Dios no nos salvó simplemente para librarnos del juicio, sino para convertirnos en su obra maestra y llenarnos de buenas obras. Efesios 2:10 declara que somos "hechura suya" —del griego *poiema*, que significa una confección esmerada, como una escultura o un poema— creados en Cristo Jesús para buenas obras que Dios preparó de antemano. Pero estas buenas obras no son la fuente de la salvación, sino su fruto. La Escritura es enfática: por gracia somos salvos, por medio de la fe, no por obras. El mérito que nos abre el cielo no es el nuestro, sino el de Cristo, quien fue tentado en todo pero sin pecado.
Las buenas obras que caracterizan al creyente son de dos tipos: encargos personales que Dios diseñó específicamente para cada uno —como llamó a Jeremías desde el vientre o a Pablo para ser apóstol a los gentiles— y encargos generales para todo el pueblo de Dios, como llevar el evangelio y ser embajadores de Cristo. Pero hay más: la Biblia también llama buenas obras al cultivo de nuestra propia piedad. Pablo exhorta a Timoteo a disciplinarse para la piedad porque, aunque tenemos nueva vida, la carne se opone con deseos contrarios. Por eso necesitamos permanecer conectados a Cristo como ramas al tronco, y congregarnos para estimularnos mutuamente al amor y a las buenas obras.
El propósito final no es sentirnos bien con nosotros mismos, sino que otros vean nuestra vida transformada y glorifiquen al Padre que está en los cielos.
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¿Cómo saben, o la mayoría sabe, la semana pasada estuvimos compartiendo la Palabra? Desde hace un par de semanas yo sabía que la iba a compartir; lo que no sabía es que iban a ser dos sermones consecutivos. Eso fue algo nuevo que los pastores determinamos esta misma semana. Pero desde que uno sabe que va a predicar, uno comienza a orar, a pedirle al Señor discernimiento y sabiduría para ver lo que quiere traer. No se trata simplemente de traerles una idea interesante o una verdad conmovedora de la Biblia; hay muchas cosas que podemos hablar, pero qué de manera precisa quisiera Dios traer a este grupo hoy, a la iglesia. Eso nadie más lo sabe, solo Él. Y por eso es que tenemos que orar, esperar que nos dirija en una dirección específica. Es algo que a veces alguien nos sugiere un pasaje y decimos: "Sí, yo creo que el Señor quiere eso". A veces nosotros mismos lo sentimos.
Y este fue el texto que traje la semana pasada y que voy a seguir expandiendo en el día de hoy para ustedes. Efesios 2:10, el apóstol Pablo nos escribe: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas." Cuando ese pasaje me vino a la mente y al corazón y quise predicarlo, pues entendía que debía traer un mensaje que explorara y explicara cuál es el propósito de Dios en la salvación. Y le puse un título que era "Dios me salvó, ¿y para qué?" La idea era: bueno, ¿para qué Dios nos salvó? Nos salvó a todos y nos concedió vida en Cristo.
Pero al final de mi meditación y de mi reflexión, cuando estoy terminando el mensaje de la semana pasada, le digo a mi esposa el sábado en la noche: "Yo creo que son dos mensajes, no uno." Yo tengo primero que explicarle en detalle a la congregación eso de que Dios me salvó, y luego explicar para qué lo hizo. Creo que el "para qué lo hizo" va a ser mejor entendido y apreciado cuando entendamos el "Dios me salvó." Y eso fue lo que hicimos la semana pasada: expuse un mensaje que se tituló "Dios me salvó." Este segundo mensaje se titula "¿Y para qué lo hizo? ¿Para qué fue que Dios me salvó?" Y yo quisiera usar de introducción un resumen del mensaje de la semana pasada como una forma de continuar entonces en el texto de Efesios 2:10.
Decíamos que la primera parte de Efesios 2:10, que nos dice "porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús", esa expresión de que somos hechura suya viene de la palabra original griega poiema. Poiema significa confección, significa una obra de arte; es como una escultura, como una canción, como una obra de arquitectura o un poema. La palabra poiema, cuando nos dice que somos poiema de Dios, lo que nos quiere decir es que nosotros somos la esmerada confección de Dios. Sabemos que es en Cristo Jesús porque también nos dice que es en Cristo Jesús. De ahí que la Nueva Traducción Viviente, que es otra traducción de la Biblia, lo traduce como "somos la obra maestra de Dios." Y ahí el énfasis no es tanto que nosotros somos especiales, sino que la obra que Dios ha hecho en nosotros es extraordinaria. Y eso es lo que nos quiere decir el pasaje de "somos hechura suya."
