Integridad y Sabiduria
Sermones

El cristiano ante su propio juicio

Jairo Namnún 16 septiembre, 2018

A nosotros nos encanta juzgar, pero nadie quiere ser juzgado. Esta tensión está en el corazón de 1 Corintios 4, donde Pablo enfrenta a una iglesia dividida que lo está evaluando constantemente. Sin embargo, su respuesta resulta desconcertante: "A mí poco me importa que yo sea juzgado por ustedes o por cualquier tribunal humano. De hecho, ni aun yo me juzgo a mí mismo." ¿Cómo puede alguien llegar a ese lugar de libertad interior?

El problema de los corintios no eran las divisiones en sí, sino lo que había debajo: un orgullo inflado que los llevaba a compararse unos con otros, a formar grupitos alrededor de sus maestros favoritos. Ese mismo orgullo nos atrapa a todos. Tanto la baja autoestima como la alta son trampas del ego: una nos hace esclavos de la opinión ajena, la otra nos vuelve sordos a toda corrección. Mientras el enfoque esté en nosotros mismos —como vencedores o como víctimas— nuestros ojos no pueden estar puestos en Cristo.

Pablo encontró libertad porque descubrió que la única opinión que importa es la de Dios. Y lo asombroso es que conocía el veredicto: "Cristo Jesús vino al mundo a salvar a pecadores, entre los cuales yo soy el primero." No un pecador condenado, sino perdonado. No justificado por su desempeño, sino por gracia. Desde esa identidad —hijo amado, siervo fiel, administrador de los misterios de Dios— Pablo podía servir sin que el juicio de otros lo destruyera ni su propio juicio lo paralizara.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Gracias a mi Dios por su Palabra!

Iglesia, no tengo que decirles el privilegio que es para mí estar aquí. Ustedes se lo suponen, pero de todas maneras déjenme hacerlo. Este es mi púlpito favorito, donde están mis pastores favoritos, en mi iglesia favorita. Es el lugar donde yo recibo alimento cada semana, tras semana, por más de diez años, donde mi familia recibe alimento también cada semana. Es el lugar que preparó a mi esposa para mí, que tiene dieciséis años ya aquí en la IBI. Este es mi púlpito favorito, estoy contentísimo de estar aquí, es un privilegio gigantesco. Y me siento gozoso de poder abrir la Palabra de Dios con ustedes y ver lo que Dios tiene para nosotros hoy.

Déjenme decirles que el título del sermón de hoy, si no está en pantalla, es "El cristiano ante su propio juicio". El cristiano ante su propio juicio. Vamos a ver por qué este es un tema demasiado importante para ti y principalmente para mí. Acompáñame a Primera de Corintios, capítulo 4, versículos 1 al 7. La primera carta del apóstol Pablo a los corintios, capítulo 4, versículos 1 al 7, serán nuestro texto. Yo voy a estar leyendo de la Nueva Biblia Latinoamericana, que es La Biblia de las Américas cambiando el "vosotros" por "ustedes"; es la única diferencia.

Y esta es la Palabra de Dios: "Que todo hombre nos considere de esta manera, como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se requiere además de los administradores es que cada uno sea hallado fiel. En cuanto a mí, es de poca importancia que yo sea juzgado por ustedes o por cualquier tribunal humano. De hecho, ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque no estoy consciente de nada en contra mía, pero no por eso estoy sin culpa, pues el que me juzga es el Señor. Por tanto, no juzguen antes de tiempo, sino esperen hasta que el Señor venga, el cual sacará a la luz las cosas ocultas en las tinieblas y también pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces, cada uno recibirá de parte de Dios la alabanza que le corresponda. Esto, hermanos, lo he aplicado en sentido figurado a mí mismo y a Apolos, por amor a ustedes, para que en nosotros aprendan a no sobrepasar lo que está escrito, para que ninguno de ustedes se vuelva arrogante a favor del uno contra el otro. Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?"

Señor amado, bendito de los siglos y bendito sea tu nombre. Señor, el que amamos, al que agradecemos. Solo a ti rogamos, Dios, que tú nos hables en esta mañana. Sé con tu iglesia y sé con tu pueblo, Dios. Ciertamente dependemos de tu gracia para todo. No solo para predicar este sermón, sino para escuchar este sermón. Señor, para poder vivir esta vida nosotros estamos totalmente necesitados de ti. Así que te rogamos, Señor Jesús, que en esta mañana tú nos hables, tú nos guíes, y tú nos ayudes, Señor, a ser transformados a la imagen de tu Hijo. En tu nombre, mi Dios. Amén.

En el 1994, un poco más de cien millones de personas se sentaron frente a su televisor a ver lo que fue en su momento el evento televisivo más importante de todos los tiempos. Este evento fue visto más que el Super Bowl, que el Super Tazón, que es hasta ese momento lo que más se veía. Fue un evento cultural significativo. Todo ocurrió en Estados Unidos y todo el mundo en Estados Unidos estaba hablando de eso todo el tiempo. Todo el mundo tenía una opinión, todo el mundo tenía un parecer, todo el mundo pensaba algo diferente sobre lo que estaba ocurriendo. De hecho, este evento fue tan importante que lo que lo desató el año anterior llegó a interrumpir la final de la NBA. En medio de la final de la NBA del 93, tuvieron que poner otra imagen presentando lo que estaba ocurriendo.

