Integridad y Sabiduria
Sermones

Cristo, la ofrenda que puso fin a las malas nuevas

Miguel Núñez 10 mayo, 2020

A lo largo del libro de Malaquías, Dios confronta a un pueblo que ha caído tan bajo espiritualmente que ni siquiera reconoce su propia condición. Ante cada acusación divina —sobre deshonrar su nombre, ser infieles en el matrimonio, cansarlo con sus palabras— el pueblo responde con incredulidad: "¿De qué hablas? ¿Cómo hemos de volver si nunca nos hemos alejado?" Incluso cuando Dios los acusa de robarle en los diezmos y ofrendas, permanecen ciegos a su transgresión. Esta ceguera espiritual revela que el problema nunca fue financiero sino una profunda pobreza del corazón.

El texto de Malaquías 3:10 sobre traer el diezmo al alfolí ha sido mal usado y abusado, especialmente por predicadores del evangelio de la prosperidad. Pero bajo el nuevo pacto, la perspectiva cambia radicalmente. Dios Padre no ofreció el diez por ciento de los cielos: entregó todo lo que era en la persona de su Hijo, y no para perdonar el diez por ciento de nuestros pecados sino la totalidad de ellos, haciéndonos coherederos con Cristo. El llamado del Nuevo Testamento no es dar un porcentaje sino ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo —toda la vida, todo lo que somos y tenemos.

En medio de la mayoría rebelde de los días de Malaquías existía una minoría que temía al Señor. Ellos se reunieron acongojados, y Dios prestó atención. Sus nombres fueron escritos en un libro memorial, el libro de la vida del Cordero, escrito con la sangre de Cristo. Para quienes hoy ven prosperar a los desobedientes mientras los fieles luchan, el mensaje es claro: la noche terminará, Dios siempre ha sido fiel y lo será otra vez.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia en oración y adoración, aun desde nuestros hogares en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio, somos cada uno de nosotros en quienes mora la presencia del Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.

Bueno, es bueno estar con ustedes vía internet. Es la manera de decirlo, aunque yo no los puedo ver, el Espíritu de Dios que mora en cada uno de ustedes y mora en mí de alguna manera nos hace sentir la cercanía. En el día de hoy, para que ustedes que nos han estado siguiendo, estaremos continuando y leyendo una gran parte del final de la narración del libro del profeta Malaquías.

Al igual que el resto de los libros proféticos, usualmente hay una división que se da en estos libros donde hay una primera parte, donde Dios trae acusaciones contra el mal caminar o la desobediencia del pueblo. Quizás es una mejor forma de ponerlo. Y luego hay una segunda parte donde viene una consolación de parte de Dios, viene un rayo de esperanza, un rayo de luz que viene a cambiar la dirección en la que el mensaje estaba siendo dirigido. En este caso, Malaquías no es diferente al resto de los profetas. Hay una serie de acusaciones que todavía continúan en parte del texto de hoy, pero al final tú puedes ver, y antes de llegar al final, tú puedes ver ese rayo de luz claramente, de tal manera que tú puedes ganar esperanza otra vez y decir: bueno, hay un Dios ciertamente abundante en misericordia.

Para aquellos de nosotros que somos quizás cortos de memoria o que no estamos tan familiarizados con el relato bíblico, o quizás alguien que está sintonizado hoy pero no lo estuvo en mensajes anteriores, brevemente yo quiero decirte una última vez, y lo repito por última vez, qué estaba ocurriendo con el pueblo. Malaquías 1:2, Dios dijo: "Yo te he amado", el pueblo respondió: "No sabemos cómo tú has hecho eso porque no lo vemos". En 1:6, Dios dice al pueblo: "Vosotros no habéis honrado mi nombre", y el pueblo respondió: "¿De qué manera nosotros hemos deshonrado tu nombre? No sé por qué dices tal cosa".

En 1:10, Dios afirma, dice: "¡Ay, si hubiera alguien que me cerrara las puertas del templo!", y el pueblo parece responder en el próximo capítulo. Uno lleva la idea de que el pueblo está tratando de decir: "¡No sabemos por qué tú dices tal cosa! Porque nosotros todavía venimos y te seguimos ofreciendo los mismos sacrificios que tú has demandado, que tú has requerido, y sin embargo hemos notado que ya tú no recibes nuestra ofrenda, no escuchas nuestras oraciones". Y Dios le responde: "¿Tú sabes por qué? Porque tú has obrado de manera infiel contra la mujer de tu juventud". El pueblo estaba preguntando cuál es el problema, y Dios dice: "¿Cómo has preguntado? Yo te voy a responder".

En 2:17, Dios dice al final: "¿Saben qué? Ustedes me han cansado con vuestras palabras". El pueblo está tan perdido, está tan endurecido que el pueblo responde y dice: "Yo no sé de qué tú estás hablando. ¿De qué dureza de corazón tú estás hablando?" Y el Señor le responde: "Sí, me han cansado cuando ustedes afirman que el que hace el mal es bueno a los ojos del Señor y que en ellos yo me complazco. Me han cansado con hablar de esta manera".

En 3:7, sin embargo, la cosa comienza como a cambiar en cierta dirección, donde Dios dice: "A pesar de todo eso, a pesar de toda esa infidelidad, volved a mí y yo me volveré a ustedes". Hay una invitación: regresa, te has alejado. Y el pueblo todavía como que no se la está llevando, como decimos nosotros en el lenguaje coloquial, y responde con una pregunta un tanto sarcástica y dice: "¿Pero cómo vamos a regresar?" Es como que el pueblo está diciendo: "Nosotros nunca nos hemos alejado, nosotros estamos en el mismo lugar de la misma forma que tú estás en el mismo lugar, y no sabemos cómo es que vamos a regresar. Tú puedes decirnos cómo hacerlo".

Y Dios le trae una acusación más, en 3:8, con la cual no hemos lidiado, y Dios le dice: "¿Vosotros me estáis robando? ¿Te quieres saber cómo regresar al templo? A mí tienes que saber esta otra". El pueblo responde: "¿En qué hemos robado? ¿Robar el hombre a Dios? O sea, ¿cómo es posible? ¿Cómo se te ocurre un pensamiento de ese tipo?"

