Es posible creer sin ser verdaderamente salvo. Esta realidad sobria atraviesa el texto de Hechos 8, donde aparece Simón el Mago como una advertencia viva para quienes asumen su salvación por haber crecido en una familia cristiana, hecho una profesión de fe o incluso haberse bautizado. La única evidencia real de salvación es la transformación de vida conforme a la enseñanza de Jesús.
Simón practicaba la magia en Samaria, asombrando a todos y llamándose a sí mismo "el gran poder de Dios". Cuando Felipe llegó predicando el evangelio y haciendo milagros genuinos, el texto dice que Simón creyó y se bautizó. Incluso siguió a Felipe, maravillado por las señales. Pero cuando Pedro y Juan llegaron e imponían las manos para que los samaritanos recibieran el Espíritu Santo, Simón ofreció dinero para obtener ese poder. Su corazón quedó expuesto: quería comprar lo eterno con lo temporal, manejar los dones de Dios como había manejado sus negocios. Pedro lo reprendió severamente: "Que tu plata perezca contigo... tu corazón no es recto delante de Dios... estás en hiel de amargura y en cadenas de iniquidad."
Lo más revelador fue la respuesta de Simón. No cayó de rodillas arrepentido por haber ofendido la santidad de Dios, sino que pidió a los apóstoles que oraran para que no le sobrevinieran las consecuencias anunciadas. Su tristeza no era piadosa, era temor al castigo. El pastor Núñez lo resume así: hay quienes están en el reino de los cielos y quienes solo están en la esfera del reino, rodeados de creyentes pero sin conversión genuina.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El texto de hoy nos ofrece una oportunidad preciosa para que cada uno de nosotros pueda reflexionar y meditar acerca de nuestra salvación, y de hacerlo sobriamente. Lo digo de entrada: el título de mi mensaje es "¿Es posible creer sin ser salvo?" Tú comienzas a ver la sobriedad que quisiera mostrar.
A veces nosotros hemos crecido en una familia cristiana, y por haber crecido en esa familia cristiana pensamos que somos salvos. A veces hemos hecho una profesión de fe, y a veces tenemos ambas cosas: crecimos en una familia cristiana e hicimos una profesión de fe. Y lo que complica las cosas aún más es que a veces incluso nos hemos bautizado. Y sin embargo, en algunos casos no en cuanto, pero quizás en muchos casos dependiendo del lugar, muchos no son creyentes. No, muchos no son salvos, pero quizás sí han llegado a creer. Y el texto de hoy nos va a ayudar a rumiar estas cosas.
Hablando del bautismo, a veces yo he hecho la pregunta: ¿eres tú salvo? A veces la gente me ha dicho: "Sí, claro, yo creí en la fe, yo de hecho hasta me he bautizado." Nada de eso es evidencia de que yo soy salvo. La única evidencia de salvación es la transformación de vidas de acuerdo a la enseñanza de Jesús. El rey Saúl buscó al profeta Samuel toda su vida, lo buscó aún después que Samuel murió, fue y visitó una bruja a ver si podía hablar con Samuel. Y Saúl nunca dio evidencia de transformación: al principio, ni en el medio, ni al final de su vida. La Palabra nos llama a una reflexión sobria, porque ciertamente es posible creer y no ser salvo.
Cuando alguien nos dice, cuando yo mismo pienso que soy salvo, yo tengo que preguntarme: ¿qué fue lo que creyó o lo que creí? ¿Cuál fue el satisfacción que escuché? ¿Yo creí y me arrepentí, o yo simplemente creí? De hecho, hoy en día hay todo un movimiento que habla de que lo único que tú tienes que hacer es creer, que no tienes que arrepentirte, porque el arrepentimiento es una obra y la salvación no es por obras. Wayne Grudem, uno de nuestros teólogos contemporáneos, escribió un libro el año pasado simplemente para hablar de esa corriente; el título del libro dice "Free Grace Theology", la teología de la gracia libre.
De manera que cuando alguien cree, tenemos que preguntarle: ¿en quién creíste? ¿En quién creyó? ¿Qué buscaba al creer? ¿Qué esperaba cuando creyó? Y aún: ¿cuáles son las evidencias de cambios después de haber creído?
A lo largo de los años se ha debatido mucho si un cristiano puede o no perder su salvación. Aquellos que entienden que un cristiano puede perder su salvación están dentro de una sombrilla teológica que llamamos arminianismo. No entro en los detalles porque eso tendría que ser toda una charla de explicación, pero simplemente entiende que hay un grupo distinto a lo que nosotros entendemos que somos como reformados. Ellos se entienden como arminianos, y ellos creen, aunque no todos, que la salvación se puede perder. Para aquellos de nosotros que nos consideramos reformados, entendemos que una vez la persona es verdaderamente salva, es imposible que pudiera perderse.
John Bunyan, el autor del libro "El Progreso del Peregrino", Juan Calvino, John Owen, teólogos del pasado, eran de la opinión que es posible apostatar de la profesión de la fe. En otras palabras, yo pudiera profesar la fe, creerme creyente, asistir a una comunidad de creyentes y luego apostatar, alejarme; es posible. Pero es imposible poseer la fe que he profesado, verdaderamente haber recibido el Espíritu de Dios, y luego apostatar de esa fe.
El Señor Jesús mismo habló de estas posibilidades y lo habló a través de una parábola, una forma de hablar que usa elementos de la naturaleza como una alegoría para que ellos pudieran entender. Y habló entonces de la parábola del sembrador: el hombre que salió a sembrar a un campo y fue distribuyendo las semillas, y una semilla cayó en un tipo de terreno y otra cayó en otro tipo de terreno. Entonces dividió la respuesta a la semilla, que era la Palabra de Dios, en el mundo, que era el campo en la parábola; dividió la respuesta a la predicación de la Palabra en tres.
