La vida cristiana no es ausencia de problemas, sino la presencia de Dios en medio de ellos. Vivimos en un mundo caído donde las dificultades son inevitables: si nos fuéramos a vivir solos a un monte, no pasarían veinticuatro horas antes de que empezáramos a tener problemas con nosotros mismos. Job lo expresó con claridad poética: el hombre es "corto de días y lleno de turbaciones", tan delicado como una flor que brota y se marchita, tan fugaz como una sombra que huye y no permanece.
El apóstol Pablo enfrentaba críticas de la iglesia de Corinto precisamente porque no ocultaba sus debilidades. ¿Cómo podía ser un verdadero apóstol si confesaba haber estado abrumado más allá de sus fuerzas, haber perdido la esperanza de salir con vida, haberse dado por muerto? Sin embargo, Pablo no dudaba en abrir su corazón porque su espiritualidad no dependía de sus circunstancias sino del Dios que estaba con él. Por eso su carta no comienza con quejas sino con alabanza: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación".
Dios es Padre de misericordias porque siente nuestro dolor y permanece a nuestro lado, como aquella madre que lloraba por su hijo adicto y no dejaba de decirle "yo estoy contigo" aunque él la insultara. Y es Dios de toda consolación porque nos sostiene con su palabra para que atravesemos las dificultades y salgamos fortalecidos. El propósito es claro: somos consolados para consolar a otros. No con palabras huecas ni apariencias de victoria, sino mostrando nuestra debilidad para que resplandezca la grandeza de Dios.
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Hoy día vamos a estar estudiando un breve pasaje de Segunda de Corintios, la carta del apóstol Pablo a los corintios, pero antes permítanme hacer una breve introducción y recorrer también por algunos pasajes de la Biblia antes de entrar directamente al tema que nos compete.
El día de ayer el pastor Miguel estaba predicando en un matrimonio y él, en una parte de su prédica, dijo que la vida nunca puede estar completamente limpia de conflictos. Definitivamente, como seres humanos viviendo en un mundo caído, nosotros tenemos que saber y reconocer que vivimos en un mundo plagado de problemas, de dificultades, de aflicciones. Y él decía que si en algún momento nosotros decidiéramos irnos, alejarnos de todo, de todos los problemas que nos aquejan, las dificultades, la sociedad, aun de los nuestros, de nuestra familia y de nuestros amigos, y nos fuéramos a vivir a un monte alto, allá solos, bueno, que no pasarían veinticuatro horas antes de que empecemos a tener problemas con nosotros mismos. ¿Por qué? Porque somos así, creados por Dios a su imagen y semejanza, pero producto de nuestra desobediencia, de nuestra caída, nuestra separación con Dios, nosotros vivimos en un mundo que podríamos llamarlo un mundo aproblemado.
Yo he escuchado a mucha gente decir que por mucho tiempo trataron de librarse de sus problemas porque ellos querían empezar una vida, una vida soñada que estaba más allá de sus problemas, y ellos se esforzaban para vencer esos problemas y poder empezar a vivir la vida soñada. Pero ¿qué pasaba? Que cada vez que algún problema se desvanecía o se solucionaba, inmediatamente surgía otro, y por lo tanto la vida soñada siempre quedaba un paso atrás. Y a veces es difícil reconocer que nuestra vida es nuestra vida acompañada de nuestros problemas, porque a veces las peores dificultades no surgen cuando no podemos hacer o ser todo lo que quisiéramos ser, sino que a veces las peores dificultades surgen cuando podemos hacer todo lo que se nos viene en gana. Y a veces, cuando tenemos esa libertad, peores son las dificultades y peores son nuestros problemas. Nosotros vivimos una vida trastocada, difícil. No podemos predicar, y la Escritura no predica, una vida privilegiada carente de dificultades.
En el libro de Job, que es el hombre más aproblemado de la Biblia, en el capítulo 14, en los primeros dos versículos, señala con claridad la realidad del ser humano de una manera poética pero también de una manera muy precisa. En Job capítulo 14, los primeros dos versículos, versos 1 y 2, dice: "El hombre nacido de mujer, corto de días y lleno de turbaciones, como una flor brota y se marchita, y como una sombra huye y no permanece." El hombre nacido de mujer, corto de días y lleno de turbaciones. Los que hemos vivido un poco, un poco, sabemos que los días son cortos y que las turbaciones son muchas, y en la medida en que el Señor nos hace vivir sobre esta tierra, nosotros no descubrimos cuán firmes estamos en esta tierra, sino cuán leve es nuestro paso y nuestra existencia por este planeta.
Job dice: "Como una flor brota y se marchita." Somos tan delicados, y nuestra vida es tan delicada como una flor, que brota por un instante, es capaz de expulsar su aroma, pero al día siguiente desaparece sin que haya nadie que la extrañe. Y lo peor aún es que nuestra levedad está entremetida y tan poco significativa que somos, como dice Job, como una sombra que huye y que no permanece. Como una sombra. Y cuando pienso en una sombra me imagino la luz del sol iluminando un cuerpo, un árbol, un arbusto, un edificio, y producto de la luz del sol sobre ese cuerpo se produce una sombra que ni siquiera tiene vida propia, pero en cuanto el sol deja de ser, la sombra también desaparece. Y así es nuestra vida: vida corta de días y llena de turbaciones.
