Integridad y Sabiduria
Sermones

Dios me salvó, ¿y para qué? (parte 1)

Héctor Salcedo 6 octubre, 2019

Antes de venir a Cristo, todo ser humano nace en una condición de muerte espiritual: separado fatalmente de Dios, incapaz de entender las cosas espirituales, y viviendo para satisfacer los deseos de su carne y su mente. Pablo lo describe sin rodeos en Efesios 2: estábamos muertos en delitos y pecados, gobernados por las corrientes de este mundo, por el príncipe de la potestad del aire, y por una carne que desea lo que el enemigo ofrece. El diagnóstico es severo: éramos por naturaleza hijos de ira, merecedores del justo juicio de Dios. Un muerto no puede hacer nada para remediar su condición.

Pero entonces aparecen dos palabras que cambian todo: "Pero Dios". Cuando correspondía el juicio, Dios actuó movido por la excelencia de su propio carácter. Rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, nos dio vida juntamente con Cristo. La salvación no surge de algo bueno que Dios encontró en nosotros, sino de la sobreabundante riqueza de su gracia. Es un regalo inmerecido, hecho posible únicamente por la obra consumada de Cristo en su vida, muerte y resurrección.

La fe que recibe esta salvación es tan sencilla como la mano de un niño que acepta una manzana. No crea la salvación ni la mejora; simplemente la recibe con humildad. Aun una fe temblorosa puede recibir un don precioso, porque la potencia está en la gracia de Dios, no en nuestra fe. De principio a fin, la salvación es obra suya. Somos hechura de Dios, recreados en Cristo Jesús, y ese mensaje extraordinario es digno de ser compartido con otros que aún esperan vida.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Tengo el privilegio de compartir hoy la satisfacción con la iglesia, con ustedes. Les voy a pedir que vayan ubicando el libro de Efesios, la carta a los Efesios, en su capítulo 2. Dentro de unos minutos vamos a leer algunos versos del capítulo 2 de Efesios, y lo dejan ahí. Déjenme introducir antes el mensaje con algunas reflexiones.

¿Para qué una empresa contrata un empleado, o para qué un ejército alista a un soldado? De la misma manera podemos preguntar: ¿por qué un equipo deportivo adquiere un jugador específico? Tanto el empleado como el soldado, como el jugador, han sido convocados a estas organizaciones con un propósito específico que se tiene con ellos. Hay una posición que se quiere que juegue de parte del deportista, hay una misión que se quiere que el soldado cumpla, hay también una posición o perfil que se quiere que el empleado cumpla. Y con cierto cuidado yo quiero hacer una analogía entre eso y lo que Dios hace con nosotros.

Nosotros somos convocados por Dios a su salvación con propósitos específicos. Dios nos convoca con una razón detrás de su convocatoria y de su llamado. Nuestra salvación, hermanos, fue para algo, tiene un propósito, tiene un sentido, tiene una utilidad en las manos de Dios. Dios no ha hecho algo tan extraordinario con nosotros con el mero propósito de hacernos la vida más feliz o más fácil, sino que hay un propósito aquí y ahora en mi vida práctica de mi salvación. Y eso es precisamente de lo que yo quiero hablar en el día de hoy.

La pregunta que trataremos de responder es: Dios me salvó, y eso es una realidad, pero ¿para qué lo hizo? ¿Con qué propósito lo hizo? Y aunque inicialmente yo me proponía hacer un mensaje de Efesios 2 días, realmente el mensaje se convirtió en dos mensajes de Efesios 2, del uno al 10. Por lo tanto, no voy a poder cubrir todo lo que me propuse hoy. Y eso, entre paréntesis, sí nos pasa a nosotros los predicadores, que a veces venimos con una idea al texto, pero el texto tiene otra idea que se nos impone, y ante la cual, ante la idea del pasaje, nosotros tenemos sencillamente que decir: ¿ok? Te voy a predicar así como el pasaje me instruye, como el pasaje me indica.

Pero comencemos leyendo Efesios 2, versículo 10, que era el verso inicial que quería predicar, pero como ya le dije, estaremos exponiendo también del uno al 10. Leamos 2:10: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas."

Y yo voy a dividir, digamos, mis dos mensajes básicamente en: primer lugar, Dios me salvó, ese es el primer mensaje; y luego el segundo mensaje, para qué lo hizo. Hoy vamos a enfocarnos, a concentrarnos, en este hecho maravilloso de que Dios me salvó, qué es lo que Dios ha hecho por nosotros.