¿Tú quieres saber lo que Dios les termina diciendo? En 3:13: "Palabras duras han hablado contra mí". ¿Te imaginas cuando el Dios infinito en misericordia y paciencia y bondad dice: "A la verdad, que estas palabras son difíciles de oír, de digerir"? "Palabras duras han hablado ustedes contra mí", y el pueblo responde: "¿En qué hemos hablado contra ti? O sea, ¿qué es lo duro de nuestro vocabulario?" Y entonces el pueblo agrega en 3:14: "¿Qué provecho hay en que guardemos tus ordenanzas y en que andemos de duelo delante del Señor de los ejércitos?" ¡Wow!

Uno lee las narrativas y uno termina concluyendo como que esas son las características de la generación con la que Malaquías tuvo que lidiar, pero que esas no han sido las características de otras generaciones anteriores o posteriores. Y lo difícil de conocer es que estas han sido las características de un grupo de personas dentro del pueblo de Dios desde la época de Moisés hasta nuestros días. ¿Qué ha sabido sentir en otras ocasiones al hablar de esa manera?

La realidad es que si Dios no hubiese intervenido en la historia, el 100% de nosotros, o de los descendientes de Adán y Eva, junto con Adán y con Eva, hubiésemos ido a la condenación. Pero gracias a la misericordia de Dios, que a pesar de todas estas infidelidades que hemos estado estudiando por semanas, su gracia ha prevalecido. Hasta el punto que Dios nos envía a la misma persona que ha de juzgarnos al final de los tiempos. Él se encarna, él viene y ofrece un sacrificio propicio para todos nuestros pecados, y ese Juez vino y personalmente se ofreció como sacrificio, no solamente para que yo pueda ser perdonado, sino que además de yo recibir perdón, él pudiera triunfar sobre la muerte y sobre el pecado de una manera que su triunfo pudiera ser contado en el tiempo como mi triunfo.

El transgredido, Dios, triunfa de tal forma que el transgresor pueda tener el triunfo del Hijo de Dios contado a su favor, como si él también hubiese vencido la muerte y el pecado. Esa es la razón por la que yo he titulado mi mensaje hoy: Cristo, la ofrenda que puso fin a las malas nuevas, a las malas nuevas que pesaban contra mí.

Lo que yo quiero hacer es, igual que en otras ocasiones, tomar la exposición hoy justamente donde nosotros nos habíamos quedado en el mensaje anterior. Habíamos cubierto hasta el versículo 7, la primera parte. Yo voy a leer los versículos 6 y 7 porque ellos son los conectores entre el mensaje anterior y este mensaje que nosotros estamos tratando de traer a aquellos que escuchan en el día de hoy, que posteriormente estarán también escuchando vía las redes sociales.

Escucha el versículo 6 y el 7: "Porque yo, el Señor, no cambio; por eso vosotros, oh hijos de Jacob, no habéis sido consumidos. Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis estatutos y no los habéis guardado. Volved a mí y yo volveré a vosotros, dice el Señor de los ejércitos. Pero decís: ¿Cómo hemos de volver?"

En el versículo 6, Dios les recuerda a ellos que ellos habían transgredido su pacto y lo habían hecho de una forma tan insolente que él debió haberlos consumido en su ira, y sin embargo no lo hizo por una sola razón: porque yo, Jehová, el Señor, no cambio. El pueblo había violado los mandamientos de Dios, sus estatutos, sus ordenanzas. Son palabras sinónimas, nos dan una idea de qué es a lo que se refiere el texto cuando habla de esta manera. Y sin embargo, a pesar de la violación del pueblo, Dios había permanecido en el mismo lugar.

Lo que el pueblo no se había percatado es que en la medida en que ellos desobedecieron, su transgresión no fue simplemente que brincaron una línea trazada en la arena, por así decirlo, sino que al transgredir al mismo tiempo se estaban alejando de la misma presencia de ese Dios. Y esa es la razón por la que Dios les dice: "Volved a mí". Han estado por mucho tiempo muy alejados, y sin embargo no se les da, pero yo los quiero cerca.

A la hora de Dios actuar en contra de su pueblo, su misericordia a favor del pueblo triunfó sobre su justicia. Es una forma de verlo en la Cruz: la misericordia de Dios, al obrar en favor del pecador en la Cruz, terminó triunfando sobre su justicia. Pero para poder hacer eso sin que Dios dejara de ser justo, Dios tuvo que ajusticiar a su Hijo. ¿Tú entiendes cómo esto opera en la Cruz? La misericordia de Dios triunfa a favor del pecador sobre su justicia, pero Dios no podía dejar de ser justo. Por tanto, para que eso pudiera darse, él tuvo que ajusticiar a su Hijo para que yo pudiera ser perdonado.

El Señor dice: "Yo, el Señor, no cambio". Yahvé, en el original, no cambio. Él había hecho una promesa a los patriarcas, Abraham, Isaac, Jacob, de una tierra prometida. Y a pesar de la enorme infidelidad generacional, y tengo que usar ese vocabulario para ayudarnos a entender, que esta infidelidad del pueblo no era nueva, era en esencia la continuación de una infidelidad que venía arrastrándose desde los días de Moisés y que había llegado a su final, por así decirlo, hasta los mismos días de Malaquías. Y desde esa época cuando Dios estableció ese pacto, se inició con Abraham, pero ya como nación a través de Moisés, a quien él le dio su ley, desde esa época Dios había permanecido en el mismo lugar siendo fiel a su promesa. Y de ahí que Dios ahora le estaba extendiendo una invitación, les dice: "Volved a mí y yo volveré a vosotros, dice el Señor de los ejércitos".

La misma frase aparece en Zacarías 1:3. Zacarías fue uno de los tres profetas posexilio: está Malaquías, que fue el último; está Zacarías y está Hageo. Hageo y Zacarías fueron contemporáneos, unos cincuenta años antes de Malaquías, más o menos. Y Dios le dice en 1:3 de Zacarías: "Volveos a mí." Continuamente tú tienes a un Padre casi diría agredido continuamente y llamando al pueblo al arrepentimiento.

