La iglesia de Éfeso tenía todo a su favor: trabajaba arduamente, perseveraba bajo presión, no toleraba a los falsos maestros y había sometido a prueba a quienes se decían apóstoles hallándolos mentirosos. Aborreció las obras de los nicolaítas tal como Cristo las aborrecía. No era una iglesia cualquiera ni tenía miembros cualquiera. Y sin embargo, treinta y cinco años después de su fundación, Cristo tiene algo grave contra ella: ha dejado su primer amor.
Es posible fatigarse sirviendo al Señor y haber perdido el primer amor. Es posible defender la sana doctrina, batallar contra la herejía, sufrir por el nombre de Cristo y aun así tener el corazón frío. Los ojos del Señor, como llamas de fuego, penetran más allá de lo que se ve en la superficie. Todo lucía bien por fuera, pero el fervor por Dios y por los suyos se había marchitado. Amar a Dios con todo el corazón significa deleitarse en lo que Él se deleita y aborrecer lo que Él aborrece. Significa que no hay relación, logro ni placer que compita con Él.
La cura que Cristo ofrece es clara: recuerda de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a hacer las obras del principio. Si no, Él vendrá y quitará el candelero de su lugar. Esta carta no fue solo para Éfeso; el Espíritu habla a las iglesias de todos los tiempos. El enfriamiento del primer amor siempre es producido por el aumento de otros amores.