El Salmo 119:71 declara algo que contradice nuestra intuición natural: "Bueno es para mí ser afligido". No dice "fue bueno" en tiempo pasado, sino "es bueno" en presente continuo, una verdad que cada creyente puede repetir en medio del dolor. La diferencia entre cómo Dios valora la aflicción y cómo la valoramos nosotros revela cuánto necesitamos ajustar nuestra escala de valores. Para Dios, el dolor no tiene connotación negativa; es un instrumento de su fidelidad para conformarnos a la imagen de Cristo.
El pastor Miguel Núñez comparte desde su propia experiencia: tras casi cincuenta años de diabetes, sufrió un sangramiento ocular que le hizo perder temporalmente la visión, seguido de cirugías y un síndrome de ciática que lo obligó a cancelar más de una docena de viajes internacionales. En medio de ese proceso, descubrió que Dios debilita nuestras fortalezas para fortalecer nuestras debilidades. Las fortalezas son aquello en lo que confiamos, y Dios no puede dejarlas intactas si quiere que dependamos enteramente de él. El apóstol Pablo experimentó lo mismo: fue abrumado "más allá de sus fuerzas" para aprender a no confiar en sí mismo sino en Dios que resucita a los muertos.
La aflicción cumple múltiples propósitos: nos hace más tiernos, nos enseña a sufrir en comunidad, nos capacita para consolar a otros con el mismo consuelo que recibimos, y nos regresa a la Palabra de Dios. Como el salmista confiesa: "Antes que fuera afligido, yo me descarrié, mas ahora guardo tu palabra". El dolor o nos hace regresar al camino o nos evita desviarnos de él.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Volvimos, hermanos! ¡Para mi vida es su satisfacción! Buenas, buenas tardes a la casa. Como dijimos el domingo, es bueno volver a compartir la Palabra de Dios con ustedes. Es una reflexión, no sé si esto funciona, que yo estuve pensando al final del día. En cierto sentido, porque pasé gran parte del día de ayer y del día de hoy pensando qué compartir. Y luego yo concluí que sería bueno, después de haber estado fuera de la casa por un tiempo y después de haber estado en casa por unos meses siendo afligido de diferentes maneras, que sería bueno compartir por qué es que el salmista dice que es bueno para mí ser afligido.
El salmista no dice "fue bueno para mí ser afligido", tiempo pasado. El salmista dice, en el Salmo 119:71, "es bueno", en el tiempo presente. Cada día tú y yo podemos repetir y decir: es bueno para mí ser afligido. Si no lo crees, recuerda algo: es que la Palabra de Dios es más cierta que lo que tú y yo podemos pensar o sentir, y lo que necesitamos es descubrir cómo es que es bueno para mí ser afligido. Por eso es que el salmista, inspirado por Dios...
Meses pasaron entre el 2018 y el 2019, y cosas pasaron en mi vida, cosas físicas que en gran manera estaban supuestas a ocurrir, si lo quieres ver así, en la historia de casi 50 años de diabetes y la edad cronológica que tengo, ver su desperezarse. Sin embargo, algunos pensaron, como los amigos de Job, que había algún problema conmigo. 50 años de diabetes que produjeron un sangramiento en el ojo izquierdo estando en Lima, que me hizo temporalmente perder la visión, recuperarla completamente en Santo Domingo temporalmente, comenzar a tener tratamiento de rayos láser, 2.500, 3.000 disparos en cada retina, para terminar con lo que llamamos una vitrectomía: una cirugía de catarata y aspiración de la sangre y más rayos láser.
Paralelamente con eso, había comenzado a desarrollar un síndrome de ciática, fruto de un proceso artrítico en la columna lumbar. También nada inesperado para la edad cronológica y el tiempo de diabetes, pero eso produjo mucho dolor y mucha limitación de una serie de cosas, que tuvo que cancelar: 12, 13, 14 cancelaciones de viajes internacionales que ya estaban pautados entre agosto del 2018 y febrero de este año 2019.
