Integridad y Sabiduria
Sermones

Laodicea, la iglesia tibia

Miguel Núñez 18 octubre, 2015

La iglesia de Laodicea representa una condición espiritual particularmente peligrosa: la tibieza. Cristo se presenta a esta congregación como el Amén, el testigo fiel y verdadero, el origen de toda la creación, y no encuentra en ella nada digno de elogio. A diferencia de las otras seis iglesias de Apocalipsis, donde siempre había algo que reconocer, aquí solo hay confrontación. La metáfora del agua tibia resulta contundente: el agua fría refresca, el agua caliente reconforta, pero el agua tibia provoca náuseas. Así es la fe de quienes hacen cosas de creyentes —asisten a la iglesia, leen la Biblia, memorizan versículos— pero en quienes no se ve el carácter de Cristo formándose. Son más difíciles de alcanzar que los completamente fríos, porque se creen salvos sin estarlo.

El problema central no era solo la autosuficiencia de estos creyentes, influenciada quizá por la prosperidad de su ciudad, sino su total ignorancia de su condición real. Se creían ricos cuando eran miserables; se veían vestidos cuando estaban desnudos; pensaban que veían cuando estaban ciegos. Cristo les ofrece lo único que puede remediar su estado: oro refinado por fuego —una fe probada—, vestiduras blancas para cubrir su vergüenza, y colirio espiritual para abrir sus ojos.

El llamado final es al arrepentimiento, no como un momento aislado sino como estilo de vida. Cristo está a la puerta y llama. Al que responda le promete intimidad con él y un lugar en su trono. El pastor Núñez cierra recordando que mantener el fervor espiritual requiere disciplinas concretas: estudiar y aplicarse la Palabra, cultivar la oración, vivir en comunidad y ejercitar los dones que Dios ha dado.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

A ver, con eso yo quiero invitar a que abran la Palabra de Dios. Si no lo has hecho, en el capítulo 3 del libro de Apocalipsis terminamos con este mensaje, esta serie: el juicio de Cristo a las iglesias. En esta ocasión estamos leyendo desde el versículo 14 al versículo 22.

"Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: El Amén, el Testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así pues, como eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque dices: Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad; y no sabes que eres un miserable, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que de mí compres oro refinado por fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos para que puedas ver. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé celoso y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias."

Nuestro Padre y nuestro Dios, nosotros leemos palabras como estas y de alguna manera o temblamos, o por lo menos nos volvemos sobrios, y hay una sobriedad ante tus palabras. Yo quiero pedirte que al exponer este texto, no solamente cuides al predicador en su falibilidad, sino que cuides a cada uno de los que estamos escuchando, para que no vayamos a aplicar primeramente este texto a otros antes de hacerlo pasar por nuestras propias vidas. Tú sabes, Dios, que con tu gracia y por tu Espíritu yo me he predicado este texto. Es mi intención que tú me prediques este texto antes de que yo pueda predicarlo.

Te pido que en esta mañana, para aquellos que no tienen la costumbre, quizás sea el inicio de ver cada mensaje como una palabra dirigida a mi vida antes que a cualquier otro. Tu Palabra ha sido escrita con una persona que ha de recibirla, y el primer nombre en la lista es el mío. Gracias por tu cuidado personal en Cristo Jesús.

Bueno, como mencioné, esta es la última de las cartas escritas a las siete iglesias en el área de Asia Menor. En este caso, la iglesia y la ciudad es de nombre Laodicea. Nosotros vimos las otras cartas, y yo no sé cuántos de ustedes, en la medida en que nosotros predicamos esas cartas, si las vieron en primer lugar como cartas que iban simplemente a una iglesia en general, o como cartas que iban también dirigidas a personas particulares.

Habiendo dicho eso, no sé cuántos de ustedes vieron las otras seis cartas como cartas que Dios me estaba enviando a mí en primer lugar, de manera personal, de forma tal que yo haya podido verme en el espejo de cada mensaje. Pero yo les puedo garantizar, con Dios como testigo, que cada una de esas cartas fue predicada a mi corazón, y que cada mensaje de arrepentimiento contenido en cada texto fue llevado a mi corazón en primer lugar, antes que a cualquier otro. Y ese debe ser la actitud de cada predicador; debe ser la actitud de cada oyente.

Nosotros predicamos un texto que fue enviado a la iglesia de Éfeso, que perdió su primer amor; ahí teníamos que vernos, dónde estábamos. Nosotros predicamos el texto que fue enviado a la iglesia de Esmirna, una iglesia que fue fiel en la tribulación, que se sostuvo en medio de la tribulación. Vimos una carta enviada a Pérgamo, la iglesia que comprometió la verdad en medio de la persecución; hasta dónde yo, en mi vida diaria, sin que la persecución haya llegado, he podido comprometer la verdad misma de Dios. La carta de Tiatira, una iglesia que toleró la mundanalidad; hasta dónde mi corazón y mente, mi estilo de vida, mi hogar, mi computadora, mi televisión ha permitido la invasión de la mundanalidad. Porque la iglesia no son paredes; somos nosotros, las personas.

El mensaje enviado a la iglesia de Sardis, una iglesia muerta. La carta enviada a Filadelfia, la iglesia amada; Dios les escribe: "Y aquellos de la sinagoga de Satanás se arrepentirán y vendrán de regreso a ti, y sabrán que yo te he amado." ¿Te imaginas? Estas palabras de afirmación para esa iglesia. Y ahora nosotros estamos viendo la carta enviada a la iglesia en Laodicea, la iglesia tibia.

