Un corazón moldeado por Dios no se mide por palabras sino por la congruencia entre lo que se predica y lo que se vive. En su despedida a los ancianos de Éfeso, Pablo puede decirles "vosotros bien sabéis" porque ellos fueron testigos de tres años de ministerio donde humildad, lágrimas y pruebas marcaron cada día. La humildad genuina se manifiesta en paciencia, en considerar el propio pecado más urgente que el ajeno, en escuchar antes de hablar. El rey David lo demostró cuando, siendo maldecido por Simei, detuvo a sus hombres diciendo: "Déjenlo que siga maldiciendo, quizás el Señor quiere enseñarme algo."
Las lágrimas de Pablo revelan un pastor que no ministraba a distancia. Él confrontaba con los ojos húmedos, no con irritación. Si Jeremías fue el profeta que lloró por Jerusalén, Pablo fue el apóstol con ojos húmedos que lloraba por el pecado de sus ovejas, por la dureza de sus compatriotas judíos, por los enemigos de la cruz.
Lo que sostuvo a Pablo ante cadenas y aflicciones fue conocer el carácter de Dios: su omnipotencia, su soberanía, su presencia anticipada en cada circunstancia. Cuando conoces al autor de tu historia, no necesitas conocer el final. Pablo pudo decir que no estimaba su vida como valiosa porque había encontrado una causa superior: el evangelio de la gracia. La cruz funcionaba como su brújula, recordándole constantemente el precio pagado por su redención y orientando cada paso hacia la obediencia agradecida.
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¡Vamos a orar para vivir en su satisfacción!
Voy a pedir que abra la satisfacción de Dios en el capítulo 20 del libro de los Hechos. Vamos a estar leyendo a partir del versículo 18, pero no todavía. Yo necesito hacer una introducción que nos permita recordar algunas cosas del mensaje anterior para conexión al de hoy. Y al mismo tiempo necesito resumir los primeros versículos del capítulo 20 que no vamos a estar exponiendo para que podamos caer finalmente en el texto que yo quiero leer.
La semana pasada nosotros vimos el alboroto, y esa es la palabra que la Biblia usa, por lo menos la traducción que tenemos. El alboroto que causó el satisfacción en la ciudad de Éfeso cuando la gente comenzó a abrazar la fe cristiana. La gente que practicaba el ocultismo comenzó a quemar sus libros. Cientos de miles de ellos fueron quemados. Pero luego, en la medida en que esa gente siguió entendiendo la exclusividad de la persona de Jesús, dejó de comprar aquellas estampillas o aquellas estatuillas y templecillos, como le llama la Palabra, que hacían los plateros de aquella ocasión, los artífices.
Eso comenzó a afectar la economía de aquellos artífices, y entonces uno de ellos, un hombre llamado Demetrio, al ver que su prosperidad estaba siendo afectada, provocó un alboroto en la ciudad bajo la supuesta preocupación de que la fama y la honra de la diosa Diana, la guardiana de los efesios, pudiera ser afectada, cuando en realidad el texto revela que su única preocupación tenía que ver con sus finanzas. Vimos cómo la fuente de ingreso principal de la ciudad estaba atada, relacionada a la existencia de ese templo, lo que allí se vendía, lo que se compraba, el negocio de la prostitución, cómo el templo mismo servía de un banco y allí se cambiaban monedas y tú podías tener cuentas de banco. Y todo eso fue expuesto con cierto detalle la semana anterior.
Pablo está en Éfeso. El alboroto es calmado por el secretario de la ciudad, que bien apuntó que estos hombres, Pablo y sus compañeros, no estaban difamando a ninguna diosa Diana y que tampoco eran ladrones de templos y demás, y él logró calmar a la multitud. Pablo entonces decide salir de Éfeso, pero antes de salir de la ciudad él decide aconsejar a los hermanos, exhortar a los hermanos, animarlos, motivarlos. Él hace eso y entonces, como mencionamos la semana anterior, sale en dirección hacia Macedonia, donde estaban las iglesias de Filipos, Tesalónica y Berea. Y cuando llega allí hace la misma cosa: los anima, exhorta a los hermanos.
Y la palabra traducida como exhortación implica justamente eso: consolar, animar, estimular, motivar, infundir aliento en aquel que lo necesita. Es una virtud, un fruto que cada uno de nosotros debiera tratar de cultivar, porque nosotros vivimos en un mundo caído. Y en ese mundo caído hay desalientos y decepciones y fracasos, desencantos, incertidumbres. Nos cansamos en el camino y nos gastamos las fuerzas, las energías, y alguien tiene que venir a nuestro lado. Y es una de las razones por las que Dios nos ha dado una comunidad cristiana, donde Él pone gente que viene a mi lado, camina conmigo, me anima, me ayuda a enfocar cuando me desenfoco. Y es una de las cosas que Pablo supo hacer muy bien.
Pablo tenía la virtud de, en los momentos necesarios, poder consolar y alentar a otros, y al mismo tiempo, en otros momentos, poder confrontar a esa misma persona o a otra persona. De manera que Pablo el consolador es Pablo también el confrontador.
