Integridad y Sabiduria
Sermones

El Dios que firmó la ley

Reynaldo Logroño 30 agosto, 2020

Cuando Dios entregó su ley en el monte Sinaí, no se limitó a dictar un código moral: firmó su obra con su propio carácter. Así como la firma de Picasso revela quién es el artista y determina el valor del cuadro, la manera en que Dios entregó los mandamientos revela quién es Él. Antes de pronunciar una sola palabra de la ley, Dios se presenta: "Yo soy el Señor tu Dios, quien te rescató de la tierra de Egipto, donde eras esclavo." No quería obediencia forzada, sino que su pueblo lo conociera y lo valorara.

El escenario mismo hablaba de su carácter. Truenos retumbando, relámpagos destellando, una montaña de dos mil metros temblando violentamente, humo subiendo como de un horno, y la voz de Dios resonando como trueno. Un millón de personas temblaba de miedo al pie del monte. Dios mostraba su santidad, su poder, su celo. Cada una de las diez plagas en Egipto había humillado a un dios falso, demostrando que solo Él es Dios. Y sin embargo, ese mismo Dios les había dicho con ternura que los había llevado sobre alas de águila.

Lo trágico es que Israel nunca se ocupó de conocer el carácter de su Dios; solo se impresionaron con los milagros, y los milagros se olvidan. A los cuarenta días ya adoraban un becerro de oro. Nosotros no somos diferentes: hemos reemplazado el asombro por Dios con el asombro por nosotros mismos. La vacuna contra esa idolatría es sencilla: conocer, amar y obedecer a aquel que firmó su ley en la obra perfecta de Cristo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bendiciones, hermanos. Como dijo Luis, para mí es un gozo realmente poder estar aquí en un culto domingo en la mañana, compartiendo la palabra con ustedes. Es un privilegio, es un privilegio y un compromiso. Pero yo quisiera hoy compartir algunas cosas que han estado en mi corazón y que yo he estado reflexionando en esta última semana, y creo que pueden ser de bendición para todos nosotros.

Vamos a pedirle al Señor que nos acompañe de nuevo. Padre, gracias, Señor. Gracias porque si estamos aquí hoy parados, no es por nada por nosotros. Gracias porque es por tu misericordia, Señor, por tu fidelidad con cada uno de los que estamos aquí. Gracias, Padre, porque tú nos das el privilegio de que podemos oír tu Palabra y aprender, Señor, de cómo tú eres, Padre. Yo te quiero pedir, Padre, que el pasaje que vayamos a leer hoy, Señor, que haga bien a nuestro corazón, nos dé fuerza, nos dé esperanza. Y que tú me uses, Señor, muy a pesar de mí, a pesar de mi corazón caído, que no sea mi voz la que se oiga hoy, sino la voz de tu Palabra, Señor. Padre, cógeme y escóndeme detrás de tu cruz para que sea Cristo, Padre, el que le hable a cada uno de estos hermanos. Gracias, Señor, porque sabemos que si te lo pedimos en el nombre de tu Hijo, tú nos vas a complacer. En Cristo Jesús, amén.

Bien, hermanos. Yo he titulado el sermón de hoy: "El Dios que firmó la ley". Y vamos a estar usando un pasaje muy conocido por todos ustedes, que son los capítulos 19 y 20 del libro de Éxodo. Son capítulos donde están contenidos los diez mandamientos, lo que se conoce como el Decálogo. Pero yo quiero que hoy hagamos algo un poco diferente. Más que concentrarnos en los mandamientos en sí, yo quiero que usemos el texto para descubrir cómo es el Dios que dio esos mandamientos, cómo es el carácter que se revela del Dios que firmó esa ley. ¿Amén?

Yo estoy claro que en ningún sitio de la Biblia dice que Dios firmó la ley. Pero hay un versículo que nos da una idea de que él tuvo la intención de que estuviera muy claro quién es el autor de la ley. Dios estuvo muy claro en que no quería que nadie se confundiera y entendiera que Moisés había escrito la ley. Yo quiero que vayamos a Éxodo capítulo 31, versículo 18. Y dice el versículo: "Cuando el Señor terminó de hablar con Moisés sobre el monte Sinaí, le dio las dos tablas del testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios." Y la idea aquí es la misma: Dios quería que no hubiese ninguna duda de quién fue que escribió la ley. ¿Quién es el autor de la ley?

Y para nosotros la firma es una herramienta que busca exactamente lo mismo. Cuando un documento legal o cualquier carta es firmada por una persona, la firma es la constancia de que esa persona está de acuerdo con lo que dice ese documento. Está de acuerdo con lo que se escribió o fue el mismo que lo escribió. En el caso, por ejemplo, de una obra artística, no importa si es un lienzo, si es un papel, si es una escultura, la firma en la obra indica quién es el autor. Por eso es tan importante verificar que las firmas sean auténticas, porque incluso la firma no solamente dice quién fue el autor, sino que la firma dice cuánto vale la obra.

Por ejemplo, Pablo Picasso fue un artista, uno de los artistas más famosos del siglo XX. Su obra debe ser de las obras más cotizadas a nivel mundial. Su obra es sumamente aplaudida, su obra es buscada, su obra es presentada en giras itinerantes de museos. Sin embargo, hay gente de un modo muy sarcástico que dice que, por el estilo que usaba Picasso, que era el cubismo que se caracterizaba por líneas simples, líneas rectas, figuras geométricas, figuras muy sencillas, todo muy minimalista, dicen que la única diferencia que hay entre un dibujo hecho por un niño de cinco años y algunos cuadros de Picasso, la única diferencia es simplemente la firma. Obviamente es un comentario que no es real, pero vamos a suponer que así sea.

Ahora, miren la diferencia. El dibujo de un niño de cinco años, lo más que puede aspirar es estar pegado en la nevera de su casa. Sin embargo, un cuadro de Picasso, que vamos a suponer que sea muy parecido al dibujo de un niño, va a estar colocado en un museo o va a estar en la colección privada de una persona que pagó muchos millones de dólares. ¿Cuál es la diferencia? La firma. La firma es lo que le da el valor a esa obra.

