Vivimos en un mundo donde el pecado reina, aunque muchos ni siquiera reconocen su existencia. Pero la Biblia es clara: pecado es infracción a la ley de Dios, y esa ley se resume en amar a Dios perfectamente y amar al prójimo como a uno mismo. Medido por ese estándar, todos nos quedamos cortos. No solo importan las acciones, sino también las motivaciones del corazón. A veces hacemos lo correcto con la intención incorrecta, y otras veces simplemente omitimos hacer el bien que sabíamos que debíamos hacer.
Génesis 3 revela las estrategias que el pecado usa para seducirnos. Primero, se presenta de manera sutil e inofensiva. La serpiente no llegó desenmascarada sino disfrazada, creando confianza para que Eva bajara las barreras. Hoy no necesitamos un tentador externo: nuestra propia naturaleza nos tienta. Como cuando vemos una conducta mala en nuestros hijos y buscamos quién se la pegó, cuando en realidad brotó de ellos porque son pecadores. Segundo, el pecado señala nuestras carencias en lugar de la bondad de Dios. Satanás distorsionó lo que Dios había dicho, transformando un mandato positivo en una restricción exagerada. Tercero, minimiza las consecuencias: "ciertamente no morirás". Y cuarto, magnifica los beneficios prometidos: "seréis como Dios".
El pecado es populista por excelencia: promete mucho con pocos costos. Pero de Dios nadie se burla; lo que el hombre siembra, eso cosecha. La invitación es reconocer nuestra condición de pecadores y acudir al Señor en arrepentimiento, pidiendo su ayuda para vivir conforme a su voluntad.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Estamos en el capítulo 3 de Génesis, y antes de leer los primeros seis versículos yo quisiera introducir la razón, introducir el mensaje y explicar las razones por las que yo estoy trayendo este mensaje en la mañana de hoy.
La mayoría de nosotros sabe, o yo creo que la mayoría de los que estamos aquí estaríamos de acuerdo, que nosotros vivimos en un mundo caído, en un mundo donde el pecado reina, donde es más común encontrarme situaciones de pecado que encontrarme rectitud y santidad y pulcritud en todas las actividades humanas. Eso puede ser discutido por algunas personas que quizás no están tan de acuerdo con que el pecado reina. Hay algunas personas que ni siquiera piensan que el pecado existe por la manera como lo definen, y un poquito más adelante yo voy a debatir un poquito con esos que piensan de esa manera. Pero por lo pronto acéptenme esta declaración de que vivimos en un mundo donde el pecado reina.
¿Y qué es el pecado? O sea, en los círculos cristianos, en los círculos religiosos, se conoce la palabra pecado, pero quizás no nos detenemos a veces a explicar y a definir lo que el pecado es. Yo quisiera, como a lo largo del mensaje de hoy vamos a hablar mucho del tema y vamos a hablar mucho de este concepto, yo quisiera que nos pongamos de acuerdo a qué me estoy refiriendo yo cuando hablo de pecado y cuando expreso la palabra, el concepto pecado.
Quisiera usar una primera definición que es bíblica, que está en 1 Juan 3:4. No tienen que ir ahí porque es un versículo bien corto, donde Juan dice: pecado es infracción de la ley. Pecado es infracción de la ley, y obviamente la ley a la que Juan hace referencia es la ley de Dios, y la ley de Dios está en su Palabra.
En un momento dado a Jesús vienen y le preguntan: "Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley? ¿Qué es lo más importante en la ley?" Le hicieron la pregunta varias veces y la respuesta de Jesús siempre fue la misma. El primer mandamiento de la ley es: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y el segundo mandamiento es similar a este, y es que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús agrega: aquí se resume toda la ley y los profetas. O sea, lo que Dios quiere que el hombre viva y haga está contenido en esos dos mandatos. Dios quiere que yo le ame por encima de todas las cosas, y Dios quiere que yo ame al otro como yo me amo a mí mismo.
Por lo tanto entonces, si unimos esa definición de Cristo de la ley con la definición de Juan de lo que es pecado, que pecado es infracción de la ley, podemos decir que pecado es todo aquello que me lleva a colocar a Dios en un segundo plano en mi vida, o todo aquello que yo hago o siento por mi prójimo que yo no lo sentiría por mí mismo. Cuando yo no amo a Dios perfectamente y cuando yo no amo al otro como me amo a mí, yo estoy pecando.
Esa es quizá una definición amplia de pecado, y si por ese estándar es, hermanos y amigos, todos nos quemamos. Nadie ama a Dios perfectamente y nadie ama al prójimo como se ama a sí mismo. Esa es la razón por la que la Biblia dice en Romanos 3:23 que todos hemos pecado, todos nos hemos quedado cortos de esa instrucción divina, de ese deseo divino de que el ser humano ame a Dios por encima de todo y ame al prójimo como se ama a sí mismo. Muchos no se reconocen que son pecadores porque precisamente su orgullo les impide o no ven estas cosas de esta manera, pero así define la Biblia lo que es pecado.
El teólogo Wayne Grudem, un teólogo que nosotros leemos mucho y usamos mucho aquí en la iglesia, define pecado de la siguiente manera: el pecado es no conformarnos a la ley moral de Dios en acciones, actitudes o naturaleza. Y me interesa su definición porque le agrega un elemento que puede como pasar desapercibido en lo que yo acabo de decir. Dios no está interesado solamente en lo que yo hago por Él y hago por los demás, esas son acciones; Dios también ve el corazón.