Pablo está en Macedonia ahora y decide irse a Grecia. Y de Grecia él decide regresar, pero quiere hacerlo nuevamente por Macedonia antes de llegar a Jerusalén. En esta ocasión Pablo está viajando con un grupo de hermanos. Dijimos que Pablo nunca viajó, nunca evangelizó solo. En esta ocasión él tiene un buen grupo. Hay un grupo de personas que no habíamos oído todavía en esta serie sobre el libro de los Hechos: estaba Sópater de Berea; estaba Aristarco y Segundo de los tesalonicenses; estaba Gayo de Derbe; estaba Timoteo; Tíquico y Trófimo de Asia. Ese grupo va adelante y llega a Troas, y habían acordado que ellos iban a esperar a Pablo en Troas. Pablo venía más atrás y venía con Lucas, que es el que está narrando el libro de los Hechos. Se juntaron allí y Pablo pasa siete días en Troas.
La noche anterior a Pablo salir de Troas, él decide reunirse con los hermanos y comienza a hablarles a estos hermanos en una habitación donde el texto describe que había múltiples lámparas. Si usted ha estado en una habitación donde hay múltiples lámparas, usted sabe que llega un momento en que tú te sientes como que te estás sofocando. Las lámparas van consumiendo el oxígeno. Y en esa ocasión había un joven de nombre Eutico sentado en una ventana del tercer piso donde ellos estaban. Y como a medianoche, cuando Pablo todavía estaba hablando, Eutico se durmió, se cayó del tercer piso y se mató.
Pablo sale corriendo hacia el primer piso, lo levanta muerto, dice el texto en el versículo 9 del capítulo 20. Y en el versículo 10, cuando Pablo se tira sobre él, ora, y Dios le devuelve la vida. Uno pensaría que después de un hecho como ese yo no seguiría predicando. Son las dos de la noche, se murió una persona, gracias a Dios que lo revivieron. Pero el texto dice que Pablo siguió hasta la mañana. De manera que si Pablo comenzó a las siete de la tarde, ocho de la noche, vamos a decir como muy tarde, y terminó a las siete de la mañana, habló como por diez horas antes de irse.
De manera que cuando yo vaya por la primera hora hoy de predicación, no me diga que está muy largo el mensaje, porque nos faltan como nueve horas todavía. De manera que siéntese ahí cómodo, trate de olvidarse del hambre que pudiera tener, y vamos a comenzar un poquito sobre este texto.
Pablo estaba en Troas. Eso ocurrió en Troas. Salió de Troas, llegó a Mileto. Ya estamos llegando al texto de hoy. En Mileto él decide llamar a los ancianos de la ciudad de Éfeso, porque él no quería, no tenía el tiempo para llegar hasta Éfeso. Necesitaba llegar a Jerusalén, que es el retorno del tercer viaje misionero de Pablo. Si quería llegar a Jerusalén antes de Pentecostés, tenía ese interés. Y entonces allí en Mileto él llama a los ancianos.
Ahora nosotros estamos más o menos situados para entender, leer y exponer el texto que yo tengo para hoy. Los ancianos vienen de la ciudad de Éfeso, ancianos o pastores. Y este es un encuentro importante porque este encuentro representa las últimas palabras de Pablo, de un misionero veterano, de un pastor experimentado, para estos hombres. Como él mismo revela en esta conversación que vamos a leer, ya no se van a ver más. Esta es la última vez que estos hombres van a ver su rostro, de manera que esto debía haber sido un encuentro un tanto cargado de emociones. Estos hombres oraron juntos, lloraron juntos, ministraron juntos, hicieron misiones juntos, y ya por última vez se van a ver en esta ocasión.
Entonces, antes de despedirlos, Pablo comienza a conversar con ellos y comienza a hablarles, no un mensaje doctrinal, sino un mensaje práctico. La idea es que ellos puedan entender cómo Pablo entiende que ellos deben hacer el ministerio pastoral a su partida. Y la manera como él lo hace es hablarles de cómo él lo hizo: "Como yo lo hice cuando estaba en Éfeso entre ustedes, de esa misma manera ustedes debieran seguir el ministerio."
Y ahora sí te invito a leer conmigo en el capítulo 20 a partir del versículo 18: "Cuando vinieron a él los ancianos de Éfeso, o los pastores, les dijo: Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos. Cómo no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil y de enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando solemnemente tanto a judíos como a griegos del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo. Y ahora, he aquí que yo, atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá, salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad diciendo que me esperan cadenas y aflicciones. Pero de ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente —la tercera vez que luce esa palabra, solemnemente— del satisfacción de la gracia de Dios. Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes anduve predicando el satisfacción, volverá a ver mi rostro. Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios."
Entonces, es la primera parte de la conversación. La segunda parte la dejamos para el próximo domingo.
Pablo compartió cómo él hizo ministerio pastoral entre ellos. Y sin embargo, el título de mi mensaje es "Un corazón moldeado por Dios." Y la razón por la que yo usé ese título y no uno relacionado al ministerio pastoral, las razones son dos. Número uno: la mayoría de ustedes, la enorme, abrumadora mayoría, no son pastores ni predicadores ni líderes. Número dos: la realidad es que cuando tú revisas la manera como Pablo hizo ministerio, tú te percatas de que lo que Pablo mostró externamente era simplemente la evidencia de la obra de Dios en el interior de Pablo, que había transformado su corazón.
Dios había moldeado el corazón de Pablo. Y así debe ser todo ministerio. El ministerio debe fluir naturalmente de un corazón que ha sido moldeado por Dios. Y el corazón que no ha sido moldeado por ese Dios no está listo para ayudar a moldear el corazón de otros. Déjeme decir eso otra vez: el corazón que no ha sido moldeado por Dios no está listo para ayudar a moldear el corazón de otros.
Y con eso entonces yo quiero que veamos la primera característica que sale a relucir aquí en el texto de hoy de un corazón moldeado por Dios. Escucha otra vez el versículo 18 y 19: "Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia."
