La confianza en la soberanía de Dios transforma radicalmente cómo vivimos, pero esa misma confianza debe ir acompañada de un temor reverente hacia su santidad. La iglesia primitiva descrita en Hechos 4 experimentó una gracia abundante que produjo frutos extraordinarios: los apóstoles testificaban con gran poder sobre la resurrección de Cristo, y la congregación era de un solo corazón y un alma. Nadie consideraba suyo lo que poseía; vendían tierras y casas para que no hubiera ningún necesitado entre ellos. Esta generosidad no nacía de obligación sino de entender que del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella. Bernabé ejemplificó esta actitud: vendió su campo y depositó todo el dinero a los pies de los apóstoles, movido por un corazón genuinamente transformado.
Pero entre ellos había una pareja que quería lucir como Bernabé sin tener su corazón. Ananías y Safira vendieron una propiedad, retuvieron parte del precio y mintieron diciendo que entregaban todo. Pedro les confrontó: nadie les había obligado a vender ni a dar; el pecado fue el engaño deliberado. No mintieron a los hombres sino al Espíritu Santo. Ambos cayeron muertos, y un gran temor vino sobre toda la iglesia.
En un momento fundacional, Dios no estuvo dispuesto a permitir que el engaño infiltrara su pueblo como había infiltrado el Edén. Hay una línea muy fina entre la seguridad de ser hijos de Dios y la presunción de abusar de su gracia. La cercanía con Dios nos aleja del pecado; alejarnos de él nos familiariza con el mal hasta que lo disfrutamos. La gracia abundante nos capacita para obedecer, pero esa gracia llueve sobre quienes buscan agradarle, no sobre los confianzudos que juegan con su santidad.
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Bueno, le invito ahora a que pueda abrir la Palabra de Dios en el libro de los Hechos, capítulo 4. Vamos a darle continuación al texto de la Biblia que comenzamos la semana pasada. Este texto no solamente es la continuación al tema de la confianza en la soberanía de Dios, sino que amplía un poco el lente, y todo lo que vamos a leer un poquito más adelante son historias y verdades conectadas con las anteriores que amplían lo que nosotros estuvimos compartiendo la semana anterior.
Recordemos que definimos la soberanía de Dios como el derecho que Dios tiene de hacer todo cuanto su voluntad, sus decretos, sus designios hayan concebido, y no solamente el derecho, sino el poder que Él tiene de toda la eternidad de poder orquestar pasiva o activamente todo cuanto ha de acontecer sin tener que consultar a nadie y sin tener que dar cuentas o rendir cuentas a nadie. Pero dijimos a la vez que el entender eso y vivir eso tiene amplias y profundas implicaciones para la vida práctica. Y entre otras mencionamos que la confianza en la soberanía de Dios afecta nuestra vida de oración, y no solamente afecta nuestra vida de oración, afecta la manera como interpretamos la Biblia, afecta la manera como tú entiendes las circunstancias alrededor, afecta la manera como tú testificas, afecta los resultados de la oración e incluso afecta la forma como tú te relacionas con la comunidad que está alrededor de ti.
Nosotros cubrimos casi cada uno de esos puntos, pero hubo dos de ellos que no nos dio el tiempo para cubrir y que haciendo uso del texto de hoy vamos a tratar de hacer. Uno de esos es que la confianza en la soberanía de Dios afecta cómo testificas, y el otro es que la confianza en un Dios soberano afecta cómo vives en relación a los demás que están en tu entorno. Hay un tercer punto que nosotros queremos cubrir en esta mañana a partir del texto que todavía no hemos leído y que no leímos la semana pasada, y es el siguiente: la confianza con la que Dios nos invita a acercarnos a Él no implica que no debamos tener un temor reverente hacia su santidad y hacia lo que Dios es capaz de hacer cuando dicha santidad es violada.
Decía a manera de introducción entonces que si quieres tener una idea de lo que Dios es capaz de hacer cuando su santidad es violada, tú puedes tomar una sola vista a la cruz y puedes pensar cómo Dios se atrevió a clavar a la segunda persona de la Trinidad, su unigénito Hijo, su único Hijo, porque los hombres habían violado su santidad, y su justicia y su santidad necesitaban ser reivindicadas. Dios es capaz de hacer eso, y eso es algo que nosotros quisiéramos ver hoy en vista de toda la confianza que Dios nos ha llamado a tener en su persona, pero también cómo nosotros necesitamos ser cuidadosos a la hora de ejercer dicha confianza.
Entonces con eso yo quiero que comencemos a leer desde el versículo 32 del capítulo 4 hasta el versículo 11 del capítulo 5. Es un texto largo, pero como hemos dicho otras veces y les recuerdo hoy, antes de cortar lo que la Palabra tiene que decir, cortamos lo que el hombre tiene que decir. Y aquí está la Palabra de Dios, versículo 32: "La congregación de los que creyeron era de un corazón y un alma, y ninguno decía ser suyo lo que poseía, sino que todas las cosas eran de propiedad común. Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia había sobre todos ellos. No había, pues, ningún necesitado entre ellos, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían, traían el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y se distribuía a cada uno según su necesidad. Y José, un levita natural de Chipre, a quien también los apóstoles llamaban Bernabé, que traducido significa hijo de consolación, poseía un campo y lo vendió, y trajo el dinero y lo depositó a los pies de los apóstoles."
