El genuino arrepentimiento no es simplemente sentir remordimiento por haber fallado, sino volverse desesperadamente hacia el Dios a quien hemos ofendido, reconociendo que solo en Él está la fuente del perdón. David, tras su pecado con Betsabé —adulterio, engaño y asesinato de Urías—, vivió meses como si nada hubiera ocurrido, hasta que el profeta Natán lo confrontó. Como los médicos del siglo XIX que no veían los gérmenes que causaban la muerte de las madres porque nadie les había puesto un microscopio delante, David necesitó que Dios le mostrara la contaminación de su propio corazón.
El Salmo 51 revela cuatro señales de un corazón verdaderamente arrepentido. Primero, David no huye de Dios sino que corre hacia Él, buscando misericordia en quien ha ofendido. Segundo, clama repetidamente por limpieza total: borra, lávame, purifícame. No le basta una limpieza superficial para aparentar ante otros; quiere ser lavado más blanco que la nieve. Tercero, confiesa la seriedad de su pecado sin excusas ni culpas hacia otros: "Contra ti, contra ti solo he pecado". Reconoce que su problema no fue la tentación externa sino su propio corazón depravado desde el nacimiento.
Finalmente, David clama por algo más profundo que el perdón: una renovación completa. "Crea en mí un corazón limpio", pide, usando la misma palabra hebrea de la creación del universo. El arrepentimiento genuino no lo producimos nosotros; es un don que Dios concede. Y en Cristo, quien fue el verdadero Isopo rociado con sangre, tenemos garantía de limpieza completa para todo aquel que vuelva a Él.
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En el día de hoy nosotros vamos a estar revisando un salmo muy conocido, pero a la vez que es muy conocido por lo hermoso que es, es conocido porque todo aquel que disfruta este salmo es porque se ha visto reflejado en él. Y lo que ve allí es algo que no da mucho gozo, sino tristeza, porque lo que refleja este salmo es dolor por el pecado cometido, tristeza porque no llegó al estándar de Dios y necesito su perdón. Y a la vez es bueno el poder ver eso, el poder darnos cuenta de eso, porque muchas veces no nos damos cuenta de la condición real en la cual nosotros estamos.
A veces seguimos caminando nuestra vida y no nos detenemos a ver bajo la lupa de Dios cómo está nuestro corazón, y vivimos en medio de suciencia espiritual y no nos damos cuenta. Y eso le pasó al autor de este salmo en una etapa de su vida. Él peca grandemente y sigue su vida como si nada hubiera ocurrido, hasta que Dios lo intercepta, se le pone en el medio.
En la historia de la medicina, yo no sé por qué a mí me gusta traer este tema de medicina como ilustración cuando hay tantos médicos buenos aquí que me corrigen al final, pero me llama la atención. Me llama la atención que en los años 1800, un hombre llamado Ignaz Semmelweis, un húngaro, un médico húngaro, se dio cuenta de algo que estaba pasando en ese tiempo. Él es reconocido como el pionero de los procedimientos antisépticos y a la vez es reconocido como salvador de madres, porque en ese tiempo en los hospitales había esta estadística: una de cada seis mujeres morían después del parto por infecciones.
Y este hombre comenzó a analizar la situación y se dio cuenta que la rutina diaria de los médicos era en la mañana, a primera hora, pasar por el salón de autopsias y allí hacer sus análisis y todo esto, e inmediatamente pasaban luego al hospital a atender a las madres que habían dado a luz. Y él comenzó a hacer e implementar cosas para ver si esto era la razón, que estaban siendo contaminados en el lugar donde se hacían las autopsias y entonces contagiaban y se contaminaban las mujeres. Y al implementar eso vio los resultados y comenzó a compartirlos con los demás médicos, pero la realidad es que nadie le creyó. Casi nadie estuvo de acuerdo con él, incluso lo vieron como una ofensa: "¿Tú nos estás diciendo a nosotros que somos médicos, que estamos sucios? Estos húngaros son una cosa seria".
