Cuando atravesamos la tierra de aflicción, el problema no es solo lo adverso de nuestra situación, sino cuán mal equipados estamos para enfrentarla. Así como preparamos el equipaje adecuado para climas extremos, necesitamos la actitud correcta y las convicciones firmes para atravesar los momentos más difíciles de la vida. El Salmo 86 es una oración de David que identifica cuatro climas adversos en esa tierra: la indigencia, cuando sentimos que los recursos esenciales para sostener nuestra vida ya no están; la angustia, ese temor paralizante ante algo que nos sobrepasa; el desconcierto, cuando probamos camino tras camino sin encontrar salida; y la soledad, cuando percibimos que nadie nos acompaña en nuestra lucha.
Lo sorprendente es que David nunca detalla cuál es su problema específico. En cambio, dedica su oración a afirmar quién es su Dios: bueno, perdonador, abundante en misericordia, grande y hacedor de maravillas. Ante la necesidad, David no pide primero provisión sino que Dios blinde su comunión con Él. Ante la angustia causada por algo más grande que él, mira a Alguien infinitamente más grande que su problema. Ante el desconcierto de un corazón dividido, clama: "unifica mi corazón para que tema tu nombre". Ante la soledad rodeado de arrogantes y violentos, descansa en un Dios compasivo y lento para la ira.
David termina declarándose esclavo del Señor por convicción, no por casualidad, y pide una señal de bondad no para sí mismo, sino para que quienes lo aborrecen vean que tiene un Dios que lo ayuda y lo consuela.
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El equipaje necesario para la tierra de aflicción: el Salmo número 86.
Vamos nosotros en estos minutos a tratar de analizar lo que muy comúnmente sucede en nuestras vidas. Nosotros, por momentos en nuestra vida, pasamos por situaciones muy delicadas, muy difíciles. Y la pregunta es: ¿nosotros estamos preparados para enfrentar esos momentos difíciles?
Quizás esto lo podríamos referir de la siguiente manera, podemos ilustrarlo de la siguiente manera. Es como cuando nos preparamos para un viaje. Cuando nos preparamos para un viaje, especialmente a tierras lejanas, nosotros sabemos que debemos llevar en nuestro equipaje aquellas cosas que nos sirvan para esas tierras. Yo he vivido y he tenido la oportunidad de estar en climas muy extremos. He estado en lugares donde la temperatura ha sido de menos 20 o menos 30 grados. Y he estado en lugares donde la temperatura es 45 o 50 grados. En ambos casos yo he entendido cuán importante es que nosotros vayamos vestidos y con el equipaje preciso para poder enfrentar esos climas adversos, por llamarlos de alguna manera.
Pero no solamente se trata de eso, no se trata solamente de acondicionarnos, sino que a veces, cuando nosotros atravesamos por esos lugares, hay que entender también la idiosincrasia de aquellos que viven entre esas personas. Yo recuerdo en alguna oportunidad, con mi esposa, estuve en un lugar donde el clima era bastante adverso, menos 20 o menos 30 grados. La familia que nos recibió nos dijo: "Queremos hacerles algo que nosotros hacemos siempre con la gente." Y nosotros muy agradecidos dijimos: "Excelente, ¿de qué se trata?" "Bueno, los vamos a sacar a un paseo a la medianoche en un vagón de paja guiado por caballos para recorrer el bosque." ¡Menos 30 grados! Yo sentía que los dientes se me iban a partir mientras sonreían y decían: "¡Es que lindo!" Realmente no se trata solamente del clima, sino de cómo lo enfrentamos y qué actitud nosotros tenemos ante eso.
Pero esto es algo como lejano; déjenme contarles algo cercano. Antes de yo venir a la República Dominicana, yo recibí una primera invitación para venir al país para compartir aquí con la iglesia. Yo nunca había estado en el Caribe y en ese tiempo yo vivía en un país de clima muy frío. El sueño era venir al Caribe, nunca había estado en el Caribe. ¿Qué se imagina uno del Caribe? Las playas, los árboles, los cocos, las cosas. Entonces yo dije: "Bueno, tengo que ir acondicionado para esta tierra especial." Así que yo fui a una tienda y dije: "Me voy a comprar algo, algo que vaya de acuerdo a esta tierra caribeña calurosa." Entonces fui y me compré unas carísimas sandalias italianas. Fui y me compré, porque dije: "¿Qué se usa en el Caribe caluroso? Sandalias italianas."
Entonces llegué al país, llegué muy tarde en la noche. Me recibieron en la casa del pastor Héctor, que está acá arriba. Y él me recibe en la casa. Al día siguiente él me dice: "Te voy a llevar a un restaurante interesante para que almorcemos y conversemos de los planes que tenemos del trabajo que vas a hacer." Y yo dije: "Me voy a vestir acorde para ir al restaurante." Me puse bien y me calcé mis sandalias italianas. Entonces yo salgo y Chacho me mira de arriba abajo y me dice: "¿Y tú a dónde vas con esa chancleta?" "¿La chancleta? ¡Es una sandalia italiana!" "No, ¿tú lo conoces? No, no. Tú así no sales."