Pero es interesante, sobre todo en el caso de Picasso. La firma de Picasso, la forma en que él escribía su nombre, mejor dicho su apellido, tenía un trazo tan particular, que en sí mismo no solamente decía quién era el autor, sino que daba muestra del carácter del autor. Daba idea de cómo es el arte de Picasso. Tanto es así que la firma de Picasso se utiliza en imágenes, en póster, y se usa para decorar oficinas, casas. Hay mucha gente que le gusta simplemente tener la firma de Picasso, porque en sí misma dice: "Yo sé cómo es la cabeza de ese pintor, se nota en su firma."

Yo quiero que con eso en mente vayamos a leer el pasaje de hoy. Como yo sé que es un pasaje muy conocido por todos, yo no quisiera que cometamos el error de ir en modo automático. Por lo tanto, yo voy a estar leyendo normalmente en la Nueva Traducción Viviente, para que sepan. Los versículos van a estar siempre en pantalla.

Yo quiero que vayamos primero a Éxodo 20. Yo voy a estar leyendo estos pasajes no necesariamente en el orden que están en la Palabra, para que ustedes se metan en el contexto que vamos a ver. Recuérdense que la idea es que hoy vamos a ver todo lo que nos dice la circunstancia en que la ley fue entregada, todo lo que nos dice de ese autor que firmó esa ley.

Entonces, vamos a leer Éxodo 20, versículos 1 y 2: "Luego Dios le dio al pueblo las siguientes instrucciones: Yo soy el Señor tu Dios, quien te rescató de la tierra de Egipto, donde eras esclavo."

Vamos a hacer una pausa ahí. En esos dos versículos, ¿qué nos dice del autor de la ley? Bueno, lo primero que nos dice, muy obvio, nos dice quién es el autor, cómo se llama, y dice que el autor de la ley es el gran Yo Soy. Ese mismo Yo Soy que se le presentó a Moisés en la zarza de fuego. Ese mismo Yo Soy que fue el nombre que Moisés le dijo al faraón cuando le preguntó: "¿Cómo se llama tu Dios?" Ese mismo Yo Soy que rescató a su pueblo de Egipto.

Y lo segundo que dice, casualmente es eso mismo, dice: "quien te rescató de la tierra de Egipto, donde eras esclavo." Y me encanta que esta versión usa la palabra "rescató" y no la palabra "sacó" como dicen otras versiones. Porque "rescató" me está dando el contexto de qué fue lo que hizo el Señor. Tú eras posesión de otro amo, yo te compré, yo te saqué, yo pagué por precio y ahora tú me perteneces a mí. Yo te rescaté de una tierra donde tú eras esclavo.

Y es interesante, para que no haya duda: la relación que había entre el pueblo judío y el pueblo de Egipto no era que los judíos eran unos socios estratégicos de los egipcios. No era que los judíos eran unos huéspedes especiales en la civilización egipcia. No, los judíos eran los esclavos de los egipcios. Y Dios lo sabía.

Y el primer atributo que vamos a ver en el pasaje que habla de este autor de esta ley es que él tiene un conocimiento pleno de su pueblo. Dios sabía quiénes eran, Dios sabía por cuáles condiciones habían pasado, Dios sabía cómo se sentían, y lo más importante, Dios quería tener una relación con ese pueblo.

Vamos a ver el capítulo 3 de Éxodo, versículo 7. Cuando Dios se le aparece en la zarza a Moisés, él le dijo de una vez cuál era la razón por la cual él quería que Moisés fuera a Egipto. Dice el versículo: "Ciertamente he visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto. He oído sus gritos de angustia a causa de la crueldad de sus capataces. Yo estoy al tanto de su sufrimiento. Por eso he descendido para rescatarlos del poder de los egipcios, sacarlos de Egipto y llevarlos a una tierra fértil y espaciosa." No solamente te voy a sacar del infierno que estás viviendo, te voy a llevar a un sitio mejor que yo he preparado para ti. Dios no había apartado su mirada ni su oído de su pueblo por los 430 años que estuvo de esclavo en Egipto, y eso muestra otro atributo del carácter del Señor, que es su fidelidad.

Ahora, vamos a volver a Éxodo 20, versículo 1. Nosotros vemos que el primer versículo comienza con una palabra clave. Dice: "Luego Dios le dio al pueblo las siguientes instrucciones." En la versión de las Américas dice: "Entonces Dios habló todas estas palabras diciendo." Obviamente esa palabra "entonces" y esa palabra "luego" implican que en el capítulo anterior del libro está pasando algo que está muy relacionado con la entrega de la ley que Dios va a darle a su pueblo. Y créanme, mis hermanos, ese algo que pasa en el capítulo 19 de Éxodo es la clave para que nosotros entendamos cómo es el Dios que firma la ley.

Entonces, vamos ahora a la película, ponerle pausa, coger el control, darle hacia atrás tres días. Y vamos a comenzar a leer Éxodo capítulo 19, versículos 1 al 6. Sigo leyendo en la Nueva Traducción Viviente. Dice la Palabra: "Exactamente dos meses después de haber salido de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí. Después de levantar campamento en Refidim, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon al pie del monte. Entonces Moisés subió al monte para presentarse delante de Dios."

Es importante que cada vez que veamos que Moisés subió al monte o baja del monte, estamos hablando de una montaña que tiene más de 2000 metros de altura. En otro momento de este capítulo, ese mensaje de Moisés, yo quiero que tengan en su mente que no estamos hablando de que subió una loma de tierra, es una montaña de 2000 metros de altura.

"El Señor lo llamó desde el monte y le dijo: Comunica estas instrucciones a la familia de Jacob, anúncialas a los descendientes de Israel." Dice el versículo 4: "Ustedes vieron lo que hice con los egipcios. Saben cómo los llevé a ustedes sobre alas de águila y los traje hacia mí. Ahora bien, si me obedecen y cumplen mi pacto..."

Ustedes serán mi tesoro especial entre todas las naciones de la tierra. Porque toda la tierra me pertenece, pero ustedes serán mi reino de sacerdotes, mi nación santa. Este es el mensaje que deben transmitir a los hijos de Israel.

Hermanos, aquí nosotros vemos cómo Dios está reflejando su amor por su pueblo, y esa ilustración que usa del águila es increíblemente tierna. Cuando el águila está enseñando a sus hijos a volar y vuela al lado de ellos, si ella ve que ellos pierden fuerza, si ella ve que no pueden continuar la velocidad, ella se pone debajo de ellos para que puedan descansar, ella les da altura. Si ellos no tienen la fuerza para llegar hasta el nido, ella los lleva. Y es la ilustración que le está haciendo con su pueblo. Él está diciendo: mi hijo, yo quiero llevarlos, yo quiero lo bueno para ustedes. Yo soy ese tipo de Dios.

