El pecado creó un abismo entre Dios y el ser humano. Desde el jardín del Edén, cuando Adán y Eva violentaron la única prohibición divina, la humanidad quedó separada de su Creador. El profeta Isaías lo expresó con claridad: son nuestras iniquidades las que han hecho separación entre nosotros y Dios. Lo más grave es que el hombre, en su condición caída, no buscó reconciliarse; como dice Romanos 3, no hay quien busque a Dios, ni siquiera uno. El ser humano se sentía tranquilo en su lejanía.
Pero Dios, rico en misericordia, salió a buscar al hombre. Todo esto procede de Dios, afirma Pablo en 2 Corintios 5. La reconciliación no fue algo que el hombre deseó, imaginó ni diseñó; fue un acuerdo entre el Padre y el Hijo en la eternidad pasada. Cristo se encarnó para que Dios mismo pudiera pagar la deuda que solo un hombre podía saldar. Job anhelaba un árbitro que pusiera su mano sobre Dios y sobre él; ese árbitro llegó, y su nombre es Cristo. En la cruz, el inocente fue tratado como culpable, no para volverse pecador, sino para que la ira de Dios cayera sobre él y nosotros fuéramos declarados justos con una justicia prestada, una santidad que no es nuestra sino de Cristo.
A quienes han sido reconciliados, Dios les ha encomendado la palabra de la reconciliación. Somos embajadores que viven en tierra extraña, enviados con un mensaje que no es nuestro. El pastor Núñez pregunta: ¿cuándo fue la última vez que rogaste a alguien que se reconciliara con Dios? Pablo fue impulsado por el amor de Cristo que lo constreñía, por el temor reverente al Señor y por la certeza de que un día rendirá cuentas. Esas mismas verdades deben movernos a nosotros.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Buen estar de regreso, como le decía al principio, es bueno estar de regreso en esta serie, poder continuar en la enseñanza basada en la segunda carta del apóstol Pablo a la iglesia de los corintios. Vamos a continuar justamente donde habíamos quedado hace tres semanas atrás, yo creo, en el versículo 18 del capítulo 5 hasta el 21, que es el versículo que concluye esta sección. Quizás algunos de ustedes tengan que refrescar un poco la memoria, pero yo quisiera desde ya comenzar a introducirlos en el tema del día de hoy y pedirle a Dios que nos ayude a reflexionar acerca de estas verdades profundas que el apóstol Pablo recoge en este capítulo 5, que nosotros conocemos pero que con frecuencia como que se nos ponen viejas en la mente y pierden su brillo.
Una de las cosas que el apóstol Pablo hace en el texto que vamos a estar leyendo en unos momentos es que él pone de manifiesto, él presenta de manera tangencial más que de manera directa, el problema de toda la humanidad, de la humanidad entera, y es la irreconciliación con Dios. Dios creó al hombre y a la mujer, los colocó en el huerto, los hizo regentes de toda la creación bajo su señorío, les dio instrucciones y les hizo una sola prohibición que quedó aquí registrada para nosotros en el libro del Génesis. Y lamentablemente esa sola prohibición Adán y Eva no pudieron cumplirla y resistir la tentación, y por tanto pecaron contra Dios. Eso originó de manera inmediata una separación entre el hombre y su Creador.
El hombre que había estado viviendo en estrecha relación con Dios ahora terminó separado. Y en el Antiguo Testamento, el profeta Isaías en el capítulo 59, versículo 2, nos deja ver qué es lo que distancia al hombre de su Dios. Escucha estas palabras: "Pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios." Vuestras iniquidades, esa es la razón. Le dice el profeta Isaías: si sientes a Dios lejos, necesitas entender que Él no se ha separado, son vuestras iniquidades que te han separado. "Y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escucharos." El pecado te separó, el pecado está en un punto que Dios ha tenido que voltear, por así decirlo, el rostro de lo que es la iniquidad del hombre.
Y el apóstol Pablo nos presenta de una manera tan genial cuál es el problema del hombre y entonces nos presenta la solución de Dios. Esa separación ocurrió con nuestros progenitores en el jardín del Edén, claramente explicada en el capítulo 3 del libro de sus inicios o del libro del Génesis. Y eso inició cuando se levantó en Adán y Eva un deseo de ser más de lo que eran. Ellos eran los únicos, las únicas criaturas en todo el planeta portadores de la imagen de Dios. Eran los únicos regentes de la creación y eran los únicos seres humanos sobre la faz de la tierra. Pero de alguna manera la serpiente se las ingenió para levantar en ellos un deseo de ser más de lo que eran, de ser como Dios, y entonces pues violentaron la prohibición de Dios. Dios les da la espalda y desde entonces ha existido un estado de enemistad entre Dios y el hombre, un estado de enemistad que el hombre no percibe, que el hombre no cree, que el hombre incluso niega muchas veces, pero que la Palabra claramente establece en Romanos 5:10 y otros pasajes que esa es nuestra condición: enemigos de Dios.
