La gratitud no es un sentimiento opcional en la vida cristiana, sino una deuda que el creyente tiene con su Dios. El Salmo 100 presenta dos llamados fundamentales: primero, a una alabanza alegre y jubilosa; segundo, a entrar en la presencia de Dios con acción de gracias. Ambos llamados vienen acompañados de sus razones: alabamos con gozo porque Dios es nuestro creador y nos ha hecho ovejas de su prado, y le damos gracias porque él es bueno, misericordioso y fiel por todas las generaciones.
El gozo al servir a Dios no es decorativo sino esencial. Cuando el servicio y la obediencia se realizan sin alegría, dejan de ser verdadera alabanza y se convierten en mera obligación. Dios advirtió a Israel en Deuteronomio que por no servirle con gozo, terminarían sirviendo a sus enemigos. La falta de gozo en el cristiano contradice la vida abundante que Cristo vino a dar y revela distancia de su imagen.
Lo opuesto a la gratitud es la queja, muchas veces interna y silenciosa. Esa insatisfacción que pregunta "¿por qué a mí?" ignora que todo en las manos de Dios coopera para bien. Cuando asaltaron al puritano Matthew Henry, él escribió en su diario cuatro razones para dar gracias: nunca lo habían robado antes, se llevaron su cartera y no su vida, lo robado no era mucho, y él fue el robado y no el ladrón. La mejor expresión de la bondad divina está en el evangelio: un Dios que se hizo hombre, un inocente que se convirtió en culpable para que el culpable recibiera una corona.
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Salmo 100. Vamos a buscarlo. Ahí, antes de obviamente leerlo, como usualmente hacemos, me gustaría introducir ese salmo, ese hermoso y breve salmo que nos habla de un par de características que deben estar presentes en el creyente, en el pueblo de Dios.
Pero antes de leerlo, yo quería reflexionar brevemente también e introducirlo, sobre todo usando lo que ha sido esta semana en el mundo. Yo diría casi en el mundo que nosotros conocemos, el jueves celebramos el Día de Acción de Gracias, como ustedes saben. Es un día ya conocido a nivel internacional, sobre todo partiendo de los Estados Unidos, aunque muchos países también lo celebran: Canadá, Inglaterra, Estados Unidos y otros países. Nosotros también sabemos que ese es el Día de Acción de Gracias, el último jueves de cada noviembre. Es un día que tiene un motivo significativo. Muchos no sabemos de dónde procede. Yo quería traer esa breve historia y usarla como introducción a mi mensaje, porque precisamente de eso queremos hablar: de la deuda de gratitud que nosotros tenemos con nuestro Dios, y cómo debe eso inspirar el corazón del hijo de Dios de manera constante, una constante carga, una buena carga de gratitud a nuestro Señor por todo lo que hemos recibido de parte de él y por todo lo que él es.
En el año 1789 fue que se proclamó el Día de Acción de Gracias como un día festivo en los Estados Unidos, y provino de una proclama que hizo el presidente George Washington, luego de que un diputado o un representante del pueblo en el Congreso, Elias Boudinot, llevó esta intención y le sugirió al presidente que debían tomar un día al año para agradecer a Dios y para orarle a Dios por su protección y por su favor. Efectivamente, el presidente George Washington aceptó esta propuesta y proclamó —no voy a leer el decreto completo, pero sí proclamó— lo siguiente: "Por el presidente de los Estados Unidos se proclama, en vista de que es responsabilidad de todas las naciones reconocer la providencia del Dios Todopoderoso, obedecer su voluntad, estar agradecido por sus beneficios y humildemente implorar por su protección y favor, se declara el noviembre 26 como Día de Acción de Gracias y de oración." Estoy resumiendo la última parte.
Pero fíjense la motivación de este día. La creación del Día de Acción de Gracias tiene su origen en el reconocimiento de los favores recibidos de parte del Dios Todopoderoso, y del reconocimiento también de este pueblo de que es necesario, o debe ser la voluntad de Dios, estar agradecido por sus beneficios e implorar su protección y favores. Es un hermoso motivo para un día. Es lamentable que hayamos copiado más Halloween que el Día de Acción de Gracias, pero es un día sumamente significativo en su origen. Y así nació el Día de Acción de Gracias, un día que lo celebramos, como se conoce, algunos de nosotros, el último jueves de cada noviembre.
Resulta un poco paradójico que precisamente luego de celebrar el Día de Acción de Gracias, en donde damos gracias por todo lo que tenemos y hemos recibido, al otro día sea el mayor día de ventas comerciales y especiales casi conocido, que es el ahora famoso y ampliamente conocido y ampliamente ataponado Black Friday. Es paradójico que acabamos de dar gracias a Dios y luego estamos comprando como locos cualquier cosa que nos haga falta. No estoy criticando lo que compraron el Black Friday, tranquilos. Pues así vivimos y así estamos.
