Integridad y Sabiduria
Sermones

El Cristo transfigurado

Miguel Núñez 17 noviembre, 2013

Seis días después de que Pedro confesara a Jesús como el Cristo, tres discípulos subieron con él a un monte alto y presenciaron algo que ningún ser humano había visto antes: la gloria divina irradiada desde el interior mismo de Jesús. Su rostro resplandeció como el sol, sus vestiduras perdieron todo color y se volvieron blancas como la luz pura. No era gloria reflejada como en un espejo; era gloria emanando desde su ser. En Cesarea de Felipe habían recibido revelación sobre la misión de Jesús; ahora recibían revelación sobre su naturaleza: este no era solo el Mesías prometido, era Dios encarnado.

Mientras Jesús brillaba en su divinidad, aparecieron Moisés y Elías hablando con él sobre su "éxodo" en Jerusalén, su muerte redentora que traería liberación como el primer éxodo trajo libertad de Egipto. Pedro, aterrado y sin saber qué decir, propuso construir tres enramadas. Pero Dios interrumpió su sugerencia con una nube densa que los cubrió y una voz que declaró: "Este es mi hijo amado, a él oíd." Con esas palabras, el Padre silenciaba todas las voces humanas y establecía a Jesús como la autoridad final del reino.

Ese mandato sigue vigente. "Oíd" implica obedecer, no simplemente escuchar. El pastor Núñez invita a preguntarnos si nuestro grado de obediencia corresponde realmente a la majestad de aquel que ese día brilló con la gloria de la divinidad, o si todavía lo tratamos más como hermano que como Señor.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Voy a leer del libro de Marcos, del Evangelio de Marcos, capítulo 9, a partir del versículo 2 hasta el 13. Continuamos con nuestra serie, como cada domingo. Este es uno de los pasajes mejor conocidos en la historia de la vida de Jesús en su paso por la tierra.

Marcos 9, versículo 2, en adelante: "Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Y sus vestiduras se volvieron resplandecientes, muy blancas, tal como ningún lavadero sobre la tierra las puede blanquear. Y se les apareció Elías junto con Moisés, y estaban hablando con Jesús. Entonces Pedro, interviniendo, dijo a Jesús: Rabí, bueno es estarnos aquí; hagamos tres enramadas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Porque él no sabía qué decir, pues estaban aterrados. Entonces se formó una nube cubriéndolos, y una voz salió de la nube: Este es mi Hijo amado, a Él oíd. Y enseguida miraron en derredor, pero ya no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo. Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Y se guardaron para sí lo dicho, discutiendo entre sí qué significaría resucitar de entre los muertos. Y le preguntaron diciendo: ¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero? Y Él les dijo: Es cierto que Elías, al venir primero, restaurará todas las cosas; y sin embargo, ¿cómo está escrito del Hijo del Hombre que padezca mucho y sea despreciado? Pero yo os digo que Elías ya ha venido, y le hicieron cuanto quisieron, tal como está escrito de él."

Padre, gracias por un evento tan especial como el que acabamos de leer. Yo quiero pedirte que a través de los ojos del alma nos permitas ver en este pasaje lo que nuestros ojos del cuerpo no pueden ver. Padre, lo que ocurrió ese día debió haber sido algo extraordinario, a lo que yo no puedo hacer justicia con mi predicación, pero yo te pido que por medio del Espíritu Tú agigantes la imagen de tu Hijo en la mente de cada uno de nosotros los que escuchamos. De manera que nosotros nos vayamos de este lugar habiendo visto a Jesús de otra manera y habiéndonos postrado delante de Él de una mejor manera. Te lo pedimos en Cristo Jesús.

Sin lugar a dudas, como yo decía, este es uno de los eventos mejor conocidos en la historia del Maestro, y es muy conocido porque es un evento muy sui géneris y único. Es un evento extraordinario, un evento que solamente ocurrió una vez en la vida del Maestro. Y es tan extraordinario que los tres evangelistas sinópticos —Mateo, Marcos, Lucas— le dedicaron tiempo y tinta, por así decirlo, a describir lo que ocurrió esa noche en ese monte.