Sirviendo al Señor, aquí viene con toda humildad y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos. La primera característica, una manifestación del corazón moldeado por Dios, es la humildad. Esta es una virtud, una característica que muchas veces nosotros ni siquiera sabemos cómo luce. Y no sabemos cómo luce, porque es una virtud que nos elude. Es una virtud que todos quisiéramos tener, que muchos de nosotros hemos pedido a Dios, pero cuando Dios comienza a trabajar y a formarla, nosotros nos resistimos a su obra. Y es la razón por la que frecuentemente hablamos de humildad, pero no sabemos cómo es que verdaderamente luce.
Stuart Scott es un nombre muy conocido, muy reconocido en consejería bíblica. Estuvo este fin de semana, ustedes lo vieron aquí en la iglesia junto a otros, impartiendo algunas charlas de consejería en este curso que se ha estado impartiendo y que ya se ha estado haciendo aquí por varios años. Stuart es sumamente respetado como consejero bíblico en los círculos más conocidos en Estados Unidos, y él tiene un libro, más bien es como un librito, es algo pequeño, con el título de From Pride to Humility, del orgullo a la humildad. En este libro, él menciona veinticuatro características de un corazón humilde.
Yo no voy a mencionar todas porque no tenemos tiempo, pero yo quiero mencionar cuatro o cinco. Y la idea es que, como Pablo dice que él ministró con humildad, nosotros seguimos leyendo y no nos percatamos de cómo pudo eso haber lucido si no sabemos cómo luce la humildad. Asumimos que sabemos, pero en realidad no sabemos. Entonces déjame dar cuatro o cinco de esas características de acuerdo a Stuart Scott en su libro que acabo de mencionar.
Uno, la humildad, dice este autor, muestra un corazón tierno, bondadoso y paciente. Es un corazón paciente, sabe esperar, sabe esperar por el crecimiento del otro, sabe esperar por el cambio, la transformación del otro. Es paciente para dar espacio para que el otro pueda entrar y crecer. Y mientras espera, es bondadoso. Como es paciente, no se irrita fácilmente. O sea, yo comienzo a ver si realmente yo tengo o no tengo humildad, si me falta humildad: no se irrita fácilmente.
Dos, la persona humilde escucha hasta el final, porque la primera parte de lo que voy a decir luce como chocante. La persona humilde minimiza el pecado del otro. Eso resulta chocante, ahora escucha: en comparación con su propio pecado. Porque él entiende que el lidiar con su propio pecado es más importante que lidiar con el pecado del otro. Piensa si eso es como tú te ves a ti mismo. La persona humilde lidia primeramente con su pecado porque es lo más importante que lidiar con el pecado del otro. Antes de ver la mota en el ojo de su hermano, mira la viga que está en el suyo.
Tres, la persona humilde siempre anda buscando cómo servir al otro hasta constituirse en un buen cuidador de su alma. Pablo, cuando les escribe a los tesalonicenses, perdón, les dice: cuando yo estuve entre ustedes, yo los cuidé como una madre cuida tiernamente a sus hijos. Imagínate el cuidado tierno de una madre para con sus hijos, y Pablo dice yo los cuidé así. Eso te habla de ese corazón que ha sido moldeado por Dios.
Cuatro, la persona humilde sabe escuchar, es un buen oidor. Porque él entiende dos cosas. Uno, que lo que el otro tiene que decir es más importante que lo que yo tengo que decir, porque la Palabra nos manda considerar al otro como superior a nosotros mismos, en Filipenses 2. También porque la Palabra me manda a amar a mi prójimo como a mí mismo. De manera que él sabe escuchar lo que el otro tiene que decir, porque es más importante que lo que yo tengo que decir, pero también porque al escuchar la historia del otro, al escuchar lo que el otro está diciendo, se puede empatizar con el dolor del otro, puede sentir la lucha del otro, puede sentir el peso de aquello a través de lo cual él está cursando.
Cinco, la persona humilde mira la crítica de otros como buena para su alma. Porque él entiende que quizás Dios tiene algo que enseñarle en la crítica. Ahora tenemos una mejor idea de cómo luce una persona humilde y cómo probablemente el apóstol Pablo hizo ministerio entre los efesios.
Una buena ilustración bíblica de esto último que yo acabo de decir, que una persona humilde mira con buenos ojos la crítica porque Dios pudiera estarle enseñando algo, es el ejemplo del rey David. En un momento dado, cuando él viene con sus siervos y sus soldados, hay un descendiente del rey Saúl que lo está maldiciendo, un hombre de nombre Simei. Y entonces uno de los siervos de David estaba loco por cortarle la cabeza literalmente a este hombre que está maldiciendo al rey de la nación. ¿Cómo te atreves? Y esta es la respuesta de David en 2 Samuel 16:10: Si él maldice, y si el Señor le ha dicho maldice a David, ¿quién puede decirle por qué has hecho esto? Luego le agregan el versículo 11 y 12: Déjenlo que siga maldiciendo porque el Señor se lo ha dicho; quizás el Señor mire mi aflicción y me devuelva bien por su maldición de hoy.
El rey tenía todo el derecho en Israel, y nadie lo habría cuestionado, de haber dicho: córtenle la cabeza, y se hubiese hecho en el instante. Y sin embargo dice: déjenlo que me maldiga. ¿Quién sabe si esto es parte del juicio que Dios ha traído sobre mí, y quién sabe si Dios quiere y me devuelve bien por el mal que he recibido? Esa es David mostrando un corazón humilde.
