Integridad y Sabiduria
Sermones

Confiando en que todo está bajo su control

Héctor Salcedo 19 abril, 2015

Saber que Dios controla todas las cosas y las hace cooperar para bien no elimina las dificultades, pero sí transforma la manera en que las enfrentamos. El Salmo 57 muestra a David en una de las peores circunstancias de su vida: escondido en una cueva, perseguido por el rey Saúl y tres mil hombres armados que querían matarlo. Un joven de apenas veintitantos años, sin recursos ni ejército, rodeado por enemigos que él describe como leones que quieren devorarlo. Sin embargo, en medio de ese peligro mortal, David no se refugia en la seguridad de la cueva sino en Dios mismo, a quien llama el Altísimo, el que está por encima de todo y el que completa lo que comienza.

La respuesta de David revela tres actitudes que caracterizan a quien ha entendido la providencia divina. Primero, confianza absoluta: Dios es su refugio, no como un búnker frío, sino como las alas amorosas de una madre que protege a sus polluelos. Segundo, oración intensa: el que confía ora, porque orar es el idioma de quien reconoce su insuficiencia y la suficiencia de Dios. Tercero, gratitud y alabanza aun en el dolor: aunque su alma está abatida, David decide firmemente bendecir a Dios.

Este último punto es crucial. David se habla a sí mismo, ordena a su propia alma que no olvide los beneficios de Dios, empezando por el perdón de sus pecados. Las emociones quieren arrastrarlo a la queja, pero él resuelve poner su esperanza en Dios. Así responde quien ha comprendido que todas las cosas cooperan para bien.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Como muchos recordarán, la mayoría recordará, la semana pasada estuvimos aquí compartiendo un mensaje acerca de la providencia de Dios. Estudiamos a través de Romanos 8:28 y 29 las implicaciones en nuestra vida de la doctrina de la providencia de Dios, que básicamente lo que dice es que Dios controla todo lo que hay en su creación y lo controla con propósito. Dios no juega a los dados, alguien decía. Esto no está, la creación no está sujeta al azar, ni sujeta a la suerte, está sujeta a la providencia, al control de un Dios que tiene propósitos eternos, propósitos buenos, propósitos que él conoce y a nosotros a veces nos son desconocidos.

Pero en ese pasaje, Romanos 8, como ustedes recordarán, no lo voy a leer en esta ocasión, pero está la famosa expresión de que todo coopera para bien, todas las cosas cooperan para bien. Y sabemos que eso es para aquellos que aman a Dios. Y veíamos básicamente tres aspectos en ese mensaje.

En primer lugar, esa providencia de Dios está especialmente al servicio de aquellos que aman a Dios. Eso de que todo coopera para bien no es un dicho o un refrán o una verdad que aplica a todo el mundo. Aplica según ese pasaje a aquellos que aman a Dios, y el pasaje mismo agrega: a aquellos que han sido llamados conforme a su propósito. Es al servicio de esos que la providencia, el control soberano de Dios, está al servicio.

Pero también sabemos que el motivo de esa, el propósito más bien de esa providencia en nuestras vidas, es formar en nosotros la imagen de Cristo. Ese bien que se nos promete, que todo coopera para bien, el bien es formar en nosotros la imagen de Cristo. El bien no es que Dios nos va a colocar en la posición más cómoda siempre, en una posición de éxito humano siempre, en una posición de victoria terrenalmente siempre, sino que todo lo que ocurre en nuestra vida, aun los éxitos humanos o los fracasos humanos, cooperarán simultáneamente para formar en nosotros la imagen de Cristo. Y esa es una extraordinaria promesa, señores. Es una extraordinaria promesa de nuestro Dios para sus hijos, que somos nosotros.

Ahora bien, a pesar de que conocemos eso, y yo creo que eso es una verdad que ninguno de nosotros ignora o ignoraba, algunos aun así, aun sabiendo que Dios hace cooperar para bien todas las cosas, en muchas ocasiones nos desanimamos, nos confundimos, nos irritamos con la manera como Dios está organizando nuestra vida, con la manera como Dios está trabajando y orquestando los sucesos que nos ocurren. ¿Será que desconfiamos de Dios? ¿Será que desconfiamos de esa promesa?

Entonces, mi pregunta en el día de hoy quisiera responderla a lo largo del sermón: ¿cómo se supone que debe responder un hijo de Dios que entiende cabalmente esto de que todo coopera para bien para aquellos que aman a Dios? O sea que el sermón de hoy, el mensaje de hoy, es un intento desde el sermón de la semana pasada. Ya sabemos que Dios hace cooperar para bien todas las cosas, ¿y entonces? ¿Cómo vivimos eso? ¿Cómo se ve eso en mi vida? ¿Qué hace un hijo de Dios con esa promesa?

