Integridad y Sabiduria
Sermones

El drama del desenfreno

Pepe Mendoza 30 marzo, 2014

¿Qué sucede cuando perdemos el control sobre nuestros deseos y estos nos esclavizan hasta llevarnos a situaciones dolorosas y dañinas? La historia de la viña de Nabot en 1 Reyes 21 ilustra con claridad el drama del desenfreno. El rey Acab, quien lo tenía todo —victorias militares, palacios, honor—, se obsesionó con un pequeño terreno junto a su residencia de verano para sembrar hortalizas. Cuando Nabot se negó a venderlo porque representaba la herencia sagrada de sus padres conforme a la ley de Dios, Acab reaccionó como un niño: se acostó en su cama, volvió el rostro hacia la pared y dejó de comer.

Una vida desenfrenada nunca está satisfecha con lo que tiene, no sabe establecer límites valorativos sobre sus deseos, y no puede manejar la frustración. Como una ciudad sin murallas es el hombre que no domina su espíritu. El problema se agrava cuando, en lugar de detenernos, insistimos. Jezabel, aprovechando la autoridad de su esposo, organizó un falso juicio religioso —proclamando ayuno y usando testigos mentirosos— para asesinar a Nabot y a sus hijos, eliminando todo obstáculo para obtener la viña.

Las consecuencias de los deseos desenfrenados abren las puertas del infierno: se confunde autoridad con tiranía, se actúa con impunidad, y el corazón se endurece hasta no querer ver el mal causado. Sin embargo, Dios envió a Elías para confrontar a Acab en el preciso momento en que tomaba posesión de lo robado: "¿Has asesinado y además has tomado posesión?" La satisfacción de deseos que se oponen a la voluntad de Dios no nos hace libres; nos vuelve esclavos. El llamado es a dominar nuestro espíritu y someter nuestros deseos a los valores eternos de la Palabra.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hermanos, para vivir en su Palabra. Primera de Reyes, el capítulo 21, habla acerca de la viña de Nabot. Es la historia dentro de las crónicas reales del pueblo de Israel, en el tiempo que tiene como referencia la vida del rey Acab, uno de los reyes considerados más malvados, uno de los más apartados de Dios de toda la historia de los reyes de Israel. Y en ese tiempo es donde también nosotros encontramos al profeta Elías, al poderoso profeta Elías.

Dentro de las crónicas reales nosotros nos encontramos con sucesos que tienen que ver con la nación de Israel, pero aquí en el capítulo 21 encontramos como un pequeño paréntesis en donde los sucesos están directamente relacionados con la vida y los deseos del rey Acab. Sin embargo, antes de poder entrar directamente al tema, permítanme decirles que el título de nuestro tema es "El drama del desenfreno". ¿Qué es lo que pasa con nosotros cuando perdemos el control sobre nuestros deseos? ¿Cuando nuestros deseos nos esclavizan y nos llevan a situaciones que son equivocadas, que son dolorosas y que son dañinas? Eso es un poco de lo que la historia de la viña de Nabot trata.

Sin embargo, antes de empezar, permítanme contarles algo que me mandaron de eso que recibimos continuamente a través del correo electrónico. Un amigo me hizo llegar cuál es la percepción de los niños con respecto a la propiedad, cómo los niños se sienten con respecto a la propiedad, y él me mandó siete ideas de cómo se siente un niño con respecto a algo que él considera suyo. En primer lugar: si me gusta, es mío. En segundo lugar: si llegué a quitártelo, también es mío. Si lo tengo por un buen rato, ya es mío y me lo puedo llevar a mi casa. Si es mío, nunca y por ningún concepto debe parecer que es tuyo, porque es mío. Si se parece al mío, es mío. Si yo creo que es mío, es mío. Si es tuyo pero yo lo quiero, es mío. Si te descuidas, es mío, pero si se rompe, es tuyo.

Tremendo decálogo de la propiedad, ¿verdad? Y yo creo que puede sonar jocoso, pero nosotros tenemos mucho de esa actitud infantil con respecto a aquellas cosas que nosotros deseamos. Y esto, aunque puede sonar tan extraño, puede convertirse en una metáfora de nuestra realidad al estar separados de Dios. Este deseo de tenerlo todo y alcanzarlo todo, y de romper con todas las barreras que el Señor nos ha dado, nos convierte en esclavos de nuestra propia codicia.

Las Escrituras nos demuestran que al separarnos de Dios podríamos decir que es como una pluma separada del ala de un águila. La pluma, al estar en el águila, podía remontar el vuelo y podía extenderse por el cielo en un vuelo majestuoso. Pero al desprenderse en el vuelo del águila, simplemente la pluma empieza a volar creyendo que puede hacerlo por sí sola, pero la ley de gravedad la va trayendo hasta el suelo, perdiendo propósito, perdiendo destino, dejando de ser útil y simplemente quedando sujeta a la fuerza de gravedad que la tira al suelo.

