noventa, ciento cincuenta kilómetros. Viajar hasta allá no era fácil. Él podía esperar hasta el próximo Pentecostés o la próxima Pascua o el Día de la Expiación, donde todos los hombres tenían que viajar, y en esa ocasión entonces ofrecer sacrificios. Y uno de los sacrificios tenía que ser por la culpa.
La lepra te llevaba a ser aislado por el potencial de contaminar al resto del pueblo, y de esa misma manera la Palabra nos enseña que un poco de levadura contamina toda la masa. Con el pecado, por eso necesitan disciplinar en la iglesia, con el potencial de contaminar el resto de la iglesia. Lo mínimo que la lepra es, es una parábola del pecado.
James Montgomery Boice dice que los milagros de Jesús no eran simplemente expresiones de misericordia, sino que también eran, o quizás primordialmente eran, lecciones teológicas. Y por ahí, por eso él dice que la lepra volvía a la persona espiritualmente inmunda. Es espiritualmente inmunda. Y entonces él nos da un par de ejemplos para ver, aunque no tenemos los detalles, pero para ver que hay una correlación.
Cuando María, la hermana de Moisés, se revela contra su hermano en un momento en que el pueblo estaba pidiendo otro líder que no fuera el líder que ya Dios había elegido, en ese momento María se llena de lepra. ¿Por qué lepra y no otra cosa? En el momento en que el rey Uzías, al final de sus días, pudo haber sido un rey por cuarenta, cincuenta años de buen reinado, y al final de sus días él entra a ofrecer un sacrificio que no le tocaba ofrecer, viola la ley, y en ese momento él se llena de lepra. Y entonces hay que sacarlo del pueblo, y él vivió aislado del pueblo por el resto de sus días. ¿Por qué lepra? Ya hay quienes han hablado de que la lepra volvía a la persona también espiritualmente inmunda.
Esta enfermedad tenía la indicación de que si yo entraba a una habitación, abría la puerta, asomaba la cabeza y me iba, la habitación ya quedaba inmunda. Desde el punto de vista médico infeccioso, ni que hubiera quedado ahí todo el día. Esto tenía otras implicaciones y tiene que haber servido parabólicamente de otras enseñanzas. Le preguntaremos al Señor cuando entremos en gloria.
La condición, trasfondo médico, social, religioso de la enfermedad, la humillación del leproso, la respuesta de Cristo ante el leproso, y finalmente la desobediencia del leproso ya sanado. Versículo 43: "Entonces Jesús", hasta el 45, "lo amonestó severamente y enseguida lo despidió". Vamos a tener un momentito en vista de lo que yo acabo de decir y antes de continuar para el resto. Jesús lo amonestó severamente y enseguida lo despidió. ¿Por qué la amonestación? Si esto es simplemente una enfermedad y más nada, sin ninguna implicación espiritual, ¿por qué la amonestación? El texto no nos especifica, pero suena parecido, distinto lenguaje pero en cierta similitud, cuando Cristo le dice a la mujer tomada en adulterio: "Vete y no peques más". Hay una amonestación. El texto de hecho en el original, dicen los expertos, que es mucho más fuerte que lo que aparece en nuestros lenguajes, donde dice "lo amonestó severamente". Que realmente esto es muy airado, literalmente.
Y luego le dijo: "Mira, no digas nada a nadie, sino ve, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu limpieza lo que Moisés ordenó, para testimonio a ellos". Suena la encomienda: es no digas nada, ve y cumple con la ley, ve donde el sacerdote y muéstrate como testimonio a ellos. Pero lo primero es que no digas nada.
Jesús estuvo todo el tiempo interesado en mantenerse en el anonimato. Él no quería ser conocido como un obrador de milagros, tipo un hombre de circo. Él no quiso ser conocido como alguien que era seguido por los milagros que hacía, sino que Él quería ser conocido como Aquel que había venido a dar testimonio de la verdad. Cristo dijo en sus propias palabras: "Yo he venido para dar testimonio de la verdad". Todo lo demás que ocurrió alrededor de su persona tenía que ver con esa misión que Él declaró en sus propias palabras: "Yo he venido para dar testimonio de la verdad". Él quería ser conocido como un revelador de la verdad, un revelador del Padre.
Las estrellas de Hollywood, las estrellas de cine, la gente de la farándula está interesada en que su nombre se conozca. Y la razón por la que está interesada en que su nombre se conozca es que esto es como un símbolo de importancia. Y nosotros, los que no somos de la farándula, los que no somos del cine, muchas veces adoptamos otra particularidad, y es el name dropping, que llaman en inglés. Es dejar caer nombres: "Yo estaba cenando con Fulanito", "Voy a invitar a Fulanito a mi casa". Es ese síndrome por la misma cosa, porque es como que si este nombre es importante, mi asociación con este nombre también me da importancia. Cristo estaba todo el tiempo diciendo: "No quiero nada de estrellato, no me interesa el estrellato". Le dice: "No digas nada".
