Cristo resucitado camina en medio de sus iglesias, no solo para acompañarlas en la tribulación, sino para inspeccionarlas y disciplinarlas. Esta es la solemne realidad que presenta Apocalipsis 1: el juicio comienza por la casa de Dios. Juan, exiliado en Patmos por predicar la Palabra y testificar de Jesús, recibe una visión del Señor glorificado que lo deja postrado como muerto. No es el Jesús manso de Galilea, sino el Hijo del Hombre con ojos como llama de fuego que penetran lo escondido, rostro brillante como el sol en su plenitud, y una espada de dos filos que sale de su boca para ejercer juicio sobre los desobedientes.
El apóstol se identifica simplemente como "Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación". La iglesia primitiva entendía que la vida cristiana no se vive de forma individualista: somos compañeros en el sufrimiento, en la perseverancia y en el reino. Pertenecer a Cristo trae tribulación, pero también la promesa de su presencia constante. Los siete candelabros de oro representan siete iglesias reales a quienes Cristo llama al arrepentimiento, con la advertencia de que el candelabro será quitado si no responden.
El pastor satisface que estos tiempos exigen sobriedad y oración, no cobardía ni distracción. Ante las amenazas que enfrentan quienes defienden la verdad, la respuesta debe ser clara: no nos doblegaremos. Sin embargo, en medio del llamado al examen y la disciplina, Cristo pone su mano sobre Juan y le dice "no temas", recordándole que Él venció la muerte y tiene las llaves de la vida eterna.
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Recuerde que el domingo anterior comenzamos una serie acerca de, no tanto del libro de Apocalipsis como dijimos, pero es una serie que hemos titulado "El juicio de Cristo a las iglesias", basada en los tres primeros capítulos de ese libro tan conocido con el nombre de Apocalipsis. Y dijimos en esa ocasión que estamos dedicando la serie a todas las iglesias hispanoparlantes, y la razón primordial era que nosotros estamos viviendo tiempos difíciles que hacen que mucha gente esté anhelando un avivamiento, pero que entendíamos que dicho avivamiento no se produciría si no hay un arrepentimiento de parte del pueblo de Dios. El arrepentimiento del pueblo de Dios no garantiza que Dios nos dé avivamiento, pero sí es un requisito, porque el arrepentimiento requiere una humillación de parte de ese pueblo, un reconocimiento, una introspección, una revisión de por dónde hemos andado, y luego perdón de parte de Dios otorgado después de nosotros habernos humillado delante de Él. Y de ahí mi deseo de predicar esta serie para todas las iglesias hispanoparlantes.
Pero yo pudiera decir al inicio de este mensaje que ninguna serie me ha cargado y entristecido tanto como esta serie. Una cosa es leer este libro y predicar estos mensajes iniciales en otros tiempos, y otra es ver lo que está ocurriendo, ver el futuro y predicar estos mensajes. Los tiempos son difíciles y se pondrán peores.
El 19 de julio de este mes que acaba de pasar, el pastor John MacArthur dedicó un mensaje en su iglesia que tituló "We Will Not Bow" (Nosotros no nos doblegaremos). El pastor Steve Lawson estaba en la congregación cuando él predicó este mensaje, y luego él refirió lo sobrio y lo pesado que su alma se sintió después de haberlo escuchado, y mi experiencia no fue diferente. En esencia, lo que hizo MacArthur fue describir para la iglesia lo que él entiende viene de camino y que viene de manera rápida, de manera que él espera que su congregación y él mismo lleguen a ver. Al mismo tiempo, él compartió de qué forma él y su ministerio pretenden afrontar las cosas que vienen. Fue un mensaje en gran manera ayudando y animando al creyente a perseverar en medio de las peores circunstancias y a no doblar sus rodillas ante César.
Ellos habían publicado un artículo acerca de la inmoralidad sexual de nuestros días para el seminario, y poco tiempo después comenzaron a recibir amenazas significativas de que si no removían dicho artículo, dichas amenazas se convertirían en realidad. Y obviamente ellos no han removido el artículo, y después de esas amenazas él predicó este mensaje que tituló "We Will Not Bow" (Nosotros no nos doblegaremos). Y en ese mensaje, en esencia, hizo referencia a cuatro cosas: número uno, no nos doblegaremos ante César; número dos, seremos amorosos; seremos amables; predicaremos el Evangelio, pero predicaremos el juicio, entendiendo que gran parte de lo que vivimos hoy es justamente la mano de Dios. John MacArthur y Paul Washer son dos de los líderes de nuestros días que están predicando el mensaje de Jeremías antes de que Jerusalén cayera.
Las cosas se siguen calentando. Nosotros estamos en medio de un escándalo ahora mismo de parte de Planned Parenthood, la organización abortista en Estados Unidos, que ha sido descubierta recientemente traficando con órganos humanos de fetos abortados. Y no voy a entrar en los detalles, pero usted puede entrar al internet si no lo ha hecho y ver los videos que ya han podido grabar. Y es un escándalo que ya está en manos del Congreso, con autoridades gubernamentales que quieren callar lo que está saliendo a la luz pública.
