Miguel Núñez • 19 agosto, 2018
Conocer a Dios íntimamente requiere sufrir proporcionalmente. Esta verdad, que el apóstol Pablo expresa en Filipenses 3 cuando dice que quiere conocer a Cristo y participar de sus padecimientos, revela algo que muchos preferiríamos evitar: no hay manera de experimentar el poder de la resurrección sin pasar por circunstancias tan debilitantes que solo ese poder pueda sostenernos. Pablo entendió que la ira que domina, el vacío que deja la pérdida de un ser querido, las debilidades de la carne, nada de eso se vence con esfuerzo humano, sino únicamente con el poder que levantó a Cristo de entre los muertos.
Job ilustra esta realidad de manera sobrecogedora. Perdió todo en un día, sus hijos, sus posesiones, su salud, y aun así adoró. Pero lo más impactante viene al final: después de encontrarse con Dios, este hombre que había respondido con adoración a la tragedia confiesa que antes solo conocía a Dios de oídas, pero ahora sus ojos lo veían. Si alguien capaz de bendecir a Dios tras perder diez hijos dice que apenas lo conocía, ¿cuánto conocemos nosotros a Dios realmente?
El pastor satisface Núñez comparte su propio momento de debilidad: retinopatía diabética, hernias vertebrales, gastritis atrófica, todo convergiendo para llevarlo a reducir el ritmo que había mantenido por años. Este es su tiempo de conocer a Dios más íntimamente, de esperar en él, de refugiarse. Porque Dios no está obligado a responder nuestras preguntas; su propósito es revelar su carácter para que confiemos en él en medio de las peores circunstancias.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El 14 de agosto, como ya se mencionó, del año 2008, el liderazgo de la IBI y su membresía fue sorprendida por el anuncio de que el templo que teníamos hasta ese momento había sido destruido por completo por un fuego, y eso obviamente hizo levantar todo tipo de preguntas, porque nosotros sabemos que nuestro Dios es un Dios de propósito y no un Dios de accidente. Yo estaba en La Romana y tuve que regresar, y antes de llegar aquí Dios comenzó a mostrar también su gracia, porque alguien llamó para ofrecernos un local en un segundo piso que tenía básicamente la misma dimensión que el templo que teníamos. Y otra persona llamó para ofrecernos en donación unas 550 sillas, que eran más o menos lo que teníamos, en una era en que yo no había todavía contemplado la iglesia quemada, y Dios estaba mostrando su gracia.
El fuego ocurrió en un tiempo de vacaciones, y eso fue una gran bendición, porque no había niños o jóvenes durante horas de clase. Pero ocurrió una mañana en que había una reunión de profesores, y ellos pudieron ver el humo salir y dar la primera voz de alerta, de manera que ambas cosas las consideramos como parte de las bendiciones. Ciertamente hubo mucha pérdida material, pero no hubo ninguna pérdida humana. La membresía se volcó en ayuda desde el día uno hasta que regresamos al mismo lugar seis meses después, con los mismos elementos que habíamos tenido meses anteriores. El colegio Aston, muy voluntariamente, nos prestó sus facilidades para celebrar allá la escuela dominical durante ese período, y mucha gente sirvió como profesor y como profesoras para impartir esas clases durante ese período.
Y entonces hoy, aunque nos tocaba un pasaje distinto en el libro de los Hechos, el pastor Luis Núñez, que tiende a recordar mucho a la IBI y su historia mucho más que yo, me recomendó que por qué no hacíamos un mensaje que pudiera ser alusión a esa historia, a ese evento, y que pudiéramos conectarnos con dónde nosotros estamos hoy. Y yo recuerdo que prediqué una serie de tres sermones sobre el propósito de Dios en las tribulaciones: mi primer sermón fue sobre el personaje Job, y mis dos sermones siguientes fueron sobre el personaje Pablo, el apóstol Pablo. Yo he querido entonces en el día de hoy hablar de ambos personajes, no necesariamente repetir las mismas cosas que dije en aquella ocasión, pero hablar de ambos personajes porque yo creo que ellos tienen cosas que enseñarnos.
Y he titulado mi mensaje de hoy: "Conocer a Dios íntimamente requiere sufrir proporcionalmente." Las dos... bueno, mejor déjenme sufrir entonces. Conocer a Dios íntimamente requiere sufrir proporcionalmente, y las ilustraciones bíblicas están ahí de sobra. A mayor sufrimiento, mayor conocimiento de Él, siempre y cuando nosotros hayamos aprendido a sufrir bien. Y con eso yo quiero recordar el fuego de aquella ocasión y meditar entonces un poco acerca de lo que yo acabo de decir.
Volviendo al fuego, nosotros hablábamos en aquella ocasión de que el fuego no podía haber sido fruto de un mero accidente, porque nuestro Dios es un Dios de propósito y algún propósito tendría Él con permitirlo, y la pregunta no era si había un propósito sino cuál era el propósito. Y esa no era una pregunta tan fácil de responder, porque eso requiere reflexión, introspección y tiempo para ver qué era exactamente lo que Dios quería comunicarnos o enseñarnos. Nosotros tuvimos, poco tiempo después, un tiempo de confesión donde gente pasó al micrófono. No estábamos ni siquiera en nuestra iglesia; estábamos en una iglesia de la Bíblica del Señor Jesucristo, en un salón que nos habían prestado, y donde la gente pasó al micrófono. Y lo menciono para los que no estuvieron allí: hubo confesión de orgullo, de la iglesia que teníamos, del templo que teníamos, y del pastorado y del liderazgo. Y eso realmente sirvió de bien para poder recordar que las bendiciones habían venido de Dios y que no había nada de qué enorgullecernos.