Dios estaba mostrando su cuidado, su tierno amor, su fidelidad. Dios le estaba transmitiendo a su pueblo su carácter, de atributo en atributo. Dios quería que Israel le adorara y fuera él su Dios porque lo valorara, no solo porque fueron imposiciones. Dios quería que Israel conociera al gran Yo Soy. Pero sobre todo, Dios quería que Israel comparara al gran Yo Soy con todos esos dioses paganos que durante cuatrocientos años ellos vieron en Egipto. Por lo tanto, Dios tenía que mostrarle a su pueblo otro atributo importante que era su poder.

El versículo 4 inicia diciendo: ¿Ustedes vieron lo que yo hice con los egipcios? Y vamos a recapitular un poquito. ¿Qué fue lo que los judíos vieron que Dios hizo con los egipcios? Bueno, lo que vieron primero fue que durante un tiempo de aproximadamente un año, Dios castigó al pueblo egipcio, plaga tras plaga. Diez plagas que azotaron todo lo que fue Egipto.

Y vamos a ver más o menos cuáles eran esas plagas. La primera fue que convirtió el agua del río Nilo en sangre. Luego vino una plaga de ranas, luego una plaga de piojos, luego una plaga de insectos y moscas, luego una peste en el ganado, luego una plaga de úlceras y llagas en todos los egipcios. Luego un granizo que dice la Biblia que nunca antes había pasado en ese país. Luego vino una plaga de langostas que acabó con todo lo que quedaba de la cosecha. Luego vino una tiniebla por tres días que solamente afectó a los egipcios, y decía que no podían verse ni siquiera el que estaba a un lado del otro. Y por último, la muerte de todos los primogénitos del pueblo egipcio.

Pero lo interesante es que esas plagas Dios no las eligió al azar. Voy a usar esta plaga, ahora sería... No. Dios sabía cuáles eran las deidades falsas que tenían los egipcios. Y cada plaga fue destinada a humillar un dios pagano de los egipcios. Cada plaga tiene una relación estrecha con un dios de los egipcios.

Por ejemplo, la plaga de las ranas. Hay gente que dice: bueno, ¿qué tan grave fue esa plaga? Porque si tú vives en Egipto, tú debes estar acostumbrado, como tan cerca del río Nilo, que hay muchas ranas y sapos por dondequiera. No, no fue así. Lo primero es que para los egipcios las ranas eran un animal sagrado. Ellos entendían que las ranas tenían un poder especial porque era un animal que vivía en dos mundos: en el agua y en la tierra. Y no solamente eso. La rana era la representación en el reino animal de Hequet. ¿Saben quién era para los egipcios? La esposa del dios creador. Entonces, Hequet era la encargada de la vida. Las mujeres cuando estaban embarazadas llevaban ofrendas a Hequet porque ella se encargaba de que hubiese vida en su vientre. Todo tenía que ver con la vida.

Entonces, ¿qué hizo Dios? Dios llenó todo el país de ranas. Pero el problema era que como las ranas eran un animal sagrado, en Egipto cualquiera que pisara una rana, aunque sea por accidente, era culpable de muerte, porque era una afrenta contra una diosa. Y ahora Dios les está demostrando a los egipcios lo ridículo de sus creencias, y llena todo el país de ranas de manera que no hay por dónde caminar. Ni en la casa, ni en los patios, ni en la habitación, ni en la cocina, ¡dondequiera había ranas! Sí, para nosotros que las ranas no significan nada sagrado, es una imagen para mí tenebrosa. Imagínense que ustedes no puedan pisar una rana. Dios estaba demostrándoles a los egipcios y a su pueblo que Él es el Dios todopoderoso y que como Él no hay ninguno.

En Éxodo 10, el versículo 1 en adelante, aparece el pasaje cuando Moisés va delante de Faraón, tiene que ver con la plaga de langostas. Vean lo que dice ese pasaje: Entonces el Señor le dijo a Moisés: regresa a ver a Faraón y vuelve a presentar tus demandas. Yo hice que él y sus funcionarios se pusieran tercos. ¿Y por qué? Con el fin de mostrar mis señales milagrosas en medio de ellos. ¿Y para qué, Señor? También lo hice para que ustedes, mi pueblo, pudieran contarles a sus hijos y a sus nietos acerca de cómo puse en ridículo a los egipcios, acerca de las señales que hice en medio de ellos, y para que ustedes sepan que yo soy. ¡Wow!

Pero no solamente con las plagas Dios transmitió el control que Él tiene sobre su creación, sino que cada plaga Él la hizo en un tiempo perfecto. Dios estaba muy interesado en que su pueblo y los egipcios conocieran de su poder, y no se iba a arriesgar a que alguien racionalizara que eso no fue un mandato divino, si eso fue en la época del año que las langostas se reproducen y vienen... No. Cada plaga, si nosotros recordamos, responde a un tiempo específico. Cada plaga aparecía o cuando Moisés y Aarón levantaban la vara, o cuando Moisés y Aarón tiraban al aire ceniza o polvo, o cuando Moisés le decía a Faraón: a tal hora ocurrirá tal cosa. Dios estaba interesado en que se supiera que el gran Yo Soy tiene poder sobre todo lo creado y sobre el tiempo. Dios es el dueño de todo. Dios mostró su poder y me imagino que no hubo dudas porque todos conocemos la historia.

Pero increíblemente, con las mismas plagas Dios también mostró lo que es su justicia. Vamos a ver algo. El río Nilo era considerado una deidad entre los egipcios. Se le atribuía su poder a la fertilidad de la tierra y a la abundancia. Pero no solamente eso, el río Nilo era el escenario de unos de los actos más viles y terribles que vio el pueblo judío. En Éxodo 1:22, cuando Moisés está escribiendo el éxodo, está contando lo que pasaba en Egipto antes de que su pueblo saliera, dice lo siguiente: que un día Faraón dio la siguiente orden a todo su pueblo: tiren al río Nilo a todo niño varón recién nacido, pero a las niñas pueden dejarlas con vida.