Miren lo que dice el versículo 10 que acabamos de leer. Su primera frase, la primera expresión es: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús." Esa frase está cargada de significado. No podemos entenderla completamente a menos que nos retrocedamos un poco en el mismo Efesios 2, desde el versículo 1.

Pero antes de ir ahí, yo quisiera aclarar que la palabra "somos hechura suya" en el original es la palabra poiema. De hecho, hay una casa editora colombiana que se llama Poiema. Esa expresión es de donde derivamos la palabra nuestra en español "poema". Esta palabra en el original significa confección, creación de cualquier obra de arte, como una escultura, una canción, una obra de arquitectura, una pintura o un poema. En cualquiera de sus aplicaciones, poiema significaba algo que alguien hace con esmero, con dedicación, con entrega. Recuerden que acabamos de leer que somos poiema suya, suyo. Somos la creación, la confección esmerada de Dios. La Nueva Traducción Viviente de hecho lo traduce como "somos la obra maestra de Dios."

Y para ser específicos, no se está refiriendo a que hemos sido creados físicamente por Dios, aunque eso también es cierto. El salmista, David, habla en uno de sus salmos de que él fue creado maravillosamente en las entrañas de su madre, maravillosamente fue creado, fue confeccionado por Dios. Pero aquí, la creación a la que se está haciendo alusión, "somos hechura suya, creados en Cristo Jesús", no se refiere a la creación física, sino a la recreación espiritual, cuando Dios nos da un nuevo nacimiento. Y cuando la palabra dice entonces que aquí todos son nuevas criaturas, nuevos en Cristo, hemos nacido de nuevo, nos dice Juan 3, hemos sido recreados por Dios. Y a eso es que el apóstol está haciendo alusión en esta expresión de que somos hechura suya, creados en Cristo Jesús.

De la misma manera que Dios es el creador del mundo físico, Dios es el creador de las realidades espirituales. De la misma manera que Dios le dijo a la tierra, la creación en su inicio en Génesis 1, versículo 3: "Hágase la luz", de la misma manera nos dice la palabra que ha dicho en nuestros corazones: "Resplandezca la luz de Cristo en vosotros." Dios es el creador tanto de las realidades físicas como de las realidades espirituales.

¿Y en qué sentido entonces es que Dios nos ha hecho, nos ha confeccionado espiritualmente, que hemos sido creados en Cristo Jesús? Esa es la primera expresión que acabamos de leer. Para eso entonces retrocedamos un poco en Efesios 2 y leamos los primeros tres versículos, para que entendamos dónde estábamos nosotros y por qué Dios tuvo que hacer lo que hizo en nosotros.

El versículo 1 de Efesios 2 comienza diciendo: "Y él os dio vida a vosotros que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás."

¡Qué increíble descripción de la condición humana hace Pablo en estos tres versículos! Es una vívida y lamentable descripción de la condición de todos nosotros antes de que Dios nos mirara y tuviese misericordia, y tuviera misericordia de nosotros.

Según esta descripción, lo primero que salta a la vista es que estamos espiritualmente muertos antes de venir a Cristo. Aunque el ser humano está físicamente vivo, todo ser humano, nos dice ese pasaje, nace en una condición de mortalidad espiritual. En otras palabras, de separación fatal de Dios. Yo no tengo relación alguna con Dios, estamos completamente desconectados de Dios y de sus cosas. Eso es la mortalidad espiritual.

Y lo peor es que no podemos hacer absolutamente nada para remediar esa condición, porque estamos muertos. El muerto no puede hacer nada, no tiene iniciativa, no piensa, no se mueve, no actúa, no reacciona, no entiende. De hecho, absolutamente nada, no tiene vida. Para con Dios no teníamos vida, para con Dios. La muerte espiritual incluso nos impide responder a las cosas de Dios, a menos que Dios nos recree.

Primera de Corintios 2 habla de esta realidad, de esta lamentable realidad, y dice lo siguiente textualmente: "Pero el hombre natural" —el hombre natural es el hombre sin Dios, el hombre como viene en su caja, sin ningún accesorio— oigan lo que dice Primera de Corintios 2: "Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu, porque para él son necedad, y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente."