Como yo leía esta semana, cuando Dios nos llama al arrepentimiento, lo hace no para avergonzarnos, sino para renovarnos. Déjame decirles otra vez: cuando Dios nos llama continuamente al arrepentimiento, la intencionalidad de Dios como Redentor no es mi vergüenza, es mi renovación. Y Dios tiene diferentes formas de llamarnos al arrepentimiento. En esta ocasión, Dios usa una frase que nos deja ver qué es lo que ha ocurrido. Cuando Dios dice "volveos a mí," lo que ha ocurrido es que te has alejado de mí. Cuando has pecado, necesitas volver. Y el pueblo, en vez de decir: "Sí, Señor, muéstranos cómo volvemos, nos arrepentimos," quizás doblar sus rodillas, el pueblo responde un tanto sarcásticamente, y si no sarcásticamente, diciendo: "¿Cómo hemos de volver?" Por el contexto: "Yo no sé por qué nos llamas a volver si nosotros nunca nos hemos alejado. Todavía te traemos las ofrendas y los diezmos y lo que tú estás pidiendo." Con eso, el pueblo revela que no tenía la menor idea de qué tan lejos estaba, de qué tan endurecidos habían llegado a ser.

Y entonces Dios comienza como a traer, a retratrar sus acusaciones. Les queda una más, entre otras. Él trae una acusación: "¿Robará el hombre a Dios?" Parece como imposible. Sin embargo, Dios mismo responde: "Pues si eso parece imposible, yo creo que tú sepas que me estáis robando." El pueblo cuestiona a Dios, pero dice: "¿En qué te hemos robado?" Ellos tan perdidos, no importa lo que Dios dijera, no tienen idea. No importa la transgresión que Dios trajera a su conocimiento, ellos tan —como dirían en inglés— oblivious, ellos tan confundidos, ellos tan ciegos, ellos no lo ven, no lo sienten, no piensan que lo están padeciendo. Y Dios responde: "En los diezmos y en la ofrenda."

Entonces este es el patrón. Ahora hay una acusación, hay un cuestionamiento a Dios, Dios responde a su cuestionamiento, y ahora Dios anuncia la consecuencia que ha llegado hasta ellos como resultado de la transgresión a Dios. Es una nueva maldición: "Estáis malditos." Porque vosotros —esta frase es llamativa— la nación entera me estáis robando. Era un pecado generalizado, de mayor a menor. Probablemente había algunos, como vamos a ver más adelante, algunos fieles, pero en general era toda la nación. En el capítulo 1 y 2, la acusación primaria de Dios es contra los líderes del pueblo, contra los sacerdotes. Los sacerdotes han faltado a su responsabilidad, y al faltar a su responsabilidad de enseñar y modelar correctamente, ellos estaban enseñando al pueblo cosas que eran contrarias a la ley de Dios, y lo habían hecho de una forma tan continua que el pueblo ni siquiera tenía conciencia de sus transgresiones.

Ahora Dios hace algo insólito. Bajo este pacto que ellos tenían, y es que anunciaba la maldición, Dios desafía al pueblo y le dice: "Vamos a hacer algo, yo voy a condescender. Traed todo el diezmo al alfolí para que haya alimento en mi casa." Esa es la primera parte. El alfolí era el lugar del templo donde tú traías los diezmos y las ofrendas. Te recuerdo que la economía de Israel era básicamente agrícola, de manera que los diezmos eran de la agricultura, no era en dinero. Y Dios le dice: "Traed el diezmo al alfolí."

Y luego de eso, Dios hace algo igualmente insólito, y es que Dios reta al pueblo a que lo ponga a Él a prueba. Normalmente el profesor hace la prueba, hace el examen y lo pasa a los estudiantes. Dios le dice: "En mi misericordia y en mi fidelidad, ayudándote a entrar en razón, yo quiero hacer un intercambio contigo. Yo me voy a sentar en el lugar del estudiante, tú vas a ser el profesor, y yo te reto a que tú me pongas a prueba, para que tú puedas ver cómo yo paso la prueba, cuál sería mi grado, mi calificación en la prueba de este examen." La Nueva Traducción Viviente en esta porción usa dos frases; dice que Dios le dice al pueblo: "Inténtenlo, pónganme a mí a prueba."

En el pacto que Dios había establecido con Israel, básicamente estas eran las condiciones: si tú me obedeces, habrá abundancia en la tierra —pensando en la tierra prometida para un reino temporal—; si tú desobedeces, habrá escasez en la tierra. De manera que ahora lo que Dios está diciendo es: "Tu desobediencia a la única persona que ha perjudicado es a ustedes." De hecho, como Dios dice, la nación entera me está robando; de esa misma manera, Él dice la nación entera ha traído sobre sí una maldición, algo que estaba claramente establecido en el pacto y que ellos debieron haber conocido.

Entonces, este es el reto que Dios pone delante de ellos. Lo que Dios está haciendo es invitando al pueblo —increíble que Dios condescendiera a este nivel— invitando al pueblo a que pruebe su fidelidad. Este es el pacto: obedeces, yo te bendigo; ese es el pacto del Antiguo Testamento; desobedeces, tienes maldición. Ahora yo te digo: pon mi fidelidad a ese pacto a prueba, y esta es la manera como lo puedes hacer. Tú me traes lo que me debes.

Escucha lo que Dios dice, esto es lo que yo voy a hacer. Observa si yo lo voy a hacer o no. Versículo 11 y 12: "Por vosotros reprenderé al devorador para que no os destruya los frutos del suelo." Tú ves que es la tierra que está maldita. "Ni vuestra vid en el campo será estéril," dice el Señor de los ejércitos. "Yo voy a bendecir la tierra para que la tierra prospere y te dé los frutos, como habíamos acordado en el pacto."

Y la idea es la siguiente. Versículo 12: "Todas las naciones os llamarán bienaventurados, porque seréis una tierra de delicia." De una tierra donde mana leche y miel dejó de ser eso, dice el Señor de los ejércitos. La idea era que las naciones paganas llegaran a conocer al Dios de Israel por la manera como ellos podían ser bendecidos y disfrutar de abundancia en sus bendiciones del Dios Creador. Esas eran las condiciones del pacto anterior.

Ahora, escúchame: nosotros no estamos bajo ese pacto. Hay verdades a través de ese pacto que nosotros podemos extraer, aprender, aplicar y practicar, pero no estamos bajo ese pacto. De manera que nosotros necesitamos descubrir las verdades que están detrás de las cosas pasadas, que quizás no tienen la misma aplicación o la misma interpretación para el día de hoy. Sin embargo, no hay duda de que la obediencia trae bendición, que puede ser material o puede ser espiritual. Y de esa misma manera, la desobediencia trae consecuencias naturales. Eso es cierto.