Y no solamente éramos enemigos de Dios, o si no estamos en Cristo todavía lo seguimos siendo, sino que estando enemistados con Dios nosotros no hemos buscado a Dios, no hemos deseado a Dios, no hemos querido ir en pos de la reconciliación. Esto es como el apóstol Pablo lo expresa en Romanos 3, versículos 10 al 12: "Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno." Esa es la condición del hombre hasta que es encontrado por su Salvador. Y eso nos ayuda a nosotros a apreciar mucho más lo que Dios tiene que decirnos en el texto de hoy para que podamos aquilatar su obra, de la cual el pastor Luis ya venía hablando de antemano.
El versículo anterior al texto que vamos a leer para nuestro estudio hoy es el versículo 17, donde Pablo dice: "De modo que si alguno está en Cristo..." Esta es la palabra, la frase clave: si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Si no está, no es nueva criatura, es vieja criatura. "Las cosas viejas pasaron; he aquí son hechas nuevas." Y nosotros habíamos cubierto todo eso: en Cristo, cuando yo nazco de nuevo, Dios me da vida eterna y a partir de ahí yo soy considerado una nueva criatura. Las cosas de la criatura anterior a ese nacimiento son consideradas viejas y a partir de ahí Dios comienza, por así decirlo, un conteo nuevo acerca de mi vida.
Y entonces, a partir del versículo 18, habíamos cubierto todo el 17, Pablo explica cómo es que yo llegué a ser una nueva criatura. De ahí la necesidad de la introducción. A partir del versículo 18 Pablo me ayuda a entender cuánto Dios ha hecho a favor nuestro para que la enemistad entre Dios y el hombre pueda terminar. A partir de ahí Pablo nos ayuda a entender de qué manera Dios se interesó en el hombre cuando el hombre no tenía interés en Él, cuando el hombre no le buscaba, qué Dios hizo.
Escucha ahora entonces las palabras del apóstol Pablo a partir del versículo 18 de 2 Corintios 5: "Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él."
¡Wow! Ese texto de tres versículos está cargado de grandes verdades centrales para la fe cristiana. Lo primero que el texto me revela es la procedencia o el origen de mi redención o de mi nuevo nacimiento, que Pablo llama en el versículo anterior "nueva criatura". ¿De dónde procede eso? Lo segundo que el texto me muestra es quién es el agente de la reconciliación, quién es la persona que fue capaz de mediar entre el enemigo hombre y Dios con quien estaba establecida la enemistad. En tercer lugar, el texto me revela de qué manera Dios llevó a cabo la reconciliación. Y finalmente, en cuarto lugar, el texto me revela la responsabilidad que tenemos aquellos de nosotros que somos nuevas criaturas, que hemos sido reconciliados con Dios, para con Dios y para con el mundo. Miren que todo eso está ahí, todas esas verdades hasta cierto punto detalladas, incluso están ahí entre esos versículos.
Yo quiero tomar la primera: la procedencia de la reconciliación. En el versículo 17 que leímos soy una nueva criatura, ese es el contexto. Pablo me está diciendo: eso que te llevó a ser una nueva criatura, eso procede de Dios. Sí, ¿cómo lo dice? "Todo esto," versículo 18, "procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo." La terminación de la enemistad con Dios no fue algo que el hombre deseó, no fue algo que el hombre imaginó, no fue algo que el hombre diseñó, no fue algo que el hombre llevó a cabo, sino que fue algo que comenzó y terminó con Dios. El hombre no tuvo nada que ver con esto. Esto fue un acuerdo entre Dios Padre y Dios Hijo en la eternidad pasada.
Y ahí hay dos frases capitales en ese versículo 18. Primera frase: "Todo esto procede de Dios." Segunda frase: "Nos reconcilió Dios, nos reconcilió consigo mismo." La reconciliación es algo que nosotros recibimos, no es algo que el hombre buscó. Para Dios fue algo activo: Él nos reconcilió con Él, nos reconcilió con el perdón. Para el hombre fue algo pasivo: nosotros fuimos reconciliados por Dios y con Dios.
El verbo traducido ahí como "reconcilió," Dios nos reconcilió, esa es la palabra katallasso en el original. Y en esencia es una palabra que aparece solamente en los escritos de Pablo, ya sea como verbo, ya sea como nombre: reconciliar o reconciliación. Solamente Pablo hace uso de esa palabra. Y en esencia implica la terminación de una enemistad donde, en cada uno de los casos que Pablo usa la palabra, es el mayor que se reconcilia con el menor. En otras palabras, es Dios que se reconcilia con el hombre. El hombre pecó contra Dios, pero Dios favoreció al hombre. Imagina eso: el hombre se separó de Dios, pero Dios se acercó al hombre. El hombre no buscó a Dios, pero Dios salió a buscarlo.