¿No se parece eso a lo que Jesús le dijo a Nicodemo? "Nicodemo, de cierto, de cierto te digo, el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios." Y una vez más le dice un poquito más adelante: "Nicodemo, de cierto, de cierto te digo, el que no nace de nuevo no puede entrar en el reino de Dios." Y Nicodemo, muerto al fin: "¿Cómo entra un hombre siendo anciano en el vientre de su madre?" ¡Qué genialidad, Nicodemo! Él pensaba que Jesús iba a dar una clase de anatomía, o que estaba hablando de anatomía. El hombre natural no entiende las cosas espirituales porque se disciernen espiritualmente. Por eso Cristo le dice: "A menos que tú no nazcas de nuevo, no puedes entender lo que yo te estoy diciendo." ¿Y cómo nace un hombre? Bueno, Jesús dice: "Eso son cosas del Espíritu, el Espíritu lo hace."

Y más aún, hermanos, esta condición de mortalidad espiritual no es neutralidad espiritual. No es que somos neutrales con respecto a Dios, sino que Pablo dice que estamos muertos en delitos y pecados. La condición de mortalidad espiritual nos coloca en una esfera de rebelión contra Dios. Nuestra postura espiritual natural es oposición a Dios. Estamos muertos en delitos y pecados. No somos neutrales, estamos opuestos a Dios, rebelados contra Dios en nuestras prácticas pecaminosas y delictivas. ¿No les llama la atención que Dios dice que nosotros cometemos delitos espirituales, que nosotros somos criminales espirituales? Ahí habitamos, ahí habita el hombre natural.

MacArthur agrega una nota, como una nota de cuidado ante esta realidad, y dice: "El hecho de que todos los hombres separados de Dios son pecadores no significa que toda persona sea perversa y corrupta por igual. Veinte cadáveres en un campo de batalla pueden encontrarse en diferentes fases de descomposición, pero la característica común es que todos están muertos por igual. Por tanto, no todos los hombres son tan malvados como pudieran ser, pero ninguno llega a la altura de la norma de la perfección de Dios." Todos estamos muertos, no todos estamos igualmente podridos.

Estas son expresiones duras, difíciles de entender y de aceptar, porque a nuestro entendimiento la gente está viva, la gente ríe, disfruta, ama, la gente trabaja, hay gente buena, decimos a veces. Dios no lo entiende así, Dios no lo ve así. Si nosotros queremos saber el daño que una bacteria hace —vuelvo y repito—, si nosotros queremos saber el daño que una bacteria hace, no le preguntemos al que vende jugo en la calle; preguntemos al cirujano o al infectólogo.

Si nosotros queremos saber la gravedad del pecado, no escuchemos lo que piensen los humanos, escuchemos lo que piensa Dios. De ahí es que Dios nos ha sacado, de esa ciénaga en la que estábamos antes de venir al Señor. Hermano, el pecado no solamente tiene que ver con lo malo que yo hago, sino con lo bueno que no hago. El pecado no es solamente una putrefacción de mis obras, es una falta de perfección de mis obras también. La Palabra habla de los pecados de acción y de los pecados de omisión. Mi problema es que no soy perfecto, como Dios es perfecto.

Un autor decía: a lo largo de la historia las personas han mostrado una gran diversidad en sus grados de bondad y maldad, pero con relación a la santidad de Dios todos han fracasado. Por esa razón la persona buena, colaboradora, amable, considerada y generosa necesita de salvación tanto como el homicida en serie que está condenado a muerte. Es cierto que no llevan vidas igualmente pecaminosas, pero con respecto a Dios se encuentran en la misma condición de separación.

Y ese estado de mortandad espiritual, ¿por qué? ¿Por qué es así? Estamos separados de Dios e irremediablemente separados de Dios. Nosotros nada podemos hacer para remediar esa condición. Estamos muertos, ni siquiera entendemos las cosas espirituales. Si Dios no nos abre los ojos y no nos abre el entendimiento y nos da comprensión de las cosas espirituales, no las entendemos y no venimos a Él y no podemos tener vida espiritual.

¿Por qué es que vivimos así? Según el texto que acabamos de leer en Efesios 2, un poquito más abajo dice en el versículo 2: "En los cuales anduvisteis en otro tiempo." Nosotros andábamos en delitos y pecados, ¿verdad? "En los cuales anduvisteis en otro tiempo, según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivíamos en las pasiones de nuestra carne." Y aquí está la clave: "Satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente."

