Integridad y Sabiduria
Sermones

Dios el alfarero, nosotros el barro

Joan Veloz 26 julio, 2020

Dios es el alfarero soberano y nosotros somos el barro en sus manos. Esta imagen del profeta Jeremías, quien desciende a la casa del alfarero y observa cómo el artesano moldea una vasija que se echa a perder y vuelve a formarla según le parece mejor, revela una verdad que el pueblo de Israel necesitaba recordar antes de la destrucción que vendría, y que nosotros necesitamos abrazar hoy: nuestro Dios hace lo que le place, cuando le place, como le place. Él es soberano en el ejercicio de su poder, de su misericordia y de su amor. A Daniel lo libró del foso de los leones, pero a Isaías permitió que lo aserraran. A Ezequías le concedió quince años más de vida, pero a Moisés le negó la entrada a la tierra prometida. ¿Por qué a uno sí y a otro no? Porque Él es Dios.

Antes de venir a Cristo, somos como tierra mojada, lodo inútil que debe pasar por un proceso de transformación para convertirse en algo que Dios pueda usar. El alfarero trabaja con cuatro instrumentos: la rueda de las circunstancias que nos dan forma, las manos que ejercen presión externa e interna, el cuchillo afilado que corta los excesos y los ídolos del corazón, y el horno que solidifica la vasija. El horno duele, pero quien nos colocó allí es un alfarero que nos ama tan profundamente que estuvo dispuesto a sufrir el peor de los calvarios para librarnos del fuego eterno. Como decía Jeremías en medio de su aflicción: las misericordias del Señor jamás terminan, son nuevas cada mañana. Es tiempo de entregar las riendas y dejar de batallar con Dios, porque solo en sus manos llegamos a puerto seguro.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Qué bueno poder estar aquí con ustedes en el día de hoy. Una ventaja de que tengamos un solo servicio es que la iglesia se ve llena. La verdad es que yo no me imaginaba cómo sería estar aquí parado con la iglesia como ha estado en estos últimos días debido a la pandemia. Pero Dios es bueno, y aquí estamos teniendo el privilegio y la oportunidad de compartir la satisfies Palabra con ustedes.

Hace unos días hablaba con nuestros pastores, y se decía, bueno, para yo preparar este mensaje es como tirar un carro viejo por una bajada para que prenda. Porque luego de quizás tantos meses ya sin poder estar enseñando sistemáticamente debido a la pandemia, muchas veces uno como que se embota. Pero luego que ese carro es empujado por esa bajada y prende, arranco. Y yo creo que el Señor me permitió arrancar, y aquí estoy hoy agradecido del Señor por la oportunidad que me da de compartir la Palabra con ustedes. Así que estamos encendidos y gozosos de poder compartir la Palabra.

Como nosotros venimos a la Palabra, nosotros encontramos muchas ilustraciones que nos muestran y nos enseñan la relación de Dios con su pueblo. Encontramos la ilustración de Dios como pastor, nosotros como ovejas. Y esa ilustración nos encanta, porque como pastor él cuida de nosotros, nos alimenta, nos protege. Encontramos la ilustración de ver a Dios como el novio, nosotros la novia; el esposo, nosotros su esposa, quien va a amar incondicionalmente a su esposa, quien va a cuidar de su esposa. Y estas ilustraciones las encontramos en la Palabra. Encontramos la ilustración de ver a Dios como nuestro Padre y nosotros como sus hijos, y probablemente en el día de hoy, como Día del Padre, hubiera sido un buen día para tomar la ilustración y predicarla. Pero no es lo que voy a hacer en el día de hoy.

Yo quiero tomar otra ilustración que nos muestra a Dios desde otro punto de vista en su relación con nosotros como suyos. Y es ver a Dios como el hacedor y nosotros como su obra maestra. Es por eso que yo he titulado mi sermón de hoy: Dios el alfarero y nosotros el barro. Y luego de haber dicho eso, yo quiero pedirte que me acompañes a Jeremías capítulo 18; estaremos viendo el verso del uno al seis.

Esta es la Palabra de Dios: "Palabra que vino a Jeremías de parte del Señor: Levántate y desciende a la casa del alfarero, y allí te anunciaré mis palabras. Entonces descendí a casa del alfarero, y allí estaba él haciendo un trabajo sobre la rueda. Y la vasija de barro que estaba haciendo se echó a perder en manos del alfarero. Así que volvió a hacer de ella otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí la palabra del Señor: ¿Acaso no puedo yo hacer con ustedes, casa de Israel, lo mismo que hace este alfarero?, declara el Señor. Tal como el barro en manos del alfarero, así son ustedes en mi mano, oh casa de Israel."

Mi intención esta mañana es que nosotros podamos ver a Dios como el alfarero y nosotros como su barro. Cómo es ese instrumento que él va a usar para moldear la imagen de Cristo en cada uno de nosotros. Y a la luz de este texto que hemos leído, yo quiero que veamos tres cosas de manera muy puntual. Número uno: ¿qué nos enseña este texto acerca de Dios? Número dos: ¿qué nos enseña este texto acerca de nosotros? Y finalmente yo quisiera que aplicáramos este proceso de la alfarería a nuestra vida en el día de hoy.

Comencemos con el punto número uno: ¿qué nos enseña este texto sobre Dios? Vemos en el versículo uno del capítulo 18 que dice que la palabra vino a Jeremías de parte del Señor. No sabemos dónde estaba Jeremías, no sabemos qué estaba haciendo Jeremías, lo que sabemos es que la palabra de Dios vino a él. ¿Qué estaba haciendo? Yo no sé. Pero Dios le habló de manera directa a Jeremías.

Esta palabra que llega a Jeremías probablemente llega en los primeros tres años del reinado del rey Joacim, rey de Judá, unos cuatro años probablemente antes de que Nabucodonosor viniera y destruyera lo que es la nación de Israel. Y en ese tiempo Dios le habla a Jeremías y le dice: "Baja a casa del alfarero y allí yo te hablaré." Y Jeremías, como siervo obediente, ¿qué hace? Él desciende a casa del alfarero a buscar el lugar específico donde Dios le iba a hablar.

