En el principio, antes del tiempo, el espacio y la materia, ya existía el Logos: la Palabra eterna que estaba con Dios y era Dios. Juan abre su evangelio con esta declaración monumental para presentar a Cristo no como carpintero, maestro o descendiente de David, sino como el Dios creador. Los hebreos conocían este término; en sus escritos rabínicos aparece cientos de veces sustituyendo el nombre divino. Los griegos también lo usaban: el filósofo Platón llegó a decir que quizás algún día vendría de parte de Dios una Palabra que revelaría todos los misterios. Pero Juan no presenta al Logos como un principio impersonal o una fuerza cósmica, sino como una persona que disfrutaba intimidad gloriosa con el Padre desde toda la eternidad, amado por él antes de la fundación del mundo.
Este Logos habló y se formaron galaxias que contienen entre doscientos mil y cuatrocientos mil millones de estrellas. Una sola de ellas, Eta Carinae, brilla cinco millones de veces más que nuestro sol. Y ese mismo Logos que sostiene trillones de galaxias y conoce cada átomo del universo se hizo carne. Juan usa la palabra más cruda posible —sarts, carne— para enfatizar que Cristo se hizo completamente humano: se cansó, necesitó dormir, creció en sabiduría.
El Logos tabernaculó entre nosotros, y los discípulos vieron su gloria: cuando calmó la tormenta con una palabra, cuando llamó a Lázaro de la tumba, cuando en el monte de la transfiguración su ropa se volvió blanca como la luz. Pero la mayor manifestación de esa gloria fue la cruz. Donde los discípulos esperaban triunfo, Jesús definió gloria como sumisión absoluta al Padre. Aquel que existía en forma de Dios no se aferró a sus privilegios sino que se despojó, tomó forma de siervo y se humilló hasta la muerte más vergonzosa. Eso costó nuestra redención: que el glorioso creador viajara desde la gloria hasta la vergüenza para encontrarnos en nuestra vergüenza y llevarnos a su gloria.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Yo quiero invitarle a que abra la palabra de Dios en el Evangelio de Juan. Vamos a hacer un paréntesis en el día de hoy con relación a la serie que veníamos, hemos venido cubriendo en el libro de los Hechos, por insinuación de un par de nuestros pastores que me hablaban acerca de lo bueno que sería que de vez en cuando yo compartiera con la iglesia alguno de los temas que he compartido fuera de nuestra nación en algunas de estas invitaciones que me hacen, como una forma de ayudar a la congregación a ser parte de eso que Dios está haciendo en la región.
Y en particular en este caso yo quiero abordar un tema que también nos ayuda a saborear un poco uno de los temas que fueron de gran controversia hace 500 años atrás durante la Reforma, y poderlo hacer de una manera quizás no distinta a lo que ya conocemos, pero sí quizás diferente a lo que habíamos oído en cierta manera, donde yo pueda aquilatar mejor la gloria de Aquel que fue a la cruz por nosotros.
Una de las cinco frases que resumen el movimiento de la Reforma es "solo Cristo": salvación solamente en Cristo y en ningún otro. Y ahora que estuve en Ciudad de México se me pidió que abordara ese tema, pero que me tomara cuatro mensajes para desarrollarlo. Y lo que quise fue hablar en el primero de la encarnación de Cristo, en el segundo de la humillación de Cristo, en el tercero de la expiación o la crucifixión de Cristo, y en el cuarto acerca de salvación. De esos cuatro temas, yo he querido elegir el primero, la encarnación de Cristo, para compartir con ustedes parte de esto que hemos llamado "solo Cristo", porque solo Cristo tuvo tal encarnación.
Libros enteros se han escrito acerca de la persona de Cristo, porque los ataques en contra de la cristología bíblica no han cesado desde el mismo primer siglo. Cuando Juan había muerto, ya había evidencias en sus cartas de algo que posteriormente la historia nos enseñó. Escucha lo que Juan escribe en su primera carta, en el capítulo cuatro, versículo dos: "En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios." Eso parece como una verdad obvia, y sin embargo, en la época de Juan, al final del primer siglo, se había levantado ya un grupo llamado docetistas, que formaban parte de los gnósticos, que enseñaban que Cristo no vino en la carne. Que eso que ellos vieron fue más bien como una especie de imagen, una imagen pero que no correspondía a un cuerpo, una especie como de fantasma pudiéramos decir, y que ese fue el Cristo que llegó hasta nosotros. Eso es contrario a todo lo que las Escrituras revelan, y aquí está Juan antes de morir, en sus últimos años, diciendo: "Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios." En otras palabras, los docetistas, o las enseñanzas de ellos, no corresponderían a una enseñanza que es de Dios.