Recientemente alguien nos informó, de cierta credibilidad, que personas internacionales se preparan en nuestro país para construir una campaña de descrédito en contra de líderes dominicanos que me incluyen a mí y otros que hemos estado dando la cara en contra del deterioro moral de nuestra nación. Esa es la mala noticia. La buena noticia es que la información se coló y sabemos de dónde viene, a ver quién está detrás. Pero no nos doblegaremos. No cesaremos de orar que Dios truene desde los cielos, y que cuando Él truene se quede en evidencia que Él lo ha hecho. Con eso tú puedes entender parte de mi carga y parte de mi tristeza en medio de estos tiempos.
Yo voy a leer el texto de hoy, del versículo nueve hasta el final del capítulo 1 del libro de Apocalipsis. Yo quiero que tú mantengas en mente todo el tiempo lo que cantamos, porque ese es el equilibrio de mucho de lo que estamos diciendo, sobre todo en la primera parte.
"Yo Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Estaba yo en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como sonido de trompeta que decía: Escribe en un libro lo que ves y envíalo a las siete iglesias: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Y me volví para ver de quién era la voz que hablaba conmigo, y al volverme vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros vi a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la blanca lana, como la nieve; sus ojos eran como llama de fuego. Sus pies semejantes al bronce bruñido cuando se le ha hecho refulgir en el horno, y su voz como el rugido de muchas aguas. En su mano derecha tenía siete estrellas, y de su boca salía una aguda espada de dos filos. Su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies, y él puso su mano derecha sobre mí diciendo: No temas, yo soy el primero y el último, y el que vive. Y estuve muerto, y he aquí estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Escribe, pues, las cosas que has visto, y las que son, y las que han de suceder después de estas. En cuanto al misterio de las siete estrellas que viste en mi mano derecha y de los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros son las siete iglesias."
Padre, te alabamos y bendecimos en esta mañana, con corazón pesado pero con el alma esperanzada, porque sabemos quién triunfa, quién triunfó, sabemos quién escribe la historia, quién orquesta la historia. Quiero pedirte, Dios, que Tú despiertes a tu pueblo a la realidad de nuestra vida y que no nos permitas dormir en nuestros laureles, y que nosotros podamos ser un pueblo que intercede día y noche, que ora sin cesar por sí mismo como pueblo de Dios. Padre, como alguien decía esta mañana: en medio de tu ira recuerda tu misericordia. Padre, pero despierta al pueblo tuyo, sobre el cual se invoca tu nombre, al poder de la oración y la necesidad de la oración. Estos no son tiempos para medrosos, no son tiempos para cobardes, no son tiempos para perezosos; estos son tiempos para estar de rodillas en oración. Son tiempos de oración. Y los tiempos de oración son tiempos de ayuno, son tiempos de intercesión, son tiempos que llaman a la sobriedad, son tiempos que llaman al pensamiento reflexivo. No son tiempos para dejarnos distraer por el pecado y por las frivolidades de la vida. Los días son malos, como decía el apóstol Pablo, y cómo se debe andar no como insensato sino como sabios. Ayúdanos, Dios, en Cristo Jesús. Amén, amén.
Este es el mensaje de Juan, el comienzo del mensaje de Juan. Y en el texto que leímos claramente hay una identificación del receptor de la visión, hay una identificación también clara del dador de la visión, y hay una identificación de a quiénes estaba dirigida dicha visión.
El libro de Apocalipsis, como muchos saben, es un libro altamente simbólico, y eso presenta entonces retos y desafíos para interpretar algunas de las cosas, o muchas de las cosas que allí están. Sin embargo, como nuestro Dios es un Dios revelador, tampoco creemos que estas cosas están tan envueltas en misterio que no tendríamos la menor idea de lo que allí dice, porque entonces la revelación no tendría ningún sentido. El libro mismo se llama Apocalipsis, que significa quitar o remover el velo, de manera que Dios está tratando, aun a través de los símbolos con los que nos dejó en este libro, Él está tratando de quitar el velo precisamente para que podamos entender algunas de las cosas que han de venir.
Y entonces, con eso yo quisiera que tú puedas prestar atención en primer lugar al receptor de la visión, como él se identifica en el versículo 9: "Yo Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús."
Como mencionamos en el mensaje anterior, este es Juan el hermano de Jacobo, los hijos de Zebedeo, ambos hijos de Zebedeo. Este es Juan que, junto con Jacobo y Pedro, tuvo la oportunidad de ascender al monte de la transfiguración con Jesús y tener la experiencia de haber visto a Cristo transfigurado: su rostro, su ropa, todo su ser. De manera que aquella experiencia que él tuvo en el monte de la transfiguración le servía de trasfondo para ver esta otra visión. Pero yo no creo que nada de lo que él pudo experimentar en el monte de la transfiguración lo pudo haber preparado para este encuentro con el Cristo resucitado y glorificado.
