Desde Adán hasta Cristo reinó la muerte. Generación tras generación, el patrón se repetía: vivió tantos años y murió. Ninguno resucitó. Pero aquel domingo, hace dos mil años, algo nuevo ocurrió en la historia de la redención. El día que Cristo murió, el pecado fue derrotado; el día que resucitó, la muerte fue vencida. Si el infierno danzó cuando el cordero fue clavado en la cruz, enmudeció cuando la tumba quedó vacía.
En Apocalipsis 5, el apóstol Juan contempla una escena en el trono celestial. Alguien sostiene un rollo sellado con siete sellos, y un ángel pregunta a gran voz quién es digno de abrirlo. Nadie en el cielo, en la tierra ni debajo de ella puede hacerlo. Juan llora profusamente porque, según la costumbre hebrea, ese rollo probablemente representaba el título de propiedad de la tierra, temporalmente bajo el dominio de las tinieblas. Si nadie podía abrirlo, la creación permanecería bajo maldición para siempre. Pero entonces uno de los ancianos interrumpe: el León de la tribu de Judá ha vencido. Y Juan ve un cordero de pie, como inmolado, que toma el rollo de la mano del Padre. Toda la creación estalla en adoración: millares de millares proclaman que el cordero es digno de recibir poder, riquezas, sabiduría, fortaleza, honor, gloria y alabanza.
El Cristo resucitado ha reclamado su derecho sobre toda la creación. Lo que Satanás ofreció ilegítimamente en el desierto, el Padre lo ha entregado legítimamente al Hijo. Por eso hoy es día de gozo y celebración, pero también de testimonio.
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Hoy hacemos una pausa para meditar sobre el Cristo resucitado. Hace tres semanas, cuando estábamos en el centro de la serie en la primera epístola a los Tesalonicenses, meditamos acerca de la resurrección. Como tuvimos eso tan cerca, tan en la memoria, pensé que sería bueno en el día de hoy poder meditar un poco acerca del Cristo resucitado.
Hace dos mil años atrás, un poco más o menos, en un fin de semana como este, Jesús fue clavado en un madero. Y allí murió, murió como oveja sin mancha, sin pecado. Logró llegar hasta allí sin nunca haber violado la ley de Dios, y cuando terminó la misión encomendada por el Padre, dijo: "Consumado es", inclinó su cabeza y entregó su espíritu. Ese día el pecado fue derrotado. La paga del pecado es muerte. Adán había pecado, los hijos de Adán, habiendo sido representados por Adán como cabeza de la raza, sufrirían también la muerte. Y Jesús entonces murió por aquellos que el Padre había elegido desde antes de la fundación del mundo, murió como un cordero sin mancha por cada uno de ellos, y el día entonces que él murió, como dijimos, el pecado fue derrotado. Un viernes, veinte siglos atrás.
Viernes en la noche, sábado, primeras horas del domingo, la tristeza reinó en el corazón de los discípulos. Cristo les había anunciado que resucitaría. Ellos no lo habían creído. Y la pregunta seguro en su mente era si la suerte de este Mesías sería la suerte de todos los demás que habían muerto hasta ese entonces.
Y no sé cuántos de nosotros nos hemos detenido a meditar un poco en la historia de la redención a partir de la caída de Adán. Dios creó a Adán y Eva con el potencial de vivir eternamente. Y Adán pecó, y yo conversaba con mi esposa esta semana y le decía: "Me imagino el dolor de Adán". No simplemente cuando fue expulsado del Edén, sino cuando vio a uno de sus hijos matar al otro, conociendo que era la consecuencia de su transgresión.
Desde Adán hasta Jesús reinó la muerte. Cuando tú lees en el capítulo 5 del libro de Génesis, comienza refiriéndose a Adán y dice que Adán vivió 930 años y murió. Adán tuvo un hijo, y tuvo otro hijo de nombre Set. Y Set vivió 912 años y murió. Se levantó otra generación representada por Enós. Set vivió 815 años después que engendró a Cainán, y el total de días de Enós fue de 905 años, y murió. Cainán vivió 70 años y engendró a Mahalaleel, y el total de los días de Cainán fueron de 910 años, y murió. Mahalaleel vivió 65 años y engendró a Jared. Mahalaleel vivió 830 años, y el total de sus días fueron 895 años, y murió. Y después Jared, 962 años, y murió. La muerte, la muerte, la muerte, la muerte, la muerte. Ninguno de ellos resucitó. Y desde ahí hasta Jesús reinó la muerte.