Pero ahí está la conexión con el texto anterior en ese "pero": "Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una propiedad y se quedó con parte del precio, sabiéndolo también su mujer, y trayendo la otra parte, la puso a los pies de los apóstoles. Mas Pedro dijo: Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y quedarte con parte del precio del terreno? Mientras estaba sin venderse, ¿no te pertenecía? Y después de vendida, ¿no estaba bajo tu poder? ¿Por qué concebiste este asunto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír estas palabras, cayó y expiró, y vino un gran temor sobre todos los que lo supieron. Y los jóvenes se levantaron y lo cubrieron, y sacándolo, le dieron sepultura. Después de un lapso como de tres horas, entró su mujer, no sabiendo lo que había sucedido. Y Pedro le preguntó: Dime, ¿vendisteis el terreno en tanto? Ella dijo: Sí, ese fue el precio. Entonces Pedro le dijo: ¿Por qué os pusisteis de acuerdo para poner a prueba el Espíritu del Señor? Mira, los pies de los que sepultaron a tu marido están a la puerta, y te sacarán también a ti. Al instante ella cayó a los pies de él y expiró. Al entrar, los jóvenes la hallaron muerta, y la sacaron y le dieron sepultura junto a su marido. Y vino un gran temor sobre toda la iglesia y sobre todos los que supieron estas cosas."
¿Te imaginas la iglesia en ese momento? Primero en la abundancia de la generosidad, y luego la sobriedad de la disciplina de Dios.
Para comenzar a abrir este tema del día de hoy acerca de la confianza en la soberanía de Dios, segunda parte, yo quisiera prestar atención a una frase que está en el versículo 33, porque yo creo que es esa frase la que nos ayuda a entender qué es lo que está pasando en esta iglesia. ¿Cuál es la causa? ¿Cuál es la motivación? ¿Cuál es el motor detrás de todo eso? Y esa frase es: "y abundante gracia había sobre ellos."
La confianza de los creyentes en esta etapa temprana de la iglesia, depositada en la soberanía de Dios, resultó en una gracia abundante. Y yo recordaba esta mañana que nosotros nunca nos ganamos la gracia de Dios. Nunca es merecida la gracia de Dios. Sin embargo, cuando tú revisas la Palabra de Dios una y otra vez, tú te encuentras con que es claro que Dios responde con mayor gracia en la medida en que sus hijos confían en Él. A mayor gracia en nosotros, mayor obediencia; mayor obediencia, mayor la gracia que Dios sigue depositando.
Ahora, entendamos: mi obediencia no me gana la gracia del Señor, porque como ya dijimos, no la puedes ganar. Pero mi desobediencia hace que Dios tenga que visitarme con su disciplina más que con esta gracia de la que estamos hablando en este momento, porque Dios entiende que a menos que el carácter piadoso de sus hijos se haya desarrollado, con frecuencia ellos mal administran y abusan incluso de la gracia recibida si ese carácter no se ha formado primero. El hombre tiende a abusar de aquello que recibe de Dios si su carácter no ha sido desarrollado para administrar lo recibido.
Lo primero que nosotros vemos en la medida en que leemos este texto es que la confianza en la soberanía de Dios nos afecta positivamente para la manera como vamos a testificar, y ese es uno de los puntos que se había quedado atrás. Mira el versículo 33, cómo comienza: "Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia había sobre ellos." Los apóstoles recibieron abundante gracia y entonces con gran poder testificaron. Gran gracia, gran poder; gran poder, gran gracia. Y eso es algo que nosotros vamos a entender: la gracia es lo que está haciendo posible que ellos pudieran testificar acerca de la resurrección, y no solamente testificar, sino poderlo hacer con gran poder.
Tú puedes pensar en la gracia de Dios como ese atributo que te da lo que no mereces, como sería la gloria, por ejemplo. Pero desde otro ángulo, cuando hablamos de que la gracia de Dios en Pablo, como oíamos en la tesis, es la que le permitió a Pablo hacer y trabajar más que todos los hombres, y luego él dice "mas no yo, sino la gracia de Dios en mí", cuando pensamos en esa dirección, la gracia ha sido definida como la habilidad que Dios tiene de capacitarnos para hacer todo cuanto Él nos ha llamado a hacer.
Testificar es uno de esos mandatos, es uno de los mandatos recurrentes en la Palabra de Dios y aparece de múltiples maneras. De hecho, el versículo 12 que no leímos hoy dice que por mano de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios entre el pueblo. De tal manera que los apóstoles pudieron, por la gracia de Dios, no solamente testificar en palabras, sino que pudieron testificar en hechos; pudieron vivir cosas que hablaron y proclamaron justamente por la misma gracia del mismo Dios.
Muchas veces nosotros no testificamos de esta manera, con gran poder y con gran confianza, porque nos ha faltado confianza en la soberanía de Dios. Y muchas veces nos ha faltado confianza en dicha soberanía porque no hemos llegado a conocer a Dios tan bien como Él quiere que le conozcamos. De hecho, Bonhoeffer, como hablamos la semana pasada, refiriéndose a esta falta de confianza o temor que a veces tenemos a los hombres, decía lo siguiente: que aquellos que temen a los hombres no temen a Dios, y que aquellos que temen a Dios no temen a los hombres.
La realidad es, hermanos, que la mayoría de la humanidad está gobernada por temores. Tememos múltiples cosas: nosotros tememos pasar vergüenza, nosotros tememos ser rechazados, tememos perder dinero, tememos perder respeto, nosotros tememos perder el control, tememos perder la salud, tememos perder cosas materiales, tememos pasar por tontos. Nosotros tememos prácticamente a todo. Mucha gente incluso se monta en un avión y teme lo que le pueda pasar al avión. Y se nos olvida que la cura de todos esos temores es confianza en la soberanía de Dios.