Al mismo tiempo, el fuego sirvió para parar una inversión que íbamos a hacer de 8 millones de pesos para agrandar un lado de la iglesia, que apenas nos iba a dar una solución parcial; al final determinamos que hubiese sido muy mala inversión. Eso apresuró el que nosotros quisiéramos construir en ese lugar e invertir ese dinero, que sí se invertiría ya, e invertirlo aquí, y entonces comenzar a construir lo que hoy nosotros tenemos.
Para algunos, dijimos que la experiencia sirvió como una experiencia preventiva, en el sentido como la tuvo Pablo, que fue al tercer cielo y Dios le dio un aguijón en la carne para que él no se enalteciera de las revelaciones que él había visto, y decíamos entonces que quizás Dios también estaba usando este evento para que nosotros, o algunos de nosotros, no nos enalteciéramos de lo que quizás Él iba a darnos en un futuro. Dijimos que quizás para otros la experiencia representó algo más bien punitivo, por el grado de orgullo quizás que estábamos experimentando por la iglesia, o el liderazgo, o el pastorado que la iglesia tenía. Y dijimos que para otros quizás fue simplemente un asunto correctivo, de corregir el rumbo por donde quizás nos estábamos dirigiendo, y que en la reflexión Dios nos estaba ayudando a corregir todo eso.
Pero al mismo tiempo también hicimos mención de algunos riesgos que teníamos que tener presentes y que no podíamos olvidar. Uno de esos riesgos era que fuéramos a pensar, como lo escuché más de una vez, que de la misma manera que Dios bendijo a Job doblemente al final de la historia, Dios nos iba a bendecir doblemente a nosotros también al final de nuestra historia. Y la realidad era que no había ninguna garantía de que eso fuera a ocurrir de esa forma, porque Dios no está comprometido a pasar a su iglesia o a alguno de sus hijos por circunstancias donde al final haya una doble bendición. Él lo ha hecho en ocasiones, pero no hay garantía de que así fuera en este caso.
Dijimos también que no debíamos apresurarnos a salir de nuestra prueba porque nos hacía falta nuestra comodidad. Decíamos: "No salgamos de la crisis tan rápidamente, porque Dios tiene algo que enseñarnos." Y recordamos que la comodidad es buena, pero no necesariamente forma el carácter. Decíamos también que es bueno tener recursos, pero que los recursos no necesariamente nos llevan a confiar en Dios. Y dijimos también que tener las necesidades cubiertas es bueno —¿quién no quiere tener sus necesidades cubiertas?— pero que eso no necesariamente contribuye a la vida de dependencia de nuestro Dios. Yo me imagino que la mayoría de ustedes, o quizás ninguno, se recuerda de alguna de esas advertencias que hicimos en el primer mensaje, pero lo hicimos, y no queríamos olvidarlo en el día de hoy.
Un segundo riesgo que mencioné en aquella ocasión, y que teníamos que tener en cuenta, es que, como la comunidad de creyentes se unió, nos fuéramos a levantar muy rápidamente, regresar al mismo lugar, y llegáramos a pensar que en nuestros esfuerzos —como que la unión hace la fuerza— nosotros nos habíamos levantado, y no Dios. Había un tercer riesgo que teníamos que considerar, y es que llegáramos a la conclusión de que simplemente esto fue un accidente, que los accidentes ocurren y este fue un accidente más; y ciertamente los accidentes ocurren, pero ninguno fuera de lo que es el control de nuestro Dios.
Corríamos un cuarto riesgo: el de amedrentarnos. Habíamos empezado una lucha en contra del evangelio de la prosperidad y contra los falsos maestros, y realmente en ese momento la lucha estaba candente, y que nosotros pudiéramos amedrentarnos y entonces querer mermar la lucha en contra del falso evangelio. Y hablamos de eso también. Finalmente, mencionamos un quinto riesgo, y es que nosotros entendiéramos que ciertamente debíamos hacer revisión de nuestras propias vidas, pero que cada uno de nosotros comenzara a hacer revisión de la vida del otro y no de la propia, y que comenzáramos a decir: "Bueno, yo creo que esto pasó porque Fulano estaba tan orgulloso de su iglesia, o estaba tan orgulloso de su liderazgo o del desarrollo," en vez de que cada uno de nosotros hiciera introspección y descubriera dentro de sí lo que Dios estaba tratando de comunicar.
Yo estoy seguro de que ustedes no se acuerdan de todo eso en detalle. No lo creo, porque revisé mi mensaje de aquella ocasión y yo mismo apenas lo recordaba. Pero yo quise hablar en el día de hoy pensando sobre la experiencia y hablar acerca de cómo conocer a Dios íntimamente requiere sufrir proporcionalmente, y yo llegué a esa conclusión la primera vez que leí un texto del apóstol Pablo, que lo voy a leer a partir de la Nueva Traducción Viviente, que dice lo siguiente: "Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos. Quiero sufrir con Él y participar de su muerte."
El apóstol Pablo une dos ideas. Número uno: "Yo quiero conocer a Cristo." Pablo está diciendo eso 30 años después de haberlo conocido, de manera que yo no creo que el apóstol Pablo está diciendo que él quiere conocer más datos históricos de Cristo, ni que él quiere conocer más de las cosas que Él enseñó. Treinta años después, y habiendo estado en el tercer cielo, Pablo está diciendo: "Yo quiero conocer más a Cristo." Y número dos, al mismo tiempo él une esa idea con el hecho de que él quiere participar de los sufrimientos de Cristo. Es como si Pablo entendiera que conocer una cosa es conocer la otra; es como si Pablo estuviera ayudándonos a entender que para conocer a Cristo más íntimamente, aun 30 años después de haberlo conocido y habiendo estado en el tercer cielo, la única manera de poder participar en dicho conocimiento tan profundo era participando al mismo tiempo de sus padecimientos. Pablo llegó a conocer eso; Pablo llegó a entender que si él iba a conocer el poder que levantó a Cristo de entre los muertos, él tendría que vivir circunstancias tan debilitantes que solamente el poder de la resurrección lo pudiera sostener en esa circunstancia.