Y yo ahí entendí mucho de la idiosincrasia, de lo que es no solamente estar en un lugar, sino entender por qué uno está en ese lugar y cómo tiene que vestirse para estar en ese lugar. Yo cometí ese error una vez y mis sandalias italianas siguen guardadas. Yo las traje, pero nunca me las he podido poner.
Ahora, ese es un error. El segundo error que cometí fue cuando ya decidimos venir aquí. Yo le dije a Erika: "Erika, nos vamos al Caribe, así que voy a tomar una decisión. Toma todas mis camisas manga larga y vamos a regalárselas a la Iglesia del Ejército de Salvación, porque ¿quién se pone camisa manga larga en el Caribe?" ¡Craso error! Ni una camisa larga en el Caribe, cuando todos mis hermanos usan camisa manga larga en el Caribe. Tenemos que ir aprendiendo de las costumbres, la idiosincrasia y de todo lo que atraviesa nuestro alrededor.
Ahora, pasando de la ilustración a la realidad, cuando nosotros hablamos de pasar por la tierra de aflicción, nosotros tenemos que reconocer que la tierra de aflicción es una tierra con climas que nos afectan. Pero una de las cosas que yo he visto, y lo digo con mucha emoción y con mucho respeto, en la consejería pastoral, en la visita pastoral, cuando nosotros conversamos con las personas que están atravesando por la tierra de aflicción, nos damos cuenta que ellas nunca están equipadas con aquello que deben vestir y con la actitud correcta que deben tener para poder atravesarla. No se trata solamente de lo adverso y lo terrible de su situación, sino de lo incompatible de su actitud y de lo que tienen puesto para poder atravesar esos terrenos sin éxito.
Y yo creo que en la Escritura se nos demuestra y se nos habla que nosotros vamos a pasar por las tierras de aflicción. Y quizás nosotros, de alguna manera o otra, vivimos en un mundo en donde vivimos permanentemente en una tierra de aflicción. Por lo tanto, no basta solo con condolernos de nuestra situación, sino poder atravesarla con sabiduría de la mejor manera posible.
El Salmo 86 representa justamente ese llamado de atención mediante el cual nosotros debemos prepararnos para atravesar la tierra de aflicción, pero de la manera correcta. El Salmo 86 es un salmo interesante. El Salmo 86 aparece en el tercer libro de los Salmos. Los Salmos están divididos en cinco libros. El tercer libro es básicamente los salmos que son los salmos de Asaf, de los hijos de Coré y de otro personaje adicional. Sin embargo, en medio de estos salmos aparece el Salmo 86 y aparece con el título de "Oración de David." No aparece como un cántico de David, sino aparece como una oración de David.
Vuelve a leer despacio, está aquí el Salmo 86. Algunos estudiosos dicen que probablemente David no fue el autor y lo señalan porque este salmo es un salmo que podríamos llamarlo así: un salmo crudo. No está poéticamente bien diseñado. Es lo que se señala en nuestro título: es una oración de David. Es una expresión de necesidad de alguien que está atravesando por la tierra de aflicción.
Y David, de una manera muy precisa, señala cuatro características adversas que son permanentes en la tierra de aflicción. ¿Cuáles son esos climas? Los vamos a ir desarrollando brevemente, pero manifestémoslo de una vez por todas.
El primero es el clima de la indigencia, el clima de la necesidad extrema. Cuando nosotros estamos pasando por un momento tan difícil que sentimos que los recursos que sostienen mi vida ya no están allí. Estoy pasando por un periodo de indigencia. Mi vida no puede ser la misma. Siento que estoy perdiendo la esencia de lo que yo soy. Aún mi propia vida. Es un clima dentro de la tierra de aflicción.
El segundo tiene que ver con la angustia. La angustia tiene que ver con ese temor y miedo profundo ante algo o alguien que nos sobrepasa, que nos amenaza, que nos paraliza porque es más grande que nosotros. Esa es la angustia. Cuando nosotros percibimos una situación tan amenazante y tan grande que me sobrecoge y me llena de temor paralizante hasta el punto de ser incapaz de poder pensar en otra cosa que no sea eso, pero al mismo tiempo llenarme de temor porque sé que no puedo salir de allí.
Lo tercero, la tercera clima de la tierra de aflicción, que es un clima adverso, tiene que ver con el desconcierto. Cuando yo me meto en una situación y trato de ir por este camino y descubro que no hay salida, trato de ir por otro y descubro que hay un abismo, trato de ir por otro y solamente hay oscuridad. Y en ese momento yo percibo que no hay salida para mi vida y estoy lleno de desconcierto. No sé qué hacer, no sé a dónde ir, no sé cómo escapar, no sé cómo enfrentar esta situación.