Me mencionaba temprano en esta mañana: nosotros veníamos de Cuba el viernes pasado. Como a media hora antes de aterrizar —no sé exactamente todavía lo que pasó— hubo un gran sonido fuerte en el avión y repentinamente el avión, al mismo tiempo, perdió mucha altura, como si fuera un bolsillo de eso de aire, como le llaman, una ráfaga de aire. Pero el ruido fue lo que precedió todo esto, e inmediatamente después —no sé si el piloto lo hizo maniobrando o si era parte de lo que estaba ocurriendo— hubo mucha pérdida de velocidad de parte del avión. E inmediatamente después, imagínate todo esto pasando como en cinco segundos uno detrás del otro, entonces había un ruido afuera que nadie sabía de dónde provenía. Parecía como que si una turbina se hubiese desprendido, que hubiese causado la pérdida de la altura, de la velocidad, y lo que estaba ahí afuera, lo que quedaba, sonaba: cla, cla, cla, cla, cla.
Las azafatas, que eran un poco oscuritas, se pusieron blancas. Miraban hacia afuera porque nadie sabía. Y yo hice una oración de una frase y decía: "En el nombre del Señor..." Imaginé al Señor sosteniendo el avión; como que será parte de mi oración. Le dije al Señor en oración: "Creo que nos juntamos esta noche." En serio. Y en eso entonces me voy a voltear para decirle a mi esposa: "No te preocupes, que el Señor nos espera," cuando se calmó todo. Y hasta el día de hoy no sé qué pasó.
Pero de algo estaba seguro en ese momento: si dos pajarillos no se caen al suelo sin su consentimiento, un avión con doscientos pasajeros no se puede caer sin el permiso de Dios. La cura de nuestros temores es la confianza en la soberanía de Dios. Y entonces, en el contexto de lo que estamos viendo hoy, la confianza en la soberanía de Dios capacitó, por medio de su gracia, a los apóstoles para hablar, para testificar no solo de la resurrección de Cristo, sino para hacerlo con gran poder.
Punto número uno. Punto número dos: la confianza en un Dios soberano afecta nuestra relación con la comunidad a nuestro alrededor. Eso es increíble. Pero nota estas palabras en el versículo 32: "La congregación de los que creyeron era de un corazón y un alma, y ninguno decía ser suyo lo que poseía, sino que todas las cosas eran de propiedad común." Versículo 34: "No había, pues, ningún necesitado entre ellos, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían, traían el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y se distribuía a cada uno según su necesidad."
Esta comunidad conocía el Antiguo Testamento. Seguro que conocían un salmo muy conocido aún el día de hoy, y ese es el Salmo 24:1, uno que escribió el rey David, que dice que del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y todos los que en él habitan. Esta iglesia llegó a entender: "En realidad esto que tenemos, que estamos vendiendo y regalando, no es mío". De hecho, no solamente las cosas materiales en el planeta Tierra no son mías, sino que el texto del Salmo 24:1 dice que del Señor son todos los que habitan este planeta. Por tanto, la iglesia primitiva llegó a verse como administradores de sus vidas y llegó a verse también como administradores de lo que ellos poseían. Dios era y es el dueño de todo.
Por tanto, ese entendimiento que tiene que ver también con soberanía, con derecho, con poder que Dios tiene, cambia por completo cómo yo me veo. Yo me veo como un administrador de lo que tengo, yo me veo como un administrador de lo que compro y de lo que vendo, yo me veo como un administrador de lo que retengo, yo me veo como un administrador de mi propia vida. Y nota entonces cómo esta iglesia respondió a ese entendimiento: ninguno decía hacer suyo lo que poseía, sino que todas las cosas eran de propiedad común. Un Dios soberano te recuerda quién es el verdadero propietario de todo cuanto tú posees.
De hecho, esta congregación no solamente tuvo en común, por así decirlo, lo que poseía; tuvieron sus propias vidas en común. Escucha cómo el texto comenzó: "La congregación de los que creyeron era de un corazón y un alma". La confianza en la soberanía de Dios afecta cómo tú vives en relación a los demás. Eran de un corazón y un alma. El individualismo de nuestros días, que caracteriza nuestra generación, nuestros años, no entiende mucho de esta forma de comunidad en que estos hermanos vivieron, porque eso está ajeno a nuestra posible concepción.
Pero la iglesia, de hecho la población de aquellos días, tuvo una cosmovisión y una forma de vida completamente distinta. La gente verdaderamente vivía como en comunidad, y tú puedes ver eso en la Palabra de diferentes formas. Por ejemplo, ¿cómo es que María y José, que asumimos padres responsables, se enteran tres días después que Jesús no está con ellos? Tú te imaginas, tú tienes un hijo de 12 años, tú regresas de Jerusalén para tu tierra donde tú vives, y al final del primer día José le dice a María: "¿Y Jesús?" "No sé, yo no le he visto en el día entero, pero él anda con nosotros. Vamos a dormir". Despiertan al otro día. "José, ¿y dónde durmió?" "Nosotros no sabemos, pero tú sabes que él anda con nosotros, ¿cómo con nosotros? No, porque él anda con la comunidad". Segundo día: "José, pero vea que desde hace mucho muchacho que no lo vemos". "No te preocupes, no te preocupes, María, que él anda con nosotros". Tercer día, al tercer día es que ellos dicen: "Pero vamos a regresar, porque aparentemente como que no anda con ninguno de los que están aquí". Eso fue más o menos como que pasó.
¿Tú concibes eso? Nosotros ahora, como a los tres minutos si no vemos los hijos, "¿dónde están?", andamos alborotados poniéndonos locos, porque nosotros tenemos formas individualistas de caminar, de criar, de ir de compras. ¿Cómo es que Jesús le cuenta una parábola que un hombre recibió un visitante y a medianoche fue a tocarle al vecino? "Oye, ¿tú no tienes pan por ahí? Porque yo necesito darle comida". Porque el visitante mío era visitante de la comunidad, y la responsabilidad de alimentarlo no era solamente mía, era de toda la comunidad.
En esa cultura, Dios obrando abundante gracia sobre ellos resultó que a esta gente le fue mucho más fácil integrarse, ser de un corazón y de un solo sentir. Pero sobre todo porque ellos habían desarrollado una devoción a la persona de Cristo, y cuando tú haces eso es mucho más fácil ser de un solo sentir y de un solo corazón.