Ahora, hay algo más que está detrás de esta idea de que la obediencia trae bendición. Cuando yo obedezco, Dios no me debe bendición. De forma que yo no puedo entender esta verdad detrás de un principio eterno de que la obediencia a Dios trae bendición como una obligación de parte de Dios a mi obediencia. No, porque la obediencia yo la debo, de manera que yo no estoy haciendo nada extraordinario cuando yo obedezco a Dios. Sin embargo, Dios se deleita en bendecirme como resultado de mi obediencia, como un padre se deleita en bendecir a sus hijos cuando los ve como buenos estudiantes, cuando los ve comportarse apropiadamente, cuando los ve honrar la familia en la que ellos viven. De esa misma forma, pero no es algo debido.

Miren a qué Dios le está llamando al pueblo: a cumplir con el pacto en el que ellos entraron con Él. Y la mejor manera —piénsenlo de esta forma— la mejor manera de yo permanecer fuera de la cárcel es obedeciendo la ley de la nación. La mejor manera de ellos permanecer fuera de esta maldición de la tierra que ha venido sobre ellos era obedeciendo la ley, pero eso era lo que ellos no habían hecho.

Ahora escuchen. Vamos a llegar a la aplicación de esto, no solamente para el día de hoy, sino cómo se ve esto desde la cruz. Esta porción del texto de Malaquías 3:10-12 ha sido usada, mal usada y abusada. Déjame comenzar por la última palabra: ha sido abusada de parte de los predicadores del evangelio de la prosperidad, que entienden como que nosotros estamos bajo el mismo pacto y condiciones de la nación de Israel, y entonces pretenden ver de convencer a muchos de que traigan al templo, a la iglesia, sus ofrendas en abundancia y más abundancia, y que Dios entonces los prosperará cada vez más y más y más, porque hay una obligación de parte de Dios conforme a estas condiciones de tener que bendecir en retorno, y de bendecir tal cual está aquí especificado en Malaquías, donde dice que Dios iba a traer hasta que sobreabunde. Esa no es la interpretación para la iglesia de hoy de este pacto bajo el cual estaba esa generación. Entonces, el abuso de este texto.

Ahora, el texto ha sido usado. Ha sido usado por algunos para tratar genuinamente de arraigar la enseñanza de cómo ofrendar en el día de hoy en este texto. Si nosotros queremos hablar de diezmos en el día de hoy, este no es el texto para arraigarlo, porque lo está arraigando en un texto que tiene una raíz —valga la redundancia— en un pacto anterior. Pero podemos ver otras cosas, como lo veremos a través de la cruz, para ver cómo luce verdaderamente el texto en el Nuevo Testamento. Pero este no es el texto para arraigar la enseñanza del diezmo en el día de hoy. Y otros han mal usado el texto justamente porque lo han mal entendido, no porque hay una intención expresa en sacar algo, obtener algún beneficio.

Pero déjame decir algo del diezmo en el Antiguo Testamento para que tú puedas ver dónde estaba el beneficio de ese diezmo. En primer lugar, que quede claro que Dios no necesitaba ni necesita hoy ninguna de nuestras ofrendas, ni económicas ni no económicas, de manera que Dios no tiene ningún beneficio en lo más mínimo. Había un diezmo en el Antiguo Testamento para sustentar a los levitas.

Ahora bien, los levitas tenían una función primordial en el pueblo. Los levitas enseñaban la palabra de Dios al pueblo y al mismo tiempo estaban encargados de ofrecer sacrificios a Dios para el perdón de los pecados del pueblo. Imagínate que de repente no hay cómo sustentar a los levitas, los levitas no están ahí, los levitas no están enseñando al pueblo, los levitas no están ofreciendo sacrificio. ¿Quiénes son los perjudicados en esa transacción? Ellos, no Dios.

En segundo lugar, había un diezmo que era dedicado para sostener el templo y todas las fiestas anuales que Dios había ordenado para el pueblo, durante las cuales el pueblo se reunía y comía y bebía. No estamos hablando de que se emborrachaba, pero comía y bebía. Esa es la razón por la que tú encuentras aquí en el texto claramente una alusión entre el diezmo y comida. Lo vamos a ver en un momento, pero antes de llegar ahí, déjame decir algo más.

Dios no está interesado en tu dinero, y en ese caso nosotros tampoco, si tu corazón y tu ofrenda no están en el mismo lugar. Dios no tiene interés en eso. En el día de ayer muy accidentalmente me encontré con una frase de Piper que decía algo como esto. Es una frase larga, entonces tengo que adaptarla, pero más o menos este es el contenido de la frase: ciertamente Dios ordenó los sacrificios del Antiguo Testamento, pero esas ofrendas, dice Piper, dejan de ser obediencia cuando estas sirven para cubrir nuestras rebeliones.

En otras palabras, si piensas en las ofrendas del Antiguo Testamento y en las de hoy, cuando yo las ofrezco, del tamaño que sean, del por ciento que sean, ciertamente corresponde a un acto de obediencia. Pero si junto con mi ofrenda mi corazón permanece en rebeldía contra lo que Dios ha ordenado, y mi corazón y mi ofrenda no están en sincronía, Dios dice: mejor no la traigas, ya eso dejó de ser obediencia, no estás obedeciendo. Porque eso es importante que lo recordemos, porque muchas veces nos sentimos tranquilos y justificados, calmados, porque hemos cumplido con eso. Pero lo cierto es que eso no es como Dios piensa.

Entonces, estamos entendiendo algunas cosas acerca del principio de ofrendar, de diezmar, de quiénes eran los beneficiados. Escucha lo que Dios dice en Malaquías 3. Decía que había un diezmo que era dedicado para la manutención y la atención del templo, y para que hubiera comida y bebida para la celebración y las acciones de gracias dadas a lo largo de todo el año a Dios. Por eso es que Malaquías 3 dice: "Traed todo el diezmo al alfolí para que haya alimento en mi casa."

