El libro de Apocalipsis no es un texto de terror sino de esperanza. Es el cierre de toda la historia de la redención, el "felices para siempre" que comenzó en Génesis. Juan, el anciano que había visto morir a sus amigos y sobrevivido al aceite hirviendo, no escribió para asustar a las iglesias sino para alentarlas con la visión de lo que viene después. Y lo que viene cambia todo: un cielo nuevo y una tierra nueva donde Dios mismo descenderá con una ciudad santa preparada para su pueblo.
La eternidad no será una cantata navideña con angelitos rosados y arpas en las nubes. Dios no diseñó al ser humano para flotar sin cuerpo, sino para habitar una creación renovada. La historia bíblica comienza en un jardín y termina en una ciudad, porque solo Dios puede tomar lo perfecto y hacerlo mejor. En esa ciudad habrá trabajo sin frustración, comida sin escasez, relaciones sin pecado, deportes con cuerpos glorificados donde a nadie le importa ganar o perder. Los creyentes se reconocerán unos a otros y amarán incluso a quienes aquí les caían mal, con un amor infinitamente mayor que el mejor afecto terrenal.
Pero lo que hace al cielo verdaderamente cielo es que Dios estará ahí. El tabernáculo de Dios entre los hombres, sin velos ni intermediarios, sin lágrimas ni muerte ni dolor. Esa presencia que aquí apenas se prueba y siempre deja con hambre de más, allá será la nueva normalidad. Esta esperanza no es escape del presente sino combustible para vivirlo: si lo que viene después vale la pena, se soporta lo que sea hoy.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Todos los que están aquí, los que están por Internet, otra vez solo el Señor podía darnos que hayamos estado en un tiempo tan peculiar como el que vivimos, donde los poderosos, los sabios, los inteligentes y los economistas —creo que es lo mismo— después de tanto tiempo de pensar y de meditar en un sistema económico que pudiera funcionar, estamos todos temblando sin saber qué va a pasar. Donde aquellos que nunca habían tenido ningún tipo de aquejamiento ahora están asustados por lo que puede hacerle su primo, su vecino, su trabajador. Donde en un momento hemos notado cuán frágiles somos.
Cuán frágiles somos. Es más, permítanme hacerles esta historia. Temprano este año, los hermanos de nuestra iglesia hermana, la Iglesia Jota, me pidieron que compartiera con ellos en un retiro que tenían para sus jóvenes. Serían como unos doscientos muchachos y era en Grabacoa. Y usualmente si me han invitado a Grabacoa yo digo que sí, porque soy un profundo apasionado de esa tierra. Así que al recibir la invitación, yo hablé con los pastores de nuestra iglesia, me dijeron que sí, que claro que vaya. Ellos me pidieron que enseñara acerca de la presencia de Dios, y uno de los mensajes querían que fuera acerca de la presencia de Dios en la eternidad. Para eso entonces yo me fui al libro de Apocalipsis, al mismo pasaje que vamos a estar viendo esta mañana.
Y hoy, cómo yo introduje el sermón —esto fue el primero de febrero de ese año— te leo: "Yo estoy seguro que si yo pregunto aquí cuál es su libro favorito de la Biblia, Apocalipsis no va a estar entre los primeros diez. Ese es uno de esos libros que son populares, pero nadie sabe bien de qué es lo que habla. La gente lo lee, sabe que hay bestias y hay señales y cosas, pero no tienen una buena idea de qué es lo que está pasando y qué significa." Y decía yo, primero de febrero: "Es como el coronavirus, que uno habla de eso, pero no sabe qué es eso."
¡Qué hubiera sabido yo que un mes después nuestro país entraría en cuarentena, de la cual pues básicamente estamos saliendo para volver a entrar! ¿Qué sabía yo que el primero de febrero se sentiría hoy como hace un millón de años, como si hubieran pasado tres años de ese momento que estábamos todos juntos adorando sin ningún tipo de mascarillas? Era como otro mundo, ¿no es cierto? El mundo antes del coronavirus era como otros tiempos. Pero así de frágiles somos, así de frágiles son nuestras instituciones, nuestra fortaleza, nuestros cuerpos.
Pero aunque somos frágiles, Dios no es frágil. A Dios nada lo toma por sorpresa, nada se escapa de sus planes, nada se escapa de sus propósitos. No permite que pase nada, o Él ordena que pase nada, que no sea para su gloria y nuestro bien. Porque si algo yo puedo decir con total certeza es que Dios nos ha afligido, Dios nos ha humillado, pero Dios no nos ha abandonado. Dios no nos ha dejado ni se ha alejado de nosotros, sino que está cerca, tan cerca o quizás más cerca que antes.
Y dicho eso, yo quiero pedirles que abran sus Biblias en Apocalipsis capítulo 21, que estaremos leyendo el versículo 1 al 8. Apocalipsis 21, abramos en serio sus Biblias allí, versículo 1 al 8. Estoy leyendo de la Nueva Biblia de las Américas, y esta es la Palabra de Dios:
"Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la satisfacción santa, la satisfacción a Jerusalén, que descendía del cielo de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: 'El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado.' El que está sentado en el trono dijo: 'Yo hago nuevas todas las cosas.' Y añadió: 'Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas.' También me dijo: 'Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tiene sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.'"