Tú puedes ir entendiendo la magnitud de la obra de Dios a favor tuyo. Tú puedes aquilatar mejor lo que Dios te ha entregado. Hubo en el corazón bondadoso de Dios una disposición de volver a disfrutar de cercanía con el hombre, cuando el hombre se encontraba tranquilo en su lejanía con Dios. El hombre se separó de Dios y, estando lejos de Dios, se sentía que estaba tranquilo, gozando su propia vida. Y Dios, en su misericordia abundante, tuvo la disposición de corazón y movió su voluntad para salir a buscar al hombre. Dios sabía que sin su presencia el hombre sufriría enormes consecuencias, y movido por su amor salió a buscarlo.
Hay un patrón para nosotros, los que hemos recibido reconciliación. Se requiere una disposición de corazón y un accionar de la voluntad para reconciliarnos unos con otros. Dios tuvo ambas cosas, el hombre no tuvo ninguna de las dos y, frecuentemente, continúas sin tenerlas. Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, dice Pablo en Efesios 2:4-5, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, nos dio vida juntamente con Cristo. Por gracia habéis sido salvados.
Nosotros nos vamos a distinguir: Dios es distinto. Dios es rico en misericordia y nosotros ricos en injusticia pecaminosa. Dios tiene un gran amor incondicional y nosotros un gran amor personal. Dios es santo a través de todo su ser y nosotros somos ricos en delitos y pecados. Dios es dador de vida y nosotros dadores de muerte. Dios obra por medio de su gracia para salvación y el hombre obra por medio de su obra para condenación. Dios es distinto a cada uno de nosotros. Con razón Pablo dice: "Todo esto procede de Dios", si se estaba refiriendo a la salvación.
De manera que, hermano, si de alguna manera tú habías llegado a creer que en la salvación de la que tú disfrutas ahí tú tienes un pelito de crédito, lamentablemente yo te voy a desilusionar grandemente por medio de la Palabra. Y te invito incluso que le pidas perdón a Dios porque le robas algo de su gloria. Porque de manera categórica, Dios afirma que todo esto procede de mí: "Por gracia sois salvados por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe". Eso afirma Dios en su Palabra: no por obras. Esto es un don, esto es un regalo. Es inmerecido, es una gracia que yo concedo a hombres y los reconcilio.
Lo segundo que el texto de hoy me revela —lo primero es la procedencia de la reconciliación— lo segundo que me revela es el agente de la reconciliación. ¿Quién es que opera esto? Siempre hay un autor intelectual de las cosas, quien las diseña, quien las piensa. Pero frecuentemente el autor intelectual no es el autor material, quien las lleva a cabo. De manera que pudiéramos de manera ilustrativa, porque yo sé que se tuvo que dar tanto con el Padre como con el Hijo, pero de manera ilustrativa imagínate al Padre como el autor intelectual y luego el Hijo como el autor material. Es el agente de la reconciliación.
Nosotros vemos el versículo 18: "Dios, quien nos reconcilió consigo mismo". Aquí viene: por medio de Cristo. Sin Cristo no hay reconciliación. Y vemos eso en el versículo 19: "A saber, que Dios estaba en Cristo" —esa es la clave, ahí, en Cristo— "reconciliando al mundo consigo mismo". Dios causó la reconciliación. Pablo ya nos dijo cómo llega, mejor dicho, de dónde se inició; ahora nos explica quién fue el agente y nos comienza a abrir los ojos para entender cómo se dio.
El hombre había contraído una deuda con Dios, había violentado su ley, la deuda había quedado abierta, y Dios estaba dispuesto a cancelar la deuda pero no a ignorarla. Eso no es lo mismo. Había una disposición en el corazón del Padre de cancelar la deuda que el hombre había contraído, pero jamás ignorarla. Si la deuda existía y yo la voy a cancelar, alguien tendrá que pagarla, porque mi santidad necesita ser reivindicada al igual que mi ley. Pero hay un dilema: el hombre no podía pagarla. La deuda era tan abismal que era imposible que el hombre la pudiera pagar, pero como fue el hombre que la contrajo, el hombre tenía que pagarla. No ángel, no arcángel. Ellos no tenían condiciones ni siquiera.
Dios Padre y Dios Hijo tienen una conversación en la eternidad pasada y deciden que el Hijo se va a encarnar y se va a hacer hombre. De manera que Él, Dios, contra quien se tiene la deuda, pueda Él mismo pagarse su propia deuda pero a través de un hombre. ¿Me va siguiendo? Y Cristo se encarna y viene y cumple la ley a cabalidad de principio a fin, llega hasta la cruz sin haber pecado, y ahí en la cruz muere. Y cuando muere, Él decide tomar sobre sí los pecados de la humanidad de manera que la deuda pueda ser abolida pero no ignorada. Ese fue un acuerdo entre Dios Padre y Dios Hijo en esa eternidad pasada.