Esa era nuestra intención en la vida antes de venir a Dios y a Cristo. Ese es el deseo del ser humano natural: vivir para él, no es ilógico, autorrealizarse, vivir para satisfacer sus deseos, lo que su mente quiere, lo que su mente anhela, lo que su carne espera y quiere. El disfrute de las cosas buenas de este mundo, de los dones de Dios. Alguien ha dicho que todo pecado es una distorsión de un don de Dios, de un regalo de Dios.

Y ese deseo de vivir para mí, de vivir según mis deseos de la carne y de la mente, es atizado por tres elementos que ustedes lo vieron en ese pasaje. Por un lado, el mundo. El mundo es la esfera de filosofía, de creencias, de valores en el que nos encontramos. Es como una especie de piscina moral en la que nos encontramos y todos estamos nadando en el valor del materialismo, en el valor del humanismo, en el valor de todo lo que el mundo nos vende: que la solución a los problemas mundiales es la educación, o que las riquezas se definen en términos económicos, puntos suspensivos, los valores que el mundo nos vende. El mundo entiende eso.

Y el mundo entiende eso porque dice el texto que está gobernado por el príncipe de la potestad del aire. Satanás y sus demonios, sus huestes celestiales, sus huestes demoníacas, tienen una influencia, a veces sutil, de hecho más sutil que declarada, sobre los asuntos de los hombres. ¿O cuando ustedes ven lo que está pasando en el mundo y la condición del mundo, no llegan a la conclusión de que algo está mal? ¿Quién es que está mal? El mundo, pero quienes componen el mundo son los hombres. ¿Y por qué los hombres están mal? Porque se están dejando llevar por corrientes y filosofías que producen la destrucción de su vida y de su alma. El hombre está buscando llenar su corazón de fuentes que no proveen verdadera agua y verdadero alimento.

Entonces, está el mundo atizado, digamos, por las huestes demoníacas, pero además de eso, dice aquí que nosotros tenemos una carne también que tiene deseos. Entonces, esa carne le gusta lo que el mundo y Satanás ofrecen, y esa es la tormenta perfecta para estar muertos espiritualmente. Una carne que desea, y un mundo y un enemigo que ofrecen, y yo lo compro, y estoy en esta condición de mortandad espiritual irremediable.

Nosotros, hermanos, contrario a lo que mucha gente piensa, nosotros somos malos. Lucas, en su capítulo 11, recogió un diálogo de Jesús con los fariseos y los discípulos, y a veces pasamos por alto estas declaraciones de Jesús. Y Jesús les dice a ellos: "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" No me quiero concentrar en la parte de la teología del Espíritu Santo y demás, sino concentrarme: Jesús, como que nada está pasando, le dice: "Pues si ustedes, siendo malos, les saben dar buenas cosas a sus hijos." Sí, el hombre, aunque es malo, no está totalmente dañado por el pecado porque hay aspectos de la imagen de Dios que todavía permanecen. Pero el diagnóstico de Cristo es que somos malos.

En otro momento, Jesús y sus discípulos están comiendo alimentos y no se lavaron las manos como instruía la ley o las normas farisaicas, y los fariseos lo confrontan y le dicen: "¿Por qué tus discípulos comen sin lavarse las manos?" Y Jesús le dice, ahora, esto es en Mateo 15:18: "Lo que sale de la boca proviene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre." No lo que entra, sino lo que sale del hombre. Lo que contamina al hombre es lo que sale del hombre. Y dice en el versículo 19: "Porque del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, falsos testimonios y las calumnias." Del corazón salen estas cosas. El hombre está sucio por dentro; no se preocupen de que no nos lavamos las manos.

Y claro, esa es la condición. Siendo esta la condición de que nosotros vivimos enfocados en nosotros mismos, queriendo satisfacer los deseos de nuestra carne y de nuestra mente, las cosas que el mundo y el enemigo nos ofrecen y de las cuales nuestra alma está deseosa, ¿cuál es el resultado lógico de esa condición? El versículo 3 dice, al final: "Y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás."

Dios está airado contra este hombre natural. Dios está airado, vuelvo y repito, con este hombre natural. El hombre que desea satisfacerse a sí mismo, contrario a lo que Dios ofrece. El hombre que prefiere vivir la vida según su propio criterio y no confiar en Dios, ese es el hombre natural. Y por eso nos dice que éramos, éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. En otras palabras, nosotros deberíamos ser lógicamente los receptores del justo juicio de Dios. Por nuestra voluntaria inclinación al mal —oigan estos términos con detenimiento—, por nuestra voluntaria inclinación al mal, nuestra activa rebeldía a Su voluntad y nuestra determinación de vivir enfocados en satisfacer nuestros deseos. Ese es el veredicto de Dios de la condición humana. Ese es nuestro penoso diagnóstico.