Vamos a suponer que de repente el pueblo no estaba cumpliendo el pacto. ¿Quiénes iban a ser los perjudicados? Ellos, porque no habría alimento para las celebraciones ordenadas por Dios. Entonces iban a estar desobedeciendo el pacto una vez más, pero peor aún, no iban a poder celebrar y regocijarse y dar gracias a Dios como lo hicieron tantas veces, por tantos años, porque había una carencia en el templo.

Finalmente, había un diezmo que era traído cada tres años para los necesitados. Asumamos por un momento que la nación, como Dios dice aquí, no está aportando el diezmo para los necesitados. ¿Quiénes serían los perjudicados? Al final del camino iban a salir perjudicados los levitas, sus familiares, quienes van a adorar, toda la nación, porque no iban a tener a los levitas sirviendo, no iban a tener la tierra devolviéndoles, no iban a tener la comida para sus celebraciones y tampoco iban a tener cómo sustentar al necesitado.

Tú puedes ver que la idea de Dios al organizar y disciplinar al pueblo para ofrendar era para beneficiar al pueblo. Dios no ordenó ni necesitó el diezmo para cubrir una necesidad que Él tuviera, en lo más mínimo, sino como una prueba del corazón de su pueblo. Lo que el diezmo probaba era cuánto estaba el pueblo dispuesto a confiar en Dios y su fidelidad para dar con libertad, creyendo que al final de la historia Dios terminaría supliendo todas sus necesidades. La infidelidad con el diezmo puso de manifiesto su incredulidad en la fidelidad de Dios.

Lo que sí queda claro son dos cosas. Número uno, Dios no necesita tu diezmo o el mío. Número dos, yo creo que también queda claro que tampoco quiere mi ofrenda si mi corazón permanece en rebeldía contra Él o no está donde mi ofrenda está.

Y eso no es nuevo. Esto es tan viejo como Génesis 4. Caín y Abel vinieron a ofrendar. Ambos trajeron algo. Uno trajo del campo, de la agricultura. Está bien, ese no fue el problema como se ha dicho tantas veces. No fue el problema. Dios mismo, en la ley de Moisés, estableció ofrendas agriculturales, la mayoría. Y Abel trajo una ofrenda de los primogénitos de sus ganados. Hay una ofrenda que es recibida, la de Abel, porque su corazón y su ofrenda estaban en el mismo lugar. Hay una ofrenda traída al Dios, al único Dios, que es rechazada, la de Caín, porque su corazón no estaba donde la ofrenda estuvo.

Malaquías revela claramente que el problema del pueblo no fue su infidelidad financiera, sino su pobreza espiritual. Te lo menciono otra vez. El libro de Malaquías claramente revela que Dios no tuvo un problema con su infidelidad financiera, aunque ahí se reveló. Su problema fue su pobreza espiritual. El pueblo se sentía inseguro de si iba a tener provisión suficiente, o quizás no solo inseguro, quizá el pueblo sentía que no era justo que si mi campo había producido mucho más que aquel otro, yo tuviera que traer más frutos que el otro, porque al final el diez por ciento de cada uno iba a ser mayor en mi caso que en el caso del otro.

Lo cierto es que ellos habían sido infieles. Y como dice el refrán, y esto es verdad de ti y de mí, hermano. Yo creo que algo que a mí me ha ayudado en mi vida cristiana es cuando yo pienso en la condición humana, nunca excluirme de las circunstancias en las que la generación o la raza humana se encuentra, porque como dice el adagio en inglés, la fruta no se cae muy lejos del árbol. Y nosotros todos venimos del mismo árbol de Adán y de Eva, que cayeron y heredaron una naturaleza pecadora.

Esta es la realidad. El corazón juzga conforme a su condición, el tuyo y el mío. Y la inclinación natural del corazón del ser humano es de juzgar a Dios como el corazón del hombre es, y de juzgar a los demás conforme al corazón de ese hombre o de esa mujer. Es la tendencia natural. De hecho, Dios dice en uno de los Salmos: "Tú pensaste que yo era tal como tú." Claro, porque esa es nuestra tendencia.

Y como ellos habían sido infieles, ellos tenían la preocupación: ¿y si este Dios a última hora se arrepiente y resulta que es infiel a su pacto? Es verdad que Él juró desbordarse en bendición si nosotros cumplíamos con este pacto, pero nosotros no lo hemos hecho y quizás Él no termine haciéndolo tampoco.

Ahora déjame decirte algo. Claramente, es cierto que el Nuevo Testamento no habla de dar un diez por ciento. ¿De qué habla el Nuevo Testamento? Porque ahí es donde nosotros vamos a comenzar a ver todo esto a la luz de la cruz. Hay un principio de generosidad en el Nuevo Testamento que es, en inglés diría, mind-blowing, es como que va mucho más allá de tu pensamiento.

Déjame decirte algunas cosas que el Nuevo Testamento nos enseña. El Nuevo Testamento nos llama a dar proporcionalmente. ¿Qué implica eso? Que probablemente bajo un nuevo pacto, mejores condiciones, mejor mediador, con mejores promesas y mejores bendiciones, el diez por ciento más que ser un techo debiera ser un piso. Vamos a seguir viendo, antes de concluir, a ver si es cierto todo esto que el Nuevo Testamento trata de ayudarnos a entender.

El Nuevo Testamento nos llama a dar voluntariamente y no por obligación. En otras palabras, yo creo que esto es importante. Si yo voy a traer la ofrenda, el tres por ciento, el cinco, el ocho, el nueve, el diez, el quince, no importa. No estamos hablando en el día de hoy de un problema con un por ciento, estamos hablando de una condición del corazón. Si yo voy a traer a darle algo a Dios, en la cantidad que sea, y lo voy a hacer por obligación, por favor, quédese con él. Porque el dar tiene que ser voluntario, porque la ofrenda y el corazón necesitan estar en el mismo lugar.

En el Nuevo Testamento hay un principio de dar generosamente, y a eso es que Pablo le llama lo que Dios llama el dador alegre. El dador alegre es alguien que no solamente se alegra al dar, sino que mientras más da, más se alegra. Literalmente es lo que significa la frase. El dador alegre no es alguien que dio un dólar o un peso y se alegró, es alguien que mientras más tiene para dar, más se alegra dando.