Yo diría que la actitud de acción de gracias es una actitud hermosa, significativa, e incluso llamada y estimulada por la Palabra a lo largo de la Palabra, a que esté presente en cada uno de nosotros. El Salmo 100 es uno de muchos pasajes que pudiéramos escoger para predicar o exponer lo que es una actitud agradecida hacia la vida. Entonces, saben que nosotros tenemos actitudes que nos caracterizan. Hay gente que es caracterizada por una actitud de competencia. Hay gente que es caracterizada por una actitud de exigencia. Hay gente que es caracterizada por una actitud de queja. Hay gente que es caracterizada por una actitud de pereza o haraganería. Hay gente que es caracterizada por una actitud agradecida hacia la vida y ven la vida con ojos agradecidos, entendiendo que todo cuanto ocurre tiene sentido y tiene un propósito en las manos de su Señor.
Yo quisiera que fuéramos entonces al Salmo 100, lo leyéramos y viéramos ahí dos llamados que el salmista nos hace como pueblo de Dios. Hay dos llamados y cada llamado tiene una razón de ser. Dice así: "Aclamad con júbilo al Señor, toda la tierra. Servid al Señor con alegría. Venid ante él con cánticos de júbilo. Sabed que él, el Señor, es Dios. Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos. Pueblo suyo somos y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias y a sus atrios con alabanza. Dadle gracias, bendecid su nombre, porque el Señor es bueno, porque para siempre es su misericordia y su fidelidad por todas las generaciones."
Es un hermoso salmo. Como les dije, es un breve salmo, y este es un salmo que concluye, que cierra una serie de cinco salmos donde se está exaltando el glorioso reinado de nuestro Dios. Es el salmo que cierra esta serie de salmos, unos cinco salmos donde se exalta ese reinado de nuestro Señor.
Claramente nosotros vemos dos llamados. En el primer versículo, versículo uno y versículo dos, hay un llamado a aclamar al Señor, a servir al Señor, y luego en el versículo tres se dan las razones. Ese es el primer llamado: a la alabanza alegre y jubilosa de parte del pueblo de Dios. Luego, en el versículo cuatro hay un llamado a la gratitud: "Entrad por sus puertas con acción de gracias." Y luego en el cinco se da la razón por la que debemos entrar por sus puertas con acción de gracias. O sea que el salmo tiene una estructura muy sencilla: dos llamados, uno a la alabanza alegre con su razón de ser, y otro a la gratitud con su razón de ser.
Comencemos entonces viendo el primer llamado de los versículos uno y dos: a la alabanza alegre por parte de nosotros como pueblo de Dios. Dice el versículo uno y dos: "Aclamad con júbilo al Señor, toda la tierra. Servid al Señor con alegría. Venid ante él con cánticos de júbilo." Claramente estos dos versículos son versículos que nos llaman al júbilo y a la alegría en nuestro clamor al Señor. Aclamad, servid, venid son los tres verbos que vemos ahí al iniciar cada oración, donde se nos exhorta a venir delante de Dios con un tipo de actitud, con un tipo de clamor que no es cualquier clamor, sino que es un clamor alegre, un acercarnos jubilosos a la presencia de Dios.
Ciertamente nosotros podemos alabar a Dios y podemos servir a Dios, pero si lo hacemos de una manera no alegre o apesadumbrada, no podemos considerar eso como una verdadera alabanza o exaltación a nuestro Dios. Cuando el clamor y el servicio a nuestro Señor y la obediencia a nuestro Señor se hacen sin gozo, deja de ser alabanza y se convierte en obligación. Es triste que esa sea quizás la condición de mucho de nuestro servicio y mucha de nuestra obediencia. La verdadera obediencia y la verdadera alabanza son llevadas a cabo por corazones gozosos y jubilosos que se regocijan en obedecer a su Señor.
En un momento dado, Dios le llama la atención al pueblo de Israel. Más que le llama la atención, en Deuteronomio 28 él le advierte al pueblo de ciertas cosas y les dice: si tú haces esto te voy a bendecir, pero si haces esto va a haber consecuencias. Y en Deuteronomio 28:47 Dios le dice al pueblo: "Por cuanto no serviste al Señor tu Dios con alegría y con gozo de corazón cuando tenías la abundancia de todas las cosas, por tanto servirás a tus enemigos." Dios procura que su pueblo le sirva y le obedezca de manera alegre y gozosa. Debería ser una característica primaria en el corazón del pueblo de Dios el gozo y la alegría de servirle al Dios que le servimos.