Señor, si esta es tu Palabra, y si Tú le dijiste a tu siervo que lo escribiera porque es todo fiel y verdadero, Señor, esto es fiel y verdadero. Estas realidades son más reales que lo que vemos cada día. Así que lo que queremos pedirte, Señor, es que a través del poder de tu Espíritu Tú nos sorprendas con un mayor anhelo y deseo genuino por Ti y por tus cosas, Señor. Quita del medio cualquier distracción, quita del medio cualquier debilidad. Pon nuestros ojos, nuestra mirada en Ti, pon nuestros oídos, Señor, en tu Palabra, pon nuestros labios en tu Palabra, de manera tal, Dios, que salgamos de aquí con una sed satisfecha por Ti, pero un profundo anhelo por verte cara a cara en tu tabernáculo en la Santa Ciudad. Danos un mayor deseo de gloria, en el nombre del Hijo. Amén.
Esta es la segunda vez que predico este sermón. No lo prediqué hace unos minutos. Yo sabía que iba a pasar, que alguien me iba a preguntar: "Jaro, ¿y por qué Apocalipsis? Porque como que estos tiempos ya son como apocalipsis, tú sabes, como que no es necesario predicar este libro." Porque usualmente vemos el libro de Apocalipsis como algo que da medio miedo. O sea, tu hijo te pide leer la Biblia, tú nunca le dices que lea Apocalipsis. Y cualquiera pudiera pensar: "¿Por qué no hablar un poco de la gracia u otra cosa así?"
Porque es que, como decía al principio, Apocalipsis es un libro que todos conocemos, pero no estamos tan familiarizados con él, porque cometemos el error de pensar que Apocalipsis es un libro de terror, cuando de hecho Apocalipsis es un libro de esperanza. Apocalipsis es la tilde sobre la i del sí a la pregunta de si Dios gana, a la pregunta de si Dios es bueno, a la pregunta de si Dios nos ama. Apocalipsis es la tilde de lo que empezó en Génesis. Si Génesis es el "érase una vez", o como dice el texto "en el principio", Apocalipsis es el "felices para siempre".
De manera particular, estos dos capítulos, el 21 y el 22, son el cierre de toda la historia de la redención, que empezó con un problema pero terminó con una gloria. De hecho, no sé si sabías que Apocalipsis lo escribió Juan, cierto, el anciano Juan. Sin embargo, no Juan el hijo del trueno jovencito, tú sabes, que tiene mucha pasión y talante para llevarse el mundo por delante, sino Juan el anciano, que en sus otras cartas les escribe a su iglesia, ¿cómo les dice? "Hijitos." Una gente que te diga "hijitos" no da miedo.
Este es el apóstol que ya ha visto morir a sus mejores amigos, ya ha visto morir a Pedro y a Pablo. Él escribe este libro al final del primer siglo, año 95-98, el final del primer siglo, el último de los apóstoles con vida. De hecho, dice la tradición que Juan había sido lanzado a aceite hirviendo y no se quemó, no tuvo ningún tipo de daño. Cuando el emperador ve que Juan sobrevive al aceite hirviendo, decide enviarlo a la cárcel, a una isla, la isla de Patmos, que es donde recibe esta revelación de parte de Dios.
Alguien que ha sufrido así, alguien que ha vivido así, alguien que ha amado así, no va a escribir un libro para asustarnos. Él escribe este libro a un grupo de iglesias para alentarlos, con el propósito de que tengan esperanza al ver la tribulación que estaban viviendo y que se aproximaba. El deseo de Juan, más bien, el deseo de Dios para con el libro de Apocalipsis, es que tú y yo al leerlo salgamos con mayor deseo por Dios, con mayor agradecimiento por el gran Cordero inmolado quien es digno, con una mayor dependencia del Espíritu de Dios para vivir esta vida, con mayor anhelo del cielo y con una mayor esperanza para hoy.
Porque déjame decirte que sin esperanza no se puede vivir. El pastor Tim Keller lo decía muy bien. Él dice: "La manera en que vivimos hoy está completamente controlada por lo que nosotros creemos del futuro." Hacemos algo hoy dependiendo de lo que pensamos que va a pasar mañana.
Y habla la historia de dos hombres que fueron lanzados a un calabozo. Al primero, justo antes de lanzarlo, delante de él asesinan a su esposa y a su hijo. Al segundo, cuando lo lanzan al calabozo, antes de lanzarlo, con estos experimentos crueles, le dicen: "Mira, tu esposa y tu hijo están bien, no pudimos alcanzarlos." El primero, cuenta la historia, pasó muy poco tiempo antes de enfermarse, no quería hacer ninguno de los trabajos que tenía que hacer por delante, y al poco tiempo murió. El segundo, pensando en lo que le esperaba si soportaba este sufrimiento, si de alguna manera salía de aquí, el segundo tomó fuerza, sobrevivió, y a los diez años, cuando encontró su libertad, se reúne con su esposa y con su hijo.
Porque si uno piensa que lo que viene después vale la pena, uno aguanta lo que sea. Lo que sea se soporta con tal de pensar que el resultado final valdrá la pena. Y eso es la esperanza: es el entendimiento de que lo que viene después vale la pena.
Es como si tú tienes un trabajo que no te gusta mucho —un ejemplo más práctico— tienes un trabajo que no te gusta mucho, pero digamos que estás ganando dos mil dólares mensuales. Entonces lo haces porque tienes un dinero allí. Pero tu jefe te dice: "Mira, yo estoy contento con lo que tú estás haciendo, pero tengo un problema de cash flow, de efectivo. Entonces lo que vamos a hacer es que yo te voy a pagar anual en vez de pagarte mensual, pero yo te voy a dar doscientos cuarenta mil dólares al final del año en vez de lo que te tocaría mensual."