Y para yo ser un ser humano perfecto, si yo me considero perfecto, para yo ser perfecto según lo que Dios considera un ser humano perfecto: alguien que hace siempre lo correcto delante de Dios, pero que también siente siempre lo correcto delante de Dios. Un ser humano perfecto tiene que ser perfecto en sus acciones y en sus motivaciones. Y eso, hermanos y amigos, si te se pasa por ese cedazo, nos deja muy cortos a todos. A veces yo hago la acción correcta con la motivación incorrecta. Es muy difícil a veces manejar mis motivaciones. Yo diría, bíblicamente es imposible, porque tenemos una tendencia interior pecadora que nos inclina constantemente en la dirección del pecado, en la dirección de poner a Dios en un segundo plano, de no amar al otro como a mí mismo, de hacer cosas o de pensar cosas que delante de los ojos de Dios no son correctas.
Y una última definición. Yo voy a traer doce definiciones más, perdón, pero quería traer una que no es bíblica ni es cristiana. Es una definición de la Real Academia de la Lengua, de su diccionario, que define pecado de la siguiente manera: el pecado es toda cosa que se aparta de lo recto y lo justo, o lo que falta a lo que es debido. No sé si ustedes se percatan de qué le falta a esa definición, pero definir el pecado como cosa que se aparta de lo que es recto, de lo justo, de lo que es debido, me deja un poco cojo, porque ¿qué es lo recto y qué es lo justo y qué es lo debido? Juan dice pecado es infracción, ¿a qué? A la ley de Dios. Esa es la referencia. La Real Academia, con toda su intelectualidad, define "si se aparta de lo recto", ¿y qué es lo recto? Quizás si buscamos en el mismo diccionario, lo recto tampoco tiene una definición, porque vivimos en una sociedad que no cree en valores morales absolutos. O sea, lo que es bueno para ti no necesariamente es bueno para mí. Pero qué bueno que tenemos fundamentos en la Palabra de Dios y una roca inconmovible, que podemos decir: no, esto es malo y esto es bueno.
Por último, esto es algo que Santiago, el libro que me pasé un tiempo predicando, nos señala, y es algo muy agudo de su parte. En Santiago 4:17 la Palabra de Dios nos dice lo siguiente: aquel que sabe lo que es lo bueno y no lo hace, le es pecado. O sea que ahora hay un elemento adicional en el concepto de pecado bíblicamente hablando. No es solamente yo hacer lo malo o pensarlo malo o sentirlo malo; es cuando no hago lo bueno. Es el famoso pecado de omisión. Hay pecado de acción y pecado de omisión.
Y ciertamente, si tú evalúas tu vida a la luz de todas estas definiciones que yo he tratado de traer: que tú amas perfectamente a Dios en todo momento desde que naces hasta que mueres, que tú amas al otro como a ti mismo desde que naces hasta que mueres, que tú no solamente estás constantemente evitando hacerle mal y sentir mal hacia Dios y hacia los demás, sino que tú estás activamente procurando el bien de Dios y el bien de los demás constantemente, o sea, no cometiendo pecado de omisión, entonces tú puedes considerarte una persona perfecta. Y eso, como ya he dicho en dos ocasiones, es algo humanamente imposible. Por eso la Biblia nos coloca a todos en una categoría de pecadores: por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.
Entonces el pecado es un problema para nosotros. El pecado es un problema para el que no conoce a Cristo, para el que no es cristiano, que no ha venido a los pies de Cristo y se ha arrepentido; es un problema para él. Pero es un problema para el cristiano también, porque yo como cristiano, cuando vengo a los pies del Señor, sí ciertamente el Espíritu de Dios viene y habita en mí, pero yo sigo siendo un pecador. Yo sigo teniendo una tendencia pecaminosa y pensamientos pecaminosos e impuros que tengo que estar constantemente luchando contra ellos.
Y a pesar de que estoy describiendo eso como una lucha, no quiere decir que uno viva una vida miserable. Porque cuando uno dice eso, bueno, pues el cristiano vive una vida miserable, total, completamente luchando y constantemente luchando y peleando contra sí mismo. No, no, no, no. Es una lucha que la hacemos con gozo, porque sabemos que el pecado no me reditúa nada, no me favorece nada; el gozo lo encuentro en el Señor. Entonces, una lucha, pero no es una lucha debilitante; es una lucha gozosa que la hacemos porque sabemos que nuestro galardón es grande en los cielos.
Entonces yo quisiera que revisáramos este capítulo 3 de Génesis. Yo creo que puede arrojarnos mucha luz acerca de nuestra realidad, la realidad de nuestros corazones, como creyentes o como no creyentes. Y aquel que no es creyente, es mi esperanza, mi oración, que se encuentre identificado en estas cosas que estamos describiendo y pueda recurrir a Dios para encontrar la solución a su corazón pecaminoso y a su inclinación pecaminosa.
Yo quiero preguntarle entonces a este pasaje: ¿cuál es la estrategia que se usó en el huerto del Edén, en el jardín con Adán y Eva, para llevarlos a pecar? ¿Cómo fueron seducidos? ¿Cuál fue la campaña, si podemos decirlo así, publicitaria que utilizó el tentador para acercar a Adán y Eva al primer pecado? Yo creo que al revisar esa historia nos vamos a percatar de que muchos de nosotros, o todos, estamos retratados ahí.