En Romanos, el capítulo 1, solamente en modo de ilustración para poder vincular esta verdad que vamos a ver ahora con la realidad del Evangelio: nuestra separación de Dios nos lleva justamente a percibir este esfuerzo denodado que nosotros hacemos por conseguir cosas fuera de la voluntad de Dios. En Romanos el capítulo 1, a partir del verso 28, dice: "Y como ellos", —y se está refiriendo a todos nosotros los seres humanos—, "no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada para que hicieran las cosas que no convienen. Estando llenos de toda injusticia, maldad, avaricia, malicia, colmados de envidia, homicidios, pleitos, engaños y malignidad; son chismosos, detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores del mal, desobedientes a los padres, sin entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados."

Esa es la realidad de nuestra separación de Dios. La separación de Dios nos convierte en enemigos unos de otros, codiciando, deseando, siendo avaros, llenos de malicia, llenos de envidia, repletos de engaños y de malignidad, que son el producto justamente de habernos separado del Rey de gloria, del Rey de reyes y Señor de señores, que tiene todo propósito bondadoso para con nosotros. Esa es justamente el drama que se presenta en Primera de Reyes, el capítulo 21.

El rey Acab había reinado sobre Israel por veintidós largos años. Al rey Acab se le conoce por sus maldades y también por el nombre de su esposa. Su esposa se llamaba Jezabel, y Jezabel se ha convertido en un sinónimo de maldad. Pocos son los que se atreven a ponerle a su hija Jezabel, Cleopatra u Oadila, porque ella representaba el cúmulo de toda la maldad que nosotros podíamos percibir en ese tiempo. Una mujer de una nación diferente a la israelita que se había casado con Acab y había traído con ella a una serie de dioses paganos que Acab empezó a adorar. Pero su maldad no solamente era religiosa, sino que ella tenía un profundo desdén por la vida humana, que lo manifestó de una manera abierta a lo largo de toda la triste historia que ella le tocó vivir.

Nosotros nos encontramos ahora en el capítulo 21 de Primera de Reyes, y Acab está llegando de una victoria contra sus enemigos. Por lo tanto, él estaba lleno de pompa y lleno de orgullo por lo que él había hecho. Y sucede que él se había construido un palacio en Jezreel, un palacio que era básicamente una residencia de verano, porque él vivía en Samaria, que era la capital del reino de Israel en ese tiempo, y Jezreel quedaba a unos cuarenta kilómetros de distancia. De tal manera que este palacio era su palacio de verano o era su residencia personal.

Pero vamos, permítanme leer algunos versículos de la historia para que podamos estar juntos recorriendo la idea de este texto. Vamos a leer Primera de Reyes 21 y vamos a leer los primeros nueve versículos:

"Y sucedió que después de estas cosas, Nabot de Jezreel tenía una viña que estaba en Jezreel junto al palacio de Acab, rey de Samaria. Y Acab habló a Nabot diciendo: Dame tu viña para que me sirva de huerta para hortalizas, porque está cerca, al lado de mi casa, y yo te daré en su lugar una viña mejor. Si prefieres, te daré un precio en dinero. Pero Nabot le dijo a Acab: No permita el Señor que te dé la herencia de mis padres. Acab entonces se fue a su casa, disgustado y molesto a causa de la palabra que Nabot de Jezreel le había dicho, pues dijo: No te daré la herencia de mis padres. Y se acostó en su cama, volvió su rostro y no comió. Pero Jezabel su mujer se acercó a él y le dijo: ¿Por qué está tu espíritu tan decaído que no comes? Entonces él respondió: Porque le hablé a Nabot de Jezreel y le dije: Dame tu viña por dinero, o si prefieres te daré una viña en su lugar; pero él dijo: No te daré mi viña. Su mujer Jezabel le dijo: ¿No reinas tú sobre Israel? Levántate, come y alégrese tu corazón; yo te daré la viña de Nabot de Jezreel. Y ella escribió cartas en nombre de Acab, las selló con su sello y envió las cartas a los ancianos y los nobles que vivían en la ciudad con Nabot. Y escribió en las cartas diciendo: Proclamad un ayuno y sentad a Nabot a la cabeza del pueblo; sentad a dos hombres malvados delante de él que testifiquen contra él diciendo: Tú has blasfemado a Dios y al rey. Entonces sacadlo y apedreadlo para que muera."

