Integridad y Sabiduria
Sermones

Cristo como filosofía de vida

Héctor Salcedo 16 agosto, 2015

Cuando la vida se fractura sin aviso —un accidente cerebrovascular, un diagnóstico de cáncer, una llamada inesperada— queda expuesta nuestra insignificancia humana. En un minuto todo está bien; al siguiente, alguien que amamos se debate entre la vida y la muerte. ¿Qué filosofía de vida puede sostenernos con gozo y confianza cuando nada está bajo nuestro control?

El apóstol Pablo, preso en Roma y enfrentando la posibilidad real de morir, declaró: "Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia". Quien hace esa declaración no puede ser intimidado. Su vida consistía en cuatro cosas: conocer a Cristo, experimentar su poder, proclamar su evangelio y obedecer su voluntad. Pablo no se enfocaba en lo que le pasaba a él, sino en lo que Dios estaba haciendo a través de él. Preso y encadenado, se regocijaba porque la guardia romana estaba conociendo el evangelio y los hermanos cobraban valor para predicar. Él veía la dicha en la desdicha.

El pastor Héctor Salcedo comprobó esta verdad durante una semana difícil cuando su madre sufrió un derrame cerebral. En medio de la incertidumbre, mientras los médicos solo podían decir "hay que esperar", la familia permaneció firme porque sabían que Dios tenía control absoluto. Cuando su madre despertó y supo que personas alejadas de la fe la habían visitado, dijo: "Quizás Dios me puso aquí para que ese doctor conociera al Señor". Las situaciones aflictivas son oportunidades para conocer a Dios de maneras que de otro modo no conoceríamos.

Para el cristiano, la muerte no es un final sino una partida hacia la presencia de Cristo, un estado muchísimo mejor. Por eso ante la muerte el cristiano puede cantar, no con escapismo ni temor, sino con anhelo de estar con su Salvador.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Paz. Bien, hermanos, vamos a la palabra y que el Señor sea con nosotros a través de ella.

Como ustedes saben, muchos de los que están aquí saben que esta ha sido una semana difícil para mi familia, para nosotros. Y yo entiendo que este mensaje el Señor lo forjó en esta semana, a través de los días y a través de la circunstancia que nos tocó vivir. Para los que no lo saben, mi madre sufrió el sábado pasado un accidente cerebrovascular. Fue un accidente en su cerebro; un coágulo se fue a una de las arterias principales del cerebro. Y estando en la casa hablando con mi hermano y con mi padre, ella de repente comienza a ver unas imágenes confusas y comienza a sentirse mal, comienza a marearse, y en ese mismo momento se desploma y se desmaya.

Inmediatamente, como era natural, mi hermano y mi padre la asistieron, la trataron de levantar, de levantarle los pies. Llamaron a Miguel, al pastor Miguel y su esposa, que son médicos y que viven cerca y que tenemos cercanía con ellos. Ellos llegaron inmediatamente y se percataron de que había ocurrido este accidente en su cerebro. Llamaron al 9-1-1 y, gracias a Dios, estuvo ahí en unos cinco o seis minutos, y se la llevaron a Cedimat. En Cedimat ya había un neurólogo esperándola. Fue intervenida el sábado en la noche con una especie de cateterismo cerebral.

Pero desde ese momento hasta el martes en la noche —o sea, sábado, domingo, lunes y martes— ella permaneció inconsciente, no despertaba. Y la respuesta de los médicos a la pregunta de "¿qué vamos a hacer?", "¿qué pasa?", era: "Hay que esperar, hay que esperar, hay que esperar". Esa era la única respuesta que obteníamos. Y la razón, como muchos de ustedes saben, es que con el cerebro es poco lo que se puede predecir. El cerebro lo controla todo, y estos accidentes, hasta que no se determina qué fue lo que pasó y qué afectó, no se sabe con certeza cómo va a quedar la persona y cuál va a ser el resultado.

Así que fueron unos días muy difíciles para nosotros, porque los que conocen a mi madre saben que ella es una persona muy especial. Es una persona espiritualmente hablando muy madura, pero es una persona que tiene el don de servicio, es una persona que tiene el don del evangelismo, que se da a los otros y se ha dado a su familia, a nosotros sus hijos, de una manera extraordinaria. Así que para nosotros fue de mucha carga esta semana ver esta condición y hasta por cuatro días no saber exactamente qué iba a pasar y qué iba a ocurrir con ella.

Para no hacerles esperar más, mi madre ya está en la casa, para la gloria de Dios, en el día de ayer. Y no quería mantenerlos con la expectativa durante una buena parte del sermón de qué había ocurrido, porque mi reflexión no tiene que ver con el milagro que el Señor entiendo hizo, sino con lo que pasa en nuestras vidas cuando este tipo de situaciones súbitas, repentinas, que están fuera de nuestro control, vienen a nuestra vida.

Mi madre está en recuperación. Los médicos, tanto Miguel como los de Cedimat —que son médicos literalmente— están sorprendidos con su recuperación. El neurólogo en un momento dado le dice a ella que él no tiene medicamento ni una explicación para hacerle entender lo que ha ocurrido con su mejoría, que él no sabe. Y ella, con su vocecita ahora que le ha quedado como una vocecita un poco diferente, le decía: "Doctor, yo sí sé. Doctor, yo sí sé lo que pasó: Dios intervino por mí".