Los ataques sobre la cristología se dieron el primer siglo, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto. De hecho se dieron el siglo XIX y el veinte, ahora en el veintiuno de diferentes formas, pero yo no tengo tiempo para cubrir algunas de las cosas que sí cubría en Ciudad de México en ese sentido. Basta con decir que el año pasado, cuando tuve la oportunidad de entrevistar a Ursinus Pro, él decía que en su opinión la mayor amenaza de la iglesia es en el área de la cristología, lo que yo acabo de decir.
Aún en nuestros días la controversia continúa, porque para los Testigos de Jehová la segunda persona de la Trinidad no es Dios. Para los mormones tampoco. Para los musulmanes tampoco; Él es apenas un mero profeta, o un profeta muy especial. Para la mayoría de los judíos, Cristo fue un falso maestro. Y para muchas de las sectas de nuestros días, Cristo no es más que un iluminado.
Y entonces Juan está tratando de ayudarnos a entender quién verdaderamente es ese Jesús que llegó hasta nosotros. Y para eso yo voy a leer unos versículos muy familiares a nosotros, que están en el Evangelio de Juan, capítulo uno, versículo uno al cuatro, y luego el catorce: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios." En el original diría algo como esto: "En el principio existía el Logos." Esa es la palabra traducida aquí como Verbo. "Y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres." Versículo catorce: "Y el Logos se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad."
En el versículo catorce, que es el que nos habla de la encarnación del Logos, hay tres expresiones que yo quisiera revisar y que están conectadas con los versículos anteriores. El Logos, la Palabra, el Verbo. La traducción literal sería "la Palabra"; algunas traducciones al español así lo tienen. La Nueva Traducción Viviente dice: "En el principio era la Palabra." La Biblia Dios Habla Hoy dice la misma cosa. La Biblia Latinoamericana dice la misma cosa: "En el principio era la Palabra." Así dice el original. La segunda frase que yo quiero que revisemos es "se hizo carne", porque eso tiene que ver con la encarnación del Señor y su Cristo. Y la tercera frase es "vimos su gloria".
Bueno, vamos con la primera: el Verbo, el Logos en el original. Para nosotros esa es una expresión un tanto extraña, porque nosotros no estamos familiarizados con el uso de la palabra "en el principio era la Palabra" como algo activo, como algo dinámico. Para nosotros una palabra son aquellas cosas que están saliendo de mí ahora mismo, y sin embargo, ese es el vocablo que Juan usa cuando dice: "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios."
Pero para las personas de la antigüedad la situación era otra. Los judíos, los hebreos, estaban mucho más familiarizados con este término por más de una razón, pero ellos asociaban la palabra y la sabiduría incluso con algún principio dinámico. De hecho, el autor de Proverbios personifica la sabiduría. El autor de Hebreos, en el capítulo once, versículo tres, nos dice que por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra de Dios. De manera que cuando ellos escuchaban acerca de la Palabra entendían algo mucho más dinámico que nosotros, porque el universo entero fue preparado por la palabra de Dios. Y en el capítulo uno, el mismo autor de Hebreos nos dice que el universo es sostenido aún hoy por el poder de su palabra.
El pueblo hebreo ya había comenzado a familiarizarse con esa terminología. De hecho, muchos de ustedes saben que a los judíos no les gustaba, y aún hoy no les gusta, pronunciar el nombre de Dios porque temen poderlo usar en vano, y entonces sustituyen el nombre de Dios por otros vocablos. Algunos le llaman Hashem, y Hashem simplemente significa "el nombre". Otros, a la hora de hablar de Dios, dicen Adonai, que significa "Señor", para sustituir el nombre. Una de esas sustituciones entre los hebreos era el Logos para referirse a Dios.
No sé cuántos de ustedes han escuchado la palabra Tárgum, o Targumim para referirse al plural, pero los Targumim son o eran las enseñanzas de los rabinos, de los fariseos en alguna ocasión, de manera oral pero en arameo, el lenguaje del pueblo. El arameo fue el idioma con el que el pueblo regresó de Babilonia después de setenta años de cautiverio. Entonces esas enseñanzas en arameo fueron escritas eventualmente y se formaron allí los Targumim. William Barclay, un académico del Nuevo Testamento, dice que en uno de esos Targumim el Logos aparece 320 veces para sustituir la palabra Dios. Y en uno de ellos, el Tárgum de Jonatán, en Éxodo 19:7, dice que Moisés sacó al pueblo para encontrarse, en vez de decir con Dios, para encontrarse con el Logos.