Esa es la historia de la viña de Nabot. A través de la narrativa del Antiguo Testamento nosotros podemos aprender acerca de lo que el Señor espera con respecto a nuestro carácter. Así que permítanme trabajar con ustedes lo que son las dramáticas características de una vida desenfrenada. Nosotros vivimos una vida desenfrenada, producto de nuestra separación de Dios. Muchas veces perdemos el control sobre nuestros deseos, sobre nuestras pasiones y sobre nuestros impulsos. Y cuando no tenemos ese control, básicamente perdemos mucho de la esencia de lo que el Señor espera que nosotros seamos.

Por eso vamos a analizar las características de una vida desenfrenada y vamos a tratar de sacar alguna lección no del mismo texto, para no tratar de simplemente encontrar el problema sin encontrar una lección, sino a través del libro de Proverbios. De tal manera que podamos avanzar entendiendo la historia y encontrando una lección en el libro de Proverbios.

El verso 1 dice: "Y sucedió que después de estas cosas, Nabot de Jezreel tenía una viña que estaba en Jezreel junto al palacio de Acab, rey de Samaria. Y Acab habló a Nabot diciendo: Dame tu viña para que me sirva de huerta para hortalizas, porque está cerca, al lado de mi casa, y yo te daré en su lugar una viña mejor. Si prefieres, te daré su precio en dinero."

La primera característica de una vida desenfrenada es que nunca está satisfecha con lo que tiene. Una vida desenfrenada es una vida completamente insatisfecha. Es una vida esclavizada a poder tener deseos que repetidamente, una y otra vez, tienen que ser satisfechos. Acab ya era rey. Acab ya vivía en un palacio en Samaria. Acab venía de tener grandes victorias sobre sus enemigos. Acab podría recibir el honor de toda la gente a su alrededor. Acab tenía la particularidad única en su tiempo de gozar de varios palacios, de casas de verano y casas de campo. Pero él siempre quería más.

¿Alguna vez te has preguntado cuánto es suficiente para ti? Quizás Acab no podía responder esa pregunta, porque él inmediatamente tenía algo y quería algo más. Él va a donde Nabot y le dice: "Dame tu viña para que me sirva de huerta para hortalizas, porque está cerca, al lado de mi casa." ¿Qué es lo que él quería? Él no quería modificar la estructura de su palacio; lo que necesitaba era un campito al lado para poder sembrar hortalizas que le sirvan para su propia cocina. Esa era su necesidad. ¿Cuánto es suficiente para nosotros? ¿Cuánto es suficiente en mi propia vida? Nosotros vivimos rodeados de anuncios publicitarios por doquier que nos invitan a tener, a tener y a tener más. Una de las causas de una vida desenfrenada es nunca estar satisfecha con lo que tiene.

Hay algunos que tienen la posibilidad de poder adquirir todo lo que quieren en su desenfreno. Pero la mayoría de nosotros nos llenamos de deseos y profundas insatisfacciones que amargan nuestra alma. Lo primero que veo aquí en Acab es un hombre que nunca está satisfecho con lo que tiene. ¿Cuál es el primer remedio a esa insatisfacción? ¿Es aprender de parte de Dios que uno es más feliz dando que recibiendo? Esa es una lección que nace del corazón de nuestro mismísimo Señor: "No es más bienaventurado dando que recibiendo." Por lo tanto, el problema en que se va a meter Acab es producto de ese deseo insatisfecho de creer que puede tenerlo todo.

En el libro de Proverbios, en el capítulo 11 —por favor, sin dejar de sacar sus manos de Primera de Reyes 21—, en Proverbios el capítulo 11 hay una clara enseñanza con respecto a la generosidad, al dar. En Proverbios capítulo 11, a partir del verso 24, dice: "Hay quien reparte y le es añadido más, y hay quien retiene lo que es justo solo para venir a menos. El alma generosa será prosperada, y el que riega será también regado." Hay un principio, hermanos, en el hecho de aprender a descubrir que no bastan solamente nuestros deseos y la satisfacción de ellos para ser feliz, sino que también yo puedo encontrar un sentido de felicidad cuando soy capaz de ser generoso y abierto, no solo pensando en mi satisfacción en recibir, sino también en mi satisfacción en entregar. El que reparte recibe más; el que retiene más de lo que es justo, pensando que lo requiere, viene a pobreza. El alma generosa será prosperada y el que riega será también regado.

Ese es el primer principio que nosotros queremos ir sacando acerca de este pasaje en donde vamos hablando del desenfreno en la vida. Ahora, nosotros nos encontramos con esta petición que podría parecer una petición muy natural, ¿verdad? Bueno, Acab tiene su palacio y quiere un campito al costado para sembrar sus hortalizas. ¿Qué hay de malo en eso? Yo les voy a mostrar qué hay de malo. En el verso 3 dice: "Pero Nabot le dijo a Acab: No permita el Señor que te dé la herencia de mis padres." Acab, como rey y como israelita, debería conocer muy bien el valor espiritual que la tierra tenía para sus compatriotas. La tierra era considerada una herencia del Señor que no podía venderse.