Génesis 3 del 1 al 6, vamos a leer: "Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor había hecho, y dijo a la mujer: ¿Conque Dios ha dicho no comeréis de ningún árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer, pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: No comeréis de él ni lo tocaréis, para que no muráis. Y la serpiente dijo a la mujer: Ciertamente no moriréis, pues Dios sabe que el día que de él comáis serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió."
Seis versículos cortos, cargados de enseñanza. Estos primeros capítulos del Génesis tienen mucha especulación alrededor, y pudiéramos hacer un sermón paralelo explicando y defendiendo que el relato del Génesis es un relato histórico, y que la pretensión y el deseo del autor del Génesis nunca fue presentar una historia ilustrada o una ilustración fabulesca de cómo sucedieron las cosas en el principio. El relato del Génesis tiene todas las indicaciones en el texto, en su narrativa, de que es un relato histórico. Jesús habló de él, Pablo habló de él y se refirió al relato del Génesis como un relato histórico, que fue lo que sucedió en ese momento.
La primera pareja, Adán y Eva, creados por Dios, habían sido creados unos capítulos anteriores a este, y habían sido colocados en un huerto especial para su habitación, para que ellos lo cultivaran, lo cuidaran y se multiplicaran ahí. Es ahí donde Dios les delega el dominio de la creación. Ellos tenían una enorme libertad; Adán y Eva tenían libre albedrío, podían hacer lo que les pareciera, pero tenían una restricción: no debían tomar del fruto de uno de los árboles del huerto que Dios había colocado en medio.
Parece la historia, al intelecto moderno, una historia de fábula. Pero si usted se lee desde el capítulo uno hasta el tres, usted se va a dar cuenta de que estos son capítulos extraordinarios. Estamos hablando de creación del universo, de creación de estrellas, de creación de la tierra, de los mares, de todo lo que existe, de la vida, lo cual es un milagro en sí mismo. A mí no me extrañaría que apareciera un personaje como este, un personaje totalmente desconocido pero como una serpiente que habla. Pero si estamos hablando de creación del universo hace un par de capítulos, ¿qué nos extraña que aparezca algo extraordinario también? Estos son los inicios de la civilización, los inicios de la vida humana.
Pero ¿qué pasa? Ellos tenían esa restricción, y podemos preguntar: ¿Por qué Dios, dándoles libertad y dándoles todo y dándoles toda la provisión, les pone esta restricción? Es como que Dios quiere molestarlos, como que Dios quiere restringirlos. Pero la restricción tiene un propósito, y es decirle al ser humano: tú eres libre, pero tú te debes a mí. Tú puedes hacer todo lo que tú quieras, pero hay una cosa que yo te pido que no hagas. Le comunicaba al ser humano que era un ser dependiente, que era un ser creado, que era un ser que se debía a otro ser mayor que era Dios, su Creador. Por lo tanto, no fue arbitraria la imposición de esta restricción; tenía el propósito de crear un mensaje en el corazón humano de que él no era dios de sí mismo, de que él no se gobernaba a sí mismo. Y en ese sentido, eso es sano para el ser humano: que sepa que él es un ser creado y dependiente, y no que es un ser que tiene poder absoluto. Ese fue el propósito.
Y visto eso, ese es el entorno que yo quería explicar primero. Pero ¿qué comienza a pasar en este capítulo tres del Génesis? Si ven, este capítulo se designa, se titula en la mayoría de las Biblias, "La caída del hombre," la caída en el pecado. Y nos dice mucho de cómo el pecado funciona y cómo el pecado nos seduce. Yo quisiera preguntarle al texto esto: ¿de qué manera el pecado sedujo, o el tentador sedujo, a la primera pareja a caer en pecado?
Lo primero que nosotros vemos es lo siguiente: el pecado se nos presenta de una manera sutil e inofensiva, y nos habla. Eso lo vemos en el primer versículo: "Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer: ¿Conque Dios ha dicho no comeréis de ningún árbol del huerto?" Como les dije hace un momentito, llama la atención este personaje de la serpiente. Sabemos que era una serpiente porque el texto lo dice: era más astuta que cualquiera de los animales del campo; la pone en la categoría de los animales. Pero sabemos que era más que una serpiente porque habló. Entonces era una serpiente porque sí lo dice el texto, pero era más que una serpiente porque habló de una manera muy capciosa, de una manera muy perversa y sugestiva a la mujer.
En Apocalipsis 12, el último libro de la Biblia, Juan dice lo siguiente: que la serpiente antigua es Satanás. Es un personaje espiritual; pudiéramos hacer otro mensaje de Satanás, de quién es Satanás, cómo surgió y demás. Pero sabemos que es el opositor de Dios en este universo. Y en el capítulo 1, versículo 31, se nos dice que todo era bueno. Dice literalmente: "Y vio Dios que todo lo que había hecho era bueno en gran manera." Hasta ahí todo estaba bien, pero en el capítulo 3 aparece la serpiente a tentar a Eva. Entonces, entre el 1:31 y el capítulo 3, Satanás cae en pecado y se convierte en un ser que se opone a Dios. Y desde ahí ha sido una lucha campal sin detenerse, y será una lucha campal hasta que Dios cierre la historia más adelante contra Satanás y sus maquinaciones.