Con eso me refiero al juicio del exjugador de la NFL, O.J. Simpson, que muchos conocen que sucedió en ese momento. Si no lo conocieron por aquello, porque estaban vivos como el pastor que estaba al frente, si no lo conocen entonces por Netflix, que tienen la serie, o se está hablando mucho de eso hoy en día. Al momento de su veredicto, Estados Unidos reportó el menor uso de agua de todo el año, porque todo el mundo estaba sentado frente al televisor y nadie se paraba para ir al baño, para poder ver qué pasaba. Se estima que ese día se perdieron más de quinientos millones de dólares, porque la gente no estaba trabajando. Estaba en el trabajo, pero no estaba trabajando; estaba enfocada en ese juicio, en ese veredicto.

Y ese fue el juicio del siglo en el 94. Por ahí ha habido otros, igual de famosos, con igual tipo de impacto. Ese no fue el único, no fue el primero. De hecho, hasta hace poco había una cadena en Estados Unidos que se llamaba Court TV, la TV de la Corte, que lo único que enseñaba era juicios y cosas parecidas a juicios, como representaciones de tribunales. En Dominicana también hemos tenido juicios que están en la boca de todo el mundo, que todo el mundo no para de hablar de eso y salen en todos los periódicos. Y hay programas de televisión que tienen años y años y años donde una persona pretende ser o es un juez y está viendo casos. Y de hecho, no puedo dejar de decir esto: yo cada día que venía de la universidad, yo andaba en el autobús, en la guagua, y me ponía mis audífonos y se escuchaba "la tremenda corte con el tremendo juez que iba a haber un tremendo caso".

A la gente, a nosotros, nos gustan los juicios. Déjame repetir eso mejor: a nosotros nos gusta juzgar. A nadie nos gusta que nos juzguen. Pero juzgar, ponernos la toga o como sea que se llame, ponernos en el jurado, ver las evidencias, declarar a alguien inocente o culpable, nos fascina, nos encanta. Lo hacemos todo el tiempo, y era justamente aquí que se encontraba Pablo.

El apóstol estaba en medio de un juicio. Primera de Corintios es la carta que la gente conoce por el amor, ¿no es cierto? El capítulo 13. O los teólogos hablan de las lenguas y los dones y todo esto. Pero Primera de Corintios también era la carta de la división. En el primer capítulo, Pablo empieza reprendiendo a su iglesia, porque ellos estaban divididos en grupos debajo de su maestro favorito. El versículo 12 dice que algunos estaban diciendo "yo soy de Pablo", otros "yo soy de Apolos", otros "yo soy de Cefas" y otros "yo soy de Cristo".

En el capítulo 2 es evidente que algunos estaban poniendo a Pablo en duda, diciendo que no era más que un palabrero, que un speaker motivacional que daba charlas, que era algo muy común en Corinto. Esto era una profesión en Corinto, que la gente venía y vendía entradas para venir a escuchar a ciertos hombres. Y decían que esto era básicamente lo que Pablo hacía, que tenía muy buenas palabras. A lo que Pablo les dice en el capítulo 2, empezando el capítulo, dice: "Yo fui a ustedes, hermanos, proclamándoles el testimonio de Dios, no con superioridad de palabra o de sabiduría, porque nada me propuse saber entre ustedes, excepto a Jesucristo, y este crucificado."

Llegamos entonces al capítulo 3. Ya Pablo se ha defendido dos veces. Capítulo 3, una vez más las divisiones, cada cual con sus asuntos de favoritos, y Pablo termina diciendo: no se preocupen si son de Pablo, si son de Apolos, si son de Cefas. Hermanos, nadie se jacte en los hombres, porque todo es de ustedes. Lo que Pablo les está diciendo ahí es: Pedro, Pablo, Apolos, todo esto es de ustedes, nadie tiene más o menos que el otro, nosotros somos todos de ustedes.

Así termina el capítulo 3 y entonces empezamos el capítulo 4, donde Pablo empieza diciendo: "Que todo hombre nos considere como siervos y administradores." Es decir, Pablo, Apolos, Pedro, Miguel, Chacho, cualquiera, lo más que es, es un siervo de Cristo. No menos de ahí, no más de ahí. Un administrador de las cosas de Dios. Estas discusiones que los corintios estaban teniendo no tienen sentido, porque están peleando por siervos que, como bien nos dice el pastor Toto, a lo más que llegan es a siervos inútiles si hacen la voluntad del Señor.

Pero como pasa solamente en la vida, el problema no era el problema. Las divisiones de arriba tenían un problema debajo. Había una razón sustancial, principal, un problema del corazón, que era lo que estaba causando estas divisiones en Corinto. Y Pablo habla de eso en los dieciséis capítulos de la carta. Él habla trece veces de eso. ¿Quién sabe qué es? El orgullo. El orgullo, la altivez. Los corintios habían llegado en su mente a un lugar donde ellos pensaban que eran dignos de sentarse a juzgar a los demás.

En medio de todo esto, Pablo suelta esta bomba gigantesca en el versículo 3 del capítulo 4 y dice: "En cuanto a mí, es de poca importancia que yo sea juzgado por ustedes o por cualquier tribunal humano. De hecho, ni aun yo me juzgo a mí mismo." A pesar de todas las divisiones que los corintios tenían en su nombre, algunos con el grupito, tú sabes, el grupito principal, ese "ah no, yo soy de Pablo, él fue el que nos plantó", a pesar de todo eso, Pablo dice: a mí no me interesa el juicio que ustedes hagan sobre mí.