Mira cómo A. W. Tozer explica esto de una manera a través de una ilustración. Él dice: "¿Alguna vez has pensado que cien pianos afinados, cada uno de ellos conforme al mismo diapasón?" Para los que no conocen la palabra, el tenedor es musical que afina los instrumentos. Están automáticamente afinados el uno al otro. Todos ellos suenan como un mismo sentido por el hecho de estar afinados no el uno al otro, pero sí a otro estándar al cual cada uno de ellos rinde honor. De esa misma manera, cien adoradores unidos en un lugar, cada uno mirando a Cristo, están cada uno más cerca de corazón que lo que ellos pudieran estar si ellos conscientemente trataran de unirse, pero en vez de mirar a Dios se forzaran por tener una koinonía más cerca.
Nosotros hoy hablamos y pensamos que las congregaciones, que esta congregación, aquella, no se siente muy unida. "Vamos a hacer una comelona, vamos a hacer un día un pasadía, vamos a..." Inventamos muchísimas cosas para tener koinonía. Y Juan escribe a la comunidad y le dice: "No, no está complicado. Ya muchísimo trabajo ponerse a cocinar, y hay que hacerse un día haciendo cosas". Mira cómo Juan lo entendió en 1 Juan 1:7: "Mas si andamos en la luz..." Yo quiero tener koinonía con mi hermano, y yo lo que necesito es andar en la luz. Porque como él está en la luz, él está en la luz, y yo he decidido andar en la luz. Escucha: tenemos comunión los unos con los otros. ¡Wow! Es más simple. Yo lo que necesito es estar sintonizado a un mismo diapasón con mi hermano, pero el diapasón que sintoniza el corazón de mi hermano y el diapasón que sintoniza mi corazón es la persona de Jesús. Si nosotros estamos sintonizados a la misma persona de Jesús y estamos caminando en la luz, resulta que ya estamos teniendo comunión cercana el uno con el otro.
Eso es lo que le dio a esta iglesia el ser de un solo sentir y de un solo corazón. Fueron las verdades del satisfacer las necesidades del evangelio, y son las verdades del evangelio las que nos pueden llevar a vivir como ellos vivieron. Las queremos, pero frecuentemente no las vivimos, y entonces se nos dificulta ese desprendimiento que estos hermanos tienen o tuvieron.
Ahora, yo no estoy proponiendo y diciendo que este texto enseña que en todas las generaciones, en todas las comunidades cristianas, es lo que había que hacer. Pero sí hay un principio detrás, y es que cuando abunda la gracia de Dios en la congregación o en las vidas individuales, abunda la generosidad. La dificultad que nosotros tenemos muchas veces para dar no es escasez de cosas, es escasez de gracia. Cuando la vida es orientada verticalmente, esa orientación vertical pone de manifiesto cuán superficial es la vida de este mundo, cuán superficiales son sus valores, cuán superficiales son sus estilos.
A nosotros los pastores nos ha tocado en múltiples ocasiones escuchar gente de diferentes congregaciones, en diferentes naciones, luchar y pensar, comenzar a preguntarse que si el diez por ciento es del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento. Y obviamente siempre la lucha no es saber si es del nuevo o del viejo porque yo quisiera dar el doce, y como es del viejo yo no puedo dar el doce. Nunca es eso. Siempre es saber si puedo dar el ocho, o el siete y medio, o el cinco punto cinco. La lucha con esta comunidad era averiguar quién es que está necesitado, o ver si tengo que vender lo mío para que le podamos llenar su necesidad. Tú puedes ver la disparidad entre cómo luchamos hoy por algo que es una décima parte, que muchas veces es de lo que me sobra, y esta gente estaba tratando de vender las cosas de manera que no hubiera nadie necesitado.
El versículo 34: "No había pues ningún necesitado entre ellos, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y se distribuía a cada uno según su necesidad". La venta de sus propiedades fue el resultado de su preocupación por las necesidades. Vendían tierras, vendían casas, traían el dinero de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles. Hasta ese momento los apóstoles predicaban, oraban, ministraban, visitaban enfermos, recibían el dinero, cubrían necesidades, hasta que llegamos al capítulo 6, cuando comienza a aparecer como un segundo tipo de personas que ministran en la congregación, y ellos deciden dedicarse a la oración y a la administración de la Palabra. Y posiblemente ese grupo que aparece en el capítulo 6, quizás es ese tipo de persona que evoluciona y dan paso a lo que fueron los diáconos posteriormente.
Pero si piensas en esta iglesia y en el pasaje que estamos revisando, tú puedes ver que esta iglesia se destacó número uno por su unidad: "La congregación de los que creyeron era de un corazón y un alma". Desprendimiento: "Ninguno decía hacer suyo lo que poseía". Generosidad: "Todas las cosas eran de propiedad común". De nuevo, los apóstoles testificaban con gran poder acerca de la resurrección del Señor Jesucristo. Presencia manifiesta de Dios: "Y abundaba la gracia, abundante gracia hubo sobre ellos". Estabilidad: "No había pues ningún necesitado entre ellos". La eternidad como enfoque de vida: "Todos los que poseían tierras o casas las vendían". Estas cosas son temporales, no van a durar mucho, mejor las vendemos. Credibilidad en el liderazgo: "Traían lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles". Igualdad, cierta igualdad por lo menos al vivir: "Y se distribuía a cada uno según su necesidad". Ese fue el resultado de gracia abundante sobre ellos.