Ahora, el apóstol Pablo les dice a estos efesios, a estos ancianos: no solamente yo ministré con humildad, sino con lágrimas. Las lágrimas son más o menos parte del ministerio de Pablo todo el tiempo, y eso es una revelación de que él se involucró de manera personal con aquellos que le seguían. Pablo no fue un pastor distante, no fue un pastor insensible, no fue un pastor ignorante de las luchas de las ovejas, tampoco fue un pastor con poco interés en lo que estaba pasando en sus vidas. Todo lo contrario, Pablo fue un pastor, y cuando ministró con ellos, ministró con lágrimas.
Y las lágrimas de Pablo tenían diferentes orígenes. Era la expresión externa de emociones internas, y frecuentemente emociones dolorosas, dolorosas por diferentes razones. De hecho, tú pudieras leerlo, vamos a verlo la semana que viene, en el versículo 31, que Pablo dice que él les amonestó por tres años, día y noche. Eso fue un trabajo intenso, día y noche, esto fue constante, y les amonesté con lágrimas. No con irritación, no con ira, no con molestia. No, el pecado de ustedes que yo veía y contra el cual yo llevaba mi amonestación, a mí me dolía, y por eso al confrontarlos, tú podías ver mis lágrimas, las lágrimas en mis ojos.
Pablo estuvo diciendo a los corintios: Oye, ustedes han llegado a ser mis contrarios. Ustedes debieran ser mis cartas, ustedes son mis cartas de recomendación, ¿es que no entienden que yo he ministrado? Y sin embargo, ustedes me atacan. Abran vuestros corazones de par en par, haz espacio en tu corazón. Y les dice en un momento dado a esos mismos corintios que les estaba escribiendo con muchas lágrimas, 2 Corintios 2:4, como muestra de su amor.
Cuando escribía a los romanos, en Romanos 9:2, estaba dolido por la dureza del corazón de sus compatriotas, los judíos que no estaban respondiendo al evangelio, y dice: yo, a mí me duele eso y tengo lágrimas en mis ojos. A los filipenses les escribe, les dice que estaba también con lágrimas porque había algunos que eran enemigos de la cruz. Las lágrimas fueron parte de su ministerio.
Una buena manera de medir nuestro carácter es preguntarnos: ¿Qué nos hace llorar? ¿Qué nos hace reír? ¿Qué nos hace airar? Nosotros no vemos en Pablo o en Jesús, no hay narración acerca de cuándo rieron. Imagino que sí que lo hicieron, pero no tenemos evidencia de eso registrada. No vemos a Pablo airado, nunca. Vemos a Jesús airado una vez, cuando comprometieron la santidad del templo. Pero vemos a Jesús llorar y vemos a Pablo llorar. De manera que yo pudiera decir que si Jeremías fue el profeta que lloró por la ciudad de Jerusalén y su juicio, Pablo fue el apóstol con ojos húmedos.
No es nuestra tendencia natural el llorar. Nuestra tendencia natural es juzgar, condenar, apuntar al otro, hacer valer menos al otro, ignorar al otro. Sin embargo, Pablo dice: No solamente estuve con ustedes con humildad y con lágrimas, sino que muchas de mis lágrimas tenían que ver con ustedes mismos y las intrigas de los judíos, versículo 19. Sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos. Las mismas intrigas lo hicieron llorar muchas veces.
Esa es la realidad: los golpes de la vida son los que forman, y nosotros muchas veces, ese corazón moldeado a la manera de Dios. Eso fue cierto en la vida de José, en la vida de Moisés, en la vida de Jeremías, en la vida de Pablo. Ha sido cierto en la vida de tanta gente.
Ahora, algunos de los hijos de Dios que han sido heridos, maltratados, ofendidos, han dejado de llorar porque fueron decepcionados en el camino. Se sintieron decepcionados y su corazón se endureció, y el corazón endurecido no puede llorar. Pero un corazón moldeado por Dios no puede ser un corazón endurecido, no puede ser un corazón resentido, no puede ser un corazón ofendido todo el tiempo que sangra. No, no, no. El corazón moldeado por Dios es un corazón sensible, dispuesto a empatizar con el dolor y la lucha del otro, y dispuesto a llorar por ese otro.
Ahora, en esos dos primeros versículos, 18 y 19, todavía hay más cosas que nosotros podemos ver que saltan a la luz. Pablo comienza diciendo: vosotros bien sabéis.
Esto no es algo que yo le estoy diciendo en palabras de cómo yo ministré. Eso no fue que ustedes lo recibieron en una carta, eso no fue como que yo le envié con alguien un mensaje. No, yo estuve ahí tres años, ustedes fueron mis compañeros de administración y ustedes lo saben. Ustedes son los testigos de lo que le estoy hablando, no fue un rumor que le llegó, ustedes lo vieron.
Pablo, en esta conversación, le ayuda a ellos a recordar la congruencia de su vida. Lo que le estoy haciendo hoy en palabras fue exactamente lo que ustedes vieron en la práctica. No hubo ninguna discrepancia entre una cosa o la otra. Vosotros bien sabéis. Nosotros, ovejas, debemos ser los mejores testigos de nuestro estilo de vida porque nos están viendo, y saben que si lo que predicamos aquí no concuerda con lo que estamos viviendo, entonces hay un problema.