Un puritano muy conocido de nombre Thomas Watson dijo: "La alegría o el gozo da credibilidad a la religión." Y ciertamente parecería contradictorio que, habiendo recibido de nuestro Dios lo que hemos recibido, nosotros no tengamos una actitud de gozosa disposición a servirle y a adorarle. El autor inglés George Bowen decía: "¿Podrías soportar que te sirva un criado que va lamentándose, abatido al hacer sus tareas? ¿No prefieres no tener siervo alguno a uno que evidentemente halle el servir penoso y molesto?"
Eso nos pasa con nuestros hijos a veces, que les damos una instrucción y ellos van arrastrando los pies. Ellos obedecen, pero no con la actitud correcta. Y hay un pesar en el corazón del padre cuando ve que su hijo no obedece de una manera gozosa y alegre. De la misma manera, hay un pesar en el corazón de Dios cuando nosotros vemos sus demandas sobre nuestra vida de una manera apesadumbrada o penosa. Ciertamente la falta de gozo en la vida del cristiano es una contradicción con Juan 10:10, que Cristo dice: "Yo he venido para que tengan vida y que la tengan en abundancia." Es una contradicción de nuestra vida.
El ministerio del pastor John Piper tiene más de cuarenta años proclamando la siguiente verdad: Dios es más glorificado en nosotros mientras más satisfechos estamos en él. Es lo mismo que dijo Thomas Watson, que el gozo y la alegría dan credibilidad al mensaje cristiano.
¿Por qué entonces el salmista me llama a servir a Dios, a clamar a Dios, a venir a Dios con júbilo y con alegría? ¿Cuál es la razón que él da para que mi corazón, al obedecer y servir a Dios, al adorar a Dios, al alabar a Dios, lo haga con alegría? Está en el versículo 3. Dice: "Sabed que él, el Señor, es Dios. Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos. Pueblo suyo somos y ovejas de su prado." La alegría al servir a Dios está conectada primero a que él es digno como Creador de mi alabanza. Dios tiene el derecho de recibir mi adoración; de hecho, es el único que tiene ese derecho.
En el universo yo pensaba en lo siguiente: Dios es el inventor y hacedor del universo y del hombre. Él es el propietario total de la creación. El universo es una empresa de un único accionista que es Dios. El hombre ha podido crear formas y máquinas, pero nunca vida. Vida que nazca, vida que crezca, vida que se reproduzca, vida que muera. Esa patente solo Él la poseyó y solo Él conoce el proceso. Eso le da un derecho de posesión y de autoridad. Eso le da una posición de merecedor de alabanza por parte de sus criaturas.
Y es la primera razón que da el salmista: saber que Él es el Señor Dios, Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos. Y hemos sido hechos cuidadosamente por un Dios que de hecho nos dice que nos hizo a su imagen y semejanza. Pero la alegría al servirle está más que depositada en el hecho de que es Dios creador. Está en el hecho de que ha declarado que somos pueblo suyo y ovejas de su prado. He ahí la alegría del que sirve a su Señor: es que tenemos un Dios extraordinario, digno de ser servido, digno de ser adorado.
Dios pudo haberse desconectado de su creación al crear, pero Él no hizo eso. Él no se desconectó, no se mantuvo al margen, no se mantuvo distante. Dios se acercó a su criatura y lo hizo pueblo suyo a través de Cristo. Y somos ovejas de su prado. Y estas dos figuras, de que somos pueblo suyo y ovejas de su prado, obviamente no se refieren a toda la humanidad, porque no de toda la humanidad se dice que son ovejas de su prado. Se dice de aquellos que Él ha llamado hacia sí. Y he ahí la alegría entonces al servirle y al aclamar a nuestro Dios: que nuestro Dios, teniendo el derecho de ser adorado por toda su criatura, se me ha acercado y me ha hecho una oveja de su prado.
Es un privilegio servirle. Servirle es un privilegio. Que Dios me pida algo es un privilegio. Que Dios me escuche es un privilegio. Es una gracia inmerecida que yo pueda considerarme hijo de Dios. Yo no nací con ese derecho. Claramente Juan en su primer capítulo nos dice que aquellos que creen en Él, Dios les ha dado el derecho de ser llamados hijos de Dios. Hay un momento en que yo no tengo ningún derecho, que yo soy un pecador alejado de la presencia de Dios, alejado de su cuidado, alejado de Él. Y sencillamente yo creo en Cristo, y entonces me es dado el derecho de ser llamado hijo de Dios. Es un derecho que Dios me da, no con el que yo nací. Y eso entonces es un privilegio.