De manera que cuando Juan escribe su Evangelio y dice "en el principio era el Logos", los hebreos no estaban completamente desfamiliarizados con esa terminología. Ni siquiera los griegos. De hecho, si uno se va para atrás en la historia, seis siglos antes de Cristo existió un filósofo griego muy conocido de nombre Heráclito. Y Heráclito decía que el mundo existente está como en una especie de caos, en una especie de movimiento continuo, hasta el punto que él se hizo famoso por decir que nadie se baña dos veces en un mismo río, porque cuando te bañas la segunda vez ya las aguas son otras. Heráclito decía que lo que mantenía ese mundo en constante movimiento con cierto orden era un principio o una fuerza llamada el Logos.
Los filósofos griegos posteriores, Platón, Sócrates, los estoicos, vinieron después y siguieron hablando acerca del Logos. De hecho, James Montgomery Boice, en su comentario acerca del libro de Juan, dice que en una ocasión Platón se juntó con sus discípulos, y que Platón les dijo que era posible que algún día venga de parte de Dios una Palabra, un Logos, quien revelará todos los misterios y quien hará que todas las cosas sean claras.
Y Boice entonces agrega que cuando Juan escribe de esta manera, "en el principio era el Logos, el Logos estaba con Dios y el Logos era Dios", Juan estaba tratando de comunicar que el Dios desconocido de los griegos, el Dios escondido de la Edad Media y el Dios silente del siglo XXI, ese Dios que dicen que no se ha revelado, no está, no es desconocido ni está escondido ni es tampoco silente. No, no lo es. Dios ha comunicado todo el tiempo. La historia comenzó con la comunicación de Dios. Dios habló y el universo entero se formó. Dios habló por medio de sus profetas. Dios habló por medio de su Hijo, a quien llamó el Logos. Nuestro Dios es un Dios comunicante. De tal forma que tanto para los hebreos como para los griegos podía tener interés conocer más acerca del Logos.
Ahora, cuando Juan escribe lo que escribe, él no estaba bajo la influencia de los griegos; él estaba bajo la influencia del Espíritu, quien lo inspiró para escribir de manera infalible e inerrante. Juan no presenta logos como los griegos lo entendieron; él no lo presenta como un principio, no lo presenta como una fuerza, él lo presenta como una persona. Escucha una vez más: "En el principio existía el Verbo, el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Verbo o el Logos era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, del Logos; todas las cosas fueron hechas por medio del Logos, y sin el Logos nada de lo que ha sido hecho fue hecho."
En un solo versículo Juan nos habla de la existencia del Logos, de la compañía del Logos y de la identidad del Logos, versículo 1. Veamos primeramente la existencia del Logos. Juan nos está diciendo: antes de que hubiera espacio, antes de que hubiera materia, antes de que el tiempo comenzara a ser contado, antes de que hubiera registro histórico, el Logos estaba ya presente. De tal forma que el Logos, Cristo Jesús, existió desde la eternidad pasada, fuera del tiempo y del espacio.
Su existencia ha sido desde siempre. No ha habido nunca un momento en la historia de la humanidad, en la historia del universo, cuando el Logos no estuviera presente. El Logos no es parte de la creación de Dios, como dicen los testigos de Jehová, sino que el Logos es el agente creador. Tú puedes darle para atrás al calendario todo cuanto tú puedas, y cuando llegues al final, ahí estaba el Logos.
Nota cómo Jesús mismo deja ver algo de esto en Apocalipsis 1:8, cuando se le aparece a Juan en la isla de Patmos y le da toda esa revelación, y Él dice lo siguiente: "Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso." El Alfa es la primera letra del alfabeto griego, la Omega la última. Él es el principio, Él es el final; de hecho, Él es todo lo que está entre el principio y el final.
Por eso es que Él puede reunirse con los fariseos, con los judíos, y decir: "Antes de Abraham yo soy." No "antes de Abraham yo fui", sino "antes de Abraham yo soy", porque cuando tiene que ver con su persona no le puedes aplicar el tiempo ni pasado ni futuro, porque Él siempre ha estado. Él vive un presente eterno. No "antes de Abraham yo fui", no "antes de Abraham yo seré", sino "antes de Abraham yo soy". Yo Soy es su nombre. Él es el Alfa y Él es la Omega, Él es el que está en el presente, Él es el que estuvo en el pasado, y Él es el que estará y será millones de años después.
