Seguir a Cristo no es simplemente conocerlo; es cargar con las consecuencias de esa decisión. En Marcos 8, Jesús llama a la multitud junto con sus discípulos para dejar claro que esta enseñanza no era solo para los doce, sino para todo aquel que quisiera seguirlo. Sus palabras son directas: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". En el primer siglo, nadie habría usado una cruz como adorno; era el instrumento de muerte más vergonzoso del mundo romano y símbolo de maldición en el mundo hebreo. Cristo no rebajó el estándar ni pintó un panorama irreal.
Negarse a sí mismo no es simplemente negarse cosas, como entendió Martín Lutero cuando intentaba mortificar su cuerpo durmiendo a la intemperie. Es renunciar al yo como centro de gravedad para que Cristo ocupe ese lugar. Como ilustra el pastor Núñez: si Cristo se monta en tu carro, él va a conducir o no estará dentro del vehículo. Thomas de Kempis lo expresó así: muchos aman el reino celestial de Jesús, pero pocos cargan su cruz; muchos lo siguen hasta compartir el pan, pero no hasta beber la copa del dolor.
La promesa es paradójica: quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien la pierda por causa de Cristo y del evangelio la salvará. La advertencia es igualmente solemne: avergonzarse de Cristo o de sus palabras en esta generación tiene consecuencias eternas. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?
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¡Vamos a ser satisfechos por Tu Palabra! En Tu Palabra. Yo quiero pedirle que abran la Palabra de Dios en el libro de Marcos, capítulo 8. Vamos a estar leyendo del 34 al 38. Marcos 8, versículo 34 al 38, continuando con nuestra serie. Cuatro, cinco versículos, lo leemos, versículo 34: "Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí y del satisfechos la salvará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? Pues, ¿qué dará un hombre a cambio de su alma? Porque cualquiera que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles."
Bueno, el pasaje que yo acabo de leer, como algunos recordarán, relata un evento, una enseñanza de Jesús que ocurre inmediatamente después que Pedro le ha identificado como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Inmediatamente después que Cristo ha anunciado por primera vez su muerte y su resurrección, la primera vez que Cristo les habló de su cruz. Inmediatamente después, Cristo pasa a hablarles no de la cruz del Señor, sino de la cruz del discípulo. Y este es un tiempo clave, este es un tiempo importante en la narración de Marcos, pero importante también en el desarrollo del entendimiento de lo que un discípulo debe ser en la mente de aquellos que le seguían. De hecho, sus mismos discípulos más cercanos no tenían claro muchas de estas cosas.
Cristo llama a la multitud; eso es como el texto comienza. La enseñanza anterior acerca de quién era él y el anuncio de su muerte y resurrección ocurrió básicamente con el grupo de los doce y estaban ahí todos. Sin embargo, el texto de hoy comienza diciendo que Jesús llamó a la multitud, de manera que Cristo quería y entendía que no solamente los doce necesitaban oír esta enseñanza, sino que toda la multitud que le estaba siguiendo necesitaba escuchar lo que él tenía que decir en esta coyuntura de su caminar hacia la cruz.
Lamentablemente pocos han creído y pocos han seguido el ejemplo que Cristo establece aquí, a pesar de que es una descripción universal de lo que un discípulo de Jesús debe ser. Y no sabemos dónde se ha perdido la enseñanza cuando Jesús dejó tan claramente en los Evangelios, en múltiples pasajes, las directrices acerca de este tema. Tomo uno solo en Mateo 7:14, donde él dice: "Estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos, pocos son los que la hallan." La puerta es estrecha, la senda es angosta, y sin embargo muchos hoy con las estrategias evangelísticas han estado tratando de abrir esas puertas de par en par, mucho más ancha de lo que Jesús trató de hacer cuando les estaba predicando.
Yo creo que esto es un pasaje que todo el mundo necesita conocer, todo el mundo necesita entender: aquel que ha considerado abrazar la cruz por primera vez, y aquellos de nosotros que ya lo hicimos pero que quizás no tenemos claro hasta dónde llega ese compromiso. Una vez más, escucha cómo comienza el texto: "Y llamando a la multitud y a sus discípulos." Aquí están ambos grupos identificados: la multitud y sus discípulos. Yo quiero que oigan, que escuchen. Cristo quería dejar claro para todo aquel que le seguía que lo más importante no es simplemente conocer a Cristo, es seguir a Cristo.
Mucha gente lo conoció: los fariseos, los saduceos, los escribas, Pilato, Herodes, Judas. Todos ellos le conocieron, algunos de forma muy cercana como fue el caso de Judas, y sin embargo al final del camino se encontraron fuera del reino de Dios. Cuando uno lee los Evangelios, uno se percata de que muchos de los asombrados por la autoridad con la que él hablaba posteriormente se avergonzaron de las enseñanzas que los habían impactado. Otros que habían sido sanados por Cristo, cuando vieron sus heridas estando él clavado en la cruz, se avergonzaban de haber puesto su confianza en él en un momento dado. Y otros que vieron sus milagros o que experimentaron incluso sus milagros, quizás se convirtieron en testigos de los milagros, pero no necesariamente en testigos de la persona de Jesús y en testigos de la cruz de Cristo.
Y eso nos da una idea entonces de que ciertamente lo importante —y nosotros lo vemos en las palabras literales con las que Cristo habla ahora— no era simplemente, y no es simplemente, conocerlo, sino seguirlo. Tomás de Kempis en su libro muy conocido "La imitación de Cristo" lo dice de esta manera: "Jesús hoy tiene muchos que aman su reino celestial, pero pocos que lleven su cruz. Muchos que anhelan consuelo, pero pocos que anhelan sufrir. Mucha gente que desea compartir su banquete, pero no su ayuno. Todo el mundo quiere participar de su regocijo, pero pocos están dispuestos a sufrir cualquier cosa por amor a él. Muchos siguen a Jesús hasta compartir el pan, pero no hasta beber la copa del dolor. Muchos reverencian sus milagros, pero pocos que lo siguen en la indignación de la cruz. Muchos aman a Jesús siempre y cuando las cosas no vayan en su contra. Muchos que lo alaban y lo bendicen siempre y cuando reciban consuelo de parte de él. Pero si Jesús se esconde de ellos y los dejara por un tiempo, ellos caerían en la queja y se deprimirían profundamente. Aquellos que aman a Jesús por lo que él es y no por lo que representa para ellos, lo bendicen en el tiempo de dificultad y dolor tanto como cuando están llenos de consuelo."