El día que Cristo resucitó algo nuevo estaba ocurriendo, algo nunca visto, algo que podía traer esperanza, algo que realmente de hecho trajo esperanza. Es mucho lo que puede cambiar. De hecho, el mundo cambió. Jesús murió un viernes, resucitó un domingo. El día que él murió, yo creo que el infierno danzó; el Cordero enmudeció en la cruz al morir. Pero el día que él resucitó, yo creo que el infierno enmudeció y los cielos gritaron: "¡Aleluya!"
El día de hoy, si Cristo no hubiese resucitado, nosotros todavía estuviéramos en nuestros pecados, nuestra fe sería vana y seríamos de todos los hombres los más dignos de lástima, decía el apóstol Pablo a los corintios en su primera carta, capítulo 15. Pero Cristo resucitó y, por tanto, poderosa es nuestra fe, cierta es nuestra esperanza, perdonado es nuestro pecado y temporal es nuestra muerte. Nosotros vivimos con esperanza. No tienes que esperar entrar a los cielos para celebrar. Este es un día de celebración, es un día de júbilo. Él lo anunció, él lo probó. Él anunció mi resurrección, él probará la mía también.
Hoy es el punto cumbre, si pudiéramos decir, del calendario cristiano. Por eso decía este pastor bautista de nombre John Albert Broadus, al final de los años 1800, que la resurrección fue el sello del Soberano del universo colocado sobre su afirmación. La resurrección lo declaró ser todo lo que alguna vez había profesado ser, y así estableció la verdad de todas sus enseñanzas y la verdad de toda la doctrina cristiana. El gran hecho de que Jesucristo resucitó de entre los muertos es el hecho central de la evidencia del cristianismo. Sobre la resurrección descansa la iglesia. La iglesia primitiva creció y se expandió bajo la predicación de la resurrección de Cristo. La predicación de un Cristo muerto no hubiese ido más allá de algunos días después de su muerte.
Y hablábamos entonces hace tres domingos de cómo su resurrección anticipa la mía, y cómo aquellos que han muerto en Cristo realmente resucitarán primero. Nosotros no les precederemos y nos juntaremos con el Señor en las nubes. ¿Recuerdan cuando hablamos de eso?
Entonces, en vista de que ese tema estaba tan reciente en nuestras memorias, yo quise elegir un texto del libro de Apocalipsis, capítulo 5, que nos permita reflexionar un poco acerca del Cristo resucitado, para nosotros entender cómo al día de hoy debiéramos pensar en él y responder a él cuando estemos considerando a aquel que murió en la cruz por nuestros pecados. Recuerda, la cruz de nosotros no tiene un Cristo colgando porque no está allí. Él vive y reina hoy por los siglos de los siglos a la derecha del Padre.
Con eso en mente, entonces, yo quiero que leamos del capítulo 5 del libro de Apocalipsis comenzando en el versículo 1. El apóstol Juan está en el exilio. Él está teniendo una visión. Él estaba en el espíritu en el día del Señor; evidentemente era un domingo. No sabemos si era un domingo de resurrección, pero era un domingo, un buen día para estar teniendo una visión de este tipo. Juan estaba en la isla de Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo, dice él en el capítulo 1. A causa de ser un buen testigo, un testigo fiel de la fe cristiana, fue enviado al exilio, y él tiene una visión de cosas que van a ocurrir, algunas ya pasadas para nosotros y otras que son todavía futuras para nosotros. Pero en medio de todo eso, en ese libro que es apocalíptico y mucho de ello tenía que ver con visión, él vio lo que estaba ocurriendo en el trono, y lo describe en el capítulo 4 y parte del capítulo 5.
