La consolación de Dios no es genérica ni distante: es paternal, personal y perfectamente proporcional a la aflicción que enfrentamos. Cuando abundan los sufrimientos, abunda también su consuelo. Como lo expresó la poeta Annie Flint: "A mayor aflicción, mayor su misericordia; cuando se multiplica la prueba, él multiplica su paz". Esta proporcionalidad explica la fortaleza de los mártires y de hombres como el apóstol Pablo, quien llegó a perder toda esperanza de salir con vida durante una aflicción en Asia. Pensó que había llegado al final, pero fue precisamente ahí donde Dios intervino, como un anestesiólogo que administra exactamente lo necesario en el momento preciso de la cirugía.
¿Por qué permite Dios que sus hijos lleguen a tales extremos? Pablo lo dice con claridad: "a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos". Las crisis severas tienen la particularidad de poner en perspectiva nuestros recursos limitados y revelar dónde realmente descansa nuestra confianza, si en pólizas y seguridades humanas o en el Dios que llamó las cosas que no son como si fueran. El fin de nuestra fortaleza es apenas el comienzo de la suya.
Esta consolación divina tiene además un propósito comunitario: cuando compartimos nuestras aflicciones, las oraciones aumentan, las respuestas se multiplican y la gratitud crece. Así, el pueblo de Dios experimenta unido los colores plenos de su gracia. Cualquiera sea la dificultad que enfrentemos, no estamos en manos de Satanás sino en las manos de nuestro Padre; lo que necesitamos es descansar en ellas.
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Aquí vengo a leer en su Palabra. Segunda carta a los Corintios, ese es nuestro texto otra vez. Estamos continuando el mensaje del domingo anterior, que titulamos "El Dios de toda consolación". Esta es la segunda parte. Volveremos a leer el texto una vez más, del versículo 1 hasta el versículo 11 del primer capítulo de la segunda carta de Pablo a los Corintios, para continuar donde nos habíamos quedado.
"Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto con todos los santos que están en toda Acaya. Gracia y paz a vosotros de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois partícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación. Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que aún nos ha de librar. Cooperando también vosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos."
Padre, gracias una vez más por mostrar tu abundante misericordia y bondad en los textos de tu Palabra y por mostrarte a nosotros de la manera como realmente tú eres. Pero en el texto de hoy tú tienes cosas que decirnos acerca de la forma como nosotros debiéramos pensar acerca de ti en medio de la aflicción. Ninguno de nosotros es extraño a la aflicción, o la aflicción no es extraña a nosotros. Nosotros te pedimos que tú nos permitas entender aquellas cosas que tú has programado para que en el día de hoy se escuchen en este lugar, conforme a tu providencia. Habla, Dios, que tus siervos escuchen. En tu nombre, Jesús.
Bueno, la semana pasada vimos la primera parte de este mensaje del Dios de toda consolación. Hoy continuamos el mensaje, pero necesitamos conectarnos otra vez con aquellas cosas que habíamos dejado atrás la semana pasada, de forma que usted pueda entender mejor la continuación, y aquellos que no estuvieron con nosotros por alguna razón puedan realmente seguirnos en el día de hoy.
Pero en esencia, el apóstol Pablo en este texto hace dos grandes cosas: él nos presenta al Consolador y él introduce su consolación. Desde el Consolador, vimos en el mensaje anterior que él es el Padre de toda consolación y el Dios de misericordias. Y de la consolación comenzamos a ver cómo Pablo veía diferentes aspectos de la misma, y citamos cinco de esos aspectos, pero solamente logramos cubrir dos de ellos.
Y mencionamos bajo ese contexto entonces que la consolación de Dios es perfecta, porque es traída al hijo de Dios a la hora de la necesidad de una manera particular para su necesidad en el momento. Y dijimos que dentro de esa perfección de la consolación, si hay algo que podíamos o debíamos recordar, es justamente que es una consolación paternal, porque viene de parte de aquel que nos ha engendrado físicamente y nos ha engendrado espiritualmente. Y dijimos también que no solamente es una consolación paternal, sino que es personal, porque la forma como Dios consuela, por ejemplo, a una madre que ha perdido a un hijo no es la misma forma como Dios consolaría a un hombre que ha perdido su negocio.
En segundo lugar, vimos que no solamente la consolación es perfecta, sino también que siempre está llena o viene con propósito. Y el primero de esos propósitos lo vimos en el versículo 4, donde se nos dice que Dios permite la aflicción y luego nos consuela para que nosotros podamos aprender a consolar a otros con el mismo consuelo que hemos sido consolados.