Hermanos, los judíos contemplaban desgarrados cómo sus varoncitos recién nacidos eran arrancados casi del vientre de la madre y eran tirados como ofrenda al río Nilo, y los egipcios se gozaban viendo cómo el río se teñía de rojo con la sangre de los hijos de los hebreos. ¿Ustedes se imaginan lo que es eso para una madre? Y ver eso repetido, repetido, cada vez que era un varón y lo llevaban... Yo, nosotros no podemos imaginar lo horrible que debe ser ese panorama.

Entonces, desde la primera plaga, Dios le está diciendo a su pueblo lo que le dijo en el versículo: yo he oído tus gritos de angustia. Ahora no te preocupes, mía es la venganza, mía es la justicia, ustedes son mi pueblo. Ellos quieren ver su río Nilo rojo de sangre, lo van a ver, pero no con la sangre de mis hijos, lo van a ver con sangre podrida que yo voy a mandarles. Fíjense cómo Dios le está diciendo a su pueblo: yo quiero que ustedes acepten que yo soy su Dios, no porque están obligados, sino por lo que yo soy.

Dios conocía lo que estaba pasando con su pueblo. Él conocía lo que habían sufrido, pero Dios no lo conocía como todos nosotros conocemos algo, una situación. Dios conocía por lo que habían pasado, Él conocía lo que había en sus corazones, y Dios conocía hasta lo que todavía ellos no habían ni pensado ni hecho. Dios conocía cómo su pueblo iba a reaccionar.

Con eso en mente vamos a seguir leyendo Éxodo 19. Nos quedamos en el versículo 6, donde Moisés está en lo alto del monte Sinaí, acuérdense, más de dos mil metros de altura, y acaba de recibir un mensaje de Dios. Y en resumen, el mensaje que recibe de Dios para el pueblo es el siguiente: Ustedes vieron mi poder, no hay nadie como yo. Ustedes vieron que soy justo, ustedes vieron que soy fiel, ustedes vieron que los quiero, ustedes vieron que los defiendo, que los cuido y que los amo. Solo les pido una sola cosa: obedézcanme. Obedézcanme y yo los voy a convertir de todas mis posesiones, que es todo el cielo y la tierra, en lo más preciado. Solamente tienen que obedecer.

El capítulo 19 continúa con una conversación entre Dios y el pueblo, usando siempre a Moisés de mensajero. Vamos a leer ahora el versículo 7: Entonces Moisés regresó del monte, o sea, que bajó, y llamó a los ancianos del pueblo y les comunicó todo lo que el Señor le había ordenado. Yo voy a hacer mucho énfasis en ese sube y baja, porque yo quiero que veamos una característica del pueblo de Dios de allá y el de ahora. Y es que somos tercos y olvidadizos. Y el Señor tiene que repetirnos las cosas muchas veces.

Y todo el pueblo respondió a una voz, versículo 8: haremos todo lo que el Señor ha ordenado. Entonces Moisés llevó la respuesta del pueblo. Dice que el pueblo respondió todo a una sola voz. O sea, ya lo dije, pero estamos hablando de un pueblo que era más de un millón de personas.

Luego el Señor le dijo a Moisés: yo me voy a presentar ante ti en una densa nube para que el pueblo pueda oírme cuando hable contigo. Así ellos siempre confiarán en ti. Moisés le dijo al Señor lo que el pueblo había dicho. Y casi que le dijo: no, no, Señor, no te preocupes. Tú no tienes que hablar, ya ellos... yo bajé. Y el millón de personas, yo me imagino que tú lo oíste, todos como un salmo responsorial dijeron: haremos todo lo que el Señor ha ordenado. O sea, Señor, tu pueblo es obediente, tu pueblo va a hacer todo lo que tú dices, ya tú no tienes que hablarles. Ya ellos están claros.

Pero dice el versículo 10: Después el Señor le dijo a Moisés: desciende y prepara al pueblo para mi llegada. Conságralos hoy y mañana, y que se laven sus ropas.

Asegúrate de que estén preparados para el tercer día, porque ese día el Señor descenderá sobre el monte Sinaí a la vista de todo el pueblo. Marca un límite alrededor del monte y dile al pueblo esta advertencia: tengan cuidado, no suban al monte ni siquiera toquen los límites. Cualquiera que toque el monte será ejecutado. Ninguna mano puede tocar a la persona o animal que traspase el límite, sino que esa persona morirá apedreada o atravesada con flechas. Ellos tendrán que morir. Sin embargo, cuando se oiga un toque prolongado del cuerno de carnero, entonces el pueblo podrá subir al monte.

Dios le está mostrando su santidad. Él le está diciendo a su pueblo: yo no puedo compartir con la suciedad, yo no puedo compartir con el pecado. Yo pongo una barrera entre yo y el pecado. Y ustedes tienen que conocer, porque eso es un atributo importante de mi carácter.

Dice el versículo 14: Así que Moisés entonces bajó a donde estaba el pueblo, consagró a la gente para la adoración y ellos lavaron sus ropas. Prepárense para el tercer día y hasta entonces, absténganse de tener relaciones sexuales.

Y el versículo 16, ya la película volvemos al presente. Nos presenta cuál fue el escenario en el cual van a ocurrir todos los hechos que son narrados en Éxodo 20. Dice el versículo 16: En la mañana del tercer día, retumbaron truenos y destellaron relámpagos, y una nube densa descendió sobre el monte. Se oyó un fuerte y prolongado toque de cuerno de carnero y todo el pueblo tembló, un millón de personas. Moisés guio a la multitud fuera del campamento para encontrarse con Dios y todos se pararon al pie de la montaña. El monte Sinaí estaba totalmente cubierto de humo porque el Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Nubes de humo subían al cielo como el humo que sale de un horno de ladrillos, una imagen que los judíos conocían. Y todo el monte se sacudía violentamente. Esta montaña de dos mil metros de altitud se sacudía.

A medida que el sonido del cuerno del carnero se hacía cada vez más fuerte, Moisés hablaba y Dios le respondía como con voz de trueno. El Señor descendió sobre la cumbre del monte Sinaí y llamó a Moisés a la cima, así que Moisés subió al monte. Entonces el Señor le dijo a Moisés: Moisés, baja de nuevo y advierte al pueblo que no traspase los límites para ver al Señor, porque quien lo haga morirá. Incluso los sacerdotes que se acercan al Señor con regularidad deben purificarse para que el Señor no arremeta contra ellos y los destruya.