No podemos olvidar que apenas unos seis días atrás —por eso el texto comienza diciendo "seis días después"— unos seis días atrás, Jesús había tenido un encuentro en Cesarea de Filipo con sus discípulos, donde Pedro, iluminado por Dios, pudo declararlo y confesarlo como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. A lo cual Jesús responde que ni sangre ni carne le había revelado tal cosa, sino su Padre que estaba en los cielos. E inmediatamente después de eso comienza a hablarles por primera vez acerca de su muerte y de su resurrección. Y seis días después Él tomó a Pedro, a Jacobo, a Juan y se los llevó a un monte alto. Un pasaje corto en los Evangelios, pero un pasaje sumamente rico en experiencia, y de esa manera nosotros tenemos que abordarlo, reconociendo que aquí hay algo que yo necesito ver, aquí hay algo que Dios necesita ayudarme a experimentar a través de la Palabra. Y con eso entonces yo quiero que veamos cinco eventos que ocurrieron durante la misma experiencia, uno detrás del otro.

Y el primero de ellos fue la transfiguración misma de Jesús. Jesús toma a Pedro, a Jacobo y a Juan, a su círculo más íntimo. Aquellos que experimentaron cosas que los otros nueve, o setenta, o la muchedumbre jamás experimentaron fueron estos tres. Los que fueron invitados a pasar a la casa de la suegra de Pedro el día que Jesús reprendió la fiebre y la sanó milagrosamente fueron estos mismos tres. Los que Jesús llevó consigo al huerto de Getsemaní, y allí Jesús agonizó mientras ellos le acompañaban durante esa experiencia difícil. Y ahora son estos mismos tres los que están en el monte de la transfiguración, experimentando algo que muchos de nosotros hubiésemos querido experimentar.

No sabemos por qué Jesús tenía a estos tres como parte o miembros de su círculo más íntimo, pero así luce en la narración. Hay algunas cosas que sabemos de estos tres que quizás hicieron o motivaron a que el Maestro les diera experiencias que a los otros no se las dio. De Pedro sabemos que ejerció las veces de llave para el reino de los cielos; él abrió a través del Evangelio la entrada al reino de los cielos para los judíos en Pentecostés, en Hechos capítulo 2; para los samaritanos, en Hechos capítulo 8; para los gentiles, en Hechos capítulo 10 y 11, a través de la visión que recibió de parte de Dios. De manera que, de alguna manera, Pedro fue usado por Dios de una forma especial durante esos tiempos iniciales cuando el Evangelio estaba siendo expandido a los tres grupos de personas que en esencia existían en aquel entonces.

De Jacobo nosotros sabemos que eventualmente pasó a ser la cabeza de la iglesia de Jerusalén, la iglesia madre si pudiéramos decir, la iglesia que celebró el primer concilio, la iglesia de donde saldrían los apóstoles a hacer múltiples otras cosas en el reino o para el reino de los cielos. Y de Juan sabemos que no solamente fue el discípulo amado, pero es el que es elegido por Dios para escribir la última revelación que cierra el canon de las Escrituras. Él fue el que recibió esa visión especial y visitación en la isla de Patmos, cuando Dios le permitió ver hacia los tiempos futuros, escribiendo el libro de Apocalipsis.

Ahí están esos tres, en un monte no identificado que algunos piensan que fue el monte Tabor; otros están en desacuerdo y dicen que no, que fue el monte Hermón; y otros piensan que fue el monte Merón. La realidad es que no hay acuerdo entre los académicos de cuál fue el monte; cada uno de ellos presenta ciertas dificultades para explicar algunas otras cosas que están en los Evangelios. Pero no importa el monte; la importancia es la experiencia, la ocasión, la enseñanza, la vivencia que ocurrió ese día en aquel monte alto.

Marcos define el evento, la experiencia, de una forma muy escueta y simplemente dice en el texto que leímos que se transfiguró Jesús delante de ellos, y sus vestiduras se volvieron resplandecientes, muy blancas, tal como ningún lavadero sobre la tierra las puede blanquear. Marcos no encontraba vocabulario humano para describir la blancura de las vestiduras de Jesús una vez esta transfiguración tomó lugar. La palabra transfigurarse, metamorfosis viene de esa raíz griega, implica un cambio radical en lo que la persona es o luce, y eso es lo que se está experimentando: es un cambio radical de lo que ellos habían visto anteriormente.

Mateo nos dice algo más y nos relata lo siguiente: que su rostro resplandeció como el sol y que sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Es como si la gloria de Dios, o más bien la gloria de Cristo, de repente hubiese sido irradiada desde el interior de su ser, de tal manera que no solamente su rostro fue transfigurado, sino que sus ropas incluso perdieron el color, y de repente Jesús por completo lucía como un destello de luz.