Y Pablo les dice en el versículo 18: "Vosotros bien sabéis." Eso es enfático en el lenguaje original en que esto está escrito, y por eso en nuestra traducción dice "bien sabéis," "vosotros mismos bien sabéis," es como la idea. Luego les dice en el versículo 31, donde no vamos a llegar hoy: "Acordaos que por tres años yo estuve amonestándolos con lágrimas día y noche." Pero si te estoy acordando algo, es porque tú lo viste. Simplemente estoy recordando, ¿qué? Eso que tuviste. Otra vez Pablo apela a un testimonio que él tiene entre ellos, y en el versículo 34 lo dice: "Vosotros sabéis," otra vez. Ustedes pueden dar testimonio, ustedes son los testigos de mi estilo de vida que concuerda con las palabras de hoy.
Hay otra cosa más que aparece en el versículo 18. Cuando tú comienzas a desempacar todo lo que los textos bíblicos tienen, tú te das cuenta de la riqueza de la inspiración de Dios. Pablo dice que así él ministró desde el primer día que estuvo en Asia. Se está refiriendo a Éfeso porque Éfeso era la capital de Asia, de lo que llamaban Asia, que hoy es Turquía. Pablo dice: "Yo hice eso, ministré con humildad, con lágrimas, desde el primer día que estuve allí. Yo inicié de una manera y yo terminé de la misma manera."
Pero todavía hay más en el versículo 18. Hay una frase clave que me deja ver cómo Pablo pudo hacer lo que hizo. Él dice que él ministró, "os sirvió al Señor." En otras palabras, cuando Pablo vio las intrigas levantarse contra él, él no se desanima, porque no le estaba ministrando a aquellos que estaban levantando las calumnias, a aquellos que le estaban escuchando. Él estaba ministrando a Dios, y él entendió todo el tiempo que la única manera de ministrarle a Dios es ministrarle a los hombres.
Ahora, cuando le ministras a los hombres y no a Dios, entonces vienen los desalientos y vienen las decepciones y vienen las luchas y vienen tus lágrimas y vienen las heridas. Porque todo el tiempo tú le estabas ministrando a esa persona. Pero si tú te concentras en que tu servicio es a Dios y para Dios, cuando estas cosas surgen, tú sigues siendo exactamente la misma cosa. Porque tú no andas buscando la aprobación de los hombres, sino la aprobación de tu Dios, y eso por tanto no cambiará tu conducta.
Segunda característica de un corazón moldeado por Dios es que, a la hora de enseñar, de aconsejar, de amonestar, está siempre pensando en el bien del otro y no en el suyo. A la hora de enseñar, aconsejar, predicar, no importa lo que haga, está siempre pensando en el bien del otro y no en el suyo. Versículo 20: "Como no rehuí declarar a vosotros nada que le fuera útil."
A veces Pablo predicó para salvación, eso fue útil. A veces Pablo predicó para confrontación del pecado, eso fue útil. A veces Pablo predicó para consolar al herido y animarlo, eso fue útil. Pablo fue un ministro balanceado. Lo que Pablo nunca hizo fue predicar para lucrarse, como hacen los evangelistas de la prosperidad.
Y Pablo dice: "Yo no rehuí declarar nada que a vosotros le fuera útil," una idea que él enfatiza otra vez en el último versículo del texto que leí, el versículo 27, pues él dice: "Pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios." Dos veces Pablo dice: "No me eché para atrás, no retuve, no lo pensé dos veces para declararles número uno, cada cosa que les haya sido útil; número dos, cada cosa que Dios haya revelado."
Y el texto del versículo 20 me dice que él hizo eso a veces públicamente, pero a veces lo hizo en privado, de casa en casa. Pablo tuvo un ministerio en su momento amplio, público y privado, en esta ciudad de Éfeso. Al mismo tiempo, Pablo me deja ver que no hizo acepción de personas, porque el texto que leímos dice que él hizo esto con judíos y griegos. Griegos es otra palabra para referirse a los gentiles, y gentiles somos todos nosotros, todos los que no somos judíos.
De manera que Pablo dice: "Yo prediqué la palabra, no rehuí declarar nada que le fuera útil, tanto a judíos como a griegos." Déjame leerlo por completo ahora, para que lo puedas escuchar otra vez, del versículo 20 y 21: "Como no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil y de enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando..." ¿Qué era lo que Pablo enseñaba? "Testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, acerca del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo." El ministerio de Pablo tenía mayormente una centralidad, la centralidad cual era la predicación del arrepentimiento y de la confianza depositada en Cristo Jesús.
Tercero, la característica de un corazón moldeado por Dios es que confía en Dios independientemente de las consecuencias. Un corazón moldeado por Dios confía en Dios independientemente de las consecuencias. Escucha el texto, el versículo 22 y 23: "Y ahora, he aquí que yo, atado en espíritu..." Esto no era algo emocional. "Atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá, salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones."
Tienes que ponerte en las sandalias de Pablo. Tú estás aquí, que no era cárcel como le tocó estar múltiples veces. Dios comienza a hablarle audiblemente, dice Pablo: "Dime, Señor." "Tienes que ir a Jerusalén." "Heme aquí, heme aquí, heme aquí." "Tengo algo que decirte." "Habla, Señor." "Te esperan cadenas y aflicciones." "Ok, ¿qué más, Señor?" "No puedo decirte nada más." "¿Cómo? O sea, ¿Tú no me vas a decir si voy a salir con vida o voy a salir muerto? ¿Tú no me vas a decir si voy a salir ileso de estas cadenas y aflicciones o voy a salir herido?" "No."