La indigencia, la angustia, el desconcierto, y por último David expresa un último clima adverso que es la soledad. Cuando percibimos que no hay nada ni nadie que nos acompaña en este viaje, sentimos que estamos en un terreno desértico, estamos completamente abandonados y no hay nadie en este alrededor que pueda apoyarme o acompañarme en esta lucha que yo estoy viviendo.
¿Cuántos de nosotros hemos estado allí alguna vez? Es probable que muchos de los que estamos aquí hayamos sentido algunos de estos cuatro climas azotándonos en la cara: la necesidad, la angustia, el desconcierto y la soledad. David los narra en el Salmo 86 de una manera muy precisa. Vamos a ver estos cuatro aspectos de una manera muy breve, pero vamos a tratar de descubrir los principios que nos permiten enfrentar esta realidad, porque el Señor no promete en su Palabra que nosotros vamos a vivir en la tierra de Oz, en un país de magia y color. El Señor habla de que nosotros vivimos en un mundo que se ha apartado de Él, y por lo tanto tenemos que prepararnos para vivir en la tierra de aflicción. Sería una necedad el no entenderlo de esa manera.
El rey David empieza el Salmo 86. Esto es la oración, los primeros cinco versículos, por favor: "Inclina, oh Señor, tu oído y respóndeme, porque estoy afligido y necesitado. Guarda mi alma, porque soy piadoso; tú eres mi Dios, salva a tu siervo que en ti confía. Ten piedad de mí, oh Señor, porque a ti clamo todo el día. Alegra el alma de tu siervo, porque a ti, oh Señor, elevo mi alma, pues tú, Señor, eres bueno y perdonador, abundante en misericordia para con todos los que te invocan."
David reconoce en el primer versículo, en esta oración, su condición. Él dice: "Porque estoy afligido y necesitado."
Estas dos palabras en hebreo tienen casi el mismo significado. Era como repetir dos palabras casi idénticas, por lo que entendemos que el autor, David, está tratando de reafirmar su condición de indigencia, de pobreza. Él está falto de los medios esenciales para sostener su vida. Él tiene una profunda debilidad que hace poner en peligro la existencia de la vida tal como la conocía en ese momento. Él le dice al Señor: "Señor, estoy afligido y estoy necesitado."
Por un lado son palabras casi idénticas, pero por otro lado la palabra aflicción tiene que ver con una carencia emocional. Estoy afligido por mi situación, estoy doblegado, estoy imposibilitado de poder enfrentar esto que me está pasando. Y en el otro lado, estoy necesitado, que habla de una carencia de recursos para poder enfrentar esta situación. Eso es lo que David está sintiendo.
Ahora, ¿cómo es que David enfrenta esta realidad? David no expresa y no nos dice, como en otros salmos, qué cosa está pasando con él. No sabemos en dónde radica su problema, no sabemos cuál es su carencia, pero sí sabemos que está allí. ¿Cómo es que enfrenta esta carencia? David enfrenta cada una de las carencias con un descubrimiento y una afirmación primaria de quién es su Dios. Eso es lo que hace David, y es la primera lección que nosotros debemos recibir de parte de él. David lo que hace es afirmarse en el conocimiento que él tiene de Dios. ¿Qué carácter tiene Dios que hace que a pesar de su debilidad él no se sienta abandonado?
En el verso 5 él describe a ese Dios: "Señor, yo estoy afligido y necesitado. Sin embargo, tú, Señor, eres bueno y perdonador, abundante en misericordia para con todos los que te invocan." David toma una decisión primaria. La decisión primaria es afirmar primeramente el currículum de aquel que tiene en sus manos su vida. ¿Quién es Dios para mí? Y él dice: "Señor, tú eres bueno, tú eres perdonador y tú abundas en misericordia."
Cuando nosotros afirmamos esta realidad, descubrimos un Dios bondadoso, que es justo pero que es agradable, que es placentero, que es favorable. Mi Dios es bueno a pesar de lo que estoy viviendo. Lo que estoy viviendo no cambia la naturaleza de mi Dios. La realidad de mi posición en este momento no hace que Dios sea diferente para conmigo. Mi primer reconocimiento es que a pesar de lo que estoy viviendo, Dios es bueno.
Dios es bueno, y no solamente es bueno, sino que dice que Dios es perdonador. ¿Por qué es que David usa estas palabras? Porque cuando a veces estamos pasando por momentos de gran necesidad, nosotros tendemos a no reconocer nuestra propia culpa en el problema que estamos viviendo. Dios es bueno, pero también es perdonador. Dios perdona, y esta palabra "perdonador" en el hebreo solo aparece en este texto. En ninguna otra parte más del Antiguo Testamento esta palabra aparece, porque David la usa de una manera muy sui géneris. Él dice que Dios está listo para perdonar. O sea, David se ve en su necesidad y él sabe, y tiene que afirmar, que es una necesidad que no es producto de un cambio en el carácter de Dios, porque Dios es bueno. Pero al mismo tiempo él sabe que es una necesidad que en mucho es producto de su propia responsabilidad, y podría cambiar porque Dios está listo para perdonarlo.