Nosotros sabemos que el único color verdadero que existe es el color blanco, y todos los demás colores no son más que refracciones de la luz en superficies distintas, refracciones de esa luz blanca reflejada en diferentes superficies. De manera que ahora, si Jesús se convierte en la fuente misma de la luz, ya no está reflejando luz de ningún lado; Él es la luz, y por tanto tiene sentido que sus ropas perdieran todo color. Tienes que imaginarte lo que tú estás viendo, que tú tengas esto de frente.

Seis días atrás Pedro había recibido una revelación y pasado a los demás discípulos de que delante de ellos estaba el Mesías, el Cristo, el Ungido —todas estas palabras significan la misma cosa—, el que había de venir. De manera que ellos tuvieron revelaciones días antes acerca de la misión de Jesús. Pero cuando la gloria misma de Dios es irradiada desde el ser de Jesús hacia afuera, ahora ahí están recibiendo una revelación no acerca de la misión de Jesús, sino acerca de la naturaleza de la persona que está delante de ellos. Es Dios en toda su gloria. Esta debió de haber sido una experiencia fascinante, intimidante, fuera de serie.

Y yo no sé si usted piensa como muchas veces yo pienso, pero en ocasiones yo pienso cosas como esta: ¿Cuál sería, de todas las experiencias que el Maestro tuvo con sus discípulos a su paso por la tierra, cuál sería la más fascinante en el buen sentido de la palabra? Cuando Jesús caminó sobre las aguas, cuando Jesús habló y los vientos inmediatamente pararon y las olas se calmaron, ver a Lázaro resucitar y pararse de una tumba ya después de heder y caminar hacia afuera, ver un demonio salir de una persona a un simple comando de Jesús. Yo no sé cuál tú elegirías, pero para mí esta sería la experiencia que yo hubiese querido tener. Porque aun después de la resurrección de Jesús, la gloria del Maestro, la gloria del Hijo de Dios, de la segunda persona de la Trinidad, no brilló de la manera que brilló esa noche. Fue un evento único.

Y de hecho muchos de los académicos están de acuerdo en que cuando Juan escribe su Evangelio en Juan 1:14, cuando él dice "y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria", que Juan estaba haciendo referencia a esa noche en ese monte cuando Cristo se transfiguró y toda esta luz fue irradiada desde su ser hacia afuera; que esa noche es la referencia al texto de Juan 1:14 cuando él dice "y vimos su gloria". La gloria de Dios no estaba siendo reflejada como en un espejo; estaba siendo irradiada desde Jesús mismo.

Imagínense. De hecho, la palabra "gloria" es una palabra con una larga historia. "Doxa" en el griego, en la Septuaginta, que es la traducción griega del Antiguo Testamento en hebreo. La palabra gloria implica eso: luz brillante. Esto es lo que está ocurriendo esa noche. Es que la luz de Jesús está iluminando. Y probablemente ellos ni siquiera vieron la gloria de Cristo en toda su plenitud, porque bien dice Dios que nadie puede ver su gloria y vivir. De tal forma que probablemente fue una manifestación coartada a través de su humanidad, de su gloria, porque Dios habita en luz inaccesible, dice el autor de Hebreos. Y ellos no estaban preparados para ver la plenitud de esa gloria, pero estaban viendo gloria: la transfiguración de Jesús.

Y mientras eso está ocurriendo, el segundo evento al que yo quiero prestar atención es la visitación de estos testigos celestiales, el versículo 4: "Y se les apareció Elías junto con Moisés, y estaban hablando con Jesús." No sabemos cómo ellos supieron que este era Elías y Moisés, porque nunca antes los habían visto, pero asumimos que lo supieron como en Cesarea de Filipo supieron que era el Cristo, el Hijo del Dios viviente: por revelación divina.

¿Y por qué estos dos? No sabemos, pero Moisés, el dador humano de la ley, el instrumento a través de quien vino la ley, a quien el pueblo judío veneraba casi como a Dios, está ahí. Finalmente Moisés llegó a la tierra prometida, que Dios le prohibió cruzar. Ahora está allí, en aquel lugar, una visitación póstuma. Y Elías, el gran profeta de Dios, a quien Dios se llevó en un torbellino, ha descendido con él también y han venido del más allá a visitar a Jesús. Y resulta que ahora tú tienes a Juan, a Jacobo y a Pedro en presencia de Dios, en su gloria, y de dos testigos visitantes del más allá. ¿Te imaginas eso?

Escucha cómo Lucas lo describe en el capítulo 9: "Y he aquí dos hombres hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías, quienes apareciendo en gloria, hablaban de la partida de Jesús, que él estaba a punto de cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros habían sido vencidos por el sueño, pero cuando estuvieron bien despiertos, vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con él."