Ahora, el ser hechura de Dios en este contexto no significa que Dios nos ha hecho físicamente, aunque lo ha hecho. Nosotros somos creación de Dios, físicamente confeccionados por Dios, pero el texto en lo que nos indica en este pasaje es que hemos sido creados espiritualmente por Dios gracias a la obra redentora de Cristo Jesús. De hecho, en cuatro ocasiones en los cinco versículos anteriores aparece la expresión "en Cristo, en Cristo, en Cristo." Él es el agente de la creación espiritual. Dios usó la obra de Cristo en nuestro favor para podernos recrear. Y por eso es que la Biblia llama al que viene a Cristo un nuevo nacido; han nacido de nuevo, literalmente. Hemos sido regenerados. Segunda de Corintios 5:17: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí son hechas nuevas."
La persona que Dios salva, aquella persona que recibe esa obra recreadora de Dios, regeneradora de Dios, no ha sufrido un cambio estético espiritualmente hablando. No se trata de un cambio de prioridades, no se trata de que yo recapacité. "Ay, Dios lo hizo recapacitar." No, no. Lo que se produce en nosotros al ser regenerados, al nacer de nuevo por el poder de Dios, es un cambio tan profundo, tan radical, tan vital, que el equivalente físico es resucitar un muerto. Es literalmente eso, y es en ese sentido que hemos sido recreados o creados en Cristo Jesús.
Y cuando la Biblia habla en estos términos de que hemos sido regenerados, hemos nacido de nuevo, no está exagerando con propósitos didácticos. No es una hipérbole que está usando. No, literalmente nosotros estábamos, según la Biblia, según Efesios 2:1-3, muertos en delitos y pecados, separados de Dios, distantes, e incapaces incluso de entender lo que Dios quería decirnos. Esa es la condición espiritual en la que nosotros estábamos. Así es que viene, como decíamos la semana pasada, el hombre en su caja viene así: viene muerto en delitos y pecados.
Fíjense cómo lo dice Efesios 2:1-3, que fue un texto que vimos la semana pasada: "Y él os dio vida a vosotros que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás."
Esa era nuestra condición: mortalidad espiritual. Ni siquiera reaccionábamos a los estímulos espirituales. Nos explicaban las cosas de Dios y no entendíamos. Estábamos como gente embotada espiritualmente, que no puede captar lo que Dios quiere decirnos a través de su Palabra, de su Espíritu. A menos que Dios no venga y me abra los ojos y me resucite y me dé vida de nuevo, yo no puedo entender estas verdades, porque yo estaba muerto. Y no solamente muerto y neutral ante Dios; no, estaba muerto en delitos y pecados. O sea, en activa oposición y rebelión contra Dios, dominado por mi carne, por lo que yo quería, por lo que yo quería hacer y quería disfrutar. Y yo me alimentaba de todo lo que el mundo y el príncipe de este mundo me proveía. Y esa era la ocasión perfecta para que mi rebelión fuera alimentada: que el mundo me proveía, el enemigo me proveía lo que yo quería consumir. Y en esa condición de mortalidad me encontraba.
Pero ¿qué hizo Dios? Contrario a lo que nosotros hubiésemos pensado, lo que era lógico después del versículo 3... Si estamos muertos en delitos y pecados, viviendo para satisfacer nuestra carne y viviendo para satisfacer nuestros deseos, de espaldas a Dios, qué era lógico que continuara en el versículo 4: "Bueno, Dios juzgó a los hombres. Y Dios trajo su juicio, Dios trajo su rectitud y nadie se pudo sostener delante del juicio de Dios." Pero eso no es lo que dice.
El versículo 4 dice: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en delitos y pecados" —otra vez lo dice Pablo— "nos dio vida juntamente con Cristo. Por gracia habéis sido salvados. Y con él nos resucitó, y con él nos sentó en lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús." Una vez más: "Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."
Es inexplicable lo que Dios hizo dada la condición en la que nosotros nos encontrábamos. ¿Qué fue lo que Dios hizo? Lo que Pablo nos dice es que usa cuatro razones por las que Dios hizo esto, y ninguna tiene que ver con nosotros. Por su misericordia, por su amor, por su bondad y por su gracia, Dios nos trató bien. No por algo que había en mí, no por algo que yo hubiese inspirado en Él. Es algo que emanó de su perfecto carácter, emanó de su amoroso carácter: su abundante misericordia, su gran amor, su enorme bondad, su gracia inexplicable. En Cristo nos dio vida.
Y eso viene a nosotros cuando nosotros creemos. Cuando decimos: "Sí, yo creo que tú eres Dios. Sí, yo estoy mal delante de ti y yo tengo una deuda contigo que no puedo pagar porque estoy muerto en delitos y pecados. Pero yo me acojo al pago que Cristo hizo por mí en la cruz, por mí, y me limpia y me hace acepto delante de ti, Padre, y me convierte en tu hijo." Y esa fe, dice el texto, es un regalo de Dios también. Y agrega al final: "No por obras, para que nadie se gloríe."