Por eso es que Pablo nos está diciendo que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo. Por un lado, Dios estaba en Cristo porque Cristo era Dios hecho hombre. Pero por otro lado, Dios estaba en Cristo porque los pensamientos del Padre y los deseos del corazón del Padre eran los pensamientos del Hijo y eran los deseos del corazón del Hijo, de manera que ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo.
Ahora, cuando el texto dice que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, el texto no está insinuando que cuando Cristo murió todo el mundo entonces recibió salvación y todo el mundo va libremente para la gloria. Eso sería universalismo, que es una doctrina condenada por la Biblia sana. ¿Qué es lo que significa reconciliar al mundo con Dios? Lo que el texto está ayudándonos a entender es que cuando Adán peca, pero cuando Adán peca, toda la creación entró en una especie de rebelión contra su Creador, toda la creación. Por eso la creación entera, dice Romanos 8, gime con dolores de parto.
Y estas son algunas breves, muy pocas ilustraciones de cómo la creación gime de esa manera: el hombre en su machismo se rebela contra la mujer y la hiere y la pisotea; la mujer en su feminismo militante y manipulativo trata de salirse debajo de su piel. ¿Han notado eso? El empleador exprime al empleado, el empleado trata de salirse del exprimidor. El gato se come al ratón, el perro mata al gato, el león mata al corderito. Y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo muere para detener eventualmente todo ese ciclo de muerte y de rebelión, de tal forma que el mundo entero quede reconciliado con Dios. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo.
No caza humanos el mundo. La creación entera que gime hoy con dolores de parto, escucha a Pablo en Romanos 8:21: "La creación misma será también liberada" —la creación misma, no solamente nosotros— "la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción, a la libertad de la gloria de los hijos de Dios". Esa libertad de la creación también es en Cristo, porque es en Cristo que Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo.
Lo interesante es que cuando tú escudriñas el Antiguo Testamento, tú encuentras personajes que estaban, sin saberlo, luchando con la idea: ¿Habrá un Cristo? ¿No habrá un Cristo por ahí? ¿No habrá un mediador en algún momento? Y el mejor personaje para escudriñar es un poco, es Job. Job es un hombre que entra en un dilema, y es que él cree que ha vivido una vida justa y resulta que Dios dice: "Job, tú tienes un problema". Él no entró en la prueba por el problema que tenía, porque Dios lo declara un hombre justo más que cualquier otro sobre la faz de la tierra, intachable, dice Dios. Pero en la medida en que la prueba comienza, Job comienza a autojustificarse.
Y entonces Job tiene una pregunta en Job 9:2: "¿Cómo puede ser un hombre justo delante de Dios?" Job dice: "Hasta donde yo sé, he ido caminando bien. Pero si yo tengo que pararme con Dios a probarme justicia, ¿cómo puede un hombre ser justo delante de Dios?" Y la respuesta para nosotros, de este lado del testamento, el Nuevo Testamento, es que fuera de Cristo el hombre no es justo en sí mismo, no puede. Fuera de Cristo el hombre existe en un estado de condenación, pero en Cristo él es declarado justo siendo culpable. En Cristo él es declarado santo siendo pecaminoso. En Cristo él es declarado libre siendo esclavo.
Y Job sigue escudriñando su mente y pensando, y dice entonces en Job 9:32: "Porque Él no es un hombre como yo". No, Job, no es como tú y como yo, eso es seguro. "Para que le responda, para que juntos vengamos a juicio". Job dice: "Yo tengo un problema. Yo tengo un acusador que es Dios, pero Él no es como yo para que vayamos a juicio, como que tú y yo digamos que vayamos para el juicio y el juez que decida. ¿A qué juicio voy a ir con Dios si Él es el juez y Él es el que me acusa y Él es Dios?" Y Job dice: "¿Por qué Él no es un hombre como yo para que le responda?" Job pudo haber tenido algunos malos pensamientos de esos de autojusticia, pero es un hombre que piensa lógicamente: "No es como yo para que le responda, para que juntos vengamos a juicio".
Y Job dice —oye lo que Job dice— en Job 9:33: "No hay árbitro entre nosotros que ponga su mano sobre ambos". Job, espérate, espérate que llegue el Nuevo Testamento, Job, a ver si va a haber o no va a haber un árbitro. Pero Job se está preguntando: ¿No hay un árbitro por algún lugar del universo que le ponga la mano a Dios y me ponga la mano a mí, y que él pueda arbitrar entre nosotros? ¿Qué no lo hay? ¡Oh sí, Job, lo hay! Y su nombre es Cristo. En Cristo tú encuentras lo que buscas, Job: un árbitro que le ha puesto la mano a Dios y la mano al hombre y ha construido un puente y nos ha reconciliado con Él. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo.
¡Oh, cuánto quiero ver a Job yo! Oye, Job, ¿te acuerdas? Ya conociste al árbitro. Nosotros tuvimos la dicha de conocerlo antes de morir. Y ese es nuestro árbitro. Por eso dice Juan que abogado tenemos frente al Padre. ¡Wow! Tienes un árbitro que resulta que está a tu favor. Tienes un árbitro que resulta que él fue el que pagó tu deuda. Tienes un árbitro que fue contra quien tú pecaste. Tienes un árbitro que fue quien escribió la ley contra la cual tú cometiste violación.