Aun estos dos mortales, dice el texto, aparecieron en gloria. Elías y Moisés aparecieron en gloria. ¿Te imaginas ese lugar donde los mortales aparecen en gloria? No la gloria de Jesús, obviamente, pero en gloria. Ya ahora entiendes por qué a mí me hubiese encantado estar allí. Y Pedro y sus compañeros habían sido vencidos por el sueño, dice el texto. Escuchen, pero cuando estuvieron bien despiertos, ¿qué fue lo que vieron? Vieron la gloria de Jesús. Ahora no tenemos que especular si lo que Juan dice en Juan 1:14 es o no es una referencia a ese evento, ese día, cuando ellos literalmente vieron su gloria. Eso es lo que Lucas dice en el capítulo 9: que cuando ellos despertaron y pudieron estar bien despiertos, estaban contemplando la gloria de Jesús junto con estos dos varones que estaban con él.

Eso debió haber sido, como dicen en inglés, "a sight to be seen", una escena digna de ser vista. Fue tan extraordinario que ahora estos testigos celestiales comienzan a hablar y Lucas nos revela de qué hablaron. Hablaron de su partida que estaba pronto a ocurrir en Jerusalén. Entonces, ¿cuál es la palabra traducida como "partida" en ese pasaje? Éxodo. Hablaron del éxodo de Jesús, delante de Moisés, la figura del éxodo. Como el éxodo que Moisés dirigió trajo liberación al pueblo judío de Egipto, de las manos de Faraón, de la esclavitud de Egipto, así el éxodo de Jesús, vía su muerte y resurrección, nos traería libertad de nuestros pecados.

Aquí están las dos figuras del éxodo: una del Antiguo Testamento y otra ahora en el Nuevo. La primera apuntando hacia la segunda. Y ahora está la máxima figura del reino de los cielos y de todo el universo delante de estos tres hombres, y ellos hablando con Moisés de su éxodo a punto de ocurrir, y estos tres hombres los escuchan. Esto fue extraordinario.

Ahora, Pedro, Jacobo y Juan no están recibiendo una revelación de que este es el Mesías prometido; eso fue hace seis días. O de que este era un gran maestro, un gran rabino, o un profeta, o un hijo de Dios. No, ahora ellos están recibiendo revelación de que este es Dios encarnado. Para el pueblo hebreo, la palabra "gloria" era usada y atribuida exclusivamente para referirse a Dios. Y ese día ellos vieron la gloria de Jesús, la divinidad de Jesús, Dios encarnado.

Y esa revelación era importante, porque si bien es cierto que en el Antiguo Testamento la figura del Mesías, de aquel prometido, estaba más o menos clara, la idea de que el Mesías sería Hijo de Dios no estaba clara, y mucho menos que sería Dios mismo. Y ahora esa es la revelación que ellos están recibiendo. Es una revelación progresiva acerca de quién es Jesús, y ahora la están completando.

Veamos, eso también debió haber reforzado en su mente la idea de la resurrección. La idea de la resurrección no estaba muy clara en el Antiguo Testamento tampoco. De hecho, los saduceos ni siquiera la creían; los fariseos sí, los saduceos no. Ahora ellos tienen a Moisés, que había sido enterrado por Dios, resucitado en frente de ellos.

Dime, ¿hay preguntas? A Elías yo le hubiese solicitado una entrevista con cada uno de ellos para hacerle preguntas. A Moisés: "Dime del día en que Dios te enterró. ¿Cómo fue ese día? ¿Y cuándo resucitaste, qué pasó ahí?" A Elías: "¿Cómo fue eso que te raptaron en medio de un torbellino? Cuéntame de esa experiencia. Dime, ¿hay preguntas?" A Moisés: "Te felicito, llegaste a la tierra prometida, aunque la habías experimentado una mejor."

Pedro necesitaba esta experiencia. Jacobo y Juan necesitaban esta experiencia para saber quién era Jesús. Pero Jesús necesitaba esta experiencia; si no, no hubiese ocurrido. En su humanidad, claro. Y yo creo, especulativamente, pero lo creo, que si pensamos en algo que ocurrió en el huerto de Getsemaní, yo creo que podemos tener una idea de qué se debió esta visitación. En el huerto de Getsemaní, Lucas 22, nos dice que un ángel le visitó para fortalecerlo a Jesús en su humanidad. Y ahora hay otra visitación de Elías y Moisés, y el tópico de conversación es su partida en Jerusalén prontamente. Yo asumo que probablemente la intención de la visitación, como enviados del Padre, fue exactamente la misma: fortalecerle, prepararle para esa experiencia únicamente dolorosa en la vida de Jesús que vendría pronto.