Y al pasar el tiempo, lamentablemente él seguía insistiendo y lo decía de esta forma. Voy a leer unas palabras que él dijo: "He probado todo lo que he dicho, pero mientras hablamos, hablamos y hablamos, señores, las mujeres están muriendo. No les estoy pidiendo algo del otro mundo, simple y llanamente les pido que se laven, que se laven las manos". Bueno, Semmelweis murió y no hubo ningún cambio. Y al pasar el tiempo, gracias a los estudios de Louis Pasteur, entonces de microbiología, se pudieron dar cuenta de que había gérmenes y bacterias que pasaban de un lugar a otro y por eso las mujeres morían. Pero lamentablemente, debido a la condición de los médicos de ese tiempo, ellos no sabían y ni veían nada de esos gérmenes y esas bacterias. Se tenía que usar microscopio para ver eso, y estos médicos actuaban y decían: "Tenemos miles de años haciendo esto así".
Y lamentablemente muchas veces tú y yo caminamos como esos médicos. Debido a que todo se ve bien, seguimos como que todo está bien. Pero cuando Dios decide ponerte unos lentes y acercar tu corazón a tus propios ojos espirituales, te das cuenta: no estoy bien, estoy mal, estoy contaminado, sucio. Y eso le ocurrió a David. David tuvo la necesidad de que Dios le pusiera ese microscopio para ver su contaminación espiritual, y nosotros conocemos la historia del pecado de David. Él tuvo que pasar por esa revisión de Dios, que Dios le mostrara para él poder arrepentirse.
Hay una frase muy conocida de A.W. Pink que dice que el cristiano que ha dejado de arrepentirse ha dejado de crecer. Por tanto, el arrepentimiento es algo que debiera caracterizar a todo aquel hijo o hija de Dios, que me acerco a Él pero me arrepiento porque Él me muestra cómo estoy. Y David en ese momento fue confrontado con ese pecado.
Y ustedes seguro han leído este salmo y han visto que este salmo tiene un título. Primero dice "Oración de un pecador arrepentido" allí debajo de Salmo 51, y después dice "Para el director del coro, salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, el profeta Natán lo visitó". Este es el pecado que David trata en este salmo y el cual entonces pide a Dios perdón. Pero es bueno para nosotros ir de nuevo a ese momento de ese pecado para entender la gravedad del asunto y poder entender por qué David dice todas estas palabras del Salmo 51.
Así que en 2 Samuel, capítulo 11, versos del 1 al 5, se relata este pecado de la siguiente forma: "Aconteció que en la primavera, en el tiempo cuando los reyes salen a la batalla, David envió a Joab y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los hijos de Amón y sitiaron a Rabá, pero David permaneció en Jerusalén". Y aquí podemos hacer una nota, ¿verdad? Mira, los reyes de aquel tiempo en la primavera salían a la batalla, el ejército de David se fue a la batalla, pero David se quedó en Jerusalén. Algo raro, ¿verdad?
"Y al atardecer David se levantó de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa del rey, y desde el terrado vio a una mujer que se estaba bañando". Y aquí la historia hubiera podido haber terminado y este salmo no se hubiera escrito ni nada de esto, cuando David pudo haber visto esa mujer y reconocer: soy un hombre casado, esta mujer está desnuda, no es para mí, me voy para otro lado. Pero la historia lamentablemente continuó.
"Y la mujer era de aspecto muy hermoso. David mandó a preguntar acerca de aquella mujer, y alguien dijo: ¿No es esta Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías el hitita?". Otra evidencia, otra muestra David para decir: no solamente yo soy casado, esta mujer de este otro hombre está casada, y no casada con cualquier persona, es de Urías, uno de los treinta mejores soldados que yo tengo y que estuvo conmigo un buen tiempo cuando yo huía de Saúl. Eso no lo paró y él continuó. "David envió mensajeros y la tomó, y cuando ella vino a él, él durmió con ella. Y después que ella se purificó de su inmundicia, regresó a su casa. Y la mujer concibió y envió aviso a David diciendo: Estoy encinta".
Y de ahí en adelante, el embarazo se iba a conocer, primero por el esposo, segundo por todos los que están alrededor, y David comienza a preparar una estrategia para mantener esto oculto de cualquier forma. Y ustedes conocen en verdad que una estrategia fue que mandó llamar a Urías, el esposo de Betsabé: "David, ven hombre de Dios, tranquilo, deja la batalla, vete a tu casa, descansa un rato y está con tu mujer", planeando que este Urías se acostara con su mujer y entonces se entendiera que era hijo suyo. Pero no le funcionó, porque Urías era un hombre sumamente noble y no le concebía él, no se concebía él mismo estando con su mujer cuando sus compañeros estaban en la batalla. Y no fue donde su mujer y se quedó a la entrada de la ciudad. David no sabía qué hacer, hasta que el último recurso fue mandar a Urías de nuevo a la batalla, pero con instrucciones de que todo el mundo se quitara de su alrededor para que lo mataran allí al frente de la batalla.