Lo tercero que el texto revela es de qué manera Dios llevó a cabo la reconciliación. Porque el texto no solamente me dice quién fue el agente, sino que también dice cómo Dios lo llevó a cabo. Versículo 19, segunda parte: "No tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones". Eso es cómo Dios lo llevó a cabo. No acumuló las transgresiones de los hombres, no las apiló, no las contabilizó, no las montó, no las registró de manera permanente, no las colocó una sobre la otra y luego todas sobre nosotros. Pero oye lo que Dios tampoco hizo: no las ignoró. Es cierto que Él no contó las transgresiones contra nosotros, pero también es cierto que no las ignoró. Porque el Dios tres veces santo tiene una incapacidad interna para ignorar el pecado.
Entonces, ¿qué fue lo que dio a hizo? Que Dios no tomó en cuenta las transgresiones de los hombres. ¿Por qué? Porque se las cargó a otro. Por eso no me las tomó en cuenta. Y eso también está aquí en el versículo 21: "Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él".
La única manera como Dios podía pasar por alto mi pecado es si otro se hacía responsable de él. Pero resulta que quien se hace responsable del pecado es Dios mismo, la persona de su Hijo. De manera que cuando Cristo va a la cruz, Dios Padre le deja caer todo el peso de la ley, de la ira de Dios sobre su espalda, de manera que Él no tenga que contar mis transgresiones contra mí. Y entonces el inocente paga por el culpable.
La próxima vez que tú pienses que algún tipo de injusticia se está cometiendo contra ti y tú pienses que eso no es justo, echa una mirada otra vez a la cruz. Y pregúntate si lo que ocurrió ahí en medio de clavos era justo. De una manera lo era, porque la justicia de Dios se estaba cumpliendo y eso era justo. De otra manera no lo era, porque el inocente estaba pagando por el culpable.
El mediador resulta que, joven, escucha, pareció un árbitro, un mediador. Pero el mediador cambia su lugar con el acusado. El árbitro es declarado el perdedor en la cruz. Y qué hay un arbitraje, que hay una lucha del hombre con Dios. Aquí va a perder alguien. Dios no puede perder. Pero si el hombre pierde, va para la condenación. Entonces, ¿quién va a perder? El árbitro. Y se lo pide y yo muero en la cruz por él.
El juez condena al acusado y cuando el acusado se levanta del banquillo, es una ilustración obviamente, para ir a la cárcel, el juez lo toma por el hombro, lo detiene, lo echa para atrás y dice: no, yo voy a la cárcel por ti. Si imaginas eso, el juez dicta la sentencia y la condena y luego él va y cumple la condena que le acaba de dictar. El versículo 21, eso es lo que está diciendo: al que no conoció pecado le hizo pecado por nosotros.
Déjame decirte lo que implica, lo que no implica. Lo que no implica es que Cristo llega a la cruz sin pecado y termina siendo un hombre pecador. No, Cristo llega a la cruz sin pecado y termina sin pecado. Dios no puede pecar. Pero cuando el texto dice que aquel que no conoció pecado fue hecho pecado, es que en la cruz Él es tratado como pecador. La razón de la crueldad de la cruz es que eso es lo que el pecado merece. Así de horrendo es el pecado para Dios. Yo creo que la mejor ilustración de lo horrendo que el pecado es, es justamente cuando tú miras la cruz y ves la crueldad de la misma. Esto es una ilustración de lo horrendo que el pecado es, que merecía algo como eso.
Entonces eso es lo que implica. Lo que no implica, no implica que Cristo se volvió pecador y murió en la cruz. No, implica que Él es tratado como un hombre vil, pecador y culpable que está ahí pagando.
Pero el mismo versículo 21 me revela para qué hizo eso, porque hay una frase de propósito que hemos mencionado muchas veces en esta carta de Segunda Corintios, es "para que". La segunda parte del versículo 21 dice: para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.
La palabra justicia ahora, nosotros la tenemos con mucha relación con la ley y como que no nos ayuda a entender cómo somos hechos justicia de Dios en Él. En inglés la palabra es righteousness e implica varias cosas: implica un carácter santo en Cristo, de manera que Cristo fue hecho pecado para que yo pudiera ser hecho completamente santo en Él; implica haber sido declarado inocente en Cristo; implica ser declarado justo; implica una posición delante de Dios. De tal forma que Cristo va a la cruz con un propósito, y es que nosotros pudiéramos ser declarados justos, santos, no culpables delante de Él, pero en Cristo.