Voy a mencionar primero el grupo número uno y el grupo número tres, y luego hablar del grupo número dos, que es el que más confusión presta. El grupo uno es fácil de distinguir: un grupo que recibe la Palabra, no le interesa, la rechaza desde el principio, no tiene el más mínimo deseo ni interés en abrazar la oferta que la Palabra le presenta. Un tercer grupo representa un terreno fértil donde la semilla cae; la semilla representa la Palabra, la Palabra cae en sus corazones, encuentra fertilidad, y esos entonces producen treinta, sesenta, al ciento por uno, con lo cual Cristo daba a entender que la fructificación quizá no sea la misma en todos, pero hay fructificación de diferentes niveles.
Y un segundo grupo, que es el preocupante, el que tiene que ver con nuestro mensaje hoy. Él habla entonces en Mateo 13, a partir del versículo 20 hasta el 22, y dice: "Y aquel en quien se sembró la semilla en pedregales, este es el que oye la palabra y enseguida la recibe con gozo." No es simplemente que la recibe bueno, porque si es la Palabra de Dios no me queda de otra; no, no, la recibe con gozo, la abraza. Pero una vez más yo quiero recordarte que cuando tienes atrás un "pero", tienes que devolverte a ver lo que se dijo y tienes que seguir para ver cómo es que el "pero" conecta las dos cosas.
Entonces, lo que se ha dicho es que esta gente recibe la Palabra y la recibe con gozo, pero no tiene raíz profunda en sí mismo, sino que solo es temporal. Y cuando por causa de la Palabra viene la aflicción, la persecución, enseguida tropieza y cae. "Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, este es el que oye la palabra, mas la preocupación del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra y se queda sin fruto."
Este es el grupo preocupante, porque él exhibe señales de salvación temporalmente. Él tiene algo que se llama el gozo de la salvación, lo único que es temporal. En todos los avivamientos de Europa y Estados Unidos donde se han dado, cuando tú revisas la historia, se han producido junto con señales genuinas de conversión y de la manifestación del poder de Dios, señales fraudulentas.
Jonathan Edwards, el autor humano —siempre ha de ir el autor divino, que es Dios siempre, pero el autor humano— del primer gran avivamiento de los Estados Unidos, tuvo que defender en varias ocasiones las manifestaciones reales, genuinas, emocionales incluso, del verdadero avivamiento que él entendía estaba ocurriendo, para separarlas de señales fraudulentas dentro del mismo avivamiento verdadero. En otras palabras, siempre que Dios ha avivado al pueblo, Satanás ha tratado de infiltrar la falsedad con la verdad, o de mezclarla, de combinarla.
El apóstol Juan nos escribe en su primera carta, en capítulo 4, versículo 1, y dice: "Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios." No creáis a todo pastor que está predicando la Palabra de Dios, no creáis a todo evangelista, no creáis a todo maestro. Tú tienes que probarlo. ¿Cómo? Por medio de la Palabra, para ver si es de Dios lo que está enseñando, porque muchos falsos maestros han salido al mundo.
Y entonces esa es la introducción a mi mensaje, para que tú puedas comenzar a ver por qué esta introducción era necesaria como aperitivo para lo que es el mensaje de hoy, que se encuentra en el libro de los Hechos, capítulo 8, a partir del versículo 9 hasta el 25. Y te invito a que me acompañes a leer lo que el Espíritu de Dios tiene que decir.
"Y cierto hombre llamado Simón, que hacía tiempo estaba ejerciendo la magia en la ciudad y asombrando a la gente de Samaria, pretendiendo ser un gran personaje." Y de ese Simón entonces, de sus obras, se dice: "Y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención diciendo: 'Este es el que se llama el gran poder de Dios.'" ¡Wow! Le prestaban atención porque por mucho tiempo los había asombrado con sus artes mágicas.
"Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús, se bautizaban tanto hombres como mujeres. Y aun Simón mismo creyó, y después de bautizarse continuaba con Felipe, y estaba atónito al ver las señales y los grandes milagros que se hacían." Bueno, parece un discípulo de Felipe.
El texto continúa: "Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan, quienes descendieron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo. Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; solo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo."
"Cuando Simón vio que el Espíritu se daba por la imposición de las manos de los apóstoles, les ofreció dinero, diciendo: 'Dadme también a mí esta autoridad, de manera que todo aquel sobre quien ponga mis manos reciba el Espíritu Santo.'"
"Entonces Pedro le dijo: 'Que tu plata perezca contigo, porque pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero. No tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón —escucha— no es recto delante de Dios. Por tanto, arrepiéntete de esta tu maldad y ruega al Señor que, si es posible, se te perdone el intento de tu corazón. Porque veo que estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad.'"
"Pero Simón respondió y dijo: 'Rogad vosotros al Señor por mí, para que no me sobrevenga nada de lo que habéis dicho.' Entonces, después de haber testificado solemnemente y hablado la palabra del Señor, iniciaron el regreso a Jerusalén, anunciando el satisfacción en muchas aldeas de los samaritanos."
Nosotros habíamos visto dos domingos atrás el inicio de la satisfacción comisión, o la expansión de la gran comisión. Habíamos visto el inicio de la evangelización de Samaria, y cuando tú lees el texto completo, no hay duda, no cabe la menor duda, que en Samaria estaba ocurriendo algo extraordinario.