Adulterio, mentira y asesinato, todo en un solo evento. Y David, lo más triste de todo eso, es que siguió como si nada. Continuó su vida, le salió el plan que él quería, y 2 Samuel 11:27 nos dice: "Cuando pasó el luto de la muerte de Urías, David mandó traer a Betsabé a su casa, y ella fue su mujer y le dio a luz un hijo." Resuelto el asunto, nadie se enteró, todo sigue bien. Pero dice el verso: "Lo que David había hecho fue malo a los ojos del Señor." ¡Ah! Estaba oculto a todos, pero para Dios no.
Y ese Dios que veía esa maldad que había ocurrido allí no se quedó como si nada. Y ahí vemos parte de su gracia: envía a un profeta a hablar con David y le cuenta una historia, una parábola que no voy a relatar, pero esta parábola claramente ponía a un hombre allí como pecador. Y David, al oír la historia, dice: "Ese hombre de esa historia merece morir, tiene que pagar todo lo que ha hecho." ¡Cómo hace! Como diríamos nosotros hoy. Y Natán le dijo: "Ese hombre eres tú, David. Te acostaste con la mujer de Urías, lo enviaste a matar, a pesar de que yo te di reino, esposas, riquezas, todo te lo di." Y 2 Samuel 12:9 dice: "¿Por qué has despreciado la palabra del Señor haciendo lo malo a sus ojos, David? ¿Por qué?"
Y allí David entonces responde con unas cortas palabras. Dice 2 Samuel 12:9, dice entonces: "David dijo a Natán: He pecado contra el Señor." Y lo que hace ahora el Salmo 51, que lo vamos a leer del uno al diez, es ampliar esa corta frase de "he pecado contra el Señor". Y vamos a ver a un hombre entonces expresándole a Dios el dolor de su pecado y el arrepentimiento que él siente al fallarle a Dios. Y conocemos allí el corazón del genuino arrepentimiento: cuáles son las características de cuando tú y yo realmente nos hemos arrepentido. Evidentemente todos sabemos que debe haber un cambio de dirección, pero ¿qué es lo que produce todo eso? Y vamos a ver cuatro cosas de este Salmo. Lamentablemente no podemos explicar los 19 versículos de él, pero con cuatro señales de un corazón con genuino arrepentimiento vamos a ser incentivados a examinar nuestras vidas a ver si estamos allí.
Así que lee conmigo Salmo 51, versos del uno al diez: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas. He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre. He aquí, tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría. Purifícame con hisopo y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, que se regocijen los huesos que has quebrantado. Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí."
Cuatro señales de un corazón que muestra genuino arrepentimiento. La primera que vamos a ver en el verso uno es que David se vuelve a Dios como la única fuente para su perdón. El verso uno dice: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones." No hay otro lugar donde David vaya que no sea al Dios mismo en medio de su pecado. Y allí nosotros podemos sacar algo de enseñanza acerca de la reacción de este hombre, y es que el corazón de alguien arrepentido genuina y realmente sabe que la base para su perdón está en lo que Dios es y no en lo que yo soy. Dios, eres misericordioso y abundante en compasión. Por eso, conforme a lo que tú eres, ten piedad de mí.
Extrañamente David no recurre a lo que él es. Y él pudiera haber dicho muchas cosas en ese momento: "Señor, tú sabes mi lucha, mi lucha con la mujer. Tú sabes que esa mujer se estaba bañando ahí al aire libre y es muy hermosa. Señor, tú sabes que aquí yo soy un hombre. Tú lo dices: conforme a tu corazón. Así que este error, Señor, tú sabes que yo no lo he hecho así antes." David no pone razones que dirijan hacia él o lo que él se merece, sino a lo que Dios es. Señor, tú eres, por cuanto tú eres así, yo te pido que tengas piedad de mí.