Pablo dice literalmente que él va a Jerusalén sin saber lo que allí me sucederá, excepto que el Espíritu Santo me ha revelado, me da testimonio solemnemente en cada ciudad, o sea que se lo dijo más de una vez, que te esperan cadenas y aflicciones. Pablo conoce el principio de la historia: cadenas y aflicciones. Pero él no conoce el final. No. Y tampoco necesitaba conocerlo, porque cuando tú conoces quién escribe tu historia, tú no necesitas conocer el final de la misma. Tú conoces al Autor, y si el Autor está por ti, tú puedes descansar en Él. Y eso es exactamente lo que Pablo está revelando: "Yo tengo que ir a Jerusalén, voy a Jerusalén, me esperan cadenas y aflicciones, las recibo."
Para ver un hombre de fe... Y la fe es un don, pero la fe es un fruto. Dios da la fe, pero al mismo tiempo a mí me toca cultivar la fe. Hay dos cosas, tres cosas, dos o tres cosas que abonan mi fe, y que si yo no pongo esas cosas en práctica, no hay manera de que mi fe pueda crecer. Y la primera de esas cosas, el primer abono de mi fe, es el conocimiento del carácter de Dios. Y número dos, la dependencia del Espíritu.
Cuando tú vives no dependiendo del Espíritu, sino dependiendo de tus planes y lo que tú piensas y lo que tú crees, tu propia sabiduría, tú no estás creciendo en fe, tú estás creciendo en tu propio entendimiento, en tu propia confianza.
Cuando hablo de que el conocimiento del carácter de Dios abona mi fe, es más o menos de esta manera que ocurre. Tú piensas en Dios como poderoso. Tienes que pensar en Él no solamente como poderoso, sino como omnipotente, todopoderoso, que es capaz de hacer todo cuanto Él quiere. Y que algo que para mí parece como una dificultad, para Dios es una facilidad. Dios no conoce una sola cosa que sea difícil, ni siquiera conoce grados de dificultad. Como decir: "Bueno, curar una neumonía quizá podamos; curar un cáncer, bueno, a veces sí, a veces no." Dios no conoce grados de dificultad. Tienes que creer eso y vivir eso.
Número dos, en cuanto al carácter de Dios, tú tienes que entender que nada ocurre sin que Dios haya orquestado, ya sea pasivamente o activamente, lo ocurrido. Y eso es importante que yo lo recuerde, para que yo mañana no esté quejándome contra Dios. ¿Tú realmente crees que Dios es soberano y controla los eventos de su universo? ¿Lo crees? ¿No lo crees? ¿Seguro? ¿Tú estás seguro? Cuando te ocurra algo mañana que no te gusta, recuerda tu amén de hoy. Porque cuando comienzas a quejarte, es contra Dios que te estás quejando. Y eso es exactamente lo que Moisés le dice al pueblo: "¿Por qué vienen a quejarse contra nosotros? Es contra Dios que os quejáis." Un cristiano quejón es una contradicción, porque es un cristiano que está negando la soberanía y el cuidado providencial de su Dios.
Tienes que creer en el carácter de Dios, que es todo sabio, y que cada decisión que Él toma por ti y para ti es la mejor decisión. No hay otra mejor. No puedes vivir una vida de fe, no puedes aguantar tu fe si tú no crees eso. Lo que Dios decide es la mejor decisión, así signifique la pérdida de lo que sea.
Tienes que creer que Dios va adelante. Y como Dios va adelante, cuando tú llegas el día de mañana, ya Dios ha estado. Dios estuvo ahí y regresó y va caminando contigo, pero ayudándote a entrar al día de mañana que ya Él visitó, por así decirlo. De manera que cuando le dice a Pablo: "Te esperan cadenas y aflicciones," porque Él ya fue, ya lo orquestó, ya sabe dónde van a estar, y Él anda en Jerusalén esperando a Pablo que llegue. Y Pablo entendió eso. Pablo no tenía ningún problema con eso. Eso es lo que le da confianza para ir, porque voy a encontrarme con mi Dios en medio de la dificultad.
Tiene que creer que Dios está por ti sin importar lo ocurrido. ¿Escuchaste? No importa cuál es tu acontecimiento, en medio de él Dios está por ti. No me puedes decir que cuando yo no conocía a Dios, Dios estuvo por mí para darme salvación, y ahora que soy su hijo, ahora que me conoce íntimamente, Dios no va a estar por mí. ¿En qué cabeza cabe? ¿Qué tipo de Dios es ese? Cuando tú conoces a ese Dios de esa manera, cuando conoces el carácter de Dios de esa forma, tú vives por fe. Tú puedes ir a las cadenas y a la aflicción. Por esto es que Pablo puede escribirle a los corintios, perdón, a los filipenses, y hablar como les habló y decirles: para mí el vivir es Cristo.
Ahora, hay algo más que yo necesito para abonar mi fe, como un tercer elemento, y es que yo no puedo continuar valorando mi vida de la manera que yo la valoro, como si esta vida fuera lo mejor que yo pudiera tener. Y mira cómo Pablo lo dice en el versículo 24: en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo. Mientras tú le des valor a tu vida por lo que ese valor es en el aquí y en el ahora, tú no estás listo para vivir por fe.
Lo que Pablo está diciendo cuando dice que en ninguna manera considera su vida como valiosa para sí mismo, lo que le está diciendo es que una vez Cristo lo salvó, de ahí en adelante el único valor que su vida tenía estaba relacionado a la causa de Cristo. Divorciada de la causa de Cristo, su vida no tenía valor. Ni la tuya tampoco, porque Cristo te salvó precisamente para que dejaras de vivir tu vida y comenzaras a vivir la suya, que es mucho mejor vida.