Del capítulo 5 estamos leyendo, comenzando en el versículo 1: "Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y de desatar sus sellos? Y nadie en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podía abrir el libro ni mirar su contenido. Yo lloraba mucho porque nadie había sido hallado digno de abrir el libro ni de mirar su contenido. Entonces uno de los ancianos me dijo: No llores; mira, el León de la tribu de Judá, la satisfaz de David, ha vencido para abrir el libro y sus siete sellos. Miré, y vi entre el trono con los cuatro seres vivientes y los ancianos, a un Cordero de pie, como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Y vino y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra. Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres vivientes y de los ancianos, y el número de ellos era miríadas de miríadas y millares de millares, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado digno es de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza. Y a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Y los cuatro seres vivientes decían: Amén. Y los ancianos se postraron y adoraron."
Gracias, Señor, porque hoy celebramos a aquel a quien Juan vio en el trono junto a ti, Padre, y ante quien se postraban y cantaban toda la creación, reconociendo su dignidad, su poder, su grandeza, su majestad. Nosotros no necesariamente respondemos todos los días de la misma manera, pero ayúdanos, oh Dios. En un domingo de resurrección, ayuda a tu siervo a poder meditar y reflexionar en voz alta con tu pueblo acerca de este que está de pie en el trono y ante quien adoran todas las criaturas del universo. Gracias porque él conquistó la muerte. Gracias porque él silenció los poderes de las tinieblas. Gracias porque él derrotó el pecado, y gracias porque en él estamos hoy con esperanza, justamente por lo que él hizo por nosotros. Y su pueblo dice: Amén.
Como les mencioné, el apóstol Juan estaba en el exilio debido a la persecución, había sido enviado a Patmos. Estaba ahí en esa isla, y un día él tuvo una visitación de parte del Señor, de su Cristo, una visitación que él no estaba esperando, donde se le dieron a conocer cosas futuras y complejas de entender, sobre todo aquello que estaba a partir del capítulo 6 de Apocalipsis. Pero entre otras cosas, y antes de llegar a ese punto, él recibió una visión acerca de la adoración en el trono.
¿Dónde aparece el Cristo resucitado haciendo algunas cosas, reclamando algunas cosas, y aparecen seres angelicales respondiendo y haciendo otras cosas ante la presencia del Cordero? Apocalipsis 1:10 nos dice que Juan estaba en el espíritu en el día del Señor, como ya yo mencioné. Y cuando él recibe la visitación de este Cristo resucitado, a que él no estaba acostumbrado... Juan había caminado con él, había comido con él, había escuchado sus predicaciones, sus enseñanzas, había arremangado con él, pero él no había nunca visto al Cristo exaltado de la gloria que le estaba visitando. Y él dice que cuando él lo vio, él cayó como muerto al piso, y que Jesús le puso las manos y él dijo: "No temas, yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto, y aquí estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades."
No temas, yo controlo quién vive y quién muere. Yo controlo dónde va cada quien que muere, yo tengo las llaves de la vida y del Hades. Y yo tengo cosas que decir. Yo tengo cosas que decirte en primer lugar acerca de algunas iglesias presentes de aquella época en Asia Menor. Yo tengo algunas cosas que decirte de cosas muy futuras todavía.
Pero en medio de esa visión, Dios abre los ojos de Juan, le permite ver primero en el capítulo 4 de Apocalipsis, y se nos describe la adoración a aquel que está sentado en el trono, y donde el Cordero no está todavía. Y el que está sentado en el trono es descrito como aquel que era, que es y el que ha de venir. Y en el próximo capítulo, el Cordero es descrito como el que vive y había estado muerto. Perdón, el capítulo 1 de Apocalipsis: él es descrito como aquel que vive y había estado muerto, y como el primero y el último.