Y cuando nosotros hablamos de nuestros problemas y nuestras dificultades, a veces nosotros nos preguntamos: Señor, ¿dónde estás Tú en medio de nuestras dificultades? ¿Dónde estás Tú en medio de nuestras aflicciones? ¿Dónde estás Tú en medio de nuestros problemas? De una manera u otra nosotros escuchamos muchas veces que se predicó un evangelio falso, un evangelio que al parecer vendiera la libertad de todas nuestras dificultades, la libertad de todas nuestras preocupaciones, la eliminación de todos nuestros problemas. Dipetas caerán del cielo, cuentas bancarias se llenarán milagrosamente, nosotros seremos librados de todos nuestros problemas. Algunos hasta sueñan que sus esposas desaparecerán en un momento. Pero no es verdad, no es verdad. No hay una vida ausente de problemas y el Evangelio no nos predica una vida libre de dificultades.
Por el contrario, el Señor en su Palabra nos muestra de una manera profunda cómo Él se manifiesta y cómo es capaz de socorrernos en medio de los problemas, en medio de las dificultades, en medio de las aflicciones que nos toca vivir.
El apóstol Pablo, en Segunda de Corintios, justamente estaba enfrentando esa clase de dificultades. Cuando el apóstol Pablo le escribe a los corintios, nosotros tenemos que reconocer un poco del contexto de lo que él estaba viviendo. La iglesia de Corinto, una iglesia que él amaba, era una iglesia con la que él no tenía una buena relación. De una u otra manera, la relación del pastor con su iglesia se había dañado, se habían generado serios problemas en donde se estaba dudando acerca de la credibilidad de su ministerio.
Dicen los estudiosos, y uno lo puede ver al leer las dos cartas que nosotros tenemos en el Nuevo Testamento, que el apóstol Pablo de una manera u otra había estado lidiando en varias oportunidades con ellos. Nosotros tenemos dos cartas de las que se supone son cuatro cartas que el apóstol Pablo le escribió a sus discípulos de Corinto. Hay una primera carta que nos es desconocida, una segunda carta que es la primera carta que nosotros tenemos, una tercera carta que se conoce como la carta sufriente en donde el apóstol Pablo tiene que abrir su corazón, y una cuarta carta, que es la segunda que nosotros tenemos, que es una carta en donde él intenta defender su ministerio.
Pero ¿cuál era la queja que existía en contra de él? ¿Cuál era la queja que podía existir contra este pastor y ministro dentro de su misma iglesia? Si nosotros averiguamos un poco, vamos a percibir que la queja era la siguiente: algunos líderes dentro de la iglesia estaban diciendo que Pablo no podía ser un verdadero apóstol de Dios viviendo tanto sufrimiento y pasando por tantas penuras. Ellos se preguntaban: ¿cómo puede decir este hombre que Dios está con él, si él está viviendo y pasando por tantos sufrimientos?
El apóstol Pablo abría su corazón delante de la iglesia y él no se presentaba delante de la congregación como un superhombre. Él no se presentaba como una persona carente de dificultades, carente de tensiones personales, carente de luchas interiores. Él abría su corazón y se mostraba tal como él era: un hombre débil que era poderoso en el nombre del Señor. Sin embargo, él mostraba su corazón y su propia realidad, pero eso generaba ciertas dudas en medio de los líderes de la iglesia que no podían entender que un hombre que hablaba con tanto poder del Señor al mismo tiempo pasara por tantas dificultades.
Veamos un poco acerca de las dificultades que él contaba. En Segunda de Corintios, capítulo 1, a partir del verso 8, él cuenta acerca de una realidad; él no duda en expresar su propia debilidad. Él dice a partir del verso 8 del capítulo 1, Segunda de Corintios: "Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que aún nos ha de librar."
El apóstol Pablo no ocultaba la realidad de su propia vida y su propia debilidad. No queremos, hermanos, que ustedes ignoren acerca de las grandes tribulaciones y la gran aflicción que nosotros sufrimos en Asia. Estuvimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas. Y quizás eso es lo que el liderazgo de Corinto no podía entender. ¿Cómo es que su líder, el apóstol que les había predicado el Evangelio, podía decir que estaba abrumado más allá de sus fuerzas? ¿Cómo es que Pablo se atrevía a decir que había perdido la esperanza de salir con vida? O sea, él testifica y dice: ¿Saben qué? La cosa estaba tan difícil que yo realmente estuve abrumado, desesperanzado, estuve al punto de perder la esperanza de que iba a salir con vida.
El verso 9 dice al principio: "De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte." Dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte. O sea, ¿qué estaba diciendo? Pablo estaba diciendo: ¿Saben qué? Yo me daba por muerto. En esta situación, kaput, se acabó, todo terminó, finito. Yo estaba abrumado sobremanera, había perdido la esperanza y yo ya me consideraba un hombre muerto.
Quizás los creyentes de ese tiempo se preguntaban: ¿Pero dónde está tu fe, Pablo? ¿Dónde está tu esperanza? ¿Cómo puedes tú decirnos esas cosas? Y esa era la queja contra el apóstol: ¿cómo era posible que él desnudara su corazón lleno de debilidad delante de la congregación? Eso no es un cristiano. Un cristiano, y más un líder de la iglesia, es un superhombre, es alguien que no se queja, alguien que no pierde la esperanza, alguien que está con una sonrisa permanente, que tiene fe que quebranta los montes y los tira al mar. Y Pablo dice que no es así.