Este lugar, casa del alfarero, también es conocido como el campo del alfarero. Y cuando vamos a Zacarías 11:13, se refiere a este lugar como el campo del alfarero. Y probablemente era denominado así porque este era el lugar donde estos maestros de este arte de la alfarería solían realizar su trabajo. Probablemente debido a la condición de la tierra era el lugar idóneo para hacer esta tarea.

Y estando allí, en el campo del alfarero, en la casa del alfarero, Jeremías ve a este hombre trabajando sobre una rueda. La rueda era un instrumento que los alfareros hoy día siguen utilizando para hacer la alfarería. La misma constaba de dos piedras: una piedra grande con un eje alrededor de tres pies, una piedra más pequeña arriba donde se colocaba el barro, y con los pies el alfarero mueve la piedra para darle forma e ir tallando su vasija, su obra de arte.

Mientras estaba este alfarero ahí, moldeando, tallando su obra de arte, Jeremías cuenta que la vasija que estaba haciendo se echó a perder, se dañó. Y él decidió tomar la vasija, no botarla, tomar esa misma vasija, rehacerla y hacer una nueva, según le parecía mejor hacerla. Y estando ahí, luego de ver esta imagen, Dios le habla a Jeremías una vez más.

Y vemos que le habla con una pregunta retórica en el versículo 6. Dios le dice a Jeremías: "¿No puedo yo hacer con ustedes, casa de Israel" —si lo aplicamos a nosotros— "no puedo yo hacer con ustedes, iglesia, lo mismo que hace este alfarero?" He aquí como el barro en manos del alfarero, así son ustedes en mi mano, oh casa de Israel. Nada puede presentar con mayor fuerza el dominio absoluto que Dios tiene sobre nosotros que esta imagen del alfarero transformando su barro en la forma y recipiente que el alfarero desea.

Dios quiere dejar claro a Jeremías con esta ilustración: "Oye, tú y mi pueblo deben conocer algo. Yo soy alfarero soberano y yo hago con ustedes según a mí me place." Y esta es la verdad que Dios quiere transmitir a Jeremías: yo soy soberano, conoce esta verdad. Y es algo que tú y yo en el día de hoy, en tiempos de pandemia, en tiempos de COVID, en tiempos de situaciones difíciles, debemos recordar: nuestro Dios es soberano.

Y esta soberanía no es más que la capacidad que tiene Dios de hacer aquello que le place, en el momento que le place, cuando le place. Dios hace lo que le place. Y él ha obrado soberanamente desde antes de la fundación del mundo. Cuando él formó los mares, lo hizo de manera soberana. Cuando él formó los cielos, lo hizo de manera soberana. Cuando él formó la tierra, lo hizo de manera soberana. Cuando en Génesis 2:7 él tomó el polvo de la tierra y sopló aliento de vida y fue ese material el ser viviente, el hombre, lo hizo de manera soberana. Dios es soberano y él es el soberano sobre su creación.

Y muchos consideran que este es el atributo de atributos. Este es el atributo que caracteriza a Dios: su soberanía. Si Dios no es soberano, Dios no es Dios. Y él quería que su pueblo entendiera esta verdad. Antes de ser invadidos, antes de ser destruidos, el pueblo de Israel necesitaba conocer: nuestro Dios es soberano. La soberanía caracteriza a Dios. Eso es algo que él es.

Primera de Crónicas 29:11 nos dice, hablando acerca de Dios, un reconocimiento que deberíamos nosotros tener en nuestros labios diariamente. Dice el autor de Primera de Crónicas: "Tuya es, oh Señor, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor, porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas, oh Jehová. El reino, eres tú el rey, y tú eres excelso sobre todas las cosas." Todo es de Dios y todo él lo hace según su buena voluntad. Y el salmista, en el Salmo 115:3, lo pone y no puede decirlo más claro. Dice el Salmo 115:3: "Nuestro Dios está en los cielos, él hace lo que le place." Y estos textos no dan lugar a la interpretación. Dios es soberano, y punto. Y él quiere que su pueblo conozca esta verdad. Dios obra soberanamente según a él le place mejor hacerlo.

Dios es soberano en el ejercicio de su poder. Veamos en la Escritura cómo Dios en determinados momentos decide mostrar su poder para librar a su pueblo, a los suyos, y en otro momento decide abstenerse de mostrar su poder. Veamos al pueblo de Israel delante de Faraón siendo perseguidos por Faraón. ¿Y qué hace Dios? Dios muestra su poder soberano y destruye el ejército de Faraón. Veamos a Dios mostrando su poder soberano guardando y salvando a Daniel en el foso de los leones. Veamos a Dios usando su poder soberano guardando a Sadrac, Mesac y Abed-nego, los amigos de Daniel, en el horno de fuego. Veamos a Dios mostrando su poder soberano usando a David para matar a Goliat.

Pero en otros momentos en la Palabra de Dios, en la historia del pueblo de Dios, vemos que Dios decide soberanamente no librar a los suyos. Como la Palabra nos cuenta de un tal Isaías, el profeta Isaías, quien fue aserrado a la hora de morir. Cuando vemos la historia de un Jacobo, de un Pablo, que fueron decapitados. O cuando vemos la historia de nuestro Señor Jesucristo, que fue crucificado, al igual que el apóstol Pedro, que fue crucificado boca abajo. En un caso Dios decidió soberanamente mostrar su poder; en otro, no. ¿Por qué? Porque él es Dios.