Es una viajera, siervo, no necesitan más. La iglesia que él plantó, oigan esto hermanos, la iglesia que él plantó, la iglesia por la que él oraba constantemente, la iglesia donde él envió a sus mejores colaboradores, incluyendo a Timoteo, esta iglesia estaba hablando mal de él, estaba dividida, estaba juzgándolo, y él dice: a mí no me importa mucho eso. Por lo menos eso no me afecta a mí como persona.

¿Cómo llega este hombre ahí? Cuando alguien que yo quiero habla algo mal de mí, yo me deshago. La iglesia que Pablo plantó en Corinto está hablando todo tipo de cosas en contra de él, y él dice: a mí no me importa tanto lo que ustedes piensen de mí. Y esto no es orgullo; él lo hace en humildad, él lo hace en paz. ¿Cómo llega uno ahí?

Pues de eso se trata el sermón de hoy, de eso se trata el pasaje que vamos a ver. Y antes de continuar, déjenme hacer dos salvedades. La primera es: la receta de este sermón no es mía, no es propia. Es del Dr. Tim Keller, y viene de un libro que se llama "La libertad del auto-olvido".

Es un libro pequeñito de como treinta páginas que yo he leído por lo menos cuatro o cinco veces; lo leo una vez al año. Tiene mi propia sazón, mis propios ingredientes, pero la receta es del Dr. Keller. Y lo segundo que quiero decirles es que, como un río que tiene diferentes balnearios, este pasaje tiene muchas cosas que pudiéramos sacar. Nos vamos a estar enfocando en uno en particular, que es la motivación o el corazón detrás del apóstol Pablo. Hay otras cosas que pudiéramos ver, hay otros sermones que se pudieran predicar de aquí mismo, pero el énfasis en esta mañana es el mundo interior de Pablo, que le permitía decir: "A mí no me importa que ustedes me juzguen, o que yo mismo me juzgue."

Con eso en mente, y para poder avanzar, tenemos que redefinir un concepto muy importante en nuestros días, que es esto del autoestima. Tengo un par de psicólogas aquí delante que de inmediato dicen: "¿Va a hablar de eso?" Yo también soy psicólogo de profesión, eso fue lo que estudié antes de entrar al ministerio, y duré varios años ejerciendo. Lo iba a decir: que aún mientras estudiaba, yo me di cuenta de que lo que la universidad y lo que la sociedad habla de autoestima tiene muy poco que ver con lo que la Biblia enseña, y de hecho con lo que la misma vida te enseña que es el autoestima.

La Real Academia de la Lengua Española define autoestima como la valoración generalmente positiva de uno mismo. Una valoración generalmente positiva de uno mismo, ¿se entiende, cierto? El tema de autoestima tiene que ver como con autoimagen, con cómo yo me veo a mí mismo, que yo me mire frente al espejo. Y de manera particular la sociedad te dice, y los padres les dicen a sus hijos, que vean algo bueno, que la autoimagen debe ser lo más positiva posible, ¿no? Es cierto, tú debes verte y quererte a ti mismo.

Pero si nos vamos al significado más profundo de la palabra autoestima, no es algo tan simple como eso. "Auto" significa por sí mismo, en sí mismo, ¿verdad? Y "estima" viene del latín aestimare. ¿Sabes lo que significa estima? Juzgar, evaluar, valorar, tasar. O sea, que en su sentido principal el autoestima es el juicio que uno hace de sí mismo. Es el autojuicio, es el juicio propio, el valor que uno se da.

Y en psicología se habla mucho de autoestima baja y de autoestima alta, ¿no es cierto? "Ese muchacho tiene baja autoestima, hay que ayudarle, hay que animarlo para que se le suba la autoestima." "Ese muchacho tiene la autoestima muy alta, hay que, tú sabes, hay que bajarlo de arriba." La baja autoestima es considerarse a sí mismo como inferior; la alta autoestima es considerarse a sí mismo como superior, o algunos dicen como adecuado. Una persona con baja autoestima está constantemente preocupada de lo que los demás piensan de sí; una persona con alta autoestima no piensa mucho en los demás, solo se preocupa en lo que sí misma piensa.

Pero yo tengo para decirte que tanto la baja autoestima como la alta autoestima son trampas. Son engaños, son caminos sin salida. La autoestima baja que el mundo te vende, la autoestima alta que el mundo te vende, no son más que problemas del ego, son egoísmo disfrazado.

Puede una persona con baja autoestima entrar a un lugar y estar pensando todo el tiempo en qué va a pensar la gente de él o de ella, ¿verdad? Mientras una persona con alta autoestima entra a un lugar y dice: "¿Qué me importa lo que piensa la gente? ¡Llegué yo!" Una persona con baja autoestima puede que tenga problemas para relacionarse con los demás, porque piensa que es una carga y no quiere pedirle nada a nadie, piensa que es una molestia. Una persona con alta autoestima tiene problemas con relacionarse con los demás porque piensa que no necesita a nadie, que el otro es una carga, que el otro es una molestia.

Una persona con baja autoestima puede que cuando escucha la crítica se sienta destruido, mientras que una persona con alta autoestima escucha la crítica y no hace caso, no aprende, no se desarrolla, no es transformada, y de hecho puede que ataque en vez de recibir.