En el capítulo 6 de esta misma carta, Pablo vuelve sobre la carga a hablar acerca de sus dificultades. Y en el capítulo 6, a partir del verso 4, Segunda de Corintios 6, a partir del verso 4, él dice: "Sino que en todo nos recomendamos a nosotros mismos como ministros de Dios." ¿Cómo te recomiendas, Pablo? Bueno, de la siguiente manera: en mucha perseverancia, en aflicciones, en privaciones, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos. Otra vez, Pablo, pero ¿dónde está la victoria? ¿Las cadenas se rompen? ¿Dónde está eso que está faltando? Porque hay manifestación de tanta debilidad.
En el capítulo 11, él vuelve a hablar de sí mismo como un servidor de Cristo, y a partir del verso 23, 11:23 de Segunda de Corintios, solamente para que podamos entender el contexto. Él dice: "¿Son servidores de Cristo? Hablo como si hubiera perdido el juicio: yo más." ¿Cómo es que Pablo eres más servidor de Cristo? Bueno, yo les voy a explicar. En muchos más trabajos, en muchas más cárceles, en azotes un sinnúmero de veces, a menudo en peligro de muerte. Cinco veces he recibido de los judíos treinta y nueve azotes, tres veces he sido golpeado con varas, una vez fui apedreado, tres veces naufragué, he pasado una noche y un día en lo profundo. Con frecuencia en viajes, en peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de mis compatriotas, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. En trabajos y fatigas, en muchas noches de desvelo, en hambre y sed, a menudo sin comida, en frío y desnudez.
¡Wow! Pero ¿no eres tú apóstol? El vivir de esa manera no puede ser la vida de un cristiano, no puede estar representado de esa manera. ¿Cómo es tu victoria? ¿En dónde radica tu victoria, Pablo? Por lo que tú nos cuentas, tú estás pasando trabajos, fatigas, noches de desvelo, hambre, sed, a menudo sin comida, en frío y desnudez, sin protección. No escuchamos ese canto de victoria de ese hombre súper poderoso que está caminando con el Señor.
Entonces, ¿cómo es que Pablo podía ser un verdadero apóstol y al mismo tiempo sufrir tantas penurias? ¿Cómo es que él podía caminar de esa manera y al mismo tiempo osarse delante del Señor y testificar de un Dios poderoso, y al mismo tiempo estar abriendo y desnudando su corazón y estar señalando todas sus debilidades?
Quizás esto me hace recordar nuevamente el libro de Job. Y después de que Job lo pierde todo, su mujer le dice: "¿Aún conservas tu integridad? Maldice a Dios y muérete." Porque al parecer los problemas, las dificultades, las tensiones, las carencias podrían señalarse simplemente como una demostración de la ausencia de Dios.
Pero a pesar de todo esto y todo lo que Pablo cuenta, él cuenta la razón por la que en medio de todas esas dificultades él se sentía poderoso en el Señor. Vamos a abrir nuevamente el primer capítulo de Segunda a los Corintios, y vamos a leer los primeros siete versículos. Segunda a los Corintios, capítulo uno, los primeros siete versículos:
"Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto con todos los santos que están en toda Acaya: Gracia y paz a vosotros de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con el que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación."
El apóstol Pablo, que estaba luchando consigo mismo y estaba tratando de demostrar a la iglesia de Corinto cuál era su realidad delante de Dios, no duda en mostrar sus propias debilidades. Lo primero que hace es bendecir al Dios todopoderoso al inicio de su carta. Lo que él reconoce en primer lugar no es la libertad de sus aflicciones. Lo primero que él no reconoce es que él sea un superhombre o un privilegiado de Dios. Lo primero que él reconoce es quién merece toda la alabanza y toda adoración, diciendo: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo."
Él tenía la firme convicción de que la realidad, su realidad espiritual, no estaba sostenida por las circunstancias mismas, sino por un Dios que trascendía las circunstancias. Él empieza diciendo "bendito", y la palabra "bendito" en el griego es la palabra eulogía, de donde viene nuestra palabra elogio: dar una buena palabra. Lo que él está haciendo es reconocer que en medio de cualquier circunstancia que le suceda en la vida, el Señor es digno de toda alabanza.
Recordemos a Job nuevamente haciendo la comparación: "El Señor dio, el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito." Y la palabra que Job usa para reconocer la alabanza de Dios es: sea el nombre bendito, sea el nombre delante de quien yo me puedo postrar.
La realidad de la vida de Pablo no dependía de cuán buenas o cuán malas eran sus circunstancias. La realidad de la vida de Pablo no radicaba en que él fuera azotado más o azotado menos, o que el barco llegara a puerto, o que hubiera alimento en su plato, o que tuviera un abrigo para estar calientito en medio del invierno. La realidad de la vida espiritual del apóstol Pablo radicaba en la alabanza a un Dios todopoderoso.
Él dice: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo." Y esto me da esta primera afirmación, me da una pista muy interesante en cuanto a cuál era la convicción de Pablo con respecto a la realidad de Dios. La realidad de Dios no tenía que ver con un Dios que aparecía circunstancialmente para satisfacer las necesidades del apóstol o para librarlo de alguna penuria, de algún accidente, de alguna dificultad o de alguna enfermedad. El apóstol Pablo, lo primero que elogia es al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Lo primero que nosotros debemos afirmar no es un Dios que nos libra de las circunstancias terrenales y temporales, sino un Dios que nos ha dado la victoria sobre la muerte en la eternidad. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Y esa convicción me hace recordar las palabras de Jesús en Juan capítulo 3: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él crea no se pierda, mas tenga vida eterna."