Por eso, al final de los tiempos, cuando la historia concluye en el libro de Apocalipsis, solamente vemos adoración a dos seres. En Apocalipsis 4 vemos que toda la creación se postra delante de Dios Padre. En Apocalipsis 5 vemos que toda la creación se postra ante el Cordero que fue inmolado por nosotros. Toda la gloria, todo el mérito, toda la exaltación corresponde a aquel que hizo posible que muertos pasaran a la vida.
La pregunta entonces que yo quiero responder en este mensaje es: ¿y para qué Dios hizo eso? ¿Cuál fue su propósito? ¿Para qué Dios me regenera espiritualmente, para qué me da vida en Cristo, para qué me salva? El texto también es claro en esto. Leámoslo de nuevo. Efesios 2:10: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús" —entendimos eso— "para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas."
De manera sencilla, Pablo presenta que la razón de la salvación, el motivo de la salvación, son las buenas obras, la ejecución de buenas obras en nuestras vidas. Un famoso predicador del siglo pasado lo puso de esta manera: para esto se te da la vida, para que tú hagas buenas obras en nombre de Dios. Es el propósito de nuestra salvación. La pregunta es: ¿y qué es eso? ¿Buenas obras?
¿A qué se refiere Pablo cuando habla de buenas obras? ¿A qué está haciendo alusión? Es importante que nosotros sepamos qué son las buenas obras, qué es algo tan extraordinario. ¿En qué consisten las buenas obras que nosotros estamos llamados a hacer?
Yo quisiera tratar de explicar las buenas obras. Primero, del pasaje derivemos algunas cosas que están ahí, que son claras acerca de las buenas obras, y luego utilicemos otros pasajes de Pablo también para explicar más extensamente lo que significa e implica las buenas obras.
Lo primero que es claro que está aquí, hermano, yo sé que es una redundancia de mi parte, pero me voy a correr el riesgo, es que tengamos claro, hermano: las buenas obras no salvan. Yo quiero que eso quede claro. Ya lo dijimos en el mensaje anterior, hoy lo he dicho también, pero quiero enfatizarlo en este punto. Claramente aquí, lo que Pablo dice es que hemos sido creados en Cristo Jesús para buenas obras, no por buenas obras. Es "para", no "por". Son el resultado, no la fuente de la salvación, ¿ok?
Así, Romanos 3:28, Pablo hablando en parte de esto, lo dice de la siguiente manera: "Así que somos declarados justos a los ojos de Dios por medio de la fe y no por obedecer la ley." ¿Les queda claro eso? Solo dice Romanos 3:28 literalmente. Segunda de Timoteo 1:9: "¿Quién nos ha salvado?" O sea, Dios nos ha salvado. "Quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús." No según nuestras obras. Tito 3:5: "Él nos salvó, no por las acciones justas que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia." Y obviamente el pasaje que leímos en Efesios 2:8-9: "Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."
Yo sé que estoy siendo redundante, yo sé que me estoy repitiendo, yo sé que estoy lloviendo sobre mojado; de hecho, lo estoy haciendo ahora mismo. Pero yo lo hago porque si hay algo que es común en la mente del hombre natural y de muchos cristianos es que de alguna forma las buenas obras que yo hago, las buenas acciones que yo hago hacia los otros, hacia Dios, como que colaboran con mi salvación. Tenemos la idea errada, antibíblica, de que "si te portaste bien aquí, te abren la puerta allá". El buen esposo, el buen padre, el buen ciudadano, el hombre responsable y serio que no robó, tiene la puerta del cielo abierta. Esa es la idea que mucha gente tiene.
Y aunque nosotros conocemos estos textos, como que nos resulta difícil decir "el bueno se condena". ¿Por qué? Porque no hay bueno, hermanos. Es que estamos todos, según Efesios 2:1 al 3, muertos en delitos y pecados. No todos pecamos en la misma proporción y de la misma manera, pero todos pecamos, todos estamos destituidos de la gloria de Dios. Las buenas obras claramente en este pasaje son claras: no son la fuente de mi salvación, son el propósito de mi salvación.
Miren cómo estas cuatro expresiones que están contenidas en el pasaje que acabo de leer lo dicen. Yo no sé cómo podríamos pedir más claridad de parte de la Palabra en cuanto a esto. Efesios 2:8-9: "Porque por gracia habéis sido salvados." Si nos quedamos ahí, es claro que dice: es un regalo de Dios, es algo que Dios nos concede por gracia. La gracia no es obligada, la gracia no es un pago, la gracia es un obsequio. "Por medio de la fe, y esto no de vosotros." Ahora, segunda expresión, ojo: no es tuyo eso, no fuiste tú que lo generaste, no fuiste tú que lo lograste. "Sino que es don de Dios." Ahora lo pone en positivo. No, es un regalo; otra vez no dice, es un regalo de Dios. Por cuarta vez no dice: "No por obras, para que nadie se gloríe."