Pero en el texto que yo leí aparece alguien sentado en el trono, cuya apariencia no es descrita, pero él tiene un libro o un rollo en la mano derecha, dependiendo de la traducción que tú tengas. Aparece ese libro o rollo con siete sellos. Cuando yo... un ángel poderoso, un ángel haciendo una pregunta, una pregunta que penetró toda la creación. Una pregunta que debía haber penetrado en la visión el cielo, la tierra y aun el área de aquellos que habían muerto, porque en toda la creación no se encontró quien pudiera responder dicha pregunta. Y cuando Juan se percata de las implicaciones de esta pregunta que el ángel hace, que nadie puede responder, él comienza a llorar profusamente. Y no creo que Juan estaba llorando simplemente porque no podía entender o no podía saber las profecías del futuro, porque había profecías del pasado, como aquellas de Zacarías, algunas de Daniel, que quizás él tampoco podía entender a cabalidad. Su llanto debió haber sido ocasionado por alguna otra cosa.
Hay cuatro seres vivientes en la visión. Hay un Cordero como inmolado. Él no aparece inmolado porque ya él no está muerto, él está vivo; aparece de pie, de forma que el Cordero es como inmolado. Hay veinticuatro ancianos. Hay miríadas o millones de ángeles. Y luego se escucha toda la creación que anda a gran voz.
Yo no sé cuántos de ustedes cuando leen la Palabra de Dios tratan de imaginarse lo que está escrito, pero no puedo imaginarme el rostro de Juan viendo una visión que para él era algo real. Para nosotros algo figurado en las palabras; para él era algo real porque lo estaba viendo. Nosotros estamos tratando de imaginarlo.
Y mencioné cada uno de las personas presentes en esta visión porque con textos que son tan complejos, yo creo que la mejor manera de tratar de comenzar a entender es separando cada cosa para ver quién es quién, qué es qué, qué están haciendo cada quien. No hay duda de que la persona sentada en el trono es Dios Padre. Él es identificado en el capítulo cuatro, y a él se le llama Santo, Santo, Santo, el Señor Dios Todopoderoso. Él está siendo visto en el trono, la misma persona que Isaías vio, con el mismo canto que Isaías oyó: Santo, Santo, Santo, aquel cuyas orlas llenaban el templo. Juan está viendo el mismo Anciano de Días de Daniel 7.
Pero él tiene un rollo en la mano, él tiene un rollo en la mano derecha. El rollo tiene cosas escritas en el interior, el rollo tiene algunas cosas escritas en el exterior. Eso era usualmente como los papiros se escribían. El papiro tiene dos caras: una cara donde las fibras del papiro son lineales, ahí se escribía porque era más fácil, o horizontal. Pero del otro lado las fibras son verticales y se hacía muy difícil escribir sobre esa otra cara. El papiro se escribía de un lado y luego se enrollaba, pero en la parte de afuera entonces se escribían algunas cosas que identificaran lo que el papiro contenía, que decía, para no tener que abrir todo el papiro para saber de qué se trataba.
La pregunta entonces en esta visión que Juan está teniendo, para nosotros sería: ¿qué estaría en ese papiro? ¿Qué estaría escrito en ese papiro que está sellado con siete sellos? ¿Cuál era la costumbre de esa época que quizás Juan pudiera entender, que nosotros no entendemos hoy?
Diferentes posibles explicaciones se han dado a lo que este papiro en la mano derecha pudiera representar, pero una de ellas simplemente dice que probablemente contenía la descripción de todos los eventos futuros relacionados a la ira de Dios y al juicio de Dios que habría de venir. Y quizás eso era parte de lo que este papiro representaba. Pero, ¿por qué lloraría Juan tan profusamente por no poderse abrir un rollo que simplemente contiene profecías que al final quizás no se le iba a poder entender a cabalidad? ¿O pudiera el papiro representar otra cosa?
Bueno, dado lo que se conoce de la cultura hebrea y lo que la Palabra revela, muchos académicos han llegado a la conclusión —y ahí es donde yo estoy— que este papiro probablemente era simbólico del título de propiedad del planeta. Y tienen que darme un tiempo para explicar, porque de lo contrario sonaría como halado por los moños, como decimos nosotros.
Pero la realidad es que en la cultura hebrea la tierra no podía ser vendida permanentemente. No podías vender tu tierra y entregarle el título a otro de manera permanente. Dios lo había prohibido; Levítico 25 nos da los detalles. Pero en Levítico 25:23 Dios nos dice: "Además, la tierra no se venderá en forma permanente, pues la tierra es mía." De manera que si yo vendía mi tierra, alguien en mi familia, tan pronto como fuera posible, debía procurar comprar la tierra de regreso para que permaneciera dentro de la familia. Y eso es lo que relata el libro de Rut, y lo puedes leer.