Y eso nos da a nosotros una idea entonces de cuál es el entendimiento que Kempis tenía acerca de lo que es un discípulo de Jesús. Ya, ya lo que yo aprecio de la persona de Jesús es cuán claro él fue a la hora de enseñar. ¡Cuán claro! ¡Cuán transparente! Uno no esperaría nada menos. Pero si nosotros pensamos "ahora Cristo va a hablarles a ellos de llevar su cruz", eso a nosotros nos puede sonar radical, pero no nos suena vergonzoso como sonaría en el primer siglo.
Piensa por un momento: hoy en día nosotros llevamos cruces en nuestros aretes, en collares. Yo no soy muy dado a apoyar esas cosas, no les estoy condenando tampoco, pero no soy muy dado a apoyar eso porque cuando comenzamos a usar la cruz como un objeto de adorno, frecuentemente se convierte en algo ordinario y poco preciado o valorado. Pero en el primer siglo nadie hubiese tenido un adorno con una cruz. En el mundo romano la cruz era considerada la forma de castigo no solamente más brutal, sino más vergonzosa, reservada para los peores criminales. En el mundo hebreo la cruz era símbolo de maldición: "Maldito es todo aquel que muere en un madero." Y aquí está Cristo, con ese trasfondo cultural de parte y parte, hablándoles a ellos de que ellos necesitan tomar su cruz y seguirle.
Si hay algo que nosotros podemos ver en las enseñanzas de Jesús es no solamente su honestidad, sino cómo él nunca rebajó el estándar, cómo él nunca pintó un panorama que no era, cómo él nunca ofreció cosas irreales que no se materializarían, y cómo a todos los que querían seguirle dejó claro que seguir a su persona tendría un precio. Al final del camino nadie pudiera decir que resultó engañado, o que yo no sabía, o que yo no entendía, porque cuando Cristo habló de esta cruz, de este costo, nunca lo puso en parábolas —bueno, casi nunca habló en parábolas con relación a esto—, siempre habló con claridad, nunca habló en metáforas y figuras del habla parecidas.
Este pasaje que acabamos de leer representa parte de ese giro que el Evangelio de Marcos está tomando, que el ministerio de Jesús está tomando en su camino a Jerusalén, donde ya él ha sido declarado como el Cristo, el Hijo del Dios viviente, donde ya ha anunciado por primera vez su muerte y resurrección. Y ahora Cristo les está como diciendo: "A mí me espera una cruz en Jerusalén, y ahora a ustedes les espera una cruz como estilo de vida." Es como si el Señor Jesús les estuviera diciendo: "Mi cruz es para vuestra salvación, pero vuestra cruz es para testificar acerca de la mía." Dicho de otra manera: mi cruz compró vuestra salvación, pero la vuestra será la evidencia de que habéis sido verdaderamente comprados.
Y ahora yo tengo una buena idea resumida de lo que este pasaje tiene que enseñarme, y con eso entonces como introducción yo quiero que veamos básicamente tres cosas. Número uno: el requisito para seguir a Jesús, el versículo 34. Número dos: la promesa para todo creyente, el versículo 35. Y número tres: la advertencia para cada generación de incrédulos, el versículo 36 al 38.
Por necesidad, comencemos con el primero: el requisito para seguir a Jesús, o dicho de otra manera, la expectativa que Jesús tiene de cada uno de aquellos que se llaman sus discípulos. En las propias palabras de Jesús, aquí va otra vez: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame." En una sola frase Cristo me deja varias enseñanzas, y una de ellas es: nota cómo Jesús no dice "si alguno cree en mí", "si alguno quiere creer en mí". Eso, de eso no es. "Si alguno quiere venir en pos de mí." Los demonios creen y tiemblan, pero no le siguen.
Y de esa misma manera, con cierta frecuencia, quizás semanal, yo escucho, yo converso con alguien que dice creer en Jesús, creer en Dios, creer que él murió por el pecado de los hombres, y sin embargo su falta de compromiso pone en evidencia que realmente no es un discípulo de Jesús. Y como la encomienda, la Gran Comisión, no es ir y hacer profesiones de fe, o ir y conseguir seguidores, sino ir y hacer discípulos, entonces yo necesito entender con claridad lo que implica hacer un discípulo. No solamente para ver si yo soy uno, sino también para ver si no lo soy, pero si soy un nacido de nuevo, dónde yo necesito ajustar mi estilo de vida para conformarlo al estilo de vida de un discípulo. Y también, en el caso nuestro los que enseñamos la Palabra, para poder hablar acerca de lo que se espera de un discípulo.
Cuando tú lees estas palabras de Jesús en este texto, puedes entender mejor palabras como las de Juan en 3:36, cuando dice: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna", pero luego la complementa y dice: "El que no obedece al Hijo, la ira de Dios permanece sobre él". En otras palabras, para Juan, creer es obedecer. El que no obedece al Hijo, la ira de Dios permanece sobre él. Juan tenía claro que una verdadera creencia resulta en obediencia.
Dietrich Bonhoeffer, el autor del libro El costo del discipulado, fue un pastor luterano en la Alemania de Hitler, que terminó en un campo de concentración y fue ahorcado dos semanas antes de que fuera liberado ese campo de concentración por las tropas invasoras. Y en el libro acerca del costo del discipulado, Dietrich dice lo siguiente: "Solo el que cree es obediente, y solo el que es obediente cree". Lo voy a leer otra vez porque en la sesión anterior alguien me dijo que tuvo que escuchar la frase dos veces para entender bien: "Solo el que cree es obediente, y solo el que es obediente cree". Bonhoeffer llamaba a la pasividad cristiana "gracia barata".
Y cuando tú revisas lo que Cristo enseñó, te das cuenta que creer es rendir la voluntad. Creer es seguir el ejemplo de la cruz. Creer es seguir el ejemplo o el camino del Gólgota, es tomar tu cruz. No es algo pasivo. De hecho, en el original, cuando se nos habla de negarme a mí mismo, tiene la forma verbal imperativa: "niéguese a sí mismo". Requiere de una acción.