En el libro de Levítico nosotros encontramos lo siguiente: "Además, la tierra no se venderá, pues la tierra es mía; porque vosotros sois solo forasteros y peregrinos para conmigo. Así que a toda tierra en posesión vuestra otorgaréis el derecho de ser redimida." Y en el libro de Números, en el capítulo 36, en el verso 7, dice: "Así ninguna heredad de los hijos de Israel será traspasada de tribu a tribu, pues los hijos de Israel retendrán cada uno la heredad de la tribu de sus padres." Saben, a veces sucede que cuando nosotros tenemos un deseo desenfrenado, nunca consideramos las razones como más importantes que los deseos. Cuando yo tengo un deseo que me sobrepasa, tiendo a evitar que me den razones por las cuales yo debo o no debo adquirir aquello que mi alma está requiriendo.

No había aparentemente nada malo en pedir ese campito, pero ese campo era la herencia que venía de parte de Dios para Nabot; era la herencia sagrada para él y para sus descendientes. Nabot esgrimió esa razón y por eso es que él no estaba dispuesto a vender su propiedad. No había nada más que decir al respecto; quizás nunca siquiera esa petición se debió haber hecho, y menos aún viniendo del mismísimo rey de Israel. Además, hermanos, lo que para Acab era un campito para hortalizas, para Nabot era la herencia de Dios. ¿Ven ustedes la diferencia?

¿Qué pasa cuando nosotros deseamos algo y pasamos por encima de las personas que están a nuestro alrededor? ¿Qué pasa cuando yo deseo algo que para mí es aparentemente insignificante, pero para otro es de gran valor? ¿Qué pasa cuando aquello que tú estás deseando se opone a los principios de la Palabra de Dios y a los mandamientos específicos del Señor? ¿Lo desconoces, le das la espalda o le das frente? ¿Eres capaz de percibir todos tus deseos a la luz de la voluntad de Dios? De todo aquello que tú requieres, ¿cuánto está acorde con aquello que el Señor demanda de tu propia vida? Acab no fue capaz de percibir esa realidad. Acab no fue capaz de tener límites valóricos con respecto a sus propios deseos.

La publicidad contemporánea nos hace requerir para nuestras vidas miles de cosas que no tienen un contenido valórico, que no hay razón para poder tenerlas, que simplemente es necesario que cada uno de nosotros las tenga porque debo tenerlas, porque requiero tenerlas. Pero nosotros como cristianos debemos preguntarnos siempre: ¿cuáles son las razones que yo puedo esgrimir delante del Señor para poder perseguir este deseo que yo tengo ahora en mi corazón? ¿Cuánto de la satisfacción de este deseo va a producir en mí el hecho de que yo sea un mejor cristiano? ¿Y cuánto de lo que significa tener esto que estoy buscando me va a hacer que yo deje o abandone aquello que el Señor ha establecido? Acab no fue capaz de ver aquello que era eterno en esa tierra, pero Nabot sí lo vio, porque era la herencia de Dios para él. No tenía un valor en dinero; no se trataba de una vía y otra mejor; no se trataba de cuánto dinero voy a recibir por esto. El valor radicaba en un compromiso eterno con un Dios grande y omnipotente que en su gracia le había concedido ese regalo.

Nosotros tenemos que cuestionarnos muchas veces las razones antes que nuestros deseos. Tenemos que preguntarnos por qué es que yo deseo esto y en qué medida esto se sustenta en aquello que el Señor quiere para mí, de tal manera que su nombre va a ser glorificado aún más con aquello que yo estoy teniendo. En el libro de Proverbios nuevamente, en el capítulo 25, hay otro principio que nosotros tenemos que mantener en nuestro corazón. Proverbios capítulo 25, el verso 28, nos dice: "Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu." Nosotros, hermanos, estamos llamados a poder levantar en nuestras vidas límites y murallas saludables, que no tienen solamente que ver con aquello que yo quiero o requiero en la vida —porque allí yo no tengo murallas sino desenfreno—, sino que tengo que establecer valores saludables sobre los cuales voy a levantar el contentamiento en mi vida. Razones suficientes que esgrimo alrededor de la Palabra del Señor, que me enseñan a dominar mis propios apetitos y mi propio espíritu. De otra manera voy a vivir una vida desenfrenada, una vida sin principios y valores, que solamente está llamada a consumir y consumir y a tratar de satisfacer deseos que nunca van a terminar de satisfacer la gran realidad de mi alma.

"Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu." Tenemos que aprender a dominar nuestro espíritu, y el Señor puede contener el apetito de mi alma a través de los principios y valores que solamente su Palabra puede entregarnos.

En el verso 4 de Primera de Reyes capítulo 21, nosotros nos encontramos con un hombre que no sabe manejar su frustración, porque siempre una vida desenfrenada no sabe manejar su frustración. Dice el verso 4: "Acab entonces se fue a su casa disgustado y molesto a causa de la palabra que Nabot de Jezreel le había dicho, pues le dijo: No te daré la herencia de mis padres." ¿Y qué hizo él? Se acostó en su cama, volvió su rostro y no comió. ¡Ay, ay, ay! El rey Acab, que acababa de llegar de tener una victoria sobre sus enemigos, ese hombre no soportó la frustración de que no le vendieran el campito que había pedido para sembrar sus hortalizas. Se fue a su casa pensando: "No te daré la herencia de mis padres"; él estaba escuchando: "No te la voy a dar, no te la voy a dar." Entonces fue, se acostó en su cama —en el hebreo dice que se puso de cara a la pared— y no comió. Rey Acab, la sopita. "No quiero sopita. No quiero nada, porque no me vendieron el campito que yo quería." Esto está en las crónicas reales, hermanos. Primera de Reyes, capítulo 21. ¡Qué grande habrá sido el berrinche, que lo pusieron en las crónicas reales! ¿Se han puesto a pensar en eso? "Y se acostó en su cama, volvió su rostro y no comió."

El verso 5 nos dice que Jezabel, su mujer, se acercó a él y le dijo: "¿Por qué está tu espíritu tan decaído que no comes?" Imagínense: un hombre que lo tenía todo, que acababa de venir de una gran victoria, era rey, estaba tan decaído —¡qué cara habrá tenido!— que no comía. ¿Y qué le dijo él? "Mira lo que me ha pasado: le hablé a Nabot de Jezreel y le dije: Dame tu viña por dinero, o si prefieres te daré una viña en su lugar, pero él me dijo: No te daré la viña." Suena ridículo, ¿verdad? Pero yo te pregunto: ¿cómo manejas tú tu frustración? ¿También te echas en la cama de cara a la pared y no comes cuando tus deseos no son satisfechos? ¿Cómo reaccionas cuando no obtienes lo que quieres? ¿Tus reacciones son completamente fuera de lugar, te arruinan el día, le arruinas el día a otros? ¿Cómo reaccionamos cuando mis deseos no son satisfechos y me paralizan hasta el punto de que mi vida se pone en alto por completo porque no tuve aquello que yo quería? Eso le sucedió a Acab. Y eso es terrible.

Una vida desenfrenada nunca estará satisfecha con todo lo que encuentre. Una vida desenfrenada cuyos deseos nunca le permitirán tener murallas que le permitan tener valores más eternos y más estables que sus deseos temporales. Y una persona que nunca sabe cómo manejar la frustración termina arruinándose la vida y arruinándosela a los demás. Esto lo vemos todos los días. Usted puede decir: "Yo me acuerdo de un vecino que tengo, o de un pariente..." Sí, tú conoces a tu tía que hace lo mismo, pero yo quisiera que nos viéramos a nosotros mismos.

¿Cómo manejamos la frustración? ¿Qué es lo que nos ha enseñado el secreto del contentamiento y de la sencillez de la vida? Hemos aprendido a descubrir aquellos valores que son eternos. Hemos descubierto que los deseos de este mundo pasan, pero la Palabra del Señor permanece para siempre. ¿Qué es lo que nos sostiene de aquello que simplemente es algo pasajero?

Hay otro proverbio que yo quisiera dejar con ustedes, Proverbios 16:32, que son lecciones que yo invito a que ustedes puedan memorizar y guardar en su corazón. "Como ciudad derribada y sin muros es aquel cuyo espíritu no tiene riendas." Es el que acabamos de ver, de acuerdo a la versión Reina Valera 1960, que es la versión memorizada en mi alma. Me acabo de dar cuenta de que acabo de decirlo en otra versión. "Como ciudad derribada y sin muros es aquel cuyo espíritu no tiene riendas." No me sujeto, me dejo llevar por los deseos y por las pasiones.

Pero en Proverbios 16:32 dice: "Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad." Y esto es justamente lo que Acab era: era un poderoso y era un hombre que acababa de tomar ciudades enteras ganando batallas, pero era incapaz de dominar su propio espíritu. Y acá ustedes tienen los valores correctos de parte de Dios: mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad.