Tu justicia, tu santidad, tu carácter, el que tengas, pero con el que vas a entrar al reino de los cielos, no es intrínsecamente tuyo, es prestado. Si, es uno de los problemas de la justificación en la doctrina de la Iglesia Católica de Roma, es que Roma entiende que el hombre se va santificando por sí mismo y al final de sus días Dios lo examina, y si Dios lo encuentra justo en sí mismo o santo en sí mismo, es cuando le entra al reino de los cielos, y si no, se queda fuera o va al purgatorio.
No, lo que el texto de la Palabra enseña es que esa santidad o ese carácter moral o ese estado de inocencia es exclusivamente en Cristo. Es como una ilustración de nuevo: si Cristo me prestara una bata y entonces cuando yo voy a presentarme al reino de los cielos, yo tomo su bata y me cubro completamente, de manera que todo el pecado que está sobre mí quede cubierto por sus ropajes de santidad. Y es esa justicia o santidad o carácter moral de Cristo que me permite entrar cubierto, y por tanto mi santidad es prestada por Cristo. De esa manera, en Cristo, es otorgada, es extrínseca a mi persona. ¿Me siguieron? Seguro, si no, comienzo a predicar de nuevo. Ahora entendieron todos.
Pablo resume todo eso en un texto de Romanos 3. Te lo voy a leer y luego lo voy a hacer interactuar, el texto de Romanos 3 con el texto de 2 Corintios 5, que es donde estamos hoy. Escucha Romanos 3:23-26: "Por cuanto todos pecaron y no alcanzaron la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús."
Ok, vamos a hacer interactuar estos textos ahora. Romanos 3:23, primera parte, declara que todos pecaron. Si, ese es el problema de la rebelión universal del hombre, de eso hablamos. Pablo comienza a hablar de esa irreconciliación y cómo lo dice en Romanos 3: todos pecaron y no alcanzaron la gloria de Dios. Como no alcanzaron la gloria de Dios, todos los otros textos dicen que quedaron destituidos de la gloria de Dios. Esa es la irreconciliación de la que Pablo está hablando a los corintios.
El versículo 24 de Romanos 3: "siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús". Eso es justamente lo que Pablo dice, que Dios nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo.
El versículo 25 de Romanos 3, primera parte: "a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre". Pablo dice en 2 Corintios 5 que Cristo fue hecho pecado. ¿Cuándo fue exhibido? ¿Dónde? En la cruz, públicamente, que es lo que Romanos 3 explica, como propiciación. Una propiciación era una ofrenda por el pecado que en el ambiente pagano aplacaba la ira de un dios pagano. En el mundo cristiano, en el Nuevo Testamento, la propiciación la lleva a cabo Cristo porque cuando Él fue hecho pecado en la cruz, la ira de Dios fue satisfecha contra el hombre pecador.
El versículo 25 de Romanos 3 dice, en segunda parte: "Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente", y en 2 Corintios 5 Pablo dice: "no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones".
El versículo 26: "a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús". ¿Cómo puede ser Dios justo? Porque Él hizo a Cristo pecado para que pagara mi deuda. ¿Cómo puede ser Dios el que justifica? Porque una vez Cristo pagó por mi deuda en la cruz, entonces Dios puede declararme justo a mí, me está justificando. De manera que Dios es justo al hacer pagar el pecado, pero no sobre nosotros, sino sobre su Hijo. Y Dios es quien justifica al declararme justo sin yo serlo. ¿Me entienden? Está la Palabra interpretando la Palabra. Esta es la consistencia de la Palabra. El mejor intérprete de la Palabra no es un libro de exégesis, es la Palabra. Y es lo que estamos tratando de hacer.
En cuarto y último lugar, el texto revela la responsabilidad que tenemos aquellos que ahora somos nuevas criaturas y que hemos sido reconciliados con Dios. Nosotros hemos recibido todo eso, pero Dios no nos entregó eso y luego nos dijo: bueno, de ahora en adelante vive en buen lenguaje si va a año a Sion, según te parezca, como tú pienses, como consideres.
No, escucha lo que Pablo dice en el versículo 19, segunda parte, y veinte: "y nos ha encomendado a nosotros" —¿a quiénes?, a aquellos que hemos sido reconciliados— "nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo". Somos, no pudiéramos ser, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros. "En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios."
A aquellos que hemos recibido salvación, aquellos que hemos nacido de nuevo, que hoy tenemos vida eterna, a nosotros nos ha otorgado el mensaje del satisfagio. Esa es la palabra de la reconciliación.
El mensaje por medio del cual nosotros llegamos a ser reconciliados con Dios, eso se nos ha entregado a nosotros ahora: el Evangelio, que el apóstol Pablo declara poder de Dios para salvación, para judíos primeramente, pero también para el gentil. Recuerdan este texto de Romanos 1. Esa es la palabra de la reconciliación que se nos ha entregado y se nos ha encomendado. En otras palabras, yo tengo ahora una encomienda, yo tengo ahora una responsabilidad. En mi agradecimiento por todo esto que he llegado a entender y a saborear mejor hoy, yo necesito llevar a cabo la encomienda.