Ahí están: Moisés, Elías, Jesús transfigurado. Entonces escucha a Pedro. "Entonces Pedro, interviniendo, dijo a Jesús..." Tú no pensabas que Pedro se iba a quedar callado, claro que no. "Rabí, bueno es que estemos aquí. Hagamos tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." ¿Por qué él no sabía qué decir? Pues estaban aterrados.

Pedro, si tú no sabes qué decir, pues no digas nada. Así somos nosotros, que muchas veces no sabemos qué decir y comenzamos a hablar, y cuando comenzamos a hablar, decimos un disparate, o balbuceamos, tartamudeamos. ¿No le ha pasado a usted? O usted quizás ha tenido la experiencia en usted mismo, o quizás otro la ha tenido enfrente suyo, que no debió haber hablado. Mejor es, cuando yo no sé qué hacer, ya yo sé qué hacer: hacer nada. Meditar, observar, reflexionar. ¿Por qué nos sentimos obligados a hablar? "¿Por qué no dices algo?" "No sé qué decir." Es mejor callar.

Y aquí está Pedro, sugiriendo algo terrenalmente muy bueno, pero fuera de orden: tres tiendas, tres enramadas. Una para Dios. Imagínate, siendo Dios mismo, por así decirlo, la enramada. Él es el templo, Él no necesita una enramada, Él es la enramada de la divinidad de Dios en plenitud. Y para dos visitantes que acaban de venir de moradas celestiales, ¿les va a hacer Pedro en medio de la noche, sin herramientas, madera ni mucho menos, dos enramadas, una para Elías y otra para Moisés? Pero el texto dice, ¿por qué dijo eso? Porque no sabía qué decir, y estaba aterrado.

Ahora que Pedro ha hablado, ahora no es Jesús el que lo va a interrumpir y lo va a reprender como ocurrió en Cesarea de Filipo. Ahora es el Padre. Y eso es lo tercero que yo quiero que veamos: la intervención del Padre.

"Entonces se formó una nube." Entonces, después que Pedro habló, se formó una nube cubriéndolos, y una voz salió de la nube: "Este es mi Hijo amado, a Él oíd." Jesús no responde la sugerencia de Pedro de estas tres enramadas, ni el Padre tampoco. Lo que el Padre hace es interrumpirlo, y lo interrumpe de una manera gloriosa. Hay una nube que se forma. No es que llegó, es que se formó allí mismo, descendió, los arropó, y en medio de esa nube hay una voz que dice: "Este es mi Hijo amado, a Él oíd."

Con la nube que se formó en ese lugar, Dios estaba tratando de comunicar algo acerca de su Hijo. Esto es revelación acerca de quién su Hijo es. La primera vez que nosotros leemos acerca de esa nube representando a Dios, lo leemos en el libro de Éxodo. Es una nube que los protegía durante el día, los protegía de la luz del sol. La próxima vez que nosotros leemos acerca de esa nube es cuando Dios descendió sobre el monte Sinaí.

Éxodo 19, para dar la ley a Moisés, y el monte tembló, y Dios estaba presente. De manera que nosotros podemos ver claramente cómo esta nube representa la mera presencia de Dios. Y lo ves otra vez en Éxodo 40:34-35, cuando Moisés construye el tabernáculo y Dios llena el tabernáculo con una nube tan densa que ni Moisés podía entrar. Ni Moisés, que había tenido comunión directa con Dios por cuarenta días en la montaña. El día que Dios llenó el tabernáculo, Moisés no pudo entrar; la densidad de la nube no lo permitía.

Y lo mismo ocurrió el día que Salomón inauguró su templo, en 1 Reyes 8, donde el templo se llenó con esta nube tan espesa que los levitas y los ancianos sacerdotes tuvieron que salir y no podían entrar. Este día, la misma nube representativa de la presencia de Dios es lo que engloba, por así decirlo, a estos tres hombres: a estos dos testigos y a Jesús mismo.

Y entonces se escucha la misma frase que Jesús escuchó en el Jordán el día que él fue bautizado: "Este es mi Hijo amado, este es a quien yo he amado desde la eternidad". De la misma manera que lo afirmé y lo ungí en el Jordán, en esta ocasión lo estoy afirmando, lo estoy volviendo a ungir en preparación para esa odisea que él pronto tendrá que afrontar en Jerusalén, y de la cual están hablando Moisés y Elías en medio de esta experiencia extraordinaria.