Si pusiéramos una analogía con un médico, es como que vamos al consultorio médico y se nos dice: "Usted está enfermo, irremediablemente enfermo de muerte. No hay tratamiento para lo que usted tiene. No hay nada que hacer."

Y lo que prosigue en el pasaje, en Efesios 2, es la actuación de Dios ante esta lamentable situación. Y su actuación es sorprendente y humanamente inexplicable. Teniendo seres que se le oponen, que están literalmente muertos hacia Él, no lo entienden, no lo buscan, no lo desean.

En Efesios 2:4, leamos ahí por favor. El apóstol nos presenta lo que Dios hace. Entonces dice: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Por gracia habéis sido salvados. Y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."

¡Aleluya! La actuación de Dios ante nuestra lamentable condición nos deja sin palabras. Lo primero que observamos aquí en esta iniciativa de Dios es el "pero Dios." Hermanos, no es el ser humano que se mueve hacia Dios, es Dios que se mueve a buscar al ser humano. Desde el libro del Génesis, en apenas el tercer capítulo de la Biblia, en los orígenes de la creación, el hombre y la mujer, la primera pareja, los primeros humanos, pecan, se alejan de Dios y se esconden. Y Dios entonces sale en su búsqueda y dice: "¿Dónde estás, Adán?" Dios buscando, Dios procurando. No es el ser humano, hermanos, que actúa. De hecho, nosotros no podemos actuar, estamos muertos.

Lo que leemos en el verso 4 es "pero Dios." Esta es la condición humana, pero Dios. Con frecuencia nosotros decimos desde aquí, y algunos nos han escuchado decir, que los "peros" de la Biblia son gloriosos. Este es uno glorioso, este es uno del cual pudiéramos predicar todo un mensaje y más. Porque esa era mi condición: muerto, muerto en delitos y pecados, viviendo para satisfacerme yo, los deseos de mi carne y de mi mente, atizado por lo que el mundo me ofrece y por el gobierno de Satanás. Y ahí era que yo quería estar, incapaz de entender las cosas espirituales. Y luego de que me dicen todo eso, me añaden: "Pero Dios actúa, pero Dios no me dejó así." Correspondía otro trato, de ahí el "pero." Lo que correspondía era, no "pero Dios"; correspondía "entonces Dios juzgó a los hombres."

Entonces Dios, siendo un Dios justo, aplicó su juicio. ¿No era eso lo que era el flujo del razonamiento de Pablo? Se detiene, se detiene en la mortalidad espiritual y pone un "pero Dios", y viene otra cosa que uno no sabe de dónde sale. De no haber actuado Él, de Él, hermanos, no habría esperanza para el ser humano, porque nuestra condición no es de gravedad, es de mortandad. La salvación divina es más que un rescate de gente en peligro, es un influjo de vida a un cementerio. No gente que se está muriendo, gente que está muerta por la que no se pueda hacer nada. No hay recuperación posible si no hay algo que revierta la naturaleza existente.

De Dios emana este extraño, humanamente extraño, pero glorioso gesto de tratarnos bien. ¿Cómo así? De Él emana este gesto de no pagarnos como nosotros merecíamos que se nos pagara. El Salmo 103 exclama: "No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades, porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así de grande es su misericordia para los que le temen. Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones."

El comentarista William McDonald acerca de ese pasaje dice: "El amor de Dios al proveer este maravilloso plan de salvación es inmensurable. Deja pobre la imaginación humana. Si pudiéramos medir la distancia de los cielos a la tierra, tendríamos entonces alguna idea de la magnitud de su amor, pero no podemos, porque no podemos saber ni cuánto mide el universo." Y hablando de distancia infinita, eso es exactamente cuán lejos Él ha alejado de nosotros nuestras transgresiones, como el oriente está lejos del occidente, porque el este siempre será este y el occidente siempre será occidente. Así nunca jamás se encontrará el creyente con sus pecados.

Lo primero, hermanos, es que Dios tuvo la iniciativa. "Pero Dios" entra en escena con un plan inimaginable a favor de nosotros, con la intención de favorecernos a pesar de que todo, todo indicaba y todo llamaba al juicio de Dios.