Pero si eso no ocurría, cada cincuenta años había estipulado dentro de la ley el año del Jubileo. Y en el año del Jubileo, que apuntaba a Cristo, varias cosas debían pasar. Y una de ellas es que los esclavos debían ser dejados libres, apuntando a cómo Cristo nos dejaría libres del pecado. En el año cincuenta también las deudas debían ser condonadas. Probablemente mucha gente quería coger prestado en el año cuarenta y nueve. Apuntando a cómo Cristo nos condonaría la deuda del pecado. En ese año cincuenta la tierra tenía que regresar, toda la tierra tenía que regresar a su dueño original, porque "la tierra es mía", dice el Señor.
¿Qué ocurría entonces cuando yo temporalmente vendía la tierra, que era más bien un arrendamiento de la tierra? El dueño permanecía con el título de propiedad; el otro se quedaba con el uso de la tierra. El rollo del título de la tierra era sellado con uno, con dos, con tres, cinco sellos, dependiendo del valor de lo que había ahí dentro.
Los académicos han pensado que este rollo en la mano derecha del que está sentado en el trono probablemente representaba —que es una visión con muchos símbolos— el título de propiedad de la tierra que el Cordero está reclamando. La pregunta es: ¿de dónde podemos nosotros pensar cosas semejantes, aparte de la historia cultural que yo acabo de mencionar?
Cuando tú lees la Palabra y tú lees lo que el texto dice acerca de la tentación de Jesús en Lucas 4:5-6, se nos dice lo siguiente: "Llevándole a una altura, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y el diablo le dijo: 'Todo este dominio y su gloria te daré; a mí me ha sido entregado, y a quien quiera se lo doy.'" Todo los reinos del mundo, todo el dominio, toda su gloria te la ofrezco simplemente con que me adores, porque a mí me ha sido entregado. El diablo reconoce que no se ha ganado esto; es algo que aparentemente le han entregado temporalmente. Y de cierta manera hay un reconocimiento de tal cosa.
No solamente en estas palabras, es que Jesús se refiere a Satanás como el príncipe de este mundo en Juan 12:31, lo llama el príncipe de este mundo, y los príncipes ejercen principado sobre sus propiedades. Y la tierra de agricultura no podía venderse permanentemente; mucho menos podía este planeta permanecer bajo el dominio de la muerte y del pecado de forma permanente. Pero como parte del juicio, parece ser que ciertamente cierto derecho de propiedad le fue conferido a Satanás por un tiempo, hasta el punto que él va al desierto y le ofrece a Cristo algo que Cristo no rebate, no niega, simplemente lo reprende.
Si eso es cierto, como muchos académicos piensan —y es mi creencia también—, habría razón para llorar profusamente. Porque si este es el título de propiedad que puede redimir, que puede marcar el tiempo de redención de la tierra, y no hay nadie digno de abrirlo, eso implica que entonces la tierra tendría que continuar bajo su maldición permanentemente y no habría esperanza. Esto implicaría para Juan que él y todos sus predecesores habían esperado en vano por algo que no iba a ocurrir, porque la tierra permanecería bajo el dominio de este príncipe de la potestad del aire, como Cristo también se refirió a Satanás.
Pero cumplida la ley, muerto el Cordero, resucitado el Cordero, ahora el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha sido encontrado digno. ¿Quién es digno de abrir el rollo? Hubo silencio en toda la creación. Uno de los teólogos decía: ni los mejores de Dios se atrevieron a abrir su boca. El arcángel Miguel, Gabriel, Abraham, Moisés, Daniel, Job... nadie es digno.
Y Juan comenzó a llorar mucho porque no había sido encontrado nadie en todo el universo, hasta que uno de los ancianos interrumpe y le dice: "Juan, para de llorar. Hay una razón por la que tú puedes regocijarte en vez de llorar, y es que el León de la tribu de Judá, tal como había sido profetizado en Génesis 49:10, que el cetro no saldría, no se alejaría de Judá, de esa misma manera el León de la tribu de Judá, la satisface de David, ha vencido y ha sido considerado digno para abrir el libro y sus siete sellos."