Y para eso yo entiendo que la propia Palabra provee un excelente ejemplo de cómo un hijo de Dios que ha entendido cabalmente que Dios orquesta todo para su bien vive eso. Y lo encontramos en el Salmo 57, donde nos encontramos a David precisamente en una situación, y la forma como él responde ante esa situación claramente es una ilustración de cómo vive aquel que confía en que Dios orquesta todo para el bien de los suyos. Y yo quisiera entonces que fuéramos al Salmo 57 y viéramos ahí tres respuestas de un hijo de Dios que ha entendido que Dios hace cooperar para bien todas las cosas en nuestras vidas.

Leamos el Salmo 57 entonces: "Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí, porque en ti se refugia mi alma. En la sombra de tus alas me ampararé hasta que la destrucción pase. Clamaré al Dios altísimo, al Dios que todo lo hace para mí. Él enviará desde los cielos y me salvará, él reprocha al que me pisotea. Dios enviará su misericordia y su verdad. Mi alma está entre leones, tengo que acostarme entre los que vomitan fuego, entre los hijos de los hombres cuyos dientes son lanzas y saetas y cuya lengua es espada afilada. Exaltado seas sobre los cielos, Dios, sobre toda la tierra sea tu gloria. Han tendido una red para mis pasos, mi alma está abatida. Me han cavado una fosa delante de mí, pero ellos mismos han caído en medio de ella. Firme está mi corazón, Dios, mi corazón está firme. Cantaré y entonaré salmos. Despierta, gloria mía, despertad arpa y lira, a la aurora despertaré. Te alabaré entre los pueblos, Señor, te cantaré alabanzas entre las naciones. Porque grande hasta los cielos es tu misericordia y hasta el firmamento tu verdad. Exaltado seas sobre los cielos, Dios, sobre toda la tierra sea tu gloria."

Este Salmo 57 se leía en pareja con el Salmo 56. En momentos de dificultad y de aflicción era común, era normal que un judío recurriera al Salmo 56 y al Salmo 57. Y vamos a ver por qué es eso.

Y lo primero que vemos aquí, la primera respuesta que vemos de David, habiendo David entendido que Dios orquesta para bien todas las cosas que le ocurren, vemos una respuesta de confianza. Yo me preguntaba al principio del servicio: ¿qué hacemos nosotros ahora que sabemos que Dios obra para bien para aquellos que aman a Dios? Lo primero que uno hace es confiar. Y es la primera respuesta que vemos en David.

David se acerca a Dios en este salmo: "Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí, porque en ti se refugia mi alma. En la sombra de tus alas me ampararé hasta que la destrucción pase." David llama a su Dios, a Dios, su refugio. Cantamos eso varias veces durante las primeras canciones, de que en él está nuestro refugio. Para David, Dios era su refugio. En medio de esta circunstancia que sabemos que fue una de las peores circunstancias, de las más difíciles circunstancias que le tocó a David vivir en su vida.

No sabemos exactamente qué edad David tenía, pero David no era rey todavía. Y David fue rey más o menos a los 30 años. David fue ungido como adolescente, quizás 15, 16 años. Pasó varios años en casa de Niñato. Como a los 19, los 20, él mata a Goliat y se hace famoso. Desde ahí entonces Saúl, el rey Saúl, comienza a perseguir a David. Incesantemente, envidiosamente, celosamente. Lo comienza a perseguir para matarlo y duró 10 años persiguiéndole. David duró 10 años huyendo de Saúl.

Saúl andaba nada más y nada menos que con 3.000 hombres, algunos a caballo, otros de a pie, con escudos, con lanzas, hombres entrenados para la guerra, hombres sanguinarios, precisamente buscando un individuo que en este momento debe tener entre 22 y 25 años. Y ante esa situación, David se encuentra, según nos dice, si ustedes se fijan en el título de su salmo, si ven el Salmo 57 en su título, dice que David está en la cueva cuando huía de Saúl. David se encuentra resguardado en una cueva.

En dos ocasiones David usó una cueva. En 1 Samuel 22 se nos dice que David está en la cueva de Adulam. Y en 1 Samuel 24 se nos dice que estaba en una cueva que estaba en un desierto. No sabemos en esta ocasión en qué cueva es que David está, pero está en una cueva escondido de su enemigo Saúl. Él estaba resguardado en este lugar.

Y obviamente, claramente, el tener este grupo de gente, este ejército persiguiendo a David... Imagínense lo que es para una persona joven, sin muchas destrezas, sin muchos recursos, estar siendo perseguido por el rey y comandando todo un ejército contra él. 3.000 hombres le perseguían.

Y esa es la descripción que David hace en el versículo 4. Fíjense cómo él dice: "Mi alma está entre leones." Esa es la sensación de estar entre seres que me quieren devorar. Eso es lo que David está tratando de comunicar. Yo siento que estoy entre seres que me quieren devorar, como los leones. Y tú, si estás entre leones, no creo yo que quieran un pasado de la lengüita, ¿verdad? Sino que lo que quieren es devorarte. Y habla entonces que él se siente que se acuesta entre los que le vomitan fuego. Gente que le quiere hacer daño. Cuyos dientes son lanzas, o sea, son gente destructiva. Y su lengua es espada afilada, gente que hace daño. Esas son las figuras que David usa. Es una situación bien, bien difícil.