Lo veo cuando pasan situaciones como estas. Uno se pregunta muchas cosas, uno piensa cosas que uno habitualmente no piensa, uno valora cosas que habitualmente uno no valora. Y lo cierto es que este tipo de situaciones, no solamente de salud sino de accidentes, situaciones de crisis de la familia, son más comunes de lo que uno se imagina. Esto es típico de la naturaleza humana, de la existencia humana. Vivimos en un mundo caído que mal funciona, y mal funciona en todos los aspectos: nuestros cuerpos mal funcionan, nuestras almas mal funcionan, todo lo que es hecho por el hombre mal funciona. Y eso hace que el mundo nos traiga frustración, nos traiga dolor y nos traiga mucha sorpresa.

Lo que es común cuando este tipo de cosas pasa es que queda una sensación de que somos nada, de que somos polvo, de que nuestras vidas están como en una especie de arena movediza, que en cualquier momento nos comenzamos a hundir y sencillamente no tenemos cómo controlar que eso no ocurra. Y les puedo confesar que durante esos tres o cuatro días que estaba inconsciente mi madre, había una sensación fuerte de insignificancia en nuestros corazones. Y a mí: "¿Qué somos nosotros?" O sea, mi madre estaba bien en un minuto y en el otro minuto estaba entre la vida y la muerte. Acabo de pedir sangre para un joven que estaba en la calle y en un minuto, de un minuto a otro, está entre la vida y la muerte. ¿Qué somos? Somos insignificantes.

Y muchos saben esa sensación y conocen esa sensación que yo les estoy describiendo, porque han estado en situaciones similares como estas, o han recibido una llamada de un familiar que tuvo un accidente, o un amigo que tuvo un infarto, o un familiar cercano o alguien cercano que sencillamente se le descubrió una enfermedad como el cáncer o como cualquier otra, o se le ahogó un niño, o hablando con alguien sencillamente, como le pasó a mi madre, esa persona se desploma y tiene ahora un accidente cerebrovascular.

Y algunos de los que están aquí quizá no han pasado por ese momento, y yo no quiero traer una nota pesimista sino una nota de realismo, y es que este mundo así funciona. O sea, los que no han experimentado situaciones que los dejan como perplejos y estremecidos ante nuestra insignificancia como seres humanos, no canten victoria, porque todos estamos sujetos a este tipo de cosas. Lo único seguro que hay en este mundo es que nada es seguro. Esa es la realidad.

Y entonces, en medio de esa situación de desperfecto, de mal funcionamiento de este mundo en el que nos encontramos, ¿cuál va a ser la filosofía de vida que nos va a sostener en la vida? No solamente que nos sostenga a permanecer vivos y a existir, sino ¿cuál va a ser la filosofía de vida que me va a permitir a mí vivir con gozo y con confianza en medio de estas situaciones que no podemos controlar, que son comunes y que podemos esperar en cualquier momento? Ninguno de nosotros estamos exentos. Yo lo pude comprobar el sábado pasado: ninguno de nosotros está exento de esta situación. Y muchos de ustedes saben también que nosotros tenemos —mi esposa y yo— estamos lidiando también con su madre, que también está diagnosticada con cáncer, y desde enero estamos lidiando también con esa situación.

Hay muchas respuestas de cómo podemos lidiar con este tipo de situaciones. Hay algunos que deciden irse por una vía o por otra. Yo recuerdo que en una ocasión yo estaba en el funeral de un jovencito que murió súbitamente, murió por una infección. Y se puso de pie uno de los familiares, y yo sabía que ese familiar —porque se me había dicho— ese familiar es ateo, no cree en Dios. Y él se paró frente al féretro de su, creo que era nieto. Y yo tenía realmente curiosidad en ese momento para saber qué iba a decir en un momento como ese alguien que no cree en Dios. Sus palabras fueron: "Resignación. No hay nada más". Tiró una flor y se retiró.

Y bueno, esa es una vía de cómo podemos lidiar con este mundo caído que mal funciona y que nos produce estas sorpresas fatídicas —dirían algunos— estas dificultades. Pero bíblicamente, esa no es la manera como Dios quiere que nosotros lidiemos con eso. La Palabra de Dios nos da, nos ofrece las herramientas para nosotros vivir en este mundo caído que mal funciona, de manera victoriosa y gozosa. Y no solamente victoriosa y gozosa, sino confiada, a pesar de todo lo que podemos contar. Anécdotas que podemos contar uno y otro de cosas de este tipo que nos han ocurrido. Cristo puede ser para nosotros la piedra fundamental de la vida. Y si Cristo es mi filosofía de vida, yo podré vivir en este mundo y enfrentar este mundo de manera gozosa y confiada.

Esto es lo que el apóstol Pablo hace en el capítulo uno con los filipenses. Él está preso en Roma, él está enfrentando literalmente... puede ir a la muerte o puede ser liberado, porque él estaba esperando ser juzgado por los romanos. Mientras él espera la vida o la muerte, él le escribe esta carta a los filipenses. Y en su capítulo uno le expone a los filipenses su filosofía de vida, que le permitía permanecer en medio de esta situación, le permitía permanecer con gozo y confiado.

Leamos entonces en el capítulo uno de la carta a los Filipenses, desde el versículo 21. Dice Pablo: "Pues para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Pero si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor fructífera, entonces no sé cuál escoger. Pues de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor. Y sin embargo, continuar en la carne es más necesario por causa de vosotros".