¿Y cuál es la encomienda? Id por todo el mundo y hacer discípulos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñarles a obedecer todo cuanto os he enseñado. Esa es la encomienda, ese es el mensaje, esta es la palabra que tiene que ser predicada. No hay otro Evangelio. No hay un Evangelio de la prosperidad y un Evangelio del reino; hay uno solo, el otro es un falso Evangelio.
Lamentablemente, la palabra de la reconciliación, que no es otra que el Evangelio, ha sido reemplazada en nuestros días. Se ha predicado mucho acerca de demonios, acerca de Satanás, acerca de la guerra espiritual, acerca de pragmatismo, acerca de utilitarismo. Se ha predicado de todo muchas veces, pero menos del Evangelio. Pero mi encomienda es en otro lado. Otros hemos adoptado una actitud pasiva. No, Pablo dice no, tenemos que ir. Yo voy, estoy haciendo lo que estoy haciendo porque yo entiendo mi encomienda.
El contexto inmediato se refiere a Pablo y sus compañeros cuando dice Dios nos ha hecho embajadores, pero de manera aplicativa Pablo entiende que todos los que hemos sido reconciliados tenemos esa responsabilidad. Y está dicho de diferentes maneras: está dicho en la Gran Comisión en Mateo 28, está dicho en el texto que hemos hecho alusión —somos embajadores de Cristo— en 2 Corintios 5, está dicho en Romanos 10, versículo 13 en adelante.
Escucha: "Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. Pero ¿cómo lo van a invocar? ¿Cómo pueden invocar a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? Porque hay que invocarlo para ser salvo. ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio del bien."
Esos son los embajadores de Cristo. Pablo pregunta: "¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?" Y Pablo responde en la segunda carta a los Corintios 5:20: "Somos embajadores de Cristo." Eso es cómo van a oír. Pablo, en mi entender, responde: somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros. En nombre de Cristo rogamos: reconciliaos con Dios.
Y en esta mañana, tú estás aquí y por medio del Espíritu Santo Dios te ha dado claridad y has llegado a entender que no estás en Cristo, que no tienes salvación, no tienes seguridad de la salvación, y el Espíritu Santo te ha dado convicción de pecado. En nombre de Cristo, en calidad de embajador de Cristo, yo te ruego desde aquí: reconcíliate con Él, con Dios, reconcíliate con Él.
Como embajador, piensen por un momento en la figura de un embajador. Un embajador es alguien enviado por un presidente de una nación. Nuestro Presidente de la nación de los cielos nos ha enviado. Un embajador usualmente —esto es como debe ser— vive en un país extranjero. El embajador dominicano en Nueva York no vive aquí, vive en la ciudad de Nueva York. Nosotros somos ciudadanos del cielo y vivimos en esta tierra extraña. Por eso la Palabra nos llama peregrinos y extranjeros. Eso es lo que los embajadores somos: estamos habitando tierra ajena.
Los embajadores son enviados usualmente con un mensaje, una encomienda. Nosotros tenemos experiencia de eso actualmente: cómo vienen con una encomienda de su presidente que ellos quieren propagar. El mensaje que propagan es el mensaje de quien los envía. Nosotros sabemos quién nos envió y el mensaje es el mensaje de la reconciliación. Nuestra misión es tratar de reconciliar al hombre con Dios. Sabemos que Dios es el reconciliador, pero nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación para rogar Dios por medio de nosotros, como si Él mismo hiciera el ruego a los hombres: reconciliaos conmigo, hombres.
Los embajadores van con una autoridad delegada, y de esa misma manera nosotros hemos sido investidos con una autoridad delegada. Pero la autoridad delegada que Cristo nos ha otorgado está investida en su Palabra, no hay otra. Nosotros no tenemos autoridad propia. Los embajadores no se pertenecen a sí mismos en cierta medida, y tienen que rendir cuenta de su función, de lo que hacen, de lo que han hecho, de su progreso.
De manera que Pablo, muy consciente de su función de embajador, de su responsabilidad y de la cuenta que tiene que rendir, él quiere hacer esto de la mejor manera posible. En los momentos actuales Dios no tiene profetas como en el Antiguo Testamento que estaban llamando al pueblo a la reconciliación. En los momentos actuales Dios no tiene apóstoles como en el primer siglo que estaban llamando a la gente a la reconciliación, como fue el caso de Pablo. En este tiempo Dios tiene iglesias locales donde acuden personas que han sido redimidas en Cristo, por Cristo, y hoy son nuevas criaturas y han sido hechas embajadores de Cristo para rogar a los hombres: reconciliaos con Dios.
Una pregunta. Respóndela en tu interior: ¿cuándo fue la última vez que tú trataste de reconciliar a alguien con Dios por medio de la palabra de la reconciliación? ¿Cuándo fue la última vez que rogaste a alguien: reconcíliate con Dios? Esa es tu función, esa es tu misión. No podemos ignorar nuestra responsabilidad.