Y ante esa situación, fíjense que David no confía en la seguridad de la cueva, ni en lo escondida que está, ni en la oscuridad de la cueva, ni en que pongan un algo ahí para que no lo vean, sino que él confía en el Señor. El refugio de David no es la cueva, es Dios. Claro, él está escondido porque eso es lo que le toca hacer. Pero él sabe que al final es Dios su refugio y su escondedero. Y por eso le llama el refugio.

Y este término que se utiliza aquí como refugio es un término que significa precisamente eso: seguridad, albergue, un lugar donde yo acudo en momentos de necesidad. David tenía al Señor como aquel a quien él acudía en momentos de necesidad. El que tiene un refugio, cualquier situación que se presenta, inmediatamente su primer instinto, su primer pensamiento, él va a su refugio. El que tiene un refugio en el que confía, él va al refugio, no solamente que va, sino que va rápido. Lo antes posible él está ahí refugiándose en el lugar donde él entiende que estará más resguardado. Uno va a un refugio de manera instintiva. Y eso es lo que David hace en esta ocasión.

Ante esta situación que él no puede manejar, que se escapa a su control, que se escapa a los recursos de los que él dispone, él no tiene aquí más a quien recurrir que no sea al Señor, y le llama al Señor su refugio. Y él se siente seguro.

¿Qué se necesita, hermanos? ¿Qué requiere un corazón del cristiano, del hijo de Dios como David, para sentir que Dios es su refugio? ¿Cómo David llegó a experimentar eso? ¿Cómo David en un momento como este no se desesperó? No se paniqueó, quizás se paniqueó un poco, pero se refugió en el Señor.

¿Qué pasaba en la mente y en el corazón de David, que él logró experimentar esta sensación de seguridad en el Señor, en medio de esta gran amenaza? Y yo creo que eso está en el versículo 2. En el versículo 2, David le dice al Señor que clamará al Dios Altísimo, al Dios que todo lo hace para mí. Esta es la visión que David tiene de su Dios. Y si yo voy a considerar a Dios mi refugio y si yo voy a sentirme seguro en el Señor, yo tengo que ver bien cuál es mi imagen de Dios. ¿Qué es lo que yo creo de Dios? ¿Qué es lo que yo pienso de Dios?

David se refiere a Dios como el Dios Altísimo. La expresión en el original es El Elyon, el Dios El Elyon, Elyon, que era uno de los nombres de Dios. El Dios supremo. De hecho, en inglés se siente mejor la expresión porque dice "Most High", el más alto. Cuando un judío se refería a Dios como El Elyon, era el Dios que está por encima de todo, que lo gobierna todo. El Dios bajo el cual se supedita la voluntad de todos los hombres, incluyendo la de Saúl que me está persiguiendo. Incluyendo la de los tres mil hombres que me están persiguiendo. De esos leones que quieren devorarme. Dios está por encima de ellos. Ellos no me pueden tocar, pensaba David. Si el Dios Elyon, si Dios Altísimo está conmigo, Él es que ordena, Él es que autoriza que esta gente pueda tocarme y pueda hacerme daño. Y es bajo ese Dios que David se refugia, bajo el Dios Altísimo. Así le llama en el momento de necesidad.

Definitivamente, hermanos, mi lentitud, mis renuencias a venir a Dios, a recurrir a Dios inmediatamente en los momentos de dificultad, en los momentos de aflicción, habla de mi poco concepto de Dios. De mi bajo concepto de Dios. ¿Qué tan alto yo lo considero? ¿Qué tan poderoso yo lo considero? ¿Qué tan capaz yo lo considero de hacerse cargo de mi situación en particular? Cuando Dios es el segundo, el tercero o el cuarto recurso, después que nosotros hacemos un par de llamadas y resolvemos dos o tres cosas con nuestros propios medios, si recurrimos a Él después, pues entonces yo no creo que Dios sea el Dios Altísimo que David dice que él tenía. El Dios que todo lo gobierna, que todo lo controla y que todo lo autoriza en último caso.

Pero David no se queda ahí. Ese Dios Altísimo que está sobre todo y bajo quien están todas las cosas, ahora le agrega, en la segunda parte del versículo 2, el Dios que todo lo hace para mí. Es una expresión interesante; parecería que Dios está al servicio de David. El Dios que todo lo hace para mí. La expresión es el Dios que todo lo completa en mí. Esa es la expresión en el original, de hecho. El Salmo 138 es casi un equivalente, un paralelo de este. Y el Salmo 138, que usa la misma palabra en el versículo 8, dice: "El Señor cumplirá su propósito en mí. Eterna, oh Señor, es tu misericordia. No abandones la obra de tus manos."

Lo que implica esta expresión, el Dios que todo lo hace para mí, que todo lo completa para mí, es que Dios no deja ninguna de sus obras inconclusas. Dios le prometió a David que iba a ser rey. Y aunque las circunstancias actuales no parecen como que ese es el camino al palacio, David dice en su mente: Dios no dejará esto por mitad. Dios cumplirá lo que prometió y terminará lo que comenzó. Eso es lo que está en la mente de David cuando él habla de que Dios es aquel que cumple o que hace todas las cosas para mí.