¿Entendieron esa parte? Pablo entendió que para él poder conocer el poder de la resurrección, aquello que levantó a Cristo de entre los muertos, la única manera de él poder llegar a conocer tal poder es habiendo pasado por circunstancias tan debilitantes que solamente un poder de esa magnitud lo hubiese podido sostener. Y eso es parte de lo que Pablo está pensando. Pablo habla de conocerle a Él, refiriendo a Cristo, y solo tenemos que entender otra vez que él no se está refiriendo a más detalles, a más de las cosas que Él enseñó, sino que la palabra "conocer" aquí tiene otra connotación, tiene otra acepción cuando tú la miras en el lenguaje original, y es conocer a alguien más íntimamente a través de experiencias más cercanas con esa persona.
Pablo está diciendo: yo quiero conocer a Cristo más íntimamente a través de experiencias más cercanas con Cristo. Pero al mismo tiempo él entiende que la única forma de él tener experiencias más cercanas con Cristo es a través de los padecimientos de Cristo mismo. Pablo quiere tener experiencias más íntimas, más profundas; él quiere conocer el poder de la resurrección, que fue ese poder que tuvo la capacidad de levantar a Cristo mismo y dejar la tumba vacía. Pablo sabe que a veces la vida cristiana resulta tan pesada porque nosotros estamos tratando de salir por el esfuerzo humano de una situación de donde tú solamente puedes salir a través de la experiencia del poder de la resurrección.
Quizás Pablo conoció eso en el judaísmo a través del esfuerzo humano, y Pablo está diciendo: esa no es el tipo de experiencia que yo necesito ni que yo quiero conocer. Yo quiero conocer otro tipo de poder, el poder de Dios, el poder que creó el universo; yo quiero conocer el poder que levantó a Cristo de entre los muertos, porque ese es el poder que me va a levantar a mí de mi muerte. Y Dios diseñó la vida cristiana y nuestra santificación para que ocurriera transitada por el poder de la resurrección.
Pasar de la muerte a la vida, como tú y yo pasamos, requirió el poder de la resurrección. Pasar de tener la imagen del hombre viejo a la imagen de Cristo requirió del poder de la resurrección. Los deseos que tu carne tiene no se vencen con el poder de la carne, créanme. Las pasiones del hombre viejo no se conquistan con el poder de ese hombre viejo; las debilidades de mi carne no desaparecen a través del poder de la carne. Hay una sola forma de poder destruir dichas debilidades, y es a través del poder de la resurrección. Pero la única manera como yo puedo conocer el poder de la resurrección es si Dios me permite pasar por circunstancias donde solo el poder de la resurrección me puede sostener, y donde yo pueda mirar para atrás y poder decir: ciertamente Él no solamente me sostuvo, sino que Él me sostendrá.
La ira que muchos de nosotros experimentamos y que domina a muchos de los hijos de Dios es más poderosa que los deseos de no herir a tu hermano, y conquistar esa ira va a requerir el poder de la resurrección. La pérdida de un ser querido, el vacío que deja, sobre todo cuando tiene que ver con un esposo, con una esposa, con un hijo, con una hija, el vacío que eso produce no es algo que puede ser llenado por ninguna otra cosa que no sea el poder que levantó a Cristo de entre los muertos.
De eso es que Pablo está hablando. Pablo está diciendo: yo quiero conocer a Cristo más íntimamente, yo quiero conocer más su naturaleza, yo quiero conocer más de ese poder, pero yo sé que la única manera de yo poder hacer eso es si yo paso por experiencias tan debilitantes que yo requiera de ese poder para ser sostenido. El poder de la resurrección no es simplemente un hecho histórico que pasó hace dos mil años; no, no, no. Es una experiencia constante, es un poder dinámico que Dios ha depositado en nosotros, en nuestro interior, para que por medio de ese poder de la resurrección yo pueda vencer lo que de otra manera es invencible.
La pregunta entonces que muchos quizás estarían haciendo es: ¿cómo experimento ese poder de la resurrección? Y Pablo está diciendo: pasando por dificultades proporcionales al poder de la resurrección. El poder de su resurrección y la participación de sus padecimientos, afirma Kent Hughes, son dos principios que se interpretan mutuamente. ¿Escuchaste esa? Este autor dice que el poder de la resurrección y la participación de sus padecimientos son dos principios que se interpretan mutuamente. En la medida en que yo participo de la dificultad de la vida cristiana, en esa misma medida Dios viene a mi encuentro, Dios viene a mi lado, Dios viene a sostenerme, y en el venir a mi lado me hace experimentar el poder que me ayuda a soportar las dificultades que Él está permitiendo en mi vida.
El apóstol Pablo escribe a los corintios y escribe algo como esto en su segunda carta, el capítulo cuatro, versículos 7 al 10: "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros." ¿Escuchaste esto? Nosotros somos los vasos de barro, y en estos vasos de barro Dios ha colocado el Evangelio, y Dios nos ha pedido predicar el Evangelio a través de vasos de barro, para Él producir grandes conversiones, para que nosotros podamos percatarnos de que la grandeza del poder es de Dios y no de nosotros.