Sabemos algo ahora de la existencia del Logos, pero ahora Juan quiere dejarme ver algo de la compañía del Logos. Es esto: el Logos estaba con Dios. Ahora mismo yo estoy con ustedes, ahora mismo esta iglesia está con otras iglesias adorando a Dios, pero la manera como estamos con otras iglesias no es la misma como yo estoy con ustedes. Y si voy caminando por la acera con mi esposa, yo estoy caminando con mi esposa, pero la manera como estoy caminando agarrado de la mano con ella no es de la misma forma como yo estoy con ustedes.
En el griego, la expresión traducida como "con", dicen los expertos, es "pros", que implica una cercanía tan estrecha, tan íntima, donde prácticamente uno es el otro. En el principio el Logos estaba con Dios en una manera tal que "el que me ha visto a mí ha visto al Padre", en una manera tal que "el Logos y el Padre uno son", dijo Jesús. ¿Recuerdan esas enseñanzas de Jesús? "Pros" habla de cercanía íntima, habla de una orientación, habla de una relación de esa intimidad.
En ese principio, cuando el Logos estaba, Él estaba no solo; estaba con Dios. La pregunta que podemos hacernos es: ¿de qué forma estaba el Logos con Dios? Además de ser una unión íntima donde uno prácticamente es el otro. Bueno, Jesús mismo nos reveló algunas cosas. Jesús, horas antes de su crucifixión, subió a un aposento, un aposento alto, se reunió con sus discípulos y comenzó a comunicar cosas que Él entendía eran vitales.
Una vez más yo quiero recordarles que si tu padre te dice horas antes de morir, ya sabes que él va a morir en las próximas doce horas, y te dice: "Mira hijo, hija, quiero comunicarte algunas cosas, yo quisiera hablar contigo en intimidad acerca de cosas de la vida", sobre todo si tú aprecias a tu padre y su sabiduría, tú estarías ahí con tus ojos y tus oídos bien alerta. Y Cristo hizo eso. Con sus discípulos subió al aposento alto y Cristo entró en una conversación con su Padre para permitir a sus discípulos escuchar una conversación intratrinitaria de Dios Hijo con Dios Padre, para que ellos pudieran recordarla y aprender.
Y esta es una de estas enseñanzas, Juan 17:5: "Y ahora, glorifícame Tú, Padre, junto a Ti, con la gloria que tenía contigo antes de que el mundo existiera." De manera que ahora yo sé que la unión del Logos con el Padre no era solamente íntima, era gloriosa. Él compartía la misma gloria con el Padre, y ahora que Él dejó su gloria para encarnarse y pasar un tiempo aquí, y ahora que Él está listo para regresar, está diciendo al Padre: "Regrésame a la gloria que ya yo conocía a tu lado." Lo que la creación ha hecho es poner de manifiesto la gloria que ya Cristo disfrutaba antes de encarnarse.
La relación Padre-Hijo fue cercana, fue íntima, fue gloriosa, pero Cristo reveló algo más en esa oración intratrinitaria de esa noche acerca de la existencia del Logos con el Padre antes de que el mundo existiera. Escucha a Cristo hablando en Juan 17:24: "Padre, quiero que los que me has dado estén también conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo."
Ahora Jesús nos deja ver que el Padre no amó más al Hijo cuando Él vino y se encarnó y se crucificó. No, el Padre amó al Hijo perfectamente desde toda la eternidad pasada, con quien Él compartía su gloria de la manera más íntima. Escúchala otra vez: "Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo." Una vez más, Jesús dejando ver su existencia y el cómo de su existencia antes de que el mundo existiera.
El Hijo mostró el amor por su Padre viniendo y obedeciendo su ley y su voluntad a cabalidad. El Padre demostró su amor por el Hijo regalándole toda una humanidad redimida que lo glorifique por el resto de la eternidad futura. Eso es lo que Cristo dice: "Eran tuyos y Tú me los diste." Eran de Él, de manera que tú y yo representamos una ofrenda de amor del Padre al Hijo como parte de ese amor por ese Hijo.
Ahora nosotros sabemos algunas cosas del Logos. Sabemos que existió desde toda la eternidad, antes de la creación. Sabemos que el Padre y el Hijo estaban unidos de manera íntima. Sabemos también que el Logos ha sido amado por el Padre desde siempre, y sabemos que en esa unión Cristo disfrutaba de la misma gloria que el Padre.