Es casi también un equivalente de Filipenses 1:6, que leemos: "Estando convencido precisamente de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús." Hermano, ¿cuál es la buena obra que Dios está haciendo en nuestras vidas? Es la formación de la gloriosa e impecable imagen de su Hijo Jesús. Entonces, aunque yo en un momento dado de mi vida, por circunstancias que yo esté pasando, no me parezca como que esa es la dirección hacia la imagen de Cristo, créeme, Dios no deja las cosas por mitad. Él es el Dios que todo lo completa para mí, que todo lo termina para mí. Él es el Dios que completa la obra que empezó en mi vida. Y Él ha dicho que todas las cosas cooperan para bien para aquellos que aman a Dios. Él no dejará eso por mitad, y hasta que Él no forme la imagen de su Hijo en nosotros, estará incansablemente —dicho sea de paso, Él no se cansa, pero en el sentido humano— incansablemente trabajando en cada uno de nosotros.

Hermanos, ¿confiamos nosotros en eso? ¿Confiamos nosotros en el Dios Altísimo, en el Dios que todo lo hace para mí? Esa era la confianza de David. Y esa era una de las razones por la que David, en esta circunstancia, lo vemos abatido pero firme. Aunque en su mente podían venirle pensamientos de temor, estaba refugiado en el Señor, porque David confiaba en su Dios.

Y es interesante también ver que David no se refugia en Dios como un soldado que se refugia en un búnker de concreto. Que se mete ahí en un búnker frío. A mí siempre me ha dado la sensación de que esos búnkeres deben ser bien húmedos, porque no hay ventana, no hay ningún tipo de luz que entre por ningún lado; el búnker de concreto tiende a ser frío, impersonal, húmedo. David dice: Tú eres mi refugio, pero Tú no eres un búnker. En la sombra de tus alas me ampararé. Yo me refugio en ti, Señor, como el pollito se va debajo de las alas de su madre y se refugia bajo las alas amorosas y celosas de su madre.

Entonces, este es el Dios que es mi refugio, pero es el Dios que me acoge y me ama, que me protege por amor. Y no quieran ustedes ver a un ganso, a un pato, una gallina, cuando le hacen así a uno de sus polluelos. Es el Dios en el que David confía, hermano. La primera respuesta de una persona, de un hijo de Dios que entiende que Dios hace cooperar para bien todas las cosas, es la confianza absoluta en ese Dios Altísimo y ese Dios que hace todas las cosas para mí, que no deja las cosas por mitad, y Él está cumpliendo un propósito en mi vida, y yo confío en Él y yo espero en Él. Como decía la canción: no temeré, no temeré, aunque el mal se levante contra mí, no temeré. Confía en el Señor.

Lo segundo que nosotros vemos, hermanos, en la reacción de David, era un hombre que entendía que Dios hacía las cosas con propósito en su vida. Lo vemos en el versículo 1 también, en el versículo 2 también. Por eso, respuesta en oración intensa. El que sabe que Dios orquesta todas las cosas para bien es una persona que busca a Dios en oración intensa. De hecho, todo el Salmo 57 es una oración. Comienza diciendo: "Ten piedad de mí, Dios, ten piedad de mí." El versículo 2 dice: "Clamaré al Dios Altísimo." El versículo 5 es una exaltación: "Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios, sobre toda la tierra sea tu gloria." David está orando. David no está haciendo estrategias; que probablemente quizás las hizo, quizás hizo una estrategia de escapar y demás, pero él oró y clamó a Aquel que lo podía librar de la mano de su enemigo, a Aquel que tiene el control de todas las cosas.

En este Salmo vemos a David confiar, que fue el primer punto, pero vemos a David orar intensamente basado en que confiaba en Dios. Él oró y buscó la voz de Dios. Es que es como si el Salmo nos comunicara: el que confía, hermanos, ora; el que confía, ora. La oración, decía alguien en una frase: la oración es el idioma de la confianza en Dios. Es la lengua en la que la confianza habla. Es la expresión de nuestra insuficiencia y la declaración de la suficiencia de Dios. El que ora dice literalmente en su práctica misma: yo confío en ti, yo no confío en mí. Es solo lo que estoy diciendo. No confío en mí porque no puedo, no confío en mí porque no sé, no confío en mí porque soy imperfecto, por cualquier razón. Pero la oración es decirle a Dios: Dios, Tú puedes, yo no puedo, yo te necesito. Y no tiene que ver necesariamente con lo bonito o lo largo que yo oro, es con la intención con la que oro. Es la intención que yo le pongo a cada gesto de expresión hacia Dios. Señor, yo confío en ti, yo espero en ti.

Se dice que el predicador Charles Spurgeon tenía una práctica, y de hecho escribió un artículo —no sé si fue un sermón que él dio o una reflexión— y él decía: "Una palabra de oración", se llamaba el título, el título de su reflexión. Y la idea general era que en la medida que vamos por la vida haciendo diligencias, haciendo cosas, corrigiendo niños, comiendo, siempre debe haber una palabra de oración en nuestra boca. De gratitud, de reflexión, de meditación, de convicción, de petición, de sumisión a nuestro Dios que está a cargo de todas las cosas. El cristiano ora sin cesar; el hijo de Dios ora sin cesar. Es un mandato de la Palabra.