Y esto es algo extraño, hermanos, porque si uno se pudiera pensar: David peca contra Dios y vuelve a Dios y a lo que Él es para restituirse y ser perdonado. Yo no sé si a ti te ha pasado que cuando tú has ofendido a alguien y tú sabes que la persona se siente mal contigo, o como decimos entre los jóvenes: "aquí ya contigo full," aquí ya tú quieres evitar esa persona. "Por ahí viene, ahí papá, está encendido. Entro de lo que yo hice, entro a mi cuarto, y si me ve me agarra." Pero David aquí está mostrando algo que Martín Lutero le llamaba la paradoja del arrepentimiento bíblico, y es buscar, anhelar estar con aquel a quien he ofendido.
Y él lo explicaba de esta forma. Primero hablaba del remordimiento, algo que no es arrepentimiento genuino. Dice: el hombre con remordimiento busca evitar a Dios en lugar de buscarlo. Él no ora, no lee la Biblia, él hace todo lo posible para no pensar en estas cosas. Eso es remordimiento. Y te recordarás de personas así: Adán pecó, se escondió, evitó a Dios. Judas peca, en lugar de arrepentirse se siente mal él mismo y se ahorca, pero no busca a Dios y a Jesús. Y si te encuentras con Saúl, el rey que antecede a David, peca, es confrontado, y su arrepentimiento es una burla, porque lo que quiere es aparentar delante de la gente que está bien cuando no lo está.
Sin embargo, sigue diciendo Lutero, pero el hombre que ha sido convencido por el Espíritu Santo, aunque él sabe que ha pecado contra Dios, es a Dios a quien él quiere. Este hombre sabe que la solución de su problema es el Dios mismo que ha ofendido, y por eso le busca. Cuando su pecado es descubierto y se nota su condición de suciedad, de mugre como decimos, él no huye de Dios sino que busca a Dios y se acerca a Él. Él conocía que era preferible caer en manos de ese Dios que en las manos del hombre. Y él conocía también, como leímos en este servicio hoy en Salmo 103, que Dios es compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia. ¡Wow! Conocer eso, basar nuestra búsqueda y nuestro arrepentimiento en lo que Dios es, nos muestra que tenemos esperanza de encontrar esa multitud de compasión, y por eso seríamos motivados a buscarle.
Pero también él entiende algo, y es que él entiende que no merece nada de parte de Dios. Y eso es justamente lo que significa misericordia: yo merezco castigo, Señor, pero tú eres un Dios de gran misericordia y compasivo, por eso voy donde ti. Ten piedad de mí porque puedes llevarme lejos de ese castigo que merezco.
La pregunta es, amados, si nosotros reaccionamos como David en el momento en que nuestro pecado es desvelado a nuestros ojos, o realmente evitamos a Dios. Y lo que buscamos es ese entretenimiento: "No, es una carga muy pesada, mejor es un buen tiempo para irme a la playa de fin de semana. Este es un buen tiempo para yo ver una serie de Netflix completamente y dispersar mi mente, porque todo esto está demasiado." ¿O realmente nosotros en ese momento decimos: "Señor, lo que tengo, necesito, es demasiado grande, y eres tú la persona, aun a quien te he ofendido, así que te busco a ti"? El corazón genuinamente arrepentido entonces primeramente se vuelve a Dios como la base de su perdón.
Lo segundo que nosotros podemos ver es que él ora repetidamente por la limpieza. Y es asombroso cómo David ora por lo mismo de diversas formas y en varias ocasiones. Verso uno, ya vimos que él dice: "Borra mis rebeliones." Verso dos: "Lávame más y más de mi maldad," y en ese mismo verso, "y límpiame de mi pecado." David usa varias palabras para pedir lo mismo, pero esas palabras son diferentes cuando uno ve lo que significan originalmente.
Cuando él habla de "borra mis transgresiones o rebeliones," él está usando ahí un término contable de cuando tú tienes una cuenta pendiente, una deuda, y le pides a alguien: "Borra eso que te debo." David sabía que él tenía una deuda con Dios y le pedía: "Dios, Señor, te debo mucho. Por tanto, ten piedad de mí. Yo no puedo pagar." David sabía también que esta palabra cuando él dice "lávame" tenía que ver como la usamos nosotros hoy: él estaba manchado y él necesitaba limpieza, que lo estrieguen. Ahora es la lavadora, pero antes se estregaba. Sí, sí, los jóvenes que están aquí, se estregaba antes con la mano, sí, a veces con piedra en el río, pero que lo laven y lo limpien. Y la última palabra es "límpiame," pero esta limpieza, como veremos más adelante, está relacionada con la limpieza de una enfermedad. Se usaba esa palabra para eso. Por tanto, David se considera deudor, David se considera sucio, y se considera un enfermo en la condición de pecado que él estaba. Y por eso pide repetidamente de diversas formas: "Señor, límpiame. Quiero ser limpio completamente de mi maldad."