Nosotros no sabemos quién fundó esta iglesia. Se ha especulado; algunos piensan incluso que Épafras, que Pablo menciona en Colosenses 4:12-13, fue el fundador de la iglesia de Colosas y que él también fue el fundador de esta iglesia. No lo sabemos con certidumbre, pero se piensa de esa manera porque esta ciudad, Laodicea, compartía un valle —el valle de Licos— con otras dos ciudades. Una de esas ciudades era la ciudad de Colosas y la otra era la ciudad de Hierápolis. Colosas estaba a unas diez millas hacia el este, y Hierápolis estaba a unas seis millas hacia el norte; estas tres ciudades formaban parte del desarrollo de la civilización en dicho valle.

La ciudad de Laodicea prosperó bastante bien. Había una colonia de judíos importante, aparentemente, y la ciudad prosperó bien porque estaba situada en un lugar estratégico, en la intersección de dos de las grandes carreteras de comunicación de aquella época: una que venía de este a oeste, desde Éfeso, y la otra que venía de norte a sur, pasando por Pérgamo. Eso colocó a Laodicea en una posición estratégica para el desarrollo de sus ciudades y de sus negocios.

Laodicea fue una ciudad próspera. Tanto así que en el año 60, cuando ocurrió un terremoto y destruyó gran parte de la ciudad, Roma, el Imperio Romano, ofreció pagar por la reconstrucción de la ciudad, y esta ciudad de Laodicea se rehusó y dijo: "Nosotros pagaremos con nuestros propios recursos." Y así lo hicieron. La ciudad prosperó a través de un negocio de venta de lana fina de color negro —no sabemos si era teñida de negro o si era naturalmente negra—, pero era una lana aparentemente de brillo y de mucho valor. La ciudad tenía una escuela de medicina famosa, famosa en su tiempo, que había desarrollado un colirio especial, un ungüento para los ojos capaz de sanar ciertas enfermedades oculares. Pero la ciudad también tenía un centro bancario importante, porque el filósofo Cicerón aparentemente supo cambiar grandes giros bancarios en Laodicea, y eso está documentado.

La razón para mencionar la condición de la ciudad es por algo que hemos venido diciendo a lo largo de toda la serie: la condición de la ciudad donde una iglesia se encuentra frecuentemente afecta la cosmovisión, la forma de pensar, el estilo de vida de aquellos que viven allí, y por tanto, al entrar a las iglesias, esa cosmovisión y ese estilo de vida vienen con ellos. Toma tiempo desasirse de esas cosas, y muchas veces aquellos que están adentro han sido influenciados por aquello que viene de afuera. Una ciudad autosuficiente, una ciudad con recursos, quizás produjo una actitud de los miembros de aquella iglesia de igual manera autosuficiente.

La carta tiene un remitente. Hay una persona que la envía: es la persona de Cristo, que en cada una de estas cartas tiene la particularidad de identificarse de una manera distinta o diferente para con cada iglesia. En este caso, Él se identifica como el Amén, el Testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios. La palabra "amén" es, si yo pudiera decir, una transliteración del hebreo, y significa "verdad." Cuando tú lees los profetas, en Isaías 65:15 se habla de Dios y se le llama el Dios de la verdad; algunas traducciones en inglés dicen "the God of Amen," el Dios del Amén, porque eso es lo que significa. De hecho, en algunas ocasiones cuando Cristo habló —si habló en arameo, como se sospecha, o si en alguna ocasión habló en hebreo—, cuando Él dijo "en verdad, en verdad os digo," lo que Él hubiese dicho ahí es "amén, amén, os digo."

Cristo es el Amén. Él se identificó como la Verdad: "el camino, la verdad y la vida." Cuando Cristo vino, Él literalmente definió su misión en la tierra, y yo no sé cuántos de nosotros nos hemos percatado de con cuánta claridad Cristo definió su misión en la tierra. Por eso lo que Él dice en Juan 18, cuando se refiere a su misión: "Yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad." Yo estoy aquí con un propósito, y mi propósito es dar testimonio de la verdad. Es apropiado, entonces, que Él se identifique como el Amén, como la Verdad.

En Apocalipsis 3:7 se le llama el Santo y Verdadero. En una ocasión los fariseos vinieron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad." Aun sus enemigos identificaron a Jesús con la verdad: "sabemos que eres veraz," primera identificación; "y enseñas el camino de Dios con verdad," segunda identificación. Todo el mundo sabía que este hombre había venido para dar testimonio de la verdad.

La epístola paulina nos ayuda a entender de qué manera Él es el Amén, cuando dice en la Segunda Carta a los Corintios: "Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí; por eso también, por medio de Él, amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros." En Cristo, todas nuestras promesas son amén, son verdaderas, son sí, son ciertas. En otras palabras, Cristo es el Amén, el sí de todo lo que Él nos ha prometido.

A esta iglesia de Laodicea, infiel, Él se le identifica y dice: "Yo soy el Amén, yo soy la Verdad, yo soy el Testigo fiel y verdadero. Yo vine para dar testimonio de la verdad; yo soy el Testigo fiel. Yo he sido fiel al testimonio que mi Padre me entregó para que yo lo pasara a vosotros, y por tanto soy el Testigo fiel de esa verdad que el Padre me dio, de esas obras que me mandó a hacer."