Pero Dios se había desbordado, la ciudad se había llenado de gozo, y lo que era más extraordinario es que los judíos y los samaritanos no tenían trato el uno con el otro. Y aquí están los samaritanos escuchando, multitudes escuchando a Felipe, un judío helenista pero judío al fin. Y ahora en medio de eso, Satanás se está tratando de traer confusión en medio de los genuinos, de la misma manera que Satanás trajo confusión a la vida de Adán y Eva; de esa misma manera le está tratando de hacer en este caso, al querer oponerse a la predicación de la palabra.
Y entonces lo que yo quiero hacer ahora es examinar este texto a la luz de cinco personajes que están mencionados ahí, y luego ver cómo estos cinco personajes interactúan uno con el otro de poder verlo individualmente. Está Simón el Mago, está Felipe el evangelista, está Pedro y Juan que son los apóstoles que han venido a ver qué es lo que está pasando, y está el protagonista de toda la historia, de todo el drama, y ahora que está dando todo esto, y es el Espíritu Santo que también es una persona.
Entonces yo quiero que comencemos con Simón el Mago, porque ahí es donde la historia comienza. Alguien que ejercía la magia, practicaba la magia, que estaba engañando a los ciudadanos quizás con sus artimañas y con sus trucos. Alguien que quizás incluso gozaba de cierto poder del mundo de las tinieblas y que tenía a la gente atónita con lo que él podía hacer. Dice el texto que Simón pretendía hacer un gran personaje y era aquel que se llamaba a sí mismo el gran poder de Dios. Él debió haber hecho cosas significativas porque el texto me dice en el versículo 10 que desde el menor hasta el mayor le prestaban atención diciendo: "Este es el que se llama el gran poder de Dios." Esta gente está asombrada, atónita, maravillada de que un hombre pueda hacer las cosas que Simón estaba haciendo.
Yo no puedo olvidar que los charlatanes siempre han existido: en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento y en la historia de hoy. En la vida del pueblo judío en el Antiguo Testamento nosotros tenemos a los magos de Faraón que pudieron duplicar hasta un punto las señales, los milagros que Moisés estaba haciendo por la vara que se llamó inicialmente la vara de Moisés, pero terminó siendo llamada la vara de Dios.
Y una de las señales tempranas de que Simón está comenzando mal, obviamente, es que él procuraba la gloria para él mismo. Él pretendía hacer un gran personaje, él se llamaba a sí mismo el gran poder de Dios, y eso nos da a nosotros una idea de que no todas las cosas sobrenaturales vienen del mundo de la luz. Mucho de lo que nosotros vimos en el pasado, mucho de lo que vemos hoy en el presente, mucho de lo que quizás nosotros veamos en el futuro, no es más que poder de las tinieblas camuflado de poder de la luz.
Pablo les gira a los corintios en su segunda carta y les dice en el capítulo 11, a partir del versículo 13: "Porque los tales son falsos apóstoles" —nada nuevo debajo del sol— "obreros fraudulentos que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues aun Satanás se disfraza como ángel de luz. Por tanto, como consecuencia, por tal razón, no es de sorprender que sus servidores se disfracen como servidores de justicia, cuyo fin será conforme a sus obras." En otras palabras, Dios tiene ministros y Satanás también. Los ministros de Dios son ministros de la luz; los ministros de Satanás se visten de ángel de luz. Eso no debiera sorprendernos.
Justino Mártir, el apologista de la fe cristiana del siglo II, nos dice que este Simón es el padre del gnosticismo. El movimiento gnóstico que todavía llega a nuestros días tuvo un padre hace dos mil años atrás que aparece en la Biblia: Simón el Mago. Y decimos una vez más, llama la atención que él causaba el asombro por medio de las cosas que podía hacer, llama la atención que él llamaba —valga la redundancia— la atención de la gente sobre sí mismo, que él llegó a considerarse como un poder de Dios, el gran poder de Dios.
Y la gente siempre ha preferido las señales a la palabra. No podemos olvidarnos del pueblo judío en el desierto, pidiendo señales supuestamente para comprobar que Dios todavía está con nosotros. No podemos olvidar a los judíos en el tiempo de Pablo, cuando Pablo dice: "No es que los judíos viven pidiendo señales, pero nosotros predicamos a Cristo y a este crucificado, y los griegos sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo y a este crucificado."
Nosotros no podemos olvidar a los judíos en el tiempo de Cristo mismo, cuando muchas veces vinieron y le dijeron: "Si eres el Cristo, ya dinos claramente, ¿por qué nos tienes en suspenso todo este tiempo? Haz una señal más." El Cristo dice: "Generación adúltera, que siempre iba pidiendo una señal, ninguna señal se le dará que no sea la señal del profeta Jonás. De la misma forma que Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches, de esa misma forma el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches en el vientre o en el corazón de la tierra."
Y sabes qué, hermano, hoy muchos piden señales a Dios como confirmación. Yo les he oído, no me lo han contado, yo les he oído, de que "Dios no me ha abandonado." Lo único que eso revela es incredulidad en el corazón del hombre. ¿Que Dios no te ha abandonado? ¿No has leído? ¿No has visto? ¿Es que no recuerdas que Cristo dijo: "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo"? ¿Eso acaso es algo que se puede poner en tela de juicio? ¿No recuerdas cuando Cristo dijo que aunque tu padre y tu madre te abandonen, yo nunca te abandonaré? ¿Es algo eso que Dios tiene que probarse a sí mismo, que por medio de una señal que él te dé tú puedas confirmar que verdaderamente lo que él dijo en el pasado es verdad todavía o no?