Ahora, nota cómo Juan se identifica. En primer lugar, se identifica simplemente como Juan, vuestro hermano. Todo un apóstol resiste la tendencia humana a aludir a su título y simplemente se identifica por su nombre y como uno de nosotros: Juan, vuestro hermano. Ese es el espíritu de la humildad que sabe, o que resiste la tentación de querer llamar la atención sobre reconocimientos y títulos humanos, porque sabe que su identidad no está en esas cosas sino en el Señor Jesús.
Y luego que él se identifica como Juan, vuestro compañero, le dice compañero de qué cosa: en la tribulación, en el reino y en la perseverancia. La iglesia primitiva tenía muy claro que la manera de vivir la vida cristiana nunca es de forma individualista, sino que nosotros somos compañeros del camino, compañeros en el journey, como dirían en inglés, camino a la ciudad de Dios. Y como compañeros del camino, nosotros somos compañeros en la tribulación el uno del otro, somos compañeros también cuando perseveramos, y somos compañeros también en el reino, y somos compañeros en Jesús, porque es la única manera que nuestro compañerismo realmente se puede dar.
Pertenecer a la iglesia de Cristo trae consigo tribulación. Cristo nos prometió, si pudiéramos decirlo así, que en este mundo tendríamos tribulación. Sin embargo, al mismo tiempo, él prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. La tribulación vendrá, pero yo estaré ahí, yo estaré ahí con vosotros haciéndoles compañía. Y Pedro, perdón, Juan, se identifica como compañero no solamente en la tribulación, sino también en la perseverancia. Y la palabra ahí para perseverancia es hypomoné, que implica sostenerse, mantenerse bajo una gran presión sin colapsar. Y si Cristo no estuviera con nosotros día a día a lo largo de la tribulación, sin lugar a duda que todos nosotros terminaríamos colapsando bajo la presión de nuestros días, y sobre todo en tiempos como estos.
A lo largo de la historia, algunos cristianos han decidido jugar un rol mucho más tímido y no hablar mucho en contra de los tiempos, de las circunstancias, o del césar del momento si es necesario, como una forma de vivir una vida más tranquila. Pero lo que nosotros sabemos por la misma historia es que eso dura poco tiempo, porque cuando vienen por uno, vienen por el otro. Y por lo menos aquel que ha levantado su voz en defensa de la verdad de Dios tiene la complacencia de Dios por haber hecho lo que le tocaba hacer.
Y Juan entonces, cuando él se mira a sí mismo, él está al final de sus días. Cuando Juan escribe esto, apenas le quedaban quizás meses o un par de años de vida, de manera que él no iba a ver mucho de lo que él está describiendo aquí, la mayor parte no lo vería ni siquiera. Pero él se considera compañero en la tribulación y en la perseverancia porque esa tribulación ya se ha hecho realidad en su vida. Pero él entiende que esta forma de vivir no es de una manera individualista.
Escucha lo que el autor de Hebreos escribe en el capítulo 10, versículos 32 y 33: "Pero recordad los días pasados, cuando después de haber sido iluminados, soportasteis una gran lucha de padecimientos, una gran lucha. Por una parte, siendo hechos un espectáculo público en oprobios y aflicciones, fueron expuestos públicamente en oprobios y aflicciones. Y por otra parte, siendo, escucha, compañeros de los que eran tratados así."
Es el mismo lenguaje de Juan cuando se identifica como Juan, compañero en la tribulación. Aquí el autor de Hebreos dice que él está hablando a un grupo de personas que han sido hechos oprobios, han sido hechos un espectáculo público, pero que parte de la razón por la cual ellos llegaron a pasar por esas dificultades tenía que ver justamente con el hecho de que ellos se hicieron compañeros de aquellos que así estaban también siendo tratados. No es como que ahora a los cristianos los están persiguiendo y ahora nosotros nos retiramos para que a nosotros no nos persigan también, sino que cuando a ellos los persiguen, nosotros vamos a su lado y tratamos de apoyarlos, y unos y otros sufrimos, suframos la misma suerte. Esa es la manera de vivir la vida cristiana.
En el día de mañana, a mí me han asignado hablar en Nashville acerca de un tema que tiene que ver con cómo vivir el satisfactoriamente en la vida diaria. Y yo, reflexionando sobre este tema, decía: es una charla que nunca se hubiese dado en la iglesia primitiva, por lo menos en los años que tenemos en el libro de los Hechos. Ellos sabían cómo lucía el satisfactoriamente en la vida diaria. Tú lees del libro de los Hechos capítulo dos y tú sabes cómo luce. Tú lees del libro de los Hechos capítulo cuatro y tú sabes cómo luce. Solamente en nuestra generación individualista tenemos nosotros que hablar acerca de cómo se vive ese Evangelio en el día a día. Esta gente no conocía nada de este individualismo. Compañero de vosotros en la tribulación, en la perseverancia y en el reino.
Juan dice: "Yo estaba en la isla de Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús." Juan no estaba en Éfeso, donde se supone que eventualmente murió. Él había sido expulsado y lo habían llevado, como se acostumbraba con frecuencia hacer en aquella ocasión, a pequeñas islas. Estaba deportado en una pequeña isla de unos cinco por diez kilómetros, o millas de largo por cinco millas de ancho, al sur de Grecia, a unos treinta kilómetros de Éfeso. Es una islita pequeñita con menos de tres mil habitantes. Imagínate lo que pudo haber sido hace dos mil años.