"Dios es bueno y perdonador, abundante en misericordia para con todos los que le invocan." David no hace acepción de personas. Él no dice que su situación particular lo hace a él candidato o no candidato a la bondad de Dios; él reconoce de manera general que Dios es así. Nosotros tendemos a reflejar a Dios en nuestras circunstancias y creemos que Dios se hace más malo en la medida en que mis circunstancias son más malas, o que en medio de mi dificultad Dios se aleja de mí porque mis dificultades son mayores. David no lo expresa de esa manera. Él sí está afligido y necesitado, pero él tiene que reconocer en primer lugar que Dios es bueno, perdonador, que abunda en misericordia para con todos los que le invocan. No hay acepción de personas.
Y no solamente eso, sino que él empieza su oración buscando que Dios se incline a él: "Inclina, oh Señor, tu oído y respóndeme, porque estoy afligido y necesitado. Guarda mi alma, pues soy piadoso." ¿Saben qué es lo que pide David en medio de su necesidad en primer lugar? ¿Saben lo primero que él pide en medio de su aflicción y necesidad? Que el Señor blinde su piedad, que su necesidad no afecte su comunión con el Señor.
David le dice: "Guarda mi alma, pues soy piadoso. Tú eres mi Dios, salva a tu siervo que en ti confía. Ten piedad de mí, oh Señor, porque a ti clamo todo el día." Si hay algo que David reconoce es que si hay algo que el Señor debe cuidar de él en ese momento de tremenda aflicción, cuando parece que todo está perdido, cuando las fuerzas no alcanzan, cuando no hay nada para sostenerse, cuando parece que las carencias son mayúsculas, David le dice al Señor: "Señor, por favor, si vas a cuidar de algo, cuida mi piedad, cuida mi comunión contigo, porque es la fuente para la satisfacción de todas mis necesidades."
David pone en orden su corazón poniendo las prioridades correctas. No es que cuando haya pan voy a cantarte a ti, no es que cuando haya agua voy a celebrarte. Aunque no haya nada, Señor, yo quiero que tú blindes mi piedad contigo. Por eso es que David podía pasar por el clima de la indigencia protegido por el Señor, porque le pide al Señor que le blinde el alma para mantenerse en comunión con el Señor. "Tú eres mi Dios, salva a tu siervo. Yo en ti confío, yo soy tu esclavo, yo confío en ti. Ten piedad de mí, oh Señor, porque a ti clamo todo el día."
A veces, cuando nosotros estamos en necesidad, en angustia, en aflicción, nosotros tendemos a dejar de lado lo más importante de nuestra vida, que es nuestra comunión con Él. "¿Cómo te imaginas que voy a estar buscando al Señor, leyendo su Palabra, viviendo la situación que estoy viviendo?" Solemos decir. Pero David lo hace completamente al revés. Él fortalece su comunión con Dios porque sabe que la está pasando mal. ¿No es eso lo que deberíamos hacer nosotros? ¿No es eso lo que deberíamos hacer de manera lógica y sensata? "Señor, si hay algo que tienes que cuidar en este momento en que todo me falta, es que no me falte la comunión contigo." Eso es algo que hace cambiar el tiempo de necesidad en nuestra vida, cuando afirmamos aquello que es importante, aquello que vale la pena.
"Porque a ti clamo todo el día." Yo creo haberles explicado en otra ocasión que la palabra clamor en el hebreo es hacer famoso. Clamor no es gritar ni chillar. Clamar a Dios significa que yo voy a hacer a Dios presente de esta situación. Yo no estoy solo. Señor, tú quédate conmigo. Voy a clamar, voy a llamar al 911 de los cielos para que el Señor esté conmigo. Señor, voy a preservar mi comunión contigo en este momento de necesidad, porque esto es lo más valioso que me puede ayudar en este momento de tormento.
Esa es la primera diferencia entre David y nosotros. Él nunca, en esta primera parte de oración hasta el verso 5, menciona cuál es su necesidad. No la sabemos. Pero él sí menciona lo que debe ser preservado para que luego la necesidad pueda ser satisfecha.
Luego, más adelante, del verso 6 al verso 10, nosotros encontramos la segunda sección, el segundo clima: "Escucha, oh Señor, mi oración, y atiende a la voz de mis súplicas. En el día de la angustia te invocaré, porque tú me responderás. No hay nadie como tú entre los dioses, oh Señor, ni hay obras como las tuyas. Todas las naciones que tú has hecho vendrán y adorarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre, porque tú eres grande y haces maravillas. Solo tú eres Dios. Solo tú eres Dios."