Una vez más en la historia de la iglesia, ayer y hoy, la escasez o la dificultad para dar nunca, nunca ha estado relacionada a la escasez de recursos, nunca, sino a la escasez de gracia. Míralo en este texto del apóstol Pablo escribiendo a los corintios en su segunda carta, capítulo 8, parte del versículo 1, y hablándoles a los corintios acerca de iglesias muy pobres: "Ahora, hermanos, os damos a conocer la gracia..." ¿Te das cuenta que la gracia que te permite esto? "Nosotros ya les queremos hablar de la gracia que Dios ha dado a las iglesias de Macedonia". ¿Qué clase de iglesias eran? "Pues en medio de una gran prueba de aflicción abundó su gozo". ¿Qué fue lo que les dio gozo? La gracia. "Y su profunda pobreza..." La palabra en el original, si la fuera a traducir al español literalmente, diría paupérrimos. Y siendo paupérrimos, sobreabundó en...
La riqueza de su liberalidad, la gracia de Dios hizo que iglesias paupérrimas fueran liberales al dar. Porque yo testifico que según sus posibilidades —¿cuál es la posibilidad de Pablo? No tenía ninguna— no, más allá de sus posibilidades dieron de su propia voluntad, suplicándonos con muchos ruegos, con muchos ruegos, el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos. Pablo aparentemente les está diciendo: "Ustedes son paupérrimos", y ellos tuvieron que suplicarle a Pablo. Y cuando Pablo no accedía, le suplicaron con muchos ruegos: "Pablo, pero déjanos participar en el sostenimiento de los santos".
¿Y cómo ellos hicieron esto? Aquí está la clave. Y esto no como lo habíamos esperado. Pablo no esperaba que ellos lo hicieran, ni se lo estaba pidiendo ni requiriendo, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor. Ahí está la clave. Es la clave de esta otra iglesia primitiva descrita en el libro de los Hechos: ellos se dan al Señor a sí mismos. Ese es como su diapazon que los sintoniza. Y entonces luego a nosotros por la voluntad de Dios. La escasez económica nunca ha sido la causa de no dar; es la escasez de gracia que nos hace resentir el dar. Y el diezmar, cristianos dativos son cristianos de mucha gracia, y ese es resultado de apreciar lo que Cristo hizo.
En esa misma carta Pablo les dice, en ese mismo contexto, que los corintios llegaron a entender que Cristo, siendo rico espiritualmente hablando, pero rico también de toda forma posible porque Él poseía todo, se hizo pobre para que nosotros, que éramos pobres espiritualmente hablando, llegásemos a ser ricos. De manera que esta iglesia contempló la cruz y dijo: "Pero si el Señor se dio de esa manera, ¿qué hago yo escatimando esfuerzos y excusas y recursos para la causa de alguien que se dio como se dio a sí mismo?"
Ahora, esa generosidad es el resultado de confiar en la soberanía de Dios como dador. Es una generosidad real, no fingida. Es una generosidad como la vemos en la vida de Bernabé, de una persona. Porque si hay algo bueno que el texto hace es que nos habla de características de la iglesia, pero yo creo que Él, sabiendo cómo nosotros somos, lo que hace es como que se centra ahora en una persona y luego en dos, para ayudarnos a ver algo de esta generosidad ya de manera individual. Porque, iglesia, "mi iglesia no es así". Bueno, vamos a hablar de personas. Y entonces Dios comienza a hablar en Su Palabra de Bernabé, y Él contrasta la generosidad genuina, real, de Bernabé con la generosidad aparente de Ananías y Safira.
El nombre de Bernabé es un nombre que aparece de forma recurrente en la Palabra de Dios. Aparece 23 veces en el libro de los Hechos, 23 veces. Los apóstoles, dice el texto, fueron quienes le pusieron por sobrenombre Bernabé, que traducido significa "hijo de consolación". Ese no era su nombre; él era un levita natural de Chipre, pero los apóstoles llegaron a apreciar que había algo especial en este hombre y le pusieron de apodo, diríamos nosotros, de sobrenombre, Bernabé, que traducido significa "hijo de consolación". Natural de Chipre, que también los apóstoles llamaban Bernabé. Versículo 36: "Pues tenía un campo, lo vendió y trajo el dinero, y lo depositó a los pies de los apóstoles".
Algunos daban por obligación, no Bernabé. Algunos daban por responsabilidad, no Bernabé. Algunos daban para calmar su conciencia, bueno, no Bernabé. Algunos daban para ganar la opinión de los hombres, bueno, quizás Ananías y Safira, pero no Bernabé. Y algunos, como Bernabé, daban porque no pueden retener lo que ellos entienden ha sido una bendición. Y dan porque Dios ha transformado su carácter de tal manera que su carácter ahora es dativo, como lo es el carácter de Dios. Y porque las cosas materiales que usualmente le dan seguridad a las personas, a gente como Bernabé no le dan seguridad, porque su seguridad está en el Dios soberano en quien ellos han creído.
Gente como Bernabé ha llegado a entender, y gente como esta iglesia primitiva, esta perspectiva de vida que nosotros encontramos en Lucas 12, que Cristo estaba tratando de enseñar a sus discípulos. A partir del versículo 15: "Y les dijo: Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes". Entonces, en ese contexto, Cristo enseñando en contra de la avaricia y enseñando acerca de la verticalidad de la vida: aunque tú tengas muchas cosas, tu vida no consiste en eso.
Él les dice lo siguiente. También les refirió una parábola diciendo: "La tierra de cierto hombre rico había producido mucho, y pensaba dentro de sí diciendo: '¿Qué haré? Yo no tengo donde almacenar mis cosechas'". Quizás algunos de nosotros pensamos: "Y yo no tengo donde poner tanta ropa". Entonces dijo: "Esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes". "Necesito un clóset más grande, necesito un garaje donde poner cosas", en Estados Unidos se diría. "Y allí almacenaré todos mis granos y mis bienes. Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados por muchos años; descansa, come, bebe, diviértete". Pero Dios le dijo: "Necio, esta misma noche te reclaman el alma, y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?" Así es el que acumula tesoro para sí y no es rico para con Dios.