Y es ahí donde yo quiero continuar hoy entonces, porque lo que el apóstol Pablo hace es que en el versículo 6 del texto que leímos, él muestra cómo el versículo 4, al que yo acabo de citar, se hace realidad en su vida con relación a los corintios. En otras palabras, de qué manera la consolación que Pablo ha recibido de parte de Dios debe resultar en consolación para los corintios cuando tiene que ver con esa relación Pablo-corintios. Escúchalo en el versículo 6: "Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos."
Lo que Pablo está diciendo es que las aflicciones que Dios ha permitido en su vida, cuando él las recuenta a personas como los corintios, resulta que al ellos escuchar el testimonio de Pablo, y aun nosotros, al leer esos testimonios de este hombre hoy, somos confortados, consolados, somos fortalecidos en medio de nuestras aflicciones, justamente por el legado y el testimonio de este hombre que supo caminar con Dios. Esa es la realidad de los testimonios de los héroes de la Biblia. Esa es la realidad cuando leemos acerca de las historias de los mártires de la iglesia: de alguna manera nosotros como que cobramos ánimo al leer acerca de sus vidas.
El apóstol Pablo dice algo similar cuando le escribe a los filipenses en el capítulo 1 de dicha carta, versículos 12 al 14: "Y quiero que sepáis, hermanos, que las circunstancias en que me he visto han redundado en el mayor progreso del evangelio." Me he encontrado en circunstancias difíciles. El evangelio ha aumentado, ha progresado, se ha expandido, "de tal manera que mis prisiones por la causa de Cristo se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y a todos los demás." Y escucha: "Y que la mayoría de los hermanos, confiando en el Señor por causa de mis prisiones, tienen mucho más valor para hablar la palabra de Dios sin temor."
Pablo nos está diciendo que hermanos han escuchado que Pablo estaba detrás de los barrotes, han escuchado la actitud con la que Pablo ha asumido las cárceles, y que cuando ellos han visto, han leído, han escuchado acerca de cómo Pablo entendió sus prisiones, cómo las aceptó, cómo entendió que formaban parte del plan de Dios, ellos cobraron valor para predicar la Palabra aún con más denuedo. Tú puedes ver que la consolación de Dios detrás de los barrotes, recibida por Pablo, resultó en consolación, afirmación y fortalecimiento de la fe de los corintios, o de la fe de los creyentes en general, para predicar la Palabra con más valor. Tú puedes ver el versículo 4 aplicado en el versículo 6 a la vida de Pablo.
Y esa es la realidad. Yo creo que cada uno de nosotros que está familiarizado con la historia de Job puede testificar que cuando tú lees su biografía, si pudiéramos decir, hay algo que nos anima a ser más pacientes en la aflicción, sobre todo cuando Dios parece ausente, cuando Dios parece no aparecer. ¿Cómo fue la historia de este hombre? Cuando tú lees acerca de Abraham y cómo a un solo mandato obedeció y puso a su hijo sobre el altar, estaba dispuesto a sacrificarlo, hay algo en mí que responde con una mayor confianza en Dios. O cuando tú lees la historia de Daniel, que trató de vivir, o que vivió en integridad delante de su Dios una y otra vez, yo he sido estimulado a lo largo de mis años a tratar de vivir en integridad como Daniel lo hizo delante del mismo Dios, justamente porque yo puedo ver la obra de Dios en este profeta de Dios.
Y eso es exactamente lo que Pablo nos está diciendo: que la consolación de Dios, que es perfecta, que es personal, que es paternal, que tiene propósito, es una consolación que es usada por nuestro Dios para consolar a otros con el consuelo que nosotros aprendimos de él y que ahora podemos dar a otros.
Ahora, quizás algunos me están escuchando y están pensando: "Pastor, pero si le digo la verdad, yo como que nunca he sentido esa consolación de que la Palabra habla." Es posible. Yo he tenido personas así en consejería. Pero eso muchas veces se da —asumiendo, claro, que la persona es nacida de nuevo— porque experiencias del pasado me han hecho construir, y hablamos algo de esto la semana anterior también, barreras tan altas, tan gruesas, que ni siquiera me permiten sentir el abrazo de Dios en medio de la aflicción. Estoy tan amurallado, estoy tan protegido, estoy tan cubierto debido a mis temores, que ni siquiera los brazos de Dios se sienten cerca.
Y Dios permite muchas veces esas aflicciones para derribar dichos muros, para que yo pueda sentir su consolación y para hacer de mí un testimonio. No simplemente para que yo dé un testimonio, sino para que yo sea un testimonio andante de su gracia, de su poder, de su misericordia, de todo lo que él es. Y Dios nos fortalece en la prueba, en la aflicción, en la dificultad, entre otras cosas, no solamente para tratar conmigo, no solamente para formarme a su imagen, sino para hacer de mí un testimonio que sirva a otros de consuelo y de ayuda, y de legado para que ellos puedan continuar caminando más fielmente con Dios.