Ahora, ¿por qué razón entonces nosotros a veces en nuestro caminar con el Señor, en nuestra obediencia, en nuestro servicio a Dios...? Y cuando hablo de servicio a Dios no hablo de lo que hacemos aquí los pastores, o lo que hacemos en las oficinas los pastores en consejería, en predicación, en enseñanza. Toda nuestra vida se supone ha de ser una vida de servicio a Dios. En mi oficio como médico, como ingeniero, como psicólogo, como maestro, como plomero, como electricista; en mi casa como padre, como esposo, o como madre, como esposa; como vecino, como colega, como compañero de trabajo. En mi caminar por la vida yo vivo y debo vivir una vida de servicio al Señor. Yo he sido llamado de las tinieblas a la luz para anunciar sus virtudes, en cualquiera que sea mi actividad, en cualquiera que sea mi experiencia por esta vida.
¿Por qué es entonces que muchas veces nuestra vida no se caracteriza por esta alabanza alegre al Señor? Nuestra vida no celebra el ser parte de su pueblo. No me regocijo en ser oveja de su prado. ¿Qué es lo que pasa en nuestras mentes y corazones que no es así?
Será que no creemos que somos ovejas de su prado. Y hay gente que duda de su salvación, que no sabe si tiene una relación con Dios, que no sabe cuándo arrancó, y por lo tanto, al no estar segura de su salvación, pues sencillamente no puede alegrarse en esa realidad.
Hay otros que, sabiéndolo, no están conscientes de la gloriosa realidad que esto representa. Nos falta meditar en las promesas de Dios. Es interesante, cuando leemos el Salmo 1, que David menciona que es bienaventurado el hombre que —y habla de un hombre que se aleja del pecado, estoy parafraseando el Salmo— pero en el versículo 2 dice que en la ley del Señor medita de día y de noche. Esa vida que medita en la satisfacción de Dios de día y de noche, que la Palabra de Dios es consumo para su mente y su meditación, entonces es como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae. Es falta de meditación y de comprensión de estas realidades espirituales, de la gloriosa realidad de que yo soy oveja de su prado, de la promesa que me espera, de la gloriosa presencia de Dios que me espera.
Pablo dice en 2 Corintios lo siguiente, pasando por diferentes aflicciones: "Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación." Y agrega: "Al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven." Es que mi vista está tan desenfocada muchas veces, y asocio mi gozo con lo que se ve y no con lo que no se ve. Y mi satisfacción y alegría depende del tener cosas palpables y no de aquellas promesas que Dios me ha hecho. Y la realidad del cielo es para mí una verdad, pero muy lejana. Yo no la siento, yo no la disfruto. Es distante, emocionalmente distante en mí.
O a veces lo que pasa es que quizás nos creemos parte del pueblo de Dios, creemos esas promesas, pero sencillamente el pecado que en mí habita todavía, el pecado remanente que hay en mí, que a pesar de ser un hijo de Dios está presente en mí, hace de mi vida una vida de culpa y de confusión y de miseria. Y siento que la vida cristiana es más una lucha que una victoria. Y escucho ese versículo de Romanos, verdad, que Él nos ha hecho más que vencedores en Cristo Jesús, pero como que eso para mí no tiene mucha... no es muy real.
O a veces nos falta la alegría y el gozo en el servicio porque tenemos la falsa expectativa de que moldearnos a la imagen de Cristo va a ser un proceso indoloro. No, que eso se va a dar de manera natural y sin tú sentirlo. No te preocupes, que Dios te va a poner una anestesia espiritual donde tú no vas a sentir ningún tipo de dolor al Él hacerte a la imagen de su Hijo Jesús. No, eso no funciona así. De hecho, el hacerte a la imagen de su Hijo Jesús requiere dolor, porque Él fue varón de dolores y experimentado en quebranto. Es un requisito en nuestra vida.
Sea cual sea la razón, la falta de gozo en mi vida como actitud general hacia mi vida es una indicación de mi distancia de la imagen de Cristo. A más distancia de su imagen, menos gozo yo voy a experimentar en mi caminar. El libro de Hebreos nos dice que Cristo soportó la muerte por el gozo puesto delante de Él. Cristo vivió una vida nutrida de dolores, nutrida en aflicciones, nutrida en quebranto, terminando con una muerte como la que conocemos, pero lo hizo con gozo a lo largo del camino. Y efectivamente, entonces eso me indicaría una distancia en mi manera de ser con respecto a Cristo: mi falta de gozo.
Ese es el primer llamado que el salmista le hace al pueblo de Dios: acérquense, acérquense, aclamen a Dios, sírvanle con alegría y con gozo, porque Él es Dios y nosotros entonces somos ovejas de su prado, somos pueblo suyo. Debía haber una alegría jubilosa en nosotros.