Uno pensaría que este hombre está tan agradecido, hubiese sido obediente. Pero no. "Pero él, en cuanto salió, comenzó a proclamarlo abiertamente y a divulgar el hecho". Bueno, ¿cuál es el problema, Jesús? Escucha ahora mismo, ahí está, ahí mismo está cuál es el problema, por lo menos en este caso: "A tal punto que Jesús ya no podía entrar públicamente en ciudad alguna, sino que se quedaba fuera en lugares despoblados, y venían a Él de todas partes".
El hombre me creó un problema. Hay tanta gente, yo no puedo entrar a las ciudades. Cuando voy a una ciudad, a la puerta está allá tanta gente, no puedo penetrarla. Tengo que quedarme alejado en lugares despoblados. Escucha literalmente: "Él comenzó a proclamarlo abiertamente y a divulgar el hecho, a tal punto..." Ahí está la relación: "...que Jesús ya no podía entrar públicamente en la ciudad". Y eso tuvo una consecuencia.
Entonces, quizás eso era una de las razones por las que Jesús no quería la divulgación, porque él sabía que esto podía pasar. Pero también él sabía que, temprano o tarde, la persecución iba a venir. Y en la medida en que él fuera más públicamente conocido, en esa misma medida la persecución vendría mucho más rápida, mucho más severa. Quizás eso era parte de la razón por la cual él estaba tratando de evitar ser conocido tan abiertamente.
Ahora, este hombre tenía que ir al sacerdote. El sacerdote no podía sanar, eso lo tenía claro. El sacerdote tenía claro que solamente Dios puede sanar. De tal manera que cuando Cristo le dice: "Ve y preséntate al sacerdote o a los sacerdotes para testimonio a ellos", lo que Cristo está diciendo es: cuando tú te presentes, habiendo sido tú declarado leproso, y ahora tú estás limpio, ellos sabrán que esto lo hizo Dios. Cuando te pregunten quién te sanó, por medio de quién, y tú les digas que Jesús, entonces ellos tendrían que concluir que Dios está con Jesús.
Eso es exactamente la conclusión a la que llega Nicodemo cuando viene a Jesús de noche. Le dice: "Maestro, sabemos que tú has venido de Dios, porque nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él". Eso es lo que los sacerdotes debieran haber concluido: como testimonio a ellos de quién yo soy. Pero los sacerdotes no concluyeron eso, sino que, al contrario, procuraron su persecución.
Cuando Cristo sana diez leprosos, les dice: "Ahora id y presentaos a los sacerdotes". Cristo les envió a los sacerdotes diez pruebas, una detrás de la otra, de que Dios estaba con él o en él, y ellos le rechazaron. Diez pruebas a la vez, ¡boom!, diez leprosos limpios. Todo es raro, uno es raro, ¡imaginemos los diez! Se conoce la historia: sin embargo, de esos leprosos, solamente uno se devolvió a dar las gracias.
Y los otros nueve, como una historia que ha corrido por ahí especula, no regresaron. Quizá uno pensó: "Bueno, después de todo, yo me estaba sanando". Quizás el otro se vio y dijo: "Bueno, yo creo que tanta lepra no era". O el otro se vio y dijo: "¿Sabes qué? Después de todo, pensándolo bien, la gente se equivocó y yo tenía lepra leve, no tenía nada, mira". Y así somos. Y tenemos esas especulaciones y esta gente no regresa a Jesús, no fue agradecida.
Escúchenme, al comienzo de la historia, es interesante cómo la historia termina. Porque al comienzo de la historia, el leproso está afuera de la comunidad, fuera de la comunidad, él no puede entrar. Y Cristo está en la comunidad, obrando. Al final de la historia, el leproso sano queda dentro de la comunidad y Cristo queda afuera de la comunidad, crucificado, fuera del pueblo. Cristo ha tomado el lugar del leproso.
Y eso es un buen recordatorio para nosotros, que tenemos lepra del corazón. Al final de la historia, yo quedo dentro de la comunidad de Dios, de los hijos de Dios, y el Hijo de Dios termina crucificado en el momento en que toma mi lugar fuera de la comunidad, donde a mí me tocaba estar.
Y es un buen momento para recordar que la peor lepra no es la lepra del cuerpo físico, es la lepra del corazón, de la cual todos nosotros hemos padecido. Y que nos ha dejado estragos de los cuales nosotros todavía nos estamos recuperando. Y que nosotros necesitamos vernos a nosotros mismos como leprosos ya regenerados, en proceso todavía de recuperación, para que, recordando eso, nosotros podamos tener gracia para con los demás.