Lo segundo que nosotros notamos en este "pero Dios" y los textos que le siguen, los versículos que le siguen, es que lo que Dios hizo, hermanos, no es por descubrir algo en nosotros. Ya yo creo que con la descripción que tenemos en los primeros tres versos sabemos que no es porque hay algo en nosotros, sino porque había algo en Él. Específicamente: "rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó." Pablo usa dos adverbios de cantidad, de dimensión: "rico en misericordia" y "gran amor con que nos amó" para describir que esto no puede ser explicado adecuadamente a menos que introduzcamos superlativos. Más adelante nos dice que actuó por las sobreabundantes riquezas de su gracia y su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Otra vez, un superlativo de cantidad, de dimensión.

Pablo nos está diciendo: Dios tiene mucho de esto. Misericordia, amor, gracia y bondad son cuatro aspectos que están ahí en los versos que acabamos de leer. Dios tiene mucha misericordia, tiene un gran amor, tiene una sobreabundante riqueza de gracia y de bondad. Todo eso conjugado hacia nosotros sin motivación alguna de nuestra parte. Nosotros no le inspiramos. Este es un acto bondadoso, es un trato bondadoso, un acto autogenerado en el ser de Dios. Surge espontáneamente de Él. Fue movido hacia nosotros por la excelencia de su carácter, por la perfección de su ser. Increíble. Qué grandioso.

Aun habiendo Dios juzgado, no podemos decir que Él actuó con injusticia o con desdén. Hubiese actuado con justicia, con rectitud. Solo de Él proviene esto, al punto que al final del pasaje, en el versículo 9, dice Pablo: "para que nadie se gloríe." Solo de Dios proviene esto. Ustedes no tuvieron absolutamente nada que ver. Ustedes no ayudaron en su salvación, no colaboraron en su salvación, todo proviene de Dios. Toda la gloria sea a Él, dice Pablo.

Entonces vimos que la iniciativa fue de Dios. Vimos que esto fue producto de la perfección y excelencia de su carácter, pero la base para poder hacer esto fue la obra de Cristo en nuestro favor. Claramente, claramente el texto nos indica, fíjense, voy a hacer señalamientos específicos: en el versículo 5, al final, "nos dio vida juntamente con Cristo", y sigue diciendo versículo 6, "y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales", y repite, "en Cristo Jesús", a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Y el versículo 10, que leímos al principio, dice que hemos sido hechura suya, creados en Cristo.

Si a alguien le queda duda, Cristo es el protagonista de la historia. El protagonista de nuestro favor, la causa de nuestro favor, la fuente de la misericordia y de la gracia de Dios para con nosotros. Increíble. La obra perfecta de Cristo en su vida, muerte y resurrección completada, consumada, es en nuestro favor. Vino y dijo: "Yo viví, morí y resucité para que tú te salves." Increíble. Por eso es en Cristo, en Cristo, en Cristo. Y es tan definitiva y victoriosa la obra de Cristo que se nos dice que ya hemos sido resucitados en Cristo y estamos ya sentados en lugares celestiales con Cristo. ¿Cómo así? ¿Cómo así? Imagínate que ya estás sentado con Él, porque ya lo estás. ¡Wow! Increíble.

Cinco veces en tres versículos Pablo ha enfatizado que el trato recibido de parte de Dios es producto de estar en Cristo. "Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre si no es por mí." Lo entendemos ahora mejor. Segunda de Corintios 8:9, Pablo, hablando de esto, dice: "Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo, por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de su pobreza llegarais a ser ricos", espiritualmente hablando. Es del banco de la gracia de Cristo que son extraídos los depósitos de favor divino para nuestras vidas.

Con razón, al final de la Biblia, en el capítulo 5, encontramos una escena indescriptible. Una escena que, si no hubiese estado escrita en la Biblia, no sabríamos absolutamente nada de ella. Para información, el capítulo 4 de Apocalipsis glorifica al Padre, el capítulo 5 de Apocalipsis glorifica al Hijo. Pero miren lo que ocurre en el capítulo 5, hablando de esto, que es por el banco de gracia de Cristo que somos beneficiados. El capítulo 5, en su versículo 8, yo les voy a pedir que los que tengan Biblia lo lean, porque es un texto un poco largo, pero me voy a tomar el atrevimiento y la libertad de leer un texto un poco largo, porque esto hay que leerlo y esto hay que meditarlo a la luz de lo que acabamos de decir.