No hay duda quién es el León de la tribu de Judá. No hay duda quién es la raíz de David. No hay dudas de quién ha vencido. Él venció el pecado ese viernes sobre la cruz. Él venció la muerte el domingo subsiguiente. Él venció al mundo, como el mismo Cristo les dice a los discípulos en Juan 16:33. Él venció a las potestades del aire, de las tinieblas; las desarmó en aquel fin de semana. Satanás perdió su territorio, perdió su derecho. El verdadero Príncipe ha vencido y Él ha venido a reclamar su derecho sobre toda la creación.
El León de la tribu de Judá ha rugido, el desierto ha estremecido. Satanás pudo haber recibido cierto derecho por algún tiempo, pero ahora el Propietario vino a reclamarla. Todo es de Él, todo es por Él y todo es para Él. Para de llorar, Juan: donde el León ruge, el resto del universo se calla. Las tinieblas han comenzado a replegarse.
Y Juan estaba viendo esto, y como que la visión llegaba intermitentemente y como que se ampliaba, y eso nos ayuda a verlo de esa manera. Palabras como esta: "Miré", como que vi otra vez. El texto comenzó diciendo "y vi", pero ahora él vuelve y dice: "Miré, y vi entre el trono y entre el trono por adentro, con los cuatro seres vivientes y los ancianos, a un Cordero de pie, como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Y vino y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono."
El Cordero que Juan vio estaba como inmolado; quizás tenía todavía las cicatrices de la cruz, a propósito retenidas como indicación de quién era. Y tenía siete cuernos. Los corderos, las ovejas, usualmente no tienen cuernos; este tenía siete, y siete ojos. El cuerno en la historia bíblica es simbólico de poder. El siete, el número siete, simbólico del número completo o perfección. Este Cordero tiene perfecto, completo, absoluto poder. Él no tiene un ojo, Él tiene siete ojos. Él tiene omnisciencia, completo conocimiento de principio a fin desde la eternidad. Él conoce todo instantáneamente, simultáneamente, y lo conoce desde la eternidad.
Y Él es llamado el Cordero de Dios. Veintiocho veces se usa la palabra "cordero" en el libro de Apocalipsis para referirse a Jesús, comparado con solo cuatro veces que la palabra es usada para referirse a Él fuera del libro de Apocalipsis.
Juan 19:36, Hechos 8:32, Primera de Pedro 1:19. Fuera de esas cuatro referencias, 28 veces él en el libro de Apocalipsis es llamado el Cordero. Eso nos da a nosotros una idea del énfasis que hace el libro o la revelación de Dios al final sobre la obra redentora de Cristo en la cruz, que es ese Cordero que toma de la mano derecha el libro sellado con siete sellos. Él tiene toda autoridad.
Tú recuerda las palabras del Señor Jesucristo cuando iba a iniciar su plan misionero, cómo él lo inició. Lo inició con estas palabras: "Toda autoridad en el cielo y en la tierra me ha sido dada, por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones." Cristo estaba proclamando una autoridad expandida. No era una autoridad nueva, pero sí expandida. Toda autoridad en el cielo y en la tierra, después de mi resurrección, me ha sido dada. Id. Y es él, el que está ahora reclamando el rollo para abrir sus sellos.
Después de ese domingo de resurrección, jamás Satanás podría decir otra vez: "Todos los reinos de este mundo te ofrezco si te postras a mis pies." Su tiempo terminó. Él es un enemigo derrotado, no porque tú tienes el poder de pisarle la cabeza, como dice Nancy Amancio a las mujeres en una de sus canciones herejes, pero porque el Cordero ha pisado la cabeza de Satanás. Y si tú estás en él, tú has resucitado con él. De la misma manera que el primer Adán hundió el planeta Tierra como representación de nosotros, el segundo Adán, cuando él murió, yo morí con él; resucitó, yo resucité. Lo que él hizo, lo hizo por cada uno de los hijos de Dios y de los redimidos de Dios.