Brevemente resumida, esa está la filosofía de vida del apóstol Pablo. Preso en Roma, enfrentando la muerte, pero él exclama y proclama: "Mi vida es Cristo y morir es ganancia". ¿Quién destruye? ¿Quién amilana? ¿Quién intimida a un hombre así? ¿La vida lo va a intimidar? ¿El imperio romano lo va a intimidar? Un hombre que te declara que su vida es Cristo y que morir es ganancia. ¡Qué enfoque! ¡Qué enfoque tenía este hombre de la vida! Si vivo, Cristo; si muero, gano. Ese era su enfoque. Eso es una roca debajo de los pies de cualquier persona.

Algo que nosotros pudimos constatar esta semana a lo largo de los días: sabíamos que el Señor tenía control absoluto de esta situación y que nuestra vida era glorificar a Dios, así como la vida del apóstol Pablo.

¿Qué es esto de que vivir es Cristo? ¿Qué es lo que implica en términos prácticos? El pastor John MacArthur dice que en pocas palabras lo que Pablo está tratando de comunicar es que Cristo es su razón de ser. Otro autor dice: Cristo es el fin supremo de la vida de Pablo, y él valora su vida solo en la medida que ella esté dedicada a su honor. La vida de Pablo consistía efectivamente, cuando vemos sus cartas, consistía —yo diría— en cuatro cosas: conocer a Cristo, experimentar su poder, proclamar su satisfacción...

Obedecer su voluntad. En las cuatro cosas que constantemente ocupaban la mente y el tiempo del apóstol Pablo, siempre vemos a Pablo tratando de conocer más a Cristo, experimentar más el poder de Cristo en su vida, proclamar su evangelio y obedecer su voluntad.

En diversos pasajes nosotros vemos, por ejemplo en Filipenses 3, versículo 8, es un poquito más adelante que el pasaje que leímos, él le dice a los filipenses: "Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas, en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús." El incomparable valor de conocer a Cristo Jesús. A veces anhelamos conocer cosas, conocer lugares o conocer personas. Hay gente que quiere ir a Disney World o quiere ir a Europa o quiere hacer viajes. Hay otros que quieren conocer personas, gente que admiren, gente que respetan. Y ese deseo está en nosotros, es un anhelo legítimo que tenemos de conocer lugares y personas que no conocemos.

En el caso de Pablo, él ya conoce a Cristo como Señor y Salvador. Lo que le está indicando aquí es que él quiere conocer más a Cristo, conocer cómo Cristo piensa, cómo Cristo siente. Y él dice que esto, hacer eso, crecer en el conocimiento de Cristo, es incomparablemente valioso. En pocas palabras, no hay nada en el mundo que sea más valioso que crecer en el conocimiento del Señor Jesús. Y este deseo consumía al apóstol Pablo, lo consumía a tal punto que todo lo veía en función de cómo esto revelaba a Cristo y le manifestaba a Cristo en su propia vida. Conocer a Cristo era uno de sus objetivos de vida y era parte de esta filosofía de que mi vida es Cristo, era conocerle.

El otro aspecto que vemos en la vida de Pablo es que Pablo estaba deseoso de experimentar el poder de Cristo en su vida. Y en 2 Corintios 12 vemos cómo Pablo le está orando al Señor y relata en ese momento que le ha pedido al Señor que le quite un aguijón en la carne. No se sabe qué era. Pablo padecía de algo o tenía un enemigo fuerte. Él dice que es un aguijón en la carne, no se sabe qué era, pero él le dice a los corintios: "Acerca de esto, respecto a este aguijón, he rogado al Señor tres veces para que lo quite de mí. Y él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí."

Lo que Pablo está diciendo es, vamos a ponerlo en estos términos, suponiendo que era una enfermedad que él tenía: en medio de su enfermedad él sentía a Cristo fortaleciéndolo y sosteniéndolo. Era una experiencia más satisfactoria para él que le sanaran. Los problemas en la vida, las dificultades en la vida, las situaciones difíciles en la vida de cualquier naturaleza, son oportunidades para que Dios se manifieste en mi vida. ¿Cómo le voy a conocer como mi proveedor si nunca necesito nada? ¿Cómo le voy a conocer como mi sanador si nunca requiero de su sanidad? ¿Cómo le voy a conocer como mi guardador si nunca requiero de su abrigo? Las situaciones difíciles en las que Dios nos coloca, nos posiciona en la vida, con frecuencia tienen el objetivo de darnos a conocer aspectos de Dios que no conoceríamos en otra situación. Son oportunidades para conocerle. Y cuando lo vemos a través de esa perspectiva, tenemos otra reacción a las situaciones difíciles.

Y Pablo dice: "Entonces me gloriaré en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí." Y sigue: "Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte." Una paradoja. Lo que le está diciendo: cuando yo humanamente soy débil, yo veo a Dios manifestarse en mi vida.