Dios es soberano en el ejercicio de su misericordia. Nosotros vemos en Deuteronomio 3:26, en un momento cuando Moisés está rogándole a Dios: "Dios, Señor, déjame entrar a la tierra prometida. Es verdad, le di a la piedra, la cometí, perdóname. Pero yo tengo cuarenta años bregando con esta gente. Esta gente son necios y yo he estado aquí fiel, por favor, Señor." Yo me imagino esta conversación. Yo hubiera rogado, llorado; a mí me da mucha ansia. Imagino a Moisés rogando, y ¿qué dice Dios? No vas a cruzar. Pero nos vamos a Segunda de Reyes 20 y nos encontramos la historia del rey Ezequías.

Ezequías es diagnosticado con una enfermedad terminal y él viene delante de Dios, llora amargamente, y Dios le concede quince años más de vida. ¿Por qué a uno sí y a otro no? Porque Dios es soberano. ¿Es injusto Dios? Esa pregunta yo voy a dejar que el apóstol Pablo, que tiene más autoridad que yo, la responda. Romanos 9:14-16 dice: "¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios? De ningún modo. Porque Él dice a Moisés: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia."

Dios muestra su misericordia de manera soberana y aún lo sigue haciendo. Y nosotros, tristemente, es algo que en Consideraria lo hemos escuchado muchas veces, seguimos peleando con Dios, preguntándole: "Señor, ¿por qué tú actuaste de esta manera con esta persona, con este grupo de personas, y no con nosotros? ¿Por qué incluso al impío tú has provisto y has mostrado favor, y a nosotros que estamos siendo fieles tú nos has tratado de esta manera?" Porque Él es soberano y Él es Dios. Y Él hace lo que le plazca. Y Él muestra su misericordia de forma soberana, según como Él ha decidido y lo entiende mejor hacerlo.

De la misma manera, la Palabra nos enseña que Dios es soberano en el ejercicio de su amor. Romanos 9:13 nos dice que Dios había dicho: "A Jacob amé." Y a Esaú aborrecí. Desde antes de nacer, Dios había amado a Jacob por encima de Esaú. ¿Por qué? Porque Dios es soberano.

Él es soberano en el ejercicio de sus dones. Efesios 4:11 dice: "A unos puso como apóstoles, a otros profetas, a otros maestros, a otros pastores, a otros evangelistas, para hacer la obra del ministerio." ¿Por qué? Porque así Él lo determinó. ¿Por qué nosotros hoy somos pastores aquí? Porque Dios así lo ha determinado. Él es quien da sus dones soberanamente a los suyos.

Y esta verdad, el pueblo de Israel tenía que conocerla. Esta verdad, tú y yo, en tiempos como los que vivimos, debemos conocerla. A. W. Pink, en su libro "La soberanía de Dios", tiene una cita poderosa en relación a este concepto de la soberanía de Dios. Él dice: "Decir que Dios es soberano es declarar que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que Él es el Altísimo, que hace según su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra, y no hay nadie que pueda detener su mano. Decir que Dios es soberano es declarar que Él es el Todopoderoso, el poseedor de todo el poder en el cielo y en la tierra, para que ninguno pueda vencer sus consejos, frustrar sus propósitos o resistir su voluntad. Decir que Dios es soberano es declarar que Él es el gobernante de las naciones, que establece reinos, derroca imperios y determina el curso de los hombres. Decir que Dios es soberano es declarar que Él es el único potentado, el Rey de reyes y Señor de señores."

Hermanos, nuestro Dios es soberano. Y en el momento que nosotros negamos la soberanía de Dios, en el momento que nosotros dudamos de la soberanía de Dios, estamos dudando de Dios. Porque si Dios no es soberano, Dios no es Dios. La diferencia entre un ateo y un creyente radica en el conocimiento genuino que tú puedes tener sobre ese concepto de la soberanía de Dios. Porque aún tú puedes ser creyente, pero si tú niegas que Dios es soberano, estás negando el concepto de que Dios es Dios.

Y Dios se le presenta a Jeremías, le habla a Jeremías y le dice: "Recuerda a mi pueblo esta verdad. Vendrán cosas de aquí en adelante y mi pueblo debe recordar: Yo soy el soberano. Y así como el alfarero puede tomar la vasija y hacer con ella otra mejor según bien le parezca, yo puedo hacer lo mismo con ustedes, oh casa de Israel, oh Judá, oh pueblo de Dios." Dios quiere dejar claro y enseñarnos eso. Y eso es algo que el texto nos enseña acerca de Dios: nuestro Dios es soberano.

El punto dos que yo quisiera que veamos en esta mañana es qué nos enseña este texto acerca de nosotros. Si Dios es el alfarero de la historia, ¿quiénes se supone que somos nosotros? Nosotros somos su barro. Eso somos nosotros, somos su barro.

Y el barro, tal como se encuentra en el suelo, no es adecuado en su forma inicial para ser usado. El barro como se encuentra en el suelo, usted lo sabe, es tierra mojada, es lodo. Para poder ser útil, debe ser recogido, pasar por un proceso: recogerse, echarse en una cubeta grande con cemento, llenarse de agua, batirse de forma tal que los grumos y los sedimentos puedan bajar, dejarse secar, luego retirarse para poder ser utilizado. Porque el barro como está en el suelo es simplemente lodo; tiene que pasar por un proceso de transformación para poder ser utilizado.

Y la verdad es que cuando estudiamos este relato, estudiamos este ejemplo, nosotros podemos ver que esto es un retrato perfecto de lo que somos nosotros antes de venir a Cristo. Nosotros, antes de venir a Cristo, somos como esa tierra mojada, inútil para ser cualquier vasija. Estamos muertos en nuestros delitos y pecados. Sin embargo, Dios ve esa tierra y dice: "Yo puedo convertirla en barro." Luego que la convierte en barro: "Yo puedo hacer de ella una pieza utilizable para mi gloria."

Y eso es exactamente lo que Dios hace. Dios toma el barro que somos nosotros, el lodo mojado, lo transforma a través de presentarle la Palabra de Dios, le trae convicción al corazón, y ese corazón que recibe convicción se arrepiente. Y al arrepentirse, pasa de ser una simple tierra mojada a ser un barro poseedor del Espíritu de Dios, quien puede ser ahora moldeado, quien puede ser convertido en un objeto que traerá gloria y honor a nuestro Dios.