Yo lo acojo. Yo no sé tú, pero yo acepto. Con tal de yo tener diez veces más de lo que yo pensaba, uno soporta este momento, esta incomodidad del tener que maxear las tarjetas, irse a vivir con sus padres. Todo se soporta pensando en lo que viene después.
Déjame darte un ejemplo mejor todavía. Este está en Primera de Corintios capítulo 15, donde Pablo dice: "Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos de todos los hombres los más dignos de lástima." O sea, si nuestro enfoque, nuestra gloria es lo que nos va a ir bien solamente de este lado, a pesar de que Cristo nos dijo que vamos a recibir de todo cien veces más, él lo dice. Él dice que vamos a recibir padre, madre y todo si lo dejamos por él, él lo dice, y luego pone coma, con tribulación. Y Pablo dice: "No, mira, si tú crees que de este lado es que tú vas a tener vida," en buen dominicano, tú das pena. El cristiano que entiende que de este lado de la eternidad es que va a recibir los beneficios, es que está luchando por conseguir un poquito de tierra aquí, dice Pablo, no yo, da lástima.
Pero si sabemos que tenemos esperanza final, que todos nuestros anhelos genuinamente serán satisfechos, que los mayores deseos de nuestro corazón no solamente serán purificados sino que serán recompensados, que todas nuestras buenas obras al final tendrán propósito, podemos tener esperanza. Amén. Si sabemos que lo que viene después vale la pena, soportamos el hoy.
Y yo creo firmemente que los cristianos tenemos vidas tan centradas en el hoy porque no entendemos bien qué es lo que nos espera. Nuestras vidas son cotidianas y rutinarias porque no estamos emocionados ni por el Dios que servimos ni por lo que ese Dios nos ha preparado.
Y déjame admitirte algo. Por su gracia, Dios me salvó cuando yo tenía doce años y yo estaba pequeño. Y en ese momento yo era un joven con... había sobrevivido, como no sé, joven, pero... más o menos, pero era un joven con muchas preguntas, todavía tengo muchas preguntas. Y había una que yo tenía por meses y yo no me atrevía a hacérsela a nadie. Pero un día me atreví y fui donde mi hermano mayor que es creyente y le decía: "Oye, Jejuán." Y no, dice: "Sí, Enmi," es como me dice mi familia y ahora ustedes se enteran. Me dice: "Sí, Enmi." "¿Qué vamos a hacer en el cielo?" Y él, bien ortodoxo, bien bíblico, como debe ser, dice: "Vamos a adorar a Dios." Y yo le pregunté: "Sí, ¿qué más?" Y él dice: "Vamos a adorar a Dios. Nuestro propósito en el cielo es adorar a Dios por siempre."
Y yo que, mi mente, lo que tengo de mi mente de adoración no es lo que él está pensando. Yo digo: "¿Y uno no se va a aburrir?" O sea, está bien cien años, mil años, pero una eternidad adorando a Dios. Porque lo que yo tenía en mi mente, y es muy común, es que el cielo era como angelito rosado, una nubecita, un arpa y un piano, no sé, una musiquita bien suave, bien bajita, sin batería, algo bien tranquilo, y más angelitos. Amado, si esa es la esperanza que tenemos, si el cielo que nos espera es una cantata navideña por siempre con angelitos al lado, mejor que nos paguen mensual.
Pero Apocalipsis viene y cambia totalmente nuestra perspectiva. Lo que Apocalipsis enseña es algo tan diferente a lo que la cultura piensa, a lo que el cristiano promedio, si no es serio en la Escritura, también piensa. Eso es lo que estamos viendo en esta mañana.
Empecemos en el primer versículo. Dice: "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe." Nota lo primero que quiero que veamos aquí, lo primero que el texto nos muestra. Esta eternidad de la que nos habla Apocalipsis, ¿qué es? Es un cielo nuevo, y no se queda ahí, y una tierra nueva. El versículo 5 también nos habla de que Dios está haciendo nuevas todas las cosas. Y cuando tú lees la descripción que tiene Apocalipsis 22 de la morada eterna, de esa ciudad, de ese nuevo cielo y nueva tierra, tú te das cuenta que es una nueva creación. Pero es una creación, o como dice el texto, es un cielo y tierra nuevo, pero cielo y tierra.
Y lo que te voy a decir ahora, si es la primera vez que lo escuchas, puede sonarte extraño, pero siéntete en libertad de investigar o preguntarle a quien sea: Dios no te creó a ti para el cielo. Dios no creó al ser humano para estar en el cielo. Cuando Dios creó a Adán, ¿dónde lo puso? Pero si Adán era la imagen de Dios sin pecado, ¿por qué Dios no llevó a Adán directo al cielo? ¿Por qué Dios crea a Adán del polvo? ¿Cierto? Hace este hombre y lo pone en una tierra, tierra que se siente, que se toca, que existe. Quizás es sorprendente para ti saber que Dios no te diseñó para que tú no tengas cuerpo. Dios diseñó al ser humano para ser su representante en la tierra.
Y bien, la Biblia claramente enseña que el pecado afectó ese plan, entra la maldad, entra la muerte a esa buena creación de Dios. Pero Apocalipsis lo muestra, que Dios sí logra cumplir su plan de que el ser humano pueda vivir en la tierra de manera perfecta, sin pecado, sin falta, sin dolor, sin muerte, sin llanto, en la tierra, con un cielo nuevo, con seres humanos y con muchas de las cosas que hoy tenemos, pero infinitamente mejores, incomprehensiblemente mejores. Pero el verdadero cielo es la eternidad en el cielo nuevo y tierra nueva.