Y Pablo, entonces, en esa misma carta agrega: "Nosotros somos afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos. Llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo." Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, sus padecimientos, sus dificultades, para que también la vida de Jesús, su poder, el poder de la resurrección, se manifieste en nosotros también.
Tú puedes ver entonces la proporcionalidad que Pablo está tratando de establecer entre el poder de la resurrección y las experiencias difíciles de la vida. Cuando la vida de Jesús se manifiesta en nosotros, se manifiesta de una manera tan poderosa porque nosotros nos encontramos en circunstancias tan debilitantes que Jesús dice: yo tengo que manifestarme en la vida de este mi hijo para que él no pierda su esperanza.
Escucha cómo Pablo les escribe a los romanos en el capítulo 5 y les dice: "Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones." Ahora, ¿Pablo va a gloriar y aplaudir las tribulaciones? ¿Qué es esto? ¿Era un masoquista? Y Pablo continúa diciéndonos que la tribulación produce paciencia, y la paciencia carácter probado. El carácter probado es el fruto de la paciencia, y la paciencia es el fruto de esperar en medio de la tribulación en Dios conforme a sus promesas. De acuerdo con este versículo, el carácter probado es aquel que se forma a través de tribulaciones donde Dios deshace en nosotros el orgullo, la amargura, la ira, el resentimiento, todo lo que no se parece a Cristo.
Entonces Pablo está estableciendo la necesidad de que, para conocer a Cristo profundamente, yo necesito sufrir proporcionalmente. Él quiere conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación de sus padecimientos. Así es como tú llegas a conocerle. La mayoría de nosotros no queremos esas experiencias; la mayoría de nosotros preferimos evitarlas. Mas no olvidemos que nosotros sufrimos para ser hechos conformes a su imagen. ¿Quieres ser hecho conforme a su imagen? No hay otra manera de llegar a ella que no sea a través del dolor.
Padecemos para experimentar su poder. Nosotros somos afligidos para ser consolados más íntimamente. Ahora, lamentablemente, muchos de nosotros, si somos honestos, preferiríamos no ser conformados a su imagen y evitar el sufrimiento. ¿Sí o no? Muchos de nosotros elegiríamos no experimentar el dolor, aunque sí quisiéramos experimentar su poder. "Señor, yo quiero experimentar tu poder, pero sin nada de dolor." Y el Señor dice: ¿cómo experimentas el poder de cuando Yo te sustento si tú no has llegado al fin de tu fortaleza? Y muchos preferiríamos no conocer a Cristo más íntimamente, con tal de evitar la aflicción. "No, no, pastor, mire, yo lo conozco, yo soy salvo; ya con el nivel que yo tengo de conocimiento de Él, yo entro a la gloria. Déjelo ahí. Yo no necesito un conocimiento más profundo, déjelo ahí, y evitémonos más aflicción."
En la primera carta de Pablo a los filipenses, escucha lo que él les dijo: "A vosotros os ha sido concedido, no solo creer en Él, creer en Cristo, sino también sufrir por Él." Nosotros hemos recibido dos privilegios: uno, conocer a Cristo, ser salvos; y el otro privilegio que viene con el mismo paquete es sufrir por Él, porque conocer a Cristo requiere sufrir con Él. Conocer a Cristo íntimamente requiere justamente pasar por estas tribulaciones donde Cristo vendrá y nos acompañará, y por eso esos sufrimientos nos traerán un conocimiento mucho más íntimo de Él.
Es increíble que Pablo esté hablando de esto treinta años después de conocer a Cristo. Pablo está hablando después de haber estado en el tercer cielo; Pablo está hablando después de haber pasado por una serie de vicisitudes, y después de todo eso él dice: no, yo todavía quiero conocerle más íntimamente, y eso va a requerir más sufrimiento, y está bien, porque así es que yo quiero conocer. Y Pablo es consistente cuando él escribe a los filipenses, cuando escribe a los corintios, cuando escribe a los tesalonicenses; él es consistente en estas ideas.
Escucha lo que le dice a los tesalonicenses en su primera carta, en el capítulo 3, versículos 3 y 4: "A fin de que nadie se inquiete por causa de estas aflicciones, porque vosotros mismos sabéis que para eso hemos sido destinados." O sea, que nosotros fuimos llamados para ser afligidos. "Porque en verdad, cuando estábamos con vosotros, os predecíamos que íbamos a sufrir aflicción, y así ha acontecido, como sabéis." Claro, Pablo le escribe a Timoteo y le dice: todo aquel que quiere vivir una vida santa padecerá, o será perseguido.
Y Pablo es consistente, no solamente cuando le escribió a los filipenses, sino que cuando le escribió a los corintios. Pablo es consistente. Ahora, cuando le escribió a los corintios acerca del Dios de toda consolación, escucha lo que les dice en el capítulo 1, versículo 8: "Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida."
Primera parte: Pablo dice que fueron abrumados en Asia de tal forma que perdió toda esperanza de salir con vida. Llegó a experimentar la abrumación a tal medida que en realidad pensó que ya habían terminado, que hasta ahí habían llegado. De hecho, dentro de ellos mismos ya tenían la sentencia de muerte. En su interior, Pablo estaba convencido de que, como se diría en inglés, "this is it", esta es la muerte.
¿Y por qué Dios permitió eso? Escucha ahora: "a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos." Dios permitió que su apóstol —no le quiero llamar preferido, pero sí su apóstol estelar— llegara a la convicción interna de que tenía una sentencia de muerte de la cual no iba a salir, para que cuando llegara a ese momento, Dios pudiera intervenir, sacarlo de la situación, y él aprendiera que la confianza tenía que estar puesta en Dios y no en nosotros mismos. Imagínate eso.