Y algunos podrían decir, porque estamos hablando de la providencia, del control absoluto de Dios de todas las cosas: "Bueno, si Dios tiene control de todas las cosas, ¿para qué orar? Al final todo va a resultar como Dios ha dicho que resulte, ¿no? Todo va a ocurrir de esa manera." Pero la Biblia nos dice, es, la Biblia nos manda constantemente: ora. ¿Por qué será?

Y Jerry Bridges, que es un autor que ha escrito mucho y es un gran hombre de Dios, escribe lo siguiente: "La soberanía de Dios está supuesta a ser un incentivo a la oración, no una excusa para no hacerla. Si Dios no es soberano, si Dios no controla los acontecimientos de la vida, no tiene sentido que oremos." Porque aquí hay que ver tu ángulo: aquí no tiene control. Yo le oro a Dios porque tiene control. Y no podemos decir: "Como Él tiene control, no voy a orar." Es todo lo contrario.

Y sucede, nos sucede a veces, veámoslo de la siguiente manera. Cuando nosotros tenemos una dificultad cualquiera sencilla en un comercio, en un negocio, y el empleado que nos está atendiendo no nos está resolviendo el asunto y nos dice: "No, ya, bueno, hay que devolver la transacción y yo no tengo autorización para eso", decimos: "Búscame el gerente." ¿Por qué? Bueno, porque el gerente es el que resuelve, es el que tiene autoridad para resolver. No voy a pelear contigo porque tú no vas a resolver. Yo hablo con el que resuelve. Eso es la oración. La oración es hablar con el que resuelve.

Las cosas en la vida. Y ese es el espíritu y la motivación cuando yo voy en oración a Dios. Él es el que tiene el control soberano de todo cuanto ocurre. La soberanía de Dios es el combustible de la oración confiada. Dios dará, hermanos, pero no sin que le oremos. Santiago lo dice literalmente: "¿No tenéis? ¿No tenéis? ¿Por qué no pedís?" Literalmente: no tienen porque no piden.

Y entonces, en este tema de la oración hay dos extremos de cristianos e hijos de Dios. Está el que ora poco o casi nada, ora con poca intensidad. Y cuando yo no oro, oro poco, oro con poca intensidad, o yo sobreconfío en mí y en mi capacidad para yo manejar mi vida, o yo subconfío de Dios. Una u otra cosa se está dando en mi vida. Confío demasiado en mí y subconfío de Dios. Y Dios no es mi refugio, no es donde yo recurro en los momentos de necesidad, no es mi primer recurso en los momentos de aflicción. Sobreconfío en mí o subconfío de Dios. Ese es el que ora poco, el que no ora, ora con poca intensidad.

Pero este es el otro extremo: el que piensa que solo se debe orar. Hay gente que dice: "No, no, no, no hagamos nada, vamos a orar. No vayamos al médico, vamos a orar. No hagamos nada más, vamos a orar." Y, hermano, la Palabra nos dice que debemos orar y debemos actuar. Imagínense el estudiante que le pide al Señor: "Señor, yo te pido, Señor, que tú me dejes pasar este examen, que tú me dejes una buena nota. Yo no pude estudiar, Señor, pero, oh Señor, tú eres el Dios sabio que todo lo sabe. Revélame, Señor, cómo resolver este problema de cálculo." ¿O el pastor que dice y llega al púlpito sin haber preparado su sermón? "Señor, es tu Palabra. Yo te pido que tú hables. No soy yo, eres tú." No, el sermón hay que prepararlo.

Me encanta la expresión que aparece en Nehemías 4. Nehemías es uno de los líderes de la reconstrucción de Jerusalén. Ellos estuvieron en Babilonia siendo esclavos por 70 años, y cuando van de regreso, Nehemías es uno de los líderes. Y están reconstruyendo la ciudad y están siendo amenazados por enemigos que están en los alrededores. Nehemías escribe lo siguiente en 4:9: "Entonces oramos a nuestro Dios." ¿Verdad? Eso es lo que hay que hacer. "Y para defendernos montamos guardia contra ellos de día y de noche." ¿Verdad? Oramos y confiamos y hacemos lo que tenemos que hacer.

Salmo 127:1: "En vano, si Jehová no guarda la ciudad, en vano vela la guardia." ¿Verdad? Sí, hay que... Dios tiene que guardar la ciudad, pero yo tengo que montar la guardia. Correcto. El pastor pide por el sermón que tiene que preparar su sermón. Y los estudiantes estudien y pídanle al Señor que de su estudio les dé sabiduría y destreza para lo que ustedes tienen que hacer.