Y es que, amados hermanos, mientras el enfoque esté en nosotros mismos —para bien, para mal, como vencedores o como víctimas, como perdedores o como ganadores— el enfoque no puede estar en Cristo. Mientras nuestros ojos estén puestos en nosotros mismos, nuestros ojos no pueden estar puestos en Cristo. Y de esto es que Pablo nos está hablando en Primera de Corintios.

Este es un problema demasiado común en la iglesia. Mira el versículo 6, por favor. Pablo les dice: "Esto, hermanos, lo he aplicado en sentido figurado a mí mismo y a Apolos, por amor a ustedes, para que de nosotros aprendan a no repasar lo que está escrito." ¿Y qué dice? "Para que ninguno de ustedes se vuelva arrogante a favor del uno contra el otro."

Pablo sabe que el problema de las divisiones en Corinto no era algo externo. Pablo sabe que no era un problema de teología, que no era un problema de gusto o de preferencia. El problema que tenían los corintios, lo que causaba tanta división, era su arrogancia.

Y esta es una palabra muy, muy fea, esta de arrogancia. En el original la palabra es "fusioo", que se pronuncia como "sucio", lo cual nos deja ver que vamos mal, ¿verdad? Pero lo que significa literalmente —quizás tu Biblia tiene una nota, la mía la tiene— es hinchado, distendido. Eso es tan diferente al orgullo, porque la gente dice que se siente orgullosa de sus hijos o se siente orgullosa de algo, ¿verdad? Nadie dice: "Me siento arrogante de mi iglesia, me siento arrogante de mi familia."

Pablo a propósito usa esta palabra que solamente utiliza aquí en Primera de Corintios, porque estos hermanos están totalmente hinchados, llenos de aire, inflados. Tienen un ego inflado, un ego descontrolado. Su principal pensamiento es a sí mismos. Es como un recreo que estuvieran discutiendo: "Mi papá tiene el carro más grande." "No, mi papá tiene el carro más grande." "No, mi papá tiene una yipeta." Estos hermanos están peleando: "Yo soy de Pedro, que andaba con Jesús." "No, no, yo soy de Apolos, que es el mejor orador del mundo." Viene el otro: "No, no, no, yo soy de Pablo, yo fui al tercer cielo con él." Y viene el último, el más inflado de todos: "No, no, no, yo soy de Cristo. ¡Gané!"

Esa es la condición de nuestro ego si lo dejamos solo: comparándonos constantemente contra los demás, inflados, juzgando a los demás. Y esto es lo que no hablamos —por eso necesitamos la canción anterior—: juzgándonos a nosotros mismos también, por dentro, en silencio, repensando cada decisión que tomamos, pensando si es que nosotros valemos la pena.

Me encanta cómo Keller presenta el problema de nuestro autoestima aquí. Él dice que el ego, la identidad del hombre sin Cristo, es vacío, es doloroso y es frágil.

Es vacío porque cuando tratamos de encontrar nuestra identidad en algo que no es Dios, nuestro autoestima, lo que hacemos es hincharlo para rellenar. Y tú conoces la frase de seguro: "En el corazón del hombre hay un vacío que solo Dios puede llenar." Debido a que ese vacío tiene una forma de cruz, no podemos llenarlo con nada más. Lo que hacemos es que lo llenamos de aire o de cualquier cosa que nos permita sentirnos mejor. Y entonces, por todo el espacio que sobra, nos quedamos con este sentimiento de que nos falta algo.

Y así se miraban los corintios, y así nos miramos nosotros. Encontramos nuestra identidad y nuestro valor en que conocemos a alguien, en nuestras relaciones. Encontramos nuestra identidad y nuestro valor en que hemos hecho algo, en que trabajamos en esto, en que nosotros hemos hecho tal cosa, en que tenemos tales dones, en que en la iglesia yo sirvo en tal área. Encontramos nuestra identidad y nuestro valor en lo que conocemos: en que yo tengo una maestría, en que yo tengo doctorado, en que yo sé mucha Biblia, en que yo sé mucho de ingeniería. Encontramos nuestra identidad —si no en Cristo— y nuestro valor en la manera que nos vemos, y pasamos horas tras horas tratando de vestirnos lo mejor posible para que nadie pueda ver nuestro interior. Y al final seguimos sintiendo el mismo vacío. Vacío que nos lleva a inflarnos, a la arrogancia. Vacío que nos lleva a las discusiones unos con otros.

El autoestima, la identidad, si no está centrada en Cristo, es por un lado vacía, pero por otro lado es dolorosa. Y te voy a preguntar en esta mañana: ¿cómo está tu pie derecho? Tú no has pensado en tu pie derecho hoy, ¿no es cierto? Tú no piensas en tu dedo izquierdo, en tu meñique izquierdo. ¿Tú has pensado en todo esto: en tu autoimagen, en tu identidad? Nosotros solo pensamos en las cosas que nos duelen. Si tu pie derecho estuviera mal, tuvieras pensado en él varias veces.

Difícilmente pasa un día sin que uno no piense en sí mismo, sin que uno no piense que alguien me hizo sentir mal, que aquella persona no me agradeció, que mira todo lo que yo hice y no me respetaron. Nuestro ego nos duele todo el día, todos los días, porque algo está mal. Algo no está funcionando bien dentro de nosotros. Nuestro sentido de identidad tiene problemas y por eso siempre está llamando la atención hacia sí mismo.