Hay un segundo llamado en este salmo que está en el verso 4, donde el salmista nos dice: "Entrad por sus puertas con acción de gracias y a sus atrios con alabanza; dadle gracias, bendecid su nombre." Fíjense los imperativos: entrad por sus puertas con acción de gracias, dadle gracias, bendecid su nombre. Dos veces en algunas palabras la expresión gracias: dar gracias, expresar gracias, bendecid.
De hecho, en el primer llamado de la alabanza alegre, la palabra alabanza y la palabra acción de gracias en el pueblo judío eran palabras que siempre iban juntas, porque la alabanza es acción de gracias expresada. Cada vez que vemos "alabad al Señor," de alguna manera es "exprésenle su gratitud." La gratitud que se calla y que se reserva no es del todo... es gratitud, pero no es acción de gracias. Las acciones de gracias son cosas que yo hago para que mi gratitud sea expresada, y eso es alabanza. O sea que el primer llamado, aunque nos referimos a él como alabanza alegre, es la expresión de gratitud, las acciones de gracias que yo expreso de manera alegre al Señor y de manera jubilosa.
Y aquí específicamente una vez más me dicen: "Entrad por sus puertas con acción de gracias." Estas puertas y estos atrios a los que nosotros tenemos que entrar son símbolos, o más que símbolos, son las expresiones del templo del Señor. En el templo del Señor había puertas grandes, había atrios, lugares donde entraban los gentiles, donde entraban los judíos, donde entraban las mujeres, los lugares de adoración. Lo que el salmista está diciendo es que a la entrada de la presencia de Dios, en ese momento en el templo —hoy en día aquí en esta iglesia donde está la presencia de Dios, en el corazón a través de su Espíritu Santo— por lo tanto el salmista dice: cuando ustedes entren a la presencia de Dios, una actitud apropiada para entrar a esa presencia de Dios son acciones de gracias, es bendición y gratitud al Señor. Pero hoy en día implicaría para nosotros que vivamos una vida completa de acciones de gracias, porque la presencia misma de Dios habita en nuestros corazones según Juan 14. El Espíritu ha venido a estar en nosotros, no solo con nosotros, pero en nosotros.
¿Y qué es la gratitud, hermanos? Esto que el salmista dice que tengamos, que vengamos al Señor con ella. La gratitud es el reconocimiento de que he recibido algo que yo valoro. Alguna vez ustedes han hecho un regalo a un niño y el niño no le da mucha importancia. Él destapa —usualmente cuando él destapa el regalo y él ve que es ropa— el papá se pone contento, pero él dice: "Yo no..." No le interesa la ropa, le interesan los juegos, ¿verdad? Y ellos han recibido el regalo correcto, pero no se muestran agradecidos porque no lo valoran.
La gratitud, por definición, es cuando yo recibo algo que yo valoro. A veces mi falta de gratitud es porque, a pesar de lo que he recibido, yo no le veo el valor a eso. ¿Dónde está el valor de la salvación? Yo no la veo. Yo no la siento. ¿Dónde está el valor de la presencia de Dios en mi vida? Al contrario, a mí parece que mi existencia es más compleja la vida. Ahora tengo que estar pendiente de no pecar y de no sé qué. Aprendamos a valorar lo que hemos recibido en el Señor.
Por dicha razón, cuando yo recibo algo que yo valoro, el que está agradecido se siente endeudado. No, no, no, no hay dos. Me siento endeudado contigo por un favor, y nuestra tendencia natural es a querer devolver el favor. Correcto. El asunto es que con Dios es imposible devolverle los favores y las bendiciones recibidas. Es imposible. Nunca podremos equiparar lo que podemos darle a Dios con lo que hemos recibido de parte de Él. Y por tanto, como es imposible, Dios lo único que nos requiere y nos pide es: agradece. Agradece al menos lo que tú has recibido de parte mía.
Lo contrario a la gratitud, hermanos, es la queja. Y yo creo que no tengo que explicarla porque todos la conocemos. Pero la voy a explicar por si alguno se siente confundido. La queja es expresar inconformidad, insatisfacción o disgusto por el estado de cosas en mi vida. Con frecuencia, la queja es más interna que externa, sobre todo en nosotros los cristianos. No la expresamos, pero la sentimos. Añoramos otras realidades. Queremos tener más o tener cosas diferentes. Nos sentimos frustrados porque nuestras circunstancias no son lo que deseamos. Y allá en lo interno, en lo profundo del corazón, surge esa pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? ¿Por qué me pasa esto? Hay como un lamento en el interior del corazón.