Ahora, el ser discípulo o el negarme a mí mismo no me salva. Esa no es la manera como la Palabra de Dios enseña la salvación, sino que aquellos que son salvos, en ellos viene a morar el Espíritu de Dios, y a través del Espíritu de Dios yo aprendo lo que es el negarme a mí mismo. Y la característica del discípulo, del verdadero discípulo, es que ha aprendido a negarse a sí mismo de tal forma que ahora su vida puede testificar verdaderamente acerca de la persona de Jesús y de la obra de Jesús en la cruz.
Ahora, yo necesito entender claramente lo que es negarme a mí mismo y lo que no es. Y yo necesito entender también cómo luce cuando yo me niego a mí mismo. Yo puedo obedecer sin negarme a mí mismo; los dictadores son obedecidos de esa manera. Yo puedo obedecer sin negarme a mí mismo, a lo Jonás, todo el tiempo en mi interior quejándome de la razón por la que yo tengo que obedecer. O yo puedo obedecer a lo Jesús en Getsemaní y experimentar entonces una paz interior, y a eso nosotros llamamos sumisión.
A esa última actitud, donde Jesús dice: "Padre, que se haga tu voluntad y no la mía. Si es posible, que pase de mí esta copa, pero que se haga tu voluntad y no la mía". Y a partir de ahí tú no escuchas ningún cuestionamiento. Tú no escuchas ninguna irreverencia. Tú no escuchas ninguna rebelión hacia el Padre, porque Jesús se ha sometido. No simplemente ha obedecido externamente; él se ha sometido internamente por amor al Padre, y eso le trajo paz y tranquilidad.
Jonás se somete porque su lucha era con Dios, y ¿quién puede luchar con Dios? A Jonás no le quedaba ningún otro recurso para poder cuestionar al Todopoderoso. Pero cuando yo me niego a mí mismo, la obediencia resulta también, o es el resultado de, una actitud interna que me permite obedecer gozosamente y disfrutar de paz.
Ahora, la única manera que yo puedo disfrutar de eso, la única manera como yo puedo gozar de esa condición, es cuando finalmente yo entiendo —no solamente mentalmente, sino cuando mi corazón ha abrazado— el hecho de que no se trata de mí ni de mis deseos, ni de mis expectativas, ni de mis sueños. No es de mis gustos ni de mis aspiraciones, ni mis preferencias, ni mis derechos, ni mis sueños. Nada de eso. No tiene nada que ver con eso. Se trata única y exclusivamente de la causa de nuestro Señor Jesucristo y de su reino.
Cuando yo puedo entender eso, he dado entonces finalmente el paso para comenzar a negarme a mí mismo. Y ahora aquellas decisiones que anteriormente me daban dificultad en hacer, ahora yo las puedo hacer con mucho más facilidad, porque el Espíritu de Dios que mora en mí no solamente me ha dado la gracia, no solamente me ha dado la habilidad de hacerlo, sino que me ha dado el convencimiento para yo poder entonces negarme a mí mismo.
Por otro lado, el negarme a mí mismo no es negarme cosas. No es de eso. Hay cosas que yo tengo que negarme, es verdad, pero el negarme a mí mismo no es negarme cosas de lo que Jesús está hablando aquí. Como entendió Martín Lutero en un momento dado cuando estaba luchando con la salvación: si puedo dormir a la intemperie, si puedo dormir en el invierno casi desnudo tratando de mortificar al cuerpo, si puedo dormir en el suelo, si puedo ayunar, si puedo dormir en el frío... No es de eso que Cristo está hablando.
Nota que el texto no dice: "Si alguien quiere ir en pos de mí, niéguese cosas", sino que dice: "Niéguese a sí mismo". En otras palabras, renuncia al yo. Ahí es donde está la negación. El centro de gravedad que hasta ese momento había estado en el yo —el yo que lo atrae todo— necesita ser movido a Cristo, que lo demanda todo. Entonces, cuando yo comienzo a entender eso, yo comienzo a tener un mejor entendimiento de cuál es la expectativa que Cristo tiene de mí.
El yo tiene que renunciar a toda pretensión de aquello que ese yo determinó como bueno y válido, para entonces abrazar toda pretensión o toda cosa que Dios define como buena y válida. Dicho de otra manera, negarse a sí mismo es dar paso al señorío de Cristo.
Alguien lo ha ilustrado, y se ha usado esta ilustración múltiples veces; la voy a usar también otra vez. Tú vas en tu carro y te encuentras a Cristo en la carretera. Y lo que el ser humano quisiera hacer es abrir la puerta e invitar a Cristo a que entre y llevárselo de pasajero, permaneciendo él todo el tiempo en control del timón o el guía del carro. Pero si Cristo se va a montar en tu carro, él va a dar la vuelta del otro lado, te va a abrir la puerta, te va a invitar a que salgas para él montarse, y que tú pases al asiento del pasajero, porque él va a conducir el vehículo o él no estará dentro del vehículo.
Cuando yo entiendo esas cosas y abrazo su señorío y vivo bajo su señorío, entonces yo soy capaz de decir cosas como estas: "Señor, yo estoy dispuesto a recibir lo que tú me das, a carecer de lo que tú retienes, a renunciar a lo que tú me quitas, a sufrir lo que tú infliges, y a ser lo que tú quieres que yo sea. A no hacer nada de lo que yo quisiera hacer, pero todo de lo que tú quieres que yo sea".
Nota cómo el texto dice "a sufrir lo que tú infliges", porque en última instancia, como Dios es Señor del cielo y la tierra y controla todas las circunstancias, cuando terminamos de completar la ecuación, él ha infligido eso. Esa es la razón por la que la madre de Samuel, cuando no podía dar a luz porque era estéril, ella dice: "El Señor ha cerrado mi matriz". Yo no digo que no hubo circunstancias médicas que causaron que la matriz, cosas raras que resultaron en la esterilidad de ella, pero ella entendía que aún esas causas médicas que pudieron haber ocurrido, que ella no entendía cómo eso ocurre, eran cosas que estaban bajo la soberanía absoluta de su Dios.
Y esa es la razón entonces que, cuando yo entiendo el señorío de Cristo y estoy viviendo como un verdadero discípulo, yo puedo decir que estoy dispuesto a sufrir lo que tú infliges. Ese discípulo ha entendido que él no tiene potestad sobre su vida.