El apóstol estaba allí, pero él identifica o nos deja saber la razón por la que estaba allí. Él estaba allí a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Yo estaba allí porque prediqué la palabra y testifiqué de Jesús. Yo pude haberme evitado Patmos, pero para evitarme Patmos yo tenía que ser un infiel, tenía que haber callado la palabra y no haber testificado de mi Señor. Pero yo rehusé hacer eso y preferí pasar precariedades y dificultades y estar en Patmos y pasar por lo que tuviera que pasar.
Y una vez más, reflexionando en días atrás, o meses atrás, hablando con un compañero en Estados Unidos que ha pasado por mucha dificultad, yo decía: hay algo que yo he observado en la Palabra de Dios, que parece ser que los mejores de Dios pasan por las peores circunstancias. Los mejores por las peores. Pueden pensar en Job y pueden pensar en Daniel y pueden pensar en Pablo y pueden pensar en Jeremías. Y si ninguno de ellos los ha convencido, pueden pensar en Jesús: el mejor de lo mejor en la circunstancia peor de las peores.
"Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor y oí detrás de mí una gran voz como sonido de trompeta." Estaba en el Espíritu. No dice exactamente qué es eso; quizás él mismo no lo podía describir. De la misma manera que Pablo en un momento dado es como raptado, pudiéramos decirlo, y tampoco podía describir. Cuando él comenzó a describir su experiencia, Pablo dice: "Yo no sé si yo estaba en el cuerpo o fuera del cuerpo, pero yo fui llevado a un lugar donde yo escuché palabras inefables que al hombre no se le permite escuchar." Segunda de Corintios 12, versículos 3 y 4. Si estaba en el cuerpo, no lo sé; si estaba fuera del cuerpo, tampoco lo sé. Me imagino que esto fue una experiencia también en el Espíritu.
Y Juan dice que esa experiencia tuvo lugar en el día del Señor. Es el único lugar en todo el Nuevo Testamento donde esa expresión aparece. La mayoría está de acuerdo en que probablemente es una referencia al día domingo, el día de la resurrección, el día que celebra justamente el triunfo del cual nosotros cantábamos.
Y cuando Juan, lo primero que... la primera parte de la experiencia no fue visual, fue auditiva. Juan dice que él oyó una voz; entonces él se volvió para ver. Y esa voz tenía como un sonido de trompeta. Y a lo largo del Nuevo Testamento, sobre todo en el libro de Apocalipsis, la trompeta usualmente está relacionada a un día de juicio del Señor. De manera que, de una forma indirecta, Juan nos está diciendo, comunicando, que parte de lo que le estaba a punto de revelar tiene que ver justamente con la actividad de juicio que se ilustra.
Esa voz de trompeta le dice a Juan que escriba en un libro, el que hoy tenemos, libro de Apocalipsis, lo que ve. De manera que Juan no solamente va a oír cosas, Juan va a ver cosas. Pero no es para que se lo quede con él, es para que lo envíe. Y yo te voy a decir exactamente aquí a quién es que le va a enviar mi revelación: envíalo a las siete iglesias. ¿A cuáles? A Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardis, a Filadelfia y a Laodicea.
Escribe, Juan. A lo largo del libro de Apocalipsis hay doce ocasiones donde Dios le dice, donde Jesús le dice a Juan: escribe. Esta es la primera. Antes de que terminemos el pasaje de hoy, habrá otra ocasión donde otra vez Juan recibe la encomienda de volver a escribir. Pero esta es la primera de las doce ocasiones. Y luego vamos a tener entre el capítulo 2 y el capítulo 3 del libro de Apocalipsis siete más. Y luego finalmente otras tres o cuatro.
De manera que Juan sabe a qué iglesias él tiene que enviar esto de una manera específica. Aquellos que han estudiado dicen que esas siete iglesias formaban como un círculo en ese mismo orden, que tú podías comenzar en Éfeso y darle la vuelta, y eso formaba como un círculo interno de comunicación, y que esas iglesias estaban localizadas en ese círculo. Cada una de esas iglesias, con la excepción de Tiatira, tenía un templo dedicado al culto del emperador, del césar, al cual Dios ha dicho, y nosotros hemos repetido: nosotros no nos doblegaremos.
En este caso, Jesús está interesado en hablar, en el caso de esto que le está comunicando a Juan, está interesado en hablar no a los incrédulos, sino a los creyentes, a las iglesias, a estas siete iglesias que tienen pastores, que tienen líderes. Y a estas iglesias Cristo llama a arrepentirse, con la condición de que, si eso no ocurre, el candelabro sería quitado. Y nosotros sabemos que el candelabro es representativo de cada una de las iglesias, porque eso es exactamente lo que el versículo 20 dice. La Palabra interpreta la Palabra, y en Apocalipsis hay muchas cosas que son interpretadas justamente por la Palabra. El versículo 20 dice: "Y los siete candelabros son las siete iglesias." Dejando ningún espacio para malas interpretaciones.
