El juicio de Dios comienza por su propia casa. Esta verdad, tomada de 1 Pedro 4:17-18, enmarca la serie sobre las siete iglesias de Apocalipsis y revela una realidad incómoda: la gracia que da origen al evangelio procede de un Dios infinitamente santo que no tolera el pecado ni en el incrédulo ni en el creyente. Mucho se ha enseñado sobre el poder del evangelio, pero a veces se olvida que ese evangelio tiene mucho que ver con arrepentimiento, y si es tanto para creyentes como para incrédulos, entonces aún el creyente necesita arrepentirse.
La revelación de Jesucristo que Juan recibe en Patmos viene de parte de la Trinidad entera: del Padre, identificado como el que es, que era y que ha de venir; del Espíritu Santo en su plenitud; y de Jesucristo, descrito como el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Este Cristo que viene a juzgar es el mismo que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre, haciendo de nosotros un reino y sacerdotes. De esclavos a reinar, de rebeldes a sacerdotes, de enemigos a hijos de Dios.
Cuando Cristo regrese, todo ojo le verá y todas las tribus de la tierra harán lamentación. La región de Asia Menor, donde florecieron estas siete iglesias, hoy tiene menos del dos por ciento de cristianos. El candelero fue quitado. Por eso el llamado urgente es al arrepentimiento, porque ser fiel a la causa de Dios no garantiza ausencia de tribulación, muchas veces la garantiza.