Y entonces en el verso 7 dice: "Purifícame con hisopo y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve." Un par de cosas en ese pasaje. Primero, el hisopo era una ramita que se tomaba de un árbol, que el sacerdote untaba y sumergía en sangre, y entonces rociaba a veces a una casa donde había una enfermedad, específicamente lepra. Y allí entonces se rociaba esa sangre para que la casa pudiera estar limpia de esa enfermedad. A veces a las mismas personas que estaban allí se les rociaba para lo mismo. Por tanto, David estaba pidiendo: "Señor, como los sacerdotes toman el hisopo, lo untan con sangre y limpian los lugares enfermos, yo quiero que tú seas mi sacerdote. Purifícame a mí, a mí. Usa hisopo también y pásalo sobre mí y límpiame."
Pero algo importante de este verso 7 es que si Dios, pensaba David, me purifica con hisopo, yo seré limpio. Si Él me lava, yo seré más blanco que la nieve. Él reconocía que en Dios, a su disposición, Él tenía el poder para limpiarlo completamente. Reconocía que había esperanza. Tú eres un Dios de compasión, de amplia compasión y misericordia. Hay esperanza en ti por lo que eres. Pero él reconocía que en ese Dios estaba el poder para limpiarlo, como el sacerdote tenía el poder para limpiar con hisopo.
Hisopo y lavarme más blanco que la nieve.
Alguien bueno, alguien no muy conocido... Charles Spurgeon decía y explicaba que esta utilización de diferentes palabras de David era un deseo fuerte, desesperado, que tenía de una limpieza total. Y Spurgeon lo describió de esta forma, escucha. Dice él: "El hipócrita está feliz si sus vestimentas están limpias. Si me veo bien por fuera y nadie se da cuenta, yo estoy feliz. Pero el verdadero arrepentimiento clama: ¡Límpiame a mí, Señor! Olvídate de la ropa, si tú quieres yo me encargo de la ropa, pero yo soy el problema. ¡Límpiame a mí!" Él sigue diciendo: "El alma descuidada está contenta con una limpieza nominal, pero la conciencia que ha sido despertada a su pecado desea un lavamiento real y que se muestra en la práctica, uno que sea completo y eficiente."
Y aquí viene la parte que a mí más me llama la atención. Dice: "Es como si el salmista dijera: si lavar mis pecados no funciona, trata con otro proceso. Si el agua no funciona, usa el fuego o cualquier otra cosa, pero límpiame a mí, Señor. No importa cómo lo hagas, pero límpiame." Se nota un desespero en esta petición, hermano. Se nota una ansia de que Dios sea quien lo haga y que sea por completo, más y más. Definitivamente, eso lo hace el genuino arrepentimiento: no se conforma con una limpieza o perdón superficial para que la gente me acepte, sino que quiere una profunda para ser aceptado por Dios.
¿Cuántas veces tú y yo hemos sentido ese desespero, o nos sentimos tranquilos y los gérmenes están ahí, como hablábamos en la ilustración, y no lo vemos tan grande ni tan fuerte ni tan peligroso? "Yo, hermano, no exageres, eso fue el pecado de David, que fue un pecado horroroso." Viene de culpa esa frase, como de joven que tu eres santo. Pero aquí, hermano, eso fue David, y olvidamos que delante de un Dios santo, santo, el pecado de David y el pecadito tuyo, que piensas que es pecadito mío, son iguales a sus ojos por su pureza y santidad. Diferente tal vez en consecuencias, pero serios para Él también. La pregunta es: ¿desesperas porque Dios te limpie completamente, o eso no es parte de tu arrepentimiento?
David se vuelve a Dios, número uno, como la única fuente de perdón. Ahora, repetidamente, por la limpieza. Y lo tercero es que él confiesa lo serio que es su pecado. Y ustedes van a ver la forma en que él lo explica: su pecado no lo toma como algo sencillo, sino algo profundo, de amplitud, de longitud y de todas las dimensiones posibles. Y aquí él lo muestra de cuatro formas. Y yo voy a romper unas reglas aquí de predicación un poco. Vamos por el punto tres de arrepentimiento, y aquí ahora yo voy a usar varios puntos, así que yo voy a apelar a la inteligencia de la iglesia para que se mantengan atentos.