Porque nuestra identidad sin Cristo es vacía, es dolorosa y, en tercer lugar, es frágil. Y ese es el resultado de estar inflado y estar vacíos: como una vejiga, como un globo, cualquier cosa inflada se desinfla muy fácilmente. Nuestra identidad sin Cristo se desinfla demasiado fácilmente. Y eso explica lo fácil que es pasar —tú seguro lo has visto— de un estado de superioridad a uno de inferioridad. De estar acabando con todo el mundo a terminar llorando en un cuarto a solas. ¿No es asombroso cómo reacciona la persona orgullosa cuando alguien la critica? Tú lo has visto.

Se pone como un cachorro herido en una esquina, que saca las garras y muerde a todo el mundo, y ataca y se defiende con todo, y trata con todo de defenderse. Porque nuestra identidad sin Cristo es frágil, es vacía, es dolorosa. Y esto es para todos nosotros, no solamente a los que como yo lo usamos con nuestro orgullo. Todo el día nos sentimos incómodos con quienes somos, estamos todo el tiempo pensando en qué dirán los demás de nosotros, estamos todo el tiempo juzgando a los demás también. O, amado hermano, estamos demasiado enfocados en nuestra propia opinión para ni siquiera recibir la opinión de los demás.

Y es que nuestra autoestima, nuestro valor propio, tiene problemas serios porque estamos estimando demasiado el auto. Nuestro juicio de valor está completamente equivocado porque nos estamos enfocando demasiado en nosotros mismos. Pero esto es lo que Pablo habla en los versículos 3 y 4. Oigan lo que él dice: "En cuanto a mí, a lo que yo soy, mi imagen, mi ego, en cuanto a mí, es de poca importancia que yo sea juzgado por ustedes o que yo sea juzgado por cualquier tribunal humano, porque yo no estoy consciente de nada en contra mía, pero no por eso estoy sin culpa, pues el que me juzga es el Señor."

¿Qué está diciendo Pablo aquí? Que a Pablo no le importa la Corinto-estima. A Pablo no le importa la Pablo-estima. A Pablo solo le importa la Dios-estima. Él está diciendo: a mí no me importa lo que ustedes piensen, a mí no me importa lo que yo piense, a mí solo me importa lo que Dios piensa. Y este tipo de juicio de valor, este tipo de autoestima, es totalmente diferente a lo que el mundo nos dice, ¿no? ¿Cierto?

Primero, Pablo dice: a mí no me importa mucho el juicio que ustedes me hagan, corintios. De hecho, a mí no me importa mucho el juicio que ningún tribunal humano haga. Ya les dije, ya ustedes están de acuerdo, a nosotros nos encanta juzgar. Pablo dice: júzguenme, a mí no me importa tanto su veredicto. Y por arriba, puede que esto suene como un consejo de esos que te daría la televisión, ¿no es cierto? Cree en ti mismo, no importa que los demás no crean en ti. La única opinión que importa es la tuya, no prestes atención a la opinión de los demás.

Pero eso no es lo que Pablo está diciendo. Porque Pablo no dice cree en ti mismo, busca tu propia opinión. Pablo va un paso más allá y dice: a mí no me importa cómo ustedes me juzguen. Es de poca importancia el juicio que ustedes hagan sobre mí. Y luego, ¿qué dice? Es de poca importancia el juicio que yo haga sobre mí tampoco. A mí no me importa mucho lo que ustedes piensen de mí, a mí no me importa mucho lo que yo piense de mí. Porque buscar nuestra identidad en el pensamiento humano es una búsqueda sin fruto. Buscar nuestra identidad en satisfacer a los hombres, sean aquellos hombres o seamos nosotros mismos, es una búsqueda vacía.

Y el doctor Sars resume de esta manera: No puedo cumplir los estándares de mi padre, y eso me hace sentir horrible. No puedo cumplir tus estándares, y eso me hace sentir horrible. No puedo cumplir con los estándares de la sociedad, y eso me hace sentir horrible. Me mudo a otro país y no puedo cumplir con los estándares de esa otra sociedad, y eso me hace sentir horrible. Tal vez la solución sea tratar de cumplir mis propios estándares, pero tampoco puedo cumplir mis propios estándares, y eso me hace sentir horrible. A menos que pongamos los estándares demasiado bajitos, pero eso también me hace sentir horrible porque soy el tipo de persona con estándares muy bajitos. Tratar de resolver nuestros problemas de autoestima al tratar de cumplir nuestros propios estándares o los de alguien más es una trampa y no resuelve nuestra situación.

Lo que tenemos en Pablo entonces es un hombre que ha llegado a un lugar donde, genuinamente, no le interesa el veredicto de los demás, pero tampoco le interesa su propio veredicto. Lo que tenemos en Pablo es algo que, amado hermano, es algo que tú y yo no sé cómo pudiéramos llegar por nosotros mismos. Porque, ¿qué pasa con su veredicto? Él dice en el versículo 4 al final, oigan esto: "Yo no estoy consciente de nada en contra mía, mas no por eso estoy sin culpa."