¿Lo entendimos? Desistamos de pensar que si me porto bien Dios me abre el cielo. Comencemos a pensar que el cielo me es abierto cuando yo pongo mi fe en Aquel que sí se portó bien, que fue Cristo. En Aquel que fue tentado en todo, mas sin pecado, como dice Hebreos 4:15. Es en Él, es en acogernos a su vida, lo que nos da a nosotros los méritos de entrar a la presencia de Dios. Es por fe. Ciertamente podemos decir que es por obras que nos salvamos, pero no las nuestras, las de Cristo en nuestro favor.
Eso es lo primero que nosotros podemos decir de las buenas obras: las buenas obras no son la raíz y la fuente de nuestra salvación porque no salvan. Podemos decir entonces, en segundo lugar, que las buenas obras son el resultado de la salvación, son la consecuencia de ella, el fruto de ella. Ellas son la evidencia en mi vida de que hemos pasado de muerte a vida. Por eso Cristo dice: "Por sus frutos los conoceréis." El árbol que yo siembro de manzana, da manzana. El árbol que yo siembro de pera, da pera. El árbol que yo siembro de la gloriosa fruta del aguacate, da aguacate. ¡Oye, qué fruta bendita sea la fruta del aguacate! Es una cosa impresionante, el aguacate. La manzana, la pera, el aguacate: lo que sembramos es lo que sale.
Del hombre natural mana delitos y pecados. Del hombre que es alcanzado por Dios y pasa de muerte a vida, de él manan buenas obras. Es algo que sale, es algo que deseamos hacer ahora que hemos conocido a Dios y que Dios ha cambiado nuestro corazón y que nos ha dado una nueva vida.
Tito 2:14 lo pone de la siguiente manera, hablando de Jesús: "Cristo se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y para purificar para sí un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras." Deseoso. Esa palabra "celoso": somos un pueblo celoso de buenas obras. Deseoso de hacer buenas obras, de hacer lo que es bueno, de hacer lo que le agrada a Dios, lo que es recto, lo que es justo. Aun sean cosas que me duelan, pero las quiero hacer en mi interior porque Dios me ha hecho de nuevo, me ha hecho nacer de nuevo. Ya ha producido en mí una nueva intención, un nuevo instinto de actuación. El pueblo de Dios es un pueblo entusiasmado con hacer lo que es bueno.
Así como antes, cuando estábamos muertos en delitos y pecados, dice el versículo 3 de Efesios 2, andábamos en delitos y pecados, vuelvo y repito, y ese era nuestro deseo, ahora que tenemos vida hay un deseo distinto de andar en buenas obras. Es evidente, hermanos, que si yo no tengo ese impulso nuevo de cosas distintas a las que yo hacía antes, si yo no puedo identificar que en mi vida hay una intención de hacer cosas distintas a las que yo hacía antes, yo tengo que poner en duda si soy salvo.
La gente no se convierte cuando comienza a venir a la iglesia, hermanos. La gente no se convierte cuando dice: "Ahora yo soy miembro." Esa no es la evidencia de una conversión de un discípulo de Jesús. La evidencia es un celo por buenas obras, por buenas cosas, por servir, por ayudar, por contribuir, por colaborar, pero por ser santo también. Eso es parte de las buenas obras.
Entonces, estas buenas obras dice el texto que, increíblemente, Dios las preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Pero Dios no solamente preparó las obras para que andemos en ellas; Dios nos preparó a nosotros para que podamos hacer las obras que Él preparó, porque de antemano no teníamos la capacidad para hacerlas. Así como el carro es preparado para andar y transportar, y el teléfono es preparado para recibir llamadas y se le pone un chip para que lo haga, y el radio tiene transistores que le permiten captar la señal, de la misma manera el cristiano es adecuado, capacitado por Dios, para hacer cosas que él ni quería ni podía hacer antes. Y ahora, para mí, como es natural para el carro andar y para el teléfono recibir llamadas, para mí es natural ahora hacer las cosas buenas que Dios ha preparado de antemano para que yo ande en ellas.
No pasen por alto que el término que Pablo usa en cuanto a las buenas obras es que Dios las preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Esa expresión "andar" es la misma expresión que usa Pablo cuando dice que nosotros andábamos en delitos y pecados. ¿Y qué quiere decir Pablo con esta expresión "andar"? Para Pablo, andar es vivir. Lo que nos está diciendo es que Dios nos creó en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Él preparó de antemano para que vivamos en ellas, que eso sea la característica de nuestra vida. No es una buena obra que yo hago cuando cojo vacaciones, voy, visito una comunidad, descanso de recursos y le llevo regalos, y ese es el único bueno que yo hago en el año. No, no. Esto es algo habitual, esto es algo que caracteriza mi vida. Es un celo que sale de adentro y que se manifiesta afuera. Es fruto de mi salvación.