Creo que esto ya lo he explicado en otro momento, pero la idea de "lento para la ira" en hebreo es una figura muy gráfica. "Lento para la ira" literalmente en hebreo es "de gran nariz": un lento para la ira es alguien de gran nariz, un narizón. ¿Por qué? Porque "lento para la ira" hace referencia a alguien que respira ante la situación; esa es la idea del lento para la ira.

De tal manera que la invitación de parte del Señor es que Él espera que ante nuestras frustraciones, ante deseos insatisfechos, yo pueda aprender a dejar de ser un niño y me convierta en un adulto en Cristo, que sabe dominar su espíritu, porque el que domina su espíritu es mejor que el que toma una ciudad. Eso viene de parte del corazón de Dios, y eso es algo que Acab no sabía.

Ahora bien, hasta este momento nada peligroso ha sucedido. Hasta este momento es un conflicto familiar interno, un conflicto personal, una depresión de Acab. Pero siempre hay un punto, hermano, en toda vida desenfrenada, en donde deseos incontrolables abrirán las puertas del mismo infierno. Hasta este momento todo es anecdótico, todo es visible, todo es gracioso. Pero ¿qué pasa cuando yo, después de haber hecho mi berrinche, de haber pedido lo que no debo, después de tenerlo todo, quiero más? ¿Qué pasa si yo insisto? Si yo insisto, las consecuencias de mi insistencia pueden ser terribles, porque puedo abrir las puertas mismas del infierno.

¿Qué le dice Jezabel a su esposo en el versículo siete? "Tu mujer Jezabel le dijo: ¿No reinas ahora sobre Israel? Levántate, come y alégrese tu corazón, porque yo te daré la viña de Nabot de Jezreel." Y aquí empiezan a verse las puertas del infierno. ¿Qué pasa cuando yo, deseando y deseando y deseando, después de tirarme en la cama de cara a la pared y no comer, después de llamar la atención y seguir insistiendo, no trato de levantar muros ni establezco valores sobre mi vida ni trato de mirar lo eterno? Pues la ley de Dios lo dice: si sigo deseando y deseando y deseando, empiezan a ocurrir cosas malas.

En primer lugar, se empieza a confundir autoridad con tiranía. Eso es lo que le dijo Jezabel a su esposo acá: "¿No eres tú ahora el rey de Israel? Pues compórtate como rey y toma lo que tú quieras, porque tú te lo mereces. Tú tienes el derecho de tener aquello que quieras." Su supuesto lugar de autoridad le dio el supuesto derecho de poder reclamarlo todo. Y eso nos va pasando a nosotros cuando el deseo y la frustración hacen que yo empiece a percibir que me lo merezco. Esto es algo en lo que ya no importa lo que diga el Señor, no importa lo que le pase a los demás, no importa lo que tenga que romper: ¿no soy yo acaso el rey de mi vida?, ¿no soy yo acaso quien se lo merece todo? Yo me lo merezco, es mi derecho. Yo debo tenerlo porque así debe ser.

¿Y qué pasa cuando esto sucede? Lo que hizo Acab fue entrar en una complicidad que podríamos llamar así: una complicidad pasiva. Porque Jezabel, en su maldad, empezó a organizar algo, y Acab nunca preguntó: "Amorcito, ¿qué estás haciendo? Amorcito, lo que tú haces no está bien." No, él simplemente se quedó callado. ¿Y qué empezó a hacer Jezabel? El versículo 8 dice: "Y ella escribió cartas en nombre de Acab, las selló con su sello, y envió las cartas a los ancianos y a los nobles que vivían en la ciudad con Nabot. Y escribió en las cartas diciendo: Proclamad un ayuno y sentad a Nabot a la cabeza del pueblo; y sentad a dos hombres malvados delante de él, que testifiquen contra él diciendo: Tú has blasfemado a Dios y al rey. Entonces sacadlo y apedreadlo para que muera."

Jezabel usó medios lícitos que eran legítimos de manera ilegal y arbitraria; ella usó el poder legal para hacer algo completamente ilegal. Ella hizo cartas, y no solamente hizo cartas, sino que promovió un falso sentido de dignidad y espiritualidad. Miren lo que dice el versículo 9: "Y escribió en las cartas diciendo: Proclamad un ayuno." ¡Cuánto se ha llorado por esto! Yo lo he escuchado muchas veces: "Hoy la Palabra de Dios dice que tú no puedes hacer esto." "No, pero yo he orado, y no sabes cuántos ayunos he proclamado para tener esto." Las puertas del infierno se abren. Si el Señor ya dijo que no, deja de pelear con Él; no proclames ayunos.