Y ahora entonces quiero que veas esta consolación de Dios, que no solamente es perfecta, que no solamente tiene propósito, sino que es una consolación proporcional a la condición en la que te encuentras, que es una consolación precisa o propicia para la ocasión. Y quiero que veas finalmente el producto final de nosotros vivir toda esa consolación como cuerpo de Cristo, como comunidad de creyentes.
Escucha la proporcionalidad de su consolación, el versículo 5: "Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia" —esa es la palabra clave, abundancia, son nuestros en abundancia los sufrimientos de Cristo— "así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo." La frase "los sufrimientos de Cristo" algunos la han tomado, unos pocos, como los sufrimientos que Cristo tuvo en la cruz, pero la mejor interpretación del texto no es esa. Son los sufrimientos típicos del cristiano que ha abrazado la cruz de Cristo, que está viviendo por la causa de Cristo, que vienen como parte del llamado. Esos sufrimientos en dos mil años de historia han abundado en la vida de los hijos de Dios, pero conjunto con su abundancia ha sobreabundado la gracia y la consolación de Dios, de tal manera que esa consolación es siempre proporcional.
Escucha al apóstol Pedro diciendo algo parecido en la primera carta, capítulo 4, versículo 12 y 13: "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo." Esa es la primera parte. Amados, en esta vida hay pruebas y son pruebas de fuego, y tú debes entender que esas cosas no son la excepción, sino que son parte de la regla de caminar o de correr el maratón, de manera que esto no te debe resultar extraño, no te sorprenda.
Pero escucha algo más: "Antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo" —la medida en que compartes los padecimientos, no los padecimientos de la cruz, porque eso no lo podemos compartir, eso fue para salvación— "pero en la medida en que compartes los padecimientos de Cristo, como parte del peregrinar cristiano, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría." Participan los padecimientos, participan la alegría en la revelación de Jesucristo.
De manera que tanto Pablo como Pedro nos hablan de la proporcionalidad de la consolación de Dios en medio de la tribulación: cuando abundan las tribulaciones, abunda su consuelo. Quizás una buena ilustración de eso —ya lo usé en el servicio anterior— tú lo puedes ver en la práctica de la medicina. La cantidad y el tipo y la profundidad de la anestesia que es administrada depende de la severidad, si pudiera usar la palabra, o de la complejidad de la cirugía que vamos a realizar. La anestesia que tú usas para suturar una herida en un dedo es una anestesia local, ligera, pasajera. Y la anestesia que tú usas para operar un paciente de apendicitis es algo ya un poco más profundo, de más implicaciones, vamos a decir. Pero eso no se asemeja a la cantidad y el tipo de anestesia usada a la hora de abrir el tórax de un paciente y hacer una cirugía de corazón abierto. Entonces, una anestesia mucho más profunda.
Y de esa misma manera que la anestesia es proporcional al dolor por el cual el paciente pudiera pasar, de esa misma forma la consolación de Dios es proporcional a la dificultad, a la aflicción en medio de la cual su hijo se encuentra. Ahora puedo respirar. Perdón el traductor que está ahí siguiendo.
Escucha lo que el versículo 5 dice otra vez: "Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo." Hay una proporción. Eso mismo es repetido en el versículo 7: "Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación." Sois copartícipes de los sufrimientos, sois copartícipes de la consolación. De la manera en que el sufrimiento aumenta, de esa manera aumenta la consolación.
Nadie lo ha dicho mejor que Annie Flint en este himno que escribió hace muchos años atrás, "He Giveth More Grace" —Él da más gracia— escrito en un inglés antiguo, obviamente porque tiene años ya de escrito. Yo voy a leer algunas porciones del himno en inglés y lo voy a traducir. Pero quise leer la parte en inglés para los que hay de ustedes que hablan inglés, y porque en la traducción a veces se pierden pequeñas cosas que yo quisiera que no las perdieras si las pudieras aprovechar. Recuerda que está escrito en un inglés antiguo.
"He giveth more grace when the burdens grow greater. He sendeth more strength when the labors increase. To added affliction, He addeth His mercy. To multiplied trials, He multiplies peace."
En español: Él da más gracia cuando la carga se hace más grande. Él nos da más fortaleza cuando la labor se hace más pesada. A mayor aflicción, mayor su misericordia. Cuando se multiplica la prueba, Él multiplica su paz.
"His love has no limits" —su amor no tiene límites— "His grace has no measure" —su gracia no tiene medida— "His power no boundary known unto men" —su poder no tiene frontera conocida por el hombre— "For out of His infinite riches in Jesus" —porque de sus riquezas infinitas en Jesús— "He giveth and giveth and giveth again" —Él da y da y da otra vez.