Imagínate el día que estés cruzando de Cuba en el avión, a punto de caernos, Cati, y cómo vamos distribuyendo esto: "¿Quién se va a quedar con tal cosa? ¿Quién le va a mudar tal otra? ¿Y quién se va a quedar con esto?" No, nadie sabe lo que va a pasar con nada. No es el dinero. La generosidad nos guarda de la avaricia. La generosidad nos guarda de idolatrar el dinero. La generosidad nos evita volvernos materialistas. La generosidad evita que el dinero nos controle, para que Dios nos pueda controlar.
Entonces este hombre Bernabé, hijo de consolación, tenía un espíritu tal que él no solamente daba cosas materiales; él daba su vida a la causa de Cristo. ¿Quién es quien toma a Pablo? A Pablo no lo quería recibir la iglesia. Pablo se convierte, Dios lo convierte, y la iglesia no lo quiere. De hecho, la iglesia estaba como alborotada con Pablo. El texto de la Palabra dice que en un momento dado Pablo se fue a Tarso, y entonces, con la palabra "entonces" importante, "y entonces hubo paz en las iglesias". Hubo que sacar a Pablo de la comunidad porque la iglesia no tenía paz con Pablo; podía ser un infiltrado. Bernabé toma a Pablo, lo introduce a la iglesia, y la iglesia lo acepta por Bernabé, por la confianza que habían depositado en Bernabé.
Bernabé es quien, cuando en Antioquía hacía falta más ayuda y nadie sabía dónde estaba Pablo excepto Bernabé y algunos más, el texto dice que Bernabé se fue a Tarso a buscar a Pablo y lo trajo. Ya habían pasado siete o diez años desde que Dios lo había tumbado, y ahora Bernabé, sabiendo dónde estaba Pablo, fue a Tarso, lo trajo, y ahí entonces, eventualmente, como un año después, Pablo y Bernabé fueron enviados en el primer viaje misionero. Era un hombre especial, era un hijo verdaderamente de consolación. Ese era Bernabé.
Pero entre ellos había una pareja que quería lucir como Bernabé, pero no tenían el corazón de Bernabé. Y esa pareja, y el contraste entonces con lo que hemos venido hablando, lo quiero usar para construir mi tercer punto, que es este: la confianza con la que Dios nos invita a acercarnos a Él no implica que no debamos tener un temor reverente hacia Su santidad y hacia lo que Dios es capaz de hacer cuando esa santidad es violada. La vida de Ananías y Safira ilustra ese punto perfectamente bien.
Dios nos ha invitado a acercarnos con confianza al trono de la gracia, pero yo tengo que entender que no es lo mismo tener confianza que ser confianzudo. Y en esta generación, yo comentaba y he hablado con Cati, mi esposa, múltiples veces: en mi propia vida yo he visto la diferencia entre los años ochentas, noventas, y lo que hoy está ocurriendo. Los niveles de familiaridad irreverente que yo escucho continuamente, jugando con verdades, con verdades que son ciertas porque son verdades por definición.
Como esto, porque creo que el cristiano se ha acostumbrado a decir cosas así: "Todos somos pecadores". Y es verdad, pero justificamos nuestro pecado con esa verdad. "¿De qué? Bueno, imagínate, es que todos somos pecadores". Sí, pero esa no es la única verdad que la Palabra tiene. O decimos: "Bueno, gracias a Dios que todo es por gracia". Sí, es verdad, pero usamos eso para justificar nuestra falta de celo por la santidad de Dios. Pecamos significativamente y luego decimos: "Bueno, qué bueno que todo es por gracia". "Bueno, gracias a Dios que por gracia..." No hay la menor preocupación, cargo de conciencia, peso. "Nadie es bueno, no, nadie es bueno", y entonces minimizamos nuestra iniquidad. Eso, en los años ochenta, entre cristianos yo no oía ese vocabulario, no de esa forma. Yo oía las verdades, pero no el uso de las mismas de esa manera.
A Ananías y Safira, algunos dicen que eran creyentes, otros dicen que no. Nosotros no sabemos. Puede ser que lo eran; creyentes son capaces de hacer lo que ellos hicieron. Pero puede ser que no lo eran. En un momento fundacional de la iglesia, Dios no estaba dispuesto a negociar Su santidad. Y entonces ellos vendieron algo, acordaron un precio entre esposo y esposa, y luego fueron y le dijeron a Pedro que este era la totalidad de lo vendido, cuando en realidad no lo era.
Y Pedro le hace cuatro preguntas que están en el texto. Primero: "¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y quedarte con parte del precio del terreno? ¿Por qué te hiciste eso?" Número dos: "Mientras estaba sin venderse, ¿no te pertenecía?" En otras palabras: nosotros no te lo pedimos, no es obligatorio hacer esto, no te pedimos ni siquiera un diezmo; era tuyo, tú podías quedarte con eso sin pecar, incluso. "¿Y después de vendida, no estaba bajo tu poder?" Después que lo vendiste, todo el dinero, ¿no era tuyo también? No lo estábamos pidiendo ni requiriendo. "¿Por qué concebiste este asunto en tu corazón?" Y entonces la afirmación poderosa: "No has mentido a los hombres, sino a Dios".
El contexto sugiere que Ananías y Safira, en cierto plano, se pusieron de acuerdo: "Lo vamos a vender por tanto, vamos a retener tanto".
Lo vamos a entregar, vamos a decir que fue todo el precio, pero en realidad tú y yo sabemos que no es así. No preguntan, tú dices yo también que sí, que ese fue el precio, y lo trajeron a los pies de los apóstoles. Esta es la esencia del engaño y la manipulación en una etapa fundacional de la vida de la iglesia.