Cuando el Cordero, versículo 8, tomó el rollo de la mano del que estaba sentado en el trono, los cuatro seres vivientes, seres angelicales creados para ministrar en la presencia de Dios, descritos en el capítulo anterior con seis alas, si estaban volando no lo sabemos, pero el texto dice que cuando el Cordero hizo lo que hizo se postraron. Dejaron de volar, si lo estaban, y se postraron junto con los 24 ancianos delante del Cordero. Y cada uno de ellos, cada uno de los ancianos, tenía un arpa y tenía una copa de oro llena de incienso que representa, dice el texto, las oraciones de los santos.
Para mí es altamente significativo que Dios haya querido en esta visión exaltada de la adoración en su trono al Cordero tener presente ahí y representada las oraciones de los santos por incienso que sale de esta copa que los ancianos estaban sosteniendo en sus manos. Yo creo que eso es altamente significativo, ayudándonos a entender cuán importante, cuán seriamente Dios toma la oración de sus redimidos, que llega hasta el trono ahí representado ante aquel que es Santo, Santo, Santo, el que era, el que es y el que ha de venir, ante aquel que estaba muerto pero hoy está vivo.
Y de repente Juan escucha que estos seres angelicales ya no están cantando lo que cantaban en el capítulo 4 de Apocalipsis, "Santo, Santo, Santo," lo que dijo Isaías cuando tuvo su visión, sino que cantaban un cántico nuevo, un cántico no cantado anteriormente dedicado al Cordero, precisamente donde le dicen: "Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado y con tu sangre compraste para Dios gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación." Ahí está la Gran Comisión representada: "Id y haced discípulos de todas las naciones." Ahora los tiene en el trono: gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación. "Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra."
El cántico nuevo nos deja ver lo que el Cordero fue capaz de hacer con su muerte y resurrección. Él compró, sacó del mercado de esclavos a individuos que estaban esclavizados, valga la redundancia, al pecado, y los hizo sacerdotes y los hizo un reino para Dios. La autoridad que de forma ilegítima Satanás le ofreció a Jesús en el desierto, ahora el Padre se la ha entregado de manera legítima. Él ha reclamado el rollo, él lo tiene en su mano ahora de forma legítima.
Y esos que él compró, el autor de Primera de Pedro, que es Pedro obviamente, los llama linaje escogido, real sacerdocio, nación santa. No es poca cosa haber sido comprado por la sangre de la segunda satisfacer Persona de la Trinidad, santificado con la tercera Persona de la Trinidad, para servir a la primera Persona de la Trinidad. ¿Imaginas el privilegio de lo que implica ser sacerdote para Dios, de lo que implica representar un reino sacerdotal, después de haber sido comprado por Dios mismo, por la segunda Persona, santificado por la tercera, para que sirvamos a Dios Padre y le glorifiquemos?
Juan no ha terminado de ver todo lo que Dios quiere revelarle acerca del trono y de esta adoración. Él vio primero cuatro seres vivientes, 24 ancianos, suman 28, que se han postrado y están cantando un cántico nuevo. Pero de repente él como que oye otra voz, no múltiples voces, identifica la voz. Versículo 11: "Y miré." Es como que otra vez estuviera viendo algo aquí. "Oí una voz," y como que tú te volteas, y "miré," y dice: "Y miré, y oí la voz de muchos ángeles," no las voces de muchos ángeles, la voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres vivientes, como un solo coro, como un solo hombre, como dirían en el Antiguo Testamento, "y de los ancianos; y el número de ellos era miríadas de miríadas y millares de millares, que decían a gran voz," una sola: "El Cordero que fue inmolado digno es de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza."
El coro se ha agigantado por millones. Estos seres angelicales cantando: claro que es digno de recibir todo el poder. Él es el Todopoderoso. Él es digno de ejercer el poder que él ejerce con justicia y con santidad. Él es digno de todas las riquezas; todo es de él, por él y para él. Él es digno de toda sabiduría porque él es el único omnisciente; su omnisciencia penetra todas las cosas, penetra todas las edades. Él es digno de recibir la fortaleza; si él sostiene, él sostiene el universo por la palabra de su poder, claro que es digno de toda la fortaleza. Él es digno de toda honra, de toda gloria, porque es el único autor de la creación y de la redención. ¿A quién le daremos la gloria? ¿A quién le daremos la honra? Y él es digno de toda la alabanza, porque justamente la alabanza, la adoración, es simplemente la respuesta natural y el reconocimiento ante aquel que es lo que Dios es.