Yo no he dicho nada que el Padre no me haya dicho que dijera. Las palabras que yo hablo no son mías, yo no he hecho una obra más, yo no he dicho una palabra más, yo no he hecho una obra menos, yo no he dicho una palabra menos. Yo soy el testigo fiel y verdadero. ¡Amén!

Luego Cristo dice: "Yo soy el principio de la creación de Dios." Los Testigos de Jehová toman pasajes como ese y dicen que Cristo es una creación, que es el principio de la creación, que el Padre lo creó y luego hizo todo lo demás a través de Él. No, porque en el lenguaje original esa no es la idea. La idea de esa frase en el original es que Él es la fuente, es el origen de la creación, es el principal, es el supremo de la creación. No hay nada por encima de Él; es el originador de la creación, es el remitente.

De manera que estas palabras, así de sobrias y de pesadas como las leímos, son sobrias no importa quién las diga. Pero si quien las está pronunciando es el originador de la creación, es el Amén, el testigo fiel y verdadero, esto es más serio de lo que nosotros pensamos.

Ya vimos al remitente; ahora el mensaje. Pero antes de pasar al mensaje hay una observación que yo quiero hacer, y es que esta es la única iglesia de la cual Cristo no tiene nada bueno, nada positivo que decir. Y la manera en que esto se presenta es, otra vez, serio. Porque cuando le escribe a la iglesia de Éfeso, Él dice: "Tú sabes que tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has flaqueado." Eso está a tu favor. Pero perdiste tu primer amor. Cuando le escribe a la iglesia de Esmirna, dice: "Yo conozco tu tribulación y tu pobreza, pero eres rico. Tú eres pobre materialmente, pero tienes tanto espiritualmente que en realidad yo te considero rico."

Cuando le escribe a la iglesia de Pérgamo, le dice: "Tú guardas fielmente mi nombre y no has negado mi fe, aun en los días de Antipas, mi testigo, mi siervo fiel que fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás." Cuando le escribe a la iglesia de Tiatira, dice: "Yo conozco tus obras, tu amor, tu fe, tu servicio y tu perseverancia." Esta iglesia tenía muchas cosas. A pesar de que Cristo la confrontó severamente, dice: "Tú tienes amor, tienes fe, tienes servicio, tienes perseverancia, y conozco que tus obras recientes son mayores que las primeras. De hecho, tú estás haciendo más cosas que anteriormente."

Pero cuando le escribe a la iglesia de Sardis le dice: "Ponte en vela." Era una iglesia muerta. Y aun a la iglesia muerta le quedaban algunas cosas que estaban a punto de morir, porque Él dijo: "No he hallado completas tus obras delante de mí. Estás muerta, pero te queda algo. Ponte en vela, aviva eso." A la iglesia de Filadelfia le dice: "Yo conozco tus obras. Mira, he puesto delante de ti una puerta abierta que nadie puede cerrar, porque tienes un poco de poder, has guardado mi palabra y no has negado mi nombre." Y los que están ahí en la sinagoga de Satanás, va a llegar un momento en que van a venir, se van a arrepentir, van a inclinarse delante de ti y ellos sabrán que yo te he amado. ¡Wow!

Pero a la iglesia de Laodicea no tiene nada bueno que afirmarle. Tú te preguntas: "¿Pero eso era una iglesia?" Aparentemente sí, porque Él está instruyendo, está llamando la atención. Y entonces así es como el mensaje comienza: "Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así pues, como eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca." Palabras duras, habladas metafóricamente.

No sé cuántos de nosotros en alguna ocasión hemos probado un vaso de agua bien fría en un momento de calor y decimos: "¡Wow!", saboreamos esa agua. Y otras veces hemos probado un té o un café bien caliente, de buena calidad, y ahí, sorbo a sorbo, lo vamos probando y se siente el calor, el vapor, el aroma, y eso también sabe bueno. Pero en ciertas ocasiones —yo no sé si a usted le ha pasado esto; a mí me ha pasado un par de veces—, sobre todo sudando mucho y con mucho calor y mucha sed, que tú pides agua y alguien te trae un vaso, y tú estás esperando que esté fría, y cuando la pruebas: "¡Ay, guácala!" Estaba tibia. Realmente esta es una de las propiedades del agua tibia: en las emergencias médicas, ocasionalmente en personas intoxicadas, el agua tibia es usada para inducir el vómito. De manera que Cristo está usando una metáfora muy real de lo que el agua tibia puede causar.

Yo les mencioné dos ciudades, y si las menciono no es simplemente para conocimiento general, sino porque pudiera tener alguna relación con toda esta metáfora que está aquí. La ciudad de Colosas tenía aguas frías, y esas aguas frías de Colosas la gente las disfrutaba sobre todo para beber, porque eran refrescantes. La otra ciudad que les mencioné, que ocupaba otra parte del valle, era Hierápolis. Las aguas de Hierápolis eran manantiales calientes, y la gente consideraba estas aguas calientes como algo relajante. Pero resulta que el acueducto de Laodicea venía de Hierápolis, venía varias millas de distancia, y cuando llegaba a Laodicea, el agua llegaba tibia y llegaba un poco turbia, un poco sucia; era un agua que no servía para mucho. Y Cristo está usando, quizá, todo este conocimiento que ellos tenían y decía: "¿Tú sabes que tú te pareces a esa agua? ¿A quién refresca? ¿A quién relaja? Ni se puede tragar tampoco. Te voy a vomitar."