Apocalipsis 5, versículo 8, dice: "Cuando tomó el libro", esto es Cristo glorificado, "cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Cada uno tenía arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos, y cantaban un cántico nuevo diciendo: ¿Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado y con tu sangre compraste para Dios gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra! Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos, y el número de ellos era miríadas de miríadas y millares de millares, que decían a gran voz: ¡El Cordero que fue inmolado digno es de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza! Y a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: ¡Al que está sentado en el trono y al Cordero sean la alabanza, la honra, la gloria, el dominio por los siglos de los siglos! Y los cuatro seres vivientes decían: Amén. Y los ancianos se postraron y adoraron."

Si observan con cierto detenimiento, aquí hay tres escenas. El versículo 8 dice que los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Estos seres vivientes nos son descritos un poco antes en el libro de Apocalipsis. Son seres creados específicamente para habitar la presencia de Dios, son seres enormemente poderosos, de enormes destrezas, enormes capacidades. Y ellos, junto a los veinticuatro ancianos, representan el liderazgo del cielo. Y este liderazgo del cielo, dice, se postra delante del Cordero y le canta un cántico nuevo. Le canta a Cristo, le canta al Cordero: "Digno eres de recibir todo."

En el versículo 11 hay otra escena: "Y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos estaban ahí también." Este es otro grupo. Estas son las huestes celestiales, las huestes angelicales. Se unieron a los ancianos y a los cuatro seres vivientes, y ahora ellos también decían a gran voz: "¡El Cordero que fue inmolado digno es de recibir!" El liderazgo, las huestes celestiales.

Y la tercera escena es en el versículo 13. Ahora baja a la tierra: "Y toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y todas las cosas que en ellos hay: Al que está sentado en el trono y al Cordero sean la gloria, la alabanza, el poder." Eso es la aplicación o la profecía de Filipenses 2, cuando dice que Dios le ha conferido a Cristo un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Y todo eso es lo que está ocurriendo aquí. ¡Gloria a Dios!

Nuestros beneficios fueron logrados, ganados, obtenidos por Cristo. De ahí que el cielo y toda la creación concentra su adoración en el Cordero, en aquel que fue inmolado y con su sangre nos compró, y le puso solución, y le dio solución a mi irremediable condición.

De ahí entonces que, como una especie de corona, luego que Pablo dice eso, en los versículos 8 y 9 de Efesios dos concluye: "Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe". ¿Cómo podemos pensar que podemos ganar la salvación? ¿Cómo tú piensas, si yo pienso, que siendo buenos podemos obtener el favor que Cristo logró con su muerte y su resurrección? Hemos sido mal enseñados. Hay una idea mentirosa, una falacia entre nosotros. Cuando digo entre nosotros, entra una cultura de que el bueno va al cielo. ¿Cuál bueno? No hay bueno, siendo malos nosotros, dice Cristo.

Estamos muertos en delitos y pecados, concentrados en vivir para nosotros e influidos por una carne pecaminosa, un enemigo que nos asedia y un mundo que está perdido. Y en ese ambiente nosotros estamos muertos, sin capacidad y sin la intención de hacer nada por nuestra condición. Es pero Dios, cuando hace algo por nosotros, si nos abre los ojos, nos regala la salvación. Es un regalo de Dios. Por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios, regalo de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe.

Él repite aquí lo mismo que repitió en el versículo 5. En el versículo 5, entre paréntesis si ven en su Biblia, dice: "Porque por gracia habéis sido salvados". Aquí lo repite: "Por gracia habéis sido salvados", pero agrega "por medio de la fe". Agrega "por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios". En otras palabras, la fuente de mi salvación no es mi bondad, no es mi generosidad, no es mi perfección, no es mi cumplimiento a las normas morales que yo pienso que son importantes. Es la gracia y el favor inmerecido de Dios en mi favor.

Si es por obras, yo no merezco nada. Si es por obras, el infierno me corresponde justamente. Pero es la gracia de Dios que me habilita, que hace posible que yo entienda siquiera las cosas espirituales. Algo que yo era incapaz de entender, a menos que Dios no interceptara mi manera de pensar y me diera nueva vida en Cristo.

Aun la fe, hermanos, fíjense: "Por medio de la fe, y esto no de vosotros, es don de Dios". Aun la fe es don de Dios. La fe para creer es don de Dios, es regalo de Dios. Y la fe es esa confianza en que no yo, sino Él; no por mí, sino por Él. La fe es la que cree que Dios tiene razón. Yo estoy mal y Él bien.