La razón por la que yo quería reflexionar sobre esto es porque tengo meses reflexionando sobre algo que la Biblia reflexiona continuamente. Y esta no es la primera vez que lo hemos hecho desde el púlpito, no será la última vez, pero no importa cuántas veces nosotros hablemos del dolor y el sufrimiento. El punto de vista bíblico nunca será suficiente porque nosotros nunca nos sentimos cómodos con lo que es el dolor y el sufrimiento. No nos gusta hablar de este tema, no nos gusta pensar que en el día de mañana yo estaré pasando por allí.
Pero mi reflexión yo concluía: la única razón por la que no nos gusta hablar de este tema es porque en nuestra escala de valores el dolor tiene una connotación negativa, la muerte tiene una connotación negativa. En la escala de valores de Dios es completamente lo opuesto. Dios dice qué bueno es a los ojos de Dios la muerte de sus santos. Dios no ve la muerte como algo negativo. Dios ve la muerte como algo bueno para aquellos que le conocen. Dios no ve el dolor y la aflicción como tú y yo la vemos, porque Dios declara a través de sus salmistas que es bueno para mí ser afligido.
La pregunta que tú y yo tenemos que hacernos es: ¿qué es lo que hace que Dios valore la misma experiencia de una manera distinta a como tú y yo la valoramos? De hecho, es nuestra tendencia natural por siglos a concluir que si alguien está en dolor y en sufrimiento tiene que haber algo pecaminoso en su vida. No nos sacamos la teología de la retribución. Desde la época de Jesús: "Maestro, ¿quién pecó? Este hombre nació ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?" "No, ni él ni sus padres." ¿Quién les ha dicho a ustedes que funciona así la retribución? Desde la época de Job, anterior a Cristo: "Job, tú tienes un problema. Nadie puede estar sufriendo como tú sufres a menos que tú no tengas un problema." Hasta que al final de la historia, no.
De hecho, hay más evidencia pública de que si queremos coordinar el dolor y el sufrimiento a alguna experiencia con nosotros, está más relacionado al mundo de las tinieblas que a un pecado en particular que yo haya cometido. Eso fue cierto del apóstol Pablo, que tenía un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás. Eso fue cierto de la vida de Job, quien sufrió lo indecible a manos justamente de Satanás. Hay más evidencia de eso que de lo otro. Y si hay algo de que mi esposa está consciente, yo recuerdo el día, la hora en el que yo le dije a mi esposa: "Estoy entrando en un terreno de guerra espiritual." Y lo compartí con más de una persona en más de una ocasión.
En la escala de valores de nuestro Dios, el Reino de los Cielos, el dolor es algo que tiene un gran valor. De manera que una de mis metas esta noche en la reflexión es ayudarte a desmontar la idea de que el dolor es una mala experiencia, porque Dios ha hablado mentira o yo estoy equivocado. Pero Dios declara que es bueno para mí ser afligido.
De hecho, el salmista, en el Salmo 119, el versículo 75, escucha lo que él dice. Te leí el versículo 71: "Ahora que es bueno para mí ser afligido." En el 75, escucha: "Yo sé, Señor, que tus juicios son justos", escucha esta parte, "y que en tu fidelidad me has afligido." Nota dos énfasis que el salmista hace. Número uno: no es que me lo han contado, es que yo lo sé. No es que yo pienso, no es que yo tengo una mera idea. No, no, yo sé que la razón por la que estoy afligido es por tu fidelidad para conmigo, porque en la experiencia, siendo tú quien eres y siendo yo quien soy, tú tienes un propósito bueno, agradable y perfecto. Y por tanto, es en tu fidelidad que yo he sido afligido.