El problema de eso, hermanos, es que todo el libro de Éxodo y Números está lleno de instrucciones de cómo Dios lidia con la queja en nuestra vida. Y en Números 11, específicamente, brevemente, Dios dice que Él oye la queja, aun la que no expresamos. Dios la odia y Dios la juzga. En Romanos 1 se nos dice que Dios está airado con el mundo que no le conoce, con el mundo secular, con el grupo de gente que no son sus hijos, porque no lo reconocen como Dios y no le dieron gracias. ¿Cuánto más con sus hijos entonces? Cuando hay una queja aun sin expresar, una queja que está ahí presente, una insatisfacción, un disgusto porque las cosas no son como yo quisiera que sean, Dios la oye, Dios la odia y Dios la juzga.
A veces mi queja está disfrazada de resignación. Yo no la expreso. Yo como que no me siento tampoco tan molesto, pero no soy agradecido. Estoy en un estado de cosas como que bueno, esto es lo que Dios ha determinado. No hay gratitud, no estamos valorando la condición en la que Dios nos ha colocado. Y en esa situación entonces ignoramos el famoso, repetido y muy memorizado pasaje de Romanos 8:28, que nos encanta decírselo al otro cuando le está pasando algo malo: "Hermano, todas las cosas cooperan para bien". Pero no me lo diga a mí, hermano. No me lo diga a mí, porque a todo el duro, tú no sabes lo que yo estoy pasando.
Sí, yo sé que eso es así, pero ciertamente nosotros tenemos que entender y comprender que nuestro Dios creador, poderoso, soberano y bueno, es capaz de controlar cada detalle de nuestra vida. Ningún detalle está fuera de su control, y Él permite las cosas con un propósito, hermano. Todo, absolutamente todo, tiene un buen propósito en las manos de Dios. Por difícil que parezca, por complicado que se vea la situación, por frustrante que sea, por desesperante que sea, si tú eres una oveja de su prado, Dios es tu pastor. Y nada le pasa a una de sus ovejas que Él no esté al tanto de ello y que Él no orqueste, Romanos 8:28, a cooperar para bien. Eso es una realidad que tenemos que entender.
En una ocasión, al puritano Matthew Henry lo asaltaron. Muchos conocen el comentario famoso de Matthew Henry, comentario de la Biblia completa, muy, muy usado. Y esto es algo que yo he citado en el pasado, pero es bueno traerlo a este momento del mensaje. A él lo asaltan, y cuando llega a su casa comienza a escribir, como usualmente hacía, en una especie de diario, un escrito diario que él tenía. Y él decía: "Déjame ser agradecido". Ya desde ahí yo me doy cuenta de que estoy asumiendo una perspectiva de la vida totalmente diferente, porque si hay algo irritante es que a uno lo asalten. Pero bueno, él llega a su casa y dice: "Déjame ser agradecido". Y dice, primero, y así mismo está en su diario, número uno: porque nunca me habían robado antes. Número dos: porque lo que se llevaron fue mi cartera y no mi vida. Número tres: aunque se lo llevaron todo, no era mucho. Y número cuatro: porque yo fui el robado y no el que robó.
Entonces, este hombre tomó una situación aflictiva de su vida, donde hubiese habido un permiso humano para que él se irritara, y lo convirtió en un motivo de gozo en su vida. ¿Será que podemos nosotros tener esa perspectiva de la vida, discernir en las situaciones aflictivas de nuestras vidas las cosas que Dios está haciendo y las gracias de Dios en medio de la aflicción, y poder entonces terminar, cuando lo pensemos, cuando veamos la situación, digamos: "Señor, gracias, porque Tú estás haciendo esto en mí, porque Tú me cuidaste de aquello, porque Tú previniste esto"? Hay motivo de gozo y de gratitud en medio aun de las situaciones aflictivas de la vida.
Esa es la razón por la cual Pablo puede decir con toda la boca llena, en 1 Tesalonicenses 5:18, que demos gracias a Dios en todo, en todo. Y en otro pasaje dice que dar gracias a Dios por todo, pues esta es la voluntad de Dios. Hay pocos pasajes que hablan tan claramente de lo que Dios quiere. Así dice: "Esta es la voluntad de Dios, que seamos agradecidos".
Pero esa actitud de queja que yo he venido describiendo está muy presente en la sociedad actual y moderna. Siempre ha estado presente en el ser humano, obviamente, pero mucho más en la sociedad o generación consumista y materialista que nosotros vivimos. Y hermano, materialismo no es tener mucho. ¿El que tiene mucho es materialista? No. El materialista es el que piensa que tener mucho satisfará su corazón, o le dará valor a su persona, o le dará sentido a su vida. Repito eso: el materialismo no es tener mucho. Yo puedo tener mucho y no ser materialista, porque yo veo eso como bendiciones de Dios, instrumentos que Dios me da incluso para bendecir a otros a veces. Pero el materialista puede incluso tener poco, pero él piensa que si tiene mucho él resuelve su vida. Y ese materialismo de manera sutil a veces se mete en nuestra vida, en nuestra mente, en nuestro corazón, y nos seduce, y nos hace pensar que si tuviéramos esto o aquello o lo otro, entonces pudiéramos ser agradecidos.