El Nuevo Testamento revela que la carencia de recursos no constituye una excusa para no dar, y eso lo vemos cuando Pablo dice que las iglesias de Macedonia le rogaron a Pablo. Pablo les dijo: no, no quiero que me den nada para la ofrenda que tengo que llevar para la iglesia de Jerusalén. Y ellos le rogaron a Pablo que les permitiera participar en el privilegio de dar. Y el texto de Pablo dice a los corintios que ellos dieron de su profunda pobreza y mucho más allá de sus capacidades. Esos eran dadores alegres, era gente que había entendido cosas que yo quiero que terminemos entendiendo a la luz del Nuevo Testamento.

Entonces, para hacer el ejercicio ahora, asumamos que tú y yo nos comprometimos. Independientemente de que tú lo creas o no, pero asumamos para hacer el ejercicio que tú crees que verdaderamente debes dar el diez por ciento de tus ingresos. Dios te invita a traer tu diezmo al alfolí, que es una forma de decir: tráelo al templo. Vamos a verlo ahora a la luz del Nuevo Testamento. Dios Padre no ofrendó el diez por ciento de los cielos a los suyos.

Dios Padre tomó todo lo que Él era y es, en la segunda persona de la Trinidad, lo encarnó, lo ofreció a un madero en un instrumento de maldición y de vergüenza. Y cuando lo ofreció, no lo ofreció para el perdón del 10% de tus pecados, ni te ofreció a ti ni a mí el 10% de los cielos, de los reinos de Cristo, sino que me hizo coheredero con Cristo, de manera que lo que Cristo reciba, yo recibo. Dios ofrendó todo lo que Él es en la persona de su Hijo y todo lo que Él posee en la persona de su Hijo cuando me ofreció todo su reino y toda su herencia y me llamó coheredero con Dios.

Mi problema no es un problema financiero. Yo tenía una deuda moral que no podía pagar. Y el Hijo, dada mi bancarrota moral y espiritual, vino y se ofreció por completo. No cumplió la ley de Dios en un 10%, Él no me dio un 10% de su esfuerzo, un 10% de su vida. Tu problema y el mío no es un 10% material, hermanos, que nosotros le pagamos y que ya no le debemos a Dios. Es una deuda moral e infinita que yo no tengo forma de pagar. Esa es la deuda que requirió que toda la persona de su Hijo fuera ofrendada por el Padre, y en este caso toda la vida del Hijo fuera ofrendada por Él mismo a favor de mis pecados. La ofrenda de Cristo es la que pone fin a todas mis malas nuevas.

Con ese entendimiento, el Nuevo Testamento no hace mención del 10%. Es verdad, si eso es algo que tú quieres enseñar, tú lo puedes decir, pero si vas a enseñar todo el resto, porque el llamado del Nuevo Testamento es hacer lo que Dios hizo. ¿Qué cosa? Ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable y agradable a nuestro Dios. Toda tu vida, todo lo que eres, todo lo que posees: ofrecer eso como mi Hijo lo hizo, en sacrificio agradable a tu Dios.

Piensa por un momento: si nos pesa dar una parte de nuestros recursos, pensemos que Dios no nos ha dado solamente lo mejor de sí, su propio Hijo, sino que nos dio al mismo tiempo la coherencia con Él, que lo que Cristo reciba yo recibiré. En la era de hoy en día nuestro problema no es si fallamos en darle a Dios el 10%, ese no es el problema, ese no es tu pecado ni el mío. Pero así es decir, donde el pueblo falla es en ofrendar toda su vida a Dios hasta el extremo como Cristo lo hizo, y hacer lo que Cristo también hizo: que al ofrendar su vida ofrendó también todo el reino para compartirlo conmigo. Eso es lo que nosotros tenemos dificultad en hacer, y eso es cómo yo puedo ver todo a la luz de la cruz.

Dios no nos está diciendo como en el Antiguo Testamento: "Si tú me das, yo te voy a dar en demasía." No, eso no es. ¿Saben por qué no lo puede hacer así? No solamente porque yo estoy bajo otro pacto distinto pero más magnánimo, pero al mismo tiempo Dios no lo puede hacer así porque ya nos dio todo lo que Él tenía que dar: a su Hijo y sus promesas de todo el reino de los cielos. Entonces Él no puede prometerme ahora que yo le dé para Él darme más, porque ya lo dio todo. Dios se fue adelante, lo entregó todo, y luego dice: "Ofréceme tu vida, eso es lo que yo quiero. Ofréceme tu corazón. Yo no necesito nada material, mi reino no es de este mundo, no hago nada con recursos de este mundo. Yo quiero tu corazón." Y nos dejó a su Hijo como muestra.

Si Dios viniera a traer alguna acusación contra nosotros hoy en día, no creo en lo más mínimo que le haría referencia a Malaquías 3 para hablarnos de infidelidad financiera. Yo creo que Dios pudiera decirnos fácilmente lo siguiente: "Tú no me estás dando proporcionalmente" —lo cual sí es un principio del Antiguo Testamento— "porque yo te he dado a mi Hijo, todo su reino y todas sus bendiciones, y hoy tú tienes dificultad en devolverme una pequeña parte de lo que ni siquiera es tuyo, porque todo es mío, porque ¿qué tienes que no lo hayas recibido?" Yo creo que ese sería el cuestionamiento de nuestro Dios. No, Malaquías 3 se queda muy por debajo de la pregunta que Dios tiene que hacernos hoy día.

Yo sí creo que para el principio de proporcionalidad Dios diría: "No me estás dando proporcionalmente, porque ya yo me fui adelante, te lo di todo, te prometí todo, te entregué la herencia de mi Hijo, y yo no veo una proporción." No lo mismo, porque yo no tengo reino, no puedo prometer porque yo no puedo hacer promesas. No, una proporción. ¿Y cuál sería la proporción? Tú me entregas tu vida con todo lo que tú eres y tienes, que al final del camino tampoco es tuyo, eso es mío. Yo terminé tu deuda, yo cancelé tu deuda, yo terminé, yo cancelé tus pecados, yo te traje de la muerte a la vida. Tú ni siquiera podías disfrutar la promesa hasta que yo no te diera vida. Yo he hecho todo eso.

Ahora, yo creo que eso nos permite ver mejor la ofrenda del Padre, la ofrenda del Hijo, para interpretar el principio de ofrendar a Dios en el Nuevo Testamento.