Me acerco a un comentario que habla acerca de esta condición y dice: "Algunas iglesias —yo agregaría, huestes de creyentes, pues las iglesias no son paredes— hacen al Señor llorar; otras lo hacen irritarse; pero la iglesia de Laodicea lo hizo vomitar." En la metáfora, la gente caliente es gente con una fe vibrante, una fe creciente, gente en quien tú puedes ver el carácter de Cristo desarrollarse, gente en quien tú puedes ver el fruto del Espíritu, gente en quien tú puedes ver el carácter manso y humilde creciendo a la imagen de Cristo.

Pero por otro lado, la gente fría representa a aquellos que están muertos en sus delitos y pecados, gente que no ha nacido de nuevo, gente que está completamente ciega a su realidad espiritual, gente que no ha entregado su vida a Cristo. Gente que puede oír un sermón que un pastor haya predicado con todo fervor, quizá bajo la unción del Espíritu, donde había gente llorando, y luego va a salir adelante y le dice al pastor —como dirían en inglés— "That was nice", fue un sermón muy lindo, había gente llorando, pero para ellos es simplemente "nice", simplemente estuvo todo bueno, interesante. Porque no tienen forma de aquilatar lo que escucharon. Esa gente no tiene interés en la Palabra, no tiene interés en la iglesia, no tiene interés en el evangelio, no tiene interés en la obra de Cristo. Esos son los fríos.

Pero hay una tercera categoría que Cristo dice que sería mejor que estuviera fría o caliente, que es lo ideal, pero no era una cosa ni la otra. Tú eres tibio. Y aquí está un grupo de gente que se identifica con la fe cristiana, hace cosas de gente caliente: viene a la iglesia, lee la Biblia, tiene su devocional, incluso memoriza la Biblia. Pero nosotros no vemos el carácter de Cristo formándose en ellos. Los años pasan, los años van y vienen, y las mismas dificultades de hace cinco, diez, quince años siguen en ellos. Ellos hablan de cambios, pero no cambian. Ellos hablan de la Palabra, pero no la consumen. Consumen material cristiano, pero no la Palabra de Cristo. Son gente que dicen, pero no hacen.

De ese grupo Cristo habló en diferentes ocasiones. En un momento dado instruyó a los discípulos que le seguían, hablando de un grupo como ese, y refiriéndose a los fariseos dijo: "Haced y observad todo lo que os digan, pero no hagáis conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen." Ellos dicen que son judíos, pero no lo son. Ellos dicen que creen en el Dios de Abraham, pero no creen. Ellos creen que tienen salvación, pero no la tienen. Ellos dicen que creen en la ley, pero no la siguen. Dicen que aman la ley, pero la violan. Oran en el templo, oran tres veces al día, diezman hasta la última cosa. Sí, porque son tibios: se parecen como que tienen temperatura, pero no tienen.

Pablo escribió su carta a los Romanos y, comenzando en el primer versículo del capítulo 10, se refiere a sus hermanos judíos, hermanos a quienes amaba de cierta manera. Él dice: "Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es para su salvación." Está hablando de judíos que no tienen salvación. "El deseo de mi corazón, mi oración es que tengan salvación, porque yo testifico a su favor que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento." Yo testifico que ellos son como yo era antes: yo perseguía la iglesia, yo fui considerado lo que estaba arriba, fui de la tribu de Benjamín, fariseo de fariseos, en cuanto a la ley irreprensible. Yo tenía celo, pero no tenía conocimiento completo. Por tanto, creyéndome servir a Dios, perseguía la iglesia de Dios. Tenía celo, pero no tenía salvación. Y así, muchos pueden tener celo y pueden seguir a Dios, mientras que al mismo tiempo, de alguna manera, persiguen al pueblo de Dios.

A grupos tibios también se refirió cuando le dice a Timoteo en su segunda carta, 2 Timoteo 3:5, hablando de personas tibias: "Teniendo apariencia de piedad, pero habiendo negado su poder. A los tales evita." Cuando se ve a alguien así, hay una apariencia de piedad, pero como la piedad no es genuina, no hay un poder detrás de ella. La apariencia es lo que los hombres ven; eso es una cosa. El corazón es lo que Dios pesa. La reputación es lo que mis obras externas te hacen creer que yo soy; el carácter es lo que yo verdaderamente soy, es lo que Dios pone en la balanza. Dios nunca dice: "Me gusta tu reputación." Las obras son lo que los hombres valoran; la fe es lo que Dios pone a pesar.

Las personas tibias son más difíciles de convertir que las personas frías. La persona fría está muerta, es verdad, hablando humanamente, porque para Dios no hay nada más o menos difícil. Pero humanamente, ya saben que están en frío. Yo conozco mucha gente que dice: "Si yo no soy salvo, no, yo no soy cristiano, de hecho no me hables." Pero las personas tibias hacen muchas cosas que las personas calientes hacen y no tienen salvación, y no hay quien las convenza de que necesitan salvación, porque ellas se creen salvas. Entonces, en ese sentido, son más difíciles de alcanzar.

Las personas calientes disfrutan la palabra, disfrutan un mensaje, disfrutan el estudio de la misma, disfrutan la adoración a Dios, disfrutan la comunión con el pueblo de Dios, disfrutan la comunidad con el pueblo de Dios. La persona tibia escucha un sermón, pero no cree que eso es para él. No cree que ese sermón evangelístico realmente tiene aplicación para él, y si es un sermón de santificación, tampoco, porque lo ve por encima de eso.