Estamos en el punto donde él confiesa la seriedad de su pecado, y él lo hace de cuatro formas, esa seriedad de su pecado. Número uno, el primero: reconoce que el problema no es otro, el problema es él. Y él lo hace de diferentes formas y muchos versos. Aquí él siempre utiliza la palabra "mí" para referirse a su pecado. Verso dos: mi maldad, mi pecado. Verso tres: yo reconozco mis rebeliones, mi pecado. Verso nueve: mis pecados, mis maldades. Señor, no hay otro, soy yo el problema. No fue que ella se estaba bañando. "No es mi pecado, Señor." No fue que el tránsito de este país es un problema, Señor, y por eso yo... "No es mi pecado, Señor." Es que esta mujer que tú me diste, Señor... No soy yo, Señor. No son los hermanos de la iglesia. Soy yo, Señor. No son mis padres, mi compañero de estudio. Soy yo, Señor. Soy yo.
Muchos, en ese momento donde Dios quiere mostrar nuestro pecado y que produzca arrepentimiento, estamos buscando alrededor. Estamos buscando: "Este problema, y mira esto, y esta situación..." Y olvidamos de dónde vino ese pecado. David no se pierde en eso en su arrepentimiento. Viene de mí, soy yo. Peco porque en el momento de honrar a Dios o satisfacer mis deseos, elegía mis deseos en lugar de Dios. Ahí está el problema: mí, Dios. Y por eso yo te pido limpieza.
Lo maravilloso es que él hace esto de una forma tal, verdad, no se justifica a sí mismo, sino que atribuye la culpa a él, pero entonces justifica a Dios para juzgarlo. Dice en el verso cuatro: "De manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas." Esto es algo serio lo que David dice aquí, porque Dios, a pesar de que libró a David de la muerte, lo perdonó de esa condenación. A pesar de que David había pasado juicio diciendo "ese hombre merece la muerte," Dios dice: "Tú no morirás." Pero Dios sí le deja consecuencias, como muchas veces a nosotros nos deja. Y le dejó consecuencia diciéndole: "El hijo que has tenido con Betsabé morirá. Tu casa ahora va a tener una señal, y es que va a ser conocida porque la espada no se apartará de esa casa. Y además de eso, este pecado que hiciste en secreto con esta mujer, bueno, vendrá alguien que se acostará con tus mujeres, y no lo hará en secreto sino en público."
La respuesta de David es: "Tú eres justo, Señor, sin reproche cuando tú envías ese juicio. Las consecuencias que pongas, lo haces bien. Yo no tengo que ver con esa consecuencia, yo tengo que ver conmigo. Yo quiero decirte que este es mi pecado." Y qué diferente suena eso, hermano, a muchas veces cuando nos encontramos en consejería o caminando con hermanos que vienen y reconocen su pecado: "Ah, mira, sí, yo lo hice." Bueno, entonces, amado, para tu restauración, para tu bien, ahora es posible que Dios te ponga consecuencias. Pero como iglesia tenemos que poner estas cosas que te van a ayudar en tu caminar, y son parte de la consecuencia. Y entonces la reacción de muchos de nosotros es: "Verdad que yo pequé, pero ¿por qué son tan severos conmigo? O sea, ¿y por qué al otro? Mira ahí, eso mismo, y mira cómo me tratan a mí." Y nos enfocamos en lo injusto, y reprochamos entonces las consecuencias que vienen de parte de Dios, aunque la iglesia a veces las pone, y nos enfocamos más en eso que en mi maldad, en mi pecado, en mi rebelión. Y David no hace eso.
Tuyo, muchas veces hasta hoy de alguno de lo que está aquí, está hoy quejándose de las consecuencias y pensando en un Dios severo. Pero David no culpa a Dios por eso. David se olvida completamente: "Dios, te encargo eso, tú eres justo siempre. Es mi maldad."