Antes de venir a Cristo, nosotros no tenemos valor en sí mismos. No somos útiles para Él. Nuestro valor radica así en que somos poseedores de su imagen, pero no somos útiles para Él porque estamos muertos en nuestros delitos y pecados. Y es por eso que Él tiene que hacer un proceso en nosotros para convertirnos de lodo a un barro útil.

Y cuando tú lo piensas de esta manera, tú puedes resumir que el Hijo de Dios tuvo que morir en la cruz para que pudiéramos tú y yo dejar de ser lodo y convertirnos en un barro que Dios puede utilizar para ser vasijas de honra para su gloria. Y esto es una gracia sublime, esto es una bendita gracia que el Señor nos ha concedido a ti y a mí. Dios es un maestro en tomar el lodo de la tierra y convertirlo en vasijas de honra.

Cuando nosotros vamos a la Palabra, vemos la historia de una tal María Magdalena. ¡Qué miserable mujer! Una mujer que la Palabra nos dice que estaba poseída realmente por siete demonios. Pero cuando tiene un encuentro con Cristo, ¿qué pasa con ella? Dios la sana, la salva, la restaura, incluso le da el privilegio de poder ser la primera en verlo luego de su resurrección.

Cuando pensamos en un hombre como Zaqueo, un hombre codicioso y malvado, que lo que hacía era imponer tributos, que hacía castigar al pueblo de Dios con grandes impuestos. Pero cuando él se encuentra con Dios, él deja de ser ese lodo inútil y se convierte en un hombre deseoso de servir a Dios, dispuesto a dar la mitad de sus bienes con tal de honrar a nuestro Dios.

Cuando pensamos en ese hombre que dice la Palabra de Dios que exhalaba ira contra el pueblo de Dios, cuando pensamos en ese apóstol Pablo que tenía una intención real de destruir al pueblo de Dios, pero cuando se encuentra con Cristo camino a Damasco, es totalmente transformado y convertido en un apóstol, convertido en un padre de la iglesia, convertido en aquel destinado a predicarnos a nosotros los gentiles. Dios tiene un don de transformar lo inservible en algo que tiene valor eterno.

Y tú y yo, hermanos, no somos una obra terminada. Ninguno de nosotros somos un producto terminado. Si nosotros estamos en Cristo hoy, por la gracia dejamos de ser lodo y ahora somos un vaso, un barro útil que Él quiere moldear, que quiere utilizar. Pero todavía no somos un producto terminado.

Hermanos, recuerden esto: nosotros no somos un producto terminado, somos una obra en proceso en las manos de un alfarero amoroso que está tallando su imagen en nosotros. Y ese es un proceso que va a tomar tiempo. Es un proceso que duele, es un proceso que en ciertos momentos va a aparecer sucio, va a aparecer feo, porque ese es el proceso de formación de una vasija de la nada a algo que pueda representar y dar honor y gloria a nuestro Rey y Señor.

No sé si tú has tenido experiencia, alguno que está aquí tiene experiencia con la construcción. Pero los ingenieros saben: no hay nada más feo, más desorden, más sucio que una construcción en proceso. Como tal, ese movimiento de tierra, ese lodo, es algo que ensucia; tiene mucho de sol, una varilla por aquí, tiene por allá. Pero para nosotros poder disfrutar de esa obra terminada, tiene que haber un proceso de construcción. De la misma manera, tú y yo somos una obra en proceso a la cual Dios está dando forma para usarnos para su gloria, para usarnos para Él, para impactar esta tierra donde Él nos ha colocado.

Hay una ilustración muy conocida que nos muestra dos hombres que están en un proceso de construcción. Están ahí construyendo, fajados, sudados. Ustedes saben, el sol de República Dominicana, el calor se pone a 35 grados, y ahora con el polvo de esa área a veces se pone como a cuarenta. Está esa gente sudada, ahí pegando blocks, trabajando. Y viene una persona y le pregunta a uno de ellos: "Señor, ven acá, ¿qué usted está haciendo?" El tipo malhumorado, imagínate: "¿Cómo que qué yo estoy haciendo? ¿Tú no ves lo que yo estoy haciendo? Yo estoy aquí pegando blocks." Está bien. Y esa persona va hacia el otro hombre, que tiene una mejor actitud, que está trabajando diferente. Y la persona le ve diferente: "Oye, pero qué diferente este hombre, como que hay diferencia entre uno y otro." Y va y le pregunta a esa otra persona, le dice: "Señor, ¿qué usted está haciendo?" Y él le responde: "Yo estoy construyendo una catedral."

Tener una visión correcta de lo que hemos de ser cambia la forma en como nosotros afrontamos el proceso de cambio en el que estamos viviendo. Es importante que tú puedas reconocer: oye, tú no eres una obra terminada, tú no estás pegando bloque, Dios está formando su imagen en ti. Dios te tiene en sus manos y está tallando, está haciendo de ti una obra que él va a usar para que tú puedas ser portador de su gloria, para que tú puedas impactar esta generación, para que tú puedas glorificarle acorde a como él te ha pensado, acorde a como él te ha querido hacer.

Este texto de Jeremías 18 es un gran recordatorio de que tú y yo, hermanos, somos actores secundarios en el teatro de la gloria de Dios. Esto no se trata de nosotros, esto se trata de él. Se trata de nosotros ser y disfrutar lo que él nos ha pedido que seamos. Se trata de que nosotros podamos abrazar y ser utilizados acorde al propósito por el cual él nos creó.