Nosotros hemos referido a la angustia como el temor o el miedo opresivo y sofocante que no puedo catalogar ni determinar con precisión, porque es algo que me avasalla y parece más grande y poderoso que yo mismo. ¿Cuántos de nosotros hemos vivido un momento o un tiempo de angustia? Cuando imaginamos y pensamos y percibimos que hay una situación que se presenta como una ola de tsunami negra que va a arrasar con todo lo que tengo y con todo lo que soy.
¿Qué debemos hacer ante ese momento? ¿Cómo enfrentarla? ¿Cómo pararme? ¿Me paro con fuerza? Que venga, que venga. ¿Empiezo a correr para el otro lado pensando que no me va a alcanzar? ¿Qué hago? ¿Me detengo y oculto la cabeza pensando que si cierro los ojos va a desaparecer como si fuera un mal sueño?
¿Qué hace David? Si tienes miedo a algo o a alguien que es más grande que tú, pues confía y pon tu vida sobre alguien que es mucho más grande. Eso es lo que hace David. Él dice del 8 al 10, da una descripción larga de quién es su Dios: "No hay nadie como tú entre los dioses, oh Señor, ni hay obras como las tuyas. Todas las naciones que tú has hecho vendrán y adorarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre, porque tú eres grande y haces maravillas. Solo tú eres Dios."
La declaración de David es la declaración que fortalece su alma ante la angustia. La angustia es producto de una situación o una circunstancia o una persona que parece ser más grande que yo, que me oprime y me sobrecoge. Pues yo voy a mirar a alguien que es más grande que la situación. Voy a mirar al Dios del universo que tiene en la palma de su mano toda la creación. Voy a mirar al Dios poderoso.
Y David lo refiere de la siguiente manera: "No hay nadie como tú entre los dioses, oh Señor." ¿A dónde yo voy a recurrir? ¿Cuáles son los dioses de este mundo? ¿Voy a recurrir a los jueces? Porque ahora los jueces son los nuevos dioses de este mundo que determinan cómo debemos vivir. Y yo me doy cuenta que no hay nadie, no hay juez que sea como el Señor. La justicia no me va a salvar de mi angustia. ¿A dónde voy a recurrir? ¿Voy a recurrir a las riquezas? Quizás las riquezas me pueden ayudar con mi angustia, pero la riqueza no es tan grande como mi Señor. No hay nadie como tú. Y porque dice el verso 10: "Tú eres grande y haces maravillas. Solo tú eres Dios."
La angustia surge cuando nosotros establecemos un dios opresor que detiene nuestras vidas y nos hace pensar que es todopoderoso sobre nuestra existencia. Es en ese momento donde la única posibilidad es reconocer y hacer un repaso de quién es mi Dios. No hay nadie como tú entre los dioses, no hay obras como las tuyas. Todas las naciones que tú has hecho vendrán y adorarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre. Todo lo creado se sujetará a ti. No hay nadie que pueda hacer las cosas que tú haces. Por lo tanto, esto que me angustia y me oprime y aprieta mi corazón con temor es algo que aún se sujetará a ti, porque tú eres grande y haces maravillas, solo tú eres Dios.
Hay momentos, hermanos, en donde cuando pasamos por el terreno de la angustia tenemos que decir: solo tú eres Dios, solo tú eres el que haces grandes maravillas, solo tú, Señor. Entonces, ¿qué hace David ante la angustia? ¿Qué hace David? ¿Cuál es el ejercicio después de haber reconocido la grandeza de su Dios? ¿Qué es lo que hace?
El verso 6 dice: "Escucha, oh Señor, mi oración, y atiende a la voz de mis súplicas. En el día de la angustia te invocaré." ¿Por qué? Porque tú me responderás. David entiende que la oración a ese Dios inmenso vuelve a ocupar un lugar predominante durante el paso por la tierra de la aflicción. David no duda y se esfuerza en mantenerse visible delante de Dios, y así mantener informado al Señor de su situación. El pasaje nos dice que él ora, suplica, invoca, confía, porque sabe que el Señor es grandioso y tarde o temprano él responderá. Él responderá. En el día de la angustia te invocaré, porque tú me responderás, porque tú eres grande y haces maravillas, solo tú eres Dios.
En medio de la necesidad reconocemos a un Dios bueno y perdonador, un Dios bueno y perdonador que es abundante en misericordia para con todos los que le invocan. Un Dios al que le pedimos que blinde nuestra comunión con él, para que sea nuestra comunión con él la esencia de nuestra vida, que luego haya fluido vida hacia todo aquello que estamos pasando. Y en medio de nuestra angustia, de todo aquello que parece más grande y sublime que nosotros mismos y que nos sobrecoge, nosotros miramos a un Dios que es más grande y que puede sobrecoger a nuestra angustia, tomarla y echarla fuera.