Y miren lo terrible en el versículo 9: dice "y sentad a Nabot a la cabeza del pueblo", o sea, a Nabot le van a dar un lugar de honor; lo van a sentar en la asamblea, en el lugar privilegiado, para que todos lo observen, pensando que él va a recibir honor, cuando en realidad lo estaban condenando a muerte. "Ay, Pepe, tú no sabes cuánto te quiero; tus consejos son tan buenos." "Pepe, yo podría hacer esto." "Ya te dije que no, que va contra la voluntad de Dios." "Pero Pepe, tú eres tan sabio, de tantos años, alguien que conoce la Palabra." "Ya te dije que no." "Pero es que hay un ayuno, la Palabra de Dios dice que no, pero..." No, no, Jezabel hace uso de un falso sentido de dignidad y espiritualidad, tratando de engañarnos a todos con el solo deseo de cumplir esa pasión desenfrenada que hay en su corazón.

Finalmente, se actúa con absoluta impunidad. Porque miren, el versículo 10 dice: "Sentad a dos hombres malvados delante de él, que testifiquen contra él diciendo: Tú has blasfemado a Dios y al rey. Entonces sacadlo y apedreadlo para que muera." No era una oportunidad, un ayuno para traer al pueblo a poder discutir si es que Nabot podía venderle su terreno a Acab. No, era una condena a muerte, porque Nabot era un obstáculo para que Acab obtuviera lo que él quería, y las puertas del infierno ya estaban completamente abiertas.

El versículo 11 dice: "Los hombres de su ciudad, los ancianos y los nobles que vivían en su ciudad, hicieron como Jezabel les había mandado, tal como estaba escrito en las cartas que ella les había enviado. Proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot a la cabeza del pueblo. Entonces se presentaron los dos hombres malvados y se sentaron delante de él, y los dos hombres malvados testificaron contra él, es decir, contra Nabot, delante del pueblo, diciendo: Nabot ha blasfemado a Dios y al rey. Y lo llevaron fuera de la ciudad, lo apedrearon y murió."

¿Cuáles son las consecuencias de mis deseos desenfrenados cuando, a pesar de todo, insisto en conseguirlos? Esto es lo que sucede: se actúa con absoluta impunidad, sin vergüenza alguna, de manera contraria a todo aquello que la Palabra de Dios impone; se mantienen las formas, pero en el fondo todo es oscuro y diabólico. Se elimina al justo. Y si ustedes toman nota, 2 Reyes 9:26 nos dice que Nabot fue ajusticiado juntamente con sus hijos, para que no quedara descendiente alguno que pudiera reclamar esa tierra como suya. Esas son las consecuencias de un espíritu descontrolado que, después de muchas advertencias, no se somete y no levanta murallas valóricas que le permitan caminar de acuerdo a lo que el Señor ha establecido.

No es solamente una anécdota, porque la situación termina con la muerte de una familia, con el silencio de Nabot. Yo he querido imaginarme en mi alma a este hombre, del cual no escuchamos palabras. Sus únicas palabras fueron: "No permita el Señor que yo te dé la herencia de mis padres." Esto es lo único que él dijo. No había más que decir; eso es lo que Nabot le dijo al rey, y su obediencia al Señor desencadenó el infierno que se produjo y que terminó con su muerte. Me lo imagino a él sentado en un lugar de honor, donde lo ponen sin saber lo que está pasando, y luego dos hombres, dos testigos falsos, se paran delante de él y empiezan a acusarlo de cosas que él ni entiende, de cosas de las que no puede defenderse, porque no era siquiera un juicio válido. Y luego lo toman a él, toman a sus hijos y los apedrean y acaban con sus vidas.

¿Acaso pensó Acab que eso era posible, que un deseo infantil podía tornarse en derramamiento de sangre? Yo no lo sé. Lo que sí sé es que cuando uno deja que las puertas del infierno se abran, uno termina endureciendo el corazón. Dice el versículo 14: "Después enviaron un mensaje a Jezabel diciendo: Nabot ha sido apedreado y ha muerto." Y cuando Jezabel oyó que Nabot había sido apedreado y había muerto, Jezabel dijo: "Acab, levántate, toma posesión de la viña de Nabot de Jezreel, la cual él se negó a darte por dinero, porque Nabot no está vivo sino muerto." Y sucedió que cuando Acab oyó que Nabot había muerto, se levantó para descender a la viña de Nabot de Jezreel para tomar posesión de ella. El corazón se había endurecido.

Él ya no hizo preguntas. "¿Qué hiciste, mi amor?" "¡Ah, Nabot murió!" ¿Quién hace un cuestionamiento? Él no quiso preguntar, porque cuando yo trato esa codicia —ser un deseo desenfrenado a la fuerza—, yo me niego a ver el infierno que estoy creando, y mi corazón se endurece y no percibo en mi alma lo que está sucediendo. Acab no pregunta, Acab simplemente deja que las cosas sucedan.