Por eso es que Pablo dice que Dios las preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Los reformadores del año 1500, 1600, 1700 solían decir que solo la fe justifica, pero la fe que justifica nunca está sola. Solo la fe justifica delante de Dios, pero la fe que justifica nunca está sola. Está acompañada de buenas obras, de una vida transformada, de una vida cambiada, de una vida cuyo resultado es evidente: que es un fruto distinto al que yo producía antes. Cuando veo, así como yo en una lancha veo para atrás y veo la estela de espuma en el mar, así mismo yo cuando veo mi vida, ahora que estoy en Cristo, veo la estela de buenas obras que dejo a la medida que camino. Es una vida caracterizada que anda en buenas obras, no sencillamente que las hace aquí y allí.
Pero yo quiero profundizar todavía más, porque hemos visto que las buenas obras no salvan, ciertamente son el resultado y deben caracterizar mi vida. Pero, ¿a qué nos estamos refiriendo como buenas obras? ¿Qué son? ¿Cuáles son las buenas obras? ¿Qué es eso que nosotros estamos llamados a hacer, que Dios preparó de antemano?
Yo quisiera dividirlas de la siguiente manera. Primero, hay obras que son encargos personales de Dios para nosotros. Son cosas que Dios quiere que Chacho haga. Yo soy Chacho, para los que no saben, cariñosamente. Torcí el seto.
Hay cosas que Dios quiere que yo haga. Por ejemplo, Jeremías 1, versículo 5, el momento en que Dios llama al profeta Jeremías. Oigan lo que Dios le dice: "Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré y te puse por profeta a las naciones." ¿Cómo Dios le da una responsabilidad así a un niño tan chiquito? Antes que tú nacieras, ya yo te dije que tú ibas a ser profeta a las naciones. Dios tenía un encargo especial para Jeremías desde antes de nacer.
En el caso de Pablo, ustedes saben mucho, saben la mayoría que Pablo en un momento dado era enemigo de la cruz, enemigo de Cristo. Y va caminando, no se sabe si cabalgando, pero va camino a Damasco, se encuentra con el Señor, él queda ciego por tres días, y luego el Señor le dice a un siervo llamado Ananías: "Ve donde Pablo, ora por él para que recobre la vista." Ananías no quería ir. Ananías le dice al Señor: "Pero ¿cómo yo voy a ir si es enemigo del camino, enemigo de la cruz, está metiendo presos a los cristianos? Yo no quiero ir a orar por él." Oigan lo que Dios le responde a Ananías en Hechos 9:15: "Pero el Señor le dijo: Ve, porque él, Pablo, me es un instrumento escogido para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel."
Dios tenía una obra particular, un encargo personal para Pablo, así como lo tuvo con Jeremías, así como lo tuvo con Moisés, así como lo tuvo con múltiples hombres de la Palabra, así como lo tiene conmigo. Dios tiene encargos personales, obras que yo voy a hacer en su nombre y que me toca a mí. Cuando pensamos en hombres famosos del Evangelio, de la fe, como Charles Spurgeon, podemos decir, teniendo cuidado con la forma como lo digo, pero la tarea de la mamá de Spurgeon fue criar a Spurgeon. Esa fue la tarea de ella. Dios la preparó para poner en su corazón, en el corazón de su hijo, las cosas que su hijo iba a necesitar para ser el hombre que fue. Obviamente la mano de Dios está detrás de todo.
Entonces hay estos encargos personales, cosas que Dios quiere que yo haga, que yo ejecute, que yo efectúe. Y la mejor manera de yo hacer lo que me toca es estar siempre siendo productivo en la obra de Dios, en la Palabra de Dios, de tal manera que yo me encuentre con estas obras en el camino de la santidad, en el camino de mi cultivo como creyente, como hijo de Dios. Me encuentro con esas cosas y Dios me las pone adelante. El que yo esté aquí predicando no es casual. Dios tenía esto para mí. Esto no es más especial que la obra que Dios te llama a hacer a ti en tu trabajo, en tu oficina: predicarle a hermanos que están ahí, hablarle a tu familia, reconciliar una relación que está cercana a ti. Hay obras que Dios quiere que tú hagas, que Dios va a hacer, que Dios ha preparado para ti específicamente. Abre tus ojos, permanece atento a lo que Dios puede hacer a través de ti.
Entonces estos son encargos personales, pero Dios también tiene encargos generales: buenas obras para todos los creyentes, que se supone que todos estamos involucrados en estas buenas obras. Segunda de Corintios 5:20 dice Pablo: "Así que somos embajadores de Cristo. Dios hace su llamado por medio de nosotros. Hablamos en nombre de Cristo cuando le rogamos a los hombres que vuelvan a Dios." Ahí Pablo nos da un encargo general, y así como ese encargo general hay muchos otros encargos generales que son buenas obras, que son cosas que estamos llamados a hacer todos. Todos en mayor o menor medida estamos, se supone, preparados y con la encomienda de llevar la verdad del Evangelio a los hombres que están alrededor de nosotros. Esta es la Gran Comisión.