Si Dios es fiel a sus propósitos, si Dios es fiel a la idea que él consideró en la eternidad pasada de hacernos conformes a la imagen de su Hijo, entonces yo sé que en esa fidelidad él no va a escatimar ningún esfuerzo, incluyendo la aflicción, para que yo pueda ir siendo conformado a la imagen de su Hijo. Y una de las cosas que tenemos que preguntarnos: ¿cómo es que esa aflicción contribuye a tal cosa?
Una de las cosas de las que yo puedo dar testimonio, yo creo que aquellos que hemos pasado por dificultades, en algún momento, si hemos reflexionado lo suficiente, podemos concluir de la misma manera: Dios comienza, escuchen, a debilitar tus fortalezas para fortalecer tus debilidades. Tus fortalezas y las mías son las que nos hacen tropezar. Tus fortalezas son aquellas cosas en las que tú confías, son aquellas cosas en las que tú te sientes seguro, que tú dominas. Y Dios dice: "¿Sabes qué? En mi fidelidad no puedo dejar tus fortalezas de esa manera. Yo tengo que protegerte, de manera que voy a debilitar tus fortalezas. Y sabes que en tu vida, en tu caminar, hay debilidades, y a través del dolor yo voy a fortalecer tus debilidades."
¿Te imaginas qué clase de Dios tú tienes? ¿Te imaginas la sabiduría de nuestro Dios, que a través de una misma experiencia él causa ambas cosas? Dios te va llevando de la mano. No es que Dios te dice: "Mira, este es un camino de aflicción, nos vemos al final." No, él camina contigo. No solamente que él camina contigo, él camina de la mano contigo, hasta que tú puedas confiar en él cuando las cosas no van bien.
Nosotros confiamos en Dios cuando las cosas van bien. Nosotros le damos muchas gracias a Dios cuando las cosas van bien. Nosotros somos menos dados a confiar en Dios cuando las cosas no van bien. Nuestra tendencia natural es a preguntar: "¿Por qué, Dios? ¿Por qué yo? Si he estado caminando bien, si te he estado obedeciendo, yo no entiendo." Y Dios dice: "¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? La única persona que ha obedecido mi ley de principio a fin, de nacimiento hasta la muerte, es mi Hijo, y terminó clavado en una cruz. ¿Qué tiene que ver el grado de obediencia con el grado de sufrimiento? ¿No han leído mis profetas? ¿No han visto cómo los persiguieron? ¿No han visto cómo los mataron a todos?" Pero la aflicción tiene un propósito en las manos de Dios.
Escucha cómo el apóstol Pablo, reflexionando en un momento dado de su vida de aflicción, cómo él dice a los corintios en su segunda carta, capítulo 1, versículos 8 y 9: "Porque, hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia, pues fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas." ¿Captaste lo que Pablo dice? Número uno: yo fui abrumado. Pero no solamente que fui abrumado, sobremanera. Y no solamente sobremanera, yo quiero que entiendas qué tanto yo fui abrumado: más allá de nuestras fuerzas. Eso es típico de Dios.
"Yo quiero que entiendas que tengo que llevarte a un lugar donde tú sepas por experiencia, por vivencia, que ya tú no dependes de ti mismo, que dependes de mí." Y el apóstol Pablo dice: "Yo pasé por ahí, donde Dios me llevó a un estado tal que estaba más allá de lo que yo podía soportar, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida." Ya Pablo no pensaba que seguiría viviendo.
Pero él introduce el contraste: "Tuvimos en nosotros mismos la sentencia de muerte." Escucha cómo Pablo nos explica en detalle para qué Dios permitió que él fuera abrumado más allá de sus fuerzas: "Para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos." ¿Viste claramente la frase "para que"? Causa y efecto. Dios permitió esto para que ocurriera. A Pablo, que estuvo en el tercer cielo, el autor de la mayor parte del Nuevo Testamento cuando tiene que ver con las epístolas, le dice: "Dios me llevó a un punto donde ya yo no confiaba en que podía sobrevivir. Fui abrumado más allá de lo que yo podía soportar, para que yo, Pablo, el que estuvo en el tercer cielo, pudiera aprender a confiar no en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos."