Recientemente recibí un mensaje de una página que se llama "La mejor mamá", que decía así: "El feliz no es el agradecido; es el que es agradecido, que es feliz". Es la actitud de gratitud que me dispone positivamente hacia la vida y hacia recibir de parte de Dios sus bendiciones. Cuando vemos todo esto, tenemos que evaluar nuestro corazón y ver dónde estamos nosotros con relación a nuestra actitud de alabanza alegre, jubilosa y gratitud en la vida.
Y el salmista entonces, luego de llamar a su pueblo a acciones de gracias, ahora da la razón, como les dije. Para la alabanza jubilosa y alegre había la razón, que era el Creador, y nosotros somos ovejas de su prado. En este caso, las acciones de gracias, el versículo 5 dice: "Porque el Señor es bueno, y para siempre es su misericordia, y su fidelidad por todas las generaciones". Entonces, en el primer llamado el Señor no solamente es digno de la adoración y la alabanza; ahora el Señor es un Dios cercano, amoroso y bueno, cuya calidad moral también lo hace digno de nuestra gratitud y acción de gracias. El Señor no solo es el poderoso Creador, sino el buen Dios que actúa en nuestro favor.
El Señor es bueno, hermano. Cuando nosotros decimos eso, "el Señor es bueno", ¿a qué nos estamos refiriendo? Usualmente, y no estoy acusando a nadie con esto, pero usualmente lo decimos luego de que nos pasa algo bueno, humanamente bueno. En otros casos, como en el caso del asalto de Matthew Henry, a veces "el Señor es bueno" como que no nos sale. El Señor siempre es bueno según nuestra evaluación cada vez que nosotros recibimos algo que nos satisface y nos llena y cumple con nuestras expectativas. Frase siguiente: "El Señor es bueno". Pero cuando la Biblia dice "el Señor es bueno", no se refiere a eso. No se refiere a que Dios concede cada petición de mi corazón y satisface cada expectativa que yo tengo con relación a la vida.
Cuando dice que el Señor es bueno, es lo siguiente: es un Ser de calidad moral, es honorable, admirable, noble, digno. Al decir que Dios es bueno, honesto, no implica que concede toda petición, sino que todas sus actuaciones son siempre motivadas por las más altas virtudes morales, y nunca están influenciadas por algún tipo de maldad, mala intención o perversión. En su bondad Él siempre busca el mayor bien al actuar. Dios siempre actúa motivado por tu bien. Eso no quiere decir que se va a producir en tu vida tu mayor comodidad, la menor cantidad de problemas posibles. No, porque muchas veces los problemas de la vida hacen o edifican el bien en tu corazón. Entonces Dios es motivado por el bien. No sucede como con nosotros los humanos, que nosotros somos gente, ustedes saben, gente complicada.
A veces nosotros recibimos algo de alguien y decimos: "Eso hay que verlo bien, ¿por qué este individuo vino y trajo ese regalo hoy?" Ahora, en la vida, cuando llegan las canastas, uno ve la canasta y se asombra: "¿Qué es? ¡Raro!" Cosas así. Nosotros sospechamos de la intención del otro constantemente, a veces de nuestros propios hijos. Y yo he podido experimentar eso en mi vida como padre, en mi experiencia como padre. Mis propios hijos, pequeñitos como son, a veces yo los veo con dobles intenciones al actuar. Claramente, yo creo que no se dan cuenta, pero claramente están buscando otra cosa.
Dios no actúa así. Dios no tiene una doble agenda. Dios no es malévolo o interesado. Dios no está sacando partido. Dios no se está ganando una comisión, hermano. Dios no se gana ninguna comisión de nada de lo que ocurre en mi vida. Él no se inmuta, él es inmutable, dice la Escritura. Él es el mismo ayer, hoy y siempre, y por los siglos. Nada lo inmuta, nada lo altera, nada lo intimida. Entonces, ¿qué lo mueve? El amor. El amor por su pueblo, el amor por su Hijo. Eso lo mueve.
Y en este contexto de este versículo, fíjense qué dice el versículo cinco. El Señor es bueno, y ahora define la bondad de Dios en dos términos. Dice: "Para siempre es su misericordia." Esa misericordia es la bondad definida. ¿Cómo que el Señor es bueno? Bueno, él es misericordioso. Él es misericordioso hacia los suyos, y la misericordia de Dios para con nosotros es eterna, es para siempre. En Cristo es para siempre. Si Cristo pagó el precio de mis pecados, es para siempre.