Mi Dios es un Dios que tiene un cuidado eterno de mí. Mi Dios no es cualquier Dios. Mi Dios no es un Santa Claus, no es un Papá Noel, no es alguien que viene simplemente a solucionar mis problemas temporales. El Señor viene a solucionar mis problemas eternos. "Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros."
La gran prueba del amor de Dios radica justamente en esta verdad trascendente que transforma mi temporalidad y me encamina hacia la eternidad. Es el amor de Dios escogiéndome sin merecerlo, tomándome, llevándome a la cruz de Cristo, y haciendo que Su Hijo, el perfecto, Dios mismo, muriera por mí. Y a través de Su sangre preciosa, yo fuera una nueva creación para Él.
Mi primera relación con Dios es con el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, y a través de Jesucristo yo encuentro que Él tiene cuidado de mí. El apóstol Pablo no necesitaba ser librado de naufragios ni tampoco de cárceles ni tampoco de azotes. Él sabía que tenía ya la victoria sobre la muerte, de tal manera que porque él estaba en Cristo, nueva criatura era; las cosas viejas pasaron y todo ha sido hecho nuevo. Esa era su expectativa.
Yo no sé cómo nosotros percibimos a Dios, a nuestro Dios. Pero si nosotros somos creyentes y nosotros hemos creído en Jesucristo, si el Señor ha llamado a nuestro corazón y nos ha hecho reconocer nuestra condición de pecadores, lo primero que nosotros reconocemos es nuestra situación de absoluta debilidad. Pero al mismo tiempo reconocemos el amor poderoso de Dios, que en un momento en el que no lo esperábamos, el Señor de manera misericordiosa vino a nuestras vidas, nos levantó, nos tomó para sí y nos prometió el reino eterno de Su Hijo Jesucristo.
Esa es nuestra primera victoria. Esa es nuestra primera convicción con respecto a Dios. Ese es nuestro Dios que merece toda la alabanza. Ese es el elogio que nosotros levantamos delante del Señor: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo." Nuestro Dios no es un Dios cualquiera. Nuestro Dios es el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y ahí entendemos entonces Su amor en primer lugar.
Pero el apóstol no se queda simplemente pensando en esta realidad espiritual, sino que él continúa y sigue hablando y exaltando el nombre de Dios diciendo: "Padre de misericordias y Dios de toda consolación." Padre de misericordias. No solamente es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, sino que dice que es el Padre de misericordias.
Y yo durante mucho tiempo estuve pensando qué quiere decir esta frase, qué quiere decir este título de exaltación de nuestro Dios. ¿Por qué misericordias está en plural? ¿Por qué no permanece en singular, un Padre misericordioso? ¿Por qué dice "Padre de misericordias"?
Básicamente, esta es la realidad: al ser Él nuestro Padre, Su corazón paternal es compasivo para con Sus hijos de manera evidente y manifiesta, porque forma parte de Su naturaleza y de Su propio carácter. El carácter paternal de Dios se manifiesta justamente en la compasión que Él tiene para con nosotros. Nuestro Dios es Padre de misericordias. Y acá hay algo sumamente interesante también.
Al alargar un poco más en la palabra misericordia, yo me sorprendía al notar que el apóstol Pablo, en este caso, no está utilizando la palabra común que en griego se traduce misericordia, que es la palabra *eléos*. *Eléos* es la palabra griega que Pablo usa multitud de veces a lo largo de la Escritura, y el resto de los apóstoles, para referirse al término misericordia. Por el contrario, él usa otro término que solamente es usado cinco veces en el Nuevo Testamento, que es la palabra *oiktirmós*. Y por eso se traduce no como misericordia sino como misericordias. Y esta palabra en realidad no es una descripción de la compasión, sino que más bien es la manifestación del sentimiento compasivo. Tiene que ver con la multitud de expresiones con que una persona expresa su amor, su compañía y su lealtad con alguien a quien ama. Es el sentimiento de pena, de lástima, la emoción de la compasión, su manifestación, su respuesta práctica, la experiencia de estar presente, sufriendo con el hijo que se duele.
Por eso es que el apóstol Pablo, cuando dice nuestro Dios es Padre de misericordias, es porque es un Padre que siente tu dolor, un Padre que te acompaña en medio de tu sufrimiento, un Padre que siente en su corazón el dolor que tú estás sintiendo. Es un Padre que se compadece contigo, pero no te abandona. Es un Padre que no te mira desde la distancia, sino que quiere permanecer a tu lado, diciéndote: "Yo estoy contigo en medio de la situación que estás atravesando". Y tú puedes decirle: "Señor, no importa lo que esté pasando mientras tú estés aquí". Ese es el Padre de misericordias. Alguien que siente, que permanece, que está a nuestro lado.
Por eso es que Pablo puede contar de sus debilidades sin miedo, porque su espiritualidad no depende de sus debilidades, sino del Dios que está con él. "Mas el Señor está conmigo como un poderoso gigante", decía el profeta de la antigüedad. El Señor Jesucristo dijo: "Separados de mí, nada podéis hacer". Por eso es que Él promete antes de partir diciendo: "¡He aquí yo estoy con vosotros, todos los días hasta el fin del mundo!". Por lo tanto, el cristianismo no es ausencia de problemas, es la presencia de Dios en medio de los problemas. Es Dios presente con nosotros, en medio nuestro, dándonos de su sustento, de su protección, de su cuidado. Un Padre de misericordias que permanece con nosotros.