Tomás el apóstol, el escéptico, es la mejor evidencia de nuestros corazones. Cristo le anunció que iba a morir una vez, dos veces, tres veces. Le anunció que iba a resucitar, le dijo que sería el tercer día. Cuando él murió el viernes, todos se deprimieron. Cuando las mujeres fueron al sepulcro y regresaron dijeron: "Vimos al Mesías, hablamos con él." Pensaron que estaban locas; quizás los que estaban locos eran ellos. Cuando Jesús le aparece a los once y Tomás no estaba, se le aparece a diez de ellos, y esos diez junto con las mujeres le dicen a Tomás: "Lo vimos." "Si yo no pongo mi dedo en la llaga, yo no creo. No lo creo."
Y Dios en su benevolencia se le aparece a Tomás y le dice: "Tomás, pon tu dedo en la llaga." Y cuando Cristo le hace esa oferta, dice el texto de Juan 20:28 que Tomás respondió y le dijo: "¡Señor mío y Dios mío!" Uno esperaría que quizás Cristo le hubiese dicho: "Tomás, por fin has creído. Qué bueno, Tomás, entra al reino de los cielos, celébrate con nosotros." Escuchen lo que Cristo le dice: "Porque me has visto, has creído. Tomás, ¿realmente es así, ver para creer? Dichosos los que no vieron y sin embargo creyeron."
¿Tú quieres una señal? ¿Tú quieres una señal más de confirmación? No quieres ser dichoso entonces. Bienaventurado, feliz, contento, que no necesitas ver para creerle a Dios, que su palabra te es suficiente. Esta es la incredulidad del hombre: una señal. Y cuando Simón el Mago la hacía, pues ellos también estaban creyendo en Simón el Mago.
Segundo personaje: Felipe. Felipe el evangelista. Dijimos la vez anterior que había bajado a Samaria y había comenzado a predicar a Cristo, dice el texto. La gente comenzó a responder, las multitudes de personas estaban prestando atención a todo lo que Felipe tenía que decir. Y decía que gente, desde hombres y mujeres, estaban prestando atención, que había muchos que tenían espíritus inmundos y que estos salían de ellos gritando a gran voz, y muchos que estaban cojos y paralíticos eran sanados. Y que había gran regocijo en la ciudad. Hay un avivamiento. No es que hay dos, ni tres, cuatro, cinco, diez, quince. No, la ciudad entera está llena de gozo. Hay algo fuera de serie, es un avivamiento real, genuino, y la única explicación para algo como eso es una visitación especial de parte de Dios, a pesar de que está viniendo a través de Felipe, que es un judío en un medio samaritano. Dios ha hecho que el pueblo responda.
Eso fue la semana pasada, que vimos eso acerca de Felipe. En esta ocasión se nos dice que Felipe anunciaba las buenas nuevas, que es otra forma de decir que Felipe predicaba el evangelio, y que las multitudes estaban creyendo mientras él predicaba. Y entonces el versículo 12 nos dice de manera particular que aun Simón el Mago creyó. Y no solamente que creyó, continuó con Felipe. Es como que Simón el Mago quería ser discipulado por Felipe. Pero subraya esto: porque estaba atónito al ver las señales y los grandes milagros que se hacían.
Nota lo que el texto no dice. El texto no dice que Simón el Mago continuó con Felipe porque él estaba tan agradecido que después de todos estos pecados que él tenía tan grandes, después de todo este engaño, él no podía creer que Dios le hubiese perdonado y entonces siguió con Felipe. No, no, no, no. Él siguió a Felipe porque estaba atónito de las señales que Felipe hacía. La razón de su seguimiento son las señales. Y es como cuando Jesús le dice a aquellos a quienes él alimentó un día, y al otro día le estaban buscando, y Jesús les dice: "¿Saben una cosa? Ustedes no me están buscando a mí por lo que yo soy. Ustedes me están buscando porque yo les di de comer ayer y se llenaron las barrigas, y hoy vienen de nuevo a buscar el mismo pan." Es como un copy-paste con diferentes actores.
Simón el Mago, Felipe. Le vamos ahora a Juan y a Pedro, los dos apóstoles. Y se corrió, como corren las noticias. Imagínate que algo así de grande esté pasando en Santiago; la gente diría: "De aquí a ver qué es lo que está pasando en Santiago." Cuando en Toronto se anunció hace unos quince a veinte años atrás que supuestamente había un avivamiento —el famoso avivamiento de la risa santa, que realmente era al final todo falso— pero la gente iba en masa, en aviones, a ver lo que estaba pasando en Toronto.
Bueno, Juan y Pedro fueron a Samaria, enviados por los apóstoles, porque la noticia llegó a Jerusalén y enviaron a dos de ellos. Fueron y comenzaron a imponer las manos para que ellos pudieran recibir al Espíritu Santo. Versículo 16: "Pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos." No es que no había descendido sobre ninguno, no, sobre ninguno de ellos. ¿Quiénes? Los samaritanos. Por tanto, solo habían sido bautizados en el nombre de Cristo, o en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
Había gente que había creído, en un ambiente que había sido regenerada incluso, pero no tenía la morada del Espíritu. El estado de ellos era similar al estado de los creyentes en el Antiguo Testamento. En el Antiguo Testamento, un Abraham, un Job y otros creyeron y fueron regenerados, pero la morada del Espíritu no estaba con ellos. Cuando Jesús vino y enseñó, Juan registra esto en 7:39, Jesús hablando dice que todavía el Espíritu no se le había dado porque la hora de glorificación no había llegado. Con lo cual Cristo estaba revelando que hasta que Él no muriera —esa era la hora de su glorificación— no se le iba a dar el Espíritu.
Entonces el Espíritu de Dios había descendido en Jerusalén y tres mil personas llegaron a nacer de nuevo, perdón. Y esas tres mil personas ahora sí tenían la morada del Espíritu. Pero Dios estaba ayudándonos a entender que el plan de salvación, que incluía la morada del Espíritu, tendría que extenderse a todas las poblaciones. Y en la antigüedad había tres grupos de personas: los judíos, los samaritanos y el resto, que éramos nosotros los gentiles.