La misericordia es aquella gracia que me permite lidiar con los más débiles, con aquellos que me han hecho mal. Dios lidia con nosotros con misericordia. Le hemos hecho mal, le hemos dañado, le hemos ofendido, nos hemos rebelado, pero Dios tiene para nosotros compasión y misericordia. La palabra en el original tiene la idea de tratar al otro no según lo que se merece, sino según el carácter del dador de la misericordia.
Y el salmista, incluso David, describe en un hermoso salmo, uno de mis preferidos, Salmos 103, en su versículo del 11 al 14, oigan cómo David define esto, porque yo creo que es una buena definición del trato misericordioso de Dios con nosotros. Oigan lo que dice el Salmo 103: "No nos ha tratado según nuestros pecados" —vayan pensando en ustedes y en el trato de Dios con ustedes— "ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades. Porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así de grande es su misericordia para los que le temen. Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones. Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen. Porque él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos polvo."
Dios no nos ha tratado —¡gloria a ti, Señor!— tú no nos has tratado según nuestros pecados y según nuestras iniquidades. Dios nos ha tratado de manera injusta. Páralo ahí, ¿verdad? Él nos ha tratado de manera injusta. Lo justo hubiese sido nuestra condenación, pero él trató a su Hijo de manera injusta para que yo pudiera entonces ser tratado de manera injusta. Estoy haciendo un juego de palabras. Dios no ha sido justo con nosotros. Ha sido bueno y misericordioso con nosotros. Y la misericordia no es justicia, porque la justicia exige el pago del delito. Dios no nos ha tratado según nuestros pecados ni nos ha tratado según nuestras iniquidades. Nos ha absuelto gracias al sacrificio de Cristo en la cruz. Y no sucede como sucede en nuestra nación, que indultar a un preso es escribir un decreto. Nuestra absolución le costó la vida de Jesús y el dolor que experimentó.
Dios es bueno porque para siempre es su misericordia. No nos trata según nuestros pecados. Y su fidelidad —ahora está el otro componente de su bondad— su fidelidad por todas las generaciones. En otras palabras, dicho brevemente: Dios va a cumplir sus promesas. Dios va a cumplir lo que prometió. Eso es un componente fundamental de su bondad y es una motivación extraordinaria a la gratitud. Su misericordia es una motivación extraordinaria a la gratitud. Ahora, la fidelidad, el hecho de que él va a cumplir con lo que ha dicho, es otra motivación extraordinaria a la gratitud.
Por eso es que el salmista dice: "Entrad por sus puertas, vengan a sus atrios con acción de gracias, bendecid a la vez su nombre." Porque es bueno, para siempre es su misericordia y su fidelidad por todas las generaciones. Dios va a cumplir, hermanos.
Y la mejor expresión de su bondad entonces, que la vemos ahí, la misericordia y la fidelidad, pero ¿dónde está ilustrada, dibujada para nosotros la misericordia y la fidelidad de Dios? En el evangelio de Jesucristo. El acto de salvación del ser justo por ser pecadores es la mejor ilustración de la bondad de Dios y de su fidelidad para con nosotros.
Y quiero concluir con una breve descripción de lo que es el evangelio, hermanos, porque el entendimiento del evangelio, el abrazo de estas verdades, la meditación en las verdades del evangelio, nos debe llevar, nos debe conducir a una vida de gratitud y de alabanza jubilosa a nuestro Dios. Lo que Dios ha hecho por nosotros es increíble, hermanos, es extraordinario.
Y algo que vamos a poner más adelante en nuestro lobby como celebración de la Navidad es este breve escrito que describe el evangelio: Un Dios que se hizo hombre. Un Rey que se hace siervo. Un Santo que se hace pecado. Un ser eterno que muere en una cruz. Un Juez que se convierte en abogado. Un cobrador que paga su misma deuda. Un inocente que se convierte en culpable para que el culpable se convierta en inocente y cambie su condena por una corona. Ese es el evangelio.
Y es, hermanos, si meditamos en ello, si meditamos en ello, será suficiente para generar en nosotros gratitud y alabanza jubilosa y alegre a nuestro Dios.
Por lo tanto, yo quiero venir una vez más junto con el salmista y decirle a la iglesia lo siguiente: "Aclamad con júbilo al Señor, toda la tierra. Servid al Señor con alegría, venid ante él con cánticos de júbilo. Sabed que él, el Señor, es Dios. Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos. Pueblo suyo somos y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias y a sus atrios con alabanza. Dadle gracias, bendecid su nombre. Porque el Señor es bueno, para siempre es su misericordia, y su fidelidad por todas las generaciones."
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.