Si hay algo que yo he aprendido en mi propia vida y en lidiar con ovejas, con personas, es que hay momentos puntuales en nuestras vidas donde Dios va a probar, por así decirlo, mi discipulado. Él me va a colocar en una bifurcación, y en esa bifurcación, como ilustración, hay un ramal que dice "la idolatría del yo", donde yo puedo seguir mi camino, y hay otro ramal que dice "el señorío de Cristo".
Y yo voy a estar ahí, en ocasiones medio confundido, no sabiendo qué hacer, tratando de interpretar las circunstancias, medio confuso porque yo tengo el yo que está demandando decisiones qué hacer. Y muchas veces, al final de esa decisión, mi discipulado ha sido probado o no. Y frecuentemente, cuando yo no soy un verdadero discípulo —y muchas veces no lo soy porque ciertamente el Espíritu de Dios no mora en mí— yo termino tomando la vía de la idolatría del yo y no la otra.
Cuando yo hablo de esa bifurcación y de esas decisiones, yo no me estoy refiriendo a esas pequeñas decisiones del día a día que nosotros hacemos muchas veces sin pensar, sino a momentos puntuales significativos en la vida del hombre donde tú sabes que estás en una bifurcación. Y yo sé que he estado ahí más de una vez. Donde tú necesitas hacer una decisión que es vital para lo que es el resto de tu camino, y muchas veces Dios está ahí probando tu discipulado. Y aquellos que observamos, muchas veces podemos ver cuál fue el resultado de esa decisión.
Es como cuando este joven rico viene a Cristo corriendo y se tira a sus pies y le dice: "Maestro bueno, ¿qué voy a hacer para tener la vida eterna?" Y Cristo le dice: "Bueno, tú conoces los mandamientos: obedece eso". "No, no, yo los he obedecido todos desde mi juventud". "Pues vende todo lo que tú tienes y regálalo a los pobres". Él está en una bifurcación. Cristo conoce lo que realmente está impidiendo a ese hombre, a ese joven, llegar hasta él, y él va a tener que decidir. Y él decidió por sus posesiones en la bifurcación, antes que por el Señor. Y el texto dice que él se fue triste. El joven cabizbajo se fue triste porque tenía muchas cosas. Y el texto también dice que Cristo se entristeció porque lo amaba.
Lo que Cristo está tratando de ayudarnos a entender en pasajes como este, que son varios en los evangelios, es cuáles son sus expectativas de sus discípulos. Y no sé cómo las pasamos por alto, porque están tan claramente delineadas.
Déjame leerte un pasaje más en Lucas 14, que no es el pasaje paralelo a este. Hay un pasaje paralelo de este pasaje de Marcos 13 en Lucas 9, y hay un pasaje paralelo en Mateo también, si mi memoria no me falla. Y sin embargo tiene términos similares en Lucas 14, leyendo del versículo 25 en adelante.
Grandes multitudes le acompañaban, y él, volviéndose, les dijo: "Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aún hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo."
Nota cómo Cristo habla en este caso de incluso aborrecer tu propia vida, y eso pudiéramos verlo desde más de un ángulo. Algunos de ustedes me han contado cómo tuvieron un estilo de vida en un momento dado y que ya tienen un estilo de vida distinto, diferente, y cómo cuando piensan en ese estilo de vida anterior, lo aborrecen. Bueno, en un momento dado ustedes decidieron aborrecer la vida que estaban llevando y abrazar la vida de Cristo.
Pero en otros casos, lo que Cristo está apuntando es que si pones en una balanza lo que es él, su reino, su evangelio, su causa, su cruz, y pones en esta otra balanza todas mis demás relaciones, realmente lo que está de este lado tiene que pesar siempre mucho más que lo que está del lado humano. Y Cristo no solamente me enseñó eso, sino que lo demostró en vida cuando en un momento dado estaba en una casa enseñando, y al enseñar le dijeron: "Mira, tu madre y tus hermanos están allá fuera." Y él dice: "¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?" Bueno, tú sabes, María está ahí, y fulano y fulano están identificados por nombres. Y Cristo dice: "¿Sabes qué? Mi madre y mis hermanos es todo aquel que hace la voluntad de Dios."
Lo pudiéramos ver este término de aborrecer como una hipérbole para ilustrar la no competencia con el señorío de Cristo, no importa cuán cercana sea la relación que alguien guarda conmigo. Escucha cómo Cristo hace la demanda en Lucas 9, versículos 59 y 60: "A otro dijo: Sígueme. Pero él dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Mas él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos, pero tú ve y anuncia por todas partes el reino de Dios."
Se cree que probablemente en la cultura en que estaban, la frase "deja ir a enterrar a mi padre" significaba que su padre estaba vivo. "Déjame ir a vivir con él todavía hasta que él muera; una vez él muera, yo lo puedo enterrar; después que lo entierre, yo puedo ir y seguirte." Y Cristo le dice: "¿Sabes qué? No. Deja que los muertos entierren a sus muertos." Quizás se estaba refiriendo al hecho de que estamos muertos en delitos y pecados. Deja que los hombres entierren a los hombres, pero tú, tú, tú, a quien yo estoy llamando, ven y sígueme. Pero tú ve y anuncia por todas partes el reino de Dios.
Y si tú sigues leyendo inmediatamente después, los versículos 61 y 62, también otro dijo: "Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa." Pero Jesús le dijo: "Nadie que después de poner la mano en el arado mira hacia atrás es apto para el reino de Dios." "Ay, pero déjame ir a despedirme." Cristo dice: "No. Si has tomado una decisión y pusiste la mano en el arado, si miras hacia atrás, no eres digno de ser mi discípulo, de seguirme."
El discipulado de Cristo no es a medio tiempo, no es parcial, no acepta competencia por cercana que sea la relación, no acepta espera, no acepta excusa, no acepta comparación. No es un discipulado barato, es un discipulado especial, pero no está en especial. Es un discipulado que requiere de mucha consideración. Es como que Cristo está diciendo: "O yo manejo tu vida o tú manejas tu vida, pero no ambos." Y tienes que tomar una decisión. La primera acción: niéguese a sí mismo. La segunda acción: tome su cruz.