Pero Juan nos dice en el versículo 1 algo más todavía, porque Juan nos habla de la identidad del Logos: "En el principio era el Logos, el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios." Obviamente, si el Logos ha existido de toda la eternidad, debe ser Dios, porque nadie es eterno si no es Dios. Pero Juan tiene un interés peculiar en presentar al Hijo. Antes de presentarlo como un carpintero, antes de presentarlo como un hijo de los hombres, antes de presentarlo como un descendiente de David, o como un maestro, o como un judío, antes de cualquier cosa, él presenta al Hijo como Dios.
Mateo y Lucas lo presentan a través de las genealogías como hijo del hombre, descendiente de David. Juan no tiene ningún interés en presentar al Hijo como humano; ya otros habían hecho eso. Juan lo que quiere es presentar al Hijo como Dios, y lo que él hace entonces en los versículos 3 y 4 es probar la divinidad del Hijo.
El versículo 3 dice: "Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho". Me paro ahí un momentico, antes del versículo 4. Lo que Juan hace ahí es básicamente la exégesis o la interpretación de Génesis 1:1. Génesis 1:1 y Juan 1:1 comienzan exactamente igual: "En el principio Dios creó los cielos y la tierra". Juan dice: "En el principio el Verbo estaba", y escucha ahora, "y todas las cosas fueron hechas". Tú sabes de lo que Génesis 1:1 habla; todas esas cosas de las que habla Génesis 1:1 las hizo el Logos. Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.
En él estaba la vida, la vida de los hombres, la vida del universo estaba en él. Él sostiene el universo por la palabra de su poder, y la vida era la luz de los hombres. El Logos fue el agente de la creación. El Logos, Jesús, es el agente que sostiene el universo. Así dice el autor de Hebreos. Apocalipsis 3:14 lo presenta como el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios. Claro, porque él es el iniciador de la creación. Él es el Amén del Padre; es como el Padre diciendo: "Ahí está mi Hijo, en él mora por completo la divinidad mía". Todo lo que fue hecho, fue hecho por medio de él, y nada de lo que ha sido hecho fue hecho sin él. En el principio el Logos creó los cielos y la tierra.
Déjame darte una idea de qué fue lo que él hizo. Nosotros pertenecemos a una galaxia, la Vía Láctea. En esa galaxia en la que nosotros estamos hay múltiples estrellas. Una de ellas, conocida como Eta Carinae, que hoy se piensa que ha cedido a dos estrellas que forman un sistema, pero esa Eta Carinae tiene una brillantez que es cinco millones de veces la brillantez de nuestro sol. Es tan grande que se cree que tiene de treinta a sesenta veces el tamaño de nuestro sol. Tú puedes tomar de cincuenta a ochenta millones de planetas Tierra de ese tamaño y ponerlos adentro. ¿Tienes una idea de esa estrella?
Ahora, como esa estrella, de diferentes tamaños, pero como esa estrella, nuestra galaxia tiene de doscientos mil a cuatrocientos mil millones de estrellas. ¿Tienes una idea? Y de esas galaxias como la nuestra hay, los científicos no acaban de ponerse de acuerdo, entre dos billones y dos trillones de galaxias. El Logos habló y las galaxias en billones o trillones se formaron con millones de astros cada una de ellas. ¿Te imaginas quién es el que se cuelga en la cruz? ¿Quién es el que paga por ti? ¿Quién es el que derrama su sangre por ti? Es el glorioso Logos de Dios.
Leía hace unos días atrás de una estrella que está a treinta y dos billones de años luz de nosotros. Treinta y dos billones de años luz. Eso es: tú viajas a una velocidad que te permita recorrer más o menos un millón de kilómetros por cada tres segundos, un millón de kilómetros por cada tres segundos más o menos, y tú viajas a esa velocidad por treinta y dos billones de años y entonces acabas de llegar. ¿Dónde está eso? El Logos habló y pegó esa galaxia allá a esa distancia. ¿Te imaginas quién es tu Dios? ¿Te imaginas de qué es digno de recibir? ¿Qué clase de adoración tú y yo debiéramos darle a él? Él es el agente de la creación. Todo lo que fue hecho, fue hecho por medio de él, y nada de lo que ha sido hecho ha sido hecho sin él.
Pero eso es lo macro. Ahora tú desciendes a las células y las membranas fueron hechas por él, y luego tú sigues llegando al citoplasma, los gránulos, al núcleo, y luego te llegas al átomo. Y en el átomo, que es algo microscópico, considerado la partícula más pequeña existente, pero qué: dentro del átomo hay partículas que son más pequeñas que el átomo porque están dentro de él. Y tienes entre electrones, protones, neutrones, neutrinos, sus cargas eléctricas. Todo lo que fue hecho, fue hecho por medio del Logos, y nada de lo que ha sido hecho ha sido hecho sin él.