David confiesa su pecado reconociendo que él es el problema. Y otra forma en que lo hace es que reconoce que él no puede sacar el pecado de su mente. Entonces lo leí antes, verso tres, dice: "Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí." Padre, esto es algo tan serio que no fue ese día, que todos los días mi pecado está siempre delante de mí. Mi condición está profundamente sucia, que no es algo que ocurrió en una ocasión, sino que yo siempre te estoy fallando, pecando y caminando contra ti.
Y lo agranda más, esto en el verso cinco, diciendo: "Yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre." Este pecado tan serio que está siempre delante de mí, y yo nací así, desde el vientre de mi madre yo nací así. Soy depravado desde mi propio nacimiento. Es así que yo soy, Señor. Esto es algo tan serio que es así que yo soy. Y no es que todavía está utilizando esto como una excusa, verdad. "Así que yo soy, Señor, imagínate." Que como a veces responden cuando los confrontamos, y como les hemos enseñado algo de la Biblia, le decimos: "Esto está mal, tienes que hacerlo así, papi." "Pero es que todos somos pecadores, y tú..." Y ahí, verdad, me sobilda, la Biblia dice eso, pero como que está utilizando... Y tratamos de aclarársela, verdad, vuelve, repite: "Pero todos somos pecadores," utilizando la realidad de nuestro pecado para excusarse. Y David no está haciendo eso. David lo que está diciendo es que esto es algo tan serio, Dios, que es mi maldad, es mi pecado, así yo soy, y lo soy siempre, y desde mi nacimiento. Por tanto, mi condición es más oscura de lo que parece.
Otra forma en que él muestra la seriedad de su pecado es que es solo y principalmente a Dios a quien él le ha ofendido. Y lo vemos en el verso cuatro: "Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos." Evidentemente, el pecado está descrito en la Biblia entera y está definido como fallar a la ley de Dios. Eso es pecado. Por tanto, cuando peco, quebranto su ley, y es a Él a quien he ofendido primero. Pero a veces he olvidado eso, y yo pienso que es al otro, que también es verdad, solamente. Si excusamos, hermano, fue que me pasó eso, mala mía. ¿Y Dios? Es a Él a quien has ofendido con tu pecado principalmente. Y por eso David dice: "Es contra ti, Señor, es contra ti." Lo que hace al pecado ser pecado es porque es contra ti, Dios, no solamente contra el que está alrededor. Es verdad que el que está alrededor necesita también ese arrepentimiento, pero no sin reconocer que Dios es la primera persona a quien hemos fallado. Por tanto, él considera que el pecado es serio porque también ha fallado principalmente a Dios.
Y por último, en cuanto a la seriedad de su pecado, en el verso seis dice: "He aquí, tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría." Dios ve lo interno, lo secreto, y David no valoró eso. Todo lo contrario, en lo secreto, en lo íntimo, allí es lo callado, como decimos los dominicanos. El pecado oculto: mató, adulteró, y allí, en lo secreto, que Dios ya conocía, eso, porque estaba allí. David no decidió ser honesto con Dios ni buscarle a Él. Si lo hubiera hecho, hubiera encontrado la verdad que este verso promete y la sabiduría también que se muestra allí.
Tenemos entonces a un hombre que se arrepiente genuinamente confesando que su pecado es serio. Y yo quisiera que hoy pensáramos en si este caminar nuestro, cuando es develado y se muestra nuestro pecado, nosotros lo tomamos con esa seriedad, o lo vemos como diferente cuando es nuestro. Como pasa, verdad, en la parábola de los dos deudores en la Biblia, que uno es perdonado de una deuda grandísima, y cuando le toca dar perdón de una deuda pequeña dice: "No, tú me debes demasiado." El pecado mío, el pequeño: "Gracias por perdonarme." Pero el del otro... David ve el pecado como algo serio y no se quita de ser responsable.
Amados, ante Dios, y para mostrar un corazón arrepentido, tengo que reconocer como Dios ve el pecado, no como yo lo veo. Cuarto, ya hemos visto tres señales: una, de que él se vuelve a Dios para...
Buscar el perdón como la única fuente. Dos: ora repetidamente por una limpieza completa. Y tres: confiesa la seriedad de su pecado. Y el último: un corazón arrepentido clama por una renovación.
El verso 10 es muy conocido, dice: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí." Oigan bien, hermanos: este hombre ya pidió por limpieza, pidió porque se lavara, pidió por perdón. Si Dios le concede ese perdón, ¿ya para qué pedir más? Listo, me perdonaste, estoy libre. Pero no, él conoce que debido a que su pecado está siempre delante de él, y de que su condición es así desde nacimiento, necesita algo más profundo que una limpieza, y es: "Hazlo nuevo y limpio, Señor, crea en mí."