Entonces, hermanos, el que confía, ora. Y eso fue lo que hizo David. El que cree que Dios tiene todo bajo control, ora, ora intensamente, lo hace seguidamente y lo hace por todo. Porque Dios tiene control de un pajarillo que cae, así tiene control de cada detalle de mi vida. Y eso es lo que hace un hijo de Dios que entiende que todo obra para bien para aquellos que aman a Dios.

Hay una tercera respuesta que nosotros vemos en este salmo de David ante esta situación. Y esa respuesta es algo realmente sorprendente al ver lo que hace en esta situación de su vida, en esta circunstancia de su vida. Y es una respuesta de gratitud y alabanza a Dios en medio del dolor. El que confía que Dios obra todo para bien, confía, ora, y agradece y alaba al Señor. ¿Por qué? Es nuestro Dios.

Miren lo que pasa en el versículo 5, 7, 8, 9, 10 y 11. David está describiendo lo que él está pasando. Miren el versículo 4. David está describiendo lo que él está viviendo: "Mi alma está entre leones. Tengo que acostarme entre los que vomitan fuego, entre los hijos de los hombres cuyos dientes son lanzas y saetas, y cuya lengua es espada afilada." Y de repente David dice: "Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra sea tu gloria." David está diciendo que está asediado, que se siente intimidado, que él sabe que la gente se lo quiere comer vivo, y de repente él dice: "Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra sea tu gloria."

Pero el versículo 7 dice: "Firme está mi corazón, oh Dios, mi corazón está firme. Cantaré y entonaré salmos. Despierta, gloria mía." Es decir: "Despiértate, David, despiértate, despiértate a lo mejor de mí, despiértate arpa y lira, despiértate a la música, la aurora despertaré." Te alabaré, Señor. Lo que está diciendo: te alabaré, Señor, prontamente, de mañana. "Te alabaré entre los pueblos, Señor, te cantaré alabanzas entre las naciones, porque grande hasta los cielos es tu misericordia, y hasta el firmamento tu verdad." Y otra vez dice lo mismo que el versículo 5: "Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra sea tu gloria."

Esto es sorprendente. Esto es sorprendente que un hombre en esta situación y circunstancia de su vida decida alabar, glorificar, exaltar a Dios. Y la alabanza tiene mucho que ver con el sentido de gratitud; eso está vinculado en el original. Alabar y agradecer es prácticamente lo mismo. David está agradeciendo, alabando, adorando, exaltando a Dios en medio de esta cuestión de asedio.

Verdaderamente, cuando veo cosas así en los Salmos es que entiendo cómo es que David era un hombre conforme al corazón de Dios. Porque cuando recuerdo el adulterio, digo: "¿Cómo fue?" Y cuando veo esto digo: "Ahora entiendo." Un joven de 22, 25 años, perseguido por un rey adulto, viejo ya, tres mil hombres persiguiéndolo armados que se lo quieren comer vivo, y este joven dice: "Yo te alabaré entre las naciones, proclamaré tu gloria, estaré firme en ti, Señor." Impresionante.

Ante situaciones como esa, lo normal es, lo natural es, lo más humano es que la ansiedad, la intranquilidad, la preocupación, la queja se hagan presentes. Ante esas situaciones lo que viene más rápido a nosotros es ir al cuestionamiento de la voluntad de Dios: "Dios, como que no estás acomodando muy bien las cosas en mi vida, como que no tienes control, no tienes mucho interés en controlar las cosas que me ocurren." A veces nos irritamos contra la providencia de Dios, lo que Dios ha ordenado para nosotros: "No me gusta esa selección de situaciones, no me gusta, no me cuadra, no me gusta el color de mi vida."

Es la reacción que usualmente tenemos. Y vemos a este hombre absolutamente rodeado por su enemigo que lo quiere matar. No es mala intención, no es una multa que le van a poner, es matarlo dolorosamente. Y este hombre dice: "Te alabaré y te glorificaré, tu gloria está sobre toda la tierra, estaré firme, firme está mi corazón, cantaré salmos, Señor."

Es una ilustración viva de Filipenses 4:6-7: "Por nada estéis afanosos, antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús." ¿De qué es que la paz de Dios guardará nuestras mentes y corazones? De la duda, de la queja, del resentimiento, del cuestionamiento, de las cosas que vienen humanamente a nosotros cuando estamos en situaciones como esas.

El apóstol Pablo en Filipenses 4 no está diciendo: "Miren, déjenme hacer una recomendación porque a mí me ha funcionado a las mil maravillas. Cuando ustedes se sientan estresados, nerviosos, con complicaciones, oren, suplíquenle a Dios y denle gracias. Oye, eso ha sido fenomenal en mi vida. Pruébenlo, yo creo que debe dar muchos resultados." Entonces, ¿creen que eso es lo que Pablo está diciendo? ¿Que Pablo está dando una sugerencia terapéutica a la situación que están pasando los filipenses? Pablo les está ordenando: "Por nada estén afanosos, ansiosos, preocupados." ¡No se preocupen! Es pecado preocuparse cuando sabemos que Dios está en control. "Antes bien, en todo, en todo, en todo, mediante oración y súplicas con acción de gracias." No puede dejar eso.