Cuando escucha esta voz extraordinaria, quizás a su espalda, y al darse vuelta, lo primero que él ve son siete candelabros de oro que lo dejaron perplejo.
Si Juan no recibe más revelación, se habría quedado pensando qué son y qué representan esos candelabros. Pero como yo acabo de decir, al final de esta primera parte, en el versículo 20, tú lo puedes revisar otra vez. Claramente se nos dice que los siete candelabros representan las siete iglesias. Y como la iglesia es la luz del mundo, la mayoría entiende esto: que los candelabros identificados con las iglesias es una representación de la iglesia como la institución encargada de proclamar el Evangelio, que es la luz que brilla en medio de la oscuridad, en medio del pecado, en medio de las tinieblas, en medio del dolor, en medio de la destrucción.
Y ahora, en medio de los siete candelabros que representan las siete iglesias, Juan ve un hombre, ve una figura. Es una figura extraordinaria que él comienza a describir. Es una figura que tiene imagen de hombre. Él dice en el versículo 13: "Uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies y ceñido por el pecho con un cinto de oro." Este título, Hijo del Hombre, fue el título preferido de Jesucristo para referirse a sí mismo. Es un título que aparece en los Evangelios unas ochenta, ochenta y una veces, y en prácticamente todas las ocasiones, quizás setenta y nueve u ochenta veces, es Cristo usándolo para referirse a sí mismo, probablemente haciendo referencia a su encarnación.
Pero la primera vez que ese título aparece es Daniel 7, versículo 13, donde tú ves a Daniel viendo a este Hijo del Hombre que se dirigía al Anciano de Días, que representaba nada más y nada menos que a Dios Padre. Y en esta visión, Daniel ve cómo el Hijo del Hombre se dirigía al Anciano de Días, Dios Padre, y entonces ahí se le dice a Daniel que a Él se le ha dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es un dominio eterno que nunca pasará, y su reino no será destruido. No hay duda de que este es el Cristo visualizado por Daniel 7:13-14. No podría haber otro.
Y ahora resulta que ese Cristo es visto en medio de los candelabros, pero los candelabros representan las iglesias. ¿Qué hace Cristo paseándose en medio de estos candelabros que son sus siete iglesias? Bueno, por un lado, si esta iglesia está a punto o abocada a la tribulación, el que Él esté en medio de ella tiene sentido, porque cuando Él nos dio la Gran Comisión, Él dijo varias cosas, pero una de las cosas que terminó diciendo fue: "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo, hasta el fin de los días." Hagan discípulos. Toda autoridad me ha sido dada, primera garantía. Segunda garantía: yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos. De manera que ver al Cristo resucitado en medio de los candelabros, en medio de su iglesia, tiene todo el sentido de la palabra.
Pero por otro lado, cuando tú analizas lo que sigue, tú te percatas de que Cristo tenía que estar también en medio de los candelabros porque Él está inspeccionando las iglesias, haciéndole ver a cada iglesia las cosas que tenía a favor y las cosas que tenía en contra de ella. De manera que Él está en medio de sus iglesias inspeccionando y disciplinando sus iglesias, de tal forma que esto en parte es el cumplimiento o el inicio del cumplimiento de aquella cita de 1 Pedro 4:17 que leímos el domingo pasado, donde Pedro dice: "Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios, y si comienza por nosotros primero..." ¿Escuchaste? Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios, y si comienza con nosotros primero, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al Evangelio de Dios?
El juicio que nosotros vemos a las iglesias de Apocalipsis 2 y 3, como dijimos, es en parte como el comienzo del cumplimiento de eso que Pedro menciona en su primera carta. No es diferente a lo que el autor de Hebreos refiere en el capítulo 12, cuando dice que Dios a quien ama disciplina, e incluso dice que Dios a quien ama azota, usando una palabra extremadamente fuerte para ayudarnos a entender que su disciplina puede ser sumamente severa. No es el juicio de la condenación eterna, pero por el hecho de que no sea el juicio de la condenación eterna no dice que no pudiera ser suficientemente severa.
De hecho, hay un juicio para todo el mundo. 2 Corintios 5 dice: "Todos nosotros compareceremos ante el tribunal de Cristo para que cada uno pueda rendir cuenta de todo lo que haya hecho, o sea bueno o sea malo." No es distinto a lo que Cristo mencionó cuando dijo que cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de cada palabra ociosa o cada palabra vana que haya salido de nuestros labios. No es distinto a lo que ocurrió con Ananías y Safira, que en un momento dado mintieron y se cayeron muertos al principio del establecimiento de la iglesia. Y para muchos de los académicos, Ananías y Safira con toda probabilidad eran creyentes, fueron creyentes, y esperan verlos en la vida eterna.