La persona tibia se cree salva, no cree que el mensaje evangelístico es para él. Él ve el pecado del otro, pero no puede ver el suyo. Él ve a los demás por debajo de su espiritualidad. Él tiene los ojos abiertos, ve: "Mira eso, mira qué cristiano, mira lo que hace, no puedo creer, por eso no voy a la iglesia." Él tiene los ojos abiertos, pero tiene el corazón endurecido. Entonces, viendo con el corazón no puede reaccionar a lo que ve. Él tiene la mente funcionando: "Mira eso, mira eso, es increíble, eso no puede ser." Pero él tiene el corazón detenido.

Los fariseos podían llenar esa definición. Judas podía llenar esa definición. Demas, que estuvo con Pablo ministrando y se fue al mundo, podía llenar esa descripción. Diótrefes, aquí en la tercera carta de Juan, se describe que le gusta ser el primero entre ellos, le gusta estar en el centro, llamar la atención, no acepta lo que decimos; podía estar dentro de esa descripción. Entonces Cristo le dice: "Mira, preferiría que fueras caliente o frío, pero estás aquí en el medio, eras tibio."

Pero hay un problema peor, y este es el problema: "Tú dices: soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad, y no sabes que eres un miserable y digno de lástima, pobre, ciego y desnudo." Ahora las palabras como que se incrementan en peso. A la ciudad de Laodicea le decían que era una ciudad autosuficiente. Quizás esta autosuficiencia de los miembros de la iglesia, en parte, venía influenciada por la autosuficiencia de la ciudad, y ese era uno de los problemas. El peligro de la autosuficiencia es que nos hace sentir superiores a otros. Entonces la autosuficiencia nos lleva a decir: "Yo no necesito ese mensaje, porque eso está por debajo de mí, yo sé eso, yo conozco eso." Pero jugando en realidad, en la gran mayoría de los mensajes, la pregunta no es si lo conoces, sino si lo aplicas, si lo vives, si ya es parte de tu carácter formado.

La autosuficiencia también nos dice: "No necesitamos una iglesia, porque al final la iglesia no salva, lo que salva es Dios." Y con eso perdemos el hábito de congregarnos, como si no fuera algo necesario; pero es el autor de Hebreos el que nos advierte de eso. "No necesitas estudiar la palabra porque yo leo mucho, leo mucha literatura cristiana, y esa literatura cristiana es acerca de la palabra." Bueno, es acerca de la palabra, pero no es la palabra. Es como cuando tú te comes un helado de fresa que tiene color a fresa, huele a fresa, como que sabe un poco a fresa, pero de fresa no tiene nada. No voy a mencionar la marca, pero quizás usted la ha probado; yo la he probado.

"No necesitamos una comunidad creyente, es que yo y Dios somos suficientes." ¡Qué guardados! Que quien tiene a Dios lo tiene todo. "No necesitamos ayuda económica, porque Dios ya me va a proveer, Él siempre me ha provisto, Él siempre ha sido fiel." Pero Dios me ha provisto, hermanos, a través de otros, a quienes yo tengo que ayudar en ocasiones económicamente y quienes tienen que ayudarme a mí en ocasiones económicamente. "No necesito el compañerismo cristiano." Los autosuficientes son los más difíciles de alcanzar, humanamente hablando, de nuevo. De hecho, los fariseos fueron como inalcanzables.

Y esta es la razón por la que Cristo le dice en un momento dado a un grupo de fariseos: "En verdad os digo, amén, en verdad os digo que los recaudadores de impuestos y las rameras entran en el reino de Dios antes que vosotros." "¿De qué tú estás hablando, Jesús? Nosotros conocemos la ley, los gentiles no la conocen." Y los compara, no con gentiles, sino con rameras y recolectores de impuestos, que son los peores de la escoria social. "¿Y tú me estás diciendo que ellos van a entrar primero que nosotros?" ¿Saben por qué lo dice? Porque ellos son fríos y un día se van a calentar, van a entender. Pero ustedes son tibios, piensan que tienen salvación y no lo entienden, y no la tienen.

Quizás parte de lo que estaba pasando era que los miembros de la iglesia de Laodicea pensaron que su prosperidad material era sinónimo de prosperidad espiritual. Y eso es lo que muchos creen en el evangelio de la prosperidad: cuando ven a alguien prosperar materialmente, creen que esa prosperidad es sinónimo de prosperidad espiritual. Y no hay nada que esté más lejos de la verdad que eso. Algunos estudiosos dicen que no creen que los miembros de la iglesia de Laodicea estuvieran orgullosos simplemente de ser ricos, sino que pensaban que ser ricos materialmente era sinónimo de prosperidad espiritual, que realmente eran ricos también espiritualmente.

Ahora bien, el verdadero problema de la iglesia de Laodicea no era su autosuficiencia, era su indiferencia y su ignorancia de su problema. Si yo tengo orgullo, mi peor problema no es mi orgullo, es mi indiferencia y mi ignorancia de mi orgullo. Y este es el caso. Cristo se lo pone de manera comparativa, se lo hace ver, se lo explica de manera comparativa para que ellos puedan ver cuál es su peor problema. Cristo le dice: "Yo tengo algo contra ti, porque dices: soy rico y me he enriquecido y de nada tengo necesidad." Y entonces viene la ignorancia: "Y no sabes que eres un miserable y digno de lástima, y pobre, y ciego y desnudo." Ese es el peor problema: que crees que eres una cosa, pero eres otra.