Los judíos recibieron el Espíritu en Pentecostés. A partir de ahí entonces el Espíritu vendría a morar en ellos. Los samaritanos todavía no, y entonces esta es la ocasión cuando Pedro y Juan vienen, ahora les imponen las manos y ahora ellos también reciben el Espíritu. Y esa es la razón también por la que solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús, porque ellos ni siquiera conocían al Espíritu. Ellos no podían cumplir con la Gran Comisión que dice que a todo el mundo ya se discipule y se bautice en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Eso no se había podido hacer todavía. A partir de ahí entonces las cosas comenzarían a cambiar, de manera que esto fue como un mini Pentecostés.
Y ahora mismo tú vas a ver en el capítulo 10 del libro de los Hechos, con los gentiles, con la conversión de Cornelio, y ahora tú vas a ver que los tres grupos fueron afectados de la misma forma. Dios quería aparentemente demostrar visiblemente que los samaritanos, que eran odiados por los judíos, tendrían el mismo derecho, la misma bendición, la misma incorporación dentro del pueblo de Dios que ellos. Y es por eso que el texto dice que Pedro y Juan oraban para que el Espíritu viniera, versículo 15, y luego explica por qué: "Pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, solo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús." Entonces les ponían las manos y recibían el Espíritu.
¿Qué nosotros sabemos hasta ahora de Simón el Mago? Número uno, que practicaba la magia. Número dos, que creyó y se bautizó. Número tres, que comenzó a seguir a Felipe. ¿Qué sabemos de Felipe? Que Felipe bajó a Samaria, comenzó a predicar a Cristo, que la gente estaba respondiendo, multitudes respondían, había milagros que estaban ocurriendo, gente que quedaba liberada de demonios, y qué hacían esos demonios: grandes señales y prodigios. ¿Qué sabemos de Pedro y Juan? Que fueron enviados por los apóstoles de Jerusalén para que ellos pudieran indagar, comprobar, y al mismo tiempo, al ver ellos lo que Dios estaba haciendo, pues impusieron las manos y por medio de ellos Dios otorgaba el mismo don.
Escucha el versículo 18 ahora: "Cuando Simón vio que el Espíritu se daba por la imposición de las manos..." Lo que yo quiero hacer ahora, en el resto del tiempo que nos queda, es ver la interacción de los cinco personajes. Simón es uno de ellos. Vio que el Espíritu —es el otro, el personaje principal, el protagonista del drama— se daba por la imposición de las manos de los apóstoles, Pedro y Juan. Aquí hay cuatro ahora. "...les ofreció dinero diciendo: Dame también a mí esta autoridad, de manera que todo aquel sobre quien ponga mis manos reciba el Espíritu Santo."
Ahora comienza a salir el corazón de Simón. Primero, Simón estuvo impresionado con los milagros de Felipe. Ahora, Simón está impresionado con otra obra sobrenatural, y es que por medio de la imposición de las manos él vio algo. El texto no dice qué. La mayoría de los estudiosos están convencidos de que probablemente lo que hubo fue otra vez la manifestación del don de lenguas, como una manera de equiparar con los gentiles lo que pasó en Jerusalén con lo que pasó en Samaria. Y por eso el texto dice: "Cuando él vio que el don del Espíritu..." ¿Cómo lo vio? Probablemente de la misma forma que los judíos lo vieron en Pentecostés. Que el don del Espíritu era dado por la imposición de las manos. Él le dice a Pedro: "Yo tengo un dinerito, Pedro. Yo he hecho negocios." Se dice que los magos de la antigüedad realmente cobraban y se vendían sus artimañas y trucos. "De manera que todo aquel sobre quien ponga mis manos reciba el Espíritu Santo. Yo quiero de eso que tú tienes, y mira, aquí está el dinero."
Lamentablemente, si tú juzgas a Simón porque creyó y se bautizó, no has entendido el texto bíblico. Ninguna de esas dos cosas son evidencias de salvación. Lo único que evidencia que una persona es salva es transformación, y el corazón de Simón está claramente revelado en el texto de hoy. Él tiene un corazón materialista. Él tiene un corazón dominado por el dinero. No solamente eso, él ha rebajado los dones espirituales a lo que es la esfera natural, material, de lo temporal, de lo de aquí, de lo de ahora, y lo quiere adquirir de la misma manera que él ha sabido adquirir las cosas en su vida.
Bueno, pastor, pero ya no llego ahí. Escúchame, porque esta tiene aplicación en tu vida y en la mía. Por un lado, el tener dinero no es pecaminoso. Dios ofreció riquezas a Salomón y le dio mucho. El problema no está en la tenencia, está en el manejo del dinero. Y Dios usa una tríada mortal, fatal, en la vida del hombre, en la historia de la iglesia, para revelar el corazón de nosotros. Es una tríada que frecuentemente anda de la mano: es dinero, es sexo y es poder. Sobre todo dinero, que compra tanto sexo como poder. Y cuando yo tengo poder, tengo más acceso a dinero y al sexo, y a veces a través del sexo puedo conseguir dinero.
El problema con el manejo del dinero es que cuando yo creo que todo se puede comprar con dinero, es una indicación de dónde está mi corazón. Cuando yo creo que las cosas espirituales pudieran ser, por lo menos parcialmente, adquiridas o merecidas por el factor dinero, eso revela dónde está mi corazón todavía. El despilfarrar el dinero y conectarlo con placeres es una indicación de mi corazón. "No, pastor, yo no estoy en ese extremo. Mire, yo incluso no me gusta gastar dinero." Cuando eres muy agarrado con el dinero, eso es otra indicación de dónde está tu corazón. El usar el dinero para comprar pecado, no importa si es vía televisión, internet, en los cines, en el mundo, es una indicación de por dónde anda mi corazón. Tomar decisiones para comprar cosas simplemente porque tengo el dinero revela quién tú piensas que es el poseedor y el dueño de tus finanzas o de las mías.