Y Moisés qué le dijo: Pero Señor, es que la gente no va a subir al monte, ya tú los advertiste, tú me dijiste marca un límite alrededor del monte para que quede apartado como santo. Recuerda que el Señor, que te dije que todo el millón entero de personas dijeron a una sola voz: haremos todo lo que el Señor ha ordenado. Pero el Señor, que los conoce, que nos conoce, que me conoce, le dijo: Baja ahora, trae a Aarón cuando vuelvas. Mientras tanto, no permitas que los sacerdotes ni el pueblo traspasen el límite para acercarse al Señor, de lo contrario él arremetará contra ellos y los destruirá. Y entonces Moisés descendió a donde estaba el pueblo y le dijo lo que el Señor había dicho otra vez.

En ese contexto es que vemos que Dios va a hablar su ley. Es ese escenario que Dios ha preparado. Es un escenario que comenzó con truenos y destellos que retumbaron. El monte Sinaí estaba totalmente cubierto de fuego y humo. Todo el monte se sacudía violentamente. Un fuerte y prolongado toque de cuerno de carnero se hacía cada vez más fuerte. Dios hablaba en voz de trueno. Una multitud de un millón de personas parados al pie de la montaña temblando de miedo y todos con un voto de obediencia hecho.

Matthew Henry en su comentario lo dice de una manera más poética que yo. Él dice: Por fin llegó el día memorable. Nunca se predicó ni antes ni después un sermón igual a este que fue predicado a todo el pueblo de Israel en el desierto. ¿Por qué? Porque el predicador era Dios mismo. Jehová descendió sobre el monte en fuego. La Shekinah, la gloria de Dios, apareció a la vista de todo el pueblo. El púlpito, o mejor dicho el trono, fue el monte Sinaí cubierto de espesa nube y el humo subía como el humo de un horno y todo el monte se estremecía en gran manera. La congregación fue convocada con sonido de trompeta muy fuerte que iba en aumento en extremo. Moisés condujo a los oyentes al lugar de la reunión. Moisés fue el ujier. Él, que los había sacado de la esclavitud de Egipto, los conducía ahora a recibir la ley de los mismos labios de Dios.

Entonces, hermanos, con eso en mente, con ese escenario, yo quiero que nos imaginemos que estamos al pie del monte Sinaí, que estamos en el borde del límite, que estamos viendo una montaña temblando, que estamos viendo a todos nuestros amigos temblando de miedo, que no queremos cruzar un pie y estamos oyendo cómo Dios va a comenzar a hablar en voz de trueno.

Con eso en mente, podemos leer Éxodo 20, versículo 1: Entonces Dios le dijo al pueblo las siguientes instrucciones en voz de trueno. Yo soy el Señor tu Dios, quien te rescató de la tierra de Egipto donde eras esclavo. No tengas ningún otro dios aparte de mí. No te hagas ninguna clase de ídolo ni imagen de ninguna cosa que esté en los cielos, en la tierra o en el mar. No te inclines ante ellos ni les rindas culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso quien no tolerará que entregues tu corazón a otros dioses, extendiendo los pecados de los padres sobre sus hijos. Toda la familia de los que me rechazan queda afectada hasta los hijos de la tercera y la cuarta generación. Pero derramo amor inagotable por mil generaciones sobre los que me aman y obedecen mis mandatos.

Y así, en esa misma voz de trueno, el Señor le va predicando como un sermón cada uno de sus mandamientos a ese pueblo que lo está oyendo con pánico. Hermanos, yo quisiera que a partir de hoy, cuando ustedes tengan que leer Éxodo 20, nunca lean los mandamientos de Dios como si fuera un código de moral y ética que Conan Doyle entendía, sino que lo dictó el mismo Dios en voz de trueno. Que en nuestro corazón vibre la emoción de miedo ante ese Dios que dictó esa ley. Nosotros tenemos un Dios que es amoroso, que es tierno, que es fiel, que es misericordioso, pero a la vez no se nos olvide que es un Dios santo, es un Dios justo, es un Dios celoso, es un Dios todopoderoso, y eso lo está transmitiendo a su pueblo.

Ahora, ¿qué pasó con los que asistieron a ese sermón? Vamos a seguir leyendo ahora en el versículo 18 de Éxodo 20: Cuando los israelitas oyeron los truenos y el toque fuerte del cuerno de carnero, y vieron los destellos de relámpagos y el humo que salía del monte, se mantuvieron a distancia temblando de miedo. Y entonces le dijeron a Moisés: Oye, háblanos tú y escucharemos, porque no nos hable Dios directamente porque moriremos. Moisés, esto no funciona, vamos al esquema anterior. Tú sube, él te cuenta, tú bajas y tú nos dices. No dejes que nos hable, por favor, nos vamos a morir. Esto es insoportable, nos estamos muriendo de pánico.

¿Y qué les respondió Moisés? No tengan miedo, porque Dios ha venido de esta manera para ponerlos a prueba y para que su temor hacia él les impida pecar. Así que el pueblo se mantuvo a distancia, pero Moisés se acercó y se subió de nuevo al monte, a la nube oscura donde estaba Dios.

Hermanos, eso es lo que me maravilla. Y Dios, porque nos conoce, miren primero qué le dice a Moisés. Versículo 22: Entonces el Señor le dijo a Moisés: Dile al pueblo de Israel lo siguiente. Ustedes han visto con sus propios ojos que les hablé desde el cielo y ustedes oyeron mi voz. No fue de oídas. Versículo 23: Recuerden, lo acabo de decir, recuerden que no deben hacer ningún ídolo ni de plata ni de oro que compita conmigo.

Lo primero que el Señor repite de su ley es ese mandamiento. Porque Dios sabía, Dios nos conoce, Dios conoció a su pueblo, Dios sabía que aunque ellos todos al unísono lo gritaron "haremos todo lo que el Señor ha ordenado," Dios sabía que ellos iban a fallar. Dios sabía que ellos iban a fallar.