Yo te puedo preguntar: ¿tú alguna vez has estado en un lugar donde tú puedes decir yo no estoy consciente de nada en contra mía? Que tú te haces una evaluación completa de tu vida y tú dices: yo estoy bien. Tómate diez segundos y piensa si hay algo en contra tuya que tú pudieras encontrar. Creo que ya lo encontraste, ¿no es cierto? Algo en lo que tú hayas fallado, algo en lo que tú constantemente estés fallando. Pablo dice: yo no encuentro algo en mi vida que sea una constante falla. Bueno, pues ya lo logró. Y él dice: no por eso estoy sin culpa. ¿Por qué? Porque el que me juzga es el Señor.

Y aquí llegamos a un territorio santo. Aquí llegamos a conocer el interior de un hombre que está completa y absolutamente cautivado por el satisfacción de Jesús. Oye lo que Pablo dice: a mí no me importa lo que piensen ustedes, a mí no me importa lo que yo piense, a mí solo me importa lo que piensa Dios de mí. Mi mente está totalmente cautivada por Cristo, mi enfoque y mi motivación está solamente en la audiencia celestial, todo lo que hago, donde encuentro mi valor, el único veredicto que me importa es lo que Dios diga de mí.

Pero, amado hermano, si tú te conoces a ti mismo... Yo venía en un Uber ahorita, no sé si está por aquí. Yo lo invité a José, el Uber que me trajo. José, si estás aquí, bendiciones. Es algo bueno que voy a decir, no te preocupes. José me decía: "No, yo creo que Dios me está llamando un día a sí. Yo sé que yo hago mucha cosa, pero al final Dios lo que mira es el corazón." Y a Dios lo que le importa es el corazón. Yo digo: a mí... Lo que yo no sé si... José, si estás aquí otra vez. Lo que yo no sé si pudimos hablar bien es que si tú te has dado cuenta lo que hay en tu corazón.

A mí no me da tranquilidad lo que el versículo 5 dice, de que Dios juzga el corazón de los hombres, que Él saca lo que está oculto, lo manifiesta. Porque si por fuera yo lo hago mal, yo no quiero ni saber lo que yo hago por dentro. ¿Quién puede estar delante del tribunal del Señor y estar de pie?

Tú te recuerdas de Isaías 6, vamos a estar hablando de eso en Por Su Causa. ¿Quién es Isaías? Isaías 6. El hombre más santo de todo Israel era el profeta Isaías. Se para delante del trono de Dios, el vestido es dos querubines diciendo: "Santo, santo, santo, santo, santo." El lugar más limpio de todo Israel era el templo, y el umbral de los pies, la parte de abajo del vestido de Dios lo cubría, el lugar más hermoso de todo Israel. Delante de la santidad del Señor este hombre, que era el hombre más santo de todo Israel, el profeta Isaías, el segundo hombre más importante de todo el Antiguo Testamento, ve todo esto y ¿qué dice? ¡Ay de mí!

Pablo dice: a mí no me importa cómo ustedes me juzguen, a mí no me importa cómo yo me juzgue, a mí lo que me importa es cómo me juzga Dios. Yo digo: ese es el problema. Y Pablo dice: ¿no? En vez de estar petrificado sin moverse, Pablo era un hombre con confianza, con poder, con libertad. De hecho, Pablo era un hombre con gozo, con fortaleza. Y ¿cómo fue que Pablo terminó librado de la tiranía del temor al juicio de los demás? ¿Cómo fue que Pablo terminó librado de la tiranía del temor al juicio de Dios?

Acompáñame a 1 Timoteo, por favor. 1 Timoteo capítulo 1, versículo 15. Solo por Dios uno puede decir cosas como esta. ¿Verdad? Oye lo que Pablo dice: "Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos." Oigan, aquí, esto es para todo el mundo. Ricos y pobres, blancos y negros, chinos, dominicanos, mujeres, hombres, libres, esclavos, griegos, israelitas, para todo el mundo. Esta es una palabra fiel para que todo el mundo escuche. ¿Cuál? "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero." Que todo el mundo sepa: yo soy el primer pecador. Y a esos es a quienes vino Cristo a salvar. A mí primero, porque yo soy el primer pecador. Cristo vino al mundo a salvar a pecadores.

Esta es la realidad que liberó a Pablo del juicio de los demás y del juicio de Dios. Él sabe que era un pecador, pero un pecador perdonado. El más grande de los pecadores que tiene un Dios con un perdón mucho mayor. En Cristo Jesús nuestra identidad, la tuya y la mía, no está en nuestros pecados. Hermano, escucha esto: no importa qué tú hayas hecho antes, no importa qué tú hayas hecho hoy. La promesa de la Palabra con toda claridad es: no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. No hay juicio para los que están en Cristo Jesús. Somos justificados, pues por la fe tenemos paz para con Dios.

En el Señor hay total perdón y libertad. No solo limpia conciencia, que Pablo ya tenía, hay una pizarra limpia. Ahora Dios te ve, te ve en Jesús, en Jesús, solamente en Jesús, y dice: "Mira mi amado, yo me complazco con él." Tú eres perdonado. Y no solo eso, no solo perdonado. Pero tú sabes, como estás perdonado por esa acusación, hay una esquina. Tú eres perdonado y tú eres limpio, lavado por sangre, la sangre del Cordero.