Pero Dios agrega una frase en esta ocasión: "A él oíd". Es como si Dios hubiese estado diciendo, por un lado, a Pedro: "Pedro, no continúes, escucha a mi Hijo". Pero por otro lado, una de las fuentes consultadas dice que el verbo "oíd" en esta ocasión es un imperativo plural, lo que implica que Dios no le estaba hablando a Pedro de manera exclusiva, sino que nos estaba hablando a todos nosotros diciéndonos: "A él oíd". A Jesús. Aquí está Moisés, aquí está Elías, ellos dijeron grandes cosas; por medio de los profetas yo hablé en el pasado. Pero ahora, en estos últimos días, como dice el autor de Hebreos, yo he hablado a través de mi Hijo. Ustedes lo tienen de frente, lo tienen transfigurado, ustedes saben ahora quién es. ¡A él oíd!

Hoy Dios continúa diciendo la misma cosa. Y lamentablemente, Jesús, que continúa hablando de otra manera a través de su Palabra, a través del Espíritu, es esa voz que el incrédulo, el no creyente, siempre desobedece. Y es esa misma voz que el creyente con frecuencia también voltea su oído y decide no oír. De hecho, la palabra "obedecer" en el original implica algo así como "oír bien" y "percibir", de manera que cuando Dios nos dice "a él oíd", nos está diciendo "a él obedeced".

En el día de ayer, mientras continuaba reflexionando sobre mi mensaje, Carlos Rocha envió una frase por Twitter que, en el momento en que yo estaba trabajando en este texto, me pareció apropiada. Quizás Dios me la envió para eso. La frase dice, basada en Proverbios 14:15: "El necio todo lo cree", y luego dice: "Este confía mucho en sus propias ideas y consejos; enamorado de su necedad, no tiene lugar para Cristo". La necedad es la reacción de aquellos que escuchan la voz del Señor sabiendo que es la voluntad de Dios, en este caso expresada en su Palabra, conociendo la voluntad expresa de Dios, dan media vuelta, la desestiman y desobedecen. De manera que este es un buen momento para recordarnos que Dios nos sigue diciendo "a él oíd, este es mi Hijo amado", y que nosotros necesitamos deshacernos del enamoramiento con la necedad para poder complacer a nuestro Dios.

Para continuar con la misma ilustración: los escribas y los fariseos habían llegado a una conclusión acerca de Jesús; Pilato llegaría a su propia conclusión; Herodes a su propia conclusión; los discípulos en un momento tenían ideas confusas también. Y en otras palabras, Dios está diciendo: "Todas esas ideas necesitan ser silenciadas y tú necesitas escuchar a mi Hijo amado. A él oíd. Él es la máxima autoridad del reino de los cielos, es la máxima voz, es la última voz de parte mía, y ahí está".

Y imagínate, trata de colocarte en aquel monte, escucha, trata de imaginarte esto: Tú estás en medio de la noche, tú estás subiendo a un monte alto, me imagino que con antorchas. Todo alrededor está completamente oscuro y en silencio, porque esto es la noche y esto es un monte, y el texto dice "alto", de manera que el área debió haber estado, como dicen en inglés, "pitch black", completamente oscuro. Tú subes con Jesús luciendo ropas de algún color, y en tu presencia Jesús es transformado. Su rostro es ahora un destello de luz, sus ropas pierden el color y se convierten en otro destello de luz que se une con el destello que sale de su rostro. En medio de eso hay dos testigos celestiales a quienes tú nunca habías visto y que se aparecen de la nada. Hay algo que te dice: "Ese es Moisés". Tú miras alrededor más allá de la luz y todo está oscuro, pero aquí donde tú estás todo está iluminado más allá de lo que pudiera ser la luz del día, incluso. De repente hay una nube que te cubre, y tú oyes una voz, y cuando tú miras alrededor no ves a nadie hablando, pero hay algo, o alguien, que dice: "Este es mi Hijo amado, a él oíd". Esa experiencia no es apta para cardíacos. En medio de la noche, a cualquiera le puede dar un infarto en medio de eso.