Ahora, yo necesito entender lo que significa llevar la cruz, porque llevar la cruz, por ejemplo, a manera de ilustración, no es mi diabetes de 44 años. Yo no estoy llevando ninguna cruz porque a incrédulos y a creyentes les da diabetes de igual manera. Yo no tengo que tomar ninguna decisión con relación a mi diabetes; mi diabetes me llegó, y ahora yo tengo que tratarla. Cuando Cristo habla en este contexto de tomar su cruz y seguirle, Cristo está hablando de cosas en las que yo tengo que tomar una decisión. Yo tengo que soltar algo para abrazar su causa, y él me está diciendo: "Considéralo, piénsalo, pero tú tienes que tomar una decisión." Y eso es precisamente lo que en un momento dado él hace con los discípulos cuando les dice: "¿Ustedes se quieren ir también?" Tienes que tomar una decisión: o se van o se quedan.
Déjame leértelo en dos o tres líneas que yo escribí con relación a lo que implica llevar la cruz de Cristo. Llevar la cruz es dar la bienvenida al señorío de Cristo y voluntariamente dar paso a su voluntad por encima de la nuestra, sin cuestionamiento de su voluntad, buena, agradable y perfecta. Es dar la bienvenida al señorío de Cristo y junto con eso, voluntariamente dar paso a su voluntad, renunciar a la nuestra, reconociendo que la suya, independientemente de por dónde me lleve, es buena, agradable y perfecta. Cuando Cristo tomó su cruz y la llevó, terminó clavado en un madero. Llevar mi cruz son decisiones que yo tendré que hacer en aras de la cruz, en aras de su causa, en aras de su evangelio, en aras de su reino. Cuando los apóstoles tomaron su cruz y lo siguieron, terminaron como mártires.
Sin embargo, hoy, cuando estamos frente a textos como este de tan alta demanda, frecuentemente el predicador comienza diciendo: "Déjame explicarte primero lo que llevar la cruz no significa," en vez de hablar de lo que sí significa. Entonces oímos cosas como esta: "Llevar la cruz no significa que tienes que sacrificarte como lo hizo Cristo o Pablo, porque no todos tienen el llamado de Pablo." Sí, el problema es que cuando Cristo habló de esta enseñanza, el texto dice: "Y llamando a la multitud y a sus discípulos..." En otras palabras, este es un requerimiento o una expectativa universal para todos aquellos que son sus discípulos.
Algunos dirían: "Bueno, llevar la cruz no significa una vida de privaciones, porque la salvación no es por obras." Bueno, estamos de acuerdo que no es por obras, pero todo aquel que ha aceptado la cruz de Cristo tiene privaciones en su vida. Honestamente, hay privaciones que yo tengo que no las tendría si yo no estuviera siguiendo su cruz.
"Bueno, bueno, mira, llevar la cruz no implica que mi familia tiene que llevarla también, porque ellos no recibieron el llamado. El llamado me lo dieron a mí." Como dirían en inglés: "Oh, really?" ¿Realmente? Pero pregúntales a ellos eso que yo acabo de decir. Pregúntale a los hijos y a las viudas y a los viudos de este grupo de personas que yo te voy a leer ahora, a ver si el llamado solamente se lo hicieron a ellos y por tanto la familia no tiene que llevar la cruz con ellos.
Hebreos 11, a partir del versículo 35 hasta el 39. Yo voy a ir leyendo, no lo busques. Simplemente tú pudieras cerrar los ojos y escuchar. Imagínate a este grupo de personas en medio de lo que están pasando, literalmente imagínate por lo que están pasando, y luego imagínate a sus hijos, a sus viudos, a sus viudas, y tú me dices si ellos están compartiendo esa cruz o no.
"Y otros fueron torturados, no aceptando su liberación —no aceptando su liberación, me van a poner en libertad, no aceptando su liberación— a fin de obtener una mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y hasta cadenas y prisiones. Fueron apedreados, aserrados, cortados en dos, tentados, muertos a espada. Anduvieron de aquí para allá cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, destituidos, afligidos, maltratados, de los cuales el mundo no era digno."
Cuando Dios habla y dice que hay un grupo de personas que él distingue de tal manera que considera al mundo no digno de ellos y se los llevó. "Por tanto, errantes por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas de la tierra. Y todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa."
Imagínate sus hijos, sus esposas, sus esposos, sus hermanos, su madre, su padre. ¿No los afectó? Aserraron a Isaías. Esto es lo que la tradición dice, que probablemente este texto de Hebreos se refería a Isaías, quizás a otros, pero específicamente a Isaías, que se escondió en un tronco hueco, y cuando el rey se enteró, cogió y aserró el tronco en dos. Esta gente pasó por eso. El mundo no era digno de ellos. Dios los colocó en otra categoría, separada, por sí solos; los colocó distintos al resto. Y esa sola descripción nos da a nosotros una idea de hasta dónde llegan las implicaciones del discipulado de Cristo.
Vimos las expectativas del discipulado. En segundo lugar, yo quiero que veamos la promesa para el creyente: "Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará."
Suena como una paradoja. Si yo quiero ganarla, tengo que perderla. Si yo la gano, la pierdo. Si yo la pierdo, la gano. Yo me imagino a estos cristianos del primer siglo. Nosotros tenemos las cosas mucho más claras. Yo tengo a Marcos, nosotros tenemos a Marcos, que estamos exponiendo, pero tenemos el privilegio de contar también con Juan, con Mateo, con Lucas. Comparar y decir: "Bueno, ciertamente mira, esto es lo que esto está diciendo, porque lo dice aquí, lo dice allí, lo dice de esta forma, lo dice de esta otra forma." Esta gente al principio no tenía nada. Eso de Marcos al principio no estaba escrito. Pero luego comienzan a escribirse y tenían casualmente porciones de estos libros.
Me imagino que algunas de estas discusiones o conversaciones se dieron en torno a hasta dónde llega mi compromiso con el señorío de Cristo. Si me llaman ante las autoridades y me preguntan si el César es señor, ¿no podría yo decir "sí, es señor", viendo yo en mi corazón que yo no lo voy a adorar, irme a mi casa y adorar al Señor Jesucristo que es el único Señor? ¿No estaría bien eso? Pero resulta que aun eso, cuando ocurría, esa gente decía: "No, César no es señor, no es Kurios, no es señor, Cristo es Señor". A la boca de los leones.