A la medida que aumenta la aflicción, aumenta la gracia, aumenta su compañía, aumenta su paz, aumenta su poder, aumenta su fortaleza. Exactamente como el anestesiólogo. Y recuerda que la anestesia no se te da la noche antes de la cirugía, se te da en el momento de la cirugía. Y en ocasiones, cuando el anestesiólogo se percata de que te hace falta más anestesia porque tú haces algún gesto mientras te están cortando, en ese momento él inyecta más anestesia para que sea proporcional con lo que se está haciendo. Así es nuestro Dios, pero mejor. Mucho mejor que un anestesiólogo humano.
Eso, yo creo, explica la fortaleza de los mártires. Nosotros leemos acerca de hombres y mujeres que fueron quemados en la hoguera y nosotros nos preguntamos y decimos: "¡Wow! ¿Pero sería yo capaz de pasar por una prueba de esa naturaleza?" Bueno, en este momento no, pero si tú eres un hijo de Dios y Dios te ha preparado para la prueba, en el momento de la prueba Él te va a asistir de tal forma que tú puedas pasar la prueba como otros la han pasado. ¿Por qué? Él va a crecerse de manera proporcional con aquello que su providencia permitió, orquestó y trajo a tu vida.
¿Cuántos de nosotros no quisiéramos experimentar el nivel de gracia, de consolación, de compañía que el apóstol Pablo experimentó? ¿Cuántos de nosotros quisiéramos eso? Todos nosotros, cierto. Pero para experimentar eso tenemos que experimentar la misma cantidad de padecimiento que él pasó. ¿Cuántos de nosotros quisiéramos eso? Las cosas comienzan a cambiar. Pero yo no puedo experimentar toda la gracia y toda la consolación y toda la compañía y toda la fortaleza de un Pablo si yo no experimento todas las aflicciones del mismo Pablo, porque son proporcionales a las condiciones y situaciones por las cuales nosotros atravesamos.
De manera que presta atención a la consolación de Dios que es perfecta, que tiene propósito, que es proporcional. Y no solamente es todo eso, sino que es una consolación que es precisa o propicia para el momento. Los versículos 8 al 11 dicen: "Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que Él aún nos ha de librar."
Déjame pausar y leerte eso otra vez de la Nueva Traducción Viviente. Es el mismo texto, pero con palabras que te pudieran permitir atesorar esto un poco mejor. Escucha: "Amados hermanos, pensamos que tienen que estar al tanto de las dificultades que hemos atravesado en la provincia de Asia. Fuimos oprimidos y agobiados más allá de nuestra capacidad de aguantar, y hasta pensamos que no saldríamos con vida. De hecho, esperábamos morir. Pero como resultado, dejamos de confiar en nosotros mismos y aprendimos a confiar solo en Dios, quien resucita a los muertos. Efectivamente, Él nos rescató del peligro mortal y volverá a hacerlo de nuevo. Hemos depositado nuestra confianza en Dios y Él seguirá rescatándonos."
Pablo no nos dice cuál fue la dificultad, cuál fue la aflicción; solamente nos dice que fue en Asia. Asia era la parte occidental de la provincia conocida como Asia Menor, una provincia del Imperio Romano que hoy corresponde básicamente a lo que es Turquía y algunas de las islas ahí en el sur. De manera que en esta región, en algún lugar, Pablo experimentó una aflicción donde él dice que fue "abrumado sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida."
Abrumar a Pablo no era una cosa fácil. Hacer que un Pablo perdiera la esperanza no era una experiencia de todos los días. Y este veterano del dolor dice que llegó un momento donde él pensó: "Aquí terminamos." La palabra traducida aquí en este texto, para ayudarnos a ver cómo Pablo perdió la esperanza, es una palabra griega que implica una imposibilidad total, absoluta, de encontrar una salida de escape de una circunstancia opresiva. Pablo se encontró en una circunstancia donde humanamente él —el veredicto de él mismo en su interior— fue que había una imposibilidad absoluta de poder salir de esta situación con vida.
Ahí está tu Pablo. El apóstol a los gentiles, designado por Dios, en la providencia de Dios colocado en una circunstancia que Pablo describe como abrumadora en gran manera.
Que el apóstol describe como algo que sobrepasaba sus fuerzas humanas. Un hombre ya experimentado, un hombre de grandes fortalezas de confianza en el Señor. La situación fue tal que sobrepasó dicha fortaleza, hasta el punto que él perdió la esperanza de que iba a salir con vida. Y de hecho, en su corazón Pablo determinó, concluyó: "Mi vida terminó." Escucha cómo lo dice en el versículo 9: "De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte."