Y pensar que simultáneamente el Logos está al tanto de todo cuanto ocurre en esa galaxia que yo te hablé, con esos trillones de galaxias, y también en los trillones y trillones de células y átomos y todo lo demás que nosotros pudiéramos mencionar. Todo eso está bajo su control. ¿Cuál es tu problema y preocupación? Y cuando tú eras su enemigo, Dios envió a ese Logos glorioso a la cruz. Y antes de llegar a la cruz, le sirvió a lo peor de la sociedad. Ese es el Logos, el que se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
No sé si te llamó la atención alguna vez que Juan 1:14 no dice que el Logos se hizo hombre. No dice que el Logos se hizo ser humano. Pudo haberlo dicho, pero no lo dice así. Dice que el Logos se hizo carne. En el mismo texto donde Juan está hablando de la divinidad de Dios, él usa la forma más cruda, carne, sarx en el original, para decir no qué fue lo que Cristo se hizo, sino para ayudarnos a entender que verdaderamente Cristo se hizo cien por ciento hombre.
Si él no hubiese sido cien por ciento hombre, no hubiese podido ser nuestro representante. No hubiese podido cumplir la ley en nuestro lugar. No hubiese podido morir en la cruz como sustituto. No hubiese podido ser nuestro gran Sumo Sacerdote capaz de empatizar conmigo en todas mis debilidades, deficiencias y tentaciones, porque como dice el autor de Hebreos, fue tentado en todo de la misma manera que nosotros somos tentados. De hecho, en cuanto a nuestra humanidad se refiere, si exceptúas el pecado, no hay nada en mí que no estuviera en Cristo. Hay cosas en Cristo, hubo y hay cosas en Cristo que no están en mí, como su divinidad, pero Cristo tuvo un cuerpo humano.
Y como tuvo un cuerpo humano, tuvo sed, tuvo hambre, se cansó, necesitó dormir. Él sostuvo una mente humana junto con una mente divina. Lucas 2:52 dice que él crecía en sabiduría. Lo único que crecía en sabiduría era su mente humana; su mente divina nunca aprendió absolutamente nada nuevo. Cristo tuvo no solamente un espíritu divino, tuvo un espíritu humano. De hecho, en los primeros cuatro o cinco siglos de la iglesia, aquellos que no creyeron esto que yo estoy diciendo fueron rechazados como herejes, porque ponían en cuestionamiento la divinidad o la humanidad de Cristo. Y por todo eso se crearon movimientos, no voy a entrar en ello: el apolinarismo, el nestorianismo, el monofisismo. Todos esos movimientos fueron declarados herejes.
Juan te dice que ese Logos glorioso que yo acabo de describir se hizo carne y habitó. La palabra traducida como "habitó" tiene que ver directamente con la palabra tabernáculo, de manera que pudiera traducirse, transliterarse, y decir que Cristo tabernaculizó entre nosotros. Y ciertamente fue así, porque en él moraba y mora la divinidad por completo. En el Antiguo Testamento, en el tabernáculo moraba Dios simbólicamente; en el Nuevo Testamento ahora Dios moró no simbólicamente, sino de manera real entre los hombres.
En el Antiguo Testamento la gente fue ordenada a construir sus casas en ángulo de 360 grados mirando hacia el templo, o hacia el tabernáculo, como una manera de representar la centralidad de Dios y de su adoración en sus vidas. Ahora nosotros tenemos que organizar y ordenar nuestras vidas en dirección de la persona de Jesús. Jesús llegó a verse como un tabernáculo, como un templo. Él dice en Juan 2:19: "Destruyan este templo", y el texto agrega más adelante, refiriéndose a su cuerpo, "y yo lo reedificaré en tres días", refiriéndose a su resurrección.
Entonces, cuando tú comparas el tabernáculo en el Antiguo Testamento con el tabernáculo en el Nuevo Testamento, tú puedes ver grandes diferencias. En el Antiguo Testamento la gente apenas podía visitar un edificio, mirar un edificio, pero ahora en el Nuevo Testamento yo tengo en Cristo un Dios con quien hablar, no simplemente un edificio que visitar. En el Antiguo Testamento el hombre podía ir al tabernáculo, pero no podía hablar con Dios; él hablaba con el sacerdote, confesaba sus pecados al sacerdote, y el sacerdote le hablaba a Dios de parte del pecador. En el Nuevo Testamento ahora yo puedo hablar directamente con Dios, porque el velo fue rasgado en dos y la entrada al Padre fue abierta por completo. Aquel tabernáculo era un tabernáculo muerto; el tabernáculo de Jesús es un tabernáculo vivo.