Versículo 13. Ya llegamos hasta ahí. "Vuestras palabras han sido duras contra mí," dice el Señor. O sea, Dios está diciendo: "Si ustedes supieran lo difícil que es, aun para un Dios benevolente, escucharlos hablar y discutir conmigo." Duras han sido estas palabras. Y el pueblo responde: "¿En qué hemos hablado contra ti?" O sea, "todo esto que nosotros hemos dicho, que hemos comentado, yo no sé por qué usted dice que es en su contra, es la verdad."

Y Dios dice: "Ustedes han llegado a decir que es en vano, que es vano servir a Dios. Ustedes han llegado a preguntar: ¿Qué provecho hay en que guardemos sus ordenanzas y andemos de duelo delante del Señor de los ejércitos?" Escucha lo que el pueblo dice: "Como no hay ningún beneficio en andar en los estatutos y ordenanzas del Señor."

Versículo 15: "Por eso ahora nosotros, el pueblo, llamamos bienaventurados a los soberbios, porque ellos no solo prosperan, no solamente prosperan los que hacen el mal, sino que también ponen a prueba a Dios y escapan impunes."

Dios dice: "Ustedes han pronunciado duras palabras contra mí." Y es como si le fueran a decir: "Yo no he dicho nada, déjame decirte ahora: ¿en qué provecho seguirte? ¿En qué provecho ha sido el ser obediente? Porque la realidad es que los desobedientes prosperan. Por eso nosotros estamos pensando, al final del camino, los bendecidos, los bienaventurados, son los soberbios, los rebeldes." ¿Y por qué dicen eso? "Porque yo me fijo que ellos desobedecen, te desobedecen a ti y pasan como impunes, escapan impunes."

Escucha el texto de la Nueva Traducción Viviente: "Ustedes han dicho cosas terribles acerca de mí," dice el Señor. "Sin embargo ustedes preguntan: '¿Qué quieres decir? ¿Qué hemos dicho contra ti?' Ustedes han dicho: '¿De qué vale servir a Dios? ¿Qué hemos ganado con obedecer sus mandamientos o demostrarle al Señor de los ejércitos celestiales que nos sentimos apenados por nuestros pecados? ¿Qué vale todo eso?'" O sea, ¿de qué vale el arrepentimiento? "De ahora en adelante llamaremos benditos a los arrogantes, pues los que hacen maldad se enriquecen, y los que desafían a Dios a que los castiguen no sufren ningún daño."

Hasta el final del libro de Malaquías el pueblo está porfiando contra Dios. Yo creo que es la palabra correcta: porfiar. Mira una definición que encontré de porfiar: discutir de manera obstinada, manteniéndose excesivamente firme en una opinión. Ellos hicieron ambas cosas: discutieron de una forma firme, en una opinión permanecieron ahí, y discutieron de manera obstinada. Muchas veces personas seculares o paganas, comoquiera que queramos llamarles, no hablan así contra Dios. Pero este pueblo, o por lo menos esta parte del pueblo, sí habló de esa manera.

Pero aquí en la historia, como en toda la historia de lo que es el pueblo de Dios, siempre ha habido dos grupos. Y ahora el segundo grupo, del cual como que no hemos oído, sale a relucir en el versículo 16. Escucha, versículos 16 y 17: "Entonces los que temían al Señor se hablaron unos a otros." Hubo un grupo que temía al Señor, que escuchó toda esta respuesta que le estaban dando a Dios, y ellos se reunieron entre sí. "Y el Señor prestó atención y escuchó, y fue escrito delante de Él un libro memorial para los que temen al Señor y para los que estiman su nombre." Versículo 17: "Y ellos serán míos," dice el Señor de los ejércitos, "el día en que yo prepare mi tesoro especial, y los perdonaré como un hombre perdona al hijo que le sirve."

En medio de la mayoría rebelde había una minoría obediente que temía al Señor. Esa minoría se sintió acongojada, se reunió, hablaron entre ellos. Es como si ellos se reunieron para discutir estas respuestas desafiantes y no podían creerlo. Y Dios, dice el texto, prestó atención y les escuchó, les prestó atención y les escuchó. Y Dios dice, o el texto dice, que entonces, simbólicamente hablando, se abrió un libro memorial delante de Dios. Es un simbolismo, y ahí se escribieron los nombres de aquellos que temían y honraban al Señor.

Ese es un libro similar, ese libro memorial es un libro similar al libro de la vida de que hablan múltiples pasajes en las Escrituras. El libro de la vida es mencionado en el Salmo 69:28, es mencionado en Filipenses 4:3, es mencionado en Apocalipsis 3:5, en 13:8, 17:8, 20:15, 21:27, 22:19, y en 21:27 se le llama el libro de la vida del Cordero. Exactamente, ese es el nombre propicio, porque fue la sangre del Cordero que permitió que estos nombres, aun en el tiempo de Malaquías y en el tiempo de hoy, se escribieran en el libro memorial. La tinta, por así decirlo —vamos a seguir hablando simbólicamente—, la tinta usada para escribir estos nombres fue la sangre del Cordero de Dios, y la pluma fuente que se usó para escribir estos nombres fue la vida del Hijo de Dios, de manera que correctamente Juan escribe en Apocalipsis 21:27 que este es el libro de la vida del Cordero.

Cristo es la ofrenda que puso fin, como ya dijimos, a mis pecados y puso fin al triunfo de la muerte sobre mi vida, que puso fin a todos mis problemas. Y mientras nosotros desobedecemos o desobedecimos, mientras el pueblo ayer y el pueblo sobre el cual simbólicamente escribo nombre hoy hemos desobedecido la ley en su totalidad, Jesús obedeció a cabalidad la misma ley para cumplirla en mi lugar. ¿Tú estás escuchando? Yo soy el beneficiado, Él es el ofrendado.

Mientras nosotros seguimos discutiendo si debemos o no pagar el diezmo, o dar el diez por ciento, el diez por ciento no en el Nuevo Testamento, el Padre ofrendó a su Hijo unigénito. Y la ofrenda del Padre hizo posible un nuevo pacto para tener que borrar ese porcentaje, por así decirlo, para que yo pudiera disfrutar no solamente el diez por ciento del reino ni el diez por ciento de su perdón, sino el cien por ciento del reino y de sus bendiciones.