Nosotros confiamos demasiado en nosotros mismos. Nos gusta hacernos autosuficientes, nos gusta hacernos autodependientes. No nos gusta recibir, preferimos dar. No nos gusta confiar en el otro, no nos gusta esperar en el otro. Preferimos confiar en nuestros recursos, en nuestras finanzas, en lo que hemos guardado, en nuestras pólizas, en lo que tenemos.
Pero cuando Dios comienza a quitar cosas, y comienza a quitarle a un Job sus propiedades, "todavía me quedan mis hijos". No, te quito los hijos también. "Bueno, pero por lo menos me queda la salud". No, te quito la salud también. "Por lo menos me queda la esposa". Pero la esposa no lo estaba ayudando. Se ha preguntado: ¿por qué no le quitó todo? ¿Por qué no le quitó la esposa? Porque ni él la quería, porque la esposa lamentablemente era parte del instrumento que Satanás quería usar para derrumbar a Job. Después ella le dice: "Maldice a Dios y muérete". Y ahí está Job.
Cuando Dios comienza a quitar cosas, no importa cuánto tú hayas acumulado, no hay nada que pueda contra Dios. Confiamos en las relaciones que tenemos, confiamos en que puedo llamar a alguien, confiamos en que estoy en mi país y en mi país todo se consigue. Y Dios dice: "Cuando yo comienzo a lidiar contigo, nada de eso te va a servir".
De hecho, nosotros somos tan dados a lo que es nuestra naturaleza caída, que nosotros tendemos a confiar más en este mundo que en el mundo venidero. Para nosotros es más real, usualmente, la vida de este lado que la vida de aquel lado. Y si hay algo de lo que yo puedo testificar, y yo sé que mucha gente también, es que la aflicción hace la gloria mucho más real. La aflicción hace la próxima vida mucho más deseable.
Mi esposa es testigo de que en uno de los momentos, en más de un momento de dolor intenso y de cansancio extremo, físico y emocional, yo le pedía a Dios más de una vez que me llevara. Para mí era mucho más real pasar de este mundo a aquel mundo donde inmediatamente todo cesaría, que continuar en el estado en el que yo me encontraba en ese momento.
Luego entendí, luego yo entendí que no es así que funciona el Reino de los cielos. Que la meta en el Reino de los cielos para los hijos de Dios no es acortar el dolor. Que la meta no es aminorar la dificultad. "Señor, ya llévame". No, esa no es la meta. La meta que Dios persigue, el objetivo que Dios tiene, es que yo lleve a cabo el propósito para el cual Él me creó, Él me formó, y que yo persista en fidelidad creyéndole a Él hasta que mi propósito haya terminado, aun si ese dolor termina consumiendo toda mi energía.
De manera que el apóstol Pablo tenía razón cuando él les escribe a los filipenses en el capítulo uno y les dice que para él, "mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé qué escoger, porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros". Está Pablo diciendo: "Tú sabes qué, he pasado tanto, me han perseguido tanto, me han golpeado tanto, yo quisiera irme también. Mi deseo es estar con Cristo. Pero como no se trata de mí, ni se trata de acortar el dolor, si permanecer en la carne es más provechoso para vosotros, no me quiero ir".
Y aunque yo nunca le comenté esto a mi esposa, pero después de haberle pedido al Señor que me llevara, gente vino a mi mente, propósitos vinieron a mi mente, y yo le decía al Señor entonces: "No, no me lleves, no me lleves todavía, porque no se trata de mí, y yo tengo que caminar con alguna gente todavía, y quiero caminar con alguna gente".