Ahora recuerda que en el tabernáculo del Antiguo Testamento estaba el arca del pacto. El arca del pacto, entre otras cosas, guardaba la ley. Pudiéramos decir que el arca del pacto estaba llena de la ley de Dios. En el Nuevo Testamento, Cristo, mi nuevo tabernáculo, vino lleno de gracia y de verdad, dice el versículo 14. No lleno de la ley, lleno de gracia y de verdad. Él no vino lleno de ley; él vino a cumplir la ley.
El antiguo tabernáculo es el lugar de reunión, como hoy es, y de revelación. Cada vez que Dios le revelaba algo a Moisés, él iba y lo contaba al pueblo, pero cada una de esas revelaciones tenía que ser seguida de una frase que diga: "Continuará en el próximo episodio". Pero cuando Cristo vino, él es la revelación final de Dios. Él no es el lugar de revelación; él es la revelación de Dios y la última revelación de nuestro Dios. En él se juntan lo viejo y lo nuevo, la ley y la gracia, la misericordia y la justicia de Dios. Es el Logos.
Jesús fue a la cruz y, a diferencia del tabernáculo en el Antiguo Testamento donde se ofrecían sacrificios, él fue el sacrificio. Y a diferencia del Antiguo Testamento, donde el sacrificio era una cosa y el sacerdote que lo ofrecía era otra cosa, en la cruz Cristo fue el sacerdote y la ofrenda al mismo tiempo, poniendo fin al resto de los sacrificios. El tabernáculo fue el lugar de adoración del pueblo de Dios, pero ahora Cristo pasa a ser el centro de nuestra adoración. Cuando él sube, él nos envía el Espíritu de Dios que mora en nosotros y nos hace a nosotros templos del Espíritu, tabernáculos del Espíritu.
De manera que ahora, en vez de yo pensar que el día de reposo yo voy a adorar a Dios y que con eso yo cumplo, yo tengo ahora una obligación, un privilegio de vivir un estilo de vida de completa adoración porque en mí mora la divinidad de Dios en la persona del Espíritu Santo.
Ahora, lo que hace posible que esto ocurra es que el Logos, el que era desde la eternidad pasada, el que estaba íntimamente unido con Dios, el que disfrutaba de la gloria de Dios, la misma gloria, el que había sido amado por el Padre desde toda la eternidad, fuera a la cruz. ¿Tú entiendes la distancia viajada desde esa gloria de Jesús o del Logos hasta la cruz? Venir de la gloria a la vergüenza para encontrarme a mí en vergüenza y llevarme a la gloria. Imagina quién es el que ha derramado esa sangre por ti y por mí. Pensamos en la cruz, pero frecuentemente no aquilatamos quién es el glorioso personaje colgado en la cruz.
Y Juan dice que de ese que tabernaculizó entre ellos, nosotros vimos su gloria. Juan vio junto con otros de ellos, vio lo que Moisés anhelaba ver. "Dios, enséñame tu rostro", entre los de Piper dice que desde la caída de Adán el mayor sueño de un judío era poder ver el rostro de Dios, y eso es lo que Moisés está expresando. Ese anhelo del pueblo: "Yo quiero verlo, enséñame tu rostro". Y Dios dice que nadie puede ver mi gloria y vivir.
Ahora Dios toma su gloria, lo envuelve en un uniforme de carne, lo envía en la persona de Jesús, le llama el Logos de Dios y está ahí habitando entre nosotros. Y Juan dice: "Nosotros estamos viendo la gloria que Moisés y el resto del pueblo nunca pudo ver, nosotros vimos su gloria". La pregunta es cuándo y cómo. Bueno, Juan no explica.
Pero yo creo que vieron parte de su gloria cuando Jesús en la barca se levanta y con una simple, una simple palabra detiene los vientos y el mar. Yo creo que vieron parte de su gloria cuando Jesús se para delante de la tumba de Lázaro y dice: "Lázaro, sal fuera". Yo creo que vieron parte de su gloria cuando el endemoniado que no pudo ser liberado por los discípulos, Cristo viene y con una sola palabra lo liberta y saca el demonio de él.