Yo imagino que sus conversaciones en algún momento, con algún grupo, debieron haber girado en torno a hasta dónde llega el señorío de Cristo y hasta dónde comprometo mi vida. Y yo reflexionaba esta semana al decir y pensar que nuestras conversaciones giran en torno a si debo diezmar o no diezmar, si eso implica el nueve por ciento o el ocho o el tres, que si está en el Antiguo Testamento o está en el Nuevo Testamento. Y yo pensaba y decía: si alguna de esta gente del primer siglo, de las primeras décadas, hubiese escuchado este tipo de preguntas, yo creo que habrían preguntado: "¿Esa gente son cristianos?" Porque esta gente no diezmó de sus bolsillos en ocasiones, sino que diezmó sus vidas. Hubo grupos que perdieron no el diez por ciento de los componentes del grupo, sino el cien por ciento de ellos. ¿Te das cuenta a qué nivel vivimos? Yo creo que alguna de esta gente, si oye alguna de nuestras discusiones, diría que ni aún se nombre entre nosotros. Por lo menos esta gente que yo leo en Hebreos. Yo me siento tan chiquito, tan pequeño, cuando yo leo acerca de esta gente.
Pero nos parece así porque nosotros vivimos en una época y, por tanto, un cristianismo muy egocéntrico, un cristianismo que no concibe que parte de mi llamado es el llamado al sufrimiento. Nosotros tenemos múltiples pasajes donde pudiéramos mostrar eso, pero si yo tuviera solamente un libro de la Biblia, un capítulo de la Biblia, un versículo de la Biblia, yo puedo mostrarlo con toda claridad: Filipenses 1:29. A nosotros nos ha concedido el privilegio no solamente de creer en él, sino de sufrir por él. Demostración hecha: a mí se me ha dado un privilegio junto con mi creencia, el sufrir por él. Porque el sufrimiento muchas veces deja heridas, y esas heridas, cuando sanan, adquieren una habilidad de hablar extraordinaria, capaz de convencer a otros de forma que quizás anteriormente no habían sido convencidos. Y ahí está Tomás para probar eso: "No creo, a menos que yo meta mi dedo en la llaga". "Tomás, aquí estoy. ¿Qué están mis heridas? Mete tu dedo en la llaga". De rodillas: "¡Mi Dios y mi Señor!" ¿Qué enseñanza nueva oyó Tomás? Ninguna. Él vio heridas sanadas por el poder de Dios.
¿Dónde esta gente oyó a Cristo decir: "Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, sus hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo"? Yo me pregunto: ¿qué entendió esta gente? Yo creo que esta gente entendió lo que leemos en Hebreos, y es que por el reino puede ser que yo pierda mi vida y deje a mi esposa viuda, o quizás mis hijos queden sin padre, como les pasó a Jim Elliot y sus compañeros cuando trataron de entrar a la jungla en el año 1956, creo, y fueron asesinados los cinco, y dejaron cinco viudas. Yo creo que eso es parte de lo que este texto significa: "Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, sus hermanos y hermanas". En cierta medida, abrazar ese riesgo, abrazar la muerte y dejar sus viudas y algunos con hijos, implicó aborrecer a los suyos ante los ojos del mundo.
Pero no entendemos eso porque el cristianismo egocéntrico de nuestros días quiere a Cristo y su hobby al mismo tiempo. Quiere a Cristo y su pecado compartiendo la misma vida. Quiere a Cristo y su comodidad, cómodamente acomodados, valga la redundancia. Quiere a Cristo y su éxito, los dos siendo igualmente exitosos. Quiere la fama de Cristo o la fama de su nombre y la fama de mi nombre sentados en la misma silla. Y Cristo dice: "No". Y en el mundo de la física eso es posible verlo: dos cuerpos no ocupan un mismo lugar en el espacio. O es la fama de tu nombre o es la fama del mío, pero no los dos. Eso es parte del señorío de Cristo.
La promesa del creyente es que, si yo vivo de esa forma, yo puedo contar con mi salvación y todas las promesas hechas a los salvados. Esa es la razón por la que el libro de Hebreos me habla de esta gente que saludó las promesas de lejos, sin haberlas recibido, pero convencidos de que las recibirían. ¿Por qué? Ellos habían creído en una mejor patria, una mejor nación. La vida de la cruz, la vida del discípulo, es la Vía Dolorosa.
Yo hablaba con mi esposa esta semana con relación a otra cosa, y yo le decía: "¿Sabes que me he hecho esta pregunta muchas veces?" Y en la reflexión la respondí para mí. Se la comparto, les comparto las respuestas a ustedes, pero no puede ser de otra manera. No puede ser de otra manera. Dios no podía diseñarla de otra forma. La primera respuesta es obvia: si él la ha diseñado así, y la respuesta es no, no podría ser de otra forma, porque su diseño siempre es bueno, perfecto y agradable.
Pero comencé a pensar un poquito más y comencé a contestarme así: no, no puede ser de otra manera. En primer lugar, porque vivimos en un mundo caído que sufre consecuencias caídas de todo lo demás. Número dos, nosotros vivimos en territorio enemigo, nosotros ocupamos un territorio enemigo. El dios de este mundo es definido como Satanás, y por tanto nosotros vivimos en presencia continua de oposición. Número tres, porque aun después de ser salvos nosotros continuamos pecando, y por tanto Dios continúa enseñándonos a través de las consecuencias que nuestros propios pecados acarrean, para que yo pueda aprender cuál es el camino de la santidad y de su imagen. En cuarto lugar, tiene que ser así porque las condiciones de dolor y sufrimiento no solamente prueban mi discipulado, sino que purifican mi discipulado. El camino del dolor y el sufrimiento frecuentemente prueba si soy discípulo o no. Demas abandonó a Pablo en un momento dado y probó su no discipulado. Pero para aquellos que sí somos discípulos, el camino del dolor y el sufrimiento purifica ese discipulado. Tiene que ser así porque, de alguna manera que nosotros no entendemos, el dolor, el sufrimiento y la muerte incluso han sido y son el abono de la iglesia. Si no es así, tendríamos que irnos a Cuba y a China y ver el fenómeno de una iglesia que ha crecido en oposición, en dolor, en sufrimiento, y cómo Dios la ha bendecido. Es el abono de la iglesia. Y tiene que ser así porque el camino del dolor y el sufrimiento frecuentemente representa un filtro para los falsos maestros y los falsos seguidores.