Este sentimiento paternal lo conocemos, lo sabemos, porque aún el mismo Señor Jesucristo decía que aún los hombres siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos. Y yo recuerdo hace unos diez años atrás, hablando de este sentimiento paternal o maternal, yo conocía a una mujer que durante aproximadamente año y medio yo la conocí como Patricia. Patricia para aquí, Patricia para allá. Un día, como al año y medio, yo escucho que la llaman, pero no la llaman como Patricia, y ella voltea y va. Yo la llamo y le digo: "¿Cómo te llamas tú? Tú no eres Patricia". Ella me dijo: "No". "Pero tú me has dejado por año y medio llamarte Patricia". "Es que no quería perturbarte". "Pero yo te llamaba por teléfono Patricia, te tenía en mi celular como Patricia, he orado por ti como Patricia, ¡y tú nunca me dijiste nada!". "Muy... sonaba lindo".
Y ese era el carácter de esta mujer. Esta mujer había quedado viuda muy joven, había tenido que criar a dos muchachos que se hicieron muy rápidamente muy grandes, y ella sufría mucho porque sus muchachos no estaban caminando como debieran. Yo me acuerdo mucho de Patricia porque en todos mis años de ministerio yo nunca he visto llorar tanto y amar tanto a una persona como ella amaba a sus hijos. Yo nunca he visto a alguien derramar tantas lágrimas con tanto sentimiento por un hijo. Y ella lo hacía, y no lo hacía con gemidos, no era una expresión de gemidos, sino que era el dolor de una madre. Y la expresión de un dolor que realmente me conmovía. Una persona que quería hacerse presente, pero que se sabía débil, pero que al mismo tiempo no podía abandonar ni dejar de sostener a sus hijos.
Uno de sus hijos, el menor, ya un hombre grande, estaba haciendo malas cosas. Estaba empezando a consumir drogas, las cosas se perdían en la casa, la plata desaparecía, estaba causando revuelta y medio en medio de la casa, y la madre no sabía qué hacer. Y ella venía a la oficina y simplemente lloraba, y decía cuánto amaba a este muchacho, y cuánto mala ella había sido, y cuánto le dolía el haber perdido a su marido a tan temprana edad.
Ella un día trajo al muchacho a la oficina porque quería confrontarlo. Nuevamente llorando, ella le decía cuánto lo amaba, cuánto esperaba lo mejor para él, pero que ella no podía seguir viéndolo a él destruyéndose y perdiendo su existencia. Ella lloraba y el muchacho la insultaba. Nunca había visto un hijo insultar tanto a una madre. Le dijo que estaba loca, que estaba mal de la cabeza, le dijo que él quería que le entregue la parte de la herencia, que ella estaba viviendo con el dinero del padre que le correspondía a él, que ella era la que tenía que irse de la casa, que ella había perdido los cabales. Y ni siquiera por respeto a mí, él simplemente desbarataba a su madre. Pero ella le decía: "Yo te amo, yo estoy contigo, yo te conozco, yo te tuve en el vientre, yo sé quién eres, yo te vi crecer, yo he estado contigo, yo te alimento, yo te cuido, yo sé lo que estás pasando, déjame ayudarte". Pero el muchacho no quiso reconocer absolutamente nada.
Y esta mujer lloraba, pero estaba allí. Ella tomó fuerzas para decirle que por todo el amor que le tenía, él tenía que irse de la casa. Y esto causó mayor enojo en el muchacho, que no reconocía absolutamente nada. Pero ella le insistía diciendo: "Pero yo te amo. Porque te amo estoy haciendo esto. Porque voy a estar contigo estoy haciendo esto. Porque sé que es lo mejor para ti, aunque tú no lo quieras reconocer". Pero el muchacho se levantó, tiró la puerta y salió diciendo que todos estábamos equivocados.
Cuando el día llegó en que el muchacho tenía que salir, ella nuevamente entró a la habitación del muchacho cuando este estaba arreglando sus cosas, y ella volvió a decirle que lo amaba: "Yo estoy contigo, quiero lo mejor para ti, quiero que sepas que tu madre nunca se apartará de ti. Donde tú estés, mis pensamientos van a estar contigo, siempre van a estar contigo". En eso, el perro de la casa entró a la habitación, y de una manera loca el perro se puso a hurgar en el colchón del muchacho. Se desesperó rascando, rascando el colchón del muchacho. No hubo más remedio que levantarse y mover el colchón. Debajo del colchón estaba toda la droga que este muchacho traficaba, el dinero que él manejaba, las cosas que se iba a llevar de la casa. Y en ese momento el muchacho cae de rodillas y le pide perdón a su madre, porque Dios se hizo presente allí en ese momento, mostrándole a este muchacho la realidad de su pecado, que no hubiera podido ser demostrado de otra manera. Pero el amor compasivo estaba allí.