Hermanos, nosotros no podemos olvidar que nosotros estamos, en buen dominicano diríamos, en el lío moral que estamos por un engaño en un momento fundacional de la creación, donde Satanás hizo algo que aparentemente hizo en esta pareja: inducirlos. La corrupción de toda la creación ha sido resultado de Satanás inducir a la primera pareja.
Hermanos, la mentira es hipocresía, pero yo tengo que recordar que nosotros damos diferentes formas de mentir. Nosotros mentimos cuando aparentamos ser una cosa que no somos. Nosotros mentimos cuando decimos haber visto una cosa que no hemos visto. Mentimos cuando decimos haber oído una cosa que no hemos oído. Nosotros mentimos cuando oímos a una gente comentar algo y luego vamos donde el pastor y le decimos: "La gente anda diciendo..." Eso es una mentira. Hay una persona que te ha dicho, no "la gente anda diciendo". Nosotros somos muy livianos con el lenguaje.
Nosotros mentimos cuando decimos que sentimos algo que no estamos sintiendo. "Hermanos, yo te amo verdaderamente, hermano." Me da vuelta, su hermano no hace... Nosotros mentimos cuando cantamos cosas a Dios que no tratamos de vivir ni siquiera. Yo sé que vamos a fallar, pero es que no tratamos a veces ni siquiera de vivirlas. Nosotros mentimos cuando hacemos con palabras lisonjeras, "Varón de Dios", y por dentro pensando "no le digo así porque uno le va a decir..." Mentimos cuando le decimos a alguien que somos amigos cuando en realidad no estamos dando muestra de serlo. Todas son formas no veraces de vivir, y esta pareja parece que tenía algo o mucho de eso.
Ananías y Safira. Y Pedro le pregunta: "Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y quedarte con parte del precio del terreno?" Obviamente Satanás llenó el corazón de Ananías, lo indujo, lo sedujo. Pero sabes qué, no es a Satanás que matan, es a Ananías. Igual que pasó en la creación, no seamos muy ligeros al culpar a Satanás para disculparnos nosotros.
De Satanás nosotros aprendemos cuatro cosas en esa sola pregunta. Una pregunta y hay cuatro cosas que yo aprendo: "¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y quedarte con parte del precio del terreno?" Primera cosa que aprendo: Satanás indujo a Ananías y Safira para que él tratara, y ambos trataran, de engañar a Pedro. Eso dice el texto. Número dos: la mentira dicha a Pedro fue una mentira dicha al Espíritu Santo. Mano, la mentira que tú y yo decimos no es una mentira contra los hombres, es una mentira contra Dios. El hombre no tiene autoridad para juzgarme como veraz o no; Dios es quien me juzga como veraz o no. Al mismo tiempo, yo aprendo que mentirle al Espíritu Santo es mentirle a Dios. Él es la tercera persona de la Trinidad, y el texto dice: "No han mentido a los hombres, sino a Dios", y luego dice: "Han mentido al Espíritu Santo". Y aprendo también que cada vez que miento no estoy ofendiendo a los hombres, como ya mencioné, sino al mismo Dios.
La mentira es una hipocresía. El salmista dice en el Salmo 116:11: "Todo hombre es mentiroso." Yo no sé si ese verso te golpea tan duro como a mí me golpea cada vez que lo leo, porque todo hombre es mentiroso, lo que implica que todo hombre de alguna manera, en algún momento, en algún lugar, es hipócrita en algún momento. Y somos livianos al lidiar con Dios. Nos hacemos... Dios nos ha invitado con confianza, acercarnos con confianza al trono de la gracia. Sí, con confianza de que Él perdona, de que es soberano, Él tiene poder, Él tiene control. No esa confianza que nosotros decimos, "la confianza está buena". En esa misma confianza con Dios es que está el peligro.
Mira lo que dice John Murray en uno de sus libros, al preguntar: "¿Es correcto temer a Dios?" Y responde: "Es la esencia de la impiedad no temer a Dios cuando hay razón para temer. Es la esencia de la impiedad no temer a Dios cuando hay razón para temer." Cristo dijo: "No temáis a los hombres, sino temed al que puede matar el alma y el cuerpo." Él mismo nos instruyó a nosotros: no nos conviene ser confianzudos, porque cuando nosotros somos confianzudos, somos ligeros con Dios contando con su gracia.
Y mira qué es lo que ocurre cuando yo soy confianzudo con Dios y estoy abusando su gracia: yo comienzo a alejarme de Dios. Pero recuerda cómo es que nosotros vivimos: Dios aquí, el pecado aquí, o el mal aquí. Cuando yo me acerco a Dios, yo me alejo del mal. Cuando yo me alejo de Dios, yo me acerco al mal. Entonces, de esa manera yo tengo que entender que a mí no me conviene ser confianzudo con Dios, porque yo comienzo a alejarme de Dios, y con eso comienzo a acercarme al pecado. Y al acercarme al pecado, me familiarizo con el pecado. Y la familiarización con el pecado me lleva a perderle el temor al pecado. Y cuando yo le pierdo el temor al pecado, yo comienzo a sentirme cómodo con el pecado. Y cuando yo me siento cómodo con el pecado, yo comienzo a disfrutar el pecado. Y cuando yo disfruto el pecado, yo comienzo a abundar en pecado. Y eso me aleja de Dios aún más.