En tercer lugar, nosotros tenemos el desconcierto. Todos nosotros en algún momento de nuestra vida hemos pasado por un período de desconcierto. Es ese estado de ánimo que produce desorientación, desorden, falta de gobierno y perplejidad que nos mantiene confundidos y aturdidos. Hemos tratado de tomar decisiones en la vida, hemos creado fórmulas que no han funcionado, o estamos todavía tercamente usando medios que no han traído los resultados que nosotros estamos esperando. Eso nos produce incoherencia, desorden, un embrollo y una confusión en nuestras vidas que solo puede ser resuelta cuando nosotros le entregamos completamente nuestras vidas al Señor y entendemos que mi vida le pertenece a él.
En el verso 13, David recurre a la fuente de solución a su dilema, y él dice: "Porque grande es tu misericordia para conmigo, y has librado mi alma de las profundidades del Seol." En las otras afirmaciones de Dios anteriores, David se había manifestado en nombre de un Dios general: un Dios que es bueno, un Dios que es perdonador, un Dios que es grande, que hace maravillas, que solo él es Dios. Sin embargo, en el verso 13, en el momento en que está desconcertado, él no afirma una virtud general de Dios, sino que afirma una realidad personal con Dios: grande es tu misericordia para conmigo.
¿Cuántos de nosotros hemos experimentado la misericordia de Dios en nuestra vida? ¿Cuántos de nosotros hemos experimentado la misericordia gloriosa de Dios en nuestra salvación? Cuando hubo un momento radical en nuestras vidas en que andábamos sin Cristo, muertos en nuestros delitos y pecados, y tomamos la decisión radical de entregarle lo poco o nada que teníamos al Señor, reconociendo que Cristo había muerto en la cruz del Calvario por mis pecados. De tal manera que yo hacía efectiva esa obra sustitutoria a mi favor, le entregaba mi vida y le pedía a Cristo que su muerte en la cruz justificara mis pecados y me diera nueva vida. ¿Cuántos de nosotros hemos recibido esa salvación?
Pues esa salvación es el sostén en medio de nuestro desconcierto. Cuando yo no encuentro salida a mis dilemas, cuando yo me encuentro en una encrucijada producto de mi desorientación, mi desorden y mi falta de gobierno, como David yo busco aferrarme a lo único que puede darle orden a mi vida, estabilidad y gobierno a mi existencia, que es el hecho de haberle entregado mi vida al Señor. Creyendo que el Señor dijo claramente —y cumple su promesa—: "El que a mí viene, yo no le echo fuera." El Señor me ha tomado de una vez y para siempre, y el Señor no me va a soltar.
Estoy en un momento difícil, estoy en un momento delicado, estoy en un momento de desorden, estoy en un momento de desorientación, estoy en un momento de perplejidad, no sé qué camino tomar, pero hay algo que sí sé: que el Señor me tiene en sus manos. Eso es algo innegable. Podrán mis circunstancias ser adversas, pero no mi convicción de que mi vida está escondida con Cristo en Dios. Esa es la realidad de mi ser: el Señor me ha tomado como suyo. Por eso David dice: "Grande es tu misericordia para conmigo, y has librado mi alma de las profundidades del Seol." La victoria ha sido la victoria sobre la muerte, por lo tanto todo este desconcierto circunstancial es nada en las manos del Dios que ya ha tenido misericordia de mí.
Esa es la manera en cómo David enfrenta esta realidad: él se aferra a su salvación. La salvación tiene sentido no solamente para nuestra vida eterna, sino para esta vida temporal. Nosotros podemos tomar nuestra salvación y podemos creer que el Señor que nos salva para la eternidad es el Señor que puede guiar mi temporalidad. Y mi desconcierto y mi confusión y mi desorientación tiene que ser ordenada por ese Señor que ahora es dueño de mi vida.
Por eso es que David empieza diciendo en los versos 11 y 12: "Enséñame, oh Señor, tu camino; andaré en tu verdad." Enséñame, oh Señor, tu camino. Nosotros hemos tratado de ir para aquí, hemos tratado de ir para allá, hemos tratado de resolver de esta manera, hemos ido a esto, hemos tratado esto, hemos tratado lo otro, y no ha solucionado. ¿Qué podemos hacer? Al Dios de nuestra salvación tenemos que decir humildemente: Señor, enséñame tu camino, enséñame tu camino. ¿Hasta cuándo yo voy a seguir divagando en desconcierto y desorden cuando él tiene un camino? Enséñame, oh Señor, tu camino; andaré en tu verdad. Andaré en tu verdad, porque saben cuál es nuestro gran problema: es que nosotros no sabemos andar en la verdad de Dios. Enséñame, oh Señor, tu camino; andaré en tu verdad. Y esa invitación al Señor es una invitación que solo puede salir del corazón de alguien que le ha entregado su vida, cuya vida le pertenece al Señor.