Nosotros no tenemos claro cuál fue esa circunstancia. El apóstol pasó por tantas situaciones de dificultades distintas y de tanto peligro que es imposible predecir cuál de ellas fue. Y lo que se ha hecho es especular un poco. Algunos hablan de que quizás esa fue la ocasión a la que él se refiere en la primera carta a los Corintios, capítulo 15, versículo 32, cuando él habla de las fieras de Éfeso. Algunos piensan que pudieron haber sido fieras reales a las que él se tuvo que enfrentar; otros piensan que quizás es una metáfora para referirse a hombres malvados, feroces como lobos rapaces, a los que tuvo que enfrentarse. Quizás esa pudo haber sido la ocasión.
Otros piensan que quizás fue la oposición a la que él se enfrentó en Éfeso también, de la cual él les habla a los corintios en el capítulo 16, versículos 8 y 9, donde él habla de que se había abierto una puerta grande para el ministerio, pero que había muchos adversarios. Otros piensan que quizás fue cuando Pablo recibió treinta y nueve latigazos; había gente que no sobrevivía al castigo, lo pasó por ahí, y él cuenta acerca de eso en esta segunda carta, en el capítulo 11, versículo 24. Otros piensan que quizás fue aquella ocasión en Éfeso cuando se produjo un alboroto, que toda la ciudad fue como emocionada, cuando Demetrio el platero agitó a los demás fabricantes de estas estatuillas porque Pablo estaba hablando en contra de ellas, y el negocio estaba siendo afectado, y se alborotó tanto que toda la ciudad se vio involucrada. Quizás en esa ocasión. Y todavía otros piensan que quizás fue una enfermedad, algo de salud física que afectó a Pablo, que formó parte de ese aguijón en la carne del que él habló.
Al final del camino no sabemos. Lo que sí sabemos es que fue una circunstancia extrema de donde Pablo fue rescatado en el último momento, después de haber concluido: "Aquí terminamos." Y por eso yo quería que tuvieras esa palabra propicia, o propicio. Es la consolación de Dios, porque justo en el momento de la muerte Dios le rescató. Justo en el momento en que todo lo había perdido, Dios fue propicio y preciso a su siervo, y le consoló y le rescató.
Alguien pudiera preguntarse: ¿Por qué Dios, que ha elegido a este hombre desde el vientre de su madre, o desde antes de nacer, permite que caiga en una situación de desesperación tal? ¿Cuál sería el propósito? ¿Cuál sería la intención? Bueno, si no supiéramos la respuesta de parte de Pablo, no tendríamos qué decir, pero él dice la razón para la que Dios hizo eso con claridad en el versículo 9, segunda parte: "A fin de que..." Recuerda, eso es una frase de propósito. "A fin de que no confiáramos en nosotros mismos."
Pastor, entonces, ¿la razón de toda esta odisea en la vida de Pablo hasta llevarlo a desesperar era para enseñarle a no confiar en él mismo? Y enseñarnos a nosotros hoy, dos mil años después, lo inútil que es la confianza en la habilidad y fortaleza humana. Así es. Y nosotros podamos aprender que cuando nosotros hemos consumido todos nuestros recursos, todas nuestras fortalezas, toda nuestra sabiduría, toda nuestra esperanza, es entonces cuando Dios apenas ha comenzado.
Decía alguien que las crisis severas tienen la particularidad, o tienen una forma, de poner la vida y nuestros recursos limitados en perspectiva. Déjenme repetirlo y luego lo voy a ilustrar: las crisis severas tienen la particularidad de poner toda la vida y nuestros recursos limitados en perspectiva.
Imagínate que tú tienes un carro y estás en tu casa tranquilo. Tú lo parqueas ahí afuera y sales al otro día, y cuando sales resulta que alguien se ha estrellado contra el carro y prácticamente lo ha dejado destruido. Probablemente, si esa es tu experiencia, por las próximas varias semanas tú no te dejarás de quejar de que en este país, en esta ciudad, no hay seguridad. "Mira lo que pasó. Dejé mi carro, yo me fui a acostar, destruido. ¡Qué cosa!" Y nunca terminarían tus quejas acerca de tu carro que está destruido.
Pero imagínate ahora que tú vas manejando en tu carro antes de esa experiencia, y que tú tienes un accidente y te vas por un precipicio, y el carro queda completamente destruido, pero tu vida es salvada. Y ahora, por las próximas semanas, tú no te cansas de dar gracias a Dios de que lo único que se perdió fue el carro. El mismo carro. Pero como esta crisis del accidente fue severa, asumiendo que estoy quedando malparado, maltrecho, pero con vida, ahora todo queda en perspectiva. Y tú puedes darte cuenta, puedes aprender, puedes apreciar que este carro realmente no vale tanto como tu vida misma. Las crisis severas tienen la particularidad de poner la vida y nuestros recursos limitados en perspectiva.