Pidiéndole al Señor, como David en el Salmo 57: "Ten piedad de mí, ten piedad de mí, en ti se refugia mi alma, clamaré al Señor, el que todo lo hace para mí." Y más adelante viene: "Mi corazón está firme, mi corazón está firme." Él pide y él alaba, él pide y él agradece.

Filipenses 4 se nos ordena, hermanos, que no estemos ansiosos y afanosos ante las desconocidas e incontrolables circunstancias de nuestra vida. Los que estamos en este mundo y somos hijos de Dios, ninguna de las cosas que nos ocurren... diferentes cosas buenas y malas, pero las malas son las que nos confunden, las buenas las aplaudimos. Nadie está cuando le pasa algo bueno, humanamente hablando, diciendo: "¿Y por qué, Señor? ¿Por qué tú me mandaste un trabajo tan bueno? ¿O esta mujer tan maravillosa? ¿O este hijo tan obediente?" ¿Verdad? No. Cuando nosotros recibimos cosas buenas de Dios, eso es un: "Bueno, es que da por sentado, bueno, yo me he esforzado en la vida, tú sabes, la verdad que yo pensé bien con quién me iba a casar." Y atribuimos las victorias en la vida a la sagacidad y no sé qué tanta sabiduría con la que nos hemos manejado. Pero las luchas y las dificultades y los problemas en la vida, entonces es que generan: "Pero Señor, ¿por qué? ¿Cómo?" Ahí sí.

Hermanos, a los que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien. Esa fue la actitud de David. Un hombre totalmente confundido con lo que está pasando, pero decide postrarse ante su Dios, poner su confianza en su Dios y alabar a su Dios. David no es que está totalmente contento con la situación; él está refugiado, y el que está refugiado no es que está aplaudiendo. De hecho, en el versículo 6 él dice: "Han tendido una red para mis pasos, mi alma está abatida." Él reconoce que emocionalmente él está abatido, él está inquieto. Pero en el versículo 7, inmediatamente él declara: "Firme está mi corazón, oh Dios, mi corazón está firme." El abatimiento de su alma no impide que él decida alabar a Dios.

Firmemente, esa expresión de "firme está mi corazón, firme", esa doble expresión de "firme" y "firme", en el original es "yo resuelvo, yo decido alabar a Dios, aún en estas circunstancias". Es una resolución que David tomó. David decide entonces decirse a sí mismo que él no va a ser movido por las circunstancias de su vida, que él no va a ser presa de las circunstancias de su vida, que su fe no depende de lo que pasa, depende de Dios que es inconmovible.

Y David, en todo este salmo, no lo vemos dudar ni un minuto, ni un versículo; no hay una palabra de duda acerca de su Dios. David no duda del poder de Dios, no duda de la justicia de Dios, no duda de la bondad de Dios, no duda de la misericordia de Dios, en ningún momento a lo largo del salmo, a pesar de que está en peligro de muerte. Y su repetición de "firme, firme" comunica su más decidida intención de alabar a Dios en medio de sus circunstancias.

Y hermanos, este es el último punto que yo quiero enfatizar ahora. Importante es ver lo que él dijo, todo lo que estamos viendo, pero a quién se lo dijo: se lo dijo a sí mismo. Esto de estar firme, estar firme, cantaré al Señor, él se lo dijo a sí mismo. Porque en nosotros hay una lucha. Cuando viene momento de dificultad y de incertidumbre y debatimiento, mi carne se echa hacia la pena, hacia el sentido de víctima, hacia la queja, hacia la tristeza, hacia el abatimiento. Esa es mi tendencia humana, esa es la tentación de mi carne.

El mundo, ante esa situación, te dice: "¿Pero tú tienes que estar positivo?" Sí, pero ¿positivo en qué? ¿En qué me afinco? ¿Que tú me vas a ayudar en mi problema? ¿Que tú me vas a proteger del dinero? ¿Que tú me vas a devolver mi familia? ¿Cuál es mi base? El positivismo es como agarrarse de humo. "Hay que estar positivo." ¿En qué? ¿Cuál es mi base?

El cristiano no se basa en el humo del positivismo. Se basa en la certeza de que Dios hace cooperar para bien todas las cosas. Hay una base. Hay alguien todopoderoso que te dice: "Yo voy a hacer que las cosas cooperen para bien." Ahí tengo base, ¿verdad? Puedo estar tranquilo. Pero yo no puedo estar tranquilo con el que me dice: "No te preocupes que todo va a salir bien." ¿Y quién lo garantiza? Pero la gente vive de estas cosas, de este humo, de estas ficciones, de este positivismo. Y hay iglesias predicando positivismo, y se apartan de la Palabra, se apartan del Dios que garantiza sus promesas.

Y David entonces lo vemos a él ahora diciendo a sí mismo, esta lucha interna: "Mi alma está abatida, pero yo he decidido. Mi alma está abatida, pero yo estoy firme. En mí, Señor, yo estoy firme en que le voy a alabar, y le voy a bendecir, y lo voy a glorificar, y proclamaré su gloria entre las naciones. Me están asediando, me están persiguiendo. Sí, pero yo estoy firme. Esto no me va a mover de donde yo estoy."