No es distinto al juicio que el Señor Jesús ejerció en la iglesia de Corinto cuando habla en la primera carta, capítulo 11, acerca de aquellos que tomaban la Cena del Señor indignamente. Y se nos dice en el versículo 29 que el que come y bebe sin discernir correctamente el cuerpo del Señor, come y bebe juicio para sí. Por esta razón hay muchos débiles y enfermos entre vosotros. ¿Por qué? Porque tomaron la Cena del Señor indignamente, estando viviendo en pecado. Y muchos durmieron, o en otras palabras, murieron. Pero si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Fueron juzgados, pero si nos hubiésemos juzgado a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Pero cuando somos juzgados, el Señor nos disciplina para que no seamos condenados con el mundo. ¿Viste esa vida entonces? El juicio, el buen sentido de la palabra, ¿cómo es que ocurre? Cuando somos juzgados, ¿por quién? Por el Señor. El Señor nos disciplina para que no seamos condenados con el mundo. Esa es la motivación.
Pero su disciplina puede ser severa. De hecho, Juan, cuando escribe, el mismo Juan del libro de Apocalipsis, dice: "Hermano, hay dos tipos de pecado en el contexto que le estaba hablando. Hay un pecado que no lleva a la muerte, hay un pecado que lleva a la muerte. Por este pecado que lleva a la muerte, yo no digo que se ore." Y nosotros vemos a Cristo paseándose en medio de sus iglesias, paseando, disciplinando.
Y Juan comenzó a describirlo como Hijo del Hombre, y luego cómo estaba vestido: tiene una túnica que llega hasta los pies y está ceñido por el pecho con un cinto de oro. Esa es la figura del sumo sacerdote. Así vestía justamente el sumo sacerdote, de manera que lo mejor que podemos hacer es imaginarnos a Cristo en medio de sus iglesias, disciplinando su iglesia, pero a la vez ejerciendo el rol de sumo sacerdote, de intercesor ante el Padre. Donde de toda forma Él aplica su disciplina y al mismo tiempo intercede por misericordia, de tal forma que nosotros no tengamos que ser condenados con el mundo, como dice el texto que leímos de 1 Corintios 11:29-32.
Y su cabeza, sus cabellos, eran blancos como la lana, como la nieve. Sus ojos eran como llama de fuego. Sus pies semejantes al bronce bruñido cuando se le ha hecho refulgir en el horno. Y su voz como el ruido de muchas aguas. Tú tienes que imaginarte esa escena. Lo leemos y son palabras y son letras, y como que no nos llevamos la impresión. Pero tú tienes que imaginarte a Juan en el espíritu, sin saber seguro lo que está pasando. Y para él está teniendo una visión.
Pero recuerda, piensa por un momento: cuando tú tienes un sueño, ese sueño para ti es realidad. Tú no estás en medio de un sueño pensando: "Sí, yo estoy viendo esto, pero yo estoy soñando, no te apures." No. En el sueño, si tú estás teniendo un accidente, tú tienes taquicardia, tú tienes sudoración, y a veces te levantas sudando. De manera que en el sueño, esto que tú estás viviendo, que no es real, pero para ti es real mientras sueñas. De esa misma manera tú tienes que imaginarte a Juan, que él no está simplemente viendo como una película. Él está viviendo una realidad donde él ve a una figura como Hijo del Hombre que tiene esta túnica, que tiene este cinto ceñido, pero que tiene ojos como de fuego, que tiene pies como de bronce bruñido, que tiene un rostro, como se nos va a decir más adelante, como el sol cuando está en su momento más incandescente, que tiene cabellos blancos. Esto es extraordinario. Esto es fuera de serie. Esto es como nada de lo que Juan hubiese visto anteriormente.
Sus ojos de fuego quizás hacen referencia a ojos que penetran lo más escondido, que descubren todo lo que ha estado encubierto. Escucha el autor de Hebreos 4:13, cómo dice que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta. Todas las cosas están descubiertas, no ante los ojos del César, pero ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta. De tal forma que yo creo que en parte Juan está intimidado también, porque probablemente él se sentía penetrado por esta imagen en su condición de pecador, y eso es lo que está viendo. Y la reacción que él tiene nos da una impresión, nos da una idea de que realmente fue algo como eso, porque tiene una reacción que vamos a describir en un momento.
Y entonces hay una voz que está hablando con él, pero esa voz resulta que es como el ruido de muchas aguas. Primero es como una trompeta, luego es como el ruido de muchas aguas. Yo no sé cuántos de ustedes han tenido la oportunidad de estar al lado de una gran catarata, quizás la catarata del Niágara. Algunos quizás. Pero si tú has estado ahí, tú conoces el estruendo que la caída de esa enorme cantidad de aguas produce. De manera que este mensaje que Juan está recibiendo no es simplemente un mensaje escuchado de una manera nítida, clara, a través de un micrófono donde no se oye ni un alfiler caer. No. Hay un ruido como de aguas turbulentas, y en medio de todo eso hay una voz que está hablando. Eso tiene que haber producido un asombro extraordinario. Yo pensando sobre eso, tiene que ser así.
Escuchar la voz de Dios tiene que ser, en el buen sentido, un espectáculo. Imagina a Dios hablando. A gente que tú lo oyes hablar y la voz sola como que te cautiva. No sé si tú has tenido esa experiencia primera de oír a Dios hablar: el asombro, el recogimiento, la sobriedad y el temor.