Y eso que ellos habían visto durante todo un año cómo el Señor destruyó a Egipto con diez plagas. Ellos vieron cómo sus hijos fueron protegidos del ángel de la muerte que mató a todos los primogénitos de Egipto. Ellos vieron cómo Dios abrió el mar Rojo para que pasara su pueblo tranquilamente. Y cómo después vieron cómo el mar Rojo se cerró para que matara a todos los egipcios. Ellos acaban de ver el monte Sinaí que se estremecía por el sonido de la voz del Señor. Ellos acaban de oír a su Dios hablándoles. Ellos no habían oído la voz del Señor, les está hablando en voz de trueno y les dice: No tengas ningún otro dios aparte de mí, no te hagas ninguna clase de ídolo, no te inclines ante ellos ni les rindas culto, porque yo soy el Señor Dios, tu Dios celoso. Y lo primero que Dios le dice a Moisés cuando él sube: ¿Recuerdas? Moisés, yo los conozco. Vuelve y díselo.

Hermanos, ¿qué observamos ahí? Nosotros vemos a un Dios preocupado por su pueblo, a un Dios tierno, a un Dios que los quiere como un padre. Es como cuando un padre le dice a su hijo: Mi hijo, mi hijo, por el amor que yo le tengo, porque yo los conozco, porque yo sé de lo que ustedes son capaces de hacer, déjenme ahorrarles mucho problema en su vida, escúchenme. Yo sé que ustedes tienen cuatrocientos años viendo dioses paganos, pero ya yo les enseñé lo que yo soy capaz de hacer con esos dioses paganos. Oye, y mira, ustedes no lo saben, mis hijos, pero ustedes van a un pueblo, van a ir a Canaán, donde ahí los dioses falsos son peores que los de los egipcios. Así que prepárense. Háganme caso. Acostúmbrense desde ahora que estamos solos en el desierto. No se les ocurra adorar a otros dioses. Y yo les prometo que yo, yo, el gran Yo Soy, los voy a cuidar, los voy a guiar, los voy a proteger y estaré con ustedes cada día para siempre.

Hermanos, cualquiera pensaría que después de ese sermón, después de ese recordatorio, después de la experiencia vivida por el pueblo, ahí pudiera acabar la historia.

Y el pueblo de Dios fue el pueblo más obediente y fiel sobre la faz de la tierra. Y adoraron a su Dios por generaciones, estas generaciones. Hermanos, a los cuarenta días ya tenían un dios falso. A los cuarenta días, a ellos se les olvidó todo lo que vivieron. A los cuarenta días, ellos entendieron que Dios no era suficiente. Y ustedes saben simplemente por qué. Porque Israel, su pueblo, nunca se interesó en conocer a su Dios. Nunca los impresionó el carácter de su Dios. Lo único que los impresionó fueron los milagros que Dios les hizo, y lamentablemente los milagros se olvidan.

Ahora, mis hermanos, ¿ustedes realmente creen que si los que hubiesen estado al borde del monte Sinaí hubiésemos sido nosotros y no Israel, hubiésemos hecho algo diferente? ¿Saben algo? Lamentablemente, no. Por nuestro corazón. Paul David Tripp escribió un libro que se llama "Asombro" y él dice lo siguiente, y voy a citar: "Nosotros fuimos creados para vivir asombrados por Dios, pero nosotros hemos reemplazado el asombro por Dios, por el asombro por lo creado". Hermano, y dentro de lo creado está el asombro por los milagros de Dios, está el asombro por las dádivas de Dios, está el asombro por las cosas que Dios nos ha provisto, está el asombro por los dones que Dios nos ha dado. Dios no quiere que nos asombremos con nada de lo que Él nos da, Dios quiere que nos asombremos por lo que Él es.

¿Ustedes saben cuál era la única diferencia que hay entre la idolatría del pueblo de Israel y la idolatría de nosotros? Bueno, que por lo menos en ese caso, un millón de personas se pusieron de acuerdo para adorar un solo ídolo falso, que fue el becerro de oro. Nosotros ni eso podemos hacer. Nosotros hemos decidido que lo más fácil es que cada uno se convierta en su propio dios y que nosotros nos pongamos en el centro de nuestro corazón. Viene cómo termina la cita de Tripp: "Tristemente, de todo lo creado, lo que más fácilmente sustituye al Creador, es nuestro propio yo". Y ahí termina la cita.

Esa es la única diferencia entre la idolatría del pueblo de Israel y la idolatría que nosotros tenemos hoy. Hermano, nosotros estamos sumergidos en una generación donde hay una pandemia de la adoración del yo. Así mismo, una pandemia. He visto cómo el pecado ha reemplazado la adoración de Dios por la adoración de nosotros mismos. Y ese reemplazo trae siempre, como un efecto dominó, otros tipos de reemplazo. La sumisión se reemplaza por el autogobierno, la gratitud por la exigencia, la fe por la autosuficiencia, el gozo vertical por la envidia horizontal, el descanso en la soberanía de Dios se reemplaza por la búsqueda del control personal. Y no sé tú, pero yo, cuando digo esas palabras —control personal, autogobierno, autosuficiencia— yo veo reflejados a todos nosotros.

Basta con dar una pequeña búsqueda en las redes sociales, y nos vamos a encontrar un sinnúmero de posts muy bonitos, muy bien diseñados, con unas tipografías muy bonitas, que tienen mensajes como este: "Yo me lo merezco", "Que nadie te diga hasta dónde puedes llegar", "Yo confío en mí mismo", "Yo soy suficiente", "Si te lo propones, puedes hacerlo", "Decide que hoy todo estará bien". Pero ustedes saben qué es lo triste, aunque yo sé que nosotros, todos porque tenemos una doctrina muy recta, nosotros no ponemos ese tipo de post. Le damos like: "¡Ay, qué bonito! ¡Ay, qué bonito!"

Hermanos, detengámonos a pensar si ese virus de la idolatría al yo está creciendo lentamente en nuestro corazón. Yo te voy a leer doce síntomas de lo que pudiera ser el virus de la idolatría al yo, que pueden estar en tu corazón. Yo creo que tú, ahí sentado, sin que nadie se dé cuenta, tú puedes ir contando con la mano cuáles de esos síntomas tú ves en tu vida, que sea de una manera libre. Número uno: vivimos para nuestra propia gloria, y si la palabra gloria te parece una palabra muy bíblica, vivimos para nuestros propios gustos, necesidades o comodidades. Dos: establecemos nuestras propias reglas y las racionalizamos. Tres: odiamos tener que esperar. Cuatro: nos enojamos cuando no obtenemos lo que deseamos. Cinco: nos molestamos cuando creemos que no somos tomados en cuenta. Seis: detestamos todo tipo de sufrimiento. Siete: manipulamos a otros y las dificultades en nuestro propio beneficio. Ocho: exigimos más de lo que servimos y tomamos más de lo que damos. Nueve: amamos ser los primeros, pero odiamos ser los últimos. Diez: le damos demasiada importancia a que se reconozca cuando tenemos la razón. Once: se nos hace más fácil juzgar a quienes nos ofenden que perdonarlos. Y doce: requerimos, exigimos que la vida sea predecible, satisfactoria y fácil.