Pablo, cuando le escribió a los filipenses, de los que acabo de aludir a ellos, dice: yo tengo un solo anhelo, uno solo. Y simplificó su vida. Yo tengo un solo anhelo. ¿Y cuál es, Pablo? Yo quiero glorificar a Dios, ya sea por vida o por muerte. Me da lo mismo que sea de una manera o de la otra. Si muero hoy y glorifiqué a Dios en la muerte, estoy contento. Si sigo viviendo hoy y estoy glorificando a Dios en la vida, estoy contento. No me importa realmente si muero en Jerusalén o fuera de Jerusalén, si muero decapitado o muero de muerte natural, si muero acompañado o muero en soledad. A mí lo que me preocupa es que cuando me llegue la hora yo pueda glorificar a mi Dios en la hora de la muerte. Esa era su única preocupación, su único interés.
Pablo muere decapitado, presume la historia, en Roma, solo y separado. Pablo diría que está bien, porque yo glorifiqué a Dios al morir. Para tú vivir de esa manera, tú tienes que vivir por una causa que sea superior a tu vida. Para tú vivir de esa manera tienes que vivir por una causa que sea superior a tu vida, y esa causa es la causa de Cristo.
Ahora escucha cómo Pablo expresa esta verdad en el versículo 24 de una manera más completa: pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios. Para decirles, sencillo: yo no valoro mi vida, yo lo único que quiero es terminar mi carrera y yo quiero terminar el ministerio. ¿Y cuál es tu ministerio? Testificar solemnemente del evangelio de la gracia de Dios.
Y eso me lleva, o sea escucha, Pablo quiere testificar del evangelio de la gracia de Dios, eso me lleva a la cuarta característica de un corazón moldeado por Dios. ¿Y cuál es esa característica? Es que el centro de gravedad de ese corazón es Cristo, su evangelio, su cruz y su gracia. Un corazón moldeado por Dios tiene un centro de gravedad; el centro de gravedad es Cristo, su evangelio, su cruz, su gracia, su causa.
Cada vez que el cristiano pierde de vista la cruz, él se desvía. La cruz de Cristo es la brújula del cristiano, y la brújula marca el norte. La cruz de Cristo marca el norte hacia donde el cristiano debe marchar. Cada vez que el cristiano pierde la brújula de la cruz, él comienza a alejarse de su camino, él se pierde en el mundo, él comienza a dar vueltas.
¿De qué manera la cruz actúa como mi brújula que me mantiene orientado? De varias maneras. La cruz me recuerda que yo estaba condenado en delitos y pecados, y yo iba camino a una condenación eterna, y en la cruz, en un monte llamado el Calvario, yo fui redimido a precio de sangre. Cada vez que yo recuerdo eso, eso me motiva a seguir en la dirección de la obediencia. La cruz me recuerda que en ese madero y en ese monte, en un par de maderos cruzados, allí se colgó un rabino judío y ocupó mi lugar y sufrió la ira de Dios que yo debía haber sufrido, y eso me recuerda. Entonces me motiva a vivir en agradecimiento a lo que allí ocurrió para el resto de mis días. La cruz me recuerda, me muestra, me pinta con colores la misericordia de Dios para conmigo. La cruz me recuerda que por mi vida se pagó un precio, y fue un precio no pequeño: la sangre del unigénito de Dios. Y que por tanto vivir la vida cristiana también tiene un precio, pero el precio que yo tengo que pagar para vivir mi vida cristiana es infinitamente menor que el precio que se pagó para comprar mi vida. ¿Se entendió o no?
La cruz es mi brújula, eso es lo que me mantiene caminando hacia el norte. Es por eso que yo recibí años atrás órdenes de parte de mi Señor de que me parara al pie de la cruz hasta que él regresara, y yo pretendo permanecer ahí hasta que él retorne. Ahí es donde tú tienes que quedar: al pie de la cruz. Le escribí recientemente a alguien y le decía, que me contaba de algo, le decía: corre hacia la cruz, corre hacia la cruz, ese es tu refugio.
Pablo comienza ya a despedirse, aunque nos queda todavía una segunda parte del mensaje. Cuando Pablo dice finalmente, ahí hay falta material, o sea que él ha comenzado a despedirse en el versículo 25 y dice: Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes anduve predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Eso fue triste. De hecho, la próxima semana vamos a ver cómo ellos se arrodillaron en la playa para despedir a Pablo y lloraron, y el texto dice que lo que más les dolió fue que Pablo les dijera que ya más nunca lo iban a volver a ver.
Ahora, ese hombre moldeado por Dios en su corazón entendía el peso de ser un embajador de Cristo. Recuerda que Pablo escribía a los corintios en su segunda carta, capítulo 5, y les dice: somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; reconciliaos con Dios. Pablo entendía eso bien. Pablo sabía que ser un embajador de Cristo no es simplemente haberte convertido un día, haber nacido de nuevo y decir que eres cristiano y vivir más o menos moralmente. No, ser un embajador de Cristo es alguien que lleva un mensaje, que se le ha entregado un mensaje.
Y como él estaba tan consciente de eso, escucha lo que les escribe en el versículo 25. Por tanto, versículo 26, perdón: Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, porque no rehuí declararos todo el propósito de Dios. Pablo está diciendo, quizás Pablo está pensando en Ezequiel el profeta. Ezequiel en el capítulo 18, luego capítulo 33 o 34, cuando habla de la atalaya y habla de que si tú ves a alguien que está en el error, que está en pecado, y tú lo confrontas, que ya esa sangre, y él se arrepiente, y bueno, ya esa sangre no está sobre ti. Es más, si no se arrepiente tampoco está sobre ti, porque ya tú hiciste lo que te tocaba hacer.