En esta misma hora, en algún lugar, alguien está predicando el evangelio de la prosperidad y está predicando riqueza, salud, prosperidad, felicidad, mientras aquí nosotros estamos predicando este otro camino, el camino de la Vía Dolorosa. Y lo que ocurre muchas veces es que cuando escucho ese otro camino y si lo que tengo es casi como un idilio, digo: "No, yo me voy a ir de equipo, qué imagínate en la iglesia que me están hablando de un estándar demasiado alto y eso no va conmigo. Pero en el otro lugar, donde me hablan de riquezas, salud y felicidad, ahí sí". Entonces, esas son algunas respuestas que yo pude dar a esta pregunta: ¿por qué tiene que ser de ese modo? Dios debe tener otras mejores, superiores y quizás más numerosas, pero esas son algunas con las cuales yo pude pensar un poco.
"Pastor, por eso no es fácil, porque es que, mire, usted no conoce mi condición". No, y no la conozco, y estoy seguro que algunas de esas, si las conociera, quizás me parecerían también abrumadoras. Pero como cada uno de nosotros quiere ser como Cristo, déjame leerte este párrafo corto de Chuck Swindoll en su libro So You Want to Be Like Christ, "Entonces tú quieres ser como Cristo". Escuchen lo que él dice: "La próxima vez que usted se sienta triste, haga una pausa lo suficiente para comparar su situación con la de Cristo en la cruz. La próxima vez que usted se sienta criticado injustamente, de nuevo compare, pese sus problemas contra lo que él sufrió. La próxima vez que usted tenga que renunciar a algo conveniente o algo familiar, compare su renuncia con lo que él renunció. La próxima vez que usted tenga que ajustar su plan, compare su ajuste a lo que él tuvo que ajustarse". ¿Cómo quedamos?
No, yo no conozco tu situación, que quizás es abrumadora, es cierto. Pero yo conozco la situación de Cristo en la cruz, y sé que su renuncia y su dolor y su sufrimiento y su muerte fueron muy por encima de lo que nosotros pudiéramos experimentar. Aun si yo experimentara exactamente lo que él experimentó, que no llegaría nunca, pero aun si yo experimentara eso físicamente, aún no se compararía, porque estamos hablando de Dios versus una criatura. Y para Dios ser escupido y una criatura ser escupida, eso no es la misma humillación. Para Dios ser latigado y una criatura ser latigada, esa no es la misma vergüenza, humillación, dolor, sacrificio. Entonces, llevar mi cruz y seguirlo es estar dispuesto a hacer cualquier sacrificio que Dios me pida en aras del reino, en aras de su causa, en aras del evangelio.
Eso es exactamente como Cristo lo dice en el versículo 35: "El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará".
Vimos entonces, en primer lugar, el requisito de ser un discípulo de Cristo, la expectativa que Cristo tiene de nosotros. Vimos en segundo lugar la promesa para el que es un verdadero discípulo. Y en tercer lugar y finalmente, quiero que veamos la advertencia para cada generación, versículos 36 hasta el final, 38: "Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? Pues, ¿qué dará un hombre a cambio de su alma? Porque cualquiera que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles".
En la primera parte de la advertencia, Cristo usa términos comerciales: ganar, perder, cambiar, como si fuera una inversión, a invertir mi vida. Y Cristo entonces comienza a ayudarnos a entender. Yo creo que esto es una ilustración excelente. Él me dice que tú ganas y ganas a todo el mundo. En otras palabras, de este lado de la eternidad vamos a asumir la mejor condición. Vamos a asumir que un hombre, un solo hombre, pueda ganar todo el mundo, todo el mundo está a sus pies, tiene todos los recursos, tiene toda la riqueza, tiene toda la sabiduría, y la tiene por el resto de su vida. Eso es lo máximo que él puede ganar. Él vivió 80 años, él vivió 90 años, y luego termina su vida y perdió su alma. ¿Qué ganó? Pero resulta que nosotros no ganamos ni una millonésima del mundo y creemos que nos la estamos llevando por delante.
Entonces Cristo hace una pregunta, también que es un poco comercial: ¿Qué dará un hombre a cambio de su alma? ¿Cuánto vale tu alma? ¿Cuánto vale la eternidad de tu alma? ¿Dónde va a pasar la eternidad? Si pierdes tu vida de este lado de la eternidad, 80, 90 años, y no terminas con gran cosa, pero has ganado la vida eterna, ¿uno no cree que valió la pena haber vivido de esa manera?
Jesús llama a su generación adúltera y pecadora, un término similar a como los profetas llamaron a su generación. Los profetas llamaron a Israel infiel, adúltera, pecadora. Yo no creo que nosotros pudiéramos usar otra terminología distinta para nuestra generación. Y entonces dice: cualquiera que en esta generación adúltera y pecadora... Yo creo que es un término que podemos usarlo de manera universal en todos los tiempos. Que se avergüenza de mí, pues, y de mis palabras. Él separa o distingue: que se avergüenza de mi persona o que se avergüenza de mis palabras, de mis enseñanzas. Entonces, cuando yo venga con mis santos ángeles a juzgar el mundo, yo me avergonzaré de él. Si te avergüenzas de mi persona o si te avergüenzas de mis enseñanzas, tienes la misma suerte. Cualquiera que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.
¿Cómo nos avergonzamos de Cristo? Bueno, yo no tengo una lista exhaustiva porque no existe, deberíamos describir algo interminable. Pero aquí hay algunas pinceladas, algunas ilustraciones de cosas que ocurren en la vida y que implican avergonzarme de Él. Si yo no lo reconozco como Mesías, Él no me reconocerá como salvo. Si yo no lo reconozco como Dios, Él no me va a reconocer como hijo del Padre. A todos los que le recibieron les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Si yo no lo reconozco como Dios, como algunos hacen que le reconocen como Hijo de Dios pero no como Dios, como hablamos el domingo pasado, Él no me va a reconocer a mí como hijo del Padre.
Si no crees que Jesús es el único camino, te irás a la perdición por el tuyo, por tu propio camino, y terminarás entonces cantando el himno del infierno, la canción de Frank Sinatra: "A mi manera". Lo hice a mi manera. Si no lo confiesas como la verdad, perecerás en la mentira. Si niegas que Jesús es la vida, tu eternidad será una de muerte espiritual. Si rehúsas reconocerlo como la puerta a la vida, cuando termines al final del camino te encontrarás en un callejón sin salida. No hay salida, porque rehusaste la puerta. Si no piensas que Jesús es la resurrección y la vida, resucitarás pero para muerte.