Lo cierto es, hermano, como dice nuestro hermano también Bryan Chapell: el bien que Dios quería hacer lo ha ordenado a hacer a través de nosotros. El bien que Dios quería hacer lo ha ordenado a hacer a través de nosotros. Dios es un ser invisible, Dios no tiene cuerpo. Lo que Dios hace en esta tierra lo hace primordialmente a través de su pueblo. Esas son las buenas obras que Él ha preparado de antemano para que andemos en ellas. Cosas que me tocan a mí personalmente, llamados específicos, encargos propios, pero también hay encargos generales que Dios ha puesto hacia nosotros.
Y yo quiero hacer algunas preguntas simplemente para advertir o mostrar algunas de estas cosas que estamos supuestos a hacer. ¿Cómo llama Dios hoy en día al inconverso hacia sí? ¿Cómo es llamado el inconverso hacia Dios? ¿Cómo trae Dios esperanza a un mundo oscuro y enfermo por el pecado? ¿Cómo trae Dios amor al mundo frío y distante en el que vivimos? ¿Cómo protege Dios a los indefensos? ¿Cómo? ¿Cómo consuela Dios al que padece, al que sufre? ¿Cómo provee Dios a los necesitados? ¿Cómo reconcilia Dios el matrimonio fracturado? ¿Cómo hace Dios justicia hoy en día cuando todos parecen defender sus propios intereses?
Yo estoy de acuerdo que hay hombres que no son creyentes y que son impíos que pudieran ser instrumentos de Dios. La Biblia tiene ejemplos. El rey Ciro, un rey pagano, Dios le llama "Ciro mi siervo", porque Ciro hizo cosas que Dios quería que hiciera, pero no porque había comunicación ni relación con Ciro, sino porque Dios orquestó que Ciro hiciera eso que Dios quería, y por eso Dios le llama "Ciro mi siervo". Pero la obra de Dios en el mundo se hace primordialmente a través de los hijos de Dios. Son esas las obras que Dios ha diseñado, que Dios ha hecho de antemano para que nosotros andemos en ellas.
Tú estás pendiente. Cuando aparezca una buena obra a tu alrededor, para tú ocuparte de ella, abre tus ojos. Abramos nuestros ojos. Hay muchas oportunidades de servir, hay muchas oportunidades de amar, hay muchas oportunidades de perdonar, hay muchas oportunidades de ser honestos, hay muchas oportunidades de traer la verdad, hay muchas oportunidades constantemente de extender la mano y servir al que necesita y consolar al que padece. Muchísimas oportunidades. Abramos nuestros ojos, sensibilicemos el corazón, sintámonos como instrumentos de Dios útiles en sus manos para hacer esto: lo que Dios quiere que yo haga. Si Cristo estuviese en mi posición, Él hiciera esto. Esa es la buena obra que Dios nos ha llamado a hacer.
Entonces hay encargos personales de los cuales tenemos que estar pendientes, hay encargos generales de los cuales también tenemos que estar pendientes y ser obedientes. Pero hay un aspecto de las buenas obras que no son tanto obras en otros sino en nosotros. La Biblia llama también buenas obras a todo lo que contribuye con el cultivo de mi carácter personal, con el crecimiento, con el conocimiento de Dios, con el estímulo que yo me hago a mí mismo para las cosas espirituales. La Biblia llama eso buenas obras. Ocuparme de ellas sería excelente.
En Filipenses 1:6, Pablo hablándole a los filipenses les dice: "Estando convencido precisamente de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús." Pablo, interesante que ponga aquí a Dios haciendo buena obra. Pablo dice: la salvación, o sea la buena obra en nosotros, cuál es la obra de salvación, esa es la buena obra de Dios en nosotros. Y de hecho un poco más adelante, a los mismos filipenses les dice en su capítulo dos, versículos doce y trece: "Así que, amados míos, tal y como habéis obedecido, no sólo en mi presencia sino también mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer para su buena voluntad."
Miren, para atrás nos dijo: la buena obra de Dios en ustedes, Dios la perfeccionará. Y aquí nos dice a nosotros: ocúpense en su salvación con temor y temblor. ¿Cómo así? ¿Es Dios que la va a perfeccionar o somos nosotros que nos tenemos que ocupar? No, las dos cosas. Dios ha puesto en nosotros el querer como el hacer. Dios me ha dado deseos de ser santo, deseos de complacerlo, y me ha dado el querer como el hacer, como la capacidad de ser. Por lo tanto, ocupemos nuestro tiempo en cultivar la santidad, en cultivar el carácter personal, en cultivar la piedad, de tal manera que nos unamos al trabajo de Dios en nosotros. Esto es una buena obra.