Nuestro Dios es Padre de misericordias. Nuestro Dios nos muestra que Él quiere estar allí en nuestros momentos de dificultad, de tal forma que nosotros podamos saber que su presencia es suficiente. Eso es lo que el apóstol Pablo vivió. Por eso él no dudaba en abrir su corazón, no dudaba en mostrar sus temores, no dudaba en mostrar sus angustias, porque sabía que no había susto, ni dolor, ni quebranto, ni problema en donde el Señor no estuviera presente. Si había algo que sabía, era que su Dios era Padre de misericordias y estaba allí de manera consistente en su vida.
Esto quizás no lo vemos claramente en este pasaje, pero permítanme ir al Salmo 25, porque quizás necesitamos una expresión aún más amplia de una verdad que trascienda los estamentos, que es la realidad de un Dios presente y misericordioso a lo largo de todas las Escrituras. Y en el Salmo 25 nuevamente David abre su corazón, y en el título de este Salmo dice "Oración pidiendo amparo, guía y perdón". Y dice a partir del verso 1: "A ti, oh Señor, elevaré mi alma. Dios mío, en ti confío. No sea yo avergonzado, que no se regocijen sobre mí mis enemigos. Ciertamente ninguno de los que esperan en ti será avergonzado. Serán avergonzados los que sin causa se rebelan. Señor, muéstrame tus caminos, enséñame tus sendas. Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación. En ti espero todo el día. Acuérdate, oh Señor, de tu compasión, y de tus misericordias que son eternas. No te acuerdes de los pecados de mi juventud, ni de mis transgresiones. Acuérdate de mí conforme a tu misericordia, por tu bondad, oh Señor".
Acuérdate, oh Señor, de tu compasión, y de tus misericordias que son eternas. No te acuerdes de los pecados de mi juventud, ni de mis transgresiones. Acuérdate de mí conforme a tu misericordia. Y la misericordia de Dios tiene que ver con el hecho de que Él viene a mí, de que Él asume su relación conmigo, y Él quiere permanecer a mi lado por todo el proceso que yo necesite vivir o atravesar. Pero lo importante es que Él está conmigo.
Volviendo a Segunda de Corintios, nos encontramos que el apóstol Pablo sigue con esta alabanza de Dios, y él dice: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación". Padre de misericordias y Dios de toda consolación. Y aquí está el otro lado de la presencia de Dios en medio de nuestras vidas, en medio de nuestras dificultades. El Señor, a través de su misericordia, se hace presente y Él siente con nosotros la gravedad de nuestra situación. Pero Él es también Dios de toda consolación.
Y eso es una frase que a mí me cautivaba pero que no podía desentrañar de manera completa. ¿Qué significa, Señor, que tú seas Dios de toda consolación? Cuando nosotros hablamos de consuelo, hablamos básicamente de una palabra de apoyo cuando nosotros hemos tenido una pérdida. Pero en la Biblia la palabra consolación no solamente tiene esa connotación. La palabra original *paráklesis* significa literalmente "llamar al lado" o "hablar desde el costado". Esto es lo que literalmente significa la palabra consolación.
¿Se traduce básicamente como una palabra sanadora? La respuesta de alguien que está cerca para ayudar tiene que ver con una palabra persuasiva o una exhortación en un momento determinado, un llamado de atención, una palabra conciliadora, con el propósito de aliviar la pena o la aflicción. La palabra consuelo en la Biblia se usa en muchas oportunidades, pero tiene que ver con esa palabra de ánimo en el momento de la aflicción que permite que nosotros podamos pasarla, que nosotros podamos realmente encontrar el aliento que necesitamos en medio de la dificultad.
Y nuestro Dios es Padre de misericordias y Dios de toda consolación, un Dios que está con nosotros en medio de las dificultades y está sosteniéndonos con su palabra, de tal manera que encuentro la fortaleza, la respuesta y su voluntad para poder caminar y poder atravesarla. Nuestro Dios no es solamente un Dios que evapora las dificultades, nuestro Dios no es solamente un Dios que soluciona nuestros quebrantos de manera mágica. Nuestro Dios es un Dios que nos ayuda a atravesar las dificultades con su palabra, con su aliento y con su presencia, de tal manera que yo pueda salir de allí como un mejor hombre, como una mejor mujer, a la imagen de nuestro Señor Jesucristo.
Por eso es que el Señor Jesucristo, cuando estuvo allí en el Getsemaní, el Señor dijo: "Señor, aparta de mí esta copa, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya", porque tú estás aquí conmigo. Es recibir la palabra de aliento de Dios. Y esa palabra de aliento se muestra de manera magistral, de una manera muy bella y poética en las palabras del profeta Isaías.
En Isaías capítulo 51, a partir del verso 12, el Señor se declara a sí mismo como nuestro consolador. Y estas palabras vuelven a surgir también para que nosotros las podamos tomar y podamos descubrir quién es nuestro Dios: "Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú que temes al hombre mortal y al hijo del hombre que como hierba es tratado? ¿Has olvidado al Señor tu satisfactor que extendió los cielos y puso los cimientos de la tierra, para que estés temblando sin cesar todo el día ante la furia del opresor mientras este se prepara para destruir? Pero ¿dónde está la furia del opresor? El desterrado pronto será libertado y no morirá en la cárcel ni le faltará su pan, porque yo soy el Señor tu Dios que agito el mar y hago bramar sus olas. El Señor de los ejércitos es su nombre y he puesto mis palabras en tu boca y con la sombra de mi mano te he cubierto al establecer los cielos, poner los cimientos de la tierra y decir a Sion: Tú eres mi pueblo".