Y ahora este Hijo de Hombre tiene en su mano derecha siete estrellas, que el versículo 20 al final identifica como siete ángeles, los siete ángeles de las iglesias. Esa es una frase más compleja para interpretar, porque Cristo tiene estas siete estrellas y el versículo 20 dice que las siete estrellas son los siete ángeles de las siete iglesias. Pero resulta que luego, cuando nosotros llegamos a los versículos 2 y 3, a Juan se le dice que le escriba al ángel de la iglesia de Éfeso, al ángel de la iglesia de Esmirna. Es como si cada iglesia tuviera un ángel protector, pero a la vez, ¿para qué está Juan escribiéndole al ángel, cuando el ángel está en esa otra dimensión de donde viene la voz?
La palabra ángel aparece sesenta y pico de veces en el libro de Apocalipsis, y en todos los casos se refiere a un ángel como nosotros entendemos que los ángeles son. Pero en esta ocasión, si no es un ángel verdadero, estamos dando una interpretación completamente distinta a las otras cincuenta y nueve veces cuando la palabra aparece en el mismo libro. A pesar de eso, muchos piensan que quizás son los pastores de estas iglesias, porque si le va a escribir al ángel que está en Éfeso, como que sería más congruente que le está escribiendo al pastor o grupo de pastores que está en Éfeso, porque ellos son los llamados a hacer algo con la condición de la iglesia. De manera que esa referencia de ahí un tanto no es tan clara; quizás es un ángel que está sobre la iglesia, quizás es más bien un pastor o grupo de pastores que está sobre ella, y aquí Juan le va a escribir.
Y ahora ese Hijo de Hombre tiene una imagen extraña, porque tiene una espada que sale de su boca, una espada de doble filo, de dos filos. Pero en el mismo libro de Apocalipsis hay una imagen similar en el capítulo 19, cuando Cristo viene montado en un caballo blanco, en forma simbólica, y de su boca sale una espada, y el texto dice que él viene, en ese caso, para juzgar a las naciones con dicha espada. De manera que ahora parece ser que la espada del Hijo de Hombre también es representativa de la disciplina que él está a punto de ejercer sobre su iglesia.
G. K. Beale escribió uno de los comentarios más conocidos y respetados sobre el libro de Apocalipsis. Dice que con relación a este texto y a la aguda espada de dos filos que salía de su boca, con esto Cristo estaba simbolizando su juicio sobre los desobedientes en la iglesia y a los rebeldes en el mundo, pensando en la otra imagen de Apocalipsis 19.
Y luego entonces el rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza. E imagínate pues un Hijo de Hombre con una túnica, un cinto ceñido a su pecho, una espada que sale de su boca, un rostro como un sol y ojos como fuego. Y Juan está ahí escuchando las órdenes. Y Juan debió haber quedado desconcertado, sin fuerza, porque a él todo le parece real, y era real. Lo que él no podía necesariamente tocar era cada uno de los elementos, porque era una visión que él estaba teniendo, pero él estaba viviendo como si eso estuviera ahí en su alrededor.
Eso es lo que explica la reacción de Juan en el versículo 17: "Cuando le vi, caí como muerto a sus pies." No creo que era para menos. Juan no dice "temblaron mis piernas." Juan no dice "sentí temor, yo me desvanecí." Yo me lo imagino perdiendo el conocimiento, porque él dice "caí como muerto a sus pies." Viendo esta figura de cabellos blancos, viendo esta figura de un rostro tan brillante. Es la misma experiencia que Daniel tiene cuando lo visita un ángel del cielo, pero este no es un ángel, este es Cristo. Eso no es lo mismo que la gente y los televangelistas que viven soplando gente y tumbando gente, que la gente se cae. Esta es otra experiencia. Aquí nadie está haciendo alharaca. Aquí Cristo simplemente se está presentando como lo que él es, como él luce. Y Juan cae a sus pies como muerto, como sin fuerza.
Nota lo que Cristo no hace. Cristo no le dice: "Juan, qué bueno es que caes así como muerto, porque tú mereces esta experiencia, tú un pecador tan..." No. Cristo le pone su mano derecha sobre sus hombros, sobre mí, dice Juan, y le dice: "No temas. Yo soy el primero y el último, y el que vive. Y estuve muerto, y he aquí estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades."
Juan, no temas. Yo estoy por ti, yo estoy contigo. Y la razón para no temer es que yo una vez estuve muerto, pero estoy vivo; yo conquisté la muerte. La razón para no temer es que yo estoy vivo por los siglos de los siglos; yo no voy a volver a morir, Juan. La razón para no temer es que yo controlo la historia, yo escribo la historia y orquesto la historia. Yo soy el primero y el último, yo soy todo lo que existe entre una cosa y la otra, y yo estoy contigo, Juan. No temas, levántate, cobra ánimo. El pecado no me pudo vencer, la tumba no me pudo retener, y esa es la razón para no temer.