De ahí que Pablo le dice a su discípulo amado Timoteo, en Primera de Timoteo 4, versículo 7: "Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad, porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y para la vida futura." Pablo le dice a Timoteo, usa la palabra "disciplínate", que es una palabra que se usa en el contexto del deporte, de las artes. Una disciplina es algo que yo hago de manera esforzada con la convicción de que tiene un beneficio, un provecho. Y Pablo usa esta palabra de disciplínate para la piedad. La confección de un cuerpo físicamente bonito, por ejemplo, es un trabajo esmerado de la disciplina deportiva y atlética, verdad. La confección de un alma piadosa, de un alma que agrada a Dios, es el resultado del trabajo esmerado en las cosas de Dios.
Pablo le dice: ocúpate de eso. El ejercicio físico para poco aprovecha. No es que dice que no sirve para nada, sino que no es tan útil como lo es el esfuerzo para tú cultivar tu yo interior. La piedad en ti, la piedad es tu sujeción a Dios, tu servicio a Dios, tu vida enfocada en agradar a Dios. Ese es el cultivo que Pablo le dice a Timoteo que él quiere que se haga.
Y algunos pudieran preguntar: bueno, ¿por qué Pablo habla en estos términos? Si acabamos de decir que las buenas obras son el resultado de mi salvación, eso no debería ser natural. ¿Por qué Pablo dice "disciplínate para la piedad"? ¿No debería ser que yo me quiero levantar todos los días a las cinco de la mañana a orar y leer tres horas diarias de Biblia? ¿No debería ser eso natural en nosotros? Bueno, en un sentido. Lo que pasa es que hay una complejidad adicional que quiero comentarles: sucede que la nueva vida que Cristo nos dio, la nueva naturaleza que nos dio, cohabita con una carne que tiene deseos contrarios a esa vida.
¿Qué problema? Y así como el cuerpo no se quiere levantar a las 5 de la mañana ni siquiera para el gimnasio, tampoco lo quiere hacer para cultivar la piedad. Romanos 7:21, Pablo dice, habla de esto y dice: "Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí." ¡Qué cosa! No, yo sé, yo... es capaz, yo tengo que hacer eso, ¿verdad? Qué dipo necesita. Pero después la carne tiene otra opinión. "Yo no creo que nos vamos a levantar tan temprano. ¿Qué vamos a hacer esto? ¿Qué vamos a aquello?" Y que vamos a renunciar a estos apetitos de la carne. Y ciertamente Gálatas 5 del 16 en adelante dice que hay una guerra entre los deseos de la carne y los deseos del Espíritu.
Y yo tengo entonces este dilema, pero yo tengo que moverme por la convicción siguiente: yo tengo una nueva vida en Cristo y Dios me ha dado el querer como el hacer. O sea, que yo puedo. Dispongamos nuestras almas a perseguir y disciplinarnos para la piedad, y ustedes verán cómo el cuerpo sigue atrás de él. Confiemos en Dios de que Él nos ha dado la capacidad para hacer esto.
Esta lucha que le acabo de describir es la razón por la que Pablo exhorta en múltiples de sus cartas a que la gente procure las buenas obras, busque las buenas obras, porque aunque son un resultado, todavía la carne se opone a las buenas obras. Tito 3:8 dice: "En cuanto a estas cosas quiero que hables con firmeza, para que los que han creído procuren ocuparse en buenas obras." Tito 3:14: "Y que nuestro pueblo aprenda a ocuparse en buenas obras, atendiendo las necesidades apremiantes, para que no estén sin fruto." Primera de Pedro 2:12 dice: "Mantengan entre los gentiles una conducta irreprochable, manténganla, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de su visitación."
En Primera de Timoteo 6:18, Pablo le dice a Timoteo: "Oye, Timoteo, dile a los ricos en este mundo, enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir." O sea, Pablo exhorta de manera reiterada a las buenas obras, a las buenas obras, porque aunque son naturales, la carne se opone a ellas. Hermanos, no le hagamos caso tanto a lo que la carne dice, sino a lo que la Palabra nos dice. Estimulemos en nosotros el celo por buenas obras. Procuremos estar atentos a las oportunidades de buenas obras, de servir a otros, de amar a otros, de consolar a otros, y de también nosotros disciplinarnos para la piedad.
Estemos pendientes de estas cosas, porque hermano, el que cree que está firme, cuide que no caiga, Primera de Corintios 10:12. Sí, tenemos que estar pendientes. Si nos descuidamos, la vida de buenas obras en la que estamos supuestos a andar se va a debilitar, para el desagrado de nuestro Dios, y la tristeza del Espíritu Santo también.