Y que nosotros podamos ser movidos por compasión, no solamente por la pobreza física de alguien, sino por la pobreza espiritual de alguien, o por el pecado en el corazón de alguien. De tal forma que, verdaderamente, mi gracia haya sido extendida sobre alguien que ha compartido una condición conmigo que se llama la lepra del corazón. Y que si él no está limpio y yo sí, se debe simplemente a un toque de la gracia de Dios. Y que quizás el mismo Dios quiere ahora visitar con la misma gracia, usándome a mí como instrumento que ha sido sanado, para que yo pueda tocar con gracia a aquel que tiene lepra del corazón.
Lamentablemente, tan pronto somos limpiados de la lepra del corazón, la lepra del orgullo se levanta y comenzamos a ver a los demás inferiores a nosotros. Y lo digamos en palabras o no, comenzamos a comparar nuestra condición con la condición del otro. Y en personas sin conversar, pasamos juicios como si fueran conversos. Y la realidad es que ningún inconverso se puede comportar como un convertido hasta que no crea.
Recordémonos de nosotros, dónde estábamos, cómo Dios nos ha ido llevando. Recordémonos cuando teníamos seis meses en la fe y lo que hacíamos, un año en la fe, dos años en la fe, tres años en la fe. Porque cuando tenemos veinte o treinta, usamos como vara el proceso de santificación que Dios ha llevado a cabo en mi vida en veinte años o treinta años, cuando el pobre hermano tiene tres meses o tres años.
Eso nos lleva al fin del capítulo uno de Marcos. Capítulo mucho más pesado y rico para mi vida de lo que yo me imaginaba. Comenzamos con la vida de Juan el Bautista. Empezamos con la introducción, primariamente después la vida de Juan: un hombre de convicciones, un hombre radical en su estilo de vida, característico de la vida simple. Con un mensaje también sencillo de arrepentimiento. Con una misión clara: presentar al Mesías, quitarse de en medio, crear una congregación para perderla y entregarla al próximo, al Mesías.
Y luego vimos la aprobación del Padre sobre el Hijo y la importancia que tenía para la autoridad con la que el Hijo hizo el ministerio, el hecho de que en un momento dado el Padre lo aprobó en el Jordán. El que nos ha dado: "Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia".
Vimos cómo Cristo manejó la tentación. Una tentación que vino inmediatamente después de un triunfo grande, su proclamación, el ser reconocido como el Mesías. Una tentación que vino inmediatamente antes de que él comenzara el ministerio, tratando de trancar aquello que Dios estaba abriendo delante de él.
Vimos cuál era el mensaje del reino: arrepentíos y creed en el Evangelio, arrepentíos y creed en el Evangelio. Y hablamos de cómo esa palabra "arrepentirse" está ausente de muchos de los mensajes en el día de hoy.
Vimos el llamado de Juan, de Jacobo, de Pedro, de Andrés, con una sola palabra: "Sígueme". Y cómo esta gente respondió a la autoridad de la palabra que este hombre hablaba. "Sígueme", y eso fue suficiente. De la misma manera que cuando pudo decir "calmaos", los vientos y el mar se calmaron. La misma persona que pasa y ve una higuera en un momento dado, y representando a Israel la higuera, la ve sin fruto, y dice: "Jamás nadie comerá fruto de ti". Y al otro día los discípulos pasaron con él frente a la higuera y se dieron cuenta que se había marchitado por completo. Una sola palabra y la higuera muere. Y te das cuenta de la autoridad de este hombre al hablar.
Su autoridad al enseñar, que dejaba las multitudes atónitas, porque les enseñaba como alguien que tiene autoridad y no como los escribas. El poder del Hijo del Hombre cuando expulsaba los espíritus que no podían resistir. Cuando sanaba las enfermedades y no podían resistirse. La autoridad de este hombre.
Al final de este capítulo uno: ¿Cuál es la condición de mi corazón? ¿Cuál es la actitud de mi corazón ante el Hijo del Hombre? ¿Cuál es la actitud en mi vida hacia los propósitos de Dios? ¿Dónde estoy en mi caminar? ¿Dónde estoy en mi vida de humildad versus mi vida de orgullo? ¿Dónde estoy en mis condenaciones? ¿Dónde estoy en mis comparaciones? ¿Dónde estoy en mi compasión? ¿Me mueve la gracia, el amor, la ira, el orgullo, la vanidad, el triunfo, el éxito, la mejoría, o me mueve Dios? ¿Qué es lo que busco? ¿Mi plan o el plan de Dios? Si quieres el plan de Dios, ¿cuál es mi disposición? Si quieres el plan de Dios, ¿cuál es mi disposición? ¡Cuál es mi disposición!
¡Pongámonos en manos de Dios! ¡Ese es el plan de Dios!