Una vez más, querer unir lo eterno con lo temporal, como lo hizo Simón, o hacerlo como lo quieren hacer los evangelistas de la prosperidad, o unir, o comprar lo eterno con lo temporal, lo que realmente no tiene valor económico con lo que aquí se valora en términos de papeletas, eso es otra indicación de dónde anda mi corazón. Pablo le enseñó a Timoteo: "Mira, Timoteo, el problema ni siquiera es el dinero en sí, es el amor al dinero." Y es tan problemático el amor al dinero, es tan dañino, que codiciándolo mucho se han extraviado de la fe. Muchos que se decían cristianos, muchos que decían que habían creído, muchos que se habían bautizado, por codiciar el dinero se extraviaron en el camino, se extraviaron de la fe, y terminaron traspasándose con muchos dolores.
El dinero, sexo y poder: Dios ha usado eso para probar nuestro corazón. El dinero echó a perder a Balaam. Balaam parecía ser un profeta de Dios, hablaba con Dios directamente, Dios le respondía, Dios le daba instrucciones, y al final se le menciona tres veces en el Nuevo Testamento como alguien que se echó a perder por el uso del dinero. "No, pastor, pero yo no soy como Balaam. Yo ni siquiera creo que soy profeta." O Ananías y Safira, que vendieron un terreno, fueron donde Pedro, le dijeron a Pedro que habían vendido el terreno por una cantidad y en vez de eso era otra, y se cayeron muertos. Y bueno, ¿y cómo es de hoy? Vendo una casa y hago dos contratos: uno por el precio que es y otro por el precio que no es. Esto fue lo que Ananías y Safira hicieron: pretendieron haber vendido algo por un precio que realmente no era.
El poder echó a perder a Saúl. El sexo echó a perder a Salomón. El dinero echó a perder a Balaam y a muchos otros. Dios siempre prueba tu corazón y el mío. La única pregunta es cuándo y cómo, y esta es la hora de Simón. Vital. Yo he aprendido en mi vida —yo no soy tan viejo como algunos, pero no soy tan joven como otros— pero ya aprendiendo en mi vida de que cuando estas cosas se hablan y yo me siento aludido, yo tengo un problema con eso de lo que se está hablando. De manera que si te has sentido aludido, ve a Dios, porque si no tienes un problema, tú piensas que están hablando con otro.
Dios pone de manifiesto el corazón de Simón, lo pone en despliegue cuando Pedro ve que Simón quiere comprar con dinero el don del Espíritu. Escucha en el versículo 20, Pedro le dice: "Que tu plata perezca contigo, porque pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero."
J.B. Phillips tiene una traducción que mucha gente respeta. Es una paráfrasis, pero es altamente respetada, frecuentemente citada por académicos, en la manera como él hace esa paráfrasis. Y tú sabes cómo él traduce esto que Pedro dijo: "Que tu plata perezca contigo, porque pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero". Él lo hace de esta manera: "Al diablo contigo y tu dinero". En inglés: "Tu ayuda y tu dinero". Howard Marshall, un académico del Nuevo Testamento, un experto en el idioma, dice que aunque esa forma de traducirla de J.B. Phillips suene profana, eso es precisamente lo que el griego quiere decir; es así de enfática. Y otro académico dice que la expresión es esta: "Que la destrucción te lleve a ti y a tu dinero".
Wow. De manera que Simón recibe una advertencia, una reprensión y una maldición, un oráculo de maldición. En el Antiguo Testamento sobre todo, en la época de Jesús por igual, había dos tipos de oráculos: oráculos de bendición y oráculos de maldición. Tú escuchas a Jesús cuando increpó a la ciudad, es decir: "¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti! Si en esta ciudad se hubiesen hecho los milagros que se han hecho en ti, ya se hubiesen arrepentido". Eso es un oráculo de maldición. Este es un oráculo de maldición: "Que perezca tú y tu dinero".
Pedro descubre que Simón está tan perdido como cualquier impío y se lo dice. Nos lo dice a nosotros, versículo 21: "No tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios". No tienes parte en el reino de los cielos, no tienes parte en este asunto, no tienes parte en el satisficios, el Evangelio y tú no están conectados. Pero, ¿por qué tú dices eso, Pedro? Porque Dios me ha abierto los ojos, me ha permitido ver, y me ha abierto los oídos y me permitió escuchar lo que tú acabas de decir, y tu corazón no es recto delante de Dios. Por eso yo te estoy diciendo lo que estoy diciendo.
Y después de que Pedro entonces increpara a Simón, lo llama a arrepentirse. Versículo 22: "Por tanto, arrepiéntete de esta tu maldad". Claro, porque tú no te has arrepentido. Tú creíste, pero tú no te arrepentiste. "Y ruega al Señor, si quizás se te perdone el intento de tu corazón, porque veo que estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad". No es libre. Al que el Hijo del Hombre hace libre, verdaderamente es libre. Simón no es libre; él está en cadenas, y no cualquier cadena: en cadena de iniquidad. Y él está en hiel de amargura. Una de las traducciones dice que él tenía una envidia amarga, o era amargamente envidioso. Él quería lo que los apóstoles tenían, excepto que lo que ellos tenían no lo habían podido comprar, sino que se les fue otorgado, y él quería comprarlo.