Y eso lo vimos nosotros claramente esta semana en mi familia. Claramente vimos a mi madre entrar en un cuadro que los médicos decían: "No sabemos, prepárense para lo peor posiblemente, no sabemos cómo va a quedar." Y en un momento dado, eso fue el martes en la noche cuando mi madre despierta, me reúno con el neurocirujano y me cuenta todo lo que pasó y me dice cómo él ve el cuadro. Ya había despertado, ya había posibilidades de saber qué iba a ocurrir. Pero él nos dijo a mi hermana y a mí, que estábamos ahí, me dice que lo más importante que ocurrió en el caso, lo más importante que ocurrió, fue que el coágulo se rompió. No fue la intervención rápida, no. Fue que el coágulo se rompió. Y yo viéndolo le digo: "Bueno, eso fue Dios." Y entonces él como médico hace la observación de que lo más importante del caso tuvo que ver con una situación que él no controló, pero Dios controló. Y obviamente eso es una clara manifestación del poder de Dios y la asistencia de Dios. Que en nuestro caso Dios quiso hacerla de esa manera, pero él pudo haber determinado lo otro, y eso no le quita gloria a él. Pero en nuestro caso lo vimos actuar. Por tanto, me glorío en el accidente que pasó la semana pasada, porque hemos visto a Dios intervenir en nuestras vidas. ¿Cuántas veces nosotros vemos nuestras situaciones aflictivas bajo ese matiz, para conocerle de una manera diferente?

Pero Pablo no solamente quería conocer a Dios, experimentar el poder de Cristo. Él quería proclamar su verdad, proclamar su evangelio. En Romanos 1 él dice: "Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree, del judío primeramente y también del griego." A los efesios Pablo les escribe, les dice: "Oren por mí, para que me sea dada palabra al abrir mi boca, a fin de dar a conocer sin temor el misterio del evangelio, del cual soy embajador en cadenas, que al proclamarlo hable con denuedo, como debo hablar."

Hermanos, una de las funciones por la que yo estoy aquí en la tierra, y tú estás aquí en la tierra si tú eres un hijo de Dios, es la proclamación del evangelio de salvación de Jesucristo. No minimicemos esa tarea. No pensemos que eso corresponde a misioneros y pastores y los que tengan el don de evangelismo. Corresponde a todo creyente. Mateo 28:19 claramente dice: "Id por el mundo y proclamad las verdades que nosotros hemos creído." La Gran Comisión y la proclamación del evangelio es una tarea fundamental en nuestra existencia, en nuestra razón de ser. A veces Dios nos coloca en situaciones para ponernos en contacto con personas para que conozcan su evangelio.

Y es así, y en una de las conversaciones que yo tuve con mi madre, después que ya despierta, estamos hablando de todo lo acontecido, y una de las cosas que ella me dice: "Y quizás Dios me puso aquí para que ese doctor conociera del Señor." Oigan esto. Y uno puede decir: "¿Pero será posible que Dios use un accidente cardiovascular, postrar a una persona, para que alguien sepa del Señor?" Es tan importante, es tan importante el alma de ese doctor como la vida física de mi madre. Sí, más importante. Más importante aún, porque si mi madre se va, se va con el Señor, pero si ese hombre se va sin Cristo, se va a la eternidad sin Cristo. A veces Dios nos coloca en situaciones donde la función es proclamar las verdades que nos han salvado a nosotros, a aquellos que tienen contacto con nosotros.

Y Pablo vivía conociendo a Cristo, experimentando su poder, queriendo conocer a Cristo, experimentando su poder, proclamando su evangelio y haciendo su voluntad. "Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios." Esto era lo que consumía la vida de Pablo. Mi vida es Cristo. Mi vida es conocer a Cristo, experimentar su poder, proclamar su evangelio y obedecer su voluntad. Esa es mi vida.

Al punto, al punto que cuando le ocurrían cosas aflictivas a él, él no veía las cosas aflictivas como las cosas en las que se tenía que poner atención, sino que él veía lo que Dios estaba haciendo a través de las cosas aflictivas. Para Pablo era más importante no lo que le ocurría a él, sino lo que Dios estaba haciendo con él.

Y miren cómo lo pone en Filipenses 1, ahí mismo un poquito atrás. Le dice a los filipenses: "Quiero que sepáis, hermanos, que las circunstancias en que me he visto..." Qué bonito lo pone. Preso en Roma, en un calabozo, encadenado. "Las circunstancias en las que me he visto han redundado en el mayor progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones por la causa de Cristo se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y a todos los demás, y que la mayoría de los hermanos, confiando en el Señor por causa de mis prisiones, tienen mucho más valor para hablar la palabra de Dios sin temor."

La preocupación de él no eran las cadenas, no era la cárcel, no era que estaba pasando frío ni pasando necesidad ni pasando hambre. La guardia pretoriana, que es la guardia romana, está consciente de que yo estoy aquí preso por Cristo. Y de hecho, en Filipenses 4:22 se nos dice que había convertidos en la casa del César. O sea que o había guardias convertidos o siervos convertidos, siervos romanos convertidos. La cuestión es que la presencia de Pablo, preso entre guardias y entre siervos, convirtió gente. Y Pablo dice: "Miren, la guardia pretoriana ya lo sabe, y además ahora los hermanos tienen mucho más confianza para proclamar el evangelio porque yo estoy preso."

Y él sigue diciendo: "Algunos, a la verdad, predican a Cristo aun por envidia y rivalidad, pero otros también lo hacen de buena voluntad. Estos lo hacen por amor, sabiendo que he sido designado para la defensa del evangelio. Aquellos proclaman a Cristo por ambición personal, no con sinceridad, pensando en causar angustia en mis prisiones." Miren su conclusión: "Entonces, ¿qué? De todas maneras, ya sea fingidamente o en verdad, Cristo es proclamado, y en esto me regocijo. Sí, y me regocijaré." Preso, y preso se está regocijando. No viendo sus circunstancias, no viendo lo que le pasa a él, sino lo que Dios está haciendo con él.