Esta no es la primera vez que David se habla a sí mismo. David en el Salmo 42, oigan lo que dice, versículo 11: "¿Por qué te abates, alma mía? ¿Y por qué te turbas dentro de mí?" Él está preguntando al alma, como que son dos personas, ¿verdad? A veces parecería que hay como dos personas dentro de nosotros, ¿verdad? Por una parte hay carne, por otra hay un espíritu. "¿Por qué te abates, alma mía? ¿Por qué te turbas dentro de mí?" Ahora, mire lo que él se dice: "Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez. Él es la salvación de mi ser y mi Dios."

Salmo 103, David vuelve y se habla. Oigan lo que él va y se dice a sí mismo: "Bendice, alma mía, al Señor." Él habla con el alma, le ha hablado mucho. "Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios." Y ahí comienza a listar los beneficios: "Él es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades, el que rescata de la fosa tu vida, el que te corona de bondad y compasión, el que colma de bien tus años, para que tu juventud se renueve como el águila."

"No olvides ninguno de sus beneficios, alma." Tú tienes ese problema, alma. Tú tienes el problema de que a ti se te olvidan las cosas. A ti se te olvida lo que Dios hizo por ti. Y a mí me encanta que él decidió poner, el Espíritu inspiró a David a colocar el primer beneficio, miren cuál es el primer beneficio: "Él es el que perdona todas tus iniquidades."

Si Dios no nos da más nada, hermanos, eso es suficiente para alabarlo por la eternidad. Si Dios no nos da más nada, eso es suficiente. Él es el que perdona tus iniquidades. ¿Sabes algo? Sepamos algo: tus iniquidades son mucho más de las que tú piensas que son. Tus pecados son mucho más grandes, mucho más numerosos y mucho más profundos que lo que todos nosotros imaginamos. Porque nosotros tenemos un ojo parcializado hacia el pecado y hacia nosotros mismos. Yo no puedo entender la profundidad de mi pecado, ni la dimensión, ni lo numeroso que es, a menos que yo tenga la visión de Dios, que es perfecto y que ve cada cosa como es. Ese beneficio es suficiente para yo alabarle y bendecirle.

Y a David entonces lo vemos en el Salmo 57, en el Salmo 42, en el Salmo 103, hablándose a sí mismo de que las circunstancias y el abatimiento de su alma no deciden cómo él va a reaccionar ante la vida. Lo que va a determinar, más bien, son las verdades que él conoce de Dios; esas determinan las reacciones que él va a tener ante la vida. "Tú vas a bendecir, alma, al Señor. Tú no lo quieres hacer, pero tú lo vas a hacer, porque Él te ha colmado de bendiciones."

Y entonces así David convence y ordena a su alma: "Bendice, alma mía, al Señor, y no te olvides de ninguno de sus beneficios. ¿Por qué te abates, alma mía? ¿Por qué te turbas dentro de mí? Vuelve a alabar de nuevo al Señor. Él es mi esperanza." Es una decisión consciente que David va a hacer ante la fragilidad de sus emociones, que se van en las tristezas y se van en la queja y se van y se confunden en lo que está pasando, porque nos pasa eso.

Y entonces vemos a un David confiado, orando intensamente y ordenándose a sí mismo a alabar y bendecir a Dios y agradecer a Dios aun en las peores de sus circunstancias.

Y con esto concluyo, hablando de esto de que debemos hablarnos a nosotros mismos. Un libro escrito por Martyn Lloyd-Jones, que se titula "Depresión espiritual", extraordinario libro, él habla de todas las posibles razones por las cuales el cristiano no vive una vida de plenitud como debe vivir. Y una de las cosas que él dice en su introducción es lo siguiente: "El arte de la vida espiritual consiste fundamentalmente en saber cómo manejarnos nosotros mismos." Repito eso de nuevo: el arte de la vida espiritual consiste fundamentalmente en saber cómo manejarnos nosotros mismos.

Tenemos que hacernos cargo de nuestras almas. Tenemos que dialogar con nosotros mismos y predicarnos a nosotros mismos y cuestionarnos a nosotros mismos. Debemos preguntarnos, como David lo hizo: "¿Por qué voy a inquietarme? ¿Qué motivos tengo para perturbarme?" Tenemos que volver los ojos a nosotros mismos y convencernos nosotros mismos y condenarnos nosotros mismos y exhortarnos nosotros mismos. Y en vez de estar murmurando contra Dios, de modo tan apesadumbrado e infeliz, decirnos a nosotros mismos: "En Dios pondré mi esperanza."

Y así responde un hijo de Dios, un individuo que ha entendido que para los que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien, hermanos. Así responde: confiado, buscando en la oración y diciéndose a sí mismo: "En Dios pondré mi esperanza." Aunque mis emociones no lo quieran, aunque mi alma no lo quiera, aunque las circunstancias no me indiquen que voy por buen camino, Dios ha dicho que todo coopera para bien para aquellos que aman a Dios.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.