Y hoy los que murieron en Cristo con nosotros, hablamos de ellos en un momento, aquel que está en espera del cielo nuevo y tierra nueva, él está en la antesala de la gloria, pasándola súper bien en la presencia misma de Dios, pero en espera de la resurrección final, donde él también va a poder, él y ella podrán ser parte de esta nueva Jerusalén, de esta entrada a la eternidad de gozo.
Es algo similar, aunque por favor guardando sus distancias, pero es algo similar a lo que acontece si tú tienes un carro muy, muy viejo y de baratija, en la peor condición, y luego te regalan un carro nuevo. Que tú sientes como que otras cosas, que tú lo prendes y no se apagó, que el aire acondicionado funciona, y tú sientes como: "¡Uau! ¿Y así es que los carros son de verdad?" O sea, tú estás acostumbrado a que el carro prende a veces y que no sirve nada, que cuando te montas en un carro nuevo tú sientes como que algo diferente. Guardando sus distancias, porque el cielo nuevo y tierra nueva es increíblemente mejor que este cielo y esta tierra, que esto que podemos ver hoy, mejor, pero igual tiene un propósito físico. O dicho de otra manera, el cielo nuevo y tierra nueva es la versión renovada, la versión final, la versión del diseño de lo que esta tierra pudo ser, debió ser, pero no llegó a ser por causa del pecado.
Mira lo que dice en los versículos 2 y 3: "Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: El tabernáculo de Dios está entre los hombres."
Verás, la idea de nuestra cultura es que tú te mueres y si tú estabas en Cristo, o lo que dice la gente, si tú te portaste bien, tu alma sube al cielo. Y si tú no estabas en Cristo o te portaste mal, aunque yo creo que nadie en el mundo, nadie dice que va al infierno, pero si tú eres Hitler, ok. Si te portas bien tú subes al cielo, si tú eres Hitler tú vas al infierno. Pero lo que el texto nos enseña no es que el hombre sube a la eternidad. No es cierto. ¿Qué es lo que dice el texto? Que la ciudad santa desciende del cielo. No nosotros subiendo, Dios bajando. No nosotros construyendo nuestra torre hasta llegar donde Dios, sino Dios descendiendo con una ciudad ya construida desde el cielo.
¿Y han escuchado algo así alguna vez? Creo que sí lo tenemos ahí detrás, porque no es la primera vez que en vez del hombre poder ir donde Dios, Dios desciende hacia donde el hombre. De hecho, ya lo hizo en humillación cuando vino, y el Anciano de días viene como bebé y pasa por todo el proceso de la biología humana para luego terminar en lo más cruel de la humanidad, siendo crucificado sin culpa, para luego ascender y ser entonces el primer habitante de este cielo nuevo y tierra nueva. Porque de manera similar a como en Jesús Dios descendió a los hombres, la eternidad no es nosotros subiendo, sino Dios descendiendo con una santa ciudad.
¿Y tú notaste eso? ¿Qué es lo que desciende? ¿Una qué? Una ciudad. Una ciudad santa. Una ciudad. Como les mencioné, Apocalipsis es el final de la historia que inició en el Génesis. ¿No es cierto? Es el libro que le pone el sello de que sí, todo esto es verdad. ¿Dónde inició la historia? ¿En qué lugar? En un huerto, decimos Reina Valera. ¿Qué es un huerto? Un jardín. ¿Y dónde termina? ¿Lo notaron? La historia de la humanidad empieza en un jardín, un lugar idílico, muy bonito, aquí agachadito, donde uno recoge las cosas. Termina en una ciudad. Vivo más grande, lleno de todo. De hecho, en un jardín no cabe una ciudad, pero en una ciudad, ¿cuántos jardines no caben? ¿Cuánto superior no es una ciudad a un jardín?
Porque la historia de la redención es una historia de progreso y avance. Dios no se queda quieto. El Padre trabaja y sigue trabajando hasta llevarnos a esta ciudad santa. Pasamos de un buen jardín, un lugar perfecto, sin falta, no había ningún problema allí, a una ciudad santa, a algo mejor. Porque solamente Dios puede tomar lo perfecto y hacerlo mejor.
El apóstol Juan se está dejando ver que al final de la historia los creyentes, así pequeños como somos y frágiles como somos tú y yo, vamos a estar en un mejor lugar que Adán y Eva. Vamos a estar en un mejor lugar que el primer lugar, el primer paraíso. Vamos a vivir en la ciudad santa, que mira, si Adán no hubiera pecado, hubiera trabajado toda su vida, hubiera tratado de construir una ciudad, lo hubiera logrado, no hubiera quedado mejor que la ciudad que construyó Dios con sus propias manos. Esa ciudad que desciende sigue siendo una ciudad. Entonces volvamos al punto: ¿qué hay en una ciudad?
Pues en primer lugar, y lo más importante, de hecho son los habitantes de esta ciudad. ¿Y quién es el habitante principal de esta ciudad? ¿Quién es el presidente, la ley, la batuta, la Constitución, el rey, el gobernador, el síndico, el que me falta, el diputado, el senador? ¿Quién es, si no es Cristo Jesús? El que nos dice la Palabra que es las primicias de los que durmieron, el que resucitó de entre los muertos. Jesús es el spoiler, el previo, es la muestra, el ejemplo de cuáles son los habitantes de la ciudad de Dios. Y yo no sé si tú tenías esto en mente, pero Jesús, aún hoy tiene un cuerpo, un cuerpo glorificado que todavía tiene los agujeros, que tiene las cicatrices de la cruz.