Si yo tomo un iPhone, muy bonito, muy caro, y lo uso para martillar un clavo, ¿qué va a pasar? Se va a dañar, porque el iPhone no fue creado para eso. En cambio, un martillo yo lo uso y hace su proceso. De la misma manera, hasta que nosotros no podamos abrazar el propósito de nuestra vida, para el cual nosotros fuimos creados para Dios, nosotros vamos a vivir vidas insatisfechas, vidas vacías, vidas errantes, vidas frustradas. Y es algo que de mañana tú y yo debemos hoy tomar la decisión de decir: Señor, yo quiero ser lo que tú me has llamado a ser. Yo quiero vivir acorde a lo que tú me has pedido que yo viva. Yo quiero darte gloria como un vaso de honra para ti.

Como nosotros vamos a este pasaje de Jeremías 18, Dios nos enseña acerca de él: yo soy Dios, recuérdalo, yo soy Dios. ¿Y quién eres tú? Tú eres el barro. El barro en mi mano, a quien yo voy a formar para que pueda ser útil para mí.

Lo tercero que yo quiero que veamos en la mañana del día de hoy es cómo nosotros podemos aplicar, luego de haber visto a Dios como el soberano y a nosotros como el barro, hechura suya en sus manos, cómo nosotros podemos aplicar ahora este texto, esta ilustración, a la luz de nuestra vida en el día de hoy. Yo quisiera ir paso por paso a lo que es el proceso de la alfarería y el proceso que tiene un alfarero para diseñar y crear una vasija, y poder aplicarlo a nuestra vida en el día de hoy.

¿Cuál es el primer paso de un alfarero? ¿Qué es lo primero que hace? Lo primero que hace un alfarero es que él hace un diseño. Él ve una necesidad e imagina cómo será ese objeto para llenar esa necesidad. Dice: bueno, hay una necesidad de tazas grandes para comida, hay una necesidad de tazones más pequeños para sopa, hay una necesidad de jarras para agua, de un jarrón para unas flores, de vasos para beber agua. Él ve una necesidad primero y diseña en su mente lo que él va a hacer.

De la misma manera, nuestro Creador ve una necesidad en un momento puntual de la historia y quiere que tú y yo cubramos esa necesidad, y nos creó para eso. Dios nos dio un físico, nos dio una inteligencia, nos dio una personalidad, nos dio un contexto y nos dio las oportunidades para cumplir ese propósito para el cual él nos creó. Hermanos, nuestras vidas no son sin propósito. En nuestras vidas no hay casualidades. Dios nos creó y nos puso en un momento adecuado de la historia para que nosotros cumpliéramos el propósito que él tenía para nosotros.

Muchos de nosotros, lamentablemente, vivimos insatisfechos. Anhelamos cosas que no tenemos. Decimos: Señor, yo quiero eso. Miramos al lado: Señor, yo quiero una familia como la de fulano. Yo quiero tener el trabajo que tiene fulano. Yo quiero hijos como los tiene mi hermano fulano. Pero hermanos, si Dios no me lo ha dado, es porque realmente eso no cumple el propósito para el cual él me creó. Si Dios quisiera eso para mí, él me lo daría. Porque todo lo que él nos ha dado, donde nos ha colocado, bueno o malo, él lo ha permitido con qué propósito: con el propósito de formarnos y que podamos ser lo que él ha pensado que nosotros seamos.

Y por eso es que el apóstol Pablo en Efesios 2:10 dice: "Porque nosotros somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas." Dios en su mente, antes de la fundación del mundo, nos concibió a cada uno de nosotros. Él vio una necesidad puntual, él dijo: mira, en el año 2020 va a haber una pandemia, un COVID-19, y yo voy a preparar a mi siervo, como lo ha hecho con un siervo nuestro, que lo ha preparado para este tiempo, y lo voy a usar ahí. Que es el caso del pastor Miguel, por el cual debemos orar, porque Dios lo ha usado, lo ha estado usando en este tiempo de manera muy particular. Pero todas esas cosas que él permitió que cada uno de nosotros viviéramos, las hace para prepararnos para el hoy donde él nos ha colocado.

Lo primero que hace es el diseño en su mente acorde a la necesidad. Y luego de diseñar, paso dos, él hace un plan. El alfarero diseña en su mente, esta es la necesidad, bueno, ahora yo voy a hacer un plan, un plan de trabajo, una hoja de ruta de principio a fin. ¿Cómo voy a terminar y voy a construir eso? Él decide dónde va a sacar el barro, él planifica cómo le va a dar forma al barro, él reserva el horno para luego terminar la vasija y poder colocarla ahí, él selecciona los instrumentos para poder hacer su trabajo.

De la misma manera, nuestro Dios conoce cada plan que él tiene para cada uno de nosotros. Cada plan, cada situación, él la conoce y él ha planificado. El mismo Jeremías, en el capítulo 29, versículo 11, dice: "Porque yo sé los planes que tengo para ustedes, declara el Señor, planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza." Dios tiene los planes de nuestra vida coordinados. Él lo ha planificado de forma tal que nosotros, al final, podamos ser ese producto, esa vasija que él usará para sí. Dios, antes de la fundación del mundo, hermanos, ya había planificado, hecho el plano de tu vida y de la mía. Ya había diseñado cómo él nos iba a formar.

Entonces, el alfarero hace el diseño y un plan. Él primero concibe un diseño, después hace el plan, y ¿cuál es el paso tres? ¿Qué es lo que tiene que hacer el alfarero? Bueno, yo tengo el diseño, yo tengo el plan, ahora viene el manos a la obra. Vamos a esto, vamos a construir, vamos a diseñar, vamos a hacer nuestra vasija. Y lo primero que hace es que él comienza y busca sus cuatro instrumentos. El alfarero utiliza cuatro instrumentos principalmente para hacer una vasija de barro.

El primero de esos instrumentos, ¿cuál es? Es la rueda. Y vemos en este texto que Jeremías, cuando bajó a casa del alfarero, encontró al alfarero trabajando sobre qué, trabajando sobre la rueda. El alfarero selecciona su barro, selecciona su rueda, pone su barro sobre la rueda y comienza a darle vuelta a la rueda para ir moldeando su barro.