Déjame aprovechar este tiempo para darte un testimonio personal, porque en el caso de Pablo la liberación fue proporcional a la amenaza. Déjame darte un testimonio personal, no de manera orgullosa; pudiera ser más bien de manera vergonzosa. Por años, varios de ustedes —algunos verbalmente, otros por medio de devocionales— me estuvieron advirtiendo de mi necesidad de descanso. Pero como tú estás viviendo en un síndrome de adrenalina, no lo sientes. Tienes toda la energía del mundo y piensas: "¿De qué me está hablando esta gente?" cuando te sientes tan energético, y continúas tu trabajo.
Pero llegó el año 2018 y Dios, junto con eso, permitió una serie de experiencias para convencerme de la realidad. En enero de este año, a fruto de 48 años de diabetes, me detectaron una retinopatía diabética bilateral que ha requerido más de 2.200 disparos de rayo láser a cada retina, representó 25 viajes al retinólogo, y todavía no hemos terminado, con un sangramiento en el ojo izquierdo que todavía no me da la visión completa que se supone debo recuperar. Junto con eso, descubrimos tres hernias vertebrales: una a nivel cervical, una a nivel torácico y una a nivel lumbar. Y junto con eso, todo en cuestión de dos o tres semanas, una gastritis atrófica, que no es la gastritis típica que mejoras reduciendo las acideces, porque no es superproducción de ácido, sino algo inmunológico para lo cual no hay gran tratamiento.
Todo eso, junto a otras experiencias físicas, emocionales y espirituales, me ha llevado a la debilidad y me ha convencido —no de la necesidad, sino de la obligatoriedad— que tengo en este momento de reducir las revoluciones a las cuales venía operando. De aquí a diciembre tenía diez viajes internacionales; cancelamos siete en virtud de lo que acabamos de hablar, y de esa misma manera haremos algunos cambios y ajustes en lo que queda del año dentro de lo que es el funcionamiento de la iglesia. Este es mi tiempo de conocer a Dios más íntimamente. Este es mi tiempo de esperar en Él. Este es mi tiempo de refugiarme en Él. Este es mi tiempo de confiar en Él. Este es el tiempo de decir, como Job: "Aunque Él me mate, en Él esperaré."
De manera que Dios tiene sus formas y Dios tiene sus tiempos, pero tarde o temprano Él actúa. No hay otra manera de experimentar el poder de la resurrección a menos que pases por estados de debilitamiento donde lo único que te puede sostener es ese poder de la resurrección.
Habiendo mencionado a Job, quisiera en el tiempo que me queda hacer algunos apuntes acerca de su vida. Algunos se recordarán de un excelente mensaje que Jairo predicó acerca de Job; hablé con él ayer o anteayer para ver exactamente qué fue lo que él había predicado, porque no quería pisar el mismo terreno. Pero quería mencionar algunas cosas, de manera que algunas sonarán en común.
Nosotros sabemos que Job perdió en un solo día todas sus posesiones y a sus diez hijos. Job se levanta, rasga su manto, se rasuró la cabeza, se postró en tierra, adoró y dijo: "Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor." Y en todo esto, Job no pecó ni culpó a Dios. Luego Satanás afecta la salud de Job, lo llena de llagas y lo atormenta severamente.
El libro de Job es uno de los libros más complejos de entender, porque es como si Satanás hubiese sido un perro feroz que le caía detrás a Job y comenzaba a devorarlo: posesiones, hijos, su propia vida. Lo intrigante de la historia es que ciertamente Satanás es como un perro salvaje, pero Satanás tiene una cadena, y la cadena está en manos de Dios. De manera que la pregunta es: ¿cómo es que Dios sostiene la cadena de un perro feroz que está atacando a un hijo al que Él mismo ha llamado intachable? ¿Cuál es la intencionalidad de tal experiencia? ¿Qué es lo que Dios anda buscando cuando sostiene esa cadena en sus manos?
Diez hijos han muerto, todo lo ha perdido, Job está siendo devorado. El perro no anda suelto; el perro tiene su cadena y tiene un amo, y el amo es Dios mismo. De manera que la pregunta que tenemos que hacernos es: ¿qué estaba buscando Dios en la vida de Job?
Cuando uno estudia el libro de Job con detenimiento, descubre que Job no está en un campo de batalla de guerra espiritual. No, no, no, no. Job es el campo de batalla. Job no está en un lugar donde hay una guerra espiritual que se está librando; él es el campo, él es el lugar sobre el cual se está llevando el ataque. Él es el atacado, él es el devorado, él es el que está sufriendo las pérdidas. De manera que cuando hablamos de Job no podemos decir que estaba en medio de una guerra espiritual y que se constituyó como uno de los miembros combatientes. No. Job es el campo de batalla.
Satanás llegó a llenar la mente de Job de imágenes aterradoras. En la psiquiatría moderna se les llamaría pensamientos catastróficos, porque la psiquiatría no va a creer en pensamientos, ideas o imágenes espirituales. Pero Satanás llenó a Job de pensamientos similares. Escucha lo que dice el capítulo 4, versículo 3 en adelante: "Me llegó en una inquietante visión durante la noche, cuando la gente duerme profundamente, y yo estaba solo. El miedo se apoderó de mí y mis huesos temblaron."