Y en este versículo, en este versículo 12, donde él ve el mayor progreso del evangelio, este autor Jowett lo llama "la fortuna del infortunio", la dicha de la desdicha. Pablo está en la cárcel y ve cómo Dios obra a través de su situación.

La desdicha de estar preso es difícil, pero él decide concentrarse no en la desdicha de estar preso, sino en la dicha del progreso del evangelio. Y cuando a nuestras vidas vienen situaciones de cualquier naturaleza que afligen el corazón, hay dos lecturas que yo le puedo dar. Definitivamente, como cristianos se nos ha prometido que todas las cosas cooperan para bien, ¿cierto? O yo me concentro en la desdicha del suceso, del evento, del accidente cerebrovascular de mi madre, o yo me concentro en la dicha que Dios le incluye a ese suceso. Y yo puedo ver en cada situación que me ocurre la dicha en la desdicha. Eso es algo que le pertenece al creyente por promesa de Dios, y eso fue lo que Pablo hizo en este caso.

El enfoque de Pablo no estaba en él, sino en Cristo, y eso le permitió regocijarse en medio de esta dificultad. Hermanos, mi nivel de angustia en medio de la aflicción es menor mientras menos enfoque yo tenga en mí. Mientras más me angustio en medio de la aflicción, es un indicio de que mi enfoque está demasiado en mí. Quitemos nuestro enfoque de nosotros, pongámoslo en el Señor. Nuestra vida es Cristo, y veamos lo que Él hace, cómo Él magistralmente orquesta las situaciones de nuestra vida para proclamar su nombre, para lograr que nosotros le conozcamos mejor, para nosotros experimentar su poder y para nosotros entonces ser probados en la obediencia. Como Pablo, pongámonos esos lentes para ver esas cosas.

Es increíble, en medio de toda esta situación, hablando de esta dicha en la desdicha: en un momento dado, cuando mi madre despierta, yo le estoy contando la gente que la ha venido a visitar. Le digo: "Mami, mami, vino fulano y vino fulano", gente de su pueblo, de Puerto Plata. Y había algunos hermanos, personas que visitaron, que se han descarriado de la fe y que fueron a visitarla. Y yo le digo: "Mami, ¿tú sabes quién vino? Fulano". Y me mira y me dice: "¿Cómo? ¿Sí vino fulano?" Ahí estaba Cati, Cati la esposa del pastor, del pastor Miguel. Y le digo otra persona que está descarriada de la fe, y le digo: "Vino fulano también". Me dice: "¿Cómo?" Y le digo una tercera persona que está descarriada de la fe, y a la tercera persona ya le dice a Cati: "Cati, pero te va a tocar hacer esto dos o tres veces al año, a ver si el Señor usa esto para traer la gente".

Eso, hermanos, eso es ver la dicha en la desdicha. ¿Y si Dios está utilizando esta circunstancia para sensibilizar el corazón de hermanos que se han descarriado de la fe? ¿Y si es eso lo que Dios está haciendo? ¿Y si es que Dios quiere hablarle al doctor, a las enfermeras? ¿Y si es que Dios quiere darse a conocer más a nosotros? ¿Y si es que Dios quiere que yo trajera este mensaje a esta iglesia, donde quizás hay muchos de ustedes que están siendo alimentadas, están siendo alimentados en su circunstancia particular, es producto de esta situación?

Yo no sé cómo Dios se está glorificando. Yo sí sé, yo sí sé que nada ocurre sin que Él lo orqueste y lo sepa y lo permita. Yo confío plenamente en que Él se está glorificando en medio de esta situación, y veremos, si ya no le hemos visto, veremos dicha en la desdicha.

Pensemos por un momento en el caso de Pablo una vez más, hablando de esto de que mi vida es Cristo. Él entonces se encuentra en la indecisión de si se va o se queda. Si se dice: "Yo no sé cuál escoger, no sé si morir o quedarme con vida". Y me quiero quedar con vida, dice Pablo, porque para mí sería una labor fructífera. Literalmente él dice en el versículo 22: "Pero si viviera en la carne, esto significa para mí una labor fructífera, entonces no sé cuál escoger". Y luego dice al final, en el versículo 24: "Continuar en la carne es más necesario por causa de vosotros".

Pablo tiene este dilema. Yo más adelante voy a hablar un poquito más de ese dilema, pero lo que quiero enfatizar aquí es que la razón para Pablo querer quedarse en la tierra, querer vivir más, no es porque su vida era una vida glamorosa o acomodada o llena de lujos o de progreso personal, sino que él quiere vivir porque él quiere ser útil para Dios. Él quiere tener una labor fructífera. "Si quedar en la carne significa para mí una labor fructífera", y en el 24 le dice: "Para yo quedarme, si yo me quedo, es más necesario por causa de ustedes".

Y eso es una buena definición como filosofía de vida. Pero, ¿para qué es que yo quiero estar vivo? Pregúntate tú, preguntémonos todos: ¿para qué es que tú quieres y yo quiero estar vivo? ¿Qué es lo que te hace querer permanecer en esta tierra? "Bueno, mi familia, yo la quiero mucho". Eso es muy bueno, es un don de Dios, es una bendición de Dios. "Bueno, yo quiero progresar". Es muy bueno, es un don de Dios también. Pero, ¿es lo que te hace permanecer en la tierra? ¿Es lo que te hace querer vivir? Pablo decía: "Yo no me quiero ir porque yo quiero tener una labor fructífera entre vosotros los filipenses, yo quiero que el evangelio avance".