El Padre había sido identificado en el texto anterior como el Alfa y la Omega; ahora Cristo es identificado como el primero y el último. Juan, tú eres de los míos. La tribulación viene de camino; de hecho, tú estás tribulando ya en la isla de Patmos, pero yo estoy contigo, Juan. Yo estoy cumpliendo mi promesa anunciada en la gran comisión: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo." Yo estoy contigo en Patmos, y yo estaré con cada una de mis iglesias a lo largo de cada tribulación, a lo largo de todos los siglos. No temas, porque tienes cosas que escribir. ¿Cierto? Tú eres compañero en la tribulación con los demás, pero también tú eres compañero en la perseverancia.
Versículo 19, escribe. La segunda vez que recibe la encomienda: "Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de suceder después de estas." Juan, escribe las cosas que tú has visto, pero de las que has visto hay algunas que ya son, porque esto que estamos hablando de Éfeso, de Esmirna, de Tiatira, de Pérgamo, de Laodicea, de cada una de esas iglesias, esa condición ya está y mi disciplina ya viene. De manera que tú vas a escribir de cosas que ya son, y tú vas a escribir de cosas que vienen de camino, las cosas que han de suceder después de estas. Tú no vas a ver la mayoría de ellas, pero hay cosas que son que ya tú vas a ver. ¿Qué voy a ver? Lo que tiene que ver con estas iglesias.
"En cuanto al misterio de las siete estrellas..." —versículo 20— es un misterio, "que viste en mi mano derecha, y de los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias," dice el texto, "y los siete candelabros son las siete iglesias." Ahí hay una parte que está clara: los siete candelabros son las siete iglesias. Las siete estrellas de oro, hay una parte que está clara cuando dice "son los ángeles de las siete iglesias." La pregunta es: ¿cuáles son esos ángeles? Porque luego al entrar al capítulo 2 dice: "Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso." ¿Cómo le va a escribir al ángel? O esto es una referencia más bien a una autoridad humana delegada en el pastor o pastores de la iglesia, y Juan le va a escribir a ese liderazgo acerca de estas cosas que están pasando en esa iglesia y que ellos tienen que corregir. Nos sigue siendo como un misterio, pero eso es como el versículo 20 comienza: "En cuanto al misterio," ayudándonos a entender que esto no es fácil de discernir. Esto va a requerir sabiduría, oración y que Dios nos pueda guiar.
Pero es el inicio de la visión del libro de Apocalipsis. Los primeros tres capítulos tienen que ver con iglesias reales que estuvieron presentes, que pasaron por condiciones, que pasaron por la tribulación, que fueron disciplinadas, que experimentaron las consecuencias de la disciplina. Y el resto entonces tiene que ver con cosas futuras que todavía nosotros no hemos visto.
Pero a algo que el texto nos llama es a la introspección, a la sobriedad. No importa si somos hijos de Dios y tenemos garantía de nuestra salvación y nuestro triunfo; la Palabra nos llama a examinarnos, porque ciertamente la disciplina de Dios puede ser severa, aunque ya vimos en el libro de Hebreos cómo nos dice que Dios nos disciplina justamente para no tener que ser condenados con el resto del mundo. Pero nosotros quisiéramos poder experimentar lo que es la santificación que Dios trae a nuestras vidas y, por tanto, a nuestras iglesias, porque ahí es donde está el aislamiento, la atención de Dios, la paz, la garantía, la tranquilidad de decir: "Estamos en tribulación, pero en cuanto depende de mí, yo he querido ser fiel a mi Señor. Estoy en la tribulación, pero estoy en Patmos porque yo he testificado de Cristo y yo he predicado la Palabra. Estoy en tribulación y estoy detrás de unos barrotes, pero ¿sabes qué? Yo tengo la certeza absoluta de que estoy detrás de los barrotes básicamente porque he predicado la Palabra y he testificado de Cristo, y al mundo no le ha gustado y al mundo le ha irritado."
Eso es lo que la iglesia primitiva vivió. Eso es lo que la iglesia probablemente tendrá que vivir muy prontamente, según lo que vamos viendo. Que Dios nos encuentre fieles, que Dios nos encuentre firmes en la fe, firmes en la esperanza, firmes en la resurrección, firmes en nuestro Señor. Es por eso que decía: todo lo que hemos cantado es el balance de todo lo demás que quizás estaremos predicando, porque hay una tensión en la Palabra de Dios entre lo que Dios es, Dios promete, Dios guarda para nosotros como ciertísimo, y a la vez el llamado a la tribulación, porque a vosotros se os ha concedido no solamente creer en Cristo, sino también padecer por él.
Y el apóstol Pablo decía: "¿Sabes qué? En la tribulación, el poder de Dios se manifiesta de tal manera que yo me glorifico en las tribulaciones, porque cuando soy débil es cuando verdaderamente experimento el poder de Dios."
Que Dios nos encuentre al examinarnos, y a los fieles, y donde hayamos sido infieles, que nos encuentre por lo menos humildes para recibir su reprensión, poder pedir perdón, recibir su perdón y restaurar la calidad de nuestra relación.