¿Qué hace Satanás? Satanás viene disfrazado, viene como un animal. No podía venir disfrazado de ser humano porque Adán y Eva eran los únicos. Imagínense ustedes que Adán y Eva, sabiendo que eran los únicos seres humanos hasta ese momento, se les aparece otro ser humano: inmediatamente las antenas de la alerta se les hubiesen despertado. Pero Satanás no quería despertar la alerta en el corazón de Eva. Tampoco podía venir como un ser celestial. No sabemos por qué razón no lo hizo, pero yo especulo: o Dios no se lo permitió, o quizás venir disfrazado de ser celestial hubiese también producido una alarma en Adán y Eva.
¿Cómo vino entonces? El tentador vino disfrazado de un animal, que era la cotidianidad de Adán y Eva, que era lo que ellos todos los días veían, que era con lo que ellos estaban relacionándose. Ellos estaban sojuzgando la tierra, controlando la creación, ejerciendo dominio. Y ciertamente que esta serpiente haya hablado debe haber producido una sorpresa, sí. Pero por lo visto, la estrategia de Satanás era venir a través de algo que ellos conocían. De hecho, en el Nuevo Testamento se nos dice que Satanás se viste hoy en día de ángel de luz para engañar, hablando de falsos maestros y falsos profetas.
Satanás no se nos va a presentar, y el pecado no se nos va a presentar a nosotros, de manera desenmascarada, diciendo: "Mira, yo estoy aquí para que tú caigas, yo estoy aquí para que tú falles, yo estoy aquí para que tú cometas un pecado." No, es sutil. En principio parece inofensivo, parece familiar, y eso nos da una confianza y nos hace bajar las barreras y cometer el pecado con más facilidad.
Pero yo quiero hacer una observación, porque nuestra realidad hoy en día no es la misma que la de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Adán y Eva nunca habían pecado, y ellos no tenían en sí mismos una naturaleza pecaminosa. Por lo tanto, el pecado y la tentación tenían que venir de fuera de ellos. Hoy en día nosotros no necesitamos que el tentador venga a tentarnos para nosotros pecar o sentir tentación, porque Santiago nos dice que nuestra propia naturaleza nos tienta.
Miren lo que dice Santiago en su capítulo 1, versículo 13: "Que nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal y Él mismo no tienta a nadie." Oigan esto: "Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión." Sería una mala teología aquella de los que creen que todo pecado es producto de una intervención demoníaca, de una presencia de Satanás en nuestras vidas. La Biblia claramente establece que la mayor fuente de tentación sucede, que anda con nosotros, que somos nosotros mismos. Nosotros no necesitamos un estímulo exterior, aunque muchas veces lo tenemos, pero tenemos una naturaleza pecadora.
Hace un par de meses yo estaba conversando con mi esposa de una conducta que vimos en uno de nuestros hijos. La primera reacción de nosotros, una conducta mala, una conducta que teníamos que corregir, y la primera pregunta de nosotros es: ¿de dónde él sacó eso? ¿Quién se lo pegó? ¿Eso fue un amiguito? ¿Eso es allí? ¿Eso es aquí? Y después de pensar, dijimos: "Charbela, pero es que Elías es un pecador." Salió de él, brotó de él. No tiene nadie que enseñarle a hacerlo mal hecho, brotó de él. Y sería una mala teología que yo les dijera que nosotros somos tentados por el demonio o por Satanás cada vez que nosotros estamos tentados a hacer algo malo, a cometer pecado. Nosotros mismos generamos estas tendencias y estas inclinaciones. Acuérdense, pecar, colocar a Dios a un segundo plano, o amar al otro, o amarme a mí más que al otro, es una tendencia natural en cada uno de nosotros.
Pero, ¿cuál fue el error de Eva? El tentador viene seductor, persuasivo, creando confianza, disfrazado para no despertar sus alarmas, y Eva le presta atención. Ese fue su error. La falta de discernimiento de Eva en ese momento para darse cuenta de que incluso la primera pregunta debió abrirle los ojos y decirle: "Esto no va a conducir a nada bueno." Yo sé, porque yo sé que esto no va a conducir a nada bueno, porque ya esta pregunta induce a pensar mal de Dios. No, ella bajó las barreras, se descuidó y le prestó atención, y comenzó un diálogo. Comenzó un diálogo con el tentador.
Como muchas veces nos pasa a nosotros cuando nosotros entretenemos tentaciones en nuestras mentes, a hacer lo malo, a cometer actos que no deberíamos y demás. Como nosotros conversamos: "Eso lo hace todo el mundo, es lo normal. La verdad es que nadie se va a dar cuenta. ¿Pero por qué no? Eso no está tan malo como parece." Y comienzo yo a conversar con estas cosas, cuando de plano yo sé que no debería, que no debería tener esa conversación. Y le ponemos atención a lo que no deberíamos ponerle atención.
Yo creo que debemos ser más intencionales en eso. Debemos ser más intencionales al detener el diálogo de nuestro corazón y mente con aquellas inclinaciones pecaminosas que nos vienen, y detener el diálogo lo más temprano posible. Y yo creo que podemos ser intencionales y podemos lograr eso.
En una ocasión, se nos dice, y es algo que está en las redes, el periódico Washington Post hizo un experimento en una de las estaciones del metro de Washington y colocó en esa estación a un famoso violinista llamado Joshua Bell. Lo pueden buscar en YouTube, está ahí. Y sucede que a este violinista lo colocan vestido, no estaba mal vestido, estaba vestido normal, no en smoking, sino normal, con su violín de 3.5 millones de dólares y su maletín de violín abierto frente a todos los transeúntes que pasaban por ahí, simulando un violinista callejero. Y se puso a tocar una de las sinfonías clásicas.