Pablo conoce sus pecados, sí, él sabe que es pecador, él lo dice una y otra vez, lo dijo aquí en Timoteo, pero él no los conecta con su identidad. Pablo no está petrificado por el juicio de los demás porque él sabe que es peor de lo que los corintios van a decir. Pero eso no lo descalificaba de ser uno de los mayores hombres que haya existido. ¿Por qué? Porque Cristo vino a salvar pecadores y él es el primero. A eso vino Cristo: a sanar y, oye esto, a transformar a los enfermos.

Pero eso no es todo. Pablo también sabía que su identidad, su valor, su autoestima, no dependía de lo bien que él se comportara, no dependía de su desempeño. Pablo había hecho cosas increíbles, Pablo había visto cosas increíbles, Pablo ha sido sin lugar a dudas uno de los cinco hombres más importantes de la historia de la humanidad.

Y él no conectaba nada de su identidad, ¿por qué? Porque él sabe que él es el mayor de los pecadores. Solamente los pecadores encuentran salvación. Cristo solo salva pecadores, Cristo solo sana enfermos, Cristo solo da vida a los muertos. A los grandes, los poderosos, los fuertes, los que no necesitan a Dios, esos se quedan sin Dios, según ellos. Pero al que reconoce su debilidad, al que reconoce su necesidad, al que se sabe pecador, para ese mismo vino Cristo.

En nuestro mejor momento, cuando nos estamos portando súper bien, tenemos tres semanas haciendo devocional cada día en la mañana y evangelizando cada día en la tarde, dos meses que vengo a todas las clases de los miércoles, no me he perdido una Santa Cena en un año, tú necesitas a Cristo igualito que en el momento que estabas en el mundo perdido sin nada que ver con Dios. No pasa un momento de nuestra vida, un pedacito de un momento de nuestra vida, donde no necesitemos la salvación y al Salvador junto a nosotros.

Entonces, ¿cuál era el juicio que Pablo tenía de sí mismo? Pablo dice: yo soy el mayor de los pecadores, de los pecadores perdonados, de los que encontraron perdón, de los que encontraron salvación. ¿Qué le importaba a Pablo lo que pensaran los corintios? Más importante: ¿qué le importaba a Pablo lo que pensaba él mismo? Lo único que le importaba es lo que pensaba Dios, lo que había hecho Dios, lo que estaba haciendo Dios en él. La única opinión que verdaderamente importa es la opinión de Dios. ¿Quién le dijo a él y quién te dice a ti si estás en Cristo? Tú eres mi hijo.

Pablo había llegado a un momento donde ya no le interesaban tanto los juicios. A él no le interesaba tanto el tribunal, ni el propio ni el ajeno. A Pablo no le importaba tanto el juicio de Pablo, ¿sabes por qué? Porque a Pablo no le importaba tanto Pablo ya. La autoestima que da el Evangelio es una estima que es la vida del auto. Es dejar de enfocarnos en nosotros mismos. Es dejar de pensar tanto en nosotros mismos. Es dejar de defendernos tanto a nosotros mismos. Porque tú no puedes estar a la vez pensando en ti y pensando en Dios. Tú no puedes estar a la vez pensando en ti y pensando en el otro.

C.S. Lewis habla acerca de la humildad, pero eso es como algo hasta más que humildad: del auto olvido. C.S. Lewis habla de esto diciendo que lo que más recordaríamos de conocer a alguien que el Evangelio ha humillado es como esta persona parece estar totalmente interesada en nosotros. Porque la esencia de la humildad del Evangelio no es pensar más de nosotros o pensar menos de nosotros, es pensar menos en nosotros.

Y el mayor ejemplo que tenemos de esto nos lo da nuestro Señor Jesús. Nadie fue más juzgado, nunca. Todo el tiempo, todo el día, a todo lugar que él iba. Cada acción que tomaba era juzgado por los demás. Cada movimiento. De hecho, nadie tenía una mayor razón de considerarse a sí mismo como lo mejor y el primero. ¿Y qué esperó y nos dijo nuestro Señor? Tomen mi yugo, o sea, que él tenía un yugo, y aprendan de mí, ¿el qué? Que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Haya pues en ustedes esta misma actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque era igual a Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.

¿Cómo llega uno a un lugar así? ¿Cómo llego yo al lugar donde yo no estoy pensando todo el tiempo qué piensa la gente de mí? ¿O no estoy pensando todo el tiempo qué pienso yo de mí? Yo creo que Pablo nos da una hermosa pista en el versículo 4. Vuelve a 1 Corintios, por favor. Yo creo que Pablo nos da la clave en el versículo 4, 1 Corintios. Oye lo que él dice: No estoy consciente de nada en contra de mí, mas no por eso estoy sin culpa.

¿Tú sabes lo que significa ese "sin culpa"? ¿Tú lo has escuchado desde este púlpito muchas veces? Es una de las verdades más hermosas de la Biblia. La palabra es justificado. Justificado. Pablo está diciendo: yo tengo la conciencia limpia, pero eso no me justifica. Que ustedes me juzguen o no, eso no me justifica. Solo una persona puede justificar. No son ustedes, no soy yo. Hay solo uno que justifica.