Juan tiene una fascinación al escribir su evangelio con la gloria de Cristo, menciona la palabra gloria dieciocho veces, menciona el verbo veintitrés veces. Y ese Juan es el que es invitado un día junto con Pedro y Jacobo a un monte donde, en medio de la oscuridad, el Logos que sube con ropas comunes y corrientes de colores, quizás colores vistos por una antorcha que llevaron, de repente pierde todos sus colores y Él se vuelve blanco, no dice como la nieve sino como la luz. Es como si Cristo el inmortal hubiese tomado un momento, hubiese bajado el zíper de su uniforme o el cierre como dicen en otras naciones, hubiese permitido que el mortal pudiera ver parte de su gloria, y ahí está la gloria brillando desde Él hacia afuera. Y Juan dice: "Nosotros vimos su gloria".
Pero Él mostró su gloria de una manera que los discípulos no hubiesen imaginado, que tú tampoco hubieses imaginado. Escucha lo que William Barclay dice comentando acerca de este evento: para los discípulos el ser glorificado implicaría que los reinos de la tierra vendrían a someterse a sus pies, eso sería gloria. Como cuando Pedro, cuando Juan y Jacobo llegaron a Samaria y no lo recibieron: "Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo?" Eso sería glorioso. Eso dice Barclay, que los reinos vinieran y les sirvieran, que ellos fueran sus amos, que otros les sirvieran, que ellos no les sirvieran a otros.
Pero dice Barclay: para Cristo, el ser glorificado implicaba el ser crucificado. El mayor momento de gloria, la hora de mi glorificación, le llamó Jesús a la hora de la cruz. Ellos definían la gloria como triunfo, Jesús definía la gloria como sumisión absoluta a los principios, a los designios del Padre. En el último sentido de la palabra, para Jesús la cruz no fue bochornosa, fue gloriosa, donde Dios reconcilió al hombre con Dios por medio de su Hijo. Uno de los propósitos de la encarnación fue la reconciliación del hombre con Dios.
Pero escúchame, para ello, para que eso ocurriera, porque yo tengo que pensar no solamente en términos de la gloria del Hijo, yo tengo que considerarme a mí en el camino, no solamente como agente reconciliado, sino que cuando yo veo lo que el Hijo fue capaz de hacer, yo tengo que preguntarme a mí: ¿habrá algo que está por debajo de mí? ¿Habrá algo que no es digno de que yo pudiera hacer o sacrificarlo?
Cuando tú piensas una vez más que el Logos, el Dios creador y sustentador, que estaba con el Padre desde toda la eternidad, que de hecho era Dios, en quien estaba la vida, la vida física, la vida biológica, la vida espiritual, la vida del universo entero, nosotros en Él vivimos, nos movemos y existimos, aquel que había sido amado por el Padre desde toda la eternidad, aquel que compartía con Dios la misma gloria, de hecho, aquel que existía en forma de Dios, esto es lo que tomó la encarnación: que aquel que existía en forma de Dios como te lo acabo de describir, no consideró el hecho de ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo.
Y cuando habla de forma de siervo, nos está ayudando a entender que Él vino y sirvió a todos los hombres, incluyendo lo peor de lo peor de la sociedad. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, la peor muerte posible, la muerte más vergonzosa conocida hasta ese momento.
Por lo cual, por tanto, por consiguiente, al Dios Padre ver el sacrificio de su Hijo, ese Dios Padre también le exaltó hasta lo sumo y le confirió un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y que toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para la gloria de Dios Padre.
Eso requirió el Logos hacer: no considerar su posición, no considerar su gloria, no considerar sus derechos, sus privilegios, su sabiduría, lo que Él era, y abandonar todo eso para someterse a los designios de Dios. Eso costó tu redención. Esto se requirió para tú y yo ser sacados del mercado de esclavitud del pecado donde estábamos, para ser traídos a la vida y ser dejados en libertad, de manera que en nuestra libertad no ahora le demos rienda suelta a los deseos de la carne, sino que le demos rienda suelta a nuestros labios, a nuestras manos, a nuestros pies, a nuestras vidas para vivir única y exclusivamente para la gloria del Dios que me creó y del Dios que me sostiene, del Dios que me llamó, del Dios que me redimió.
Ese es tu propósito de vida. Para eso Él vino, para eso Él murió, para eso Él resucitó, para eso Él se sentó a la diestra del Padre, y para eso Él te dijo: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y recuerda, yo estaré contigo hasta el fin de los tiempos, hasta el fin del mundo, hasta que entres en tu gloria".