Estos son los huesos del hombre que, cuando pierde a sus diez hijos, dice: "Bendito sea el nombre del Señor." Ese mismo hombre está temblando. "Un espíritu pasó frente a mi cara y se me pusieron los pelos de punta." Estos no son los pelos de punta del pastor Miguel Núñez; son los pelos de punta del hombre que sabe adorar a Dios de primera instancia ante la pérdida de sus diez hijos. "El espíritu se detuvo, pero no pude ver su forma; había una silueta delante de mis ojos." ¡Wow! Perdió lo que tenía, perdió a sus diez hijos, perdió su salud, se llenó de llagas, y ahora tiene imágenes mentales reales que le paran los pelos de punta.
Job tenía tres amigos que durante una semana hicieron su mejor trabajo: no hablaron. Tres amigos que durante una semana estaban reflexionando y haciéndole compañía a Job. Pero pasada esa semana, ellos concluyeron que Job no podía estar bajo tal ataque si no había pecado en él. Y pasaron de ser compañeros de Job a ser acusadores de Job; se convirtieron en los fiscales de Job. Cuando escuchas algunos de sus argumentos realmente parecen sólidos, algunos de sus argumentos parecen más sólidos que los argumentos del propio Job.
Hasta que llegas al final del libro y te encuentras en el capítulo 42, versículo 7, con lo que Dios dice: "Y sucedió que después que el Señor habló estas palabras a Job, el Señor dijo a Elifaz temanita: 'Se ha encendido mi ira contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job.'" Esa es una expresión extraña, ¿sabes? Porque hay momentos en que Job pierde los estribos. Hay momentos en que Job acusa a Dios. Y al final del camino, Dios, a pesar de las acusaciones injustas de Job contra Él, le dice a esos amigos: "Ustedes no han hablado de mí lo recto como Job lo hizo." Durante los argumentos, las opiniones de Job son más débiles que los argumentos de sus tres amigos, pero al final, a quien Dios justifica es a Job.
La mayor frustración de Job era que no podía tener una audiencia con Dios. Job estaba convencido de que Dios tenía la respuesta, convencido de que si hablaba con Él, Dios le respondería, y que cuando le respondiera, él iba a entender. El problema fue que Dios finalmente le concede la audiencia a Job, y resulta que Job tiene una serie de preguntas, pero Dios no le contesta ni una sola, sino que le hace sesenta y tres preguntas a Job y le dice: "Ahora tú me contestas." Es como si Dios hubiese llevado a Job en un viaje a lo largo de toda su creación, le enseñara las maravillas que ha creado, los monstruos marítimos y todo lo demás, y le dijera: "Está bien, Job, explícame ahora de dónde vino todo esto." Si no tienes explicación de cómo funciona el mundo físico, mucho menos explicación tendrás de cómo funciona el mundo moral. Si no conoces lo que puedes ver, mucho menos podrás conocer, ni yo podré explicarte, lo que no puedes ver.
Dios pudiera explicarnos cómo hizo el universo y no lo entenderíamos. Dios pudiera explicarnos por qué él permite estas cosas, como la lucha que se dio sobre la vida de Job, pero probablemente tampoco nosotros entenderíamos por qué: el dolor, el sufrimiento, la pérdida. Lo interesante es que al final de la historia, Job respondió al Señor. Dios le hizo 63 preguntas, y esta es la respuesta de Job: "Yo sé que tú puedes hacer todas las cosas." Antes no lo sabía. De manera que Dios está llevando a Job a un entendimiento más profundo de quién es Dios, a través del dolor, el sufrimiento y el padecimiento.
Lo primero es: "Yo sé que tú puedes hacer todas las cosas", como lo demuestran las preguntas que me hiciste del universo físico que formaste, de las cuales yo no tenía la menor idea de cómo responder. Job sabía que Dios era justo, pero parece que no sabía que Dios era omnipotente. Escucha, Job aprende ahora que ningún propósito de Dios puede ser estorbado. Parece que de alguna manera Job pensaba que el ataque que venía de Satanás era algo así como si Satanás fuera un perro que tuviera la misma fuerza que Dios, y que Dios hubiese estado diciendo: "Bueno, Job, yo estoy haciendo mi mejor trabajo, pero no lo logro." No, no, no, no. Job aprendió a través de esta experiencia dolorosa que ningún propósito de Dios puede ser estorbado. Job aprendió que lo que Dios se propone hacer, nadie en el universo lo puede evitar.
Al final de la historia, Job confiesa su ignorancia. Escucha: "¿Quién es este que oculta el consejo sin entendimiento? Por tanto, he declarado lo que no comprendía, cosas demasiado maravillosas para mí que yo no sabía." Yo he hablado de cosas que quería entender, pero que yo realmente no sabía. ¿Y cómo las descubrió Job? A través de experiencias dolorosas, difíciles, a través de imágenes de noche y cosas que experimentó, que nunca antes había experimentado, pero que lo llevaron a conocer a un Dios que tampoco conocía.
Se ve claramente que la experiencia inexplicable de Job —de dolor, de sufrimiento, sin razón aparente— tenía por propósito el que Job llegara a conocer a Dios de una mejor manera. Yo no sé si ese sea el único propósito que Dios tenía con Job, pero si hay uno que queda abundantemente claro y descrito, es que Dios quería que Job llegara a un mejor, mayor y más profundo conocimiento de quién Él era. Y cuando Job termina de conocer a Dios de esa manera, Job dice: "Te había oído solo de oídas, pero ahora mis ojos te ven; por eso me retracto y me arrepiento en polvo y ceniza."