¿Qué necesitamos? Entonces dos cosas, dos consejos, que son una verdad para mí como para todos nosotros. Juan 15:5 ciertamente dice Jesús: "Yo soy la vid, ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer." El libro de Hebreos también nos dice que mantengamos fija nuestra mirada en Cristo, en Jesús, el autor y consumador de la fe.
Aquí Cristo dice que Él es el tronco, nosotros las ramas. Si nosotros no mantenemos fresca, vital, entusiasta, una entusiasta relación con nuestro Señor, muy bien de su Palabra, y meditando lo que Cristo hizo por nosotros, nos vamos a debilitar. Tenemos que estar pegados al tronco. Nosotros somos puras ramas. Si nosotros nos cortan del tronco y nos ponen, como pasa con las ramas en la vida real, si la cortan del tronco y ya el alimento no fluye hacia ellas, las ramas se secan al otro día, literalmente.
¿Qué mantiene a un cristiano fresco en sus afectos por Dios, en su deseo de procurar las buenas obras? Una meditación constante y regular, lo más regular que podamos, en la persona de Jesús, en su sacrificio por nosotros, en su amor por nosotros, en la gracia que hemos recibido en Cristo, en la gloria de nuestro Señor. Eso nos estimula. El amor de Cristo hacia Pablo: "Me impulsa, me apremia." Cuando pienso en su amor, es increíble que yo, estando muerto en delitos y pecado, se me ha dado vida en Cristo.
Y lo segundo, hermano, que quiero enfatizar y decir, estimularles, que no minimicemos el efecto que tiene estar presente en la iglesia, no solamente aquí, sino en la iglesia, sobre nuestra vida espiritual. Hebreos 10:24, oigan cómo dice: "Y consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre."
Cuando digo venir aquí a la iglesia, muy bien, lo domingo, sí, pero yo tengo que conectarme con la gente. Yo tengo que tener una vida de comunión. Yo tengo que exponer mi vida frente a otros, y que otros expongan su vida frente a mí, porque hay un estímulo a las buenas obras. Y recuerden, buenas obras no solamente servir a otros, sino el trabajo de Dios en mí. Ese estímulo a las buenas obras, a ser mejor, a ser más santo, a cultivar la piedad, me viene por vía de los hermanos, en la medida que yo me congrego y me conecto los unos con los otros.
Venir aquí, hermanos, un domingo y salir sin conectarme con nadie, es como ir a una charla de un motivador. Voy a un auditorio, escucho una buena charla que me sirve para algo, para yo sentirme mejor, y salgo, pero no tengo conexiones que transforman mi vida. Por tanto, mi dependencia de Cristo y mi dependencia del cuerpo de Cristo va a alimentar en mí el deseo por buenas obras, de tener mucho fruto, y por lo tanto entonces voy a ser más productivo.
Ahora, ¿para qué hacemos todo eso entonces? ¿Cuál es el motivo, la razón de las buenas obras? ¿Es sentirnos nosotros bien, es sentir más tranquila nuestra conciencia de que estamos haciendo la diferencia en el mundo? No, eso es parte de. Pero Jesús, hablando de nosotros sus hijos, dice Mateo 5:16: "Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones, obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos."
Al final, el objetivo último es que, observada mi vida, glorificado Dios. Visto lo que yo hago y cómo vivo, cómo ando, la gente diga: "¡Gloria a Dios!" La gente no diga: "Wow, qué devoto, qué entregado, qué bonito." Eso es parte de, pero al final que diga... Eso no fue intencional, eso fue un efecto no intencional. Pero al final, que la gente diga: "¡Gloria al Dios de esa persona!" Porque lo que esa persona hace, cómo esa persona vive, no es normal, no es habitual ver eso. Ante esta situación cualquiera reacciona con ira, él reacciona con gracia. Ante esta situación cualquiera guarda resentimiento, él quiere perdonar. Ante esta situación la gente agarra el dinero, él quiere dar. Ante esta situación... ¡Eso no es humano! ¡Gloria a Dios!
Por eso, habiendo dicho todo eso entonces, hermano, ¿cómo pudiéramos leer nuevamente Efesios 2:10? ¿Acuérdense que Efesios 2:10 decía? "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas."
Vamos a ponerle todo lo que hemos explicado y vamos a reescribir Efesios 2:10 de la siguiente manera: Porque somos la confección esmerada de Dios, somos su obra maestra, recreados, regenerados espiritualmente, gracias a la perfecta y poderosa obra redentora de Cristo, y producto del perfecto e inexplicable amor de Dios para con nosotros, con el propósito de que seamos como Él es y hagamos las obras que Él quiere que hagamos. Y agrego: con miras a que cuando otros nos vean vivir, digan: "¡Glorificado sea su Dios!" Que eso sea una realidad en nosotros, hermanos.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.