Y Pablo está diciendo: yo soy inocente de la sangre de todos. ¿Cómo de todos, Pablo? Sí, yo les prediqué a judíos y a griegos, ya lo vimos por el versículo 21. ¿Y qué fue lo que les predicaste? Él dice: testificando solemnemente del arrepentimiento y de la fe puesta en Cristo Jesús. Y yo hice eso y lo hice con todos. Con cada persona que yo interactué, cada persona con la que yo tuve una interacción, ellos recibieron el evangelio. Por tanto, yo no tengo culpa de la sangre absolutamente de nadie. Por tanto, nadie... ¡Wow! ¿Pudiéramos nosotros decir eso de nuestros amigos y familiares, de que somos inocentes de su sangre porque también pudimos presentarles el mensaje del evangelio?
Pablo dice: soy inocente de la sangre de todos, pues no rehuí, no me avergoncé, no me eché para atrás de declarar a vosotros todo el propósito de Dios. La centralidad del ministerio de Pablo en estos primeros años, que es lo que está aquí registrado, era básicamente más evangelización. La centralidad, no lo único, pero la centralidad era eso. Y él lo dice en el versículo 21, que él solemnemente les declaró tanto a judíos como a griegos dos cosas: la necesidad del arrepentimiento y la necesidad de depositar su fe en Cristo. Por eso él dice: yo soy inocente.
Y ahora el versículo 27 dice: no rehuí declarar todo el propósito de Dios, dice la Biblia de las Américas; todo el consejo de Dios, dice la versión Reina Valera; y algunas versiones en inglés dicen toda la voluntad de Dios. Pablo está diciendo, por un lado, que al proclamar todo el consejo de Dios, yo les prediqué los pasajes que los bendecían, pero en ocasiones les prediqué los pasajes que los condenaban. Yo prediqué los pasajes que los animaban a seguir, pero yo tuve que predicarles pasajes que los forzaban a detenerse. Yo prediqué pasajes que consolaban y pasajes que entristecían. Yo prediqué todo el consejo de Dios. Yo no prediqué simplemente para rascar los oídos de aquellos que querían tener los oídos rascados.
Ahora, en el contexto, y viendo el original y lo que opinan los académicos, parece que más probablemente cuando él se refirió a que yo les prediqué todo el propósito de Dios, si es la mejor traducción "propósito", está hablando de toda la revelación de Dios que él hizo al hombre en cuanto a su plan de redención.
Y si eso es así, entonces Pablo lo que está hablando es que él reveló la creación, la caída de Adán y Eva, la redención, cómo Dios la está llevando a cabo, y la glorificación o los días finales, nuestra entrada en gloria, con un punto de culminación en la persona de su Cristo como el punto cumbre de esa historia redentora.
Y si Cristo es el punto cumbre de la historia redentora, entonces con toda probabilidad Pablo estuvo testificando de las cosas del ministerio de Jesús que tenían vital importancia para el plan de redención: su encarnación como segunda persona de la Trinidad, toda su vida, que vino a cumplir la ley porque tú no la puedes cumplir y yo tampoco, su muerte para el perdón de pecados, su resurrección que representó la victoria sobre la muerte, pero al mismo tiempo el amén de que el sacrificio ofrecido el Viernes Santo fue perfecto y sin manchas, sin tachas, sin nada que agregarle ni quitarle, su ascensión a los cielos, su sesión que tiene que ver con sentarse a la mano derecha del Padre, desde donde Él intercede y desde donde Él gobierna todo el universo.
Y ahora ese Cristo se propone regresar otra vez. De su primera venida es parte del propósito de Dios, su segunda venida. Con toda probabilidad, cuando Pablo dice que no rehuyó declarar todo el propósito de Dios, aquello que comenzó en la eternidad pasada, probablemente en el contexto, probablemente es a eso que se está refiriendo.
De manera que hoy, al cerrar esta primera parte de ese mensaje de Pablo a los ancianos de Éfeso, de cierta manera yo pudiera decir para aquellos que han escuchado, que están aquí, y para aquellos que están fuera de aquí escuchando, aquellos que van a escuchar mañana, durante toda la semana y meses siguientes, porque hay mucha gente que sigue escuchando los mensajes meses después, para aquellos que están escuchando: ya soy inocente de la sangre de todos, porque hoy yo he vuelto a proclamar que el hombre, el ser humano, es un hombre pecador, es una gente caída en necesidad de redención, que a menos que se encuentre con Cristo va camino a la condenación eterna.
Que hay un solo camino de salvación y es vía la persona de Jesús. Que Él vino, cumplió la ley que tú no podías cumplir, fue a la cruz, derramó sangre, y por medio de la sangre derramada todo hombre puede tener sus pecados perdonados, limpiados. Y que si tú depositas tu confianza, tu fe, tu certeza en la persona de Jesús y en nada más que no sea la persona de Jesús y le entregas tu vida, que tú puedes tener salvación en Cristo, Jesús, para el resto de la eternidad. No hay otro camino, no hay otra puerta, no hay otra verdad. Él es el camino, la verdad y la vida. De eso testificaba Pablo, solamente de todo el propósito de Dios.
Fue su gracia que lo llevó a la cruz. Es su gracia que hoy te presenta la cruz. Es su gracia que hoy te dice: todavía es día de salvación. Es su gracia que te dice: no sabes si tienes mañana, hoy puede ser tu último día. Esta no es una manipulación emocional, eso es una realidad de la vida. Cada día puede ser mi último día.