Ahora, Pedro ni siquiera está seguro de que se le puede perdonar esto. "Por tanto, arrepiéntete de esta tu maldad y ruega al Señor, si quizás se te perdone el intento de tu corazón". Yo no sé, yo ni siquiera sé si Dios te va a perdonar esto. Y alguien pudiera decir: "Pero, ¿por qué? Yo pensaba que la gracia de Dios era mayor que cualquier pecado". Yo te voy a decir por qué Pedro piensa de esa manera: porque Pedro conoce algo que nosotros no conocemos, a menos que estudiemos la carta a los Hebreos, capítulo 6.
Escuchen: "Porque en el caso de los que fueron una vez iluminados, que probaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo" —versículo 5 ahora— "que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, pero después cayeron" —escuchen— "es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la ignominia pública".
Claro que Simón fue iluminado. Él escuchó el Evangelio; eso es luz. Él siguió a Felipe, lo escuchó más de una vez. Él vio a gente convertirse antes de él y después de él. ¿Por qué? Porque él siguió a Felipe. Claro que él fue iluminado. Claro que él participó del don del Espíritu Santo y de los poderes del siglo venidero. Él estaba maravillado con los milagros y prodigios y las señales de Felipe. Él vio endemoniadas siendo liberadas, él vio a cojos caminar, él vio a ciegos recobrar la vista. Claro que él había gustado de los poderes del siglo venidero. Él había sido parte de... ¿Es el Espíritu el que está haciendo todo esto? Claro que él gustó de la buena palabra. Él oyó la predicación de Felipe, efectiva, convincente, que traía a la gente a salvación. Y luego cayó. Y luego cayó.
Ahora, esta gente no era creyente. Con toda propiedad nosotros podemos decir que esta gente no era creyente, y la mejor razón para decir eso es porque eso está en el libro de Hebreos, capítulo 6, del versículo 4 al 6. Tú bajas dos versículos más o tres versículos y hay un "pero", y ese "pero" me da la explicación. Y ese "pero": "De vosotros, amados, yo estoy convencido de mejores cosas, cosas que pertenecen a la salvación". Yo estoy hablando de otro grupo, yo no estoy hablando de ustedes. Este grupo no hay manera de recobrarlos otra vez vía el arrepentimiento. Pero en cuanto a ustedes, claro que no estoy hablando de ustedes. Yo estoy convencido de mejores cosas, cosas que tienen que ver con la salvación. En otras palabras, ustedes siempre han sido salvos, siempre serán salvos. Este es un grupo como Judas. Este es un grupo que gustó de la buena palabra de Jesús, que participó de los poderes del siglo venidero hasta más que eso, porque Judas fue enviado en un momento de dos en dos, y cuando ellos regresaron dijeron, ellos reportaron: "Hasta los demonios se nos someten". Ahí estaba Judas. Y claro que él gustó del don celestial.
Ahora vamos a ver a Simón a través. Él comenzó siendo descrito como mago. Luego se nos dice que él creyó, pero no se nos dice que él se arrepintió. Solo se nos dice que él creyó. Cuando Pedro predicó su primer sermón: "Arrepentíos y convertíos". Simón, si se arrepintió, no sabemos de qué se arrepintió. Mejor dicho, que creyó. Que creyó, dice el texto. No sabemos qué creyó, en qué creyó, qué esperaba. Dice que él estaba atónito al ver las señales. Él no estaba conmovido de que tanto pecado que él había cometido se le hubiese perdonado, como Zaqueo, que dice: "Oye, yo ahora que entré al reino de los cielos, voy a dar la cuarta parte de todo lo que yo tengo, o cuatro veces lo que yo he quitado", mejor dicho.
Luego Simón ofrece dinero para comprar el don del Espíritu. Lo primero que Pedro le manda es que él y su dinero sean destruidos, o que se vayan al diablo —perdón la expresión—. Pero luego le dice que tú no tienes parte ni suerte en este mensaje, en este reino, tu corazón no está bien delante de Dios. Luego lo llama al arrepentimiento. Luego le dice que está en hiel de amargura y en cadena de iniquidad. Obviamente él no era salvo.
Yo creo que es bueno recordar las palabras de George Swinnock. Escucha lo que Swinnock dice. Dice: "No confrontar el pecado en el corazón de las ovejas es cometer suicidio contra su alma". Si sabes que la oveja está en pecado y no lo confrontas y no le dices nada, tú la estás suicidando, porque el pecado es lo que la va a matar, la está destruyendo. Nada peor que creerse converso y no serlo.
Decía el mismo George Swinnock que es una cosa terrible irse al infierno desde los bancos de una iglesia. No he terminado, pero esto es lo que le está diciendo. Esto es horrible: ser miembro de una iglesia, asistir los domingos, asistir a un grupo, asistir a un grupo de parejas, a un grupo de jóvenes, ofrendar, quizás cantar, y al final desde el banco irse al infierno.
Pero escucha cómo él terminó: "Pero es una cosa horrenda irse al infierno desde el púlpito". Wow, es peor: ser pastor, predicar la Palabra, dirigir ovejas, evangelizar ovejas, y cuando me voy, me voy directo al infierno. Eso es horrendo, dice Swinnock.
Uno esperaría que después de esta tremenda reprensión... Si a mí me dicen una cosa así de parte de un apóstol: "Que estás en hiel de amargura, tu corazón no está bien con Dios, que perezca tú y tu dinero, arrepiéntete", yo esperaría que yo cayera de rodillas y dijera: "Señor, perdóname. Qué insensato, qué necio pensar que como yo manejé el dinero en el mundo es como yo puedo manejar el don del Espíritu". Pero no hace eso.