De la misma manera, en manos de nuestro Creador, nos ha puesto en la rueda de la vida para formarnos. Y las ruedas de la vida pudieran ser cualquiera de estas circunstancias que él permite a cada uno de nosotros de manera muy peculiar para que nosotros seamos lo que nosotros somos en el día de hoy.

Esa rueda que da vuelta puede ser nuestro entorno familiar. Dios nos colocó a cada uno de nosotros en un país específico, en una cultura específica, en un tiempo específico, con padres específicos, ¿para qué? Para que a través de esa cultura, de esa educación, formarnos y hacernos lo que tú y yo somos hoy. Yo no nací en Suiza en el año veinte. Nosotros nacimos en República Dominicana en esta generación. Dios nos colocó a cada uno de nosotros en este tiempo de manera específica para que ese entorno nos forme y nos haga lo que somos en el día de hoy.

Cuando tú vas a la Palabra, tú ves un ejemplo de eso en la vida de Moisés. Moisés estaba condenado a morir. Él había sido lanzado al río para que fuera ahogado como todos los niños menores de dos años del pueblo de Israel. Y Dios soberanamente decide sacar a Moisés del río, llevarlo a la hija de Faraón para que la hija de Faraón lo críe y le dé formación. Y a través de esa educación, formación y autoridad, él posteriormente venir y poder reclamar a Faraón por el pueblo de Israel. El contexto de nuestra familia, de nuestro entorno, es parte de la rueda en la cual Dios está formando quiénes somos.

Nuestra educación: Dios nos ha dado a cada uno de nosotros la oportunidad, los dones, los talentos para poder educarnos y poder ser lo que tú y yo somos hoy. Cuando tú ves la vida del apóstol Pablo, el apóstol Pablo fue un estudiante de los fariseos, estudiante a los pies de Gamaliel, fiel ahí. Y Dios utilizó posteriormente esa educación para que él pudiera ser un mejor conocedor de la cultura de la tradición judía y para poder tener autoridad para hablar y para ser escuchado.

Dios usa nuestros malos tiempos. La rueda de los malos tiempos Dios la utiliza para formarte a ti y a mí. Hoy tú y yo somos una consecuencia de esos malos tiempos. Cuando nosotros vamos a la Palabra y vemos la vida de José, Dios permitió que José pasara por un momento agónico: vendido como esclavo por sus hermanos, luego que saca la cabeza la esposa de Potifar lo engaña y preso de nuevo. ¿Y para qué? Para que a través de ese proceso, de esos malos tiempos, él pudiera ser ese instrumento que Dios iba a usar como una vasija de honra para cumplir su propósito.

Hermanos, Dios es un experto en tomar el carbón de nuestras vidas y formar de él diamantes. Él toma nuestras partes rotas y hace de nosotros esculturas de honra. Dios sabe usar nuestras aflicciones, nuestros malos tiempos, para hacer que nosotros seamos lo que somos hoy. La mayoría de ustedes conoce mi testimonio, el testimonio de mi esposa y mío. Fue a través de una gran tormenta que el Señor nos llevó fuera del país, nos trajo de vuelta y nos dio la oportunidad de ser uno de los pastores en IBE. Es probable que sin esos malos tiempos hoy yo no estaría aquí parado. Pero Dios en su gracia permite eso para trabajar en nosotros.

Y cuando nosotros venimos a la Palabra y vemos esto, nos damos cuenta de que en esta vida no hay desperdicios. Para Dios, nuestra vida no es un desperdicio. Nada de lo que pasa en nuestra vida es un desperdicio. Esa parte introductoria de nuestra vida, la cual llamamos infancia, no es un desperdicio. Tiene una relación con el resto de lo que nosotros vamos a hacer. Las penas, las lágrimas que sufrimos, no son un desperdicio de nuestra vida. El trabajo, la lucha, la congoja no se pierden.

Todas estas cosas no son sin sentido. Todas estas cosas Dios las usa para formarnos y moldearnos a la imagen de Cristo y hacernos una vasija de honra que él va a utilizar para su gloria. Nadie viene, nuestra vida, hermanos. Es una realidad que nosotros tenemos que entender. Nuestra vida puede lucir hoy como vasijas rotas, como sin propósito muchas veces. Quizás algunos de nosotros está pasando un proceso de depresión, un momento muy triste, pero recuerda que en Dios no hay despropósito y él tiene un plan de transformar estas piezas rotas en nuestra vida y hacer grandes cosas para su gloria.

Volviendo a esta ilustración de lo que es la rueda, solo también tenemos que conocer que esta rueda de la vida, o esta rueda usada por el alfarero, no era algo muy sencillo de utilizar. Muchas veces pensábamos y vemos ciertos videos: ¡qué fácil es poner el barro ahí y dar a la rueda! Para poder ser un buen alfarero había que manejar ciertas técnicas que le permitían al alfarero tener el barro centrado sobre la rueda, de forma tal que este barro, si saliera a un lado, se echaba a perder, pero si estaba centrado, podía ser cuidado y cumplir el propósito por el cual se colocó ahí.

Por la gracia de Dios, hermanos, tú y yo somos barro. Dios es el Alfarero y en sus manos nosotros estamos seguros en medio de la rueda. En medio de la rueda de la vida, de las diferentes situaciones que nos pasan, nosotros podemos estar seguros porque en medio de esa situación nosotros estamos en las manos de un buen Alfarero que cuida de cada detalle de nosotros. Y aun cuando nosotros pensemos que la rueda está girándose sin control, que está girando rápido y que no sé qué va a pasar con mi vida, con mi situación, yo puedo estar tranquilo en saber que el buen Alfarero siempre va a tener contacto con su barro.

Aunque la rueda esté girando rápido, rápido, que el COVID esté tocando cerca, que hay situaciones donde yo digo: bueno, no sé qué va a pasar mañana, trabajo, enfermedad, abandono, no sé, yo puedo estar tranquilo de saber que el buen Alfarero siempre va a tener contacto con su barro. Y nuestro Dios siempre va a tener contacto con nosotros. Él nunca nos va a dejar a la deriva, él siempre estará cerca para cuidarnos y para hacer de nosotros lo que él ha pensado que tú y yo seamos.