Claro, escucha lo que Mateo dice en 17:6: "Cuando los discípulos oyeron esto, cayeron sobre su rostro y tuvieron gran temor". Poco les faltó. Esa fue la respuesta natural. El caer rostro en tierra y atemorizado fue la respuesta natural de todo aquel que experimentó una teofanía, una manifestación de la presencia de Dios. No una visión, no un sueño, sino una manifestación real de la presencia de Dios. Ese terror lo produjo la experiencia. Pero la idea, el concepto, es que la idea de Dios pueda producir en mí, dado lo que Dios es, un temor reverente que me lleve a mí, en vez de físicamente postrarme en tierra, a yo postrar mi vida delante de él y vivir una vida de obediencia y de absoluta sumisión. Y yo creo que estas experiencias físicas nos recuerdan lo que debiera hacer nuestra vida espiritual. Y sin embargo, muchas veces no es de esa manera que nosotros vivimos, no es de esa manera como nos comportamos.

Y mientras Jesús se transfiguraba, y estos dos testigos celestiales aparecieron, y el Padre habla —y hemos visto esos tres eventos—, ahora Jesús, al final de la experiencia, tiene algo que decir también. Yo quiero que veamos eso en cuarto lugar: el mandato de Jesús. "Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara".

Jesús ahora los silencia, les ordena que no hablen, que no comenten esto. Ya él le ha dado suficiente evidencia de quién él es; el pueblo no ha creído. Ya Jesús ha revelado que ninguna otra señal les sería dada excepto la señal del profeta Jonás: que de la misma manera que él estuvo tres días en el vientre de un pez, él estaría tres días en el seno de la tierra, y luego resucitaría. Es la única señal. De manera que esta transfiguración en el monte no quiero que la cuenten, no va a producir ninguna fe en ninguna persona que la escuche. Ya. Esperen hasta que yo muera y resucite, y entonces la podrán contar.

Ya Jesús ha culminado lo que es su revelación a través de señales, ya no hay más. Y ahora Pedro, Jacobo y Juan necesitan cerrar sus labios. Y esta vez, por lo menos ellos obedecían. No hay nada que contar. Cuando expulsé el demonio me acusaron de expulsarlo por el poder de Belcebú; lo vieron y no creyeron. Mucho menos creerán lo que les cuenten que ocurrió en medio de la noche. Y ellos guardaron silencio.

Escucha lo que el versículo 10 dice: "Y se guardaron para sí lo dicho, discutiendo entre sí qué significaría resucitar entre los muertos". No hablaron, discutieron. Los discípulos siempre estaban disputando, como nosotros. "Discutiendo", la palabra, es "disputar, discutir" en el original. Y así somos nosotros, nos encanta discutir. Y lo que nos lleva a discutir en vez de dialogar son nuestros miedos, inseguridades, temores, nuestros orgullos, nuestro deseo de ganar, nuestro deseo de demostrar superioridad, nuestro deseo de ganar, demostrar que conocemos más. Pero una vez que Dios trabaja en ti, te hace manso y humilde, y apaga el deseo de ganar. De hecho, ganarle al otro te hace sentir mal, porque no quieres que el otro se sienta ofendido, inferior, culpable, ni mucho menos.

Pero ellos discutían. Yo me lo imagino: "¿Qué tú piensas?" "Yo pienso que es esto". "No, ¿cómo va a ser? No, te has errado, eso no, jamás, la ley no dice nada de eso". Aún después de la resurrección, tomó varias apariciones para convencer a los discípulos de qué significaba realmente su resurrección.

Pero ahora la experiencia ha terminado. En un momento dado, dice el texto, ellos miraron alrededor y ya Jesús estaba, pero Elías y Moisés habían partido. Ahora ellos vienen descendiendo con Jesús. Jesús manda, les ordena que no digan nada, pero ellos tienen un par de preguntas. Versículo 11: "Y le preguntaron, diciendo: ¿Por qué dicen los escribas que Elías debía venir primero?" Ellos estaban confundidos acerca de muchas cosas, pero ahora están más confundidos, porque ahora Elías se apareció. "Tú dices que eres el Mesías, Elías tenía que venir primero, pero nosotros te conocimos antes que a él".

Y la profecía de Malaquías, el último libro del Antiguo Testamento, en el último capítulo, en el último párrafo, dice lo siguiente: "He aquí, yo os envío al profeta Elías antes que venga el día del Señor, día grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que venga yo y hiera la tierra con maldición".