La cámara presenta, como las que se ponen en cámaras rápidas para ver una mayor cantidad de tiempo, cámaras rápidas, la gente pasando, y Joshua Bell ahí inspirado. Nadie se percata, nadie se percata, nadie se detiene y le pone atención al extraordinario Joshua Bell, que es uno de los mejores violinistas del mundo. Al final del día, una señora de nombre Stacy Furukawa se detiene y dice: "Pero usted no es un violinista callejero. Usted es Joshua Bell." Y le pregunta, y lo saluda muy cordialmente, le pregunta: "¿Cómo usted se enteró? ¿Cómo usted lo sabe?" Dice: "Bueno, yo estuve en su función la semana pasada en tal salón y pagué cien dólares por verlo."
Y efectivamente, el resultado del experimento es que la gente le pone atención a lo que le quiere poner atención. A lo que yo no quiero poner la atención, no le pongo atención. Si ellos hubiesen enterado de que era Joshua Bell, quizás se hubiesen detenido. Pero nadie se detuvo a percatarse de la calidad, a percatarse del nivel con el que estaba tocando. Sencillamente nadie se detuvo. Se detuvo esta señora que sí sabía.
Pero nosotros podemos dirigir nuestra atención hacia donde queramos, y la atención de nuestra mente puede estar dirigida hacia donde nosotros queramos. Literalmente Pablo le dice a Timoteo, en Filipenses 4, que en todo lo bueno, en todo lo justo, en todo lo santo —en eso estoy parafraseando el texto— en eso piensa. Puntualmente en eso. Yo puedo crear una disciplina de mi mente, una disciplina de vida, que me lleve a pensar en aquellas cosas que me van a llevar en la dirección que Dios quiere que yo vaya.
La primera estrategia seductora del enemigo fue hablarle de manera disfrazada a Eva. Eva le presta atención, conversa con él, le da entrada en su vida, y sencillamente cayó.
Algunos ejemplos de cómo se da esto, porque la tentación a veces viene no simplemente de nosotros, pero viene también de los medios, viene de los amigos. No sé cuántos de ustedes han escuchado el orgullo hablar cuando alguien le ofende. Alguien le ofende y el orgullo te dice: "¿Tú te vas a quedar así? Pero tú no lo puedes perdonar, porque si no te pide perdón, tú no lo puedes perdonar. Date a respetar. Tú tienes que tener un poco de dignidad." Es el orgullo hablando.
O a veces vemos el éxito ajeno, y en vez de gozarnos y disfrutar el éxito ajeno, lo que sentimos es envidia. Y la envidia me susurra y me dice: "Pero tú eres más capaz que él. ¿Cómo fue que él consiguió eso? Tú manejas mejor los temas que él maneja." Y no disfruto el éxito ajeno porque la envidia me está susurrando.
La queja, muchas veces, es una de las que más habla. La queja está ahí constantemente, como una gallareta chismosa, diciendo que tú no tienes todo lo que deseas, tú no tienes todo lo que mereces. En una sociedad de consumo como vivimos, todo el mundo cambia las cosas tan rápido, tan frecuente, y vivimos en un estado de desánimo y de frustración porque no tenemos todo lo que el otro tiene. Y somos tentados a caer en la ingratitud y a caer en la queja constante.
A veces el desamor hacia otros me habla también. Y alguien que tú no conoces mucho viene y te pide un favor que requiere un sacrificio de tu parte, y tú inmediatamente, en vez de ser servicial y amarlo como tú te amas a ti mismo —yo me amo a mí mismo, imagínate—, porque coge pa' allá, amigo. O sea, este fue un bréquete ahora, que yo... Amarlo como a ti tú te amas a ti mismo, y le hacemos caso.
La lujuria e inmoralidad nos habla constantemente, especialmente a los hombres, pero también a las mujeres. La vanidad les habla mucho a las mujeres, y le prestamos oídos. Y así sucesivamente, podemos poner ahí puntos suspensivos. Hay una enormidad, una interminable lista de actitudes y acciones que estamos constantemente tentados a seguir, y que sabemos que son cosas que minimizan a Dios o desaman al prójimo. Y eso es pecado.
Esa fue la primera estrategia que Satanás usó, que el tentador usó: hablarle y tratar de venderle esta idea, y venir camuflado para que Eva aceptara esto. No le prestemos atención a las conversaciones del pecado en nuestra vida si no queremos caer.
La segunda estrategia la vemos en el versículo 1 hasta el 3. Voy a leer una vez más lo que leí, y voy a leer hasta el 3. Lo segundo que el pecado hace para seducirnos es que nos dice que tenemos menos de lo que deberíamos tener.
"Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor había hecho, y dijo a la mujer: '¿Con que Dios ha dicho no comeréis de ningún árbol del huerto?' Y la mujer respondió a la serpiente: 'Del fruto de los árboles del huerto podemos comer, pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: No comeréis de él ni lo tocaréis, para que no muráis.'"
Satanás toma algo que Dios dijo y lo distorsionó.