Pero él no se queda allí, sino que a mí quizás la frase que más me llama de todo este salmo es la que sigue al final del verso 11. Él dice: "Unifica mi corazón para que tema tu nombre." El desconcierto es producto de un corazón dividido. Cuando estamos desconcertados, nuestro corazón está dividido. ¿Qué significa un corazón dividido? Un corazón no unificado es un corazón que intenta caminar con principios y objetivos opuestos que simplemente lo paralizan y lo parten en más pedazos. Queremos estar con Dios y con el diablo, con el pecado y la virtud, con el amor y el odio, con el mundo y el cielo, con lo bueno y lo malo, con la luz y con las tinieblas. Es como someternos al frío y al calor hasta que nos partimos.
David dice: "Enséñame, oh Señor, tu camino; andaré en tu verdad." Pero esto no será posible hasta que tú unifiques mi corazón, hasta que tú le quites el desconcierto a mi corazón, hasta que tú le des unidad a mi corazón, hasta que yo decida quién gobierna mi vida: tú o el mundo, Dios o el diablo, la luz o las tinieblas, el pecado o la virtud, el amor o el odio, el mundo o el cielo, lo bueno o lo malo. Unifica mi corazón. Permite, Señor, que mi corazón funcione en armonía con tu verdad, que toquemos la misma partitura, y que no de un corazón dividido salgan diferentes notas, Señor, discordantes y opuestas entre sí.
Unifica mi corazón para que tema tu nombre. ¿Cuál es el principio de la sabiduría? El temor de Dios. Un corazón dividido nunca podrá temer al Señor, un corazón dividido no podrá darnos sabiduría. No podríamos vivir la vida que Dios quiere que vivamos mientras no le pidamos al Señor que unifique nuestro corazón en su señorío y en su verdad para que temamos su nombre. Y cuando yo tengo el corazón unificado, cuando mi corazón unificado destila temor y respeto hacia Dios, entonces empezaré a descubrir el secreto de la sabiduría, que significa caminar en el camino de Dios conforme a su verdad, y se producirá un milagro que no ha sucedido hasta ahora.
Verso 12: "Te daré gracias, Señor mi Dios, con todo mi corazón, y glorificaré tu nombre para siempre." No importa cuál sea mi situación, el desconcierto se convierte en gratitud porque el Señor ha sido bueno para con nosotros y nos ha librado de las profundidades del Seol. Solo la verdad de Dios puede unificar nuestro corazón, pero para eso tenemos que rendirle nuestro corazón al Señor.
¿Con qué armas estás peleando en medio de los caminos de tu vida? ¿Estás utilizando los principios oscuros del mundo al mismo tiempo con los principios de Dios? ¿Estás declarando el señorío de Cristo pero también el señorío del príncipe de este mundo que gobierna el mundo a su manera? Nunca tendrás un corazón unificado hasta que pagues el precio de concertar tu corazón en una sola verdad.
Por último, el Señor nos habla de la soledad. Versos 14 y 15 dice: "Oh Dios, los arrogantes se han levantado contra mí, y una banda de violentos ha buscado mi vida, y no te han tenido en cuenta. Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad."
Odios los arrogantes se han levantado contra mí. La tierra de aflicción está poblada por gente que no teme al Señor y que es arrogante, que es altanera, que es soberbia y que es violenta en su actuar grupal. Qué es su verdad más grande. Nosotros experimentamos cuando descubrimos que estamos rodeados de personas que solamente viven para sí, que solamente buscan su propio beneficio, que nos ven solamente como una oportunidad para explotarnos y arrancar de nosotros lo más preciado que tenemos. Qué triste es ver que cuando estamos caídos, aquellos que nos deberían acompañar y estar con nosotros no están de nuestro lado. Esos son los arrogantes que se han levantado contra nosotros.
Y no solamente eso, sino que habla de una banda de violentos que ha buscado mi vida. No es solamente un violento en contra de mí, sino una banda de violentos, una decisión grupal en mi contra. Se han organizado para destruir mi vida y eso me produce soledad, y ninguno de ellos ha tenido en cuenta al Señor, porque eso es lo que dice el pasaje.
¿Cómo David enfrenta la soledad? ¿Cómo es que David enfrenta a los arrogantes y a los violentos? Él se enfrenta a los arrogantes y a los violentos reconociendo que el Dios a quien él sirve no tiene ninguna de esas características. Él dice: "Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo." Tú, Señor, eres un Dios compasivo, a diferencia de los arrogantes. Tú sí eres un Dios que tienes compasión de mí. Tú eres un Dios que está lleno, lleno de piedad. Nuevamente, compasivo y lleno de piedad son sinónimos que expresan la profundidad de lo que David no puede decir con palabras. Señor, tú eres un ser completamente opuesto a todo lo que son los seres humanos. Eres un Dios lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad. Compasivo, lleno de piedad, lento para la ira, abundante en misericordia y fidelidad. Los cuatro términos expresan una sola realidad: la realidad de un Dios amoroso en medio de un mundo de arrogantes.