Aquí está la victoria de la consolación. El Señor dice: "Yo soy tu consolador. Yo soy el que te aliento en medio de las batallas que tú debes librar en este mundo. Yo soy tu Dios que te acompaña". ¿Por qué tú has de temer ante los hombres? ¿Por qué tú has de temer ante los peligros y las dificultades? Yo soy el creador de los cielos y la tierra que prometió estar contigo y consolarte. "Yo he puesto mis palabras en tu boca y con la sombra de mi mano te he cubierto al establecer los cielos, poner los cimientos de la tierra y decirte a ti: Tú eres mi pueblo". Esas son palabras de consuelo, hermanos.
No tratemos de ver solamente a Dios como el mago que soluciona mis dificultades. Es el Dios que nos acompaña en medio de nuestras tribulaciones. Es el Dios creador del cielo y de la tierra que va con nosotros y nos va dirigiendo, de tal manera que nosotros podamos salir fortalecidos de las dificultades, podamos salir victoriosos de los problemas, podamos salir dándole la gloria al Señor en medio de lo que estemos atravesando. Porque "yo, yo soy vuestro consolador", dice el Señor, Padre de misericordias que se compadece con nuestra situación y Dios de toda consolación porque nos acompaña y nos da aliento en medio de todo aquello que nosotros estemos atravesando.
En Isaías capítulo 66, el Señor vuelve a mostrar esta realidad y lo hace también de una manera paternal. En Isaías 66, a partir del verso 13 y el verso 14, dice: "Como uno a quien consuela su madre, así os consolaré yo. En Jerusalén seréis consolados. Cuando lo veáis, se llenará de gozo vuestro corazón y vuestros huesos florecerán como hierba tierna. La mano del Señor se dará a conocer a sus siervos y su indignación a sus enemigos". Como uno a quien consuela su madre, así os consolaré yo.
¿Estás siendo consolado por Dios? ¿Has descubierto al Dios presente en medio de tu vida, al Padre de las misericordias, al Dios de toda consolación en tu vida, sosteniéndote de tal manera que tú puedes decir "bendito seas, Señor" cualquiera sea la situación que tú estés atravesando? O en lugar de alabanzas, nuestro Dios está siendo señalado como un Dios ausente, como un Dios que no nos responde como quisiéramos, como un Dios que simplemente nos ha abandonado y nos ha dejado de lado. Eso es completamente irreal y ajeno a la Escritura. Nuestro Dios es Padre de misericordias y Dios de toda consolación.
Por eso, a partir del verso 4, ahí en 2 Corintios 1, él dice: ese Dios, Padre de misericordias, Dios de toda consolación, Padre de nuestro Señor Jesucristo, es el que nos consuela en toda tribulación nuestra. Yo no sé si ustedes notan, pero aquí como que gramaticalmente hay algo que nos suena. Segunda de Corintios es una carta muy difícil de interpretar porque es una carta muy emocional, es una carta desordenada, dicen los estudiosos, es una carta en donde el apóstol Pablo arrastra con su corazón y muestra lo que el Señor le ha puesto, pero no hay el orden de Romanos. Es una carta emotiva, es una carta emocional, es una carta en donde él abre su corazón.
Y el verso 4, la primera parte, él dice: "El cual", el Dios de toda consolación, "es el que nos consuela en toda tribulación nuestra". Toda tribulación nuestra. La palabra tribulación es la misma que aflicción, dificultad o problema; esa es la palabra tribulación: un problema que nos afecta, que puede ser exterior como también una lucha interior que nosotros estemos viviendo en nuestro corazón. Pero lo interesante es que el apóstol Pablo recalca: esta tribulación no solamente se la voy a cargar a alguien, no se la voy a cargar a mi familia, a mis conocidos, a la sociedad, a mi gobierno, tampoco levantar al cielo y echarle la culpa a Dios. Es una tribulación nuestra, es la tribulación de mí, es la tribulación mía.
Por eso es que él no solamente dice "el cual nos consuela en toda tribulación", sino que él dice "en toda tribulación que me pertenece, de la cual yo soy culpable". Todo problema y toda aflicción que yo me merezco, que yo he encendido, que yo lamentablemente me he metido, que es mía, el Señor me consuela en toda tribulación nuestra. Pero con un propósito: para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.
Hermanos, a veces nosotros predicamos un evangelio que es un evangelio espurio. A veces nosotros predicamos un evangelio que no es real, porque nosotros no estamos dispuestos a mostrar nuestras debilidades. A veces nosotros nos presentamos como los victoriosos de cualquier situación, como que estamos ajenos a problemas, ajenos a dificultades, ajenos a luchas personales. No nos mostramos tal como somos y por lo tanto la gloria del Dios, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, no se manifiesta. El nombre de Dios no es exaltado porque nosotros simplemente nos mostramos como lo que no somos.
Pero si nosotros tuviéramos la valentía para decir "no a nosotros sino a tu nombre la gloria", si nosotros fuéramos capaces de decir: "Saben qué, yo soy un pecador, yo tengo problemas, yo tengo dificultades, yo tengo temores, yo estoy en problemas, yo me metí en problemas, pero Dios está conmigo como un poderoso gigante. No soy yo, es él que está conmigo. No soy yo, es él el que me alienta. No soy yo, es él el que me sostiene". Él es el que me sostiene, por lo tanto el Dios que me consuela puede consolarte a ti también. No son mis palabras, no es mi verbo, no es mi capacidad de explicar a Dios. Es Dios mismo presente en medio nuestro, es Dios mismo con nosotros.