Entonces estás escuchando dos cosas ahí que llaman poderosamente mi atención. Número uno: Job dice que ha hablado de tal manera, con tal insensatez, que tiene que arrepentirse en polvo y ceniza. A pesar de que Dios dice que Job habló bien acerca de Él —no sé exactamente cuál parte—, Job entiende que hay una parte de la cual tiene que arrepentirse. Ahora, lo que a mí más me llama la atención, y siempre me ha llamado la atención, es que el hombre que respondió a la pérdida de diez hijos en un mismo evento y de todas sus posesiones en un mismo día, respondiéndose de rodillas en un acto de adoración diciendo: "Jehová dio, Jehová quitó, bendito sea el nombre del Señor", ese es el hombre que cuando termina de conocer a Dios de la manera que llega a conocerle, dice: "Perdóname, es que yo solo te conocía de oídas, pero ahora mis ojos te ven."
¿Cuántos de nosotros nos atreveríamos a decir que si hoy nos dieran la noticia de que lo hemos perdido todo y hemos perdido los diez hijos que teníamos, nuestra primera respuesta sería arrodillarnos y decir: "Bendito sea el nombre del Señor, Jehová dio, Jehová quitó"? Y Job, que hizo eso, dice: "Es que yo no te conocía." Si ese hombre no conocía a Dios más que de oídas, ¿cuánto tú y yo conocemos a Dios? Lo conocemos quizá de rumores. Y esa es una de las razones por las que Dios tiene que dejarnos pasar por la debilidad, por el dolor, por el sufrimiento, por la dificultad: porque yo necesito profundizar mi conocimiento de Dios, porque con un conocimiento superficial de Dios yo no puedo vivir una vida cristiana satisfactoria que le complazca a Él y le traiga suficiente gloria.
"¡Pastor! Pero entonces usted me está profetizando dolor que viene de camino." No, yo no lo estoy profetizando, yo te lo estoy anunciando. El hombre que conocía a Dios de esa manera dice: "Yo no te conocía." Job desconocía la soberanía del Dios creador, que está en los cielos y hace lo que le place. Nosotros podemos tener preguntas, y las tenemos, pero Dios no está obligado a contestar ninguna de nuestras preguntas: no porque Él no quiera —a veces porque no las entenderíamos—, pero más frecuentemente quizás es porque el propósito número uno de Dios no es contestar mis preguntas. El propósito número uno de Dios es revelar su carácter para que yo crea en Él en medio de las peores circunstancias. Y contestar mis preguntas no necesariamente revela su carácter; su propósito número uno es revelar su carácter, llevarnos a conocerle más profundamente, porque ahí yo voy a poder estar tranquilo, en paz, sostenido en medio de las peores circunstancias.
Dios gobierna el universo con una sabiduría que Pablo describe como inescrutable. De vez en cuando mi esposa y yo entramos en ciertas conversaciones, discusiones o debates —como usted quiera llamarle—, y a veces alguien dice: "No, porque yo creo que lo que Dios está haciendo es..." Y ya yo he llegado al punto de decir: "Yo no sé lo que Dios está haciendo", porque muchas veces cuando tú estás pensando que Dios está haciendo algo en una dirección, Dios está haciendo algo completamente en la dirección contraria, 180 grados de diferencia entre lo que yo pienso que está haciendo y lo que Dios está haciendo. He llegado a comprender que la sabiduría de Dios es indescifrable, y que prefiero confiar en su sabiduría que intentar descifrarla.
Y este es el hombre que dice: "El Señor dio, el Señor quitó, bendito sea el nombre del Señor", y luego dice: "Es que yo no te conocía realmente como necesitaba conocerte." Su experiencia extraordinaria de dolor, de pérdidas, de sufrimiento sirvió para que Job llegara a conocerle más íntimamente. Ese es el propósito número uno.
Al final, Job pasa a ser como una especie de figura de Cristo, si tú quieres, como alguien que apunta a Cristo. Escucha lo que Job 42:8 dice ahora: "Tomad, pues", le dice Dios a los tres amigos de Job, "siete novillos y siete carneros, e id a mi siervo Job, y ofreced holocausto por vosotros, y mi siervo Job orará por vosotros." Ahora Job es el intercesor entre los tres amigos pecadores y Dios. Es como si Job fuera una figura que apuntaba al gran intercesor, nuestro Señor Jesucristo. Ellos van a traer sus sacrificios, pero Job va a venir y va a orar por ellos como intercesor, porque: "Ciertamente a él atenderé", dice Dios, "para no hacer con vosotros conforme a vuestra insensatez, porque no habéis hablado de mí lo que es recto, como mi siervo Job." Dios reivindica a Job.
Pero antes de dejar a Job, déjame decirte que el libro de Job no es acerca de la persona de Job. El libro de Job es acerca de la misma persona y del mismo tema de cada libro de la Biblia. ¿Quién es? Dios: su carácter, su justicia, su amor, su paciencia, su bondad. Alguien pudiera decir: "El libro de Job es acerca del amor de Dios por Job." Absolutamente, pastor. ¿Y dónde ve usted el amor de Dios por Job en una experiencia como esta? Bueno, Job termina mucho más humilde, y si termina mucho más humilde, se parece mucho más a Cristo. ¿Y cuál es la meta número uno de Dios para cada uno de sus hijos? Hacerlo conforme a la imagen de su Hijo. Esta experiencia ha acercado a Job, kilómetros de distancia, a la imagen de Cristo; por tanto, es una experiencia de amor, tanto es así que Dios dio a su Hijo unigénito para hacernos a cada uno de nosotros conforme a la imagen de Cristo.
Las preguntas que Dios hace a Job tenían todas que ver con la creación y su control soberano sobre cada suceso de la tierra, de manera que Job al final termina conociendo a un Dios en quien puede confiar completamente, porque no hay nada que se salga de su control y porque ninguna cosa puede estorbar su propósito. Job sabía que Dios conocía la respuesta; ahí no estaba el problema. El problema de Job estaba en la audiencia que no encontraba, pero finalmente cuando Dios le da la audiencia, Job no tuvo respuestas.