Derek Thomas, en su comentario sobre el libro de los Hechos, y comentando acerca de la iglesia de hoy en día, dice que la iglesia de hoy en día parece usar de forma terapéutica el afirmar que somos hijos de Dios, y cuando pensamos en ese Dios, lo concebimos de una forma muy relajada. Entonces él agrega: nosotros somos hijos de Dios por fe en Cristo Jesús, con todos los derechos y privilegios de los hijos, pero que esta seguridad en nuestro estado como hijos no debe llevarnos a una conducta irresponsable con relación a nuestra santidad y compromiso. Nuestra seguridad es confirmada en el curso de nuestra obediencia. Hay una línea muy fina, dice Thomas, entre lo que es seguridad y presunción. Y nosotros estamos muy inclinados a cruzar esa línea muy fácilmente. Una línea muy fina, muy fina, entre lo que es seguridad en el hecho de que soy hijo de Dios y lo que es presumir que soy hijo de Dios. Y Ananías y Safira encontraron de mala manera esta verdad.
Ananías se cayó muerto, y vinieron unos jóvenes, lo llevaron, lo enterraron. Pero tres horas después la esposa viene, y Pedro le pregunta a Safira: "¿Fue este el dinero? ¿Vendiste el terreno por tanto?" Y ella dijo: "El campo por tanto." "¿Así es?" "Así es." Y Pedro dice: "¿Por qué os pusisteis de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor?"
Esposos, esposas, a veces uno de los dos peca, hablan, lo entienden, y luego se ponen de acuerdo a ver cómo van a disfrazar eso delante de los hombres. No hagan eso, hermanos. No hagan una componenda para ver cómo esto va a lucir mejor. No nos hagamos cómplices el uno del otro. Mejor sigamos siendo de confrontación santa y amorosa el uno del otro.
¿Cuál fue el resultado entonces de esta disciplina que Dios trajo a la iglesia en su etapa temprana? Escucha, versículo 11: "Vino un gran temor sobre toda la iglesia y todos los que supieron estas cosas." Esa era la idea, esa era justamente la idea: un escarmiento.
Enrique Blackaby, en su libro "Called to Be a Prophet of God" (Llamado a ser el profeta de Dios), dice: "Es una cosa terrible que Dios tenga que disciplinarnos para que otros escarmienten. Es una cosa terrible ser el escarmiento de otros cuando Dios es quien te disciplina."
Escucha cómo Dios dice algunas de estas cosas. Proverbios 29:19, Reina Valera: "El siervo no se corrige solo con palabras, aunque entienda, no responderá." Reina Valera del sesenta: "El siervo no se corrige con palabras, porque entiende, mas no hace caso." Nueva Traducción Viviente: "No solo con palabras se disciplina a un sirviente; podrá entender las palabras, pero no hará caso."
Dios hizo eso con Coré, su familia, doscientas cincuenta personas murieron. Lo hizo con Moisés: "Moisés, delante de mi pueblo no me trataste como santo. No puedes entrar a la tierra prometida." "Pero, ¿por qué, Señor?" "No me trataste como santo públicamente, delante de mi pueblo. Mi pueblo necesita un escarmiento. No puedo permitir que mi pueblo rebaje mi nombre, rebaje mi santidad." Lo hizo con David. Lo hizo en la iglesia de Corinto, cuando gente que tomó la cena del Señor indignamente, algunos enfermaron, otros murieron. Lo hizo con Ananías y Safira.
Y eso es bueno recordarlo, porque lo que pasó en Corinto, lo que pasó con Ananías y Safira, es post-resurrección, es Nuevo Testamento, es pacto de gracia. Dios es el mismo. Y cada vez que lo hizo, lo hizo por amor a su nombre, amor a su gloria, amor a su causa, y por amor a su pueblo. Por amor a su pueblo.
La disciplina del Señor es una manifestación amorosa y santa del carácter de Dios. Dios está tratando de evitarme mayores consecuencias, está tratando de protegerme. Un pueblo sin disciplina es un pueblo sin temor a Dios, sin temor al pecado, y por consiguiente es un pueblo alejado de Dios, que disfruta del pecado pero que luego llora amargamente sus consecuencias. Dios no quiere eso, tú no quieres eso. Y es por eso que Dios, no solamente en la disciplina honra su causa, su nombre, su gloria, cuida a su pueblo. Y tú y yo, no queremos ser, en la confianza que tenemos hacia Dios, no queremos ser el escarmiento de otros. Por eso tenemos que recordar todo el tiempo a nuestro Dios y sus atributos completamente.
La soberanía excelente nos brinda seguridad. Eso es lo que yo quiero: a alguien que no importa lo que me pase, dónde esté, cómo, yo pueda confiar y estar en paz. Soberanía de Dios. Alguien que me ame a pesar de lo que yo soy: ese es Dios. Alguien que cuando yo falle pueda tener misericordia conmigo: eso es Dios. Alguien que cuando yo no merezca las cosas, aún así me las pueda dar y me dé gracia: eso es Dios. Pero ese mismo Dios es alguien santo, santo, santo, al que yo tengo entonces que honrar en su santidad por amor a su nombre, por amor a su pueblo, y al mismo tiempo para que me evite consecuencias.
Y yo creo que es un texto muy bueno para pensar. Wow, en una iglesia incipiente, Dios no estuvo dispuesto a comprometer la santidad ni dejarla infiltrar por algo que infiltró el jardín del Edén.
El engaño, la mentira, la decepción —no sé si se dice igual, pero "deception" en inglés es engaño— no va a infiltrarse en este tiempo. Y eso nos ayuda a nosotros entonces a poder decir a Dios: "Yo necesito de ti, yo no puedo hacer esto solo."
Recuerda que la base de todo esto que yo comencé a compartir: gracia abundante, gracia abundante vino sobre ellos. Y esa gracia abundante es la que te da el poder de testificar. Es esa gracia abundante que te da la habilidad de dar generosamente. Pero es esa misma gracia abundante que te permite obedecer.
Pero gracia abundante te llueve en cercanía a Dios, no en la lejanía con Él. Gracia abundante te llueve en tu esfuerzo de querer agradarlo, en tu lucha por no pecar. Dios lo ve y Dios quiere honrarlo, no en la confianza ligera.
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