Y como él dice en otro lado, permíteme leerlo: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación o angustia o persecución o hambre o desnudez o peligro o espada? Tal como está escrito: Por causa tuya somos puestos a muerte todo el día. Somos considerados como ovejas para el matadero. En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

Porque estoy convencido, iglesia, de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada, incluyendo a ti mismo, incluyendo tus pecados, incluyendo tu triunfo, incluyendo tu juicio, incluyendo tu mejor momento, incluyendo tu peor momento, incluyendo todo lo que Dios te ha dado, incluyendo lo que te falta. Ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Esa es nuestra imagen, ese es nuestro valor, esa es nuestra identidad, ahí yace nuestra estima. Lo que nosotros somos: en Cristo somos los justificados por el Señor, los sin culpa delante de Dios. Y es por eso, oye tu hermano, que el Evangelio no nos infla y nos hace arrogantes. El Evangelio nos llena y nos da paz. El Evangelio toma el vacío que hay en nuestro corazón que tiene forma de cruz y pone la cruz en el centro.

Y hermano, hermana, en esta hermosa condición de ser hijos justificados y perdonados, Pablo nos dice algo más. Miren los versículos 1 y 2: Que todo hombre nos considere de esta manera, como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Oye aquí: Lo que se requiere además de los administradores es que cada uno sea hallado fiel. Los sin culpa, los justificados, somos siervos y administradores.

Tú conoces eso de siervo, ¿no es cierto? Siervos es esclavos. No nos pertenecemos a nosotros mismos, no somos nuestros. No se haga nuestra voluntad, sino la suya. Somos esclavos. Pero también administradores. Esa es una palabra hermosa, no tan común en la Biblia. Y es una función hermosa en el tiempo de Pablo también. El administrador era un tipo específico de siervo, de esclavo. Literalmente la palabra en el original significa la ley de la casa, la ley de la familia. Y estos eran los siervos más prominentes de una casa romana. Este era el esclavo principal que tenía a todos los esclavos a su cargo. Era el esclavo que inclusive le tocaba a veces criar a los hijos. Este era el señor de los otros esclavos. Era el que estaba encargado de las riquezas y de las propiedades.

Pero presta atención, él no tenía nada. Él no tenía absolutamente nada, todo lo que tenía era delegado. El administrador lo único que podía hacer era la voluntad del señor. No poseía nada, pero lo controlaba todo. Como dicen por ahí, no el dueño, pero esclavo del dueño. ¿Cuál era la responsabilidad que tenía el administrador? El principal esclavo de la casa, la ley de la casa. ¿Qué era lo que le tocaba hacer? Fiel. Su responsabilidad era ser fiel, ser fiel con lo que su señor le entregaba. Su responsabilidad era ser fiel a la voluntad de su señor.

Pero ojo, nosotros los administradores de los misterios de Dios, los siervos de Cristo, no lo hacemos para ser justificados. No es que tú te portas de tal manera y entonces tú empiezas a recibir los beneficios. No, no, no. Ya tú estás sin culpa, ya tú has sido justificado, y desde ahí tú empiezas a servirle. Desde una vida sin culpa, como amado y perdonado, en gratitud tú empiezas a servirle. Y déjame decirte, si tú quieres saber más de esto, hay una conferencia a final del mes que viene que se llama "Sed santos, porque Él es santo." Yo creo que ahí se va a hablar bastante de cómo serle fiel a nuestro Señor.

Pero fíjate esta hermosa verdad que también tiene este pasaje, versículo 7. Todo esto que hemos hablado: el llegar a un punto donde no somos juzgados por los demás, o donde no nos interesa el juicio de los demás, donde no nos interesa el juicio propio, donde solo nos interesa el juicio de Dios; el llegar a ser siervo y administrador de Dios; el llegar a estar sin culpa delante de Dios. ¿Qué dice el versículo 7? ¿Quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? Todo esto procede de Dios. Todo esto es un regalo que Él nos da.

Pablo sabía que todo juicio que le pudieran hacer, a lo más que podía dar como veredicto es que era un siervo de Cristo. A Pablo no le importaba la opinión de nadie más, porque ya a él se le había regalado el ser administrador de los misterios de Dios, un hijo amado, un hijo perdonado, un dueño de nada que en sí mismo no vale nada, pero amado hasta la muerte y encargado del tesoro más valioso para la humanidad: el Evangelio de Cristo.

Iglesia, ¿tú te imaginas una iglesia así? Una iglesia que no se preocupe por lo que estén pensando las otras iglesias, que no esté pensando juzgando a las otras iglesias, que no se preocupe por lo que ella misma piensa, que su verdadera y real ocupación sea pensar en lo que Dios piensa de ella, en ser fiel al Señor. ¿Tú te imaginas una familia así? Que no anda juzgando a las otras familias, que no anda sobrepreocupada, motivada por cómo nos vemos nosotros mismos como familia, que su interés principal sea lo que Dios piensa de esa familia y serle fiel al Señor.

Amado hermano, ¿te imaginas un hombre o una mujer así, cuya motivación no sea agradar a los demás, no sea lo que los demás piensen de ella, cuya motivación ni siquiera sea lo que piensan ellos mismos, satisfacer sus necesidades de su propio juicio, cuya única motivación sea lo que Dios piensa de ella y serle fiel al Señor? Que la IBI, que tu familia, que mi familia, que tu persona, que yo mismo, sea hallado fiel en el satisfacer de Jesús. Es el único juicio, es la única opinión que es realmente importante.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Jairo Namnún

Jairo Namnún

Jairo Namnún sirve como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio, encargado de idear y supervisar el contenido del ministerio. Posee una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Patricia Namnún y juntos tienen dos hijos: Ezequiel e Isaac.