Y hermanos, yo creo que nosotros debemos pedirle al Señor que nos dé un deseo de ser útiles para Él. Útiles. Yo no estoy aquí simplemente para pasarla bien, ni estoy aquí para progresar económicamente, ni estoy aquí para lograr destacarme en algún ámbito del quehacer humano. Yo estoy aquí porque yo soy un testigo: "Y me seréis testigos". Y yo soy un testigo donde trabajo, donde estudio, en la familia en la que estoy, en la iglesia a la que pertenezco. Yo soy un testigo. Y yo quiero, con mis dones, mis talentos y recursos, serle útil al Señor.

Que ese sea nuestro enfoque, que el permanecer en la tierra no sea simplemente existir y permanecer vivos con la menor cantidad de problemas posibles. Porque eso es muy frágil. Ese estado de querer permanecer intactos en la vida e ilesos en la vida, de que nada nos ocurra y de todo tenernos protegidos, se va a fracturar rápidamente en este mundo caído y que mal funciona en muchísimos aspectos. No dejemos que nuestro gozo y nuestra felicidad dependa de cosas que no podemos controlar. Cristo, entonces, Cristo es la roca inconmovible sobre la cual podemos basar nuestra vida. Y no importa lo que nos ocurra, nuestra vida es Cristo y el morir, ganancia.

En términos prácticos, si mi vida es Cristo, cuando mi vida es Cristo: si como o bebo, lo hago con gratitud a Cristo. Si progreso económicamente, lo atribuyo a la bondad de Cristo y uso mi progreso para bendecir a otros y exaltar a Cristo. El éxito profesional es un instrumento para glorificar a Cristo. Cuando mi vida es Cristo y me confundo en la vida, recurro a su Palabra para buscar dirección. Si peco, busco en Cristo su perdón y lo encuentro abundantemente. Si me enfermo, busco en Cristo fortaleza y refugio, y clamo por mi sanidad, pero respeto su soberanía. Y si estoy en pruebas, medito no en lo que me está pasando a mí, sino en lo que Dios está haciendo en mí y en otros. Y si al final, hermanos, las cosas se complican y muero, me voy con Cristo.

Esa es la filosofía de vida del creyente. Cristo es nuestra vida, ha de ser nuestra vida, y es ganancia la muerte para el que está en Cristo. Pero lamentablemente a veces nos desenfocamos, perdemos de vista de qué se trata esto. Y ayer, mientras yo preparaba este mensaje, como de esas cosas que ocurren, me llega un versículo que es el versículo diario en Bible Gateway, que es una Biblia electrónica en internet. Y el versículo diario de Bible Gateway de ayer era: "Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos". Romanos 14:8. Así es.

Para Pablo, la vida consistía en Cristo: conocerle, experimentar su poder, proclamar su evangelio y obedecer su voluntad. Y el otro componente de la filosofía de vida de Pablo era cómo Pablo veía la muerte. Sencillamente, en términos sencillos, él dice: "La muerte para mí es ganancia. El morir es ganancia".

Pablo estaba en un dilema, como yo dije hace un momentito, estaba en un dilema de si quedarse o irse. Quedarse aquí significaba una labor fructífera, y eso traía gozo a su corazón y traía gloria a su Señor Jesucristo. Lo veía como necesario para la causa de Cristo entre los filipenses. Una de mis oraciones desde el principio para mi madre era que el Señor la dejara con nosotros, porque yo la consideraba necesaria entre nosotros. Y muchos de los que la conocen me dicen que han orado en la misma dirección, que oraron porque necesitaban el consejo, la dirección, el amor que mi madre usualmente reparte entre nosotros. Y oré en esa dirección: "Señor, déjala, no porque yo la quiero conmigo. Sí, yo la quiero conmigo, pero es que siento que es necesaria, útil para tus propósitos aquí en la tierra".

Y Pablo decía: "No me quiero ir porque es necesario que yo permanezca". Eso es lo que me retiene: la obra de Cristo aquí en la tierra. Es por eso que yo quiero ser útil aquí. Pero también tengo el otro lado, el otro beneficio: que morir es ganancia. Y en el original, esto de que "de ambos lados me siento apremiado" significa como que le están halando en dos direcciones igualmente fuertes. Él no sabe cuál escogería, dice: "No sé cuál escoger, no sé qué decidir".

Y muchos han interpretado incluso esto como una declaración suicida de Pablo, que Pablo se quería morir. Pero Pablo no nos dice aquí que él se quiere morir, porque el que se quiere suicidar no quiere vivir, y Pablo dice que quiere estar aquí: "No sé qué escoger". Lo que Pablo está diciendo es: "Miren, yo en esta situación estoy preso, estoy esperando un juicio de Roma. Yo puedo vivir y puedo morir, porque me pueden juzgar y me pueden matar. Si me quedo vivo, me quedo por causa de ustedes, y si me voy, me voy con el Señor".

Ante la posibilidad de morir, eso no le atormentaba, no le atribulaba, no le llenaba de ansiedad, no le preocupaba. "La muerte es ganancia para mí". Lucro, en el original es lucro, es beneficio para mí. Para quien el vivir es Cristo, el morir es ganancia. Eso es humanamente raro, reconozcamos eso. Humanamente hablando, eso es raro, porque lo más típico que un ser humano siente ante la muerte es el temor, es la ansiedad.