Entonces ahora Elías estuvo aquí. Tú dices que ya Elías vino, tú eres el Mesías, no entendemos. ¿Por qué Elías no vino antes que tú? Explícanos, porque dicen los escribas que Elías tenía que venir primero, y ahora fue cuando lo vinimos a ver. Y Elías no ha tenido ese ministerio entre nosotros tampoco, solamente vino esa noche. Y él les dijo, versículo 12: "Es cierto que Elías, al venir primero, restaurará todas las cosas. Y sin embargo, como está escrito del Hijo del Hombre, que padezca..."

Mucho, y sea despreciado. Pero yo os digo que Elías ya ha venido y le hicieron cuanto quisieron, tal como está escrito de él.

Lo que Jesús estaba tratando de comunicar, y hay otros textos de los Evangelios que lo dicen literalmente, es que el Elías que había de venir fue Juan el Bautista. De hecho, en el capítulo uno del Evangelio de Lucas o Mateo se nos habla de Juan el Bautista y se nos dice que él era el Elías que había de venir. Él vino en el espíritu y en el poder de Elías. No era una reencarnación de Elías, pero él vino con una misión similar: de confrontar al pueblo, de llamar al pueblo al arrepentimiento. Y en ese sentido, cuando Jesús dice que ya Elías vino, se refería a Juan el Bautista, y se hizo de él lo que quisieron, porque lo decapitaron.

Pero el texto insinúa en el versículo 11 que Elías regresa. Y dice el versículo 11: "Elías ciertamente viene y restaurará" —tiempo futuro— "todas las cosas". Y muchos de nosotros creemos que en el tiempo final, ante el día grande y terrible del Señor de que habla Malaquías, del día del juicio, Elías tendrá otra aparición. Algunos especulan y piensan que los dos testigos que aparecen en el libro de Apocalipsis al final de los tiempos, que uno es Elías y el otro Moisés. No lo sabemos, pero Elías ha de venir. Y con eso entonces el pasaje cierra con esa pregunta final acerca de Elías.

Pero yo tengo que, al concluir la experiencia leída y expuesta, preguntarme ahora de manera individual: ¿Con qué yo me voy? ¿Con qué yo me quedo de todo esto que leímos? ¿Con qué aplicación para mi vida? Quizás algo que tiene que ver con ver a Jesús, conocer a Jesús de una mejor manera de lo que yo hasta ahora lo he podido conocer. Quizás es poderle pedir a Dios que abra los ojos de mi alma y darme iluminación para, a través de su Palabra, yo poder conocer a Jesús de una manera que en mi vida se produzca una reacción espiritual similar a la que ellos vivieron de manera física. Y esto es que yo pueda postrarme, vivir una vida postrada de adoración a mi Dios, rendido de esa manera por haber visto con los ojos de mi alma lo que ellos vieron con los ojos del cuerpo. Quizás eso es lo que necesito.

O quizás yo necesito una mejor respuesta a la frase "a él oíd". Y cuando dice "a él oíd", Dios no está simplemente diciendo que lo escuche con los oídos, sino "a él obedeced". Quizás yo necesito prestar más atención a esa frase y poder decir: yo tengo que oír y obedecer de una mejor manera, como discípulo de Jesús, a este a quien Dios ha amado desde la eternidad y de quien Él dijo "a él oíd". En plural, para mí, quizás mi grado de oír o de obediencia no se está correspondiendo con la estatura de la persona que ese día brilló en la gloria de la divinidad de su persona.

Quizás es que todavía yo obedezco a Jesús más como mi hermano en la carne, que ciertamente se identifica conmigo, pero que yo no le estoy dando el grado de señorío que Él tiene y que Dios quiso revelar ese día en el monte. Quizás eso.

Quizás es que yo también necesite aprender lo que Pedro necesitaba aprender: callar y escuchar a Dios hablar a través de su Palabra, a través de su Espíritu, escuchar su voz, dejarme arropar por Dios, por así decirlo, y callar. Quizás necesito dejar de pensar tan terrenalmente en estas enramadas que Pedro estaba pensando, y realmente, cuando vivo ciertas experiencias como ellos estaban viviendo, callar y preguntarme: ¿Qué quieres Tú enseñarme, Dios, en esta experiencia? Quizás son todas las anteriores.

Si Cristo bajara y descendiera en este momento, ¿cuál sería tu respuesta? ¿Sería una de silencio tratando de escuchar, si Él acaba de llegar, qué tiene que decirme? ¿O sería una de impulsiva, de conversar y decir algo porque no sabes qué hacer? ¿O sería una actitud de gozo y danza en su presencia? ¿O te arrodillarías? ¿O te quedarías de pie? ¿Te maravillarías? ¿O sería algo frívolo, como "ah, llegó Jesús"?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.