Si tú estuviste contando con tu mano, y tuviste más de tres o cuatro síntomas de esos, tengo una mala noticia: estás contagiado, igual que yo. Estás contagiado de la idolatría al yo.

Paul Tripp dice en otra parte del libro: "El lenguaje universal de los pecadores en este mundo caído es la queja. Cuando tú estás en el centro, cuando te sientes merecedor de todo, cuando tus deseos dominan tu corazón y cuando realmente todo se trata de ti mismo, tendrás mucho de qué quejarte. Cuando reemplazamos el asombro por Dios, por el asombro de nosotros mismos, la gratitud se desvanece y la queja será abundante". Fíjate la cita. ¡Wow! ¡Wow!

Entonces, preguntémonos. ¿Es la queja una constante en nuestro día? ¿Te han contado las veces que usted se queja en un día? ¿No será que vivimos más impresionados por las cosas que nos rodean o por nosotros mismos que por el carácter de nuestro Dios? ¿No será mi falta de gratitud una muestra de que he sentado en mi propio trono a mi yo interno y, por lo tanto, obviamente nunca voy a estar satisfecho? Siempre voy a querer más. ¿O será que no conocemos el carácter del Dios que firmó la ley?

Nosotros sabemos qué hiciera él como pueblo, no obedeció al Señor. Y la razón fue porque nunca se dedicaron a conocer a su Dios y a dejarse ser asombrados por Él y por su carácter. Vamos a recordar la conversación que tuvo el Señor con Jeremías, cuando Jeremías le decía: "Señor, ¿por qué tu pueblo está en ruinas tanto física como espiritualmente?"

Jeremías 9:12-14 dice lo siguiente: "¿Quién es el hombre sabio que entienda esto? ¿A quién ha hablado la boca del Señor que pueda declararlo? ¿Por qué está arruinado el país, desolado como un desierto sin que nadie pase por él?" Y el Señor les respondió: "Porque han abandonado mi ley que puse delante de ellos y no han obedecido mi voz ni han andado conforme a ella. Sino que han andado tras la terquedad de su corazón y tras los baales, tal como sus padres les enseñaron".

Y más adelante, el Señor les continúa diciendo a Jeremías en el versículo 23: "No se gloríe el sabio de su sabiduría, que no se gloríe el poderoso de su poder ni el rico se gloríe de su riqueza, pero si alguien se gloría, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra, porque en estas cosas yo me complazco".

Hermanos, otra vez, como el pueblo de Israel, ocupémonos de conocer a nuestro Dios, ocupémonos de saber cómo Él piensa, de cómo es su carácter, ocupémonos de entender por qué Él nos da esta ley. Y quizás en algún momento nosotros podamos orar como oró el salmista en el Salmo 119, que dijo: "Señor, con todo mi corazón te he buscado, no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón he atesorado tu palabra para no pecar contra ti. Es un tesoro para mí. Bendito tú, oh Señor, enséñame tus estatutos. He contado con mis labios todas las ordenanzas de tu boca. Me he gozado en el camino de tu testimonio más que en todas las riquezas. Meditaré en tus preceptos y consideraré tus caminos. Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra".

¿Te imaginas nosotros orando o clamándole o viviendo: "Señor, yo me gozo en obedecer, yo me deleito en tu ley"? Eso es imposible si nosotros no conocemos cuál es el verdadero propósito de esa ley, y nosotros lo hemos visto. Lo primero es que la ley nos dice quién es Dios, nos dice cómo es Dios y nos dice cómo es su carácter, pero también nos dice cuáles cosas a Él le complacen y cuáles cosas Él aborrece, nos enseña cuáles son los límites donde no podemos pasar. Pero sobre todo, mis hermanos, son una muestra de lo incapaces que somos de cumplir la ley y la necesidad imperante que tenemos de Cristo, que Cristo sea quien nos represente delante de Dios.

Pablo les escribió a los gálatas en el capítulo 3, versículos 23 y 24, lo siguiente: "Antes de que se nos abriera el camino de la fe en Cristo, estábamos vigilados por la ley, nos mantuvo en custodia protectora, por así decirlo, hasta que fuera revelado el camino de la fe. Dicho de otra manera, la ley fue nuestra tutora, nuestra niñera —en una versión dice nuestra aya— hasta que vino Cristo, nos protegió hasta que se nos declarara justos ante Dios por medio de la fe". La ley nos tomó de las manos como niños que no saben caminar, que no saben a qué ponerle la mano, y nos fue dirigiendo hacia dónde: hacia Cristo. Ese es el propósito de la ley.

En el Museo Reina Sofía de Madrid se encuentra quizás la obra más famosa de Picasso, y una de las obras más representativas de todo lo que fue el arte del siglo pasado. Es un cuadro que se llama "Guernica". Guernica es un cuadro que pintó Picasso en el año 1937, en plena guerra civil española. Y él en ese cuadro usó unos símbolos tratando de transmitir el terror que causó en el pueblo de España toda la guerra civil.

Es un cuadro muy al estilo Picasso, donde con unos símbolos, unas figuras específicas, jugaba con una transmisión de sensaciones. Veíamos, por ejemplo, que él pintó un soldado muerto desmembrado, una madre con un hijo muerto en su brazo, se ve también un hombre implorando al cielo, se ve un toro, se ve un caballo simbolizando la fuerza de las fuerzas armadas, se ve una paloma como símbolo de esperanza de España. Y todos estos símbolos están conjugados de una manera muy especial que crean en el que ve el cuadro una sensación como de ansiedad. O sea, él logró lo que él quería, sobre todo porque el cuadro no usa colores, sino que todo es blanco, negro y grises.