Mientras en el pueblo de ayer y en el pueblo de hoy hay un grupo que se rebela y no honra su nombre, y por tanto ponen de manifiesto que no forman parte verdaderamente del pueblo de Dios, hay otro grupo al cual alude el versículo 16 y 17. Elegidos por Dios, que temen al Señor, que han sido comprados a precio de sangre, que son llamados. Dios dice: "Ellos serán mis elegidos". La NTV, la Nueva Traducción Viviente, dice: "Serán el pueblo de Dios".

De manera que al menos, si tú eres un hijo de Dios, comprado a precio de sangre, elegido de toda la eternidad, tú temes a Dios, tú honras su nombre. Y tú miras alrededor, como pasaban los días de Malaquías, y tú ves gente desobedeciendo, y tú ves gente deshonrando el nombre de Dios, y tú ves gente predicando evangelio de la prosperidad, y tú ves gente siendo infieles que parecen prosperar, y tú ves gente que verdaderamente la honra del nombre de Dios no es una preocupación para ellos, pero tú los ves prosperar, parecen ser bendecidos. Yo quiero decirte: no te desanimes, porque esa no es la historia final ni las cosas son tan simples como parecen. Las cosas son mucho más complicadas que lo que tú puedas imaginar.

Para ir concluyendo, déjame irme atrás, bien atrás, y regresar otra vez. En la antigüedad, y sobre todo en el Medio Oriente, en esa cultura, los pactos internacionales eran comunes. Israel llegó a firmar pactos con Egipto, con Asiria, con diferentes naciones. Usualmente la nación mayor entraba en un pacto con una nación menor. Si esa nación menor no cumplía sus obligaciones, esta nación mayor los reprimía para obligarlos a cumplir. Si ellos aún no cumplían, usualmente la nación mayor venía, los invadía y se los llevaba al exilio como esclavos.

Israel está en un pacto con Dios. Israel, al violar el pacto claramente especificado por Dios, al violar el pacto fue llevado al exilio. Dios lo permitió. Ahora escucha lo que no existía en ningún pacto de la antigüedad excepto en el pacto de Dios: si tú como nación que entraba a un pacto incumplías, la nación mayor, después de reprimirte y eventualmente llevarte como esclavos, no había cláusula de restauración y de perdón en ningún pacto de la antigüedad.

Dios viene, hace un pacto con su pueblo, a sabiendas de que lo iban a violar, transgredir. Y Dios, de manera única en toda la historia, establece un pacto donde hay cláusulas de perdón y restauración después de haber sido infiel generacionalmente. Y Dios dice ahora en Malaquías 3:17: "Ellos eran míos, ellos eran mi pueblo". Y agrega: "Ellos eran mi tesoro especial". Escucha una parte de la cláusula de perdón que no existía en ningún pacto: "Y los perdonaré como un hombre perdona al hijo que le sirve".

El versículo 18 dice: "Entonces volveréis a distinguir entre el justo y el impío". Ahora quedará claro que no es verdad que el justo y el impío son tratados indistintamente, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.

Ahora, yo necesito cerrar, pero escúchame porque esto es importante. Yo te dije que me iba a ir atrás. Me voy a ir tan atrás como al Pentateuco para que tú puedas ver claramente cómo el Pentateuco estaba apuntando a Cristo ya. En el capítulo 30 de Deuteronomio, si tú lees los primeros cinco versículos, hay una serie de bendiciones y maldiciones que corresponden a la obediencia o desobediencia del pacto. Cuando tú llegas al versículo 6 de Deuteronomio 30, escucha lo que Dios dice. Además, piensa en toda esta infidelidad del pueblo judío por generaciones. Dios se adelanta pensando en esta cláusula de perdón y de restauración que no existía en ningún otro pacto y dice en Deuteronomio 30:6: "Además, el Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas".

¿Tú sabes lo que significa circuncidar tu corazón? Tomar el corazón de piedra y convertirlo en uno de carne. Eso solamente fue posible cuando Cristo se ofrendó en la cruz y derramó su propia sangre. Dios está diciendo en Deuteronomio: "Este es el pacto, yo sé que ustedes van a desobedecer, pero yo tengo una planificación futura de algo que va a cambiar la obediencia del pueblo, porque va a venir mi Hijo y va a cumplir la ley en tu lugar. Aunque tú no podrás tener obediencia perfecta como Él, yo voy a poner el Espíritu mío dentro de ti, circuncidando tu corazón, convirtiéndolo hasta el punto que tú puedas llegar en algún momento, que quizás todavía es futuro, en ese sentido puedas amarme con toda tu mente y con todo tu corazón, para que puedas vivir por el resto de la eternidad".

En el pacto antiguo ya estaba la cláusula de perdón y restauración que estaba viendo hacia el final: la ofrenda del Hijo que terminaría, que pondría fin a todas nuestras angustias y sufrimientos, insatisfacciones y tristezas, y pérdidas y lágrimas, y decepciones y derrotas, y heridas y caídas. Cristo es el fin de todo eso, pero no antes de su ofrenda.

Hermano, ahora mismo, y sobre todo en medio de la pandemia en la que nosotros nos encontramos, las cosas lucen oscuras, pero la noche acabará. Su satisfacción se cumplirá, su promesa sigue en pie. Él siempre ha sido fiel, por eso confiado andaré. Hermano, confía en el Dios que movió montañas y mueve montañas. Confía en el Dios que abrió el mar en el desierto, que ofrendó a su Hijo obediente para perdonar al desobediente. Confía en ese Dios. Él siempre ha sido fiel, Él siempre te será fiel. Dios lo fue en el pasado y lo hará otra vez. Su promesa sigue en pie, la noche terminará.

Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos todos juntos en un mismo lugar. Oramos para que pronto podamos volver a hacerlo. Y mientras, recordemos que dondequiera que estemos seguimos siendo la satisfacción de Jesucristo. Mantengámonos vigilantes en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo. Recuerda que, aunque nuestras actividades y ministerios permanecen suspendidos, puedes acceder a nuestros sermones, estudios bíblicos, música, artículos de interés y demás recursos audiovisuales a través de nuestros portales web: laibv.org e integridadysabiduria.org.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.