Oren al apóstol Pablo. Cuando tú analices ese capítulo 5 —para mí es uno de los capítulos más extraordinarios, capítulo 5 de 2 Corintios, en el Nuevo Testamento— cuando tú analices el capítulo 5, tú descubres en Pablo qué fue lo que lo impulsó, lo que lo motivó, para él llevar a cabo su labor de embajador. Porque quizás si nosotros descubrimos eso y experimentamos eso, le pedimos a Dios eso, quizás entonces nosotros podamos llegar a ser mejores embajadores de lo que hemos sido hasta ahora. ¿Qué piensas? ¿No quisieras hacerlo?
Escucha lo que Pablo dice. Es una manera de resumir este mensaje y el mensaje anterior sobre el texto de esta carta en 2 Corintios 5. En el versículo 9, Pablo dice: "Ambicionamos serle agradables a Dios." Pablo tiene una ambición, tiene una visión santa de agradar a su Dios. ¿Cuál era la razón de Pablo? Bueno, no era miedo al castigo, porque ya el castigo cayó sobre Cristo. Es Cristo, es agradecimiento. Yo quiero serle agradable a Dios. Nosotros necesitamos una pasión por agradar a Dios; si no la tienes, pídesela al Señor.
Versículo 10. Aquí en este capítulo 5, Pablo entendió que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo para rendir cuenta de todo lo que hemos hecho, sea bueno, sea malo, según las obras de cada quien. Pablo entendió eso: yo tengo una responsabilidad y por tanto yo quiero llevar a cabo mi responsabilidad, porque hay un día de rendición de cuentas. Hay un día donde me van a decir: "¿Cuántos talentos te entregué? ¿Cinco, tres, dos, uno? Ok, ¿cuánto hiciste?" ¿Recuerdan la parábola? Hay un día de eso. Eso lo motivó.
Versículo 11. Pablo dice: "Conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres." Pablo llegó a entender el temor del Señor en términos de juicio, pero llegó a entender el temor del Señor también en términos de reverencia, respeto, adoración. Conociendo el temor del Señor, yo hago algo, yo voy, persuado a los hombres. Los persuado de su pecado. Persuadir implica una lucha, una contienda acá sí, considera esto, considera aquello. ¿Has notado tu pecado? ¿Has pensado en el infierno? ¿Has pensado en la condenación? Una persuasión.
Versículo 14. Pablo dice: "Es que el amor de Cristo me constriñe, me apremia, me aprieta." Como dijimos, me pone entre la espada y la pared. Es un amor tan extraordinariamente maravilloso, tan infinito, que ese amor a mí prácticamente me aplasta hasta decirme: pues ve como embajador a proclamar el amor de Dios para con los hombres.
Versículo 16. Pablo dice que una vez él fue visitado de esa manera y reconciliado con Dios. Cuando llegó a ser una nueva criatura, él creó una nueva visión del mundo y de la vida y de los hombres, y por tanto ya él no considera a nadie según la carne. Todo el mundo es un potencial converso para el Señor.
Pero lo que llega a Pablo a sentirse tan compelido por todo esto que venimos diciendo —para cerrar como broche de oro la motivación de Pablo— es que él ha llegado a entender que todo esto procede de Dios. Todo esto procede de Dios. Es que llegó a entender que Dios, de donde procede la salvación, estaba reconciliando al mundo con Él. Es que Pablo ha llegado a entender en el versículo 19 que Dios, pudiendo haber enviado a todo el mundo a la condenación, no contó todos los pecados del hombre contra Él, sus transgresiones, no las contó contra él.
Y cuando Pablo llegó finalmente a entender lo que el versículo 21 expresa —es que Cristo, el inocente, la segunda persona de la Trinidad, Dios mismo, fue hecho pecado en la cruz para que yo, que era pecador, pudiera ser hecho justicia de Dios en Él— entonces Pablo tiene una motivación extraordinaria de ir y compartir la palabra de la reconciliación como embajador de Cristo y rogar a los hombres: reconciliaos con Dios.
Enlista lo que tú ya conoces. Lo que necesitamos es que la Palabra se asiente, se rumine, se reflexione, y pedir para ser un embajador fiel de Cristo. Estas son las verdades enunciadas en el día de hoy. Dios, el gran reconciliador, el mayor evangelista de todos los tiempos. Quizás tú estás aquí hoy porque Dios quería que tú oyeras la palabra de la reconciliación y que pudieras entender cómo es que el gran Reconciliador, en su gran amor y misericordia y bondad, ha mirado tu enemistad no con condenación, sino con gracia y misericordia.
Y por medio de su palabra, y por medio de un ínfimo embajador del reino, te ruega Dios. Dios te ruega: reconciliaos conmigo en Cristo. Si Dios te ha dado entendimiento, claridad, convicción de pecado, deseo de salvación, hoy es tu día. Tú conocerás eso en tu corazón, en tu interior.