Satanás cambia el contenido de la palabra de Dios para Eva y le dice: "¿Con que Dios ha dicho?", y ahora cita supuestamente a Dios, pero lo cita mal. Pero la primera parte de la pregunta, la pregunta misma, despierta una duda. Comienza a crear una desconfianza en el corazón humano hacia la bondad de Dios y hacia lo que Dios ha dicho. Hermanos, esto no existía en la mente de Eva antes de la tentación. "¿Con que Dios ha dicho?" Eva sabía lo que Dios había dicho. Ahora el tentador dice: "¿Con que Dios ha dicho?" Quizás eso no fue lo que Dios quiso decir. Quizás yo lo entendí mal. Quizás Dios dijo otra cosa. La duda comienza a hacerse presente.
Todo pecado en su base cuestiona lo que Dios ha dicho o se rebela contra lo que Dios ha dicho. Pero cuestiona lo que Dios ha dicho. "¿Con que Dios ha dicho?" Pone en duda lo que Dios realmente dijo. Pero hace otra cosa en la pregunta. Dios había dicho lo siguiente: "De todos los árboles pueden comer." El mandato de Dios fue positivo: de todos los árboles pueden comer, excepto de uno. Y Satanás dice: "De ningún árbol pueden comer." Ahora, al Satanás ponerlo de esa manera, hace evidente la carencia que Eva tiene: "Pero me falta uno, me falta un árbol." "No, no, no, no, él lo que dijo..." Ella se pone a la defensiva: "No, no es lo que dijo, que podemos comer de todos, pero..." Pero ciertamente me falta uno. "¿Pero por qué será que Dios no nos dejó comer de todo lo que él dispuso para nosotros, lo que él dispuso en el huerto?" Viene la duda y el sentido de carencia.
Dios había creado el huerto y la creación era buena en gran manera. Dios es un Dios bondadoso, generoso. La respuesta de Eva debió haber sido muy diferente. Cuando él señaló la carencia, ella debió señalar la bondad de Dios hacia ellos. Pero ella cae en el juego y se pone a la defensiva.
Pregúntenle a un niño. Si ustedes quieren ver sembrada una duda en un niño hacia la bondad de su papá, imagínense que ustedes van al otro día del cumpleaños de un niño y ustedes saben que no le regalaron nada, pero ustedes van precisamente ese día y le preguntan: "¿Y tu papá no te regaló nada de cumpleaños?" O a una mujer, a una esposa que acaba de pasar el aniversario de bodas y su esposo no hizo nada. Ella está contenta, ella está bien, qué se le puede hacer, otra cosa. Pero sucede que viene la amiga que le dice: "¿Y él no hizo nada para el aniversario?" O a un empleado que está contento en su empresa, pero sucede que viene otro con preguntas: "¿Y tu jefe no te consulta ese tipo de cosas? ¿Y a ti no te han subido este año?" E inmediatamente, el señalar la carencia trae a la mente humana: "Me falta algo, me falta algo, yo merezco otra cosa, yo merezco más." Y el pecado nos dice eso.
Eso fue lo que Satanás le hizo a la mujer: le señaló la carencia, le exageró la restricción de Dios. Y el pecado te dice: "Tú te mereces eso, tú deberías tenerlo, eso no es nada." Y comienza a hablar y comienza a señalarte la carencia. Nuestro papel y nuestro rol en ese tipo de encuentros con el pecado es recordar en ese momento no la carencia, sino la bondad de Dios hacia nosotros. Sí, ciertamente Eva pudo haber dicho: "Él no nos deja comer de ese árbol, pero nos dejó comer de todos los demás árboles. Y lo que él restringe está bien restringido. Yo me debo a él, yo me someto a él, yo espero en él, yo confío en él."
Y quizás podamos decir como dijo Spurgeon en alguna ocasión cuando dijo: "Si Dios supiera de alguna situación mejor para mí que la que estoy, me hubiese colocado en ella." Tú estás en este momento en la situación que Dios entiende es la mejor situación, dadas tus circunstancias, dada tu combinación de virtudes y pecados. Dios entiende que esa es la situación en la que él te quiere. Eso no quiere decir que el cristiano no trate de superar ciertas áreas y de crecer; todo eso está dentro del plan de Dios y lo contempla. Pero ciertamente nosotros no estamos en una mejor situación porque Dios no quiere. Él ha sido extraordinariamente bondadoso con nosotros en muchos aspectos, aunque veamos carencias en nuestras vidas.
Pero solo segundo: que el pecado hace, el pecado te señala la carencia y no te señala lo que has recibido. Y cuidado con esa estrategia.
Pero hay una tercera cosa, quizás una de las más peligrosas que el pecado hace, y es que el pecado subestima, subestima sus consecuencias, sus propias consecuencias las subestima. Miren lo que le dice la serpiente a la mujer en el versículo cuatro: "Y la serpiente dijo a la mujer: Ciertamente no moriréis." Oigan lo que Dios había dicho en Génesis 2:17: "Pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás." La estrategia ahora, tercera, de Satanás es decir: "Mira, no te va a ir tan mal como Dios te dijo. No te va a pasar lo que él te dijo que te iba a pasar." Y eso es precisamente lo que ocurre aquí. Ya Satanás no viene, esto no es sutil, esto es agresivo. Pero le está diciendo a la mujer: el pecado no es tan costoso como tú piensas que es. "Ciertamente no morirás."
Fíjense algo también que puede pasar en esa pasividad. Y es que cuando la mujer le cita a Satanás lo que Dios dijo, miren lo que dice el versículo tres al final. Esto es la mujer diciéndole: "Dios dijo: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis." Ella quitó el "ciertamente", el "ciertamente", la certeza de las consecuencias. Ella la removió de su cita. No sabemos por qué razón, no debemos especular. Pero aquí Satanás le dice: "Ciertamente tú no vas a morir."