Y ese habitante de la ciudad, ese rey, ese que desciende junto a ella, dime una cosa: ¿qué cosa se hizo cuando Él resucitó? Vaya, se le habló, Él compartió, Él enseñó, Él ascendió. Pero antes de todo esto, ¿tú sabes qué Él hizo también? Él cocinó, ¿sabías? Juan 21. Busca un pez, lo cocina y se sienta con sus amigos, sus discípulos, sus siervos, sus hermanos, y les da de comer. ¿Y tú sabes qué eso implica? Que lo cura, porque en el cielo nosotros tendremos relaciones unos con otros. Nosotros vamos a poder reconocernos unos a otros en el ciento por ciento de la nueva tierra, en la Santa Ciudad, así como era posible reconocer a Cristo en su cuerpo glorificado. Y nosotros tendremos un cuerpo como Él, así mismo podremos reconocernos unos a otros.
De hecho, ese es todo el propósito de 1 Tesalonicenses 4. Cuando los tesalonicenses estaban todos deprimidos, que no saben qué va a pasar, Pablo les apunta la realidad de la resurrección para que tengan ánimo y esperanza pensando: aquellos que murieron, ustedes los volverán a ver. De hecho, hasta les dice: ellos no van primero que ustedes, todos vamos juntos.
Para mí es increíble pensar que yo me voy a sentar a hablar con Spurgeon. Cuando se acabe la fila, yo voy a tomar la clase de predicación con Charles Spurgeon, y luego de ahí tomamos la clase de teología con Jonathan Edwards. De poder coger la fila de Pablo, tú sabes, no empieza con la de Pablo, la de Abraham. Llegamos a la de Jonathan Edwards y tomamos la clase de teología con él. ¿Y por qué no? Antes de irme, hablar con Agustín. Yo no puedo creer esto. Spurgeon murió en 1892, ya han pasado ciento treinta años de la muerte de Spurgeon. Yo quiero sentarme con él y aprender de él. J.I. Packer, que murió hace dos años, yo quiero conversar y aprender de él. Hay muchos de ustedes que tengo tanto tiempo que no los veo, que yo quiero sentarme, si no en el cielo, por lo menos en algún momento que podamos sentarnos sin más clases y conversar y aprender.
Pero imagínate en el cielo sin pecado. O sea, imagínate una cena sin falta, donde nadie tiene una mala intención, nadie tiene un dolor de espalda, nadie le molesta un poquito el brazo derecho, nadie está pensando en lo que le hizo su hermano anteayer. Estamos todos sin pecados compartiendo en total pureza y limpieza. ¿Eso no te da esperanza? ¿No te da ánimo de lo que viene?
Y de hecho, todo el que ha perdido a alguien en Cristo puede tener esperanza con esto también, a sabiendas de que él está en espera de lo mismo que tú. Lo único es que él está en la presencia de Dios en total gozo. Él o ella están en gozo ahora esperando algo mejor, y que por la eternidad podremos compartir y adorar a Dios unos con otros, aun aquellos que ya no están.
Y lo más asombroso para mí, yo creo que para algunos de ustedes lo es también, es que según Mateo 22, en el cielo yo voy a ver a mi hermano Chacho y yo lo voy a amar tanto como yo amo a Patricia. En el cielo, y a ambos los voy a amar infinitud de veces más de lo que los amamos hoy. Tú vas a ver a ese hermano cristiano que no te caía tan bien y tú lo vas a amar más que la persona que tú más amas hoy. En el cielo no hay lugar para problemitas ni "pequeño que me sentí mal". En el cielo hay un nivel de conexión, de intimidad, de familiaridad, de amor, que hace que la mejor de las relaciones humanas hoy sea no más que una sombra de la gloria que viene.
¡Qué paraíso! Todo el que trabaja en República Dominicana, que tiene que salir a la calle a las doce, está esperando un paraíso. Mi hermano, el paraíso viene. Todo el que trabaja con otra gente, que no es self-employed, que tiene empleado o empleador, está esperando un paraíso. Todo el que está vivo está esperando un paraíso.
¿Y qué más hay en una ciudad? Ya yo lo introduje. En la ciudad hay trabajo. En la ciudad Santa no hay ninguna razón bíblica para pensar que no tendremos trabajo. De hecho, ¿seguro sabían que en el jardín del Edén había trabajo? O sea, Adán fue colocado, ¿para qué? Para cultivar la tierra. Eso es trabajo. Con un cuerpo glorificado, con un perfecto clima, con una tierra sin espinas ni cardos ni dolor, pero trabajo.
¿Y el otro trabajo de Adán? ¿Saben cuál es? Nombrar los animales. Un buen trabajito. O sea, ir por el zoológico del mundo y ponerle nombre a los animales. Adán tenía todos los animales que venían donde él y los iba nombrando uno por uno. Yo me imagino pasándole la mano al león: "león". Pasándole la mano al tigre: "tigre". Pasando el malo, hornito, rinoceronte, y ahí se le acabaron los nombres. Pero el asunto está en que Adán tenía la labor de ir a donde una naturaleza perfecta y cultivarla, una naturaleza sin pecado, sin falla, y cultivarla.