Era miserable y digno de lástima, ¿por qué? Porque te crees algo y no lo eres. Porque te crees superior espiritualmente a otros hermanos, y tú ni siquiera calificas para ser hermano. Porque te crees capaz de reprender cuando tú eres el reprendible. Entonces Cristo le dice: "Déjame explicar ahora por qué eres miserable y digno de lástima: porque eres pobre, porque eres ciego y porque estás desnudo."

La pobreza espiritual es aquella condición que caracteriza a un hombre que no tiene nada para entrar al reino de los cielos. Tuve un funeral de un incrédulo, por ejemplo; tú abres el ataúd y dices: "Bueno, nada de lo que está aquí adentro va para el reino de los cielos." Esa es una pobreza. Si fue creyente, pues el alma ya se fue al reino de los cielos, hay una riqueza espiritual. Entonces Cristo se está refiriendo a gente que era espiritualmente pobre.

La ceguera espiritual es la condición del hombre que no puede ver aquello que tiene delante. El texto bíblico no lo entiende, oye un mensaje y no lo entiende. Es como el ciego físico: tú le puedes poner algo delante de él y él no lo puede ver. "Pero es que tú no lo ves." "No lo veo." "¡Pero si está tan claro para mí que tengo vista!" Pero no para mí, que estoy ciego. Y Cristo le dice a los miembros de esta iglesia: "Tú tienes ceguera espiritual." Y es una ceguera selectiva en algunos casos, o en muchos casos, pues no decimos en todos, porque puede ver el pecado del otro, pero no puede ver el suyo.

Y está desnudo espiritualmente. La desnudez espiritual es la condición en la que Adán y Eva quedaron, aun después que Dios los cubrió con pieles. Dios cubrió su desnudez física, pero aun con la desnudez física cubierta, Adán y Eva quedaron con una desnudez espiritual que hace necesario que Cristo me vista y me cubra. Entonces Cristo le está diciendo: "Tu problema es que eres ciego y no ves lo que te estoy describiendo. Eres pobre porque no tienes nada que puedas traer al reino de los cielos. Y estás desnudo porque Yo puedo ver tu pecado y no tienes cobertura." Por tanto, le va a hacer una recomendación.

El mismo que se ha identificado como el Amén, el testigo fiel, dice: "Yo tengo un consejo, esto es, te aconsejo que de mí compres oro refinado por fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos para que puedas ver." Con esto, Cristo le estaba recordando básicamente que la riqueza material de la ciudad no podía comprarles nada de valor real. Lo que tú tienes que comprar, no lo puedes adquirir en el mercado de la ciudad; tú tienes que venir y comprarlo de mí.

Y esto es lo que puedes comprar de mí: oro fino refinado por el fuego. Oro que ha sido pasado por el fuego, y probablemente esto es una referencia a la fe que es refinada por el fuego, como Pedro menciona en una de sus cartas. Es esa fe que me salva, que luego el fuego refina; que una vez que he pasado por la prueba, primero da evidencia de que esa fe es genuina, y en segundo lugar quedó más fuerte, más pura, más refinada que antes de la tribulación.

La tribulación es orquestada por Dios, es parte del currículo de formación de Dios. Hemos hablado de esto en otras ocasiones. Si usted ve el currículo de Dios para graduarse, tiene materias que dicen: Tribulación 1, Tribulación 2, Tribulación 3, Tribulación 4, Tribulación 5. Y no se va a acabar, Señor. ¡Tribulación 21!

Y entonces ahora Cristo dice: "Ven y compra de esa fe", porque esa tribulación por la que Él me hace pasar es fuego refinado que refina mi fe, pone a prueba mi carácter, pesa mi carácter, forma mi carácter. Si no lo ha enfrentado bien, forma mi carácter. Por eso lo hace Él, no yo, Cristo. Ahora, si hay algo que la tribulación siempre hace, es que revela el carácter. Cómo yo reacciono revela quién yo verdaderamente soy.

La tribulación también, dependiendo de en qué lugar yo estoy sentado, pone de manifiesto si yo he entendido el Evangelio. Porque el Evangelio, cuando es entendido por el creyente, revela que en medio de la tribulación yo no puedo condenar al otro cuando yo mismo soy condenable. La tribulación revela lo que reveló en los tres amigos de Job, que vinieron a condenar a Job, pero no entendían el Evangelio. Y muchos de nosotros que hemos creído el Evangelio no hemos entendido el Evangelio, porque nosotros en medio de la tribulación condenamos al otro, y no estamos aplicando la cruz y el Evangelio al otro, pero sí nos la estamos aplicando a nosotros. Pero yo no puedo aplicarme la cruz selectivamente a mí sin aplicar la cruz y el Evangelio a ese otro.

Cristo llama y les dice: "Compra de mí oro refinado por fuego para que te hagas rico, para que verdaderamente tengas algo de valor refinado por las dificultades de la vida." Cristo invita a esta gente: "Escucha, cómprate vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez." Adán y Eva quedaron desnudos espiritualmente hablando, y cuando ellos se cubrieron con pieles el problema no terminó ahí, y nosotros seguimos experimentando todo lo que es la vergüenza de nuestro pecado. Cristo le dice a esta iglesia: "Tú estás desnudo y tú necesitas vestiduras, pero tú no las puedes comprar en la ciudad de Laodicea, en el mercado de Laodicea. Hay un solo lugar donde tú puedes conseguir estas vestiduras, y ese es al pie de la cruz."