La misma palabra, incluso en el original, que se usó para "creó Dios los cielos y la tierra", aquí se usa para "crea en mí". Es como si David le estuviera diciendo a Dios: "Señor, así como creaste el universo, crea en mí de la nada, porque no está. Mi corazón no está así. Crea en mí de la nada un corazón que sea limpio y un espíritu nuevo. Renuévalo, créalo, porque no lo tengo. Créalo, Señor, porque el que está no sirve." Y Jesús es la fuente de ese nuevo corazón.
La Biblia dice en Ezequiel, seguimos en Antiguo Testamento, que Dios prometió un corazón nuevo a su pueblo. Dice en Ezequiel 36:26: "Os daré corazón nuevo y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne." Esto es una promesa que apunta a cuando Cristo venga.
A mí me confronta cuando David dice: "Señor, créalo, límpiame." Esto es algo que tú produces, no que yo produzco. Este arrepentimiento, yo no sé si toda la vida he oído esta frase, pero yo la he vivido yo mismo, y tal vez tú la has pensado también: "No, yo voy a hacer eso y de a poco me arrepiento, mano." Este pasaje, este capítulo, dice que el arrepentimiento no viene de nosotros, viene de Dios. Por tanto, yo puedo elegir mi pecado, pero el arrepentimiento no lo voy a producir yo, no voy a crearlo yo. El corazón nuevo limpio lo crea Dios, el arrepentimiento genuino lo da Dios, y yo no puedo aparentarlo, actuarlo ni dramatizarlo, porque pasará y será infructífero. Solo Dios da el verdadero arrepentimiento con el corazón que Él da nuevo.
Varios pasajes en la Biblia hablan de que el arrepentimiento lo da Dios, y voy a solamente mencionar dos. Hechos 11:18: "Así que también a los gentiles ha concedido Dios el arrepentimiento que conduce a la vida." Segunda de Timoteo 2:25 dice: "Corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento." Así que cuando estoy caminando delante de Dios, Él es quien decide en su soberana voluntad, y por eso pide compasión David, en su compasión y misericordia, derramar arrepentimiento en mí para que yo pueda caminar conforme a su estándar.
Y el estándar que vemos en este salmo es alto para un corazón arrepentido, porque David dice en el verso 16 y 17: "Porque no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás." Si orarás a ese corazón, tú no vas a despreciar. Y ese corazón no lo creo yo. Dios, crea el mío, Dios, un corazón limpio. Pídelo a Dios, y Dios, en base a la promesa del Antiguo Testamento de que podría dar un corazón nuevo y espíritu nuevo, en Cristo Jesús puede dar ese corazón nuevo a los que son sus hijos. Por lo que Cristo hizo, tengo garantía de un perdón completo y limpieza total.
Oigan, hermanos, este David, es verdad que metió la pata muchas veces, y no lo justificamos, pero este David, antes de Cristo, veía a este Dios y lo veía como un Dios compasivo y la fuente de su perdón, y el que creaba el corazón nuevo. Después de Cristo, amados, ¿cómo sería nuestra seguridad y confianza para pedir a este Dios? El pago ya, el pago de la deuda completa. Si alguno que está aquí no conoce a ese Cristo y Salvador, hay esperanza para tu pecado, para ser limpio completamente en Cristo.
Y si has creído y te estás envolviendo en este pecado y no lo has visto bien, pero hoy Dios te ha hablado, es en Cristo nuevamente que tienes la solución de ese pecado. Dios aceptará tu perdón a través de Cristo. Y no creas la mentira del enemigo de que por qué iré yo de nuevo a este Dios a pedir perdón. Cristo murió una vez y para siempre para todos los pecados. Pon tu fe en la cruz y en su sacrificio. Allí el hisopo fue Cristo mismo, el Sacerdote mismo fue Cristo, que roció la sangre para la limpieza completa de nuestros pecados. Vuelve a Dios ahora por tu limpieza, confiesa la seriedad de tu pecado y clama por una renovación completa.
Joel Peña sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional, donde también dirige el ministerio de consejería bíblica. Es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad, y sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Completó un Doctorado en Ministerio en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.