Lo que pasó en Génesis 3 es que la tierra empezó a producir espinas y cardos. Lo que pasó en Génesis 3 es que el hombre y la mujer empezaron a chocar. Lo que pasó en Génesis 3 es que Satanás ganó —pensó él— empezó a ganar, al traer problemas a la creación. Pero el trabajo no es consecuencia de la caída. El trabajo es diseño de Dios para todos nosotros.
Y el trabajo que haremos en el cielo no será un trabajo como el de ahora, donde tienes problemas, donde la computadora se te frisa, donde la tierra te da problemas, donde el cultivo no se da, donde el pedido no llegó. Es un trabajo que podremos hacer a la perfección, que ya habremos estudiado lo suficiente como para poder hacerlo, el cual seguiremos aprendiendo para seguir haciéndolo cada vez mejor, porque solamente Dios toma lo perfecto y lo hace mejor. Un trabajo sin pesar, sin dolor, sin queja, sin un jefe malo, sin un empleado malo, sin un corazón malo. ¿Eso no te da esperanza?
¿Y qué más hay en una ciudad? En una ciudad hay comida y hay bebida y hay risas y hay compartir y hay música y hay arte. Los mejores chistes que nunca se hayan contado se contarán allá. Chistes sanos, sin doble intenciones, sin mala voluntad. Los mejores chistes del universo que te harán reír por cientos de miles de años serán en el cielo. La mejor comida que jamás haya existido estará en la ciudad Santa.
Y si te preguntas cómo habrá comida así si no hay muerte, el pastor Miguel tiene cierto tiempo libre. De hecho no, no tiene nada. Oremos por él, está muy ocupado. Pero por si acaso, Miguel, yo le pregunté ahorita entre servicios: "Miguel, ¿y cuál será la comida que va a haber en el cielo porque no hay muerte?" Y Miguel me dijo: "Harina, ¿no?" Porque sí, que me diga. Yo no sé, pero está buena.
Sin duda la comida que tendremos en el cielo será la mejor comida que pudiera existir. La única que está garantizada son las delicias de Dios, como me enseñaron mis pastores, porque el Señor tiene delicias a su diestra. Ahí está, una sola cita. La mejor comida, la mejor música, el mejor arte, sin un toquecito de pecado, lo cual no solo implica la moralidad, pero también la debilidad.
¿Tú sabes lo que eso me dice también? Que en el cielo los mejores juegos de pelota del universo estarán en el cielo. Con cuerpos glorificados en el cual nadie tiene un deseo de ganarle con maldad al otro, que no me pagaron lo suficiente. Los mejores juegos de basket, los mejores juegos de frisbee, los mejores juegos de fútbol. Con cuerpos glorificados y hermanos que no les importa si pierden o si ganan. Lo único que me importa es adorar al Cordero que me redimió. Sin debilidad, sin el solazo del mediodía, de las cuatro, de las tres. Sin dificultad, sin que me siento mal del corazón, sin que los pies se me cansen, sin polvo, sin ningún tipo de molestia. Imagínate los deportes de la ciudad Santa. Y los estadios, si las calles son de oro... no, no, no, no, no.
¿Y qué más hay en el cielo? Hay una naturaleza sin pecado. Y mi esposa, que está en el primer servicio, siempre sonríe cuando yo hablo de esto. O sea, en el cielo vamos a poder ver y tocar los animales más hermosos que hayan existido. Que no hay que ir a viajar a Tailandia, a papá Gutenberg, a jirafas. Los leones más hermosos. Y bañarnos con las ballenas, y saltar con los canguros, y tocar las avestruces. Los árboles, las plantas, los mejores frutos que puedan dar. No que diga que le cayó mucha agua, que tiene poca agua. Ningún tipo de dificultad con la naturaleza alrededor. Toda la naturaleza sin pecado, sin maldad, rendida ante el Hijo del Hombre y sus hermanos.
En el cielo va a estar todo lo que hemos anhelado todas nuestras vidas, pero que no terminamos de alcanzar, porque tú te esfuerzas con todo lo que tienes y nunca basta. La vida es como un caramelo, como un dulcito engañoso, que tú como que lo lames y te da un chin del sabor, te da un poquito el sabor y tú vuelves, sí, tú vuelves, y como que nunca te da el sabor completo, y tú sigues y sigues y sigues, y siempre como que falta algo. De pronto se acabó la paleta y te quedaste como deseando algo. Eso es justamente nuestra vida.
Toda tu vida deseando tener tu casa propia, la tienes, necesitas tu carro, lo tienes, el carro ta viejo, lo tienes la problema, tienes la casa y la casa te da problema, y ya tienes la casa, pero le siento una casa en Jarabacoa, ya la tienes, necesitas una en Punta Cana. Y tú anhelando los hijos, Señor, dame hijos, años de infertilidad y llegan los muchachos, Señor, ¿pa' qué me diste hijos? Todo lo que tenemos, el trabajo que hemos soñado de pronto resulta que era un lavado. O sea, no importa lo que tú hagas, siempre hay un problema de este lado de la gloria. Lo único que tenemos por total es que las cosas fallan. No es asunto de si o qué, sino de cuándo. Si falló Adán, por eso es que Dios no puede darnos nuestra total satisfacción de este lado de la gloria, porque Él tiene para nosotros algo mucho mejor. Él no puede dejarnos plenos y satisfechos aquí, necesitamos estar anhelando algo mucho mayor. Todo lo mejor que tenemos aquí no es más que la entrada de lo que se viene.