¿Y qué es lo que quiero terminar diciendo con ustedes? Es muy probable que para nosotros estas historias sean muy similares a nuestras propias historias. Yo no sé qué tipo de deseos tú estás luchando, qué tipo de deseos con los que estás siendo confrontado en este momento. No sé si son deseos sentimentales, deseos económicos, deseos laborales; pueden ser aún hasta deseos ministeriales. Pero si son deseos desenfrenados que solamente se basan en la pasión de tu alma, te digo: cuídate. Tienes que sujetar tu alma.

Pero el pasaje no acaba así, sino que el Señor en su misericordia se presenta delante de Acab, en el mismísimo momento en que Acab está entrando a la viña de Nabot para tomar posesión de ella. Dice el verso 17 en adelante: "Entonces vino la palabra del Señor a Elías tisbita, diciendo: Levántate, ve al encuentro de Acab rey de Israel, que está en Samaria; he aquí él está en la viña de Nabot, a donde ha descendido a tomar posesión de ella. Le hablarás diciendo: Así dice el Señor: ¿Has asesinado, y además has tomado posesión? También le hablarás diciendo: Así dice el Señor: En el lugar donde los perros lamieron la sangre de Nabot." Y Acab dijo a Elías: "¿Me has encontrado, enemigo mío?" Y él respondió: "Te he encontrado, porque te has vendido para hacer el mal ante los ojos del Señor."

Lo precioso, hermanos, de este pasaje es que, a pesar de la maldad de Acab, el Señor no deja a Acab sujeto a sus deseos, sino que Él envía a su siervo, y su siervo tiene la intención de confrontar el corazón de Acab en las cosas que Acab no acababa de ver. El Señor lo confronta inmediatamente y le dice: "¿Has asesinado y además has tomado posesión de la viña?" El Señor le habla directamente de valores espirituales que son eternos: "¿Has quebrantado mis mandamientos y has tomado algo que no te pertenece a ti?" Quebrantando, buscando quebrantar su corazón.

Y la única manera de que el Señor pueda trabajar en nuestro corazón, cuando dejamos que nuestros deseos desenfrenados tomen posesión de mi alma, no es discutiendo si es que la viña era buena, que el campo de hortaliza estaba al lado de mi palacio, que mi oferta era muy buena, que le iba a pagar a Nabot, que le iba a dar una viña mejor. No tiene que ver ya exactamente con el deseo, sino con lo que yo he quebrantado en la Palabra de Dios. "Mira que este muchacho es tan bueno, pero no es creyente, pero es tan bueno, tan trabajador, tan dedicado." "¿Has asesinado y además has tomado posesión de la viña?"

En el verso veinte, hermanos —y ya con esto voy terminando—, Acab dijo a Elías: "¿Me has encontrado, enemigo mío?" Es interesante que cuando nosotros dejamos que nuestros deseos se desenfrenен, cuando dejamos que las puertas del infierno se abran, cuando dejamos que nuestro corazón se endurezca, los que deberían ser nuestros amigos se convierten en mis enemigos, y los que deberían ser mis enemigos se convierten en mis amigos. Y Acab, que había visto tiempo antes cómo Elías había actuado por él ante el Señor frente a los profetas de Baal, le dice: "¿Me has encontrado, enemigo mío?" Cuando Elías debería presentarse como un amigo para él.

Pero Elías le dice: "Te he encontrado, porque te has vendido para hacer el mal ante los ojos del Señor." ¿Te has vendido para hacer el mal? Hermanos, cuando nosotros tenemos deseos desenfrenados que se oponen a la voluntad de Dios, la satisfacción de esos deseos no nos hace libres, nos vuelve esclavos. "¿Me has encontrado, enemigo mío?" Sí, te he encontrado, porque te vendiste para hacer el mal; porque te encuentro aquí en la viña de Nabot, donde tú no deberías estar. ¿Te has vendido para hacer el mal?

Yo quisiera que nosotros podamos reflexionar no solamente como si fuera una historia ajena, sino como nuestra propia historia, como mi historia, porque la viña de Nabot me ha hecho pensar mucho en mis propios deseos desenfrenados. Y yo quisiera que en este momento el Señor pueda llamar su atención también, si es que en este momento usted está en una situación similar: está en la búsqueda de un deseo desenfrenado, está cerrando sus ojos a la realidad de la voluntad de Dios y del llamado de Dios a su vida, y está dejando que su espíritu se desenfrene. Yo quisiera ser un llamado, como la aparición de Elías, para que nosotros también nos detengamos y en arrepentimiento le podamos decir: "Señor, ayúdame a poder dominar mi espíritu." Eso es lo que nuestra generación necesita más que nunca: aprender a dominar el espíritu.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.