Spurgeon decía, predicador famoso del siglo pasado: "La fe que recibe a Cristo es un hecho tan sencillo como cuando un niño recibe de ti una manzana, porque tú le extiendes con tu mano prometiéndosela si viene a tomarla. Lo que es la mano del niño en orden a la manzana, es tu fe en orden a la salvación perfecta en Cristo. La mano del niño no hace la manzana, ni la mejora, ni la merece; solo la acepta. Y la fe se ha elegido por Dios para ser la recibidora de la salvación, porque no pretende crear la salvación ni ayuda a mejorarla, sino que está contenta de recibirla humildemente". La fe es la mano extendida que recibe la dádiva. La fe es la mano del alma que tiene la capacidad de recibir la gracia.

Oh, Señor, que Tú otorgues fe a muchos de los que estamos aquí. ¿Extiendes tu mano? ¿Extiendes tu mano? Aunque sea con temores, con dudas, con inquietudes, no del todo me convence lo que se está diciendo. Pero yo creo que si tú miras tu vida y miras la estela de acciones y pensamientos, tú puedes decir y estar de acuerdo con el diagnóstico que la Biblia da de ti. Y da de mí: somos malos. Necesitamos salvación. A menos que Dios no se apiade y tenga misericordia de nosotros, no podemos venir a Él.

Extiende tu mano, aunque sea con temor, aunque sea con dudas. Y aprende esto, amigo: la flaqueza de tu fe no te echará a la perdición. Aun la mano temblorosa puede recibir la dádiva de un oro precioso. La salvación nos puede venir por una fe tan pequeña como un grano de mostaza. La potencia yace en la gracia de Dios, no en nuestra fe. Importantísimos mensajes se mandan por alambres débiles, y el testimonio del Espíritu Santo que comunica paz puede llegar al corazón mediante una fe tan debilitada que apenas pueda ser llamada como tal. Piensa más en Aquel que salva que en la fe que tienes. Es preciso quitar la vista de tu propia persona y no ver a otro que no sea Cristo y la gracia de Dios en Él revelada.

Hermanos, la salvación, de principio a fin, una obra de gracia de nuestro Dios, hecha posible por la extraordinaria obra consumada de Cristo en su vida, su muerte y su resurrección. Es por ese motivo que Pablo concluye el versículo 9: "No por obras, para que nadie se gloríe". No hay lugar para la jactancia humana, para el orgullo humano, sino para la gratitud y la alabanza.

Entendemos ahora por qué somos hechura suya, creados en Cristo Jesús. Somos hechura suya, fuimos confeccionados espiritualmente por Dios. Estábamos espiritualmente muertos y podridos, y Dios nos dio vida. Reconstruyó nuestros tejidos espirituales. Nos hizo capaces de entender su verdad. Nos ayudó a comprender nuestra condición y la necesidad del remedio que Él provee en Cristo Jesús. Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús. ¿Y para qué? Para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Eso será el próximo mensaje.

Cuando yo pienso detenidamente en estas cosas, no sé si se crea en mí un sentido de asombro hacia Dios. ¿Qué tipo de persona es capaz de dar un trato tan generoso a gente tan inmerecedora de ese trato? ¿Cuál es la calidad de este carácter? La podemos describir, la podemos medir. Pablo no encontraba palabras y decía: "La sobreabundante riqueza de su gracia y de su bondad", "por causa de su gran misericordia", "por medio del gran amor con que nos amó".

¿Necesitas tú y yo una prueba adicional del amor de Dios por ti? ¿Me tiene que ir bien a mí en la vida para yo pensar que Dios está por mí? Claro que no. Si Dios me ha dado vida en Cristo, me ha sentado en los lugares celestiales con Cristo, ¿no es la salvación en Cristo suficiente para confiarle y agradecerle y someterme a Él gozosamente? ¿No es este mensaje algo increíble, digno de ser compartido?

Y ahí concluyo. Es digno de ser compartido. Hechos 28 termina, como decíamos hace algunas semanas atrás cuando el pastor Miguel concluía la serie de Hechos, y Hechos 28 concluía como indefinido, porque sigue. Hechos sigue, hechos de nosotros, sigue. Nosotros seguimos con el mandato de ir y predicar el Evangelio, de ir y compartir las buenas nuevas, la dádiva de Dios en Cristo Jesús, a otros necesitados, a muertos que están esperando vida, como nosotros también les estuvimos esperando.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.