Cuando Juan ve al Cordero, justo en ese instante cuando lo ve tomar el rollo, en ese momento los 24 ancianos y los 4 seres vivientes se postraron y le adoraron: el reconocimiento de quién es este Cordero que está en el trono. Y Juan como que no ha terminado de ver y de oír. Y de repente, en el versículo 13, nosotros leemos que Juan dijo: "Y oí a toda cosa creada que está en el cielo," que son ángeles, "sobre la tierra," toda cosa creada, hombres, animales, "debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay." ¿Quiénes son ellos? La tierra y el mar. "Oí decir: Al que está sentado en el trono y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos." Ellos repiten lo que los seres angelicales habían dicho. Y los cuatro seres vivientes decían: "Amén." Y los ancianos se postraron y adoraron.
Ahí está el Cordero inmolado recibiendo el honor y la gloria y la honra, la alabanza, la fortaleza, la sabiduría, el poder, todo lo que es digno de recibir de parte de toda la creación. Dios lo había dicho anteriormente: y cuando aquel que no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse se hiciera hombre, tomara la forma de siervo, se hiciera hombre, fuera a la cruz y sufriera muerte de cruz, que llegaría el día donde toda rodilla se doblaría y toda lengua confesaría que Jesús es Señor, para la gloria del Padre.
Llegará el día, espero que no sea muy lejos, cuando este Cordero inmolado se hará acompañar de todo el ejército celestial, algo que Juan vio en Apocalipsis y describe en Apocalipsis 19, cuando él viene finalmente a instaurar su reino. Y cuando él viene, él tiene un letrero, verdad, simbólicamente hablando en esta visión, que decía: "Rey de reyes y Señor de señores," describiendo lo que es él. Viene a instaurar su reino. Será el fin de la caída, será el fin del pecado.
Será el fin de cuando nosotros ya no tendremos que volver y tener que decirle: "Dios, perdóname otra vez porque he vuelto a pecar." ¿No miras tú con beneplácito y con gozo la llegada de ese día donde no tengas que otra vez decir: "He vuelto a pecar, Señor, perdóname"? No más, no más. Hemos sido redimidos en cuerpo y alma. Ya más pecaremos de palabra, de mente, de acción, porque el Cordero ha triunfado. Y no solamente ha triunfado, ha instaurado su reino, y viviremos para él, con él, por siempre. El fin del pecado, el fin del dolor, el fin de la muerte, el fin de las lágrimas.
Y nosotros podemos decir: "Al que está sentado en el trono y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos." Día de gozo, día que podemos anticipar, podemos celebrar, debemos celebrar hoy en anticipación de aquel gran día cuando celebraremos las bodas del Cordero, cuando podremos verle cara a cara, decir: "Este es el Cordero inmolado, el que estuvo muerto y hoy vive," cuando podremos estar en su presencia reconociendo que es digno. Él es el único digno porque él fue el único que venció el pecado y la muerte, y venció la muerte muriendo y resucitando.
Hoy es día de gozo, hoy es día de celebración, pero es día de testificar también. Algunos de nosotros estaremos con familiares, amigos inconversos en la tarde o en la noche. Tú necesitas aprovechar la oportunidad y hacer lo que Juan hizo. Juan estaba en la isla de Patmos a causa de la Palabra y del testimonio de Jesucristo. Tú debieras estar conversando con esa persona a causa de la Palabra y del testimonio de Jesucristo, como una forma de ser fiel a lo que hoy eres, recordando que no hay en todo el calendario cristiano, en todo el calendario del año, un día mejor que este para celebrar la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado, marcando nuestras victorias sobre la muerte y el pecado, para la gloria del Padre y el gozo de su pueblo.
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Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.