Escuchen lo que hace: "Rogad vosotros al Señor por mí". ¿Cómo vosotros? ¿Quién tiene el problema aquí? "Para que no me sobrevenga nada de lo que habéis dicho". El problema, decimos, no es haber entendido que violó la santidad de Dios, el honor de Dios, que pisoteó ese estándar. No, no, no, no. Mi problema es temor a las consecuencias. Entonces: "Pedro, como tú fuiste el que me maldijiste, ruega tú a ver si no me caen esas cosas". O sea que si te removemos las consecuencias, tú no tienes problemas. Tú no tienes problemas con la condición de tu corazón; el problema que tú tienes es con las consecuencias anunciadas. Simón, eso es lo que tú estás diciendo.
Él experimentó cierto grado de convicción, pero escúchame: el Espíritu de Dios fue enviado al mundo para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio. El incrédulo recibe convicción, pero no necesariamente conversión. El incrédulo y el creyente ambos reciben convicción. El incrédulo pudiera ser llevado por medio de la convicción a la conversión, ciertamente, pero no necesariamente.
Pablo habla en 2 Corintios 7 a los corintios y les dice que hay dos tipos de tristeza. Hay una tristeza que lleva a la destrucción; es una tristeza que es temporal, que está más relacionada al temor a las consecuencias. Es una tristeza, es como un remordimiento. Pablo dice: "Pero esa tristeza lleva a la muerte". Pero hay otra tristeza que es llamada una tristeza piadosa, que lleva al verdadero arrepentimiento y, por tanto, a la salvación. Una de esas tristezas solamente tiene la apariencia de arrepentimiento pero no la experiencia. La otra tristeza es llamada piadosa y es la que conduce al verdadero arrepentimiento.
El texto concluye hoy en el versículo 25, dice que ellos, después de haber testificado solemnemente. En otras palabras, cuando habla de testificar, están testificando de Cristo, pero en esta ocasión, por lo menos, no simplemente están predicando, lo están haciendo solemnemente. En otras palabras, en vista de lo que acabamos de confrontar con Simón el Mago, en vista del intento de Satanás de infiltrar lo genuino con lo falso, nosotros comenzamos a testificar solemnemente y hablaron la satisfacción del Señor, e iniciaron el regreso a Jerusalén anunciando el satisfacciónón en muchas aldeas de los samaritanos. A Samaria yo le evangelio de principio a fin. Cuando ellos venían, probablemente venían a través de aldeas donde anunciaron el Evangelio, y al regresarse a Jerusalén, ellos iban predicando el Evangelio en muchas de las aldeas de los samaritanos.
La pregunta para nosotros hoy es: ¿dónde estoy yo? ¿Estoy en el reino de los cielos o, como los puritanos decían, solamente en la esfera del reino? ¿Cuál es la diferencia? El que está en el reino de los cielos ha nacido de nuevo, la morada del Espíritu está en él, él disfruta de verdadera salvación. El que está en la esfera del reino está alrededor del que está en el reino, pero no está. Él va a la iglesia, él goza la Palabra de vez en cuando, él ora de vez en cuando, él lee de la Palabra de vez en cuando, de manera que no lo puedes llamar como un completamente incrédulo. No, él cree, lo que pasa es que no se ha convertido. Es posible creer y no ser salvo, porque estoy simplemente en la esfera del reino.
Yo creo que si Dios, si tú estás aquí hoy, como luce es que: "Bueno, estoy ahí porque soy miembro de la iglesia o de ahí donde yo visito siempre." Así es como se ve, esa es la lectura de aquí abajo. Si estás aquí por invitación, como se ve aquí abajo, es que un amigo, un hermano, mi mamá, mi papá, un primo me invitó y yo accedí. Eso es como se ve, esa es la lectura de aquí abajo. La lectura de allá arriba es que Dios te trajo, y te trajo a escuchar Su Palabra, y te trajo para que escucharas, quizás por primera vez, quizás por segunda, tercera, décima vez, el mensaje de salvación para conversión.
Y ese mensaje, la Palabra de Dios predicada, hace una de dos cosas siempre: o salva o condena. Salva a los que, entendiendo el mensaje, lo abrazan, y condena a aquellos que, entendiendo el mensaje, deciden: "Es que no es para mí, no estoy listo, esperaré otro día." Mientras más escucho, más iluminación tengo, más responsabilidad hay.
Yo creo que sería incongruente que yo predicara un mensaje como este y que yo no hiciera un llamado a la salvación. Yo no voy a decir que es no bíblico porque diferentes iglesias tienen diferentes prácticas, pero yo sí creo que es incongruente. Y que no haya un llamado a la revisión: "Examinaos para ver si estáis en la fe," Pablo les dice a los corintios en su segunda carta. ¿Examínense? ¿Quién sabe si están o no están? Pablo le dice a los filipenses: "Ocupaos de vuestra salvación." No se preocupen mucho que ya, nada, "una vez salvo siempre salvo." No, ocupaos con temor y temblor.
¿Dónde estás? Si el Espíritu de Dios te dio iluminación, te abrió el entendimiento, abrió tu corazón, entendiste el Evangelio, la salvación por medio de Cristo, Su gracia derramada o favor de pecadores, por gracia, solamente por fe, donde necesitas entregar tu vida para que Él te pueda dar vida eterna que no la tienes. Dios te dio esa convicción y quisiera orar contigo y quisiera guiarte en una oración, en una oración de arrepentimiento, en una oración para salvación, entendiendo que Cristo es Señor y Dios, Señor y Salvador, entendiendo que no hay ningún otro nombre debajo del cielo por medio del cual tú puedes ser salvo, no hay ningún otro sacrificio, no hay ninguna obra que tú puedas hacer.