Y de hecho tampoco las puedes comprar, porque al pie de la cruz te las regalan. Pero en la cruz se compraron vestiduras para ti y se pagó un alto precio, que fue precio de sangre. Esas vestiduras fueron compradas a precio de sangre; al pie de la cruz tú las puedes conseguir regaladas. De manera que, una vez adquiridas las vestiduras blancas —no la lana negra, pura, fina y brillosa de Laodicea, sino vestiduras blancas representativas de la santidad—, ya el otro no ve la vergüenza de mi pecado, sino la gloria de Cristo. Cristo en mí, mi esperanza de gloria.

Cristo le dice: "Eso es lo que tú tienes que comprar." Además, "tienes un colirio ahí desarrollado en una escuela de medicina que cura algunas cosas, pero ese no es tu mayor problema. Tu mayor problema es una ceguera espiritual. Tú necesitas comprar colirio para ungir tus ojos para que puedas ver." Tú necesitas el colirio de mi gracia que abre tus ojos, abre tu entendimiento para que puedas ver la condición de tu corazón y puedas venir al pie de la cruz, y entonces allí poder rendirte en arrepentimiento. Y tener vestiduras blancas que te cubran, y así tu desnudez desaparecerá, y de pronto entonces tú podrás tener una fe como el oro que es probada por el fuego.

Cuando Cristo los invita metafóricamente a comprar cosas de Él, ahora viene la consolación del confrontador, porque les ha estado confrontando, pero no los deja ahí. Escucha: "Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Sé, pues, celoso y arrepiéntete." Nosotros dijimos el domingo pasado que todos los eventos tienen dos miradas: una por debajo del sol y otra por encima del sol. Entonces, por debajo del sol la disciplina de Dios es horrenda, porque no hay nada peor que estar en medio de la disciplina de Dios. Pero si te subes por encima del sol y puedes ver la disciplina de Dios, resulta que la disciplina de Dios es un acto de amor de nuestro Dios. De tal forma que cuando Dios me tiene bajo su disciplina, yo debiera sentirme amado y decirle: "Señor, gracias por amarme."

Nosotros hemos leído al autor de Hebreos, capítulo doce. Se perdió, pero lo leeremos otra vez, porque nosotros necesitamos oír las cosas de la Palabra una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Escucha al autor de Hebreos en el versículo cinco, segunda mitad del versículo del capítulo doce: "Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor." No tengas en poco: no es poca cosa, no creas que no sirve para nada, no creas que son tan ligeras como tú piensas. No tengas en poco; tiene valor, es valiosa. "Ni te desanimes al ser reprendido por Él." Que esta reprensión no produzca un desánimo, sino que levante tu ánimo, porque te estoy amando.

Versículo seis, en Hebreos 12: "Porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Es para vuestra corrección que sufrís. Dios os trata como a hijos, porque ¿qué hijo hay a quien su padre no disciplina? Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois bastardos y no hijos verdaderos. Además, tuvimos padres terrenales para disciplinarnos y los respetamos. ¿Con cuánta más razón no estaremos sujetos al Padre de nuestros espíritus y viviremos? Porque ellos nos disciplinaban por pocos días como les parecía, pero Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad." No te desanimes, que Él te está puliendo para que puedas participar de la santidad de nuestro Dios.

"Al presente, ninguna disciplina es causa de gozo; no lo es, es causa de dolor. Sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia." Cuando hayas atravesado la disciplina, vas a tener fruto de justicia, fruto de santidad, y es un fruto apacible: tú vas a estar en paz. ¡Oh, wow! Gracias, Dios, no sabía que me amabas tanto para amarme incluso hasta disciplinarme. "Pues sí, te amo y te amo mucho. Te amo como estás, pero te amo tanto que no te dejaré como estás."

Entonces mi respuesta, mi responsabilidad, aquí está: sé celoso y arrepiéntete. Hermano, no sé si este es el séptimo llamado al arrepentimiento en tu vida a través de estas siete cartas, pero lo ha sido para mí. El texto es para mí, y aquí hay otra vez otro llamado: sé celoso y arrepiéntete.

Pastor, pero yo he venido pensando mucho en lo que está diciendo, y como que muchas de estas cosas, cuando habla de los tibios, me parecen que representan a un fariseo, a un Judas, gente que dice ser cristiana pero que realmente no lo es, y hace cosas de los calientes cuando en realidad no lo están. Entonces, ¿qué hago con esto si yo tengo seguridad en mi salvación? Bueno, tú tienes que ser honesto. Yo admito que no sé dónde tú estás ahora mismo. Pero si tú estás caliente, yo sé que ese no ha sido el estado continuo de tu vida, que ha habido momentos de un poco más de enfriamiento, que ha habido momentos de un poco de lentitud, que ha habido momentos en que tu vida de intimidad con Dios ha sufrido, que ha habido un momento en que quizás te desviaste.

Entonces yo quisiera, hacia el final, darte una pequeña y breve lista de cosas que contribuyen a mantener el fervor de mi fe, el fervor de mi caminar. Porque no podemos olvidar que la vida cristiana es un maratón. Yo no corro una carrera de 100 o 400 metros de la misma manera que corro un maratón, y en ese maratón yo necesito mantener la calidad de mi paso para poder terminarlo. Esa calidad de mi paso tiene mucho que ver con la manera como yo corro la carrera, la buena carrera y la buena batalla. Yo quiero darte una lista breve y práctica.