"Pastor, yo reconozco todo eso, pero todavía yo quiero estar como más seguro de cómo sé si soy su discípulo". Bueno, por sus frutos los conoceréis, eso fue lo que Cristo dijo. Por sus frutos. ¿Cuáles frutos? Estas cosas que Cristo está describiendo que deben caracterizar a un discípulo.
"Pastor, ¿qué, la vida cristiana no es fácil?" "Él pastor, yo solo digo usted". Yo voy a decirlo otra vez. Yo sé que, entiendo, que hasta donde puedo determinar, lo digo sinceramente y sintiéndolo, y tengo mucho tiempo diciéndolo: yo no conozco nada más fácil que la vida cristiana. La vida cristiana se hace difícil cuando el yo está muy vivo y el yo sigue demandando y pidiendo. Pero ¿sabes por qué yo digo no conozco nada más fácil que la vida cristiana? Escucha. Jesús vive en mi interior. Dios pone en mí el querer como el hacer. Dios me ama incondicionalmente. Perdona mis pecados cada vez que voy donde Él. Me restaura, me levanta. Cuando estoy solo puedo hablar con Él. Si paso por el valle de sombra de muerte, Él estará conmigo. Su fidelidad es incuestionable e incondicional. Me corrige. Me dice qué tengo que hacer. Me lo dice en su Palabra y me habla a través de su Espíritu cuando ilumina su Palabra o cuando me da entendimiento. ¿Qué más quieres? Encima, me protege. Si Él está conmigo, nadie puede estar contra mí. Mis peores cosas Él las hace cooperar para bien. Mi salvación, que es buena, no la puedo perder. Mi mejor cosecha está aún por verse. Tú quieres algo más fácil que eso. Como dirían en el campo: ¡Qué quieres mi'jo!
Dios le dice al pueblo de Israel: mis mandamientos no son gravosos. Dios me dice en el Nuevo Testamento a través de Juan: mis mandamientos no son gravosos. ¿De qué estás hablando? Pero como me decía alguien después del primer servicio, gracias a Dios por su honestidad: "Es que pastor, mi yo está demasiado vivo". Y me lo decían con tristeza. Yo reconocí: ella es el problema, un yo que no ha sido negado todavía. Y Cristo dijo: si tú quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo. El yo y el señorío de Cristo tienen una lucha continua.
Yo creo que nadie lo ha dicho mejor, nadie ha revelado mejor esa lucha entre el yo y el señorío de Cristo que este puritano que escribió una oración y que aparece en el libro "El Valle de la Visión". Arthur Bennett es un autor inglés que recogió una serie de oraciones de los puritanos y las puso en un solo libro que se llama "El Valle de la Visión". Y una de esas oraciones dice lo siguiente: "Cuando tú quieres guiarme, yo me hago cargo de mí mismo. Cuando tú quieres ser soberano, yo me gobierno a mí mismo. Cuando tú me cuidarías, yo me hago autosuficiente. Cuando debiera confiar y depender de tu provisión, yo me suplo a mí mismo. Cuando debiera someterme a tu providencia, yo sigo mi voluntad. Cuando debiera estudiar, amar, honrar y confiar en ti, yo me sirvo a mí mismo. Yo corrijo y encuentro faltas con tus leyes para mi conveniencia. En vez de buscar tu aprobación, busco la aprobación de los hombres. Y por naturaleza yo soy un idólatra. Llévame a la cruz y déjame allá".
Esta es la curación de la idolatría del yo. La idolatría del yo necesita ser reemplazada por la adoración del Dios del cielo y la tierra. Y hasta que la idolatría del yo no termine, la lucha será intensa, continua, intensa, continua, drenante, fatigante. Y viviremos espiritualmente cansados. Yo puedo irme fuera de la ciudad a descansar y descansaré el cuerpo, pero el alma no descansa en un resort. No lo estoy condenando, estoy simplemente describiendo: el alma descansa en Dios, no tiene otro lugar que la descanse. Y yo puedo descansar en Dios terapéuticamente, con eso quiero decir, es después de haberme cansado irme a sanar, a descansar. O yo puedo descansar en Dios preventivamente, antes de cansarme. Y en la medida en que yo renuncio más completamente al yo y vivo, no simplemente expreso, vivo en dependencia del Señor, mi cansancio emocional y espiritual no será menor. Porque aquellos que confían en Dios renovarán sus fuerzas, correrán y no se cansarán, y se remontarán como las águilas. Dios dice eso.
Y creo que entre nosotros hay algunos, no sé cuántos, nacidos de nuevo cuyas vidas no lucen como discípulos. Y si Dios te ha hablado, yo quiero que tú tomes este tiempo, no solo para reflexionar sino para orar, y no solamente aquí sino después que te vayas, para que Dios te pueda guiar y mostrarte dónde tú necesitas ajustar tu vida para que luzca más como la de un discípulo y que por tanto glorifique más su nombre, para que haya más gloria a su nombre. Como dice la frase: "For the fame of His name", por la fama de su nombre.
Pero yo creo que hay otros que quizás mientras escuchaban, o quizás Dios venía trabajando en ellos, saben que no son discípulos porque no han nacido de nuevo. Y si Dios te convenció de eso, bueno, eso es un buen paso. Pero tienes que saber que hay un costo si quieres considerar abrazar la cruz de Cristo y nacer de nuevo. Tienes que saber que hay un costo, hay un precio a pagar, escrito en el texto de hoy. Pero Cristo fue a la cruz para derramar sangre que pueda perdonar tu pecado, limpiarte de pecado. Y Cristo te ha hecho un ofrecimiento desde la cruz de vida eterna, si reconoces esa condición de bancarrota espiritual en necesidad de perdón, sabiendo que lo único que te puede limpiar es su sacrificio en la cruz. Si estás dispuesto a entregarle tu vida para que Él ejerza señorío. No es que tú le vas a hacer Señor, Él es Señor. Pero para que Él ejerza señorío sobre tu vida y que tú entonces puedas abrazar su vida, la vida que Él compró para ti en la cruz, y vivir de ahí en adelante como un discípulo.