Eso me trae el último detalle, que es el más importante de todos: lo que hace al cielo, el cielo, lo que hace la eternidad algo glorioso, es que Dios está ahí. Dios mismo será la luz que nos va a iluminar. Será Jesús mismo que nos diga qué trabajo tenemos que hacer. El ampáyer de los juegos va a ser Él y será en honor a Él. No sé si el chef o el invitado de honor o las dos cosas. El centro de nuestras reuniones, el centro de nuestras conversaciones, la razón de nuestra alabanza, de nuestro gozo, lo que hace que valga la pena, lo que nos va a llenar verdaderamente: saber que Dios, Dios mismo, estará ahí en medio nuestro.
Dice la Palabra que el tabernáculo de Dios está entre los hombres, Él habita entre ellos, ellos serán su pueblo. Y dice entonces: "Él enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, no habrá más duelo, no más clamor, no más dolor, no más mascarillas, ni coronavirus, no más problemas, porque las primeras cosas han pasado". Es decir que en el cielo, en la tierra nueva, no hay necesidad de querubines que nos separen de la presencia de Dios, no hay necesidad de sacrificios que nos limpien, no es necesario el sumo sacerdote que intermedie, ningún tipo de ritual para purificación. Dios, Dios mismo, descubierto completamente, toda su presencia.
Eso que uno anhela y siempre se queda corto, que tú sientes como un poquito pero se te acabó y tú dices: "Ay, si yo pudiera quedarme ahí", tú vives ahí. Eso que Pedro deseó, que decía, se volvió loco, decía: "Yo no sé lo que estoy diciendo, pero si podemos hacer algo aquí para quedarnos aquí". Eso que Moisés apenas vio de espaldas y quedó con el rostro brillando tanto que los israelitas le decían: "Cúbrete, cúbrete, que yo no aguanto". Esa es nuestra nueva normalidad, ese es nuestro día a día. Eso que nuestras almas más anhelan: el sentimiento más profundo de cercanía, de intimidad, de plenitud, de paz, de sabiduría, de gloria. Dios, Dios mismo estará ahí con nosotros por siempre y para siempre. Dios andará con nosotros, Dios jugará con nosotros, Dios comerá con nosotros, Dios vivirá con nosotros y Dios recibirá nuestra adoración por siempre y para siempre. ¿Eso no te da esperanza?
Nosotros tendremos toda la eternidad para aprender de Él, directamente de Él, sin intermediarios. Ahí sabremos por fin quién escribió Hebreos. Pero yo creo que tendremos tantas otras cosas que preguntar. Luego de un par de millones de años de adoración y luego de un par de millones de años de preguntas y respuestas —esos serán los mejores círculos de "pregúntale a tu pastor" de la historia— luego de un par de millones de años de preguntas y respuestas, estaremos iniciando el dedito del meñique del conocimiento de nuestro santo Dios. Como ya les dije, estaremos perfectos mejorando, creciendo aún en la imagen del Hijo de Dios, en el conocimiento del Hijo de Dios. Pero no para tener la cabeza grande, sino para seguir adorando su increíble sabiduría, grandeza, bondad, hermoso carácter. ¡Qué bendita gloria! ¿Eso no te da esperanza?
Entonces, ¿qué vamos a hacer en el cielo? Le pregunté a mi hijo, mi niño de doce años, a mi hermano. Mi hermano tenía razón: vamos a adorar a Dios. Pero recuerda que adoramos a Dios al hablar, al reír, al leer, al vivir. Porque sea que comamos o que bebamos o hagamos cualquier otra cosa, allá verdaderamente lo haremos todo para la gloria de Dios. Adoraremos a Dios con todo lo que somos y con todo lo que haremos y con todo lo que pensaremos y con todo lo que sentiremos. Dios, por fin y para fin, será nuestro todo. Y eso, mi hermano, debe darte esperanza.
Porque podemos tener por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son dignas de ser comparadas con la gloria que nos ha de ser manifestada. Y porque déjame decirte algo: yo no soy tan buen cuentacuentos, mi imaginación no da. Todo lo que te he enseñado es algo bíblico, pero mi imaginación, si el Señor lo permite, mi imaginación no da. Porque cosas que ojo no vio, oído no oyó, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. Todo será mucho mejor de lo mejor que pudiéramos soñar. Eso es lo que nos espera, esa es nuestra verdadera ciudad, nuestro pasaporte dice Nueva Jerusalén.
Y tú sabes algo, hoy está más cerca que ayer. De hecho, como se ven las cosas, yo no soy profeta ni hijo de profeta, pero parece estar muy cerca viendo el panorama mundial. Y por eso nos decía 2 Pedro 3, nos hablaba el apóstol: "Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¿qué clase de personas no deben ser ustedes en santa conducta y en piedad? Porque según su promesa nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra en los cuales mora la justicia".
Porque debo presentarte el final de este pasaje, versículos 6 al 8 de Apocalipsis 21. Dice: "También me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tiene sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida". Y hago una pausa para decirte: si tú tienes sed de Dios, Dios está más que dispuesto a saciarte. Si te sientes un poco frío, un poco alejado, Dios está más que dispuesto a darte lo que tu alma más necesita. Esa fuente de agua de vida brota del costado del Señor Jesús, esa fuente es de vida eterna y no se acaba. Ahí cualquiera puede ir y beber y recibir una y otra vez alimento para su alma. El que tiene sed, Dios le dará gratuitamente de la fuente del agua de la vida.
"El vencedor heredará estas cosas y yo seré su Dios y él será mi hijo", dice el versículo 7. "Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda".