Amado, nunca olvides que el fin de nuestra fortaleza es el comienzo de la suya. Y el fin de nuestra lucha es el comienzo de su paz. El fin de nuestra fortaleza es el comienzo de la suya. El fin de nuestra lucha es el comienzo de su paz. Nuestras inquietudes, nuestras luchas, frecuentemente nos impiden experimentar la paz de Dios, precisamente.
Es de ahí que el apóstol Pablo lo puede experimentar. Puede hablar de que su poder se perfecciona en la debilidad. En el momento de máxima debilidad, Dios pone en ejercicio su poder de una forma tan milagrosa que libra a Pablo de la muerte. Prácticamente lo resucitó. Pero sin esa experiencia, Pablo jamás hubiese podido hablar de que su poder se perfecciona en la debilidad.
Dios conoce nuestra naturaleza. Y él conoce que, más frecuente que no, nosotros confiamos en nuestras habilidades, en nuestros dones, nuestros talentos, nuestra preparación, nuestra experiencia, lo que sabemos, lo que conocemos, un nombre que hemos hecho. Y Dios, conociendo todo eso, quiere desarraigar desde lo más profundo todas esas cosas y formas idolátricas de nosotros vivir la vida cristiana.
Y la manera como eso luce es tan normal que no nos damos cuenta. Nosotros decimos que confiamos en Dios hasta que quizás nos dan un diagnóstico equis. O hasta que yo me pongo a pensar: "¿Sabes qué? Yo vivo en esta casa, pero yo no tengo alarma." O: "Yo vivo en este lugar, pero no tengo una póliza contra robo. Cuándo tengo una póliza de vida." O no tengo un seguro de vida, que sería lo mismo. Y tú comienzas entonces a darte cuenta que tu tranquilidad estaba descansando en una póliza y no en Dios.
El problema no está en la póliza. El problema está en el lugar que yo estoy permitiendo que la póliza tenga en mi vida. La primera póliza que se hizo en la historia fue una póliza contra incendio en el año 1666, en Londres. Hasta ese momento, ¿cómo vivieron los cristianos? Despolizados, pero confiados. Confiados en su Dios. Este tipo de avance no tiene nada de malo. El problema es que, en la medida en que esas cosas se dan, Dios es desplazado de su lugar, y nosotros tenemos la particularidad de racionalizar y teologizar, incluso si pudiera construir esa palabra, nuestras idolatrías.
La gente se compra un tipo de carro, y luego tú preguntas inocentemente: "¿Qué lo ha motivado?" "Bueno, que este es un carro más seguro en caso de accidente. Tú sabes que al muchacho hay que protegerlo." Y los cristianos que no tienen la posibilidad de comprarse ese carro y andan en otro tipo de carritos, entonces, ¿no tienen garantía de su vida? Porque si es así, este es un Dios como que medio elitista, como que promete seguridad para unos, pero para otros no.
Estoy aquí para decir esto: que entre mi cuerpo, mi vida, y el carro que me pueda apropiar, está la mano de Dios. En ocasiones la quita, porque Él entiende que hay un propósito en quitarla, pero ahí está. Y por tanto, mi seguridad no depende del carro en el que yo ande ni de la póliza de seguro que tenga o no tenga. Está en Dios. Yo no tengo nada en contra de que usted tenga ese carro ni que tenga diez pólizas. Pero si su seguridad está en esas cosas, tiene necesidad de desplazar esas cosas del trono y colocar a nuestro Dios.
Porque eso es justamente... Yo no sé qué es lo que Pablo tenía, pero algo tenía Pablo hasta cierto punto donde él mismo testifica. Eso es Pablo hablando: que Dios permitió que él llegara hasta donde llegó para que él pudiera aprender que no podemos confiar en nosotros mismos, sino en Dios. Véalo ahí: "A fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos."
La palabra resucita está en presente. No dice "en Dios que resucitó a su Cristo", no. El Dios que resucitó a su Cristo, que nos va a resucitar a nosotros en el día de mañana, al sonar de la trompeta, los muertos en Cristo resucitarán primero. Ese es el Dios que hoy en día opera de la misma manera que operó en el pasado.
Yo creo que es una buena comparación, porque el evento más terminal de la vida humana, ¿cuál es? La muerte. Y resulta que ni la muerte es terminal para Dios, porque Él es capaz de resucitar a los muertos. Él es el Dios que llama las cosas que no son como si fueran. Cristo se para frente a la tumba de Lázaro y le habla como si Lázaro estuviese vivo, y estaba muerto. Pero cuando Cristo le habla al muerto Lázaro y le dice: "¡Sal fuera!", el muerto Lázaro obedece como si hubiese estado vivo. Porque Él llama las cosas que no son como si fueran.