Yo creo que todos en algún momento hemos experimentado al pensar en la muerte ese temor y esa ansiedad, pero aquí vemos un tipo de entusiasmo. Pablo está como: "Bueno, si me voy, me voy con el Señor, es mejor." Hay un tipo de entusiasmo que es humanamente raro. ¿Y por qué es entusiasmo? Bueno, en primer lugar, porque fíjense que en el versículo 23 Pablo dice: "Pues de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir." Para Pablo la muerte no es un final, no es fatal, es una partida. Él sale de un sitio y llega a otro. Y esa es la visión cristiana de la muerte.

Nosotros sabemos que esto no es todo lo que hay, esta tierra no es todo lo que hay. Hay algo más allá de la vida humana, que en el caso del creyente, en el caso de aquellos que hemos puesto nuestra confianza y fe en el Señor Jesucristo para el perdón y redención de nuestro pecado, es el cielo, su presencia, y lo vemos como una partida. En otro lugar, en 2 Timoteo 4:6, dice exactamente lo mismo: "Porque yo ya estoy para ser derramado como una ofrenda de libación." Es una forma bonita de decir: "Yo me estoy muriendo," le dice a Timoteo, y le dice: "Y el tiempo de mi partida ha llegado."

¡Qué bueno es eso! Sentir que cuando se van los nuestros en el Señor, parten al encuentro con su Señor. No termina su vida, su vida continúa. Siempre decimos en los funerales, cuando estamos viendo una persona ya fallecida, decimos: "El cuerpo está ahí, pero la persona sigue con vida en algún otro lugar," según la Biblia. Por lo tanto, aquellos que hemos muerto en Cristo hemos partido para estar con Él.

Entonces, irse es estar con Cristo. Dice: "Deseo de partir y estar con Cristo." El cristiano que muere, la persona que muere en Cristo, no pasa por ninguna transición, por ningún proceso de purgar pecados, no hay ninguna espera ni ningún sueño dilatorio. Hay una conciencia inmediata en la presencia del Señor. Y él lo dice de otra manera en 2 Corintios capítulo 5, dice, por tanto, versículo 6: "Animados siempre y sabiendo que mientras habitamos en el cuerpo estamos ausentes del Señor, pero cobramos ánimo y preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor." La ausencia del cuerpo de un ser humano es habitar con el Señor, si ha muerto en Cristo. Esa es la doctrina bíblica de la muerte y de la vida más allá de la muerte. No hay ninguna espera, ninguna dilación, ningún sueño.

Y según Pablo, ese estado es mucho mejor. En el original no se ve bien porque aquí dice "mucho mejor" en el versículo 23: "Pues eso es mucho mejor." Pero en el original dice muchísimo mejor. "Much, much better," dice una traducción en inglés. Mucho, mucho mejor es estar con Cristo. Es un superlativo máximo, es un estado de existencia superior al humano el estar con el Señor. No solo porque somos recibidos por Cristo y estar con Él es suficiente, pero hay un reconocimiento de parte de Él. Hay un aplauso a aquellos que hemos hecho por Cristo aquí en la tierra.

En 1 Corintios 9, Pablo, hablando del cielo y de la presencia de Dios más allá, habla de los galardones que vamos a recibir y habla de una corona incorruptible que vamos a recibir. Santiago 1:12 habla de la corona de vida que el Señor ha prometido a los que le aman. 1 Pedro 5:4 habla de la corona inmarcesible de gloria. Y Pablo entonces dice que le está reservada la corona de justicia. Pablo tiene su corona reservada, está reservada la corona de justicia.

Se cuenta que el gran evangelista Dwight Moody, en el siglo XIX, en su lecho de muerte, a eso de los 62 o 63 años, cuando él está muriendo, sus últimas palabras fueron literalmente: "La tierra retrocede, el cielo se aproxima. Hoy es el día de mi coronación." Solo el cristiano puede darle la cara a la muerte de esa manera, en victoria, sabiendo que Cristo derrotó la muerte y que ya su aguijón fue extraído de la muerte. Nos vamos de este mundo pero no morimos, porque el que está en Cristo, el que cree, vivirá. Le dijo Jesús a la familia de Lázaro: "El que cree en mí, aunque muera, vivirá."

La muerte para el cristiano es una partida, una partida al encuentro con su Señor, una partida que se encuentra con su Señor y recibe el reconocimiento de su Señor. Por lo tanto, es un evento de gozo. Aunque hay tristeza humana, es un evento de gozo en la vida del cristiano. Ahora entendemos a Pablo, por qué él decía: "La muerte es ganancia." Ante la muerte, hermano, el cristiano canta. El cristiano canta ante la muerte. Está llamado a cantar, a verla no con temor, no con escapismos, sino a mirarla a la cara y decirle: "Yo sé que para allá voy en algún momento, pero no te temo. No te temo porque sé dónde voy, sé con quién me voy a encontrar, y es mejor estar ahí que estar aquí."

En el primer siglo y segundo siglo, un historiador escribió que la dificultad y la fortaleza de vencer el movimiento cristiano estaba en que los cristianos no solamente morían sin quejarse. El problema era que se morían cantando, y eso le daba una credibilidad al mensaje que predicaban que era muy difícil de vencer. Y es la razón por la que nosotros cantamos. Antes de yo comenzar este mensaje, "La ciudad de Dios", cantamos: "Hay un lugar donde su gloria satisface el corazón, recibiré las recompensas, me abrazará mi Salvador."