Lo increíble es que el libro de Santiago luego dice en 5:11 que Job fue paciente, que a pesar de toda la tribulación por la cual pasó, Job fue paciente. Y Job fue como el salmista en el Salmo 43:5, cuando dice: "¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle; Él es la salvación de mi ser y mi Dios."
Cuando tú te has nacido abatido, cuando me has nacido abatido, es porque no has sabido esperar en Dios. Es solo que el salmista nos está diciendo, y cada vez que tú revisas otra ilustración bíblica, tú ves otra vez y otra vez que lo único que Dios está haciendo cuando permite que estos hijos de Él amados y queridos pasen por estas circunstancias, es precisamente ayudándolos a conocerle más profundamente.
Y se da así una experiencia, un encuentro con Dios donde él se siente anonadado, donde él se siente deshecho. Una experiencia completamente traumática para Isaías, con un encuentro con la santidad de Dios donde él ve su pecado. Y tú dices: "¿Pero por qué Dios hace algo como eso? ¿Dios no tenía otra forma de mostrarle su santidad?" No, porque tan pronto Dios le muestra la santidad de Él a uno de nosotros, nosotros entramos en un trauma al vernos tan sucios. Pero Dios no le dice: "Ahí estás, Isaías, ahora que he mostrado mi santidad y ahora que has visto tu pecaminosidad, sufre ahí." No. Dios llama a uno de los ángeles para que tome de las tenazas un carbón caliente y pasa el carbón por los labios y limpia a su siervo y le perdona.
Porque Dios quería no solamente que su siervo llegara a conocerle más profundamente en su santidad y que llegara a conocer su pecaminosidad, sino que su siervo llegara a conocer también su misericordia: que cuando lo hace sentir deshecho, lo perdona. Y el evento de Pedro me tiene diez años haciéndome pensar. ¿Cómo es que Cristo pide por Pedro, le advierte a Pedro que va a negarlo, luego ora por Pedro y la oración no funciona? ¿Es que la oración de Cristo no tuvo poder para evitarlo? Claro que no. Es que Pedro no tenía ninguna otra forma de conocer la inmensa misericordia de Dios y el perdón de Dios, si no le niega tres veces.
Y cuando Cristo resucita, lo primero que Cristo quiere es que Pedro sepa que Él está vivo y que quiere verlo. ¿De qué forma Pedro iba a conocer que la misericordia de Dios en el perdón es infinita? Él se lo predijo, él lo advirtió, le dijo que su fe iba a ser sacudida, que había orado por él y que como que era caer. ¿Eso es una oración insuficiente? No. "Pedro, yo lo permití. Quiero que tú sepas que te lo dije para que cuando ocurriera y vinieras donde me encontraras, me conocieras en la misericordia que tú todavía no conoces que yo tengo." Y Pedro lloró amargamente.
Porque si quieres conocer a Dios íntimamente, tienes que sufrir proporcionalmente. ¿Cómo experimenta el cristiano la consolación de Cristo si él no pasa por una experiencia donde tiene que ser profundamente consolado por el dolor tan terrible que experimenta? ¿Cómo conoce la consolación de Cristo? Y si no la conoce, no puede luego consolar a otro con la misma consolación con la cual él fue consolado. ¿Cómo experimenta el cristiano la protección del Señor si él no se ve en una situación de peligro donde su vida prácticamente no tiene esperanza de salir con vida, como Pablo contaba? ¿Cómo experimenta y conoce el cristiano la suficiencia de Cristo si él no pasa por la experiencia de verse en gran necesidad, donde no ve cómo va a ser suficiente lo que está viviendo?
Teológicamente se habla de que los ángeles no conocen la misericordia de Dios. Claro que no. Para conocer la misericordia de Dios tienes que pecar y ser perdonado. Los ángeles conocen la gracia de Dios. Nosotros conocemos la gracia y la misericordia de Dios porque nosotros hemos pecado y hemos sido perdonados, y eso es misericordia.
A manera de conclusión, volviendo a Job por un momento: Job era el campo de batalla de esta guerra espiritual. Cristo lo fue aún más. Herodes fue tras Él cuando apenas tenía quizás cerca de dos años. Satanás fue tras Él cuando estaba en el desierto y lo tienta tres veces. Satanás lo tienta con la traición de Judas para desanimarlo, pero Cristo triunfa. Satanás ataca a Jesús desilusionándolo, tratando de desilusionarlo con el abandono de sus mejores amigos en el peor momento, pero Cristo triunfa. Satanás acosa a Cristo en Getsemaní y lo hace sudar gotas de sangre, pero Cristo triunfa.
Satanás lo acosa en la cruz de la manera más cruel posible, y Cristo triunfa el viernes sobre el pecado y el domingo sobre la muerte. Y cada tentación y cada triunfo que Cristo ganó, lo ganó a favor tuyo y mío, para que cuando nosotros falláramos en nuestras tentaciones pudiéramos tener un Abogado defensor en el cielo que pudiera decir: "Padre, es verdad, él fracasó en su tentación, pero cuando yo fui a la cruz, yo vencí cada tentación humana a favor de los suyos para que ellos pudieran pasar la eternidad contigo. Yo soy su Abogado defensor, yo pagué por su caída, yo pagué por su tropiezo, yo derramé sangre por su pecado; a través de mí los puedes recibir a nombre mío."
Y es por eso que el autor de Hebreos, y con esto cierra en 4:15, dice: "Teniendo pues un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe, porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado."
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