De manera que es bueno para mí ser afligido. Es bueno para mí porque me ayuda a profundizar el entendimiento de los caminos de Dios, de los propósitos de Dios. Me va formando a la imagen de Cristo. El sufrimiento te pone en una condición de vulnerabilidad. Siendo médico por muchos años, acostumbrado a resolver el problema de otros, y a mí me hubiese gustado haber resuelto mi propio problema, pero no podía.
Y en esa situación de vulnerabilidad entonces, lo que Dios hace es que Él usa a otros de sus hijos para ministrar a tu vida de una manera que no solamente tú puedas conocer su suficiencia a través de la ministración de otros, sino que Él ministra a tu vida de una forma a través de otras personas que tu relación con ellos se profundiza de una manera que jamás será diferente. De una forma que tu sentido de agradecimiento hacia aquellos se profundiza de tal forma que tú jamás lo vas a olvidar.
El número de personas que escribieron, ya sea por WhatsApp, ya sea por email, ya sea por Twitter, por Facebook, cientos, miles de personas, fue para mí tan abrumador que yo le compartía a mi hermana esta mañana que cada vez que yo lo pienso, los ojos se me llenan de lágrimas. Y sin lugar a duda, yo estoy convencido que Dios lo permitió porque en esa condición de vulnerabilidad Él permitió una conexión con un grupo de gente, la mayoría de los cuales yo ni siquiera conozco bien, pero mi corazón tiene agradecimiento hacia ellos.
Nunca sientes tanta necesidad de estar rodeado de personas a quienes amas y quienes te aman como cuando estás en vulnerabilidad. Nosotros somos bastante independientes, nosotros somos bastante, nos creemos autosuficientes. Pero cuando Dios te coloca en esa situación, tú comienzas a sentir una necesidad de tener gente alrededor, no solamente a quienes tú amas, sino que también te aman, aun si es por una carta, por un mail, por una llamada, por un WhatsApp.
Pero hay algo más. La aflicción nos une, une al pueblo de Dios y nos ayuda a sufrir en comunidad. Porque eso mismo que yo le mencioné, ahora se lo menciono desde otro ángulo: cientos, miles de personas en Latinoamérica, en Estados Unidos, que le expresaron a diferentes personas no solamente que estaban orando, es que estaban como dolidos por mi dolor. A mí me sobrecoge y me abruma. De manera que la aflicción nos enseña a sufrir en comunidad.
Eso es exactamente lo que Pablo describe a los corintios cuando les dice que cuando alguien se regocija o alguien se está gozando, que nos gocemos con él, porque cuando alguien está sufriendo o en dolor o está llorando, que lloremos con él. Nosotros no sabemos hacer eso bien, lo hacemos muy mal, y Dios dice: "Es bueno para ti ser afligido".
Escucha cómo Pablo lo explica a los corintios en su segunda carta, capítulo 1: "Y ustedes nos están ayudando" —esta es la versión Nueva Traducción Viviente— "ustedes nos están ayudando al orar por nosotros. Entonces mucha gente dará gracias porque Dios contestó bondadosamente tantas oraciones por nuestra seguridad". Yo puedo decirles, mucha gente hoy me ha dicho, me ha escrito que está dando gracias porque me vio el domingo en el púlpito, porque Dios contestó las oraciones, y para mí eso es sobrecogedor.
La aflicción no solamente nos ayuda a sufrir en comunidad, la aflicción nos hace más tiernos. Yo sé que es una palabra que a nosotros los hombres como que no nos gusta. Pero sabes qué, si quieres ser a la imagen de Cristo, no hay otra forma de ser que no sea tierno, porque no hay nada, no hay nadie más tierno en todo el universo que nuestro Dios.