Quizás no tenemos la capacidad para poder explicar como explica nuestro pastor las verdades de Dios. Quizás no tenemos la capacidad y la elocuencia para poder mostrar de manera brillante quién es nuestro Señor en círculos intelectuales. Pero lo que no podemos negar es que Dios está presente en nuestra vida, sosteniéndonos, ayudándonos, levantándonos, consolándonos, de tal manera que el que nos consuela en toda tribulación nuestra lo hace posible para que nosotros también podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.
Necesitamos volver a ser una iglesia como Pablo lo era en su corazón. Pablo no temía en mostrar su debilidad porque en medio de su debilidad el poder de Dios se perfeccionaba. Mientras más débil era, más clara y manifiesta era la gracia de Dios. Más abierto era su corazón mostrando la realidad de su alma finita, más grande era el poder de Dios que se manifestaba. Él podía decir: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación", y se los digo porque él es el que me sostiene. Y se los digo porque no soy yo sino que es él, sosteniéndome día a día, acompañándome día a día, sosteniéndome en todo momento, dándome palabras de aliento, de tal manera que en medio de la vida en que yo vivo, en medio de lo difícil de vivir en este mundo, el Señor siempre está conmigo, el Señor siempre me está acompañando, el Señor siempre me está apoyando.
El ministerio de consolación no es solamente la oportunidad de unos pocos para poder hablarles a otros en medio de sus dilemas.
El ministerio de consolación es una demanda que el Señor pone en nuestros corazones sobre todos nosotros, para que nosotros podamos testificar de lo que el Señor está haciendo en nuestras vidas, no para exaltarnos nosotros, no para pontificar sobre otros, sino para decirles: míramenme cuán débil soy, pero mira cuán grande es mi Dios, mi Dios presente, mi Dios consolador, el Dios que me ama y manifiesta su amor permanente en mi propia vida.
Quizás yo no tenga las palabras suficientes para poder decirles y para poder concluir con este mensaje. Lo importante que yo quiero dejar con ustedes es simplemente de que en medio de nuestras dificultades, en medio de nuestros temores, en medio de nuestras luchas, en medio de los vaivenes de nuestra vida, en medio de nuestros quebrantos de salud, en medio de las dificultades con nuestros esposos o con nuestras esposas, en medio de las dificultades con nuestros hijos, en medio de las dificultades económicas, en medio de las dificultades anímicas, hay un grande Dios. Nuestro Dios personal, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que sacrificó a su propio Hijo por nosotros, es capaz de permanecer con nosotros en medio de nuestras dificultades, es Padre de misericordias y Dios de toda consolación.
Pero esa realidad yo quisiera expresarla con las palabras de un predicador del siglo XIX, en donde de una manera muy precisa, yo quisiera que ustedes la escuchen y que al escucharla puedan percibir el llamado del Señor a invitarnos a reconocer que es Él, Él y solo Él, el que quiere recibir la gloria en medio de nuestras vidas, en medio de nuestras debilidades Él quiere ser exaltado, el Padre de misericordias y el Dios de toda consolación.
Él decía: "Deseo hablarles de Jesús y solamente acerca de Él. A menudo, hoy voy a decir, si solo pudiera recibir la sanidad divina, pero no me es posible. Frecuentemente escucho que dicen: lo tengo. Pero si les pregunto qué es lo que tienen, la respuesta a veces es: tengo la bendición, tengo la doctrina, tengo la sanidad, y en ocasiones recibí la santificación. Yo doy gracias a Dios por haber aprendido que no es la bendición, no es la sanidad, no es la santificación, no es aquello que deseamos, sino que es algo mucho mejor. Es Él, el Cristo, Él mismo."
"A menudo aparecen estas palabras: ciertamente llevó Él mismo nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, quien llevó Él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero. Es la persona de Jesucristo lo que deseamos. Hay muchos que tienen la idea, pero no reciben provecho de ella, la tienen en la cabeza, en la conciencia, en la voluntad, pero por alguna razón no lo reciben a Él en su vida y en su espíritu, porque solamente tienen aquello que es una expresión exterior y símbolo de la realidad espiritual."
"Por fin, Él me dijo, y tan tiernamente: hijo mío, toma mi mano y déjame ser yo mismo en ti, la fuente continua de todo esto. Y cuando por fin quité mis ojos de mi santificación, de mi experiencia, de mis problemas, y los fijé en Cristo en mí, encontré en lugar de una experiencia al Cristo que es más grande que la necesidad del momento, al Cristo que es todo lo que yo podría necesitar, quien me había sido dado una vez y para siempre. Cuando pude ver a Cristo de esta manera, tuve gran paz, todo estaba bien, todo estaría bien para siempre."
Es el Cristo en nosotros. Cristo en nosotros, la esperanza de gloria. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para que nosotros también podamos consolar a los que estén en aflicción.
Hermanos, es nuestro llamado, pero la exhortación es a dos cosas: a que reconozcamos al Dios presente en nuestra vida como única solución, y que seamos capaces de abrir nuestro corazón y en lugar de andar en apariencias, mostremos la realidad de nuestra vida. Y si somos débiles, entonces seremos fuertes, porque el que es fuerte se hará presente en medio de nuestra debilidad.
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José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.