¿Te imaginas en ese momento? Imagínense ese momento, señores, que usted llega a la presencia del Señor Jesús y usted lo ve, lo vemos cara a cara, y le podemos decir: "Gracias por tu cruz, gracias por tu sacrificio, gracias." Y el Salvador te abraza y te recibe, te reconoce y te da entrada al lugar eterno de su habitación. Es una cosa, señores, yo no lo puedo decir con palabras. No hay palabras, no las busquen, no las busquemos. Usted está dando de buscarlas, no las encuentra, me quedo corto. "Me abrazará mi Salvador, ya no hay llanto ni dolor, ya no hay prueba ni aflicción. La muerte solo es una memoria, recuerdo de la redención. Es aquí la presencia del Señor, mora en medio de los hombres que Él salvó. Ellos son su pueblo y Él su eterno Dios. La ciudad de Dios es lo que anhelo yo."

Eso es lo que anhelamos, hermanos. Y en uno de los momentos que hablaba con mi madre era precisamente eso lo que ella decía. Ella decía: "Mis hijos, ustedes saben que gracias al Señor estoy aquí, pero si yo me hubiese ido, yo estoy mejor, mis hijos." Esa fue la razón por la que yo le decía al principio del mensaje que este mensaje el Señor lo forjó en medio de esta semana, porque yo vi cómo la filosofía de que Cristo es la vida, la vi, vi esa filosofía funcionar y vencer una situación debida a muerte. La vi vencer esa situación. Y es por eso que digo que esta es la roca inconmovible de nuestras vidas: nuestra vida ha de ser Cristo.

¿Cómo tú ves tu momento de morir? Para Pablo era mucho mejor partir y estar con Cristo. Hay tres reacciones que la gente tiene ante la muerte típicamente. Una es evadir la muerte. La gente no quiere hablar de eso. Incluso yo he estado con personas que le digo: "Mira, ¿tú has pensado si estás listo para morir?" "¡Ay, no hablemos de eso! ¡No hablemos de eso! ¡No hablemos de eso! Ni mencionemos eso." Como que no hablarla la va a evitar. Y eso es sencillamente evitar hablar de lo inevitable, es infantil. Hay que hablar de lo inevitable y ver cómo vamos a enfrentar nosotros la muerte. Pero eso es una forma de lidiar con la muerte: el escapismo, el ignorar, el evadirla. "No hablemos de eso, que yo no estoy para eso todavía, estoy muy joven." ¿Ajá? ¿Y qué? ¿Quién te ha dicho a ti que tú estás exento de cualquier situación en tu vida que te produzca la muerte? Pero hay unos que deciden lidiar con eso, con la muerte, de esa manera.

Otra forma de lidiar con la muerte: "Sí, hablo de eso, pero le temo. Me causa ansiedad, me causa preocupación." O porque no estoy listo y lo sé, yo no he arreglado mis cuentas con el Señor y lo sé. O porque habiendo arreglado cuentas con el Señor, mi fe es tan superficial que no le conozco y no anhelo estar con Él. Pero esa es una forma en la que mucha gente lidia con la muerte: con el temor. Y ahí está ese temor que de vez en cuando viene y sale y resurge, pero no lidio con él.

Porque si tú le temes a la muerte porque no estás listo, ¿qué esperas? Cristo es la puerta. "Yo soy el camino", dijo Él. "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es a través de mí." La puerta de acceso a la presencia de Dios, al cielo, la forma de yo lidiar con la muerte, es arreglando mis cuentas con el Señor, reconociendo mi pecado delante de Dios, aceptando el sacrificio de Jesucristo en mi favor y entrando por Él, que es la puerta. Inmediatamente yo hago eso, lo hago de corazón y con compungimiento de pecado, el Señor me dice: "Tú eres mi hijo." Nos da el derecho de ser llamados hijos de Dios, Juan 1:12. Y ahora podemos ver la muerte con tranquilidad y con confianza.

Pero si es que tu fe es muy superficial, habiendo ya aceptado a Cristo pero no le conoces lo suficiente, ¿qué esperas? Dedícate a conocer al Señor, como Pablo dice: el incomparable valor de conocer a Cristo Jesús. Lee su Palabra, lee los evangelios, conoce a Jesús y comienza a crecer en tu confianza hacia tu Señor.

¿Dónde tú estás? ¿Estás escapando, estás temiendo o estás anhelando? Esas son las tres opciones. Los que anhelamos hemos sido con el Señor, le conocemos lo suficiente para saber que ausentarse del cuerpo es estar presente con el Señor, y eso es mucho mejor. Los que temen tienen algo que arreglar. Si temes porque no estás listo, arrepiéntete, ven al Señor, ven a Cristo, entra por Él. Aquellos que escapan, crezcan y enfrenten lo que tienen que enfrentar.

Para Pablo, Cristo como filosofía de vida lo sostuvo en su tormentosa vida y ante la expectativa de la muerte. Yo pude comprobar esta semana que eso funciona. Cristo fue para nosotros la roca que nos mantuvo firmes, confiados, tranquilos y hasta gozosos de saber que no importaba el desenlace. No importaba el desenlace, el Señor sabía lo que hacía, y aun pasara lo peor, iba a ser mucho mejor.

Así que a Él sea la gloria, a Él sea el poder, a Él sean las gracias, porque Él hizo posible esta prueba en nuestras vidas. Y la prueba continúa, porque la recuperación y hartas cosas seguirán ocurriendo, pero sabemos que sostenidos del Señor podemos decir que la vida no nos vence, la muerte no nos vence, sino que Cristo nos es la vida y la muerte es ganancia.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.