Nosotros tendemos a tener un corazón duro y una piel tan frágil que nos ofendemos. Y la aflicción es usada por Dios para engrosar la piel y ablandar el corazón. Para tomar ese corazón duro que no empatiza por el otro, que no empatiza por el dolor, que le dice al otro: "Sí, yo voy a orar por ti", pero que después ni siquiera ora. Y Dios usa la aflicción para ayudarme a ver que la razón por la que no empatizo con el otro es una sola: es que yo camino así. Vivo la vida preocupado con mis cosas, vivo la vida preocupado con mis problemas, vivo la vida resolviendo mis situaciones. Se me olvida que Dios nos creó para vivir en comunidad y que en el cielo viviremos en comunidad, y la aflicción nos enseña eso.
Mira cómo Pablo, escribiendo a los corintios de nuevo, nos enseña la necesidad que tú y yo tenemos de poder empatizar el uno con el otro, y el hecho de que Dios tiene que enseñarnos a empatizar, y el hecho de que Dios usa la aflicción para enseñarme a empatizar con el otro. Escucha cómo Pablo lo dice en 2 Corintios capítulo 1, versos 3 y 4: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra para que" —ahí está la frase de propósito— "para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el mismo consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios".
¿Oíste eso muy bien? Dios permite la aflicción en mi vida para Dios consolarme. Entonces, cuando Dios me consuela, yo aprendo por medio de la consolación del Dios de toda misericordia a consolar a otro de la misma manera que yo fui consolado por Él. Tú puedes ver que la aflicción tiene múltiples propósitos. Tú puedes ver que yo no sé empatizar con el otro. Yo no sé consolar al otro. Yo no sé ni siquiera cómo relacionarme con alguien que perdió a un ser querido. Y por eso es que por mucho tiempo oímos la famosa frase de "acompañamiento en el sentimiento", de "acompañamiento en el sentimiento", pero sin sentir nada. Por medio de la aflicción en tu vida, en mi vida, Dios nos lleva a sentir lo que el otro siente.
La aflicción nos recuerda su Palabra o nos enseña su Palabra. Déjame leerte el Salmo 119:71 con el que yo comencé: "Bueno es para mí ser afligido". Ese no es el verso entero. Escucha lo que el salmista dice: "Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda tus estatutos". Escucha la Nueva Traducción Viviente: "El sufrimiento me hizo bien porque me enseñó a prestar atención a tus decretos".
Una de las razones por la que Dios permite la aflicción es porque muchas veces nosotros ni siquiera le estamos prestando atención a su Palabra. Nos estamos llenando, como hemos dicho otras veces, de chatarra, de bagazos, y Dios dice: "¿Sabes qué? Te va a hacer bien ser afligido, porque yo voy a ir removiendo aquellas cosas que son fortalezas en tu vida y tú te vas a acordar de mí, de mi Palabra." Y cuando tú comienzas a leerla, meditarla, reflexionarla, tú vas a aprender o la vas a recordar, y luego la vas a aplicar a tu vida.
Ya recuerdo, me puse, testigos están, de uno de esos momentos en que le decías: "Señor, dime." Al mismo tiempo decirle: "Pero yo sé que tu propósito es bueno, que es agradable y es perfecto. Yo no estoy en rebeldía contra ti, Señor. Yo no estoy pidiendo que me lleves porque estoy airado contigo. No, yo lo que tengo es la certeza dura de que a aquel lado me va a ir mucho mejor que de este lado."
En el día a día nosotros consumimos más de cualquier cosa que de la Palabra de Dios. Y si hay algo que yo he ido descubriendo, yo compartía con la oficina esta semana algo similar: la piedra de tropiezo número uno del cristiano es el orgullo. Tú puedes leer la Biblia completa; la piedra de tropiezo número uno del cristiano es su orgullo. Y como fruto a la reflexión y de pensar lo que la Biblia dice, también concluí que la forma como el orgullo crece es de una manera natural. Es una hierba mala, que el único herbicida contra el orgullo es la Palabra.