Ese es el Dios de toda consolación. Ese es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Padre, que nos está hablando. Y es el Dios de toda misericordia. Tú no puedes olvidar que ese Padre, que es Dios de toda consolación para nosotros, produjo de la nada todo. Tú miras a tu alrededor y tú dices: "Todo esto vino de la nada." Que ese Dios, de la oscuridad hizo la luz, que el caos organizó cuando Dios habló.
Ese es el Dios que puso a una burra a hablar y que puso a un rey, Nabucodonosor, como hierba, como un burro. Ese es el Dios que puso a los ciegos a ver, a los sordos a oír, a los cojos e inválidos a caminar, que sanó a los enfermos y a los muertos en delitos y pecados les dio vida eterna. ¿Te das cuenta de qué clase de Dios es el que está prometiendo consolación en las dificultades? ¿Qué clase de Dios es el que está invitando a que puedas confiar en Él?
Escucha cómo Pablo dice: "Nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará." El mismo Pablo ahora ha cobrado mayor confianza. "Nos libró, y ahora que yo vi lo que es capaz de hacer cuando yo pensaba, me creía muerto, yo tengo más confianza para decir: y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que Él aún nos ha de librar."
Pero hermano, yo no sé, o hermana, en qué situación tú te encuentras. Yo no quiero ser insensible porque yo no estoy o no he estado quizás en tu situación en la que te encuentras hoy. Pero independientemente de dónde tú estás, ¿tú piensas que es difícil? ¿Tú piensas que es imposible? ¿Tú piensas que no tiene salida? ¿Tú piensas que es terminal? ¿Tú piensas que ya no vale la pena?
Yo quiero decirte, si eso es lo que piensas, que no puedes olvidar que como Padre de toda consolación, de toda misericordia, Él no se ha olvidado de ti como hijo. Yo quiero recordarte por medio de la Palabra que, conforme al texto que hemos estado estudiando desde la semana pasada, Dios permite dicha dificultad para consolarte en medio de ella, para que luego tú puedas aprender a consolar a otros con la misma consolación con la cual Él te ha consolado.
Yo quiero decirte que, conforme al texto que hemos leído, no temas de cuán severa puede ser tu aflicción, porque en la medida que aumenta la severidad, aumentará junto a ti la gracia, el poder, la misericordia, el amor, la fortaleza del Dios de toda consolación. Que no pienses que ha llegado a un punto de no retorno, porque el punto de no retorno es la muerte, y resulta que Él venció la muerte y la volverá a vencer en la vida de cada uno de aquellos que somos sus hijos. Es decir, Dios a quien tú sirves, es decir, Dios quien te ha llamado, es el Dios que te ha salvado. La Palabra de Dios nos recuerda una y otra vez de cómo Dios es el Dios de la imposibilidad, que llama las cosas que no son como si fueran.
Finalmente, yo creo que veamos acerca de su consolación, no solamente su perfección, su propósito, su proporción, su propiciación, su provisión, sino que veamos también el producto final de cuando estas cosas son vividas de esa manera.
Escuchen 2 Corintios 1:11: "Cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos."
Esto es lo que Pablo está diciendo: cuando nosotros vivimos en comunidad, mis sufrimientos son los tuyos, tus sufrimientos son los míos. Cuando nosotros compartimos esa vivencia donde tus sufrimientos son los míos y los míos tuyos, el número de oraciones aumenta. En la medida en que las oraciones aumentan, las respuestas a esas oraciones también aumentan. Y en la medida en que esas respuestas aumentan, hay una mayor gratitud expresada hacia nuestro Dios.
"Pastor, ¿pudiera leer el versículo 11?" Te lo voy a leer otra vez para que lo veas: "Cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido como por medio de las oraciones de muchos."
En este texto Pablo dice en un momento dado: "Hermanos, no quiero que ignoren la aflicción, la dificultad en medio de la cual yo me vi en Asia." ¿Para qué, Pablo, si ya pasó? Porque en la medida en que ustedes se enteren de esa aflicción, no solamente ustedes van a cobrar ánimo de un Dios que es capaz de hacer grandes cosas, cosas imposibles para el hombre, pero también ustedes van a comenzar a orar y a dar gracias por la manera como Él intervino a favor mío. Y esa oración aumentada producirá respuestas aumentadas, y las respuestas aumentadas harán que ellos puedan expresar sus acciones de gracias mucho más.
Las oraciones de vosotros cooperan con las oraciones de nosotros, y en esa medida también esas oraciones traen resultados, y esos resultados traídos producen un sentido de gratitud hacia Dios por las respuestas traídas. ¿Te das cuenta de cómo el pueblo de Dios necesita vivir esa vida de comunidad, de interacción continua? Porque es en esa vivencia donde el poder de Dios, la gracia de Dios, la presencia de Dios se manifiesta con todos sus colores.