Varias implicaciones de esto. Primero: Dios te dijo mentiras. Segundo: Dios no es tan santo; si te dijo mentiras, no es tan santo como él se presenta que es. Dios no es tan bueno, porque si hay algo bueno que tú puedes conseguir y no vas a morir, ¿por qué él no te deja tenerlo? Dios no es tan bueno como él se presenta que es. Por lo tanto, el pecado es un ataque a la persona de Dios, es un cuestionamiento al carácter de Dios constantemente.
Yo decía que el pecado es en su esencia populista. Y quizás algunos de los que están aquí, que no son economistas ni sociólogos ni especialistas en ciencias sociales, quizás esa palabra se les escapa. Pero el populista es un individuo que promete mucho con pocos costos. Su propuesta es la mejor; el sacrificio para lograr eso, no, hombre, ni lo menciona. El pecado es populista en su esencia: el pecado minimiza lo que cuesta y te magnifica lo que promete. Y al final el ser humano se choca con la realidad al creerle a un populista. Y nosotros sabemos cómo nos va como naciones cuando le creemos a los discursos populistas que nos prometen villas y castillas y no hay costos que pagar. Esa no es la realidad de la vida.
Cada uno de nosotros, hermanos, cada uno de nosotros tiene que enfrentar la realidad de que, por pequeño que sea el pecado y sin importar su naturaleza, todo pecado, todo pecado tiene o tendrá consecuencias. A veces no son visibles, a veces no son inmediatas, pero todo aquello que coloque a Dios en un segundo plano en mi vida, y todo aquello que trate al otro de una peor manera de como yo me trataría a mí mismo, ciertamente te va a colocar a ti como merecedor de consecuencias. Así funciona el universo de Dios. Y de hecho Pablo le dice a los gálatas en Gálatas 6:7, le dice: "No se dejen engañar, de Dios nadie se burla; lo que el hombre siembra, eso cosecha", hablando de las consecuencias del pecado.
Y este punto en particular, hermanos, yo creo que es muy, muy importante que nosotros lo enfaticemos en nuestra generación. Hay muchas cosas que vemos hoy en día que se nos venden como que no tienen consecuencias algunas, como que no hay problema. De hecho, hay muchas cosas que nuestra sociedad y nuestra generación ha dicho que son buenas cuando son en realidad malas, que son convenientes o son símbolos de libertad cuando en realidad son esclavitudes. Y tenemos que tener cuidado con eso.
Muchos han dicho que vivimos en una sociedad con los valores invertidos. ¿Qué pensamos nosotros que significa una sociedad con valores invertidos? Básicamente que lo que es bueno, lo que es bueno, ahora es malo, y lo que era malo ahora se considera bueno. No solamente bueno, sino que se persigue. Hoy en día la gente persigue el materialismo y la riqueza por encima de todo. De hecho, el mayor dios de hoy se llama el ego personal, donde yo estoy dispuesto a llevarme de encuentro a mi familia, a mis compañeros de trabajo, a mi país, para yo beneficiarme personalmente de lo que yo quiero. Y estamos valorando lo que era malo antes, lo ponemos como bueno, y lo que era bueno lo ponemos como malo. Y eso es una sociedad de valores invertidos.
Y pensamos que no hay consecuencias. En algunos casos no hay consecuencias inmediatas, pero habrá consecuencias, porque Dios juzgará. Y si no hay consecuencias aquí en la tierra, habrá consecuencia frente al trono de Dios, porque todos tendremos que dar cuentas de nuestros actos aquí en la tierra. Este es el tercer aspecto de la tentación, que minimiza las consecuencias.
Pero hay un último aspecto que quisiera señalar, que está en los versículos 5 y 6, y es que el pecado magnifica sus beneficios: "Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió."
¡Qué promesa! Literalmente ya le dijo: "Tú no vas a morir." Pero además de que me dice que no voy a morir, que no hay consecuencias, "no, es que tú vas a ser como Dios, tú vas a tener conocimiento del bien y del mal." Y el pecado hace promesas. Esto es una promesa que el tentador le está haciendo: "Tú vas a ser como Dios y tus ojos van a ser abiertos."
Y hoy en día, ¡cuántos pecados se nos venden! "Oye, tú lo que necesitas es dinero; si tienes dinero, tú tienes poder; y tienes poder y tienes comodidad." "Y tú lo que necesitas es una relación inmoral, y eso te va a dar placer y comodidad." El pecado se te vende y se te presenta como algo atractivo y como algo que te va a dar beneficio, que va a suplir algo que te falta, que tú necesitas, que tú mereces. Magnifica sus beneficios y al mismo tiempo te dice que los costos no son tan altos.
Importantes, claro. Cuando tú asumes un análisis de costo-beneficio, como decimos en economía, cuando tú dices: "Pero acá no hay un gran costo que pagar y los beneficios son tan prometedores, ¿por qué no hacerlo?", lógicamente no hay razón para no hacerlo, nada me detiene. Lógicamente, el pecado es populista por excelencia: muchos beneficios, pocos costos. Hasta ahora, hasta este texto, el único que había dicho la expresión "y esto era bueno" era Dios.