Cuando no alimentas tu alma de la Palabra, de forma natural la hierba del orgullo está creciendo. Y no solamente cuando no te alimentas de la Palabra, sino cuando no aplicas la Palabra. De manera que, hermano, hermana que estás aquí, de la manera más pastoral que te lo puedo decir: si no estás consumiendo Palabra con frecuencia durante la semana, yo te afirmo que el orgullo está creciendo en ti. No hay una manera distinta como puede ser, porque la Palabra es el herbicida, cuando la aplicas obviamente, contra el orgullo.
El orgullo cierra nuestros ojos a lo que Dios quiere enseñarnos. El orgullo cierra nuestros oídos a la voz de Dios. El orgullo cierra mi corazón y lo endurece.
Mira, mira cómo Dios le muestra al pueblo judío, al final de 40 años en el desierto, la razón por la que él tuvo que afligirlos y lo que él procuraba que ocurriera. Esto es un texto que tú conoces, pero yo quiero que lo veas en este contexto. Número uno, Dios va a anunciar: "Ustedes acaban de cumplir 40 años en el desierto. Yo quiero decirte por qué tuve que hacerlo por 40 años. Yo quiero también decirte de manera específica qué yo procuraba en 40 años de aflicción, y también quiero que sepas qué me llevó a mí a pasarte por ahí por cuatro décadas."
Escucha, Deuteronomio 8:2-3: "Y te acordarás de todo el camino por donde el Señor tu Dios te ha traído por el desierto durante estos 40 años." ¿Para qué? "Para humillarte." ¿Qué pasó? Que el orgullo creció en ti. "Probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón." La aflicción trae a colación lo que había en mi corazón: trae amargura a colación, trae resentimiento, trae rebeldía, trae orgullo. "Para saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no mis mandamientos." Yo quería mostrar si tú ibas a ser obediente o no.
¿Qué hizo la aflicción que yo procuraba? "Y te humilló el Señor, te humilló. Y te dejó tener hambre y te alimentó con el maná que no conocías ni tus padres habían conocido, para hacerte entender..." Te habías perdido la razón. "Para hacerte entender que el hombre no solo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor."
"A ti se te había olvidado," le dice Dios al pueblo hebreo, "que hay un alma que hay que alimentar. Y yo tuve que hacerte entender que el hombre no solamente vive del pan diario, sino que el hombre vive también, porque hay una vida espiritual, que el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios. Y como no lo aprendiste de otra manera, yo tuve que dejarte pasar cuatro décadas en el desierto y humillarte y dejarte tener hambre para que tú pudieras entender que la Palabra de Dios es también sustento para ti."
¿Notaste la relación? Dice Dios: "Te humillé, te humillé," lo que implica que había orgullo. ¿Notaste la relación entre el orgullo y la falta de consumo de la Palabra? Ellas van de la mano, siempre. Y eso es lo que Dios está ayudándonos a entender. La aflicción nos hace más humildes. La aflicción me ayuda también o a regresar al camino o me ayuda a no desviarme del camino.
Todavía en el Salmo 119, un versículo anterior, leímos el 71, leímos el 75, ahora el 67: "Antes que fuera afligido..." ¿Qué pasó? Te lo voy a leer ahora, pero él está diciendo antes y después de la aflicción. "Antes de que fuera afligido, yo me descarrié, mas ahora guardo tu Palabra." Fíjate: ahora, después de la aflicción. ¿Notaste la relación de nuevo? Hay un antes y hay un ahora. Antes de la aflicción, dice el salmista, yo me descarrié. Ese es el mismo salmista, el mismo salmo que dice: "Bueno es para mí ser afligido." Mas ahora, después de la aflicción, yo guardo tu Palabra.
El apóstol Pablo supo lo que era algo de eso, no porque se descarrió, sino porque dada la gran revelación, que él tuvo del tercer cielo, Dios le dio un aguijón en la carne de manera que no se enalteciera de las revelaciones. Fue algo preventivo, algo que lo hizo sufrir preventivamente para que no se enalteciera. Por eso decía que la aflicción o te hace regresar al camino o te evita desviarte del camino.