En el texto que nosotros hemos estado estudiando desde la semana pasada, hemos visto varias razones por las que Dios permite la aflicción. Estas las recordarás en la medida que las voy revisando rápidamente. Número uno: para que nosotros seamos consolados por Él y entonces aprendamos a consolar a otros con la misma consolación con la que ya fuimos consolados. Número dos: para que yo aprenda a no confiar en mí mismo, o nosotros aprendamos a no confiar en nosotros mismos. Número tres, un corolario de la otra: es que entonces aprendamos a confiar en Dios, quien levanta a los muertos. Número cuatro: para que el número de oraciones puedan aumentar, aun las mías y las de vosotros. El número de oraciones puede aumentar; la aflicción hace que el número de oraciones aumente, la vida de oración aumenta. Con el aumento de la vida de oración, obviamente aumentará la respuesta de parte de Dios, y eso hará que aumente la gratitud hacia Dios, lo cual irá a destruir la ingratitud tan típica del corazón humano.
Hay una naturaleza en nosotros de ingratitud, donde nos encontramos en un momento dado incluso cuestionamos a Dios en el momento en que nos encontramos, y se nos olvida que hasta ese momento Dios ha sido toda bondad con nosotros. Pero la ingratitud es algo que necesita ser destruida. De hecho, en Romanos 1, Dios revela claramente que hubo cosas que lo habían airado contra el hombre en general. Romanos 1:20-21: no reconocieron a Dios como Dios, ni tampoco le dieron gracias. Hay un momento de ingratitud.
Nosotros recordamos la historia de los diez leprosos. Solamente uno regresó, el menos probable: el samaritano. Los otros nueve no regresaron. Y alguien, entonces, pensando acerca de qué pudo haber estado pasando por la mente de los leprosos ingratos que nunca regresaron, decía que quizás uno de ellos dijo que no iba a volver y esperaría un rato más, un tiempo más, para ver si realmente esta cura fue real. Que otro pensó: "Bueno, sí, la cura es real, pero yo no sé si esto va a durar así, así que vamos a esperar a ver si no va a desaparecer." Un tercero quizás dijo: "Bueno, a la verdad que yo voy a ver a Jesús, pero voy más tarde." Un cuarto pensó que en realidad no iba a regresar para darle gloria o gracias a Cristo, sino a los sacerdotes que te inspeccionaban para ver si realmente ya tú estabas curado, y que iba a reservar eso para ellos. Otro pensó que en realidad, entonces, eso no hizo nada, que fue la naturaleza que lo sanó.
De una forma o de otra, nosotros encontramos forma de no agradecer a Dios porque pensamos: "Pero tampoco es que sea reclamado, tampoco es que ha terminado, tampoco es que esto está tan bien, tampoco es como que ya terminamos." Al año, vamos por año y medio y no terminamos, se nos olvida darle gracias a Dios. Y una de las intenciones de las aflicciones es para Dios ayudarme a experimentar su fidelidad, su gracia, su poder, su misericordia, su poder de sanación incluso muchas veces, en medio de la aflicción, de tal manera que Él pueda aumentar en mí el sentido de gratitud hacia Él, con lo cual me va acercando cada vez más a su imagen.
De manera que la aflicción es parte del currículo del cristiano, porque es una necesidad que tenemos para que Dios pueda hacer todo el trabajo que necesita hacer en el corazón, la mente y la voluntad de cada uno de nosotros. Y ese texto que nosotros vamos a ver nos muestra de qué manera el Dios de toda consolación lleva a cabo esos propósitos.
Esa es la razón por la que el apóstol Pablo dice que él se gloría en las tribulaciones, porque cuando soy débil entonces soy fuerte. "Pablo, ¿qué tú quieres decir con eso?" Yo te lo digo por experiencia propia, créeme: yo estuve al borde de la muerte, de allí me rescató Dios. Ese es mi Dios, confía en Él. No desvíes tu atención, no te distraigas, no creas nada más que no sea su Palabra. No crean ni siquiera las circunstancias alrededor; ellas te pueden hacer confundir. Cree lo que Dios dice, que lo que Él dice es más real que lo que tú estás viendo.
Él es el Dios de toda consolación, Él es el Padre de misericordias, pero es el Dios de cada uno de sus hijos de manera paternal. Él es nuestro Padre, cuida de nosotros. Tu vida no está en la mano de Satanás, está en la mano de Dios. No hay nada que tú tengas que arrebatarle a Satanás, como por ahí dice la canción, porque tú no estás en sus manos. Tú estás en la mano de tu Creador y en la mano de tu Redentor. Lo que tú necesitas es descansar en su mano.
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