Número uno: tú necesitas estudiar, meditar y aplicarte la Palabra que estás leyendo y que estás escuchando. Ningún texto que tú leas, ningún texto que tú escuches, es en primer lugar para la otra persona. Entonces, "¿y está bueno para Juan? Esto debería leerlo mi esposa." Si tu esposa lo necesita, Dios se lo va a decir. Ahora, eres tú quien lo está leyendo. Esto está bueno para ti. Está bueno para mí. Tú tienes que aplicarte el texto, tienes que hablarte a ti mismo y decirte: "Eso que yo experimenté, eso es orgullo, eso es celos, eso es envidia, eso es temor." Dónde me duele, tienes que aplicarte el texto, tienes que escudriñar y oír la Palabra y aplicarte el texto.

Número dos: tú necesitas vivir una vida de oración. En la oración tú cultivas intimidad con Dios, y en la oración Dios toma la Palabra que has leído, la aplica a tu mente, la aplica a tu corazón, te abre los ojos y tú puedes ver tu realidad.

Número tres: tú necesitas una vida de arrepentimiento. No momentos de arrepentimiento; nosotros estamos en necesidad de vivir arrepintiéndonos todos los días. Raramente —yo te he dicho eso muchas veces, voy a volver a repetirlo para los que nos visitan— raramente yo comienzo a orar al final del día sin arrepentirme primero. Yo no vivo en completa conformidad con la ley de Dios, y yo entiendo que esa es mi necesidad, y soy movido por Dios a una vida de arrepentimiento. Esa es la característica número uno del cristiano: no que él se arrepintió una vez, sino que él vive una vida de arrepentimiento.

Número cuatro: tú necesitas una comunidad de creyentes. Estaba escribiendo un endoso para un ministerio de consejería bíblica que en los Estados Unidos me pidieron esta semana, y me dio mucho gusto leer un poco acerca de su visión. Dicen: "Nosotros nos vemos como una extensión de la iglesia local, porque es ahí, en medio de la comunidad de creyentes, donde el Espíritu Santo hace su mejor trabajo." Yo necesito una comunidad de creyentes, no solamente una a la que yo asisto, sino una en la que yo estoy inmerso, porque es ahí donde el Espíritu de Dios hace su mejor trabajo.

Número cinco: yo necesito ejercitar mis dones y talentos dados por Dios.

Pablo le dice a Timoteo: "Aviva el don que ha sido puesto en ti." Pablo aparentemente notó, ya sea porque lo vio, ya sea porque se lo contaron, que el don que había sido puesto en Timoteo había comenzado a apagarse. Y tú sabes que cuando Dios nos da dones y talentos es para ser usados. Cuando Dios usa mis dones y talentos y yo estoy siendo usado, yo siento el placer de ser usado para la gloria de Dios, y eso contribuye a avivar mi fe. Cuando mis dones y talentos no están siendo usados, eso contribuye a apagar mi fe, porque no me siento usado por el Dios que me equipó para usarme para su gloria.

Entonces necesitas rendir cuentas, pero la mejor rendición de cuentas es la que ocurre de manera natural en medio de relaciones con hermanos, más que sentarme una hora a la semana con dos o tres personas que nos rendimos cuentas pero que no me conocen en una hora. No hay ninguna instrucción en la Palabra —no es antibíblico hacerlo, lo hemos hecho y probablemente pronto lo estaremos repitiendo—, pero no hay ninguna instrucción de que hay que hacer una cosa como esa una vez a la semana, rendir cuentas en una hora y ya pensar que hice el check de la semana.

Cuando yo vivo en comunidad, mis hermanos ven cómo yo llego, cómo yo saludo, ven mi rostro, ven cómo saludo, ven cómo no saludo, ven cuando me irrito, ven cuando pido perdón, ven cuando no estoy bien, ven cuando hay un problema entre mi esposa y yo, lo ven en el rostro, lo ven en la frialdad. Y esa comunidad de hermanos —que no tiene que ser de este tamaño, puede ser una comunidad más pequeña, pero que se conocen— te dice: "Hermano, ¿qué te pasa hoy? Vi cómo le hablaste a Fulano ayer." En medio de una relación entre hermanos, esas cosas contribuyen a mantener mi fe avivada, caliente.

Ahora, la bendición del arrepentimiento. A aquellos que oyen el llamado de Cristo, Cristo les extiende una invitación. Versículo 20: "Aquí estoy, yo a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo." Yo estoy llamando al arrepentimiento. Es un llamado que, mayormente a lo largo de esta carta, va dirigido a personas que se habían ido a algo que no eran, que estaban tibias, que estaban lejos de calientes. Pero a la vez me sirve de aplicación para recordar que cuando yo estoy desviándome, hay un llamado al arrepentimiento, y Cristo me está diciendo: cuando tú respondes a mi llamado, si eres un inconverso, tienes una invitación a cenar con mi amigo; si eres creyente, tienes una invitación a intimar conmigo.

Y entonces, en los últimos dos versículos nosotros vemos el amén, o el cumplimiento. El amén es "verdad, así es, así sea"; el amén es el cumplimiento de todas las promesas. Versículos 21 y 22: "Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono." Al vencedor, entonces, yo le voy a conceder el mismo privilegio que a mí me fue concedido: yo vencí y ahora me senté a la diestra del Padre. Al vencedor yo le voy a conceder que se siente conmigo en mi trono, como yo me senté con el Padre en su trono. Y tú puedes vencer porque yo vencí; mi victoria es la que hace posible tu victoria. No puedes vencer sin mí; de hecho, tú vences porque yo vencí. Y entonces: "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias."

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet www.integridadsabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet www.integridadsabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.