Pero lo más interesante es que ese cuadro se encuentra en el museo, en un salón, él solo. Y para llegar a ver ese cuadro hay que pasar por un pasillo, y el pasillo tiene en ambas paredes todos los bocetos y bosquejos que Picasso hizo con lo que él tenía en mente, lo que iba a hacer. Entonces uno comienza a caminar por ese pasillo y va viendo el dibujo pequeño de un caballo, después ve que el caballo lo cambia, lo pone de otra manera, y después ve un bosquejo de una mujer con un niño en sus brazos, y después ve cómo el niño cambia de posición. Y ve entonces cómo dibujó un toro, y ve un hombre tirado al suelo. Y uno va viendo una serie de bosquejos, todos de Picasso, muy interesante, pero que aparentemente no guardan ninguna relación uno con otro, salvo algunos que ya él comienza a jugar cómo se verían esos elementos juntos.

Y uno va caminando, y de repente el pasillo desemboca en un inmenso salón, y nos encontramos frente a frente a un cuadro de 25 pies de ancho por 11 pies de alto, donde están todos los elementos que nosotros vimos en el pasillo, perfectamente entrelazados uno con otro, de manera que crean en nosotros ese... ¡Wow!

Hermanos, eso fue lo que hizo la ley. La ley nos condujo por un pasillo hasta que vimos la obra perfecta de Dios en Cristo Jesús. Hermano, Cristo es la culminación perfecta de la ley de Dios. Cristo no solamente cumplió la ley, sino que él le dio sentido a la ley. Todo hizo sentido con el sacrificio de Cristo. Todo lo que vimos en el Antiguo Testamento, todo lo que pasaron los profetas, hizo sentido con Cristo. En Cristo, Dios mostró todo su carácter perfectamente: su amor, su poder, su santidad, su celo, su justicia. En fin, Dios mostró lo que se llama su providencia.

Y el pastor Miguel Núñez lo dice de esta manera: "La providencia de Dios se trata de sí mismo: su mente, su corazón, su amor, su cuidado, su poder, su sabiduría, su soberanía, su gracia, sus juicios, todo entretejido y mostrado en la historia de la creación, en la elección de una nación Israel, y finalmente en la elección de un pueblo de entre todas las naciones, a quien amó desde la eternidad pasada, creado en Cristo Jesús para reflejar su imagen, recibir su salvación por medio de la gracia y disfrutar de sus bendiciones para la alabanza de su gloria."

Hermano, la ley fueron los bosquejos del propósito de Dios. En la obra de Cristo fue que Dios firmó su ley. Hermano, el salmista oraba de esa manera, Jeremías suplicaba de esa manera, y ellos no tuvieron lo que nosotros tenemos. Ellos se quedaron en medio del pasillo. Nosotros hemos visto la obra de Cristo, y aun así nosotros no podemos vivir ni orar como ellos.

Yo quiero terminar con una cita de Hebreos. El autor de Hebreos, en el capítulo 12, versículos 18 al 24, dice lo siguiente. Yo quiero que leamos este pasaje y volvamos a ver en nuestra mente esa película. Dice el versículo 18: "Ustedes no se han acercado a una montaña que se puede tocar, a un lugar que arde en llamas, un lugar de oscuridad y tinieblas, rodeado por un torbellino, como les sucedió a los israelitas cuando llegaron al monte Sinaí. Ellos oyeron un imponente toque de trompeta y una voz tan terrible que le suplicaron a Dios que dejara de hablar. Retrocedieron temblando bajo el mandato de Dios: 'Si tan solo un animal toca la montaña, deberá morir apedreado.' Incluso Moisés se asustó tanto de lo que vio, que dijo: 'Estoy temblando de miedo.'"

"En cambio, ustedes" —o sea, nosotros— "han llegado al monte Sion, a la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial y a incontables miles de ángeles que se han reunido llenos de gozo. Nosotros hemos llegado a la congregación de los primogénitos de Dios, cuyos nombres están escritos en el cielo. Nosotros hemos llegado a Dios mismo, quien es el juez sobre todas las cosas. Nosotros hemos llegado a los espíritus de los justos que están en el cielo y que ya han sido perfeccionados. Nosotros hemos llegado a Jesús, el mediador del nuevo pacto entre Dios y la gente, y también a la sangre rociada, que habla de perdón en lugar de clamar por venganza como la sangre de Abel."

Hermanos, Cristo nos tomó de la mano. Brincamos el límite que Dios le puso al pueblo de Israel. Nos llevó hasta la cima del monte, hasta el medio de la nube, y nos hizo entrar con él. Eso es glorioso.

Entonces, hermanos, ¿ustedes quieren saber cuál es la vacuna para la pandemia de la idolatría? La respuesta es sencilla: cree, conoce, ama y obedece a aquel que por gracia nos conoció primero, nos amó primero y nos salvó, Cristo Jesús. Amén.

Vamos a orar. Padre, yo te quiero pedir perdón, junto con mis hermanos, porque tantas veces nosotros nos hemos acercado a tu Palabra y damos por sentado tu poder, tu celo, tu santidad, y solamente nos refugiamos en la gracia del Señor. Nos olvidamos, Señor, que tú eres un Dios celoso. Ayúdanos, Señor, a vivir de manera agradecida, sabiendo que tu carácter, tu carácter, tú quieres transmitirlo a nosotros.

Permítenos, Señor, vivir agradecidos del sacrificio de tu Hijo. Permítenos, Señor, vivir agradecidos de que vivimos en una época donde estamos contando con la gracia del sacrificio del Señor. Ayúdanos a valorar lo que tantos siervos tuyos hicieron en el pasado para que nosotros tengamos tu ley en nuestra mano.

Padre, ayúdanos a entender que tú firmaste tu ley en la obra de tu Hijo, porque tu amor llegó a un punto que te hiciste hombre para representarnos a nosotros y cumplir con lo que nunca hubiésemos podido cumplir. Padre, no permitas que nosotros nunca más veamos esto pasar y no entendamos, Señor, lo grande que tú eres.

Ayúdanos, Señor, a vivir maravillados de ti, por lo que tú eres, no por lo que haces con nosotros. Permítenos, Señor, ser siervos tuyos. Acompáñanos. Y que esto que hemos hablado ahora, Señor, lo tengamos siempre en nuestro corazón. En Cristo Jesús. Amén.

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional. Ha servido en diversas áreas del ministerio —Consejería Prematrimonial, Grupos Pequeños, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa— y actualmente dirige los Ministerios Juveniles y la Escuela Bíblica Dominical junto a su esposa. Es licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson, es padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.