Pero interesante, ahora vemos por primera vez a la mujer, a un ser humano, un ser creado, diciendo lo que es bueno. La mujer dijo, cuando vio la mujer que el árbol le era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol le era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió. Ya lo bueno, en un corazón que se ha deslizado en el pecado, ya lo bueno no lo define Dios, lo defino yo. Yo sé lo que me conviene, yo sé lo que yo quiero, y yo voy tras eso. Dios había dicho: "Ese árbol es malo, no lo coman." Ahora ella dice que el árbol es bueno, agradable y deseable. Es bueno, se ve bien, es apetitoso, voy a obtener sabiduría. Pero Dios te dijo que no.
Pongan en ese pensamiento, en esa meditación: ¿cuántas cosas sabemos que se oponen a lo que Dios quiere para nuestras vidas y le damos entrada porque entendemos que nos convienen, o que nos las merecemos, o que las necesitamos, o que no tengo opción? "Yo respondí así porque no tengo opción, porque tú me dijiste, porque tú me hiciste..." Y cometemos pecado basado en lo que yo entiendo que es bueno y no en lo que Dios entiende que es bueno. El pecado es una redefinición de lo moral de Dios. Cuando el ser humano peca, el ser humano dice: "Esto es lo que yo debo hacer, es lo que me conviene", o: "Es lo que yo quiero hacer, aunque sé que no me conviene, porque mi conciencia me lo dice, pero es lo que quiero hacer." Pero Dios ha dicho que no. Es una redefinición del comportamiento moral que Dios ha determinado.
Y esa fue la última estrategia que el tentador utilizó: exagerar los beneficios que este pecado prometía a la raza humana. Y sabemos los problemas, sabemos los problemas en los que esta primera decisión introdujo a la primera pareja. Y vuelvo a enfatizar lo siguiente, hermanos: hoy en día quizás nosotros, cuando pecamos, no seguimos este proceso. No conversamos con el tentador como lo hizo Eva, ni conversamos con nosotros mismos. Es algo más habitual. Nosotros somos pecadores habituales porque estamos acostumbrados a pecar, porque la reacción que hemos aprendido es la reacción que siempre hemos tenido. Aunque no nos sentimos del todo bien, ya estamos insensibles a nuestros pecados habituales. ¿No nos pasa eso?
Obviamente, cuando yo voy a decir una "mentirita", por poner el término, porque "mentirita" es porque nosotros la queremos hacer pequeñita, pero una mentira es faltar a la verdad, es un irrespeto al que se la digo, es un desconocimiento de que Dios es verdad. Entonces la mentirita no es tan mentirita cuando lo vemos en esos términos. Pero cuando decimos una mentirita, no pensamos: "Estoy redefiniendo la moral, estoy escogiendo al tentador o mi preferencia en lugar de Dios, estoy rechazando el mandato de Dios." No pensamos en todas esas cosas. Hemos acostumbrado nuestro corazón y nuestra alma a reaccionar de manera pecaminosa habitualmente.
Es como el que se levanta a las cinco de la mañana todos los días. Pero los que lo hacen me han dicho, porque yo no conozco esa realidad, que ellos se levantan a las cinco de la mañana sin problema, que no pueden dormir más allá de las cinco de la mañana. Los que tienen el hábito ya no se lo proponen, no lo piensan, es un hábito. Así es el pecador habitual: nos hemos acostumbrado a pecar y somos pecadores habituales. Y cuando alguien osa señalarme mi pecado habitual, me ofendo. "Yo soy así, tú tienes que quererme así o aceptarme así", porque me señalaron mi pecado habitual. Y ciertamente somos así, pero no tenemos que quedarnos así.
Entonces, si ponemos en cuestionamiento nuestros pecados habituales, nos vamos a dar cuenta de que ese pecado, en su inicio, cuando empezamos el hábito, alguien nos dijo que era preferible, que las consecuencias no eran tan grandes, que los beneficios eran significativos. O sea, si nos vamos al momento de inicio, cuando yo comencé esa conducta, cuando comencé esa manera de reaccionar, yo pasé por este proceso, pero ya no lo paso porque es algo habitual. Entonces, todo lo que nosotros somos, hermanos, tenemos que revisarlo a la luz de esta realidad: nuestras acciones, actitudes, reacciones, y pedirle a Dios que nos dé el discernimiento para nosotros detectar el pecado en nuestra vida.
Queremos honrarle, aquellos que le hemos decidido seguir, queremos honrarle, y eso es honrarlo con una vida de obediencia. Para el que no tiene la posibilidad de recurrir a Dios porque no ha entregado su vida, y voy a hablar de eso en un mensaje posterior, no ha entregado su vida al Señor, pero quiero brevemente decir lo que dije al principio en mi reflexión: cada uno de nosotros vive esta realidad de pecado en su corazón, cristiano o no cristiano. Algunos hemos decidido arrepentirnos y pedirle perdón al Señor, y pedirle su ayuda y su dirección para poder vivir una vida que le agrada. Y eso lo podemos hacer, y lo puede hacer todo aquel que quiera rendir su vida al Señor, arrepentirse de su pecado, porque ha entendido que ciertamente no es un hombre, no es una mujer que vive conforme a la ley moral de Dios. Pecado es infracción a la ley, y la ley es amar a Dios perfectamente y amar al prójimo como a ti mismo, y eso nadie lo hace.
O sea, arrepintámonos un milímetro delante de nuestro Dios y pidámosle ayuda, y pidámosle al Señor que nos haga crecer en amor a Él, que nos ha amado.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.