Amado, los hijos de Dios se comportan de cierta manera, esa es la verdad de la Escritura. El ser hijo de Dios implica no solamente un sello de aprobación, sino un empuje de conducta, un sello de calidad. Los hijos de Dios buscan vivir como hijos de Dios. Tienen un comportamiento, no es que no pequen, pecamos todo el tiempo, pero tenemos un comportamiento, buscamos tener un comportamiento que nos caracteriza.
Que en este texto implica que los hijos de Dios, en vez de ser cobardes, muestran valentía en vidas de integridad que testifiquen el Evangelio. En vez de ser incrédulos y vivir dudando, los habitantes de la Nueva Jerusalén creen y confían en la bondad y en el carácter y en las promesas de Dios. En vez de tener un comportamiento abominable, los hijos de Dios son amables unos con otros. En vez de ser asesinos, los hijos de Dios son pacificadores y perdonadores unos a otros. En vez de ser inmorales, los hijos de Dios buscan la santidad. En vez de ser hechiceros, los hijos de Dios esperan que Dios actúe usando los medios de Dios y no los del maligno. En vez de ser idólatras, los hijos de Dios depositan todos sus afectos, toda su confianza, todo su amor en Dios. No detrás de los hombres, del amor de los hombres, de la fama, del dinero, de la belleza, de la popularidad, sino detrás de aquel que murió en el madero. En vez de ser mentirosos, los hijos de Dios hablan la verdad en amor unos con otros, confesando sus faltas y perdonando sus faltas si alguno la ha cometido contra otro.
Y digo esto con temor, Dios me es testigo, que así como hay una ciudad santa reservada para los hijos de Dios, hay un lago de azufre y fuego, una muerte segunda, para aquellos que rehúsan creer en el Hijo, para aquellos que deciden no someterse a Dios, para aquellos que dicen a Dios: "Se haga mi voluntad". Y si ese eres tú, yo te pido que tengas mucho cuidado. Si tú no te has rendido a Cristo, si tú no le has pedido perdón por tus pecados y tú no has creído en el sacrificio del Cordero, si no has manifestado una novedad de vida, ten cuidado. La eternidad es un tiempo demasiado largo como para pasarlo en sufrimiento. Y así como hay razón para pensar de que el cristiano perfecto seguirá perfeccionándose, no hay ninguna razón para dudar que aquellos que estén en el infierno seguirán aumentando en su sufrimiento por la eternidad.
Si alguien te invitó, estás aquí en la congregación y no eres cristiano, por favor habla con él o habla con ella. Si lo estás viendo en la transmisión, alguien te mandó el link, no eres cristiano, habla con él o con ella. Si pensabas que eres cristiano, pero tu conducta es más la de los inmorales e idólatras y abominables, por favor ve delante del trono y pídele perdón por tus faltas. Él está pronto para perdonarte, pero Él espera que vayas y pidas en arrepentimiento y por su ayuda y su socorro. Si tienes sed, Él te dará agua.
Pero si tú has creído en el sacrificio del Hijo, Apocalipsis es un mensaje de esperanza. Mi amada hermana y mi amado hermano, ese sacrificio cambió tu vida y te sacó de las tinieblas a la luz. Ahora tú lees lo que viene y lo que ves es gloria, sonrisas, victorias, descanso, reposo; es lo que has anhelado toda tu vida. Si tú has creído en el Hijo de Dios, tienes una ciudad preparada para ti por la eternidad, hecha por aquel que te amó hasta el punto de dar su vida por ti. Y yo no sé a ti, mi hermano, pero eso me da esperanza. Eso a mí me recuerda que esto no es el final. Esta ciudad va en decadencia, este mundo va en decadencia. Aun si mejore todo, va de camino a ser destruido por el fuego, para dar paso a aquel glorioso mundo, ese cielo nuevo y tierra nueva.
Señor, ven. Señor, ven. Maranata, regresa. Tu iglesia te necesita, te espera. Estamos alistándonos para estar ataviados cuando regrese el Esposo. Ven, por favor, mi Dios. Te hemos estado esperando. Te pedimos perdón cuando te esperamos mal, cuando nos dormimos, cuando miramos hacia abajo y no hacia arriba. De verdad, perdónanos, Señor. Perdónanos por poner nuestros deseos tantas veces en las cosas de este mundo, nuestra confianza, nuestra preocupación, nuestro enfoque. Perdónanos, Señor, de verdad. Perdónanos nuestra mundanalidad.
Y, Señor, lo que te rogamos es que tú, por favor, tengas en nosotros el sentir del peso de gloria. Ayúdanos a apreciar la increíble victoria que el Cordero ha ganado por nosotros. Ayúdanos a recibir el adelanto de esa gloria en el Espíritu, a sentir cada vez más tu presencia en esta tierra de manera tal que nada más satisfaga, que nada más nos llene, que todo lo demás pierda valor, al sentir, al saber, al meditar, al orar, al pensar, al entender al glorioso Jesús y la eternidad que tiene preparada para nosotros. Señor, tú eres más real que todo lo demás. Ayúdanos a entender eso, ayúdanos a esperar en eso, en agradecimiento y fe por lo que tú has hecho.
Y si alguno no te conoce, Señor, trae a su recuerdo a su corazón y su condición, y dale salvación. Para tu gloria, mi Dios. Gracias por ser tan bueno con nosotros. Amén. Amén.
Jairo Namnún sirve como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio, encargado de idear y supervisar el contenido del ministerio. Posee una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Patricia Namnún y juntos tienen dos hijos: Ezequiel e Isaac.