El segundo instrumento que el alfarero utiliza son las manos. Además de la rueda, las manos, para que con las manos darle forma y hacer una presión externa y una presión interna para así poder lograr la vasija, el envase que él desea. De la misma manera, en nuestra vida hoy, nosotros tenemos presiones externas que nos dan forma. Tenemos la mano de Dios presionándonos con cosas fuera de nosotros que nos van moldeando. Yo mencioné el tema anteriormente: el tema del COVID, el tema de una enfermedad, el tema de un abandono. Todas esas cosas Dios las está usando para formarme, para hacerme a la imagen que él quiere hacer de mí.

Pero además de esas presiones externas, el alfarero dando en la rueda también va haciendo presiones internas para ir dándole forma, creando eso que él quiere crear. Y esas presiones internas son las que vienen a través del Espíritu de Dios dentro nuestro, que nos lleva a toda verdad, que va cambiando nuestro corazón, que va cambiando nuestra mente. Esas son las cosas, son los instrumentos que Dios usa. Dios usa sus manos para moldear, para trabajar, para formarnos.

Entonces, vemos cómo Dios usa la rueda como instrumento. Él usa sus manos, pero también él usa un tercer instrumento. El alfarero usa un tercer instrumento: él usa un cuchillo, un cuchillo bien afilado. Y muchos se preguntarán: pero, ¿para qué un alfarero necesita un cuchillo afilado? Porque con el cuchillo afilado él puede cortar los excesos de barro que quedan, de forma tal de que su vasija quede perfecta, como él ha pensado, y también usa el cuchillo para cortar el barro de la rueda.

Y de la misma manera, la mano que nos rodea usa su cuchillo en nosotros para quitar esos excesos de nuestras vidas, para quitar esas cosas a las cuales estamos aferrados, esos ídolos del corazón a los cuales estamos amarrados. Nosotros no sabemos cómo muchas veces esas cosas que Dios nos quita pueden convertirse en nuestra mayor bendición. El perder un trabajo, el perder un amigo, el perder posesiones. Hoy puede parecer doloroso, pero cuando yo miro en el futuro yo puedo decir: wow, Señor, gracias. Gracias por tú haber usado ese cuchillo que me dolió, porque duelen. Sabemos que la punzada de ese cuchillo, quitándonos ídolos, duele.

Pero cuando yo miro adelante yo puedo decir, como dice el apóstol Pablo en Romanos 8:28, que sabemos que para los que aman a Dios, ese cuchillo, esas situaciones, cooperarán para bien, para aquellos que están llamados conforme a su propósito. Si nosotros pudiéramos conocer todo lo que Dios conoce, solo pudiéramos disfrutar cuando Dios pasa su cuchillo doloroso por nosotros, porque eso que él está haciendo es moldeándonos a la imagen de Cristo. Es trabajando en nosotros y quitando esas imperfecciones para que seamos acorde a la imagen que él quiere que seamos.

El alfarero utiliza la rueda, utiliza sus manos, utiliza un cuchillo, y finalmente él utiliza un horno. El alfarero utiliza el horno para que, luego de terminada su creación, que el barro ya tiene la forma, la vasija tiene la forma, es colocada ahí para que esa vasija pueda ser solidificada y pueda ser utilizada. Es lo que un horno ardiente.

Muchas veces, cuando nosotros vamos por la calle de la aleluya, que estoy en la gloria de Dios, que estoy en la bendición, que va todo bien. Cuando yo voy por la calle prosperidad, doblo a la izquierda ahí en el semáforo, en la calle salud, todo bien. Para nosotros el problema es que cuando nosotros tomamos el elevado de la tribulación o el túnel de la aflicción, es que las cosas como que se complican. Pero es en el túnel de la aflicción, el elevado de la tribulación, donde Dios trabaja en nosotros, donde Dios nos moldea, donde Dios nos permite ser un instrumento que él va a usar para su gloria.

Y sabemos que este horno no es un horno para destruirnos, no es un horno para destruir la vasija. Es un horno para moldearla para que pueda ser útil, un horno que le permitirá a la vasija poder resistir en los usos que su hacedor le dará. Como nosotros pensamos en Moisés, y he mencionado a Moisés varias veces, Dios llevó a Moisés por 40 años. Dios tuvo a Moisés por 40 años en un horno, pastoreando ovejas en el desierto. Él salió de ser hijo de la hija de Faraón y fue enviado al desierto a qué, a pastorear ovejas. 40 años pastoreando ovejas para que él pudiera posteriormente ser el pastor del pueblo de Dios.

Aquellos hermanos que han pasado enfermedades terminales y que Dios les ha permitido sobrepasarlas, aquellos hermanos que han perdido seres muy amados, hoy pueden mirar atrás y decir: Señor, gracias. Gracias porque esa prueba me permitió ser lo que yo soy el día de hoy.

Sin embargo, es muy probable que aquí haya muchos que no sean de aquellos que pasaron por el horno, sino aquellos que están en el horno hoy día. Hermanos, si tú estás en el horno de Dios hoy, yo quiero decirte que yo sé que el horno duele. Yo quiero ser empático con tu dolor. El horno duele. Y muchas veces en algunos casos el horno arde más que en otros casos. Ese fuego arde más que en otros casos, y el dolor muchas veces puede parecer irresistible.

Pero tienes que recordar esta verdad en medio de tu dolor, en medio del horno, ahí donde te encuentras. Recuerda que el que te colocó en ese horno es el Alfarero que te ama. Es un Alfarero que te ama tan profundamente, tan profundamente, que estuvo dispuesto a sufrir la peor de las muertes, a pasar la peor aflicción, a sufrir el peor de los calvarios, para librarte a ti y a mí del horno de la destrucción, del fuego eterno.