Entonces hermanos, David entiende que la única posibilidad de atravesar la necesidad, la angustia, el desconcierto y la soledad, es de la mano de un Dios que es bueno y perdonador, de un Dios que es grande y que hace maravillas, de un Dios que es nuestro Dios y Señor, y un Dios que nos enseña el camino y que unifica mi corazón en su vida, y de un Dios que es inmensamente bueno en medio de un mundo de malos.
Por lo tanto, así como mi experiencia en los diferentes viajes, no se trataba solamente de llenar equipaje con aquellas cosas que yo creía necesarias para enfrentar esos climas adversos, sino que más bien se trataba de la actitud con la que yo los enfrentaría y del Dios que me acompañaría. David entiende que su situación solo cambiará en la medida que él reconozca un Dios personal que está presente en su vida y que camina con él en medio de lo que está viviendo. No conocemos cuál era su angustia, no sabemos en dónde radicaba su desconcierto, no sabemos quiénes eran los arrogantes y los violentos, no sabemos exactamente su situación, pero sí que hemos conocido a su Dios. Sí que hemos conocido a su Dios.
Por eso, en los dos últimos versos, ya terminando el pasaje, dice: "Vuélvete hacia mí y ten piedad. Da tu poder a tu siervo y salva al hijo de tu sierva. Muéstrame una señal de bondad para que la vean los que me aborrecen y se avergüencen, porque tú, oh Señor, me has ayudado y me has consolado."
David termina su oración con un llamado muy particular. Dice: "Señor, vuélvete hacia mí y ten piedad." David no había salido de su crisis todavía, no había salido de su necesidad ni de su angustia, ni tampoco de su confusión, ni tampoco de su soledad. Pero él había declarado delante de Dios sus convicciones. Por lo tanto, al final él dice: "Vuélvete hacia mí y ten piedad, da tu poder a tu siervo y salva al hijo de tu sierva."
Lo que él está diciendo, hermanos, es lo que a veces nosotros no entendemos: David está reconociéndose esclavo del Señor. Yo soy tu siervo, soy el hijo de tu sierva. Esta referencia, que quizás para nosotros es extraña, es que David está reconociéndose como un esclavo de segunda generación. Él no es esclavo por casualidad, él es esclavo por convicción. Es un esclavo que ha declarado que no quiere liberarse del Señor, es un esclavo que se declara esclavo por amor.
Por lo tanto, David dice: "Señor, vuélvete a mí y ten piedad de mí, porque quiero que sepas que si tú satisfaces mis necesidades, tú calmas mi angustia, tú me muestras el camino y calmas mi soledad, yo no voy a huir de ti. Yo me quedaré contigo, porque ¿a quién puedo ir si no a ti, Señor? A nadie tengo en los cielos si no a ti. Fuera de ti nada deseo en la tierra. Yo soy tu siervo, hijo de tu sierva. Yo no me quiero ir de ti, Señor."
Muchos hay que cuando sus necesidades son satisfechas se olvidan de Dios. Cuando su angustia es resuelta, se olvidan de Dios. Cuando su desconcierto es erradicado, se olvidan de Dios. Cuando encuentran compañía con otros, se olvidan de Dios. Yo no me voy a olvidar de ti. Yo soy tu siervo, hijo de tu sierva.
Por eso David se lanza en una afirmación final que es sumamente sorprendente. Él dice en el verso 17: "Muéstrame una señal de bondad para que la vean los que me aborrecen y se avergüencen." Muéstrame una señal de bondad. Muéstrame una señal de bondad. Yo no sé la situación que tú estás pasando en este momento, no la conozco. Probablemente estás ubicado en alguna de estas cuatro estaciones: la estación de la necesidad, del angustia, del desconcierto, de la soledad. Pero si tú te pones a los pies y en las manos del Señor, David dice: "Muéstrame una señal de bondad." No para mí, sino para que el resto pueda ver que yo no estoy solo, sino que hay un Dios que me ayuda y un Dios que me consuela. Dame una señal de tu bondad para que la vea el resto y sepan que no estoy solo, que mi Dios me ayuda y mi Dios me consuela. No es una señal para mí, es una señal para los demás.
Y nosotros, hermanos, en esta tarde ya podemos pedirle al Señor, en medio de nuestra necesidad, en medio de nuestra angustia, en medio del desconcierto y en medio de la soledad, podemos decirle: "Vuélvete a mí, Señor, y ten piedad. Da poder a tu siervo, hijo de tu sierva. Muéstrame una señal para que se avergüencen aquellos que me aborrecen y sepan que yo tengo un Dios que me ayuda y que me consuela."
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.