Ese dolor que tú estás sufriendo hoy, ese sufrimiento, esa tristeza que te embate hoy, yo quiero recordarte que un día pasará. Probablemente tú no lo estás viendo, o quizás tú no lo puedes entender hoy, pero un día pasará. Yo no sé cuándo, no sé cómo, pero yo sé que un día pasará. ¿Sabes por qué? Porque nuestro Dios es fiel. Porque sus misericordias son nuevas cada mañana. Porque él no nos ha hecho para destruirnos, sino que nos ha hecho para usarnos.

El profeta Jeremías, ya casi al final de su ministerio, en medio de un dolor agobiante, dijo estas palabras en Lamentaciones 3:17-23. Y yo quiero leer un poco de cómo él se sentía. Voy a leer unos versos antes para que tú puedas entender el corazón de Jeremías al escribir estas palabras en medio del horno. Escucha las palabras de Jeremías: "Mi alma ha sido privada de la paz. He olvidado la felicidad. Digo, pues, se acabaron mis fuerzas y mi esperanza que venía del Señor. Acuérdate de mi aflicción y de mi vagar, del ajenjo y de la amargura. Ciertamente mi alma los recuerda y se abate dentro de mí."

Esta es la condición de Jeremías en medio del horno. Él decía: Señor, yo he olvidado la paz. Mi alma se abate dentro de mí. Sin embargo, miren lo que él dice: "Pero esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza: que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca pagan sus bondades. Son nuevas cada mañana, grande es tu fidelidad."

En medio del horno, en medio del dolor, en medio de la aflicción, Jeremías pudo entender: Señor, yo sé que tú eres fiel. Yo sé que tú eres bueno. Y aunque yo no puedo ver tu misericordia y tu favor, no la puedo sentir en este momento porque estoy en un momento de dolor, yo sé que tú me amas, que tú estás por mí y no en mi contra.

El horno duele, hermanos. Para formar una vasija digna, utilizable, el horno no es una opción. Sacarnos del horno no es una opción. Tenemos que pasar por ahí para poder ser usados por Dios.

Finalmente, puede que el alfarero, al sacar el objeto del horno, se da cuenta o se percata de que quedó con ciertas imperfecciones, que la vasija no quedó acorde a como él la había pensado. Probablemente porque el barro se resistió cuando él lo estaba tratando de moldear, o quizás fue que resistió el calor. Pero ¿qué hace el alfarero cuando él ve esta vasija que no quedó como él la quería? ¿La bota? No, no la bota. Él toma la vasija y la rearma una vez más. Busca la forma de volver a usarla para cumplir y hacer de la vasija acorde a como él lo ha pensado.

De la misma manera, hermanos, Dios no nos va a desechar a nosotros. Puede que tú hoy estés peleando con Dios, batallando con Dios, oponiéndote al Alfarero como barro y no quedes como Dios te ha pensado. Dios no te va a desechar. Él va a seguir trabajando contigo porque tú vas a terminar siendo lo que Él ha pensado que tú seas, para lo que Él te ha diseñado. Quizás al salir del horno quedamos con grietas, pero Dios no va a decir: "Voy a botar esta vasija." No. "Yo la voy a volver a trabajar y va a volver a pasar por el horno." Porque al final Él va a cumplir su propósito en nosotros.

Hermanos, el Dios que nosotros servimos, el Dios por quien nosotros vivimos, a quien decimos creerle, Él es el Dios soberano, es el que tiene control de nuestra vida y Él hace con nosotros según su buena voluntad. Algunos probablemente seremos recipientes que Él va a usar más periódicamente; quizás nosotros vamos a ser una vasija de porcelana que Él tendrá para otros usos. Yo no sé cuál es el propósito por el cual Él nos ha creado a ti y a mí. Lo que sí yo sé por la Palabra de Dios es que Él nos ha creado para que seamos resplandor de su gloria, para que nosotros portemos la imagen de Cristo, para que nosotros podamos cumplir sus propósitos, para que nosotros le podamos traer honor y gloria a Él. Para eso tú fuiste creado.

¿Y si tú quieres el favor de Dios? Si tú quieres honrar a Dios, si tú quieres vivir una vida plena en Él, es tiempo de que dejemos de luchar con Dios y nos sometamos a su voluntad, sea lo que sea. Que podamos rendir nuestra vida: "Sí, Señor, Tú eres el Alfarero, yo soy el barro. Haz conmigo según te plazca. Todo lo que Tú envías hacia mí, yo lo voy a aceptar, porque yo sé que si viene de tu mano, es para mi bien y para tu gloria."

Quiero cerrar con una historia. Hace unos años atrás, muchos, muchos años atrás, cuando se trasladaba la gente en vez de carro se trasladaban en carruajes con caballos, está este padre y su hijo caminando por un trecho oscuro, un trecho un tanto peligroso, y el hijo en un momento se asusta y toma una de las riendas del caballo. Y el padre le ofrece la otra: "¿Tú quieres la otra rienda?" A lo que el hijo asustado dice: "No, no pudiera manejar las dos, yo no puedo controlar este animal tan grande." A lo que el padre suavemente le responde: "Bueno, es tiempo de que tú tomes una decisión. ¿O eres tú? ¿O soy yo? Pero ambos no podemos conducir el mismo caballo." El niño asustado rápidamente entregó la soga, la rienda del caballo a su padre, y volvió una vez más la calma, la seguridad, y pudieron llegar a puerto seguro.

Hermano, Dios nos ha creado para que seamos portadores de su gloria. Entreguemos la rienda de nuestra vida a Él, porque si nosotros queremos seguir batallando y peleando con Dios, no llegaremos a ningún lado. Solo en sus manos, solo en sus manos, nosotros podemos tener seguridad y podemos llegar fielmente al destino que Él ha preparado para nosotros.

Que el Señor nos bendiga y que sea satisfecho con nosotros. Vamos a orar.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.